"Aunque tendemos a pensar que los gigantes como Amazon y Walmart no
son más que la máxima expresión del capitalismo de libre mercado, Leigh
Phillips y Michal Rozworski proponen una perspectiva distinta y los
analizan como ejemplos destacados de planificación centralizada. Por
supuesto, planificación no es sinónimo de democracia, y la pregunta que
deberíamos hacernos es si podemos poner a servicio de nuestro bienestar
los instrumentos asombrosos que estas empresas utilizan con dudosos
fines sociales.
En búsqueda de una respuesta conversamos con los autores de The People’s Republic of Walmart: How the World’s Biggest corporations are Laying the Foundations for Socialism
(Verso, 2019), que nos llevaron a repasar la historia del debate sobre
el cálculo socialista, la cuestión de la viabilidad de una planificación
socialista completa y hasta los efectos que está teniendo el
capitalismo sobre las industrias de la música pop y de los videojuegos.
NA: El debate de los años 1920 sobre el cálculo económico en el
socialismo parece indicar un momento único en la historia moderna.
Sabemos que el motivo de la controversia, de la que participaron muchos
economistas destacados, era definir cuál era el sistema económico
óptimo, si el capitalismo o el socialismo. Ahora bien, ¿quién ganó el
debate?
MR: En realidad, la esencia del debate sobre el cálculo económico en el
socialismo era definir si la economía socialista era posible. Una de las
primeras balas en la disputa fue el artículo de Ludwig von Mises,
«Economic Calculation in the Socialist Commonwealth». El argumento era
que la economía planificada era imposible porque la magnitud de cálculo
necesaria para armonizar todas las partes de la economía, es decir, el
problema de alinear perfectamente la oferta y la demanda de productos,
era demasiado vasto como para ser resuelto por cualquier humano o
computadora y, después de todo, el mercado era el mecanismo más adecuado
para hacerlo. El punto de Von Mises era que cualquier intento de hacer
ese tipo de cálculo prescindiendo del mercado estaba destinado al
fracaso y a la catástrofe.
Por supuesto, debemos tener en cuenta que el debate se desarrolló en
los años 1920. La Revolución rusa había triunfado, y la intervención de
Von Mises, al menos en parte, era una respuesta al Sóviet de Baviera y a
las fuerzas que presionaban a favor de la realización de una verdadera
revolución socialista en Alemania. Aunque el disparo apuntaba más
específicamente contra Otto Neurath, socialista austriaco. Mientras
trabajaba en el Ministerio de Defensa de Austria, Neurath había notado
que muchos de los cálculos de una economía de guerra aplicaban también
en el caso del socialismo. Por lo tanto, el debate comenzó en realidad
con una propuesta positiva de Neurath que postulaba una economía
totalmente planificada.
Cuando Von Mises argumenta que el socialismo es imposible tanto en
términos intelectuales como prácticos, y que su implementación llevará
inevitablemente al desastre económico, está respondiéndole a Neurath.
Más tarde, en los años 1930, el debate se prolongó con la intervención
de Oskar Lange, economista socialista polaco que estaba convencido de
haber demostrado que Von Mises estaba equivocado. Lange decía que la
economía socialista era posible incluso en los términos de la economía
neoclásica. Argumentaba que se podía reemplazar el mecanismo de los
precios de mercado, considerado por los economistas neoclásicos como el
medio de distribución de recursos más racional, por un sistema de
«precio sombra» o «precio social», un tipo de cálculo hecho por
planificadores que iguala la oferta y la demanda. Para muchos
economistas esa propuesta bastó para poner fin al debate.
La polémica cesó durante un tiempo, hasta que en los años 1940
apareció Friedrich Hayek, último gran protagonista que la retomó y la
encaminó en una dirección ligeramente distinta. Hayek sostenía que aun
cuando los cálculos asociados con la planificación económica fueran
posibles, el mercado era más que una mera calculadora de precios.
También era una forma de lo que suele denominarse «descubrimiento de
información». De esa manera, el mercado adoptaba una capacidad casi
mística de comunicar información relevante para tomar decisiones sobre
inversión, producción, etc. Hayek hablaba del mercado como de un
mecanismo que permitía, a través de la magia de los incentivos y de los
precios, acceder a un nivel casi místico de información privada que
manejaban individuos y estaba contenida en las empresas capitalistas.
