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18/4/22

El ruso que salvó al mundo de la guerra nuclear... Durante la crisis de los misiles de 1962, un joven oficial soviético se negó a disparar el misil que podría haber destruido a la humanidad

 "¿Qué se piensa antes de salvar el mundo? Justo antes de hacerlo, Vasili Aleksándrovich Arjípov pensaba en su mala suerte. Siempre había querido conocer Cuba. Le habían hablado de sus playas, de su música, de su ron y de sus mujeres. Él estaba en Cuba, pero no veía nada de eso. Lo que había visto de Cuba era lo mismo que hubiera visto en Noruega, Madagascar o Japón. El interior de su submarino B-59 y agua y nada más que agua a su alrededor. Deprimente.

Pero ahora su viaje a Cuba estaba pasando de sueño a pesadilla. Tras recibir un ataque estadounidense, su capitán y el oficial político proponían responder con el misil nuclear del submarino, lo que probablemente desencadenaría la guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Para ello, era imprescindible que Arjípov, segundo al mando, estuviera de acuerdo. Él bebió un sorbo de agua. Se levantó, observando a sus asustados compañeros. Dirigió la mirada a su exaltado capitán y pronunció la palabra que salvaría a la humanidad: nyet. No.

A sus 34 años, Arjípov ya era un veterano en las crisis de alta mar. Nacido en una familia de campesinos cerca de Moscú, estudió en la Escuela Superior Naval del Pacífico y, con solo 19 años, sirvió en un dragaminas en la guerra contra Japón en el marco de la II Guerra Mundial. Tras la guerra, recorrió los mares del norte y este de Europa en un submarino. Como si la fatalidad le llamase, también tripulaba como comandante adjunto el nuevo submarino nuclear K-19, cuyo accidente en julio de 1961 supondría la pronta muerte por radiación de 22 compañeros.

Arjípov no tuvo demasiado tiempo para recuperarse de la desgracia. En octubre de 1962 se desarrollaba la crisis de los misiles de Cuba, generada cuando EE UU descubrió que la URSS había instalado armas nucleares en la isla caribeña, en respuesta a la invasión del año anterior y al despliegue armamentístico estadounidense en las proximidades de la URSS. El presidente John Fitzgerald Kennedy advirtió que cualquier ataque a un aliado occidental conllevaría represalias. El nuevo submarino de Arjípov, armado con un misil nuclear T-5, de capacidad similar a la bomba de Hiroshima, formaba parte del despliegue soviético.

Al borde del abismo

El 27 de octubre, la Armada de EE UU daba un paso peligroso. Con el objetivo de hacerles salir a la superficie, lanzó cargas de profundidad contra los submarinos enemigos detectados. Algunos lo hicieron, pero el capitán del B-59, Valentín Grigórievich Savitsky, había perdido la comunicación con sus superiores y estaba convencido de que la guerra había empezado. Subía la temperatura en el interior del barco, algunos marineros se desmayaron. Savitsky prefería morir antes que rendirse. Arengaba a la tripulación: “¡Vamos a dispararles ahora! ¡No dejaremos en ridículo a nuestra armada! ¡Moriremos, pero los hundiremos a todos!”. Iván Semionovich Maslennikov, oficial político, estaba de su parte. Curiosamente, en los submarinos no había una autoridad absoluta, sino que las decisiones, como esta, requerían la unanimidad de toda la cadena de mando. Sin Arjípov, no había misil.

El marino no lo veía nada claro. No conocemos su razonamiento. Seguramente fuera consciente de que el lanzamiento podía suponer la destrucción de ciudades enteras, principalmente en Europa, tanto occidental como oriental. Y la muerte, en cuestión de horas, de, como mínimo, cientos de miles de personas. Quizá no estaba convencido de que la guerra hubiera empezado. O puede ser que pensara que sí, pero no al 100%, y no se la iba a jugar. O prefería simplemente vivir unos minutos más, si de todas maneras todo estaba perdido. El caso es que Arjípov dijo “nyet”. Al poco tiempo, Savistky accedió a hacer emerger el submarino.

Los soviéticos no dispararon el misil nuclear contra los estadounidenses, por lo que estos no tuvieron que responder y la posible guerra apocalíptica jamás empezó. Arjípov continuó su carrera en la Armada soviética hasta retirarse en los años 80 y fallecer en 1998.

En vida, su historia quedó enterrada entre los informes de inteligencia. Los soviéticos fueron desclasificados en 1992. Thomas Blanton, director de los Archivos de Seguridad Nacional estadounidenses, los repasó y en 2002 desveló de pasada en una entrevista que “un tipo llamado Vasili Arjípov salvó el mundo”. El marinero que se atrevió a decir nyet."                    (Eduardo Pérez, El Salto, 15/04/22)

14/12/16

Sin la alianza rusa, Fidel Castro y la Revolución Cubana habrían seguido el destino de Jacobo Arbenz en Guatemala, de Allende en Chile y de tantos otros.... así pues, comparemos...

"Yoani Sánchez no representa un consenso básico constructivo entre cubanos, sino el cambio de régimen que se ha venido promoviendo para Cuba desde 1959. Por eso se la aúpa.

