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4/9/23

Mariana Mazzucato : La sensación de ansiedad está en todas partes... por ello, los gobiernos debieran centrarse en la dirección de la economía... Después de todo, ¿de qué sirve un alto crecimiento económico si para él se precisan malas condiciones laborales o ampliar la industria de los combustibles fósiles? Significa alejarse de la financiación digital de la actividad económica y volver a comprometerse con invertir en la economía real... Los gobiernos que han tenido más éxito en catalizar el crecimiento lo han hecho cuando impulsaban otros objetivos, no el crecimiento por sí mismo. La misión de la NASA de enviar hombres a la Luna... hoy en día, si se considera la rapidez con la que está avanzando la inteligencia artificial, se precisan con urgencia gobiernos que puedan reformular la próxima revolución tecnológica en el interés de la gente... Para alcanzar un desarrollo inclusivo, debemos reconocer que los trabajadores son los verdaderos creadores de valor, y que sus intereses deberían tener un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza... de ahí la necesidad de reformular el crecimiento y reexaminar el Estado empresarial... La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente deseable... Para alcanzar una mayor producción económica que, al mismo tiempo, sea inclusiva y sostenible, los gobiernos necesitarán aceptar su potencial de ser creadores de valor y potentes fuerzas que dan forma a la economía. Si reorientamos las organizaciones públicas alrededor de misiones ambiciosas -en lugar de obsesionarnos sobre estrechas metas de crecimiento-, podremos estar a la altura de enfrentar los grandes desafíos del siglo veintiuno y tener la seguridad de que la economía crezca en la dirección correcta

 "La sensación de ansiedad está en todas partes, desde los debates de políticas de alto nivel y los manifiestos políticos a la cobertura noticiosa diaria. En Alemania, el último plan presupuestario del gobierno identifica un mayor crecimiento como una de las prioridades máximas. En la India, las autoridades nacionales se muestran anhelosas por reclamar el lugar de su país como la economía de más rápido crecimiento del planeta. En China, donde se ciernen perspectivas deflacionarias, es indiscutible que el gobierno está preocupado de alcanzar su objetivo de crecimiento de 5% para este año.

  En el Reino Unido, Keir Starmer, líder del opositor Partido Laborista, ha prometido lograr el máximo crecimiento sostenido del G7 si resulta electo, y los conservadores, desde el gobierno, expresan ambiciones parecidas (recordemos el ahora infame mantra de la ex Primer Ministra Liz Truss: “crecimiento, crecimiento, crecimiento”). 

Sin embargo, poner el crecimiento al centro de la elaboración de políticas económicas es un error. Aunque importante, el crecimiento en abstracto no es una meta ni una misión coherente. Antes de comprometerse a objetivos específicos (sean de crecimiento del PIB, producción global, etc.), los gobiernos debieran centrarse en la dirección de la economía. 

Después de todo, ¿de qué sirve un alto crecimiento económico si para él se precisan malas condiciones laborales o ampliar la industria de los combustibles fósiles? Es más, los gobiernos que han tenido más éxito en catalizar el crecimiento lo han hecho cuando impulsaban otros objetivos, no el crecimiento por sí mismo. La misión de la NASA de enviar hombres a la Luna y hacer regresarlos, produjo innovaciones en materiales aeroespaciales, electrónica, nutrición y software que más adelante aportarían un importante valor económico y comercial. Pero la NASA no se planeaba crearlas por esa razón, y es probable que nunca lo hubiera hecho si sus misiones se hubieran emprendido simplemente para aumentar la producción.

 De manera similar, la Internet surgió de la necesidad de que los satélites se intercomunicaran. Debido a su adopción generalizada, durante la última década el PIB digital ha estado creciendo 2,5 veces más rápido que el PIB físico, y hoy la economía digital está en camino de valer unos $20,8 billones estimados para 2025. Una vez más, tales cifras de crecimiento son resultado de un involucramiento activo con las oportunidades que presenta la digitalización; por sí mismo, el crecimiento no era el objetivo. 

 En lugar de centrarse en la aceleración de la brecha del PIB digital, los gobiernos deberían apuntar a cerrar la división digital y asegurarse de que el crecimiento actual y el futuro no se basen en el abuso del poder de mercado de las Grandes Tecnológicas. Si se considera la rapidez con la que está avanzando la inteligencia artificial, se precisan con urgencia gobiernos que puedan reformular la próxima revolución tecnológica en el interés de la gente.

  En términos más generales, impulsar el crecimiento en una dircción más inclusiva significa alejarse de la financiación digital de la actividad económica y volver a comprometerse con invertir en la economía real. Tal como están las cosas, demasiadas compañías (las manufacturas, entre ellas) están gastando más en recompras de acciones y pagos de dividendos que en capital humano, equipos, e investigación y desarrollo. Si bien tales actividades pueden reforzar el precio de la acción en el corto plazo, reducen los recursos disponibles para reinvertir en los trabajadores, haciendo mayor la brecha entre quienes controlan el capital y lo que no. La financiación suele basarse en la extracción de valor y la maximización de utilidades de corto plazo, en vez de creación de valor para beneficiar a la sociedad como un todo. Para alcanzar un desarrollo inclusivo, debemos reconocer que los trabajadores son los verdaderos creadores de valor, y que sus intereses deberían tener un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza.

 En este sentido, la nueva postura del Partido Laborista británico resulta preocupante. Es un acto reflejo para apaciguar a los líderes corporativos y refutar las afirmaciones de que son “antiempresas”. Los laboristas han suavizado su compromiso, previamente declarado, de brindar mayores protecciones a los trabajadores independientes. Y, sin embargo, el crecimiento impulsado por la inversión y los derechos de los trabajadores no deberían verse como prioridades en competencia. Equilibrar la gestión corporativa con un compromiso hacia los trabajadores no solo es esencial para alcanzar un crecimiento inclusivo: ya se ha demostrado que impulsa la productividad y el crecimiento en el largo plazo. La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente deseable. Como lo subrayé hace diez años, el estado tiene un importante papel empresarial que desempeñar. Después de los recientes intentos de los gobiernos de reactivar sus economías tras la pandemia, está claro que todavía tenemos pendiente el desarrollar nuevos caminos sobre cómo lograr un crecimiento que sea no solo “inteligente”, sino también verde e inclusivo.

 Los gobiernos necesitan rutas de política económica con objetivos claros que se basen en lo más les importe a sus pueblos y al planeta. El apoyo público para estos negocios debería estar condicionado a que se hagan nuevas inversiones que “aceleren y mejoren” el camino hacia una economía real más verde e incluyente. 

Piénsese en la Ley de CHIPS y Ciencias de Estados Unidos, que se propone impulsar la industria de los semiconductores local. La ley prohíbe el uso de los fondos para la recompra de acciones, y sería fácil de imaginar cláusulas adicionales que exijan que las utilidades futuras se reinviertan en formación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, para ayudar a orientar el crecimiento en la dirección correcta, los gobiernos también deben hacer inversiones orientadas a objetivos en sus propias capacidades, herramientas e instituciones. La externalización de capacidades centrales ha socavado su capacidad de responder a necesidades y demandas cambiantes, en último término reduciendo su potencial de crear un crecimiento y un valor público intencionados en el tiempo. Peor todavía, ya que las capacidades y experticia del sector público se han ido vaciando desde dentro, este se ha vuelto más susceptible para su captura por intereses creados. 

