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28/5/24

Cuando se habla de la secesión de las élites se alude a gente que puede vivir y disfrutar de su tiempo sin alterarse por las acciones de los políticos, la subida de precios o las transformaciones en el empleo... se ha creado una capa social semejante a la aristocracia británica de finales del XIX, la que vivía de las rentas de la tierra. La de ahora es también rentista, pero su fuente de ingresos es otra... Las fábricas se llevaron a China y el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras occidentales decayó para que esta nueva nobleza del siglo XXI pudiera vivir su tiempo sin roces con la realidad. La globalización no se puso en marcha para generar más eficiencia económica, para que la productividad aumentase o para que la competitividad fuese mayor, sino para asentar la separación de estas élites... El capital está organizado de tal manera que ya no necesita inventar nuevos productos o servicios, ni poner en marcha nuevos negocios. Se limita a estar presente en el accionariado de grandes empresas monopolistas u oligopolistas, muchas de ellas de sectores que fueron públicos... La secesión de las élites es posible para una parte muy, muy pequeña de la población. Defender el mismo programa político que ellas no parece una buena idea

 "¡Menos protocolo y más patatas!, la novela de José Miguel Fernández Sastrón, exmarido de Simoneta Gómez-Acebo, hija de la infanta Pilar de Borbón, ha dado más munición a quienes caricaturizan a las clases altas españolas a partir de los viejos estereotipos, con señoras de apellidos compuestos que tienen su propio capellán, hijos vagos en consejos de administración de empresas familiares, las fincas y demás. Lo cierto es que los nuevos señoritos, las nuevas élites, distan ya de tales retratos.. Y no porque hayan constituido una clase avanzada, sino porque están de regreso: se parecen más a la clase rentista que componía la aristocracia británica de finales del XIX.

Lo que define a la nobleza económica contemporánea tiene que ver con la construcción de un mundo aparte, que no es afectado por las cuestiones esenciales de la vida en común. Lo señala bien Fernández Sastrón cuando describe las comidas en los restaurantes madrileños, en especial en Horcher, "un punto de encuentro. Es una especie de sede de toda la vida de los viejos y nuevos ricos. Las conversaciones que mantienen entre ellos las podríamos imaginar, desde fuera, relacionadas con las altas finanzas y no lo son. De lo que en realidad hablan es de la amante del otro, del vino carísimo que beben y de la próxima montería o viaje. Y acaban los almuerzos con la frase típica de "lo tuyo ya te lo arreglo después".

No hablan de finanzas, sino que sus conversaciones giran alrededor de chismes y ocio porque pueden permitirse una vida al margen, aquella que no es perturbada por aquello que sí nos preocupa al resto de los mortales. Pueden ignorar la política, porque entienden que la capacidad de los dirigentes nacionales de causarles daño es limitada, y la economía les perturba poco, ya que poseen recursos suficientes. Están alejados del cuerpo social y por lo tanto lo que pasa ahí fuera no les importa demasiado.

Lo explica de una manera directa, desde el dilentantismo y la ironía, Janan Ganesh, columnista de Financial Times: "¿Inflación? Puedo ahorrar sin sufrir. ¿El malestar de Europa? Soy móvil. Puedo escabullirme. La escena gastronómica de Singapur ha evolucionado mucho. ¿El Brexit? Las víctimas directas son los pequeños exportadores, los artistas en gira, o los investigadores científicos, no los columnistas mimados como yo. Londres es más cosmopolita, no menos, que en 2016. ¿Las infraestructuras? Algo precioso si vives en una región remota o desfavorecida, pero las principales ciudades del mundo rico están bien dotadas. ¿La educación? ¿El futuro lejano? ¿Las grandes guerras por los recursos de la década de 2070? No tengo hijos por los que temer. Amigos, parece que he salido de la Historia. Fuera de los temas obvios y eternos de los impuestos y la ley y el orden, el día a día me afecta poco. Me resulta estimulante observar la política, pero como un zoólogo observa una colonia de wombats".

