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14/10/22

Lo que se conocía en el lenguaje popular de los sovietólogos bajo el inconsistente término de “nomenclatura”... pasó a ser una 'estadocracia'... que hoy se define como “capitalismo político”

 " (...) Con el fin de la URSS concluyó el poder de aquella “especie de clase” que el principal analista soviético en la materia, Marat Cheskov, un expreso de los campos de Mordovia que llegó a investigador del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú (IMEMO), bautizó como estadocracia y que en el lenguaje popular de los sovietólogos se conocía bajo el inconsistente término de “nomenclatura”. 

La estadocracia unificaba y concentraba las cinco funciones esenciales: el poder político, la propiedad, la ideología, la dirección y la organización. Elementos de la estadocracia existieron en otras sociedades; en el Brasil de los años treinta y setenta del siglo XX, en varios países en desarrollo, en la Francia del general De Gaulle, en la Italia de la Democracia Cristiana y hasta en la España franquista. Pero fue la URSS la que creó su versión “total” y la elevó hasta su expresión más absurda. Ese absolutismo era el que privaba de oxígeno a la sociedad soviética y arrojaba un ambiente tan asfixiante en el difunto superestado soviético. La estadocracia realizó la modernización soviética sin crear no ya una sociedad civil, sino una sociedad. Por eso fue incapaz de transformarse  (...)

La estadocracia fue adecuada para aquella modernización que resultaba de la industrialización y para el crecimiento extensivo, pero se demostró completamente inútil para la modernización postindustrial en las condiciones de lo que en la URSS se llamaba “revolución científico-técnica” con un desarrollo intensivo. En agosto de 1991 esa estadocracia dejó de existir. 

Concluí en 2002, en mi modesta crónica del desmoronamiento soviético (La Gran Transición, Rusia 1985-2002), preguntándome qué le sucedería a aquella estadocracia y apuntando el enorme problema que significaba para el futuro de Rusia la ausencia de un modelo socioeconómico de desarrollo y un marco institucional mínimamente sostenible y viable. (...)

Hoy el Gobierno de Putin ha ordenado algo aquella situación. Comenzó con el sector energético y continuó en otros ámbitos. 

 Analistas de la izquierda rusa, como Aleksandr Buzgalin y Andrei Kolganov de la Universidad Lomonosov de Moscú, definen el actual sistema ruso como un capitalismo burocrático basado en el acuerdo entre la burocracia y el capital privado. En ese sistema, el Estado permite al capital ganar dinero como sea y, a cambio, el capital no debe meterse en política. La propia burocracia participa activamente en la depredación. La rapiña de los enormes recursos de Rusia es monopolio de la elite capitalista rusa. De puertas para fuera su sistema no permite que los intereses de la depredación extranjera se instalen en su coto, más allá de determinado nivel que ponga en peligro su propia depredación. El sueño occidental es convertir a la élite capitalista rusa en mera intermediaria, como se apuntaba en la época de Yeltsin, y eliminar las barreras que obstaculizan el libre acceso a lo que hoy se parece mucho a un coto privado. 

Ishchenko utiliza el concepto del sociólogo húngaro Iván Szelényi “capitalismo político” para describir el tipo de sistema que hoy tenemos en gran parte del espacio postsovietico (Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Kazajstán…). “El capitalismo político florece allí donde históricamente el Estado jugó un papel dominante en la economía y acumuló un inmenso capital, que ahora está abierto a la explotación privada”. El sujeto de ese sistema, continúa Ishchenko, “es un grupo social cuya ventaja competitiva no se deriva de la innovación tecnológica o de una fuerza de trabajo particularmente barata, sino de beneficios selectivos del Estado”. En Occidente puede sonar muy abstracto, pero esto es algo que los rusos y los ucranianos de a pie entienden perfectamente porque lo viven cada día. Los “capitalistas políticos” necesitan un control mucho más firme sobre la política que la burocracia estatal normal de cualquier sistema capitalista occidental. Por supuesto, más allá de cierto límite no quieren competidores en su coto.  (...)"                         (Rafael Poch  , CTXT, 11/10/2022)

28/6/22

"Europa está en peligro": la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge... Un autoritarismo de la escasez que conecta con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población... Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea... lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase... Al imaginario de invasiones bárbaras de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso... La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa... Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín... emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas

 "(...) Borrell había presentado el Plan Estratégico para la Defensa Europa, afirmando que "Europa está en peligro". Hasta ahora ese peligro parecía provenir fundamentalmente de los flujos migratorios que han sido abordados desde la securitización de las fronteras de la Europa Fortaleza.

Una dinámica que, como define Tomasz Konicz, es consustancial al imperialismo de crisis del siglo XXI, que ya no solo es un fenómeno de saqueo de recursos, sino que también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la humanidad superflua que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten constituye un momento central de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge (Konicz, 2017: 187-188). Una buena muestra de ello es el endurecimiento de las leyes migratorias de la UE en las últimas décadas.

 Un autoritarismo de la escasez que conecta perfectamente con la subjetividad del no hay suficiente para todos que décadas de shock neoliberal han construido entre grandes capas de la población. Este sentimiento de escasez está en el tuétano de la xenofobia del chovinismo del bienestar que conecta perfectamente con el auge del autoritarismo neoliberal del sálvese quien pueda en la guerra de los últimos contra los penúltimos.

 Ante la falta de amenazas militares tradicionales que justificasen mayores gastos en defensa, la securitización de las fronteras 2/ exteriores de la UE se había convertido durante todos estos años en una mina de oro para la industria de defensa europea. Se trata de las mismas compañías de defensa y seguridad que se lucran vendiendo armas a la región de Oriente Medio y África, alimentando los conflictos que son la causa de la que huyen muchas de las personas que llegan a Europa buscando refugio. Las mismas empresas que luego proporcionan el equipamiento a los guardias fronterizos, la tecnología de vigilancia para monitorizar las fronteras y la infraestructura tecnológica para realizar el seguimiento de los movimientos de población. Todo un “negocio de la xenofobia” en palabras de la investigadora francesa Claire Rodier. Un negocio que, dada su opacidad y márgenes difusos, cuenta con cada vez más partidas presupuestarias en la UE disfrazadas de ayuda al desarrollo o de “promoción de buena vecindad”. De hecho, podríamos decir que lo más parecido a un ejército europeo que hasta ahora ha tenido la UE ha sido Frontex, la agencia que se encarga de administrar el sistema europeo de vigilancia de las fronteras exteriores como si de un frente militar se tratase.

 

La propia Frontex señaló el año pasado a Bielorrusia por permitir los cruces ilegales de frontera a Polonia y Lituania, acusándola de utilizar los flujos migratorios como “arma política” con la intención de desestabilizar a la UE. Una estrategia que analistas del Centro de Excelencia de Amenazas Híbridas de la UE y la OTAN no dudaron en titular como parte de las llamadas guerras híbridas. Incluso se ha llegado a dar un importante debate en el seno de la Alianza Atlántica sobre si este tipo de actos híbridos pueden invocar el artículo 5 de la OTAN, que estipula la defensa mutua. No sabemos cómo ni hasta qué punto terminó ese debate en el marco de la OTAN, lo que sí ha sucedido es que la Alianza Atlántica mandó diversos batallones disuasorios a cada país báltico (Estonia, Letonia, Lituania) además de a Polonia, mientras los países de la UE comenzaron la construcción de nuevas vallas fronterizas de concertinas en los cientos de kilómetros de la frontera comunitaria con Bielorrusia.

Al imaginario de invasiones bárbaras 3/ de la Europa Fortaleza y su deriva autoritaria, ahora hay que sumarle el peligro del nuevo imperialismo ruso. La coartada perfecta sobre la que construir el nuevo proyecto neo-militarista europeo que refuerce aún más el neoliberalismo autoritario europeo. Nada cohesiona y legitima más que un buen enemigo externo. “Europa está hoy más unida que nunca” es el nuevo mantra en los pasillos de Bruselas. Un mantra que se repite para alejar los fantasmas de crisis recientes y proyectar hacia el exterior que Europa vuelve a tener un proyecto político común.

Una Europa en crisis en busca de un proyecto común

Desde las sendas derrotas en referéndum del proyecto de Constitución Europea en Francia y Países Bajos, la UE perdió el horizonte de un proyecto de unidad política. El sueño federalista de un Estado europeo parecía desvanecerse. El rechazo popular al modelo de integración europea no solo fue desoído desde las instituciones y élites europeas, sino que, por el contrario, se aceleró el paso de las reformas estructurales con la máxima de mejor decretar que preguntar. En ausencia de una constitución política, se ahondó en el constitucionalismo de mercado en el conjunto de las normas comunitarias, destacando el Tratado de Lisboa que, aunque no tiene formalmente el carácter de una Constitución, se erigió como un acuerdo entre Estados con rango constitucional. Una especie de Constitución económica neoliberal que consagra las famosas reglas de oro: estabilidad monetaria, equilibrio presupuestario, competencia libre y no falseada.

Así, como sostiene Pierre Dardot:

“En ausencia de un Estado europeo, existe una expresión concentrada del constitucionalismo de mercado en el conjunto de las llamadas normas comunitarias que prevalecen sobre el derecho estatal nacional. La ecuación que se impone es la misma que la que formuló Hayek en su tiempo: primacía del derecho privado, garantizada por un poder fuerte. Esta primacía está consagrada en los tratados europeos; el poder fuerte encargado de velar por el respeto de esta primacía lo encarnan diversos órganos que se complementan, como el Tribunal de Justicia, el Banco Central Europeo (BCE), los Consejos interestatales (de jefes de Estado y de ministros) y la Comisión 4/.”

Órganos a los que tendríamos que sumar el Eurogrupo, que en la crisis de la deuda griega jugó un papel fundamental. Mecanismos de decisión institucionales no sometidos a ningún control democrático a escala supranacional, en donde el Parlamento Europeo no deja de ser un mero maquillaje.

