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21/9/24

China es una “economía de transición” en la que la contradicción radica en una economía impulsada en parte por la acumulación capitalista con fines de lucro y en parte por la “acumulación socialista primitiva”, que apunta a través de la inversión planificada a alcanzar objetivos sociales sin el mercado. ¿Qué triunfará: la acumulación socialista o la acumulación capitalista en China? Mucho depende de la construcción de una cooperación con otras economías del Sur Global como los BRICS+. De lo contrario, la economía mundial caerá en “un mundo bipolar con un vacío hegemónico que generará peligros reales para el futuro”... ¿Los países del Sur Global podrán escapar de las garras del imperialismo y comenzar a "ponerse al día"? ¿Se logrará esto apoyándose en la emergente y dispar coalición de gobiernos BRICS+ o dependerá más bien de romper con el capitalismo en cada país y desarrollar un modelo transicional de acumulación que no se base en la ley del valor? Mi opinión es que la cooperación del Sur Global sólo funcionará para romper el yugo del imperialismo cuando haya un cambio social y económico dentro de los principales países del Sur Global, y también en el núcleo imperialista del Norte Global (Michael Roberts)

  "La Iniciativa Internacional para la Promoción de la Economía Política (IIPE) celebra una conferencia todos los años. Reúne a economistas radicales y marxistas para discutir las últimas teorías y desarrollos del capitalismo en sesiones en las que se presentan muchos trabajos. He informado sobre conferencias anteriores en este blog. La conferencia de este año se llevó a cabo en Estambul, Turquía, y el tema fue: La economía mundial cambiante y el imperialismo actual. Participé en línea por Zoom en algunas sesiones y también obtuve trabajos de los participantes de la conferencia.

 Hubo dos sesiones plenarias sobre el tema principal de la conferencia dirigidas por Trevor Ngwane de la Universidad de Johannesburgo, Sudáfrica y Utsa Patnaik de la Universidad Jawaharial Nehru, India. Sólo pude obtener fragmentos de segunda mano de estas sesiones plenarias, pero, hasta donde sé, el profesor Ngwane estaba ansioso por decirle a su audiencia que los socialistas no deberían confiar en los BRICS (o los BRICS+, incluidos los nuevos participantes, Irán, Arabia Saudita y pronto Turquía) y sus instituciones en expansión para resistir la hegemonía del bloque imperialista liderado por los EE. UU.

 Los países del BRICS+ eran tan capitalistas e imperialistas como el bloque imperialista del Norte Global, argumentó Ngawani. Ellos y sus gobiernos explotarían a los pobres en la misma medida. De hecho, la economía más importante del BRICS+, China, era capitalista e imperialista en sus relaciones con la periferia. Los países del BRIC podrían caracterizarse como “subimperialistas” (explotados por el bloque imperialista pero explotando a otros más abajo en la escala). La única fuerza para el cambio vendría “desde abajo”, de la clase trabajadora de esos países, no de figuras como Xi en China, Modi en la India, Ramaphosa en Sudáfrica, Lula en Brasil, MbS en Arabia Saudita o los mulás en Irán.

 En mi opinión, hay mucha verdad en la conclusión de Ngwane: no podemos esperar que estos gobiernos del BRICS transformen el mundo a pesar de su relativa resistencia al bloque imperialista estadounidense. Por otro lado, la caracterización que hace Ngwane de China como imperialista, y mucho menos capitalista, y de todos los BRICS como “subimperialistas”, no me convence. Volveré a esas cuestiones más adelante en este artículo.

 Utsa Patnaik es una famosa economista marxista india (junto con su marido Prabhat). Desarrollaron la “teoría del drenaje” de la explotación: los ingresos de la India en el siglo XIX se drenaron para proporcionar ganancias para el ascenso hegemónico mundial de Gran Bretaña.

 De hecho, recientemente, Kabeer Bora, de la Universidad de Utah, hizo un novedoso intento de medir la transferencia de valor apropiada por Gran Bretaña desde su colonia “joya de la corona”, la India, durante el siglo XIX. Bora consideró que esta transferencia de plusvalía fue inestimable para el éxito de la economía británica. En su análisis, se basó en la ley de Marx de la tasa decreciente de ganancia, es decir, que cuando la tasa de ganancia caía en el país, el capital británico contrarrestaba eso con mayores ganancias drenadas de la India. Bora midió la fuga de valor de la India hacia Gran Bretaña utilizando la relación entre las exportaciones nominales de la India y las importaciones nominales hacia y desde el Reino Unido. Encontró que un aumento de esta “fuga” colonial del 1% aumenta la tasa de ganancia de Gran Bretaña en alrededor de 9 puntos porcentuales. De modo que no sólo el colonialismo ayudó a Gran Bretaña, sino que fue particularmente la fuga de recursos de la India la que lo hizo. 

 En su presentación, Patnaik se concentró en el fracaso de poner fin a la pobreza en el Sur Global. Este fracaso se debió a la explotación de los países pobres por parte del Norte Global. Pero también le preocupaba argumentar en contra de la afirmación de China de que había sacado a 800 millones de chinos de la pobreza. Consideró que esta afirmación era falsa porque las autoridades chinas habían cambiado la definición de pobreza para obtener ese resultado. En realidad, China estaba tan llena de gente pobre como la India. Eso se debe a que China era igual de capitalista. Este argumento fue refutado desde el pleno: las definiciones de pobreza de China coincidían con las de la India y el Banco Mundial e incluso el Banco Mundial reconoció la reducción en China del número de personas por debajo de los niveles de pobreza del Banco Mundial.

 Más decepcionantes fueron las soluciones políticas propuestas por Patnaik para la pobreza en la India y el Sur global. Siguiendo a Keynes (no a Marx), consideró que los gobiernos debían gastar más dinero y generar déficit para gastar en aliviar la pobreza. Patnaik parecía rechazar el "modelo chino" y, sin embargo, era poco probable que su propia política redujera la pobreza en la India dada la naturaleza del gobierno de Modi.

 Esto me lleva de nuevo a la cuestión de si China es capitalista y/o imperialista. He discutido esto extensamente en muchos artículos en mi blog y en artículos y libros. Así que no volveré a tratar el tema aquí. Baste ahora presentar algunas pruebas contra la idea de que China es imperialista, o incluso "subimperialista", es decir, que es explotada por el bloque imperialista, pero al mismo tiempo explota a países más pobres que ella (¿África?). Mino Carchedi y yo hemos presentado evidencia sobre transferencias de valor que muestran que China ha hecho grandes transferencias de valor a través del comercio y la inversión al bloque imperialista.

 También Andrea Ricci de la Universidad de Urbino, Italia, ha mostrado en el pasado un resultado similar. Vea esta tabla de transferencias de valor a través del intercambio desigual en el comercio.

 Robert Veneziani et al de la LSE, Londres también desarrollaron un "índice de explotación" para los países que mostró que "todos los países de la OCDE están en el núcleo, con un índice de intensidad de explotación muy por debajo de 1 (es decir, menos explotados que explotadores); Mientras que casi todos los países africanos están explotados, incluidos los veinte más explotados”. El estudio coloca a China en la cúspide entre explotado y explotador. De modo que, en todas estas medidas de “explotación imperialista”, China no cumple los requisitos, al menos en lo económico.

 La gran esperanza de los años 1990, tal como la promovía la economía del desarrollo dominante, era que Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) pronto se unirían a la liga de los ricos en el siglo XXI. Eso ha demostrado ser un espejismo. Estos países siguen siendo perdedores y siguen estando subordinados y explotados por el núcleo imperialista. No hay economías de rango medio, a medio camino entre ambas, que puedan considerarse “subimperialistas”. Y eso incluye a China. 

 Hablando de China, hubo varias sesiones sobre China organizadas por el grupo de trabajo de China del IIPPE. Las sesiones fueron grabadas y están disponibles para verlas en el canal de YouTube de China del IIPPE. Las sesiones abordaron el modelo de desarrollo de China, su elevada inversión en vehículos eléctricos y energía solar, y la probabilidad de que China “alcance” a Estados Unidos. En una sesión de taller, yo y otros presentamos ponencias breves. La mía tenía por objeto demostrar, contrariamente a la opinión generalizada de Occidente, que el crecimiento económico chino antes de las reformas de Deng en 1978 era muy fuerte, basado en la propiedad pública del sector financiero y de las grandes empresas, la reforma agraria para el campesinado y, sobre todo, la planificación nacional. Sólo hubo dos períodos de decadencia (el desastroso Gran Salto Adelante de 1958-61 y la llamada “revolución cultural de finales de los años 60).

 En su contribución, el profesor Dic Lo de la SOAS de Londres hizo algunas observaciones reveladoras sobre el modelo de desarrollo chino. Y en una sesión aparte, Dic Lo (China, Estados Unidos y el Sur Global) se refirió al reciente informe del Banco Mundial que describe las condiciones necesarias para que las economías del Sur Global rompan lo que se ha llamado la “trampa de los ingresos medios” y alcancen en cambio los niveles de vida del Norte Global. El Banco Mundial llama a estas condiciones las “tres I”: inversión, infusión (adoptar nuevas tecnologías de otros países) e innovación (desarrollar nuevas tecnologías por cuenta propia). Dic Lo consideró que si había un país que podía aplicar estas condiciones con éxito era China. Sólo China estaba “cerrando la brecha” con el Norte imperialista, aunque todavía estaba muy lejos. De hecho, eso es lo que asusta a Estados Unidos: que podría llegar a perder su estatus hegemónico en el mundo.

 En un artículo reciente, analicé en detalle el informe del Banco Mundial. El informe ignora por completo el modelo de desarrollo chino, prefiriendo depositar sus esperanzas de “alcanzar” a las economías de mercado capitalistas relativamente pequeñas de Corea, Polonia y Chile –apenas una proporción minúscula de la población y la producción del mundo en comparación con China. Incluso en estas economías, existe un obstáculo fundamental para alcanzar el estatus de altos ingresos, como lo explica un nuevo e importante libro de Aldalmir Marquetti y sus colegas.

 ¿Cuál es ese obstáculo fundamental? Así lo expresó Adalmir Marquetti: “la caída de la tasa de ganancia es el principal determinante de la disminución de la acumulación de capital y la inversión. El problema es que la tasa de ganancia se aproxima al nivel de Estados Unidos mucho más rápido que la productividad laboral. En esencia, la trampa de los ingresos medios es una “trampa de la tasa de ganancia”.

 El problema para las economías del Sur Global es que, mientras el capitalismo y la ley del valor sigan siendo dominantes en sus economías, habrá una contradicción entre aumentar la productividad y mantener la rentabilidad: tratar de aumentar la primera conduce a una caída de la segunda y, por lo tanto, limita el crecimiento.

 En otra sesión sobre China en el IIPPE, Sam Kee-Cheng, de la Universidad de Macao, expresó bien esta contradicción en su artículo (La geopolítica de la integración económica regional liderada por China). Sam Kee-Cheng sostuvo que China es una “economía de transición” en la que la contradicción radica en una economía impulsada en parte por la acumulación capitalista con fines de lucro y en parte por lo que el economista soviético Yevgeni Preobrazhensky llamó “acumulación socialista primitiva”, que apunta a través de la inversión planificada a alcanzar objetivos sociales sin el mercado.

 ¿Qué triunfará: la acumulación socialista o la acumulación capitalista en China? Si se trata de esta última, Sam-Kee sostuvo que China no progresará hacia un estatus de altos ingresos y terminará como el modelo de desarrollo de Japón, que se estancó una vez que Japón puso fin a su estrategia industrial independiente y se inclinó ante el dominio estadounidense.

 Sergio Camara, de la Universidad de México (UAM), planteó un argumento similar en su artículo (¿Está China rompiendo con la dinámica neoliberal?). Camara sostuvo que la economía china, dirigida por el Estado, era capaz de cumplir sus objetivos de “recuperación”, pero que mucho, pensaba, dependía de la construcción de una cooperación con otras economías del Sur Global como los BRICS+. De lo contrario, la economía mundial caería en “un mundo bipolar con un vacío hegemónico que generaría peligros reales para el futuro”. 

 Hubo varios otros documentos que mostraban los avances que estaba haciendo China con su modelo de desarrollo en vehículos eléctricos, y automóviles en general (Fanqi Lin, A case study of China’s NEV industry). China ha tenido tanto éxito en estos importantes sectores que, como señaló un documento (Tomas Costa, FDI in China 2013-23), a pesar de los esfuerzos de los Estados Unidos y otros gobiernos occidentales para persuadir u obligar a la inversión occidental a abandonar China, la IED entrante sigue siendo alta.

 Pero hubo otros documentos que mostraban el riesgo de fracaso debido a las crisis en las que podría entrar el sector capitalista en China. El más evidente fue el colapso del sector inmobiliario y de los promotores privados, que dejaron una enorme carga de deuda sobre las corporaciones y los gobiernos locales (Chiara Pollio, Post shock resistance in China). La adopción del modelo occidental de urbanización y vivienda en los años 1990 para construir viviendas para venderlas a sus propietarios, financiadas con hipotecas y deuda en bonos, resultó ser lo peor, tal como sucedió en Occidente durante la crisis inmobiliaria de 2007-8. Pollio sostuvo que, si bien China evitaría un “momento Minsky”, es decir, un colapso financiero como el que sufrió Occidente en 2008, esto mostraba los peligros de la “financiarización” en la economía china. 

