Mostrando entradas con la etiqueta Ideologías: Marxismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ideologías: Marxismo. Mostrar todas las entradas

12/1/25

Lucha de clases en el mundo antiguo... Los conflictos sociales griegos no tenían que ver con la explotación laboral, sino con la desigualdad de la riqueza: la posesión de importantes riquezas por parte de los ricos hacía la vida difícil a los pobres (Kostas Vlassopoulos)

"El marxismo ha tenido un enorme impacto en el estudio del pasado de dos maneras distintas, pero interrelacionadas. Por un lado, la teoría marxista ha ofrecido un rico marco conceptual (clase, modo de producción, fuerzas y relaciones productivas) que se ha utilizado para explicar los grandes procesos históricos. Historiadores marxistas como Eric Hobsbawm, Chris Wickham, Irfan Habib y Witold Kula han ofrecido relatos e interpretaciones a gran escala de fenómenos como la estructura de las sociedades medievales y el surgimiento del capitalismo.

Por otro lado, el marxismo ha sido una de las influencias clave en el surgimiento de la historia desde abajo. Historiadores marxistas como Rodney Hilton, Christopher Hill, E. P. Thompson y Eugene Genovese escribieron obras maestras que contemplaban el pasado desde la perspectiva de la gente corriente y se centraban en la importancia de su agencia histórica.

Dado el amplio impacto del marxismo en la erudición histórica moderna desde la década de 1960, resulta muy peculiar que el estudio de la antigüedad nunca haya experimentado realmente el impacto de largo alcance de los enfoques marxistas que transformaron el estudio de la historia medieval, moderna temprana y moderna. Recientemente, sin embargo, el campo de la historia antigua ha empezado a cambiar de forma radical.

En los últimos años, han surgido nuevos volúmenes sobre la historia antigua desde abajo, la cultura popular antigua, el impacto de Antonio Gramsci en el estudio de la historia antigua, y la importancia de los trabajos de Thomas Piketty sobre el capital y de David Graeber sobre la deuda para el estudio de la antigüedad. Dada esta prometedora tendencia, quizá sea el momento adecuado para examinar si el marxismo tiene algo significativo que ofrecer al actual replanteamiento radical de la historia antigua.

Es imposible responder a esta pregunta sin volver a la contribución del único esfuerzo sistemático y a gran escala por estudiar la antigüedad desde un punto de vista marxista: La lucha de clases en el mundo griego antiguo, de G. E. M. de Ste Croix: From the Archaic Period to the Arab Conquest. 
 
Las antiguas sociedades griegas

Para comprender la aportación de Ste Croix, es esencial señalar algunas peculiaridades importantes de las antiguas sociedades griegas. Por un lado, la explotación de esclavos era un aspecto fundamental de las economías griegas. Sin embargo, al mismo tiempo, los esclavos constituían una minoría en todas las sociedades antiguas, y la mayor parte del trabajo lo realizaban los hogares de productores libres independientes (campesinos, artesanos, comerciantes).

La explotación de los esclavos era un aspecto fundamental de las economías griegas. Sin embargo, al mismo tiempo, los esclavos constituían una minoría en todas las sociedades antiguas.

Además, las sociedades antiguas presentan una gran diferencia con respecto a las sociedades medievales y modernas. En las sociedades medievales, los campesinos trabajaban para los terratenientes, que obtenían ingresos de su trabajo, mientras que en las sociedades modernas, la mayoría de las personas trabajan como empleados para los capitalistas. Sin embargo, en las antiguas sociedades griegas, la inmensa mayoría de la población libre no trabajaba para las élites, sino para sí misma. ¿Cómo debe combinar un análisis marxista la importancia de la esclavitud con la preponderancia de los productores libres independientes?

Por último, como resultado de estas dos peculiaridades, las antiguas sociedades griegas se caracterizaban por dos conflictos fundamentales: entre amos y esclavos, y entre ricos y pobres libres. Mientras que los conflictos colectivos entre ricos y pobres están ampliamente atestiguados para la mayoría de los periodos de la antigüedad, no existían conflictos colectivos equivalentes entre amos y esclavos. Las rebeliones de esclavos a gran escala en Sicilia y la famosa revuelta de Espartaco se produjeron todas en un breve periodo entre el 130 y el 70 a.C.. En consecuencia, para la mayor parte de los periodos de la Antigüedad, no existen conflictos colectivos atestiguados entre amos y esclavos.

Los dilemas creados por estos hechos son evidentes. ¿Cómo puede un análisis marxista abordar una sociedad en la que las clases bajas libres no trabajan generalmente para las élites y, por tanto, no son explotadas directamente por ellas? ¿Debe centrarse el análisis marxista en la importancia estructural de la esclavitud o en la preponderancia de los productores libres independientes? ¿Debe dar prioridad a las luchas colectivas entre ricos y pobres, o a los conflictos individuales entre amos y esclavos? Y si más bien deberíamos combinar la dialéctica amo/esclavo y ricos/pobres, ¿cómo deberíamos hacerlo exactamente?
 
Definir la clase

Para responder a estos dilemas, Ste Croix argumentó que el concepto marxista de clase debe centrarse exclusivamente en la explotación. La forma directa de explotación tiene lugar cuando los miembros de la clase que posee los medios de producción obtienen sus ingresos de los miembros de la clase que no los controla. Pero también existe la explotación indirecta a través del Estado en forma de impuestos, reclutamiento militar y obligaciones laborales obligatorias.

Según Ste Croix, la explotación es la característica estructural fundamental de todas las sociedades de clases: el concepto marxista de clase no requiere la aparición de un conflicto colectivo de clases. La explotación puede dar lugar a conflictos individuales e incluso colectivos entre las clases sociales, pero no desemboca necesariamente en este resultado.

Por el contrario, el impacto histórico de la explotación es el hecho de que da forma a todas las relaciones sociales y dirige el desarrollo histórico de las sociedades. En otras palabras, Ste Croix sostiene que el concepto marxista de clase sólo requiere la existencia de «una clase en sí misma», según la terminología del propio Karl Marx. La aparición de una «clase para sí» autoconsciente y movilizada es, por supuesto, una potencialidad histórica, pero de ningún modo una necesidad histórica.

Quizá el mejor ejemplo para entender a dónde quiere llegar Ste Croix sea el debate sobre la caída del Imperio Romano. La historiografía marxista atribuyó la transición de principios de la modernidad del feudalismo al capitalismo a las revoluciones burguesas contra la antigua clase dominante en países como Holanda, Inglaterra y Francia, y predijo que la futura transición del capitalismo al socialismo se produciría mediante revoluciones obreras contra la burguesía. Sin embargo, en el caso de la transición de la Antigüedad a la Edad Media, no existe una narración equivalente de un conflicto de clases entre dos antagonistas principales que condujera a una transformación social más amplia.

La explotación puede conducir a un conflicto individual e incluso colectivo entre clases sociales, pero no desemboca necesariamente en este resultado.

Éste ha sido durante mucho tiempo un enigma para los marxistas, pero Ste Croix sostiene que un análisis marxista no requiere que existiera tal conflicto colectivo de clases. En su opinión, la explotación de las clases bajas es una explicación suficiente de la caída del Imperio Romano. En el curso de la Antigüedad tardía, la explotación directa e indirecta de las clases bajas tuvo que sostener ahora un ejército y una burocracia estatal inmensamente ampliados, así como la nueva institución de la iglesia y sus decenas de miles de bocas ociosas. El sistema no pudo hacer frente a este aumento del nivel de explotación, y el colapso del Imperio Romano fue la consecuencia.

Independientemente de que se esté o no de acuerdo con esta interpretación de la caída romana, el argumento sobre cómo opera la explotación como fuerza histórica es sin duda estimulante. En mi opinión, lo más acertado del planteamiento de Ste Croix es precisamente su aplicación del concepto de explotación a diversos fenómenos históricos antiguos. Un ejemplo excelente es la historia del cristianismo primitivo. Ste Croix documenta cómo los Padres de la Iglesia dieron por sentadas las estructuras de explotación de su sociedad contemporánea y predicaron un mensaje que invitaba a las clases más bajas a aceptar las cosas como eran.

Basándose en este enfoque de las clases, Ste Croix puede ofrecer una respuesta a la pregunta sobre el papel de la esclavitud en las sociedades antiguas. El parámetro crucial es cómo obtenían sus ingresos las élites antiguas: puesto que la esclavitud, y otras formas de trabajo no libre, constituían la principal fuente de ingresos de las élites, se deduce que las sociedades antiguas eran sociedades esclavistas. Este punto es válido independientemente del hecho de que los productores libres independientes constituyeran la mayoría y produjeran la mayor parte de los bienes.

Por consiguiente, es la forma que adopta la explotación la que ofrece la clave para identificar las estructuras fundamentales de una sociedad determinada. De nuevo, tanto si Ste Croix tiene razón empíricamente como si no en su afirmación de que las élites antiguas obtenían sus ingresos de forma abrumadora del trabajo no libre, la lógica de su argumento es claramente valiosa.
 
Tres ejes

Sin embargo, el enfoque de Ste Croix también tiene importantes limitaciones, que los futuros trabajos marxistas sobre la historia antigua deberán abordar. Como he mencionado anteriormente, los conflictos sociales entre ricos y pobres constituyeron uno de los aspectos más notables de la historia griega. La discusión de Ste Croix sobre la sociología de Aristóteles, en la que el conflicto de clases entre ricos y pobres desempeña un papel fundamental, es realmente brillante.

Pero como hemos visto, los productores independientes libres de las sociedades griegas no trabajaban para las élites griegas y, por tanto, no eran explotados directamente, mientras que las formas de explotación indirecta, como los impuestos y el trabajo obligatorio, eran inexistentes o mínimas. A la luz de estos hechos, ¿de qué podemos decir que trataban realmente estos conflictos?

Sabemos que las consignas revolucionarias griegas no se referían a rentas, cuotas laborales o salarios, sino que exigían la redistribución de la tierra y la condonación de las deudas. Los conflictos sociales griegos no tenían que ver con la explotación laboral, sino con la desigualdad de la riqueza: la posesión de importantes riquezas por parte de los ricos hacía la vida difícil a los pobres. Por lo tanto, debemos distinguir entre explotación y desigualdad; la explotación es la principal causa de desigualdad, pero en muchas sociedades también existen importantes causas adicionales de desigualdad, como la herencia partible, las dotes y las guerras.

Los conflictos sociales griegos no tenían que ver con la explotación laboral, sino con la desigualdad de la riqueza: la posesión de importantes riquezas por parte de los ricos hacía la vida difícil a los pobres.

Además, Ste Croix presta muy poca atención al trabajo como aspecto fundamental de la clase. El trabajo proporciona un marco importante en el que se experimenta la clase. Por lo tanto, es esencial incorporar el trabajo dentro de un enfoque marxista de la clase. La clase no es algo unitario con una esencia transhistórica, sino un proceso histórico constituido por tres ejes interrelacionados: el trabajo, la explotación y la desigualdad.