Como sea, la intervención de Hayek desplazó todo el debate. Antes,
Oskar Lange y otros economistas de izquierda habían aceptado hasta
cierto punto los términos de las tendencias dominantes de la economía y
habían intentado argumentar a favor de la viabilidad del socialismo
sobre esa base. Pero llegó Hayek y dijo: dejando de lado el tema de la
viabilidad, debemos tener en cuenta toda una serie de supuestos sobre la
conducta y la racionalidad humanas. El economista argumentaba que, más
allá de las conclusiones sobre la viabilidad técnica en torno a las que
giraba el debate sobre el cálculo, la naturaleza humana estaba definida
por un individualismo profundamente arraigado que bastaba para invalidar
los principios de toda economía socialista.
LP:Lo único que agregaría es que el costado neoclásico o conservador del
debate sobre el cálculo económico en el socialismo ponía en juego una
doble crítica del socialismo que no deja de ser muy potente. La primera
parte de esa crítica tiene que ver específicamente con el cálculo, o,
más bien, con la imposibilidad de cualquier cálculo humano o informático
que presuponga operar con una infinidad sin medida de variables en las
cadenas de suministro, producción y distribución. La segunda, con el
descubrimiento, que no remite exclusivamente a un problema de
«descubrimiento de información», en el sentido de «datos», sino también a
un conocimiento tácito —o informal— sobre los procesos de producción.
Por ejemplo, la diferencia entre las preferencias que decimos tener y
nuestras preferencias reales, y todas las cosas que necesitamos o
deseamos sin saber. En cualquier caso, es probable que esta siga siendo
hoy la crítica intelectual más importante contra la factibilidad del
socialismo.
Otro tema crucial que debemos comprender sobre la crítica neoclásica
de la planificación es que en teoría valía contra cualquier tipo de
planificación. Es decir que, según esa perspectiva, incluso la
planificación en un sector o parte de la economía implicaba una menor
eficacia. Como socialistas que intentamos resolver este debate, debemos
tener en cuenta que existen, por un lado, la planificación económica, y
por otro las economías planificadas. En otros términos, en toda economía
planificada existe planificación económica, pero no toda planificación
económica implica la existencia de una economía planificada. Es una
distinción fundamental, pues si el peso de la razón en el debate sobre
el cálculo cae del lado de los defensores del mercado, cualquier forma
de propiedad pública es menos eficiente que la propiedad privada.
NA: Entiendo que es una de las diferencias que destacan en su
libro. El hecho de que empresas como Amazon o Walmart sean eminentemente
logísticas y utilicen estrategias de planificación no mercantiles, no
significa que la economía capitalista en términos generales sea en sí
misma una economía planificada. Por lo tanto, aunque exista algo de
planificación económica bajo el capitalismo, siempre debemos tener en
mente que el capitalismo es una economía de mercado. ¿Eso implica que
debemos concluir que economía socialista y planificación económica son
sinónimos?
MR: Creo que sí. Efectivamente, nuestro libro muestra que existe mucha
planificación en el capitalismo pero, como dijo Leigh, eso conduce a
realzar la importancia de la distinción entre economías planificadas y
planificación económica. Ahora bien, economía planificada no implica
necesariamente industrialización masiva y planes quinquenales.
Básicamente, significa que la producción y la distribución están
subordinadas a las necesidades humanas, o, en términos más clásicos, que
la economía está orientada por valores de uso y no por la acumulación
de dinero. Por lo tanto, pienso que es justo concebir que la economía
socialista es una economía planificada.
Pero, por otro lado, como dijiste, uno de los mensajes más
importantes de nuestro libro es que existe mucha planificación en el
capitalismo, aunque suele ser invisible porque se desarrolla entre los
muros de las empresas. Tomemos el caso de General Motors: en apariencia,
solo entran materiales y salen autos, pero todo lo que pasa dentro de
la empresa funciona como una economía planificada. El jefe no deja las
tareas en manos de los licitadores ni permite que los departamentos
firmen contratos entre sí. Simplemente dice: pongan ese tornillo ahí o
se van. Nadie consulta a los trabajadores de Amazon cuánto cobran por
colocar una caja en la estantería.
