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14/12/17

Lo realmente determinante ahora es la enorme dependencia que algunas autoestimas europeas tienen de la denigración del demonio español. Rechazan la diversidad. Lo contrario de lo que España significa, el mestizaje...

"(...) El desgraciado procés catalán ha sido la tormenta que ha desenterrado los cadáveres nada exquisitos de una hispanofobia demasiado buena para que vayan a dejarla pasar ahora quienes tanto provecho le sacaron históricamente. 

El camino había sido allanado en buena parte por unos diputados nacionalistas vascos y catalanes que habían trabajado con insistencia cultivando esta leyenda negra. 

 Propagaron el mito de que la cultura democrática de los catalanes o de los vascos era muy superior a la española y tuvo buena acogida, una falsedad que ha sabido aprovechar los complejos generados por una leyenda negra tristemente asumida y que funciona. Pero el mito del talante democrático vasco o catalán enfrentado al supuesto caciquismo católico castellano no tiene más base que el voluntarismo de los propios nacionalistas y de quienes han decidido creerles.

ERC cuenta en su haber con dos golpes de Estado, ambos ejecutados en democracia (1934 y 2017), y ha trabajado últimamente junto con Convergencia para que su versión se conociera en las instituciones europeas. Que el independentismo catalán jugase sus cartas en Bruselas y finalizara con el inventado exilio del fugado Puigdemont es un acierto estratégico

Oficialmente insistieron en que la elección de la jurisdicción belga vino dada por su garantismo. Pero hubo sólo una estelada esos días en el Parlamento: en la bancada de la extrema derecha flamenca.

Hay dos partidos nacionalistas flamencos: N-VA y Vlams Belaang, uno moderado y otro radical. Sólo este último expresó abiertamente su apoyo a Puigdemont, aunque dos miembros de N-VA (Francken y Jambon) manifestaron más o menos lo mismo y provocaron una crisis en el Gobierno belga. 

Jambon cuestionó el comportamiento del Gobierno español y dijo que España podría haber colocado las leyes nacionales por delante de la convención de los Derechos Humanos y otras leyes “que están por encima” de la española en su gestión del proceso separatista. El caso más reciente de las solicitudes de información sobre las prisiones españolas ha caído, incluso, en el esperpento.

Pero lo cierto es que no había mejor lugar para buscar apoyo que en uno de los corazones de la hispanofobia tradicional. El otro es Reino Unido, país cuya derecha más extrema también ha sido particularmente hostil durante estas semanas de campaña de desprestigio contra España. 

Ha sido así sin disimulo en el Parlamento, con intervenciones furibundas como la del diputado James Carver, y lo ha sido en los medios de comunicación. No es de extrañar que las alegaciones de Puigdemont fueran apoyadas con un dossier de prensa con recortes de Le Soir belga y el británico The Guardian.

La pervivencia de los estereotipos antiespañoles depende mucho más de ellos que de nosotros. Podemos haber asumido acríticamente los tópicos hispanófobos, creados en la lucha secular contra la hegemonía española, pero lo realmente determinante ahora es la enorme dependencia que algunas autoestimas europeas tienen de la denigración del demonio español, notablemente la comunidad flamenca. 

Alguien tendrá que decirles que muchos de los famosos Tercios de Flandes estaban formados mayormente por flamencos y que españoles había más bien pocos. Alguien debería contarles que lo que ellos estudian de forma contumaz en las escuelas como una lucha épica por la libertad contra el español, fue una guerra civil que convirtió a los perdedores en ciudadanos de segunda por siglos. Sólo tienen que mirar a su alrededor para verlos. 

Bélgica es hoy una democracia difícil, en la que a duras penas cohabitan en régimen de mutuo apartheid dos comunidades que se odian entre sí. No han acertado a hacer de sus diferencias algo beneficioso. Exclusión, odio, incapacidad para relacionarse y hasta para procrear con el otro. Familias rotas.

