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22/2/23

Lo único que existe a día de hoy es la izquierda de la clase media y la derecha de la clase media. Aquello que llamaríamos los pobres, las clases populares que han sido apeladas tantas veces, carecen de ninguna organización autónoma que sea capaz de representarse a sí misma y de tener una posición propia. Y eso es un drama... Nuestro gran problema es que los no incluidos dentro de la clase media, eso que a día de hoy podríamos llamar el proletariado de servicios, los ultraprecarios, los precarizados de verdad, no existen políticamente nada más que representados por otros y por gente que no es exactamente esa. Son una incógnita. El problema de cualquier izquierda, sea social o sea política, es que no hay nada que esté por debajo moviendo las ruedas y generando problemas

"Con El efecto clase media. Crítica y crisis de la paz social (Traficantes de Sueños, 2022) al historiador Emmanuel Rodríguez López (Madrid, 1974) le interesa explicar los mecanismos con los que la sociedad de clases medias se reproduce en España desde el desarrollismo franquista hasta la burbuja financiera y las políticas posteriores a la austeridad. Y se reproduce con una cualidad, destaca Rodríguez, asombrosa: la de presentarse siempre como la sociedad misma pese a no tener una traducción mayoritaria clara en términos salariales ni patrimoniales.

El autor llega al estudio de este efecto de mayoría social tras publicar sus obras Fin de ciclo (con Isidro López, Traficantes, 2010) y La política contra el Estado (Traficantes, 2018), donde ya se analizaban preocupaciones presentes en El efecto clase media: el papel de la financiarización y la propiedad inmobiliaria en el capitalismo popular español, o las respuestas del movimiento obrero y el pensamiento socialista ante el problema de su integración en el Estado. Poderosas y persistentes referencias que alejan la tentación de calificar la visión de la sociedad de clases medias como un simple relato ideológico aspiracional.

Ocurre que el autor no quiere tanto a las clases medias como los profetas de su extinción. Así, no se encuentra aquí un estudio de estructura social del que se desprenda una fecha y una hora para el momento final. El libro propone las figuras del titulado, el propietario, el garantizado o el padre de familia, una serie de caracterizaciones que reflejan los tipos dominantes en la política y sociedad española, analizadas bajo el prisma de la historia reciente, la antropología y la economía política. El resultado renuncia al determinismo y a la bola de cristal: da por cierto que avanzamos hacia una sociedad de tres tercios donde la capa del medio va perdiendo progresivamente distintos asideros que la sujetaban al centro de la política, pero deja abierta la incógnita sobre el desarrollo de esta crisis.

¿Qué se va a encontrar alguien que lea el libro? ¿Un ensayo sociológico, un libro de historia, un libro de ensayo político?
El libro es un intento de plantear un problema que creo que es crucial de las sociedades contemporáneas, que básicamente son sociedades mucho más estables de lo que en principio la gente que hace política se imagina, es decir, que tienen unas inercias muy sólidas. Eso no se resuelve simplemente con apelaciones a que la gente está cabreada, que la gente está alienada, que la ideología es muy fuerte, etcétera; sino que hay mecanismos de participación y de integración muy sólidos. Ese es el objetivo del libro.

Yo te preguntaba por el formato, siendo tú historiador.

El formato está subordinado a ese problema con las herramientas que yo tengo, que son cosas que vienen de la historiografía, de la sociología, de la antropología, y que se integran de la mejor manera que puedo. El libro podría ser entendido como un libro de sociología o de sociología histórica, pero a mí es que eso me deja indiferente. Además, al no participar académicamente en ninguna de las disciplinas me puedo cubrir las espaldas incorporando lo que lo que sé de las mismas y tratando con las fuentes de autoridad que creo que son necesarias. Pero no, no va a jugar en el campo académico.

El libro puede discutir con eso que se llama la sociología, que se encarga de estudiar la estructura social, pero se sitúa en una perspectiva bastante atípica. Los estudios de estructura social están basados en mecanismos de encuesta —y enEl efecto clase media se utiliza la encuesta, pero no es lo fundamental— y en mecanismos de estructura sociolaboral. Yo creo que en el libro se usan otras herramientas que no están consideradas, que son de tipo cultural, ideológico y que están también ligados a la economía política y a los mecanismos de financiarización, que normalmente no tienen ninguna inclusión en la tradición sociológica, incluida la marxista.

En el texto se hace un diagnóstico sobre el espacio que tienen las disciplinas académicas en la propia creación de la clase media. Me parece interesante ver cómo te has planteado eso tú también al escribirlo.

Cuando uno escribe siempre hay mecanismos de autocensura y de subordinación a la autoridad. Básicamente uno se inscribe a una determinada tradición y el libro cumple un determinado papel en la figuración de un determinado campo social. O sea, por ejemplo, todo ensayo político contemporáneo está asociado a la construcción de figuras que normalmente vienen de las redes sociales, las elevan y las colocan más en el campo de los influencers o de las personas que cuentan a la hora de componer esa esfera política de la izquierda, que tiene sus manifestaciones, pero que la más señera es el Twitter de izquierdas. Pero insisto en que, para mí, lo fundamental es construir ese problema político en el cual, si quieres todo este campo del que estamos hablando, desde el periodismo hasta las propias academias, participan del mismo de una forma muy clara. No salen fuera de lo que se llama en el libro la política de clase media.

¿A qué te refieres con efecto clase media?

Su mejor manifestación está en el hecho de cómo se define la mayor parte de la población. O sea, no es una cosa que uno saca de un análisis de estructura social. La inmensa mayoría de la población, un porcentaje altísimo, del 70% para arriba, se considera a sí misma como de clase media. Y considerarse clase media no es una cosa ingenua, no es un enunciado: “Bueno, yo soy de clase media y básicamente lo único que quiero decir es que tengo unos ingresos medios”. No, reconocerse clase media creo que tiene una implicación política fundamental. Y es que cuando te declaras de esa manera te significas al margen de la vieja divisoria social que distinguía entre ricos y pobres, entre proletarios y burgueses, entre desposeídos y propietarios. Es decir, al margen del drama social, al margen del gran conflicto social que divide a estas sociedades.

Eso es el efecto clase media y es un efecto de integración, de integración social, política y cultural dentro de estas sociedades que están organizadas en torno a eso que llamamos democracias liberales y que implica que uno participa de las cosas fundamentales de las sociedades, es decir, que las divisiones sociales que se producen de forma interna son consideradas como legítimas por aquellos que se consideran de clase media. Y esta es la paradoja. ¿Puedes reconocer a esa clase media en esos porcentajes del 70, 80% de la población? Si atiendes a criterios de nuestra estructura laboral, no. ¿Si atiendes a criterios de distinto tipo, incluidos los de la propiedad? Quizá tampoco. Pero sí es posible a través de toda una serie de mecanismos que se combinan. Tiene una explicación que no es simplemente ideología, sino que también es material.

Haces una afirmación fuerte sobre la crisis política de la clase media, la pérdida de centralidad o de hegemonía o de consenso sobre esta figura. Lo digo teniendo en cuenta algunas críticas que pueden señalar que de la crisis de la clase media se ha hablado muchas veces.
Yo creo que la clase media tenía varias bases o varios mecanismos que la anclaban en eso que llamamos la constitución material de una sociedad. Por un lado, la generación de la propiedad inmobiliaria, el hecho de que la mayoría de los hogares son propietarios de una vivienda y muchos de ellos de dos; y que la propiedad inmobiliaria juega un papel especial a la hora de producir rentas inmobiliarias y acceso al crédito. Ese factor de constitución de las clases medias está en crisis desde la recesión de 2008, como se ha visto con el movimiento de vivienda, con la expulsión de más o menos un millón de hogares que se han destruido o han perdido la propiedad de vivienda. Otro elemento es el hecho de que la clase media es una sociedad escolarizada y es una sociedad que confía en la educación como mecanismo de ascenso social, de progreso social.

¿Cómo ha evolucionado esa confianza en la educación?
Es un factor que está también en crisis desde hace ya bastante. En realidad desde los años 90, pero de una forma cada vez más acusada, en el sentido de que los títulos universitarios, sobre todo los títulos que antes daban más prestigio, que daban acceso a determinado mercado laboral profesional, cada vez lo dan menos. Y, además, vemos mecanismos de segmentación del estado de bienestar a la hora de proporcionar educación: la concertada, la privada, y la pública muchas veces reservada a las clases más desfavorecidas y por tanto, convertida en espacio de no progreso social. Factor, por lo tanto, también en crisis.

¿Cuál es el tercer factor?
Es la cuestión de las garantías proporcionadas por el Estado. El Estado es un gran mecanismo de desproletarización social. O sea, el Estado ha conseguido socializar todos los seguros obreros, prácticamente universalizarlos, y generar mecanismos de garantía en momentos de vejez, de enfermedad, de orfandad e incluso de viudedad. Y todos esos mecanismos que funcionan a través de los sistemas públicos de salud y de pensiones, aparte de que siempre tuvieron una dimensión bastante clasista, a día de hoy están en crisis. En la salud lo estamos viendo prácticamente todos los días. Cómo los segmentos en los cuales solamente la población más pobre depende de ellos, como por ejemplo la atención primaria o el primer especialista, son los más descuidados, mientras que aquellos que siguen siendo el último recurso para todos, como los hospitales, todavía tienen cierta garantía. Lo que se produce es que una parte de la población va a los seguros médicos privados, siempre con subvención fiscal, y una parte de los funcionarios también por tener Muface y demás. Por lo tanto, aquí tenemos otro factor en crisis. Un factor que es un metafactor, que es que la propia participación del Estado en todos estos elementos, en la medida que es un Estado endeudado y poco competitivo a nivel internacional, como les pasa a todos los Estados europeos, pues cada vez tiene menos capacidad de generar y proporcionar esos mecanismos de garantía social.Dices que hay factores ideológicos que están también en descomposición.
El más elemental es que la idea de la clase media expansiva mayoritaria está basada en una sensación de progreso, y esa sensación de progreso está rota. Esto lo tienes en una conversación cualquiera, o en la cultura pop con todo el género de la distopía y el apocalipsis zombi, que tiene un enorme tirón; pero en cuanto a las decisiones de las familias hay también un sentido claro de que la cosa se va al garete progresivamente.

¿No habrá entonces lo que llamas una “tercera constitución de las clases medias” en España?
La velocidad de esa crisis es lo que no tenemos claro y entronca bastante con la pregunta que planteabas. Es decir, ¿puede haber mecanismos de recomposición de la clase media, de ese efecto clase media, durante las próximas décadas? Seguramente va a haber un montón de intentos y estamos ante procesos que hacen que la cosa no caiga. Por ejemplo, la explosión del empleo público ahora que Europa ha permitido que la deuda de los Estados crezca. Esto ha favorecido que, en el caso español, el gasto público se mantenga en una situación como la pandemia e incluso aumente el empleo público. Son mecanismos de estabilización social, mecanismos políticos que obedecen al ciclo 15M, Syriza, etcétera, o al auge de las nuevas derechas que también juegan en este terreno. El problema de la crisis es su velocidad. Y la velocidad funciona con registros que no son continuos, es decir, que tiene momentos de aceleración y momentos de desaceleración. Ahora mismo estamos en un momento de desaceleración. ¿Cuánto va a durar? ¿Cuál va a ser la próxima crisis? ¿Qué puede suceder ahí? No tenemos ni idea. Va a ser explosivo el proceso. Habrá momentos en los que aparezca y habrá momentos en los que no.