 En este contexto, Zhenzhen Zhang produjo un interesante trabajo empírico que mostraba una alta correlación entre la inversión en sectores productivos y el crecimiento. El aumento de la inversión en sectores financieros e inmobiliarios improductivos en comparación con los sectores productivos había reducido el potencial de crecimiento de China después de 2008. Y es por eso que los líderes del PCCh ahora están enfatizando la inversión productiva de “calidad” a partir de ahora.

 Dado el tema de la IIPPE de este año (es decir, el imperialismo y la economía mundial), esto significó que otros temas importantes para la economía política marxista no tuvieron mucho que ver. Hubo sesiones sobre la teoría del valor y sobre la circulación del capital-dinero (Takashi Satoh). Y hubo varias ponencias presentadas sobre el calentamiento global y la brecha entre la expansión capitalista y la naturaleza (Maria Pempetzoglou y Paraskevi Tsinaslanidou). También hubo una ponencia de João Alcobia sobre la Unión Monetaria Europea que mostraba que la moneda única había ayudado principalmente al núcleo de Europa (Francia, Alemania) a expensas de los estados miembros más débiles del sur. Esto es algo que había señalado hace algunos años en una ponencia.

 Pero en general, el tema de la conferencia, al menos para mí, se centró en si los países del Sur Global podían escapar de las garras del imperialismo y comenzar a "ponerse al día". ¿Se logrará esto apoyándose en la emergente y dispar coalición de gobiernos BRICS+ o dependerá más bien de romper con el capitalismo en cada país y desarrollar un modelo transicional de acumulación que no se base en la ley del valor?

 En la conferencia, claramente muchos esperaban y apoyaban la primera dirección basada en los BRIC+. De hecho, Andrea Ricci hizo una presentación sobre las implicaciones políticas del intercambio desigual (es decir, la explotación imperialista) y la necesidad de encontrar una agenda común entre los países del Sur Global. Mi opinión es que la cooperación del Sur Global sólo funcionará para romper el yugo del imperialismo cuando haya un cambio social y económico dentro de los principales países del Sur Global (y también en el núcleo imperialista del Norte Global)."

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20/6/24

El «hecho colonial israelí» no es en absoluto sustancialmente diferente de otras formas de colonialismo... Desde el principio, hubo una apropiación de tierras organizada por grupos de fuera de Israel a principios del siglo XX, que ha continuado desde entonces, con el objetivo y la consecuencia de subalternizar a los palestinos que viven en Israel y expulsar continuamente, cuando no simplemente asesinar en masa, a los palestinos que teóricamente viven fuera de Israel... Por tanto, Israel se funda objetivamente -como reconoce, por ejemplo, el «nuevo historiador» ultrasionista y sinceramente arabofóbico Benny Morris- en la apropiación de tierras y la expulsión y expropiación de las poblaciones autóctonas. Esta violencia material iba acompañada de lo que es típico de la dinámica colonialista: un intento de inferiorización simbólica constante de las poblaciones desposeídas, en el curso del cual acabaron siendo designadas como responsables de su destino

"Mientras siguen aumentando las masacres israelíes en torno a Rafah (Gaza), muchos se preguntan: "¿Cómo podemos salir de ésta? ¿Qué prioridades debemos defender para poner fin al genocidio de los palestinos y a la guerra en Oriente Próximo? Sin duda, las palabras colonialismo y sionismo forman parte de la ecuación. Contrariamente a la cháchara cómplice de los medios de comunicación incrustados en Israel, para quienes estas dos palabras se han convertido en "tótems de divinidad "... Jérémie Piolat es doctor en Ciencias Políticas, antropólogo y autor de Portrait du colonialiste. Lleva mucho tiempo trabajando sobre la violencia y la destrucción intrínsecas al colonialismo. Tres preguntas para Jérémie Piolat.

Investig’Action: En su libro Retrato del colonialista, ahora en su 3ª edición ampliada, usted escribe que el acto colonial» comienza negando toda humanidad y todo valor a quienes va a destruir«. ¿En qué se diferencia el colonialismo israelí de otras formas de colonialismo?

Jérémie Piolat: No cabe duda de que cada forma de colonialismo tiene sus especificidades y sus mitos justificativos, pero si nos fijamos en lo que caracteriza a la colonización, la respuesta a su pregunta es «no»: lo que usted llama interesadamente el «hecho colonial israelí» no es en absoluto sustancialmente diferente de otras formas de colonialismo.

Desde el principio, hubo una apropiación de tierras organizada por grupos de fuera de Israel a principios del siglo XX, que ha continuado desde entonces, con el objetivo y la consecuencia de subalternizar a los palestinos que viven en Israel y expulsar continuamente, cuando no simplemente asesinar en masa, a los palestinos que teóricamente viven fuera de Israel.

Por tanto, Israel se funda objetivamente -como reconoce, por ejemplo, el «nuevo historiador» ultrasionista y sinceramente arabofóbico Benny Morris- en la apropiación de tierras y la expulsión y expropiación de las poblaciones autóctonas [1]. Esta violencia material iba acompañada de lo que es típico de la dinámica colonialista: un intento de inferiorización simbólica constante de las poblaciones desposeídas, en el curso del cual acabaron siendo designadas como responsables de su destino.

En virtud de este proceso de descalificación, los palestinos -como en otro lugar, en otro momento, los argelinos- no son maltratados porque Israel sea colonial, sino porque los árabes son sustancialmente violentos, arcaicos y bárbaros en virtud de su cultura (pericia colonial meridionalista, movilizada en particular por Benny Morris, eminente académico israelí) o de su patrimonio genético (pericia colonial racista). Israel comparte con otras formas de colonialismo occidental la adopción de la postura de desfigurar sistemáticamente a quienes son despojados y destruidos.

Muchos dignatarios israelíes -y sus partidarios- asumen abiertamente esta postura en ocasiones. Por ejemplo, en la televisión israelí el 8 de octubre, Benjamin Netanyahu anunció simplemente: «Convertiremos Gaza en una isla de ruinas «. De nuevo en televisión, el 9 de octubre, el ministro israelí de Defensa , Yoav Gallant, advirtió: «No habrá electricidad, ni alimentos, ni combustible. Todo está cerrado «. Y añadió: «Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia «. Ahora sabemos exactamente a qué tipo de «consecuencias» se refería Gallant en aquel momento.

Por último, el 9 de octubre, Tally Gotliv, miembro del partido Likud y diputada de la Knesset [Parlamento israelí], publicó en X: «¡Misil desde Jericó! ¡Arma del Juicio Final! Esa es mi opinión. Hay que disparar armas poderosas sin fronteras. Gaza debe ser aplastada y arrasada sin piedad «.

A la luz de esto, sería difícil argumentar que Israel no es sólo otra colonización moderna occidental y racista…
El carácter profundamente colonial de Israel también queda ilustrado por esta doble postura: por un lado, a ciertos dignatarios les gusta repetir que Israel es el valiente soldadito de Occidente frente a la barbarie (árabe). Por otro lado, el Estado israelí afirma regularmente que es profundamente occidentalista. Adopta del occidentalismo y del suprematismo blanco la islamofobia, la arabofobia, la negrofobia, el deseo de ser percibido como una sociedad hipertecnológica, etc. Esto puede parecer sorprendente, o incluso asombroso, dado el «amor por el pueblo judío» que los supremacistas blancos llevan dentro.

Sin embargo, hay una especificidad que percibo en el colonialismo israelí: es la reunión del occidentalismo antisudita y el sionismo religioso, es decir, el hecho de justificar sus acciones, incluida la limpieza étnica radical, por el hecho de que son el resultado de la voluntad divina y del destino bíblico. Esto hace inconcebible la discusión.

Mencionaría también al sociólogo afrodescendiente Charles Mills [2], que ha identificado lo que podría llamarse una distorsión cognitiva engendrada por el colonialismo y el supremacismo blanco (Mills habla, entre otras cosas, de un «mundo de fantasía racial «) [3]. A través de esta distorsión, los sionistas y sus partidarios pueden pronunciar largos discursos de expertos sobre la supuesta mentalidad de las comunidades árabes y palestinas que, en última instancia, sólo existen en su imaginación.

De nuevo «en virtud» de esta distorsión, algunas personas afirman, a veces con bastante honestidad, que matar a 15.000 niños mediante bombardeos, «a diferencia del terrorismo árabe» , no es el resultado de un deseo de matar a esos niños.

Creo que se lo creen. Una cierta forma de sionismo exagerado parece difuminar el sentido de la realidad. No hay más que ver cómo se ha utilizado la noción de «daños colaterales«, durante mucho tiempo pero con insistencia. Si en el curso de un tiroteo entre dos grupos rivales resulta herida o muerta una persona inocente, podemos utilizar la expresión «daños colaterales «. Pero, ¿podemos hacerlo cuando hablamos de más de 40.000 muertos durante 8 meses de bombardeos y ataques militares sobre el terreno? ¿Incluso ante imágenes de la carnicería filmadas en directo? No, para hacerlo, algo tiene que estar intelectualmente mal.

Por último, no me cabe duda de que algunos sionistas pueden haber creído sinceramente -durante mucho tiempo, y quizás todavía hoy- que el colonialismo israelí era o acabaría siendo un tipo especial de colonialismo, más moral, menos violento, capaz de limitarse a sí mismo. El genocidio que se está produciendo desde el 8 de octubre nos demuestra -más que nunca- que no es así… No puede existir un «colonialismo moderado»: el destino del colonialismo es seguir siendo violento o ver cómo su violencia se desarrolla exponencialmente.

Investig’Action: el sionismo sólo puede desaparecer con la contribución renovada de los 120.000 manifestantes israelíes anti-Netanyahu, de los activistas judíos descoloniales del extranjero (Collectif Tsedek en Francia) y de los activistas judíos diaspóricos (Eléonore Bronstein en Bruselas)? En otras palabras: Sudáfrica tuvo al presidente afrikáner Frederic De Klerk para ayudar a poner fin al apartheid; Rusia tuvo al presidente ruso Mijaíl Gorbachov para poner fin al sistema soviético; ¿tendrá Israel algún día un líder político capaz de decidirse a poner fin al colonialismo sionista?

Jérémie Piolat: Su pregunta es muy interesante y crucial. No puedo sino saludar a todos los judíos, de Israel o de otros lugares, que luchan contra el genocidio en Gaza. Creo que el papel de los activistas de la diáspora que usted menciona, que son antisionistas o incluso simplemente no sionistas, es muy importante para romper con la estrategia de mantener como rehén al pueblo judío por parte de los gobiernos israelíes más radicales, a los que les gustaría equiparar a los judíos con el sionismo, sea cual sea la forma que adopte.

El horror actual ha dado a muchos activistas la oportunidad de poner fin a esta asimilación inaceptable e ilógica. Si el sionismo -o, para el caso, cualquier otro movimiento político- es una cuestión de elección y visión política y moral, entonces el origen étnico o cultural o la comunidad ni siquiera deberían tenerse en cuenta a la hora de apoyarlo u oponerse a él.

No puedo evitar conmoverme ante las imágenes de israelíes enfrentándose a la policía del actual Estado israelí, abiertamente racista y ciego ante su propia violencia (o peor: satisfecho con ella).

Pero, ¿pueden estos activistas minoritarios desempeñar un papel crucial en la sociedad israelí actual, cuyos representantes electos no han hecho más que endurecer su política hacia los palestinos en los últimos 30 años? No lo sé: estamos hablando de personas que han sido desalojadas de sus hogares, desposeídas de sus tierras de cultivo, agredidas, amenazadas e insultadas a diario, bombardeadas regularmente, su movilidad impedida, miles de presos políticos, incluidos niños…

Por supuesto, las fuerzas internas desempeñarán en algún momento un papel decisivo. Pero rara vez las sociedades colonizadoras renuncian al colonialismo únicamente a través de movimientos internos.

Investig’Action: ¿Acabar con el colonialismo israelí significa necesariamente abandonar y desacreditar totalmente el sionismo? En otras palabras, ¿la instauración de un » un hombre, un voto, un Estado» binacional en la tierra de Palestina, como preconizan la abogada franco-palestina Rima Hassan -candidata de la LFI a las elecciones europeas- y, antes que ella, los intelectuales estadounidenses de origen palestino y judío: Edward Saïd y Noam Chomsky?

Jérémie Piolat: Al final, serán los palestinos quienes decidan. Dependerá de las posiciones de la parte israelí y de la relación de fuerzas. Por mi parte, soy partidario de la descolonización -el destino moral de toda colonización- y estoy a favor de «Un Estado común«, como pide el editor y escritor Éric Hazan (que en paz descanse) en su libro del mismo nombre [4].