 Exactamente lo mismo que ha producido el secesionismo catalán, como hizo el vasco de forma tan cruenta. La lucha contra la lengua del otro, la búsqueda consciente de su aniquilación. El rechazo a la diversidad. Es aproximadamente lo contrario de lo que España significa, siempre orgullosa de su diversidad, de sus lenguas, de sus razas, de su mestizaje. Lo que quiere significar Europa, precisamente.

Esto es lo que tenemos enfrente nos guste o no. No lo hemos elegido, pero está ahí. Si permitimos que los prejuicios que existen sobre nosotros nos afecten, se debilitarán nuestras convicciones democráticas y nuestra defensa de la legalidad. 

Así, la caja de truenos que ha estallado en Cataluña en forma de nacionalismo excluyente se extenderá no sólo al resto de España, sino también al resto de Europa, donde en cada casa hay al menos un fantasma tribal. 

Lo que hay que defender aquí afecta a España y a Europa entera, a saber, que la democracia es el imperio de la ley y que la nuestra —la española y las otras— es lo suficientemente fuerte como para resistir los envites de los populismos nacionalistas. Y tenemos que hacerlo, por nosotros y por todos los europeos, tanto si nos ayudan como si no.

Hace cinco siglos España propuso a Europa el proyecto erasmista de la Universitas Christiana. Ahora, pararle los pies al nacionalismo es la mejor ofrenda que podemos hacer los españoles al proyecto europeo más importante de los últimos 100 años."               

(Ma, eurodiputada integrada en el grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa, , autora de ‘Imperiofobia’ (Siruela). El País, 05/12/17)

15/12/16

Ciudades como Barcelona y Bilbao, volcadas con el mercado de esclavos, crecen exponencialmente...

"(...) Es por eso que resulta sorprendente que se litigue por el nombre de calles y plazas relacionadas con la dictadura mientras que por otro lado se mantengan ensalzados algunos personajes que en su época lucieron como mercaderes de esclavos. 

Personajes de la talla de Antonio López y López, Eusebi Güel o su padre Joan Güel i Ferrer lucen monumentos en su honor en Barcelona, concretamente en el Puerto, el Parque Güel y Gran Vía respectivamente, cuando todos ellos se dedicaron a la trata de esclavos en las Antillas.

 Si alguien se pregunta cómo se iniciaron las fortunas de los bancos españoles, dará con que Josep Xifré, fue el primer presidente de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona (el origen de La Caixa actual), y Pablo Epalza, fundador del Banco de Bilbao (actual BBVA), ambos se dedicaron a hacer dinero a costa de vender miles de esclavos en el Caribe

Y empresarias como las hermanas Koplowitz, o políticos como Alejo Vidal-Quadras tienen antepasados que participaron del mercado esclavista en pleno siglo XIX, amasando fortunas enormes en Cuba. Pero hay mucho más. 

La misma reina María Cristina de Borbón junto a su segundo esposo, Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, promovieron y practicaron la trata de esclavos al tiempo que tenían participaciones en los ingenios azucareros del siglo XIX. Hoy en día cuentan con un monumento frente al Casón del Buen Retiro.

Otro ilustre como Leopoldo O’Donell, que fuera presidente del gobierno y capitán general de Cuba, también participó de los negocios indianos e incluso protagonizaría una cruenta represión tras una revuelta de esclavos conocida como “la conspiración de la escalera”. Su calle, sin embargo, luce en Madrid sin que nadie la cuestione. 

Caso curioso es el del político Antonio Cánovas del Castillo, que se lucró considerablemente en los últimos años del negocio negrero, cuando ya solo quedaba mercado en Brasil y las Antillas. Protagonizó la mayor y más feroz lucha contra cualquier proyecto abolicionista que surgiera en las Cortes entre 1869 y 1870, haciendo prevalecer su postura. 

Fue conocido en la posteridad como el artífice del sistema político de la Restauración Borbónica, y padre del Partido Conservador que suspendió la Libertad de Cátedra. Fue asesinado por el periodista anarquista italiano Michelle Angiolillo en 1897. 