Lo que en cualquier caso a mí me parece más interesante es la idea de la solidez de esos mecanismos de integración en una sociedad que es súper rica. Porque en realidad lo es, hay acceso a lo que quieras. Siempre hay muchos resortes que permiten mantener esto. Bueno, mantener partes. Generar mecanismos de clientela, de pacificación social de determinados sectores. Todo se va desarticulando, como una especie de madeja que se va deshilachando pero que a la vez se va tejiendo por otros lados.

Una cosa a la que te refieres en el libro es cómo el ciclo 15M en España ha ejercido un poco ese papel ya en la etapa de la estabilización económica después del año 2014.

Es un proceso complejo de analizar y, en la medida en que nosotros estamos involucrados afectivamente y forma parte de nuestra biografía, es todavía más complejo, porque hacer un relato descarnado de algo que te constituye siempre produce dolor, por ponernos poéticos. El 15M, en el cual se participó y en el que tratamos de recoger las demandas de mayor democracia directa, no permite reconocer que en el movimiento había también un alma conservadora, que es la que leyó bien la nueva política, que era básicamente un deseo de restitución de estabilidades. Eso estaba de una forma, quizá no del todo consciente, pero sí explícita en el movimiento. La consigna más curiosa es la de Juventud sin Futuro. ¿Juventud sin Futuro que quería decir? Quería decir aquellos que tienen el mayor capital cultural del país y los mejor preparados. “Somos la generación mejor preparada de la historia”, que es algo que desde los años 90 siempre se ha dicho. Y sin embargo, no tenemos aquí lo que nos merecemos: un trabajo o una carrera profesional, y tenemos que irnos fuera. Esta imagen era la que hacía legítimo al 15M en los medios de comunicación. Un chico o una chica con carrera, con dos másters, con tres idiomas y que se tiene que ir fuera.

Entiendo.

En realidad, lo que se pedía es una idea de democracia que se acerca mucho al núcleo meritocrático que defiende siempre la clase media. Es decir, que las jerarquías sociales existen, desgraciadamente, pero se organizan a partir de una idea de igualdad de oportunidades y según el mérito de cada cual, según lo que has estudiado y trabajado. Y eso yo creo que lo leyó bien la nueva política, todas las ideas de pureza, de ingenuidad, el blanco de los políticos que se presenta ante el público como una generación joven y no corrompida. Hay una suerte de sustitución de una élite política corrupta y que no había sabido cumplir esa idea de democracia. Se pasó de la crítica a la Transición a la idea de que hay que restaurar los pactos sociales de la Transición, pues esa élite, esa nueva clase política, representaba asimismo un recambio de élites que era necesario, es decir, la nueva generación que había sido marginada de todas las posiciones institucionales a la que le correspondía su momento de tomar el relevo.

¿Con éxito?
En ese sentido, la nueva política como mecanismo de recambio de élites ha triunfado. No solamente en Podemos o en los municipalismos había gente joven, sino que todos los partidos se han renovado con esta generación e incluso buena parte del establishment cultural, periodístico, intelectual, etc, se ha renovado con esa generación. Así que han tenido un éxito que no ha tenido nada que ver con el de los años 80. En los 80 se generó un mecanismo en el que, a la vez que teníamos una crisis industrial bestial que destruía buena parte de lo que era la vieja clase obrera, e incluso a los jóvenes de una forma del todo cruel con la heroína, teníamos una expansión de las clases medias profesionales. A día de hoy ese mecanismo no existe, hay simplemente una filtración de aquellos que estaban mejor colocados. No se ha producido una integración completa en el sentido de que haya habido una ampliación de la esfera profesional, pero sí la ha habido entre aquellos que representaban al país. De hecho, hemos vuelto a ser de izquierdas. Ya no es como lo del 15M, “ni de izquierdas, ni de derechas” y por un cambio del modelo de Estado. Ahora es otra vez: somos de izquierdas o de derechas y nuestra posición es volver a hacer cultura.

¿Y eso es problemático?
Es problemático ser de izquierdas, en el sentido de que la izquierda funciona siempre como una especie de pantalla de humo. O sea, encubre las formas estructurales de reparto del poder y de la riqueza y las resume en posiciones que son de orden cultural. Es decir, yo me distingo de ti básicamente porque tengo unos valores más liberales que tú, porque tengo unas posiciones de integración mayor que tú, porque hablo incluso de mecanismos que podríamos llamarlos de “políticas de pobres” más que de redistribución social. Pero en el fondo comparto los mismos consensos sociales que tú. Lo único que existe a día de hoy es la izquierda de la clase media y la derecha de la clase media. Aquello que llamaríamos los pobres, las clases populares que han sido apeladas tantas veces, carecen de ninguna organización autónoma que sea capaz de representarse a sí misma y de tener una posición propia. Y eso es un drama.

¿Cómo se distingue esa crítica de la crítica que hace la derecha populista, esa que dice que la izquierda no se preocupa por lo material?

Cuando la derecha populista recupera críticas de la izquierda, lo hace con un sentido. Y lo hace básicamente porque hay una incapacidad de dar una respuesta a eso que yo creo que es inapelable. El problema no es que se hagan políticas sociales, sino que se hacen políticas sociales dentro de los estrechos límites que tienen las posibilidades de una relación de fuerzas en la cual no existe ni el partido ni el sindicato del pueblo. El pueblo de los pobres, es decir, de aquellos que no están integrados dentro de la nación política. Yolanda Díaz y todos los políticos que vemos a día de hoy son parte de eso que llamamos las clases medias y responden a ellas en todo. Formas de vestir, formas de intervenir. Formas de actuar. Formas de pensar. Estilos de expresión. Exactamente igual.

¿Qué queda fuera de eso?

Nuestro gran problema es que los no incluidos dentro de la clase media, eso que a día de hoy podríamos llamar el proletariado de servicios, los ultraprecarios, los precarizados de verdad, no existen políticamente nada más que representados por otros y por gente que no es exactamente esa. Son una incógnita. El problema de cualquier izquierda, sea social o sea política, es que no hay nada que esté por debajo moviendo las ruedas y generando problemas. La izquierda tenía una relación con el movimiento obrero, que podía estar muy disciplinado, y lo estuvo por épocas, pero mientras existió había huelgas, procesos, comunidades de fábrica que escapaban al control y que producían cosas, producían cambios y distorsiones políticas. A día de hoy solo conocemos eso a través de estallidos que no sabemos ni por dónde van ni por dónde vienen. Y pequeñas iniciativas que se han probado en el movimiento de vivienda.¿Es suficiente?
Si me permites, en el movimiento de vivienda se reproduce lo mismo. Es decir, que te encuentras por un lado que en el movimiento de vivienda está la figura del activista que viene de los movimientos sociales, que normalmente tiene un capital cultural y educativo muchísimo más alto que el de los desahuciados, sobre todo a medida que los desahucios han ido pasando de la clase media a los sectores prácticamente invitados al ciclo inmobiliario. Es otra cosa, pero que organiza el movimiento y lo representa. Sigue siendo la figura del activista, es una alianza en la cual no estamos hablando de dos sujetos homogéneos, equiparables o equivalentes, sino que uno de ellos es claramente representado por el otro, cuando debería ser al revés, o sea, el sujeto desahuciado que se organiza, y el otro es simplemente una especie de técnico subordinado para determinadas tareas.

Señalas ahí un problema que es el de la representación. ¿Cómo se puede trabajar con ese problema que tenemos a partir de niveles tan distintos, de formación, de discurso, de lenguaje?
El problema de la representación es un problema político fundamental. Y es un problema que no es tan sencillo de abordar como simplemente que todos en un colectivo tengan capacidad de controlar al representante. Es básicamente el problema de cómo un proceso político adquiere autonomía y habla por sí mismo. Ese es un problema que en las sociedades de clases medias es muy difícil de resolver, porque básicamente en nuestra sociedad lo único que existe como sociedad es la clase media. Y lo que queda fuera al margen de ella, o bien son los monstruos sociales, para los cuales tiene una institución que se considera legítima, que es la cárcel, o bien son procesos de pobres, meritorios, que hay que representar. Y que tienen que tener una voz propia. Pero esa voz propia tiene que ser tomada como legítima, es decir, que hable desde los códigos y los consensos de la clase media, que no son tan amplios como en principio podríamos suponer.

¿Cómo transforma eso las formas políticas actuales?
Nos encontramos a menudo que cualquier proceso de organización social emergente inmediatamente puede ser visibilizado y reconocido, pero va a ser visibilizado y reconocido dentro de determinados parámetros que pasen por eso que se llama paradigma comunicológico. Es decir, que básicamente tienen que ser figuras que representen de forma legítima ese proceso, que lo representan en términos de que se quiere obtener unos determinados derechos que son legítimos y que de alguna manera deben ser reconocidos por parte del propio Estado, etcétera. Cuando traspasas esos límites, empiezan los problemas y la política adquiere otro tono. Y esos límites se van a traspasar solamente cuando haya procesos de organización política desde abajo que no sean representados por las figuras de los expertos, de los activistas, que son medianamente reconocibles como legítimos, etcétera.
 
Hasta ahora ha habido todo un proceso de buscar mecanismos de reconocimiento y de legitimidad en estas formas de organización política. Y eso no es un problema simplemente táctico, es un síntoma de debilidad. Dado que estos colectivos no eran capaces de producir interrupciones suficientes, pues tenían que ser siempre representados por gente que podía ser legítima. Yo creo que es así, o no sé si lo ves así.