El eje del trabajo se refiere a las diversas formas de esfuerzo humano para producir cosas y prestar servicios, los modos de vida organizados en torno a las diversas formas de trabajo y la división del trabajo. La explotación consiste en las diversas formas en que ciertas personas extraen bienes, servicios y dinero del trabajo de otras personas sin devolverles un valor equivalente. Por último, la desigualdad se refiere a la distribución diferencial de la riqueza entre individuos y grupos.

La clase está constituida por el enredo entre estos tres ejes, pero la forma precisa en que se articulan varía significativamente entre las distintas sociedades y épocas. Cada eje generó sus propios huesos de discordia. Aunque todas estas cuestiones y conflictos estaban interrelacionados, tenían una importancia muy diversa para los distintos grupos de personas.
Nuevos enfoques

Aunque el concepto de clase de Ste Croix tiene el gran mérito de advertir a los historiadores que no den por sentada la aparición de conflictos sociales colectivos, no nos ofrece ningún marco para estudiar esta cuestión de forma sistemática. No obstante, el concepto de explotación abre una primera vía, al ilustrar cómo puede influir en los conflictos y las crisis incluso en ausencia de lucha de clases colectiva.

Las guerras civiles romanas de finales de la república fueron incuestionablemente conflictos entre distintos sectores de la élite romana. Pero la desigualdad había creado una masa de campesinos sin tierra, que constituían el material de reclutamiento necesario para los grandes ejércitos que cada bando necesitaba desplegar. Además, estos ejércitos debían ser compensados con tierras por los vencedores y, en consecuencia, cada facción de la élite debía tener en cuenta los intereses de una importante masa de clase baja a la hora de diseñar su política. Aunque las guerras civiles romanas no fueran conflictos directos e inmediatos entre ricos y pobres, la aparición y el desarrollo de esas guerras estuvieron profundamente condicionados por el funcionamiento de las clases en el mundo romano.

Los enfoques marxistas de la clase en la antigüedad pueden aprender mucho de la tradición de la historia desde abajo y de su rica producción en la historia medieval y moderna temprana.

Por último, las divisiones entre amos y esclavos y ricos y pobres constituían sin duda dos tipos distintos de conflicto social en las sociedades antiguas. Sin embargo, a menudo estaban entrelazadas. Los esclavos y los pobres libres a menudo trabajaban en las mismas ocupaciones unos junto a otros, vivían en los mismos barrios, socializaban juntos en tabernas y baños y participaban en comunidades mixtas basadas en la ocupación, el culto y la etnia. Fueron estas experiencias y comunidades compartidas las que en varias ocasiones les unieron en diversas formas de conflicto con las élites antiguas.

Los enfoques marxistas de la clase en la antigüedad pueden aprender mucho de la tradición de la historia desde abajo y de su rica producción en la historia medieval y moderna temprana. Los nuevos enfoques radicales del estudio de la historia antigua que han surgido en los últimos años plantean la posibilidad de una nueva historia de la antigüedad. En esta dirección, la obra de Ste Croix seguirá siendo sin duda un puerto de escala esencial, tanto por sus evidentes puntos fuertes como por invitarnos a reflexionar seriamente sobre cómo abordar sus puntos débiles."

( Kostas Vlassopoulos, Un. Creta, JACOBIN, 08/01/25, traducción DEEPL)

Las leyes fundamentales del movimiento del capitalismo que Marx revela en su análisis económico: la ley del valor, la ley de la acumulación y la ley de la rentabilidad. Esta última fluye de las dos primeras, por lo que la teoría marxista de las crisis depende de estas tres leyes para ser correcta (Michael Roberts)

 "Karl Heinrich Marx nació en Trier, Alemania, el 5 de mayo de 1818. Trier era parte el Estado monárquico de Prusia. Marx provenía de una familia judía que se había convertido al protestantismo en su niñez.

En los años de su adolescencia estuvo bajo la influencia de su padre y del amigo de su padre, el Barón Von Westphalen. Ambos eran hombres de la Ilustración, seguidores de los ideales de los filósofos franceses y de la Revolución francesa. Marx nació inmediatamente después del final de las llamadas Guerras Napoleónicas y sobre el inicio de una recuperación económica gradual en los mini-Estados alemanes. Al llegar a la universidad, a fines de la década de 1830, era de opiniones democráticas radicales, uno de los “jóvenes hegelianos” que se oponían filosóficamente a la superstición religiosa y a la autocracia.

El período de Marx joven, desde que deja la universidad sin ningún cargo académico, estuvo marcado por un brote radical en las ideas y acción política en Europa. Gran Bretaña estaba en medio de la “Revolución industrial”, con toda su expansión de maquinaria y bienes, y la explotación del trabajo como su oscuro acompañante. La ley de Reforma de 1832 le había dado el voto a las clases medias, pero ahora aparecía la presión del movimiento cartista en la clase obrera, que reclamaba el sufragio universal. En Alemania, los obreros se organizaban por primera vez en las ciudades y los campesinos se estaban inquietando. Económicamente, en 1840 se estableció la Unión Aduanera de Alemania, la Zollverein, que puso un fin a las barreras comerciales dentro de la espera de influencia de Prusia, y dio inicio a un enorme brote económico.

Al dejar la universidad, Marx se convirtió en un periodista radical con una creciente concepción materialista de la lucha de clases. Comenzó a interesarse en los desarrollos económicos bajo el aliento de su nuevo amigo, que finalmente lo será de por vida, Friedrich Engels. Engels vivía en el corazón del Capital, la ciudad industrial británica Manchester, y ya estaba escribiendo sobre las consecuencias económicas y sociales del desarrollo capitalista. Marx y Engels se volvieron comunistas, una ideología diseñada para reemplazar al capitalismo como modo de producción y para la organización social con control comunal bajo la acción de la clase obrera como “enterradora” del capitalismo.

Juntos escribieron el Manifiesto Comunista en marzo de 1848, inmediatamente antes de la erupción de las revoluciones contra la autocracia en toda Europa. El manifiesto reconocía intuitivamente la naturaleza del capitalismo, pero sin exponer ninguna de sus leyes de movimiento. En el Manifiesto, Marx había visto cómo podría desarrollarse el capitalismo, pero aún no había resuelto la mecánica y las leyes del movimiento del desarrollo del capitalismo. Fue Engels quien alentó a Marx a estudiar las obras de los economistas clásicos ingleses.

La derrota de las revoluciones de 1848 y el eventual exilio de Marx a Gran Bretaña dio inicio al período de madurez de Marx (a la edad de 32 años), que duró hasta la derrota de la Comuna de París en 1871 (a sus 53 años). Este período resultó ser el del largo auge de las economías europeas. Gran Bretaña era la potencia económica y política dominante, y por lo tanto el mejor lugar para estudiar la economía del capitalismo. Este auge les reveló a Marx y Engels que no había un atajo hacia la revolución, y que el capitalismo tenía aún formas de expandirse por el mundo. La primera depresión de 1857 no condujo ni al colapso del capitalismo ni a la revolución. Marx se concentró en organizar el primer partido internacional de la clase obrera (la Asociación Internacional de Trabajadores) y en escribir su principal obra económica, El Capital.

A lo largo de la década de 1850, trabajó en el Museo Británico y compiló notas detalladas sobre los llamados economistas clásicos de principios del siglo XIX Adam Smith, David Ricardo, James Mill, Thomas Malthus y muchos otros. Fue entonces cuando desarrolló sus tres grandes leyes de movimiento del capitalismo: la ley del valor, la ley de la acumulación y la ley de la tasa de ganancia. De estas leyes se puede derivar la teoría de Marx sobre las crisis bajo el capitalismo. También explican por qué el capitalismo es un modo de producción que agotará su capacidad de incrementar las “fuerzas productivas” de la sociedad humana y deberá ser reemplazado.

El mayor descubrimiento económico de Marx en la década de 1850, y su mayor contribución a la economía política, fue cómo el modo de producción capitalista extrae valor del trabajo humano. En las economías capitalistas, pareciera que la fuerza de trabajo humano fuera intercambiado por un salario en un intercambio libre e igual. Pero Marx demostró que esto era una farsa. Se extraía plustrabajo sin pago porque los salarios se pagaban para que los obreros cubrieran sus necesidades, pero eran contratados por más horas, días o años que el valor contenido en el poder de compra de sus salarios. El plustrabajo tomaba la forma de plusvalía en una economía en la que todos los productos de la fuerza de trabajo se vendían en el mercado como mercancías, incluida la propia fuerza de trabajo.

El descubrimiento de Marx de la plusvalía pasó a formar parte de su teoría o ley del valor basado en trabajo humano vivo. Sus otras leyes clave del movimiento del capitalismo fueron la ley de acumulación y la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Las leyes del valor y de la acumulación aparecieron en el volumen I de El Capital. Pero la ley de la tasa de ganancia no apareció sino hasta la publicación del volumen III en 1894. Los Grundrisse (las notas de Marx para El Capital) no estuvieron disponibles para nadie sino hasta bien entrado el siglo XX.

En los Grundrisse, Marx elaboró en detalle la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y la caracterizó como “la ley más importante de la economía política moderna…, que a pesar de su simpleza nunca había sido comprendida hasta ahora, y aún menos había sido expresada conscientemente”. La consecuencia de esta ley es que “después de determinado punto, el desarrollo de las fuerzas productivas se convierte en una barrera para el capital; esto significa que la relación del capital es una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo”.

A partir de las tres leyes de Marx podemos comprender por qué el capitalismo no puede dejar de estar sujeto a depresiones regulares y recurrentes; provoca rivalidades atroces entre estados nacionales que conducen a guerras perpetuas; y engendra un derroche descontrolado de los recursos naturales que ahora amenaza con destruir el planeta mismo. Las leyes de Marx también nos dicen que el capitalismo no estará aquí por toda la eternidad sino que tiene una existencia finita. La pregunta frente a nosotros, 200 años después del nacimiento de Marx, es qué lo reemplazará como modo de producción y organización social de los seres humanos de este planeta.

Desde las tres leyes de Marx podemos entender por qué el capitalismo no puede dejar de estar sujeto a desplomes regulares y recurrentes; ocasionar rivalidades perniciosas entre los Estados nacionales que llevan perpetuamente a guerras, y engendrar un uso descontrolado y derrochador de los recursos naturales que ahora amenazan con la destrucción del planeta. Las leyes de Marx también nos dicen que el capitalismo no estará aquí eternamente sino que tiene una existencia finita.

Marx nunca dejó de intentar respaldar sus leyes del movimiento del capitalismo y su teoría de las crisis con evidencia empírica. De hecho Marx, el investigador empírico, lidió con siete ciclos sucesivos en su vida. En sus últimos años, Marx se concentró en el análisis del rol del crédito en las crisis y cómo estas estaban conectadas con las crisis regulares en la producción.

La derrota de la Comuna de París en 1871, seguida por el pánico financiero y el colapso de 1873 en los EE. UU. que se expandió a Europa, marcaron la fase final de la vida de Marx. También fue el comienzo de lo que eventualmente se llamó la (primera) Gran Depresión, en la que las mayores economías capitalistas bregaban por recuperarse de los colapsos y se volvieron sujetos de una serie de caídas. Esto fue una reivindicación de las leyes del movimiento de Marx. Murió en 1883, en el peor momento de la depresión en Gran Bretaña.