Actualmente cuenta con una plaza en el centro de Madrid presidida por la estatua de Neptuno desde 1898, por lo que popularmente se la conoce como la Plaza de Neptuno. Son solo algunos ejemplos de gente vanagloriada que, en virtud de la ética, no deberían serlo.  (...)

 Mientras que los países protestantes fomentaron el mercado de esclavos para cimentar su crecimiento vertiginoso, el Imperio Español y el resto de países católicos se vieron mermados económicamente, lo que terminó por provocar un relevo de poder mundial, que recaería en el Imperio Británico y sus trece colonias americanas. 

A finales del siglo XVIII la producción de barcos negreros en Nueva Inglaterra se dirige al mercado caribeño, donde adquirían su mercancía de manos de ingleses, holandeses, franceses y portugueses principalmente. Desde España apenas se participa, pues era ilegal, hasta que en 1789 la trata se convierte en una actividad libre en los territorios españoles.

 Cuba, Buenos Aires, Cádiz, Barcelona y Santander fueron motores esclavistas que sufragaron la industrialización en España, principalmente en el norte y el levante peninsular. La industria, la banca, compañías navieras y de seguros se hacen rápidamente con el control económico español amparados en la protección de la Corona Española, dedicándose a la trata exportando hacia las Antillas. Ciudades como Barcelona y Bilbao, volcadas con el mercado de esclavos, crecen exponencialmente. Por fin, el negocio español termina  tras la derrota en la cruenta Guerra de Cuba, en la que se pierden las colonias. (...)"                 (Suso Martínez  , Diario16,

18/3/16

Asociacionismo charnego, el ADN de Cornellà

Centro Social Almeda de Cornellà

"Para una mejor comprensión del fenómeno deberíamos remontarnos a la segunda oleada migratoria que se produjo mediada la década de los cincuenta y se prolongó hasta finales de los sesenta del siglo pasado.  

Aquella migración no llegó en pateras y sí lo hizo en destartalados trenes que llegaban atestados procedentes de la España profunda y que pronto el pueblo llano, con su indefinible piedra filosofal, bautizó con los nombres de “El Sevillano”, procedente de Andalucía  y “El Shanghai”, que hacía su recorrido desde el Noroeste del país.  

Era todo un espectáculo darse una vuelta por los andenes de la estación de Francia  para ver llegar aquella avalancha de gente desesperada, con sus maletas de cartón y sus fardos atados con cuerdas, huyendo del caciquismo, de la explotación humillante a los que las tenían sometidos la oligarquía franquista, indiferente a su hambre y su miseria.

Los modernos y tan denostados CIES, no son un invento reciente, ni mucho menos.  Ante aquella oleada masiva de gente con un futuro incierto, los jerifaltes de la capital catalana reaccionaron y desplegaron su policía en las estaciones y, todo aquel que no justificara un domicilio donde acogerse, se les trasladaba sin contemplaciones a los pabellones de la Fira en Montjuic y, si nadie se interesaba por ellos, al día siguiente los enviaban de vuelta a su lugar de origen. 

Así nació un despliegue de barraquismo que tiene su propia historia. Pero no quisiera desviarme del objetivo principal de este artículo.

 El destino de aquella inmigración era, en su mayoría, el cinturón barcelonés, y sus núcleos de población que crecían sin  control alguno y donde un urbanismo racional, planificado  y medianamente ordenado  era una utopía y el Baix Llobregat se convirtió en un auténtico caos. 

Centrándonos en Cornellà, los “nouvinguts” se encontraban con cuatro núcleos de población dispersos: el barri Centre  con epicentro en la calle Rubió i Ors y adyacentes alrededor de la Iglesia de Santa María, el barri Pedró y la Gavarra con sus casitas de planta baja que según cuentan constituían las antiguas residencias de una clase media capitalina con el señuelo de “la caseta i l’hortet” y el barrio de Almeda donde se ubicaba la zona industrial. 