"Fuera de los temas obvios y eternos de los impuestos y la ley y el orden, la política me afecta poco"

Esta es la descripción real de una clase social que vive al margen, ya que posee los recursos y la posición precisos para no preocuparse de nada más que de malgastar su tiempo de ocio. Cuando se habla de la secesión de las élites es precisamente a esto a lo que se alude, a gente que puede vivir y disfrutar de su tiempo sin alterarse por las acciones de los políticos, la subida de precios o las transformaciones en el empleo. Parte del deseo aspiracional que circula por la sociedad tiene que ver con esto. También nos gustaría disfrutar de nuestra existencia sin preocuparnos de todas las fricciones que la vida cotidiana nos genera: obligaciones, pagos, programas políticos que nos afectan, preocupaciones ligadas a lo material y tantas otras cosas. Pero no podemos, porque vivimos en sociedad y no podemos separarnos de ella. Los ricos tampoco, pero a veces se van demasiado lejos.

Este es uno de esos momentos: se ha creado una capa social semejante a la aristocracia británica de finales del XIX, la que vivía de las rentas de la tierra. La de ahora es también rentista, pero su fuente de ingresos es otra.

Esta clase ha quedado constituida por la economía forjada en la era de la globalización feliz. Las fábricas se llevaron a China y el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras occidentales decayó para que esta nueva nobleza del siglo XXI pudiera vivir su tiempo sin roces con la realidad. La globalización no se puso en marcha para generar más eficiencia económica, para que la productividad aumentase o para que la competitividad fuese mayor, sino para asentar la separación de estas élites.

Ganar sin aportar siquiera capital

Uno de los mejores ejemplos de la economía rentista que se ha creado, y de cómo nos está influyendo, son los supermercados británicos. Como asegura Bloomberg, cadenas como Wm Morrison y Asda están siendo investigadas por, entre otros motivos, no trasladar la bajada de los precios a los consumidores. Ambas cadenas están soportando una enorme deuda contraída por los financieros que las adquirieron en 2021, y como esa deuda es ahora más cara por la subida de tipos, necesitan obtener más beneficios. Según asegura Liam Byrne, ex ministro laborista del Tesoro que preside el comité de negocios y comercio del Parlamento, "hay entre cuatro y cinco minoristas altamente apalancados como Morrison y Asda, empresas que emplean a cientos de miles de personas y que son propiedad de firmas de capital privado que están asumiendo oscuros riesgos. Es peligroso para el capitalismo británico".

No producen nada, simplemente compran algo ya existente con dinero que no tienen para venderlo tiempo después

Por explicarlo de otra manera. Los fondos de private equity compraron esas cadenas con dinero que obtuvieron prestado a cuenta de las empresas adquiridas. Normalmente, esos fondos, después de recortar todo tipo de costes, suelen vender la firma al cabo de un tiempo, generalmente cinco años, a otros fondos o a empresas del mismo sector comercial. No producen nada, simplemente compran algo ya existente con dinero que no aportan para venderlo tiempo después. Como lo hacen sin apenas invertir, las firmas adquiridas se cargan de deuda. Como hay que hacerlas eficientes, suelen recortar en mano de obra y en costes de proveedores. Y como la deuda hay que abonarla, los consumidores deben pagar precios más elevados. Esa es una de las principales causas de la inflación en los alimentos en Reino Unido. No es algo que ocurra en el extranjero, es una constante de este tipo de capitalismo.

El rentismo no lo constituyen, como se suele afirmar en redes sociales, esas personas que tienen un par de pisos para alquilar; no se trata de gente mayor robándole la vida a los jóvenes. El rentismo es una estructura de la economía que impulsa lo contrario del trickle-down: se trata de que el dinero fluya de abajo hacia arriba. El capital está organizado de tal manera que ya no necesita inventar nuevos productos o servicios, ni poner en marcha nuevos negocios. Se limita a estar presente en el accionariado de grandes empresas monopolistas u oligopolistas, muchas de ellas de sectores que fueron públicos, para aprovechar su poder de mercado y conseguir el mayor beneficio posible; o a realizar prácticas como las de Asda y Morrison en las que está inmerso buena parte del private equity; o a invertir en instrumentos ventajistas como el high frequency trading.