Marx permaneció como una figura oscura en el pensamiento económico y político después de su muerte, excepto en los círculos de los líderes de los florecientes partidos socialdemócratas de Europa luego de finalizada la Gran Depresión. En este nuevo período de recuperación económica de la década de 1890, los obreros no especializados formaron sindicatos y las organizaciones de la clase obrera construyeron partidos políticos de masas en Europa, con un creciente poder electoral. Las ideas de Marx, entonces, se extendieron. La victoria de los socialdemócratas “bolcheviques” (mayoría) en la Revolución rusa de 1917 colocó a las obras de Marx y Engels en el centro del escenario mundial para el resto del siglo XX.

Hoy, 200 años después del nacimiento de Marx, parece ser que el capitalismo se encuentra con una nueva tendencia a la baja: menguó su capacidad para desarrollar la productividad del trabajo y para sacar a siete mil millones de personas de la pobreza. Las predicciones de Marx sobre el ensanchamiento de la desigualdad, el incremento en los conflictos nacionales, el empobrecimiento del trabajo por las máquinas y la destrucción de los recursos naturales parecen aún más pertinentes.

El resultado principal de El Capital de Marx y de sus leyes de acumulación y rentabilidad es que la oposición al capitalismo no es una respuesta irracional a las dificultades temporarias del capitalismo, sino una necesidad dictada por la progresiva incapacidad del sistema para sostener a la humanidad. El análisis de la acumulación capitalista culmina, como le dijo Marx a Engels en una carta:

… ¡en la lucha de clases como objetivo en la cual se encuentra la solución a todo este problema! De una lucha por salario, horas y condiciones laborales y su alivio, se convierte, al mismo tiempo que pelea por esas cosas, en una lucha por el derrocamiento del sistema capitalista de producción; en una lucha por la revolución proletaria."

(Michael Roberts , La izquierda Diario, 03/06/18)

 

"(...) En la sesión sobre el libro Marx 200, en mi presentación, Marx 200 HM, vuelvo a esbozar lo que considero que son las leyes fundamentales del movimiento del capitalismo que Marx revela en su análisis económico: la ley del valor, la ley de la acumulación y la ley de la rentabilidad. 

Esta última fluye de las dos primeras, por lo que la teoría marxista de las crisis depende de estas tres leyes para ser correcta. En la sesión, Riccardo Bellofiore de la Universidad de Bérgamo amablemente accedió a ofrecer una crítica del libro y de mi enfoque. Riccardo considera que mi énfasis en el uso de datos empíricos y estadísticas oficiales bordean el 'positivista lógico', un método no dialéctico. Como Paul Mattick, el gran economista marxista de los años 1950 y 1960, argumentó, es imposible utilizar los datos oficiales basados sólo en términos de dinero fiduciario para determinar los cambios en el valor en términos marxistas. Por otra parte, mi énfasis en los datos y las tendencias económicas era demasiado 'determinista' y no tiene en cuenta el papel de la lucha de clase. No es decidido por las fuerzas económicas, también existe el papel subjetiva de la clase y yo no lo tenía en cuenta.

Naturalmente no estoy de acuerdo. Me parece que el 'socialismo científico' es eso: un enfoque científico para explicar la contradicción irreconciliable dentro del capitalismo y por qué tiene que ser y debe ser reemplazado por el socialismo si la sociedad humana debe progresar o incluso sobrevivir. Marx reconoció el papel de los datos empíricos en el desarrollo de sus teorías y, a menudo, intentó con los limitados recursos a su disposición reunirlos (en El Capital y en otras obras). No podemos limitarnos a afirmar que las leyes del movimiento de Marx deben ser correctas porque hay crisis recurrentes del capitalismo: tenemos que demostrar que las leyes de Marx explican el desarrollo interno de estas crisis y no otras teorías. Si las otras explicaciones son correctas, implican (como así es efectivamente) que el capitalismo sólo necesita ser 'modificado' o 'gestionado' (Keynes) o incluso mejor no interferir en su funcionamiento (escuelas neoclásica y austríaca).

No es determinismo argumentar que las condiciones económicas están fuera del control consciente tanto de los capitalistas como de los trabajadores (un Leviatán invisible) y que la ley del movimiento del capitalismo se impone a la capacidad de las personas de lucha para cambiar irreversiblemente sus vidas  sino se termina con el capitalismo. La lucha de clases opera continuamente, pero su grado de intensidad y el nivel de éxito del trabajo sobre el capital será en parte (incluso principalmente) determinada por las condiciones económicas. “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias existentes (Marx). (...)

La otra pregunta que surgió fue una vez más si la ley de la rentabilidad de Marx en realidad es sólo una teoría secular (es decir, a largo plazo) y básicamente irrelevante a la hora de explicar las causas subyacentes de las crisis recurrentes; o si era sólo una teoría cíclica, que explicaría el 'ciclo económico' o las 'ondas de acumulación de capital', pero que aportaría poco sobre la posible desaparición o quiebra del capitalismo.En opinión de Rosa Luxemburgo es que era lo primero: una tendencia a muy largo plazo, tanto que el 'sol se extinguirá' antes de que la tasa decreciente de ganancia pueda jugar un papel en el desencadenamiento de la crisis del capitalismo (Luxemburgo hizo este sarcástico comentario en respuesta a un economista ruso que sugirió que la ley de la rentabilidad de Marx bien podría ser relevante). Por otro lado, muchos economistas marxistas que aceptan la pertinencia de la ley de la rentabilidad de Marx en las crisis recurrentes niegan que ofrece una predicción sobre el futuro transitoria del capitalismo (es decir, el capitalismo no puede durar para siempre). En mi opinión, la ley es tanto secular como cíclica y presento argumentos en mi libro, La Larga Depresión, en este sentido. Y en el nuevo libro, El mundo en crisis, hay pruebas tanto del punto de vista secular (Maito) y de la visión cíclica (Tapia). (...)"

(Michael Roberts, Sin permiso, 23/11/18)

21/9/24

China es una “economía de transición” en la que la contradicción radica en una economía impulsada en parte por la acumulación capitalista con fines de lucro y en parte por la “acumulación socialista primitiva”, que apunta a través de la inversión planificada a alcanzar objetivos sociales sin el mercado. ¿Qué triunfará: la acumulación socialista o la acumulación capitalista en China? Mucho depende de la construcción de una cooperación con otras economías del Sur Global como los BRICS+. De lo contrario, la economía mundial caerá en “un mundo bipolar con un vacío hegemónico que generará peligros reales para el futuro”... ¿Los países del Sur Global podrán escapar de las garras del imperialismo y comenzar a "ponerse al día"? ¿Se logrará esto apoyándose en la emergente y dispar coalición de gobiernos BRICS+ o dependerá más bien de romper con el capitalismo en cada país y desarrollar un modelo transicional de acumulación que no se base en la ley del valor? Mi opinión es que la cooperación del Sur Global sólo funcionará para romper el yugo del imperialismo cuando haya un cambio social y económico dentro de los principales países del Sur Global, y también en el núcleo imperialista del Norte Global (Michael Roberts)

  "La Iniciativa Internacional para la Promoción de la Economía Política (IIPE) celebra una conferencia todos los años. Reúne a economistas radicales y marxistas para discutir las últimas teorías y desarrollos del capitalismo en sesiones en las que se presentan muchos trabajos. He informado sobre conferencias anteriores en este blog. La conferencia de este año se llevó a cabo en Estambul, Turquía, y el tema fue: La economía mundial cambiante y el imperialismo actual. Participé en línea por Zoom en algunas sesiones y también obtuve trabajos de los participantes de la conferencia.

 Hubo dos sesiones plenarias sobre el tema principal de la conferencia dirigidas por Trevor Ngwane de la Universidad de Johannesburgo, Sudáfrica y Utsa Patnaik de la Universidad Jawaharial Nehru, India. Sólo pude obtener fragmentos de segunda mano de estas sesiones plenarias, pero, hasta donde sé, el profesor Ngwane estaba ansioso por decirle a su audiencia que los socialistas no deberían confiar en los BRICS (o los BRICS+, incluidos los nuevos participantes, Irán, Arabia Saudita y pronto Turquía) y sus instituciones en expansión para resistir la hegemonía del bloque imperialista liderado por los EE. UU.

 Los países del BRICS+ eran tan capitalistas e imperialistas como el bloque imperialista del Norte Global, argumentó Ngawani. Ellos y sus gobiernos explotarían a los pobres en la misma medida. De hecho, la economía más importante del BRICS+, China, era capitalista e imperialista en sus relaciones con la periferia. Los países del BRIC podrían caracterizarse como “subimperialistas” (explotados por el bloque imperialista pero explotando a otros más abajo en la escala). La única fuerza para el cambio vendría “desde abajo”, de la clase trabajadora de esos países, no de figuras como Xi en China, Modi en la India, Ramaphosa en Sudáfrica, Lula en Brasil, MbS en Arabia Saudita o los mulás en Irán.

 En mi opinión, hay mucha verdad en la conclusión de Ngwane: no podemos esperar que estos gobiernos del BRICS transformen el mundo a pesar de su relativa resistencia al bloque imperialista estadounidense. Por otro lado, la caracterización que hace Ngwane de China como imperialista, y mucho menos capitalista, y de todos los BRICS como “subimperialistas”, no me convence. Volveré a esas cuestiones más adelante en este artículo.

 Utsa Patnaik es una famosa economista marxista india (junto con su marido Prabhat). Desarrollaron la “teoría del drenaje” de la explotación: los ingresos de la India en el siglo XIX se drenaron para proporcionar ganancias para el ascenso hegemónico mundial de Gran Bretaña.

 De hecho, recientemente, Kabeer Bora, de la Universidad de Utah, hizo un novedoso intento de medir la transferencia de valor apropiada por Gran Bretaña desde su colonia “joya de la corona”, la India, durante el siglo XIX. Bora consideró que esta transferencia de plusvalía fue inestimable para el éxito de la economía británica. En su análisis, se basó en la ley de Marx de la tasa decreciente de ganancia, es decir, que cuando la tasa de ganancia caía en el país, el capital británico contrarrestaba eso con mayores ganancias drenadas de la India. Bora midió la fuga de valor de la India hacia Gran Bretaña utilizando la relación entre las exportaciones nominales de la India y las importaciones nominales hacia y desde el Reino Unido. Encontró que un aumento de esta “fuga” colonial del 1% aumenta la tasa de ganancia de Gran Bretaña en alrededor de 9 puntos porcentuales. De modo que no sólo el colonialismo ayudó a Gran Bretaña, sino que fue particularmente la fuga de recursos de la India la que lo hizo. 

 En su presentación, Patnaik se concentró en el fracaso de poner fin a la pobreza en el Sur Global. Este fracaso se debió a la explotación de los países pobres por parte del Norte Global. Pero también le preocupaba argumentar en contra de la afirmación de China de que había sacado a 800 millones de chinos de la pobreza. Consideró que esta afirmación era falsa porque las autoridades chinas habían cambiado la definición de pobreza para obtener ese resultado. En realidad, China estaba tan llena de gente pobre como la India. Eso se debe a que China era igual de capitalista. Este argumento fue refutado desde el pleno: las definiciones de pobreza de China coincidían con las de la India y el Banco Mundial e incluso el Banco Mundial reconoció la reducción en China del número de personas por debajo de los niveles de pobreza del Banco Mundial.

