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4/7/24

En la vuelta de la náusea parda, lecciones de los años treinta

 "Los años treinta están ante nosotros, decía en 1990 el filósofo Gérard Granel, porque aquello que permitió la catástrofe fascista sigue ahí: la explotación del ser humano, la devastación del mundo, el darwinismo social a través de la “competencia” y de la “competitividad”, la elección de los ricos, para quienes “es mejor Hitler que Blum”. Pero, tanto en historia como en política nada está escrito de antemano. En la náusea parda en la que nos abruma el poder necesitamos perspectivas, y habrá que agradecer a François Ruffin por haber abierto el camino: la crisis económica, social y la desesperanza pueden llevar al nazismo, cierto, pero también al Frente Popular.

Ante el ataque del 6 de febrero de 1934  contra la Cámara de Diputados, un vasto movimiento social, compuesto por militantes socialistas y comunistas, junto con los sindicatos, impuso la unión. Los aparatos partidistas de esas izquierdas que se creía que eran irreconciliables, fracturados por las escisiones de 1919-1921 entre leninistas y socialistas, acataron el llamado y sellaron un acuerdo en torno a un programa de gobierno: apuesta ganadora en las elecciones municipales de 1935 y en las legislativas de 1936.

No podemos imaginar el esfuerzo que hicieron los comunistas para aliarse a los “partidos burgueses” y, por su lado, los radicales para marchar junto a los “bolcheviques”. Ellos le evitaron a la Francia de 1936 una derecha que sólo buscaba la austeridad, el orden y una solución autoritaria. Ellos nos legaron derechos sociales que nos permiten, aún hoy, vivir una vida más humana, y esa dignidad fue conquistada en las urnas, durante las huelgas y en el enfrentamiento a una patronal seducida por la solución nazi y admiradora de Hitler.

Aprender las lecciones hasta el final 

Pero el Frente Popular descarriló, y hay que aprender las lecciones hasta el final. Los radicales (Partido Republicano, Radical y Radical-Socialista, para llamarlo por su nombre exacto) eran el equivalente ideológico y sociológico del Partido Socialista actual, un partido de políticos de carrera, moderado, entre una derecha sensible al orden, a la austeridad, distante de los movimientos sociales, y algunas figuras de izquierda como Jean Zay, Pierre Mendès-France o Édouard Daladier. Sin embargo fue este último quien, después de impulsar la unión, ejecutó en 1938 el mismo viraje que en 1926 y 1934: tras haber sido elegidos como representantes de izquierda (primero bajo el nombre Cartel des Gauche y Neo Cartely después como Frente Popular), los radicales, dos años más tarde, rompieron la alianza y dejaron el poder a la derecha (1926) o decidieron aliarse con ella (1934 y 1938).

Estos constantes  “virajes” los encontramos también en el Partido Socialista: elegido por la izquierda en 1981, antes del “giro de austeridad” de 1983 reclamado por Jacques Delors; vencedor en 1997, antes de poner en marcha una política de privatizaciones más acusada que la de Chirac y Balladur; firmante de los acuerdos de la NUPES  en 2022, antes de romperlos un año más tarde.

Una moral de especulador desvergonzado 

Otra lección de los años treinta, esta vez a la derecha. Es inútil especular sobre los motivos que llevaron a Emmanuel Macron a la disolución de la Asamblea Nacional. Lo más probable es que se imagine vencedor de esta nueva “apuesta”. La combinación de las instituciones monárquicas de la V República y de su psique infantil le llevan a creer en la taumaturgia: tras haber sobrevivido a los ‘chalecos amarillos’ mediante una represión violenta y masiva, un cheque de 10.000 millones y “el gran debate”, imaginó apagar el incendio neocaledonio con su sola presencia (fracasó) y, por lo tanto, en el franglés de los gerentes macronistas, “prendre son risque” (“toma el riesgo”).

Una moral de especulador desvergonzado, porque nunca paga las consecuencias de sus actos: una victoria de Rassemblement National (RN) la sufrirían los extranjeros, los pobres, los débiles, pero también los militantes de izquierda y los ecologistas, esos que ya son vilipendiados tanto por los macronistas como por Rassemblement National. Porque estos y aquellos, por lo general, están de acuerdo en todo. Tras un pequeño sobresalto soberanista y social con Florian Philippot, Marine Le Pen ha vuelto a los fundamentos de la extrema derecha, lo probusiness, antisocial y antiecologista.

