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29/1/24

Giorgia Meloni resume en una frase el odio de la derecha hacia los pobres... Pasar la responsabilidad de un sistema a sus víctimas es el objetivo de quienes quieren gobernar a los pobres, no liberar a la sociedad de la pobreza. Hay algunos que están “orgullosos” de ello, como Meloni

 "La fuerza impulsora detrás del odio a los pobres es la idea de “trabajo”. No sólo el trabajo disponible –precario, brutal, cada vez peor pagado, a veces incluso sin remuneración– sino, lo más importante, el trabajo que no existe. Este trabajo inexistente es lo que se supone que persiguen los “pobres empleables” –aquellos considerados “aptos para trabajar”-, inscribiéndose en el galimatías de los cursos de capacitación, con la esperanza de que estos les conduzcan a un trabajo, sin importar cuál sea, y con la esperanza de obtener los míseros 350 euros al mes que les prometen durante el proceso. Incluso inscribirse en los cursos no garantiza que recibirán dinero alguno, según informes de prensa de las últimas semanas.

 Aquellos entre los “empleables” que se encuentran atrapados en este círculo del infierno recibieron otra reprimenda el miércoles por parte de Giorgia Meloni, hablando durante el “tiempo de primer ministro”. “Si no estás disponible para trabajar”, dijo, “no puedes esperar que te mantengan con el dinero de quienes trabajan todos los días”.

 Sus palabras dicen mucho. Quiere decir que la pobreza es culpa de quienes no quieren trabajar. Porque, como todo el mundo sabe, a los pobres que tienen empleo les va muy bien. Se han redimido de la culpa de la pobreza. Se han emancipado de la necesidad. Han sido elevados al paraíso de las mercancías y lo disfrutan felizmente. La historia del capitalismo está plagada de ejemplos de discursos tan atroces. Ya estuvieron allí entre 1597 y 1601, cuando Isabel I aprobó las primeras “leyes de pobres” en Inglaterra. Hoy podemos estar en una época diferente, pero seguimos en el mismo lugar. Los pobres no escapan de la pobreza, ni siquiera cuando trabajan. Se les llama "trabajadores pobres". Este eufemismo angloamericano está ahí para encubrir lo espantoso de una vida pasada en la necesidad, y no hace nada para evitar añadir insulto al daño cuando alguien pierde su trabajo y no puede encontrar otro.

 Las palabras de Meloni también son deshonestas. Lo que no dijo fue que su gobierno cambió los criterios mediante los cuales se evalúa la “disponibilidad para trabajar” de los pobres. Estos criterios no tienen nada que ver con la voluntad de trabajar de un individuo, sino que se utilizan para emitir una condena moral, contrastándolos con aquellos que “trabajan todos los días” – en una línea de pensamiento que termina tildando de “vagos” a quienes reciben asistencia pública. o "moochers". En concreto, hablamos de la rebaja del umbral máximo de renta estimada, según el indicador de situación económica equivalente (ISEE), de 9.360 euros a 6.000 euros anuales para poder acceder a la nueva medida. Esto no es un tecnicismo sino una cuestión política. Esta norma ha excluido a muchos de los "empleables" del acceso al "apoyo a la formación y al empleo", la medida destinada a ellos, en paralelo al "subsidio de inclusión" destinado a los pobres considerados "no aptos para trabajar". Los datos fueron proporcionados por la propia Meloni: de 249.000 personas potencialmente “empleables” que recibían los ingresos de la ciudadanía, sólo 55.000 solicitaron la nueva medida, algo más del 22 por ciento.

 "Es posible que algunas de estas personas hayan encontrado trabajo por sí mismas", dijo el Primer Ministro, "pero también es posible que algunas de ellas no estuvieran buscando empleo o prefirieran trabajar fuera de los registros: esta es la razón por la que Estoy muy orgullosa del trabajo que hemos realizado”.

 Qué tipo de trabajo pueden encontrar las personas con ingresos ISEE superiores a 6.000 euros pero inferiores a 9.350 euros queda a la imaginación del lector. Y nadie puede sorprenderse de que esto no esté registrado en los libros. Una vez más, Meloni pasó por alto el punto esencial: el problema no existiría en absoluto si hubiera empleadores dispuestos a contratar personas legalmente y no explotarlas “fuera de los libros”; si había un gobierno dispuesto a limpiar la selva de contratos precarios; si hubiera un Estado de bienestar con una renta básica, un sistema fiscal justo y un sistema escolar y de salud pública que no estuvieran aplastados por las garras de la corporativización. Por no hablar de la “autonomía diferenciada”, próximamente, que causará aún más estragos.

 Pasar la responsabilidad de un sistema a sus víctimas es el objetivo de quienes quieren gobernar a los pobres, no liberar a la sociedad de la pobreza. Hay algunos que están “orgullosos” de ello, como Meloni. Quienes la critican hoy sólo necesitan señalar que un umbral más estricto para la asistencia pública no es lo mismo que “abolir la pobreza”, para citar las palabras de un anterior ocupante del Palazzo Chigi."                  (Roberto Ciccarelli, Il Manifesto Global, 29/01/24, traducción google)

27/4/23

Varoufakis: El mercadeo de una identidad en la sociedad en línea actual no es opcional... los jóvenes, antes de publicar, deben sopesar cuál o cuáles de sus “yos verdaderos” se verán más atractivos, testeando constantemente sus opiniones frente a su noción de cuál sería la opinión promedio de los formadores de opinión en línea... El capitalismo en la nube ha convertido al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta por opciones expresadas en clics que sus algoritmos pueden manipular de maneras ininteligibles para las mentes humanas... nuestro centro de atención ha sido secuestrado por una nueva clase dirigente. Y, puesto que los algoritmos integrados en el capital en la nube refuerzan el patriarcado, los estereotipos odiosos y las opresiones preexistentes, quienes más sufren son los más vulnerables: los pobres, los discapacitados mentales, los marginados y los pobres... Si algo nos enseñó el fascismo es nuestra susceptibilidad para demonizar estereotipos y la desagradable atracción (y potencia) de emociones como la santurronería, el temor, la envidia y la aversión que originan en nosotros. En la realidad social contemporánea, la nube nos pone frente a frente a ese temido y rechazado “otro”... A menos que nos coordinemos, nunca civilizaremos ni socializaremos al capitalismo en la nube, ni recuperaremos las partes de nuestras mentes que están expuestas a él. Y aquí radica la gran contradicción: únicamente una completa reconfiguración de los derechos de propiedad de los instrumentos cada vez más basados en la nube y que forman parte de la producción, distribución, colaboración y comunicación puede rescatar la idea liberal fundacional de la libertad como autonomía

