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11/8/22

A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979 el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios... Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito... Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital... Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí)... Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara... los que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí... nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron... así que respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso, pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero

 "Los griegos tenemos fama de ser nacionalistas insufribles, la mayoría de los cuales cree sinceramente que la cultura griega es superior a la de otras naciones y pueblos. En una reciente encuesta de Pew, incluso se nos ha calificado como los europeos más chovinistas desde el punto de vista cultural. A riesgo de confirmar ese estereotipo, lo achacaré a... los extranjeros, con su inmoderada alabanza de la cultura griega y su superficial lectura de sus propias y tontas encuestas. (...)

Pero pregúntenos a nosotros, los griegos, sobre la cultura griega moderna y obtendrá una respuesta muy diferente. Por supuesto, tenemos nuestra cuota de ultranacionalistas chiflados, algunos de los cuales creen que el darwinismo se aplica a todos los humanos excepto a los griegos, que provienen de algún gen divino extraterrestre. Sin embargo, la gran mayoría de mis compatriotas piensa muy poco en nuestra cultura, formas y comportamientos contemporáneos. La última década, sobre todo desde nuestra bancarrota total, nos ha dejado tambaleantes, inseguros y rozando el autodesprecio.

Sí, todavía apreciamos los brillantes éxitos de los griegos que abandonaron Grecia en busca de una vida mejor en otro lugar. Sí, celebramos alguna que otra victoria deportiva y apreciamos la belleza de la tierra, el mar y el medio ambiente de Grecia. Sí, mantenemos cierto orgullo por conceptos exclusivamente griegos como la filotimia, una inclinación a actuar de forma digna simplemente porque sí. Pero al mismo tiempo, tememos que estas cualidades, naturales y espirituales, se hayan diluido terriblemente en las últimas décadas; en parte porque las hemos descuidado y canibalizado (nuestra monstruosa inversión en turismo, por ejemplo), y en parte por una Unión Europea que nos ha ayudado a perder el rumbo. (...)

Cuando Giscard d'Estaing pronunció su discurso de 1979, un año antes de que el norte de Europa nos admitiera formalmente en la UE, la mayoría de los griegos se alegraron. Por desgracia, pronto nos dimos cuenta de que la pérdida general de dignidad era el alto precio que acabaríamos pagando por ese privilegio. A menudo me preguntan por qué Europa nos permitió a los griegos entrar primero en el mercado común y después en el euro. La respuesta correcta suena hoy improbable: porque, en 1979, cuando Giscard se explayaba sobre la civilización griega, el Estado griego tenía uno de los niveles de deuda pública más bajos de Europa y sus ciudadanos casi ninguno. Sí, éramos un pueblo pobre, pero nos las arreglábamos con nuestros modestos medios, viviendo y respirando paradigmas de parsimonia. Eso es lo que aportamos a la UE: un bajo nivel de deuda y altos niveles de propiedad de la vivienda, una combinación que era el sueño húmedo de los banqueros occidentales.

Incluso en 1999, justo antes de ser admitidos en el euro, apenas ningún griego tenía una hipoteca, y mucho menos una tarjeta de crédito. Sin embargo, para entrar en Europa tuvimos que reducir nuestras barreras comerciales y, más tarde, desmantelar todos los controles de capital. Inmediatamente, un tsunami de importaciones, dinero y préstamos salió del norte de Europa hacia Grecia. No es que nos resistiéramos a ello, hambrientos como estábamos de los adornos materiales de la modernidad. Antes de que nos diéramos cuenta, nuestras fábricas se cerraron (y se convirtieron en almacenes para las lavadoras y los frigoríficos importados que antes se fabricaban aquí); nuestras cuentas bancarias pasaron de estar en negro a estar en rojo intenso; nuestra dignidad y nuestra filotimia se desgarraron.

Era sólo cuestión de tiempo que la burbuja bancaria y de la deuda mundial estallara, antes de que los mismos europeos y estadounidenses que una vez nos elogiaron como los pilares de la civilización occidental se volvieran contra nosotros. Ignorando convenientemente que habían insistido en que tomáramos prestadas montañas de su dinero -para que pudiéramos comprar sus coches, lavadoras y alta costura- no dudaron en llamarnos con todo tipo de nombres que no son dignos de publicarse aquí.

Peor aún, en voz baja, nos llamamos a nosotros mismos con nombres similares. Cuando hablamos entre nosotros, no tenemos reparos en ser muy autocríticos, a menudo rozando el odio a nosotros mismos. Ningún griego que conozca estaría, por ejemplo, en desacuerdo con David Holden, el periodista del Times que en 1972 describió a Grecia como "rica en talento y pobre en recursos, desarrollada en sus gustos y subdesarrollada en sus capacidades". Y así, en parte por una falsa dedicación a no decepcionar a los que hablan de la civilización griega, y en parte por nuestro enfado con nosotros mismos y con una Europa que nos llevó por el mal camino antes de tratarnos como ganado que perdió su precio en el mercado, respondemos a las estúpidas preguntas de las encuestas con un falso orgullo. Por supuesto, sabemos que es falso - pero, de nuevo, el orgullo falso es el último recurso para aquellos que han perdido el verdadero."    
             (Yanis Varoufakis, UnHerd, 05/08/22)

15/10/21

Ana Iris Simón: La Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural... la Hispanidad es hoy periferia del mundo... millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores... cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán pensé en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte

 "Siempre digo que aprendí a leer dos veces: la primera, con seis años, me enseñó mi profesora Rosa en el colegio. La segunda, ya en el instituto y con 16, fue Julio Cortázar. En su Rayuela descubrí, como tantos adolescentes, una nueva forma de mirar al mundo y de estar en él, pero sobre todo una nueva manera de narrarlo.