Sí lo veo así, pero ¿qué podemos hacer para que un conflicto en movimiento se piense a sí mismo partiendo de niveles que muchas veces son muy bajos? Tú mismo señalas como elemento central en estas sociedades de clases medias la despolitización en esa mayoría social que se autodescribe como clase media estando en crisis o directamente excluida de lo que llamas clase media remanente. ¿Cómo se construye ese discurso sin esas mediaciones?
Posiblemente no se pueda construir. Pero que no se pueda construir no quiere decir que el problema no siga existiendo. El drama de la política es que solamente tiene capacidad en la medida que construye poderes que son el resultado de un proceso de autoorganización social. O sea, en la medida en que los colectivos sociales que no están incluidos dentro de la clase media y que habitualmente se les podría considerar como pobres —porque esa es la palabra que hay— y que no están dentro de la nación política, no tengan capacidad de generar mecanismos de organización propia, pues serán siempre colectivos tutelados, tutelados o bien por el Estado o bien por activistas que con la mejor voluntad y un trabajo absolutamente loable, se hacen cargo de cada uno de estos problemas.
Los jirones entre la clase obrera y la clase media

Cuando haces el recorrido de esa primera constitución de las clases medias durante el franquismo, hay un elemento en el que todavía la clase, la clase obrera, no es un simple antepasado de esas clases medias. A veces parece que en el relato sobre la Transición se da una especie de metamorfosis: la clase obrera, la sociedad española, se convierte en la clase media. Pero tú defiendes todavía para ese periodo un sujeto obrero fuerte.
Claro. En la formación de la clase media, por decirlo así, se debe considerar siempre que su transformación en la figura mayoritaria de estas sociedades ha dependido básicamente de un proceso de integración de la clase obrera dentro de la misma. Y ese proceso histórico es un proceso histórico muy largo y muy complejo, que está animado por un doble movimiento. Por un lado, el reformismo del capital. Es decir, básicamente tenemos que hacer frente a los niveles de pauperismo y de ingobernabilidad feroz, y por otro lado el reformismo desde abajo del movimiento obrero que tiene una ejemplificación histórica muy patente en todo lo que han sido los debates desde la Segunda Internacional dentro de la socialdemocracia. En el sentido de que básicamente se buscaba, incluso los teóricos del socialismo jurídico, Lassalle, Herman Heller, Kelsen... han pensado siempre en esos términos. Es decir, la clase obrera tiene que ser integrada dentro de la acción política, tiene que ser integrada dentro del Estado y asumir sus responsabilidades dentro del Estado. Esto ha producido uno de los grandes logros civilizatorios de la humanidad, que es el Estado nación, que incluye dentro del mismo a su propia clase obrera. Pero también ha producido sus monstruos. Es decir, que es también el soldado obrero que participa en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, en las que participa como miembro de la nación política. En cualquier caso, todo el Estado de Bienestar está fundado básicamente en este mecanismo de desproletarización masivo del movimiento obrero.

¿Cómo es en el caso español?
Es mucho más complejo en el sentido de que eso se produce en el franquismo y se produce de una manera que se reconocen esos dos movimientos, pero de un modo que no se dirimen dentro de una democracia liberal, sino de un régimen que claramente fue revanchista con la clase obrera y feroz contra la misma. El franquismo fue una coalición de las derechas contra el movimiento obrero y el movimiento campesino jornalero andaluz. Ese proceso se articulaba, por un lado, con una dinámica de movilización y modernización del Estado desde el 59, y por otra parte, con un proceso de recomposición por abajo de la clase obrera, ligado a la industrialización, con las huelgas del 62. Y ahí hay un diálogo que no es exactamente de sordos, que es complejo, en el cual el movimiento obrero, aunque hasta la Transición es un elemento completamente disruptivo, después de la misma va a participar de todos los pactos y va a aceptar su subordinación política dentro del nuevo régimen democrático. Curiosamente, los elementos más radicales y más vocacionales de la clase obrera son derrotados y el resto es asimilado, asimilado de una forma también paradójica y compleja.

¿En qué sentido?
Por un lado, una parte de la clase obrera sencillamente es destruida en ese proceso, sobre todo destruida a partir de la reconversión industrial que se produce en los años 80, destruida también físicamente, con fenómenos como puede ser el alcoholismo de masas y la heroína, porque son pandemias de los barrios obreros de la época. Pero en parte también el proceso es integrador en un modelo social que se considera más o menos feliz y exitoso. Es integrada a toda la clase media y de hecho, desde los años 70 hay toda una serie de encuestas que reconocen que la identificación de clase media es prácticamente la identificación preferida por la mitad de los obreros industriales —por el 40% de los mismos— y posteriormente serán más.

La formación o primera formación de las clases medias en todos estos países implica la integración de la clase obrera dentro de la clase media, por lo menos una parte importante de la misma, a partir de la desindustrialización, la globalización financiera, la pérdida de centralidad del sector industrial. Esa integración es prácticamente definitiva, porque la clase obrera desaparece no solamente como sujeto político, sino como espacio cultural. Eso es un hecho. No hay barrios obreros, dejan de ser barrios obreros, son barrios marginales de pobres, etcétera. Hay barrios conflictivos, pero tenemos también toda la expansión de los barrios residenciales que están anexos a los viejos barrios obreros, que ya son otra cosa, son homologables a los de la clase media. A veces más cutres y a veces menos.

Hay ahora toda una línea en torno a esta cuestión de la España de las piscinas, desde el ensayo periodístico se está introduciendo en el debate público de la izquierda esa idea de conquistar los PAU [siglas que en Madrid designan los barrios residenciales suburbanos construidos desde la década de los 2000].
No hay reconquista de la clase media. Es decir, Podemos es un partido de la clase media frente al PSOE, que es un partido que todavía guarda la primera posición dentro del trabajo más descualificado y de los desempleados. Podemos, aunque no he mirado las últimas encuestas del CIS, es un partido votado fundamentalmente por la clase media juvenil con problemas de integración. También por obreros cualificados, que son obreros que en su mayoría también se definirían como de clase media y que tienen además ingresos salariales que, por toda la historia de negociación heredada no son de los peores, desde luego, del país. Entonces no se trata tanto de conquistar los PAU, sino de ver cómo se pueden generar mecanismos de organización política dentro de aquello que no es exactamente clase media y que obviamente no están en los PAU. A los PAU es muy complicado irse, a no ser que tengas un empleo profesional o un empleo indefinido, y probablemente en pareja y por las dos figuras: padre-madre, madre-madre, padre-padre.

En el libro explicas de hecho que la familia se ha vuelto más necesaria para la reproducción de esta sociedad de clases medias.
En primer lugar, yo creo que hay que reconocer que estos regímenes liberales, y la clase media se incluiría dentro de ellos, da igual que sea en su formulación más fordista o la más neoliberal, están organizados por familias, no por individuos. O sea, el neoliberalismo y toda la tradición liberal considera que la unidad básica social es la familia, no el individuo, ahí hay una confusión permanente. Y además, la familia organizada de una determinada manera. O sea, la familia que es capaz de acumular un patrimonio y transmitir y cuidar ese patrimonio y transmitir determinados capitales a los hijos, fundamentalmente en términos de educación. Es decir, la familia es el lugar de la reproducción social por excelencia y en las clases medias lo es cada vez más.

¿No ha cambiado esa centralidad?
Sí, hay un cambio frente al modelo más optimista de los tiempos heroicos de expansión de las clases medias en los años 60, 70 e incluso hasta los años 90. La idea de una proyección individual a través del estudio, a través del esfuerzo, se correspondía mejor con la realidad que a día de hoy. Hoy, en la medida en que el empleo profesional se ha menguado y se ha precarizado, y en la medida en que el mercado laboral sigue deteriorándose y sigue produciendo sobre todo empleos de mierda, lo que nos encontramos es que la familia cumple un papel cada vez mayor. La familia, no entendida como madre, padre e hijos, sino en términos verticales como el hecho de que, o incluso hasta edades muy, muy elevadas, uno es dependiente de la figura de los padres. Funciones que en otro momento no tenían tanta importancia, como la herencia, la han recuperado en estas sociedades. El gran mecanismo de reproducción de la clase media en España es también por vía fundamentalmente de la herencia. Por eso hay una suerte de familiarización. Y aunque la familia que se liberaliza es a la vez más democrática o incluya figuras atípicas, como familias compuestas por dos hombres o dos mujeres, el valor de la herencia no disminuye, aumenta. Aumenta porque básicamente las generaciones que vienen lo van a tener bastante peor que las que estuvieron y su posición social va a depender cada vez más de la ayuda y la herencia recibida. Porque ni el Estado ni el mercado laboral garantizan las posiciones que tuvieron, por ejemplo, padres y abuelos. Hay una refamiliarización de la sociedad española y eso tiene lecturas muy, muy ambiguas y muy ambivalentes. Yo diría que empujan en una dirección conservadora. La familia no es el lugar donde uno puede hacer políticas igualitaristas. La familia mira siempre por lo suyo, por sus hijos, por sus cosas, por sus logros.

Hablas al final del libro de esa posible sociedad de los tres tercios: por arriba la que llamas clase media remanente, a la que defines como un nuevo patriciado urbano, por abajo todos los excluidos y en medio un sector progresivamente despojado de su condición de clase media. Ahí dibujas dos alternativas políticas para ese sector.
Como decíamos antes, es una crisis que no somos capaces de ver qué velocidades tiene. Lo que sí podemos ver es las rupturas que están produciendo esas viejas formas de integración social. Hay un sector que es muy amplio y muy complejo, que de alguna manera se está desplazando, que básicamente está viendo desintegrados o perdiendo sus mecanismos de integración social, que antes garantizaban su posición dentro de la nación política de la sociedad española. Ese sector es complejo y, como decíamos, es una incógnita política. Lo que hay a la vez es otro sector que parece que por posiciones patrimoniales, pero también por sus posiciones en el mercado de trabajo, por la capacidad que tienen de hacer jugar sus capitales sociales y culturales, pues va a permanecer y parece que de una forma más o menos clara resuelve su situación social.

¿Quiénes lo forman?

Ese sector se identifica con los triunfadores de la globalización. Muchas veces, en el discurso de las nuevas derechas aparecen básicamente como los globalistas felices, los burgueses beneficiados por la lógica de la globalización financiera. Lejos de ser eso, es un sector altamente intervenido por el Estado y producido por el Estado. Ahí vamos a encontrarnos funcionarios de nivel medio y alto. Nos vamos a encontrar, por supuesto, también sectores que están ligados al empleo profesional corporativo, pero muchas veces muy apoyados por el Estado a la hora de obtener recursos y subvenciones fiscales de distinto tipo. Y también los vamos a ver en determinados sectores profesionales producidos directamente por el Estado o determinados profesionales ligados a los servicios públicos. Ese sector, que además es el sector con mayor influencia política, puede tener la tentación de convertir su posición de cercanía y de poder dentro del Estado, en una posición de defensa de sus privilegios.

¿De qué manera?
Privilegios que se van a medir así, no como se dice en el discurso actual, sino privilegios de corte jurídico, con reservas obvias de determinadas posiciones sociales y laborales. Y lo van a hacer con discursos que todavía no son claros. Es decir, que aunque haya ya una discusión en su seno entre liberales, progresistas y nuevas derechas, puede que haya acuerdos de que básicamente lo que hay que proteger es esa posición frente a la época de incertidumbre que viene. En cualquier caso, no es verdad que sean los globalistas triunfadores. Son aquellos que tienen unas posiciones más de dominio y de control sobre los recursos que proporciona fundamentalmente el Estado.

En Madrid se puede estar viendo esto ya bastante más avanzado que en otras zonas de España. En las clases medias se está produciendo esa fuga desde hace tiempo a lo privado con la salud y la educación. ¿Hasta qué punto esto introduce distorsiones en las propias declaraciones sobre esa supuesta neutralidad de lo público entendido como universal? Porque ese es un problema. ¿Ese sector coincide en Madrid con los votantes de Ayuso? ¿Es una cosa tan sencilla?
No, yo creo que no es tan sencillo. En Madrid la hegemonía de las derechas es brutal, pero si uno ve el mapa electoral se va a encontrar que el distrito donde Más Madrid y Podemos recibe más votos es el distrito Centro, donde podríamos considerar que existe una buena parte de una clase media profesional relativamente joven. Las lecturas de traducción de los fenómenos sociales a la política no son automáticas. Pero en cualquier caso, no es eso lo que lo que creo que es importante, sino observar lo que comentas. Es decir, ese sector se fuga a un campo de provisión de servicios que aparentemente es privado y está completamente liberalizado, pero que no lo está. Está apoyado por el Estado, por la Comunidad Autónoma en este caso, que subvenciona y genera mecanismos de exención fiscal al hecho de que tú, por ejemplo, te vayas a una universidad o a una escuela privada, pero que a la vez garantiza que exista todo un segmento concertado, es decir, público subvencionado, en el cual uno consigue básicamente el acceso a unos servicios de salud determinados. Básicamente lo que permite es abandonar aparentemente lo público, pero recibiendo siempre el soporte de lo público. Esa es la paradoja.