Con todo, la ausencia de un proyecto político europeo más allá del rebuscado máximo beneficio de los mercados, de la constitucionalización del neoliberalismo y de la consagración de un modelo de autoridad burocrática protegida de la voluntad popular, ha ido erosionando poco a poco el apoyo social a la UE. Un proceso acelerado a raíz del encadenamiento de crisis en el seno de la UE que han afectado a su legitimidad e incluso a su propia integridad. Fundamental en este sentido ha sido la radicalización neoliberal del austeritarismo como respuesta a la crisis de 2008 y, sobre todo, sus consecuencias: un brutal aumento de la desigualdad, la aceleración en la destrucción de los restos del Estado del Bienestar y la expulsión de millones de personas trabajadoras de los estándares preestablecidos de ciudadanía. Y, sin embargo, hasta la fecha ha sido el Brexit la crisis que ha golpeado más traumáticamente a la eurocracia bruselense. Por primera vez, la UE no solo no ampliaba el club sino que perdía a uno de sus miembros. Y no a uno cualquiera. Así, la salida del Reino Unido hay que leerla no como una crisis más, sino como el síntoma mórbido de la profunda crisis que sufre la mutación neoliberal del proceso de integración europea. Una ruptura con la UE, hegemonizada desde la derecha, en clave de repliegue nacional y de un mayor acercamiento si cabe a EE UU.

Europa rompe su tabú militar

La dura, larga y no exenta de problemas negociación para aplicar el artículo 50 del Tratado de Lisboa por el que se ejecutaba la separación británica de la UE aumentó la melancolía de unas instituciones europeas que parecían asistir impasibles a su lento desmoronamiento. Pero, a la vez, la salida del Reino Unido del club europeo abría una posibilidad hasta entonces bloqueada por los británicos: la integración militar. En su discurso sobre el estado de la Unión de 2016 5/, con el referéndum del Brexit aún caliente, el ex presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, rompió el tradicional tabú europeo en cuestiones militares para hablar de un fondo de defensa común, un "cuartel general europeo" y una "fuerza militar común" para "complementar a la OTAN". De esta forma se abría paso en los pasillos de Bruselas una vieja aspiración de gran parte de las élites, defendida ardientemente por una Francia necesitada de un ejército europeo que vele por sus intereses neocoloniales en África.

 (...) ya en 2017 esa ya era la gran (y por lo visto única) apuesta estratégica de las élites europeas: la militarización de la UE. Un proyecto ni mucho menos nuevo que se asentaba sobre la lógica de: si ya no podemos ofrecer bienestar y democracia, al menos sí seguridad ante las amenazas que surgen y crecen por todo el mundo. Y, para ello, se empieza a desarrollar la “cooperación reforzada” entre los Estados Miembros que así lo deseen, con el objetivo de crear un Fondo Europeo de Defensa, una industria común militar y armamentística y una mayor coordinación policial y militar para, quién sabe si más temprano o más tarde, ver por fin nacer el tantas veces anunciado ejército europeo. (...)

Un informe reciente del diario francés Le Monde mostró un ejemplo instructivo del efecto de la guerra de Ucrania en la opinión pública y en la financiación de la industria armamentística: citando a Armin Papperger, jefe de Rheinmetall, uno de los principales fabricantes de armas de Alemania que en enero se quejó de la renuncia de los fondos de inversión a colaborar con su empresa, el periódico señalaba cómo el cambio radical de atmósfera ha permitido que el Commerzbank, uno de los principales bancos alemanes, anunciara su decisión de dedicar una parte de sus inversiones a la industria de armamento. Algo impensable hace tan solo unos meses por el impacto que podría tener en la opinión pública. Algo, sin embargo, perfectamente pasable ahora mismo en el contexto de la guerra en Ucrania.

En Francia, donde la presión ciudadana originó una tendencia creciente a la desinversión de la industria de armamento por motivos de responsabilidad ética (especialmente a la luz de la repugnante contribución de las armas occidentales a la destrucción de Yemen por parte del ejército de Arabia Saudí), Guillaume Muesser, director de asuntos de defensa y económicos de la Asociación de la Industria Aeroespacial, explicó a Le Monde que “la invasión de Ucrania ha cambiado el tablero de juego. Demuestra que la guerra sigue en el orden del día, ante nuestras puertas, y que la industria de defensa es muy útil” 7/

La militarización de la UE como proyecto de integración

Aunque la propuesta de rescatar el proyecto de integración de la UE en torno a la re-militarización de Europa es un proceso que lleva años en marcha, nadie puede negar que la invasión de Ucrania lo ha acelerado dramáticamente y le ha dado un soporte de legitimidad popular nunca soñado meses antes. Un buen ejemplo de ello es el reciente referéndum en Dinamarca por el que el país escandinavo abandona después de 30 años la cláusula de exclusión voluntaria de las políticas de defensa de la Unión Europea. Esto implica, entre otras cosas, que Dinamarca se convertirá en miembro de pleno derecho de la Política Común de Seguridad y Defensa; que los soldados daneses podrán ser enviados a operaciones militares de la UE si así lo ratifica la mayoría del Parlamento de Dinamarca; y que el Gobierno danés podrá incrementar en 7.000 millones de coronas (unos 940 millones de euros) el gasto en defensa en los dos próximos años. (...)

Por cierto, el aumento del gasto militar hasta el 2% del PIB no es una cifra baladí: ha sido una demanda del gobierno estadounidense a todos sus aliados de la OTAN desde la cumbre de Gales en 2014 y, especialmente, tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, quien hizo la suya hasta el punto de amenazar a sus socios europeos con reducir sus aportes a la Alianza Atlántica si no aumentaban sus presupuestos militares hacia ese horizonte. El cambio europeo más drástico ha sido el del Gobierno alemán, que gastará 100.000 millones de euros más en defensa y aumentará el presupuesto por encima del 2% del PIB a partir de 2024. Con ello, Alemania sobrepasará a Reino Unido, que el año pasado fue el segundo país de la OTAN y el tercero del mundo en gasto militar. Un aumento que supone casi el doble del presupuesto de defensa ruso, que en 2020 fue de 55.494,3 millones de euros. (...)

La guerra como doctrina del shock

La invasión de Ucrania se está convirtiendo en un trauma que promete reconfigurar el futuro de Europa. Un cambio de paradigma en la defensa y en su relación con Rusia, su vecino nuclear. Un shock político similar al que sufrió EE UU tras el ataque yihadista del 11-S o la propia Europa tras la caída del muro de Berlín. Un auténtico acontecimiento entendido como una quiebra disruptiva en donde emerge una nueva Europa, que por desgracia tiene mucho que ver con la consecución de los viejos anhelos de las élites europeas. (...)

Pues si la gestión de la pandemia fue la excusa, la guerra de Ucrania se está convirtiendo en una coartada perfecta para aplicar una auténtica doctrina del shock. Porque la UE no solo se está remilitarizando para poder hablar el “lenguaje duro del poder” en un desorden global en donde las disputas por los recursos escasos son cada vez más agudas. También se está acelerando la agresiva agenda comercial europea con el pretexto de la guerra. Porque todo vale cuando estamos en guerra. Un buen ejemplo de ello es lo rápido y fácil con que el maquillaje verde de la UE ha saltado por los aires al decretar la Comisión Europea que el gas y la nuclear pasaban a ser consideradas energías verdes con el pretexto de romper con la dependencia energética rusa.

Estrategias como la recientemente aprobada de la “granja a la mesa”, uno de los pilares del Pacto Verde Europeo, que prometía triplicar la superficie dedicada a la agricultura ecológica, reducir a la mitad los pesticidas y recortar los fertilizantes químicos en la UE en un 20% para 2030, se ha desvanecido en cuestión de semanas. Porque en guerra todo vale (...)

Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico, económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano. Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/

La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC) (...)"                         (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

24/5/22

Dicen los intelectuales orgánicos del Kremlin que la invasión de Ucrania es un intento preventivo ruso de cambiar un orden que considera injusto y adverso y que habría acabado en una gran guerra contra Rusia... La intensa modernización de las fuerzas armadas ucranianas por la OTAN con una millonaria financiación y formación de decenas de miles de militares por instructores occidentales, inmediatamente después del cambio de régimen de 2014, así como la nueva doctrina militar ucraniana encaminada a reconquistar militarmente Crimea y el Donbas, convertía una guerra de Ucrania contra Rusia en “mera cuestión de tiempo”, repite Putin... La invasión de Ucrania es, por tanto una guerra preventiva, dice... el nuevo “telón de acero” está servido... Para Rusia la ruptura con Occidente supondrá enormes pruebas y dilemas. El discurso del nuevo conservadurismo ruso pretende nada menos que poner fin a una orientación de tres siglos... El consenso interno ante las “amenazas existenciales” deberá ser alimentado con una economía de guerra más social para la que el neoliberalismo, simplemente, ya no sirve... Solo el tiempo dirá si este giro neocon de la elite rusa lentamente larvado y hoy instalado en el Kremlin, es socialmente sostenible y tiene futuro

 "La ideología neocon rusa afirma que se ha puesto fin a la orientación europeísta-occidental del país, llevada a cabo por el zar Pedro el Grande hace trescientos años. ¿Es seria esa ideología, o es una quimera?

La desastrosa guerra de Ucrania ha puesto en evidencia una nueva Rusia. ¿Cómo pudo llegarse a una aventura tan extrema e insensata? ¿Qué ideología y proyecto nacional la han hecho posible? La ortodoxia mediática responde una y otra vez a esas preguntas, repitiendo “Putin, Putin, Putin…”. La demonización del Presidente ruso pretende explicarlo todo con un pueril y maniqueo guion de Hollywood, pero ¿Qué hay detrás de ese recurso?

¿Cómo se gestó la nueva mentalidad neoconservadora de la élite rusa?, ¿Tiene futuro esta reacción a la “globalización cosmopolita” y a la “decadencia liberal”, reacción que se advierte por doquier, también fuera de Rusia? ¿Y cómo empalma ese particular giro ruso con el traslado de la potencia global desde el espacio euroatlántico al indo-pacífico en el que estamos insertos? ¿Cómo afecta, en definitiva, a la correlación de fuerzas global?