Puede parecer una perogrullada destacar que las señales de precios no
gobiernan las decisiones empresariales a nivel microeconómico pero, por
más que suene absurdo, es lo que se sigue del modelo neoclásico. De
hecho, durante mucho tiempo la orientación dominante fue alentar la
competencia entre departamentos y sectores que conviven en el marco de
una misma estructura corporativa. Lo que quiero decir es que dentro de
las empresas reina una peculiar ausencia de relaciones mercantiles.
Hasta el proceso de producción está bastante planificado. Incrementar la
integración vertical conduce a establecer una relación dependiente con
los contratistas donde, como discutimos en el caso de Walmart, hasta las
entidades que están nominalmente separadas de la empresa forman parte
de un proceso de planificación interna.
Eso significa que las empresas están haciendo lo mismo que harían las
instituciones abocadas a la planificación: aplicar la racionalidad
humana a la solución de problemas complejos sin que el dinero funcione
como intermediario en todos los niveles. Como dijo D. H. Robertson,
economista que escribió a principios del siglo veinte, las empresas son
«islas de poder consciente» que flotan en un mar de mercados. El
surgimiento de tecnologías de información y de comunicación cada vez más
potentes hace que las empresas sean capaces de llevar cada vez más
lejos la planificación, incluso en el marco de un sistema de mercado. Y
el resultado suele ser el incremento de la eficiencia. Pero todo eso
sucede a puerta cerrada.
LP: Si hablamos de definiciones de capitalismo y de socialismo, debemos
recordar que los socialistas siempre argumentaron que la idea liberal de
la democracia, es decir, la idea de que todos los humanos adultos
deberían participar equitativamente de las decisiones que los afectan,
es fantástica. Si se afirma que la toma de decisiones privada de los
reyes y los barones es injusta, entonces hay que concluir que la toma de
decisiones privada de cualquier entidad o grupo es de la misma
naturaleza.
En términos sencillos, el socialismo es la extensión de la democracia
a la totalidad de la economía y el rechazo de la idea de que la
democracia debe ser a la política lo que los mercados a la economía. En
cambio, el socialismo sostiene que la democracia debe reinar en todas
las esferas donde se tomen decisiones que impactan de una u otra forma
sobre la vida de las personas.
Es cierto que ese argumento no dice nada sobre la viabilidad. Pero
basta para afirmar que los socialistas deben luchar siempre por extender
la planificación democrática, pues en la medida en que existan procesos
de toma de decisiones privados estaremos atados a formas hasta cierto
punto monárquicas o autoritarias. Es posible que la planificación
completa de toda la economía mundial termine siendo inviable en términos
matemáticos. Si ese fuera el caso, deberíamos aceptarlo. Pero, al mismo
tiempo, deberíamos preocuparnos porque significa que tendríamos que
aceptar que en nuestro sistema siempre habrá reyes y barones.
MR: En el mismo sentido hay que decir que el tipo de planificación que
existe en el capitalismo es básicamente despótico. Jeff Bezos y Elon
Musk, que planifican —a su manera—, no son más que versiones grotescas
de los aristócratas de antaño. Noam Chomsky, retomando con ironía la
idea de que las empresas son «islas de poder consciente», replicó que se
trata en realidad de «islas de tiranía». En ese sentido, podríamos
combinar las dos definiciones y decir que bajo el capitalismo hay focos
de planificación, pero que recurren siempre a una planificación
despótica.
NA: Pero entonces, si las empresas son islas de planificación
despótica, ¿por qué deberíamos depositar esperanzas en la posibilidad de
una transición que lleve de esa planificación económica a puertas
cerradas a una economía planificada completa? ¿Alcanza con una consigna
del tipo «nacionalicemos McDonald’s»?
MR: En realidad, uno de los asuntos fundamentales del debate sobre el
cálculo socialista que quisimos abordar fue el de la viabilidad. ¿Qué
cosas se volvieron factibles en la práctica y qué está sucediendo con la
economía hoy? ¿Qué podemos aprender de todo eso? Nunca quisimos decir:
«Imitemos a Amazon o a Walmart». Pero, en términos intelectuales y
políticos, ¿es Walmart capaz de enseñarnos algo útil a la hora de
defender la economía socialista? Porque no podemos negar que, desde una
perspectiva socialista, la eficiencia es un tema importante: no queremos
derrochar recursos y queremos que la gente acceda a la máxima cantidad
posible de bienes de calidad, entre los que se cuentan bienes
definitivamente no capitalizables, como la dignidad y la participación
democrática. Walmart no es nuestra brújula, pero muestra que la
planificación es viable.