Es un entorno en el que es complicado solidificar esas alianzas. El peligro de que en esa segunda capa de la cebolla, esa capa que ya no es clase media incluida, sino que ha ido a la proletarización, haya una identificación con ese querer ser el nuevo patriciado urbano e identificarse con él.
Hay una nostalgia de una posición que no se conoce o una situación que no se conoció, en la cual una parte muy grande de la población estaba más o menos protegida contra la incertidumbre. En la medida en que el futuro se va haciendo más incierto, la sensación de miedo se socializa, a veces incluso simplemente la sensación, no el miedo real. Nos encontramos que aparecen mecanismos de poder, y se explotan políticamente, de recuperación de unas formas de integración que no se conocieron pero que se reconocen como lo deseable en la situación actual. Es una política construida básicamente sobre la nostalgia de aquello que no se conoció y que probablemente nunca fuera: el Estado nacional que protege a sus ciudadanos. Un Estado de bienestar que funciona bien, un Estado que es eficiente a la hora de garantizar a cada uno lo que se merece. Y eso tiene una deriva de izquierdas relativa: recuperar los pactos sociales, como hacía Podemos en su época más gloriosa y que pueden ser incluyentes respecto a los no nacionales. O si queréis, una deriva mucho más de corte populista que reconoce que hay que hacer eso, pero que básicamente, como los recursos son menguantes, pues hay que excluir claramente de eso a quienes no son nacionales o no son meritorios.

En el epílogo, señalas una serie de límites para hacer hipótesis de una alianza social que pueda ser un nuevo episodio de la política de clases.
A diferencia de lo que ocurría en otras épocas históricas, en el siglo XIX, o en el siglo XX, donde lo que había era una expansión continua de la base económica y un proceso de proletarización y industrialización creciente que apuntaba también a dinámicas de integración a través del trabajo y demás, de cómo se han ido formando las clases medias... nosotros estamos al final de un ciclo en el cual lo que se está produciendo son procesos de desintegración de esas formas antiguas de protección y de integración social de las mayorías. No es lo mismo que haya alianzas sociales sobre la base del trabajo y una expectativa de progreso a futuro, en la cual, además, incluso todas las ideologías del movimiento obrero apuntaban que ese era un proceso irreversible, masivo y positivo; a que lo que haya sea un fenómeno de incertidumbre, de desintegración y desafiliación de masas. Entonces, ¿cómo se construye una clase que no se construye en el trabajo, sino que se construye a partir de una sensación compartida de desafiliación social? Que se vieron en una situación mejor y se va a una situación peor. Ese es el reto político.

Es enorme.
Es enorme porque no hay una orientación que nos pueda reconocer una línea de tendencia como veía el marxismo antiguamente. Es decir, la tendencia a día de hoy es la desintegración social de una crisis capitalista que se va produciendo de forma acumulativa, con crisis sucesivas, por las cuales se ve que es muy difícil generar los mecanismos de rentabilidad y las tasas de rentabilidad que se sostenían antes. Entonces te encuentras con que ¿qué pasa con todos esos sujetos que quedan cada vez más al margen? Y el problema es que no quedan al margen todos igual, sino que unos son más redundantes que otros y más sustituibles que otros. Entonces, ¿cómo se organiza eso? ¿cómo se generan mecanismos de igualación política y cultural de estos sectores? De comunicación cultural, si prefieres decirlo así. Es un reto que no es fácil de orientar y de entender. Sería deseable que surgieran mecanismos de alianza social de algo así como una clase nueva cuya característica fundamental es la desafiliación y el desclasamiento. Y eso no lo hace homologable ni mucho menos a las figuras del proletariado clásico. Cualquiera que tengamos en la cabeza.

¿Y hay algún tipo de precedente histórico que se haya estudiado, en sociedades en las que se haya producido esa desafiliación? En algún momento mencionas lo que habla E.P. Thompson sobre la importancia de ciertas culturas del campesinado para la formación de la clase obrera en Inglaterra.
Uno puede reconocer que hay elementos en las organizaciones o en las formas de comunidad de los migrantes que tienen que ver con eso. Pero el problema en la matriz es que nuestro background cultural está basado en nuestra vieja participación dentro del ideario de integración y de derechos de la clase media. Eso es lo que portamos y eso es lo que reproducimos en políticas que son de producción de derechos. Pero qué es lo que pasa cuando el Estado no va a ser capaz de garantizar esa producción de derechos y, para que se produzcan, tienes que generar mecanismos de de garantía y de organización propia. ¿Cómo puedes generar mecanismos de solidaridad y de alianza social, sobre todo cuando lo que tienes detrás es básicamente el recuerdo de la clase media, cuando lo que tienes detrás es el recuerdo de un Estado que protegía? Por eso es muy difícil sortear la política nostálgica, porque hay que inventarse algo nuevo. Y ese nuevo está por ver cómo es, porque es un nuevo que no es simplemente una especie de página en blanco, sino que es una suerte de invención política y antropológica, es decir, de gente que se reúne y produce nuevas formas de alianza y de fidelidad frente a un Estado que no va a ser capaz de garantizar esos niveles de integración que se producían antes, que lo va a hacer, además de una forma muy tramposa, a veces represiva. Dejando a muchos fuera."                           (Entrevista a Emmanuel Rodríguez, Diego Sanz Paratcha , El Salto, 09/06/22)

9/2/23

La clase media es mayoritaria, más allá de la autopercepción, porque el proyecto sobre el que se fundó todavía funciona en el imaginario social, y funciona tanto para las capas medias como para la clase trabajadora... Hay que entender que cuando la gente dice ser de clase media no solo fija una posición, también subraya el tipo de sociedad en la que desea vivir... hoy, lo que organiza el orden social ya no es la promesa de seguridad, ni la creencia en el progreso personal y colectivo, sino el temor. El sentimiento en el que se asientan los pilares no es el de una prosperidad creciente, sino la amenaza de desclasamiento y el miedo a quedarse fuera... El horizonte de lo peor, aquello que no suele nombrarse, está presente para buena parte de la sociedad... La pérdida del imaginario de progreso desorganiza políticamente la sociedad más que cualquier otro factor... Sería relativamente sencillo recomponer la confianza a través de acciones económicas, impulsadas por los gobiernos, que mejorasen el nivel de vida, restaurasen cierta seguridad y ofrecieran la sensación de que el futuro no se juega en el mero azar. Sin embargo, es bastante complicado actuar de esa manera cuando los modelos de pensamiento dominantes operan únicamente desde la eficiencia y su medición... el de esa pobreza intelectual... Las clases medias, por tanto, están menguando en términos muy superiores a lo que los gráficos y los números puedan señalar, porque la confianza en el funcionamiento correcto de la sociedad es cada vez menos firme, porque el imaginario al que aspiraban queda cada vez más distante, y porque las promesas de mejora fueron sustituidas por las amenazas de desclasamiento (Esteban Hernández)

 "La gran diferencia entre el retrato que se hace de nuestra sociedad y la realidad que la recorre surge de un marco de pensamiento, de una manera de ver el mundo que atribuye carácter de verdad a una serie de preceptos económicos que se utilizan para describir el mundo. La clase media es un buen ejemplo de esa manera de pensar: es un segmento social del que se habla con frecuencia, que se considera el esqueleto de la sociedad y que, sin embargo, lleva mucho tiempo perdiendo.

Esa divergencia entre su necesidad y su debilidad proviene desde la observación de la clase media a través de un Excel, lo que hace que se pierda gran parte de lo que significa. Si únicamente se considera en términos cuantitativos, desde los recursos que posee y del número de personas que la integran, entendemos poco de la sociedad actual, en su vertiente política y en la económica.

La clase media implica mucho más que contar con un nivel de ingresos. Para empezar, la autopercepción como clase media es generalizada en la sociedad española, a pesar de que el nivel de vida con el que se cuenta no ratifica a menudo esa impresión. Ahí suele aparecer la economía para mostrar una serie de datos que concluyen que la gente se está engañando. Pero reducir la vida a términos puramente económicos es falsearla, no arrojar luz. Buena parte de las posiciones políticas recientes han consistido, a veces por caminos torcidos y otras no, en una reacción firme de la mayoría de la gente contra estas consideraciones absurdas de lo humano como puramente cuantificable.

De la esperanza al temor

La clase media es mayoritaria, más allá de la autopercepción, porque el proyecto sobre el que se fundó todavía funciona en el imaginario social, y funciona tanto para las capas medias como para la clase trabajadora. Unos estratos intermedios amplios conllevan una estructura que ofrece opciones de permanencia y de mejora; en la que se pueden hacer planes de futuro porque la inestabilidad no es común; en la que el salario permite vivir en condiciones dignas; que permite creer en un futuro mejor. Hay que entender que cuando la gente dice ser de clase media no solo fija una posición, también subraya el tipo de sociedad en la que desea vivir.

Esta aspiración es ampliamente compartida, y no suelen discutirla ni las izquierdas ni las derechas. Pero ese no es el mundo en el que nos desenvolvemos. Lo que organiza el orden social ya no es la promesa de seguridad, ni la creencia en el progreso personal y colectivo, sino el temor. El sentimiento en el que se asientan los pilares no es el de una prosperidad creciente, sino la amenaza de desclasamiento y el miedo a quedarse fuera.

Los jóvenes lo notan especialmente, pero también los mayores de 50; e incluso en los espacios relativamente privilegiados esa mirada está de fondo. Cada vez hay mayor conciencia de que las posiciones son eventuales: quizá hoy tengas un buen trabajo, pero mañana puede ser de manera muy distinta; quizá hoy tus ingresos sean satisfactorios, pero en unos meses o en unos años puede que desciendan bruscamente.

El horizonte de lo peor, aquello que no suele nombrarse, está presente para buena parte de la sociedad. En estos tiempos bifurcados, únicamente una estrecha capa social puede mirar el futuro con esperanza porque sabe que, por sus recursos o por su posición, su vida está asegurada. La mayoría de la gente se encontrará cara a cara con la incertidumbre en algún momento; unos lo olvidan, otros lo tienen presente, pero todos saben de su existencia.

La importancia política de esta inestabilidad ontológica es grande, porque ha tejido buena parte de las elecciones durante mucho tiempo. Las clases medias altas y las altas, los funcionarios y los jubilados, que contaban con mayor seguridad, eran conservadoras; no en el sentido de que votasen a izquierda o derecha, sino de que sus opciones eran básicamente continuistas. Eran las más interesadas en que no hubiera grandes cambios, en especial en lo económico. Hoy esa tendencia sigue presente, pero encuentra algunos matices importantes, porque la desorganización política es grande, e incluso en esas capas hay movimientos incipientes hacia partidos que abogan por transformaciones sustanciales, sobre todo en la derecha.