Uno de los que se ha planteado algunas de estas preguntas es Glenn Diesen, un poco conocido profesor de una universidad de provincias de Noruega, autor de Russian Conservatism (2021). Su perfil en wikipedia lo presenta poco menos que como un diabólico ideólogo al servicio del Kremlin, sin embargo la simple realidad es que este autor es de los que mejor han explicado la génesis y los presupuestos de la mentalidad dominante en el Kremlin.

Diesen no explica la “Rusia de Putin”, ni mucho menos el sentir y el pulso de la sociedad rusa, sino la mentalidad y convicciones del grupo dirigente ruso y sus intelectuales orgánicos. Si esa ideología es quimera o no, si tiene raíces y futuro en la sociedad rusa, o si por el contrario es la construcción intelectual de los acomplejados dirigentes de una gran potencia venida a menos y en búsqueda de consolidación para su régimen autocrático en crisis, es algo que solo el tiempo dirá. Pero para entender la situación presente hay que interesarse por ello, sea cual sea su verdadera sustancia.

Nueva síntesis

El nuevo conservadurismo ruso ha sido formulado como alternativa, tanto al pasado soviético como al liberalismo de los 90. Al mismo tiempo se quieren incorporar a la nueva narrativa nacional conservadora aspectos de ambos periodos para afirmar una “continuidad histórica” superadora de las rupturas “revolucionarias” características de la historia rusa y consideradas responsables de tantos desastres, estancamientos y debilidades. Superar ese defecto y afirmar una dinámica de modernización y cambio armónico, orgánico, gradual, continuado y asumible por toda la sociedad, era una idea que Putin defendía ya en los primeros años de su mandato, cuando aún era un liberal-conservador occidentalista partidario de la reintegración de Rusia en la “civilización”, como se decía entonces.

 La idea, común a todos los llamados “demócratas” rusos -en realidad partidarios del mercado autoritarios de mentalidad estalinoide- era que el periodo soviético había excluido a la URSS de la civilización a la que había que regresar. En su voluntad estabilizadora, Putin introducía una importante enmienda al propósito de los autoritarios de mercado rusos: lo nuevo debe construirse sobre el pasado y sin romper con el, decía.

 En ese afán continuista, el régimen ruso practica hoy una síntesis conservadora de todo lo que es útil en la historia nacional para la consolidación social y el desarrollo: símbolos soviéticos, canonización de Nicolás II y reivindicación de los zares más gloriosos, himno soviético, Stalin y las epopeyas de su periodo, condenando al mismo tiempo sus crímenes.

Contra lo que suele afirmarse a la ligera, el régimen no reivindica el estalinismo, ni mucho menos tiene en él un modelo, sino que practica un equilibrio. En marzo de 2010 Putin participó junto al primer ministro polaco Donald Dusk en la conmemoración de las masacres de Katyn buscando una reconciliación con Polonia y calificó de “inmoral” el pacto Molotov-Ribbentrop, mientras la Iglesia ortodoxa estigmatizaba a Stalin como “monstruo”. La idea ahora es que no se puede erradicar ni arrojar a la basura el siglo XX de la memoria e identidad nacional, porque hacerlo sería malograr el desarrollo orgánico al adoptar y caer de nuevo en una “ruptura revolucionaria”.

Todo esto choca mucho, especialmente a observadores que no han conocido las experiencias de los años noventa en Rusia y que carecen por tanto de perspectiva para entender la lógica de esta evolución.

El idóneo continuador

En 1999 el dominical de The New York Times retrataba así a Vladimir Putin, recién nombrado sucesor de Yeltsin. Putin será, decía, “una versión humanitaria de Pedro el Grande, el gobernante que abrirá el país a la influencia del mundo, una Rusia más dulce y más dinámica que nunca”.

Dos décadas después, el régimen ruso afirma estar poniendo fin al viraje occidental llevado a cabo por el zar Pedro el Grande hace trescientos años y los mismos plumíferos del gran diario neoyorkino describen rutinariamente a Putin como “fascista” y “dictador”, “criminal de guerra” y “genocida”, y hasta el propio Presidente de Estados Unidos se refiere a él como “asesino” que debe ser desplazado del poder. Obviamente, la invasión de Ucrania ha jugado su papel, pero el giro hacia una calificación rotundamente negativa y la demonización del personaje venía de mucho más atrás. Merece la pena repasar la lógica de esa evolución.

En aquel 1999 y en cuestión de pocos meses, el senil y errático Yeltsin había seleccionado a su sucesor, asesorado por su hija Tatiana, entre un elenco de una docena de aspirantes. El viejo presidente contemplaba su legado. Yeltsin se había abierto paso en los ochenta denunciando los “privilegios de la nomenclatura” y los límites de la democratización de Gorbachov. Yeltsin disolvió la URSS para hacerse con el Kremlin, instauró un caos de latrocinio, corrupción y desigualdad sin precedentes que permitió la reconversión social de la casta dirigente en clase propietaria, y convirtió en ridículos aquellos “privilegios de la nomenclatura” al lado de los nuevos capitales desfalcados. Para llevar a cabo todo eso, Yeltsin restableció el tradicional sistema autocrático ruso del que la perestroika había sido breve paréntesis y excepción.

Con todo eso en su haber, al final de su mandato el viejo autócrata era consciente de que dejaba el país hecho un desastre. Había que poner orden, pero un orden que no se entendiera como regreso al pasado comunistoide, que no cuestionara la privatización ni la “economía de mercado”. Había que corregir, sin desmantelar, manteniendo la continuidad. Rusia debía levantar cabeza y volver a ser respetada. Episodios como el de Yugoslavia en el que la potencia rusa había sido ignorada por Occidente y condenada a un papel de impotente comparsa, no podían repetirse.

Putin era un hombre absolutamente desengañado del periodo soviético. Con él no había el menor riesgo de regreso al antiguo régimen. Putin tenía perfectamente clara la superioridad de la “economía de mercado”, que no se podía dar marcha atrás a la privatización, por más aspecto de expolio que hubiera tenido. Que un tipo así procediera de los cuadros medios/bajos del KGB era una ventaja añadida.

 El KGB estaba mucho menos corrupto que el conjunto de los aparatos de estado, así que todo ello ofrecía un promedio muy a la medida de la situación: poner orden sin regresar al pasado, hacerse respetar sin abandonar el alineamiento con Occidente, lo que los liberal-estalinoides rusos designaban como la “civilización”. Además, Putin era un tipo leal que ofrecía algo fundamental, garantías de seguridad personal: que no se perseguiría a Yeltsin y su familia por haber disuelto la URSS y haber dejado el país hecho unos zorros. Por todo ello, Putin fue el seleccionado. En el orden internacional, la situación era crítica.

De la “Casa común europea” a Euroatlántida

El proyecto gorbacheviano de “Casa común europea”, de Lisboa a Vladivostok, es decir; una gran integración europea, pluralista y respetuosa de la diversidad interna del conjunto, con una seguridad continental integrada y apuntando hacia una multipolaridad enfocada a la resolución de los retos del siglo, una “nueva civilización”, sin armas de destrucción masiva, atenta a los problemas del sur global y a la resolución de las cuestiones medioambientales, todo eso, se había hundido. De la idea de Gorbachov de “superar” la guerra fría, se había pasado a otra cosa: el discurso del Presidente Bush-padre de “victoria” occidental en la guerra fría. La nueva música del presidente americano era inequívoca:

Por la gracia de Dios, América ganó la guerra fría. Hay quien dice que podemos dar la espalda al mundo, que no tenemos un papel especial que jugar, pero somos Estados Unidos de América, el líder de Occidente que se ha convertido en el líder del mundo, así que continuaremos liderando en apoyo de la libertad en todas partes”.

La cumbre de la OTAN de 1991 en Roma siguió esa senda: la disolución del Pacto de Varsovia no afectaba a su razón de ser ni a su papel, que debía globalizarse, estableció.

“Euroatlantida” había tomado el relevo a la “Casa común europea”. Ese cambio conceptual que cerró en falso la guerra fría fue posible por tres motivos.

En primer lugar, como hemos explicado en anteriores artículos Haciendo memoria – Rafael Poch de Feliu por el engaño y no respeto a las promesas verbales hechas a Gorbachov y a los documentos firmados con la URSS, como la Carta de París para la nueva Europa y el acuerdo 2+4 de la reunificación alemana, que pusieron fin a la guerra fría. 

En segundo, por la prioridad de Estados Unidos de seguir presente en el continente para evitar la emergencia de un nuevo gran actor europeo autónomo en el mundo. Por razones geográficas, la gran integración europea de Gorbachov dejaba fuera a Washington, lo que disminuía su potencia global. 

Y en tercer lugar por reacción a los espectáculos de la propia Rusia. En 1991 hubo dos golpes de estado, el frustrado de agosto de los conservadores del PCUS contra la perestroika y el exitoso de diciembre disolviendo la URSS. Siguió en 1993 el golpe de Yeltsin en octubre que abolió a cañonazos el pluralismo institucional y convirtió un parlamento efectivo en una Duma consultiva con una constitución autocrática. El primer “gesto de autoridad” del nuevo régimen fue el desastroso intento de aplastar militarmente la rebelión chechena. Y rodeando todo aquello, el espectáculo del saqueo económico del país, con decenas de decretos de privatización redactados por asesores norteamericanos…

Gorbachov y la URSS tenían credibilidad para proponer un gran proyecto internacional desde la posición de una superpotencia que se retiraba, generosa e incondicionalmente, de su espacio imperial. La Rusia de Yeltsin ya no tenía esa credibilidad. Yeltsin era la restauración de una autocracia bananera cuyo ejército era batido en 1994 por seis mil guerrilleros chechenos en el Cáucaso del Norte…Habiéndose instalado la idea de que eso siempre sería así, ¿Quién podía tomarse en serio a Rusia? Así que por esos tres factores Euroatlántida se impuso sin mayor dificultad a la “casa común europea”. Y la esencia de Euroatlántida era una Europa ampliada representada por una UE, neoliberal y sin instituciones democráticas, en expansión, que imponía uniformidad y disciplina (la díscola Yugoslavia fue eliminada, aprovechando sus serios problemas internos), así como una seguridad exclusiva a la medida de la tutela de Estados Unidos. En lugar de contribuir a la multipolaridad y al consenso internacional, la nueva formula apuntaba hacia otra cosa mucho más autoritaria y dictatorial para las relaciones internacionales: el hegemonismo.