LP: Como dijo Michal, queríamos usar un ejemplo tomado del corazón del
sistema capitalista para mostrar la factibilidad de la planificación.
¿Qué mejor ejemplo que las empresas más exitosas del mundo? Queríamos
mostrar que la maravilla de la planificación económica está
desarrollándose ante nuestros ojos. Por supuesto, existe en medio del
océano de los precios. Pero al interior de estas empresas existe una
economía gigantesca que empequeñece a muchas economías nacionales en
términos de ingresos y que se aproxima bastante a la Unión Soviética
(aunque en realidad produce muchos más bienes que los que la vieja
república de los sóviets produjo en toda su existencia).
Y funciona. Por lo tanto, aun si el bando conservador del debate
sobre el cálculo económico en el socialismo estaba en lo cierto y el
socialismo no funciona en términos teóricos, todo indica que la
planificación funciona en la práctica.
NA: ¿La viabilidad de la planificación en Walmart debería alimentar nuestras esperanzas en un futuro socialista?
LP: Yo tengo esperanzas en la viabilidad de una economía planificada. Al
mismo tiempo, pienso que la hipótesis de una economía mundial
planificada sin señales de precio es una cuestión empírica que todavía
no recibió una solución. Y esa mera observación sirve para diferenciar
lo que decimos de lo que hacen los socialdemócratas: el crecimiento de
la planificación sigue siendo nuestro norte y desearíamos democratizar
realmente toda la economía. Por el contrario, los socialdemócratas —y
los socialistas de mercado— están convencidos de que es imposible llegar
a una economía totalmente planificada. Nosotros consideramos que lo
correcto es tomar esa posibilidad como una cuestión empírica abierta
pues, cuando se trata de definir lo posible, ninguna posición podría
estar en lo cierto si carece del conocimiento necesario. Es como cuando
alguien afirma con absoluta confianza que no hay vida inteligente en
otros planetas, aunque la verdad es que todavía no sabemos. En cualquier
caso, sin resolver a priori si la planificación económica a
gran escala es viable, podemos mirar alrededor y analizar lo que está
sucediendo a distintos niveles.
MR: Sí, y pienso que esa distinción nos lleva al problema de si el
mercado debería ser concebido como una tecnología o como una institución
social. En un sentido, es una pregunta abierta: ¿el mercado es solo una
herramienta que sirve para cumplir una serie de funciones sociales
básicas y necesarias, como la distribución de recursos? ¿O es una
institución social que moldea la conducta humana y determina lo que
obtenemos a cambio de lo que hacemos, por cuánto tiempo y bajo qué
condiciones? Hoy en día es ambos, creo.
NA: Entiendo cómo el éxito de ciertas empresas podría darnos
esperanzas en la viabilidad de una economía planificada, pero, al mismo
tiempo, pienso que las economías planificadas que hubo en el pasado nos
dejan un archivo que, en el mejor de los casos, es contradictorio. ¿Hay
algo en la denominada edad de oro de la Unión Soviética, sobre todo si
consideramos las conquistas en exploración espacial y la producción
industrial, que sirva como prueba de la viabilidad de la planificación?
LP: Soy muy antiestalinista y la admiración que tengo por los avances
científicos como el Sputnik está obviamente atenuada por el conocimiento
de las purgas, el Gulag, los juicios falsos, etc. Del mismo modo, mi
admiración por la NASA está atemperada por lo que sé sobre Vietnam,
Irán, Guatemala y otro largo etcétera.
Una de las cosas que quisimos mostrar, sobre todo cuando hicimos
referencia a los primeros años de la Unión Soviética, es que la
república de los sóviets no nació con un plan económico prefabricado.
Simplemente terminaron encontrando uno, completamente distinto, por
cierto, del que había imaginado Neurath. Neurath había partido de la
pregunta por el tipo de plan que sería necesario en una sociedad
socialista a partir del día uno. Pero los bolcheviques se toparon con el
plan durante la guerra civil, cuando tuvieron que lidiar con cuellos de
botella, escasez y otras perturbaciones de la economía. El Estado no
tenía otra opción que asumir un control cada vez más estricto de la
economía, en un contexto en que los capitalistas simplemente habían
huido o ya no había un mercado que funcionara. Los bolcheviques
avanzaron hacia una economía planificada, no porque sintieran que esa
era la orientación adecuada en términos ideológicos, sino porque no
tenían otra alternativa para superar los cuellos de botella que
afectaban a la producción y al transporte.