Mis años de la ESO suenan al llanto de Rocamadour, a fiesta en Macondo y al silencio de la Biblioteca de Babel, porque después de Cortázar vinieron García Márquez y Borges, Carlos Fuentes y Vargas Llosa. Leyendo a los del lado de allá descubrí la belleza de una lengua que partió del lado de acá hace más de medio milenio.

Después de leerlos mucho, el año pasado, publiqué mi primer libro y lo hice con pena porque mi yo niña nunca tendría la gracia de los críos de Formas de volver a casa de Zambra. Y han sido muchas las sorpresas que me he llevado desde entonces, porque la generosidad de los lectores es infinita, pero uno de los mensajes que más ilusión me ha hecho en todo este tiempo llegó hace unos días y desde muy lejos. Lo firmaba una muchacha llamada Génesis que desde Masaya, en Nicaragua, me contaba que, “aunque nos separaba un océano” se había sentido “muy hermanada conmigo” al leer mi relato.

A mí me emocionó leerla a ella y en mi soberbia me sentí muy orgullosa por haber conseguido hacer universalizable un relato repleto de mancheguismos y que habla de una infancia entre paredes encaladas en blanco y añil. Pero, releyendo su mensaje, me daba cuenta de que el tanto no lo había marcado mi pericia relatora sino la realidad. De que nos separa, en efecto, un océano, pero nos unen una cultura y unos valores, nuestra querencia por los vínculos fuertes y nuestra manía de anteponer —aún y menos mal— lo afectivo a lo productivo.

Génesis no había empleado el término “hermanada” en vano, pensaba, y pensaba también en la sorpresa que me llevé cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán y en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte. Como los Simones de mi libro, la Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural que entiende poco de la realidad tecnificada y acelerada que quieren imponerle los que no son capaces de ver ya lo sagrado del mundo. Como La Mancha de mi relato, la Hispanidad es hoy periferia del mundo.

En el encabezado de su mensaje Génesis me preguntaba que dónde estaba enterrado el tío de mi madre, porque en el libro hablo de él. Era escolapio y murió muy joven durante una misión en Nicaragua en los ochenta. Y ella quería llevarle flores décadas después. Pueda finalmente hacerlo o no, su gesto encierra, además de un tremendo amor, la evidencia de que la Hispanidad no es solo un capítulo en nuestros libros de texto y la razón por la cual discutimos cada 12 de octubre. 

Que no se escribe solo en pasado, sino que cose en presente a millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores. Que es la culpable de enseñarle a tantos adolescentes a lo largo y ancho del globo su propia lengua de ida y vuelta a través de la mejor literatura. Y de que, a miles de kilómetros de su familia de sangre, alguien le lleve un ramito de flores a la tumba del misionero que se dejó la vida en el lado de allá."              (Ana Iris Simón , El País, 09/10/21)

13/10/21

La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera... La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV... Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables

 "Puesto que mañana es 12 de octubre, que no solo es el día del Pilar, sino también Fiesta Nacional de España y de la Hispanidad, vale la pena hacer alguna reflexión con el ánimo de contribuir a quitarnos de encima algunos absurdos complejos, los mismos que, por ejemplo, ahora mismo nos impiden mostrarnos orgullosos de que nuestro país figure entre los primeros del mundo en la campaña de vacunación contra la Covid. Es un éxito del sistema público salud y sus profesionales, pero también de la sociedad española en su conjunto, en la que no ha habido un rechazo significativo hacia las vacunas.

 En cambio, solo que hubiéramos estado por debajo de la media europea, nos lo estaríamos reprochando cada día. Sin duda en España hay muchos problemas de los que avergonzarnos, pero si nos mostráramos un poquito más orgullosos de lo que somos y de nuestras fortalezas, nos iría todo mucho mejor.

 La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera.

 Solo hay que pensar en el importantísimo intercambio de alimentos entre ambos continentes. En Europa, la dieta mejoró extraordinariamente gracias a la patata, el tomate, el maíz, el pimiento, la calabaza o el pavo, por no hablar del chocolate o la vainilla. La comida que llegó de América evitó no pocas hambrunas.

 La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV.

 Por un lado, la aventura americana no se entiende sin la construcción del Estado moderno en España a partir de nuestra pluralidad y de la integración de los diversos reinos en una misma monarquía. Sin la unión entre las coronas de Castilla y Aragón, no cabe duda de que América se hubiera descubierto igualmente por parte de los europeos, pero todo hubiera sucedido de otra manera. Y, por otro, es una efeméride con la que nuestro país inicia su proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos, cuya relevancia llega hasta hoy.

Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables. En realidad, hoy la hispanidad nos habla más de España que de América."             (Joaquim Coll, 20Minutos, 11/10/21)

11/10/21

El 12-O, entre la demagogia y la banalización... el colonialismo es una de las grandes vergüenzas de la historia... La expansión colonial en América y África fue probablemente también, una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo... Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente... anque los ejemplos más claros de genocidio se dieron más claramente después de la independencia de las repúblicas americanas... Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos, o en Argentina... y desde luego, durante el siglo XX ha habido bastantes, como el nazi o el armenio...

 "Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no […]

Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no lo es mucho más que los argumentos esgrimidos por sectores soberanistas, y afines, incluyendo la primera edil de Barcelona Ada Colau, en vísperas del 12-O de 2015, al identificarlo con el inicio del supuesto genocidio de los pueblos indígenas americanos. Supongo que este año vamos a tener más de lo mismo, a tenor de la propuesta de la CUP de demoler el monumento a Colón del puerto de Barcelona. Buen comienzo.

Claro que con la iglesia han topado. Los de «Nova Història» han puesto el grito en el cielo, ya que es cosa sabida que «Cristòfor Colom fou català», como reza un panfleto que circula desde hace ya bastantes años. También peligra la estatura de Antonio López que, como su cuñado Güell, mecenas de Gaudí, hizo fortuna al parecer con el tráfico de esclavos. Pero con Güell no se meten; quizá porque no se llamaba López. Y puestos a hacer, queda pendiente otro monumento de un racista, el del Dr. Robert. Claro que como él lo que intentaba demostrar era que los catalanes eran de una raza superior a la de los españoles, no se le tiene en cuenta.

