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28/9/24

En el momento de negociar programas de precios en la Argentina, los gobiernos tienen que sentar en la mesa a productores industriales y supermercadistas... Las tierras están en manos de 20 terratenientes. Entre los que más concentran hay empresarios y grupos que tienen entre 100 mil y más de un millón de hectáreas de todo tipo, como Benetton, Eduardo Elsztain o Eurnekian... Ninguno de los complejos exportadores, donde el 42.1% de las ventas al extranjero son el sojero, maicero, triguero, girasolero y de la carne, son argentinos... el petroquímico o el automotriz están dominados por grandes transnacionales... Sólo extracción, liquidación y fuga de divisas y dependencia de materias primas y minerales... De esta manera, es imposible que un Estados-nación que no funcionan como tal, la democracia sea una vía alternativa de elección para mejorar. Si los Estados juegan a acatar lo que dicen las empresas, ¿quién controla a las empresas más poderosas del mundo? Vanguard y BlackRock, los dueños del mundo... Son dos empresas, dos gigantes del mundo financiero, que se esconden detrás de todas las Big Tech y de todas las grandes compañías del mundo. Dos fondos de inversión que gestionan un total de 17 billones de dólares. cifra similar al PIB de toda la Unión Europea... Estos dos gestores de fondos son el poder en la sombra de las principales empresas del mundo (Alejandro Marcó del Pont)

  "(...) Los golpes de Estado, las crisis económicas, el endeudamiento externo, la fuga de capitales, entre otras cosas, abrieron la posibilidad de la concentración y la hegemonía corporativa, que año tras año tuvo más incidencia en los lineamentos de políticas económicas locales, eliminando gradualmente a sus representantes políticos como mediadores. El caso extremo, sería la Argentina actual, donde la sociedad votó por que las empresas sean quienes determinen los destinos del país en base a los negocios particulares, con una absurda participación de resistencia en redes sociales. La democracia corporativa virtual.

¿Por qué se pierde la autonomía? Juan Carlos Puig (abogado y diplomático argentino que se destacó como teórico de la relación entre la dependencia y la autonomía de los países periféricos) estableció las categorías de dependencia y autonomía, la paracolonial: las élites que conducen ese Estado periférico se consideran un apéndice político, económico e ideológico de la metrópoli. Por lo que no hay proyecto de país, ni integración regional para obtener poder. No sirve como estrategia la unión o potencializar los BRICS o el Mercosur si no son sujetos de beneficio.

Así, internamente se pueden estudiar múltiples relatos de la generación de la inflación, pero al momento de negociar programas de precios en la Argentina, los gobiernos tienen que sentar en la mesa a productores industriales y supermercadistas. Allí, sólo necesita tener representantes de 20 empresas, entre fabricantes y comerciantes, para armar el tablero de los alimentos que deberían llegar a las mesas argentinas. El 74% de la facturación de las góndolas de los supermercados está en manos de apenas esa cantidad de compañías.

Las tierras están en manos de 20 terratenientes. Entre los que más concentran hay empresarios y grupos que tienen entre 100 mil y más de un millón de hectáreas de todo tipo, como Benetton, Eduardo Elsztain o Eurnekian. Elsztain tiene 538.822 hectáreas y ahora administra la Agencia de Bienes del Estado, el inventor del presidente Eduardo Eurnekian tiene 105.397 hectáreas. La mayoría de los dueños de las tierras son también de las mineras, por ejemplo, Integra Lithium, conglomerado presidido por José Luis Manzano, tiene 573.000 hectáreas, además de su participación en empresas energéticas y medios de comunicación.

 Ninguno de los complejos exportadores, donde el 42.1% de las ventas al extranjero son el sojero, maicero, triguero, girasolero y de la carne, son argentinos; el petroquímico o el automotriz están dominados por grandes grupos económicos o transnacionales, ninguno con ellos siquiera tiene una Dependencia racionalizada: donde las elites tienen un proyecto nacional pero dependiente del centro. Sólo extracción, liquidación y fuga de divisas y dependencia de materias primas y minerales.

De esta manera, es imposible que un Estados-nación que no funcionan como tal, la democracia sea una vía alternativa de elección para mejorar. Si los Estados juegan a acatar lo que dicen las empresas, ¿quién controla a las empresas más poderosas del mundo? No hay una respuesta absoluta a estas preguntas, pero sí hay una explicación muy cercana. Son dos empresas, dos gigantes del mundo financiero, que se esconden detrás de todas las Big Tech y de todas las grandes compañías del mundo. Dos fondos de inversión que gestionan un total de 17 billones de dólares. cifra similar al PIB de toda la Unión Europea.

Vanguard y BlackRock, los dueños del mundo. Estos dos gestores de fondos son el poder en la sombra de las principales empresas del mundo. Tal es así, que son los primeros accionista de Apple, Google, Amazon y el resto de Big Tech, también de Coca Cola, Disney y las principales empresas de nuestro país. BlackRock compró Global Infrastructure Partners por $12.5 mil millones, lo que la convertirá en la segunda mayor firma de infraestructura del mundo, y junto con Vanguard son el primer y la tercer inversor en empresas armamentísticas a nivel mundial (Las bombas evaporan la austeridad), o sea, pueden destruir Ucrania y reconstruirlo, todo en el mismo negocio entre Demócratas o Republicanos.

¿Por qué esta división del mundo no hizo realidad antes? La Doctrina Primakov, estratégica para la política exterior rusa, formulada por Yevgeny Primakov, un destacado diplomático y político ruso, se centra en la Multipolaridad: reemplazar el orden unipolar liderado por Estados Unidos con un sistema multipolar donde múltiples potencias, incluidas Rusia, China, la India, la Unión Europea y otros actores importantes, tengan una influencia equilibrada. Y se propone realizar alianzas estratégicas con el objetivo de fortalecer las relaciones con países clave como China y la India, así como con otras naciones que compartieran intereses similares para contrarrestar la influencia occidental. Y rechazo a la expansión de la OTAN.

Esta idea no germinó antes porque el poder de los EE.UU. y sus trasnacionales era demasiado grande y el de sus alternativas dema­siado débil. Pero, notoriamente, las cosas están cambiando. En todo caso, el plan es el mismo. Lo nuevo, que no lo es tanto, es que ahora comienzan a destacar organizaciones internacionales que, hasta la guerra de Ucrania, han tenido una existencia letár­gica, como la Organización para la Cooperación de Shanghai (OCS), creada en 2001, con la mirada puesta en evitar cualquier tendencia unipolar estadounidense. Ahí estaban, desde el principio, China y Rusia, así como India, y la mayoría de las exrepúblicas soviéticas de Asia Central, con Kazajistán a la cabeza. Pero se han ido sumando otros Estados, como Irán o Pakistán. Aunque también se debería pensar en los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), cuyo acrónimo se ha quedado muy corto, ante el aluvión de nuevas peticiones de ingreso, incluyendo Argelia, Túnez, o… ¡Turquía!

De hecho, la coincidencia de Rusia, China e India en las dos insti­tuciones debería hacer reflexionar a EEUU acerca de la pér­dida de su centralidad geopolítica, así como retirarse por un tiempo de ser el gendarme mundial. La Casa Blanca han tomado nota de la existencia de al menos dos potencias revisionistas: Rusia y China, pero insertar ahí a la India, descompone la ecuación. Uno de los cambios provocados por la guerra de Ucrania se refiere a la creciente distancia que separa a la India, parte de la OCS y de los BRICS desde hace años, de los EE.UU. Pero la geo­metría variable a la que aspiraban en la Casa Blanca se ha hecho trizas en favor del realineamiento de India con las potencias dís­colas del sistema político mundial. (...)"                            (Alejandro Marcó del Pont, El tábano economista, 25/08/24)

5/5/23

La República Popular de Walmart... La maravilla de la planificación económica está desarrollándose ante nuestros ojos. Walmart y Amazon muestran que la planificación es viable Por supuesto, planificación no es sinónimo de democracia, y la pregunta que deberíamos hacernos es si podemos poner a servicio de nuestro bienestar los instrumentos asombrosos que estas empresas utilizan con dudosos fines sociales

 "Aunque tendemos a pensar que los gigantes como Amazon y Walmart no son más que la máxima expresión del capitalismo de libre mercado, Leigh Phillips y Michal Rozworski proponen una perspectiva distinta y los analizan como ejemplos destacados de planificación centralizada. Por supuesto, planificación no es sinónimo de democracia, y la pregunta que deberíamos hacernos es si podemos poner a servicio de nuestro bienestar los instrumentos asombrosos que estas empresas utilizan con dudosos fines sociales.

En búsqueda de una respuesta conversamos con los autores de The People’s Republic of Walmart: How the World’s Biggest corporations are Laying the Foundations for Socialism (Verso, 2019), que nos llevaron a repasar la historia del debate sobre el cálculo socialista, la cuestión de la viabilidad de una planificación socialista completa y hasta los efectos que está teniendo el capitalismo sobre las industrias de la música pop y de los videojuegos.

 NA: El debate de los años 1920 sobre el cálculo económico en el socialismo parece indicar un momento único en la historia moderna. Sabemos que el motivo de la controversia, de la que participaron muchos economistas destacados, era definir cuál era el sistema económico óptimo, si el capitalismo o el socialismo. Ahora bien, ¿quién ganó el debate?

 MR: En realidad, la esencia del debate sobre el cálculo económico en el socialismo era definir si la economía socialista era posible. Una de las primeras balas en la disputa fue el artículo de Ludwig von Mises, «Economic Calculation in the Socialist Commonwealth». El argumento era que la economía planificada era imposible porque la magnitud de cálculo necesaria para armonizar todas las partes de la economía, es decir, el problema de alinear perfectamente la oferta y la demanda de productos, era demasiado vasto como para ser resuelto por cualquier humano o computadora y, después de todo, el mercado era el mecanismo más adecuado para hacerlo. El punto de Von Mises era que cualquier intento de hacer ese tipo de cálculo prescindiendo del mercado estaba destinado al fracaso y a la catástrofe.