Rusia despechada

En ese complejo contexto Vladímir Putin llegó a la presidencia de una Rusia desmoronada: como un liberal-conservador dispuesto a ordenar y corregir los desastres de los noventa, reconstruyendo la autoridad del Estado sin cuestionar el vector fundamental occidentalista del periodo anterior. En uno de sus primeros discursos (diciembre de 1999) decía lo siguiente:

Estamos completando la primera fase de la transición de las reformas políticas y económicas. Pese a las dificultades y errores hemos llegado a la senda en la que está el conjunto de la humanidad. Solo esta vía ofrece una perspectiva real de crecimiento económico dinámico y de mejora del nivel de vida de la gente. No hay alternativa”.

Meses después, en 2000, insistía: “Rusia es parte de la cultura europea y no puedo imaginar a mi país al margen de Europa o como solemos decir separado del “mundo civilizado” (…) ver la OTAN como un enemigo es destructivo para Rusia”. El 25 de septiembre de 2001, Putin explica en alemán ante el Bundestag que los “derechos y libertades democráticos” son el “objetivo clave de la política interior de Rusia” y que por primera vez el presupuesto militar es inferior al gasto social en su país.

Desde ese discurso liberal continuista, Putin comenzó a poner orden en Rusia. Retomó el control estatal de sus estratégicas industrias extractivas, disciplinó a los oligarcas con un pacto de lealtad al estado y buscó una inclusión en el cuadro occidental desde una posición menos débil. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York fue el primero en ofrecerle a George W. Bush una “plena colaboración”. Facilitó el establecimiento de bases militares de Estados Unidos en Asia Central, ofreció una importante cooperación de su inteligencia militar para la invasión americana de Afganistán (otoño de 2001), se abrió a un condominio de los ricos recursos de la región del Caspio y en Transcaucasia… No sirvió para nada. Todo eso se interpretó como debilidad y como expresión del lógico sometimiento. 

No tuvo ninguna consecuencia en la actitud de Occidente hacia Rusia. Al contrario, cuanto menos desbarajuste había en Rusia, tanto más crecía su mala imagen en Occidente como negador de valores democráticos. Sin duda, el país conocía un endurecimiento autoritario en el orden interno y también un crecimiento sin precedentes en más de una generación: la tasa de pobreza se dividió por dos, la esperanza media de vida masculina que había caído cinco años en los noventa (¡59 años!) y había dado lugar a un colapso demográfico de medio millón de muertes, subió hasta los 66. El consenso social era alto. Y conforme tenían lugar esos éxitos, peor era visto Putin en Occidente, porque ni en Washington ni en Bruselas se aceptaba una Rusia crecida y restablecida.

 El rodillo expansivo de Euroatlántida avanzaba. La absorción en la UE y en la OTAN de países del Este y de la ex URSS muy resentidos contra Rusia y con mayor sintonía hacia Washington que hacia Bruselas, facilitaba la reconstrucción de la imagen de enemigo cuyo empolvado andamiaje seguía intacto en el almacén occidental de la guerra fría. Las repetidas objeciones de Moscú sobre decisiones de seguridad europea sin Rusia y cada vez más contra Rusia, se ignoraban. Las tensiones que resultaban de la ampliación de la OTAN se utilizaban para justificar su razón de ser. La propia OTAN creaba los motivos para su pervivencia. Se reescribía la historia de la Segunda Guerra Mundial equiparando nazismo y estalinismo No es lo mismo – Rafael Poch de Feliu 

La percepción de que cualquier medida de consolidación interna rusa o cualquier exigencia de que se tuvieran en cuenta sus intereses de seguridad, no era aceptada en el extranjero e incluso se volvía informativamente contra ella (por ejemplo el enérgico discurso de Putin en Munich de 2007), alimentó el despecho de la elite rusa con Occidente y condujo al establecimiento de un nuevo conservadurismo entre los dirigentes rusos y sus intelectuales orgánicos, muy mediatizados por antiguos cuadros de los aparatos de seguridad que Putin había colocado en los puestos de mayor confianza. A Estados Unidos se le comprendía y respetaba.

 Al fin y al cabo, aquel país siempre quiso anular a Rusia, pero hacia la Unión Europea, más allá de Alemania y Francia, o de países internacionalmente irrelevantes como España, el sentir era otro: desprecio. Moscú ha llegado a despreciar a la Unión Europea como marioneta de Estados Unidos, carente de toda soberanía y a merced de los presupuestos rusófobos de países como Polonia y las repúblicas bálticas para los que la rusofobia es su principal aportación a la disciplina euroatlántica. Así, conforme aumentaba el agravio y el rechazo a cualquier consolidación de Rusia, en Moscú ese conservadurismo iba evolucionando gradualmente hacia la derecha y el antioccidentalismo. Hoy está plenamente asentado en la élite rusa.

La Rusia de hoy es como una amante despechada a la que le ha dejado el novio.

Entre Crimea y las pensiones

La opinión pública rusa apoyó claramente la labor de restablecimiento y consolidación llevada a cabo por Putin durante los primeros diez años de su mandato. Quienes se enfrentaban frontalmente a su acción de gobierno, medios de comunicación y personas, eran reprimidos sin contemplaciones. Con una buena coyuntura de los precios del petróleo, se detuvo la degradación de la vida y el prestigio del Presidente se mantuvo alto. Con los años y las dificultades de diversas crisis, ese apoyo disminuyó (70% en 2016, 33% en 2019), la economía, que seguía su curso neoliberal, se estancaba, aprisionada en una integración en la globalización que la condenaba a una extrema dependencia. Al mismo tiempo, el discurso oficial ponía cada vez mayor énfasis en la identidad de gran potencia.

Para mediados de la primera década de los 2000, Rusia había abandonado mentalmente la órbita occidental. El objetivo era consolidar el entorno postsoviético e integrarlo en una relación política y económica no hostil a Moscú. El definitivo descalabro de la influencia rusa en Ucrania de 2014, por una mezcla de revuelta popular y operación de cambio de régimen apadrinada por Occidente, significó un cambio radical: se hundía la posibilidad de una Ucrania puente y se instalaba la realidad de una Ucrania definitivamente hostil y beligerante, dominada por una identidad nacionalista muy activa pero en la que solo se reconocía, quizás, un tercio de la nación, con el resto bien en pasivo silencio, bien en diversos grados de disconformidad. En ese cuadro, Ucrania se convirtió en línea de frente y obsesión para el Kremlin.

El nacionalismo ruso ya había denunciado en los noventa (Solzhenitsyn lo formuló con toda claridad) la aberración que suponía que territorios rusos como el sureste del país (Járkov, Odesa, Crimea) formaran parte de Ucrania. El cambio de régimen en Kíev de 2014 demostró la profunda debilidad de la política de Moscú hacia su entorno postsoviético, pero se compensó con la consolación de la anexión de Crimea, en una operación impecable que significó una desafío militar inaceptable para el hegemonismo occidental y que fue percibida como indiscutible por la mayoría de los rusos. La operación volvió a estimular el prestigio de Putin, pero su efecto fue temporal. La fuerte protesta social contra los aumentos de la edad de jubilación y privatización neoliberal de las pensiones, a la que Putin tuvo que echar el freno, recordó que la mayoría de los rusos prefieren el bienestar y un orden social mas justo al sacrificio en el altar estatal de la identidad de gran potencia.

Conforme crecían las dificultades para un bienestar social mas o menos estable y para dar una apariencia democrática a una autocracia presidencial sin posibilidad de relevo mediante el voto, aumentaba el discurso oficial de gran potencia despechada. Tras el concepto de “democracia dirigida”, que ya se empezó a utilizar a finales de los noventa, apareció el de “democracia soberana”, un concepto que rechaza la hegemonía liberal y toda supervisión occidental de los asuntos internos.

 “En el mundo de hoy una gran potencia no es aquella que impone su voluntad a los demás, sino, al revés: aquella que no permite que nadie le dicte su voluntad y que si es necesario es capaz de contraponer una fuerza superior a la presión exterior”, dice el analista Dmitri Trenin.”Rusia dispone de esa capacidad y de los recursos necesarios para realizar una vía autónoma de desarrollo y una línea de política exterior independiente, y eso es lo que hace de ella una gran potencia”.

Somos civilización”

Los imperativos de afirmación de la soberanía y del estatuto de gran potencia, determinaron la revisión y crítica del liberalismo y la defensa del conservadurismo.

Poniendo al individuo en el centro, el liberalismo avanzó ideas profundas como la democracia y los derechos humanos que toda sociedad sana requieren, pero el liberalismo se había desarrollado en el marco del estado-nación y había sido tanto más exitoso cuanto más restringido y equilibrado fue por principios conservadores”, explica Diesen. “Los excesos del liberalismo han resultado en su desvinculación respecto a la nación-estado, lo que previsiblemente conduce a fragmentación y revolución”. En ese exceso, “el individuo se libera del hecho de ser definido por la nación y la cultura a la que pertenece, liberado de la iglesia, la familia, las tradiciones, e incluso de su género biológico”..” En esa degeneración, se plantea como reacción, “una lucha entre nacionalismo y cosmopolitismo”. “En el consenso neoliberal santificador de las liberadas fuerzas de mercado, la izquierda y la derecha resultan igualmente incapaces de perseguir sus compromisos ideológicos y quedan atrapados en guerras culturales en las que todos pierden”, dice Diesen.