Lo demás un inmenso erial donde sobrevivían unos cuantos algarrobos desvencijados que poco a poco fueron dando su último alarido vencidos por el asfalto que avanzaba implacable. Para los más jóvenes, aclararemos que la avenida del Parque era una torrentera, la hoy espléndida plaza  de Catalunya un descampado inhóspito y que la flamante avenida de Salvador Allende no existía ni en el mejor de los sueños  y los que encontramos acomodo en los pisos de Linda Vista, nos veíamos obligados a pisar barro en caso de lluvia y aspirar polvo en tiempos de sequía  si queríamos desplazarnos “abajo al pueblo”, atravesando la eterna frontera que significaba el lúgubre puente bajo la vía férrea y sufrir los pestilentes efluvios del “regato indecoroso”, según versión de la mítica revista El Pensamiento, en referencia al canal de la Infanta que circulaba a cielo abierto.

 Esta era, a grandes rasgos, el remedo de ciudad que se encontró aquella imparable riada migratoria que respondía el “efecto llamada” y cuyo primer objetivo fue encontrar un techo donde cobijarse, acogiéndose en casa de familiares o “paisanos” o invirtiendo hasta la última peseta de sus menguados ahorros en dar la “paga y señal” de un piso. 

 Para ello ya los estaban esperando la familia Gelabert dueños absolutos de solares y de aquel inmenso erial, con don Eduardo al frente, promotora de “Linda Vista, S.A.” y, sobre todo la pomposa “Construcciones Españolas” que,  en los campos yermos paralelos a la carretera de Esplugues había iniciado la construcción de una denominada “Ciudad Satélite”, monstruosos bloques que se fueron ocupando en un abrir y cerrar de ojos, a los que siguieron constructores y especuladores sin demasiados escrúpulos a los que sólo interesaba el negocio inmenso que aquel flujo inmigrante suponía.  

Se construyó a destajo y se olvidaron olímpicamente de los servicios más elementales: calles sin asfaltar, mal iluminadas, red de cloacas, mercados y, sobre todo colegios para los niños. En 1964, estadística en mano, se calculaban unos 6.000 niños sin escolarizar en el conjunto de aquel Cornellà  en construcción. 

Por aquel entonces llegaron a la mal llamada “Ciudad Satélite” unos maestros, los Plaza, Moliner y Bonet que levantaron con sus propios esfuerzos el primer colegio al que denominaron  “San Ildefonso”, en homenaje a la Iglesia de la misma advocación promovida por el misionero Viñamata, recientemente renovado y puesto de nuevo en marcha con el nombre pensado en un principio, el del pedagogo Alexander Galí.

 Al objetivo de encontrar techo donde cobijarse, se añadía el más perentorio de conseguir un trabajo digno que se encontraba con relativa facilidad pues la construcción desenfrenada y todo lo que acarrea así lo permitía con el aliciente que el Régimen franquista había decidido instalar la SEAT en la Zona Franca y se complementaban dos ejes principales: una industria de automóviles y la construcción.  

Poco a poco aquella inmigración heroica, fue asentándose y no tardó en darse cuenta de que, en efecto, habían encontrado techo y trabajo más o menos digno, pero carecían de organizaciones que permitieran luchar contra aquel desastre urbanístico al que los habían marginado. 

Siguiendo el ejemplo de las juntas de co-propietarios de cada finca, más pronto que tarde se dieron cuenta que lo podían aplicar a crear un movimiento vecinal, colectivos de personas con sus mismos problemas, déficits y carencias, convocando puerta a puerta reuniones para comentar, hablar y decidir que hacer para poner en movimiento un Ayuntamiento que les había dado la espalda, ajeno a todo lo que se le había venido encima y un alcalde y sus concejales que sólo se hacían visibles llevando los pendones en la procesión del Corpus. 