 Solo con las capacidades y competencias correctas los gobiernos podrán conseguir la movilización de recursos y la coordinación de iniciativas con empresas dispuestas a ir hacia esas metas en común. Para una estrategia industrial orientada a una misión se requiere que tanto el sector público como el privado funcionen simbióticamente. Si se hace bien, tal enfoque puede maximizar los beneficios públicos y el valor de largo plazo para las partes involucradas: el crecimiento impulsado por la innovación se convierte en sinónimo de un crecimiento inclusivo. 

 La pregunta que debiéramos estar haciéndonos no es cuánto crecimiento podemos lograr, sino de qué tipo. Para alcanzar una mayor producción económica que, al mismo tiempo, sea inclusiva y sostenible, los gobiernos necesitarán aceptar su potencial de ser creadores de valor y potentes fuerzas que dan forma a la economía. Si reorientamos las organizaciones públicas alrededor de misiones ambiciosas -en lugar de obsesionarnos sobre estrechas metas de crecimiento-, podremos estar a la altura de enfrentar los grandes desafíos del siglo veintiuno y tener la seguridad de que la economía crezca en la dirección correcta."

( Mariana Mazzucato, Profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público en el University College de Londres, Project Syndicate, 28/08/23)

3/3/23

Cómo democratizar el poder económico: las propuestas de “socialismo participativo” en Piketty.

 "Piketty es una buena referencia para dar solvencia técnica a un discurso alternativo.  Sin embargo, eso no le convierte en un analista político acertado si lo que se pretende es orientar «cómo se puede superar el capitalismo» , algo que necesita sortear la perspectiva técnica para adentrarse en el camino de lo políticamente factible.  No obstante, su aportación sirve para orientar un relato y sintetizar los elementos y espacios donde merece la pena incidir. 

Nos encontramos en un momento histórico que propicia una visión pesimista sobre la capacidad de las lógicas inclusivas para convertirse en dominantes. Pero esta realidad puede también leerse de otra manera: es la ausencia de alternativas democráticas, visibles y prácticas, al sistema capitalista y a sus crisis periódicas las que están detrás del pesimismo antropológico que se instala en la sociedad.

De un lado, es evidente que hace demasiadas décadas que la sociedad no tiene un referente por el qué luchar; de otro, que no hay posibilidad de cambio social sin una propuesta alternativa de bien común.

El estado de la participación de los trabajadores en las empresas, un referente de lo que supone la democratización económica, puede servir de termómetro  de las propuestas alternativas. Se trata de un debate maduro soportado con argumentos múltiples desde todas las perspectivas posibles: económicas, jurídicas, institucionales o políticas. Pero eso no significa, en absoluto, que haya avanzado en su aceptación social, sino todo lo contrario: en la medida en que han prosperado las propuestas participativas, han surgido, también, las resistencias a implantar los más mínimos cambios a la lógica tradicional del busines as usual.

La resultante es un vector que se nutrió principalmente de las diversas iniciativas nacidas en la segunda mitad del siglo XX (codeterminación, participación en beneficios, trabajadores accionistas, autogestión, proyectos cooperativos…) al que se han añadido experiencias locales de menor nivel.  Esos impulsos se han visto arropados (y escoltados) desde las instituciones europeas, propiciando determinados cambios normativos, aunque nunca con carácter de directiva con unos mínimos de implantación obligatoria.

Todo ello se ha visto acompañado, especialmente en momentos de crisis, de una retórica buenista y vacía, dominante en los mass media, sobre empresas responsables y/o sostenibles que se diluye tan fácilmente como se alimenta. 

Por otro lado, incluso en los países que fueron adalides de formas de cogestión, como Alemania, los institutos patronales empresariales no ocultan sus reservas respecto a lo que consideran un elemento de rigidez que les resta competitividad en los mercados globales, a pesar de que, como señaló Merkel en 2005, es evidente que la cogestión ha constituido “una ventaja y no una desventaja competitiva”, además de un factor decisivo de su liderazgo industrial.

Para terminar de completar este rápido diagnóstico es imprescindible incorporar, como hecho objetivo que explica lo anterior, un entorno en el que destaca la debilidad de las fuerzas sindicales, obligadas por factores tecnoeconómicos y políticos a actuar a la defensiva en estas tres últimas décadas, en batallas de resistencia para conservar derechos. Solo ahora, al menos en España, arropados por el gobierno progresista, empiezan a impulsar un empleo de más calidad y a dibujar una nueva batería de derechos que nos preparan para un modelo productivo mas tecnológico e inclusivo.

El socialismo participativo de Piketty

Es en ese contexto donde tienen valor las aportaciones de Piketty como forma de dar solvencia técnica a un discurso alternativo, aportando material a las fuerzas sociales para elaborar un relato de un futuro posible. Porque, es evidente que, sin vislumbrar el futuro, es imposible convertir en fuerza material las ideas transformadoras.

¿Cuáles son los rasgos que atribuiríamos al sistema económico en un entorno postcapitalista? ¿Cómo imaginamos la producción de riqueza y cómo su interrelación con el tiempo de ocio y el buen vivir? ¿Cómo imaginamos la propiedad de las empresas y cuales sus mecanismos de control, quiénes sus dirigentes y cómo la forma de elegirlos, cómo se tomarían las decisiones diarias y cómo las estratégicas?

Piketty propone “superar el sistema actual de propiedad privada” mediante dos pilares básicos: “por un lado, mediante la propiedad social y la división de los derechos de voto en las empresas y por otro, mediante la propiedad temporal y la circulación de capital”. Combinando ambas líneas de trabajo, afirma, “estaríamos ante una verdadera superación del capitalismo”.

Ocurre que no siempre la solvencia académica del análisis y la factibilidad política de sus conclusiones van de la mano, no siempre las soluciones técnicas, por muy brillantes que parezcan, son socialmente viables.  Pretender como solución, por ejemplo, un gravamen al patrimonio con un tipo anual del 10% a los de dimensiones cien veces por encima del promedio, o del 90% anual para los patrimonios diez mil veces por encima del patrimonio medio, se antoja un brindis al sol. Una sociedad que pudiera implantar esa medida habría recorrido un larguísimo camino respecto al punto que nos encontramos. Y desde luego, suena a utopía lejana pensar que la lógica del capitalismo actual, obsesionado por la desfiscalización, pudiera asumirlas.

En cualquier caso, dejando al margen propuestas concretas, marca un camino sugerente que conviene repasar para extraer de él la máxima utilidad.

Democratizar el poder en la empresa (o cómo romper la lógica entre propiedad y dominio).

Piketty recupera en este ámbito buena parte de las iniciativas ya implantadas en el pasado con el propósito de revitalizar el poder colectivo de los asalariados en el seno de la dirección y la gestión de las empresas.

Lo hace desde una síntesis entre la propiedad social y la capacidad de decidir que intenta superar los déficits detectados en los modelos participativos vigentes. Por un lado, esa síntesis diluye la confrontación entre un modelo puramente cooperativo (una persona, un voto) y uno puramente propietarista (una acción, un voto). Por otro lado, al abandonar la idea de la propiedad estatal (o pública) como principal referente del socialismo, remarca un camino de socialización de la propiedad en el que se incentiva la presencia de propietarios realmente involucrados en el futuro de la empresa y en su gobierno, particularmente sus trabajadores. Por último, pretende ir más allá de la cogestión, al conectarla con la propiedad social, un paso imprescindible para reequilibrar el actual reparto de “valor añadido” entre beneficios y salarios.