En las relaciones internacionales “el liberalismose convierte en norma hegemónica” y se banaliza la legalidad a conveniencia. Se cambian las fronteras de Serbia, se invade Irak, se invoca la lealidad de una “alianza de democracias” como alternativa a la ONU y se llama “orden internacional basado en normas” a la arbitrariedad. “Se llega así a una simplista división binaria del mundo entre “democracias” y “autoritarismos” incapaz de comprender las complejidades de la política internacional”. La ambigüedad permite justificarlo todo a conveniencia: “que el “orden internacional basado en normas” priorice el principio de integridad territorial o el de autodeterminación en Kosovo y Crimea, es algo que depende de los intereses de Occidente. La soberanía desaparece porque las invasiones pasan a ser “intervenciones humanitarias” y los golpes de estado “revoluciones democráticas”. Así, “el fracaso de contener los excesos del liberalismo con principios conservadores en el orden interno, y con la igualdad de las soberanías en el orden externo, resulta en la degeneración de los ideales liberales”.

Un documento de 2014 sobre los Fundamentos de la Política Cultural del Estado dejaba bien claro que el objetivo de integrar a Rusia en “la civilización” (occidental) había caducado al afirmar que, “Rusia debe ser vista como una civilización única y original que requiere el rechazo de principios tales como el multiculturalismo y la tolerancia de aquellos que imponen valores ajenos a la sociedad”. No se trataba ya de “regresar” a la “civilización” de la que la URSS había sido negación, una especie de aberración histórica sin conexión con la historia nacional rusa y obra de unos bolcheviques extraterrestres, sino de subrayar que Rusia y su mundo son una civilización. “Los rusos son la matriz de la civilización rusa (…) pero son y pueden ser rusos, los tártaros, los yakutos, los chechenos y el mosaico étnico de Dagestán”, dice Dmitri Trenin. “La ortodoxia es la religión mayoritaria pero la tradición de tolerancia confesional permite la convivencia pacífica entre las principales confesiones autóctonas: ortodoxia, islam, budismo y judaísmo”, dice. “El Estado unido garantiza la paz, el bienestar y el desarrollo en un territorio enorme desde el Báltico a Mar de Japón y desde el Ártico hasta el Caspio. Precisamente la común potencia estatal es el valor mas importante para esa civilización compleja”. Desde esa reformulación consecuencia del despecho, se difunden las obras de filósofos conservadores como Iván Ilyin, Nikolai Berdiayev y Vladímir Soloviov, y se recupera el concepto de euroasianismo.

Eurasianismo compensatorio

Como el orden liberal internacional no deja espacio a Rusia en Europa y al mismo tiempo el ascenso de China anuncia el fin del dominio mundial occidental característico de los últimos siglos, el euroasianismo encuentra un doble sentido ideológico y geoeconómico: por un lado es una respuesta al agravio de esa Europa liberal decadente, que disuelve los valores sociales esenciales (familia, religión, patria) y confunde los géneros al afirmar las diferencias de las minorías sexuales, y por el otro se pone en sintonía con el traslado de la potencia global hacia Asia.

La mayor conexión con China ha sido también propiciada por la estupidez estratégica de Estados Unidos, que sometió y somete a Moscú y Pekín al mismo tipo de cerco militar, bloqueos y sanciones. Para paliar el peligro de verse convertida en la “hermana menor” de China, una potencia con una economía diez veces mayor y un dinamismo social claramente superior, Moscú cuida y estrecha relaciones fuertes también con potencias asiáticas recelosas de China, como India y Vietnam, e incluso lanza puentes a Corea del Sur y Japón -ahora destruidos por la invasión de Ucrania- en búsqueda de cierto equilibrio compensatorio. Y todo eso en el contexto de la teoría de MacKinder, según la cual el dominio de la matriz continental euroasiática está llamado a tomar el relevo a los imperios marítimos occidentales, con la UE convertida en una mera “península de Eurasia”. Clave de ese relevo es el trazado de corredores energéticos y de transporte, la puesta en marcha de nuevos instrumentos financieros y la creación de recursos de redes sociales con miras a independizarse de los monopolios digitales americanos vistos como aparatos de dominio, censura y guerra híbrida.

El conservadurismo es una tercera vía para escapar del liberalismo sin caer en un regreso al comunismo. El euroasianismo busca una consolidación geopolítica que permita tratar de igual a igual con Europa”, dice el noruego Glenn Diesen. “El problema de Rusia consistía en que se encontraba permanentemente en un estado de interdependencia asimétrica con Occidente, es decir que dependía mucho más de lo que aquél dependía de ella, lo que daba a Occidente una gran preponderancia. Era un grave problema porque además la arquitectura de seguridad se construyó sobre la herencia de una guerra fría nunca cancelada. La gran Eurasia es un intento de compensar este desequilibrio”.

Un régimen más duro y más social

La invasión de Ucrania es un intento preventivo ruso de cambiar un orden que considera injusto y adverso y que habría acabado en una gran guerra contra Rusia, dicen los intelectuales orgánicos del Kremlin. La intensa modernización de las fuerzas armadas ucranianas por la OTAN con una millonaria financiación y formación de decenas de miles de militares por instructores occidentales, inmediatamente después del cambio de régimen de 2014, así como la nueva doctrina militar ucraniana encaminada a reconquistar militarmente Crimea y el Donbas, convertía una guerra de Ucrania contra Rusia en “mera cuestión de tiempo”, repite Putin. La invasión de Ucrania es, por tanto una guerra preventiva, se dice.

 Con la actual guerra se anuncia un cambio fundamental en la correlación de fuerzas global. De repente, la influencia de Estados Unidos sobre Europa ha aumentado mucho. La Unión Europea se ha convertido en subsidiaria de la OTAN. De un día para otro, se ha restablecido un dominio de Estados Unidos sin fisuras en el viejo continente. El proyecto euroasiático chino-ruso de integrar a la Unión Europea en un gran eje continental euroasiático, se ve seriamente comprometido. Europa está rompiendo con Rusia y China con lo que se debilitará económicamente y quedará aun más amarrada políticamente a Estados Unidos.

Para Rusia la ruptura con Occidente supondrá enormes pruebas y dilemas. El discurso del nuevo conservadurismo ruso pretende nada menos que poner fin a una orientación de tres siglos. Si este discurso logra sobrevivir a la guerra de Ucrania, es decir si no hay una quiebra del régimen ruso, Hacia una quiebra en Rusia – Rafael Poch de Feliu el nuevo “telón de acero” está servido. Pero, ¿será solo un telón geográfico, digamos con el Dnieper en el antiguo papel del Elba, o será algo más transversal?

Cuando el Presidente Biden dice que hay una división del mundo entre “democracias” y “autocracias”, da la sensación de que deja fuera otras fracturas, incluida aquella que atraviesa a la sociedad de su propio país entre “nacional-patriotas” a la Trump y “globalistas cosmopolitas”. Una fractura transversal que atraviesa y crea brechas en la propia Unión Europea (Hungría Polonia…), en las naciones europeas (Macrón/Le Pen) e incluso en la propia izquierda, como muestra la polémica entre una “izquierda de derechas” ( liberal en lo cultural y en “modos de vida” pero conformista hacia el neoliberalismo y el imperialismo), y el llamado “rojipardismo”.

Sea como sea, en Rusia la guerra, las sanciones y los bloqueos encaminados a “quebrar” a Rusia (Ben Hodges, jefe de las tropas americanas en Europa), “ponerla de rodillas” (editorial de The New York Times) “destruir su economía” (Liz Truss, ministra británica de exteriores), “arruinarla” (su homóloga verde alemana), y a “desmantelar, paso a paso, la potencia industrial rusa” (Ursula von der Leyen), van a transformar al régimen político. Cambios de régimen – Rafael Poch de Feliu Privada de inversiones y paraísos fiscales occidentales, quizá la elite rusa tenga que invertir en el país. 

El consenso interno ante las “amenazas existenciales” deberá ser alimentado con una economía de guerra más social para la que el neoliberalismo, simplemente, ya no sirve. Respecto a los disidentes y opositores que no hayan emigrado (en marzo abandonaron el país 100.000 rusos, la mayoría de ellos jóvenes cualificados), la crónica de maltrato y represión de los últimos años puede llegar a ser un recuerdo feliz…

Solo el tiempo dirá si este giro neocon de la elite rusa lentamente larvado y hoy instalado en el Kremlin, es socialmente sostenible y tiene futuro, o si, por el contrario, es el desesperado intento de sobrevivir de un régimen inadecuado a la realidad social del siglo XXI."                 (Rafael Poch  , CTXT, 20/05/2022)

27/1/21

Jacques Attali: “La lucha puede acabar siendo entre Estados totalitarios y grandes empresas digitales”

 "(...) Los Estados ya han vuelto a ocupar una parte esencial en el día a día de sus ciudadanos y empresas por el confinamiento, las nuevas regulaciones, etc. Y precisamente unido a ello, usted ha mantenido que con cada pandemia estos se vuelven más autoritarios. ¿La evolución es hacia China?

China no es un buen modelo, porque una dictadura esconde la verdad, viola los derechos humanos y ni siquiera es efectiva, como se vio en su catastrófico manejo de la pandemia en sus momentos iniciales. 

La economía de guerra es una economía muy intervencionista, con un proyecto, pero que puede seguir siendo democrática como demostró Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Podríamos haber esperado que los europeos, los estadounidenses y los británicos la hubieran puesto en marcha por la pandemia actual, incluso mediante la movilización de recursos militares, pero no lo hicieron.

En varias ocasiones ha vislumbrado que los ganadores potenciales de esta crisis global serán los Estados autoritarios y consorcios informáticos, ¿en qué sentido?