Del prólogo del libro Hasta aquí hemos llegado, publicado por las Asociaciones de Vecinos de Cornellà de Llobregat, me permito copiar este párrafo impagable: La situación política y las malas condiciones en que se encontraban los barrios fue un excelente caldo de cultivo para sembrar la semilla de la unión y la causa común”. 

Y el gigante despertó, buscó apoyos y los encontró en un movimiento vecinal sin precedentes que nació en los albores de la década de los setenta con el dictador ya vacilante y sus problemas de tromboflebitis y parkinson haciéndose evidentes. Pero había que ir con tiento a sus últimos coletazos que aún le dieron tiempo de firmar cinco sentencias de muerte mientras desayunaba. 

Así nacieron asociaciones de vecinos que, decididamente, emprendieron una lucha sin cuartel y sin posible vuelta atrás. Reuniones donde se tomaban decisiones arriesgadas, manifestaciones que llenaban las calles de gritos de protesta contra situaciones insostenibles, pancartas en balcones y ventanas, apoyos sin fisuras a los movimientos sindicales y obreros en situaciones límites, huelgas por cualquier causa que se considerara injusta. 

Consecuencia de su atávica imprevisión o, porque ya se presentía la agonía del Régimen, los jerifaltes de la época, muy a su pesar, fueron reaccionando y Cornellà experimentando una transformación tímida pero sostenida: se asfaltaron calles donde antes eran barrizales, iluminaciones adecuadas, se inauguraron colegios y finalizando el año 1970 se inauguraba el flamante mercado de San Ildefonso una de las reivindicaciones por las que se luchó sin tregua. 

El asociacionismo responsable, seguía ganando batallas hasta incrustarse en el ADN de la ciudad. Todo resultaba no poder llevarse a término sin su impulso incansable.

En esto que llegó la democracia  y aunque pueda parecer paradójico, el acontecimiento hizo tambalear los cimientos de las asociaciones porque muchos de sus dirigentes avezados en la lucha y el dominio de masas, con la inestimable ayuda del movimiento vecinal, fueron aupados a cargos municipales, incluso alcaldes y muchos de ellos untaron el trasero de sus pantalones con cola de impacto para que no les movieran de sus poltronas y  en su fuero interno llegaron a creer que las asociaciones ya no eran necesarias. 

Grave error, pese que gracias a su gestión las ciudades del cinturón rojo han experimentado un cambio espectacular, las asociaciones no han bajado la guardia y han continuado en su lucha consiguiendo la inauguración de tres estaciones de metro, la puesta en marcha del Trambaix y otras utopías inimaginables en los tiempos de plomo franquista.

He pasado una tarde hablando del tema con la presidenta de la Confederación de Vecinos de Cornellá, Pura Velarde, un auténtico baluarte del movimiento vecinal en Cornellá y con un deje de tristeza, no exento de coraje, me manifiesta “que después de cinco años, comprobando la deriva de algunos dirigentes, contagiados por la “erótica del poder”, en Cornellà se organiza con otras asociaciones de la comarca del Baix Llobregat y con la Coordinadora de Barcelona, la 3ª Asamblea de Catalunya, donde se saca como proyecto fundamental la constitución de la Confederación de Asociaciones de Vecinos de Catalunya. 

A partir de ese momento, se entra en un proceso nuevo de mayor estructura y con el convencimiento de la necesidad de mantener los orígenes, pero siempre con nuevas orientaciones en el trabajo de futuro”.

Hablar con Pura Velarde es contagiarse de su entusiasmo y no me resisto a reproducir parte de sus respuestas: “Parece que existe un interés, desde fuera claro, en definir nuestra forma de actuar sin saber que nosotros, a través de nuestros encuentros asamblearios ya tenemos definidas nuestras actuaciones: organizar y reivindicar las mejoras de las condiciones de vida, especialmente de las capas populares de nuestros barrios. 

Hay que reconocer que muchas veces vamos contracorriente, pero también sabemos, gracias a nuestra experiencia, de que para dialogar y consensuar hace falta la presión. Un ejemplo claro, lo tienes en el funcionamiento de la Botiga Solidaria en la que tantos problemas de primera necesidad se resuelven”.   