Por supuesto, debemos tener en cuenta que el debate se desarrolló en los años 1920. La Revolución rusa había triunfado, y la intervención de Von Mises, al menos en parte, era una respuesta al Sóviet de Baviera y a las fuerzas que presionaban a favor de la realización de una verdadera revolución socialista en Alemania. Aunque el disparo apuntaba más específicamente contra Otto Neurath, socialista austriaco. Mientras trabajaba en el Ministerio de Defensa de Austria, Neurath había notado que muchos de los cálculos de una economía de guerra aplicaban también en el caso del socialismo. Por lo tanto, el debate comenzó en realidad con una propuesta positiva de Neurath que postulaba una economía totalmente planificada.

Cuando Von Mises argumenta que el socialismo es imposible tanto en términos intelectuales como prácticos, y que su implementación llevará inevitablemente al desastre económico, está respondiéndole a Neurath. Más tarde, en los años 1930, el debate se prolongó con la intervención de Oskar Lange, economista socialista polaco que estaba convencido de haber demostrado que Von Mises estaba equivocado. Lange decía que la economía socialista era posible incluso en los términos de la economía neoclásica. Argumentaba que se podía reemplazar el mecanismo de los precios de mercado, considerado por los economistas neoclásicos como el medio de distribución de recursos más racional, por un sistema de «precio sombra» o «precio social», un tipo de cálculo hecho por planificadores que iguala la oferta y la demanda. Para muchos economistas esa propuesta bastó para poner fin al debate.

La polémica cesó durante un tiempo, hasta que en los años 1940 apareció Friedrich Hayek, último gran protagonista que la retomó y la encaminó en una dirección ligeramente distinta. Hayek sostenía que aun cuando los cálculos asociados con la planificación económica fueran posibles, el mercado era más que una mera calculadora de precios. También era una forma de lo que suele denominarse «descubrimiento de información». De esa manera, el mercado adoptaba una capacidad casi mística de comunicar información relevante para tomar decisiones sobre inversión, producción, etc. Hayek hablaba del mercado como de un mecanismo que permitía, a través de la magia de los incentivos y de los precios, acceder a un nivel casi místico de información privada que manejaban individuos y estaba contenida en las empresas capitalistas.

Como sea, la intervención de Hayek desplazó todo el debate. Antes, Oskar Lange y otros economistas de izquierda habían aceptado hasta cierto punto los términos de las tendencias dominantes de la economía y habían intentado argumentar a favor de la viabilidad del socialismo sobre esa base. Pero llegó Hayek y dijo: dejando de lado el tema de la viabilidad, debemos tener en cuenta toda una serie de supuestos sobre la conducta y la racionalidad humanas. El economista argumentaba que, más allá de las conclusiones sobre la viabilidad técnica en torno a las que giraba el debate sobre el cálculo, la naturaleza humana estaba definida por un individualismo profundamente arraigado que bastaba para invalidar los principios de toda economía socialista.

 LP:Lo único que agregaría es que el costado neoclásico o conservador del debate sobre el cálculo económico en el socialismo ponía en juego una doble crítica del socialismo que no deja de ser muy potente. La primera parte de esa crítica tiene que ver específicamente con el cálculo, o, más bien, con la imposibilidad de cualquier cálculo humano o informático que presuponga operar con una infinidad sin medida de variables en las cadenas de suministro, producción y distribución. La segunda, con el descubrimiento, que no remite exclusivamente a un problema de «descubrimiento de información», en el sentido de «datos», sino también a un conocimiento tácito —o informal— sobre los procesos de producción. Por ejemplo, la diferencia entre las preferencias que decimos tener y nuestras preferencias reales, y todas las cosas que necesitamos o deseamos sin saber. En cualquier caso, es probable que esta siga siendo hoy la crítica intelectual más importante contra la factibilidad del socialismo.

Otro tema crucial que debemos comprender sobre la crítica neoclásica de la planificación es que en teoría valía contra cualquier tipo de planificación. Es decir que, según esa perspectiva, incluso la planificación en un sector o parte de la economía implicaba una menor eficacia. Como socialistas que intentamos resolver este debate, debemos tener en cuenta que existen, por un lado, la planificación económica, y por otro las economías planificadas. En otros términos, en toda economía planificada existe planificación económica, pero no toda planificación económica implica la existencia de una economía planificada. Es una distinción fundamental, pues si el peso de la razón en el debate sobre el cálculo cae del lado de los defensores del mercado, cualquier forma de propiedad pública es menos eficiente que la propiedad privada.

 NA: Entiendo que es una de las diferencias que destacan en su libro. El hecho de que empresas como Amazon o Walmart sean eminentemente logísticas y utilicen estrategias de planificación no mercantiles, no significa que la economía capitalista en términos generales sea en sí misma una economía planificada. Por lo tanto, aunque exista algo de planificación económica bajo el capitalismo, siempre debemos tener en mente que el capitalismo es una economía de mercado. ¿Eso implica que debemos concluir que economía socialista y planificación económica son sinónimos?

 MR: Creo que sí. Efectivamente, nuestro libro muestra que existe mucha planificación en el capitalismo pero, como dijo Leigh, eso conduce a realzar la importancia de la distinción entre economías planificadas y planificación económica. Ahora bien, economía planificada no implica necesariamente industrialización masiva y planes quinquenales. Básicamente, significa que la producción y la distribución están subordinadas a las necesidades humanas, o, en términos más clásicos, que la economía está orientada por valores de uso y no por la acumulación de dinero. Por lo tanto, pienso que es justo concebir que la economía socialista es una economía planificada.

Pero, por otro lado, como dijiste, uno de los mensajes más importantes de nuestro libro es que existe mucha planificación en el capitalismo, aunque suele ser invisible porque se desarrolla entre los muros de las empresas. Tomemos el caso de General Motors: en apariencia, solo entran materiales y salen autos, pero todo lo que pasa dentro de la empresa funciona como una economía planificada. El jefe no deja las tareas en manos de los licitadores ni permite que los departamentos firmen contratos entre sí. Simplemente dice: pongan ese tornillo ahí o se van. Nadie consulta a los trabajadores de Amazon cuánto cobran por colocar una caja en la estantería.

Puede parecer una perogrullada destacar que las señales de precios no gobiernan las decisiones empresariales a nivel microeconómico pero, por más que suene absurdo, es lo que se sigue del modelo neoclásico. De hecho, durante mucho tiempo la orientación dominante fue alentar la competencia entre departamentos y sectores que conviven en el marco de una misma estructura corporativa. Lo que quiero decir es que dentro de las empresas reina una peculiar ausencia de relaciones mercantiles. Hasta el proceso de producción está bastante planificado. Incrementar la integración vertical conduce a establecer una relación dependiente con los contratistas donde, como discutimos en el caso de Walmart, hasta las entidades que están nominalmente separadas de la empresa forman parte de un proceso de planificación interna.

Eso significa que las empresas están haciendo lo mismo que harían las instituciones abocadas a la planificación: aplicar la racionalidad humana a la solución de problemas complejos sin que el dinero funcione como intermediario en todos los niveles. Como dijo D. H. Robertson, economista que escribió a principios del siglo veinte, las empresas son «islas de poder consciente» que flotan en un mar de mercados. El surgimiento de tecnologías de información y de comunicación cada vez más potentes hace que las empresas sean capaces de llevar cada vez más lejos la planificación, incluso en el marco de un sistema de mercado. Y el resultado suele ser el incremento de la eficiencia. Pero todo eso sucede a puerta cerrada.

 LP: Si hablamos de definiciones de capitalismo y de socialismo, debemos recordar que los socialistas siempre argumentaron que la idea liberal de la democracia, es decir, la idea de que todos los humanos adultos deberían participar equitativamente de las decisiones que los afectan, es fantástica. Si se afirma que la toma de decisiones privada de los reyes y los barones es injusta, entonces hay que concluir que la toma de decisiones privada de cualquier entidad o grupo es de la misma naturaleza.

En términos sencillos, el socialismo es la extensión de la democracia a la totalidad de la economía y el rechazo de la idea de que la democracia debe ser a la política lo que los mercados a la economía. En cambio, el socialismo sostiene que la democracia debe reinar en todas las esferas donde se tomen decisiones que impactan de una u otra forma sobre la vida de las personas.

Es cierto que ese argumento no dice nada sobre la viabilidad. Pero basta para afirmar que los socialistas deben luchar siempre por extender la planificación democrática, pues en la medida en que existan procesos de toma de decisiones privados estaremos atados a formas hasta cierto punto monárquicas o autoritarias. Es posible que la planificación completa de toda la economía mundial termine siendo inviable en términos matemáticos. Si ese fuera el caso, deberíamos aceptarlo. Pero, al mismo tiempo, deberíamos preocuparnos porque significa que tendríamos que aceptar que en nuestro sistema siempre habrá reyes y barones.

 MR: En el mismo sentido hay que decir que el tipo de planificación que existe en el capitalismo es básicamente despótico. Jeff Bezos y Elon Musk, que planifican —a su manera—, no son más que versiones grotescas de los aristócratas de antaño. Noam Chomsky, retomando con ironía la idea de que las empresas son «islas de poder consciente», replicó que se trata en realidad de «islas de tiranía». En ese sentido, podríamos combinar las dos definiciones y decir que bajo el capitalismo hay focos de planificación, pero que recurren siempre a una planificación despótica.