La brecha política de fondo, la que recorre las distintas opciones, y que va más allá de izquierda y la derecha, es la que nos muestra a amplias capas de la población que siguen creyendo en las promesas que el término clase media traía consigo, pero que ya las ven difícilmente realizables. Es un imaginario que está comenzando a desvanecerse y a dejar paso a una posición descreída, que no confía en el futuro y que percibe un deterioro generalizado. La pérdida del imaginario de progreso desorganiza políticamente la sociedad más que cualquier otro factor.

El pensamiento binario

Sería relativamente sencillo recomponer la confianza a través de acciones económicas, impulsadas por los gobiernos, que mejorasen el nivel de vida, restaurasen cierta seguridad y ofrecieran la sensación de que el futuro no se juega en el mero azar. Sin embargo, es bastante complicado actuar de esa manera cuando los modelos de pensamiento dominantes operan únicamente desde la eficiencia y su medición.

Esa pobreza intelectual la define expresamente Alain Supiot en un libro que acaba de publicarse en nuestro país, El trabajo ya no es lo que fue (Ed. Clave Intelectual). Parte de una tecnociencia económica que "proyecta sobre las sociedades humanas el funcionamiento binario característico de las arborescencias lógicas que funcionan en nuestras máquinas inteligentes del tipo si p… entonces q, si no p… entonces x. No se excluye que algún día estas máquinas tengan la capacidad de calcular todo lo que es calculable; pero es cierto que la reducción de las relaciones entre los hombres a operaciones de cálculo de utilidad o de interés solo puede conducir a la violencia. Como señaló Gilbert Keith Chesterton, son las vacas, las ovejas y las cabras los seres que viven como puros economistas".

Ese razonamiento binario que se hace pasar por concluyente, y que termina por considerar al ser humano como cabras, vacas y ovejas, está en la raíz de nuestros problemas. La sociedad es mucho más que ese vivir en una pura acción mecánica. Pero es el único que se puede medir, y es el que articula las soluciones económicas que se ponen en marcha. Desde esta perspectiva no es posible entender la importancia del desgaste social que supone la desconfianza, pero tampoco imaginar qué significa para mucha gente tener que afrontar un gasto imprevisto de 500 euros, o que les suban la hipoteca o el alquiler 300 euros al mes, o que el precio del combustible se encarezca. Desde ese marco, las decisiones son obvias: que se vayan a una vivienda que puedan pagar o que utilicen la bicicleta para ir al trabajo, que además es ecológico. Oveja, si no tienes dinero para estar en este prado, vete a pastar a otro.

Esta actitud aumenta la sensación de injusticia, en la medida en que no son acciones propias las que justifican la pérdida de nivel de vida, sino elementos teóricamente incontrolables que siempre acaban por afectar para mal a los mismos: cuando hay que pagar alguna crisis (da igual su causa: las malas apuestas de financieros millonarios, las grandes inversiones fracasadas, la reconversión verde o la guerra rusa), siempre están ahí aquellos que se creen de clase media para hacer frente a la factura.

Las clases medias, por tanto, están menguando en términos muy superiores a lo que los gráficos y los números puedan señalar, porque la confianza en el funcionamiento correcto de la sociedad es cada vez menos firme, porque el imaginario al que aspiraban queda cada vez más distante, y porque las promesas de mejora fueron sustituidas por las amenazas de desclasamiento. La confianza en el futuro solo la conserva una capa fina de la sociedad, y por eso dicen ser optimistas, pero el resto sabemos que las buenas posiciones son eventuales y las malas tienden a cronificarse. Y eso tiene consecuencias políticas evidentes, sin las cuales no puede entenderse las tensiones que estamos viviendo. Las clases medias, y es irrelevante que lo sean o que se lo crean, están empezando a enfadarse. Hasta ahora, el descontento está organizado desde una hostilidad creciente, pero encauzada en un marco sistémico. Con el tiempo, dejará de ser así."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/02/23)

25/1/23

La clase media aspiracional se ha convertido en el estrato social dominante, según dictaminan los estudios de diversas formaciones políticas. Y es una clase habitualmente despreciada... es evidente que el motor social primero en nuestra época entre la gente común no es el desmedido afán por la acumulación de activos, lo que está mucho más presente entre las élites, sino el deseo de seguridad. O, por decirlo de otra manera, el afán por tener una posición que permita llegar a final de mes sin estar contando los euros el día 20 del mes... El deseo de ascender contiene la necesidad de buscar una posición segura... mientras la situación continúe siendo esta, correr hacia arriba será una necesidad para la mayoría de la gente. Y es natural: si sólo hay arriba o abajo, es evidente que resulta preferible estar arriba. Pero eso no es clase media aspiracional; se parece más a la clase media desesperada. Y clases así aseguran cambios políticos, porque tarde o temprano se convierten en fuerzas de choque

 "Que esta clase sea la que defina el marco electoral es significativo porque subraya una de las contradicciones sociales más palpables. En nuestra época, la clase media es más amplia que nunca. Una gran mayoría de la gente se autodefine de esa manera, aun cuando sus posiciones sean muy dispares: desde las clases populares de barrios antaño autodefinidos como obreros hasta las medias altas de los PAU del norte de la ciudad, pasando por los precarios jóvenes de profesiones liberales o los autónomos dedicados a trabajos ocasionales, la autopercepción como perteneciente a los estratos intermedios, por unos motivos u otros, es masiva. Sin embargo, en términos estrictamente materiales, tienen pocos motivos para situarse en esa capa social: el declive en el nivel de vida, las trayectorias laborales bifurcadas, la prestación defectuosa de los servicios públicos y el aumento enorme del coste de los bienes esenciales hace que cada vez más personas estén en situaciones precarias típicas de la vieja clase obrera.

La redundancia

Sobre esa contradicción cabalga el aspiracionismo, que además tiene muy mala imagen. El término clase media aspiracional es percibido como una redundancia. Para la derecha, es lo natural: la gente quiere tener más coches, más casas, más bienes, quiere ir a buenos restaurantes y comprar ropa cara y móviles de última generación. El problema es la izquierda, que con sus ideas nefastas sobre la economía impide, sobre todo mediante los impuestos, que los pobres puedan prosperar y que las clases medias puedan tener el nivel de vida que desean.

Derecha e izquierda entienden a las clases medias aspiracionales desde una perspectiva materialista: son gente que quiere ganar 80K

Para la izquierda, y en especial para la activista, la clase media aspiracional es un problema del que preferirían deshacerse. Implica lo peor de un mundo individualista, gente que centra su vida en un consumo que nunca les termina de satisfacer, que tienden a ser poco solidarios y que para mantener su nivel de vida no dudan en explotar a las clases obreras reales, las formadas por los emigrantes, los empleados de Glovo y las sirvientas mal pagadas que tienen en sus casas.

En este punto, derecha e izquierda entienden a las clases medias aspiracionales desde una perspectiva puramente materialista: es gente que quiere triunfar, "conseguir un salario de 70 u 80K" y mostrarse ante los demás como exitosos. Unos parecen animarlos, porque entienden como sana esa aspiración y otros parecen criticarlos, porque entienden que son parte de una sociedad nociva.

La clase despreciada

Lo paradójico es que ambos los necesitan y los desprecian al mismo tiempo. Por más que apelen a ellos, porque hay que ganar las elecciones, les observan a través de un cristal de desdén. En la derecha se nota en los malos momentos. Esa promoción del disfrute de la vida a través del consumo se convierte rápidamente en un reproche sistemático cuando llegan las crisis: son gente que se creyó que podía gastar a lo loco; son esos fontaneros que creían que les estaba permitido comprarse coches de lujo, pero luego no pueden afrontar el pago de lo que deben; son esos trabajadores que compran el móvil más caro y luego no llegan a fin de mes. En cierta medida, los perciben como personas que han tenido el atrevimiento de compararse con los de arriba y han obtenido un justo castigo. En la izquierda, el desdén circula por otro camino: los ven como personas que consumen irresponsablemente, que no valoran las consecuencias de sus actos y que se está cargando el planeta por tener un coche diésel y comer carne.

Para unos y para otros, las clases medias aspiracionales son sinónimo de personas básicas, poseídas por un deseo irrefrenable de tener el último móvil, de exhibir grandes cantidades de ropa y de lucir un nivel de vida exitoso. Y esto es llamativo, porque ese teórico materialismo, esa necesidad de mostrarse ante los demás como alguien prestigioso, de acudir a lugares con capital simbólico y esa afición por las últimas tecnologías es un elemento típico de las clases medias altas y de las altas mucho más que del resto de la sociedad. La mayoría de la gente, además, tiene otras necesidades y otras aspiraciones, ligadas con elementos que podrían denominarse espirituales, culturales o existenciales, que quedan borrados en esta visión burdamente material.

El aspiracionismo actual contiene elementos mucho más profundos que esta versión vulgar difundida por las clases altas, de izquierda y de derecha, para diferenciarse de la mayoría de la sociedad.

Correr hacia arriba

El deseo de riquezas y de estatus es un motor social evidente que opera en todas las épocas. Sin embargo, analizar los escenarios políticos desde aspiraciones vitales que se reducen a un solo factor es tremendamente reduccionista, y también interesado. El aspiracionismo actual es un buen ejemplo de esa banalidad analítica, en la medida en que hoy se ha convertido mucho más en una necesidad que en un deseo.

En primera instancia, convendremos que es mucho mejor vivir en un piso de 90 metros cuadrados que en uno de 20, y que también lo es contar una vivienda bien aclimatada que otra con continuas corrientes o que es mejor conducir un coche bueno que otro que se estropea cada dos por tres. Eso quizá pueda denominarse aspiracionismo, pero no hay nada de irracional en ello. Salvando estas obviedades, es evidente que el motor social primero en nuestra época entre la gente común no es el desmedido afán por la acumulación de activos, lo que está mucho más presente entre las élites, sino el deseo de seguridad. O, por decirlo de otra manera, el afán por tener una posición que permita llegar a final de mes sin estar contando los euros el día 20 del mes, que facilite tener planes de vida y poder realizarlos, que ofrezca una vida materialmente digna y que genere cierta seguridad en el futuro. Y dado que eso es cada vez más inusual, es lógico que esa aspiración esté más presente que nunca. Clase media aspiracional hoy significa esto en primer lugar. El deseo de ascender contiene la necesidad de buscar una posición segura.