El libre mercado contra las clases medias altas

La separación entre las vidas de la nueva nobleza rentista y las nuestras es también la separación de sus economías y las nuestras. La mayor parte de la gente realiza una tarea por la que recibe una retribución, ya sea en forma de salario o de beneficio si es autónomo o tiene una empresa. El tipo de estructura en que se apoya la clase rentista no lo necesita, le basta sentarse a esperar que el dinero fluya de abajo arriba a través de mecanismos que extraen recursos de la economía productiva. Por eso en tantas ocasiones las cifras macroeconómicas y las de la economía cotidiana no encajan.

Hay mucha gente que apoya el libre mercado y que cree que el programa de ley, orden y bajos impuestos arreglará sus problemas. No es así

Este es uno de esos momentos. La inflación, con la pérdida de nivel de vida que aparejan precios tan elevados, en especial en los bienes esenciales, es el coste que estamos pagando para que los números cuadren por arriba. Como en crisis anteriores, es el común de los ciudadanos el que paga la factura.

Esta dinámica es la causa última del malestar de mucha gente, ya que deben encajar los golpes de la estructura económica que se articuló en la era del orden basado en reglas. Se menciona con mucha frecuencia la influencia política de los perdedores de la globalización, clases trabajadoras y habitantes de territorios en declive que giran hacia las derechas, pero se habla menos de un sector relevante, que constituye otra clase perdedora. A menudo, la gente enfadada suele pertenecer a clases medias y medias altas que apoyan el libre mercado y que creen que el programa de ley, orden y bajos impuestos que proponía Ganesh es el que solucionará sus problemas.

Quién puede desaparecer en un avión privado

Son gente que espera del Estado y de la democracia respeto a las instituciones, un buen funcionamiento de la justicia e impuestos bajos y que apoya a opciones políticas que basan su oferta electoral en esas promesas. Pero serán sistemáticamente defraudados, porque no es a ellos a quienes se está apelando. Los impuestos son un gran ejemplo: son más bajos que nunca para los grandes sectores rentistas, pero muy elevados para los trabajadores, los autónomos, las pymes e incluso los pequeños rentistas. Las bajadas de impuestos de los últimos tiempos no han ido destinadas a las clases sociales que los reclaman, sino a los rentistas. Y lo que estos dejan de aportar, debe afrontarlo el resto de la sociedad. Entre otras cosas, porque la deuda pública (a menudo en manos de grandes inversores) tiene que ser devuelta, y los impuestos también se destinan a eso. De modo que se produce la paradoja de que estas clases sociales molestas que esperan ley, orden y bajos impuestos están votando a opciones políticas que difícilmente van a cumplir lo que les prometen. Cuando se han desarrollado programas de gobierno que han ido en esa dirección, y el de Milei es un caso evidente, las consecuencias han sido dos: empobrecimiento de sus nacionales y satisfacción de los grandes acreedores rentistas, porque es justo el programa que necesitaban.

La secesión de las élites es posible para una parte muy pequeña de la población. Pero hay quienes defienden su mismo programa político

Esas clases medias y medias altas no han entendido todavía cómo funcionan las cosas, y por eso continúan dando su apoyo a opciones políticas que les mienten. Una anécdota descrita por la periodista Linette López, que la presenció en una edición de SALT, la gran conferencia de los inversores estadounidenses, ilustra hasta qué punto las vidas de las clases de verdad rentistas y las de las medias altas divergen. López preguntó a un multimillonario por la incertidumbre política, y la respuesta que recibió fue franca: a él no le preocupaba, porque tenía su dinero en las Islas Caimán o en Las Bahamas, y vivía un poco en todas partes. Pero, advirtió, para los simplemente ricos era otra cosa: "Ellos tienen que pagar la universidad de la Ivy League de sus hijos, la hipoteca de su casa de los Hamptons y los bienes de lujo que han adquirido. A ellos, la inestabilidad sí les puede perjudicar". Y, añade López, "acto seguido, subió a su avión privado y desapareció".