Confieso que acudí escéptico pero curioso a la intervención que Yoani Sánchez, una “periodista independiente” cubana, ofreció el 8 de mayo en el Instituto Cervantes de Berlín, un acto organizado por el diario local Die Tageszeitung.

Sánchez es una joven despierta, bien parecida y de verbo afilado. Describió la situación en su país en términos muy extremos. Habló de la isla como de una “perversa jaula” y de su gobierno como “dictadura de un clan familiar”. Explicó la estabilidad del régimen cubano por “el miedo” que atribuye a su población.

 Definió la economía cubana como, “capitalismo de una familia” y consideró que el sistema cubano “es irreformable”. Sánchez, que se presenta como una “persona puente” dispuesta a dialogar con todos, dejó claro que es una abogada de lo que se llama “cambio de régimen”.

Su popularidad mediática es enorme. Su blog está traducido a muchísimas lenguas y goza de apoyos logísticos extraordinarios. Ella reclama su derecho a criticar. No le discuto a Sánchez el derecho a poner a caldo a quien quiera, ni a hablar de lo que quiera. Lo que discuto es el papel que se le atribuye, desde la derechona global, como representante de algo nuevo e incluso como conciencia del pueblo cubano.

Cuba, ahora junto con Venezuela, es el país que concentra la mayor atención mediática de América Latina en materia de derechos humanos. Asuntos que en otros lugares pasan desapercibidos, en Cuba son focalizados y frecuentemente manipulados para presentarlos en su peor luz. Pero si uno repasa con un poco de mesura la situación de los derechos humanos en el mundo y en América Latina, constatará que la situación de Cuba está muy lejos de las peores. (véase, por ejemplo: Cuba and the rhetoric of human rights). 

Eso no impide que cualquier asunto, por ejemplo el suicidio carcelario del preso Orlando Zapata en febrero de 2010, tenga un impacto y reciba una atención siempre superior a cualquier otro hecho similar o más grave en otros países, por ejemplo el descubrimiento, un mes antes del caso Zapata, de 2000 cadáveres de sindicalistas y activistas de derechos humanos asesinados por el ejército colombiano.

El maltrato de un cubano por motivos políticos siempre será mucho más noticiable y denunciable, para el mundo mediático occidental que el asesinato de decenas de activistas políticos en países amigos como Filipinas, con 56 periodistas asesinados en veinte años, como Colombia, cuya cuenta de eliminación de adversarios es inabarcable, y como muchos otros. Latinoamérica aporta centenares de ejemplos.

“Que en otros países las cosas estén mal o peor no es motivo para no criticar a Cuba”, dice Sánchez. Naturalmente que no, pero no es ese el asunto. Se trata de la política de derechos humanos (no confundir con la defensa universal de los derechos humanos), es decir de la utilización política y mediática de los derechos humanos para castigar a adversarios de la que tanto uso se hace en Occidente.

Sánchez ha sido aupada por el establishment occidental, desde Washington hasta Madrid, en ese contexto. Y por esa razón se le dan todos los altavoces, es recibida por los acostumbrados ministros y se le entregan los habituales premios. También en Berlín ha sido así.

Sánchez, que es una persona inteligente e incluso brillante, no puede ignorar que el papel que se le hace representar no es más que la continuación, actualizada, de la vieja campaña imperial contra el gobierno de su país. 

Ella tiene todo el derecho a posicionarse contra su gobierno, pero no tiene derecho a ser un recurso propagandístico de ese imperio que lleva 54 años intentando derrocar al sistema cubano por todos los medios ilícitos y criminales conocidos. La simple realidad es que Sánchez forma parte de ese esfuerzo.

El imperio no puede tolerar que a 90 millas de su territorio haya una república independiente de sus designios. Esa anomalía dura desde 1959 y ha pagado, y paga, un alto precio por existir. Durante 54 años el gobierno de la República de Cuba ha sufrido todo tipo de presiones y agresiones, desde una invasión militar en toda regla, hasta terrorismo de todo tipo para arruinar su economía y matar a sus ciudadanos con plagas inducidas por la guerra  química y biológica, pasando por el asesinato de sus dirigentes, la subvención del cisma de su población en bandos irreconciliables y una obstrucción implacable y sistemática en la arena internacional.

Puede que esas circunstancias no justifiquen todos los defectos que se atribuyen al régimen cubano, pero no hay duda de que explican muchos de ellos. La revolución cubana, como por otra parte todas las revoluciones que desafiaron al imperio, se vio obligada a vestir el uniforme militar desde sus mismos orígenes, algo que siempre es difícil de compaginar con una normalidad civil. Tuvo que mantener una férrea vigilancia e incluso renunciar a parcelas de su independencia por su alianza con la Unión Soviética.

Cuba pagó, sin duda, un fuerte peaje por aquella alianza que vino impuesta por imperativos de supervivencia y cuya alternativa era, simplemente, la rendición incondicional y perder toda su dignidad nacional. 

Pero, gracias a su lejanía geográfica de Moscú, gracias a la existencia del Océano Atlántico, y también gracias a su propia personalidad histórica y la de sus líderes, Cuba nunca fue un vasallo en el bloque del Este, lejanamente comparable a sus socios del mundo socialista. Cuba fue el único aliado de Moscú plenamente soberano e independiente.