Nunca deberíamos desestimar los fracasos de la Unión Soviética. No
podemos evaluar la situación en función de nuestros deseos solo porque
tuvieron el Sputnik o porque hicieron entrar a una sociedad campesina en
la modernidad. La forma en que lo hicieron fue atroz y cruel. Pero
volviendo sobre la planificación, la historia mostró que el bando
conservador del debate sobre el cálculo socialista estaba completamente
equivocado con respecto a la secuencia de eventos que
teóricamente conlleva la planificación. Su argumento era que se
produciría una dislocación entre la oferta y la demanda, y que esta
causaría escasez y desequilibrios y conduciría finalmente a ese tipo de
caos social que solo es posible resolver mediante algún tipo de
autoritarismo. En otros términos, la versión conservadora afirma que la
planificación conduce al estalinismo.
Pero es importante notar que en realidad sucede lo contrario: es el
autoritarismo el que debilita la planificación. Si, pongamos por caso,
uno tiene miedo de ser enviado al Gulag o fusilado por informar a su
superior que el campo o la fábrica en la que trabaja no alcanzó los
objetivos propuestos, no quedará otra opción que mentir. Vas a mentir y
decir que sí, que cumpliste con tus cuotas de producción, o incluso, si
estás al comienzo de un ciclo económico, producir menos para que haya
una subvaloración de tu capacidad productiva. Por lo tanto, la calidad
de la información de ese sistema sufrirá un deterioro inevitable y
afectará la eficiencia económica.
Ese argumento tiene un corolario fundamental en el caso de Walmart.
Walmart también es un sistema autoritario. Por supuesto, no se acerca a
la naturaleza criminal del estalinismo, pero sucede que en este caso, si
uno no cumple con los objetivos propuestos, tendrá miedo de perder su
trabajo. De nuevo, si uno tiene la opción entre dar información
fidedigna sobre algo que amenaza su posición en la empresa o mentir, la
decisión está bastante clara: uno mentirá y destruirá información
valiosa. Así que aquí también, en un ambiente distinto —aunque no menos
autoritario—, la información del sistema se deteriora. Y eso indica que
la planificación democrática debería mejorar la calidad de la
información del sistema, lo que redundaría a la vez en una mayor
eficiencia. En principio, si un sistema fuera verdaderamente democrático
y no autoritario, la información sería más fiel a la realidad.
MR: Agregaría una cosa más, que no tiene tanto que ver con el
autoritarismo como con la competencia. Imaginemos que hay cinco empresas
que intentan desarrollar una nueva tecnología. Ahora imaginemos que se
produce una especie de duplicación de la información. Estas unidades
económicas podrían compartir ciertas porciones de información que se ven
obligadas a repetir. En ese escenario, que es en el que vivimos, la
información del sistema global también se deteriora. No es sorpresa que
durante las épocas de guerra, o también durante las pandemias, los
Estados intervengan forzando a las empresas y a otras instituciones
productivas, orientadas generalmente en función de la competencia, a
colaborar para mejorar la calidad de la información del sistema.
En un sentido, lo que dijo Leigh muestra la otra cara del argumento
conservador en el debate sobre el cálculo, vinculada al descubrimiento
de información, es decir, a garantizar que las personas adecuadas
obtengan la información adecuada. Pienso que la planificación
democrática es una forma de descubrimiento de la información. Puede
sonar un poco sentimental, pero la democracia en la planificación nos
ayuda a aprender más unos de otros. Y es una manera de incrementar la
eficiencia, pues hace que desaparezcan el miedo de hablar y decir las
cosas como son. La cuestión de la democracia en la planificación es un
elemento fundamental de nuestro argumento. La democracia nos permitirá
descubrir nuevos métodos, definir lo que realmente necesitamos como
sociedad y determinar cómo satisfacer los verdaderos deseos y
necesidades de las personas.
Nuestro argumento se basa sobre todo en una serie de lecturas
económicas técnicas y específicas, y en discusiones vinculadas a la
coordinación entre medios y fines. Después de todo, queremos aportar al
debate sobre el cálculo. Pero el asunto también tiene un lado humano que
remite a la democracia. En cierto sentido, es útil volver a leer a
Hayek y a las otras figuras destacadas del bando conservador, pues uno
descubre que tenían una perspectiva completamente insensata sobre la
psicología humana y una concepción atrofiada de la democracia.