De manera que, salvo quienes puedan desaparecer en un avión privado, todos los demás están atados a su territorio. La secesión de las élites es posible para una parte muy, muy pequeña de la población. Defender el mismo programa político que ellas no parece una buena idea.

El camino de salida

Dos advertencias finales. Ganesh termina su artículo señalando que "la vida extrapolítica les parecerá a algunos inhumana. Para mí es un milagro de la modernidad. Lo que no será por mucho tiempo es excepcional". Tiene razón. Las cosas están cambiando. Hay suficiente gente enfadada con el tipo de economía existente como para provocar un giro. Y quizá en una mala dirección, porque la gente que reside en la vida extrapolítica desea conservar su posición de privilegio, lo que obliga a participar en la política de manera muy activa para mantenerla. Apoyarán opciones perniciosas. Toda la retórica sobre el autoritarismo tiene en estos sectores un apoyo sustancial.

La segunda cuestión, relacionada con la primera, es la condición indispensable para que la salida de este enredo sea positiva para una mayor parte de la población. La época que viene tras la globalización feliz es incierta, y aunque se estén adivinando ya los caminos que va a tomar, todavía no están bien definidos. Pero, gire hacia donde gire, si no nos alejamos de manera radical de esta estructura rentista de la economía, el mundo va a ser mucho más duro. Las transformaciones del orden global no van a ir solo de EEUU contra China, de rusos e iraníes o de las consecuencias de la guerra de Gaza. La economía planificada de los rentistas, que fueron los principales beneficiarios de los años globales, nos ha metido en un lío notable en todos los niveles y, para salir de él, tenemos que reorientar de manera decidida nuestras estructuras hacia lo productivo. De lo contrario, todo será arriba y abajo, señores y sirvientes, y no hay mejor manera de que Occidente decline en el mundo."              

( Esteban Hernández , El Confidencial, 27/05/24)

25/9/23

El mito de la escasez mundial de granos... Contrariamente a la creencia popular, la guerra en Ucrania no ha provocado una escasez mundial de trigo. Mientras que el hambre en el mundo se ha disparado en los últimos años, la mejor manera de afrontar la crisis alimentaria actual pasa por atacar sus verdaderas causas: la especulación financiera y el afán de lucro de las empresas... la oferta total de trigo (es decir, el volumen de producción más las reservas de partida) superaron el consumo en nada menos que 275 millones de toneladas. Este excedente desmiente la narrativa oficial de una escasez global. Asimismo, se calcula que la oferta global ha superado la demanda entre julio de 2022 y junio de 2023, lo que indica que se trata de una tendencia consolidada... ¿Cuál fue entonces la causa del aumento de los precios del trigo? El mercado mundial de granos opera a modo de oligopolio, en el que las cuatro principales empresas comercializadoras –Archer-Daniels-Midland, Bunge (que recientemente se ha fusionado con Viterra), Cargill y Louis Dreyfus– controlan más del 70 % del mercado, y Glencore otro 10 %... En las primeras etapas de la guerra en Ucrania, especialmente entre marzo y junio de 2022, las cuatro grandes comercializadoras de cereales lograron ingresos y beneficios récord... Inversores financieros, inclusive fondos de pensiones, incrementaron su parte de posiciones largas del 23 % en mayo de 2018 al 72 % en abril de 2022... En vez de impedir o contener estas maniobras financieras, las autoridades reguladoras estadounidenses y europeas permitieron que continuaran a su aire... la mayor parte de las exportaciones de granos de Ucrania no fueron a parar a los países más pobres del planeta. En su lugar, el 81 % de los 32,9 millones de toneladas métricas exportadas al amparo de la Iniciativa de Granos del Mar Negro se destinaron a países de renta alta o media alta... Dado que los países africanos importadores de alimentos solo recibieron una fracción de estas exportaciones, los temores de que la cancelación del acuerdo provocaría una hambruna masiva en todo el continente parecen sumamente exagerados

 "(...) En los últimos años, el fuerte aumento de los precios de los alimentos y la creciente frecuencia e intensidad de las inundaciones, sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos han generado alarma por una posible escasez inminente de granos, con la consiguiente catástrofe para las poblaciones más pobres y vulnerables del planeta. Aunque el cambio climático supone la mayor amenaza a medio y largo plazo para la seguridad alimentaria mundial, la invasión rusa de Ucrania se cita a menudo como causa inmediata de la hambruna actual. Pero esto es una cortina de humo.