Conviene que nos detengamos en los pasos que propone para desarrollar lo que denomina un régimen de “propiedad social”.

Se trata de superar el principio básico del capitalismo por el que la propiedad se convierte en el origen exclusivo del dominio, es decir, la que concede al propietario todas las facultades que pueden ejercerse sobre los bienes y derechos. Romper ese vínculo supone disociar la conexión entre la propiedad accionarial y el poder de decisión en las empresas y, para ello, propone como solución un escenario que haga compatible la libertad para que un inversor aumente sus cuotas como accionista, mientras restringe su capacidad de influir en el gobierno fijando un tope máximo, (por ejemplo, del 10%) a los derechos políticos. Es decir que, consiste en limitar los derechos de voto y el poder de decisión de los accionistas más importantes.

El segundo paso, siguiendo la lógica de la cogestión, busca abrir la participación a los asalariados (o sus representantes), hasta “la mitad de los derechos de voto en los consejos de administración o de dirección de todas las empresas privadas, incluyendo las más pequeñas”, objetivo que se ubica entre los planteamientos más ambiciosos de las experiencias de codecisión socialdemócratas del siglo pasado.

La lógica de la propiedad social podría reforzarse mediante el desarrollo de “accionistas asalariados” para facilitar mayorías con capacidad de influir en las decisiones, añadiendo su representación en tanto que accionistas a la que ya dispongan como asalariados.

Como ejemplo más ambicioso de propiedad social, cita y recupera el “sistema 2x+y” propuesto por el laborismo en la época de Harold Wilson (1977/78).  Concede al capital y a los representantes de los trabajadores un mismo nivel de participación en el gobierno corporativo (que son “las 2x” de la formulación) pero reserva el resto de participación (el “y”) para un representante público que defiende el interés general en representación de los bienes y servicios públicos aportados a la generación de valor.

Fiscalidad para gravar el patrimonio ocioso (o cómo financiar una “herencia ciudadana” universal).

Esa síntesis entre propiedad social y capacidad de decidir se complementaría con un impulso a la que denomina “propiedad temporal” que la asocia a un impulso a la circulación del capital. Quiere evitar, con ello,  las consecuencias indeseadas de la concentración de riqueza en las grandes fortunas convertidas en un patrimonio ocioso que apenas genera utilidades materiales a la sociedad.

En su esencia, propone recuperar la lógica de las desamortizaciones del siglo XVIII que evite que la riqueza se concentre en “manos muertas” e improductivas (antes, el clero y los aristócratas; ahora, las grandes fortunas) y circule hacia otros grupos sociales más dinámicos.

Esencialmente consiste en un impuesto anual sobre los patrimonios (cuya base imponible incluiría todo tipo de activos) y sobre su transmisión hereditaria, con el objetivo de favorecer la circulación permanente de la riqueza.  Como reconoce las fuertes resistencias psicológicas que genera la penalización fiscal de las herencias se decanta por gravar el patrimonio con unos tipos fuertemente progresivos (ya comentados), que supondrían, incluso con tipos menos ambiciosos, un vuelco revolucionario.

Una  de las novedades de su propuesta es que los recursos así alcanzados tendrían un destino finalista: financiar un fondo suficiente para dotar a cualquier individuo, a los veinticinco años de edad, de una herencia básica ciudadana de alrededor de 120.000 € en los estados centrales del capitalismo. De alguna forma, esa idea[1] convierte en derecho el recibir un patrimonio privado que podría dedicarse tanto a comprar una vivienda que a impulsar una propuesta emprendedora. De alguna forma, sustituye a la de “renta básica”, asociada a un derecho universal de ciudadania y garantía de subsistencia, e incorpora una nueva perspectiva propietarista a la igualdad de oportunidades. A su favor, la evidencia de ser, además, más barata de financiar.

Conclusiones

Piketty cierra con ello un camino reformista que ofrece una salida inclusiva al capitalismo excluyente. Sorprende que no aborde las posibilidades que ofrece el momento histórico presente, marcado por las transiciones tecnológicas, medioambientales y demográficas. Y en particular la coincidencia entre el creciente peso del  capitalismo cognitivo y de activos intangibles con un momento demográfico que convierte en dominantes las organizaciones con plantillas adultas y maduras, que pueden aportar un cambio en los consensos empresariales y en la misma creación de valor.[2]

Su enfoque académico se nota en el convencimiento aparente de que las buenas ideas se acaban imponiendo, cosa que solo ocurre cuando fortalecen el discurso social y se convierten en fuerzas materiales (apoyos sociales, fondos económicos, votos). Lo esencial, por tanto, es que sus propuestas aporten solvencia a un relato que facilite nuevos equilibrios políticos y sociales muy diferente al actual o que se reconozcan como solución ante un abismo de tal magnitud que pusiera en crisis evidente la supervivencia del sistema."                     

(Ignacio Muro Benayas, Miembro de Economistas Frente a la Crisis, Plataforma por la Democracia económica, 08/07/22)

21/9/21

Nueva Zelanda deja de lado el PIB para centrarse en el 'bienestar real' de la población

 "Nueva Zelanda presentará el próximo jueves su primer presupuesto de "bienestar", que prioriza la mejora en la calidad de vida frente a los indicadores económicos, en lo que sus partidarios ven un ejemplo de vanguardia social y sus detractores pura retórica.

"Si bien el crecimiento económico es importante, y es algo que seguiremos buscando, por sí mismo no garantiza las mejoras de los estándares de vida de los neozelandeses", dijo el pasado viernes la primera ministra, Jacinda Arden, en un encuentro con empresarios en Auckland.

"Nadie quiere vivir en un país donde a pesar de un fuerte crecimiento económico hay familias sin hogar, el medio ambiente se degrada con rapidez o las personas con problemas de salud mental no reciben el trato que necesitan", añadió la dirigente laborista.

Un presupuesto social

El presupuesto -cuya preferencia por el bienestar fue anunciado por Ardern en el Foro Económico Mundial de Davos de enero- pone el foco en la indigencia, la pobreza infantil, la violencia doméstica, la salud mental y los maoríes y los indígenas del Pacífico, entre otros.

Ardern defendió cambiar el enfoque tradicional del presupuesto basado en un análisis de coste beneficio "cortoplacista" y centrarlo "en áreas en las que las pruebas muestran que tenemos grandes oportunidades para mejorar el bienestar de los neozelandeses".

Para establecer las prioridades se utilizó una herramienta del Ministerio de Finanzas llamada "Marco de los estándares de vida", basada en parámetros como la identidad cultural, el medio ambiente, la vivienda, los ingresos, el consumo y las conexiones sociales.

 Para financiar el giro hacia el bienestar, Ardern dio instrucciones a sus ministros para que identifiquen áreas en las que se puedan hacer recortes y elevó el límite de la deuda neta del 20 al 25% del PIB, lo que ha sido criticado por la oposición conservadora.

 La búsqueda del bienestar en el presupuesto se aplicará a los "nuevos gastos y no a todo el presupuesto de forma integral", precisó a Efe el expresidente del Banco Central de Nueva Zelanda y profesor de Economía de la Universidad Victoria, Arthur Grimes. "Esto es importante saberlo porque los nuevos gastos son una pequeña parte del presupuesto", indicó.

"La retórica es nueva, pero la práctica no lo es", añadió Grimes que señaló que los anteriores gobiernos del país ya incluyeron medidas de asistencia social en sus presupuestos y que el cambio estaría más en la atención en "unos cuantos aspectos específicos del bienestar".