Resumiendo, en este Estado palestino-judío, la Constitución incluiría la protección estatal de todos los ciudadanos árabes y judíos; la igualdad entre árabes y judíos ante la ley, sea cual sea su religión; la presencia igualitaria de árabes y judíos en el ejército y en todas las instituciones, el bilingüismo, el derecho al retorno, etcétera.
Para llegar a eso, no sé qué procesos habrá que atravesar… Quizá los palestinos acepten temporalmente la «solución de los dos Estados «, por cansancio, con la esperanza de que esta solución sea mucho menos injusta que en 1993…

Tampoco sé cómo, a la vista del genocidio en curso, los palestinos podrán perdonar a la gran parte de la sociedad israelí que apoyó el arrasamiento de Gaza y el asesinato de -por el momento- 40.000 mujeres, niños y hombres; aunque estos israelíes se arrepientan algún día de haber mantenido tal postura.

Los activistas anticolonialistas israelíes de hoy tendrán sin duda un papel decisivo que desempeñar en un futuro proceso de reconciliación y, sobre todo, de perdón y, ante todo, de reconocimiento de la verdad. ¿Cuándo será esto posible, dado lo que está ocurriendo ahora; incluso si el genocidio, Dios mediante, se detuviera hoy?

Los palestinos acaban de enseñar o recordar al mundo entero, y a Occidente en particular, con sus propios cuerpos lo violento que puede ser el ultraliberalismo unido al supremacismo blanco (objetivable) y al autoritarismo elitista… si no reaccionamos.

El mundo tendrá que permanecer presente para los palestinos y vigilante durante el proceso de paz, reconstrucción y cuidado de la desfigurada Palestina. Si ocurre."

(Entrevista realizada por Olivier Mukuna, a Jérémie Piolat. Investig'Action, 07/06/24, traducción DEEPL, notas en el original)

6/6/24

El Imperio Británico fue el mayor productor y exportador de opio del mundo, el principal producto del comercio mundial tras el declive gradual del comercio de esclavos procedentes de África... El imperialismo británico que acabó con las dos principales potencias económicas hasta buena parte de la era moderna, India y China, utilizó el tráfico de drogas como ariete contra los dos países, haciendo de uno el productor y del otro el consumidor de esas sustancias, quedándose ellos con los beneficios (Stansfield Smith)

"Para los chinos, el trauma del Siglo de la Humillación sigue siendo un contundente recordatorio de su pasada derrota y servidumbre neocolonial, así como un recordatorio de la hipocresía y arrogancia farisaicas de Occidente.

En 1500, India y China eran las civilizaciones más avanzadas del mundo. Entonces llegaron los europeos. Acabaron saqueando y causando estragos en ambas, al igual que lo harían en América y África. En el caso de India y China, Gran Bretaña fue la principal culpable, recurriendo al tráfico de drogas patrocinado por el Estado y respaldado por un poder militar industrializado. El Imperio Británico fue el mayor productor y exportador de opio del mundo, el principal producto del comercio mundial tras el declive gradual del comercio de esclavos procedentes de África. Su «civilización» trajo a China el Siglo de la Humillación, que sólo terminó con la revolución popular liderada por Mao Zedong. Este trauma histórico y la lucha por superarlo y restablecer su país están grabados en la mente de los chinos de hoy.

Antes de que los británicos trajeran su «cultura», el 25% del comercio mundial se originaba en la India. Cuando se marcharon, no llegaba al 1%. El tráfico de opio de la India británica fue durante gran parte del siglo XIX la segunda fuente de ingresos más importante de la India colonial. Su «industria del opio era una de las mayores empresas del subcontinente, y producía unos miles de toneladas de la droga al año, una producción similar a la notoria industria del opio de Afganistán [durante la ocupación estadounidense], que abastece el mercado mundial de heroína». El opio representaba entre el 17% y el 20% de los ingresos de la India británica.

A principios del siglo XVIII, China producía el 35% del PIB mundial. Hasta 1800 la mitad de los libros del mundo se imprimían en chino. El país se consideraba autosuficiente, no buscaba productos de otros países. Los países extranjeros compraban el té, la seda y la porcelana chinos, teniendo que pagar en oro y plata. En consecuencia, la balanza comercial fue desfavorable a los británicos durante casi dos siglos, como la situación a la que se enfrentan hoy Estados Unidos y Europa con China.

Este comercio agotó lentamente las reservas occidentales. Finalmente, 30.865 toneladas de plata entraron en China, en su mayoría procedentes de Gran Bretaña. Gran Bretaña recurrió al contrabando de drogas patrocinado por el Estado como solución, y en 1826 el contrabando desde la India había invertido el flujo de plata. Así comenzó uno de los crímenes internacionales más largos y continuos de los tiempos modernos, en segundo lugar después del tráfico de esclavos africanos, bajo la supervisión de la corona británica.

(Los recién formados Estados Unidos ya traficaban con opio a China en 1784. El primer multimillonario de Estados Unidos, John Jacob Astor, se enriqueció traficando con opio a China, al igual que el abuelo de FDR, Warren Delano, Jr).

La Compañía Británica de las Indias Orientales fue clave en este contrabando de opio. Poco después de que Gran Bretaña conquistara Bengala en 1757, Jorge III concedió a la Compañía de las Indias Orientales el monopolio de la producción y exportación de opio indio. Con el tiempo, su Agencia del Opio llegó a emplear a unos 2.500 empleados que trabajaban en 100 oficinas repartidas por toda la India.

Gran Bretaña gravó con el 50% del valor de las cosechas de los campesinos indios para empujarlos a abandonar la agricultura y dedicarse al cultivo del opio. Esto pronto condujo a la hambruna de Bengala de 1770, cuando diez millones, un tercio de la población bengalí, murieron de hambre. Gran Bretaña no tomó ninguna medida para ayudarles, como hizo casi un siglo después con su hambruna orquestada en Irlanda. Otra hambruna azotó India en 1783, y de nuevo Gran Bretaña no hizo nada mientras once millones morían de hambre. Entre 1760 y 1943, según fuentes británicas, más de 85 millones de indios murieron en estas hambrunas, que en realidad fueron genocidios perpetrados por el Raj británico.

En su punto álgido, a mediados del siglo XIX, la exportación de opio patrocinada por el Estado británico representaba aproximadamente el 15% de los ingresos coloniales totales de la India y el 31% de sus exportaciones. Los enormes ingresos procedentes de esta droga consolidaron a la India como una importante base financiera para las posteriores conquistas mundiales de Inglaterra.

En 1729, el emperador chino declaró ilegal la importación de opio. En aquella época ascendía a 200 cofres al año, cada uno de 135 libras, un total de 14 toneladas. En 1799, el emperador volvió a promulgar la prohibición en términos más severos, dado que las importaciones se habían disparado a 4.500 cofres (320 toneladas). Sin embargo, en 1830 aumentaron a 1.100 toneladas, y en 1838, justo antes de que los británicos provocaran la Primera Guerra del Opio (1839-1842), ascendieron a 40.000 cofres (2.800 toneladas).

La producción de un cofre de opio costaba sólo 2 libras en la India, pero se vendía por 10 libras [más de 1.000 dólares a precios actuales] en China, casi 8 libras de beneficio por cofre.

Unos 40.000 cofres abastecían a 2,1 millones de adictos en una población china de 350 millones. China perdía más de 4.000 toneladas de plata al año. Los adictos eran en su mayoría hombres de entre veinte y cincuenta y cinco años, que deberían haber sido sus años más productivos. Fumar opio se extendió gradualmente a diferentes grupos de personas: funcionarios del gobierno, comerciantes, intelectuales, mujeres, sirvientes, soldados y monjes.

Justo antes de la Primera Guerra del Opio, el «zar antidroga» chino, Lin Zexu, escribió a la reina Victoria: «¿Dónde está su conciencia? He oído que fumar Opio está estrictamente prohibido en su país; esto se debe a que el daño causado por el Opio se entiende claramente. Ya que no se permite hacer daño a su propio país, menos aún debe permitir que se transmita al daño de otros países.» Con la arrogancia imperialista habitual, Gran Bretaña ignoró la carta y desafió la legalidad misma de la decisión soberana de China de prohibir las importaciones de Opio.

Gran Bretaña provocó esta Primera Guerra del Opio en represalia porque China incautó y destruyó 1.300 toneladas de opio en manos de traficantes británicos frente a Cantón (actual Guangzhou). Esto tenía un valor equivalente a una sexta parte del presupuesto militar del imperio británico. El ministro británico de Asuntos Exteriores, Palmerston, exigió una disculpa, una compensación por el opio, un tratado para impedir la acción china contra el narcotráfico británico y la apertura de más puertos al «comercio exterior», su eufemismo para referirse al tráfico de drogas.

La British India Gazette informó del saqueo de una ciudad china durante la guerra: No podía concebirse un saqueo más completo que el que tuvo lugar. Todas las casas estaban abiertas, todos los cajones y cajas saqueados, las calles sembradas de fragmentos de muebles, cuadros, mesas, sillas, grano de todo tipo… todo ello salpicado por los cadáveres o los cuerpos vivos de aquellos que no habían podido abandonar la ciudad por las heridas recibidas de nuestros despiadados cañones… El saqueo sólo cesó cuando no hubo nada que llevarse o destruir.

Una vez que Gran Bretaña derrotó a China, el Tratado de Nankín otorgó Hong Kong a los británicos, que rápidamente se convirtió en el centro del tráfico de drogas de Opio, proporcionando pronto a la colonia la mayor parte de sus ingresos. El tratado también permitía a los británicos exportar cantidades ilimitadas de opio.

En 1844, Francia y Estados Unidos obligaron a China a firmar tratados similares, desiguales e injustos, con los mismos derechos comerciales sin restricciones.

Tras la Primera Guerra del Opio, una devastadora hambruna asoló el sur de China, provocando la muerte masiva de millones de campesinos pobres. Pronto estalló la Rebelión Taiping contra el dominio imperial chino, que se cobró 20 millones de vidas chinas entre 1850 y 1864. Al igual que en muchas guerras civiles posteriores, como en Siria hace una década, los Estados europeos financiaron a los rebeldes para socavar el gobierno nacional.

Karl Marx detalló cómo Gran Bretaña provocó la Segunda Guerra del Opio (1856-1860). Francia se unió al saqueo. El Times de Londres, propagandista de su mafia de la droga patrocinada por el Estado, declaró, “Inglaterra, con Francia… dará tal lección a estas pérfidas hordas que el nombre de Europa será en adelante un pasaporte de temor, si no puede serlo de amor, en toda su tierra.”

En octubre de 1860, los militares británicos y franceses atacaron Pekín. A pesar de las protestas francesas, el comandante británico Lord Elgin destruyó Yuanming Yuan, el palacio de verano del emperador, en una muestra de desprecio hacia los chinos.

«El Palacio de Verano era la casa del tesoro por excelencia de China. Jamás había existido en el mundo una colección de riqueza y belleza semejante. Ni volvería a existir jamás: en unos 200 edificios fabulosamente decorados, treinta de ellos residencias imperiales, yacían riquezas que superaban todos los sueños de avaricia. Joyas, jade, trajes ceremoniales, tesoros de la corte, fardos de seda e innumerables objetos de valor incalculable representaban los años de tributo acumulado ante los emperadores chinos. Había espléndidas galerías de pinturas y bibliotecas irremplazables… Durante tres días, las tropas británicas y francesas arrasaron los pasillos de mármol y los relucientes apartamentos del palacio, destrozando con porras y culatas de fusil lo que no podían llevarse». Cuando el robo y la destrucción terminaron, quemaron Yuanming Yuan hasta los cimientos. Se calcula que se llevaron 1,5 millones de reliquias chinas, muchas de las cuales siguen llenando museos y casas de ricos en Occidente.

Gran Bretaña y Francia obligaron a China a legalizar la importación de opio, que alcanzó las 5.000 toneladas en 1858, una cantidad superior a la producción mundial de opio en 1995. China tuvo que aceptar que ningún occidental pudiera ser juzgado en tribunales chinos por delitos cometidos en el país e, irónicamente, legalizar la labor misionera cristiana.

El panfleto de 1881, Opium: La política coercitiva de Inglaterra y sus desastrosos resultados en China e India, afirmaba, “Como muestra de cómo se llevaron a cabo ambas guerras, citamos lo siguiente de un escritor inglés sobre el bombardeo de Cantón: «Piezas de campo cargadas de uva fueron plantadas al final de largas y estrechas calles atestadas de hombres, mujeres y niños inocentes, para segarlos como hierba hasta que las cunetas fluyeran con su sangre». En una escena de carnicería, el corresponsal del Times registró que medio ejército de 10.000 hombres fue destruido en diez minutos por la espada, o forzado a lanzarse al ancho río. El Morning Herald afirmó que ‘un crimen más horrible o repugnante que este bombardeo de Cantón nunca se ha cometido en las peores épocas de la oscuridad bárbara.’”

A mediados de la década de 1860, Gran Bretaña controlaba siete octavas partes del comercio de opio con China, que había crecido enormemente. Las importaciones de opio de la India se dispararon a 150.000 cofres (10.700 toneladas) en 1880. Los ingresos británicos procedentes del opio ascendían a 2.000 millones de dólares anuales en moneda actual y representaban casi el 15% de los ingresos fiscales del erario británico. El London Times (22 de octubre de 1880) afirmaba escandalosamente que «el gobierno chino admitió el opio como artículo legal de importación, no bajo coacción, sino por voluntad propia». Lord Curzon, más tarde Subsecretario para la India, «ningún historiador de renombre, ni ningún diplomático que supiera algo del asunto, apoyaría la proposición de que Inglaterra coaccionó a China en este sentido.»

