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11/10/22

La Masacre de Elaine, ocurrida en 1919 en Arkansas

 "Hace poco más de un siglo, el 30 de septiembre de 1919, un grupo de aparceros afroestadounidenses se congregó en la localidad de Elaine, estado de Arkansas, en el fértil delta del río Misisipi, con motivo de asistir a una reunión sindical…

Solo una o dos generaciones después del final de la esclavitud, estos aparceros se estaban organizando para reclamar un reparto justo de los ingresos provenientes de las cosechas que cultivaban. Enfurecidos por la lucha de estos agricultores negros contra la miseria a la que se los sometía, una patrulla de hombres blancos armados atacó a los aparceros que se habían congregado en la reunión. 

Hubo disparos y uno de los hombres blancos resultó muerto. Lo que siguió después es conocido como la “Masacre de Elaine”. Cientos de afroestadounidenses de Elaine fueron masacrados por una turba violenta de hombres blancos, que probablemente contó con la ayuda de las fuerzas de seguridad y las tropas federales. Los historiadores estiman que murieron no menos de 200 residentes negros en esos trágicos hechos: hombres, mujeres y niños. Ninguna persona blanca rindió cuentas ante la justicia por lo sucedido.

Esa no era la primera vez que los racistas aterrorizaban a la población negra de Elaine. En 1916, Silas Hoskins fue linchado en esa localidad. Hoskins era un próspero propietario de un bar frecuentado por afroestadounidenses. Personas blancas que codiciaban el negocio de Hoskins lo amenazaron varias veces de muerte. Una noche, Silas no retornó del trabajo. Lo habían linchado. En ese entonces vivía con Hoskins un sobrino suyo de 9 años de edad, Richard Wright, que luego se convirtió en uno de los escritores estadounidenses más influyentes del siglo XX. Wright plasmó en sus obras las experiencias de la comunidad negra, especialmente en la novela ”Hijo de esta tierra” y en el libro autobiográfico “El chico negro” (Black Boy).

En “El chico negro”, Richard Wright describe los momentos posteriores al asesinato de su tío Silas Hoskins:

“No hubo funeral. No hubo música. No hubo período de luto. No hubo flores. Solo hubo silencio, llantos silenciosos, susurros y miedo. No supe cuándo ni dónde habían enterrado al tío Hoskins. A la tía Maggie ni siquiera se le permitió ver el cuerpo ni pudo reclamar ninguno de sus bienes. Simplemente habían arrancado al tío Hoskins de nuestras vidas, y nosotros cometimos el error de mirar para otro lado, para evitar mirar de frente a ese terrorífico y candente rostro blanco que sabíamos que se cernía sobre nosotros. Esa fue la vez que sentí más de cerca el terror blanco y mi mente quedó en shock. ‘¿Por qué no nos defendimos?’, le pregunté a mi madre. El miedo que había en ella hizo que me silenciara con una bofetada”. Wright se vio obligado a huir de la ciudad junto con su familia.

Luego vino la Masacre de Elaine. En conversación con Democracy Now!, Paul Ortiz, profesor de historia de la Universidad de Florida, contextualizó la masacre de 1919:

“El precio del algodón estaba en aumento. Pero lo más importante es que la población afroestadounidense estaba logrando grandes avances y mejoras económicas como propietarios de tierras en lugares como Elaine, en [la franja denominada] Cinturón Negro de Alabama, en el norte del [estado de] Florida, en todo el sur [de Estados Unidos]. Y debido a estos avances y al papel que los afroestadounidenses desempeñaron en la Primera Guerra Mundial, las expectativas [de la población negra] iban en aumento. La estructura de poder blanca se movilizó contra las crecientes aspiraciones [de la población negra]”.

Doce hombres afroestadounidenses fueron juzgados tras la masacre. Un jurado compuesto exclusivamente por personas blancas los sentenció a muerte después de solo unos minutos de deliberación. La legendaria activista y periodista afroestadounidense Ida B. Wells viajó a Elaine para solidarizarse con ellos e informar sobre su lucha. Los hombres condenados apelaron la sentencia, argumentando que se habían violado sus derechos al debido proceso consagrados en la Decimocuarta Enmienda de la Constitución. En 1923, en el caso “Moore contra Dempsey”, la Corte Suprema de Estados Unidos falló a favor de los condenados y aseguró una mayor protección para las personas negras del sur del país que estaban siendo sometidas a juicios y jurados dominados por supremacistas blancos. El caso sentó un precedente crucial, que condujo a algunas de las victorias legales más importantes de la época del movimiento por los derechos civiles en las décadas siguientes.

La hija de Richard Wright, la poetisa Julia Wright, quien describe el asesinato de su tío abuelo Silas en 1916 como “el canario negro en la mina de carbón” —es decir, como una advertencia anticipada de lo que se avecinaba—, dijo a Democracy Now!: “Silas Hoskins tuvo un peso enorme en la vida de mi padre. Su linchamiento puede verse como un hilo, un hilo rojo ardiente, que hilvana prácticamente todas sus obras”.

A principios de este año, se recogió tierra del lugar donde se cree que Silas Hoskins fue linchado. Dos frascos con la tierra recolectada fueron trasladados de Elaine a la ciudad de Montgomery, Alabama, para exhibirlos en el Proyecto de Memoria Comunitaria de la organización Equal Justice Initiative. En dicho proyecto, más de 800 frascos de vidrio con tierra extraída de sitios de linchamiento conmemoran esas terribles prácticas que asolaron a Estados Unidos durante tanto tiempo. 

Los frascos se encuentran en el Museo del Legado en Montgomery, un museo que muestra de una manera impactante la transición de la época de la esclavitud a la situación actual del encarcelamiento masivo de personas como herramientas clave utilizadas para oprimir a la población afroestadounidense. Fundada por el activista contra la pena de muerte y abogado defensor Bryan Stevenson, la organización Equal Justice Initiative está también a cargo del Monumento Nacional por la Paz y la Justicia, una amplia instalación al aire libre que conmemora, de una manera profundamente conmovedora, a las miles de víctimas de los linchamientos ocurridos en Estados Unidos.

Actualmente se están construyendo en Elaine, Arkansas, el Museo Elaine y el Centro por los Derechos Civiles Richard Wright para preservar la memoria de la terrible matanza ocurrida en esa localidad y continuar con el legado de las luchas por la equidad y la justicia racial que siguieron a la masacre. El debate sobre el racismo y las medidas de reparación debe continuar y profundizarse en todo el país."                 ( Amy Goodman - Denis Moynihan , Rebelión, 08/10/2022)

19/11/21

Hay que pensar en la pérdida de empatía, de dolor frente a cuerpos “desechables”, como los llaman los colombianos... “vidas que no importan”. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios... “se fue con el novio” o “andará de fiesta”. Luego, si las chavas aparecen —no se sabe nunca cómo, no hay documentación—, y aparece estando aparentemente bien, la respuesta de la sociedad en redes sociales es “se fue de puta y aquí nos tenían a todos preocupados”... el éxito del crimen organizado —el narcotráfico, pero también a las maquilas, estas fábricas de muerte de las fronteras, no están en el opuesto de la legalidad, sino que ellas mismas abrían un orden distinto. Un orden paralelo, una paralegalidad que genera códigos, normas o sentido de pertenencia

"Dice Rossana Reguillo (Guadalajara, México, 1955) que el lenguaje naufraga cuando trata de encontrar una explicación a las violencias que configuran hoy el relato político de diferentes estados de su país. No sirven las palabras porque el lenguaje que se ha instaurado es el de la Necromáquina, la maquinaria de producir muerte. Así, Necromáquina. 