Las cuentas del Bienestar cogen en un buen momento a Nueva Zelanda que, según prevé el FMI, crecerá un 2,5% en 2019 y un 2,9% en 2020 pese al ralentizamiento de la economía global y la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

"Estrella del rock"

Su economía, que ha sido calificada como una "estrella del rock", no es inmune a la incertidumbre global que podría afectar las exportaciones del país, que goza de una baja inflación, una tasa estable de paro, superávit presupuestario y una deuda pública moderada. "Pero, ¿cómo podemos ser 'estrellas de rock' con indigencia, pobreza infantil y con un alza de la desigualdad?", se preguntó el ministro de Finanzas, Grant Robertson.

La iniciativa neozelandesa sigue a la de Bután, que en 2008 introdujo el indice de felicidad nacional para guiar la política de su gobierno, y a declaraciones como las del ex primer ministro británico David Cameron o del expresidente francés Nicolás Sarkozy, que en su momento abogaron por priorizar como criterio el bienestar frente al PIB.

Pero según Grimes, la propuesta gubernamental plantea dudas debido a la falta de metas claras y de mecanismos para evaluar sus resultados y por dar por descontado que la mejora de ciertos aspectos llevará a la gente a pensar que también mejora su bienestar.

"No sabemos si esto ayudará a la gente a mejorar sus vidas. Esto es algo que falta (...) no tenemos cómo medirlo", dijo el expresidente del Banco Central. "La intención es fantástica, la retórica es mejor y estamos aguantando la respiración para ver cuál es la sustancia", concluyó Grimes."    (El Economista, 27/05/19)

21/4/20

Kate Raworth: "La 'economía del donut' satisface las necesidades de todas las personas, pero dentro de los límites del planeta"

"Para ella, la economía tendría que tener la forma de un donut, de una rosquilla. Kate Raworth (Londres, 1970) ha planteado una teoría que rompe con el mercado tal y como es hoy. Propone dejar de buscar riqueza a costa de los límites ambientales y la justicia social. 

Su teoría fue presentada como un documento de trabajo para Oxfam en 2012, después tomó protagonismo en la Asamblea General de la ONU y fue un referente para el movimiento social Occupy London. 

Su teoría perfila una transición desde la que llama economía del siglo XX a la del XXI, en la que el PIB, un índice finito, sería sustituido por una rosquilla que pone en relación las necesidades humanas con el impacto ambiental de la economía en la sociedad y la Tierra como ente vivo.

Estudió Economía pero no se siente economista. ¿Por qué?

Me defino como economista renegada y me parece razonable. Creo en el concepto griego de economía como el arte de gestionar el hogar. La Universidad debería reconocer que el sistema de producción y distribución depende de la sociedad y del mundo vivo, donde está integrado, y de la salud de ambos. La economía es interdependiente de la salud y los recursos del planeta, son las fuentes a las que recurre. Todos los economistas deberían repensar los indicadores del mundo en el que vivimos y plantearse cómo manejamos nuestros recursos planetarios. Este debería ser el punto de partida: la naturaleza es inherente a la economía.

Cuando llama a huir del planteamiento del siglo pasado, ¿a qué se refiere?

En la década de 1870 los economistas hicieron una analogía entre las leyes del movimiento de Newton y la economía: al igual que la gravedad atraía cosas hacia ella, los precios iban a atraer a la economía al equilibrio. El problema es que, mientras la ciencia avanzó, la economía se quedó en el siglo XIX. Si se trata de manejar tu hogar, primero tienes que entender cómo funciona. Aprender de la psicología, la neurociencia, la sociología, la antropología y la ciencia terrestre. Hay que poner por delante el bienestar humano y planetario y la salud de ambos. El indicador del crecimiento es el PIB, pero debería ser la prosperidad humana. Hay que plantearse qué tipo de mentalidad económica, instituciones, políticas y estructuras hacen falta para ello.

Propone una nueva estructura en forma de donut. ¿Qué significa?

Es un diagrama que aspira a condensar el salto del viejo al nuevo pensamiento económico. El reto es crear economías locales y globales que lleven a todos al espacio seguro y justo del donut [el aro principal, por debajo del cual se encuentran las carencias del sistema y por encima, los excesos]. En lugar de perseguir un PIB cada vez mayor, es hora de descubrir cómo prosperar de forma equilibrada. La economía del donut satisface las necesidades de todas las personas, pero dentro de los límites del planeta. ¿Qué tipo de economía del siglo XXI podrá hacer esto?

Quiere cambiar el PIB por el donut

El Producto Interior Bruto pertenece a lo que yo llamo economía del siglo XX, es una forma de medir la producción con la que llevan obsesionados desde 1930. Aquel indicador de progreso resultó útil: sirvió para compararse con otros países. La OCDE ha hecho clasificaciones desde 1960 para incentivar la competitividad y seguir creciendo. Se ha utilizado para justificar desigualdades extremas de renta y la destrucción del medio natural. Hay muchos aspectos limitantes en esta forma de pensar. El siglo XXI va a incluir otras métricas que respeten los derechos humanos de todas las personas y el planeta.

¿Por qué es tan importante el medio ambiente en su sistema?

El bienestar humano depende de la tierra viva. Si queremos tener suficiente comida, necesitamos suelos fértiles y un clima estable. Si queremos vivir de forma saludable, necesitamos aire limpio y una capa de ozono. Nuestro bienestar depende de los sistemas que soportan la vida en la Tierra. Estos apenas se entendieron en el siglo pasado y se dejaron al margen de la teoría económica. Es hora de ponerlos en el centro de nuestra visión del bienestar.

¿Cómo propone su teoría repartir la riqueza?

Hay que pre-distribuir las fuentes del crecimiento y de conocimiento. Por ejemplo, ayudar a que la propiedad distribuida, compartida, de energías renovables y ayudar a que a que las comunidades sean propietarias. El crecimiento de las licencias de código abierto son conocimiento de forma distributiva; en cuanto a la vivienda, apoyar un modelo más distributivo, por ejemplo, mediante cooperativas. La reforma es profunda. Más que confiar en la redistribución de los ingresos, hay que plantear instituciones más distributivas y pensar cómo crear una economía con tecnología, con diseño.

¿En qué se diferencian la gestión centralizada y distributiva?

Pensemos en la energía fósil: se extraía, se refinaba y se vendía, eso era una gestión centralizada en manos de una empresa que tiene los derechos de una explotación y gestiona todo. En el caso de la energía, la distribución por diseño serían las pequeñas estaciones solares de una casa. En el siglo XX la propiedad se volvió muy importante, un campo de batalla entre compañías, con sus patentes y la propiedad intelectual. Se boicoteaban para que la innovación no creciera. Hoy tenemos 'creative commons', licencias de uso colectivas y estándares abiertos, otra forma de distribución por diseño. En materia de instituciones, se puede aplicar el mismo modelo y cambiaría su comportamiento.

¿Cómo deberíamos cambiar entonces la forma de hacer negocios?

Planteándonos: ¿Por qué una compañía puede explotar los recursos de la tierra con la bandera de conseguir beneficios y aumentar las ventas?; ¿por qué tiene derecho a socavar los derechos sociales? El diseño de las empresas del siglo XXI tiene que generar valor social, ambiental y cultural y compartir y beneficiar la creación conjunta y devolver al planeta del que dependemos. Entonces, de pronto las empresas viejas se van a quedar realmente viejas, caducas, no van a tener sitio. Pero, cuidado, hay empresas que quieren repensar sus modelos y puede pasar como con la mal llamada economía colaborativa: que sean negocios de antes con el disfraz de nuevo.