Con una mirada de convencimiento, remacha el clavo diciendo: “Actualmente, los ciudadanos padecemos grandes dificultades a la hora de defender nuestros derechos, incluso de subsistir, sobre todo a nivel individual. De ahí nace la necesidad de buscar mecanismos de defensa colectivos y legales que acerquen la gestión administrativa al ciudadano, aunque en esto hemos de reconocer que se está cambiando, y a ello, nosotros también hemos contribuido. 

Todos los programas municipales tienen un gran apartado teórico sobre las organizaciones populares, una de las propuestas más llamativas en cuanto a los que a ellas concierne, pero todavía quedan pendientes aspectos muy importantes que han de ser recogidos por la Ley. Así lo demuestra la nueva Ley del Asociacionismo, aprobadaen el Parlament de Catalunya, que no recoge ninguna de las propuestas de nuestras asociaciones y donde se observa, de forma curiosa, que en ningún apartado habla de las asociaciones de vecinos, ¿por qué será?

La respuesta, apreciada Pura, es porque seguís siendo una “mosca cojonera” contraria a su idilio con el poder.  Pero creo que es válido este repaso a la historia del asociacionismo, recordar nuestro pasado, de adonde venimos, para entender el presente."          (Gonçal Évole, 11/01/16)

13/11/15

Barracas: la Barcelona escondida...

 
 Vista general de las barracas de Montjuïc en la década de los sesenta del siglo pasado

"Aquí hemos estado y aquí hemos vivido. Esta fue mi primera Barcelona”. Tiene unos 65 años muy bien llevados. Se llama Carmen. Viste con elegancia y mantiene un monólogo sordo frente a los paneles que muestran imágenes de la montaña de Montjuïc en 1969, barracas, chamizos, caminos sin pavimentar y vegetación rala entre el estadio y el monumental palacio de la exposición de 1929.

 “No teníamos agua, ni luz, ni calles pavimentadas, pero aquí pasé los años más felices de mi vida”.

Es domingo, 25 de octubre, y Carmen y otras 500 personas se han reunido en la confluencia del paseo Olímpico y la calle del doctor Font i Quer para participar en la colocación de las grandes placas que recuperan una historia perdida, escondida durante años como si de una vergüenza se tratara, como si esas viviendas no hubieran formado parte de la opulenta Barcelona.



Las barracas que puntearon las afueras de la ciudad (1) acabaron de desaparecer con la llegada de los ayuntamientos democráticos y los Juegos Olímpicos de 1992 acabaron por cubrir sus cicatrices en el territorio. Después, el silencio. Montjuïc se convirtió en la aclamada zona olímpica por antonomasia; la Diagonal fue amplio paseo, césped y centro comercial; Can Valero se transformó en jardín botánico y Somorrostro en hermosa playa recuperada; Camp de la Bota cedió su espacio para el frustrado Fórum Universal de las Culturas del 2004, y el potente puerto engulló Can Tunis. 

La nueva Barcelona había hecho desaparecer las barracas, pero también su recuerdo. La ciudad perdió parte de su pasado, de su historia. Contra el olvido fueron surgiendo voces que con pausa trabajaron para recuperar aquella memoria. 

El punto de partida fue el seminario La inmigración en Barcelona en el siglo XX que del 19 de febrero al 4 de junio del 2003 acogió el Institut d’Història de Barcelona. La sesión dedicada al crecimiento demográfico y el barraquismo despertó el interés de un joven historiador, Òscar Casasayas, que junto a historiadores y antropólogos del grupo Pas a Pas formó un equipo de trabajo dirigido por Mercè Tarjer y Cristina Larrea (2) con el fin de investigar la formación de los núcleos barraquistas, la procedencia de los hombre y mujeres que las habitaron y cómo vivieron y fueron expulsados de sus casas cuando la ciudad necesitó el espacio para sus fastos, como el Congreso Eucarístico Internacional de 1952. 