Cuando morir no es suficiente, se llama su último libro, que ha sido publicado en 2021 por Ned ediciones. Reguillo, hija de un jefe de tanques de la II República española exiliado en México, quiere darle un sentido universal a un trabajo que fija la mirada en México pero atiende a lo que sucede en Centroamérica, en África y en el mar Mediterráneo.

 Cuando la necromáquina no significa “el fin de la vida, sino de la condición humana” —parafraseando a Primo Levi— no basta con el recuento de los muertos o con la búsqueda de un sentido a cada una de esas violencias, sino que cabe la impugnación al discurso de la seguridad y a las artificiales separaciones entre una violencia legitimada y otra reprobable.

Aunque habla de México, Necromáquina no es un libro sobre México, el sentido que propones es universal. 

En mi esfuerzo como investigadora, como analista de la cultura, como antropóloga pero especialmente como comunicadora y cronista, que son todas las identidades que me habitan, me ha sido muy importante hacer la investigación en distintos lugares del globo (Argentina, Colombia, Puerto Rico,o en Barcelona donde pude hacer una estancia en 2004). Mi intención es tener un habla situada: hablo desde un país herido, que se desangra, pero lo que trato de hacer es hablar del mundo a través de pensar México.

En la última parte del libro hablas de las políticas de extracción, algo que se extiende por toda América Latina, pero también a territorios como África.

La política extractivista va avanzando, engullendo territorios. Las “zonas de sacrificio” son cada vez más crecientes a nivel planetario. Me importa mucho la reflexión sobre los cuerpos rotos de los migrantes. Utilizo analíticamente la figura de Aylan, esta criatura que se ahogó en el Mediterráneo. Pero también me interesa el cuerpo de los migrantes centroamericanos cruzando el río Bravo. Me interesa pensar la época. En esta atmósfera de pérdida de sentido, me interesa pensar en esta normalización de las violencias, incluso en zonas donde esto no es tan visible. Me parece que la insensibilidad para lo que está sucediendo desborda las fronteras físicas y nos debería ocupar como humanidad.

¿Qué tipo de reflexión crees que estamos perdiendo?

Lo que más me interesa es pensar, si no universalmente, digamos “mundialmente” esta crisis por la que cada vez hay más cuerpos que no importan. Hay que pensar en la pérdida de empatía, de dolor frente a cuerpos “desechables”, como los llaman los colombianos, en una expresión que me parece brutal, pero que tienen incorporada para hablar de la gente sin hogar, o de la gente de las comunas, abandonada a su suerte en zonas de mucha pobreza. Pienso en el caso de las favelas de Brasil, en la cantidad de jóvenes que son masacrados por la policía. Y no hay una voz de la autoridad, de la sociedad, que dé cuenta de eso. En ese sentido, me interesa mucho también lo que llamo “la demanda infinita”, para explicar el compromiso político de los periodistas de investigación que están documentando todos estos procesos. Ellos y ellas son los que se están haciendo responsables de esta narración, a costos muy altos.

En el caso de México, el nivel de violencia contra los periodistas es elevadísimo.
Se ha convertido en uno de los países más letales para el ejercicio del periodismo. Periodistas que son amenazados por autoridades locales, o por el narco, o por políticos, o por empresas. Esto se va normalizando. Es terrible. Esto se tiene que hablar a nivel planetario. No podemos seguir permaneciendo anestesiados o, como hacen muchos de los grandes medios, pasteurizar estas realidades utilizando eufemismos para hablar de la violencia.

En Necromáquina criticas la vieja noción de los Estados como monopolio de las violencias legítimas y das un paso más, proponiendo acabar con los binomios de violencias “buenas o malas” o “legítimas e ilegítimas” como paso previo para salir de la espiral en la que se ha entrado en tu país como consecuencia de esa guerra contra el Narco, fundamentada en ese tipo de binomios. ¿Ves visos de que cambie esa concepción en el México actual?

No, está muy incorporado en el imaginario social, por un lado, pero también en el discurso político de la autoridad y de los gobernantes, porque es una distinción que les permite eludir responsabilidades. Si nos remontamos a la época de la dictadura en Argentina, pensemos en que la gente para omitir lo que estaba sucediendo decían “en algo anduvo”, como para justificar esta violencia brutal que venía de arriba de hacia abajo, del Gobierno hacia la ciudadanía. En el caso de Colombia en la época más mala de su violencia contemporánea, cuando llegabas y preguntabas por alguien, la frase con la que te respondían era “se tuvo que ir”. En ese “se tuvo que ir” tú entendías que no tenías que preguntar absolutamente nada. En este momento, en el caso de México, lo más dramático es que se explica que se matan “entre ellos” —lo cual es falso— como si eso justificara el exceso de muerte que tenemos, que resulta intolerable en términos incluso estadísticos.

Son esos “cuerpos desechables” de los que has hablado antes, vidas que valen menos.

En el libro narro las últimas masacres que ha habido en México y señalo que, aunque el ejército sea responsable de masacres, termina por ser justificado porque, o bien se prepara la escena para ponerle a los ejecutados rifles, etc, o porque a nivel discursivo son, otra vez volvemos al tema, “vidas que no importan”. Son vidas que no se reclaman. Lo mismo sucede con los desaparecidos y con los feminicidios. Con las mujeres desaparecidas la respuesta constante por parte de la autoridad es “se fue con el novio” o “andará de fiesta”. Luego, si las chavas aparecen —no se sabe nunca cómo, no hay documentación—, y aparece estando aparentemente bien, la respuesta de la sociedad en redes sociales es “se fue de puta y aquí nos tenían a todos preocupados”. Es muy lamentable que no puedan pensarse las violencias contemporáneas de una manera más compleja, de una manera multidimensional y, sobre todo, desde una lógica de los derechos humanos.

¿Ha corregido el Gobierno actual el problema generado a partir de la Guerra contra el Narco?

El problema es que ninguno de los dos presidentes que siguieron a Calderón corrigió ese fracaso de la Guerra contra el Narco. [Enrique] Peña Nieto se hizo el tonto y el presidente actual [Andrés Manuel López Obrador] lo que ha hecho es avanzar la militarización de la sociedad. Y se le están acumulando más muertos que en los periodos anteriores. Hablamos de una incapacidad de ver el problema de fondo.

No podemos usar los odres viejos de la legalidad/ilegalidad y por eso propones la idea de la paralegalidad. ¿En qué consiste?

Este ha sido uno de los conceptos que he trabajado a nivel de categoría, metodológicamente. Fui acuñando este concepto después de una larga observación etnográfica situada en distintos lugares, especialmente en México, y lo que pude ver para llegar a proponer el concepto de paralegalidad es que el éxito del crimen organizado —el narcotráfico pero podemos incluir también a las maquilas, estas fábricas de muerte que se instalan en las fronteras— es que estas fuerzas no estaban en el opuesto de la legalidad, sino que ellas mismas abrían un orden distinto. Un orden paralelo.

¿Qué tipo de orden?

Uno en el que generan códigos, generan normas o generan sentido de pertenencia. Se debe hablar en presente, porque esto sigue muy vigente. Si tú tienes un orden paralelo es muy difícil combatirlo con policías o con políticas de mano dura. Igual que actuaron muchas de las guerrillas en América Latina, el orden paralegal construye base social. Pensemos en el caso de la Familia Michoacana y de los Caballeros Templarios: tienen un dominio territorial brutal, que no se construye solo por miedo o en la clandestinidad, a veces operan a campo abierto. Lo mismo sucede en Sinaloa, en Culiacán, en Badiraguato… Se construye porque dirimen conflictos agrarios, conflictos entre familias. Castigan. Hacen regalos, como refrigeradores para todas las señoras, etc. Entonces van horadando el orden de lo legítimo, pero no desde la ilegitimidad, sino que van construyendo algo que no dialoga con la ley. No les importa dialogar con la ley.