¿No cree usted en la economía compartida?

Los cambios de modelo, tecnológicos y de uso siempre van a traer de la mano posibilidades muy distintas, pero la palabra compartir implica otras cosas más humanas y profundas en la naturaleza. Nunca llamaría a Airbnb economía compartida. Esto es microcapitalismo, sigue siendo alquiler, no es compartir, aunque el término esté tan extendido. La tecnología no siempre aboga por distribuir de forma igualitaria los recursos. La red, por ejemplo, está dominada por Facebook, Ebay, Google… unas pocas empresas toman ventaja de las redes en las que están.

¿Internet tiene marcha atrás?

Internet 2.0 se ha vuelto algo muy concentrado, pero no siempre fue así. Internet 1.0 alojaba redes más auténticas, con más valor. Estamos en los inicios de Internet 3.0; la gente está empezando a reaccionar, a rebelarse contra todo, a entender los efectos negativos de esas redes, de ese Internet. Les preocupa la privacidad, los precios de los alquileres… Internet tendrá un valor distinto si somos capaces de crear, de tejer otro tipo de redes de colaboración: más pequeñas, mejor conectadas entre sí y no dominadas por los grandes de Internet.

¿Cómo se hará la transición?

Habrá viejos agentes que se transformarán para formar parte del nuevo sistema, pero va a ser costoso. Por ejemplo, el rediseño que plantea el donut consiste en que las compañías podrían empezar a vender servicios en vez de productos: iluminación en lugar de bombillas.

¿Qué ejemplos conoce que estén en este nuevo paradigma?

El director ejecutivo de Unilever, Paul Polman, está intentando reinventar la compañía, darle un propósito del siglo XXI, pero sigue estando en manos del mercado, cotiza en bolsa, sigue rigiéndose por el cortoplacismo. Patagonia es una empresa que de base tiene un sistema distinto, que trabaja para cambiar el sistema en el que vivimos. Yvon Chouinard (1938, Lewiston) la fundó sobre valores realmente ambientales –es escalador y ecologista– y así la filosofía de marca.

O Houdini, fundada en la base de los límites planetarios. Las empresas pueden pensar que su sistema no puede aplicarse en el mundo en el que vivimos, en donde casi todo es extractivo o tiene obsolescencia. Yo hablo también en mi teoría de la ética. Supongo que no es muy ético fabricar algo que sabes que se va a romper.

¿Las pequeñas empresas tienen más posibilidades de transformarse en empresas del siglo XXI?

Es cierto que las start-up, a priori, tienen más posibilidades de cambiar sus estructuras o de nacer con un modelo de negocio más circular, pero cuando hablo con ellas, lo que más repiten es que tienen que crecer, es lo que más les importa, en eso está basado su modelo. Todas están compitiendo en el mismo terreno de juego, aunque a veces en mundos paralelos. Puedes centrar tus esfuerzos en ser sostenible y regenerador, pero en última instancia depende de la estructura de la compañía. Obtener el mayor retorno y beneficios posibles debe dejar de ser la meta. Y la base debe ser la protección ambiental, no puede ser algo accesorio.

No es partidaria de poner freno a los abusos ambientales con impuestos. ¿Por qué?

Los impuestos, las cuotas y los precios escalonados pueden contribuir a aliviar la presión que la humanidad ejerce sobre las fuentes de la Tierra, pero son insuficientes. Las empresas ejercen presión para retrasar su puesta en práctica o reducir los tipos fiscales, obtener bonificaciones... Los Gobiernos ceden porque temen que su país pueda perder competitividad o su partido pierda votos. 

Las cuotas e impuestos que limitan las existencias y reducen los flujos de contaminación pretenden cambiar el comportamiento de un sistema; pero son palancas de baja influencia. Cuando la industria va de fabricar, usar y tirar, los incentivos no evitan que los recursos se agoten; lo que se necesita es un paradigma de diseño regenerativo que cambie las empresas.

¿Y por dónde empezamos?

Por ejemplo, por sacar del mercado los plásticos de un solo uso y los productos con obsolescencia. Hay que crear un ecosistema de materiales distinto al que tenemos y hacerlo de la mano de las empresas. Algunas compañías tienen en sus plantillas algunos de los ingenieros y diseñadores más ingeniosos y brillantes, estoy segura de que harían diseños más efectivos si fuera su objetivo. 

Hay que pensar que todos los materiales, sean biológicos o técnicos, sean metales, fibras que no se descomponen naturalmente deben ser diseñados para ser reutilizados o reacondicionados y en última instancia, reciclados.
Mire por ejemplo los teléfonos móviles: en 2010 solo se reutilizó el 6%, el 9% se desmontó para reciclar y el 85% fue al vertedero. Se tiene que diseñar de otra forma.

¿El donut acabará con la desigualdad?

El 45% de las emisiones contaminantes parte de la demanda de un 10% de la población. Hay una enorme diferencia en el uso que se hace de los recursos planetarios. Uno de los principales propósitos del donut es crear una economía regeneradora y reducir esta brecha; eliminar los extremos en el bienestar. 

Y una de las razones por las que he insistido tanto en los límites planetarios es por el cambio climático. Sé que es un proyecto muy audaz para el siglo XXI, pero es precisamente este el tipo de proyecto que debemos abordar, porque no podemos dejar este legado a los que vengan después y los hijos de éstos. Y debemos sentirnos orgullosos de ponérnoslo como meta."          

(Entrevista a Kate Raworth, economista, Belén kayser, 16/04/20 , esta entrevista ha sido publicada en el N15 de la revista Ballena Blanca)

26/9/19

Una Introducción al modelo de la Economía Participativa (Parecon)

"Este artículo presenta brevemente el modelo político y económico que Michael Albert y Robin Hahnel han llamado Parecon (Participatory Economics o Economía Participativa). El modelo ha suscitado gran interés dentro del movimiento libertario y en todos aquellos teóricos y activistas que están generando y proponiendo alternativas al sistema socioeconómico dominante.
La Economía Participativa, que nació a principios de los 90, pretende promover que todas las decisiones económicas a la hora de producir y consumir sean tomadas de una forma democrática y participativa. 

Como democrática, los autores no entienden la actual estructura de democracia representativa, sino aquella en la que las personas participan directa y activamente en todas las cuestiones que afecten, en mayor o menor grado, sus vidas. Pero voy a dejar que sea M. Albert quien defina su modelo:

El Parecon rechaza la propiedad privada de los medios de producción, la organización corporativa del trabajo y los mercados y/o la planificación centralizada. En vez de ser los capitalistas o los gerentes los que gobiernen a los trabajadores, Parecon es una economía donde los trabajadores y los consumidores cooperan para determinar sus preferencias económicas y se benefician de éstas, de forma que promueven la equidad, la solidaridad, la diversidad y la autogestión. El Parecon no entiende de clases.”

El análisis que M. Albert y R. Hahnel hacen a la hora de comparar diferentes estructuras político-socioeconómicas toma como punto de partida cinco “valores económicos”: equidad, diversidad, solidaridad, autogestión y eficiencia.(...)

