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6/4/15

Si los psiquiatras deben controlar a los pilotos... ¿Quién controla a los psiquiatras?

"(...) Se acumulan las informaciones sobre la perturbación mental de Andreas Lubitz el día en que se convirtió en homicida suicida aprovechando su control de la cabina de vuelo. Su depresión estaba diagnosticada pero no controlada por su empresa ni revelada en su contexto laboral, aunque sí en el personal. 

Y también aparece un vínculo entre su estado mental y el miedo a perder su sentido de vida: volar. Las reacciones de industria y gobiernos para evitar futuros desastres pasan por reforzar los mecanismos de control del uso de las máquinas por los humanos. Por un lado, no dejar nunca a un piloto solo en la cabina. 

Por otro lado, controlar el estado psíquico de los pilotos. Es decir, se rompe la confianza en quienes nos transportan de un lugar a otro. Y se hace aún más complejo, y por tanto menos previsible, el sistema de control. Porque aunque haya otra persona en la cabina, ¿quién impide al posible homicida neutralizar a su controlador?

 ¿Tendrá que ser un robusto agente armado el que vigile las salidas al baño? ¿Y si es el agente el que es maniaco-depresivo? Lo cual remite al control psiquiátrico previo de pilotos y sus controladores. 

Un control que no se hace rigurosamente porque es profesionalmente imposible. Las pruebas psicológicas son simples respuestas del sujeto analizado en un momento dado y su historial pocas veces permite predecir futuras reacciones imprevisibles. Así pues, habría que proceder a un verdadero análisis psiquiátrico con seguimiento continuado desde los cursillos de formación y a lo largo de la carrera profesional.

 Pero si eso se hace con los pilotos, ¿por qué no con los conductores de tren, autobús y barco? ¿O con los policías? ¿O con el personal médico que tiene derecho profesional de vida y muerte sobre nuestros cuerpos?

 Y puestos a controlar irresponsables, ¿por qué no empezar con aquellos financieros que colapsaron la economía mundial destruyendo millones de vidas? ¿O con los políticos profesionales, para asegurarnos de que no son cleptómanos? De hecho, en Argentina tras el corralito, se debatió un proyecto de ley para someter a los diputados a una evaluación psicológica.

Es decir, en múltiples dimensiones de nuestra vida quienes controlan los mecanismos de los que dependemos pueden, potencialmente, destruirnos a partir de comportamientos derivados de trastornos mentales. 

¿Pero qué trastornos? Si hablamos de depresión, se estima que un 20% de los europeos (10% en España) sufre depresión clínica. A ellos se añaden otras enfermedades mentales. En el mundo, de las diez enfermedades graves más difundidas, cinco son mentales. 

En Estados Unidos el 60% de las mujeres están medicadas con antidepresivos. ¿Vamos a estigmatizar a cualquiera que haya tenido una condición mental problemática? ¿Crear un panóptico distribuido? Si la inestabilidad mental conlleva un alto riesgo, estaríamos en una sociedad de locos en la que tendríamos que estar todos vigilados, incluidos enseñantes capaces de neurotizar a los niños y hasta abusar de ellos. Por no hablar de los curas. 

¿O la pederastia no es patológica? ¿Y traumatizar a miles de niños no es tan crimen como estrellar un avión? Pero aquí llegamos al quid de la cuestión: si nos controlan los psiquiatras, ¿quién controla a los psiquiatras? ¿O es que ellos forman parte de un sacerdocio sin problemas mentales?

Visto desde esta perspectiva, no hay controles que valgan. Lo más imprevisible es el ser humano. Y lo que ha cambiado es que muchos humanos tienen acceso a mecanismos automáticos de los que dependen muchas vidas. Mientras nuestras sociedades nos vuelvan locos por motivos múltiples estaremos viviendo entre locos.

 Los sistemas que inventamos para protegernos acaban condenándonos, como es el caso de las cabinas de avión que no se pueden abrir desde fuera como respuesta al peligro del atacante externo que apareció el 11-S. Claro que la inmensa mayoría de nosotros estamos cuerdos.

Hasta que un día dejamos de estarlo. Y acuchillamos a la pareja o bebemos y nos estrellamos con el coche, familia incluida. Por eso Beck planteó un dilema fundamental. No podemos controlar el riesgo creciente de vivir pendientes de sistemas automáticos automatizando y regulando todavía más.