No dije eso. Los potenciales ganadores serán los países que hayan aprendido a desarrollar desde una perspectiva democrática la economía de la vida, aunque sea a marchas forzadas. Y si estos países no lo hacen, es entonces que la lucha será entre Estados totalitarios y grandes empresas digitales.

 Los líderes del Partido Comunista chino ya han entendido el riesgo que plantean sus propios gigantes digitales y pronto los regularán y, posiblemente, incluso los desmantelarán. La misma cuestión surge en EE.UU. Estas firmas se defenderán con sus abogados y podrán hacer que la batalla dure años, pero por eso que la respuesta europea actual sigue siendo insignificante. Debemos equiparnos con gigantes del mismo tipo, y no hacemos nada.

En tal caso, ¿la democracia europea, de base social-liberal, puede colapsar?

No está vinculado a la pandemia. Si la Unión Europea no es capaz de dotarse de los medios de un verdadero Estado, con un ejército y con una política de investigación, innovación e industria con los que desarrollar los sectores de la economía de la vida, dejará dominarse, política y económicamente, por fuerzas mayores, las de EE.UU. y China y sus grandes empresas. Todavía tenemos los medios para ganar esta batalla.

¿Tras la pandemia la influencia de Asia ya no es un futurible sino un presente?

Hay que distinguir el caso de China, cuya gestión ha sido un desastre, del de Corea del Sur, una democracia muy organizada de la que vengo diciendo desde la primavera que deberíamos haber seguido su modelo, muy eficaz en la gestión de la pandemia sin dejar de ser una democracia. (...)

¿Qué papel puede tener aquí España?

España jugará un papel importante en la Europa del futuro por su posición geográfica y su capacidad para desarrollar sectores de la economía de la vida. También será un actor importante en particular en la relación entre Europa y África, que será clave en la segunda parte de este siglo. África será, o el peor problema de Europa, o un socio importante para el desarrollo conjunto. (...)"              (Entrevista a Jacques Attali, Alexis Rodríguez-Rata, La Vanguardia, 11/01/21)

12/1/21

El proceso de degeneración de la democracia americana (la presidencia imperial) y la atrofia de los poderes legislativo y judicial, es un proceso que tiene sus raíces en el complejo militar-industrial de posguerra y “en el modo en el que amplios sectores de la población aceptaron al ejército como la institución pública más efectiva"

 "La degeneración de la república estadounidense viene de lejos y tiene que ver con su acción imperial. Nadie como Donald Trump, una caricatura de Calígula del Siglo XXI, la ha retratado.

 El torpe intento de Donald Trump por revertir los resultados electorales en Estados Unidos es, objetivamente, una fechoría menor al lado de las que su acción exterior tiene en su haber a lo largo de su nefasto mandato presidencial.

Comparado con su retirada de los acuerdos fundamentales sobre control de armamento nuclear, su ruptura de los compromisos internacionales en materia de calentamiento global, su veto a las iniciativas para poner fin a las masacres en Yemen, su responsabilidad en la mortandad ocasionada en Venezuela por sus sanciones y bloqueos, su retirada del acuerdo nuclear con Irán y el asesinato de su principal líder militar, que coloca a toda la región ante una tensión extrema; comparado con sus iniciativas para seguir recompensando a Israel por su pisoteo del derecho internacional hacia Palestina y su  ocupación, su escalada militar con China y Rusia que encierran el peligro de un conflicto mundial, es decir, comparado con todo aquello que ha hecho de Trump un presidente aun más criminal e irresponsable en su acción exterior que la criminal media que va con el cargo de Presidente de Estados Unidos por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial, su chapucera pataleta del asalto al Congreso, con todas las ambiguas complicidades institucionales que la rodean, es un asunto de calibre menor.

Sin embargo para el complejo mediático ha sido este pintoresco incidente, y no todo lo anterior, lo que ha aportado la prueba de la dolencia.

La violencia en el Capitolio muestra que Estados Unidos padece una enfermedad grave. Entre el público votante, el 21% piensa que las elecciones fueron amañadas y existe el temor de que incidentes similares puedan ocurrir en cualquier momento”, señalaba el viernes el editorial del diario surcoreano Hankyoreh.

 En realidad el proceso de degeneración de la democracia americana, lo que Chalmers  Johnson definió como la emergencia de la presidencia imperial y la atrofia de los poderes legislativo y judicial, es un proceso que tiene profundas raíces en el complejo militar-industrial de posguerra y “en el modo en el que  amplios sectores de la población aceptaron al ejército como institución pública más efectiva así como toda una serie de aberraciones de nuestro sistema electoral”.

 Desde 1941, Estados Unidos ha estado permanentemente implicado y movilizado en la guerra. Así ha sido como la República realizó la profecía formulada en abril de 1795 por  James Madison, uno de sus padres fundadores:

De todos los enemigos de la verdadera libertad, la guerra es quizás el más temido, porque compromete y desarrolla el germen de todos los demás. La guerra es el padre de los ejércitos; de éstos proceden deudas e impuestos, y los ejércitos, las deudas y los impuestos son los instrumentos conocidos para poner a la mayoría bajo el dominio de unos pocos. También en la guerra se amplía el poder discrecional del Ejecutivo; se multiplica su influencia en el reparto de cargos, honores y emolumentos. Todos los medios para seducir las mentes, se suman a los de dominar la fuerza del pueblo. El mismo aspecto maligno del republicanismo se puede rastrear en la desigualdad de fortunas y las oportunidades de fraude que surgen de un estado de guerra y en la degeneración de los modales y de la moral, engendrados en ambos. Ninguna nación puede preservar su libertad en medio de una guerra continua. La guerra es, de hecho, la verdadera incubadora del engordamiento del ejecutivo. En la guerra debe crearse una fuerza física y es la voluntad ejecutiva quien la va a dirigir. En la guerra, los tesoros públicos deben abrirse y es la mano ejecutiva quien los distribuye. En la guerra se multiplican los honores y emolumentos del cargo que se enroscan alrededor del ejecutivo. Las pasiones más fuertes y las debilidades más peligrosas del espíritu humano; la ambición, la avaricia, la vanidad, el amor honorable o venal a la fama, están todos en conspiración contra el deseo y deber de la paz.

Más de medio siglo de devoción a la guerra hicieron que los estadounidenses abandonaran sus controles republicanos sobre las actividades de sus mandatarios y elevaron al ejército a una posición que en la práctica está por encima de la ley, constataba Johnson hace una década. Esa evolución degenerativa explica, por ejemplo, que el fraude al Congreso que significaron las mentiras que justificaron la guerra de Irak quedaran completamente impunes y que a nadie se le ocurriera pedir responsabilidades por ellas.

Con la personalidad sociópata de Donald Trump en la Casa Blanca, esta gangrena degenerativa adquirió tal crudo nivel de evidencia, que los habituales decorados, disimulos y coartadas propagandísticas del Imperio apenas ocultaban ya sus vergüenzas. Por eso Trump ha dividido al establishment estadounidense, además de a la población, y no por casualidad este Presidente Calígula se granjeó la enemistad del aparato de propaganda liberal: por su burda caricaturización de la criminal y brutal naturaleza del sistema al que ese aparato da brillo y esplendor.

Contemplado desde la perspectiva de los golpes, “revoluciones” y operaciones de cambio de régimen que Estados Unidos propicia y celebra en el mundo, desde Venezuela, hasta Hong Kong, pasando por Ucrania y Bolivia, por citar algunos de los más recientes, el “golpe” de Washington, con cuatro muertos y una irrupción de vándalos parecidos a hinchas de fútbol en el “templo de la democracia”, ha sido un espectáculo de opereta. Puede que no haya sido así para muchos ciudadanos de Estados Unidos que aun creen que su degenerada república imperial es una democracia, pero desde luego sí a ojos de la mayoría del mundo que sufre el poder imperial de Washington. 

(P.S. El escándalo liberal ante el espectáculo de Washington contrasta mucho con la indiferencia con que se ha acogido la sentencia del tribunal británico contra Julian Assange, un enemigo del Imperio y el disidente occidental más significativo de nuestro tiempo junto con Edward Snowden. La sentencia que ha denegado, de momento, la extradición de Assange a Estados Unidos, no ha objetado el asunto de fondo: está plenamente de acuerdo en que el culpable no es el criminal sino quien denuncia y expone sus crímenes. Caracterizando a Assange como frágil mental, la jueza Baraitser ha convertido en desequilibrio síquico un caso de persecución política y disidencia, honrando una tradición bien conocida en la URSS de los años setenta.

 El objetado riesgo de suicidio ha servido para no extraditar -quizá de acuerdo con la administración de Biden-, pero no para una puesta en libertad, lo que equivale a una continuación de la persecución y castigo del enemigo público que en el mejor de los casos permanecerá tres meses más en la prisión de alta seguridad en abierto insulto al más elemental sentido de la decencia.)"                  (Rafael Poch, blog, 08/01/21)

7/1/21

El libro de Yanis Varoufakis: ¿Qué vendrá después del capitalismo? Es el momento de formar una Internacional Progresista eficaz y exitosa, o compartiremos la culpa del fracaso de la humanidad en servir a las personas y al planeta... necesitamos una tasa impositiva corporativa mínima global del 25%, que luego se redistribuya en todo el mundo... convertir a todos los empleados de las empresas en socios igualitarios... y una Unión de Compensación Monetaria Internacional

 "(...)  La pregunta que plantearé hoy tiene dos ejes. El primero es ¿por qué y para qué necesitamos una Internacional Progresista? Y la segunda parte de la misma pregunta es ¿por qué la Internacional Progresista necesita pensar en un poscapitalismo?

 La era en la que vivimos será recordada por la marcha triunfal de un autoritarismo gemelo bajo el que la mayor parte de la humanidad expe-rimenta dificultades innecesarias y el ecosistema del planeta sufre un cambio climático evitable.Pero quiero ir un poco más atrás en el tiempo. 