China inició la producción nacional para no perder más plata con el opio importado. A partir de 1858, grandes extensiones de tierra se dedicaron a la producción de opio, y las provincias pasaron de cultivar alimentos y otros productos de primera necesidad al opio. Con el tiempo, los chinos llegaron a producir 35.000 toneladas, cerca del 85% del suministro mundial, con 15 millones de adictos que consumían 43.000 toneladas anuales.

China, ahora muy debilitada por el narcoestado británico, cedió a Rusia un territorio equivalente a la extensión combinada de Francia, Alemania y España. En 1885, Francia se apoderó del sudeste asiático chino. En 1895, Japón se apoderó de Taiwán y de la Corea controlada por China.

La Alianza de las Ocho Naciones (Japón, Rusia, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Alemania, Italia y Austria-Hungría) invadió de nuevo el país en 1900 para aplastar la rebelión nacionalista de los bóxers. Se exigió una indemnización de 20.000 toneladas de plata y China quedó reducida a una neocolonia.

En 1906, además de a la India británica, el tráfico de opio también aporta ba el 16% de los impuestos a la Indochina francesa, el 16% a las Indias Holandesas, el 20% a Siam y el 53% a la Malaya británica.

Ese año, los británicos, que seguían exportando 3.500 toneladas a China, acordaron finalmente poner fin al sucio negocio en un plazo de diez años. La corona británica tuvo el honor de ser el mayor contrabandista de opio de la historia, un factor central en su destrucción de las civilizaciones china e india.

En 1995, la producción mundial de opio se redujo a 4.200 toneladas métricas (4.630 toneladas), procedentes en su mayor parte de Birmania y Afganistán. Los talibanes lo prohibieron en 2000, y la producción cayó de 3.400 a sólo 204 toneladas. La invasión estadounidense de Afganistán en 2001 revirtió esta situación y, en 2008, el Afganistán ocupado por Estados Unidos producía el 90% del opio del mundo, alcanzando las 10.000 toneladas en 2017. Tras la expulsión de Estados Unidos en 2021, los talibanes detuvieron rápidamente la producción de opio. El Instituto de la Paz de Estados Unidos, posiblemente revelando el apoyo estadounidense al narcotráfico, declaró: «La exitosa prohibición del Opio por parte de los talibanes es mala para los afganos y para el mundo» y «tendrá consecuencias económicas y humanitarias negativas.»

La plaga del opio en China no se resolvió hasta la victoria revolucionaria de 1949, aunque continuó en la Hong Kong británica. Mao proclamó que «China se ha levantado», poniendo fin a su Siglo de Humillación, durante el cual al menos 100 millones de chinos murieron en guerras y hambrunas, y hasta 35 millones durante la invasión japonesa de 1931-1945.

En 1949, China había quedado reducida a uno de los países más pobres del mundo. Hace sólo 75 años, cuatro de cada cinco chinos no sabían leer ni escribir. Pero desde 1981, China ha sacado de la pobreza a 853 millones de sus habitantes, se ha convertido en un país de renta media alta según el Banco Mundial y ha recuperado su estatura en el mundo. Occidente ve ahora a China como una amenaza renovada, tratando de nuevo de inutilizarla económicamente y cortarla en pedazos. Sin embargo, esta vez el pueblo chino está mucho mejor preparado para combatir los designios imperialistas de imponerle una nueva era de humillación."

( Stansfield Smith , MRonline, 30 de mayo de 2024, traducción DEEPL)

27/10/23

El colonialismo israelí, variante del colonialismo occidental... Líderes, políticos, expertos y figuras de los medios de comunicación de todo el espectro político, incluyendo la derecha, los conservadores, los liberales, el centro y buena parte de la izquierda, han prestado su apoyo al régimen israelí de colonos-colonialistas y de apartheid... El mundo occidental está lidiando con un importante «colapso mental» a raíz de la actual redistribución mundial del poder, que se está alejando de la esfera euroamericana... Esta respuesta es bastante comprensible porque renunciar a privilegios coloniales seculares y a la licencia para dominar naciones no europeas y el mundo es un reto innegable... El Occidente oficial y los medios de comunicación no sólo ignoran el sufrimiento palestino y fingen que el conflicto empezó la semana pasada, sino que desestiman su derecho a narrar y contar su propia historia... Persisten en presentar a los palestinos como los máximos culpables, violadores y terroristas, a pesar de las abundantes pruebas de lo contrario... El colapso mental del establishment occidental ha llegado a un punto en el que incluso exhibir la bandera palestina o llevar el keffiyeh palestino se considera un acto de violencia. Al igual que otras poblaciones colonizadas y esclavizadas a lo largo de la historia, los palestinos luchan por un futuro libre de la opresión colonial

 "Guerra entre Israel y Palestina: Gaza ha provocado un colapso en la mentalidad colonial de Occidente

Hoy en día es evidente en Occidente que la afiliación política de cada uno apenas marca diferencias cuando se trata de Palestina y de la lucha palestina. Líderes, políticos, expertos y figuras de los medios de comunicación de todo el espectro político, incluyendo la derecha, los conservadores, los liberales, el centro y buena parte de la izquierda, han prestado su apoyo al régimen israelí de colonos-colonialistas y de apartheid.
Para comprender realmente este hundimiento moral, es esencial situar esta respuesta colectiva occidental en un contexto más amplio.
El mundo occidental está lidiando con un importante «colapso mental» a raíz de la actual redistribución mundial del poder, que se está alejando de la esfera euroamericana. Esta respuesta es bastante comprensible porque renunciar a privilegios coloniales seculares y a la licencia para dominar naciones no europeas y el mundo es un reto innegable.
En la actualidad, la clase dirigente occidental y sus principales medios de comunicación han vuelto a los fundamentos eurocoloniales y racistas que apuntalaron la licencia para invadir, colonizar y cometer genocidio en las Américas y en otros lugares del mundo desde 1492.
Emplean una inquietante variedad de lenguaje racista y deshumanizador para vilipendiar a los palestinos y deslegitimar su lucha, etiquetándolos de «bestias», «animales», «bárbaros», «terroristas», «malvados», «salvajes», que están cometiendo un «segundo holocausto» y «otro 11-S», etc.
Este discurso refleja fielmente los mismos temas y patrones que los célebres filósofos, pensadores, figuras fundadoras y héroes liberales y de la Ilustración de Europa utilizaron para justificar la subyugación y colonización de naciones no europeas en todo el mundo durante los últimos cinco siglos.
No es de extrañar que la postura oficial occidental haya abrazado sin reservas la narrativa colonial de los colonos israelíes, que es esencialmente una imitación del discurso euro-moderno/colonial original.

El estándar colonial occidental

Muchos condenan con razón la hipocresía y la parcialidad expresadas en los principales medios de comunicación y discursos políticos occidentales.
Resulta sorprendente que los mismos medios y líderes occidentales que acusan sin reparos a Rusia de cometer crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad se hayan abstenido sistemáticamente de hacer lo mismo cuando se trata de Israel.
Han ignorado los crímenes de Israel contra Palestina desde 1948, incluidos los continuos crímenes de apartheid y limpieza étnica de palestinos, que han convertido en refugiados o desplazados internos a cerca del 80 por ciento de la población palestina.
Década tras década de castigos colectivos israelíes a los palestinos, como el bombardeo de sus infraestructuras civiles, viviendas, hospitales, lugares de culto, escuelas y universidades, así como el secuestro y la quema de sus niños hasta la muerte, el corte del suministro de electricidad y agua y muchos otros crímenes apenas han provocado la preocupación e indignación de Occidente.
Y lo que es aún más inquietante, los mismos políticos y figuras mediáticas que respaldaron la orden de detención de la Corte Penal Internacional (CPI) contra el presidente ruso han obstruido activamente la investigación de la CPI sobre los crímenes de Israel para negar a las víctimas palestinas un mínimo de justicia.
Paradójicamente, aunque esto parezca hipocresía y doble rasero, el Occidente oficial y su discurso y acciones mediáticas siguen siendo totalmente coherentes con las normas euro-modernas/coloniales, que ya determinaron que sólo los europeos son considerados plenamente humanos y, por tanto, tienen derecho a la libertad y al dominio sobre los demás.

Deshumanización

 La actual deshumanización de los palestinos, así como de otros pueblos subyugados y racializados de todo el mundo, representa una continuación de las normas y estándares coloniales europeos profundamente arraigados.

Acusar de hipocresía a los gobiernos y medios de comunicación occidentales lleva implícita una esperanza de redención. Aunque esta esperanza es ciertamente genuina, es, por desgracia, una esperanza inalcanzable.

Como observó sagazmente el pensador anticolonialista y revolucionario afrocaribeño Frantz Fanon, las víctimas del colonialismo nunca conseguirán persuadir a sus colonizadores europeos de su sufrimiento y de su profundo deseo de libertad porque, en la mentalidad eurocolonial, sólo los identificados como europeos son vistos como capaces de experimentar el verdadero sufrimiento y el anhelo de libertad.
Incluso después de un siglo de lucha inquebrantable por la libertad, el mundo occidental permanece impasible ante el sufrimiento de los palestinos por el colonialismo sionista de colonos, apoyado por los europeos. En su lugar, los dirigentes y los medios de comunicación occidentales les piden que se condenen a sí mismos y a su búsqueda de la liberación.
El Occidente oficial y los medios de comunicación no sólo ignoran el sufrimiento palestino y fingen que el conflicto empezó la semana pasada, sino que, como observó acertadamente Edward Said hace casi cuatro décadas, desestiman su derecho a narrar y contar su propia historia.
Persisten en presentar a los palestinos como los máximos culpables, violadores y terroristas, a pesar de las abundantes pruebas de lo contrario. Su sufrimiento bajo un régimen de apartheid ha sido retransmitido en directo por televisión y en las redes sociales, y documentado por numerosas investigaciones y resoluciones de la ONU, informes, comités, estadísticas, infografías, así como por la investigación académica, basada en pruebas y de archivo realizada por estimados historiadores.

Castigo colectivo

El discurso oficial occidental está diseñado para manipular a la opinión pública a favor del castigo colectivo y el asesinato de los palestinos, no sólo por parte de sus inmediatos colonizadores israelíes, sino también por parte de las potencias coloniales estadounidenses, británicas, alemanas y otras que enviaron rápidamente sus portaaviones y armamento para disciplinar y castigar a las víctimas en Gaza.
Hoy en día, somos testigos del despliegue de los mismos tropos racistas del discurso colonial europeo para deshumanizar a los palestinos y negarles el derecho a luchar por la descolonización.
Su supuesto crimen no reside en sus acciones, sino en su firme determinación de existir en su tierra, resistir y buscar la libertad.

 El crimen de los palestinos es que siguen reapareciendo, negándose a morir en silencio y finalmente rompiendo la valla de la asediada Gaza.
Independientemente de que esta lucha adopte una forma violenta o no violenta, ambas legítimas en virtud del derecho internacional, inevitablemente se califica de violenta, ya que desafía el marco de justicia establecido por los colonos euroisraelíes y sus fundamentos esencialmente violentos, injustos e inmorales.
Desde esta perspectiva colonial, la mera existencia de los palestinos se considera un acto de violencia y una transgresión. El Occidente oficial ya se ha embarcado en la criminalización y prohibición de acciones pacíficas como protestas y boicots contra el apartheid israelí, la agresión colonial de los colonos, la limpieza étnica, el castigo colectivo, los asaltos a lugares sagrados musulmanes y cristianos, la transformación de Gaza en un campo de concentración al aire libre para más de dos millones de personas (de las cuales 1,7 millones son refugiados), el control de su ingesta calórica, por mencionar sólo algunos ejemplos.

 El colapso mental del establishment occidental ha llegado a un punto en el que incluso exhibir la bandera palestina o llevar el keffiyeh palestino se considera un acto de violencia.
Al igual que otras poblaciones colonizadas y esclavizadas a lo largo de la historia, los palestinos luchan por un futuro libre de la opresión colonial. Como señaló hace más de siglo y medio el famoso abolicionista y antiguo esclavo negro de los colonos y amos europeos en Estados Unidos, Frederick Douglass, el progreso nunca se consigue sin lucha, ya que «el poder no concede nada sin una exigencia». Nunca lo hizo y nunca lo hará».
El pueblo palestino, como otras naciones colonizadas antes que él, persistirá en su lucha por la libertad, incluso cuando el peso de la opresión apenas le permita respirar."