En el libro explicas cómo pasan a formar parte de la cultura de esos territorios.

Mira, no lo he incluido porque pasó en este Halloween: la autoridad detuvo a 28 personas que, para salir esa noche, pintaron sus camionetas con sangre, llenaron bolsas negras con cosas para asemejar los cuerpos que nos van entregando diariamente. Y esto a mi juicio no es otra cosa que la colonización de la Necromáquina en el imaginario. Se convierte en una especie de performance. Es muy complejo. Por eso este concepto de paralegalidad me es tan importante, porque me permite eludir esta visión normativa de que todo lo ilegal es visible a primera vista. Lo que la paralegalidad hace es construir legalidad dentro de un orden paralelo.

El subtítulo del libro dice que morir ya no alcanza. La violencia manda otro mensaje además del balance de pérdidas y ganancias del narco, sino uno que ni siquiera es económico y tiene un poder simbólico.

Tengo la suerte de que la portada del libro esté acompañada de una fotografía de Christopher Vanegas, un periodista de Saltillo que capta una escena terrible de entrega de cuerpos embalsamados. Efectivamente, el mensaje de la necromáquina es muy profundo. No pensemos solo en estas imágenes terribles y siniestras, sino en el asesinato de Berta Cáceres en Honduras, para ver distintas piezas en esa maquinaria de muerte. Matar a Cáceres no era suficiente, lo importante para ellos era colocar el mensaje de “si ustedes defensores de territorio, le siguen, les va a pasar lo mismo”. Hay otras escenas, que por brutales no narro en el libro, que me han permitido avanzar en el análisis.

Hay algunos pasajes muy impactantes.

Una de esas escenas tuvo lugar en Tamaulipas, otro Estado azotado por eso que llamo la “violencia expresiva”. Es una violencia que no busca un fin último sino que quiere mostrar su poder total. En Tamaulipas había una periodista que usaba Twitter para hacer la crítica del avance de los grupos del crimen organizado, a la que asesinan. Pero no solamente basta que la asesinen sino que lo que hacen es cortarle la cabeza y ponerla en una banqueta, con sus audífonos y un teclado. Por eso, para mí el subtítulo del libro es fundamental, porque es lo que me permite dar cuenta del agravamiento de esta normalización de la violencia. También del exceso de poder que han adquirido las empresas extractivistas, que pagan protección a grupos delincuenciales. También relatar el estatuto de muerte que han adquirido las fronteras —no solamente en Latinoamérica, pensamos en la propia frontera marítima en España— que son trampas mortales para la gente.

En el libro retomas el concepto de necropolítica de Achille Mbembe. ¿Cómo dialoga la necropolítica de Mbembe con tu obra?

Mbembe es un pensador clave justamente porque piensa desde esta larga noche de la colonia africana. Habla desde una herida profunda y me parece que su trabajo ha sido clave para repensar muchas cosas. Creo que el trabajo de Mbembe nos ha permitido a muchas investigadoras, analistas, intelectuales, entender justamente el cambio de época que él plantea. Cuando Mbembe arranca este trabajo de la necropolítica, él dice “yo no me estoy peleando con Foucault y su concepto de la biopolítica”, lo que él quiso hacer es llevar ese concepto al momento que estamos experimentando y repensarlo en una clave larga de tiempo histórico. 

En su Crítica de la razón negra del mundo, este pensador camerunés nos permite ver y pensar en cómo esta formación de la modernidad occidental condenó —y lo voy a decir suavemente— a la exclusión y a la negación de pueblos enteros. Recuperar toda esa historia no es fácil. Pero al mismo tiempo, es tan poderoso su dispositivo de pensamiento que no solamente nos permite recoger en una clave de historicidad lo que nos ha traído hasta esta orilla, sino que nos permite tener herramientas para analizar el presente. Creo que esto es muy importante en el trabajo de Mbembe. Yo pienso de él como eso que Walter Benjamin llamaba el “tiempo ahora”: esa noción para referirse a cómo no podíamos hablar de un historicismo lineal, de una idea de progreso, sino que tenemos que entender el presente desde todas las astillas del pasado.

Una de las cuestiones de relieve es que se trata de la juventud. Es la juventud la que es desaparecida, trabaja en las maquilas o naufraga en el Mediterráneo. En ese sentido, ¿qué va más allá de lo económico en esa lectura de lo que llamas los juvenicidios?

Una de las líneas principales de investigación desde que empecé mi carrera han sido las y los jóvenes. Mi primer libro, publicado en 1991, se llama En la calle otra vez: las bandas. Identidad urbana y usos de la comunicación. Es un estudio a fondo de los grupos de esquina —para evitar el nombre de “pandillas” que se ha convertido en una categoría estigmatizadora— y desde entonces hasta la fecha he venido manteniendo una mirada a cómo los y las jóvenes van experimentando su relación con el mundo. Y me interesan no todos los jóvenes sino especialmente la juventud en situación de precariedad. Como lo planteo en el libro, me interesa volver visible cómo este proyecto capitalista, brutal, feroz, depredador, ha ido precarizando a los jóvenes pero no solamente en términos económicos. Yo hablo de una precarización subjetiva, que tiene que ver con cómo este proyecto les ha arrebatado la posibilidad de pronunciarse con certeza sobre sí mismos.

El libro tiene esa vocación antropológica, te pones en contacto con los protagonistas de esas biografías tan fragmentadas. Muy especialmente, resaltas el caso de las mujeres.

He hecho entrevistas a jóvenes de Argentina, en España, en Estados Unidos, y narran esta dificultad de la juventud precarizada de trazar un horizonte de futuro, cuando no saben si van a poder comer en la noche. Eso les hace presas fáciles, caldo de cultivo para alimentar la necromáquina. El caso de las mujeres me tiene muy desvelada porque parece que a medida que avanza el tiempo histórico, en vez de mejorar, en vez de que se produzca una atmósfera societal en la que las mujeres y los cuerpos femeninos puedan transitar libremente por lo público, se ve que está pasando lo contrario. El feminicidio avanza, la desaparición de las mujeres para la trata, avanza. Yo tiendo a ser optimista, no soy una pesimista irredenta. Mis amigos dicen que soy una optimista de clóset porque creo que todavía es posible intervenir, creo que todavía hay condiciones para desandar. Pero es urgente. Por eso digo que la necromáquina es la vida en un estado de urgencia: ya no hay manera de mirar para otro lado.

Has hablado del papel del periodismo de investigación pero también hay una protesta en Necromáquina hacia los medios que no cuestionan la lógica de los medios y que confunden constantemente el lenguaje, reforzando esa visión dualista buenos/malos sobre algo mucho más complejo. ¿Cuál es el periodismo predominante hoy?

Yo tengo una profunda simpatía por el periodismo, de hecho, lo ejercí al principio de mi carrera. Creo que habría que hacer una distinción entre medios dominantes, hegemónicos, y lo que podríamos llamar un periodismo de investigación emergente, aunque casos como el de Rodolfo Walsh en Argentina no tienen nada de emergente. Poniendo el énfasis en México, el papel de esto que llamo las “retóricas de la seguridad” tiene que ver en cómo se va construyendo una falsa noción de seguridad. Estos medios dominantes van contribuyendo a la normalización del lenguaje.

¿En qué sentido?

Por ejemplo, en el hecho de que esta guerra nos ha dejado un montón de neologismos: el encobijado, que es ese cuerpo que se entrega envuelto en una cobija [manta], el encajuelado, que es el que se entrega en la cajuela [maletero] de un auto, el pozoleado, que es una expresión brutal porque el pozol es una comida típica mexicana, donde se va pelando el maíz y alude al cuerpo que es disuelto en ácido. No abundo en esto porque es fuerte para la gente escuchar esto, pero los medios van normalizando esta especie de “narcoñol”. También ha contribuido la industria del espectáculo.