Durante un breve período, lo que Eric Hobs-bawm describió como el corto siglo XX, las fuerzas del establishment se unieron para hacer fren-te a los desafíos de una variedad de progresistas que buscaban cambiar el mundo. Quizá recuer-den que fueron los socialdemócratas originales quienes buscaron redistribuir el poder entre el capital y los trabajadores dentro del capitalismo, por ejemplo, los regímenes vinculados a la Unión Soviética experimentaron con modos de producción no capitalistas pero centralizados, Yugoslavia se esforzó por alcanzar la autogestión, hubo movimientos de liberación nacional en África y Asia y surgió el partido verde radical original en lugares como Alemania occidental.En ese entonces, el establishment estaba unido contra todos esos progresistas que de-safiaban la autoridad.

 Crecí en Atenas bajo una dictadura fascista de derecha que fue instigada por Estados Unidos durante el go-bierno de Lyndon Johnson. Paradójicamente, los gobiernos más progresistas de los Estados Unidos en lo que respecta a la política inter-na, la sociedad en general y los movimientos de derechos civiles fueron, sin embargo, los que no dudaron en apuntalar a los fascistas en Grecia o en bombardear Vietnam. De hecho, lo que ahora llamamos el establish-ment liberal utilizó a fascistas y déspo-tas locales libremente para establecer el llamado estilo de vida occidental.  

El miedo y el aborrecimiento al populismo de derecha que podemos encontrar hoy en cada página del New York Times no existía en ese entonces. El establishment liberal solo retrató como enemigos de la libertad a los progresistas, nunca a los monstruos como Papadopoulos o Pinochet.La situación cambió notablemente después de 2008, el año en que el sistema financiero occidental se derrumbó. Tras veinticinco años de financiarización, bajo el manto de una ideo-logía llamada neoliberalismo, el capitalismo global atravesó una crisis similar a la de 1929 que lo puso prácticamente de rodillas. 

La reacción inmediata fue utilizar las imprentas de los bancos centrales, pero también transferir las enormes pérdidas bancarias a los ciudadanos más débiles de todo el mundo con el fin de reavivar las instituciones financieras y los merca-dos. Esta combinación de socialismo para unos pocos y de estricta austeridad para las masas generó dos reacciones. 

En primer lugar, redujo la inversión real a nivel mundial (las empresas podían ver que las masas no tenían dinero para comprar sus pro-ductos, por lo que no invirtieron). Al mismo tiempo, las imprentas de los bancos centrales produjeron enormes cantidades de efectivo, lo que dio liquidez principalmente a los ricos. El resultado fue, por un lado, el descontento de la mayoría y, por el otro, estupendas riquezas para la oligarquía.En segundo lugar, propició el surgimiento de movimientos progresistas, levantamientos, como el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos y Gran Bretaña, los “indignados” en España y los aganaktismeni aquí en Grecia, y diversas fuerzas de izquierda que llegaron a manos de algunos líderes políticos en Améri-ca Latina. 

Pero el establishment logró aplacar-los de manera eficiente y directa (por ejemplo, el aplastamiento de la Primavera Griega en el verano de 2015) o indirecta por medio del es-tancamiento del capitalismo global (por ejem-plo, recordemos los regímenes progresistas la-tinoamericanos que fueron socavados cuando la demanda china de sus exportaciones colapsó debido al desequilibrio entre el ahorro global y la inversión global).

 Debido a que las causas progresistas fueron silenciadas una a una, el descontento de las ma-sas tuvo que encontrar una forma de expresión. Fue entonces cuando surgió un período de gue-rra posmoderna que imitó el ascenso de Mus-solini, quien prometió cuidar a los más débiles y hacerlos sentir orgullosos de ser italianos. 

 Nuestra generación fue testigo de lo que yo lla-mo el ascenso de la internacional nacionalista. La expresión derechista del Brexit. ¿Recuerdan el eslogan? “Queremos recuperar a nuestro país”, o Donald Trump, quien afirmó que se ocuparía de aquellos que Wall Street dejó de lado. Bolsonaro, Modi, Le Pen, Salvini, Orban.

 Es así que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la gran contienda política no se dio entre el establishment y una variedad de movimientos progresistas, sino entre diferentes partes del establishment autoritario: una parte se presenta como incondicional de la democra-cia liberal, la otra, como la representante de la democracia iliberal. 

Por supuesto, esta contien-da entre el establishment liberal y la internacio-nal nacionalista fue completamente ilusoria. Macron, el presidente de Francia, necesitaba a Le Pen, sin quien nunca se habría convertido en presidente. 

Y Marine Le Pen necesitaba a Ma-cron y al establishment liberal, cuyas políticas de austeridad avivaban la llama del descontento que la convertía en actora política.Sin embargo, el hecho de que el establishmentliberal y la internacional nacionalista fueran en realidad cómplices no significa que el conflicto cultural y personal entre ellos no fuera auténtico.  

La contienda era “auténtica”, por ejemplo, entre Hillary Clinton y Donald Trump, a pesar de la falta de una diferencia política real entre ellos. Por ejemplo, cuando Trump se mudó a la Casa Blanca, en lugar de drenar el pantano, contrató profesionales de Wall Street y los puso en el Departamento del Tesoro. 

Por lo tanto, a pesar de esta diferencia política inexistente entre ellos, la auténtica contienda entre estas figuras hizo casi imposible que los progresistas fueran escuchados debido a la cacofonía que provocó el conflicto.

 Es por ello, amigos míos, que necesitamos una Internacional Progresista. Porque la falsa oposición entre las dos variantes del autoritarismo gemelo (el establishment liberal y la internacional nacionalista) amenaza a la humanidad, ya que nos atrapa en una agenda de normalidad que destruye los proyectos de vida y desperdicia las oportunidades de poner fin al cambio climático.

 ¿Cómo podemos superar la opresión del auto-ritarismo gemelo? 

Recordemos nuestras derrotas en Grecia en julio de 2015, cuando tuvo lugar una rebelión progresista prometedora contra la “austeridad para el pueblo” y los “rescates para la oligarquía”. O bien el exitoso socavamiento de Jeremy Corbyn y Bernie Sanders dentro de sus propios partidos. Corbyn y Bernie Sanders, como les sucedió a los líderes progresistas populares de Brasil, Bolivia y Ecuador, fueron expulsados de la contienda política. Observemos el modo en que se coloca un velo de silencio sobre las valientes luchas por la autodeterminación de innumerables comunidades en África y la India. 

Analicemos atentamente este sinnúmero de derrotas. Seguramente coincidamos en que solo una Internacional Progresista eficaz y bien organizada podría prevenirlas. 

Compañeros, ¿acaso no ha llegado el momen-to de que los progresistas emulen a los banqueros y fascistas de la siguiente manera: mediante el uso, la implementación y la reactivación del internacionalismo? ¿Acaso no es momento de seguir su ejemplo, de unirnos más allá de las fronteras mediante una agenda común, de crear una narrativa común, de poner nuestras capacidades al servicio de la misma agenda a favor de la mayoría, deimplementar un plan de inversión conjunta para salvar el planeta? Este es el momento.

 Creo que ha llegado. Ahora es momento de formar una Internacional Progresista eficaz y exitosa, o compartiremos la culpa del fracaso de la humanidad en servir a las personas y al planeta.Pero, escucho que muchos de ustedes preguntan: “¿qué implica la Internacional Progresista en términos prácticos?”. “¿Qué significa en la práctica?”.

 Si bien un proyecto tan grande no puede basarse en un modelo ajeno y debe construirse de manera orgánica y democrática a través de la colaboración masiva de ideas, una cosa está clara, al menos para mí: la Internacional Progresista no tendrá éxito si simplemente emula esfuerzos, como el Foro Social Mundial o el formato de discusión abierta brillante de Occupy Wall Street o de los “indignados”, que brindó una plataforma para que todos se expresaran. 

Necesitamos algo de lo que carecieron los primeros intentos de unir a los progresistas: un programa común y un plan de acción colectiva.

 Ya he hablado a favor de confrontar el in-ternacionalismo de los banqueros y los fascistas con un internacionalismo progresista. No olvidemos que los fascistas y los banqueros tienen un programa común. Ya sea que hablemos con un banquero en Chile o con uno en Suiza, escucharemos la misma historia: que la ingeniería financiera proporciona el capital necesario para invertir en todo lo que necesitamos, que la privatización es una necesidad que solo los tontos y los pensadores irracionales disputan, que es necesario ofrecer a los inversores certeza frente a las legislaturas, los populistas, los parlamentos y los tribunales locales. 

De manera similar, cada vez que hablamos con un miembro de la internacional nacionalista, escuchamos la misma historia: que las cercas fronterizas electrificadas son esenciales para las democracias soberanas, que el trabajo migrante amenaza nuestra cultura y nuestro sistema de bienestar social, que es importante proteger a los nativos al mismo tiempo que se dificulta la vida de aquellos considerados ciudadanos menos leales o dignos, o que profesan la religión equivocada. 

Mi punto es el siguiente. Los progresistas también necesitan un programa común. También debemos tener un solo discurso con una misma voz humanista y programática en todo el mundo. 

Por supuesto, el discurso no sirve un propósito si no está respaldado por la acción. El establish-ment liberal no tiene este problema, ya que gobierna en casi todas partes y, aunque no sea parte real del gobierno, ciertamente está en el poder. Las acciones de sus políticos, burócratas y banqueros tienen un impacto en el mundo cada segundo del día, de manera permanente y consistente para promover su propio programa común colectivo. 

 La internacional nacionalista también influye en el mundo. Ya sea a través de la violencia en las calles de Portland o de El Pireo, o mediante las políticas de Trump, Bolsonaro y Modi, siempre actúan en total armonía con su agenda común misantrópica, xenófoba y reaccionaria. Tenemos que emularlos también en este sentido: tenemos que planificar y llevar a cabo acciones colectivas. 

En resumen, la Internacional Progresista necesita dos cosas: un programa común y un plan de acción colectiva poco común.¿Qué plan de acción colectiva deberíamos concebir? (...)