( Emile Badarin , El Viejo topo, 24/10/23)

7/9/23

Žižek: Trastornos del nacionalismo: Cuando el contrato social de un país se resquebraja, las condiciones se vuelven propicias para que circulen rumores y absurdos. Incluso cuando estos son escandalosos y obviamente sin sentido, pueden dar expresión a los miedos y prejuicios más profundos de un pueblo. Tal es el caso hoy en Rusia, donde Sergei Markov, antiguo asesor del Presidente Vladimir Putin, ha advertido de que Ucrania está creando «supersoldados homosexuales» para hacer la guerra contra su país. Los rabinos enseñan a los futuros oficiales del ejército israelí que «Con la ayuda de Dios, volverá la esclavitud. Los no judíos querrán ser nuestros esclavos. Esta gente que nos rodea tiene problemas genéticos. Pregúntale a un árabe promedio qué quiere ser. Quiere estar bajo ocupación … No saben cómo dirigir un país ni nada … Sí, somos racistas. Creemos en el racismo. Las razas tienen características genéticas. Así que debemos pensar en cómo ayudarles... Hitler era el más justo. Por supuesto que tenía razón en cada palabra que decía. Su ideología era correcta… El único error [de los nazis] fue quién estaba en cada bando»»... Amiram Levin, antiguo jefe del Mando Norte de las Fuerzas de Defensa de Israel, invocó la Alemania nazi: «Es duro para nosotros decirlo, pero es la verdad. Paseen por Hebrón, miren las calles. Calles por las que ya no se permite pasar a los árabes, sólo a los judíos. Eso es exactamente lo que ocurrió allí"

 "Cuando el contrato social de un país se resquebraja, las condiciones se vuelven propicias para que circulen rumores y absurdos. Incluso cuando estos son escandalosos y obviamente sin sentido, pueden dar expresión a los miedos y prejuicios más profundos de un pueblo.

Tal es el caso hoy en Rusia, donde Sergei Markov, antiguo asesor del Presidente Vladimir Putin, ha advertido de que Ucrania está creando «supersoldados homosexuales» para hacer la guerra contra su país: «Los teóricos militares y los historiadores saben cuál era el ejército más fuerte de Grecia, ¿recuerdan? Los espartanos. Estaban unidos por una hermandad homosexual. Eran todos homosexuales. Ésa era la política de sus dirigentes. Creo que están planeando lo mismo para las Fuerzas Armadas de Ucrania».

Por supuesto, esta mezcla de homofobia, historia falsa e ideas de supersoldados inspiradas en los cómics de Marvel indica que Markov no está interesado en fomentar el pensamiento crítico y el análisis razonado. No importa: por lo visto, esas declaraciones idiotas tienen eco al menos en algunos segmentos importantes de la sociedad rusa.

El mismo desvarío se aplica cada vez más a los recuerdos históricos rusos de los principales traumas y crímenes nacionales. En una ceremonia celebrada recientemente en Velikiye Luki, en la región rusa de Pskov, un sacerdote conocido como el «Padre Antonio» roció con agua bendita una estatua de Stalin de más de seis metros. Aunque «la Iglesia sufrió» durante el largo reinado de terror de Stalin, observó, los rusos de hoy deberían estar agradecidos por tener tantos «nuevos mártires y confesores rusos a los que ahora rezamos y que nos están ayudando en el resurgimiento de nuestra Madre Patria».  

Un razonamiento tan perverso está a un paso de argumentar que los judíos deberían estar agradecidos a Hitler por abrir el camino al Estado de Israel. De hecho, precisamente eso ya ha ocurrido efectivamente. Según una investigación realizada en 2019 por el Canal 13 de noticias de Israel, los rabinos enseñan a los futuros oficiales del ejército israelí en la escuela de preparación militar Bnei David, financiada por el Estado, que:

«El Holocausto no consistió en matar a los judíos. Tonterías. Y que fuera sistemático e ideológico lo hace más moral que el asesinato al azar. Humanismo, cultura secular —eso es el Holocausto. El verdadero Holocausto es el pluralismo. La lógica nazi era internamente consistente. Hitler decía que un determinado grupo de la sociedad es la causa de todo el mal del mundo y que, por lo tanto, debe ser exterminado … Durante años, Dios ha estado gritando que la Diáspora ha terminado pero los judíos no obedecen. Ésa es su enfermedad que el Holocausto debe curar… Hitler era el más justo. Por supuesto que tenía razón en cada palabra que decía. Su ideología era correcta… El único error [de los nazis] fue quién estaba en cada bando».

La lección no acaba aquí. Los alumnos también aprenden que:

«Con la ayuda de Dios, volverá la esclavitud. Los no judíos querrán ser nuestros esclavos. Esta gente que nos rodea tiene problemas genéticos. Pregúntale a un árabe promedio qué quiere ser. Quiere estar bajo ocupación … No saben cómo dirigir un país ni nada … Sí, somos racistas. Creemos en el racismo. Las razas tienen características genéticas. Así que debemos pensar en cómo ayudarles».

Sin duda, esta retórica extrema sólo cuenta con el apoyo abierto de una minoría religiosa minúscula y fanática. Y, sin embargo, deja entrever la premisa subyacente a las políticas del actual gobierno de extrema derecha en Cisjordania. Comparar la situación de Israel y sus territorios ocupados con la Alemania nazi puede parecer una exageración ridícula, y si un no-judío hace esta comparación, se le tacha al instante de antisemita; pero si lo hacen destacadas figuras judías, hay que escucharlas. Cuando una sociedad se ha envuelto en capas de tendenciosa autojustificación, hace falta gente de dentro para retirar la mortaja.

Consideremos el caso de Amiram Levin, antiguo jefe del Mando Norte de las Fuerzas de Defensa de Israel. En declaraciones recientes a la radiotelevisión pública israelí sobre la situación en Cisjordania, afirma que «allí no ha habido democracia en 57 años, hay un apartheid total … las FDI, que se ven obligadas a ejercer la soberanía allí, se están pudriendo desde dentro. Se mantienen al margen, miran a los alborotadores colonos y están empezando a ser cómplices de crímenes de guerra».

Cuando se le pidió que diera más detalles, Levin invocó la Alemania nazi: «Es duro para nosotros decirlo, pero es la verdad. Paseen por Hebrón, miren las calles. Calles por las que ya no se permite pasar a los árabes, sólo a los judíos. Eso es exactamente lo que ocurrió allí, en ese país oscuro».

Que un general retirado de las Fuerzas de Defensa de Israel pueda llegar a semejante conclusión no sólo demuestra su extraordinaria postura ética, sino también lo mal que han ido las cosas allí. Pero mientras haya israelíes como Levin, hay esperanza, porque sólo con la solidaridad y el apoyo de gente como él tienen una oportunidad los palestinos de Cisjordania.

Hoy en día, tanto en Rusia como en Israel, el pacto social se está fracturando bajo el peso del colonialismo y los desacuerdos fundamentales sobre los principios fundacionales. Estas condiciones se prestan a formas de racionalización cada vez más absurdas y extremas. Pero que se pueda inventar una razón para hacer algo no significa que se deba hacer. Cuando las sociedades se fragmentan, resistirse a las razones equivocadas suele requerir más fuerza que seguir las razones correctas."                    (Slavoj Žižek , El Viejo Topo, 07/09/23)

28/2/23

Los imperialismos... son el imperialismo norteamericano: la Guerra del Plátano en Nicaragua (1912), el apoyo al dictador cubano Fulgencio Batista y la operación militar en Bahía Cochinos de 1961, el apoyo al golpe militar en Brasil en 1964 y la caída de Salvador Allende en Chile (1973); del golpe contra el presidente Mohammad Mossaddegh, democráticamente elegido de Irán (1953), al golpe de Estado contra Jacobo Árbenz, también democráticamente elegido, de Guatemala (1954); de la invasión a Vietnam para poner fin a la amenaza comunista (1965) a la invasión de Afganistán (2001), supuestamente para defenderse de los terroristas (que no eran afganos) que atacaron las Torres Gemelas de Nueva York, después de haber apoyado en los 20 años anteriores a los muyahidines contra el gobierno comunista respaldado por la Unión Soviética; de la invasión de Irak en 2003 para eliminar a Saddam Hussein y sus armas de destrucción masiva (que no existían), a la intervención en Siria para defender a los rebeldes que eran en su mayoría (y son) islamistas radicales; de la intervención, a través de la OTAN, en los Balcanes sin autorización de la ONU (1995), a la destrucción de Libia (2011)

 "En la guerra de Ucrania, el imperialismo estadunidense, el imperialismo ruso y el imperialismo chino se enfrentan. Estoy en contra de todo imperialismo y admito que en el futuro el imperialismo ruso o el imperialismo chino pueden ser los más peligrosos, pero no tengo ninguna duda de que en este momento el imperialismo más peligroso es el de Estados Unidos. Saca ventaja en dos áreas, la militar y la financiera. Nada de esto garantiza la longevidad de este imperialismo. De hecho, he argumentado que está en declive, pero la decadencia en sí misma puede ser uno de los factores que explica la mayor peligrosidad de hoy.

La dinámica del imperialismo estadunidense parece imparable, siempre alimentada por la creencia de que la destrucción que provoca o incita tendrá lugar lejos de sus fronteras protegidas por dos vastos océanos. Por lo tanto, tienen un desprecio casi genético por otros pueblos. Estados Unidos siempre dice que interviene por el bien de la democracia y sólo deja destrucción y dictadura o caos tras su paso.

La última y quizás más extrema manifestación de esta ideología se puede leer en el último libro del neoconservador Robert Kagan (casado con la neoconservadora Victoria Nuland, subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos del gobierno del presidente Joe Biden), The Ghost at the Feast: America and the Collapse of World Order, 1900-1941 (Nueva York, Alfred Knopf, 2022). 

La idea central de este libro es que Estados Unidos es un país único en el mundo en su deseo de hacer a las personas más felices, más libres y ricas, luchando contra la corrupción y la tiranía dondequiera que existan. Son tan maravillosamente poderosos que habrían evitado la Segunda Guerra Mundial si hubieran intervenido militar y financieramente a tiempo para obligar a Alemania, Italia, Japón, Francia y Gran Bretaña a seguir el nuevo orden mundial dictado por Estados Unidos.

Todas las intervenciones estadunidenses en el extranjero han sido altruistas, por el bien de los pueblos intervenidos. Según Kagan, desde las primeras intervenciones militares en el extranjero –la guerra hispanoamericana de 1898 (con el propósito de dominar Cuba desde entonces hasta hoy) y la guerra filipino-estadunidense de 1899-1902 (contra la autodeterminación de Filipinas y que resultó en más de 200 mil muertos)–, Estados Unidos siempre ha intervenido con fines altruistas y por el bien de los pueblos.

Este monumento a la hipocresía y el ocultamiento de verdades incómodas ni siquiera considera la trágica realidad de los pueblos indígenas y la población negra de Estados Unidos sometidos al exterminio y la discriminación más violentos en el momento de estas intervenciones supuestamente liberadoras en el extranjero. El registro histórico revela la crueldad de esta mistificación. Invariablemente, las intervenciones han sido dictadas por los intereses geopolíticos y económicos de Estados Unidos, en los que, además, Estados Unidos no son una excepción. Por el contrario, este siempre ha sido el caso para todos los imperios (ver la invasión de Rusia por Napoleón y Hitler).

Los registros históricos muestran que la prevalencia de los intereses imperiales de Estados Unidos a menudo ha llevado a borrar las aspiraciones de autodeterminación, libertad y democracia y a apoyar a los dictadores sedientos de sangre que resultó en devastación y muerte, la Guerra del Plátano en Nicaragua (1912), el apoyo al dictador cubano Fulgencio Batista y la operación militar en Bahía Cochinos de 1961, el apoyo al golpe militar en Brasil en 1964 y la caída de Salvador Allende en Chile (1973); del golpe contra el presidente Mohammad Mossaddegh, democráticamente elegido de Irán (1953), al golpe de Estado contra Jacobo Árbenz, también democráticamente elegido, de Guatemala (1954); de la invasión a Vietnam para poner fin a la amenaza comunista (1965) a la invasión de Afganistán (2001), supuestamente para defenderse de los terroristas (que no eran afganos) que atacaron las Torres Gemelas de Nueva York, después de haber apoyado en los 20 años anteriores a los muyahidines contra el gobierno comunista respaldado por la Unión Soviética; de la invasión de Irak en 2003 para eliminar a Saddam Hussein y sus armas de destrucción masiva (que no existían), a la intervención en Siria para defender a los rebeldes que eran en su mayoría (y son) islamistas radicales; de la intervención, a través de la OTAN, en los Balcanes sin autorización de la ONU (1995), a la destrucción de Libia (2011).

Siempre hubo razones benevolentes para estas intervenciones, que siempre tuvieron cómplices y aliados locales. ¿Qué quedará de la mártir Ucrania cuando termine la guerra (todas las guerras acaban algún día)? ¿En qué situación quedarán los otros países de Europa, especialmente Alemania y Francia, todavía dominados por la falsa idea de que el Plan Marshall fue la expresión de la filantropía desinteresada de Estados Unidos, a la que deben infinita gratitud y solidaridad incondicional? ¿Cómo quedará Rusia? ¿Qué equilibrio se puede hacer más allá de la muerte y la destrucción que la guerra siempre causa? ¿Por qué no hay un fuerte movimiento en Europa por una paz justa y duradera? Aunque la guerra se está librando en Europa, ¿están los europeos esperando que surja un movimiento contra la guerra en Estados Unidos para enlistarse en él con buena conciencia y sin riesgo de ser considerados amigos de Putin o comunistas?"                                   ( Boaventura de Sousa Santos , Rebelión, 25/02/2023)

15/9/22

Estados Unidos ha derrocado o intentado derrocar a más de 50 gobiernos, en su mayoría democracias. Ha interferido en las elecciones democráticas de 30 países. Ha lanzado bombas sobre la población de 30 países, la mayoría de ellos pobres e indefensos. Ha intentado asesinar a los líderes de 50 países. Ha luchado para suprimir los movimientos de liberación en 20 países... El alcance y la escala de esta carnicería no se denuncian ni se reconocen

 "En la década de 1970, conocí a una de las principales propagandistas de Hitler, Leni Riefenstahl, cuyas películas épicas glorificaban a los nazis. Coincidimos en el mismo alojamiento en Kenia, donde ella estaba en una misión fotográfica, habiendo escapado del destino de otros amigos del Führer.