Las ciudades están llenas de gente que tiene que marcharse de sus barrios: o bien el entorno se revaloriza y ya no pueden afrontarse los costes de comprar una vivienda o de pagar un alquiler, o bien se deteriora, y se trata de salir de allí para tener una vida más tranquila. En las clases sociales ocurre igual, o subes o bajas, porque quedarte en el mismo sitio implica un coste que no se logra afrontar. Lo más significativo, en este sentido, es el hecho de que las clases con menos recursos ya no pueden permanecer en el mismo sitio, porque el descenso generalizado en el nivel de vida las conduce a condiciones cada vez más deterioradas. Es decir, tenemos una sociedad en la que las personas con ingresos de clase obrera, se crean medias o no, raramente van a tener una vida económicamente digna. En ese contexto, que se quiera correr hacia arriba es lo normal. Y no por un resorte genético que te lleva compulsivamente a gastarte tu salario en un móvil de lujo, o que te obligue a competir arduamente con los demás porque quieres ser el más grande, sino porque es el único camino que se percibe para conseguir una base segura.

Ese deseo de seguridad está presente en la política actual, y las fuerzas electorales lo reconocen, cada uno a su manera. La derecha suele insistir en que el bajo nivel de vida es culpa de la regulación excesiva, de la ineficaz gestión pública, y que por eso hay que hacer reformas y dar mayor papel a lo privado en sanidad o educación, o de unos impuestos excesivos. La izquierda, además de moralizar, propone servicios públicos mejores y ciudades más amables e incluso una renta básica universal. Formaciones como Vox insisten en la inseguridad en las calles y proponen más contundencia, en especial con los delincuentes emigrantes.

Cambio de foco

Ninguno de estos elementos se dirige hacia el problema de fondo. Esa concepción de las clases masivas (y eso que denominan clase media aspiracional lo es) como consumidores en lugar de ciudadanos, lleva a poner el foco en aspectos que no son suficientes. Las clases altas y medias altas, las que habitualmente se dedican a la política y nutren a la profesión económica, contemplan al ciudadano como consumidor, y por tanto se permiten guiarlo por los caminos del consumo responsable, ya sea para no gastar más de la cuenta, como la derecha, o para que respete el planeta, como la izquierda. Y, al mismo tiempo, les proponen algunas medidas paliativas: quizá te vaya mal, pero contarás con menos impuestos o más servicios públicos.

Y probablemente esas medidas sean necesarias, pero habría que cambiar el foco puesto sobre el consumo y los servicios y colocarlo en el trabajo. La cuestión última es si te resulta posible ganarte la vida y llegar a fin de mes sin agobios incluso aunque pertenezcas a las clases populares. Y eso únicamente lo asegura el trabajo, es decir, un tipo de sistema económico que permita una participación razonable y adecuada en los beneficios que se generan.

Este tipo de clase sociales aseguran cambios políticos, porque tarde o temprano se convierten en fuerzas de choque

Formulado de otro modo, más que hablar de lo que gastamos y de si lo hacemos bien o mal, hay que hablar de lo que ingresamos. Este es el marco habitual en que se ha abordado la economía: gobiernos ineficientes que gastan mucho y que tienen que pagar deudas, gente de clase media aspiracional que corre para coger los billetes, los gasta en tonterías y luego queda endeudada. Pero eso no es una explicación, es una burda excusa para no arreglar lo que funciona mal. El hecho último es que la mayoría de la gente que trabaja, ya sea como empleado por cuenta ajena, como autónomo o como pequeño empresario cada vez consigue menos recursos al mismo tiempo que aumenta el coste de la vida; y a eso se suma una inestabilidad laboral generalizada, de modo que quienes hoy tienen una situación holgada, mañana pueden estar en la cuerda floja. Al revés ocurre, pero mucho menos.

Es ahí donde habría que poner el foco, porque mientras la situación continúe siendo esta, correr hacia arriba será una necesidad para la mayoría de la gente. Y es natural: si sólo hay arriba o abajo, es evidente que resulta preferible estar arriba. Pero eso no es clase media aspiracional; se parece más a la clase media desesperada. Y clases así aseguran cambios políticos, porque tarde o temprano se convierten en fuerzas de choque."                    (Esteban Hernández , El Confidencial,  21/01/23)

17/1/23

No llegamos a fin de mes... La clase media no era esto... El futuro de la clase media está comprometido porque el Estado, gran valedor de la clase media, disminuye su papel como regulador y como proveedor de bienestar... por la creciente financiarización, porque muchos aspectos fundamentales para nuestra existencia se han convertido en activos financieros, como las pensiones, la vivienda, etcétera, lo que hace la vida mucho más precaria y expuesta a la especulación de terceros... por la automatización de la producción, las cada vez más avanzadas técnicas de inteligencia artificial... por eso, brecha entre los pocos que ganan mucho dinero y las que antes eran clases acomodadas no deja de crecer... como el número de quienes bordean la pobreza... y es que la crisis de la clase media se retroalimenta con otras: la económica, la institucional, la de la confianza, en fin, la de todo el andamiaje que mantenía estable las democracias liberales tal y como las conocíamos

 "Un transeúnte es entrevistado brevemente por una reportera de televisión. Se queja, visiblemente enfadado, de la coyuntura económica, y es que la cosa, con la inflación rampante y el estancamiento de los salarios, está muy difícil: “Este Gobierno solo ayuda a los de abajo”, dice, “yo hace tiempo que no llego a fin de mes y nadie me ayuda. Nadie ayuda a la clase media”. Es curioso: el peatón asegura sufrir continuas estrecheces económicas, pero sigue considerándose clase media. Esa que, por definición, al menos llega con su sueldo a fin de mes.

La clase media: si se la pronuncia, todo el mundo entiende a lo que nos referimos. Pero la clase media: nadie tiene demasiado claro cómo definirla. Es un concepto voluble, flexible, casi mágico. Algo más del 40% de los españoles que se consideran clase media no pertenecen a ella si tenemos en cuenta su nivel de renta, según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2020. Muchos pobres todavía prefieren pensar que son de clase “media baja”. Algunos ricos prefieren quitarle hierro a su riqueza y maquillar la desigualdad. “Los que estamos sacando el país adelante somos la clase media”, dijo en una tertulia la socialité Carmen Lomana, representante oficiosa de las clases altas en los saraos y la farándula televisiva. Los grandes partidos políticos viven obsesionados por seducir a la clase media. Significa moderación, bienestar, modernidad, consumo. Significa familia, coche, tele, sueños. La tarjeta de El Corte Inglés. Pero ¿qué demonios es la clase media? Y, sobre todo, ¿es cierto que, tras las sucesivas crisis y bajo la tensión de la desigualdad creciente, se encuentra en un aprieto?

“Cuando se habla de la crisis de la clase media estamos hablando de muchas cosas”, explica el sociólogo y doctor en Historia Emmanuel Rodríguez, autor de El efecto clase media (Traficantes de Sueños): “Por ejemplo, de la pérdida de capacidad del Estado para generar mecanismos de integración amplios, del fin de la movilidad social, de los problemas para acceder a una vivienda o del desmantelamiento del Estado de bienestar”. Ese “efecto clase media” es la idea de que este estrato no surge espontáneamente del mercado, sino que requiere una alta inversión estatal, y que ni siquiera esta acaba con las desigualdades. Eso sí: sirve para pacificar y estabilizar las sociedades. Considerarse de clase media es desertar de la lucha de clases.

Si la clase media se desdibuja por abajo, por donde la población se despeña hacia la pobreza, también lo hace por arriba: la crisis está llegando hasta su capa superior, como explica el periodista Esteban Hernández, autor de El rencor de clase media alta y el fin de una era (Foca): “El proceso de deterioro ha llegado a capas más favorecidas, que empiezan a ver que sus hijos ya no tienen el futuro tan asegurado”, explica el autor. Algunos estilos de vida propios de la clase media alta se están haciendo menos accesibles, como mandar a la prole a estudiar a un colegio privado o al extranjero, tener una vivienda amplia y de calidad o practicar ciertas actividades de ocio, mientras que la seguridad en los ingresos cada vez es menor, también para los trabajadores mejor posicionados. “Se está generando una brecha entre los que de verdad ganan dinero, un porcentaje muy pequeño en lo más alto de la pirámide social, y las que eran las clases acomodadas”, señala Hernández.

Este aprieto podría calificarse como internacional. “Tanto en Estados Unidos como en gran parte del mundo, la clase media tiene razón en verse en crisis porque hay sociedades enteras en crisis después de décadas de austeridad y desvío de la riqueza hacia los más ricos”, explica David Roediger, autor de The Sinking Middle Class (Or Books). Por otra parte, en muchos países del sur global, según señala el escritor, se han puesto tantas expectativas en la llegada de la sociedad de clases medias que finalmente lo que ha llegado es la frustración.

¿Qué es la clase media?

La forma más sencilla de definir este estrato social es mediante la posición económica: se pueden establecer sus límites en torno a la renta neta media anual de un país. En España esa renta fue en 2021, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), de 12.269 euros netos. A partir de ahí, según la OCDE, se considera clase media a las personas que ganan entre el 75% y el 200% de esa cantidad. Es decir: entre 9.201 y 24.538 euros netos cada año. Estos límites pueden variar según la institución que mida.

Pero esto es una mera perspectiva económica. Para los sociólogos las clases tienen una raíz más profunda y diversa. “Podría decirse que la renta es el síntoma de otra cosa: no define la clase social, sino que es producto de ella. Uno gana lo que gana debido a la clase a la que pertenece”, explica el sociólogo José Saturnino Martínez, director de la Agencia Canaria de Calidad Universitaria y Evaluación Educativa y autor del libro Estructura social y desigualdad en España (Catarata). No es lo mismo ganar 2.000 euros netos mensuales naciendo en una familia trabajadora, empezar en la hostelería a los 15 años y montando un bar a los 30, que ganarlos naciendo en una familia bien posicionada, teniendo un título universitario, sacando unas oposiciones y siendo funcionario de clase A. Estas dos personas tendrán diferente estabilidad, diferente riesgo de caer en la exclusión y hasta diferentes estilos de vida. No son la misma clase social.

La clase también depende de la cuna, de la educación, de la cultura, de las relaciones, de la forma de vivir. A este respecto, el sociólogo Pierre Bourdieu consideraba varios tipos de capital, además del económico: el cultural, el social o el simbólico, que influyen en la determinación de la clase. Los sociólogos, aun así, tampoco se ponen de acuerdo en la definición definitiva, según provengan de corrientes marxistas, weberianas, funcionalistas, etcétera.

Breve historia de la clase media

La clase media ha existido siempre. Ya Aristóteles escribió en su Política que una sociedad bien gobernada debería tener una amplia clase media que vertebre la polis y evite la discordia social. Karl Marx, que estableció la clara división entre burguesía y proletariado como clases antagonistas, también consideraba una clase media, no demasiado relevante, formada por pequeños artesanos y profesionales independientes. Cuando la clase media cobra verdadera importancia es en la Europa de la segunda mitad del siglo XX con el levantamiento de los Estados del bienestar: ahí se da la llamada expansión de las clases medias (también como forma de alejar a los trabajadores occidentales de los cantos de sirena de la Unión Soviética) y esa figura se fija con nitidez en el imaginario colectivo.

Esos años de la posguerra hasta la crisis del petróleo, en los años setenta, son conocidos como los Treinta Gloriosos. “Es la única etapa de la historia en la que se ha avanzado en la cohesión social y logrado limar la desigualdad”, explica el sociólogo José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). “Ahora, con el capitalismo neoliberal, las desigualdades se están haciendo extremas. Hay fortunas que acaparan gran parte de la riqueza de la humanidad y eso produce disfunciones en la economía y en la sociedad”.