Series como Narcos, ¿no?

Sí, habría que hacer un trabajo fino de articulación entre lo que ha sido el relato de la autoridad, la narrativa política, la narrativa mediática y la industria del espectáculo que es afín a esta forma de entender la violencia. Estoy pensando en la apología que hacen los narcocorridos, en las series de narcotráfico —ya ves que Netflix ahorita trae varias—. No digo que no se haga, no tengo una visión puritanista sobre el tema, pero sí me preocupa que eso no está ingresando, por ejemplo, a las aulas. Los maestros están aterrados, entonces avientan para afuera toda esta dimensión y no sabemos qué hacer con esto. 

Creo que es importante un trabajo educativo, un trabajo analítico más fino y, sobre todo, una sociedad civil más demandante. Me parece que sí, que los medios tienen mucha responsabilidad pero no van solos. Lo que sostengo es que los medios no inventan, no fabrican una realidad, sino que le hablan al imaginario profundo de las sociedades. Esos imaginarios de “se matan entre ellos” y las mujeres que salen de noche “son malas y merecen desaparecer” está muy metido, muy corporeizado en la sociedad. Los medios lo saben y trabajan con eso.

Hablas de la Contramáquina, que son una serie de propuestas desde la militancia, la performance, la fotografía o las artes escénicas para tratar de modificar el lenguaje de la violencia. ¿En qué consiste ese concepto?

 La contramáquina es una noción que creo que es muy importante porque con ella se refleja el esfuerzo que están haciendo grupos de la sociedad civil, fundamentalmente con recursos muy pobres, para colocar en otro registro este problema de la violencia. Pienso en el trabajo de gente de la performance y del arte, como Teresa Margolles, como Luperca, que es este joven que en Ciudad Juárez coleccionó miles de ejemplares de un periódico amarillista y se dedicó a borrar con un lapicero el cuerpo herido, y de la viruta de la goma que se desprende iba armando bolsitas, para tratar de restituir cierta dignidad a ese cuerpo masacrado. También pienso que una contramáquina que nos sostiene en pie en este país es el caso de las madres buscadoras, el de los colectivos de familiares que hacen un trabajo verdaderamente brutal para encontrar a sus desaparecidos. 

En el caso de las madres buscadoras de Sonora, salen a los campos, y una práctica que me deja sin habla es que meten palitos en la tierra y los huelen después y dicen “aquí hay un cuerpo”. Imagínate a una madre recogiendo los restos de su hijo de esa manera... Creo que el trabajo que ellos han hecho, la exigencia continua que han hecho a la autoridad, el mostrar al rey desnudo, ha sido muy importante. Les falta más difusión, más presencia. 

Yo espero que en algún momento, Netflix promueva una serie sobre las buscadoras, en lugar de una como Narcos. En este optimismo de clóset creo que es posible desandar un poco y hay en la sociedad un repertorio importante de tácticas robustas que pueden, si no combatir a la necromáquina, sí atenuar sus efectos y volver visible para la sociedad la urgencia de una acción colectiva."              

(Entrevista a Rossana Reguillo, Pablo Elorduy, El Salto, 18/11/21)

14/6/21

Imaginad un país donde la violencia de género no existe, estos crímenes pasan desapercibidos, las mujeres y los niños están completamente desprotegidos y denunciar el maltrato en un piso alquilado te cuesta un desahucio. Es vuestro admirado Estados Unidos

 Azahara Palomeque @Zahr_Bloom

 Un maltratador nunca será un buen padre -leo acertadamente. Voy más allá, un maltratador es un criminal por los cuatro costados y están demostrados los vínculos entre VG y terrorismo, por ej. Parar la violencia contra las mujeres es parar la violencia en general, punto.

Antes de que me lluevan críticas, esto no es un "borrado" de mujeres; nada más lejos de la realidad. Como con toda identidad, existe una interseccionalidad entre el género y otras violencias que hay que reconocer. Es la infancia, son también otros colectivos vulnerables. 

4:01 a. m. · 11 jun. 2021
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Azahara Palomeque @Zahr_Bloom

 Imaginad un país donde la violencia de género no existe, estos crímenes pasan desapercibidos, las mujeres y los niños están completamente desprotegidos y denunciar el maltrato en un piso alquilado te cuesta un desahucio. Es vuestro admirado #EEUU.

3:24 a. m. · 11 jun. 2021
3 Retweets 13 Me gusta

11/7/18

¿La “tanatocracia”, ese sistema represivo fundado sobre la pena de muerte, constituye la faz sombría del surgimiento del salariado?

 Cuando se ahorcaba a los pobres

"Todavía por traducir al español, The London Hanged: Crime and Civil Society in the Eighteenth Century [Los ahorcados de Londres: Crimen y sociedad civil en el siglo XVIII] (Londres, Allen Lane, 1991), primer libro importante de Peter Linebaugh, acaba de ser traducido al francés con el título de Lespendus de Londres.
 Crime et societé civile au XVIII siècle por la editora radical Lux Editeurs. Recogemos dos reseñas recientes que acaso animen a una pronta publicación en lenguas peninsulares. S

El paseante londinense que pasa por el ángulo noreste de Hyde Park no dudará de que en ese lugar se levantaba la siniestra horca de Tyburn, de la que se colgaba varias veces al año a los condenados a muerte.

 En un libro que hizo época, publicado en 1991 en Inglaterra, reeditado varias veces y por fin traducido al francés, el historiador norteamericano Peter Linebaugh ha querido saber quiénes eran esos desgraciados y qué delitos les condujeron a este triste fin. El resultado es un libro impresionante y desbordante: un fresco vibrante de la clase obrera inglesa en el amanecer del capitalismo. 

Linebaugh demuestra, gracias a una minuciosa investigación en los archivos judiciales, que los ahorcados de Londres sólo muy raramente eran delincuentes encallecidos. Más a menudo se trataba de trabajadores pobres, marineros, artesanos, criados, condenados por haber robado algunos objetos. 

Tyburn se convirtió en símbolo de la criminalización de los pobres, emblema de una violencia ejercida por las élites contra esta población obrera cuyos hábitos, solidaridades y tradiciones entorpecían el auge del capitalismo inglés. En la línea del gran historiador inglés, E. P. Thompson, del que fue alumno, Linebaugh insiste en la contradicción entre las costumbres populares que consistían, por ejemplo, en substraer un poco de materia prima para consumo personal, y el carácter ya para entonces sagrado de la propiedad individual.

 La “col” de los sastres, compuesta de pedazos de tela sobrante enrollados en una pelota, era considerada un robo, lo mismo que el ron extraído de los barriles por los marineros. Esas formas de apropiación, hasta entonces toleradas e incluso inscritas en el corazón mismo de las relaciones de trabajo, podían en adelante llevar directamente  a la horca. 

El robo, a cambio, se convirtió en una forma de contestación del nuevo orden económico, del mismo modo que las numerosas evasiones de la cárcel, muy populares entre el público inglés, desafiaban la represión.  

Los ahorcados de Tyburn habrían sido, por tanto, víctimas de una violenta lucha de clases. La “tanatocracia”, ese sistema represivo fundado sobre la pena de muerte, constituiría la faz sombría del surgimiento del salariado. Digámoslo: esta explicación demasiado sistemática, sin matices, no convence por completo. 

Se podría objetar que la represión judicial era bastante más severa en los siglos precedentes y que los ahorcamientos cesaron precisamente en Tyburn a finales del siglo XVIII, en el momento en que la Revolución Industrial cobraba impulso. Por otro lado, el peligro consiste en identificar de forma demasiado general delincuencia y pobreza, en nombre de un romanticismo de la ilegalidad. 