Me dijo que los "mensajes patrióticos" de sus películas no dependían de "órdenes de arriba" sino de lo que ella llamaba el "vacío sumiso" del público alemán.

¿Incluía eso a la burguesía liberal y educada? le pregunté.  "Sí, sobre todo a ellos", dijo.

Pienso en esto cuando miro a mi alrededor y veo la propaganda que ahora consume a las sociedades occidentales.

Por supuesto, somos muy diferentes de la Alemania de los años treinta. Vivimos en sociedades de la información. Somos globalistas. Nunca hemos estado más conscientes, más en contacto, mejor conectados.

¿Lo estamos? ¿O vivimos en una sociedad mediática donde el lavado de cerebro es insidioso e implacable, y la percepción se filtra según las necesidades y mentiras del poder estatal y empresarial?

Estados Unidos domina los medios de comunicación del mundo occidental. Todas menos una de las diez principales empresas de medios de comunicación tienen su sede en Norteamérica. Internet y las redes sociales -Google, Twitter, Facebook- son en su mayoría de propiedad y control estadounidense.

A lo largo de mi vida, Estados Unidos ha derrocado o intentado derrocar a más de 50 gobiernos, en su mayoría democracias. Ha interferido en las elecciones democráticas de 30 países. Ha lanzado bombas sobre la población de 30 países, la mayoría de ellos pobres e indefensos. Ha intentado asesinar a los líderes de 50 países.  Ha luchado para suprimir los movimientos de liberación en 20 países.

El alcance y la escala de esta carnicería no se denuncian ni se reconocen, y los responsables siguen dominando la vida política angloamericana.

En los años anteriores a su muerte, en 2008, el dramaturgo Harold Pinter pronunció dos discursos extraordinarios que rompieron el silencio.

"La política exterior de Estados Unidos", dijo, "se define mejor así: bésame el culo o te parto la cabeza". Es tan simple y tan crudo como eso. Lo interesante es que tiene un éxito increíble. Posee las estructuras de la desinformación, el uso de la retórica, la distorsión del lenguaje, que son muy persuasivas, pero que en realidad son una sarta de mentiras. Es una propaganda muy exitosa. Tienen el dinero, tienen la tecnología, tienen todos los medios para salirse con la suya, y lo hacen".

Al aceptar el Premio Nobel de Literatura, Pinter dijo lo siguiente: "Los crímenes de Estados Unidos han sido sistemáticos, constantes, despiadados, sin remordimientos, pero muy poca gente ha hablado de ellos. Hay que reconocerlo a Estados Unidos. Ha ejercido una manipulación bastante clínica del poder en todo el mundo mientras se hacía pasar por una fuerza del bien universal. Es un acto de hipnosis brillante, incluso ingenioso, muy exitoso".

Pinter era un amigo mío y posiblemente el último gran sabio político, es decir, antes de que la política disidente se aburguesara. Le pregunté si la "hipnosis" a la que se refería era el "vacío sumiso" descrito por Leni Riefenstahl.

"Es lo mismo", respondió. "Significa que el lavado de cerebro es tan exhaustivo que estamos programados para tragarnos una sarta de mentiras. Si no reconocemos la propaganda, podemos aceptarla como normal y creerla. Ese es el vacío sumiso".

En nuestros sistemas de democracia corporativa, la guerra es una necesidad económica, el matrimonio perfecto entre la subvención pública y el beneficio privado: socialismo para los ricos, capitalismo para los pobres. El día después del 11-S las cotizaciones de las acciones de la industria bélica se dispararon. Se avecinaba más derramamiento de sangre, lo que es estupendo para los negocios.

Hoy, las guerras más rentables tienen su propia marca. Se llaman "guerras eternas": Afganistán, Palestina, Irak, Libia, Yemen y ahora Ucrania. Todas se basan en una sarta de mentiras.

Irak es la más infame, con sus armas de destrucción masiva que no existían. La destrucción de Libia por parte de la OTAN en 2011 se justificó por una masacre en Bengasi que no ocurrió. Afganistán fue una conveniente guerra de venganza por el 11-S, que no tenía nada que ver con el pueblo de Afganistán.

Hoy, las noticias de Afganistán son lo malvados que son los talibanes - no que el robo de Joe Biden de 7.000 millones de dólares de las reservas bancarias del país esté causando un sufrimiento generalizado. Recientemente, la National Public Radio de Washington dedicó dos horas a Afganistán, y 30 segundos a su pueblo hambriento.

En su cumbre de junio en Madrid, la OTAN, controlada por Estados Unidos, adoptó un documento de estrategia que militariza el continente europeo y aumenta la perspectiva de guerra con Rusia y China. Propone una "lucha bélica multidominio contra un competidor con armas nucleares". En otras palabras, la guerra nuclear.

Dice: "La ampliación de la OTAN ha sido un éxito histórico".

Lo leo con incredulidad.

Una medida de este "éxito histórico" es la guerra en Ucrania, cuyas noticias en su mayoría no son noticias, sino una letanía unilateral de patrioterismo, distorsión y omisión.  He informado de varias guerras y nunca he conocido una propaganda tan generalizada.

En febrero, Rusia invadió Ucrania como respuesta a casi ocho años de matanza y destrucción criminal en la región de habla rusa de Donbass, en su frontera.

En 2014, Estados Unidos había patrocinado un golpe de Estado en Kiev que se deshizo del presidente ucraniano democráticamente elegido y amigo de Rusia e instaló a un sucesor que los estadounidenses dejaron claro que era su hombre.

En los últimos años, se han instalado misiles "defensores" estadounidenses en Europa del Este, Polonia, Eslovenia, la República Checa, casi seguramente dirigidos a Rusia, acompañados de falsas garantías que se remontan a la "promesa" de James Baker a Gorbachov en febrero de 1990 de que la OTAN nunca se expandiría más allá de Alemania.

Ucrania es la línea del frente. La OTAN ha llegado a la misma frontera por la que el ejército de Hitler irrumpió en 1941, dejando más de 23 millones de muertos en la Unión Soviética.

En diciembre pasado, Rusia propuso un plan de seguridad de gran alcance para Europa. Los medios de comunicación occidentales lo desestimaron, ridiculizaron o suprimieron. ¿Quién leyó sus propuestas paso a paso? El 24 de febrero, el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy amenazó con desarrollar armas nucleares a menos que Estados Unidos armara y protegiera a Ucrania.  Esta fue la gota que colmó el vaso.

Ese mismo día, Rusia invadió -según los medios de comunicación occidentales, un acto no provocado de infamia congénita. La historia, las mentiras, las propuestas de paz, los acuerdos solemnes sobre Donbass en Minsk no contaron para nada.

El 25 de abril, el Secretario de Defensa de Estados Unidos, el general Lloyd Austin, voló a Kiev y confirmó que el objetivo de Estados Unidos era destruir la Federación Rusa; la palabra que utilizó fue "debilitar". Estados Unidos había conseguido la guerra que quería, llevada a cabo por un representante financiado y armado por Estados Unidos y un peón prescindible.

Casi nada de esto fue explicado al público occidental.

La invasión rusa de Ucrania es gratuita e inexcusable. Es un crimen invadir un país soberano. No hay "peros", excepto uno.

¿Cuándo comenzó la actual guerra en Ucrania y quién la inició? Según Naciones Unidas, entre 2014 y este año, unas 14.000 personas han muerto en la guerra civil del régimen de Kiev en el Donbass. Muchos de los ataques fueron llevados a cabo por neonazis.

Vea un reportaje de ITV de mayo de 2014, del veterano reportero James Mates, que es bombardeado, junto con civiles en la ciudad de Mariupol, por el batallón Azov (neonazi) de Ucrania.

Ese mismo mes, decenas de personas de habla rusa fueron quemadas vivas o asfixiadas en un edificio sindical de Odessa asediado por matones fascistas, seguidores del colaborador nazi y fanático antisemita Stephen Bandera.  El New York Times llamó a los matones nacionalistas".

"La misión histórica de nuestra nación en este momento crítico", dijo Andreiy Biletsky, fundador del Batallón Azov, "es liderar a las Razas Blancas del mundo en una cruzada final por su supervivencia, una cruzada contra los Untermenschen dirigidos por los semitas".

Desde febrero, una campaña de autodenominados "supervisores de noticias" (financiados en su mayoría por estadounidenses y británicos con vínculos con los gobiernos) han tratado de mantener el absurdo de que los neonazis de Ucrania no existen.

La "aerografía", un término que en su día se asoció a las purgas de Stalin, se ha convertido en una herramienta del periodismo convencional.

En menos de una década, se ha aerografiado una China "buena" y se ha sustituido por una China "mala": del taller del mundo a un nuevo Satán en ciernes.  

Gran parte de esta propaganda se origina en Estados Unidos y se transmite a través de apoderados y "think-tanks", como el tristemente célebre Instituto Australiano de Política Estratégica, la voz de la industria armamentística, y por parte de periodistas celosos como Peter Hartcher, del Sydney Morning Herald, que calificó a quienes difunden la influencia china de "ratas, moscas, mosquitos y gorriones" y pidió que estas "plagas" fueran "erradicadas".

Las noticias sobre China en Occidente se refieren casi exclusivamente a la amenaza de Pekín. En el aire quedan las 400 bases militares estadounidenses que rodean la mayor parte de China, un collar armado que llega desde Australia hasta el Pacífico y el sudeste asiático, Japón y Corea. La isla japonesa de Okinawa y la coreana de Jeju son armas cargadas que apuntan a bocajarro al corazón industrial de China. Un funcionario del Pentágono describió esto como un "lazo".

Desde que tengo uso de razón, se ha informado mal sobre Palestina. Para la BBC, existe el "conflicto" de "dos narrativas". La ocupación militar más larga, brutal y sin ley de los tiempos modernos no se menciona.

El pueblo golpeado de Yemen apenas existe. Son un pueblo mediático.  Mientras los saudíes hacen llover sus bombas de racimo estadounidenses con asesores británicos que trabajan junto a los oficiales de tiro saudíes, más de medio millón de niños se enfrentan a la inanición.

Este lavado de cerebro por omisión tiene una larga historia. La matanza de la Primera Guerra Mundial fue suprimida por los reporteros que fueron nombrados caballeros por su cumplimiento y confesaron en sus memorias.  En 1917, el director del Manchester Guardian, C.P. Scott, confió al primer ministro Lloyd George: "Si la gente supiera realmente [la verdad], la guerra se detendría mañana mismo, pero no lo saben ni pueden saberlo".

La negativa a ver las personas y los acontecimientos como los ven los de otros países es un virus mediático en Occidente, tan debilitante como el Covid.  Es como si viéramos el mundo a través de un espejo unidireccional, en el que "nosotros" somos morales y benignos y "ellos" no. Es una visión profundamente imperial.

La historia que es una presencia viva en China y Rusia rara vez se explica y rara vez se entiende. Vladimir Putin es Adolf Hitler. Xi Jinping es Fu Man Chu. Los logros épicos, como la erradicación de la pobreza abyecta en China, apenas se conocen. Qué perverso y escuálido es esto.

¿Cuándo nos permitiremos entenderlo? Formar a los periodistas al estilo de las fábricas no es la respuesta. Tampoco lo es la maravillosa herramienta digital, que es un medio, no un fin, como la máquina de escribir de un solo dedo y la linotipia.

En los últimos años, algunos de los mejores periodistas han sido expulsados de la corriente principal. "Defenestrados" es la palabra utilizada. Los espacios que antes estaban abiertos a los inconformistas, a los periodistas que iban a contracorriente, a los que decían la verdad, se han cerrado.  

El caso de Julian Assange es el más impactante.  Cuando Julian y WikiLeaks conseguían ganar lectores y premios para The Guardian, el New York Times y otros "periódicos de referencia" que se preciaban, se le celebraba.

Cuando el Estado oscuro se opuso y exigió la destrucción de los discos duros y el asesinato del carácter de Julian, se le convirtió en un enemigo público. El vicepresidente Biden le llamó "terrorista de alta tecnología". Hillary Clinton preguntó: "¿No podemos simplemente eliminar a este tipo con un dron?".

La consiguiente campaña de abuso y vilipendio contra Julian Assange -el Relator de la ONU sobre la Tortura lo llamó "mobbing"- llevó a la prensa liberal a su punto más bajo. Sabemos quiénes son. Pienso en ellos como colaboradores: como periodistas de Vichy.