Me parece que ese es el punto donde los socialistas tenemos una
alternativa que ofrecer. Dejando de lado los aspectos técnicos del
problema, los socialistas pensamos que los seres humanos son sujetos y
protagonistas de la vida material que buscan la forma de llegar desde
donde están —es decir, de lo que tienen— a lo que quieren y necesitan.
Creo que tenemos que asumir sin ambages que contamos con una perspectiva
distinta de la de los economistas conservadores en cuanto a los seres
humanos y a lo que pueden o no pueden hacer.
NA: Me parece que el recelo de muchas personas frente a las
tecnologías de la información surge porque observan que esos
instrumentos son utilizados con fines evidentemente antidemocráticos y
no es fácil descifrar maneras de apropiárselos. Pero también podríamos
pensar en el caso de socialistas como Paul Cockshott, que aunque abrazan
la idea del socialismo digital, no brindan una perspectiva del todo
convincente sobre cómo utilizar estas tecnologías sin terminar en una
especie de tecnocracia obrera ilustrada.
LP: Paul Cockshott incurre en el error fatal del determinismo
tecnológico, es decir, piensa que el progreso de la tecnología de la
información es una condición necesaria del socialismo. Cree haber
descubierto un algoritmo perfecto que indicaría cómo calcular una
economía planificada. Pero, más allá de eso, tiene un punto: descubrió
que la producción y la distribución de la mayoría de los bienes de la
economía solo son relevante para una cantidad relativamente pequeña de inputs y de outputs.
Un cálculo perfecto presupone que todo está relacionado con todo. Pero
para nuestros propósitos, no es necesario conocer, por ejemplo, la
relación infinitesimal entre la producción de una muñeca Barbie y la de
una turbina de vapor. En ese sentido, Cockshott reconoce que es
imposible encontrar una solución algebraica perfecta a la infinidad de
los inputs y de los outputs de los distintos sectores.
Pero muestra que es posible hacer un cálculo «suficientemente bueno» y
argumenta que probablemente eso baste en términos sociales, sobre todo
teniendo en cuenta los beneficios que obtendríamos si reemplazáramos el
mercado con mecanismos de decisión democráticos a la hora de
distribución ciertos bienes y servicios.
Y eso nos lleva directamente al problema de la politización de la
tecnología y del desarrollo de las instituciones democráticas, ¿no?
¿Cómo democratizamos la sociedad? Cochshott, por cierto, es un
estalinista sin culpas. Ama la China de Xi Jinping y piensa que es un
socialismo desarrollado. Cree que solo es cuestión de pedir perdón por
el Gulag y cosas por el estilo. Por nuestra parte, tomamos de Cockshott
las ideas del cálculo «suficientemente bueno» y dejamos de lado todo lo
que dice sobre el gobierno socialista.
MR: Así como la tecnología de la información contemporánea permite
implementar un cálculo «suficientemente bueno», y eso implica un
progreso técnico, no deberíamos perder de vista que es posible
transformar las tecnologías desarrolladas bajo el capitalismo con el fin
de utilizarlas en el marco de nuevas instituciones democráticas. Sin
embargo, aunque los socialistas siempre debemos orientarnos hacia el
futuro, muchos de los problemas más difíciles que enfrentamos remiten a
transformaciones cualitativas.
Básicamente, tenemos que pensar cómo transformar la tecnología de la
información en función de la participación democrática y del desarrollo
de nuevas capacidades. El mundo actual nos muestra nuevas posibilidades
—por ejemplo, es increíble comprobar lo fácil que es comunicarse hoy—,
pero también los peligros inherentes a abandonar la tecnología a las
fuerzas del mercado. Los algoritmos contemporáneos tienen sesgos
racistas que apuntan exclusivamente a la acumulación de ganancias en
unas pocas manos, cuando en realidad necesitamos tecnologías que
promuevan la libertad y que permitan desarrollar las capacidades de
todos.
NA: Hablando de China me doy cuenta de que todavía no dijimos
nada sobre el socialismo de mercado. ¿La idea es un oxímoron o cabe
pensar una coexistencia posible entre planificación y mercado durante la
transición al socialismo?