 Más decepcionantes fueron las soluciones políticas propuestas por Patnaik para la pobreza en la India y el Sur global. Siguiendo a Keynes (no a Marx), consideró que los gobiernos debían gastar más dinero y generar déficit para gastar en aliviar la pobreza. Patnaik parecía rechazar el "modelo chino" y, sin embargo, era poco probable que su propia política redujera la pobreza en la India dada la naturaleza del gobierno de Modi.

 Esto me lleva de nuevo a la cuestión de si China es capitalista y/o imperialista. He discutido esto extensamente en muchos artículos en mi blog y en artículos y libros. Así que no volveré a tratar el tema aquí. Baste ahora presentar algunas pruebas contra la idea de que China es imperialista, o incluso "subimperialista", es decir, que es explotada por el bloque imperialista, pero al mismo tiempo explota a países más pobres que ella (¿África?). Mino Carchedi y yo hemos presentado evidencia sobre transferencias de valor que muestran que China ha hecho grandes transferencias de valor a través del comercio y la inversión al bloque imperialista.

 También Andrea Ricci de la Universidad de Urbino, Italia, ha mostrado en el pasado un resultado similar. Vea esta tabla de transferencias de valor a través del intercambio desigual en el comercio.

 Robert Veneziani et al de la LSE, Londres también desarrollaron un "índice de explotación" para los países que mostró que "todos los países de la OCDE están en el núcleo, con un índice de intensidad de explotación muy por debajo de 1 (es decir, menos explotados que explotadores); Mientras que casi todos los países africanos están explotados, incluidos los veinte más explotados”. El estudio coloca a China en la cúspide entre explotado y explotador. De modo que, en todas estas medidas de “explotación imperialista”, China no cumple los requisitos, al menos en lo económico.

 La gran esperanza de los años 1990, tal como la promovía la economía del desarrollo dominante, era que Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) pronto se unirían a la liga de los ricos en el siglo XXI. Eso ha demostrado ser un espejismo. Estos países siguen siendo perdedores y siguen estando subordinados y explotados por el núcleo imperialista. No hay economías de rango medio, a medio camino entre ambas, que puedan considerarse “subimperialistas”. Y eso incluye a China. 

 Hablando de China, hubo varias sesiones sobre China organizadas por el grupo de trabajo de China del IIPPE. Las sesiones fueron grabadas y están disponibles para verlas en el canal de YouTube de China del IIPPE. Las sesiones abordaron el modelo de desarrollo de China, su elevada inversión en vehículos eléctricos y energía solar, y la probabilidad de que China “alcance” a Estados Unidos. En una sesión de taller, yo y otros presentamos ponencias breves. La mía tenía por objeto demostrar, contrariamente a la opinión generalizada de Occidente, que el crecimiento económico chino antes de las reformas de Deng en 1978 era muy fuerte, basado en la propiedad pública del sector financiero y de las grandes empresas, la reforma agraria para el campesinado y, sobre todo, la planificación nacional. Sólo hubo dos períodos de decadencia (el desastroso Gran Salto Adelante de 1958-61 y la llamada “revolución cultural de finales de los años 60).

 En su contribución, el profesor Dic Lo de la SOAS de Londres hizo algunas observaciones reveladoras sobre el modelo de desarrollo chino. Y en una sesión aparte, Dic Lo (China, Estados Unidos y el Sur Global) se refirió al reciente informe del Banco Mundial que describe las condiciones necesarias para que las economías del Sur Global rompan lo que se ha llamado la “trampa de los ingresos medios” y alcancen en cambio los niveles de vida del Norte Global. El Banco Mundial llama a estas condiciones las “tres I”: inversión, infusión (adoptar nuevas tecnologías de otros países) e innovación (desarrollar nuevas tecnologías por cuenta propia). Dic Lo consideró que si había un país que podía aplicar estas condiciones con éxito era China. Sólo China estaba “cerrando la brecha” con el Norte imperialista, aunque todavía estaba muy lejos. De hecho, eso es lo que asusta a Estados Unidos: que podría llegar a perder su estatus hegemónico en el mundo.

 En un artículo reciente, analicé en detalle el informe del Banco Mundial. El informe ignora por completo el modelo de desarrollo chino, prefiriendo depositar sus esperanzas de “alcanzar” a las economías de mercado capitalistas relativamente pequeñas de Corea, Polonia y Chile –apenas una proporción minúscula de la población y la producción del mundo en comparación con China. Incluso en estas economías, existe un obstáculo fundamental para alcanzar el estatus de altos ingresos, como lo explica un nuevo e importante libro de Aldalmir Marquetti y sus colegas.

 ¿Cuál es ese obstáculo fundamental? Así lo expresó Adalmir Marquetti: “la caída de la tasa de ganancia es el principal determinante de la disminución de la acumulación de capital y la inversión. El problema es que la tasa de ganancia se aproxima al nivel de Estados Unidos mucho más rápido que la productividad laboral. En esencia, la trampa de los ingresos medios es una “trampa de la tasa de ganancia”.

 El problema para las economías del Sur Global es que, mientras el capitalismo y la ley del valor sigan siendo dominantes en sus economías, habrá una contradicción entre aumentar la productividad y mantener la rentabilidad: tratar de aumentar la primera conduce a una caída de la segunda y, por lo tanto, limita el crecimiento.

 En otra sesión sobre China en el IIPPE, Sam Kee-Cheng, de la Universidad de Macao, expresó bien esta contradicción en su artículo (La geopolítica de la integración económica regional liderada por China). Sam Kee-Cheng sostuvo que China es una “economía de transición” en la que la contradicción radica en una economía impulsada en parte por la acumulación capitalista con fines de lucro y en parte por lo que el economista soviético Yevgeni Preobrazhensky llamó “acumulación socialista primitiva”, que apunta a través de la inversión planificada a alcanzar objetivos sociales sin el mercado.

 ¿Qué triunfará: la acumulación socialista o la acumulación capitalista en China? Si se trata de esta última, Sam-Kee sostuvo que China no progresará hacia un estatus de altos ingresos y terminará como el modelo de desarrollo de Japón, que se estancó una vez que Japón puso fin a su estrategia industrial independiente y se inclinó ante el dominio estadounidense.

 Sergio Camara, de la Universidad de México (UAM), planteó un argumento similar en su artículo (¿Está China rompiendo con la dinámica neoliberal?). Camara sostuvo que la economía china, dirigida por el Estado, era capaz de cumplir sus objetivos de “recuperación”, pero que mucho, pensaba, dependía de la construcción de una cooperación con otras economías del Sur Global como los BRICS+. De lo contrario, la economía mundial caería en “un mundo bipolar con un vacío hegemónico que generaría peligros reales para el futuro”. 

 Hubo varios otros documentos que mostraban los avances que estaba haciendo China con su modelo de desarrollo en vehículos eléctricos, y automóviles en general (Fanqi Lin, A case study of China’s NEV industry). China ha tenido tanto éxito en estos importantes sectores que, como señaló un documento (Tomas Costa, FDI in China 2013-23), a pesar de los esfuerzos de los Estados Unidos y otros gobiernos occidentales para persuadir u obligar a la inversión occidental a abandonar China, la IED entrante sigue siendo alta.

 Pero hubo otros documentos que mostraban el riesgo de fracaso debido a las crisis en las que podría entrar el sector capitalista en China. El más evidente fue el colapso del sector inmobiliario y de los promotores privados, que dejaron una enorme carga de deuda sobre las corporaciones y los gobiernos locales (Chiara Pollio, Post shock resistance in China). La adopción del modelo occidental de urbanización y vivienda en los años 1990 para construir viviendas para venderlas a sus propietarios, financiadas con hipotecas y deuda en bonos, resultó ser lo peor, tal como sucedió en Occidente durante la crisis inmobiliaria de 2007-8. Pollio sostuvo que, si bien China evitaría un “momento Minsky”, es decir, un colapso financiero como el que sufrió Occidente en 2008, esto mostraba los peligros de la “financiarización” en la economía china. 

 En este contexto, Zhenzhen Zhang produjo un interesante trabajo empírico que mostraba una alta correlación entre la inversión en sectores productivos y el crecimiento. El aumento de la inversión en sectores financieros e inmobiliarios improductivos en comparación con los sectores productivos había reducido el potencial de crecimiento de China después de 2008. Y es por eso que los líderes del PCCh ahora están enfatizando la inversión productiva de “calidad” a partir de ahora.

 Dado el tema de la IIPPE de este año (es decir, el imperialismo y la economía mundial), esto significó que otros temas importantes para la economía política marxista no tuvieron mucho que ver. Hubo sesiones sobre la teoría del valor y sobre la circulación del capital-dinero (Takashi Satoh). Y hubo varias ponencias presentadas sobre el calentamiento global y la brecha entre la expansión capitalista y la naturaleza (Maria Pempetzoglou y Paraskevi Tsinaslanidou). También hubo una ponencia de João Alcobia sobre la Unión Monetaria Europea que mostraba que la moneda única había ayudado principalmente al núcleo de Europa (Francia, Alemania) a expensas de los estados miembros más débiles del sur. Esto es algo que había señalado hace algunos años en una ponencia.

 Pero en general, el tema de la conferencia, al menos para mí, se centró en si los países del Sur Global podían escapar de las garras del imperialismo y comenzar a "ponerse al día". ¿Se logrará esto apoyándose en la emergente y dispar coalición de gobiernos BRICS+ o dependerá más bien de romper con el capitalismo en cada país y desarrollar un modelo transicional de acumulación que no se base en la ley del valor?

 En la conferencia, claramente muchos esperaban y apoyaban la primera dirección basada en los BRIC+. De hecho, Andrea Ricci hizo una presentación sobre las implicaciones políticas del intercambio desigual (es decir, la explotación imperialista) y la necesidad de encontrar una agenda común entre los países del Sur Global. Mi opinión es que la cooperación del Sur Global sólo funcionará para romper el yugo del imperialismo cuando haya un cambio social y económico dentro de los principales países del Sur Global (y también en el núcleo imperialista del Norte Global)."

 (

23/3/24

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por primera vez en dos siglos, se ve al capitalismo como algo destructivo e irreversible. La pérdida de la fe en la posibilidad de un futuro poscapitalista ha alimentado un pesimismo profundo... Es la falta de una visión redentora lo que sostiene, y en parte define, el pesimismo prevaleciente de hoy... Frente a una opción entre capitalismo parasitario y neofascismo emergente, el pesimismo es razonable. Pero considerando que ni el fin del mundo ni el fin del capitalismo parecen inminentes, sigue vigente el interrogante: ¿adónde vamos ahora? (Robert Skidelsky)

 "En 2023, el crítico literario Fredric Jameson observó brillantemente que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por primera vez en dos siglos, observó, se veía al capitalismo como algo destructivo e irreversible. La pérdida de la fe en la posibilidad de un futuro poscapitalista ha alimentado un pesimismo profundo.

Esta desesperación prevaleciente evoca el ensayo de 1930 de John Maynard Keynes “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, en el que advertía sobre los “dos errores opuestos del pesimismo”. El primero era el pesimismo “de los revolucionarios que piensan que las cosas están tan mal que nada nos puede salvar si no un cambio violento”. El segundo era el pesimismo de los reaccionarios que consideran que las estructuras económicas y sociales son “tan precarias que no debemos arriesgarnos a ningún experimento”.