Muchos dirán que huyendo del fuego del imperio, la isla cayó en las brasas de un sistema que devaluó gran parte de todo aquello que hizo grande a la Revolución Cubana. Mi opinión es que, sin todo aquello que le hizo perder parte de su genuino espíritu liberador inicial, Fidel Castro y la Revolución Cubana habrían seguido el destino de Jacobo Arbenz en Guatemala, de Allende en Chile y de tantos otros.

 Por desgracia la historia no se escribe sobre la ordenadas y simétricas líneas de un cuaderno impoluto, sino sobre el caos y las contradicciones más infames. Al final, con todos sus defectos, aún hay mucho rescatable en la Cuba de hoy, mucho de lo que merece ser defendido frente a las presiones y cercos de siempre.

Es legítimo que muchos observadores lejanos no estén de acuerdo con este planteamiento general, pero, aparentemente, la mayoría del pueblo cubano lo está, pues de lo contrario el actual gobierno no se mantendría y habría sucumbido como auguraban las erradas profecías que siguieron al derrumbe del bloque del Este en 1990. Cuba era, y es, algo más, mucho más, que aquel “socialismo real” que se desmoronó en la Europa de entonces. Por eso su desafío ha sobrevivido a la guerra fría en condiciones mucho más difíciles que las de cualquier país del Este de Europa.

Sánchez dijo en Berlín que llegó a la adolescencia, “en una época en la que (en Cuba) no había mucho en lo que creer”, pero incluso desde ese nihilismo no hay que perder el sentido de la decencia, especialmente cuando se quiere ser rebelde. 

En mi humilde caso, llegué a la adolescencia en una época en la que estaba muy claro para la juventud que al imperio le importan un rábano los derechos humanos. Desgraciadamente eso sigue siendo así, y no podría ser de otra manera, pues no hay nada más antihumanista que el propio imperio.

Lidiando con Cuba se trata, casi siempre y sobre todo, de ese pecado original revolucionario. Claro que hay otros ámbitos, pero todos, incluso las vergüenzas del régimen, están envueltas, impregnadas y condicionadas en y por esa gran revancha histórica. Washington y Bruselas (ésta como capital colectiva de la Europa neoimperial), se cuentan entre los mayores violadores de derechos humanos y destructores de vidas del mundo actual. 

Aunque sea solo por su belicismo –y no se trata solo de eso–. Hay que continuar castigando a la República heredera de aquella revolución imperdonable, especialmente ahora cuando su fatigado cuerpo está encontrando nuevos apoyos políticos en América Latina capaces de darle nuevo oxígeno. 

No seamos ingenuos, Sánchez no es un producto nuevo. No representa ese necesario consenso básico constructivo entre cubanos, sino el cambio de régimen que se ha venido promoviendo para Cuba desde 1959.  Y por eso se la aúpa."              (Fuente: La Vanguardia] , Rafael Poch, Mientras tanto, 11/05/13)

9/11/12

Si nació usted antes del 27 de octubre de 1962, Vasili Alexandrovich Arjipov le salvó la vida. Fue el día más peligroso de toda la historia

"Si nació usted antes del 27 de octubre de 1962, Vasili Alexandrovich Arjipov le salvó la vida. Fue el día más peligroso de toda la historia. Un avión espía norteamericano había sido abatido sobre Cuba, en tanto que otro U2 se había perdido, desviándose al espacio aéreo soviético.

 Y mientras estos dramas hacían rechinar las tensiones más allá de un punto de quiebra, un destructor norteamericano, el USS Beale, comenzaba a lanzar cargas de profundidad sobre el B-59, un submarino soviético dotado de armas nucleares. 

El capitán del B-59, Valentin Savitsky, no tenía manera de saber que las cargas de profundidad eran una serie de descargas no letales "de práctica" destinadas a obligar al B-59 a subir a la superficie. Al Beale se le sumaron otros destructores norteamericanos que se apiñaron para aporrear al B-59 sumergido con más explosivos. 

Un agotado Savitsky dio por hecho que su submarino estaba condenado y había estallado la Tercera Guerra Mundial. Dio la orden de que se preparase el torpedo nuclear de diez kilotones del B-59 para su lanzamiento. Su objetivo era el USS Randolf, el gigantesco portaviones que dirigía la fuerza especial.

Si el torpedo del B-59 hubiera hecho volatilizarse al Randolf, las nubes nucleares se habrían extendido rápidamente del mar a la tierra. Los primeros blancos habrían sido Moscú, Londres, las bases aéreas de Anglia Oriental (Inglaterra) y las concentraciones de tropas en Alemania. La siguiente oleada de bombas hubiera barrido "objetivos económicos", un eufemismo que designaba a la población civil: habría muerto más de la mitad de la población del Reino Unido. 

Mientras tanto, el SIOP (Single Integrated Operational Plan, Plan Único Operativo Integrado) – un escenario apocalíptico que reflejaba la orgía a lo Götterdämmerung del Dr. Strangelove – habría lanzado 5.500 armas nucleares contra un  millar de blancos, entre los que se contaban estados no beligerantes como Albania y China.

Qué le habría sucedido a los EE.UU. no es seguro. La razón misma de que Jruschov enviara misiles a Cuba estribaba en que la Unión Soviética carecía de ICBMs (misiles balísticos intercontinentales) de largo alcance como forma de disuasión creíble contra un posible ataque norteamericano.