No cabe duda de que la guerra ha trastornando las exportaciones de trigo tanto de Rusia como de Ucrania, dos de los principales países productores mundiales, al distorsionar unas relaciones comerciales cruciales. Puesto que Ucrania y Rusia exportaban antes de la invasión más de una cuarta parte del volumen global de trigo, políticos y comentaristas atribuyeron el fuerte aumento de los precios a comienzos de 2022 en gran medida a la escasez de oferta causada por el conflicto.

Sin embargo, mientras el índice global de precios del trigo aumentó alrededor de un 23 % en los primeros meses después de la invasión rusa, los precios comenzaron a descender en junio de 2022. En diciembre habían vuelto a los niveles de preguerra. Así se reconoció, pero esta tendencia se atribuyó al éxito de la Iniciativa de Granos del Mar Negro, un acuerdo auspiciado por Naciones Unidas que levantó el bloqueo ruso de las exportaciones de grano de Ucrania. A su vez, la reciente decisión de Rusia de cancelar el acuerdo ha generado preocupaciones sobre sus efectos potenciales en el comercio mundial de granos.

Estas preocupaciones están mal orientadas por dos razones. En primer lugar, la oferta mundial de trigo (tanto la producción total como el volumen comercializado) se ha mantenido constante desde el comienzo de la guerra de Ucrania. El Sistema de Información del Mercado Agrícola, administrado por la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas, incorpora datos del Consejo Internacional de Cereales para calcular los volúmenes de oferta, consumo y comercio. Entre julio de 2021 y junio de 2022 –un periodo en que los precios del trigo se dispararon–, la producción global aumentó a razón de cinco millones de toneladas, mientras que el volumen comercializado creció tres millones de toneladas. Durante el mismo periodo, las reservas aumentaron ligeramente (tres millones de toneladas).

 Lo más curioso es que la oferta total de trigo (es decir, el volumen de producción más las reservas de partida) superaron el consumo en nada menos que 275 millones de toneladas. Este excedente desmiente la narrativa oficial de una escasez global. Asimismo, se calcula que la oferta global ha superado la demanda entre julio de 2022 y junio de 2023, lo que indica que se trata de una tendencia consolidada.

En segundo lugar, los gobiernos y los medios suelen destacar los casos de escasez en regiones concretas, mientras pasan por alto el aumento de la producción y del comercio en otras partes del mundo. En realidad, el trigo se produce globalmente, lo que significa que la escasez en una región puede compensarse aumentando la producción en otra.

 

¿Cuál fue entonces la causa del aumento de los precios del trigo? Para responder a esta pregunta hemos de seguir el rastro del dinero. El mercado mundial de granos opera a modo de oligopolio, en el que las cuatro principales empresas comercializadoras –Archer-Daniels-Midland, Bunge (que recientemente se ha fusionado con Viterra), Cargill y Louis Dreyfus– controlan más del 70 % del mercado, y Glencore otro 10 %.

En las primeras etapas de la guerra en Ucrania, especialmente entre marzo y junio de 2022, las cuatro grandes comercializadoras de cereales lograron ingresos y beneficios récord. Los ingresos anuales de Cargill subieron un 23 %, hasta 165.000 millones de dólares, mientras que los beneficios de Louis Dreyfus crecieron un 80 %. Estas subidas reflejaban alzas de precios que no cuadraban con la demanda del mundo real ni la dinámica de la oferta.