En respuesta a los pesimismos de su época, Keynes ofrecía una visión alternativa que predecía que la tecnología introduciría una era de abundancia sin precedentes. En el lapso de un siglo, sostenía, el continuo progreso tecnológico elevaría los estándares de vida -al menos en el mundo “civilizado”- entre 4 y 8 veces por encima de cómo eran en los años 1920. Esto permitiría que los nietos de su generación trabajaran una fracción de las horas que habían trabajado sus ancestros.

La teoría del empleo de corto plazo por la cual Keynes es muy reconocido era parte de esta visión más amplia de la utopía tecnológica. En su opinión, administrar la economía en su capacidad máxima era la ruta más rápida para pasar de la necesidad a la libertad. Una vez que alcanzamos este objetivo, la “dentistería” económica que preocupaba a Keynes se volvería redundante. Nuestra atención luego podría virar a “nuestros problemas reales”, los de “la vida y las relaciones humanas, la creación, el comportamiento y la religión”.

Si bien para Keynes las ideas de Karl Marx eran incomprensibles, su visión de un futuro poscapitalista se asemejaba a la de Marx en La ideología alemana. Marx consideraba que el capitalismo era un medio para resolver el problema de la producción, mientras que el comunismo era visto como una manera de administrar la distribución, eliminando así la necesidad de una división de la mano de obra.

Al igual que Keynes, la visión del futuro de Marx abogaba por el aficionado cultivado, un rol tradicionalmente reservado para la aristocracia. Marx avizoraba una sociedad en la que uno pudiera “cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado por la noche” y “criticar después de cenar”, sin estar confinado al rol de cazador, pescador, pastor o crítico. Al igual que Keynes, veía al capitalismo como un calvario que la humanidad tenía que transitar para que se pudiera democratizar la buena vida.

Si bien Keynes y Marx veían al capitalismo como un mal necesario, ambos se oponían a los esfuerzos apresurados por abolirlo o por interferir demasiado enérgicamente en su mecanismo. Keynes advertía sobre el desmantelamiento prematuro del sistema capitalista a través de la redistribución de la riqueza y del ingreso, mientras que Marx creía que los intentos reformistas por humanizar al capitalismo no harían más que demorar la revolución. Estas posturas rígidas, en definitiva, resultaron ser demasiado extremas para los keynesianos y los socialistas que pretendían establecer democracias sociales keynesianas a mediados del siglo XX.

Pero, a pesar de sus visiones utópicas de un mundo poscapitalista, Keynes y Marx tenían visiones esencialmente diferentes de cómo superar al “monstruo” capitalista, producto de sus distintas interpretaciones del sistema. Para Keynes, el capitalismo era una deformación espiritual que se había propagado por la civilización occidental por el vector del puritanismo y que, naturalmente, se extinguiría una vez que dejara de ser necesario. En una era de abundancia, “al amor por el dinero como una posesión -a diferencia del amor por el dinero como un medio para los placeres y las realidades de la vida- se lo reconocería por lo que es”, una “morbilidad un tanto desagradable” que uno “entrega con un escalofrío a los especialistas en enfermedades mentales”.

Marx, por el contrario, no veía al capitalismo como una aflicción psicológica; lo veía, más bien, como un sistema político y social en el que la clase capitalista monopolizaba la propiedad y el control de la tierra y del capital. Este dominio permitía a los capitalistas extraer un valor adicional de los trabajadores, cuyo único bien vendible era su fuerza de trabajo. El capitalismo, sostenía Marx, no desaparecería así nomás; tendría que ser derrocado, pero no antes de que se hubiera alcanzado plenamente su potencial creativo.

El retrato del capitalismo de Marx como una fuerza creadora estaba arraigado en la dialéctica de Hegel e influenciado significativamente por la novela de Mary Shelley de 1818 Frankenstein o el moderno Prometeo. Otra fuente de inspiración fue Fausto de Goethe, donde Mefistófeles es caracterizado como un ejecutor diligente del plan de Dios para la redención humana.

En muchos sentidos, el pesimismo de hoy es más profundo que el que Keynes identificaba en 1930. Los revolucionarios izquierdistas todavía añoran una caída del capitalismo, pero no han sabido ofrecer una alternativa política viable desde el colapso del comunismo soviético. Por su parte, el conservadurismo ha evolucionado en la “derecha radical”, caracterizada por el resentimiento y el chauvinismo, pero que carece de una visión coherente para un futuro armonioso. Ninguna de las partes parece ofrecer una luz al final del túnel.

Es la falta de una visión redentora lo que sostiene, y en parte define, el pesimismo prevaleciente de hoy. Mientras que Keynes y Marx creían en el poder emancipador de las máquinas, la tecnología hoy es vista, en general, como una amenaza, aún si la tecnología y nuestro futuro siguen profundamente entrelazados. De la misma manera, Keynes y Marx suponían que el capitalismo caería mucho antes de que la naturaleza se rebelara en contra de su explotación; ahora enfrentamos la amenaza existencial del cambio climático, con pocas esperanzas de un esfuerzo global exitoso para combatirlo. Más alarmante aún es el hecho de que la confianza pública en la capacidad de los sistemas democráticos para ofrecer un progreso significativo se está erosionando a pasos acelerados.

Frente a una opción entre capitalismo parasitario y neofascismo emergente, el pesimismo es razonable. Pero considerando que ni el fin del mundo ni el fin del capitalismo parecen inminentes, sigue vigente el interrogante: ¿adónde vamos de ahora en más?"

( Robert Skidelsky, Revista de prensa, 22/03/24, Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate.)

11/1/24

El capitalismo verde es una estafa... la droga de hoy es el culto al capitalismo verde... Sólo el marxismo puede salvar el planeta... Marx abogó por el concepto de "bienes comunes" (igualdad de condiciones económicas) para dirigir una tercera vía entre los extremos del neoliberalismo al estilo estadounidense y la nacionalización al estilo soviético. La idea es que ciertos bienes públicos -como el agua, la electricidad, la vivienda, la sanidad y la educación- deben ser gestionados y compartidos por todos los miembros de la sociedad, independientemente de los mercados. Lo importante es que, frente al monopolio administrativo de capitalistas o burócratas socialistas, todos los afectados participen en la toma de decisiones y gestionen democráticamente la mancomunidad. Esto dista mucho de ser una forma de maoísmo climático verticalista, sino un movimiento de base que desafía el poder del capital (Kohei Saito)

 "Si la religión era el opio de las masas en tiempos de Karl Marx, la droga de hoy es el culto al capitalismo verde. Se ha engañado a Occidente haciéndole creer que una combinación de tecnologías verdes futuristas y crecimiento ecológico salvará a la humanidad de la crisis climática. Mientras comamos nuestros tallos de brócoli y rechacemos las bolsas de plástico, podremos seguir haciendo la vista gorda ante la verdad: que la causa fundamental del cambio climático es el capitalismo, y que nuestro actual modo de vida no sólo conducirá al colapso ecológico, sino que al hacerlo explotará la mano de obra y la tierra del empobrecido Sur Global.

Y, sin embargo, en lugar de despertar al hecho de que el capitalismo verde es un mito, los líderes occidentales están redoblando sus compromisos con el crecimiento verde. Desde el presidente Joe Biden hasta el ex ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis y el líder laborista británico Keir Starmer, figuras públicas tanto en Europa como en Estados Unidos han sucumbido a los cantos de sirena de un Green New Deal: un milagroso programa de inversión en energías renovables y coches eléctricos que supuestamente impulsará la transición hacia una economía verde sostenible.

 El problema es que ni siquiera el Green New Deal más radical alcanzará nunca sus objetivos. Al fin y al cabo, una revolución verde requerirá no sólo una transición a los vehículos eléctricos, los aviones de hidrógeno y las energías renovables, sino una revisión completa de nuestro mundo material. Todos y cada uno de los recursos de los que dependemos -desde la maquinaria agrícola y los fertilizantes químicos hasta el hierro y el cemento para la construcción- tendrán que ser sustituidos por una versión más nueva y ecológica. Así pues, cualquier Nuevo Pacto Verde viable sólo reducirá las emisiones de dióxido de carbono en relación con el PIB, no de forma absoluta, antes de 2050. En otras palabras, los niveles de dióxido de carbono seguirán aumentando, aunque a un ritmo más lento.

 Sin embargo, la visión de un New Deal ecológico es seductora, en parte porque nos permite continuar con nuestro frenesí consumista sin preocuparnos por el medio ambiente -lo único que tenemos que hacer para aliviar nuestra culpa es comprar un Tesla- y en parte porque se ha aclamado como una solución milagrosa a la desigualdad económica. El sueño es que una transición ecológica creará empleos más estables y mejor remunerados para la clase trabajadora, especialmente en los antiguos centros industriales de América y Europa. Sin embargo, los más pobres del mundo pagarán el precio del auge del empleo en Occidente. El 10% más rico del mundo -en su mayoría en el Norte Global- ya es responsable de la mitad de las emisiones mundiales, aunque la mitad más pobre será la primera en sufrir los efectos del cambio climático. Un Nuevo Pacto Verde trasladará aún más la carga al Sur Global. No es una solución deseable para la pobreza mundial.

 Por ejemplo, los vehículos eléctricos. Sus baterías de iones de litio se fabrican con metales raros encontrados en el salar de Atacama (Chile). Sin embargo, la extracción de litio requiere mucha agua: una sola empresa puede extraer 1.700 litros de agua subterránea por segundo. Esto ya está afectando a la ecología del país, donde la población no tiene acceso a agua potable. Otro metal crucial es el cobalto, del que casi el 60% del suministro mundial se extrae en la República Democrática del Congo, una de las naciones más pobres de África. En las minas de cobalto congoleñas trabajan unos 40.000 niños, algunos de apenas seis o siete años, algunos de los cuales han sido enterrados vivos en los túneles. Sin embargo, mientras Occidente no vea estas explotaciones neocoloniales, tampoco las tendrá en cuenta: Las naciones occidentales siguen saqueando el Sur Global con el pretexto de hacer sostenible el capitalismo.

 Algunos tecnooptimistas creen que las fantásticas tecnologías de captura de carbono, aún por inventar, resolverán el problema del cambio climático. Sin embargo, estas Tecnologías de Emisiones Negativas (NET) podrían infligir aún más daño al medio ambiente y al Sur Global. El modelo líder, la Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono (BECCS), requeriría tierras de cultivo del doble del tamaño de la India para producir suficiente energía de biomasa para mantener bajas las emisiones de carbono. ¿Robaremos estas tierras a los indios o brasileños que las necesitan para cultivar alimentos? ¿O simplemente talaremos más selva amazónica? Mientras tanto, la tecnología también requeriría una enorme cantidad de agua: 400 millones de toneladas métricas para producir electricidad suficiente para abastecer a Estados Unidos durante un año. E incluso si eso fuera posible, hay muchas posibilidades de que el dióxido de carbono almacenado bajo la superficie de la Tierra acabe filtrándose de nuevo al exterior. Para entonces, será demasiado tarde para encontrar una solución mejor.