¿Cuándo se levantarán los verdaderos periodistas? En Internet ya existe un samizdat inspirador: Consortium News, fundado por el gran reportero Robert Parry, Grayzone de Max Blumenthal, Mint Press News, Media Lens, Declassified UK, Alborada, Electronic Intifada, WSWS, ZNet, ICH, Counter Punch, Independent Australia, Globetrotter, el trabajo de Chris Hedges, Patrick Lawrence, Jonathan Cook, Diana Johnstone, Caitlin Johnstone y otros que me perdonarán por no mencionarlos aquí.

¿Y cuándo se levantarán los escritores, como lo hicieron contra el ascenso del fascismo en la década de 1930? ¿Cuándo se levantarán los cineastas, como lo hicieron contra la Guerra Fría en los años 40? ¿Cuándo se levantarán los satíricos, como lo hicieron hace una generación?

Después de 82 años de inmersión en un profundo baño de rectitud que es la versión oficial de la última guerra mundial, ¿no es hora de que aquellos que deben mantener el registro recto declaren su independencia y descodifiquen la propaganda? La urgencia es mayor que nunca."
             

(John Pilger, Brave news Europe, 09/09/22; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

8/9/22

Max Ajl “Las propuestas para un Green New Deal hechas desde el Norte continúan con la dominación neocolonial del Sur”... Un Green New Deal socialista o de los pueblos se aseguraría de que la propiedad intelectual fuera de domnio público, e intentaría desarrollar la tecnología en colaboración con las personas más pobres que la necesitaran, y tendría en cuenta los impactos ecológicos de las tecnologías industriales frente a las no industriales... La agricultura es un sector clave para llegar a unas auténticas emisiones cero de CO2... Esta reducción es una cuestión de supervivencia para que los estados del Sur puedan resistir este siglo. Por lo tanto, tenemos que situar la agricultura en el centro de la planificación del uso de la tierra, incluyendo la planificación a nivel nacional de la producción agroecológica

 "Este sociólogo ha escrito la que es quizá la mejor crítica al Green New Deal, tanto en su versión neoliberal como su alternativa socialdemócrata, y da herramientas para imaginar un futuro ecosocialista de la mano de un decrecimiento socialmente justo.

Max Ajl no se muerde la lengua, ni cuando escribe ni cuando habla. Este sociólogo rural instalado en Túnez, investigador asociado al Observatorio Tunecino para la Soberanía Alimentaria y el Medio Ambiente y al Grupo de Sociología Rural de la Universidad de Wageningen, ha escrito la que posiblemente sea la crítica más feroz de los modelos dominantes del Green New Deal, tanto el socialdemócrata como el liberal. Con un leguaje tan mordaz como riguroso, su A People’s Green New Deal [Un Green New Deal de los pueblos], publicado por Pluto Press, es un libro urgente que, además de manifestarse contra el eurocentrismo de las políticas verdes occidentales, dedica la mitad de sus páginas a elaborar propuestas alternativas.

Su método bebe del internacionalismo antiimperialista y anticolonialista del rico pensamiento radical del Sur Global —desde la teoría marxista de la dependencia de Ruy Mauro Marini o Vania Bambirra, al análisis de sistemas-mundo tercermundista de Samir Amin o la decolonialidad de Enrique Dussel—, para así abordar de frente, sin subterfugios, la actualidad de la emergencia climática y el intercambio ecológicamente desigual entre centro y periferia, e imaginar un futuro ecosocialista de la mano de un decrecimiento socialmente justo.

El antropólogo económico Jason Hickel ha calificado el trabajo de Ajl como “el mejor libro hasta ahora sobre el Green New Deal”; la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz como un texto “lúcido y profundo con un verdadero programa político de supervivencia y renovación”, donde “casi todas las frases son urgentes y dignas de ser citadas”; el activista indígena Nick Estes lo ha calificado como “un trabajo crítico” para que, ante la emergencia climática, el Norte entienda la persistencia del anticapitalismo y el antiimperialismo en el Sur; y el biólogo evolutivo Rob Wallace ha invitado a su lectura a todos aquellos que “realmente quieran saber qué necesita nuestra especie para sobrevivir al apocalipsis climático”.

Hablamos con Ajl de sus críticas a los Green New Deal hegemónicos y las alternativas a estos, así como de su posición frente a otros debates acuciantes dentro del pensamiento ecologista o de los retos a que se enfrenta el Sur Global ante la reconfiguración geopolítica global que ha traído la guerra en Ucrania.

Los Green New Deal liberales y socialdemócratas prevén un lugar para el capitalismo a corto y medio plazo; ninguno tiene un enfoque estructurado para entender el imperialismo, incluida la historia ecológica del mismo

Tu libro interviene en el debate sobre el Green New Deal disputando los enfoques dominantes de las visiones liberal y socialdemócrata, hegemónicos dentro de ciertos sectores de la izquierda occidental. ¿Cuáles son las características y las limitaciones de ambos, especialmente en lo que respecta al desarrollo de la socialdemocracia y su relación con la historia del bloque socialista?

Las políticas liberales y socialdemócratas convergen en unas cosas y divergen en otras. Ambas prevén un lugar para el capitalismo a corto y medio plazo; ninguna tiene un enfoque estructurado para entender el imperialismo, incluida la historia ecológica del mismo. Tampoco apoyan la liberación nacional de la periferia. Ambas, en general, descuidan la agricultura, especialmente la de los pequeños agricultores y el pastoreo en la periferia. Y ambas son afines —si no muy afines— a las soluciones tecnológicas desarrolladas por el capitalismo. Carecen de un sentido claro de los sujetos sociales que llevarán adelante la transformación ecológica a escala mundial. Y practican una política esencialmente oportunista y a menudo chovinista, tratando de adormecer y seducir a los progresistas liberales antirracistas, rechazando la construcción de un frente común con las fuerzas radicales del Sur Global y repudiando al antiimperialismo como práctica política. Alegan que se trata de “campismo”, una forma de desprestigio desde el Norte Global desenterrado a partir de los garabatos trotskistas escritos en favor de la OTAN durante la Guerra Fría, y que ahora se utiliza fundamentalmente para empañar a los antiimperialistas, con el fin de acosarlos para que guarden silencio o se avergüencen.

Cada uno de estos enfoques del Green New Deal olvida que el fordismo industrial del Norte y la socialdemocracia de la posguerra surgieron contra la amenaza de que las potencias comunistas extranjeras establecieran la agenda del desarrollo mundial a un nivel sistémico, combinada con la popularidad interna de las extremadamente radicales políticas redistributivas, por no hablar de las simpatías y la organización explícitamente comunistas. Es decir, incluso en sus propios términos —que yo rechazo— son hoy irrealizables, lo que puede ser la razón por la que reciben cada vez más apoyo financiero de la Fundación Rockefeller para sus documentos políticos.

Muchas propuestas para un Green New Deal socialdemócrata o socialista del Norte convergen en la continuación de una civilización ecológica o un socialismo ecológico de mercado para el Norte

La clase dirigente parece entender que hay un claro interés en canalizar el malestar por la crisis socio-ecológica a través de una tecnocracia reformista que no tiene salida. Estas propuestas también olvidan que los estados de bienestar de la posguerra se basaron en una historia de saqueo colonial y de transferencia de valor neocolonial que sigue en curso. No es una sorpresa, por tanto, que muchas propuestas para un Green New Deal socialdemócrata o socialista del Norte difamen los intentos radicales de transformación social en Venezuela o Zimbabue, o borren el papel de los EE UU en el golpe de Estado contra el MAS en Bolivia, o estén dispuestos a rendirse en la lucha palestina. Es decir, ignoran o se burlan de la cuestión nacional y convergen más o menos, por efecto, en la continuación de la dominación neocolonial del Sur, a la par de una civilización ecológica o un socialismo ecológico de mercado para el Norte.

¿En qué difiere tu enfoque de estas posiciones? 

En realidad, creo que mi libro sería un poco diferente si lo hubiera escrito ahora. Después de haber dedicado más tiempo a la literatura de los años 70 y de haber metabolizado mejor la esencia del pensamiento en torno a la liberación nacional, cada vez pienso más que, de acuerdo con las hipótesis leninistas clásicas —que ahora son castigadas como “tercermundismo”—, la revolución, incluida la revolución ecológica, solo puede empezar en los eslabones débiles del sistema-mundo, donde la acumulación primitiva es permanente, la reproducción social y la subproducción de la ecología convergen, y las víctimas del neocolonialismo se encuentran con contradicciones nacionales, sociales y ecológicas simultáneas. Esto no significa que no haya lugar para la lucha del Norte por el ecosocialismo, sino que tenemos que concienciar en torno a cosas como el antiimperialismo, la soberanía nacional, la deuda climática, etcétera, en cada paso de la transformación del capitalismo del Norte en un ecosocialismo del Norte, fundado tanto en una gestión permanentemente sostenible de la ecología como en una gestión colectiva y racional de la interacción humana con la naturaleza no-humana.

La revolución, incluida la revolución ecológica, solo puede empezar en los eslabones débiles del sistema-mundo, donde la acumulación primitiva es permanente

Si ponemos en el centro de estos debates la agricultura, la tecnología sostenible y adecuada, incluida la arquitectura, la cuestión nacional, la deuda climática y la convergencia del desarrollo mundial, enfrentados directamente al “estilo de desarrollo” del Norte —basado en el sobreconsumo y la sobreproducción de mercancías inducido por el capitalismo—, terminaremos con una estrategia política definida. Y esta se basaría en una organización popular destinada a mejorar la calidad de los valores de uso disponibles para las clases trabajadoras del Norte, para convertirlos en derechos sociales y construir un frente antiimperialista ejemplar junto a las fuerzas nacional-populares del Sur.

¿Puedes hablarnos de cómo tu enfoque se relaciona, metodológica y analíticamente, con las teorías del intercambio desigual y la dependencia, ya que estas aportaciones están tan estrechamente vinculadas a los autores radicales del Sur Global? ¿Cómo se relaciona esto con las exigencias de los movimientos de liberación nacional y la tradición radical antiimperialista, por ejemplo? ¿Y cómo se relacionan estas con la emergencia ecológica en la que vivimos?

La liberación nacional sitúa la política de soberanía y desarrollo esencialmente autocentrado, o más bien de autosuficiencia colectiva regional, en el centro de la planificación ecológica. Nos recuerda que el ocaso de la colonización formal fue a menudo el amanecer del neocolonialismo, lo que significa precisamente el continuo drenaje de valor del Sur al Norte. Las teorías de la dependencia, que muchos académicos del Norte se han esforzado por desacreditar, son en su esencia una teoría sobre el drenaje de plusvalor y de las estructuras sociales de la periferia que permiten el escape de valor. Para detener esa fuga de valor hay que reconfigurar las estructuras sociales internas, reorientarlas hacia un desarrollo introvertido y autocentrado, poniendo las fuerzas productivas y el juego de las fuerzas productivas bajo el control popular y proletario doméstico. Esta es la línea de pensamiento que podemos rastrear desde Amílcar Cabral hasta Ismail-Sabri Abdalla, y que alcanzó su punto álgido en la práctica con la Revolución China.

El intercambio desigual, por supuesto, es uno de los mecanismos de drenaje de valor —hay muchos otros, como el pago ilegítimo de la deuda, los monopolios de la propiedad intelectual, el señoreaje del dólar, etcétera—. Ahora bien, mi enfoque se basa en las nuevas teorías del intercambio ecológicamente desigual, que de hecho agrupan una familia diversa de hallazgos empíricos que muestran esencialmente que, junto con el aumento de la apropiación por parte del Norte de los productos del hectarage global y de los recursos minerales, existe también una exposición desigual a la contaminación global.

Esto no significa que no haya lugar para la lucha del Norte por el ecosocialismo, sino que tenemos que concienciar en torno a cosas como el antiimperialismo, la soberanía nacional, la deuda climática, etcétera, en cada paso de la transformación del capitalismo del Norte en un ecosocialismo del Norte

De hecho, se trata de una forma de superexplotación basada en la subreproducción de la naturaleza no-humana que conduce a un daño de la vida humana y a su reducción por debajo de su nivel potencial históricamente dado. Esto nos dice, una vez más, que el proletariado del Sur, el semiproletariado, los habitantes de los barrios marginales, los campesinos, los pastores, los habitantes de los bosques, se enfrentan a la crisis ecológica como una crisis de su bienestar cotidiano y, por lo tanto, deben ser el centro de una visión liberadora.

En tu libro hablas de la importancia de la deuda ecológica y de la reparación para un genuino GND de los pueblos, que se tome en serio los daños medioambientales causados por el Norte al Sur. ¿Qué implica esta exigencia? ¿Cuáles son las reclamaciones históricas al respecto y cuál es la importancia del Acuerdo de Cochabamba para este asunto?