 Lo que parece probable es que Norteamérica habría sufrido menos bajas que sus aliados europeos. El hecho de que Gran Bretaña y Europa Occidental fueran consideradas por algunos en el Pentágono como alfiles prescindibles era el gran tabú inconfesable de la Guerra Fría.  

Cincuenta años después, ¿qué lecciones se pueden sacar de la crisis de los misiles cubanos? Una es que, durante una crisis, los gobiernos pierden el control. La peor pesadilla del secretario de Defensa norteamericano, Robert McNamara, consistía en el lanzamiento sin autorización de armas nucleares. 

McNamara ordenó que se adosaran  cerrojos PAL (Permissive Action Links, conexiones que permiten ponerlos en marcha) a todos los ICBMs. Pero cuando se instalaron los PAL, el SAC (Strategic Air Command, Mando Aéreo Estratégico) puso todos los códigos en 00000000 para que los candados no impidieran un rápido lanzamiento en el curso de una crisis.

 La seguridad de las armas nucleares siempre será un asunto humano, a todos los niveles. En cierta ocasión, Jimmy Carter, el más sensato de los presidentes norteamericanos, se dejó los códigos de lanzamiento nuclear en el traje cuando lo mandaron a la tintorería.

La Guerra Fría ha concluido, pero las infraestructuras termonucleares de los EE.UU y Rusia continúan en su lugar. Y el riesgo de un intercambio nuclear entre las superpotencias sigue siendo bien real. En 1995, un radar ruso de alerta temprana confundió un cohete meteorológico noruego con un misil balístico lanzado desde un submarino norteamericano. 

Se envió una señal de emergencia al "Cheget" del presidente Yeltsin, la maleta nuclear con los códigos de lanzamiento. Yeltsin, presumiblemente con el vodka a mano, tuvo menos de cinco minutos para adoptar una decisión sobre un ataque de represalia.

"Mientras sigan existiendo las armas nucleares, las posibilidades de supervivencia de la especie humana son escasas". Todos los estudios de análisis del riesgo a largo plazo apoyan la afirmación de  Noam Chomsky. Ploughshares [literalmente “Arados”, organización pacifista norteamericana por la reconversión de las armas nucleares] calcula que existen hoy en el mundo 19.000 cabezas nucleares, 18.000 de las cuales se encuentran en manos de los EE.UU. y Rusia.

 Sea cual sea la cifra exacta, los arsenales nucleares norteamericanos/rusos son los únicos capaces de destruir por completo toda vida humana. Tal como apuntan los asesores de seguridad Campbell Craig y Jan Ruzicka: "¿Por qué tienen que respetar la proliferación Irán o Corea del Norte cuando los estados más poderosos que les sermonean poseen arsenales tan enormes?" [1]

Por encima de todo, la crisis de los misiles de Cuba demostró que el problema son las armas mismas. (...)

La decisión de no iniciar la Tercera Guerra Mundial no se tomó en el Kremlin o en la Casa Blanca sino en la sofocante sala de control de un submarino. El lanzamiento del torpedo nuclear del B-59 requería del consentimiento de los tres oficiales superiores a bordo. Arjipov fue el único en negar su permiso. Es cierto que la reputación de Arjipov fue un factor clave en la discusión en la sala de control.

 El año anterior el joven oficial se había expuesto a graves radiaciones en un intento de salvar un submarino con un reactor sobrecalentado. Esa dosis radioactiva contribuyó a su muerte en 1998. Así que al alzar nuestras copas el 27 de octubre, no podemos más que brindar en tu memoria. Gracias, Vasya."                ('Gracias, Vasya: Vasili Arjipov, el hombre que impidió una guerra nuclear', de  Edward Wilson , Sin Permiso, 04/11/2012)

24/10/12

La crisis de los misiles de Cuba. Cuando el mundo estuvo a punto de saltar por los aires

"Hace 50 años, el mundo estuvo en vilo durante la última semana de octubre, desde el momento en que se supo que la Unión Soviética había colocado misiles con ojivas nucleares en Cuba, hasta el fin oficial de la crisis -que aunque el público lo ignorara, fue solamente "oficial". (...)

Una guerra nuclear era inminente, una guerra que pudo haber "destruido el hemisferio norte", como alertó el Presidente Eisenhower. Kennedy evaluó que la probabilidad de guerra podría haber sido tan alta como del 50%. Esta cifra se incrementó a medida que la confrontación alcanzaba su pico. 

En Washington se implementó un "plan secreto para una catástrofe con el fin de asegurar la supervivencia del gobierno", descripto por el periodista Michael Dobbs en su recientemente publicado y bien documentado bestseller sobre la crisis, aunque no explica la razón para hacerlo, dadas las características naturales de una guerra nuclear. Dobbs cita a Dino Brugioni "como un miembro clave del equipo de la CIA que monitoreaba la instalación de los misiles soviéticos", y que no visualizaba otra salida más que "la guerra y la destrucción total" mientras las agujas del reloj marcaban Un minuto para la medianoche -el título elegido por Dobbs para su libro. 

El historiador Arthur Schlesinger, hombre cercano a Kennedy, describió los sucesos como "los más peligrosos momentos en la historia de la humanidad". El Secretario de Defensa Robert McNamara se preguntaba si "viviríamos para ver otro sábado por la noche", y después reconoció que apenas "nos salvamos". 