Veamos. Empecemos por el sustantivo «descubrimiento». Estoy bastante de acuerdo en que calificar el 12-O así, es en gran medida impropio. De manera más o menos fortuita, debió haber bastantes europeos que cruzaron el Atlántico antes que Colón. O quizá asiáticos por el Pacífico. También es impropio en la medida en que el almirante estaba convencido de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón). El verdadero «descubrimiento» fue la evidencia de que la circunferencia terrestre era mucho mayor de lo que se había asumido, ya que la existencia de América alejaba necesariamente Europa de Asia.

Sea cual fuere el tipo de descubrimiento, el resultado fue la colonización de todo un continente por diferentes monarquías europeas, no solo la Hispánica. Y no creo que haya desacuerdo en considerar globalmente el colonialismo como una de las grandes vergüenzas de la historia.

Ahora bien, colonialismo no implica irrevocablemente genocidio sino, en cierta manera, algo totalmente contrario. En principio, al colonialista lo que interesa es sacar el máximo provecho de los recursos naturales, mediante la consiguiente explotación de la mano de obra nativa, sin interés especial en exterminarla. Y cuando esa mano de obra resulta insuficiente, por una u otra causa, se busca otra. Caso típico, el tráfico de esclavos de África a América. Las enfermedades introducidas por los europeos habían mermado considerablemente la población amerindia. Pero no tengo noticias de que en el siglo XVI haya habido Mengeles que les inocularan a los indios la viruela, por ejemplo, para exterminarlos. Las jornadas extenuantes a que estaban sometidos los mineros del Potosí boliviano, por ejemplo, se pueden calificar de crueles y despiadadas, pero no son propiamente un genocidio, en el sentido de cómo se estableció el concepto (voluntad de exterminio), como veremos enseguida.

Otro ejemplo, el «Estado Libre del Congo» de Leopoldo II. El rey de los belgas no estaba interesado en matar negros, sino en sacar el máximo provecho de su trabajo esclavo, para pagarse las francachelas. Asimilar explotación, colonial o no, a genocidio, nos llevaría a calificar también como tal el capitalismo llamado manchesteriano. ¿O es que vamos a ser más laxos al juzgar lo descrito por Engels que lo que denunciaba Bartolomé de las Casas? Que por cierto según «Nova Història» era también catalán y se llamaba Casaus. Sobre Engels, todavía no se han pronunciado.

El error se prolonga cuando se asocia exclusivamente la idea de colonialismo y sus víctimas a pueblos no europeos. Como ha demostrado más de un historiador, los primeros en experimentar las consecuencias de la aventura colonial fueron los europeos, digamos, periféricos.

Veamos el caso inglés. Roma somete a la población celta. Cuando el Imperio retira sus legiones, los anglosajones arrinconan a los celtas en los confines occidentales, Gales y Cornualles. Luego, después de Hastings, son los normandos los que feudalizan el país, desposeyendo a los sajones de sus derechos y propiedades. El sojuzgamiento del espacio celta prosigue en Irlanda.

En el este europeo, son los Caballeros Teutónicos los que colonizan, a costa de los pueblos bálticos y eslavos.

Podemos encontrar situaciones no muy diferentes en nuestro entorno inmediato. Por ejemplo, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con las «gestas» almogávares en Grecia o la conquista de Cerdeña (¿por qué fue necesario repoblar L’Alguer?). También la Reconquista, en sentido global, tema válido para todas las coronas ibéricas. Un ejemplo.

El 9 de octubre de 1238, Jaime I entraba en Valencia. En realidad la ciudad se había rendido el último día de setiembre. El retraso se debió a la necesidad de expulsar la población musulmana, a fin de distribuir sus hogares entre los conquistadores. ¿Fue mejor o peor la suerte de los musulmanes de las Baleares, muchos de ellos vendidos como esclavos? ¿No se asemeja más esto a lo que hoy llamamos genocidio, que hechos aludidos anteriormente? Será casualidad pero, hasta el momento, nunca he visto que en los círculos nacionalistas cunda el mismo nerviosismo cuando se acerca el citado 9 de octubre, o el 31 de diciembre (conquista de Mallorca), como ocurre en las vísperas del 12-O.

No creo que ningún historiador digno del calificativo acepte simplificar el fenómeno del colonialismo calificándolo de genocidio. Cuestión aparte son determinados hechos puntuales que pueden llegar a calificarse como tal, por características muy específicas. Es el caso de las situaciones de colonización unidas a la introducción de una población ajena, que exige «vaciar» previamente el espacio. Curiosamente, y volviendo al caso americano, los ejemplos más claros de dicho proceder se dieron más claramente después de que se hubiera obtenido la independencia. Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos. Pero hay otros que nos son culturalmente más cercanos. Por ejemplo, Argentina.

La ocupación de las tierras aborígenes del sur, con los consiguientes perjuicios para sus habitantes, comienza no mucho después de la independencia, de la mano de Juan Manuel de Rosas. Culmina con la llamada «campaña del desierto» de Julio A. Roca. En ambos casos el proceso se lleva a cabo en beneficio de las familias criollas, las llamadas «patricias», ya que les permite pasar a poseer enormes latifundios. Me gustaría saber si interpreta de igual manera la cuestión cierto «lobby» argentino establecido en Barcelona con, sospecho, unas más que probables raíces en el peronismo de izquierdas, dado que todo el justicialismo siempre ha sido ardientemente rosista.