Pero en el fondo estas reservas no afectan a lo esencial, pues la potencia y riqueza de este libro llegan bastante más allá: atañen a la reconstitución minuciosa e inspirada del Londres popular.       

Peter Linebaugh posee un talento innegable para hacer revivir el mundo de marineros y tejedores, mozos de cuerda y carniceros, de prostitutas y carpinteros. El crecimiento demográfico de Londres, que llegó al millón de habitantes a finales de siglo, hacía de la ciudad un crisol popular y cosmopolita en el que convergían miles de irlandeses, antiguos esclavos negros, soldados tullidos, refugiados venidos de toda Europa, atraídos todos por la promesa de libertad religiosa y por la prosperidad económica, todos obligados a vivir en condiciones precarias. 

El libro está repleto de anotaciones concretas sobre el mundo de los oficios, de visiones sobre los horizontes lejanos del comercio imperial. Nutrido de referencias literarias, atravesado de un aliento indiscutible, Los ahorcados de Londres tiene a veces la apariencia de una epopeya del pueblo llano londinense. Linebaugh no quería estudiar solamente a los ahorcados de Tyburn, deseaba rendirles homenaje y defender su memoria. 

Hacía falta para ello que la sensibilidad del militante se aliara a la erudición del historiador. Siguiendo este plan, la apuesta se sostiene por entero.     

Fuente: L´Obs, nº 2799 , 28 de junio-4 de julio de 2018

Las normas nacientes del capitalismo se entreveían a la sombra de un patíbulo londinense en el siglo XVIII  

En el extremo noreste de Hyde Park se alzaba la horca de Tyburn, «árbol de los ahorcados» de Londres. De 1571 a 1783 fueron allí ejecutadas en público 50.000 personas. 

Analizando las decisiones judiciales que llevaron a esas detenciones y a las confesiones de los atormentados recogidas por los capellanes que comerciaban con ellas, el historiador borteamericano Peter Linebaugh muestra que en el siglo XVIII Tyburn sirvió sobre todo para castigar los atentados contra la propiedad y de falsificación de moneda cometidos por artesanos cualificados, aprendices y marineros de todos los orígenes, londinenses, ingleses, irlandeses y extranjeros.  

Prototipo de esta «historia desde abajo», del punto de vista de los dominados, inaugurada por el británico Edward P. Thompson, la obra reconstruye los conflictos de clase nacientes en el «taller del mundo» que era Inglaterra entonces. Tolerada antes como complemento de la remuneración, la sisa se convierte en un delito mayor, y la propiedad privada, en un absoluto. 

Para implantarse, el capitalismo exige una mutación antropológica profunda. Es preciso quebrar la indolencia de nacimiento de los pobres y sus veleidades de independencia, meter en la cabeza de los futuros obreros de la gran industria las normas económicas, jurídicas y morales del nuevo sistema. 

Junto a esta lección contundente de sociología histórica, los relatos de vida de los ahorcados hacen de este libro un cuadro apasionante del Londres de las «clases peligrosas», una vibrante Comédie humaine de los sin poder. 

(Sin firma).  Fuente: Le Nouveau Magazine Littéraire, no 6, junio de 2018"                 (Antoine Lilti, Sin Permiso, 06/07/18)

24/10/17

Violación, racismo... y arquitectura



"La amenaza de agresión sexual: arquitectura invisible

Muchas feministas han denunciado cómo la violación opera también como una forma de control social sobre los movimientos de las mujeres. “Las violaciones fuera o lejos del hogar se perciben como una forma de castigo, como si la víctima mereciera ser violada por haberse alejado de sus padres, de su pareja o de su casa”.

 El relato mediático acostumbra a poner el acento en el miedo, y en la presión indirecta para que las mujeres limiten sus movimientos. De ahí también los consejos que acostumbramos a escuchar: “No salgas de noche.” “No vayas por lugares oscuros”. “No viajes sola”. O peor, “no viajéis solas”. Porque dos mujeres que viajan juntas viajan solas.

“Gran parte del libro habla de todo esto, del gran porcentaje de violaciones que ocurren dentro de la casa o cerca de ella, cuando la casa se supone que es el espacio de la mujer y dónde está segura. Existe el mito ese de ‘no salgas tarde’. 

La idea de que la violación es un acontecimiento aislado, que ocurre lejos de lugares familiares, disociado de los aspectos cotidianos del día a día; es una ilusión. El 75% de los violadores son hombres que viven en casa de la víctima, o parientes con los que mantiene algún tipo de contacto social.”

El miedo puede obligar a encerrarse, pero también a lo contrario, a marcharse de un lugar. “Hay bastantes textos escritos sobre esto. En Colombia, por ejemplo, mandan a los soldados a violar para desplazar a las mujeres de sus comunidades. Es una forma de amedrentamiento”, explica Leo. En su caso, el terror a que el violado volviese y la matase hizo que se marchara. Antes de irse, él le dijo que si denunciaba la mataría. Y ella denunció.

Probar la violación

Como se explica en el libro, en EE.UU uno de cada de cada 10 hombres está en la cárcel o lo estará en un futuro, mientras en el caso de los negros, la cifra asciende hasta el 25%. Jana consiguió la condena de su violador aunque le costó que la policía se empeñara en localizarlo.

“De no haber sido blanca, no me hubiesen creído; de hecho, la otra persona que fue violada por el mismo hombre unos días después, y que presentó cargos, era mexicana y no la creyeron. Los cargos se desestimaron”, dice.

“Yo había ido a Princeton y tenía 33 años. Él era un negro de 19 años sin hogar. Como me decía la fiscal: ‘es que nadie se va a creer que tú, motu propio, te relaciones con ese hombre sin más’. Es decir, que si hay una relación entre una blanca con educación y un negro sin educación tiene que ser violación por narices. Yo pensé, ‘¡qué fuerte!’ porque si yo hubiera conocido a ese chico en un bar podría haber ligado con él”, cuenta.

“En cambio”, añade, “no puedo excitarme si no he elegido al tío ni la situación, si no hay consentimiento. Eso es lo que tienen que entender los hombres. No se trata de dónde lo conozcas, ni siquiera de cómo ha entrado en tu casa. Se trata de si has dicho sí o no. Y a veces, claro, es difícil de probar.

 Ahora me parece fundamental que en las relaciones alguien te pregunte ‘¿te quieres ir a la cama ahora?’ nn vez de tirarse encima de ti. Yo pregunto siempre. A mí no me gusta que se me echen encima como un acto de posesión. Me parece que debería ser un gesto para todos, en las mujeres y los hombres, que podría cambiar muchísimas cosas.” 

Escribir para conjurar el miedo 

Violación en Nueva York es una historia en primera persona, es una investigación, una pieza artística, un archivo, una manera también de darle salida al trauma. Si una se pone a recopilar datos, a pensar de qué manera está relacionado  lo que le ha sucedido con la violencia inmobiliaria, con el racismo, con la transformación de la ciudad global se consigue dar sentido al trauma en un relato más amplio. 

De alguna manera, fue una forma de terapia. Sin embargo, el relato en primera persona, reivindicación básica del feminismo, sitúa a quien lo hace en otro lugar peligroso: el de la transgresora. La violación es una cosa fea, que no hay que asociar nunca públicamente a tu propio nombre. 

“La transcripción literal de las dos horas de mi violación ha tenido consecuencias graves para mi carrera. En realidad el contar las cosas con detalle. No la teoría. No la perspectiva académica con distancia, sino la narración desde la perspectiva de un ser humano. Como por ejemplo, que no me contraten de profesora en una universidad porque he sido violada. 