En España la expansión de la clase media ocurre un poco más tarde dada la autarquía franquista, pero a toda velocidad, a partir de 1959, cuando Franco permite la apertura de la economía. Los flujos de población alimentan a las industrias en el llamado éxodo rural, y de esa clase obrera fabril salen hijos universitarios que ascienden en el escalafón. El desarrollismo trae prosperidad, turismo, electrodomésticos, segundas residencias, coches, y la clase media naciente estabiliza el Régimen, lo justifica, y facilita la Transición. “Pero desde 1992 se dejan de crear los puestos cualificados suficientes y en España se empieza a producir el fenómeno de la sobrecualificación, que tanto malestar social genera”, dice el sociólogo Ildefonso Marqués, experto en movilidad social de la Universidad de Sevilla. “Ahora el ascensor social está parado”, añade.

Así la clase media se ve comprometida y cunde la muy controvertida idea de que las próximas generaciones vivirán peor que sus padres. “Vamos hacia una sociedad dualizada”, apunta Tezanos, “está creciendo el número de personas que se consideran infraclases, sectores de la población completamente excluidos. Estamos viviendo el primer proceso de movilidad social descendente desde la Revolución Francesa”. Con la disolución de este estrato social el sistema económico va generando una sociedad a dos velocidades, desgarrada entre los más ricos y los más pobres, donde ganadores y perdedores pueden acabar viviendo en realidades paralelas. En la parte alta del escalafón se produce cada vez una mayor concentración de riqueza en una menor cantidad de manos: el 10% más rico copa el 34,6% de los ingresos por trabajo y capital y el 57,6% del patrimonio, según un estudio de World Inequality Lab. La cuarta parte de ese patrimonio pertenece al 1% de superricos.

¿Lo eres o sientes que lo eres?

¿Cómo se percibe a sí misma la ciudadanía? La clase media tiene una fuerte componente subjetiva: muchos no lo son, pero se sienten. Un 47,1% de los españoles se consideran de clase media alta, y un 15,5% de clase media baja, según el Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de octubre de 2022. La cifra de personas que se consideran de clase obrera y trabajadora ha caído del 50% al 10,6% en los últimos 20 años. En Estados Unidos, en 2018, un 70% de la población se consideraba clase media, pero solo el 50% encajaba en esa horquilla económica, según un estudio de Pew Research Center. Si bien en otros tiempos la clase estaba principalmente relacionada con la actividad productiva, hoy el consumo es fundamental a la hora de definirnos. De hecho, el asentamiento de la clase media estuvo unívocamente asociado al de la sociedad de consumo: grandes masas de población podían acceder a aquello a lo que antes solo se permitían los ricos.

Es fácil sentirse clase media teniendo al alcance una plétora de productos baratos y muy apetecibles: comida rápida, ropa barata de grandes cadenas multinacionales, pisos de alquiler turístico, grandes ofertas en vuelos a destinos de ensueño o plataformas audiovisuales con una oferta inabarcable. A pesar de que, en la coyuntura actual, la alta inflación provoque que hasta lo barato sea caro. Cuando el elegante chófer de un vehículo VTC te ofrece una botellita de agua, es difícil no sentirse el rey del mambo. “En muchos países, la difusión de la oferta de productos y servicios low cost, al aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los salarios, empieza a tener más peso que una reforma fiscal o que el Estado de bienestar”, escribían Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi en El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo). Nos conformamos con el brillo de los productos baratos antes que con la provisión de servicios públicos fundamentales por parte del Estado.

Aunque estas capas sociales suelan asociarse al sosiego, la imagen de tranquilidad puede tener una cara oculta: la ansiedad continua, el miedo a caer, las deudas. “La crisis de la clase media se vive a niveles profundamente personales”, explica Roediger, “la miseria, a menudo asociada a una profunda alienación en trabajos interminables (en los que incluso la personalidad es supervisada), coexiste con altos niveles de endeudamiento personal y familiar. El vínculo más obvio es el que los sociólogos han señalado durante 75 años: la vana esperanza de que el consumo frenético pueda compensar esa alienación”.

La percepción de la clase media desde un punto de vista externo también es ambivalente. Puede ser símbolo de progreso y prosperidad, de una sana moderación que le permite ser espinazo de países estables e igualitarios. Pero también se la retrata como una clase consumista, insolidaria, cobarde, inmovilista, sin la conciencia de clase propia del viejo proletariado, sin el glamuroso poderío de la aristocracia, solo preocupada por medrar y llegar a ser clase alta. La llamada clase media aspiracional.

Nubes en los cielos futuros

El futuro de la clase media está comprometido por varias razones, según enumera Emmanuel Rodríguez. Por un lado, el trabajo se ha desvalorizado, en parte por la automatización de la producción, la generalización de las máquinas, las cada vez más avanzadas técnicas de inteligencia artificial. Por otro, el Estado, gran valedor de la clase media, disminuye su papel como regulador y como proveedor de bienestar. Y, por último, le afecta la creciente financiarización que va permeando nuestra vida cotidiana. Muchos aspectos fundamentales en el normal desarrollo de nuestra existencia se han convertido en activos financieros: las pensiones, la vivienda, los préstamos al estudio, etcétera, lo que hace esa existencia mucho más precaria y expuesta a los vaivenes de la especulación de terceros.

¿Qué consecuencias puede tener esta crisis? “Lleva a sociedades fragmentadas, caóticas, que generan expresiones políticas extrañas y creciente polarización”, dice Rodríguez. Por último, la crisis de la clase media se retroalimenta con otras: la económica, la institucional, la de la confianza, en fin, la de todo el andamiaje que mantenía estable las democracias liberales tal y como las conocíamos."                 (Sergio C. Fanjul , El País, 15/01/23)

3/6/22

La psicología de masas de la pequeña burguesía

 "Ya hemos dicho que el éxito de Hitler no se explica ni por su “personalidad” ni por el papel objetivo-que su ideología ha jugado en el capitalismo en pleno desorden. La “mistificación” de las masas tampoco es una explicación. Por nuestra parte, hemos concedido la primacía a la cuestión de lo que sucedía en el seno de las masas para que éstas se unieran a un partido cuyos jefes perseguían una política objetiva y subjetivamente opuesta a los intereses de las masas trabajadoras.

Para responder a esta cuestión es preciso recordar que el movimiento nacionalsocialista se apoyaba al comienzo de su victoriosa carrera sobre amplias capas de las llamadas clases medias, es decir, sobre los millones de empleados y funcionarios, sobre los comerciantes medios y los campesinos pequeños y medios. Considerado desde la perspectiva de su base social, el nacionalsocialismo era en su comienzo un movimiento pequeñoburgués donde quiera que hizo su aparición, en Italia, en Hungría, en Argentina o en Noruega. Esta pequeña burguesía, que militaba antes en los diferentes partidos democráticos tuvo que sufrir una transformación interior que justificara el cambio de postura política. Las semejanzas fundamentales, así como las diferencias de las ideologías burguesa-liberal y fascista se explican por la situación social de la pequeña burguesía y por la estructura psicológica que aquélla entraña.

La pequeña burguesía fascista es idéntica a la pequeña burguesía liberal, con la sola diferencia de que pertenecen a épocas distintas. El nacionalsocialismo ha obtenido sus votos en las elecciones de 1930 y 1932 casi exclusivamente del Partido Alemán Nacional, del Partido de la Economía (Wirtschafts-partei) y de los subgrupos del Reich alemán. Sólo el Centro Católico conservaba sus posiciones incluso en las elecciones de Prusia de 1932. Únicamente en esa fecha consiguió el nacionalsocialismo ganar terreno entre los obreros industriales. Pero, tanto antes como después, quienes formaron el grueso de las tropas de la cruz gamada fueron las clases medias. Durante la más grave crisis que el sistema capitalista haya conocido desde sus orígenes (la de 1929 a 1932), las clases medias, agrupadas bajo la bandera del nacionalsocialismo, tomaron posesión de la escena política y se opusieron a la reestructuración revolucionaria de la sociedad. La reacción política tenía una concepción muy justa de esta función de la pequeña burguesía: “En último análisis, la existencia de un Estado depende de las clases medias”, se leía en un panfleto de los alemanes nacionales del 8 de abril de 1932.

El problema de la importancia social de las clases medias ocupó un lugar destacado en las discusiones de la izquierda después del 30 de enero de 1933. Hasta entonces, no se había concedido atención a las clases medias, porque los espíritus se hallaban cautivados por la evolución de la reacción política, por el régimen autoritario. En cuanto a los políticos, se desinteresaban de la psicología de masas y de sus problemas. Fue necesario esperar al 30 de enero para que la “rebelión de las clases medias” ocupase el lugar principal de la escena. Si seguimos de más cerca la discusión del problema, se observan dos tendencias principales: la primera consideraba que el fascismo “no era otra cosa” que la guardia política de la alta burguesía; la otra tendencia, sin olvidar este aspecto, ponía de relieve la “rebelión de las clases medias”, lo que valió a sus representantes el reproche de obscurecer el papel reaccionario del fascismo. Para dar mayor peso a esta última argumentación se invocaba el nombramiento de Thyssen como dictador de la economía, la disolución de las organizaciones económicas de las clases medias, la anulación de la “segunda revolución”; en una palabra, se acentuaba siempre el carácter más reaccionario del fascismo aparecido a partir de fines de junio de 1933.

Se podían observar algunos puntos obscuros en la discusión, que llegó a ser muy animada: el hecho de que el nacionalsocialismo revelase su carácter imperialista después de la toma del poder, que se apresurara a eliminar del movimiento todo elemento “socialista” y que preparase la guerra por todos los medios, no contradecía el otro hecho de que, visto desde la perspectiva de su base de masas, el fascismo era claramente un movimiento de las clases medias. Nunca hubiera podido ganar Hitler para su causa a las clases medias si no hubiera prometido iniciar la lucha contra el gran capital. Estas clases le ayudaron a vencer porque estaban en contra del gran capital. Presionados por ellas, los dirigentes nacionalsocialistas tuvieron que tomar medidas anticapitalistas que se vieron obligados a revocar a instancias del gran capital. Si no se hace la distinción entre los intereses subjetivos en la base de masas de un movimiento reaccionario y su función reaccionaria objetiva, que son antagónicos (aunque unidos al principio en el conjunto del movimiento nacionalsocialista), resulta imposible comprenderse, ya que al hablar del fascismo, el uno entiende su función objetiva mientras que el otro piensa en los intereses subjetivos de las masas fascistas. El antagonismo entre estos dos aspectos del fascismo explica todas sus contradicciones y aclara también su convergencia en una sola forma, el nacionalsocialismo, convergencia tan característica del movimiento hitleriano. En la medida en que el nacionalsocialismo estaba obligado a poner de relieve su carácter de “movimiento de las clases medias” (antes y poco después de la toma del poder), resultaba en efecto, anticapitalista y revolucionario; pero, como no hizo nada para desposeer de sus derechos a los grandes capitalistas, cuando dejó caer cada vez más claramente su máscara anticapitalista, para poner de relieve su función exclusivamente capitalista, a fin de reforzar y mantener su poder, se convirtió en el defensor fanático del imperialismo y en el pilar del orden económico del gran capital. Importa poco entonces saber si sus dirigentes eran socialistas honrados (según ellos) o no, mientras en sus filas hubiera demagogos y arribistas ávidos de poder. Todas estas consideraciones no permiten iniciar una política antifascista. La historia del fascismo italiano hubiera permitido comprender el fascismo alemán y su ambigüedad toda vez que el italiano reunía en su seno las dos funciones netamente antagónicas de las que acabamos de hablar.