El modelo de la Economía Participativa

Antes de nada, voy a explicar las instituciones que constituyen el modelo y sus características básicas para poder entender así mejor la crítica que posteriormente vayan a hacerle:

1.- Consejos de productores y consumidores: estos serían los órganos fundamentales para la producción y el consumo. Las personas toman el papel de productores (en la fábrica, oficina o lugar donde trabajen) revelando públicamente las características cuantitativas (que podrían representarse mediante un sistema de precios) y cualitativas de su trabajo: el tiempo y los materiales necesarios para producir, el grado de esfuerzo que la tarea implica, las habilidades necesarias para realizar la tarea, las condiciones laborales, etc. 

La toma de decisiones se haría democráticamente y dependiendo de su relevancia tendría que aprobarse por una votación por mayoría, 2/3 del total o si fuera necesario, por consenso. Los consumidores tendrían que aportar la misma información pero agregando las preferencias de cada individuo, barrio, pueblo, ciudad, región o federación, en un plan propio. 

Esto es porque existen diferentes niveles de necesidades, no es lo mismo necesitar un cepillo de dientes, que una biblioteca pública para el municipio o una carretera que una dos ciudades; cada agrupación haría una propuesta con su cesta de consumo teniendo en cuenta el trabajo que cada unidad hubiera realizado y lo que se ha necesitado para producir dichos bienes, al igual que las condiciones de los trabajadores que producen dichos bienes.

2.- Planificación participativa: En asambleas de barrio, ciudad, región y federación, se toman y coordinan las decisiones que afectan a cada nivel, uniendo propuestas y resolviendo los conflictos que puedan surgir de las diferentes preferencias. 

Así, siempre y cuando se asegure una cesta de consumo mínimo por cada barrio y por cada individuo, independientemente del trabajo mejor o peor realizado; a través de los precios, que reflejaban las características cuantitativas del proceso productivo, y la información cualitativa que los trabajadores hayan aportado, las asambleas intentarán enlazar la oferta y la demanda repetidas veces, haciéndoles a los agentes modificar sus propuestas hasta que lleguen a un punto en común. Albert y Hahnel proponen que exista un Comité de Asistencia a la Iteración que trabaje exclusivamente para coordinar este proceso.

3.- Combinaciones equilibradas de empleo: El modelo de la Economía Participativa no aboga por la especialización, que supone la existencia de personas con mayor capacitación para obtener información y habilidades, sino por que cada persona realice una pluralidad de tareas y se promueva la rotación en el lugar de trabajo.

 De esta forma, el cirujano no sólo se dedicaría a operar al paciente, también tendría que, por ejemplo, destinar una parte de su trabajo a limpiar y organizar el laboratorio o a hacer la labor de secretario. Cada cual sería libre de decidir dónde trabajar, pero debido a que el empleo no estaría restringido exclusivamente a una tarea, los trabajadores tendrían que realizar una pluralidad de actividades asumiendo diversas responsabilidades.

4.- Remuneración: Ya que en el Parecon no existe la propiedad privada sobre los medios de producción (aunque sí que se concibe la posesión de ciertos bienes, concepto que Proudhon bien describió), la variable que proponen como retribución al trabajo que cada individuo aporta a la sociedad es el esfuerzo. 

Es decir, proponen que la remuneración tendría que calcularse según las horas de trabajo empleadas y, teniendo en cuenta también, cuánto de satisfactoria fuese la tarea realizada. Así, habría que establecer ciertas medidas estándares basándose en las horas de trabajo y la información cualitativa enviada por cada puesto de trabajo. 

Por ejemplo: en un mismo puesto de trabajo que agrupe una serie de tareas similares, obtendría una mayor remuneración aquel que trabajara proporcionalmente más horas aparte del mínimo necesario, sin tener en cuenta la productividad de cada trabajador. Esta remuneración extra la habría obtenido para poder consumir alguna facilidad que estuviera fuera de la cesta básica de consumo otorgada a cada persona por el mínimo de horas que se le exige. Tampoco tendría por qué cobrar más un editor que trabaja seis horas que un minero que trabaja cuatro, ya que el trabajo del último es más arduo y menos gratificante que el del primero.

¿Cómo responden estas cuatro características ante los principios de equidad, diversidad, eficiencia, solidaridad y eficiencia?

Una buena definición de equidad es que cada persona recibe por lo que ha hecho lo que merece. […] El Parecon recompensa el esfuerzo y sacrificio. Si uno piensa que hacer esto es justo, favorecerá el Parecon en esta puntuación. […] No todo el mundo obtendrá lo que siempre merece, pero las desviaciones no serán sistémicas, no enriquecerán a ningún sector a expensas de otro.”

En cuanto a la solidaridad, ya que nadie se puede beneficiar a expensas de terceros, además de que si alguien mejora sus condiciones laborales también mejorarán las de los demás (debido a las combinaciones equilibradas de empleo), podemos decir que cuando una persona gana, ganan los demás. Esta dinámica promueve la solidaridad y la reciprocidad, al igual que suscita el deseo de querer que los demás mejoren su condición porque dichas mejoras nos repercutirán a su vez positivamente.

La rotación y la capacitación de las personas en las diferentes tareas que puedan realizarse en un lugar de trabajo promueven la diversidad, al igual que enriquece los conocimientos y habilidades de los trabajadores. Este dinamismo limita la estratificación y potencia que las personas lleguen a realizarse y disfruten de la variedad.

Así habla Albert de la autogestión: “Las decisiones en este modelo se toman según el método que mejor permita a la persona influenciar proporcionalmente sobre las decisiones de acuerdo a cuánto le repercutan sobre sí mismo. ¿Puede conseguirse esto todo el tiempo? Por supuesto que no. Pero, ¿proporciona el Parecon el contexto, la información y los incentivos para lograr dicho objetivo? Sí, es una característica clave del modelo.”

Para terminar, la respuesta que dan al criterio de eficiencia es completa pero muy extensa, por lo que me ceñiré a decir que, debido a que el Parecon pretende integrar en la toma de decisiones a los agentes que se benefician o perjudican de la actividad económica, las decisiones a las cuales se llegue, revelarán preferencias más exactas que las que la economía de mercado o la planificación centralizada pueda ofrecer con su sistema de precios. 

El resultado de los procesos de negociación será más exacto al introducir información cuantitativa (precios) y cualitativa (condiciones laborales, etc.), y los recursos que se destinen tendrán un mayor grado de adecuación con las necesidades y preferencias de los individuos y la sociedad.

Algunas conclusiones

Antes de terminar, me gustaría comentar brevemente una cita de R.Hahnel durante su conferencia en las Jornadas del Centenario de la CNT (22 de abril de 2010, Barcelona):

la perspectiva anarquista no ve la necesidad de planificar detalladamente los procedimientos que ayuden a productores y consumidores, quienes deberían tener autonomía en algunos aspectos pero no en otros. Actividades de planificación que están fuertemente interrelacionadas y que deben realizarse simultáneamente de forma equitativa y eficiente. Por desgracia, como economista profesional debo decir que me parece que todo el debate dentro de la Izquierda acerca de cómo organizar una economía autogestionada peca de… ¿cómo decir esto sin caer en el insulto?… ingenuidad y desinformación, le sobra la tozudez del creyente pero carece de soluciones concretas para problemas reales.”

Como él bien expresa, la izquierda radical ha tenido y tiene (todavía) miedo en plantear abiertamente un programa político-económico completo. Puede ser porque nadie quiera caer gratuitamente en disquisiciones fútiles. De hecho, probablemente sean conscientes Hahnel y Albert de que el Parecon, tal y como lo proponen, nunca llegue a existir, ni llegue siquiera a aproximarse a la sociedad del futuro (sea lo que sea) en lo más mínimo. Supongo que la gente no quiere arriesgarse a presentar (para no imponer) públicamente una visión de cómo tenemos que interactuar en el mundo, y de cuáles son las pautas que debemos seguir para llegar a la deseada libertad, porque nadie posee ni poseerá dicha llave.