Me lo han dicho así, no públicamente claro: ‘A ver cómo le explicamos a los padres, cuando miren el listado de profesores y busquen tu nombre en Google y aparezca la palabra violación;  y encima lo publicas’. Parece que lo que hay implícito es que me he salido de mi papel, porque en el momento que lo haces público eres una amenaza”, relata.

Traducirlo al español ha sido un proceso duro: el de revivir la violación quince años después. Pero Jana dice que no ha tenido ganas de maquillar la parte más cruda del relato. Piensa así, escribe así “desde los 13 años”.

“A mucha gente le parece que doy demasiados detalles, pero por otro lado tampoco me importa. Lo escribí para concienciar a los hombres, pero no quería purificarlo o quitarle la parte sexual. Sólo contarlo como fue. Incluso me da igual si alguien se pone leyéndolo. Incluso alguna vez me han preguntado si me excitan las escenas de violación.

 Y quizás en mi imaginación podría ser, pero eso no quiere decir que no tenga clara la diferencia entre la fantasía y la realidad. Claro que si yo tuviese ese precedente de decir públicamente que la violación en la imaginación puede excitarme antes del juicio, hubiese tenido muy difícil que me creyeran. 

Como esto es una guerra de interpretaciones, estamos muy jodidas”, concluye."            (Nuria Alabao, CTXT, 12/10/17)

3/3/17

“Un abuelo pistolero tuvo problemas económicos tras enviudar hace dos meses. El detenido atracó su propia oficina bancaria, de la que al parecer no podía sacar el dinero de su esposa”... le han decretado prisión sin fianza, por riesgo de fuga, ¿en los viajes del Imserso?

"La historia del obrero jubilado de Hostafrancs (Barcelona) hubiera inspirado a Bertolt Brecht, el escritor alemán, a que escribiera uno de sus cuadros teatrales más conmovedores de su vida. Resumo la historia según apareció en alguna canallesca; en este caso sin piedad y en su sentido más genuino. 

Titulares: “Un abuelo pistolero tuvo problemas económicos tras enviudar hace dos meses. El detenido atracó su propia oficina bancaria, de la que al parecer no podía sacar el dinero de su esposa”. 
 
Salvo el protagonista, Jesús M.A -que es como se escriben ahora las contraverdades-, lo demás es falso. No podía ser abuelo, porque no tenía hijos. Llamar pistolero a un tipo que llevaba una pistola de fogueo y sin balas, es un exceso semántico. 

Entró en la oficina bancaria de toda la vida -llevaba 35 años viviendo en el mismo sitio- y el dinero, que no sería precisamente el de Urdangarin, estaba colocado en una cuenta conjunta que los empleados bancarios no querían devolverle hasta que terminaran ¡los trámites mortuorios!

 Así llevaba dos meses y lo que la voluntad omnímoda de esos oficinistas dictaminasen que ya era hora de dárselo, porque al fin y al cabo era suyo. Hasta tuvo que pagar 500 euros, que pidió a una vecina, para pagarse un notario.

Harto de estar harto se compró una pistola de juguete y baratillo y se echó la vida por delante. En seis días, seis simulacros de atraco. Tres oficinas bancarias, una perfumería y una farmacia; todas alrededor de su casa, como si le importara un carajo ya todo. Curioso el detalle brechtiano, de que en la farmacia se llevó una caja de Viagra. ¡Grandes especulaciones! Bastaría con pensar que a sus 71 años y con problemas de próstata quisiera echarse el último gran polvo de su vida.

¿Que se le fue la olla? ¿Y a quién no? 71 años trabajando, fallece tu mujer de toda la vida y le ponen pegas a devolverte lo que es tuyo. Pero como eres un pringao tienes pocas posibilidades de hacer otra cosa que no sea algo grande al fin en tu vida: hay que tener muchos huevos y una cabeza fuera de sí, para entrar en plan temerario en los seis sitios que tienes más cerca, salvo uno en la Gran Vía.

¿Y a esto el gremio informativo, cada vez más sicario y acojonado, le llama “un pistolero”? Sencillamente un obrero que siempre trabajó en un taller de automoción y que se quedó viudo a los 71 años , sin hijos ni parientes, solo unos vecinos comprensivos que se desviven colmándole de alabanzas y que le adelantaban los gastos; que si 500 euros, que si mil y pico, que devolvía rigurosamente, no como el banco ¡Atracador a mano armada con pistola de chirigota!

Seguro que la entidad bancaria Caixabank habrá recompensado al director de la sucursal por su valor y su rigor económico. No hay piedad con quien uno se puede ensañar y tiene escasas posibilidades de defenderse. Un empleado modelo, no como otros directivos que saquean los bancos y las cajas, y encima hay que darles suculentas indemnizaciones . La demagogia se ha transformado en un cuento de hadas.

Pero lo mejor viene ahora. Los dos jueces encargados del caso  le han decretado prisión sin fianza, por riesgo de fuga. Quizá podría sacarse uno de esos billetes para diez viajes por la ciudad e ir a ver el mar. No creo que le quitaran el pasaporte porque no tendría, y Suiza, ¡oh Urdangarin! le pillaba un poco lejos; tampoco sabrá esquiar y el norte de Europa le castigará de frío, carece de la experiencia de Bárcenas. Menos aún, no habla idiomas, como Rodrigo Rato. ¡Pero hay riesgo de fuga hasta el bar de la esquina!

¿Quién dijo aquello de que la justicia era igual para todos? Quedará como el mejor chiste de nuestra época."               (Gregorio Morán, Bez)

9/9/16

Los detalles, peligros y esperanzas del acuerdo de paz entre el Gobierno colombiano y las FARC

"No es el sometimiento de las FARC ni la imposible revolución por negociación. El presidente Juan Manuel Santos ha repetido continuamente que no negociaba con la guerrilla ni el sistema político ni el modelo económico ni la doctrina militar. Pero el acuerdo le da la razón a las FARC al reconocer el Estado que lo acordado es para “transitar a un escenario en el que impere la democracia con garantías plenas para quienes participen en política”.

Tenían razón las FARC al justificar la insurgencia como el único camino que les quedaba frente a un sistema político, económico y militar, patrocinado por EE UU, que, mediante el terrorismo de Estado, impedía a la izquierda ejercer su derecho a la oposición. Y también tenían razón al insistir, desde su fundación hace 50 años, en que para acabar con la guerra querían negociar una democracia en la que la respuesta a la oposición no sea el asesinato.

El acuerdo para la paz

1. Las FARC entregan su armamento a la ONU, que lo convertirá en chatarra para construir tres monumentos conmemorativos: en la sede de la ONU en Nueva York, en Cuba (escenario de las negociaciones) y en Colombia.

2. El Estado se compromete a garantizar la seguridad en la participación política de los insurgentes desmovilizados para “transitar a un escenario en el que impere la democracia”.

3. Una “reforma rural integral”, para la que el Gobierno no ha aceptado la denominación de reforma agraria, que no resuelve la desigualdad provocada por una tremenda concentración en la propiedad de la tierra –origen histórico del conflicto–, que resulta contradictoria con el Plan Nacional de Desarrollo y está amenazada por los proyectos de inversión internacional en la minería para la tercera parte del territorio nacional.

4. Una “justicia especial para la paz” que anuncia la más amplia amnistía posible y que debería imponer condenas de entre 15 y 20 años de prisión a cualquiera de los implicados que no confiese sus crímenes de guerra y sus delitos de genocidio y contra la humanidad. Los agentes del Estado tendrán “un tratamiento penal especial, diferenciado, simétrico, equitativo, equilibrado y simultáneo”. 
La amnistía no se aplicará a “los delitos de lesa humanidad, el genocidio, los graves crímenes de guerra, la toma de rehenes u otra privación grave de la libertad, la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, la desaparición forzada, el acceso carnal violento y otras formas de violencia sexual, la sustracción de menores, el desplazamiento forzado y el reclutamiento de menores, en conformidad con lo establecido por el Estatuto de Roma”.