Tampoco fue genocidio el idealizado sistema patriarcal de las reducciones jesuíticas, pero sí el exterminio de la etnia tupí-guaraní, especialmente en Brasil, cuando aquellas desaparecieron, cosa que tuvo lugar ya después de la independencia. En prácticamente todas las repúblicas sudamericanas se ha producido el mismo fenómeno: la «leyenda negra» de la colonización (ya de por si suficientemente negra) ha sido una construcción de un sector de la oligarquía criolla, los mismos que en muchos casos llevaron a cabo la política de expansión territorial para el asentamiento de los inmigrantes europeos y que, durante 200 años de independencia, han mantenido segregada a lo que quedaba de la población amerindia.

Se cuenta que Vicente Blasco Ibáñez, en una visita a un país sudamericano, tuvo que aguantar de un criollo una larga retahíla sobre las barbaridades que los conquistadores habían llevado a cabo. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente: «Eso lo debieron hacer sus antepasados, porque los míos se quedaron en España».

La expansión colonial en América, y luego África, fue sin lugar a dudas una vergüenza, como ya he dicho antes, pero probablemente también una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo y el atraso tecnológico de los pueblos nativos, en ambos continentes. Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente

Recordemos además que la idea de genocidio es relativamente nueva. Fue establecido por el jurista Raphael Lemkin, judío polaco emigrado a Estados Unidos, en 1944, con la siguiente definición: » La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento» . La consecuencia es que se aplica el calificativo de forma retroactiva, a situaciones en un pasado más o menos lejano.

Durante el siglo XX ha habido bastantes casos que, desgraciadamente, se pueden calificar sin titubear como genocidio. La más evidente, por supuesto, es el exterminio nazi contra judíos y romaníes, o incluso homosexuales, aunque en este caso el apelativo de «grupo nacional» no sería aplicable, de tal manera que quizá la definición original resulte insuficiente. El otro gran genocidio en la misma centuria es el de los armenios y cristianos asirios, emprendido hace un siglo por los Jóvenes Turcos, eficazmente ayudados por la población kurda, muy idealizada por cierta izquierda. Y también tuvo visos genocidas la acción del ejército japonés en China en la década de 1930. Recuérdese la toma de Nankín.

Hace ya más de 50 años Hanna Arendt teorizó sobre la banalidad del mal. En el tema que se aborda, asistimos a una banalización terminológica muy peligrosa, ya que vacía de contenido los conceptos correspondientes. Cuando a un mero reaccionario se le califica de «fascista», se le está lavando la cara al fascismo, y lo mismo se hace con la Shoa, cuando se califica como genocidio algo que no lo es. Un análisis de los acontecimientos históricos implica documentarse en aras del máximo rigor conceptual, no ir por la vida de fetichista de fechas o hechos. Y en el caso concreto que aquí se trata, supone distinguir explotación, en sus diversos grados de crueldad y brutalidad, del puro fanatismo asesino.

No creo en la casualidad cuando veo que año tras año, cuando se acerca el 12-O, sea en Cataluña donde aparecen los elementos más radicales de ese sesgo demagógico con el que se juzga la colonización americana. Desengañémonos, en diversos ámbitos del nacionalismo catalán, el hecho de que la supuesta «lengua opresora» tenga la importancia que tiene, molesta en grado sumo. Cuando lo normal sería felicitarse de que los hablantes de una lengua minoritaria tengamos acceso, en nuestra condición de bilingües, a todas las ventajas que supone una de los pocos idiomas de carácter mundial. El terreno ha estado abonado por supuesto durante años por la historiografía nacionalista, reflejada convenientemente en el día a día. Sería interesante, por ejemplo, estudiar el fenómeno en la enseñanza, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

En realidad, es pura hipocresía. Cuando oigo determinadas voces que reclaman una escuela con solo catalán e inglés, me pregunto cuántos de nuestros industriales, incluidos los del «Cercle Català de Negocis», la patronal independentista, estarían dispuestos a renunciar a las ventajas que supone hablar castellano, para penetrar en el jugoso mercado latinoamericano. Quizá los que están fuera del juego. Al fin y al cabo, la inmersión no funciona en las escuelas de élite."                   (Rebelión, 08/10/21)

14/5/19

La leyenda negra española que ha difundido Hollywood

"Al llegar a lo alto de la colina, Theodore Roosevelt -Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos y futuro presidente norteamericano- “disparó a los españoles que se retiraban, viendo caer a uno, y aunque no estaba seguro de que lo había matado, se jactó: ‘Yo maté con mi propia mano a un español como a una liebre".

 Atrás quedaba el hecho que 700 españoles habían resistido el ataque norteamericano de unos 15.000 hombres en la colina de San Juan (Cuba) durante 11 horas y que carecían de las temibles ametralladoras Maxim. Roosevelt llegó, además, cuando los Buffalo Soldiers -militares afroamericanos- habían ganado el altozano y no quedaban sino cuerpos ametrallados. 

Sin embargo, en producciones de Hollywood como Rough Riders (1997) o Noche en el museo (2006), Roosevelt es descrito como un héroe que libera a pueblos oprimidos y que se merece una distinción. Estas y otras historias sobre la leyenda negra se relatan en La imagen de la presencia de España en América (1492-1898) en el cine británico y estadounidense, ahora premiada por el Ministerio de Defensa que encabeza Margarita Robles.

El capitán e historiador Esteban Vicente Boisseau relata en su obra cómo la leyenda negra ha sido traspuesta al cine anglo y por motivos geopolíticos, incorpora estereotipos contra España. “Sin duda, la población afroamericana consideraría inadmisible que en los parques Disney hubiese una atracción, ambientada al son de una alegre música, que mostrase africanos capturados por piratas”.


“El mensaje transmitido en Piratas del Caribe es que robar, torturar y matar españoles, vender, comprar y abusar de mujeres hispanas y saquear no solo está justificado, sino que es un acontecimiento alegre, una auténtica diversión”, dice Boisseau.