 "Mi padre era la personificación del individuo liberal, una espléndida ironía para un marxista de toda la vida. Para ganarse la vida, tenía que vender su mano de obra al jefe de una planta siderúrgica en Eleusis. Pero en cada pausa para comer paseaba alegremente por el patio al aire libre del Museo Arqueológico de Eleusis, en donde admiraba las estelas antiguas llenas de indicios de que los tecnólogos de la antigüedad eran más avanzados de lo que se pensaba hasta entonces.

Tras su regreso a casa, justo después de las 5 p.m., hacía una siesta tardía y salía listo para compartir la vida familiar y apuntar sus hallazgos en artículos académicos y libros. En pocas palabras, su vida en la fábrica estaba claramente separada de su vida personal. Reflejaba un tiempo en que incluso personas de izquierdas como nosotros pensábamos que, si es que nada más, el capitalismo nos daba soberanía sobre nosotros mismos, aunque con límites. Con todo lo duro que uno trabajara para el jefe, al menos podía separar una parte de la propia vida y, dentro de esa separación, mantenerse autónomo, con capacidad de tomar decisiones, libre. 

Sabíamos que solo los ricos eran verdaderamente libres para escoger, que los pobres, en su mayoría, tenían las de perder y que la peor esclavitud era la de aquél que había aprendido a amar sus cadenas. Con todo, valorábamos la autonomía limitada con la que contábamos. A los jóvenes de hoy se les ha negado incluso esta pequeña gracia. Desde el momento mismo en que dan sus primeros pasos, les enseñan implícitamente a que se vean a sí mismos como una marca que se juzgará de acuerdo con lo genuina que se perciba. (Y eso incluye a potenciales empleadores: un egresado me dijo una vez que “nadie me ofrecerá un empleo hasta que yo haya descubierto mi verdadero ser”). 

El mercadeo de una identidad en la sociedad en línea actual no es opcional. Curar sus vidas personales, como si de una exhibición de museo se tratara, se ha vuelto una de las tareas más importantes que hacen los jóvenes. Antes de publicar cualquier imagen, subir cualquier vídeo, reseñar cualquier película, compartir cualquier fotografía o tuit, tienen que estar conscientes de a quien agradará o desagradará la opción que tomen. De alguna manera deben sopesar cuál o cuáles de sus “yos verdaderos” se verán más atractivos, testeando constantemente sus opiniones frente a su noción de cuál sería la opinión promedio de los formadores de opinión en línea. 

Puesto que cada experiencia se puede capturar y compartir, constantemente se encuentran ante el dilema si hacerlo o no. E incluso si no existe en realidad la oportunidad de compartir la experiencia, se la puede imaginar, y así se hará. Cada opción, experimentada o presenciada, se convierte en un acto de cuidadosa construcción de una identidad. No hay que ser de izquierdas para ver que se ha desvanecido el derecho a un poco de tiempo libre cuando uno deja de estar a la venta.

 La ironía es que el individuo liberal no fue eliminado por las camisas marrones de los fascistas ni por los comisarios estalinistas, sino cuando una nueva forma de capitalismo comenzó a instruir a los jóvenes de hacer la más liberal de las cosas: ser uno mismo. De todas las modificaciones conductuales que lo que llamo el capitalismo en la nube ha diseñado y rentabilizado, esta es, sin lugar a dudas, su mayor y más amplio logro. 

 El individualismo posesivo siempre fue perjudicial para la salud mental. La sociedad tecnofeudal a la que el capitalismo en la nube está dando origen ha empeorado las cosas infinitamente más, al derribar la verja que daba un refugio al individuo liberal frente al mercado del trabajo. El capitalismo en la nube ha convertido al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta por opciones expresadas en clics que sus algoritmos pueden manipular de maneras ininteligibles para las mentes humanas. 

Ha producido individuos no posesivos sino poseídos o, mejor dicho, personas incapaces de poseerse a sí mismas. Ha reducido nuestra capacidad de centrarnos, al desviar nuestra atención. Nuestra fuerza de voluntad no se ha debilitado, sino que nuestro centro de atención ha sido secuestrado por una nueva clase dirigente. Y, puesto que los algoritmos integrados en el capital en la nube refuerzan el patriarcado, los estereotipos odiosos y las opresiones preexistentes, quienes más sufren son los más vulnerables: los pobres, los discapacitados mentales, los marginados y los pobres.

 Si algo nos enseñó el fascismo es nuestra susceptibilidad para demonizar estereotipos y la desagradable atracción (y potencia) de emociones como la santurronería, el temor, la envidia y la aversión que originan en nosotros. En la realidad social contemporánea, la nube nos pone frente a frente a ese temido y rechazado “otro”. Y, puesto que la violencia en línea parece incruenta y anodina, somos más propensos a responder a ese “otro” con palabras burlonas y degradantes. El fanatismo es la compensación emocional del tecnofeudalismo ante las frustraciones y ansiedades que vivimos en relación con la identidad y en centro de atención.