5. Una nueva política contra el narcotráfico, que en realidad depende más de la dimensión internacional del negocio y que se complica en su repercusión interna por el matrimonio de los narcos con los paramilitares.

6. Los colombianos decidirán el 2 de octubre en un plebiscito si aceptan el resultado de las negociaciones. La debilidad de la democracia colombiana queda en evidencia con las condiciones para el resultado: será suficiente que el ‘sí’ gane al ‘no’ con sólo un 13% del censo electoral. La campaña del ‘no’ está encabezada por el expresidente y ahora senador Álvaro Uribe, que acusa a su sucesor, Juan Manuel Santos, de entregar Colombia a las FARC. Un disparate que no ha reducido su popularidad.

La vigilancia sobre el cumplimiento de lo acordado depende de la ONU y de la CELAC.

El acuerdo firmado es un tejido cuidadosamente elaborado que contiene una gran cantidad de compromisos, condiciones y procedimientos pero que, en lo fundamental, establece lo que debería ser determinante: la negociación no ha sido para cambiar el sistema colombiano (en lo político, lo económico y lo militar), sino para garantizar que quien lo quiera cambiar podrá ejercer su derecho a la confrontación electoral sin padecer el terrorismo de Estado.

 Y el acuerdo no lo asume un gobierno, sino precisamente el Estado, para que otro presidente no pueda cancelarlo. El Acuerdo Final se incorpora a la Constitución “como parámetro de interpretación y referente de desarrollo y validez para las normas y las leyes en su implementación y desarrollo”.

La amenaza paramilitar

El acuerdo incluye una promesa de tan extensa redacción como dudoso cumplimiento: “El Gobierno garantizará la implementación de las medidas necesarias para intensificar con efectividad y de forma integral las acciones contra las organizaciones criminales responsables de homicidios y masacres o que atentan contra los defensores de los derechos humanos, los movimientos sociales y las organizaciones políticas, incluyendo las organizaciones criminales que hayan sido denominadas como sucesoras del paramilitarismo y sus redes de apoyo y la persecución de las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz”.

Había paramilitares antes de la fundación de las FARC y los habrá después de que la guerrilla entregue sus armas a la ONU. No es cierto que los paras fueron la respuesta a la actuación de las FARC.

 La insurgencia se organiza en 1966, cuatro años después de que el presidente Kennedy enviara una misión militar para aplicar en Colombia, mediante un protocolo secreto muy bien recibido por el Gobierno y el Ejército, su política contrainsurgente, que recomendaba utilizar a los paramilitares para la eliminación del enemigo interno según la Doctrina de la Seguridad Nacional en la Guerra Fría. 

Siempre vinculados con las Fuerzas Armadas, los paramilitares fueron patrocinados por los terratenientes y los ganaderos y reclutados por el narcotráfico.

Abogados de los narcoparamilitares han reconocido que el sector más rancio de la cúpula militar les está pidiendo que se mantengan en capacidad de actuar para asesinar a los comandantes desmovilizados de las FARC.

 Lo confirma Enrique Santiago, dirigente de Izquierda Unida y asesor jurídico de las FARC: “Un sector de los militares conspira con los paras contra el acuerdo de paz. Sin el compromiso de EE UU en el desmantelamiento de estos grupos criminales, será imposible acabar con ellos y conseguir las necesarias garantías de seguridad”.        (José Manuel Martín Medem
, excorresponsal de TVE en Colombia y autor del libro ‘Colombia feroz’, Diagonal, 08/09/16)

21/1/16

“La violencia política es un proceso relacional”

"Recientemente se ha publicado el libro 'Enclaves de riesgo', en el que aparece un texto tuyo dedicado al disciplinamiento de los jóvenes de las periferias francesas y su deriva securitaria. ¿Por qué ligas derechos y empleo con el asunto de la seguridad?

Es totalmente artificial separar la seguridad de la cuestión social. Existe un estrecho vínculo entre la inseguridad existencial y los pequeños desórdenes urbanos. En la sociedad fordista, los desórdenes característicos de la juventud (violencia, pequeños robos, vandalismo, etc.) se regulaban en su mayoría a través de la integración en el mundo de la fábrica. 

Con el paso de los años la integración profesional permitía “sentar cabeza”, como se decía entonces. Hoy ya no es el caso. La precariedad, las discriminaciones o el desempleo masivo que experimentan hoy muchos jóvenes de las periferias francesas les impide encontrar esta estabilidad y favorece la permanencia de los desórdenes juveniles. Además, estos jóvenes son percibidos de manera diferente que en el pasado.

 Los viejos obreros no reconocen en las nuevas generaciones sus herederos. Su mundo se ha deshecho y estos jóvenes encarnan de manera especialmente visible este declive colectivo.

 Todo ello genera un repliegue en el espacio doméstico y un malestar profundo que los politólogos analizan de manera sesgada como “sentimiento de inseguridad” y que los políticos usan en sus campañas par intentar reconquistar un electorado masivamente abstencionista.

Los atentados de París de la noche del 13 de noviembre de 2015, así como el ataque a la revista Charlie Hebdo o al museo judío belga, han tenido como protagonistas a jóvenes franceses, na­cidos y educados en Francia, y no a terroristas llegados de otros países. ¿Qué condiciones han hecho posible que jóvenes de barrios periféricos cometan actos de una extrema violencia en sus propias ciudades?

Es cierto que varios de los autores de estos ataques presentan unas trayectorias parecidas: intervención precoz de los servicios sociales, escolaridad técnica, sociabilidad callejera y delictiva y por fin encarcelamiento. 

Todos comparten una visión del islam compuesta de combatientes convertidos en héroes (los muyahidines), hazañas y escenarios lejanos de conflicto. De hecho, varios viaja­rían a esos destinos (Siria, Pakistán, Afganistán, Yemen).

 La pro­pa­ganda, las pré­dicas y las es­tancias iniciáticas les proporcionan una representación del mundo bastante simple que reúne en un todo coherente su experiencia concreta de la dominación, de la discriminación, la que sufren otros pueblos (en Mali, en Chechenia, en Palestina, etc.) y un gran relato civilizatorio que designa a los judíos y a los infieles como responsables de todos esos males.

 Esta concepción de la religión es fácil de asumir, dado que es al mismo tiempo una toma de conciencia (de su situación) y una liberación, que le ofrece a la rebeldía un ideal más ‘elevado’ y universal que la delincuencia y la marginalidad.

Sin embargo, estas características no son sólo las de unos individuos que han cometido atentados, sino las de decenas de miles de jóvenes. De ahí la gran ingenuidad de buscar perfiles. El uso de la violencia en política (en tiempo de paz) concierne a muy pocas personas, y no sale de la nada. 

Hay que dibujar sus genealogías –la guerra civil argelina juega sin ninguna duda un papel en los últimos atentados– y entender las dinámicas propias de las trayectorias de estos individuos, sin nunca olvidar el papel de las autoridades públicas (y particularmente de la policía y de la justicia): la violencia política es un proceso relacional.

Los ataques yihadistas están siendo usados por los gobernantes para mostrar músculo ante la opinión pública en forma de respuestas represivas bélicas. En este sentido, el discurso del Frente Na­cional parece marcar el paso desde hace años en la política francesa. ¿A qué verdad apela Marine Le Pen que ha atraído a tantos franceses?

Los atentados que experimenta Europa desde el principio de los años 2000 son terribles. Pero en ningún caso han desestabilizado los Estados. Los servicios de inteligencia, la policía y la justicia han hecho su trabajo, generalmente de manera eficiente. 