Los liberales y la extrema derecha comparten siempre el mismo enemigo: la izquierda redistributiva, que cuestiona un orden social injusto y una economía que destruye a las mujeres, a los hombres y a los seres vivos. Tienen las mismas obsesiones: una fiscalidad favorable a los ricos, la promoción de jerarquías “naturales” (en detrimento de todas las minorías, de los obreros, las mujeres y también de los jóvenes), la exaltación del orden (injusto y, en consecuencia, cuestionado e impuesto por medios represivos), la relación distante y laxa con las normas y con el Estado de derecho, la destrucción del medio ambiente y la represión masiva de los “ecoterroristas”.

La apuesta por el desgaste del poder 

Muchos se preguntan, en efecto, qué cambiaría con una persona de Rassemblement National al frente del gobierno francés y del Ministerio del Interior: serán las mismas tanquetas Centaure las que rodarán contra los opositores en la autopista A69 y contra los Kanak, las mismas escopetas de balas de defensa que sacarán ojos y arrancarán manos. Fueron los liberales italianos los que entregaron el poder a Mussolini en 1922; los liberales autoritarios quienes, junto a la clase empresarial, escogieron a Hitler al final de 1932; y los partidos liberales (FDP, FPÖ, CNI y luego la UDF) quienes, por “anticomunismo”, acogieron y reciclaron a los antiguos fascistas, nazis y colaboracionistas de Europa en 1945.

La última lección para reflexionar: la apuesta por el desgaste del poder. Deshagámonos de la suposición según la cual, “al darles las llaves, probarán su incompetencia y se desacreditarán a futuro”. Ese razonamiento (muy defendido por ciertos sectores del macronismo para justificar la disolución de la Asamblea) ya lo escuchamos en 1922 y 1932; en cambio, habríamos debido oír a Goebbels, que escribió en su diario: “Si llegamos al poder no nos iremos nunca, salvo muertos”. Promesa cumplida por aquel que asesinó a sus hijos y a su esposa antes de suicidarse frente al búnker.

Recordemos que los nazis, en los años treinta eran vistos como la primera opción política y económica: habían destruido a la izquierda más antigua y mejor organizada del mundo, habían retomado los fundamentos de la economía alemana a través de la fabricación masiva de armamento y habían hecho de Alemania una zona óptima para la inversión, donde todos los capitales querían circular, mientras que los equivalentes a Le Point o a Journal du dimancheen la Francia de la época soñaban con entrevistar al famoso “canciller Hitler”.

Ciertas élites eligen la peor opción 

Con un Rassemblement National que cuenta con el 50% de popularidad entre las fuerzas del orden, con los medios derechizados y un gobierno débil y violento que, desde el affaire de Benalla hasta la represión de los ecologistas, retomó meticulosamente el vocabulario, la gramática y las ideas de la extrema derecha, es mejor evitar tomar ese riesgo, teniendo en cuenta que una victoria de Agrupación Nacional puede desencadenar las acciones de militantes identitarios que cuentan con la simpatía de la policía, cuyos sindicatos se manifestaron frente a la Asamblea Nacional en presencia y con el aval del ministro del Interior y del prefecto de policía de París contra la “justicia” y la “Constitución”.

La alianza entre el liberalismo autoritario y el fascismo es un clásico del siglo XX. Se teje ante nuestros ojos desde 2017, en los medios que imponen los marcos y los temas de la extrema derecha, en un gobierno que se alía con ella (para establecer un duelo excluyente, o incluso para votar con ella), y todo en detrimento de una población que, según todas las encuestas, sueña, imagina y desea otra cosa que no sea el individualismo desenfrenado, la toxicidad gerencial, la competencia permanente y la devastación del mundo. Ciertas élites eligen la peor opción debido a sus intereses y la imponen a pueblos hipnotizados por medios sesgados. ¿Quién recuerda todavía que en 1933 la mayoría aplastante de los alemanes se oponía a la guerra?"           