 Ni los moderadores de publicaciones ni la regulación del discurso del odio detendrán este embrutecimiento, puesto que es intrínseco al capitalismo en la nube, cuyos algoritmos están optimizados para los ingresos de nube que fluyen con mayor abundancia hacia los propietarios de las Grandes Tecnológicas desde el odio y el descontento. Las entidades reguladoras no pueden normar los algoritmos alimentados por inteligencia artificial que ni siquiera sus autores pueden comprender. Para dar una oportunidad a la libertad, es necesario socializar el capitalismo en la nube. Mi padre creía que encontrar algo eternamente bello en lo que concentrarse, como lo hizo él entre las reliquias de la antigüedad griega, es nuestra única defensa frente a los demonios que acosan nuestras almas. He intentado practicar eso a lo largo de los años a mi propio ritmo.

 Pero no llegaremos muy lejos si actuamos solos, aislados y como individuos liberales ante la amenaza del tecnofeudalismo. No es la solución salirse de la internet, apagar nuestros teléfonos y usar efectivo en lugar de plástico. A menos que nos coordinemos, nunca civilizaremos ni socializaremos al capitalismo en la nube, ni recuperaremos las partes de nuestras mentes que están expuestas a él. Y aquí radica la gran contradicción: únicamente una completa reconfiguración de los derechos de propiedad de los instrumentos cada vez más basados en la nube y que forman parte de la producción, distribución, colaboración y comunicación puede rescatar la idea liberal fundacional de la libertad como autonomía. Así, para resucitar al individuo liberal se necesita precisamente lo que los liberales tanto detestan: una nueva revolución."                 (

15/9/21

Mi universidad sacrificó las ideas por la ideología. Así que hoy renuncio... Cuanto más hablaba contra el antiliberalismo que se ha tragado la Universidad Estatal de Portland, más represalias sufría... Los transeúntes me escupían y amenazaban mientras iba a clase. Los estudiantes me informaron de que mis compañeros les decían que evitaran mis clases. Y, por supuesto, fui objeto de investigaciones...

 "Peter Boghossian ha enseñado filosofía en la Universidad Estatal de Portland durante la última década. En la carta que figura a continuación, enviada esta mañana a la rectora de la universidad, explica los motivos de su dimisión.

Estimada rectora Susan Jeffords,

Me dirijo a usted hoy para dimitir como profesor asistente de filosofía en la Universidad Estatal de Portland.

Durante la última década, he tenido el privilegio de enseñar en la universidad. Mis especialidades son el pensamiento crítico, la ética y el método socrático, e imparto clases como Ciencia y Pseudociencia y Filosofía de la Educación. Pero además de explorar a los filósofos clásicos y los textos tradicionales, he invitado a una amplia gama de conferenciantes para que hablen en mis clases, desde los defensores de la Tierra Plana hasta los apologistas cristianos, pasando por los escépticos del clima global y los defensores de Occupy Wall Street. Estoy orgulloso de mi trabajo.

Invité a esos conferenciantes no porque estuviera de acuerdo con sus visiones del mundo, sino principalmente porque yo no lo estaba. A partir de esas conversaciones complicadas y difíciles, he visto lo mejor de lo que nuestros alumnos pueden conseguir: cuestionar las creencias respetando a los creyentes, mantener el equilibrio en circunstancias difíciles e incluso cambiar de opinión.

Nunca creí -ni creo ahora- que el objetivo de la enseñanza fuera llevar a mis alumnos a una conclusión determinada. Más bien, buscaba crear las condiciones para un pensamiento riguroso; ayudarles a obtener las herramientas para cazar y surcar sus propias conclusiones. Esta es la razón por la que me convertí en profesor y por la que amo la enseñanza.

Pero, ladrillo a ladrillo, la universidad ha hecho imposible este tipo de exploración intelectual. Ha transformado un bastión de la libre indagación en una fábrica de justicia social cuyos únicos insumos son la raza, el género y el victimismo y cuyos únicos resultados son la queja y la división.

A los estudiantes de Portland State no se les enseña a pensar. Más bien, se les entrena para imitar la certeza moral de los ideólogos. El profesorado y los administradores han abdicado de la misión de búsqueda de la verdad de la universidad y en su lugar impulsan la intolerancia de las creencias y opiniones divergentes. Esto ha creado una cultura de la ofensa en la que los estudiantes tienen ahora miedo de hablar abierta y honestamente.

Durante mi estancia en Portland State, me di cuenta muy pronto de los signos del antiliberalismo que ha invadido la universidad. Fui testigo de cómo los estudiantes se negaban a aceptar puntos de vista diferentes.  Las preguntas del profesorado en los cursos de formación sobre la diversidad que desafiaban las narrativas aprobadas eran descartadas al instante. Los que pedían pruebas para justificar las nuevas políticas institucionales eran acusados de microagresiones. Y a los profesores se les acusó de fanatismo por asignar textos canónicos escritos por filósofos que resultaban ser europeos y hombres.  

Al principio, no me di cuenta de lo sistémico que era esto y creí que podía cuestionar esta nueva cultura. Así que empecé a hacer preguntas. ¿Cuáles son las pruebas de que las advertencias de activación y los espacios seguros contribuyen al aprendizaje de los estudiantes? ¿Por qué la conciencia racial debe ser la lente a través de la cual vemos nuestro papel como educadores? ¿Cómo decidimos que la "apropiación cultural" es inmoral?

A diferencia de mis colegas, me hice estas preguntas en voz alta y en público.

Decidí estudiar los nuevos valores que estaban envolviendo a Portland State y a tantas otras instituciones educativas: valores que suenan maravillosos, como la diversidad, la equidad y la inclusión, pero que en realidad podrían ser todo lo contrario. Cuanto más leía el material de fuentes primarias elaborado por los teóricos críticos, más sospechaba que sus conclusiones reflejaban los postulados de una ideología, y no percepciones basadas en pruebas.

Empecé a establecer contactos con grupos de estudiantes que tenían inquietudes similares y a traer conferenciantes para explorar estos temas desde una perspectiva crítica. Y cada vez tenía más claro que los incidentes de antiliberalismo de los que había sido testigo a lo largo de los años no eran sólo hechos aislados, sino que formaban parte de un problema de toda la institución.