 NA: Pero entonces, si las empresas son islas de planificación despótica, ¿por qué deberíamos depositar esperanzas en la posibilidad de una transición que lleve de esa planificación económica a puertas cerradas a una economía planificada completa? ¿Alcanza con una consigna del tipo «nacionalicemos McDonald’s»?

 MR: En realidad, uno de los asuntos fundamentales del debate sobre el cálculo socialista que quisimos abordar fue el de la viabilidad. ¿Qué cosas se volvieron factibles en la práctica y qué está sucediendo con la economía hoy? ¿Qué podemos aprender de todo eso? Nunca quisimos decir: «Imitemos a Amazon o a Walmart». Pero, en términos intelectuales y políticos, ¿es Walmart capaz de enseñarnos algo útil a la hora de defender la economía socialista? Porque no podemos negar que, desde una perspectiva socialista, la eficiencia es un tema importante: no queremos derrochar recursos y queremos que la gente acceda a la máxima cantidad posible de bienes de calidad, entre los que se cuentan bienes definitivamente no capitalizables, como la dignidad y la participación democrática. Walmart no es nuestra brújula, pero muestra que la planificación es viable.

 LP: Como dijo Michal, queríamos usar un ejemplo tomado del corazón del sistema capitalista para mostrar la factibilidad de la planificación. ¿Qué mejor ejemplo que las empresas más exitosas del mundo? Queríamos mostrar que la maravilla de la planificación económica está desarrollándose ante nuestros ojos. Por supuesto, existe en medio del océano de los precios. Pero al interior de estas empresas existe una economía gigantesca que empequeñece a muchas economías nacionales en términos de ingresos y que se aproxima bastante a la Unión Soviética (aunque en realidad produce muchos más bienes que los que la vieja república de los sóviets produjo en toda su existencia).

Y funciona. Por lo tanto, aun si el bando conservador del debate sobre el cálculo económico en el socialismo estaba en lo cierto y el socialismo no funciona en términos teóricos, todo indica que la planificación funciona en la práctica.

 NA: ¿La viabilidad de la planificación en Walmart debería alimentar nuestras esperanzas en un futuro socialista?

 LP: Yo tengo esperanzas en la viabilidad de una economía planificada. Al mismo tiempo, pienso que la hipótesis de una economía mundial planificada sin señales de precio es una cuestión empírica que todavía no recibió una solución. Y esa mera observación sirve para diferenciar lo que decimos de lo que hacen los socialdemócratas: el crecimiento de la planificación sigue siendo nuestro norte y desearíamos democratizar realmente toda la economía. Por el contrario, los socialdemócratas —y los socialistas de mercado— están convencidos de que es imposible llegar a una economía totalmente planificada. Nosotros consideramos que lo correcto es tomar esa posibilidad como una cuestión empírica abierta pues, cuando se trata de definir lo posible, ninguna posición podría estar en lo cierto si carece del conocimiento necesario. Es como cuando alguien afirma con absoluta confianza que no hay vida inteligente en otros planetas, aunque la verdad es que todavía no sabemos. En cualquier caso, sin resolver a priori si la planificación económica a gran escala es viable, podemos mirar alrededor y analizar lo que está sucediendo a distintos niveles.

 MR: Sí, y pienso que esa distinción nos lleva al problema de si el mercado debería ser concebido como una tecnología o como una institución social. En un sentido, es una pregunta abierta: ¿el mercado es solo una herramienta que sirve para cumplir una serie de funciones sociales básicas y necesarias, como la distribución de recursos? ¿O es una institución social que moldea la conducta humana y determina lo que obtenemos a cambio de lo que hacemos, por cuánto tiempo y bajo qué condiciones? Hoy en día es ambos, creo.

 NA: Entiendo cómo el éxito de ciertas empresas podría darnos esperanzas en la viabilidad de una economía planificada, pero, al mismo tiempo, pienso que las economías planificadas que hubo en el pasado nos dejan un archivo que, en el mejor de los casos, es contradictorio. ¿Hay algo en la denominada edad de oro de la Unión Soviética, sobre todo si consideramos las conquistas en exploración espacial y la producción industrial, que sirva como prueba de la viabilidad de la planificación?

 LP: Soy muy antiestalinista y la admiración que tengo por los avances científicos como el Sputnik está obviamente atenuada por el conocimiento de las purgas, el Gulag, los juicios falsos, etc. Del mismo modo, mi admiración por la NASA está atemperada por lo que sé sobre Vietnam, Irán, Guatemala y otro largo etcétera.

Una de las cosas que quisimos mostrar, sobre todo cuando hicimos referencia a los primeros años de la Unión Soviética, es que la república de los sóviets no nació con un plan económico prefabricado. Simplemente terminaron encontrando uno, completamente distinto, por cierto, del que había imaginado Neurath. Neurath había partido de la pregunta por el tipo de plan que sería necesario en una sociedad socialista a partir del día uno. Pero los bolcheviques se toparon con el plan durante la guerra civil, cuando tuvieron que lidiar con cuellos de botella, escasez y otras perturbaciones de la economía. El Estado no tenía otra opción que asumir un control cada vez más estricto de la economía, en un contexto en que los capitalistas simplemente habían huido o ya no había un mercado que funcionara. Los bolcheviques avanzaron hacia una economía planificada, no porque sintieran que esa era la orientación adecuada en términos ideológicos, sino porque no tenían otra alternativa para superar los cuellos de botella que afectaban a la producción y al transporte.

Nunca deberíamos desestimar los fracasos de la Unión Soviética. No podemos evaluar la situación en función de nuestros deseos solo porque tuvieron el Sputnik o porque hicieron entrar a una sociedad campesina en la modernidad. La forma en que lo hicieron fue atroz y cruel. Pero volviendo sobre la planificación, la historia mostró que el bando conservador del debate sobre el cálculo socialista estaba completamente equivocado con respecto a la secuencia de eventos que teóricamente conlleva la planificación. Su argumento era que se produciría una dislocación entre la oferta y la demanda, y que esta causaría escasez y desequilibrios y conduciría finalmente a ese tipo de caos social que solo es posible resolver mediante algún tipo de autoritarismo. En otros términos, la versión conservadora afirma que la planificación conduce al estalinismo.

Pero es importante notar que en realidad sucede lo contrario: es el autoritarismo el que debilita la planificación. Si, pongamos por caso, uno tiene miedo de ser enviado al Gulag o fusilado por informar a su superior que el campo o la fábrica en la que trabaja no alcanzó los objetivos propuestos, no quedará otra opción que mentir. Vas a mentir y decir que sí, que cumpliste con tus cuotas de producción, o incluso, si estás al comienzo de un ciclo económico, producir menos para que haya una subvaloración de tu capacidad productiva. Por lo tanto, la calidad de la información de ese sistema sufrirá un deterioro inevitable y afectará la eficiencia económica.

Ese argumento tiene un corolario fundamental en el caso de Walmart. Walmart también es un sistema autoritario. Por supuesto, no se acerca a la naturaleza criminal del estalinismo, pero sucede que en este caso, si uno no cumple con los objetivos propuestos, tendrá miedo de perder su trabajo. De nuevo, si uno tiene la opción entre dar información fidedigna sobre algo que amenaza su posición en la empresa o mentir, la decisión está bastante clara: uno mentirá y destruirá información valiosa. Así que aquí también, en un ambiente distinto —aunque no menos autoritario—, la información del sistema se deteriora. Y eso indica que la planificación democrática debería mejorar la calidad de la información del sistema, lo que redundaría a la vez en una mayor eficiencia. En principio, si un sistema fuera verdaderamente democrático y no autoritario, la información sería más fiel a la realidad.

 MR: Agregaría una cosa más, que no tiene tanto que ver con el autoritarismo como con la competencia. Imaginemos que hay cinco empresas que intentan desarrollar una nueva tecnología. Ahora imaginemos que se produce una especie de duplicación de la información. Estas unidades económicas podrían compartir ciertas porciones de información que se ven obligadas a repetir. En ese escenario, que es en el que vivimos, la información del sistema global también se deteriora. No es sorpresa que durante las épocas de guerra, o también durante las pandemias, los Estados intervengan forzando a las empresas y a otras instituciones productivas, orientadas generalmente en función de la competencia, a colaborar para mejorar la calidad de la información del sistema.

En un sentido, lo que dijo Leigh muestra la otra cara del argumento conservador en el debate sobre el cálculo, vinculada al descubrimiento de información, es decir, a garantizar que las personas adecuadas obtengan la información adecuada. Pienso que la planificación democrática es una forma de descubrimiento de la información. Puede sonar un poco sentimental, pero la democracia en la planificación nos ayuda a aprender más unos de otros. Y es una manera de incrementar la eficiencia, pues hace que desaparezcan el miedo de hablar y decir las cosas como son. La cuestión de la democracia en la planificación es un elemento fundamental de nuestro argumento. La democracia nos permitirá descubrir nuevos métodos, definir lo que realmente necesitamos como sociedad y determinar cómo satisfacer los verdaderos deseos y necesidades de las personas.

Nuestro argumento se basa sobre todo en una serie de lecturas económicas técnicas y específicas, y en discusiones vinculadas a la coordinación entre medios y fines. Después de todo, queremos aportar al debate sobre el cálculo. Pero el asunto también tiene un lado humano que remite a la democracia. En cierto sentido, es útil volver a leer a Hayek y a las otras figuras destacadas del bando conservador, pues uno descubre que tenían una perspectiva completamente insensata sobre la psicología humana y una concepción atrofiada de la democracia.