Pero tampoco quita que haya que intentar imaginar y visualizar aquel objetivo por el que trabajamos y luchamos, ya que puede facilitar el trabajo del presente y la creación de estrategias y tácticas de actuación eficaces. En este caso, los dos economistas americanos se han zambullido en el difícil trabajo de estructurar y delimitar las diferentes pautas y órganos que podrían regir una futura sociedad. No hay que restar importancia al esfuerzo que han realizado para explicar por qué es deseable una “visión económica anarquista”, ya que este trabajo puede llegar a aportar ideas que clarifiquen algunos de los principios por los cuales nos podríamos mover, al igual que, como ya he dicho antes, algunas de las estrategias que podríamos establecer para cambiar, si es posible, nuestra sociedad.

Recomiendo, por lo tanto, la lectura del libro Parecon: Vida después del capitalismo, porque puede resultar útil para que desaparezcan de nuestra conciencia ciertas reticencias a nuevos modelos, y podamos plantear sin miedo y con mayor claridad programas políticos mejor estructurados y presentarlos como una alternativa bien fundamentada al sistema socioeconómico predominante. (...)"             (Jon Las Heras Cuenca, Economía crítica y crítica de la economía, 20/05/12)

23/9/19

El modelo de la Economía Participativa es una alternativa al capitalismo y al socialismo de mercado, porque es un sistema de planificación participativa bastante completo, ya que permite analizar cómo se toman las decisiones... En Cuba podrían hacer un cambio en el sistema de planificación que sería magnífico y que podría hacerse bastante rápido...

"(...) DIAGONAL: ¿Podrías definirnos las ideas que, junto a Michael Albert, has desarrollado en el modelo de la Economía Participativa?

ROBIN HAHNEL: Es una alternativa al capitalismo y al socialismo de mercado, porque es un sistema de planificación participativa bastante completo, ya que permite analizar cómo se toman las decisiones. Refleja las posiciones del socialismo libertario desde hace años y en sus diversas tradiciones. Tiene varias partes: con respecto al trabajo, hay un consejo de trabajadores, donde cada persona tiene un voto de cara a la toma de decisiones. 

También se propone que los consumidores se organicen formando consejos en sus barrios. Proponemos que los consejos de trabajadores y los consejos de consumidores, en sus barrios, realicen sus propuestas de lo que quieren hacer, desde el punto de vista de producir o consumir, y ellos mismos negocien cómo van a unir eso en un plan anual factible. 

Desde mi punto de vista, esta idea de planificación enfatiza que los trabajadores y consumidores participen en la formulación de sus propias actividades. Esto se distingue de otras concepciones de planificación mediante representantes que van a reuniones de planificación a gran escala.

En nuestra opinión esto no da suficiente autonomía a los trabajadores en sus propias empresas y a los consumidores en sus barrios.

D.: Y en los consejos de trabajadores, ¿cómo se reparten los frutos y ganancias del trabajo?

R.H.: Esto también es parte de nuestra propuesta, en la que se remunera a los trabajadores según su esfuerzo. Esto se decide por los propios trabajadores dentro del consejo, en función, por ejemplo de las horas trabajadas. A veces las horas de unos no suponen lo mismo que las horas de otros: nadie mejor que el propio consejo y las personas con las que uno trabaja para evaluar esto. Es necesario reconsiderar cómo se organiza el trabajo para construir una economía socialista libertaria. 

 Algunas tareas aumentan el poder de la persona para participar en la toma de decisiones. Hay que reorganizar el trabajo para que todos tengan acceso a tareas que dan el poder de participar. Hay que alternar las tareas para que no haya personas que siempre tengan que asistir a reuniones y evaluar situaciones mientras otras están siempre trabajando con las manos.

Si dejamos la organización de esta manera, llegamos a la forma tradicional tanto del capitalismo como del socialismo soviético del siglo XX, donde, aunque cada trabajador tenga su voto, se da una democracia formal, pero no real. Hay que transformar el trabajo si queremos una situación en la que se dé una participación efectiva para que cada persona tenga acceso y oportunidades en la toma de decisiones.

D.: ¿Qué estrategias de transición pueden establecer los movimientos sociales para avanzar hacia este modelo?

R.H.: Depende mucho de los países y las condiciones de sus movimientos sociales. Desde mi punto de vista, esta sociedad socialista libertaria que proponemos es una sociedad democrática, por tanto la mayoría de la gente tiene que estar a favor de este sistema. Tenemos que buscar la manera de hablar, comunicar y convencer a la mayoría de que este sistema es preferible al capitalismo. Desde mi punto de vista, hay que aumentar los movimientos reformistas pero populares. 

El movimiento sindical, el movimiento de consumidores, el movimiento de mujeres, el movimiento contra la guerra... necesitamos que estos crezcan, aunque pienso que esto, realizado de forma aislada, nos llevaría al fracaso, como sucedió con el movimiento que dio lugar a la socialdemocracia en el siglo XX, que se limitó a su carácter reformista y nada más. 

Yo pienso que al mismo tiempo que se fortalecen estos movimientos reformistas dentro del capitalismo se fortalecen las ideas de cambio, pero a la vez tenemos que potenciar experimentos de cooperación equitativa, organizando cooperativas de consumidores, cooperativas de productores y una larga variedad de instituciones no capitalistas. Hay que ir en una vía paralela, ya que una vez que una parte importante de la población entienda que sería mucho mejor organizar la economía de una forma totalmente diferente a la del capitalismo, se deben empezar a organizar los consejos en los centros de trabajo y en los barrios.  

Creo que no es realista en la mayoría de países, especialmente en EE UU, pensar que podemos empezar a construir ahora los consejos que un día nos permitirán organizar la economía y la sociedad de una forma nueva. Tenemos mucho trabajo que hacer antes de llegar a la situación donde pueda empezarse este proceso. 

En otros países puede ser muy distinto. Por ejemplo, en Venezuela lo pueden hacer y lo hacen ahora. En Cuba podrían hacer un cambio en el sistema de planificación que sería magnífico y que podría hacerse bastante rápido. Pero en la mayoría de los países capitalistas todavía tenemos mucho trabajo para aumentar la influencia de este tipo de propuestas.

Robin Hahnel, creador de la ‘parecon’

La economía política de la economía participativa es el título de una investigación que Robin Hahnel y su colega Michael Albert publicaron en 1991. Este libro fue visto, en pleno derrumbe del modelo soviético, como una alternativa al centralismo socialista, al socialismo de mercado y al capitalismo contemporáneo. Hahnel, junto a Albert, es el creador del modelo económico denominado ‘economía participativa’ (llamada parecon en inglés), una teoría de raigambre libertaria que se basa en un tipo de gestión común, ya que, en palabras de Hahnel, “la gente aborrece los vacíos de gestión”.


Esta propuesta se basa en los principios de equidad, solidaridad, diversidad y autogestión participativa."                 (Entrevista a ROBIN HAHNEL, Jon Bernat Zubiri-Rey , Diagonal, 15/06/10)

23/2/18

Moralización de los mercados o cómo utilizar el consumo como un arma política

"Consumir es también un acto político. El gesto más cotidiano contribuye a alimentar el sistema, corregirlo o destruirlo. Cada vez más ciudadanos son conscientes de que el poder para cambiar el mundo se esconde también en su bolsillo: cada uno decide qué quiere financiar, aunque a veces las alternativas sean escasas o inexistentes. Comprar es un acto más de presión. 