En la película 1492: la conquista del Paraíso (1992) se muestra una Castilla sombría que no cesa de ejecutar herejes. Dado que la Inquisición española mató a unas 3.000 personas en tres siglos, sería de esperar que, puesto que Enrique VIII asesinó a más de 50.000 católicos, en las películas sobre su reinado se mostrasen continuas ejecuciones. Pero no.

Años después, Felipe II decidió invadir Inglaterra por el continuo ataque de los corsarios, la ejecución de María Estuardo y las persecuciones contra los católicos ingleses. Organizó una gran armada que en 1588, tras un encuentro con la flota inglesa, acabó zozobrando por una tormenta. La profesora María José Rodríguez Salgado desveló, además, que "no se perdió ningún barco español como consecuencia del combate".

En la película británica Elizabeth: la Edad de Oro, se muestra a Walter Raleigh dirigiendo un barco inglés en llamas contra la flota española, provocando la gigantesca explosión de numerosas naos españolas, aunque la realidad es que la armada se hundió varios días después por el temporal.

Las películas de Hollywood potencian la imagen de la colonización anglosajona de Norte América sin reflejar su pasado español. Se muestra el paso de los españoles como un recuerdo que no dejó huella. En Bailando con lobos (1990), el protagonista, un teniente de la Unión, hace amistad con una tribu de sioux en la que un anciano enseña el casco de un conquistador diciendo que los que lo trajeron llegaron en la época del abuelo de su abuelo, y que con el tiempo los echaron, dando la impresión de que no hubiese habido durante dos siglos una presencia continuada española en California, Florida, Nuevo México o Texas.

La gesta de Francisco Pizarro conquistando con menos de 170 hombres el Imperio inca es desvirtuada destacado que fue un traidor por matar a Atahualpa, como en el filme británico La caza real del sol. Por el contrario, los ingleses y angloamericanos no profundizan sobre cómo traicionaron, entre 1787 y 1871, 389 tratados firmados con los indios, practicando métodos de limpieza étnica.

Los filmes no hacen justicia nunca al papel protector de los gobernantes españoles, que introdujeron mejoras en América y pusieron fin a los sacrificios humanos y al canibalismo. Los monarcas Isabel I, Carlos I y Felipe II desarrollaron una red de hospitales y universidades que beneficiaron a todos, fueran españoles o nativos. El Gobierno de los Estados Unidos no reconoció la ciudadanía a todos los indios hasta 1924, cuatro siglos después.

Al poco tiempo de su llegada a Virginia en 1607, los colonos ingleses cometieron crímenes contra los indígenas. Si bien el capitán John Smith destacó por su crueldad, aparece como un personaje amable y bondadoso en Pocahontas (1995). El profesor estadounidense Theodore Jojola, de origen indio, comentó que "el gobernador inglés Ratcliffe es transformado [por Hollywood] en un conquistador español ávido de oro".

Estas imágenes han sido utilizadas con una "finalidad política" para justificar la lucha contra España por la hegemonía en el continente americano. Una vez que empezaron las hostilidades en Cuba, surgieron películas justificando su invasión.

 El poder de la tergiversación, con el filme Rough Riders (1997), ha tenido el peso suficiente para que, más de un siglo después de esa guerra, "le fuese concedida al torpe coronel de voluntarios y luego presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt una Medalla de Honor del Congreso que los propios mandos militares estadounidenses de la época consideraron que no se merecía", explica Vicente Boisseau. Mató por la espalda a un soldado que huía y cuyo destacamento tenía 20 veces menos hombres que el atacante.

Dos amigos, los estadounidenses J. Stuart Blackton y Albert E. Smith, rodaron la que está considera la primera película bélica de la historia en 1897. Se llamaba Tearing Down the Spanish Flag (Rasgando la bandera española) y mostraba el arriado de la insignia nacional mientras se izaba la de EE UU sobre el castillo del Morro del puerto de La Habana.

Obtuvo un gran éxito, así como su secuela de 1899, Raising Old Glory Over Morro Castle (Levantando la vieja gloria sobre el castillo del Morro). La revista The Phonoscope hizo la crítica: “La bandera española baja, y hacia arriba flota la de barras y las estrellas.

Se derrumba el símbolo de la tiranía y la opresión que ha gobernado en el nuevo mundo durante cuatrocientos años, y se alza la bandera de la libertad. En la distancia están las torres y almenas del Morro, la última fortaleza de España en América”.                 (Vicente G. Olaya, El País, 07/05/19)

27/3/19

Y AMLO se mete con Hernán Cortés... mal le debe ir con Trump. ¿Es genocida el trato dado por Europa a los inmigrantes pobres en la 'tumba' del Mediterráneo? No, sólo es una matanza... ¿Es genocida el trato dado por México a los migrantes centroamericanos en camino hacia Estados Unidos? No, es sólo una vergüenza... ¿Es genocida el trato dado a los congoleños de las minas de coltán, el Potosí actual? Si, claramente, pero no vamos a prescindir de los móviles... por tanto, todos contra Cortés

 "(...) El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador,envió recientemente una carta al Rey de España, Felipe VI, en la que le insta a reconocer los atropellos que las autoridades mexicanas consideran que se cometieron durante la conquista y a pedir disculpas por ellos.(...)"     (Javier Lafuente, Lucía Abellán, El País, 26/03/19)

"(...) “Es una tontería que va a seguir, pero de ahí a que el Gobierno de España le vaya a pedir perdón a México es una sandez”, ha opinado Diego Fernández de Cevallos, candidato a la presidencia de México en 1994, en Milenio Televisión. “Es como si nosotros le pidiéramos al presidente de México que le pida a Trump que se disculpe porque nos robaron medio territorio”, ha comparado Fernández. (...)"         (El País, 26/03/19)


  hace 15 horas

  1. Si existía la corona española Stuart.

  2. En respuesta a

    Ni a las altas ni a las bajas. Cuando se disculpen los romanos, se disculpan los españoles. Ah no, tampoco. Tonterias las justas.         (twitter)

"(...) López Obrador incurre en una variedad extraña del historicismo. 