Este grupo buscó a los antiguos vecinos, recuperó material gráfico y grabó testimonios, retazos de aquella gran historia olvidada que acabaron con el silencio que durante tanto tiempo había tapado su propia vida. Tres años de trabajo dieron como resultado el estudio El fenómeno del barraquismo en la ciudad de Barcelona, punto de partida de la exposición Barracas. La ciudad informal, de abril del 2009. 

Los visitantes de esta muestra se vieron protagonistas en fotografías, cifras, textos, orgullo de haber pertenecido a un grupo, a una clase social, que llegó a Barcelona huyendo de la miseria, de la represión política, se integró para siempre en la ciudad de acogida y aportó  su trabajo en la reconstrucción económica.

 

A la exposición del 2009 siguieron un dossier de Carrer, publicación de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona (FAVB), un reportaje en el programa 30 Minuts y el documental del programa Sense ficción, de TV3, de enero del 2010 que planteaba la necesidad de rescatar la memoria colectiva de aquellas barracas y de sus ocupantes. 

El resto fue llegando  poco a poco. Surgió un movimiento vecinal y asociativo que exigió el reconocimiento público de lo que habían sido aquellos años de supervivencia, de olvido. 

Fueron las voces de Rafael Usero de las barracas de Montjuïc, o las de Julia Aceituno y su hermano José, vecinos de Somorrostro, las que marcaron el camino: “No quieren recordar que aquí estuvo Somorrostro. Pues estuvo, y muchos años de sufrimiento, de penuria…No, no hay ni un letrero que ponga Somorrostro…”. Las calles se bautizaron como avenida Icaria o Bogatell, pero Somorrostro nunca existió para la Barcelona postolímpica.  

El lamento fue recogido por diversos sectores ciudadanos y canalizado a través de los autores del documental, Alonso Carnicer y Sara Grimal, los historiadores Mercè Tatjer, Oriol Granados y Jaume Fabre, y representantes vecinales, como Custodia Moreno y José Molina.

 Se constituyó una comisión para la recuperación de la memoria de los barrios de barracas y se  redactó un manifiesto que consiguió la adhesión de más de 80 entidades  y 800 personas a título individual. La petición era modesta: que el nomenclátor y la señalización de la ciudad recogiera la existencia y el reconocimiento sobre el terreno de los diversos núcleos barraquistas de la ciudad.

 Ese proceso se ha prolongado durante el mandato de tres alcaldes, el socialista Jordi Hereu, el convergente Xavier Trias y Ada Colau, de Barcelona en Comú. Finalmente, el trabajo de tanta gente se concretó el 25 de noviembre del 2014 con la colocación en la playa del Somorrostro (3) de la primera de las grandes placas que visualizan el pasado de lo que hoy es una atractiva playa y concurrido paseo marítimo, a escasos metros del barrio de la Barceloneta. Junto a la placa, unos paneles con fotografías del núcleo barraquista. 

El mismo proceso se repitió en Montjuïc (4) y seguirá en el Carmel (5) y La Perona. Otras siete placas de menor tamaño se muestran ya en Can Tunis, Poble Sec, Poblenou, Santa Engracia, Diagonal, Camp de la Bota y La Perona.

 ¿Qué se ha conseguido con tanto esfuerzo? Mercé Tatjer asegura que reportajes, documentales, comisiones, placas y encuentros han servido para recuperar el pasado, cierto, pero también para acabar con el recelo de vincular a los barraquistas con la degradación urbana y romper el miedo a expresar en voz alta cómo fueron los primeros años de existencia de aquellos vecinos, “años lastrados por una leyenda negra que ahora también se ha roto”.

 Los  primeros barraquistas procedían, en general, de fuera de Barcelona, pero Tatjer ha documentado un elevado número de familias que llegaron de Lleida y de otros puntos de Catalunya. 