Me parece que ese es el punto donde los socialistas tenemos una alternativa que ofrecer. Dejando de lado los aspectos técnicos del problema, los socialistas pensamos que los seres humanos son sujetos y protagonistas de la vida material que buscan la forma de llegar desde donde están —es decir, de lo que tienen— a lo que quieren y necesitan. Creo que tenemos que asumir sin ambages que contamos con una perspectiva distinta de la de los economistas conservadores en cuanto a los seres humanos y a lo que pueden o no pueden hacer.

 NA: Me parece que el recelo de muchas personas frente a las tecnologías de la información surge porque observan que esos instrumentos son utilizados con fines evidentemente antidemocráticos y no es fácil descifrar maneras de apropiárselos. Pero también podríamos pensar en el caso de socialistas como Paul Cockshott, que aunque abrazan la idea del socialismo digital, no brindan una perspectiva del todo convincente sobre cómo utilizar estas tecnologías sin terminar en una especie de tecnocracia obrera ilustrada.

 LP: Paul Cockshott incurre en el error fatal del determinismo tecnológico, es decir, piensa que el progreso de la tecnología de la información es una condición necesaria del socialismo. Cree haber descubierto un algoritmo perfecto que indicaría cómo calcular una economía planificada. Pero, más allá de eso, tiene un punto: descubrió que la producción y la distribución de la mayoría de los bienes de la economía solo son relevante para una cantidad relativamente pequeña de inputs y de outputs. Un cálculo perfecto presupone que todo está relacionado con todo. Pero para nuestros propósitos, no es necesario conocer, por ejemplo, la relación infinitesimal entre la producción de una muñeca Barbie y la de una turbina de vapor. En ese sentido, Cockshott reconoce que es imposible encontrar una solución algebraica perfecta a la infinidad de los inputs y de los outputs de los distintos sectores. Pero muestra que es posible hacer un cálculo «suficientemente bueno» y argumenta que probablemente eso baste en términos sociales, sobre todo teniendo en cuenta los beneficios que obtendríamos si reemplazáramos el mercado con mecanismos de decisión democráticos a la hora de distribución ciertos bienes y servicios.

Y eso nos lleva directamente al problema de la politización de la tecnología y del desarrollo de las instituciones democráticas, ¿no? ¿Cómo democratizamos la sociedad? Cochshott, por cierto, es un estalinista sin culpas. Ama la China de Xi Jinping y piensa que es un socialismo desarrollado. Cree que solo es cuestión de pedir perdón por el Gulag y cosas por el estilo. Por nuestra parte, tomamos de Cockshott las ideas del cálculo «suficientemente bueno» y dejamos de lado todo lo que dice sobre el gobierno socialista.

 MR: Así como la tecnología de la información contemporánea permite implementar un cálculo «suficientemente bueno», y eso implica un progreso técnico, no deberíamos perder de vista que es posible transformar las tecnologías desarrolladas bajo el capitalismo con el fin de utilizarlas en el marco de nuevas instituciones democráticas. Sin embargo, aunque los socialistas siempre debemos orientarnos hacia el futuro, muchos de los problemas más difíciles que enfrentamos remiten a transformaciones cualitativas.

Básicamente, tenemos que pensar cómo transformar la tecnología de la información en función de la participación democrática y del desarrollo de nuevas capacidades. El mundo actual nos muestra nuevas posibilidades  —por ejemplo, es increíble comprobar lo fácil que es comunicarse hoy—, pero también los peligros inherentes a abandonar la tecnología a las fuerzas del mercado. Los algoritmos contemporáneos tienen sesgos racistas que apuntan exclusivamente a la acumulación de ganancias en unas pocas manos, cuando en realidad necesitamos tecnologías que promuevan la libertad y que permitan desarrollar las capacidades de todos.

 NA: Hablando de China me doy cuenta de que todavía no dijimos nada sobre el socialismo de mercado. ¿La idea es un oxímoron o cabe pensar una coexistencia posible entre planificación y mercado durante la transición al socialismo?

 MR: Hay quienes piensan —por ejemplo, Isabelle Weber brinda buenos argumentos en este sentido— que China es de hecho una economía de mercado planificada y no un modelo de socialismo de mercado exitoso. Pienso que, en cierto sentido, eso es buscarle la quinta pata al gato. En el caso de China la cuestión pasa realmente por saber si los mercados se adecúan a un sistema social más amplio y hasta qué punto terminan decidiendo problemas importantes que podrían ser definidos mediante otros criterios (especialmente cuando se trata de temas esenciales de la vida material). Me parece que en China observamos un desplazamiento hacia una concepción del mercado como institución social que decide esos grandes temas.

Pero lo más interesante es que los socialistas democráticos deberían pensar más bien en el sentido inverso. Si el socialismo no es algo que sucederá de un día para el otro, ¿cómo restringimos los mercados durante la transición? ¿Cómo y dónde empezamos a introducir otros criterios para coordinar la vida material y en qué casos permitimos que exista un mercado? De nuevo, pienso que la magnitud y el ritmo de implementación de una economía completamente planificada son problemas abiertos.

El punto es que existe un enorme espacio en las sociedades existentes que permitiría restringir los mercados y orientar la economía en función de otros valores. Los problemas de coordinación que los mercados resuelven efectivamente en nuestra sociedad podrían ser abordados de otra manera. Esto abarca cuestiones pedestres y mundanas, como por ejemplo: «¿Cuánto titanio deben recibir las fábricas de bicicletas para hacer cuadros y cuánto debe destinarse a la producción de prótesis de cadera?». Hay muchas formas no mercantiles de decidir un tema como ese. Después hay otras decisiones que pueden quedar en manos del mercado, como por ejemplo, la cantidad óptima de producción de uno u otro tipo de champú.

Si bien es positivo que con China haya repuntado el interés en el debate sobre la transición, la tarea de los socialistas es transformar los términos de ese debate y preguntar: ¿cómo avanzamos en la dirección opuesta? ¿Cómo minimizamos el rol del mercado?

 LP: En nuestro libro, cuando abordamos el socialismo de mercado, argumentamos que aun en ese sistema se mantiene la distinción clásica entre un conjunto de cosas destinadas a generar ganancias y un conjunto de cosas que son útiles. En el caso del socialismo de mercado, al igual que en el capitalismo, si algo es útil pero no rentable, no es producido. Por supuesto, después vienen las cosas que son rentables pero no son útiles, o incluso son perjudiciales. En tanto existan incentivos en el sistema o en las empresas que las producen, estas seguirán fabricando esas cosas.

El punto no es que el socialismo de mercado no funcione. El socialismo de mercado sería un enorme avance en relación con lo que tenemos hoy y las cooperativas que funcionan dentro del capitalismo son grandes escuelas de autoorganización obrera. Independientemente de si conducen a una distribución de bienes y servicios más igualitaria, lo que dije debería bastar como argumento a su favor. En cualquier caso, como decimos en nuestro libro, la dicotomía entre planificación socialista y socialismo de mercado es un poco engañosa, especialmente si partimos de la idea de que la economía planificada es en realidad una cuestión abierta y empírica.

Hagamos un experimento mental: es el día dos de la revolución o de las elecciones y los defensores de la planificación están en el gobierno. Es imposible planificar absolutamente toda la economía de la noche a la mañana. Es necesario priorizar ciertos sectores sobre otros. El gobierno probablemente empiece nacionalizando o socializando los bancos, el sistema de salud, la producción farmacéutica y cosas por el estilo, en vez de, por ejemplo, la industria de los videojuegos. Por supuesto, aun si dejan estos sectores en manos de los mecanismos de mercado, los defensores de la planificación querrán que esas empresas sean dirigidas por sus trabajadores y no por capitalistas privados.

Ahora imaginemos el mismo escenario, pero son los defensores del socialismo de mercado los que llegan al gobierno. Todos acordarán en que amplias franjas de la economía deben pasar al sector público, especialmente las áreas de salud, educación, etc. Sin embargo, queda toda la otra parte de la economía, donde la distribución estará definida en función de los precios y las empresas serán propiedad de los trabajadores o de fondos de jubilación, dependiendo de la versión del socialismo de mercado que se prefiera.

Ambos escenarios parecen idénticos, ¿no? Al menos en términos de la división entre las áreas planificadas y las áreas de mercado. En los dos casos, una buena parte de la economía está planificada y una parte considerable queda en manos de cooperativas obreras que intercambian bienes y servicios en el mercado. La única diferencia importante parece estar en el nivel de confianza en las posibilidades de extender la planificación: los defensores de la planificación esperan llegar hasta el final, mientras que los socialistas de mercado están bastante seguros de que es imposible. En cualquier caso, estoy conforme con ese escenario, pues ese es el debate que debería tener un partido socialista o un gobierno en esas condiciones. ¿Qué tan lejos podemos llegar en la socialización de bienes y servicios? ¿Cuál es el límite?

El argumento que propondría tanto a los socialistas de mercado como a esos partidarios de la planificación demasiado optimistas es este: conservemos la idea de la planificación como norte y limitemos cada vez más el área de incidencia del mercado, pero en vez de afirmar a priori que podemos o no podemos socializar absolutamente todo, hagamos la experiencia sobre la marcha.

 MR: Si bien es importante reconocer hasta qué punto la oposición entre socialismo de mercado y planificación es falsa, también debemos ser conscientes de las contradicciones que subyacen al socialismo de mercado. De nuevo, en el caso del socialismo de mercado, si tenemos cinco empresas fabricando lo mismo y siguen compitiendo en el mercado, la capacidad de compartir y descubrir información, de repartir el trabajo en términos más equitativos, y toda una serie de cuestiones por el estilo, se resolverán de manera muy distinta a la que plantea el escenario de la planificación. Debemos estar al tanto de las contradicciones y no contentarnos simplemente con decir que el socialismo de mercado es socialismo y punto.