Si se examina más de cerca lo sucedido, las opiniones anteriormente mencionadas adquieren sombríos matices, con reverberaciones en el presente.

"El momento más peligroso" 

Hay varios candidatos para este título. Uno es el 27 de octubre, cuando los destructores de EE.UU. que implementaban la cuarentena y el cerco alrededor de Cuba lanzaron cargas de profundidad sobre los submarinos soviéticos. 

Según los recuentos de los soviéticos, reportados por el Archivo de Seguridad Nacional, los comandantes de los submarinos estaban "tan nerviosos con las explosiones que consideraron disparar torpedos nucleares, cuya capacidad explosiva de 15 kilotones, era similar a la de la bomba que devastó Hiroshima en agosto de 1945".

En uno de los casos, la decisión de ensamblar un torpedo nuclear para iniciar la batalla fue vetada en el último minuto por el segundo Capitán del submarino, Vasili Archipov, a quien se le atribuye haber salvado al mundo de un desastre nuclear. Hay pocas dudas sobre cuál habría sido la reacción de EE.UU. si el torpedo hubiera sido disparado o cómo habrían respondido los rusos si su país hubiera estallado en llamas. 

Kennedy ya había declarado el máximo alerta nuclear antes del lanzamiento (Defcon 2), que autorizaba "a los aviones de la OTAN con pilotos turcos... [u otros]... a despegar, volar hasta Moscú y lanzar una bomba", según Graham Allison, analista estratégico en Asuntos Exteriores de la Universidad de Harvard.

Otro candidato para el título es el día previo, el 26 de octubre. Ese día fue escogido como "el momento más peligroso" por el Mayor Don Clawson, quien piloteaba un avión B-52 de la OTAN y proporcionó una descripción espeluznante de las misiones Domo de Cromo (CD, Chrome Dome) durante la crisis: "los aviones B-52 en estado de alerta con armas nucleares a bordo y listas para ser usadas". 

"El 26 de octubre fue el día en que la nación estuvo al borde de la guerra nuclear", escribe Clawson en sus "anécdotas irreverentes de un piloto de la Fuerza Aérea" publicadas con el título ¿Hay algo que la tripulación debería saber?. En una oportunidad, Clawson estuvo en la situación de desencadenar el cataclismo final. Concluye diciendo:

"Tuvimos mucha suerte al no haber hecho estallar el mundo -y no fue gracias al liderazgo político o militar de este país." 

Los errores, las confusiones, los riesgos de accidentes y los malentendidos de los dirigentes reportados por Clawson son sorprendentes, pero no tanto como las reglas de comando y control -o la falta de ellas.

 Clawson cuenta que durante las 15 misiones de 24 horas en la que participó como piloto -el máximo tiempo posible- los comandantes "no poseían la habilidad de evitar que un miembro arrogante de la tripulación ensamblara y disparara un arma termonuclear" ni incluso un anuncio que enviara "un alerta a la totalidad de la flota aérea sin posibilidades de reversión". Una vez que la tripulación iniciaba el vuelo, llevando armas nucleares:

"Hubiera sido posible ensamblarlas y lanzarlas sin ninguna intervención desde tierra. No había inhibidores en el sistema." 

Cerca de un tercio de la fuerza total estaba en el aire, según el General David Burchinal, director de planes del personal aéreo en las bases de la Fuerza Aérea. El Comando Estratégico, quien estaba a cargo, parece haber tenido poco control en la realidad. Y según el relato de Clawson, la Autoridad del Comando Nacional no recibía suficiente información del Comando Estratégico, lo que quiere decir que los que tomaban las decisiones en EXCOMM, en las que se ponía en juego el destino de la humanidad, sabían incluso menos.

 El relato oral del General Burchinal no es menos espeluznante, y pone de manifiesto un profundo desprecio por el comando civil. Según él, la capitulación de los rusos nunca estuvo en duda. Las operaciones CD estaban diseñadas para dejarles en claro a los rusos de que ellos no podrían competir en una confrontación militar, y que si lo hacían, serían rápidamente destruidos. (...)

Cuando las reuniones de EXCOMM estaban finalizando a las 6 de la tarde del 26 de octubre, llegó una carta del Primer Ministro Kruschev, dirigida al Presidente Kennedy. Dice Stern que el "mensaje parecía claro":

"Retiraremos los misiles si EE.UU. promete que no invadirá Cuba." 

El día siguiente, a las diez de la mañana, el Presidente volvió a grabar el audio secreto. Leyó en voz alta un reporte del servicio de cable que acababa de recibir:

"El Primer Ministro Kruschev le envió un mensaje al Presidente Kennedy diciendo que hoy retiraría las armas de Cuba si EE.UU. retira sus misiles de Turquía."(...)
 
Los dirigentes se enfrentaron a un grave dilema: habían recibido de Kruschev dos propuestas, de alguna manera diferentes, para terminar con la amenaza de una guerra catastrófica, y ambas serían recibidas por el "hombre racional" como justas. ¿Cómo reaccionar entonces?