Por un lado, cree en la vieja teoría de Carlyle, para quien “los grandes hombres” son los protagonistas decisivos y casi únicos de la historia. Por otro lado, cree que la historia tiene un libreto ineluctable. Y finalmente cree en la convergencia de ambas teorías en su propia persona, el líder providencial destinado a redimir al pueblo mexicano. (...)

Su proyecto evidente es fundar una nueva historia oficial, que recoja todos los extremos de las anteriores y los potencie con su visión redentora. Por eso ha reclamado al rey de España que se disculpe con los pueblos originarios de México.

Se ha esgrimido el caso de Alemania con el pueblo judío o el de Francia con el argelino para sustanciar la disculpa. La cercanía histórica de esos y otros horrores cometidos por Estados nacionales contemporáneos contra poblaciones actuales da sentido a esos reclamos, pero proyectarlos al plano de la historia universal implicaría una cadena de perdones que nos llevaría, literalmente, hasta las calendas griegas.

Por otra parte, si de disculpas se trata, ¿no había que comenzar por exigirlas al Gobierno de Estados Unidos, no solo por el despojo de la mitad del territorio mexicano, sino por los vejámenes que inflige ahora mismo a millones de mexicanos?

El Gobierno español ha hecho bien en responder con claridad y firmeza al reclamo de López Obrador, pero los españoles deben saber que, sin negar el saldo mortal de la conquista, la mejor forma de calibrar su sentido es compararla con experiencias paralelas.

Como ha demostrado el eminente historiador John H. Elliott en Imperios del mundo atlántico, el saldo moral del Imperio español es sustancialmente superior al inglés. Como todo imperio conquistador (incluido, por cierto, el azteca), ambos cometieron atrocidades, pero al menos los españoles tuvieron figuras de autoridad espiritual que pusieron en tela de juicio los derechos de conquista, defendieron la igualdad cristiana y la libertad natural de los indios, y propiciaron la creación de leyes e instituciones protectoras. En cambio, Inglaterra no tiene un Francisco de Vitoria o un Bartolomé de las Casas en su historia.

Ese legado marca a sus antiguos reinos o colonias. Como consecuencia del exterminio sistemático de la población nativa y la esclavitud que hasta 1865 impusieron a la población de origen africano, Estados Unidos es un país irremediablemente nativista donde gobierna un presidente que propone descaradamente la doctrina nazi del Lebensraum.

En México gobierna un presidente mestizo, nieto de un inmigrante español al que este país, generoso y libre, le abrió los brazos. Ojalá ese presidente, Andrés Manuel López Obrador, que por haber nacido cerca de la selva ama genuinamente los árboles, descubra la importancia de cultivar, entre los individuos como entre las naciones, el árbol de la concordia."    (Enrique Krauze, El País, 03/04/19)


"(...) Con su solicitud de perdón, AMLO cae en tres errores de conocimiento histórico:

1) No es posible explicar la nación mexicana actual sin el mestizaje previo entre españoles (castellanos) y sociedades autóctonas como, por ejemplo, los aztecas (también llamados mexicas). El intento de vinculación del nacionalismo mexicano de forma exclusiva con pueblos originarios o, aún más restrictivo, con los mexicas, significa caer en contradicciones históricas e identitarias. ¿No es el hijo de Malintzin (antigua esclava mexica) y Hernán Cortés, llamado Martín el Mestizo, el primer descendiente de lo que hoy se conoce como mexicano? ¿No es Malintzin un símbolo del mestizaje?

2) La conquista de los territorios, que en otro tiempo conformaron el Virreinato de la Nueva España, fue realizada por españoles con una colaboración (numéricamente superior a estos) de pueblos que estaban sometidos por el Imperio Mexica, tales como Totonacas, Tlaxcaltecas, Texcocanos o Huejotzincas, entre otros. Pronunciarse contra acontecimientos históricos que enfrentaron a españoles y otros pueblos indígenas contra los mexicas significa disociar la identidad del pueblo mexicano para enfrentarlo consigo mismo.

3) Ya existía un documento que daba por zanjados los enfrentamientos entre México y España por su pasado. En el Tratado Definitivo de Paz y Amistad entre la República Mexicana y la Reina Isabel II, de 29 de diciembre de 1836, se dispuso olvidar para siempre los conflictos por los que estuvieron enfrentados durante años estos dos pueblos. (...)

La perversión del pasado y el uso instrumentalizado de la historia demuestra más interés por cuestiones de palacio que respeto por su propia identidad. ¿Deberían pedir perdón los musulmanes a los españoles por la invasión de la península ibérica? ¿Debería pedir perdón Italia por los acontecimientos sucedidos en tiempos del Imperio Romano? ¿Deberían pedir perdón los mexicanos a las mujeres actuales por regalar (los mexicas) a sus mujeres como botín de guerra? (...)

Como investigador de procesos de justicia transicional, me veo en la necesidad de establecer unos límites, aquellos que marcan el sentido común y la perspectiva de la ciencia histórica, para que en el presente no sean automáticamente descalificadas las demandas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición para víctimas de violaciones de derechos humanos.

Estas víctimas sí están inmersas en contextos que permiten analizar y explicar conflictos contemporáneos, y que competen directamente a nuestras sociedades.

Actuar para que puedan ser resarcidas de la manera más íntegra posible debería ser la prioridad en las agendas políticas. Sin embargo, la historia vuelve a ser instrumentalizada exacerbando sentimientos de nacionalismo interesado (en este caso nacionalismo indigenista) con el objetivo de construir un relato que se acomode a la agenda del mandatario."         

(HÉCTOR CENTENO MARTÍN, Investigador en el programa de doctorado “Estado de Derecho y Gobernanza Global” de la Universidad de Salamanca. Estudios de Política Exterior, 28/03/19)


"(...) "López Obrador se educó cuando los libros de texto de la escuela decían que todos los mexicanos descendemos de los mexicas; que la conquista de una ciudad fue la conquista de todo México", explica el historiador Alfredo Ávila, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

 "Son ideas difíciles de quitar".