 LP: Si tuviéramos una sociedad gobernada por un socialista de mercado, se plantearían muchas contradicciones importantes, como las que trajo a colación Michal. Las empresas carboníferas, petrolíferas o gasíferas, aun en el caso de ser dirigidas por sus trabajadores, tendrían incentivos que llevarían a seguir produciendo esas cosas porque seguirían siendo rentables. Lo mismo vale en el caso de las farmacéuticas: no habría ningún incentivo de mercado para que una empresa dirigida por sus trabajadores produzca nuevos antibióticos. En el caso de los hospitales seguiría habiendo incentivos para negar cobertura sanitaria a los pobres.

Tal vez terminemos descubriendo, más allá de esos sectores esenciales, que es inviable nacionalizar otras áreas, como por ejemplo la producción de videojuegos. Pero pensemos en lo que dicen hoy los gamers: todo el tiempo se quejan de que las empresas están destruyendo el rubro con la aplicación de condiciones monetarias y compras que imposibilitan jugar libremente. Básicamente, lo que sucede es que hoy el desempeño que tenemos en un videojuego depende de nuestra riqueza. Por lo tanto, habría que concluir que los mercados y el interés en las ganancias también están destruyendo la industria de los videojuegos. Otro ejemplo son los servicios de reproducción de música, que están haciendo que las canciones sean cada vez más cortas independientemente de los deseos de los artistas o de los oyentes, porque una canción demasiado larga genera la misma ganancia que una corta y muchas canciones cortas equivalen a más dinero.

Entonces, los mercados no solo atentan contra el sector de la salud: distorsionan cualquier proceso de producción para conducirlo hacia la maximización de las ganancias. Y, por más que pensemos que no son prioridades inmediatas cuando está en juego la justicia social, también están en juego los videojuegos y a la música pop.

Eso nos lleva de nuevo al principio y al mismo problema: es posible que, cada tanto, el conjunto de cosas destinadas a generar ganancias y el conjunto de cosas útiles se solapen, pero bajo el mercado nunca serán parte del mismo conjunto. El punto de volver sobre el debate del cálculo socialista está en pensar concretamente cómo construir un sistema económico donde la medida de lo que es exitoso en términos económicos y la medida de lo que es socialmente útil sea la misma, o casi la misma."           

(Enttrevista a Nicolas Allen, JACOBINLAT, 02/04/23)

17/1/23

Los "hombres de Davos"... una manifestación del poder de la "superclase": un grupo minúsculo que, según los investigadores, no supera las 6.000 o 7.000 personas, o el 0,0001% de la población mundial, y que, sin embargo, es más poderoso que cualquier clase social que el mundo haya conocido jamás... los miembros de esta élite global "tienen poca necesidad de lealtad nacional, ven las fronteras nacionales como obstáculos que afortunadamente están desapareciendo y consideran a los gobiernos nacionales como residuos del pasado cuya única función útil es facilitar las operaciones globales de la élite" (Thomas Fazi)

  "Miles de miembros de la élite mundial se reúnen esta mañana en Davos para celebrar su encuentro anual más importante: la reunión del Foro Económico Mundial (FEM). Junto a jefes de Estado de todo el mundo, se darán cita los presidentes de Amazon, BlackRock, JPMorgan Chase, Pfizer y Moderna, así como el presidente de la Comisión Europea, el director gerente del FMI, el secretario general de la OTAN, los jefes del FBI y del MI6, el editor de The New York Times y, por supuesto, el infame anfitrión del evento: el fundador y presidente del FEM, Klaus Schwab. Es posible que se desplieguen hasta 5.000 soldados para protegerlos.

Dada la naturaleza casi caricaturescamente elitista de esta juerga, parece natural que la organización se haya convertido en objeto de todo tipo de teorías conspirativas sobre sus supuestas intenciones maliciosas y agendas secretas relacionadas con la noción del "Gran Reset". En realidad, no hay nada conspirativo en el FEM, en la medida en que las conspiraciones implican secretismo. Al contrario, el FEM -a diferencia, por ejemplo, del Bilderberg- es muy abierto sobre su agenda: incluso se pueden seguir las sesiones en directo por Internet. 

(...) resume perfectamente la filosofía básica del globalismo: aislar la política de la democracia transfiriendo el proceso de toma de decisiones del nivel nacional e internacional, donde los ciudadanos teóricamente pueden ejercer cierto grado de influencia sobre la política, al nivel supranacional, colocando a un grupo autoseleccionado de "partes interesadas" no elegidas y que no rinden cuentas -principalmente empresas- a cargo de las decisiones globales relativas a todo, desde la energía y la producción de alimentos hasta los medios de comunicación y la salud pública. (...)

Aunque el FEM ha centrado cada vez más su agenda en temas de moda como la protección del medio ambiente y el espíritu empresarial social, no cabe duda de qué intereses promueve y potencia realmente la creación de Schwab: El propio FEM está financiado en su mayor parte por unas 1.000 empresas miembros, por lo general empresas globales con volúmenes de negocio multimillonarios, entre las que se incluyen algunas de las mayores corporaciones mundiales del petróleo (Saudi Aramco, Shell, Chevron, BP), la alimentación (Unilever, The Coca-Cola Company, Nestlé), la tecnología (Facebook, Google, Amazon, Microsoft, Apple) y la industria farmacéutica (AstraZeneca, Pfizer, Moderna). También es muy reveladora la composición del consejo del FEM, que incluye a Laurence D. Fink, consejero delegado de Blackrock, David M. Rubenstein, copresidente del Carlyle Group, y Mark Schneider, consejero delegado de Nestlé. 

No hay necesidad de recurrir a teorías conspirativas para afirmar que es mucho más probable que la agenda del FEM esté hecha a la medida de los intereses de sus financiadores y miembros del consejo -las élites empresariales y ultra-ricos del mundo- en lugar de "mejorar el estado del mundo", como afirma la organización.

Quizá el ejemplo más simbólico del empuje globalista del FEM sea el polémico acuerdo de asociación estratégica que la organización firmó con la ONU en 2019, y que muchos consideran que ha arrastrado a la ONU a la lógica de cooperación público-privada del FEM. Según una carta abierta firmada por más de 400 organizaciones de la sociedad civil y 40 redes internacionales, el acuerdo representa una "preocupante captura corporativa de la ONU, que movió al mundo peligrosamente hacia una gobernanza global privatizada". 

Las disposiciones de la asociación estratégica, señalan, "prevén de hecho que los líderes empresariales se conviertan en 'asesores susurrantes' de los jefes de los departamentos del sistema de la ONU, utilizando su acceso privado para abogar por 'soluciones' lucrativas basadas en el mercado a los problemas mundiales, al tiempo que socavan las soluciones reales arraigadas en el interés público y los procedimientos democráticos transparentes".

(...) Estas coaliciones público-privadas y centradas en las empresas -todas ellas vinculadas al FEM, y fuera del alcance de la rendición de cuentas democrática- desempeñaron un papel crucial en la promoción de una respuesta a la pandemia centrada en las vacunas y orientada a los beneficios, y posteriormente en la supervisión del despliegue de las vacunas. En otras palabras, la pandemia puso de manifiesto las consecuencias del impulso globalista del FEM durante décadas. Una vez más, sería erróneo considerar que se trata de una conspiración, ya que el FEM siempre ha sido muy franco sobre sus objetivos: se trata simplemente del resultado inevitable de un enfoque "multistakeholderista" en el que los intereses privados y "filantrópicos" tienen más voz en los asuntos mundiales que la mayoría de los gobiernos.

Lo preocupante, sin embargo, es que el FEM está promoviendo ahora el mismo enfoque verticalista impulsado por las empresas en una amplia gama de otros ámbitos, desde la energía a la alimentación, pasando por las políticas de vigilancia mundial, con consecuencias igualmente dramáticas. (...)

En 2017, Schwab admitió haber utilizado a los Jóvenes Líderes Globales para "penetrar en los gabinetes" de varios Gobiernos, y añadió que, en 2017, "más de la mitad" del gabinete del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, habían sido miembros del programa. Más recientemente, tras la propuesta del primer ministro holandés, Mark Rutte, de recortar drásticamente las emisiones de nitrógeno en línea con las políticas "verdes" inspiradas por el FEM, lo que provocó grandes protestas en el país, los críticos llamaron la atención sobre el hecho de que, además de que el propio Rutte mantiene estrechos vínculos con el FEM, su ministra de Asuntos Sociales y Empleo fue elegida Joven Líder Global del FEM en 2008, mientras que su viceprimera ministra y ministra de Finanzas, Sigrid Kaag, es colaboradora del programa del FEM. En diciembre de 2021, el gobierno neerlandés publicó su correspondencia anterior con representantes del Foro Económico Mundial, lo que demuestra una amplia interacción entre el FEM y el gobierno neerlandés. (...)

En última instancia, no se puede negar que el FEM ejerce un inmenso poder, que ha cimentado el dominio de la clase capitalista transnacional hasta un grado nunca visto en la historia. Pero es importante reconocer que su poder no es más que una manifestación del poder de la "superclase" que representa: un grupo minúsculo que, según los investigadores, no supera las 6.000 o 7.000 personas, o el 0,0001% de la población mundial, y que, sin embargo, es más poderoso que cualquier clase social que el mundo haya conocido jamás. 