 Tenemos que generar humanos capaces de asumir el riesgo desde la libertad. Y encontrar formas solidarias de vida, que están enraizadas en nuestras almas, a partir de las cuales reconstruir una modernidad enloquecida."          (La sociedad del riesgo humano, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 03/04/2015)

3/11/10

"Aquí (en el jazz) no hay emociones de contrachapado"

"Pregunta. ¿Diría que tocar el saxofón es su emoción favorita?

Respuesta. No hay nada de lo que esté más seguro. Y créame, lo sé hace nada menos que 72 años. Tenía ocho cuando vi un saxo por primera vez y sigo tocando con la misma pasión y el mismo entusiasmo. El día que acerté dos notas seguidas tuve claro que había nacido para esto.

P. ¿Qué sintió al ver por primera vez uno de esos trozos de metal dorado?

R. Era de un amigo de mi madre. Lo tenía bajo la cama. Entonces las cosas importantes se guardaban bajo la cama. Era un saxofón precioso, metido en una caja de terciopelo. Había visto instrumentos en fotografías centelleantes sobre la chimenea de las casas de los amigos de mis padres. Pero la emoción real lo superó todo.

P. ¿Siempre supo que tocaría el tenor?

R. Empecé con el alto, luego escuché a Coleman Hawkins y se acabó la discusión. Caí rendido a aquel sonido tan profundo, intrincado y colorido. (...)

P. ¿Qué problema tuvo siempre con el piano? Lo eliminó de su ecuación en 1957, en sus legendarias sesiones en el Village Vanguard.

R. El piano es demasiado determinante armónicamente. Me gusta saber hacia dónde se dirige la música y conducirla yo. (...)

P. ¿Se acostumbra uno con la edad a la regularidad con la que la muerte se presenta?

R. No creo en la muerte como algo malo. He compartido escenario con Monk, con Coltrane, con Miles... todos han muerto. Es el modo en el que funcionan las cosas, no merece la pena darle más vueltas. (...)

P. ¿Sintió en algún momento que competía con alguno de sus pares?

R. La gente decía 'Sonny está tocando mejor que Coltrane' y cosas así. Luego te haces mayor y te das cuenta de que solo un estúpido de remate deja de escuchar a Johnny Hodges al descubrir a Charlie Parker. Es una cuestión de madurez, el único antídoto contra la tontería. Esto no es pop, hijo, esto es jazz, es música de verdad, no hay emociones de contrachapado, las cosas suceden, la gente se hace daño, ríe y llora todo el rato.

P. ¿Considera el jazz una música culta?

R. Hay quien ve mi arte como algo complicado, a mí me resulta sencillo. Es difícil poner la música en palabras, pero yo la describiría con una escena. Tengo 10 años, estoy practicando en casa, es domingo, el resto de los chicos juegan en la calle, roban en las tiendas...

Llevo 10 horas en un rapto de conciencia. Toco y toco. Llega mi madre y dice: 'Sonny, cariño, es la hora de cenar, así que haz el favor'. Eso es la música para mí, algo que me hace olvidar que tengo que alimentarme para sobrevivir. (...)

P. Su última actuación en Nueva York ha adquirido ya la categoría de histórica.

R. Fue una noche genial, pero no estuve a la altura. El perfeccionismo es la madre de todas las fuentes de insatisfacción... Los Virgo somos así. No quiero llegar a la meta, me conformo con el camino. Si no creyese que puedo ser mejor cada día, ¿para qué demonios iba a despertarme?

P. Usted es ese célebre saxofonista que se retiró en 1959, en el pico de su carrera, porque se estaba defraudando a sí mismo.

R. Fue la mejor decisión de mi vida. Llevo a gala escuchar a mi voz interior. Esa voz no estaba afinada.

P. Y de todos los puentes de Nueva York, ¿por qué escogió el de Williamsburg para practicar sin que nadie lo viese?

R. Estaba cerca de casa. Subía al puente y tocaba y tocaba para los oficinistas que volvían de Manhattan derrotados, frustrados y borrachos después de unas copas al salir del trabajo.

P. Pasaría frío...

R. Cuando hacía frío de verdad, bajaba a una licorería de chinos del Lower East Side y me subía una botella de brandy... Los oficinistas, el brandy, el rumor del río... ¿Qué más podía pedirse en este mundo? Por lo que a mí respectaba, absolutamente nada.

P. Si volviera a nacer, ¿cambiaría algo?

R. ¡Claro! He cometido un montón de estupideces. Pero, ¿sabe qué? Acabo de cumplir 80 años y estoy empezando a dejar de sentirme ignorante." (SONNY ROLLINS: "Aquí no hay emociones de contrachapado". El País, 31/10/2010, p. 40)