Cuanto más hablaba de estos temas, más represalias sufría.

A principios del año académico 2016-17, una antigua alumna se quejó de mí y la universidad inició una investigación del Título IX.  (Las investigaciones del Título IX son una parte de la ley federal diseñada para proteger a "las personas de la discriminación por razón de sexo en los programas o actividades educativas que reciben asistencia financiera federal"). Mi acusador, un hombre blanco, hizo una serie de acusaciones infundadas contra mí, que las normas de confidencialidad de la universidad lamentablemente me prohíben discutir más. Lo que sí puedo compartir es que los estudiantes míos que fueron entrevistados durante el proceso me dijeron que el investigador del Título IX les preguntó si sabían algo de que yo había golpeado a mi esposa e hijos. Esta horrible acusación pronto se convirtió en un rumor generalizado.

En las investigaciones del Título IX no existe el debido proceso, por lo que no tuve acceso a las acusaciones particulares, ni la posibilidad de enfrentarme a mi acusador, ni tuve la oportunidad de defenderme. Finalmente, los resultados de la investigación se revelaron en diciembre de 2017. Aquí están las dos últimas frases del informe: "Global Diversity & Inclusion considera que no hay pruebas suficientes de que Boghossian haya violado la política de discriminación y acoso prohibidos de la PSU. GDI recomienda que Boghossian reciba entrenamiento".

No sólo no hubo ninguna disculpa por las falsas acusaciones, sino que el investigador también me dijo que en el futuro no se me permitía opinar sobre las "clases protegidas" ni enseñar de forma que se pudiera conocer mi opinión sobre las clases protegidas, una conclusión extraña para unas acusaciones absurdas. Las universidades pueden imponer la conformidad ideológica sólo con la amenaza de estas investigaciones.

Al final me convencí de que los cuerpos académicos corruptos eran los responsables de justificar las desviaciones radicales del papel tradicional de las escuelas de artes liberales y del civismo básico en el campus. Había una necesidad urgente de demostrar que los trabajos moralmente de moda -por absurdos que fueran- podían publicarse. Creí entonces que si exponía los defectos teóricos de este cuerpo de literatura, podría ayudar a la comunidad universitaria a evitar la construcción de edificios sobre un terreno tan inestable.

Así que, en 2017, copubliqué un artículo revisado por pares, intencionadamente confuso, que apuntaba a la nueva ortodoxia. Su título: "El pene conceptual como construcción social". Este ejemplo de pseudoescolaridad, que se publicó en Cogent Social Sciences, argumentaba que los penes eran productos de la mente humana y responsables del cambio climático. Inmediatamente después, revelé que el artículo era un engaño diseñado para arrojar luz sobre los defectos de los sistemas de revisión por pares y de publicación académica.

Poco después, empezaron a aparecer esvásticas con mi nombre en dos baños cercanos al departamento de filosofía. También aparecieron ocasionalmente en la puerta de mi despacho, en una ocasión acompañadas de bolsas de heces. Nuestra universidad permaneció en silencio. Cuando actuó, lo hizo contra mí, no contra los autores.

Seguí creyendo, quizás ingenuamente, que si exponía el pensamiento erróneo en el que se basaban los nuevos valores de Portland State, podría sacudir a la universidad de su locura. En 2018 copubliqué una serie de artículos absurdos o moralmente repugnantes revisados por pares en revistas que se centraban en cuestiones de raza y género. En uno de ellos argumentábamos que había una epidemia de violaciones de perros en los parques caninos y proponíamos que pusiéramos correas a los hombres del mismo modo que a los perros. Nuestro propósito era demostrar que ciertos tipos de "erudición" no se basan en la búsqueda de la verdad, sino en la promoción de reivindicaciones sociales. Esta visión del mundo no es científica ni rigurosa.

Los administradores y el profesorado se enfadaron tanto por los artículos que publicaron un artículo anónimo en el periódico estudiantil y Portland State presentó cargos formales contra mí. ¿Su acusación? "Mala conducta investigadora", basada en la absurda premisa de que los editores de la revista que aceptaron nuestros artículos intencionadamente desquiciados eran "sujetos humanos". Me declararon culpable de no haber recibido la aprobación para experimentar con sujetos humanos.

Mientras tanto, la intolerancia ideológica siguió creciendo en Portland State. En marzo de 2018, un profesor titular interrumpió un debate público que yo mantenía con la autora Christina Hoff Sommers y los biólogos evolutivos Bret Weinstein y Heather Heying. En junio de 2018, alguien hizo saltar la alarma de incendios durante mi conversación con el popular crítico cultural Carl Benjamin. En octubre de 2018, un activista sacó los cables del altavoz para interrumpir un panel con el ex ingeniero de Google James Damore. La universidad no hizo nada para detener o abordar este comportamiento. Nadie fue castigado o disciplinado.

Para mí, los años siguientes estuvieron marcados por el acoso continuo. Encontré folletos por el campus en los que aparecía con una nariz de Pinocho. Los transeúntes me escupían y amenazaban mientras iba a clase. Los estudiantes me informaron de que mis compañeros les decían que evitaran mis clases. Y, por supuesto, fui objeto de más investigaciones.

Me gustaría poder decir que lo que estoy describiendo no me ha pasado factura personal. Pero se ha cobrado exactamente el peaje que se pretendía: una vida laboral cada vez más intolerable y sin la protección de la titularidad.

No se trata de mí. Se trata del tipo de instituciones que queremos y de los valores que elegimos. Toda idea que ha hecho avanzar la libertad humana ha sido siempre, y sin falta, condenada inicialmente. Como individuos, a menudo parecemos incapaces de recordar esta lección, pero precisamente para eso están nuestras instituciones: para recordarnos que la libertad de cuestionar es nuestro derecho fundamental. Las instituciones educativas deben recordarnos que ese derecho es también nuestro deber.  