(Johann Chapoutot es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de París-Sorbona. Especialista en el estudio del nacionalsocialismo. CTXT, 30/06/24)

13/12/23

Napoleón, el de Ridley Scott... y el de verdad: “Camille Desmoulins, Danton, Robespierre, Saint-Just y Napoleón” eran “los héroes, así como los partidos y las masas de la antigua Revolución Francesa” y “cumplieron la tarea de…. desencadenar y establecer la sociedad burguesa moderna. Los primeros destrozaron la base feudal y cortaron las cabezas feudales que habían crecido en ella. El otro (Napoleón) creó dentro de Francia las condiciones bajo las cuales se podía desarrollar la libre competencia, explotar la propiedad territorial parcelada y emplear el poder productivo industrial desencadenado de la nación; y más allá de las fronteras francesas, barrió en todas partes las instituciones feudales, en la medida necesaria para dotar a la sociedad burguesa de Francia de un entorno adecuado y actualizado en el continente europeo” (Michael Roberts)

 "La nueva película de Ridley Scott sobre Napoleón Bonaparte ha sido criticada desde muchos ángulos. En cuanto al cine, algunos consideran que es aburrido, inexplicable en algunas partes e inaudible en otras. Los críticos históricos afirman que simplemente no es históricamente correcto, a lo que Scott replicó: “Disculpe, amigo, ¿estaba allí? ¿No? Bueno, cállate entonces. Claramente, Scott tiene una gran comprensión del objetivo de la investigación histórica.  

Sin embargo, mi crítica a la película es que no hay una explicación real de por qué Napoleón llegó a la cima de la Revolución Francesa, por qué ganó sus batallas y por qué al final perdió la guerra. Además, como otros han señalado, la película adopta la opinión de que la revolución se convirtió en terror y luego en dictadura, y así ocurre con todas las revoluciones en las que está involucrada la “mafia”. Este ángulo reaccionario convencional deja de lado algunos de los cambios clave que logró la revolución y que introdujo Napoleón. 

 De hecho, lo que falta en la primitiva película biográfica de Scott, que se concentra en las batallas, su personalidad y su relación sexual con Joséphine de Beauharnais, la hija de un plantador de azúcar propietario de esclavos. Sí, los individuos pueden afectar la historia, pero como señaló Marx en su ensayo, El 18 Brumario de Luis Bonaparte (al analizar la llegada al poder absoluto del 'emperador' Luis, el sobrino de Napoleón, en 1852): “Los hombres hacen su propia historia, pero ellos no lo hagas como les plazca; no lo logran bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias que ya existen, dadas y transmitidas desde el pasado”.  

Napoleón comenzó como un revolucionario radical que apoyaba al régimen jacobino y terminó siendo un “emperador” (para disgusto de demócratas como el compositor Beethoven, quien en protesta eliminó la dedicatoria a Napoleón de una de sus sinfonías). Napoleón llegó al poder como defensor de la república, pero convirtió una guerra de defensa en guerras de conquista de un imperio en Europa para compensar el imperio que se había perdido en la India, el Caribe y América del Norte en la última parte del siglo 18. Millones de combatientes y civiles murieron en las “guerras napoleónicas”, proporcionalmente el mismo número que en la Primera Guerra Mundial.

 El término bonapartismo fue acuñado para describir cómo un hombre puede obtener poder absoluto en una situación en la que las fuerzas de clase están tan equilibradas e inestables que las fuerzas de clase progresistas son incapaces de gobernar directamente frente a la oposición de las fuerzas de clase reaccionarias. Antes de Bonaparte, hubo otros Bonaparte. Estaba el romano Julio César, un líder militar que se apoyó en las masas campesinas y urbanas contra los aristócratas del Senado y finalmente (aunque brevemente) ganó el poder autocrático.  

Luego, en la Inglaterra de la década de 1640, estuvo Cromwell, un granjero terrateniente, que se convirtió en líder militar de las fuerzas parlamentarias que derrotaron la reacción realista y luego gobernó como "Lord Protector" durante diez años. Luego estaba Stalin, un revolucionario bolchevique que finalmente estableció una cruel dictadura unipersonal situada encima y entre una democracia obrera debilitada y las fuerzas de la reacción capitalista que rodeaban a Rusia.  

En su 18. Brumario, Marx consideró que “Camille Desmoulins, Danton, Robespierre, Saint-Just y Napoleón” eran “los héroes, así como los partidos y las masas de la antigua Revolución Francesa” y “cumplieron la tarea de…. desencadenar y establecer la sociedad burguesa moderna. Los primeros destrozaron la base feudal y cortaron las cabezas feudales que habían crecido en ella. El otro (Napoleón – MR) creó dentro de Francia las condiciones bajo las cuales se podía desarrollar la libre competencia, explotar la propiedad territorial parcelada y emplear el poder productivo industrial desencadenado de la nación; y más allá de las fronteras francesas, barrió en todas partes las instituciones feudales, en la medida necesaria para dotar a la sociedad burguesa de Francia de un entorno adecuado y actualizado en el continente europeo”.