Los autores y sus cómplices han sido neutralizados o arrestados rápidamente. En vez de felicitarse por ello, el Gobierno francés usa un discurso bélico, o peor aún, de guerra de civilizaciones. Marine Le Pen no puede pedir más… Ni siquiera tiene que decir nada, si el propio Gobierno socialista señala el “islamismo radical” como enemigo.

El discurso de guerra implica una polarización (entre “ellos” y “nosotros”) que es un sinsentido en materia de violencia política. Dos discursos simétricos se enfrentan: el de las autoridades (“o están con nosotros o están con los terroristas”) y el de las organizaciones armadas (“o están con nosotros o son malos musulmanes, nacionalistas, revolucionarios, etc.”). 

Ahora bien, la “relación terrorista” no incluye a dos participantes, sino a tres. El enfrentamiento entre los dos primeros se realiza ante la mirada por lo general indiferente del grueso de la población, que ocupa una posición de espectadora a través de los medios de comunicación. 

Este distanciamiento constituye precisamente la condición de la no extensión de la violencia, particularmente cuando los grupos radicales no disponen de bases sociales o territoriales fuertes.

 Pero la presión que se ejerce para desembocar en condenas unánimes, las vejaciones y las humillaciones (tales como las que se pueden observar en los registros que se llevan a cabo con el estado de emergencia) pueden, por rechazo, incitar a una minoría de esos espectadores a unirse a los objetivos, o incluso a las filas, de las organizaciones que están en el punto de mira.

¿Qué puede desactivar el dispositivo securitario en forma de guerra y miedo que se ha apoderado de la vida cotidiana en Francia?

Es difícil de momento, dada la unanimidad política sobre este tema. El problema con las medidas descritas como “excepcionales” tomadas en momentos de crisis es que no hay vuelta atrás. El caso de Irlanda del Norte o de Italia de los 70-80 lo demuestran muy bien. Se convierten en la manera normal de gestionar una determinada situación.

 ¿Quién será el político francés que tendrá el valor de no activar el estado de emergencia después del próximo atentado? Por tanto, no estamos frente a un estado de excepción. Para la mayoría de la gente, nada cambia, y es la razón por la cual estas medidas pueden existir y recibir un cierto apoyo. La excepción concierne sólo a ciertos grupos, definidos por su “peligrosidad”, y por extensión unos medios cercanos a ellos. Vivimos dentro de regímenes liberales con bolsas de excepcionalismo. 

Eso dificulta la mo­vilización más allá de las orga­nizaciones tradicionales de defensa de los derechos humanos. Por eso hay que mostrar que además de discriminatorias, estas políticas son inútiles y, peor aún, contraproducentes. En efecto, participan de la radicalización de gente que no lo estaba y difunden un visión del mundo social dividido entre musulmanes y no musulmanes.

 Una división que defienden tanto los neoconservadores norteamericanos y la extrema derecha europea como el Estado Islámico y los grupos yihadistas..."                (Entrevista a Laurent Bonelli, profesor de Ciencia Política en la Universidad París X Nanterre, Diagonal, 05/01/16)

8/7/15

La violencia organizada y masiva ha sido desplazada y sustituida por una violencia desestructurada, mecánica y salvaje

"Vivimos la paradoja de una de las épocas menos violentas de la Historia de la Humanidad y, al tiempo, el surgimiento de una violencia fiera. Son muchos los estudios de organismos internacionales e institutos académicos que arrojan cifras claras sobre la práctica desaparición de las guerras entre Estados y la disminución de conflictos internos y sus secuelas sangrientas en comparación con épocas pretéritas, incluido el siglo XX. Esa constatación no significa triunfalismo ni resignación, en especial, porque la violencia organizada y masiva ha sido desplazada y sustituida por una violencia desestructurada, mecánica y salvaje.  (...)

Hoy, como nunca en el pasado, los Estados son muy vulnerables y pueden ser desestabilizados con facilidad y rapidez. En parte porque se ha difuminado su poder; son más determinantes las adscripciones étnicas, territoriales, culturales y religiosas que las ideológicas sustituyendo el tribalismo nacionalista y los fundamentalismos religiosos a la lucha ideológica. 

Algunos Estados, antes pobres, con sociedades civiles nada organizadas o sistemas sociales tribales y con débiles administraciones públicas, se han visto sorprendidos por su inmensa riqueza sin una verdadera estructura estatal que permita un aprovechamiento en interés común, multiplicando la miseria y la corrupción infinita. Muchos Estados, casi todos en África, no fueron capaces de construir un Estado. (...)

Ya apenas hay guerras como las que conocíamos, ya fueran conflictos armados internos o internacionales; no son guerras presididas por el dios Marte. La impureza de la violencia armada del siglo XXI, tanto la común o sin fines políticos como el terrorismo islamista, no acepta mínimas reglas humanitarias en la conducción de sus acciones armadas ni en el trato a los no combatientes y civiles.

 Esa brutalidad sin los frenos últimos de civilización, nos plantea cómo actuar en situaciones que están al margen de la lógica y de las reglas del conflicto armado. En toda guerra, en mayor o menor medida, ha habido un mínimo espacio humanitario, de negociación y mediación de Cruz Roja o de terceros Estados para preservar una parte de las vidas humanas y su legado cultural.

Lo que más llama la atención de la violencia interna del siglo XXI es que son guerras privadas, de múltiples grupos autónomos de delincuencia que se apoderan para sus tráficos ilícitos de parte del territorio (en Colombia, México, Guatemala, Irak, Afganistán, Pakistán…), o de casi todo (República Democrática del Congo) o incluso de todo (Somalia), de sus recursos y de los resortes del Estado en la zona que ocupan y controlan. 

Lo grave y desconcertante es el nivel y arraigo que ha alcanzado la violencia en una veintena de Estados envueltos en bucles o ciclos de violencia repetida. Además, en amplias zonas de África y Asia, la violencia común está trufada de otra mucho más peligrosa para el conjunto de la humanidad, especialmente para los europeos, con conocidos grupos terroristas islamistas (Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Libia, Argelia, Egipto, Somalia, Malí…).

La múltiple criminalidad para fines económicos pretende poner fin o debilitar a las estructuras estatales (Estados fracasados y frágiles) para llevar a cabo, sin ley ni orden político social, en plena o parcial anarquía, sus actividades criminales trasnacionales (el comercio y distribución de droga en terceros Estados, comercio ilegal de armamentos, esclavitud de personas -tráfico de migrantes y refugiados, trabajo forzado, prostitución de adultos y menores-, la explotación y comercio de diamantes, oro, cobalto, coltán, marfil, tráfico de fauna y flora silvestres, etc.) 

Los grupos político-criminales en África, Asia y América que controlan partes del territorio ligadas a la explotación de diversas riquezas o tráficos ilícitos, al modo del narcoterrorismo en Colombia o en México, a veces financian y condicionan a los partidos políticos, tal vez desean tener cierto impacto sobre las instituciones para subordinarlas o bloquearlas, pero no aspiran a ejercer el poder político ni desean administrar el Estado.  (...)

La violencia común contemporánea no pretende objetivos políticos y su control del Estado se concentra en conseguir libertad para su acción criminal generalizada y garantizar su impunidad. Desplazan al Estado, no lo sustituyen. Esta violencia masiva interior no siempre es jurídicamente un conflicto armado, puesto que los actores no desean ejercer el poder político ni adueñarse directamente del Estado. Lo que desean es que el Estado no interfiera en su actividad criminal y les deje un territorio sin policía, sin jueces y sin sociedad civil. (...)"       (Araceli Mangas Martín, El Mundo, 27/05/2015)