 ¿Cómo debería ser nuestro plan común? ¿Por qué deberíamos luchar?La buena noticia es que tenemos una gran variedad de Green New Deals en-tre los que podemos elegir. Sin embargo, si bien cada uno propone ideas útiles, es necesario sintetizarlas en un plan global, coherente y coordinado a nivel internacio-nal, un Green New Deal que sea común a todos los progresistas.

 Sabemos lo que debemos hacer, lo que debe ser parte integral de esta red internacional. Necesitamos que la generación de energía cambie por completo de modo que se reemplace el consumo de combustibles fósiles por el de energías renovables. 

Necesitamos que el transporte terrestre sea eléctrico, mientras que el transporte aéreo y el transporte maríti-mo deben recurrir a nuevos combustibles sin carbono, como el hidrógeno. La producción de carne debe disminuir de forma significativa, y debemos hacer un mayor énfasis en los cultivos de plantas orgánicas. Necesitamos límites estrictos al crecimiento físico (desde la producción de toxinas y CO2 hasta el cemento). 

También sabemos que todo esto costará al menos USD 8 trillones anuales. Necesitamos crear, visualizar y planificar instituciones que coordinen los diversos trabajos y distribuyan los costos y los beneficios entre el Norte global y el Sur global. Sin duda, la tarea parece enorme. En un mundo donde incluso el modesto Acuerdo de París está hecho trizas, es muy fácil rendirse y que triunfe la desesperanza. 

Esta es precisamente la razón por la que necesitamos una narrativa del New Deal a escala global.

 Franklin D. Roosevelt tuvo éxito en 1933 porque llegó en el momento en que las uvas de la ira “se están llenando y se vuelven pesadas, listas para la vendimia”. (...) El éxito del New Deal fue presentar un plan que tenía sentido para quienes habían perdido la esperanza y ofrecerles oportunidades a los emprendedores. 

Se trató de un plan que cambió el marco con el que la mayo-ría de las personas valoraba sus circunstancias y capacidades colectivas.Las cuestiones clave con respecto a la financiación y distribución también se pueden responder a través de este nuevo marco. Los USD 8 trillones que necesitamos anualmente se pueden financiar tanto con fuentes públicas como privadas. Las finanzas públicas, al igual que en el New Deal original, deben involucrar instrumentos financieros como bonos transnacionales e impuestos neutrales a las ganancias sobre el carbono, para que el dinero recaudado de los impuestos al diesel pueda ser devuelto a los ciudadanos más pobres que dependen de los automóviles diesel, para así fortalecerlos en general y también permitirles comprar un automóvil eléctrico. 

Mientras tanto, ¿cómo derrotamos la evasión fiscal sin una tasa impositiva corporativa efecti-va mínima global, es decir, el internacionalismo, una tasa impositiva corporativa mínima del 25%, que luego se redistribuya en todo el mundo te-niendo en cuenta la distribución geográfica de las ventas que generan las multinacionales?Para invertir estos recursos en inversiones ecológicas, necesitamos nuevas organizaciones, como una nueva Organización para la Coope-ración Ambiental de Emergencia (OEEC), homónima de la OEEC original que se utilizó en la década de los cincuenta para canalizar la financiación del Plan Marshall hacia Europa con el fin de reconstruir el continente. Esta vez no reconstruiremos, sino que construiremos nuevas tecnologías verdes, será una transición verde.

 No reconstruiremos la contaminante industria marrón. La OEEC, por lo tanto, combinaría la capacidad intelectual de la comunidad científica internacional en algo así como un Proyecto Manhattan verde, que en lugar producir asesinatos en masa, tendría como objetivo evitar la extinción. 

Si somos aún más ambiciosos, la Internacional Progresista podría proponer una Unión de Compensación Monetaria Internacional, del tipo que sugirió John Maynard Keynes durante la conferencia de Bretton Woods en 1944, que incluiría restricciones bien diseñadas a los movimientos de capital. Al reequilibrar los salarios, el comercio y las finanzas a escala mundial, tanto la migración involuntaria como el desempleo involuntario retrocederían, y se pondría fin al pánico moral con respecto al derecho humano a movernos libremente por el planeta. 

La necesidad de una agenda común y un plan de acción colectivo común implica que la Internacional Progresista debe incluir una organización internacional. La gran pregunta para todos los involucrados en la magnífica iniciativa de la Internacional Progresista es la siguiente: ¿cómo podemos crear esta organización esencial sin convertirnos en presa de los escollos organizativos habituales, como la burocracia, la exclusión, los juegos de poder que tienen lugar dentro de nuestras organizaciones? 

Esta es una pregunta difícil, para la que no tengo respuesta, y que los miembros del Conse-jo de la Internacional Progresista deben abordar. Sin embargo, no tener una respuesta a esta al-tura es algo bueno, ya que debemos descubrirla juntos. Debemos buscar financiación de manera colectiva, colaborar de forma masiva, cocrear.El único punto que quiero señalar en este momento es que la dificultad de responder a esta pregunta sobre cómo establecer una organización eficaz no es excusa para no continuar. Los ban-queros y los fascistas han encontrado respuestas.  

Para nosotros los progresistas, que tenemos una aversión natural a las jerarquías, las buro-cracias y las usurpaciones del patriarcado y el paternalismo, es más difícil lograrlo. Se nos dificulta organizarnos a escala global, pero tenemos el deber de encontrar respuestas. (...)

 Nuestra Internacional Progresista debe tener en cuenta seriamente la posibilidad de que no solo valga la pena terminar con el capitalismo por las válidas razones progresistas y socialistas, sino, lo que es más urgente, debe considerar que el capitalismo sufre un espasmo y está dando lugar a un poscapitalismo distópico en este mismo momento. Si estoy en lo cierto al respecto, incluso los miembros de la Internacional Progresista que albergan esperanzas de civilizar el capitalismo, deben considerar la posibilidad de que la Internacional Progresista tenga el deber de mirar más allá del capitalismo, de hecho, de planificar un poscapitalismo humanista decente. (...)

En un libro que se publicó esta semana, llama-do Another Now, trato de imaginar que mi gene-ración respondió en 2008 al colapso de los merca-dos financieros. Seamos creativos e imaginemos que organizamos pacíficamente una revolución de alta tecnología que condujo a una democracia económica poscapitalista. ¿Cómo sería?

 Para ser atractivo, nuestro poscapitalismo debería presentar mercados de bienes y servicios. (...)

¿Puede funcionar una economía avanzada sin mercados laborales? Por supuesto que sí. Enmen-dar la ley corporativa para convertir a todos los empleados en socios igualitarios, otorgándoles un voto no negociable por persona, una acción por persona, es una propuesta tan radical hoy como lo fue el sufragio universal en el siglo XIX. 

Al otorgar a los empleados el derecho a voto, una idea propuesta por los primeros anarcosindi-calistas en la década de 1920, se pone fin a la distinción entre salarios y ganancias, y las nuevas herramientas de colaboración digital están listas para eliminar todas las ineficiencias que, de otro modo, obstaculizarían las perspectivas de una corporación gestionada democráticamente. 

 La posibilidad de un proceso de producción de vida económica democratizado se vuelve distinta, lo que provocaría la desaparición de los mercados de acciones y la necesidad de una deuda gigantesca para financiar fusiones y adquisiciones.Los bancos centrales, que brindan a todos los ciudadanos de su país una cuenta bancaria digital gratuita, están pensando en hacerlo bajo el capitalismo.

 Una vez que desaparezca el apalancamiento de la deuda de las fusiones y adqui-siciones vinculadas a los mercados de acciones y la banca personal, ¿de qué servirán los bancos? ¿También desaparecerán? Goldman Sachs y otros grupos similares se extinguirán, sin que siquiera necesitemos prohibirlos legalmente. 

¿Qué pasaría si lleváramos esta idea más allá y propusiéramos que el banco central también acreditara a cada una de esas cuentas un estipendio mensual fijo (un dividendo básico universal)?  

Como todos usarían su cuenta del banco central para realizar pagos internos, la mayor parte del dinero acuñado por el banco central se transferirá a su libro de contabilidad. Además, el banco central podría otorgar una cierta cantidad de di-nero a todos los recién nacidos, un fondo fiduciario que utilizarían al cumplir 18 años. 

Por lo tanto, las personas en el sistema de mercado, el sistema de mercado socialista poscapitalista, recibirían dos tipos de ingresos. Por un lado, dinero que ingresa como dividendos sociales y que proviene de la participación en las ganancias por trabajar en una empresa corposindicalista. En esta economía, ¿cómo se financiaría el gobierno? No se necesitarían más los impuestos a las ganancias, no se necesitarían más los impuestos sobre las ventas. En cambio, tres tipos de impuestos financiarían esta clase de gobierno. 

Primero, un impuesto a todas las empresas, que serían cooperativas, solo sobre el 5% de sus ingresos. 

En segundo lugar, un impuesto al carbono. Siempre lo necesitaremos hasta que logremos una economía con cero emisiones de carbono. 

Y en tercer lugar, el producto del arrendamiento de tierras (que pertenecería en su totalidad a la comunidad) para uso privado y por tiempo limitado, cuyo alquiler también iría a la comunidad. 

Una vez que se incorpora este principio, un modelo socialista de mercado surge por sí solo.  

Cuando están liberadas del poder corporativo, de la indignidad impuesta a los necesitados por parte del Estado de bienestar y de la tiranía de la contienda entre ganancias y salarios, las personas y las comunidades pueden comenzar a imaginar nuevas formas de desplegar sus talentos y creatividad.

 En resumen, frente a la onerosa tarea de luchar contra los autoritarismos gemelos, los progresistas necesitamos un plan, una organización común y una voluntad común de concebir el poscapitalismo juntos. Nuestra Internacional Progresista es una oportunidad única para satisfacer estas tres necesidades. En todo el mundo. Podemos hacerlo."

Yanis Varoufakis: ¿Qué vendrá después del capitalismo?... Libros CLACSO, Libro digital, 2020... ver en PDF