La deuda ecológica se viene planteando al menos desde principios de los años 90 —quizá, y probablemente, antes—. Es afín a un discurso más amplio de reparaciones que proviene de una gran variedad de actores que han sido “el reverso” del imperialismo y de la acumulación colonial-capitalista, ya sea por la trata de esclavos, el drenaje colonial o, más recientemente, el cercamiento neocolonial de la atmósfera y la apropiación de la capacidad de la biosfera para absorber y metabolizar las emisiones de CO2. Ya que que el Sur no podría emitir la misma cantidad de emisiones per cápita sin que quiebre la biosfera, y dado que el Sur no puede transitar por los mismos caminos de energía barata y ya está sufriendo los daños del calentamiento global, el Norte tiene en consecuencia una deuda con él.

Sobre la base de demandas anteriores, el Acuerdo de los Pueblos de Cochabamba estableció que los países de la OCDE debían hacer transferencias fiscales del 6% de su Renta Nacional Bruta, es decir, alrededor de 1,2 billones de dólares solo en el caso de los Estados Unidos, por un período indeterminado, como forma de reparación. Así que sabemos lo que significa numéricamente. La pregunta es: ¿qué significa políticamente? No tengo una respuesta clara al respecto. Como mínimo, aclara que la responsabilidad de la crisis ecológica es esencialmente del Norte. Pero, concretamente, se necesitaría un ambiente insurreccional generalizado en el Norte para comprometerse realmente con las transferencias fiscales al Sur, ya que estas irían acompañadas de una reducción controlada de la “pesadez” ecológica de la producción y el consumo del Norte. Esa “reducción”, que es básicamente a lo que se refiere el decrecimiento, significaría un aligeramiento constante del impacto ecológico de la producción del Norte —que no puede reducirse simplemente a la desmercantilización— y, a su vez, se derivaría de una mayor conciencia de que los “modos de vida” del Norte tienen que cambiar para crear un planeta en el que muchos puedan vivir bien. Estamos, obviamente, muy lejos de esa situación a cualquier nivel.

Ya que que el Sur no podría emitir la misma cantidad de emisiones per cápita sin que quiebre la biosfera, y dado que el Sur no puede transitar por los mismos caminos de energía barata y ya está sufriendo los daños del calentamiento global, el Norte tiene en consecuencia una deuda con él

También has expuesto cómo preocupaciones y terminología medioambiental que resulta razonables —me viene a la mente el debate alrededor de la noción de extractivismo, por ejemplo— pueden ser instrumentalizadas por los centros imperiales para sus propios intereses de dominio global. Este ha sido el caso, por ejemplo, de ciertos segmentos de la izquierda ecologista en relación con Bolivia, Venezuela, Ecuador. ¿Cuáles son las limitaciones y los peligros de estos puntos de vista?

Me parece útil adoptar un enfoque de sociología del conocimiento para esta cuestión. En primer lugar, para ser claros, cuando la gente se encuentra con una degradación ecológica que daña su capacidad para vivir decentemente, es natural que nombre y se resista a esa degradación. Deberíamos tener toda la simpatía del mundo por las personas que viven en esas condiciones. Pero esa simpatía no es un mapa político, y poner nombres no es inocente ni aleatorio. No tengo claro que el extractivismo, tal y como circula en los trabajos de estudiosos como Alberto Acosta, Eduardo Gudynas o Maristella Svampa, proporcione tal mapa político. Por ejemplo, Svampa, que ha sido especialmente acogida por la izquierda pro-cambio de régimen. Ella escribe: “El neoextractivismo contemporáneo se refiere a una forma de apropiación de la naturaleza y a un modelo de desarrollo basado en la sobreexplotación de los bienes naturales, en gran parte no renovables, caracterizado por su gran escala y su orientación hacia la exportación, así como por la vertiginosa expansión de las fronteras de la explotación hacia nuevos territorios”. ¿Es esto de alguna manera una mejora con respecto al anterior análisis generalizado de centro-periferia o de dependencia, basado en la extroversión, la acumulación desarticulada y el intercambio desigual en el comercio mundial? Es básicamente un caos analítico, lo que Marx llamaba un concepto caótico. No puede decirnos cómo equilibrar las necesidades sociales de aquellos segmentos de la población de la periferia que, desgraciadamente, necesitan el capital de las exportaciones de mercancías para asegurar sus necesidades sociales —y que necesitarían procesar algunas de esas mercancías bajo cualquier patrón de industrialización concebible como parte de una transición socialista—. En el plano analítico, como ha escrito Álvaro García Linera: “Así como el extractivismo de nuestras sociedades está en medio de las redes de la división internacional del trabajo; la industrialización de materias primas o la economía del conocimiento son partícipes de la misma división mundial capitalista del trabajo. Ni el extractivismo ni el no-extractivismo son soluciones a esta dominación planetaria”.

Tenemos que discutir cómo pasar a una industrialización ecológicamente modulada, incluso por razones de autodefensa nacional, como parte de la liberación nacional y en una situación de dependencia neocolonial

Tenemos que discutir cómo pasar a una industrialización ecológicamente modulada, incluso por razones de autodefensa nacional, como parte de la liberación nacional y en una situación de dependencia neocolonial. Esos son los temas. El discurso extractivista, que forma parte de un cambio en la izquierda que se aleja de una comprensión seria de la planificación macroeconómica, de la necesidad de la industrialización y de la necesidad de repensar la industrialización, simplemente no ha demostrado ser una base para pensar en estas cuestiones de manera que pueda darnos una cuerda guía para navegar teóricamente y en la práctica a través de las contradicciones que surgen entre las comunidades directamente perjudicadas por la extracción de recursos y aquellas de la periferia que necesitan los recursos de esa extracción para su supervivencia diaria. Aunque soy un agroecólogo comprometido, un enfoque puramente centrado en la producción agrícola ecológica no puede resolver y no resolverá por sí mismo los problemas de desarrollo del siglo XXI.

Como ya has señalado, se ha debatido ampliamente que los daños medioambientales provocados por las economías del Norte Global los sufren sobre todo los pueblos del Sur Global. ¿Qué tipo de reorganización social podría llevarse a cabo para frenar esto?

Las economías del Norte deben ser reestructuradas, en primer lugar, sobre líneas no capitalistas, para producir no para la acumulación de plusvalor, sino orientadas alrededor de una producción ecológicamente sostenible y permanente de las cosas que la gente necesita para su supervivencia cotidiana y una vida decente, incluyendo hogares, culturas, niveles adecuados de industrialización, alimentos decentes, atención médica y sistemas de transporte. Sabemos que esto se puede hacer con niveles mucho más bajos de impacto ecológico, ya sea por medio de la atención sanitaria preventiva, la agroecología, los materiales y diseños de construcción sostenibles y vernáculos, el transporte colectivo de masas y ciudades replanificadas. No cabe duda de que la vida tendrá que cambiar en el Norte de forma sustancial, ya que la otra opción es descargar los costes de la industrialización verde “socialdemócrata” en el Sur, lo que sería un desastre desde cualquier perspectiva.

Como sociólogo rural dedicas gran parte de tu argumentación a la cuestión agrícola, en relación con la tierra y el suelo. ¿Qué hace a este aspecto algo tan relevante y, sin embargo, tan frecuentemente infravalorado por el ecologismo dominante del Norte Global? ¿Cuáles son los aspectos principales que deberíamos tener en cuenta a este respecto para pensar en un Green New Deal de los pueblos?

Existe un profundo prejuicio anti-campesino en el pensamiento occidental, incluido en el marxismo occidental —anti-campesino más que anti-naturaleza, ya que el pensamiento occidental a menudo fetichiza una determinada construcción de la naturaleza—. De manera natural la gente no piensa de dónde obtiene su comida, porque básicamente piensa que hay máquinas que obtienen la comida para ellos. De hecho, cantidades sustanciales de regímenes laborales globales están diseñados para apoyar el imperialismo, la acumulación global en general y productos alimenticios tropicales baratos para los trabajadores del Norte, como parte del pacto corporativista del Norte. Ahora bien: es natural que esos regímenes sean invisibilizados, porque implicarían mandatos teóricos, y por lo tanto políticos, diferentes para el ecologismo del Norte. En particular, significaría poner la liberación nacional y la cuestión agraria, del Norte y del Sur, en el centro de la planificación, el pensamiento y la práctica socialista. La agricultura es también un sector clave para llegar, al menos, a unas auténticas emisiones cero de CO2 y, por tanto, para una reducción del CO2 ciertamente intensiva en el cuidado de los cultivos, y quizá no tanto en el trabajo. Esta reducción es una cuestión de supervivencia para que los estados del Sur puedan resistir este siglo. Por lo tanto, tenemos que situar la agricultura en el centro de la planificación del uso de la tierra, incluyendo la planificación a nivel nacional de la producción agroecológica. Las cuestiones agrarias son también críticas para secar las reservas de mano de obra, aumentar el consumo rural y liberar un excedente para una industrialización soberana, así como para asegurar los insumos domésticos necesarios, de nuevo, para una forma ecológicamente atenta de industrialización en el Tercer Mundo —¡y en el Primer Mundo!—, que pase así al uso de insumos sostenibles y renovables cuando sea posible. Esto significa poner la agricultura en conversación con la planificación global en todo el mundo.

No cabe duda de que la vida tendrá que cambiar en el Norte de forma sustancial, ya que la otra opción es descargar los costes de la industrialización verde “socialdemócrata” en el Sur, lo que sería un desastre desde cualquier perspectiva

Hay tendencias dentro de ciertas corrientes del ecologismo, incluso dentro de la izquierda, a pensar, casi exclusivamente, en soluciones para abordar la emergencia ecológica desde una perspectiva tecnológica. ¿En qué medida este tecno-fetichismo y tecno-optimismo descuida las relaciones Norte-Sur? ¿Cuál sería el papel de la tecnología en un Green New Deal de los pueblos?  

Todo el tecno-fetichismo es, en primer lugar, un dispositivo explotador del cerebro que es anti-pensamiento, y que nos impide adoptar una posición marxista de principios sobre la tecnología. Absolutamente nadie está en contra de la tecnología como tal, no solo porque todo el mundo quiere algo de tecnología en su vida, sino además porque realmente no hay tecnologías “como tales”. Hay tecnologías concretas, que dependen de configuraciones particulares de los precios del mercado y del acceso a los lugares de contaminación y a los insumos de trabajo para ser viables o inviables, y que, al menos en un punto inicial, reflejan los intereses de clase de quienes están en condiciones de determinar la trayectoria del desarrollo tecnológico. Esto no significa solo niveles de contaminación, sino “soluciones” al calentamiento global como la geoingeniería o los biocombustibles, que tendrán un impacto mucho más brusco en el Sur que en el Norte. Por ejemplo, permitiendo que el calentamiento global continúe mediante la quema de combustibles fósiles, con la esperanza de una futura salvación tecnológica que llegará demasiado tarde para Bangladesh o el Caribe; o que preserve el “modo de vida” creado por los monopolios capitalistas del Norte mientras se suprime el consumo de alimentos en la periferia, como en el caso de los biocombustibles.

Un Green New Deal socialista o de los pueblos dependería en gran medida de la tecnología, pero utilizaría el principio de precaución a la hora de aplicar el cambio tecnológico, se aseguraría de que la propiedad intelectual fuera de dominio público o estuviera en manos de estados radicales, intentaría desarrollar la tecnología en colaboración con las personas más pobres que la necesitaran, y tendría en cuenta los impactos ecológicos de las tecnologías industriales frente a las no industriales —lo que nos recuerda que el debate sobre el extractivismo aborda preocupaciones reales, aunque de una forma improductiva—.

La guerra en Ucrania parece haber desplazado el debate medioambiental del centro del debate público. Como consecuencia, la urgencia de aplicar ciertas políticas medioambientales parece posponerse. Al mismo tiempo, esto parece reconfigurar la geopolítica de la energía a nivel mundial, al tiempo que surge la posibilidad de una división más marcada entre el Norte y el Sur, que afecta a las perspectivas del comercio y a la reorganización del sector financiero. ¿Qué tipo de escenarios podrían abrirse para las luchas medioambientales en este contexto? ¿Qué papel podría desempeñar el Sur Global en este sentido?

Me parece que la retirada de las sanciones a Venezuela por parte de Estados Unidos es una gran apertura para la renovación de la construcción socialista en América Latina, tras el Termidor imperial impuesto que se ha desarrollado durante los últimos años. En medio del nuevo auge de la izquierda en el ámbito electoral, reflejo de la incesante movilización popular y del completo descrédito del neoliberalismo, si no del capitalismo, como modos de dominio político, se hace necesario forjar un nuevo discurso político-ecológico y ecosocialista que tome en serio las preocupaciones planteadas por el debate “extractivista”, pero de manera que permita avanzar hacia horizontes ecosocialistas. En particular, el nuevo espacio político y la atmósfera ligeramente reducida de la depredación imperial deberían ser una oportunidad para volver a insistir en que el socialismo está en la agenda y que es necesario resistir activamente a las formas de acomodo al capital monopolista, que han ganado fuerza en la última década. Finalmente, por supuesto, las fuerzas de izquierda de todo el mundo necesitan evaluar las oportunidades y los límites de una nueva multipolaridad en términos de apertura al espacio de desarrollo, cerrado por la agenda anti-desarrollo del capital monopolista estadounidense y de la UE."                       (Alejandro Pedregal  , El Salto, 21/06/22)