 En efecto, un New Deal verde no haría más que trasladar el trabajo sucio de la extracción de recursos a las periferias mundiales, como lleva haciendo el capitalismo desde hace siglos. Ya a mediados del siglo XIX, Marx se dio cuenta de que el capitalismo tenía la habilidad de hacer invisibles sus efectos nocivos desplazándolos a otro lugar. Reconoció tres tipos de desplazamiento: tecnológico, espacial y temporal, todos ellos vulnerables al colapso. Y ninguno de ellos es un buen augurio para el Green New Deal. La primera idea, que el avance tecnológico puede superar la crisis medioambiental, hemos demostrado que es una fantasía tecnooptimista. La segunda, que podemos exportar nuestros problemas medioambientales y sociales al Sur Global, es una forma cruel de imperialismo ecológico. Y la tercera, que podemos descargar nuestros problemas sobre las generaciones futuras, es el epítome de la locura y el egoísmo humanos.

 Pero si el capitalismo verde no es la solución, ¿cuál es? Creo que la respuesta se encuentra en los últimos escritos de Marx, muchos de ellos inéditos. Lo que mucha gente no sabe, incluidos los de izquierdas, es que Marx experimentó un drástico cambio teórico hacia el final de su vida, cuando por fin se dio cuenta de que el progreso tecnológico y el productivismo, lejos de ser fuerzas para el bien común, estaban de hecho destruyendo la Tierra. En los cinco años que precedieron a su muerte, en 1883, Marx se dedicó a estudiar las ciencias naturales y llegó a la conclusión de que el afán del capitalismo por acumular valor altera la relación metabólica entre el ser humano y la naturaleza, creando una "ruptura irreparable" a escala mundial. A partir de entonces, abogó por un comunismo que pusiera fin a la explotación de los trabajadores y del planeta por parte del capitalismo y que devolviera a la producción su sincronía con los ciclos más lentos de la naturaleza.

 Aunque Marx murió antes de poder exponer su manifiesto comunista de decrecimiento en una sola obra parecida a El Capital, su visión puede conjurarse a partir de sus críticas ecológicas dispersas del capitalismo. El capitalismo, escribió, perturbaba "la interacción metabólica entre el hombre y la tierra"; obstaculizaba "el funcionamiento de la eterna condición natural para la fertilidad duradera del suelo". Casi siglo y medio después, es hora de que hagamos caso a sus advertencias.

 Por supuesto, no estoy sugiriendo un retorno al oscuro comunismo de la Unión Soviética o de la China del siglo XX, donde los modos de producción fueron nacionalizados por Estados tiránicos de partido único. Marx nunca abogó por esta forma de comunismo. En su lugar, deberíamos basarnos en su concepto de "bienes comunes" (igualdad de condiciones económicas) para dirigir una tercera vía entre los extremos del neoliberalismo al estilo estadounidense y la nacionalización al estilo soviético. La idea es que ciertos bienes públicos -como el agua, la electricidad, la vivienda, la sanidad y la educación- deben ser gestionados y compartidos por todos los miembros de la sociedad, independientemente de los mercados. Lo importante es que, frente al monopolio administrativo de capitalistas o burócratas socialistas, todos los afectados participen en la toma de decisiones y gestionen democráticamente la mancomunidad. Esto dista mucho de ser una forma de maoísmo climático verticalista, sino un movimiento de base que desafía el poder del capital.

 Una vez que el poder ha pasado a manos del pueblo, ¿cómo podemos empezar a frenar la economía? Podemos empezar por releer El Capital de Marx desde la óptica del decrecimiento. En primer lugar, debemos pasar, como nos indicó Marx, de una economía basada en el valor de la mercancía a otra basada en la utilidad social (o valor de uso). Debemos dar prioridad a la producción de bienes que son necesarios para responder a la crisis climática, en lugar de bienes de lujo deseables que son inútiles y ecológicamente destructivos. Una vez que dejemos de producir tanta basura sin sentido, podremos empezar a reducir las horas de trabajo en general, así como deshacernos de los "trabajos de mierda" -como la banca de inversión, el marketing y la consultoría- cuyo único propósito es ganar dinero. Otras extravagancias capitalistas, como la entrega en el mismo día y los supermercados 24 horas, también serían eliminadas. Liberar así a la gente de la esclavitud asalariada no sólo ayudará al medio ambiente, sino que también mejorará la vida de las personas, al permitirles dedicar más tiempo al cuidado de los niños, la educación y el ocio. En este nuevo sistema, la satisfacción de las necesidades materiales y la mejora de la calidad de vida se convertirán en una medida mucho más importante que el PIB.

 Además, deberíamos hacer caso al llamamiento de Marx para que el trabajo vuelva a ser creativo y "atractivo", aboliendo la fastidiosa división del trabajo que condena a los empleados a un trabajo repetitivo e inhumano. En un mundo ideal, el tiempo que pasamos en el trabajo debería ser satisfactorio, no tortuoso: los trabajadores deberían tener la oportunidad de convertirse en maestros de la industria y rotar entre tareas, aunque eso signifique que su trabajo sea menos productivo. Al mismo tiempo, deberíamos valorar más el trabajo emocional, como el trabajo de cuidados. Aunque este trabajo intensivo es crucial para el funcionamiento de la sociedad, tampoco es económicamente productivo y, por tanto, está infravalorado en un sistema capitalista. Ayudar a un niño o a un anciano a comer, beber o asearse no aumenta el PIB, pero es un acto de servicio profundamente humano. De hecho, desacelerar nuestra economía de esta manera no sólo salvará el planeta, sino que también hará que nuestras vidas sean más ricas, más significativas y más humanas. La frase "buen vivir", originaria de los pueblos indígenas de Ecuador y utilizada ahora por los izquierdistas de todo el mundo, nos recuerda que debemos seguir desafiando el corrupto sistema de valores del capitalismo occidental.

 En última instancia, lo único que falta es voluntad política. No podemos resolver un problema creado por el capitalismo mientras seguimos preservando el capitalismo. Y aunque derrocar al capitalismo y a la élite del 1% que lo controla será difícil, no es imposible. Según la politóloga de Harvard Erica Chenoweth, todo lo que se necesita para lograr un cambio político importante es el apoyo no violento del 3,5% de la población: el resto le seguirá. Esto es todo lo que necesitó la "Revolución del Poder Popular" para derrocar al régimen de Marcos en Filipinas en 1984, y para iniciar la "Revolución de las Rosas" de 2003 en Georgia, que culminó con la dimisión del entonces Presidente Eduard Shevardnadze. Sin duda, ya hay suficientes personas en Occidente que se preocupan por el destino del planeta como para encender una rebelión."                      

(Kohei Saito, profesor asociado de filosofía en la Universidad de Tokio. UnHerd, 09/01/24; traducción DEEPL)

14/12/23

Branko Milanovic: La visión de Marx sobre la desigualdad... el objetivo principal para Marx fue la abolición de las clases, el fin de la propiedad privada del capital y, por tanto, la trascendencia del capitalismo... la lucha por la igualdad no puede ser por sí misma el objetivo final. Es sólo un objetivo intermedio, en el camino hacia la sociedad sin clases... si hemos renunciado a la idea de acabar con el capitalismo, podemos intentar reconvertir a Marx en el apóstol de la igualdad bajo el capitalismo... si la izquierda desecha la idea de trascender el capitalismo, ¿puede decirse que es de izquierdas?

 "A menudo se asume que Marx era un pensador igualitario. Esto se hace, creo, no leyendo a Marx (poca gente lo hace) sino aplicando una simple extrapolación. Según esta visión común, y algo ingenua, del mundo, la derecha favorece la desigualdad, un Estado pequeño y casi ninguna redistribución, y la izquierda lo contrario. Cuanto más nos acerquemos a la extrema izquierda, más cierta será esta última postura. Y puesto que los marxistas son considerados la extrema izquierda, deben estar a favor de la igualdad incluso más que los demás izquierdistas.

Este punto de vista, sin embargo, pasa por alto cuál era el objetivo principal para Marx: la abolición de las clases, el fin de la propiedad privada del capital y, por tanto, la trascendencia del capitalismo. Marx y Engels fueron, en efecto, activistas, fundadores de la Primera Internacional, organizadores infatigables de diversas asambleas obreras, escritores de El Manifiesto Comunista, autores de conferencias muy accesibles pronunciadas ante asociaciones obreras (especialmente así el muy sencillo pero brillante El trabajo asalariado y El capital de Marx). En tales actividades, defendían necesariamente las típicas causas pro-obreras o pro-sindicales: reducción del número de horas de trabajo, prohibición del trabajo infantil, salarios más altos, educación gratuita.

 Entonces, ¿cómo no iba a ser un pensador favorable a la igualdad? Para entenderlo, hay que volver al objetivo principal de Marx y Engels: el fin de la sociedad de clases. Para alcanzar ese objetivo último, era necesario el activismo obrero, en el que Marx participó y al que apoyó. También fue útil, ya que aportó algunas conquistas reales a los trabajadores. Pero ese activismo, en opinión de Marx, nunca debe perder de vista el objetivo último. La reducción de la desigualdad que podría obtenerse a través de las luchas sindicalistas no puede ser por sí misma el objetivo final. Es sólo un objetivo intermedio, en el camino hacia la sociedad sin clases.

Marx y Engels son muy claros sobre este punto en su crítica del Programa de Gotha, el nuevo programa del Partido Socialdemócrata Alemán redactado en 1875. Esta fue la ocasión más importante en la que expresaron enérgicamente el contraste entre los dos objetivos: la reducción de la desigualdad de ingresos dentro de una sociedad capitalista y la abolición de las clases. Como escribe Engels: "La eliminación de toda desigualdad social y política [como se afirma en el Programa de Gotha] en lugar de 'la abolición de las distinciones de clase' es igualmente una expresión muy dudosa, ya que entre un país, una provincia e incluso un lugar y otro, las condiciones de vida siempre mostrarán cierta desigualdad que puede reducirse al mínimo pero nunca eliminarse por completo".

 Que su preocupación no era infundada puede verse en el hecho de que el programa, a pesar de las objeciones de Marx y Engels, fue adoptado con todas sus características reformistas y melioristas. El partido fue aún más lejos en la dirección reformista cuando Eduard Bernstein, que en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial se convirtió en su principal teórico, argumentó que "el movimiento lo es todo, la meta nada", lo que significa que la lucha continua por mejorar la existencia diaria de los trabajadores es lo que importa, no el objetivo abstracto, o quizás utópico, de trascender el capitalismo.

 Para Marx, como argumentan independientemente Shlomo Avineri y Leszek Kolakowski, esta transformación de un partido socialdemócrata en el brazo político de un movimiento sindical no era suficiente. Avineri piensa además que, para Marx, el valor clave de la actividad sindical no estaba en su lucha, o a veces, en los éxitos en la mejora de las condiciones de los trabajadores, sino en la fraternidad entre los miembros que creaba en la lucha por una causa común, en "el verdadero esfuerzo constructivo para crear la textura social de las futuras relaciones humanas". La disposición al sacrificio, la dedicación al objetivo común y el buen humor que Marx vio entre el proletariado parisino en 1848 y 1871, y que relató con tanta pasión, eran para él atisbos de la futura sociedad sin clases en la que reinará la solidaridad en lugar del "agua helada" del interés propio.