 Un hombre puede hacer historia, pero sólo dentro de las condiciones dadas. Fueron las condiciones económicas y el equilibrio de fuerzas lo que decidió las "guerras napoleónicas". Napoleón ganó muchas batallas, pero aun así perdió la guerra. ¿Por qué? La evidencia revela que Francia simplemente no tenía los recursos de mano de obra, armas y, sobre todo, finanzas para librar una guerra larga contra los poderes combinados de las monarquías absolutas respaldadas por la potencia de fuego y la riqueza de una Gran Bretaña hegemónica en ascenso.

 Sostener la guerra depende de dos medidas: los recursos económicos disponibles para financiar la guerra y la capacidad de conseguir armamento y preparar hombres para el campo de batalla. De 1789 a 1815, Francia se enfrentó a siete coaliciones enfrentadas y logró derrotar a seis. Como lo expresó un analista: “esta hazaña a menudo se atribuye al pensamiento táctico y estratégico de Napoleón Bonaparte. Sin embargo, el país finalmente fue derrotado bajo la presión de las fuerzas económicas, demográficas e industriales superiores combinadas de los Aliados”.

 La república revolucionaria francesa después de 1789 se enfrentó inmediatamente a una contrarrevolución reaccionaria de los realistas en el país y a una invasión extranjera desde el exterior. Y no tenía dinero para financiar la defensa de la república. Los líderes jacobinos esperaban que la confiscación de las riquezas de la Iglesia y las propiedades reales daría resultado. Pero lo recaudado no fue suficiente para construir un ejército exitoso y satisfacer las necesidades sociales de una población hambrienta. Entonces el gobierno revolucionario imprimió dinero; de hecho, ya había impresiones privadas de dinero que estaban fuera de su control. La oferta monetaria se disparó y también la inflación.

 En 1793, bajo el gobierno jacobino, el dinero total en circulación estaba valorado en casi 3 mil millones de francos, más del doble de la suma original recaudada mediante confiscaciones. La población hambrienta saqueó tiendas en busca de ropa y alimentos. Luego, el gobierno pagó prestaciones sociales para restaurar la estabilidad. En 1795, la oferta monetaria total aumentó a 4.400 millones de francos y el tipo de cambio del franco con la libra británica se desplomó un 45%. En el momento de la destitución contrarrevolucionaria de la dirección jacobina y la creación del Directorio, la oferta monetaria se había multiplicado hasta los 20 mil millones de francos, además de los cuales el gobierno había emitido bonos por otros 50 mil millones.

 Pero no todo fue desastre, contrariamente a la opinión de los historiadores actuales. De hecho, la economía republicana francesa estaba empezando a impulsarse. La producción de carbón se duplicó entre 1794 y 1800, cuando Napoleón asumió el poder. La producción de hierro aumentó un 50% y la de sal aún más. Se trataba de productos clave para una incipiente economía industrial y urbanizadora. Esta producción industrial fue impulsada por las necesidades de la economía de guerra. La industria de defensa francesa se estaba desarrollando rápidamente. Sobre todo, la producción agrícola y alimentaria se recuperó, aunque no lo suficiente como para detener el aumento de los precios de los alimentos. Mientras que la economía de guerra británica logró un aumento del 25% en la producción agrícola en la primera década del siglo XIX, Francia, bajo Napoleón, aumentó la producción agrícola en un 500%, pero partió de un nivel tan bajo que ni siquiera ese aumento fue suficiente para satisfacer las demandas de la ejército y las necesidades de la población civil.

 El Directorio de derecha finalmente dio paso a un golpe bonapartista en 1799-1800, que otorgó a Napoleón poderes supremos para “salvar la revolución” y derrotar a la reacción realista en el país y en el extranjero. Como buen “bonapartista”, Napoleón equilibró las fuerzas de clase de los burgueses y comerciantes y las “masas” de campesinos y artesanos (sans culottes). Anteriormente “compañero de viaje” de los jacobinos de Robespierre, llegó al poder predicando la prosperidad de las masas por encima de los intereses de los grandes comerciantes y la aristocracia y terminó como emperador de Europa.