La Universidad Estatal de Portland no ha cumplido con este deber. Al hacerlo, no sólo ha fallado a sus estudiantes, sino también al público que la apoya. Aunque estoy agradecido por la oportunidad de haber enseñado en Portland State durante más de una década, me ha quedado claro que esta institución no es lugar para personas que pretenden pensar libremente y explorar ideas. 

Este no es el resultado que quería. Pero me siento moralmente obligado a tomar esta decisión. Durante diez años, he enseñado a mis alumnos la importancia de vivir según tus principios. Uno de los míos es defender nuestro sistema de educación liberal de quienes pretenden destruirlo. ¿Quién sería yo si no lo hiciera?

Sinceramente,

Peter Boghossian "

(Peter Boghossian , 08/09/21; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

8/3/19

La muerte del nieto de Lula desata los monstruos del odio

"Sabíamos que en Brasil, mayoritariamente solidario, sensible al dolor ajeno y que ama a sus pequeños, existían monstruos de odio. Confieso, sin embargo, que ignoraba que fueran tantos y con tanta carga de sadismo. Lo demuestran los comentarios sórdidos y hasta blasfemos que invocan a Dios con motivo de la muerte de Arthur, de siete años, nieto inocente de Lula, condenado y encarcelado por corrupción.

Un niño aún no tiene tiempo de conocer hasta qué abismos de ceguera puede conducir la política como ideología. Y cae sobre nuestras conciencias de adultos la infamia de convertir en bromas baratas, ironía y sarcasmo en las redes sociales, el dolor de un abuelo por la pérdida de su nieto. Lula, aún condenado y en la cárcel, no ha perdido ni su dignidad como persona, ni el pedazo de historia positiva que dejó escrita en este país.

Quienes llegan a alegrarse de la pérdida del nieto de Lula como un castigo de Dios por haber apoyado como presidente a Gobiernos como el de Venezuela —que hoy mata de hambre a sus niños, como he leído en este diario— están revelando hasta qué pozo de ceguera y de insensibilidad humana puede llegar el soberbio Homo sapiens.


Esa ausencia de empatía y de decoro ha contagiado a políticos con grandes responsabilidades como al hijo del presidente Bolsonaro, el diputado federal Eduardo, que todo lo que supo escribir en la red sobre la triste muerte del nieto de Lula es que el expresidente debía estar “en una cárcel común, como un preso común”. Lo escribió sin una sola palabra de piedad o, por lo menos, de respeto por su enemigo político.

Le respondió Fernando Lula Negrao, quien apuntó que las palabras del hijo del presidente eran propias "de la falta de misericordia, de los odios, de las angustias y de la falta de amor que es típica de los psicópatas, de los asesinos seriales y de los cobardes…” . Un juicio duro que millones de brasileños que no han perdido la capacidad de solidarizarse con el dolor ajeno aplauden.

También, Alexandre Braga, seguramente otro de los millones de brasileños sanos, no envenenados por la ideología, le respondió con sensatez: “[Eduardo Bolsonaro] perdió la oportunidad de callarse. Lula ya está acabado y preso. Respete el dolor del abuelo. Basta de ese odio malvado y vamos a pensar en Brasil”.

Intenté recordar tiempos oscuros de la historia en los que el ser humano llegó a degradarse hasta el punto de no solo no respetar la inocencia de la infancia, sino de hacer de ella carne de infamia. Solo me vinieron a la memoria aquellos campos de concentración nazi donde los niños eran quemados vivos porque “no servían para trabajar”. Fue en uno de aquellos campos donde uno de los responsables dedicaba la poca agua que había para regar las flores de su jardín dejando morir de sed a los niños.

Para alguien como yo que ha dedicado tantas columnas a contar lo positivo del alma brasileña (que tanto me ha enseñado y reconfortado en los momentos en que no es difícil perder la confianza en el ser humano), el hecho de leer comentarios sin alma, sin empatía, cargados de odio, sarcasmo e incluso regocijándose de la muerte de un inocente, solo por el odio a Lula, hace que prefiera no haber vivido este día.

Soy de los periodistas que criticaron, en su momento, el hecho de que Lula, que llegó con la esperanza de renovar la política, hubiese acabado contagiado por los halagos de los poderosos y por la política fácil de la corrupción. Hoy, sin embargo, ante esos camiones de basura que las redes sociales están vomitando contra él y hasta contra el nieto inocente que ha perdido, me atrevo a pedirle perdón en nombre de esos millones de brasileños que aún no se han vendido al odio fácil y saben aún mantener su dignidad ante la muerte de un niño.

Hubo quien escribió que, después de los campos de concentración del nazismo, no era posible seguir creyendo en Dios. ¿Y después de esos odios y sucios insultos lanzados contra Lula tras haber perdido a su nieto, es posible seguir creyendo en Brasil? El Brasil de las cloacas, que hoy han manchado gratuitamente el alma de un niño, terminará como le sucedió al nazismo.

El otro Brasil, el anónimo, el que hoy se ha horrorizado viendo desfilar a los monstruos sueltos en las redes sociales, el mayoritario, acabará (¿o será solo mi esperanza?) dominando a los monstruos que hoy nos asustan para dar paso a los ángeles de la paz."                    (Juan Arias, El País, 02/03/19)

15/6/18

La detención del flujo migratorio en los países africanos lo hace la UE con los métodos brutales allí imperantes, vía subvenciones a mafias locales para detener a los emigrantes antes de cruzar el mar. Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás. Hipocresía

"Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir vergüenza.

En el mundo de hoy hay 230 millones de emigrantes internacionales, alrededor de un 3% de la población global, frente a los 174 millones estimados en el año 2000. Desde finales del siglo XX, una creciente desigualdad territorial y social, crisis y conflictos, así como la circulación de la información que estimula la comparación y las ganas de irse, aceleraron y mundializaron las emigraciones.