Una posibilidad podría haber sido la de suspirar aliviados porque la civilización sobreviviría, aceptar con entusiasmo ambas ofertas y anunciar que EE.UU. respetaría las leyes internacionales y retiraría toda amenaza de invadir Cuba; que retiraría los misiles obsoletos de Turquía, procediendo como lo tenían planeado en función de perfeccionar la amenaza contra la Unión Soviética, como parte de un cerco global de Rusia. Pero eso era impensable.

La razón básica por la que no podría considerarse la postura anterior fue explicada por McGeorge Bundy, asesor de Seguridad Nacional, ex Decano de Harvard, reconocido como la estrella más brillante del firmamento de Camelot. El mundo debe comprender que "la amenaza actual contra la paz no está en Turquía, sino en Cuba", donde los misiles nos apuntan a nosotros.

 La fuerza bélica estadounidense, muy superior a cualquier otra y apuntando a su enemigo soviético, más débil y vulnerable, no puede ser considerada de ninguna manera como una amenaza contra la paz porque nosotros somos buenos, como pueden dar testimonio mucha gente del hemisferio occidental y de más allá  (...)

Y, por supuesto, la idea de que EE.UU. debía ser restringido por el derecho internacional era demasiado ridícula para ser considerada. Como lo explicó recientemente el respetado comentarista liberal Matthew Yglesias:

 "una de las muchas funciones del orden institucional internacional es precisamente el de legitimar el uso de la fuerza militar letal por los poderes occidentales" -es decir, estadounidense- entonces es "sorprendentemente ingenuo", y más que ingenuo, "tonto", sugerir que EE.UU. debe respetar el derecho internacional o cualquier otra condición impuesta por lo que carecen de poder: una declaración franca de presupuestos operacionales, dada por sobreentendida por el equipo de EXCOMM. (...)

Podríamos haber estado "incluso en una peor situación" si el mundo hubiera sabido más sobre las acciones de EE.UU. en esa época. Solo recientemente supimos que, seis meses antes de la crisis, EE.UU. había desplegado secretamente misiles en Okinawa, casi idénticos a los que Rusia envió posteriormente a Cuba. Los misiles seguramente apuntaban a China, en un momento en el que se habían incrementado las tensiones en la región. (...)

En las deliberaciones posteriores, EE.UU. se comprometió a retirar los misiles obsoletos de Turquía, pero no lo declaró ni por escrito ni públicamente: era importante que quedara la idea de que Kruschev había capitulado. Se dio una razón interesante, y fue aceptada como razonable por académicos y comentaristas. En palabras de Dobbs:

"Si hubiera parecido que EE.UU. estaba desmantelando sus bases unilateralmente, bajo presión de la Unión Soviética, la alianza (OTAN) podría haberse resquebrajado." 

O, para decirlo de otra manera, con un poco más de apego a la verdad, si EE.UU. reemplazaba misiles inservibles con armas mucho más letales, como lo tenía planeado, en un intercambio con Rusia que cualquier "hombre racional" hubiera considerado justo, esto habría causado el resquebrajamiento de la OTAN.

 Lo que queda claro es que, cuando Rusia retiró el único obstáculo que protegía a Cuba de un ataque de EE.UU. en medio de la amenaza de un invasión directa y se retiró de la escena, los cubanos se enfurecieron -como puede comprenderse. Pero esta es una comparación inaceptable por razones de doble estándar: nosotros somos seres humanos que importan mientras que ellos son "no-gentes", usando la frase de Orwell.

Kennedy también hizo una promesa informal de no invadir Cuba pero con condiciones: no solamente el retiro de los misiles sino también la terminación o, al menos, una drástica disminución de la presencia militar rusa. (A diferencia de Turquía, en la frontera con Rusia, donde ninguna medida de este tipo sería considerada.) (...)

En el caso de Cuba, el consejo de planeamiento político del Departamento de Estado explicó:
"El peligro principal que confrontamos con Castro es... el impacto que tiene la mera existencia de su régimen sobre el movimiento izquierdista en muchos países de América Latina... 

El simple hecho es que Castro representa un desafío exitoso a EE.UU., una negación de nuestra política para todo el hemisferio de casi un siglo y medio."
La doctrina Monroe anunciaba la intención de EE.UU., entonces inaplicable, de dominación del hemisferio occidental. (...)

La crisis de los misiles finalizó oficialmente el 28 de octubre. La resolución de la crisis no fue oscura. Esa noche, en un programa especial de la CBS, Charles Collingwood reportó que el mundo había salido "de la más terrible amenaza de holocausto nuclear desde la Segunda Guerra Mundial.. con una humillante derrota de la política de la Unión Soviética". 

Dobbs comenta que los rusos trataron de interpretar la salida a la crisis como "otro triunfo de la política exterior por la paz de Moscú contra los imperialistas promotores de la guerra", como "los dirigentes soviéticos extremadamente sabios y razonables salvaron el mundo de la amenaza de la destrucción nuclear". Extrapolando los hechos básicos de las tendencias al ridículo, el acuerdo de Kruschev "había salvado al mundo de la amenaza de destrucción nuclear".

Sin embargo, la crisis no había terminado. El 8 de noviembre, el Pentágono anunció que todas las bases de misiles soviéticos habían sido desmanteladas. El mismo día, reporta Stern, "un equipo de sabotaje realizó un ataque en una fábrica cubana", aunque la campaña terrorista de Kennedy, conocida como Operación Mangosta, había sido formalmente reducida en el pico de la crisis. 