Además, los mercados de futuros del grano experimentaron una actividad frenética entre abril y junio de 2022. Inversores financieros, inclusive fondos de pensiones, incrementaron su parte de posiciones largas del 23 % en mayo de 2018 al 72 % en abril de 2022. Se informó de que diez fondos de cobertura “impulsados por el viento favorable” ganaron 1.900 millones de dólares mediante la capitalización del fuerte aumento del precio de los alimentos provocado por la invasión rusa de Ucrania. En vez de impedir o contener estas maniobras financieras, las autoridades reguladoras estadounidenses y europeas permitieron que continuaran a su aire.

Sorprendentemente, la mayor parte de las exportaciones de granos de Ucrania no fueron a parar a los países más pobres del planeta. En su lugar, el 81 % de los 32,9 millones de toneladas métricas exportadas al amparo de la Iniciativa de Granos del Mar Negro se destinaron a países de renta alta o media alta, sobre todo europeos, como España, Italia y los Países Bajos, así como a China y Turquía. Los países de renta baja recibieron el 3 % de las exportaciones de grano de Ucrania y el 9 % de su trigo (sobre todo Bangladesh). Dado que los países africanos importadores de alimentos solo recibieron una fracción de estas exportaciones, los temores de que la cancelación del acuerdo provocaría una hambruna masiva en todo el continente parecen sumamente exagerados.

 La Iniciativa de Granos del Mar Negro parece que consistió más en facilitar las exportaciones de Ucrania –un objetivo loable en símismo– que en combatir el hambre en el mundo. Además del bloqueo de sus rutas marítimas por parte de Rusia, las rutas terrestres de Ucrania se vieron obstaculizadas por las restricciones implícitas a la importación impuestas por países de Europa Central y Oriental como Polonia, Bulgaria, Hungría, Eslovaquia y Rumanía, que desean proteger a los agricultores locales en apuros del grano ucraniano, que goza de precios competitivos. No obstante, como han señalado otras fuentes, la Iniciativa sirve ante todo a los intereses de los gigantes del comercio agrícola que comercializan el grano ucraniano y los financieros que les respaldan.

Si el hambre en el mundo ha aumentado con fuerza en los últimos años, la causa no radica en una escasez de cereales. En su lugar, el desplome de las exportaciones, la disminución de los ingresos de divisas, la fuga de capitales y el aumento de los costes del servicio de la deuda han mermado la capacidad de muchos países de importar alimentos. Para abordar estos retos hemos de buscar otras vías. En vez de distribuir granos en plan caritativo, la clase política mundial debe mitigar la vulnerabilidad comercial de los países empobrecidos y adoptar medidas para incrementar la producción local y regional de alimentos básicos. Todavía podemos ganar el combate contra el hambre en el mundo, pero a condición de que reconozcamos las verdaderas causas de los apuros actuales."

( es profesora de Economía en la Universidad Amherst de Massachusetts y forma parte de la Comisión para la Transformación Económica del Club de Roma. Viento Sur, 21/09/23)

4/9/23

Mariana Mazzucato : La sensación de ansiedad está en todas partes... por ello, los gobiernos debieran centrarse en la dirección de la economía... Después de todo, ¿de qué sirve un alto crecimiento económico si para él se precisan malas condiciones laborales o ampliar la industria de los combustibles fósiles? Significa alejarse de la financiación digital de la actividad económica y volver a comprometerse con invertir en la economía real... Los gobiernos que han tenido más éxito en catalizar el crecimiento lo han hecho cuando impulsaban otros objetivos, no el crecimiento por sí mismo. La misión de la NASA de enviar hombres a la Luna... hoy en día, si se considera la rapidez con la que está avanzando la inteligencia artificial, se precisan con urgencia gobiernos que puedan reformular la próxima revolución tecnológica en el interés de la gente... Para alcanzar un desarrollo inclusivo, debemos reconocer que los trabajadores son los verdaderos creadores de valor, y que sus intereses deberían tener un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza... de ahí la necesidad de reformular el crecimiento y reexaminar el Estado empresarial... La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente deseable... Para alcanzar una mayor producción económica que, al mismo tiempo, sea inclusiva y sostenible, los gobiernos necesitarán aceptar su potencial de ser creadores de valor y potentes fuerzas que dan forma a la economía. Si reorientamos las organizaciones públicas alrededor de misiones ambiciosas -en lugar de obsesionarnos sobre estrechas metas de crecimiento-, podremos estar a la altura de enfrentar los grandes desafíos del siglo veintiuno y tener la seguridad de que la economía crezca en la dirección correcta