MR: Hay quienes piensan —por ejemplo, Isabelle Weber brinda buenos
argumentos en este sentido— que China es de hecho una economía de
mercado planificada y no un modelo de socialismo de mercado exitoso.
Pienso que, en cierto sentido, eso es buscarle la quinta pata al gato.
En el caso de China la cuestión pasa realmente por saber si los mercados
se adecúan a un sistema social más amplio y hasta qué punto terminan
decidiendo problemas importantes que podrían ser definidos mediante
otros criterios (especialmente cuando se trata de temas esenciales de la
vida material). Me parece que en China observamos un desplazamiento
hacia una concepción del mercado como institución social que decide esos
grandes temas.
Pero lo más interesante es que los socialistas democráticos deberían
pensar más bien en el sentido inverso. Si el socialismo no es algo que
sucederá de un día para el otro, ¿cómo restringimos los mercados durante
la transición? ¿Cómo y dónde empezamos a introducir otros criterios
para coordinar la vida material y en qué casos permitimos que exista un
mercado? De nuevo, pienso que la magnitud y el ritmo de implementación
de una economía completamente planificada son problemas abiertos.
El punto es que existe un enorme espacio en las sociedades existentes
que permitiría restringir los mercados y orientar la economía en
función de otros valores. Los problemas de coordinación que los mercados
resuelven efectivamente en nuestra sociedad podrían ser abordados de
otra manera. Esto abarca cuestiones pedestres y mundanas, como por
ejemplo: «¿Cuánto titanio deben recibir las fábricas de bicicletas para
hacer cuadros y cuánto debe destinarse a la producción de prótesis de
cadera?». Hay muchas formas no mercantiles de decidir un tema como ese.
Después hay otras decisiones que pueden quedar en manos del mercado,
como por ejemplo, la cantidad óptima de producción de uno u otro tipo de
champú.
Si bien es positivo que con China haya repuntado el interés en el
debate sobre la transición, la tarea de los socialistas es transformar
los términos de ese debate y preguntar: ¿cómo avanzamos en la dirección
opuesta? ¿Cómo minimizamos el rol del mercado?
LP: En nuestro libro, cuando abordamos el socialismo de mercado,
argumentamos que aun en ese sistema se mantiene la distinción clásica
entre un conjunto de cosas destinadas a generar ganancias y un conjunto
de cosas que son útiles. En el caso del socialismo de mercado, al igual
que en el capitalismo, si algo es útil pero no rentable, no es
producido. Por supuesto, después vienen las cosas que son rentables pero
no son útiles, o incluso son perjudiciales. En tanto existan incentivos
en el sistema o en las empresas que las producen, estas seguirán
fabricando esas cosas.
El punto no es que el socialismo de mercado no funcione. El
socialismo de mercado sería un enorme avance en relación con lo que
tenemos hoy y las cooperativas que funcionan dentro del capitalismo son
grandes escuelas de autoorganización obrera. Independientemente de si
conducen a una distribución de bienes y servicios más igualitaria, lo
que dije debería bastar como argumento a su favor. En cualquier caso,
como decimos en nuestro libro, la dicotomía entre planificación
socialista y socialismo de mercado es un poco engañosa, especialmente si
partimos de la idea de que la economía planificada es en realidad una
cuestión abierta y empírica.
Hagamos un experimento mental: es el día dos de la revolución o de
las elecciones y los defensores de la planificación están en el
gobierno. Es imposible planificar absolutamente toda la economía de la
noche a la mañana. Es necesario priorizar ciertos sectores sobre otros.
El gobierno probablemente empiece nacionalizando o socializando los
bancos, el sistema de salud, la producción farmacéutica y cosas por el
estilo, en vez de, por ejemplo, la industria de los videojuegos. Por
supuesto, aun si dejan estos sectores en manos de los mecanismos de
mercado, los defensores de la planificación querrán que esas empresas
sean dirigidas por sus trabajadores y no por capitalistas privados.
Ahora imaginemos el mismo escenario, pero son los defensores del
socialismo de mercado los que llegan al gobierno. Todos acordarán en que
amplias franjas de la economía deben pasar al sector público,
especialmente las áreas de salud, educación, etc. Sin embargo, queda
toda la otra parte de la economía, donde la distribución estará definida
en función de los precios y las empresas serán propiedad de los
trabajadores o de fondos de jubilación, dependiendo de la versión del
socialismo de mercado que se prefiera.