Usar el consumo (por acción u omisión) como medida de presión no es una estrategia nueva. Hay muchas formas de canalizarlo, desde las compras colectivas hasta plantearlo en negativo, dejando de adquirir productos de una determinada compañía. 

Se ha utilizado a varias escalas, con mayor o menor éxito. El boicot económico se sumó, como una más, a las medidas que hicieron caer el apartheid en Sudáfrica, una herramienta que ahora se usa contra los productos israelíes y que acabó en los tribunales cuando algunos ayuntamientos españoles decidieron sumarse a la campaña de Desinversión y Sanciones contra Israel (BDS)

Muchas veces asociarse por intereses comunes también genera victorias, como los recursos contra las cláusulas suelo por los que muchos clientes han conseguido recuperar el dinero de sus bancos. Pocas veces, la indignación del consumidor logra acabar directamente con un producto. 

En 2012, Telecinco tuvo que cancelar el programa de La Noria después de que sus anunciantes retiraran la publicidad. En las redes sociales hubo una lluvia de críticas por una entrevista a la madre de El Cuco, uno de los acusados en el caso Marta del Castillo.

“La movilización de los ciudadanos sí puede provocar cambios políticos”, resalta convencido Rubén Sánchez, portavoz de la asociación FACUA, que vela por los derechos de los consumidores y los organiza para combatir los abusos. Sin embargo, insiste en no descargar toda la culpa en el consumidor y, sobre todo, no responsabilizarle de las tareas que deberían cumplir los poderes públicos: “Puede haber acciones de movilización de consumidores para dejar de comprar un determinado producto o de contratar un servicio a una empresa que ha cometido un abuso, pero los efectos son muy parciales”.

Los cambios estructurales, como acabar con los oligopolios en un determinado sector, son más lentos.”Haciendo un paralelismo con los movimientos obreros, los consumidores no tenemos nada que nos organice, somos una fuerza fragmentada”, explica Carmen Valor, profesora de la Universidad Pontificia de Comillas y miembro de Economistas sin fronteras

Además de las compras colectivas, los boicots y las protestas, hay estrategias para que las organizaciones logren avances en las empresas. Por ejemplo, las intervenciones en las juntas de accionistas, como la que Oxfam Intermón logró en Repsol gracias a una cesión de acciones de particulares: “Solo el hecho de acudir a las juntas y plantear preguntas generó cambios”; explica Valor, que recuerda que este poder de los accionistas no existe en la legislación española. 

Nazaret Castro y Laura Villadiego se toparon con la huella de las multinacionales en Brasil y Camboya, respectivamente, mientras trabajaban en estos países. El producto más cotidiano y barato en los comercios del primer mundo era fruto de la explotación en la parte sur del planeta. Por ello, crearon la web Carro de Combate, donde exploran el origen, producción y alternativas de algunos artículos como el azúcar o el aceite de palma: “También hay gente interesada en este tipo de productos, pero no sabe dónde ir. Ocurre lo mismo con el consumo local.

 Algunas personas no tienen tiempo y al final van al supermercado”, explica Aurora Moreno, del equipo de este espacio. Esta periodista es optimista en esta cuestión y cree que hay una “concienciación sobre la necesidad de cambiar el sistema de producción en todos los ámbitos”. 

Las trampas del neoliberalismo

Si la información es clave, la economista Carmen Valor insiste también en la formación: “Cuando se estudia educación para la ciudadanía y los cauces para su participación  siempre se pone el foco en las vías tradicionales de la política”. 

La experta apuesta por la “moralización de los mercados”, compuestos por ciudadanos que compren, no solo por el afán de adquirir, sino también por asociarse con los valores de una marca. “Existe la creencia de que la inmoralidad del mercado va a llevar a consecuencias que repercuten en el bien común, pero está muy demostrado que no es así”. 

El neoliberalismo también crea disonancias cognitivas. Hay personas que están concienciadas con el medioambiente, pero la falta de alternativas hace que caigan en incoherencias y se cree un malestar interno. “Es una explotación del cinismo. O eres eternamente puro o no sirve para nada”, explica sobre la desafección que provoca en algunas personas. Avisa del peligro de la atomización de los consumidores y de la “creencia de que yo solo no hago nada”, una idea que hay que cambiar. 

“Vivimos en una dinámica muy consumista. Nuestra identidad es lo que consumimos y lo que entra dentro de nuestra capacidad de comprar”, explica Sergio Andrés Cabello, profesor de Sociología de la Universidad de La Rioja, sobre cómo el neoliberalismo ha logrado penetrar en todos los resquicios e imponer las necesidades que ha creado. Rubén Sánchez recalca también cómo ese discurso se ha trasladado a todos los ámbitos de la vida: “Somos consumidores por encima de ciudadanos. Los políticos hacen discursos para que compremos su producto”. 

Además, el capitalismo se reinventa constantemente y se disfraza de lo que el consumidor quiere. De esa preocupación por el medio ambiente nacen iniciativas positivas, pero también se dan pasos como el greenwashing, es decir, intentar que el consumidor perciba que una marca es respetuosa con el medioambiente, a través de trucos como el nombre o de asociar el color verde a su imagen. También surgen plataformas digitales que se arropan bajo la denominación de “economía colaborativa” y que no lo son, pero se arrogan ese capital moral. 

Los expertos consultados son optimistas y proyectan un futuro con ciudadanos más conscientes y responsables. Organizaciones y usuarios van poco a poco desequilibrando la balanza de esta lucha entre David y Goliat."                     (Sara Montero, Cuarto Poder, 21/02/18)

12/2/18

Una nueva forma jurídica corporativa belga llamada 'la compañía de codecisión'

"(...) El PS belga (francófono) quiere poner a los trabajadores en el asiento del conductor de las empresas, junto a los accionistas. Quiere establecer una nueva forma jurídica corporativa llamada 'la compañía de codecisión'. Dichas empresas necesitarían instalar un órgano de toma de decisiones con dos "cámaras": una para los trabajadores y otra para los accionistas. 

 Todas las decisiones importantes de la compañía deberían tomarse por mayoría de votos dentro de ambas cámaras. Su propuesta refleja los sistemas parlamentarios bicamerales. Para ser claros, no todas las empresas estarían obligadas a transmutar en empresas de codecisión. Esta opción coexistiría con otros tipos de compañías en las que los accionistas / directores continuarían tomando las decisiones por sí mismos.Esta propuesta daría claramente un poder real de toma de decisiones a los trabajadores como colectivo con intereses distintos, y permitiría que los trabajadores bloqueen las decisiones de la junta sin necesidad de alianzas políticas con los accionistas. Obviamente, esto sería un paso radical en comparación con incluso el sistema alemán más avanzado. Pero una propuesta tan radical plantea muchas preguntas.

 La codecisión viene con la corresponsabilidad: ¿hasta dónde querrían los trabajadores (y sus sindicatos) asumir esa responsabilidad? ¿Y cuál sería el papel de los sindicatos, la negociación colectiva y el derecho de huelga en tales empresas de codecisión?La base está en progreso, esperando el impulso?Parece que hay pocas posibilidades de que Francia, el Reino Unido y Bélgica se unan rápidamente al club europeo de países con derechos de codeterminación bien establecidos para los trabajadores.