Los que niegan o desestiman la función atribuida a la base de masas del fascismo, confían en su convicción de que las clases medias, que ni disponen de los grandes medios de producción ni trabajan en ellos, no pueden, a la larga, hacer la historia y se encuentran a caballo entre el capital y el mundo del trabajo. Olvidan que las clases medias son perfectamente capaces de hacer la historia y que la hacen efectivamente, sí no a largo plazo, al menor durante un periodo históricamente limitado, lo que confirma la historia del fascismo alemán y del italiano. No tenemos aquí solamente en cuenta la anulación de las organizaciones obreras, las innumerables víctimas, el asalto de la barbarie, sino sobre todo, los obstáculos puestos a la transformación de la crisis económica en la conmoción de la sociedad, en la revolución social. Una cosa es evidente: cuanto más numerosa e influyente en una nación es la clase media, tanto más hay que contar con ella como potencia social que actúa. De este modo pudimos asistir de 1933 á 1942 al fenómeno paradójico de un Fascismo nacionalista que pudo ganarle la partida al internacionalismo social revolucionario en tanto que movimiento internacional. Socialistas y comunistas hiciéronse ilusiones en lo relativo a la progresión del movimiento revolucionario con relación al de la reacción y cometieron un verdadero suicidio político, a pesar de todas sus buenas intenciones. Este problema merece que se le examine con el mayor cuidado, porque el proceso que ha afectado a las clases medias de todos los países es infinitamente más importante que la comprobación del hecho archí conocido y perfectamente trivial de que el fascismo representa la reacción económica y política bajo su forma más extrema. Esta última comprobación carece de todo interés político, como lo ha demostrado ampliamente la historia de los años 1928 a 1942.

Las clases medias se pusieron en movimiento y, bajo el disfraz del fascismo, efectuaron su entrada en la escena política como fuerza social. Lo que importa no son las intenciones reaccionarias de Hitler o de Goering, sino los intereses sociales de las clases medias. Gracias a su estructura caracterológica, las clases medias disponen de una fuerza social enorme, que sobrepasa con mucho su poder económico. Esta capa social es la que ha realizado la hazaña de sostener el sistema patriarcal durante varios milenios y de mantenerlo vivo a pesar de todas las contradicciones.

La existencia del movimiento fascista es, sin duda, la expresión social del imperialismo nacionalista. Pero el hecho de que el fascismo haya podido convertirse en un movimiento de masas y tomar el poder, gracias a lo que le ha sido posible realizar su función imperialista, no se explica más que por el movimiento de masas de la clases medias. Quien quiera comprender los aspectos contradictorios del fascismo tiene que tener en cuenta las oposiciones y los antagonismos en un momento determinado.

La situación social de la clase burguesa está determinada:

por su posición en el proceso capitalista de producción;

por su posición en el aparato del Estado autoritario;

por su situación familiar particular, que se deriva directamente de su posición en el proceso de producción y nos proporciona la clave para la comprensión de su ideología. Económicamente hablando, la situación del pequeño campesino, del funcionario y del comerciante medio son distintas pero, en el aspecto familiar, existe una identidad, al menos en líneas generales.

La rápida evolución de la economía capitalista en el siglo xix, la mecanización progresiva e ininterrumpida de la producción, la concentración de distintas ramas de la

producción en sindicatos y trusts monopolistas, han dado como resultado la depauperación inexorable de los comerciantes y los artesanos pequeño burgueses. Incapaces de resistir la competencia de las grandes industrias, que producen más barato y más racionalmente, las pequeñas empresas están condenadas a perecer.

“Las clases medias no tienen otra cosa que esperar de este sistema que la desaparición despiadada. El problema es sencillo: o bien se confunden todos en la masa gris y sombría del proletariado, donde todos poseen lo mismo, es decir, nada; o bien se concede a los particulares la posibilidad de adquirir bienes propios por la fuerza y la tenacidad, por el arduo trabajo de toda una vida. Clase media o proletariado. ¡Ese es el problema!”

Esta advertencia la lanzaron los Alemanes Nacionales antes de las elecciones a presidente del Reich de 1932. Los nacionalsocialistas se guardaron mucho de abrir un abismo entre la clase media y los obreros industriales a través de declaraciones tan poco hábiles y su propaganda resultó más eficaz.

Uno de los argumentos de la propaganda del N.S.D.A.P. era la lucha contra los grandes almacenes. Pero la contradicción entre el papel que el nacionalsocialismo representaba en la gran industria y los intereses de las clases medias, sobre las cuales se apoyaba, apareció muy evidentemente en la entrevista de Hitler con Knickerbrocker:

 “No vamos a hacer depender las relaciones germano-americanas de una tienda (se trataba del futuro de la sucursal de Woolworth en Berlín) …La existencia de tales empresas es un acicate para el bolchevismo… Destruyen muchas pequeñas existentes y por eso no las toleraremos; pero pueden ustedes estar seguros de que sus empresas de este género en Alemania no serán tratadas distintamente que las alemanas.”[1]

Las deudas privadas exteriores eran muy pesadas para las clases medias. Pero mientras que Hitler preconizaba el pago de las deudas privadas, dado que, en el plano de la política exterior, dependía de la realización de sus compromisos, sus partidarios reclamaban su supresión. La pequeña burguesía se rebeló, pues, “contra el sistema” y por tal entendía ella el “régimen marxista” de la socialdemocracia.

Cualquiera que haya sido el deseo de asociarse y organizarse, en el curso de la crisis, de estas capas de la pequeña burguesía, la competencia económica entre las pequeñas empresas ha representado un obstáculo para el establecimiento de un sentimiento de solidaridad comparable al que hay entre los obreros industriales. Es su posición social la que impide al pequeño burgués identificarse con su propia capa social o con los obreros industriales; con su propia capa social porque en ella predomina la competencia; con los obreros industriales porque a nada le teme más que a la proletarización. El movimiento fascista tuvo, al menos, el resultado de unificar a la pequeña burguesía. ¿Sobre qué bases se ha realizado esta unificación, desde el punto de vista de la psicología de masas?

La posición social de los funcionarios del Estado y de los pequeños y medios empleados es la que nos proporciona la respuesta: el empleado y el funcionario medios se encuentran en una situación económica menos favorable que el obrero industrial medio; la inferioridad económica de los primeros, queda parcialmente compensada en los funcionarios del Estado por algunas esperanzas mínimas de promoción y por la perspectiva de una cierta seguridad económica hasta el fin de su vida. La dependencia característica de esta capa social con respecto a las autoridades, aboca a una actitud de competencia frente a sus colegas, incompatible con la formación de un auténtico sentimiento de solidaridad. La conciencia social del funcionario no está determinada por el sentimiento de una comunidad de destino con sus colegas, sino por la actitud cara a la autoridad establecida y a la “nación”. Para el funcionario, esta actitud consiste en una identificación absoluta[2] con el poder estatal; para el empleado, con la empresa en la que trabaja. En realidad, tanto el uno como el otro se encuentran en la misma situación que el obrero industrial. ¿Por qué no se desarrolla en ellos, como en este último, un sentimiento de solidaridad? Respuesta: porque ocupan una posición intermedia entre la autoridad y los trabajadores manuales. Súbditos con respecto a la autoridad, se convierten en los representantes de esa misma autoridad en sus relaciones con sus subordinados y, con este motivo, gozan de una especial protección moral (no material). Los cabos de todos los ejércitos del mundo nos proporcionan el ejemplo más típico de este producto de la psicología de masas.

La fuerza de esta identificación con el empleador se revela de una manera particularmente llamativa en el caso de los criados de algunas casas nobles, de algunos ayudantes de cámara que, al adoptar la apariencia, la mentalidad y las maneras de la clase dominante, sufren una modificación completa y a menudo la exageran para esconder sus orígenes modestos.

Esta identificación con la administración, la empresa, el Estado y la nación, que puede resumirse en la fórmula: “Yo soy el Estado, la administración, la empresa, la nación” es una realidad psíquica que nos proporciona uno de los mejores ejemplos de una ideología convertida en poder material. Al principio, el empleado o el funcionario se contentan con un parecido idealizado con sus superiores, pero poco a poco, de resultas de su dependencia material, su personalidad se transforma a imagen de la clase dominante. Por tener los ojos perpetuamente clavados en lo alto, el pequeño burgués acaba por cavar una josa entre su situación económica y su ideología. Pasando la vida en condiciones materiales penosas, se esfuerza por adoptar frente al mundo una actitud representativa, exagerada a veces hasta la caricatura. Se alimenta poco y mal, pero le concede un gran valor al ir “correctamente vestido”. El sombrero alto y el traje son los símbolos visibles de esta estructura caracterológica. Nada hay tan revelador, desde la perspectiva de la psicología de masas, como el examen del modo de vestir de una población. Esa “mirada clavada en lo alto” es lo que distingue esencialmente a la estructura pequeño burguesa de la del obrero de la industria.[3]

¿Hasta qué profundidades llega esta identificación con la autoridad? De su existencia no ha habido nunca duda alguna. Pero la cuestión es averiguar de qué modo han cimentado y fijado los hechos emocionales la actitud pequeño burguesa, al margen de los factores económico primarios, hasta tal punto que la estructura pequeño burguesa no ha sido sacudida ni siquiera en tiempo de crisis, cuando el paro zapaba sus soportes económicos.

Más arriba hemos afirmado que la situación económica de las distintas capas medias varía sensiblemente, mientras que su situación familiar es esencialmente la misma. La situación familiar es la que nos da la clave del fundamento emocional de la estructura descrita anteriormente.

Notas:
[1] Tras la toma del poder durante los meses de marzo a abril comenzó el asalto contra los grandes almacenes, que pronto frenaron los dirigentes del N.S.D.A.P. (prohibición de toda intervención no autorizada en materia económica, disolución de las organizaciones de las clases medias, etc.)
[2] El psicoanálisis llama “identificación” al estado de espíritu de una persona que comienza a sentirse una con otra, a adoptar las actitudes –y atributos de ella, que antes no tenía–, y a ponerse imaginariamente en su lugar; este proceso se basa en una modificación real de la persona, que “se identifica” con otra “interiorizando” los atributos de su modelo.
[3] Esta observación se aplica a Europa. En los Estados Unidos, el “aburguesamiento” de los trabajadores de la industria suprime tales distinciones

Fuente: Apartado 3º del capítulo 2º de Psicología de masas del fascismo, de Wilhelm Reich, septiembre de 1933."                 (Wilhelm Reich , El Viejo Topo, 03/11/21)