Samuel Huntington, a quien se atribuye la invención del término "hombre de Davos", argumentó que los miembros de esta élite global "tienen poca necesidad de lealtad nacional, ven las fronteras nacionales como obstáculos que afortunadamente están desapareciendo y consideran a los gobiernos nacionales como residuos del pasado cuya única función útil es facilitar las operaciones globales de la élite". Era sólo cuestión de tiempo que estos aspirantes a cosmócratas desarrollaran una herramienta con la que ejercer plenamente su dominio sobre las clases inferiores, y el FEM resultó ser el vehículo perfecto para hacerlo."                  (UnHerd, 16/01/23; traducción DEEPL)

28/7/22

La operación secreta de relaciones públicas que tuvo lugar hace 30 años para negar el cambio climático (y cuyas consecuencias estamos pagando)... "Creo que es el equivalente moral de un crimen de guerra", aseveró el ex vicepresidente Gore sobre los esfuerzos de las grandes compañías petroleras para bloquear cualquier tipo de legislación y medidas a favor del medioambiente y contra la contaminación... "Estoy convencido de que, en muchos sentidos, es el crimen más grave desde la II Guerra Mundial. Las consecuencias de lo que han hecho son casi inimaginables", agregó...

 "Hace treinta años, se cocinó un audaz plan para persuadir al público de que el cambio climático no era un problema.

Una reunión, poco conocida, entre algunos de los mayores actores industriales de Estados Unidos y un genio de las relaciones públicas forjó una exitosa estrategia cuyas devastadoras consecuencias están a nuestro alrededor.

A principios del otoño de 1992, E. Bruce Harrison, considerado como el padre de las relaciones públicas medioambientales, se paró en una sala llena de líderes empresariales y lanzó una propuesta que se ha convertido en una pesadilla para los ambientalistas y que perdura hasta hoy.

Estaba en juego un contrato por valor de medio millón de dólares al año. El cliente era la Coalición Global por el Clima (GCC, por sus siglas en inglés), en la que estaban las industrias del petróleo, el carbón, el acero, el ferrocarril y las automotrices. El grupo buscaba un socio en materia de comunicación para cambiar el discurso sobre el cambio climático.

 Don Rheem y Terry Yosie, dos de los miembros del equipo de Harrison presentes aquel día, compartieron con la BBC sus historias, por primera vez.

Cambio de aires

La GCC había sido concebida sólo tres años antes, como un foro para que sus miembros intercambiaran información y presionaran a los responsables políticos para frenar iniciativas que buscaran reducir las emisiones de combustibles fósiles.

Aunque los científicos avanzaban rápidamente en la comprensión del cambio climático, y su importancia en la agenda política era cada vez mayor, en sus primeros años la Coalición no estaba preocupada. En la Casa Blanca estaba George Bush padre, un antiguo empresario petrolero y, como dijo un alto miembro del grupo a la BBC en 1990, su mensaje sobre el clima era el mensaje de la GCC.

En el horizonte no se vislumbraban regulaciones que obligaran a disminuir emisiones de gases contaminantes.

Pero todo cambió en 1992. En junio, en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (Brasil), la comunidad internacional creó un marco para la acción climática, y las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de ese año llevaron a Al Gore, un comprometido ecologista, a la Vicepresidencia. Estaba claro que la nueva administración intentaría regular los combustibles fósiles.

La GCC reconoció que necesitaba ayuda en materia de comunicación estratégica y sacó a concurso para contratar a una empresa de relaciones públicas.

Aunque pocos fuera del mundo de las relaciones públicas habían oído hablar de Harrison o de la empresa que dirigía desde 1973, éste tenía en su haber una serie de campañas para algunos de los mayores contaminantes de EE.UU.

El experto trabajó para la industria química desacreditando las investigaciones sobre la toxicidad de los pesticidas; para la industria del tabaco, y recientemente había realizado una campaña contra el endurecimiento de las normas que buscaban limitar las emisiones contaminantes producidas por los fabricantes de automóviles. Harrison había creado una empresa considerada una de las mejores.

"Era un maestro en lo que hacía", aseguró la historiadora de los medios de comunicación Melissa Aronczyk, que entrevistó a Harrison antes de que muriera en 2021.

Armando el equipo

Para hacerse con el contrato de la GCC, Harrison reunió un equipo de profesionales de las relaciones públicas, tanto experimentados como novatos. Entre ellos estaba Don Rheem, que no tenía credenciales en el sector, pero había estudiado ecología antes de convertirse en periodista medioambiental.

"Pensé: 'Vaya, esta es una oportunidad para tener un asiento en primera fila en probablemente uno de los temas más urgentes de política científica y política pública a los que nos enfrentamos", dijo Rheem, al rememorar lo que pensó cuando recibió una oferta para trabajar con la GCC.

Por su parte, Terry Yosie, que acababa de ser contratado por el Instituto Americano del Petróleo, del que terminó convirtiéndose en vicepresidente, recordó que Harrison comenzó su discurso recordando a la audiencia que él fue decisivo en la lucha contra las reformas al sector del automóvil. Algo que logró al replantear el tema.

El "gurú de las relaciones públicas" propuso una estrategia para vencer a quienes ahora buscaban tomar medidas a favor del medioambiente. La receta incluía convencer al público de que los datos científicos sobre el cambio climático no eran confiables y que, además del medio ambiente, los políticos debían tener en cuenta cómo, de acuerdo con la GCC, las medidas contra los gases contaminantes perjudicarían a los empleos, el comercio y a los precios.

La jugada se llevaría a cabo a través de una amplia campaña en los medios de comunicación, en la cual no solo se publicarían artículos de opinión, sino que se contactaría directamente a periodistas para convencerlos de que el cambio climático no era una amenaza.

"Muchos periodistas estaban luchando con la complejidad del tema. Así que yo escribía notas para que los periodistas pudieran leerlas y ponerse al día", admitió Rheem.

La CCG lazó una amplia gama de publicaciones que iban desde cartas, folletos brillantes y boletines mensuales, donde se ponía en duda que el calentamiento global fuera consecuencia de la contaminación industrial y que supusiera un riesgo. La jugada permitió que la empresa de Harrison fuera citada en 500 ocasiones en los medios de comunicación en un año.

Logrando los objetivos

En agosto de 1993, Harrison hizo un balance de los progresos realizados en otra reunión con el GCC.

"La creciente concienciación sobre la falta de datos científicos corroborables ha hecho que algunos en el Congreso detengan las nuevas iniciativas", declaró en una reunión, aseguró Yosie a la BBC.

"Los activistas que advierten sobre el 'calentamiento global' han reconocido públicamente que han perdido terreno en el ámbito de la comunicación durante el último año", dijo Harrison en esa ocasión, en la cual aconsejó a sus clientes ampliar la ofensiva recurriendo a otras voces.

"Los científicos, los economistas, los académicos y otros expertos de renombre tienen más credibilidad ante los medios de comunicación y el público en general que los representantes de la industria", apuntó.

Aunque la mayoría de los científicos estaban de acuerdo en que el cambio climático provocado por el hombre era un problema real que requería medidas, un pequeño grupo sostenía que no había motivo de alarma. El plan también preveía pagar a estos escépticos para que dieran discursos o escribieran artículos de opinión -unos 1.500 dólares por artículo- y en organizar giras por los medios de comunicación, para que aparecieran en las televisiones y radios locales defendiendo sus tesis.

"Mi función era identificar las voces que no estaban en la corriente principal y darles un espacio", admitió Rheem. "Había muchas cosas que no conocíamos en ese momento. Y parte de mi papel era destacar lo que no sabíamos".

Rheem recordó que los medios estaban ávidos por tener otras perspectivas distintas a las que sostenían que avanzábamos hacia una crisis ambiental.

"Los periodistas buscaban activamente a voces que estuvieran en contra del cambio climático. Lo que hacíamos era alimentar un apetito que ya existía", comentó.

Muchos de estos escépticos o negacionistas han rechazado que la financiación de la GCC y de otros grupos industriales haya influido en sus opiniones. Pero los científicos y ecologistas que defendías la existencia del cambio climático se encontraron con una campaña que les resultó difícil de igualar.

"La Coalición sembró la duda por todas partes y los ecologistas no sabían realmente cómo responder", recordó el activista medioambiental John Passacantando.

"Lo que sabían los genios de las relaciones públicas que trabajaban para las petroleras era que si dices algo suficientes veces, la gente empezará a creerlo", sentenció.

Una nefasta victoria

En un documento allá 1995, que Melissa Aronczyk dio a la BBC, Harrison escribió que la "GCC ha logrado cambiar el rumbo de la cobertura de la prensa sobre el cambio climático, contrarrestando eficazmente el mensaje de ecocatástrofe, gracias a la tesis de la falta de consenso científico sobre el calentamiento global".

Se habían sentado las bases para la mayor campaña de la industria hasta la fecha: oponerse a los esfuerzos internacionales para negociar la reducción de emisiones en Kioto, en Japón, en diciembre de 1997. Para entonces, había consenso entre los científicos de que el calentamiento provocado por el hombre era detectable. Pero el público estadounidense seguía dudando.

Hasta el 44% de los encuestados en un sondeo de Gallup creía que los científicos estaban divididos. La antipatía del público facilitó que EE.UU. nunca aplicara el Protocolo de Kioto. Fue una gran victoria para la GCC.

"Creo que Harrison estaba orgulloso del trabajo que hizo. Sabía lo importante que había sido para cambiar la dirección del debate sobre el calentamiento global", afirmó Aronczyk.

El mismo año de la negociación de Kioto, Harrison vendió su empresa. Rheem decidió que las relaciones públicas no eran la carrera adecuada, mientras que Yosie pasó a otros proyectos medioambientales. Mientras tanto, el GCC empezó a desintegrarse, ya que algunos miembros se sintieron incómodos con su línea dura. Pero sus tácticas y, sobre todo, las dudas estaban ya arraigadas y sobrevivirían a sus creadores. Tres décadas después, las consecuencias están a nuestro alrededor.

"Creo que es el equivalente moral de un crimen de guerra", aseveró el ex vicepresidente Gore sobre los esfuerzos de las grandes compañías petroleras para bloquear cualquier tipo de legislación y medidas a favor del medioambiente y contra la contaminación.