Una encuesta realizada en 2014 por la OIT en 150 países, sugiere que más de una cuarta parte de los jóvenes de la mayoría de las regiones del mundo quiere residir permanentemente en otro país. Nada más comprensible en un planeta en el que 1200 millones de personas viven en la extrema pobreza y donde a una quinta parte de la población le corresponde sólo el 2% del ingreso global, mientras el 20% más rico concentra el 74% de los ingresos.

Este es el gran contexto del fenómeno migratorio que está yendo a más y que las consecuencias del calentamiento global multiplicarán, según todas las previsiones. ¿Cómo se está respondiendo a esto en el Norte global?

La actual crisis migratoria en Europa es insignificante, comparada con la situación de países como Líbano, Turquía o tantos países africanos y del Sur global, donde se recibe más del 50% de los flujos migratorios del planeta. Pese a ser pequeña, la corriente recibida en la UE crea grandes convulsiones políticas. 

La respuesta es el actual endurecimiento de la política migratoria europea enfocado hacia más expulsiones, movilización militar en el Mediterráneo y detención del flujo migratorio en los países africanos, con los métodos brutales y en las circunstancias allí imperantes, vía acuerdos y subvenciones a mafias y bandas militares locales para detener a los emigrantes antes del intento de cruzar el mar.

 Este endurecimiento activo se está realizando sin alterar apenas el habitual discurso humanitario sobre derecho de asilo, valores y demás, una hipocresía que quedó bien patente en la última cumbre euro-africana celebrada en París a finales de agosto.

El vector de esta política apunta hacia una división del mundo en dos categorías, dos castas geográfico-sociales, en la que el estrato superior que podría implicar al 20% de la población del planeta podría vivir en un cuadro de relativa distribución, suficiente para generar un consenso y una fuerza militar capaz de mantener al 80% restante en una posición totalmente subyugada y paupérrima. Evocando este escenario, el sociólogo Immanuel Wallerstein observa con razón que, “el orden mundial que Hitler tuvo en mente no era muy diferente”.

Al mismo tiempo, es evidente que el Norte no puede abrir de par en par las puertas al Sur sin exponerse a grandes trastornos. Esas tensiones ya están hoy a la vista en Estados Unidos y en la UE, donde alimentan xenofobias y nacionalismos excluyentes que se mezclan con la merma de soberanía que resulta de la mundialización neoliberal y son uno de los factores de desintegración interna.

 Propugnar una política de puertas abiertas, algo que como actitud moral es correcto, resulta completamente inviable e irrealista desde el punto de vista político. 

A la luz de los incrementos que están por venir como consecuencia del belicismo, del cambio climático y de los incrementos demográficos, ni el estado social ni la estabilidad política resistirían la prueba de tal apertura en el Norte. Entonces, ¿Cuál es la política adecuada, la actitud conforme con los retos del siglo y el más elemental humanismo que podrían defender los responsables políticos ante sus electores, desmarcados de esa hitleriana Herrenvolk-Demokratie del 20% de los humanos sobre la subyugación y la pobreza del resto?

La respuesta es obvia: una política decente en materia de emigración es imposible sin afrontar las cuestiones generales que están en el origen del fenómeno; la cuestiones de la guerra y de la paz, del desarrollo desigual y del calentamiento global.

 Solo los países que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas a una emigración masiva del Sur sin sentir vergüenza. Cumplir con el mundo, quiere decir llevar a cabo en su acción de gobierno -y promover en su acción exterior- una línea en sintonía con los retos de los tiempos. El decálogo de tal política es cada vez más evidente.

La actual crisis migratoria en Europa está en relación directa con el estado de guerra declarado en Oriente Medio, desde Afganistán hasta el norte de África, con su epicentro en Siria e Iraq. Recordemos que en Afganistán quince años de guerra han creado 220.000 muertos, que en Iraq trece años produjeron más de un millón de víctimas y la división del país en tres trozos, que en Libia se contabilizan más de 40.000 muertos tras seis años de caos y la división del país en trozos, y que en Siria seis años de guerra han generado más de 300.000 muertos y fragmentado el país. 

En todos esos países la intervención occidental ha empeorado claramente la situación existente antes. Acabar con eso, dejar de participar en eso y romper con las alianzas que promocionan eso, sería el primer artículo del decálogo para cumplir con el mundo.

El antibelicismo habría que conjugarlo con políticas contra el crecimiento crematístico que está en el origen de tales desastres, con el fin de las políticas comerciales basadas en la rapiña y el abuso así como con los regímenes emplazados en el Sur para garantizarlas, con la práctica del multilateralismo en la esfera diplomática, con la denuncia de los acuerdos y relaciones desiguales, con el coto al extractivismo y a la emisión desenfrenada de gases responsables del efecto invernadero, con el respeto y desarrollo de los acuerdos internacionales en la materia, con el cumplimiento del insuficiente compromiso de la ONU de dedicar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo, con la prohibición de la venta de armas y la sanción al colonialismo, con la promoción del desarme de los recursos de destrucción masiva comenzando por las cinco potencias nucleares del consejo de seguridad de la ONU, etc., etc.

Solo desde un programa político reformista y humanista que apuntara en esa dirección, podría un estado nacional cerrar sus puertas a los grandes flujos migratorios que están por venir, alegando su compromiso práctico con un mundo viable y la necesidad de preservar su estabilidad interna.

Solo los gobiernos del Norte que cumplan con el mundo podrían cerrar sus puertas al emigrante sin sentir la vergüenza que suscita la presente política hipócrita de la Unión Europea, hablando por un lado de derechos y valores mientras se organizan centros de detención de emigrantes en África y se alimentan las hogueras globales con un modo de vida inviable para todos y sostenido por el militarismo."               (Rafael Poch, 15/09/18)

24/1/17

Umberto Eco: los 14 puntos de la estructura básica del protofascismo... como el de Trump

"(...) A Umberto Eco, en 1942, cuando era un niño y vivía en un pueblo cerca de Milán, le fascinaba tanto el régimen fascista que un día ganó un premio de redacción sobre el tema ¿Debemos morir por la gloria de Mussolini y el destino inmortal de Italia? Era listo y dijo que sí. 