 Napoleón siempre estuvo del lado del modo de producción capitalista contra el feudalismo y el antiguo régimen, a pesar de declararse emperador en 1805. Por otro lado, se opuso firmemente a cualquier alternativa "socialista" que algunas fuerzas más radicales entre los jacobinos, propusieron . Napoleón calculaba que en cualquier sociedad “la minoría más capaz pronto gobernará a la mayoría y absorberá la mayor parte de la riqueza”; como era la naturaleza humana: “es el hambre lo que hace que el mundo se mueva”. Como él mismo lo expresó: “Mientras que un propietario individual, con un interés personal en su propiedad, está siempre completamente despierto y hace realidad sus planes, el interés comunitario es inherentemente adormecido e improductivo, porque la empresa individual es una cuestión de instinto, y la empresa comunitaria es una cuestión de espíritu público, lo cual es poco común”.

 “Antes de 1789”, dice Taine, “el campesino pagaba, sobre sus 100 francos de renta neta, 14 al señor, 14 al clero, 53 al Estado, y sólo se quedaba con 18 o 19; después de 1800 no paga nada de sus 100 francos de renta al señor ni al clero; paga poco al Estado, sólo 25 francos al municipio y al departamento, y se queda con 70 para su bolsillo”. Antes de 1789, el trabajador manual trabajaba entre 20 y 39 días laborables al año para pagar sus impuestos; después de 1800, de seis a 19 días y “mediante la exención casi completa [de impuestos] de quienes no tienen propiedades, la carga de los impuestos directos ahora recae casi por completo sobre quienes poseen propiedades”.

 Napoleón introdujo un registro de tierras especial que en 1814 había registrado 37.000.000 de parcelas de tierra con sus propietarios. Napoleón consideraba que las “finanzas estatales fundadas en un buen sistema agrícola nunca fallan”. Introdujo aranceles protectores, financiación confiable y transporte en buen estado por carreteras y canales que deberían alentar a los campesinos a trabajar de manera constante, comprar tierras, cultivar cada vez más tierras y proporcionar jóvenes fuertes para sus ejércitos. Demasiados agricultores franceses eran aparceros o jornaleros contratados, pero en 1814 medio millón de ellos eran propietarios de las hectáreas que sembraban. Una dama inglesa que viajaba a Francia ese año describió a los campesinos disfrutando de un grado de prosperidad desconocido para su clase en cualquier otro lugar de Europa. Estos agricultores de la tierra consideraban a Napoleón como una garantía viva de sus títulos de propiedad y permanecieron leales a él hasta que sus tierras languidecieron en ausencia de sus hijos reclutados.

 Como dijo Marx en el 18 Brumario: “Después de que la primera Revolución transformó a los campesinos semifeudales en propietarios libres, Napoleón confirmó y reguló las condiciones en las que podían explotar sin perturbaciones el suelo de Francia que acababan de adquirir, y podían saciar su pasión juvenil por la propiedad... Bajo Napoleón, la fragmentación de la tierra en el campo complementó la libre competencia y el comienzo de la gran industria en las ciudades. La clase campesina era la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente recientemente derrocada. Las raíces que la propiedad minifundista echó en suelo francés privaron al feudalismo de todo alimento. Los hitos de esta propiedad formaban la fortificación natural de la burguesía contra cualquier ataque sorpresa de sus antiguos señores”. 

 A los trabajadores que cavaron los canales, levantaron los arcos triunfales y manejaron las fábricas no se les permitió ir a huelga ni formar sindicatos para negociar mejores condiciones laborales o salarios más altos. Sin embargo, el gobierno de Napoleón se aseguró de que los salarios se mantuvieran a la altura de los precios, de que los panaderos, los carniceros y los fabricantes estuvieran bajo la regulación estatal de precios y de que (especialmente en París) se abastecieran las necesidades de la vida. Hasta los últimos años del gobierno de Napoleón, los salarios aumentaron más rápido que los precios y el proletariado compartió (modestamente) la prosperidad general y estaba orgulloso de las victorias de Napoleón. No hubo desempleo, por lo que no hubo revuelta política. “A nadie le interesa derrocar un gobierno en el que están empleados todos los que lo merecen”, afirmó el gran hombre.

 Mientras que las monarquías reaccionarias financiaron su guerra imprimiendo dinero y apoyándose en los enormes cofres de guerra del tesoro británico, la Francia de Napoleón tuvo que depender de los impuestos internos, que nunca fueron suficientes, y del botín de las conquistas en los Países Bajos, Italia, Austria y Prusia. En casa, Napoleón resolvió las finanzas. Se puso fin a la impresión de dinero y la inflación retrocedió. Y al menos hasta 1812, el botín de guerra generalmente generaba más de lo que costaban las batallas. A los países derrotados se les cobraron tarifas elevadas.