"Estoy convencido de que, en muchos sentidos, es el crimen más grave desde la II Guerra Mundial. Las consecuencias de lo que han hecho son casi inimaginables", agregó quien aspiró a la Presidencia de EE.UU. en el año 2000.

"¿Haría algo diferente? Es una pregunta difícil de responder", admitió Rheem, quien se justificó diciendo que estaba "muy abajo" en la línea de mando de la GCC.

Sin embargo, insistió en que las investigaciones científicas sobre el clima eran demasiado inciertas en la década de los 90 como para justificar "acciones drásticas", y que los países en desarrollo -sobre todo China y Rusia- han sido en última instancia los responsables de las décadas de inacción en materia climática, y no la industria estadounidense.

"Es muy fácil crear una teoría conspirativa sobre la intención realmente perniciosa de la industria de detener por cualquier regulación. Personalmente, no vi eso", dijo, al tiempo que agregó: "Era muy joven... Sabiendo lo que sé hoy, ¿habría hecho algunas cosas de forma diferente? Quizás, probablemente".                        (Jane McMullen, BBC News, 27/07/22)

14/1/22

BlackRock, State Street y Vanguard, representan en su conjunto un 19,81% del índice bursátil industrial (Dow Jones) en Wall Street... y están presentes, cada uno de estos fondos, en proporciones similares, en las principales compañías de sectores estratégicos de la industria mundial... dichos fondos concentran el control de los sectores estratégicos, tales como la conectividad 5 y 6G, la Inteligencia artificial, los chips, semiconductores y dispositivos, plataformas de servicios de internet, industria aeroespacial, bio y nanotecnología, transición energética, agricultura tecnológica o AgTech... Quién controla estos sectores tecnológicos estratégicos, definirá quién será el gran ganador del siglo que acontece... el centro de poder conformado por una nueva aristocracia financiera y tecnológica ha superado ampliamente a los Estados... Esta nueva personificación se enfrenta entre sí en lo que puede identificarse como dos bloques de poder, dos visiones del mundo que expresan sus intereses en dos programas políticos: el financiarizado-digital-Huawei y el financiarizado-digital-Amazon

 "Nos hemos acostumbrado a escuchar, a través de nuestras múltiples pantallas, que los grandes millonarios afirman que el mundo cambió para siempre.

Bill Gates, fundador de Microsoft,  predice para 2022 reuniones a través de “avatares digitales en espacios 3D”. Marck Zuckerberg, CEO de Facebook, presenta Metaverse, un conglomerado de servicios digitales cuyo desarrollo implicará una “internet encarnada”. 

También Elon Musk, el CEO de Tesla y SpaceX, proyecta una “ciudad del futuro, Starbase, desde donde viajar a Marte”, mientras Larry Fink, el CEO del poderoso Fondo Financiero de Inversión Global BlackRock, nos advierte que el cambio climático traerá una “remodelación fundamental de las finanzas”.

¿Hacia dónde están yendo? ¿Qué vinculación existe entre la nueva era digital y las finanzas? ¿Por qué el cambio climático es una variable en juego?

Hace años, los capitales que controlan el sistema económico a nivel mundial, vienen impulsando un proceso de digitalización y financiarización de la economía. La crisis de 2008 puso en evidencia los niveles de concentración y centralización del capital a nivel mundial en un puñado de bancos y fondos de inversión, controlantes de la red financiera transnacional. 

Esos mismos actores financieros han apostado por “industrias intensivas en conocimiento” desatando la denominada cuarta revolución industrial. Todo esto se aceleró con el aislamiento producto de la pandemia por Covid-19. A partir de allí, la mayoría de nuestras relaciones (económicas, políticas y sociales) pasaron a estar mediadas por la virtualidad. 

El mundo atraviesa así una transformación estructural. Estos mismos billonarios la denominan “transición tecnológica, climática y socioeconómica”. Nadie podría negar que esta transición proviene del vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas de la revolución tecnológica en ciernes y en el sorprendente salto en la composición orgánica del capital que permite la digitalización, virtualización y automatización de procesos económicos. En síntesis, el salto de escala científico-tecnológico impulsó un proceso que está transformando profundamente las relaciones sociales de producción.

Según una infografía elaborada por el divulgador en temas bursátiles Andrés Llorente (2020), tres grandes fondos de inversión globales: BlackRock, State Street y Vanguard, representan en su conjunto un 19,81% del índice bursátil industrial (Dow Jones) en Wall Street. El estudio demuestra, a su vez, la presencia de cada uno de estos fondos, en proporciones similares, en las principales compañías de sectores estratégicos de la industria mundial. 

Articulados en una compleja red financiera, dichos fondos concentran el control de  los sectores estratégicos, tales como la conectividad 5 y 6G, la Inteligencia artificial, los chips, semiconductores y dispositivos, plataformas de servicios de internet, industria aeroespacial, bio y nanotecnología, transición energética, agricultura tecnológica o AgTech. 

Este entramado financiero y tecnológico configura un sistema basado en la transformación digital, la hiperconectividad, los sistemas ciber-físicos y la robótica colaborativa y sensitiva. Todos estos desarrollos son determinantes a la hora de definir quién conformará  la fracción de capital que acumule y ostente el poder económico en el ya entrado siglo XXI.

¿Qué proyectos se disputan esta reconfiguración?

El contexto pandémico puso en evidencia, más que ningún episodio o conflicto, todo lo que está en juego.

Quién controla estos sectores tecnológicos estratégicos, definirá quién será el gran ganador del siglo que acontece.

Al igual que la Guerra de Vietnam, las luchas por la liberación en el tercer mundo, la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods y la conversión del dólar en moneda fiduciaria, la crisis del petróleo de 1973, el ingreso de China al capitalismo mundial con la tesis de Deng Xiao Ping “un país, dos sistemas” y el ascenso de la doctrina neoliberal con Reagan y Thatcher al frente del sistema institucional angloamericano y la disolución de la URSS señalaron, de conjunto, el fin de la denominada “edad de oro” del capitalismo de posguerra, la crisis de la pandemia global señaló la consolidación definitiva de una nueva fase del capital.

Es en el marco de este capitalismo, en su nueva fase digital, que se agudizan las luchas por la gobernanza global, enmarcada en el llamado G2,  la ya conocida tensión entre Estados Unidos y China, más como redes financieras y tecnológicas que como Estados, va delineando una nueva geopolítica mundial, con el desplazamiento del centro de gravedad al eje Asia-Pacifico. 

Se puede afirmar, en otros términos, que el centro de poder conformado por una nueva aristocracia financiera y tecnológica ha superado ampliamente a los Estados. La lucha intercapitalista, es decir, la puja entre diferentes fracciones del capital por imponer su visión plasmada en un proyecto estratégico, no se acota a límites territorialmente definidos en los Estados, sino que se constituye en  una red, por encima y más allá de ellos. 

Esta nueva personificación se enfrenta entre sí en lo que puede identificarse como dos bloques de poder, dos visiones del mundo que expresan sus intereses en dos programas políticos: el financiarizado-digital-Huawei y el financiarizado-digital-Amazon. Aclaramos, sin embargo, que la complejidad  del comportamiento de esta realidad exige superar lecturas lineales para su abordaje.

Estos dos bloques de poder manifiestan su interés a través de dos proyectos estratégicos para el mundo, con asiento territorial en Estados Unidos y China, que se conoce también bajo el nombre de “las dos rutas”.

Una ruta, la del proyecto financiarizado-digital Huawei, con asiento en China, pero con capitales globales y con gran influencia del Partido Comunista Chino, ha lanzado “La nueva ruta de la seda” o “Ruta de la Seda digital, como la denominó Xi Jinping: “Una propuesta global de integración en materia de infraestructura, economía y finanzas”. 

Luego del llamado milagro chino, su escala no paró de crecer. Ahora, este proyecto se asienta en el plan de desarrollo 2035 del gobierno del gigante asiático, que propone impulsar la inversión en sectores tecnológicos cruciales, entre ellos vehículos inteligentes y de nueva energía, robots, macrodatos, cadena de bloques, investigación biológica y cultivo molecular.

La otra ruta, el proyecto financiarizado-digital de Amazon con asiento en EEUU, encabeza la llamada “Ruta de los Megabytes”, ya anunciada por Trump en 2019. Su sucesor, Joseph Biden, retomó el proyecto y lanzó una propuesta de «infraestructuras» que abarca, por ejemplo, 50 mil millones de dólares para desarrollar la industria de semiconductores. En junio de este año,  el G7, con iniciativa norteamericana, lanzó el plan B3W o “Reconstruir mejor para el mundo”. El proyecto está dirigido a naciones de Latinoamérica, el Caribe, África y el Indopacífico.

En su discurso ante el Congreso, en abril de este año, Joe Biden expresó: “Estamos en competencia con China y otros países para ganar el siglo XXI”. Sin embargo, y en contra del sentido común y la agenda pública, la disputa entre Estados Unidos y China no ha disminuido la inversión de capital de los grandes fondos de inversión globales en ambos países, sino que en el último año ha ocurrido exactamente lo opuesto.

Un informe de la empresa de investigación Rhodium Group, dado a conocer en febrero por el diario británico Financial Times,  muestra la profundidad de los lazos de inversión entre Estados Unidos y China más allá de lo que informan las estadísticas oficiales. Este informe asevera que “la dinámica del capital supera ampliamente la retórica competitiva que las dos potencias pueden plantearse en términos geopolíticos, ya que a pesar de todos los esfuerzos de la administración Trump, las inversiones de origen estadounidense en China no han hecho más que aumentar”, concluye. 

Sin ir más lejos en septiembre, Blackrock , se convirtió en el primer administrador de activos extranjero en operar un negocio de propiedad total en la industria de fondos mutuos de $ 3,6 billones en China. Datos que demuestran que la red financiera tiene capacidad de interpenetración y control más allá de los límites de los países “potencia”.