El ataque terrorista del 8 de noviembre respalda la observación de Bundy de que la amenaza para la paz estaba en Cuba, no en Turquía -donde los rusos no continuaron un asalto letal. Esta no era, sin embargo, la conclusión de Bundy, ni siquiera podría haberlo entendido así. (...)

"El 8 de noviembre un equipo enviado desde EE.UU. para ejecutar una acción encubierta de sabotaje hizo explotar las instalaciones de una fábrica cubana", matando 400 trabajadores, según una carta enviada por el gobierno de Cuba al Secretario General de las N.U.

 Garthoff comenta que los "soviéticos solo podían analizar [el ataque] como una marcha atrás en lo que era para ellos, la cuestión clave que estaba pendiente: las garantías de EE.UU. de que no atacaría Cuba", particularmente porque el ataque terrorista había sido lanzado desde EE.UU. Esta y otras "acciones a través de terceros" revela una vez más, que el riesgo y el peligro para ambas partes podrían haber sido extremos, y que la catástrofe no había sido descartada". 

Garthoff también examina las operaciones destructivas de la campaña terrorista de Kennedy, las que ciertamente serían consideradas más que justificativos para la guerra, si EE.UU. o sus aliados o sus clientes fueran las víctimas, y no los autores. (...)

Por la misma fuente, más adelante sabemos que el 23 de agosto de 1962 el presidente emitió el Memorando de Seguridad Nacional No 181, "una directiva para organizar una revuelta interna, a continuación de la cual se produciría una invasión militar de EE.UU.", que involucraría "importantes planes, maniobras y movimiento de tropas y equipo militar de EE.UU." que seguramente eran conocidos por Cuba y Rusia.

 También en agosto, se intensificaron los ataques terroristas entre ellos el ataque desde una lancha a un hotel cubano de la costa "donde se sabía que se congregaban técnicos militares soviéticos, matando a rusos y cubanos"; ataques a barcos de carga británicos y cubanos; contaminación de cargamentos de azúcar; y otras atrocidades y sabotajes, ejecutados principalmente por organizaciones de exiliados cubanos que operaban libremente en La Florida. Poco después vino "el momento más peligroso en la historia de la humanidad", y no fue casualidad.

Jugando con fuego 

Kennedy renovó oficialmente las operaciones terroristas después del fin de la crisis de los misiles. Diez días antes de su asesinato, aprobó un plan de la CIA de "operaciones de destrucción" a ser ejecutado por terceros, "contra una gran refinería petrolera e instalaciones de almacenamiento, una planta de energía eléctrica, fábricas de azúcar, puentes ferroviarios, instalaciones de una bahía y demolición submarina de muelles y barcos". 

Un plan de asesinato de Fidel Castro fue supuestamente iniciado el mismo día del asesinato de Kennedy. La campaña terrorista fue suspendida en 1965, pero "una de las primeras medidas tomadas por Nixon en 1969 fue instruir a la CIA para que intensificara las operaciones encubiertas contra Cuba", reporta Garthoff.

En el último número de la revista Political Science Quarterly, Montague Kern sostiene que la crisis de los misiles es una de esas "crisis de gran calibre... en la que un enemigo ideológico (la Unión Soviética) es percibido universalmente como el atacante, conduciendo a un movimiento de todos detrás de la bandera que expandió en gran medida el respaldo al presidente, incrementando sus opciones políticas". 

Kern tiene razón al decir "percibido universalmente" de esa manera, dejando de lado a los que han escapado un poco de las cadenas ideológicas como para prestar alguna atención a los hechos. Kern, de hecho es uno de ellos. Otro es Sheldon Stern, quien reconoce lo que desde hace tiempo fue conocido por las personas con desviaciones. Comenta lo siguiente:

"La explicación original de Kruschev sobre el envío de misiles a Cuba fue fundamentalmente cierta: el líder soviético nunca se propuso usar esas armas como una amenaza para la seguridad de EE.UU., sino como una defensa para proteger a Cuba, un país aliado, de ataques de EE.UU. y en un esfuerzo desesperado de darle a la URSS la apariencia de igualdad en el equilibrio de poder nuclear." (...)

Los ataques de EE.UU. son frecuentemente subestimados por los comentaristas estadounidenses como bromas tontas, dicen que los matones de la CIA se les fueron de las manos al gobierno. Nada más alejado de la realidad. 

Los "mejores y los más brillantes" reaccionaron ante la derrota de Bahía de Cochinos (Playa Girón, en Cuba) casi histéricos, incluyendo al presidente, quien solemnemente le informó al país que:

"Las sociedades complacientes, indulgentes consigo mismas, blandas están a punto de ser barridas con los escombros de la historia. Solo las fuertes... tienen posibilidad de sobrevivir."  (...)

El historiador Piero Gleijeses observa que después de la derrota de Bahía de Cochinos, JFK lanzó un embargo asfixiante para castigar a los cubanos por haber derrotado una invasión respaldada por EE.UU., y "le pidió a su hermano, el Fiscal General, que dirigiera el grupo de alto nivel de agencias estatales que supervisaría la Operación Mangosta, un programa de operaciones paramilitares, guerra económica y sabotaje, implementado por el propio Kennedy a fines de 1961 para infligirle los 'terrores de la tierra' a Fidel Castro y, en términos más prosaicos, para derrocarlo". (...)