 Para Marx, la importancia subsidiaria o secundaria de la igualdad como objetivo proviene también de la imposibilidad de alcanzar una verdadera igualdad en el capitalismo. La verdadera igualdad sólo será posible cuando una minoría deje de monopolizar el acceso al capital para contratar mano de obra y apropiarse de la plusvalía. "Clamar por una remuneración igual o incluso equitativa", escribe Marx, "sobre la base del sistema salarial es lo mismo que clamar por la libertad sobre la base del sistema esclavista".

¿Cuándo será más importante la preocupación por la igualdad? Sólo cuando se hayan establecido las instituciones de fondo adecuadas (ausencia de propiedad privada). Aquí, como es bien sabido, Marx distingue entre dos etapas: el socialismo, en el que la escasez sigue presente y en el que se aplicarán reglas iguales a personas desiguales (ganarán más los que trabajen duro, sean más listos o tengan más suerte), y la etapa superior de desarrollo, en el comunismo, cuando, como dice la famosa fórmula, "todos contribuirán según sus capacidades y recibirán según sus necesidades".

 Sólo bajo el socialismo deberíamos empezar a preocuparnos principalmente por las desigualdades materiales, es decir, en el momento en que se haya eliminado la explotación de clase pero antes de que haya llegado la sociedad de la abundancia. Mientras las instituciones de fondo sean "defectuosas", y mientras exista el capital privado, creer que la reducción de la desigualdad es el objetivo primordial de la izquierda es, según Marx, erróneo porque acepta implícitamente el mantenimiento de instituciones injustas que generan desigualdad.

Dado que los escritos de Marx son explícitos al respecto, ¿por qué tendemos a ignorar sus puntos de vista sobre la igualdad? La respuesta, sospecho, es que tras los catastróficos fracasos del socialismo y el ascenso ideológico de la ideología neoliberal, hemos aceptado tácitamente la permanencia del capitalismo. Si uno tiene esa opinión, entonces tiene sentido volver a presentar a Marx como un pensador a favor de la igualdad que se preocupaba por la actividad sindical, la igualdad de oportunidades, el aumento de los salarios de los trabajadores y cosas por el estilo. En otras palabras, si hemos renunciado a la idea de acabar con el capitalismo, podemos intentar reconvertir a Marx en el apóstol de la igualdad bajo el capitalismo.

Pero puede que no sea fácil. Después de todo, si la izquierda desecha la idea de trascender el capitalismo, ¿puede decirse que es de izquierdas?"                 

(UnHerd, 16/10/23; traducción DEEPL)

4/12/23

Por qué es importante la economía del mundo real... Si la economía de mercado dominante no puede explicar muy bien el mundo real, entonces necesitamos nuevas teorías que guíen nuestras decisiones políticas ¿Cuál debería ser esa nueva economía? Permítanme recordarles algunas de las grandes cuestiones económicas que nos afectarán a todos mucho más que cualquier cosa, como si se deben aumentar o reducir los impuestos sobre la renta... En primer lugar, el cambio climático, ¿Cuáles son las teorías y políticas económicas que pueden lograr la reducción de las emisiones? Luego está la cuestión de la pobreza mundial y la creciente desigualdad de riqueza e ingresos entre las naciones de todo el mundo y dentro de las naciones ¿Qué podemos hacer al respecto? Luego está la tecnología del siglo XXI, la inteligencia artificial... calculan que desaparecerán 300 millones de puestos de trabajo en todo el mundo. Esta es otra área vital para la economía del mundo real... La economía y los economistas deberían utilizar sus conocimientos y el método científico para comprender el panorama general y contribuir así a hacer un mundo mejor para todos (Michael Roberts)

 "El pasado fin de semana pronuncié una conferencia magistral en la London School of Economics ante los estudiantes de economía de la Open University británica con motivo de su Día de la Economía. Esta es una transcripción de mi presentación.

Hoy me han pedido que hable sobre el tema: ¿Por qué importa la "economía del mundo real"?  El título suscita algunas preguntas:  ¿Qué es la economía del mundo real? Y esto implica que hay una economía que no tiene que ver con el mundo real.  Y si existe una economía del mundo real, ¿qué puede aportar para hacer un mundo mejor para todos nosotros?

La economía del mundo real debería consistir en comprender lo que ocurre en el mundo que nos rodea: qué causa la inflación, el desempleo, la pobreza, la desigualdad, el cambio climático, etc. Y cuáles son las respuestas de la política económica. Y cuáles son las respuestas de política económica. Pero hay un problema.  Lo que yo llamo economía dominante no discute ni trata muy bien estas cuestiones del mundo real.

Me viene a la mente un ejemplo directamente relacionado con este mismo edificio.  En plena Gran Recesión de 2008 y 2009, cuando todas las principales economías sufrían una fuerte y profunda caída de la producción nacional, el empleo y los ingresos medios, tras un colapso colosal de los sistemas bancario y financiero, la Reina Isabel visitó la London School of Economics.

Al entrar en este mismo edificio, preguntó al grupo de eminentes economistas que se reunió con ella: "¿Por qué nadie lo vio venir?".  En otras palabras, preguntó por qué nadie había predicho el colapso financiero y la subsiguiente recesión, la peor desde los años de la depresión de 1930. Los eminentes economistas se quedaron perplejos ante la pregunta de la Reina sobre el mundo real.  Tardaron tres meses en responder, en una carta de tres páginas publicada y dirigida a la Reina.

Cito: "Todo el mundo parecía estar haciendo bien su trabajo por méritos propios. Y según las medidas estándar de éxito, a menudo lo hacían bien. El fallo fue no ver cómo colectivamente esto se sumaba a una serie de desequilibrios interconectados sobre los que ninguna autoridad tenía jurisdicción". Creo que los economistas estaban diciendo que sus teorías parecían estar bien, pero entonces un montón de cosas diferentes que conocían de alguna manera se unieron en una tormenta perfecta para crear la crisis y que no podían haber previsto.

Seis meses más tarde, la Reina visitó el Banco de Inglaterra y uno de los principales expertos en política financiera del Banco se detuvo ante la Reina para decirle que le gustaría responder a la pregunta que ella planteó por primera vez a los economistas de la LSE.  Dijo a la Reina que las crisis financieras son un poco como los terremotos y las pandemias de gripe, raras y difíciles de predecir, y le aseguró que el personal del Banco estaba allí para ayudar a prevenir otra.  El Príncipe Felipe no desaprovechó la oportunidad: "Entonces, ¿se avecina otra?".  No hubo respuesta.

Pero este es mi punto.  No se trata sólo de que los economistas no se dieran cuenta de que se trataba de algo "inesperado", como el impacto de un asteroide en la Tierra, una sacudida para un sistema económico que funcionaba perfectamente. Sus teorías descartaron por completo esa posibilidad.

Robert Lucas es un eminente economista de la corriente dominante, de hecho ganador del Premio Nobel de Economía. En 2003, unos cinco años antes de la crisis financiera mundial, declaró que "la macroeconomía ha tenido éxito: Su problema central de prevención de la depresión se ha resuelto, a todos los efectos prácticos, y de hecho se ha resuelto durante muchas décadas".

Eugene Fama es otro premio Nobel de Economía.  Su premio es por demostrar que los mercados funcionan eficientemente y, siempre que usted y yo y todo el mundo tenga suficiente información sobre lo que está pasando, entonces el mercado garantizará el pleno empleo, un crecimiento constante y el aumento de los ingresos para todos.  Es la Hipótesis de los Mercados Eficientes (HME). Tras la Gran Recesión, le preguntaron a Fama qué había fallado.  Respondió: "No sabemos qué causa las recesiones. Nunca lo hemos sabido". Hasta hoy se sigue debatiendo qué causó la Gran Depresión. La economía no es muy buena para explicar las oscilaciones de la actividad económica".

Hasta ahora he hablado de un acontecimiento económico y de una vertiente de explicación: lo que he llamado la economía dominante y su incapacidad para prever o afrontar ese acontecimiento, es decir, el colapso financiero mundial de los bancos y una profunda contracción del empleo y los ingresos a nivel mundial.  Un problema real pero sin respuesta por parte de la corriente dominante. Pero eso plantea la cuestión de que si la economía de mercado dominante no puede explicar muy bien el mundo real, entonces necesitamos nuevas teorías para guiar nuestras decisiones políticas.

Y hay otras teorías.  De hecho, podemos clasificar la economía en varias escuelas, con la división principal entre "corriente principal" y "heterodoxa".  En la corriente principal, tenemos dos grandes subdivisiones.  La primera se denomina escuela neoclásica.  Esta escuela parte del supuesto básico de que un "mercado libre", es decir, sin interferencias ni imperfecciones causadas por monopolios, sindicatos o el gobierno, producirá una mejora económica armoniosa en lo que se denomina un "equilibrio general".  Como dijo un economista neoclásico: "La economía de mercado es como un lago o un estanque tranquilo.  A veces, una roca o una piedra pueden perturbarlo, una sacudida para el entorno tranquilo, pero, con el tiempo, si cesan esas interferencias, las ondas en el estanque disminuirán y el estanque volverá a estar en calma".

Dentro de la corriente dominante, existe también la escuela keynesiana, llamada así por las teorías de John Maynard Keynes, el gran economista británico del siglo XX.  La teoría keynesiana rechaza la idea de equilibrio de la escuela neoclásica.  Los keynesianos piensan que el modelo neoclásico no es economía del "mundo real".  Los keynesianos sostienen que las economías de mercado a veces entran en "desequilibrio", lo que provoca depresiones y desempleo, de los que las economías no salen a menos que los gobiernos intervengan con medidas como imprimir más dinero o aumentar el gasto público para restablecer el equilibrio.

Pero tanto la escuela neoclásica como la keynesiana están de acuerdo en una cosa: que un sistema basado en el mercado es la única forma viable de economía.  Sólo que una escuela piensa que un crecimiento "armonioso" puede lograrse mediante un mercado libre sin interferencias y la otra piensa que el gobierno y los bancos centrales deben intervenir para corregir cualquier desequilibrio.

Pero la economía dominante parte de un supuesto que no ha demostrado, a saber, que una economía de mercado en la que las empresas emplean a personas como nosotros para producir bienes y servicios que venden en un mercado a cambio de dinero -y, lo que es más importante, de beneficios para los propietarios y accionistas de esas empresas- es la única forma de organizar la producción y distribución de las cosas que necesitamos los seres humanos.

Pero la economía de mercado no siempre ha existido; de hecho, sólo existe desde hace unos 250 años.  Antes había economías feudales en las que los campesinos o siervos trabajaban la tierra para sus amos, que consumían los productos.  Este sistema existió durante más de 1.000 años.  Antes hubo economías esclavistas en las que las personas capturadas en guerras eran obligadas a trabajar para sus amos; ese sistema existió durante miles de años.

Hago esta observación porque debemos ser conscientes de que la forma en que se gestionan ahora las economías no siempre ha sido así y puede que no perdure como la mejor forma de satisfacer las necesidades de la humanidad.  De hecho, en mi opinión, la economía de mercado muestra signos significativos de no lograrlo. Así que puede haber otras formas de organización económica.