Muchos años después, en 1995, arropado por la fama y el prestigio intelectual, escribió un artículo en el New York Review of Books que tituló Ur-Fascism, y que hacía referencia al fascismo primigenio, una anomalía que las democracias contemporáneas no han podido erradicar de la práctica política.

Eco resumía en 14 puntos la estructura básica de este protofascismo y el otro día, con motivo de una charla en el Ateneu Barcelonès, los utilicé para demostrar que Trump cumple con todos ellos.

1. Tradicionalismo. El fascista se agarra a una verdad nacional, original e inapelable, que marca los límites del pensamiento. Trump, como buen fascista, glorifica una arcadia nacional a la que promete “volver a hacer grande”.

2. Rechazo de la modernidad. No de la tecnología, pero sí del espíritu de la Ilustración. El fascista ensalza el pasado y Trump promete volver a los cincuenta del siglo XX, a la América blanca y consumidora de los electrodomésticos made in USA.

3. Irracionalidad. Sin Ilustración y delimitado el marco intelectual por la verdad absoluta, el fascista es un hombre de acción. No hay que pensar, solo actuar. Trump no lee ni reflexiona. Promete acciones de todo tipo y lo hace con un programa incoherente, contradictorio y vengativo.

4. Pensamiento único. La discrepancia es traición. El fascista desconfía del intelectual y Trump desconfía de la prensa crítica, a la que llama deshonesta.

5. Racismo. Explotar el miedo a la diferencia. Si en los discursos de Trump sustituimos las palabras mexicanos y musulmanes por judíos, no estaremos muy lejos de la retórica nazi en la Alemania de 1934.

6. El fascista apela a la clase media, que se siente marginada por el poder político, además de amenazada por la pujanza de las clases inferiores, especialmente de los inmigrantes. Trump centró su campaña en estas personas, la clase trabajadora blanca que teme perder su identidad nacional, su parcela pequeñoburguesa en una geografía cosmopolita y globalizada.

7. El fascista está obsesionado con las conspiraciones y Trump, por ejemplo, insistió en que las elecciones estaban amañadas y que sólo respetaría el resultado si ganaba.

8. El fascista explota la humillación del pueblo ante los ricos y Trump, el multimillonario que ahora se ha rodeado de financieros, criticó durante la campaña la avaricia de Wall Street, su preeminencia en la Administración Obama.

9. El fascista lucha permanentemente contra enemigos interiores y exteriores. Trump ha dado varios ejemplos de esta belicosidad. Hace unos días aún insistía en que Hillary Clinton “es más culpable que el demonio” por utilizar un servidor de correo privado cuando fue secretaria de Estado.

10. Despotismo ilustrado. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. El fascista tiene todas las soluciones y el director general Donald Trump anuncia: “Seré el más grande generador de empleo que haya creado Dios”.

11. En el paraíso fascista todo el mundo es un héroe y en la América de Trump cualquiera puede contribuir a su grandeza. Basta con denunciar a un inmigrante sin papeles.

12. El fascista es machista y Trump pavonea de poder hacer lo que quiera con una mujer, incluso forzarla sexualmente.

13.Al fascismo le va la masa, no el individuo. No hay ciudadanía, solo pueblo. Trump, por ejemplo, se niega a publicar la declaración de la renta porque “sólo interesa a la prensa, no al pueblo”. El Estado de derecho y las libertades individuales son un concepto relativo y siempre negociable en el imaginario político de Trump.

14. El fascista utiliza un vocabulario pobre y una sintaxis elemental para impedir el razonamiento complejo y crítico. Trump se comunica por tuits hostiles, indecentes y falsos, que muchos toman por verdaderos y reveladores.

La ceremonia del próximo viernes, con Trump jurando con solemnidad que respetará y hará respetar la Constitución, será la primera prueba contra la resistencia de las instituciones de la república. ¿Aguantarán? Esta es la gran incógnita y la gran amenaza que hoy nadie puede responder."

29/6/12

Preguntémonos si es deseable pertenecer al euro y a la UE, ahora que Europa central con Alemania a la cabeza insiste en reactivar los mismos milenarios estereotipos racistas sobre los pueblos del sur

"Dentro y fuera, opresora y oprimida, España ha sido siempre un istmo, a caballos entre Europa y África, Oriente y Occidente, el Islam y la cristiandad, el Mediterráneo y el Atlántico, la Europa Blanca y el Magreb. La idea de “la reconquista” nos deformo para siempre la mirada y nos “enseñó”, como ha mostrado Juan Goytisolo desde La reivindicación del Conde Don Julián en adelante, a reprimir todas esas Españas que como en un palimpsesto informan quiénes fuimos y, por lo tanto, quiénes somos todavía y, sobre todo, quiénes podemos ser.

 La entrada en la Unión Europea no ha hecho más que exacerbar esa mirada impuesta por la Europa blanca y cristiana, la misma que preconizaban los de la unidad de destino en lo universal y el hispanismo castizo, la misma que “inventa” el racismo y, a la vez, se pretende inmune a él dentro de sus fronteras.

 Entrar en la Unión Europea ha supuesto para España una lobotomía cultural según la cuál nuestra misión en la división Europea del trabajo es vigilar las fronteras de esa “fortaleza cultural europea”, asegurarnos de que sigan llegando migrantes de África sin papeles para poder ser explotados cuando hacen falta y deportarlos cuando no son necesarios como ahora. Lampedusa en Italia, Ceuta y Melilla en España son las torres vigías de esa política neocolonial de la fortaleza capitalista europea. 