Mientras los  dos proyectos señalados diseñan el mundo, los estados funcionan como cadenas de suministros. Sus funciones son adquirir deuda, vender productos, especular con bonos, y por supuesto, construir los paliativos de las dolorosas condiciones de vida en que viven las grandes mayorías sociales. 

De hecho los actores de esta nueva aristocracia financiera y tecnológica se enfrentan entre sí, y utilizan a los estados como un instrumento desde donde se implementan sanciones, leyes antimonopolio, control de datos y listas negras de empresas como instrumentos para dar la disputa. 

¿Hacia dónde nos conducen?

El mundo que buscan imponer incluye ciudades inteligentes, interconectadas a través del 6G, con la virtualidad y el teletrabajo como forma de vida, el internet de las cosas, la digitalización absoluta de la vida doméstica, laboral, educativa y social. Estos niveles de conectividad hacen que se den las condiciones para un aumento de la hipervigilancia, así como el control y la predicción sobre nuestros comportamientos. Una especie de panóptico foucaultiano en cada dispositivo.

Tal como lo describió Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Bussiness School, a partir de la presentación de su libro La era del Capitalismo de la Vigilancia: “Las empresas pasan a ser capaces de influir y modificar el comportamiento individual y colectivo, a escala ya que, controlan los espacios críticos de conexión y comunicación y logran con esto una intervención directa en la autonomía humana”. Los mismos capturan nuestros datos y vuelven a nosotros “con mensajes diseñados para ajustar, manipular y modificar nuestras actitudes,  socavando nuestra propia capacidad de actuar y pensar por nosotros mismos”.

La revolución tecnológica en marcha afirma, por sí misma, que están dadas las condiciones para resolver los grandes problemas de la humanidad. Pero, como contracara, en el Foro Económico Mundial de Davos, que se desarrolló en febrero de este año, enumeraron ocho predicciones para el futuro, entre las cuales la primera de ellas afirma que: “En el 2030  no tendrás nada, pero serás felíz”. 

Esta revolución del capital ya está mostrando  sus consecuencias. Por un lado, la cada vez más evidente obsolescencia de los modelos de producción y consumo, como es el caso de la energía fósil, donde incluso se está considerando la aplicación de un impuesto al carbono por uso de este tipo de combustibles. Una crisis que trae aparejado el aumento de precios de la energía, la expansión de procesos inflacionarios, y el desabastecimiento de alimentos y productos.  

El incremento de las desigualdades es otra de las consecuencias. La concentración de la riqueza, no es una novedad, pero la pandemia profundizó las desigualdades. El propio Banco Mundial estima que los sucesivos brotes de Covid-19 han engrosado en 100 millones el número de ciudadanos que se hallan en extrema pobreza, hasta los 711 millones, en especial en África y Asia. Dieciséis veces la población argentina son los pobres del mundo.

 Mientras,  el 10% más rico de la población, concentra el 76% de la riqueza mundial. Según revela Oxfam en un informe publicado el 10 de enero de 2020, los 2153 milmillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que 4600 millones de personas, es decir, un 60% de la población mundial.

Solo en el año 2020, 255 millones de personas perdieron su empleo y se estima que en el 2022,  100 millones de personas se desplacen de su lugar de origen y pidan asilo como refugiados.

Las proyecciones de la OIT recogidas en un informe sobre las “Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo: Tendencias 2021” indican que el déficit de puestos de trabajo derivado de la crisis mundial llegará a los 75 millones en 2021 para luego reducirse a 23 millones en 2022. 

El correspondiente déficit en horas de trabajo, que abarca el déficit de puestos de trabajo y la reducción de horas, equivale a 100 millones de empleos a tiempo completo en 2021 y a 26 millones de empleos a tiempo completo en 2022. Esta insuficiencia de puestos y horas de trabajo viene a añadirse a los persistentes niveles de desocupación, subutilización de la mano de obra y condiciones de trabajo deficientes anteriores a la crisis. Se prevé que en 2022 el número de personas desempleadas en el mundo se sitúe en 205 millones, muy por encima de los 187 millones de 2019.

En tan solo nueve meses, las mil mayores fortunas del mundo ya habían recuperado las pérdidas económicas originadas por la pandemia de COVID-19, mientras que las personas en mayor situación de pobreza podrían necesitar más de una década para recuperarse de los impactos económicos de la crisis, según un informe de Oxfam, publicado en enero de 2021.

En América Latina y el Caribe el 20% de la población concentra el 83% de la riqueza. El número de milmillonarios en la región ha pasado de 27 a 104 desde el año 2000. En grave contraste, la pobreza extrema está aumentando. En 2019, 66 millones de personas, es decir, un 10,7% de la población vivía en extrema pobreza, de acuerdo a datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). 

La política del miedo y la incertidumbre se ha consolidado también como una de las consecuencias que más incidirá a largo plazo. En un estado de guerra multidimensional, el control de nuestros cuerpos y nuestras mentes se vuelve un objetivo estratégico.  El miedo se vuelve un arma poderosa de control social. Los medios de comunicación y las redes sociales, afectan la psiquis colectiva, desarticulan el tejido social y manipulan la opinión pública. 

Depresión, pánico, ansiedad, angustia, fobias, son los diagnósticos frecuentes que, en 2020, impulsaron un aumento del consumo de psicofármacos. Solamente en Argentina, durante la pandemia de Covid-19, el clonazepan y el alprazolam, se situaron entre los 15 psicotrópicos más vendidos en el país, y “las dispensas de los productos de este grupo farmacológico aumentaron un 6,5%, es decir que el mercado de este grupo se extendió en 6.990.573 unidades”.

Es evidente que las consecuencias de este proceso de concentración económica afectan de manera significativa y particularmente a las clases subalternas, cada vez más enajenadas, más separadas de su producción.

La máscara que no deja ver

La vida concebida en términos de consumo, no sólo de sustancias, sino también de mercancías, inocula el ideal de felicidad alrededor de la posesión de dinero, mostrando “felicidad” en fotos con “filtros” en las redes sociales.

Es claro que estas condiciones están dadas sólo para una ínfima minoría. El no poder alcanzar ese sueño enferma, despersonaliza, y frustra enormemente, llevando a comportamientos como la adicción, la banalización, el individualismo, y una serie de valores que ponen de manifiesto hasta qué punto el capitalismo enferma.

La relación entre las personas (entre los cuerpos) está dominada por la mercantilización. Marx habla del dinero como forma que “vela, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto, las relaciones sociales entre los trabajadores individuales”. Se realiza de esta manera la manifestación fetichista del capitalismo, donde al no observarse que las mercancías son el producto de una relación social, estas sustituyen al sujeto. El objeto mercancía es personificado, separándose el sujeto del objeto. 

Sólo nos queda la obtención del objeto, como si fuera algo mágico, místico, que se consigue con dinero y, ahora, traído hasta tu casa por las plataformas del comercio electrónico. En esta relación, el individuo es tan solo la personificación del dinero. Y todo ello, sucede en una aparente sensación de “libertad”. Una realidad que se nos presenta enmascarada, mistificada, encubierta. Detrás de ese sistema de relaciones, la “sensación” de igualdad y libertad se desvanece, y aparece la coerción como elemento central para la reproducción del sistema.

¿Es irreversible? 

Con el desarrollo alcanzado a nivel científico y tecnológico la humanidad podría vivir en la prosperidad. Las personas podrían gozar del “buen vivir”, en condiciones ambientales, sanitarias, educativas, sociales y laborales dignas, tejiendo redes territoriales, respetando la naturaleza y a los otros, consolidando otra forma de diseñar la sociedad humana. 

Una Comunidad Organizada que aproveche la libertad potencial que otorga el actual desarrollo tecnológico, donde el trabajo vivo necesario (capital variable) para la producción de las riquezas sociales es cada vez más reducido. No por nada cientos de centrales sindicales a nivel mundial están luchando por jornadas laborales reducidas y semanas de trabajo de menos de 4 días.

Sin embargo, los procesos de acumulación y concentración, inherentes al desarrollo del capitalismo como sistema, sólo son posibles a costa del hambre y el sufrimiento de enormes mayorías. El capital sabe que la explotación económica es la variable principal de la dominación política. Las revolución tecnológica acelera el proceso de apropiación de riquezas por esos pocos milmillonarios, algo que el discurso “libertario” contemporáneo plantea como “digno”, “natural” e “inevitable” y, por lo tanto, imposible de modificar. Pero, la historia es siempre producto de la acción de  hombres y mujeres.

Y eso habilita el desarrollo de una individualidad comunitaria, colectiva, generadora de conciencia social y promotora de crisis con la matriz de la “sed por dinero sin dinero”, generando condiciones para que esa “sed” se colectivice y rompa los lazos místicos, mágicos aprehendidos e impuestos. Observar el fondo, tiene que ver con la capacidad de romper con el sentido común. 

Los cuerpos predispuestos a lo colectivo, lo comunitario, establecen una relación material con la realidad. Se conforman como sujetos, estableciendo la relación con los objetos del mundo, ya no mediada por la necesidad ajena de ser un cuerpo que produce y consume, sino por la necesidad organizada de ser un cuerpo productor de poder, para transformar las relaciones sociales de producción, develar sus fuerzas místicas, y que caiga la máscara de una vez y para siempre."

(Paula Giménez es Licenciada en Psicología y Magister en Seguridad y Defensa de la Nación y en Seguridad Internacional y Estudios Estratégicos. Matías Caciabue es licenciado en Ciencia Política y docente en la Universidad de Hurlingham.  Ambos son Investigadores del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). CLAE, 31/12/21)