Como tal, hay economistas que tienen serias críticas contra la corriente principal de la economía de mercado.  Existe lo que podemos llamar las escuelas heterodoxas de economía - el término significa lo que dice, fuera de la corriente principal ortodoxa.  Dentro de esta amplia corriente, estos economistas destacan el comportamiento irracional de los mercados y la inestabilidad inherente a la economía de mercado.  Entre ellos se encuentra la escuela marxista, que sostiene que la economía de mercado siempre tendrá crisis que el mercado no podrá resolver y que, por tanto, la economía de mercado (llamada capitalismo por los marxistas) debe ser sustituida por una economía planificada basada en la propiedad común de todos los productores.

La escuela heterodoxa es muy crítica con la corriente dominante.  De hecho, hace casi exactamente seis años, destacados economistas heterodoxos celebraron un seminario aquí mismo, en la LSE, sobre el estado de la economía dominante, tal y como se enseña en las universidades.  Lo iniciaron clavando en la puerta de este edificio un cartel con 33 tesis que criticaban la economía dominante. (Puede buscarlo en Google). Era el 500 aniversario de cuando Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la iglesia del castillo de Wittenberg, lo que provocó el inicio de la reforma protestante contra la "única religión verdadera" del catolicismo.

Los economistas heterodoxos nos decían que la economía dominante era como el catolicismo y que había que protestar contra ella como hizo Lutero en 1517.  Como ellos decían: "La economía está rota".  Desde el cambio climático hasta la desigualdad, la economía dominante (neoclásica) no ha proporcionado las soluciones a los problemas a los que nos enfrentamos y, sin embargo, sigue siendo dominante en el gobierno, el mundo académico y otras instituciones económicas. Es hora de una nueva economía".

¿Cuál debería ser esa nueva economía? Recientemente, Benoît Cœuré, destacado miembro francés del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, pronunció un discurso como el que yo les estoy dirigiendo a ustedes, ante estudiantes de economía de la Escuela de Economía de París, por así decirlo, la universidad hermana de la LSE. Cœuré dijo a su audiencia estudiantil que "la economía es una ciencia social. Los modelos no nos quitarán la carga y la responsabilidad de hacer juicios. La economía implica mucho ensayo y error: hay que tomar decisiones en la niebla, cuando apenas se ve la mano delante de la cara. Esto hace que nuestra profesión sea apasionante".

Para mí, la economía es una ciencia, aunque una ciencia social que trata con seres humanos, no una ciencia física.  Como ciencia, requiere un método científico. Para mí, eso significa que se parte de una hipótesis con supuestos realistas que se han "abstraído" de la realidad y, a continuación, se construye un modelo o conjunto de leyes que pueden contrastarse con las pruebas.  El modelo puede utilizar las matemáticas para afinar su precisión, pero al final son las pruebas las que deciden. En mi opinión, al igual que los físicos y los astrónomos, los economistas también deben ser capaces de desarrollar teorías sobre las economías del mundo real y probarlas empíricamente para poder hacer predicciones y, con suerte, evitar las crisis económicas que las economías modernas sufren con regularidad.

Hasta ahora he hablado de los grandes acontecimientos, como la Gran Recesión, y de la contribución o el fracaso de la economía dominante a la hora de predecirlos o explicarlos, o de proporcionar políticas económicas eficaces para remediarlos y evitar más en el futuro. Pero gran parte de la economía dominante no tiene que ver con estos grandes acontecimientos. En su conferencia de París, Benoit Cœuré rechazó la crítica de que los economistas no supieron predecir el estallido de la crisis financiera. "Esta crítica no tiene sentido. ¿Esperamos que los médicos predigan las enfermedades? Por supuesto que no. Pero esperamos que nos ayuden a curar enfermedades.  Los economistas deberían hacer lo mismo".  Así que el trabajo de la economía no es pronosticar o predecir, sino desarrollar políticas para curar los desaguisados que surjan.

Este es un tema común entre los economistas.  Otra reciente ganadora del Nobel, Esther Duflo, opinaba que los economistas deberían renunciar a las grandes ideas y limitarse a resolver problemas como los fontaneros "colocan las tuberías y arreglan las goteras".  Los economistas son más ingenieros que físicos.  Keynes sostenía algo parecido: que los economistas deberían ser como dentistas que solucionan los problemas iniciales para que el capitalismo pueda funcionar sin problemas.

Duflo considera que la analogía de los fontaneros significa que el método científico puro de analizar causa y efecto era menos importante que las soluciones prácticas.  Así pues, los economistas deberían parecerse más a los médicos que a los investigadores médicos. Fontaneros, dentistas, ingenieros, médicos... pero no, al parecer, científicos sociales.

Pero, ¿son los médicos lo único que importa en la salud humana? En realidad, la mejora de las aptitudes de los médicos para tratar a los pacientes una vez que han enfermado procede de los descubrimientos científicos sobre las enfermedades, la biología y el medio ambiente.  El éxito de los fármacos y las prácticas médicas es el resultado de aprender cuál es la causa de la enfermedad.

En la época medieval, los médicos aplicaban todo tipo de tratamientos inútiles y peligrosos (sanguijuelas, etc.) porque desconocían los "gérmenes" (bacterias o virus).  El cólera acabó desapareciendo gracias a un estudio geográfico realizado en Londres que demostró su prevalencia cerca de pozos de mala calidad.  La malaria y la viruela se resolvieron descubriendo los portadores de las bacterias en diversos animales.  Después vinieron los tratamientos médicos.

Por supuesto, eso no significa que la economía no consista en entender una economía a nivel micro o pequeño y proponer políticas para cambiar las cosas a mejor: los impuestos adecuados para recaudar fondos para los programas gubernamentales y lograr una mayor igualdad; los precios máximos adecuados para frenar los precios de la energía; las tasas de congestión adecuadas para reducir el tráfico de combustibles fósiles, un análisis claro de costes y beneficios para calibrar si el ferrocarril HS2 debe construirse o no.  Esto también forma parte de la economía.

De hecho, este es el tipo de economía y elaboración de políticas que hacen la mayoría de los economistas y probablemente la forma en que usted se ganaría la vida si se graduara y siguiera en economía. Y podrías hacerlo bien.  Couere explicaba a sus alumnos de París que ser economista era algo estupendo y bien pagado. "Para muchos, un máster es un paso natural hacia un doctorado. Y un doctorado es esencialmente una promesa de empleo. En Estados Unidos, por ejemplo, la tasa de desempleo de los doctores en economía es del 0,8%, la más baja de todas las ciencias.  No es un mal punto de partida".  Pero según Couere, el dinero es menos importante porque "tu doctorado debe estar alimentado por tu pasión y tu amor por la investigación más que por la esperanza de ganar más dinero".

Estoy seguro de que a todos ustedes les ocurre lo mismo.  Sin embargo, debo ser franco.  La experiencia de Cœuré en el sector público puede ser diferente de la de quienes hemos trabajado en el sector privado.  Habiendo trabajado en el sector privado, en bancos y otras instituciones financieras en mi "carrera", el asesoramiento en política económica y mejorar las cosas para todos no es el objetivo, sino "cómo hacer dinero". La economía se orienta a la estrategia empresarial para obtener beneficios en la producción y el comercio o a la estrategia de inversión para obtener beneficios en la especulación financiera.

En mi opinión, la economía del mundo real debe tener una visión global. Los economistas no deben ser sólo médicos, sino científicos sociales, o más exactamente, deben desarrollar una economía que reconozca las fuerzas sociales más amplias que impulsan los modelos económicos.  Es lo que se llama economía política, que no suele enseñarse en las universidades. Permítanme recordarles algunas de las grandes cuestiones económicas que nos afectarán a todos mucho más que cualquier cosa como si se construye la línea de ferrocarril HS2 o si se deben aumentar o reducir los impuestos sobre la renta.

En primer lugar, el calentamiento global y el cambio climático.  La Cop28 internacional se está reuniendo ahora mismo en Dubai para estudiar cómo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero: lo que se necesita es una reducción del 43% de las emisiones para finales de esta década si el mundo quiere evitar un aumento medio de la temperatura global de más de 2C por encima de los niveles preindustriales.

¿Cuáles son las teorías y políticas económicas que pueden lograr esa reducción?  Es preocupante saberlo, como ha señalado el propio Nicholas Stern, de la LSE, el economista climático más importante del mundo: "La economía ha contribuido muy poco a los debates sobre el cambio climático.  Por ejemplo, la prestigiosa revista Quarterly Journal of Economics, la más citada actualmente en el campo de la economía, no ha publicado nunca un artículo sobre el cambio climático".

Luego está la cuestión de la pobreza mundial y la creciente desigualdad de riqueza e ingresos entre las naciones de todo el mundo y dentro de las naciones.  Según el Banco Mundial, hay unos 3 650 millones de personas que viven con menos de 6,85 dólares al día.  Hay más de 700 millones de personas que pasan hambre a diario.  Hay más de 3.000 millones de personas que no siguen una dieta sana y, por tanto, enferman, son obesas o incluso se emborrachan.  ¿Es moralmente correcto, o incluso económico, que el 1% de la población adulta posea casi el 50% de toda la riqueza personal del mundo, mientras que el 50% de la población más pobre sólo posee el 1%?  ¿Qué podemos hacer al respecto?

Angus Deaton es un premio Nobel de Economía británico y experto en economía de la pobreza que trabaja en Estados Unidos.  En un libro reciente, Deaton afirma airadamente que "los economistas de la corriente dominante ignoran deliberadamente los crecientes niveles de desigualdad y el horrendo impacto de la pobreza, alegando que no es asunto de la economía". .... "Existe la firme creencia libertaria de que la desigualdad no es un tema de estudio propio de los economistas.  Incluso si te preocuparas por la desigualdad, sería mejor que te callaras y vivieras con ella".

Luego está la tecnología del siglo XXI: robots, automatización, inteligencia artificial, en particular la aparición de modelos superinteligentes de aprendizaje de idiomas (LLM).  ¿Has utilizado ya LLMs como ChatGPT para tu ocio -pero esperemos que no para escribir disertaciones automáticas para tus profesores?  Al parecer, cuatro de cada cinco adolescentes británicos lo utilizan para realizar trabajos escolares, según Ofcom, el regulador tecnológico. ¿Qué significa todo esto para tus futuros trabajos cuando te gradúes? ¿Te habrá sustituido la IA antes de que te gradúes?  Algunos economistas calculan que desaparecerán 300 millones de puestos de trabajo en todo el mundo.  Esta es otra área vital para la economía del mundo real.

Termino diciéndoles a todos: recuerden que hay un mundo ahí fuera más allá de las curvas de oferta y demanda y las fórmulas matemáticas.

La economía y los economistas no deberían limitarse a ser como dentistas que arreglan dientes, sino utilizar sus conocimientos y el método científico para comprender el panorama general y contribuir así a hacer un mundo mejor para todos.  Entonces quizá podamos evitar que el Rey Carlos nos visite en algún momento en el futuro y nos repita lo que dijo la Reina Isabel: "¿por qué no lo viste venir?".

(Michael Roberts, Brave New Europe, 03/12/23; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)