"Me parece muy lógico y coherente viniendo de López Obrador", opina el académico Martín Ríos, experto en historia colonial. "Al final refleja lo que él aprendió en la educación pública. Pero es una distorsión de los procesos", dice. 

"La forma en que lo expresó el presidente es reflejo de una educación muy tradicional, empujada por el Estado después de la revolución, que tiene un marcado peso indigenista. Es una deformación de la realidad histórica, una manipulación y un uso político de la historia". (...)

La cercana efeméride de la conquista ha despertado una controversia dormida en México. Hace un par de semanas, la senadora Jesusa Rodríguez, del partido gobernante Morena, instaba a sus seguidores a no comer tacos de cerdo. Hacerlo, decía, suponía celebrar la caída de Tenochtitlán, la gran capital azteca. Al fin y al cabo, el cerdo llegó a México con los españoles. 

Un día después, el historiador Alfredo Ávila recordaba en Twitter que "con la conquista llegó la religión católica, impuesta a sangre y fuego por fanáticos y asesinos. Es verdad", añadía, "pero la mayoría de esos fanáticos asesinos eran indígenas".

Ávila se refiere a la alianza de Cortés y sus hombres, unos pocos cientos, con los pueblos tlaxcalteca, otomí o xochimilca, sometidos por los mexicas. "También deberían pedirles a ellos que pidan perdón, porque también cometieron muchos excesos", dice.

Martín Ríos zanja: "El proceso de conquista fue guiado por Cortés, pero los verdaderos actores fueron los grupos indígenas aliados de Cortés. Esos grupos incluso reivindican su papel en la conquista para obtener privilegios por parte de la Corona". (...)

Carmen Sanz Ayán, integrante de la Academia, premio Nacional y catedrática de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid (...)   Sobre la "reconciliación plena" de la que habla López Obrador, le sorprende que "él decida que España y México están peleados".        ( , , El País, 26/03/19)  


"¿El Rey? Que le pidan perdón en Washington, presidente.

(...) La cuestión es sencilla: el presidente de México, como advertía Krauze, politiza la historia y lo hace en beneficio de su fortalecimiento como presidente de ese gran país cuyos graves problemas nada tienen que ver con España sino con su vecino del norte, con los Estados Unidos de Donald Trump

 Uno de sus grandes proyectos consiste en levantar un muro en la frontera entre ambos Estados para evitar la inmigración ilegal. El presidente norteamericano ha insultado y vejado especialmente a los mexicanos que huyen de la pobreza y la inseguridad de su país. No se ha oído que López Obrador haya reclamado fulminantemente un relato de los agravios de la Casa Blanca contra sus compatriotas. (...)

La ocurrencia del ‘perdón’ que reclama del Rey de España es un recurso dialéctico mucho más de política interna que una reivindicación social vigente, aunque pueda ser recurrente en el debate social y académico. Él no es precisamente de estirpe indígena u originaria. Es ‘blanquito’ con ancestros españoles. Y un hombre con grandes conocimientos históricos, habilidad discursiva y un experto en el manejo de los resortes del poder. 

El Gobierno —el Estado español— no se debe sentir concernido por la salida de tono de López Obrador, al que hay que remitir a la contemporaneidad de sus problemas, que tienen un nombre y un apellido: Donald Trump. (...) El memorial de agravios, a Washington."            (José Antonio Zarzalejos, El Confidencial, 28/03/19)


" No consigo salir de mi asombro. ¿Le parece de verdad a López Obrador que todos los españoles, sin distinción de clase, de los siglos XVI en adelante se beneficiaron de la conquista?

 ¿Acaso cree López Obrador que el oro y otros recursos que los conquistadores se llevaban a España era repartido con arreglo al ideario socialista entre la gente de España? ¿Sabe López Obrador que, de ser verdad que todos los españoles se beneficiaron de la conquista por siglos, difícilmente él mismo existiría porque su abuelo cántabro no hubiese tenido que irse a México a intentar ganarse la vida?

¿Tiene conocimiento López Obrador de que la inmensa mayoría dela gente que habitaba lo que a día de hoy conocemos como España en los siglos de la conquista y la colonia vivía bajo el yugo, político y económico, de una monarquía absoluta, al igual que les ocurrió, por mucho tiempo y exactamente bajo el mismo signo, a los que terminaron sometidos en América Latina tras la conquista? ¿Cómo es posible que un llamado presidente de izquierdas ni siquiera considere la posibilidad de que la categoría de clase social tenga igual o mayor poder explicativo que la categoría de nación?

No, no todos los españoles, ni siquiera una mayoría de ellos, se benefició de la conquista. Mi abuela española era analfabeta, vivía en la miseria más absoluta y nunca jamás salió de España. Es muy probable que su abuela, y la abuela de su abuela, padecieran vidas iguales o peores. Y como ellas, hay millones de personas a lo largo de la historia de España que pasaron por este mundo sin ni siquiera oler los beneficios derivados de la conquista o de la colonización.

 ¿Por qué debería el jefe de Estado de España a día de hoy, o cualquier otro representante político español, pedir disculpas en nombre de gente como mi abuela o la abuela de su abuela? ¿De qué serían responsables ellas en relación con México?