Algunos eran pescadores que decidieron recalar definitivamente en la ciudad, otros abandonaron sus pueblos huyendo de la miseria o de la represión franquista, y todos aquellos hombres y mujeres que llegaron con la esperanza bajo el brazo han tenido historias de superación más allá de barracas y primeras miserias. 

Tatjer recuerda que en la década de los 50 y 60 del siglo pasado faltaba mano de obra en Barcelona y que la inmigración colaboró en el resurgimiento industrial y las necesidades del servicio doméstico. “De las barracas pasaron a los polígonos construidos con prisa en el extrarradio, sin equipamientos, y surgieron barrios con vida propia, reivindicativos, exigentes con la administración, el núcleo obrero de la lucha antifranquista”. 
 
La preparación de Barcelona para los Juegos Olímpicos acabó con los últimos vestigios de barraquismo, pero Mercè Tatjer no está segura de que  Barcelona haya superado la lacra de la infravivienda y prefiere decir que, simplemente, ha cambiado de aspecto: “Hoy hay hipotecas que expulsan a la gente, superocupación de pequeños pisos, naves industriales abandonadas convertidas en alojamiento de los nuevos emigrantes y viviendas de autoconstrucción aisladas cuya existencia, otra vez, nadie quiere reconocer, así que da miedo pensar que la historia pueda volver a repetirse”.    


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(1) En la década de los 60 del siglo pasado se calcula que 100.000 personas vivían en diferentes núcleos barraquistas de Barcelona, aproximadamente el 10% de la población de la ciudad.
(2) Barraques. La Barcelona informal del segle XX. Mercè Tatjer y Cristina Larrea. Diciembre 2010. Publicaciones del Ayuntamiento de Barcelona.
(3) En 1957 se contabilizaron en esta zona 1.332 barracas. La erradicación de las mismas comenzó en 1966.
(4) Las diversas zonas de la montaña acogían casi 6.000 barracas que desaparecieron en 1972.
(5) En 1957, el ayuntamiento reconoció en los tres núcleos del barrio casi 600 barracas.

22/1/15

Uno de los pilares de la industrialización catalana fué el tráfico de esclavos

"El propietario de la librería La Ploma -especializada en libros sobre África negra-, Josep Maria Sarabia, ha explicado en una charla en la Biblioteca de la Vila de Gràcia qué papel tuvieron los catalanes en el tráfico de esclavos durante gran parte del siglo XIX.

Sarabia ha apuntado que “la participación catalana fue corta, pero muy intensa, fue de unos 80 años en el siglo XIX”, con catalanes que se trasladaron a América para dedicarse, entre otros actividades, al tráfico de esclavos.

En este sentido, ha dicho que “uno de los posibles pilares del renacimiento y la industrialización catalana puede ser el tráfico de esclavos”, señalando que “seguro que hay muchos catalanes que fueron a América a hacer negocios legítimos, pero otros no”.

“Quiero intentar desmitificar el papel de la burguesía catalana, porque muchas veces se esconde que la fortuna conseguida es resultado del sudor de gente separada de sus familias, que fueron vejados y nunca fueron considerados ciudadanos de pleno derecho en los países donde se encontraban”, ha sentenciado.

El autor de la charla ha citado algunos nombres de catalanes que según varias investigaciones se dedicaron al tráfico de esclavos en tierras americanas, como Puerto Rico y Cuba, como Joan Güell i Ferrer, Josep Xifré i Casas y Francesc Martí, entre otros.

Josep Maria Sarabia ha destacado que “en Cuba había empresas de catalanes de tráfico de esclavos, entre 1820 y 1845”, añadiendo que los catalanes que iban hacia América “salían sobre todo de puertos del Maresme, de Sitges y de Vilanova i la Geltrú”.

Unas explicaciones que ha dado durante la charla sobre la esclavitud a lo largo de la historia sobre cómo fue el comercio de personas para aportar mano de obra barata en América y qué papel tuvieron algunos catalanes en esta actividad."                 (e-notícies, 19/01/2015)