 En 1811, Napoleón se jactaba de tener 300 millones de francos de oro en las Cuevas de las Tullerías. Usó este fondo para aliviar las tensiones en el Tesoro, corregir la volatilidad en el mercado de valores, financiar obras públicas o mejoras municipales y pagar a su policía secreta. Quedaba suficiente para prepararse para la próxima guerra y mantener los impuestos muy por debajo del nivel de Luis XVI. En 1805, Napoleón reorganizó el Banco de Francia, que se había creado en 1800 bajo gestión privada. Esta nueva Banque de France abrió sucursales en Lyon, Rouen y Lille y comenzó su papel clave al servicio de la economía capitalista francesa y del Estado. 

 Banco de Francia

 Cuando Las Cases, un emigrado que regresó en 1805 de una gira por sesenta departamentos, informó que “en ningún período de su historia Francia había sido más poderosa, más floreciente, mejor gobernada y más feliz”. En 1813, el conde de Montalivet, ministro del interior, afirmó que esta continua prosperidad se debía a “la supresión del feudalismo, los títulos, los bienes de manos muertas y las órdenes monásticas; …a una distribución más equitativa de la riqueza, a la claridad y simplificación de las leyes”.

 Pero la economía francesa todavía era ineficiente en comparación con la británica. La industria francesa no pudo satisfacer las demandas de la prolongada guerra que inició Napoleón y esto obligó a la Grand Armée a depender en gran medida del botín de guerra. La ironía es que fue Gran Bretaña quien imprimió dinero y emitió bonos para pagar la guerra. Pero Gran Bretaña podía hacerlo porque los tenedores de bonos podían confiar en que después de la guerra los ingresos provenientes de la industrialización británica y su enorme imperio colonial servirían fácilmente esa deuda. Francia no tenía tanta credibilidad económica.

 La realidad era que las finanzas francesas en general eran mucho más bajas en comparación con las de Gran Bretaña. En 1805, el presupuesto francés era de sólo 27 millones de libras, mientras que el británico era de 76 millones de libras. En 1813, el gasto francés aumentó a 46 millones de libras, pero el presupuesto británico alcanzó los 109 millones de libras. A pesar de la continua explotación de los países ocupados, la deuda del gobierno francés se multiplicó por cinco entre 1809 y 1813. En 1800, el PIB per cápita en Inglaterra era dos veces mayor que el de Francia. 

 PIB per cápita

 Para Francia, el botín fue la respuesta. Pero estas sumas comenzaron a agotarse con la creciente resistencia e incluso las victorias de las monarquías europeas. La situación económica estaba contra la pared. La Francia de Napoleón no podía ganar la guerra por muchas batallas que ganara. La retirada de Rusia marcó el final cuando Napoleón se enfrentó a una nueva coalición de Prusia, Rusia y Gran Bretaña asistida por Suecia y Austria. La táctica final de Napoleón en Waterloo fue posible gracias a una enorme movilización de apoyo y endeudamiento financiero. En junio de 1815, apenas tres meses después de la llegada de Napoleón de su exilio en Elba, la fuerza del ejército francés aumentó de 224.000 hombres a 662.331 hombres. Pero no fue suficiente.

 Napoleón logró derrotar a casi todos los enemigos continentales de Francia, incluidos Austria, Prusia, Rusia e Italia, en la mayoría de los enfrentamientos. Sin embargo, sus habilidades tácticas y estratégicas no lograron superar las dos principales deficiencias francesas. En primer lugar, el saqueo económico de Europa tensionó los territorios conquistados y los empujó a rebeliones nacionalistas contra él. En segundo lugar, había un inmenso desequilibrio de poder económico entre Gran Bretaña y Francia. Puede que Francia haya ocupado Europa, pero Gran Bretaña tenía detrás las colonias de América, Canadá, África, India y Asia. Gran Bretaña, basándose en su comercio internacional, podría movilizar más recursos económicos, materias primas y mano de obra que Francia. En una guerra prolongada, Gran Bretaña podría sobrevivir más tiempo y mejor que Francia."               (Michael Roberts, Brave New Europe, 10/12/23; traducción google)