El presidente López Obrador se apoya en la sinécdoque y en una táctica clásica de la derecha reaccionaria que consiste en apelar a las identidades nacionales invocando los mitos – casi siempre agravios – mediante los cuales se construye la nación y, así, ahogar un hecho que debería llamar la atención de cualquier persona de izquierdas, a saber, que los pobres de México y los pobres de España en realidad estuvieron y siempre estarán en el mismo bando. (...)"             (Pau Luque sánchez, El País, 27/03/19)

" El vasto imperio español en América tuvo su origen en la época de los grandes descubrimientos geográficos de finales del siglo XV y llegó a extenderse desde la Alta California, por el norte, hasta el cabo de Hornos, en el sur. 
Comenzó a fraguarse con el primer viaje financiado por la Corona de Castilla con Cristóbal Colón al frente de tres carabelas y menos de 100 hombres, que arribaron el 12 de octubre de 1492 a tierra firme desconocida en la isla de San Salvador (actual Bahamas). Fue obra de conquista y ocupación, primero, devenida muy pronto en labor de colonización y aculturación (religiosa e idiomática).
 Se repetía así un proceso histórico similar al de otras expansiones imperiales en el viejo mundo (desde la formación del mundo helenístico hasta la constitución del Imperio Romano) y muy pronto seguido por otras potencias europeas en América y el resto del planeta (Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda). (...)

En ese complejo proceso de implantación española en el continente americano, “uno de los encuentros más misteriosos de la historia humana” (Enrique Krauze), sin duda, tuvo un papel determinante la expansión militar, con sus gestas y atrocidades verídicas o exageradas. Es una faceta siempre subrayada por las visiones catastrofistas y la leyenda negra antiespañola de origen protestante, como si las restantes experiencias imperiales hubieran sido diferentes por pacíficas (idea falsa por completo).

Pero también es cierto que esa conquista tuvo un éxito fulgurante porque se inscribió en “una guerra de indios contra indios” (Bernat Hernández). Y en ella los españoles (como luego los portugueses, franceses, ingleses…) aprovecharon las fisuras internas de los pueblos indígenas enfrentados, articularon alianzas con sus facciones y consiguieron así someter imperios mediante una combinación de fuerza, diplomacia, astucia y golpes de fortuna.

Solo así se entiende que en 1521 el poderoso imperio azteca de México y su propia capital (Tenochtitlán, con más de 200.000 habitantes) estuvieran ya bajo el poder de Hernán Cortés y sus 500 soldados y 100 marineros (más unos 30 caballos y 10 cañones), que habían partido desde Cuba en 1519 (y tras haber sumado contingentes indígenas opuestos al brutal dominio azteca, como el millar de guerreros totonacas o los 3.000 guerreros tlaxcaltecas).
Y lo mismo sucede con el imperio inca en la cordillera andina, que contaba con 14 millones de súbditos, pero estaba al borde de la guerra civil y afrontaba la hostilidad de grupos étnicos sometidos (como los cañaris, los limas o los charcas). (...)

El resultado asombroso de esas operaciones fue la rápida expansión española por el continente con un número muy reducido de hombres que contaban con evidente superioridad tecnológica militar. Pero que también contaron con la ayuda de la sorpresa ante su audacia, del temor ante las epidemias generadas por los recién llegados y de las alianzas de los conquistadores con los grupos étnicos sometidos cruelmente a los imperios precolombinos.

La fase conquistadora en pocos decenios había dado paso a oportunidades históricas de creación de nuevas sociedades y culturas, sobre la base del mestizaje de blancos, indios, negros y mestizos, jerarquizados pero también entrecruzados. De hecho, desde mediados del siglo XVI, la marginación del caudillo de guerra por el mundo criollo, la Corona y la Iglesia preocupada por los “justos títulos de conquista”, se constató en el surgimiento del arquetipo de la anticonquista, como modelo sobre el que construir el futuro híbrido de un Nuevo Mundo.

No en vano, como han puesto de relieve los últimos estudios, la labor de conquista, evangelización e hispanización fue obra en su mayoría de personas cultivadas que llevaron a América las formas de vida de la Europa renacentista.

En ese proceso de conformación de la nueva América hispánica, las orillas del Atlántico se convirtieron en límites especulares de un espacio de conectividades, un laboratorio de experimentación sociocultural, una vía de circulación de personas y bienes, pero también de ideas y lenguas. Al compás de esos fenómenos, el Mediterráneo cedió el testigo al Atlántico como eje geográfico de la reordenación del mundo conocido.

A la par, Europa pasaba a compartir culturas y primacías con las Américas mediante la conformación del mundo occidental de la Edad Moderna: el Occidente heredero y legatario del viejo mundo grecolatino y de su derivación cristiana medieval.

No parece posible concebir América, en su pluralidad, sin esa identidad occidental y es quimera anacrónica pensar en deshacer su historia bajo la ilusión de impartir justicia retrospectiva y selectiva 500 años más tarde."                     (Enrique Moradiellos, historiador, El País, 27/03/19)

16/1/18

Lo latino... la identidad plural... conectada con la tolerancia, la diversidad, el respeto y los valores humanos

" (...) la clave hispana radica en la traslación de lo cuantitativo a lo cualitativo: del paso de unos números abrumadores a un reconocimiento de la calidad de “lo latino”, como sinónimo no solo de creatividad y alegría (cosas, conviene no olvidar, muy importantes de por sí) sino también como concepto asociado a la profesionalidad y la innovación.

 Y, quizá más relevante, como una cultura —o habría que decir, multiplicidad de culturas— intrínsecamente conectadas con la tolerancia, la diversidad, el respeto y los valores humanos. Ello no son virtudes menores, en un mundo aún alterado e indeciso, donde las autocracias y el populismo pretenden aprovecharse de la fragilidad de la democracia, por definición abierta, para imponer sus fórmulas excluyentes. 

Y por eso “lo hispano” contiene un potencial de reputación en auge, vinculado a esa apertura cívica e inclusiva, aunque aún deba demostrar en su entorno las ventajas competitivas que implica gozar de una identidad plural. 

Para ello los hispanos sin duda encontrarán aliados en su propia nación —fundada originariamente sobre el ideal democrático—, pero también los encontrarán y nos corresponde manifestarlo, en todos los pueblos y culturas iberoamericanos, empezando por España."         (Jesús Andreu, El País, 11/01/18)