Por eso, preguntemos ahora no sólo si permanecer en el euro y en la Unión Europea es viable y deseable, sino también si queremos pertenecer y en qué condiciones a esa estructura cultural de la Europa del capital neocolonial. No esperemos, preguntemos ahora que Europa central con Alemania a la cabeza insiste en reactivar los mismos milenarios estereotipos racistas sobre los pueblos del sur. 

Desde el mismo acrónimo (PIIGS, "cerdos" en inglés) pasando por los manidos lugares comunes de la siesta española, la pereza griega, la sensualidad improductiva de los pueblos del Mediterráneo o su carácter despilfarrador la cultura nunca es inocente, la usura de los bancos alemanes no se justifica sola, necesita de estas narrativas para naturalizar la imposición del ajuste neoliberal y finiquitar las pocas, pero cruciales, conquistas sociales que hemos heredado del largo y sangriento siglo XX: el derecho a la educación y a la salud. 

¿Queremos pertenecer a esa Europa? ¿Por qué añorar la pertenencia a una Europa que o nos abandonó a nuestra propia suerte con la pantomima de la no intervención o intervino militarmente en apoyo al fascismo durante la guerra civil? ¿Queremos vincularnos con la misma Francia que puso en campos de concentración a los refugiados republicanos españoles en Argelés-sur-mer? ¿Por qué no honrar la memoria del México de Cárdenas que apoyó con armas a la República y dió techo y comida a miles de españoles cuando no teníamos dónde caernos muertos? ¿Queremos pertenecer a la misma Alemania que importó miles de trabajadores españoles en los años sesenta y los puso a vivir, como se relata en el extraordinario documental El tren de la memoria, separados por sexos en los abandonados barracones de los campos de concentración nazis? 

Me dirán que Europa también es la Revolución francesa, Rosa de Luxemburgo, Bertolt Brecht, pero resulta que la Europa que nos tiene de rodillas ante los mercados financieros, la Europa que nos ha obligado a renunciar a nuestra soberanía para pagar a los acreedores de la deuda no es precisamente la de sus tradiciones revolucionarias ni la de sus culturas de resistencia.

 En cualquier caso, creo que junto con la salida ordenada del euro y la convocatoria de un proceso político constituyente que nos libere de la dominación del capital financiero, es necesario empezar a discutir, en lugar de asumir automáticamente, cuáles son nuestras coordenadas culturales."                (Rebelión, 27/06/2012, 'Argumentos culturales contra la integración monetaria',Luis Martín Cabrera)

14/6/11

Genial, pero mal bicho

"Bajo el título Mal bicho, pero genial (12 de abril) publicaba Juan Goytisolo un artículo en el que lamenta, como antes Vargas Llosa, la decisión del Gobierno francés de suspender su previsto homenaje al escritor Celine. A su parecer, el "odioso antisemitismo" de este escritor y "su abierta colaboración con los nazis" no restan ni un ápice de su maestría literaria.

Era un mal bicho, conviene, pero sin duda genial. Claro que, al venir en último lugar y tras una conjunción adversativa, el calificativo estético tiende a prevalecer sobre el moral. Probemos sin embargo a decir al revés que Celine sin duda fue un genio, pero un mal bicho, y el lector entenderá entonces que debe contar más su deficiencia moral que su excelencia artística. E incluso que esta decae en alguien que lleva "una conducta ignominiosamente vil y rastrera". (...)

Y es que, frente a los demás valores, lo peculiar del moral estriba en ser universalmente exigible si queremos vivir una vida propiamente humana. Lo recordaba yo en mi artículo y lo repite Goytisolo en el suyo cuando reitera el desprecio que merece Quevedo "desde el punto de vista... de la honradez exigible a una persona".

Que la honradez sea una demanda universal no significa que haya de ser el criterio preeminente para evaluar al artista o al científico como tales. Es un requisito, eso sí, para emitir un juicio más completo sobre su persona. Por eso admiramos el genio poético de un Quevedo, aunque le prestaríamos mayor devoción todavía si tan inmenso poeta no hubiera estado aquejado de "racismo, antisemitismo, misoginia y homofobia".

Puede ser engañoso limitarse a decir que un gran hombre tiene luces y sombras, o que tiene sombras pero también luces. Cuando esas sombras son nubarrones de indecencia, las luces del gran hombre brillan algo más apagadas...

El gran escritor español asevera que en Celine convivían la más excelsa empresa creativa y la peor labor panfletaria, "pero importa deslindar una de otra". Me parece que importa más bien lo contrario. Una cosa es que sean deslindables mediante un ejercicio lógico de abstracción y otra que deban serlo en la vida real y en el juicio práctico que esta nos merezca. Precisamente por no ser obligatorios los demás valores son separables unos de otros..., pero no el moral, que siempre habrá que rastrear allí donde comparezca el hombre. Si separamos en un ser humano lo excelente de lo indecente, nos quedará tan solo una excelencia abstracta. (...)

Tal vez se vea más claro mirando hacia otro ángulo de la cuestión. Una vez desprendidos de su brutal cometido de acabar con la vida de un hombre, ciertos asesinatos podrían contemplarse como obras de arte y el asesino como un artista.

¿Diremos entonces que conviene discernir un aspecto del otro y juzgar cada uno por separado, como si el aspecto criminal no rozara ni empañara su aspecto estético? El genocidio judío en los campos de exterminio ha sido calificado también de una sumamente ingeniosa obra de ingeniería. ¿Nos atreveríamos a valorar esa ingeniería al margen de la doctrina que la justificó y de la matanza que produjo?

Suena, pues, a escapatoria concluir que una obra maestra "no se sujeta a corrección alguna". (...)

Al artista no se le pide nada que no debamos pedir a todo ser humano: que sea fiel a su humanidad. Porque la Humanidad no requiere tanto genios como hombres buenos. Se enriquece sin duda con los grandes creadores, pero más aún con los hombres dispuestos a llevar una vida justa." (AURELIO ARTETA: Genial, pero mal bicho. El País, 11/06/2011, p. 31)