Ambos escenarios parecen idénticos, ¿no? Al menos en términos de la
división entre las áreas planificadas y las áreas de mercado. En los dos
casos, una buena parte de la economía está planificada y una parte
considerable queda en manos de cooperativas obreras que intercambian
bienes y servicios en el mercado. La única diferencia importante parece
estar en el nivel de confianza en las posibilidades de extender la
planificación: los defensores de la planificación esperan llegar hasta
el final, mientras que los socialistas de mercado están bastante seguros
de que es imposible. En cualquier caso, estoy conforme con ese
escenario, pues ese es el debate que debería tener un partido socialista
o un gobierno en esas condiciones. ¿Qué tan lejos podemos llegar en la
socialización de bienes y servicios? ¿Cuál es el límite?
El argumento que propondría tanto a los socialistas de mercado como a
esos partidarios de la planificación demasiado optimistas es este:
conservemos la idea de la planificación como norte y limitemos cada vez
más el área de incidencia del mercado, pero en vez de afirmar a priori
que podemos o no podemos socializar absolutamente todo, hagamos la
experiencia sobre la marcha.
MR: Si bien es importante reconocer hasta qué punto la oposición entre
socialismo de mercado y planificación es falsa, también debemos ser
conscientes de las contradicciones que subyacen al socialismo de
mercado. De nuevo, en el caso del socialismo de mercado, si tenemos
cinco empresas fabricando lo mismo y siguen compitiendo en el mercado,
la capacidad de compartir y descubrir información, de repartir el
trabajo en términos más equitativos, y toda una serie de cuestiones por
el estilo, se resolverán de manera muy distinta a la que plantea el
escenario de la planificación. Debemos estar al tanto de las
contradicciones y no contentarnos simplemente con decir que el
socialismo de mercado es socialismo y punto.
LP: Si tuviéramos una sociedad gobernada por un socialista de mercado, se
plantearían muchas contradicciones importantes, como las que trajo a
colación Michal. Las empresas carboníferas, petrolíferas o gasíferas,
aun en el caso de ser dirigidas por sus trabajadores, tendrían
incentivos que llevarían a seguir produciendo esas cosas porque
seguirían siendo rentables. Lo mismo vale en el caso de las
farmacéuticas: no habría ningún incentivo de mercado para que una
empresa dirigida por sus trabajadores produzca nuevos antibióticos. En
el caso de los hospitales seguiría habiendo incentivos para negar
cobertura sanitaria a los pobres.
Tal vez terminemos descubriendo, más allá de esos sectores
esenciales, que es inviable nacionalizar otras áreas, como por ejemplo
la producción de videojuegos. Pero pensemos en lo que dicen hoy los gamers:
todo el tiempo se quejan de que las empresas están destruyendo el rubro
con la aplicación de condiciones monetarias y compras que imposibilitan
jugar libremente. Básicamente, lo que sucede es que hoy el desempeño
que tenemos en un videojuego depende de nuestra riqueza. Por lo tanto,
habría que concluir que los mercados y el interés en las ganancias
también están destruyendo la industria de los videojuegos. Otro ejemplo
son los servicios de reproducción de música, que están haciendo que las
canciones sean cada vez más cortas independientemente de los deseos de
los artistas o de los oyentes, porque una canción demasiado larga genera
la misma ganancia que una corta y muchas canciones cortas equivalen a
más dinero.
Entonces, los mercados no solo atentan contra el sector de la salud:
distorsionan cualquier proceso de producción para conducirlo hacia la
maximización de las ganancias. Y, por más que pensemos que no son
prioridades inmediatas cuando está en juego la justicia social, también
están en juego los videojuegos y a la música pop.
Eso nos lleva de nuevo al principio y al mismo problema: es posible
que, cada tanto, el conjunto de cosas destinadas a generar ganancias y
el conjunto de cosas útiles se solapen, pero bajo el mercado nunca serán
parte del mismo conjunto. El punto de volver sobre el debate del
cálculo socialista está en pensar concretamente cómo construir un
sistema económico donde la medida de lo que es exitoso en términos
económicos y la medida de lo que es socialmente útil sea la misma, o
casi la misma."
(Enttrevista a Leigh Phillips y Michal Rozworski , Nicolas Allen, JACOBINLAT, 02/04/23)