Años más tarde, Robert McNamara reconoció que Cuba tenía justificaciones para temer un ataque. "Si hubiera estado en el lugar de un cubano o un ruso, yo también habría sentido temor", dijo en el 40 aniversario de la crisis de los misiles. (...)

En retrospectiva 

Las dos cuestiones más cruciales sobre la crisis de los misiles están relacionadas con cómo comenzó y cómo terminó. Comenzó con el ataque terrorista de Kennedy contra Cuba, con la amenaza de invasión en octubre de 1962. 

Terminó con el rechazo presidencial de la propuesta rusa que le hubiera parecido justa a cualquier persona racional pero que era impensable porque desgastaría el principio fundamental de que EE.UU. tiene el derecho unilateral de desplegar misiles nucleares en cualquier parte, apuntando a China o a Rusia o a cualquier otro país, en sus fronteras; y el principio asociado de que Cuba no tiene derecho a tener misiles para su defensa contra lo que parecía ser una inminente invasión de EE.UU.

Para establecer estos principios con firmeza, era totalmente apropiado enfrentar el alto riesgo de una guerra con un poder de destrucción inimaginable, y rechazar maneras simples y justas, según lo admitieron ellos mismos, de terminar con la amenaza. (...)

Los sucesos de octubre de 1962 son ampliamente considerados como los momentos más destacados de Kennedy. Graham Allison se une a muchos otros en presentarlos como una "guía sobre cómo desactivar conflictos, manejar relaciones de alto nivel de poder, y tomar decisiones correctas sobre temas de política exterior en general". 

En un sentido muy estrecho, estas evaluaciones parecen razonables. Las grabaciones de audio de las reuniones de EXCOMM revelan que el presidente se diferenció del resto, a veces de casi todos los demás, al rechazar el uso prematuro de la violencia.

Sin embargo, persiste un interrogante más de fondo: ¿Cómo se puede evaluar la moderación relativa de Kennedy en el manejo de la crisis dentro del contexto más amplio que acabamos de analizar? 

Pero este tema no puede ser analizado en una cultura moral e intelectual muy disciplinada, que acepta sin cuestionamientos el principio básico de que EE.UU. es efectivamente el dueño del mundo por derecho, y que es, por definición, una fuerza del bien a pesar de los errores y malentendidos ocasionales. 

Por lo tanto, es lisa y llanamente apropiado que EE.UU. despliegue una fuerza masiva de ataque sobre todo el mundo, mientras que es una ofensa cuando los otros (excepto los aliados y los clientes) hacen hasta el mínimo gesto en esa dirección, y hasta cuando piensan en disuadir al benigno poder hegemónico global de usar la violencia. (...)

Los principios siguen vigentes y representan un riesgo constante para una guerra nuclear. No han escaseado los graves peligros desde la crisis de los misiles. Diez años después, durante la guerra árabe-israelita de 1973, Henry Kissinger declaró un alerta nuclear de alto grado (Defcon 3) para advertirles a los rusos de que se mantengan al margen mientras que él autorizó secretamente a Israel a violar el cese al fuego impuesto por EE.UU. y Rusia. 

Cuando Reagan asumió el gobierno, pocos años después, EE.UU. lanzó operaciones para poner a prueba las defensas rusas y simuló ataques aéreos y navales, mientras emplazaba misiles Pershing en Alemania, a cinco minutos de tiempo de vuelo de los objetivos de ataque rusos, proveyendo lo que la CIA llamó un "poder de ataque súper sorpresivo".

Obviamente, esto causó una gran alarma en Rusia, país que a diferencia de EE.UU. sufrió repetidas invasiones y fue prácticamente destruido. Esto condujo a una gran amenaza de guerra en 1983.

Hubo cientos de casos en los que la intervención de una persona abortó un ataque minutos antes de que ocurriera, después de que los sistemas automáticos dieran falsas alarmas. No tenemos acceso a los registros rusos pero no hay dudas de que sus sistemas son más propensos a un accidente.

Mientras tanto, India y Pakistán se han aproximado a una guerra nuclear varias veces, y las fuentes del conflicto siguen vigentes. Ambos se han negado a firmar un tratado de no proliferación, al igual que Israel, y han recibido apoyo de EE.UU. para el desarrollo de sus programas de armas nucleares -hasta hoy, en el caso de India, un actual aliado de EE.UU. Las amenazas bélicas en el Medio Oriente, que podrían volverse reales en cualquier momento, una vez más incrementan el peligro de una catástrofe.

En 1962 se logró evitar la guerra por la determinación de Kruschev para aceptar las demandas hegemónicas de Kennedy. Pero no podemos contar que un criterio similar estará siempre presente. Es casi un milagro que no se haya producido hasta ahora la guerra nuclear. Existen más razones que nunca para escuchar la advertencia formulada hace unos 60 años por Bertrand Russell y Albert Einstein: el dilema es "crudo, horrible e ineludible":

"¿Se va a poner fin a la raza humana; o la humanidad deberá renunciar a la guerra?"       (Noam ChomskyRebelión, 19/10/2012)