 "La sensación de ansiedad está en todas partes, desde los debates de políticas de alto nivel y los manifiestos políticos a la cobertura noticiosa diaria. En Alemania, el último plan presupuestario del gobierno identifica un mayor crecimiento como una de las prioridades máximas. En la India, las autoridades nacionales se muestran anhelosas por reclamar el lugar de su país como la economía de más rápido crecimiento del planeta. En China, donde se ciernen perspectivas deflacionarias, es indiscutible que el gobierno está preocupado de alcanzar su objetivo de crecimiento de 5% para este año.

  En el Reino Unido, Keir Starmer, líder del opositor Partido Laborista, ha prometido lograr el máximo crecimiento sostenido del G7 si resulta electo, y los conservadores, desde el gobierno, expresan ambiciones parecidas (recordemos el ahora infame mantra de la ex Primer Ministra Liz Truss: “crecimiento, crecimiento, crecimiento”). 

Sin embargo, poner el crecimiento al centro de la elaboración de políticas económicas es un error. Aunque importante, el crecimiento en abstracto no es una meta ni una misión coherente. Antes de comprometerse a objetivos específicos (sean de crecimiento del PIB, producción global, etc.), los gobiernos debieran centrarse en la dirección de la economía. 

Después de todo, ¿de qué sirve un alto crecimiento económico si para él se precisan malas condiciones laborales o ampliar la industria de los combustibles fósiles? Es más, los gobiernos que han tenido más éxito en catalizar el crecimiento lo han hecho cuando impulsaban otros objetivos, no el crecimiento por sí mismo. La misión de la NASA de enviar hombres a la Luna y hacer regresarlos, produjo innovaciones en materiales aeroespaciales, electrónica, nutrición y software que más adelante aportarían un importante valor económico y comercial. Pero la NASA no se planeaba crearlas por esa razón, y es probable que nunca lo hubiera hecho si sus misiones se hubieran emprendido simplemente para aumentar la producción.

 De manera similar, la Internet surgió de la necesidad de que los satélites se intercomunicaran. Debido a su adopción generalizada, durante la última década el PIB digital ha estado creciendo 2,5 veces más rápido que el PIB físico, y hoy la economía digital está en camino de valer unos $20,8 billones estimados para 2025. Una vez más, tales cifras de crecimiento son resultado de un involucramiento activo con las oportunidades que presenta la digitalización; por sí mismo, el crecimiento no era el objetivo. 

 En lugar de centrarse en la aceleración de la brecha del PIB digital, los gobiernos deberían apuntar a cerrar la división digital y asegurarse de que el crecimiento actual y el futuro no se basen en el abuso del poder de mercado de las Grandes Tecnológicas. Si se considera la rapidez con la que está avanzando la inteligencia artificial, se precisan con urgencia gobiernos que puedan reformular la próxima revolución tecnológica en el interés de la gente.

  En términos más generales, impulsar el crecimiento en una dircción más inclusiva significa alejarse de la financiación digital de la actividad económica y volver a comprometerse con invertir en la economía real. Tal como están las cosas, demasiadas compañías (las manufacturas, entre ellas) están gastando más en recompras de acciones y pagos de dividendos que en capital humano, equipos, e investigación y desarrollo. Si bien tales actividades pueden reforzar el precio de la acción en el corto plazo, reducen los recursos disponibles para reinvertir en los trabajadores, haciendo mayor la brecha entre quienes controlan el capital y lo que no. La financiación suele basarse en la extracción de valor y la maximización de utilidades de corto plazo, en vez de creación de valor para beneficiar a la sociedad como un todo. Para alcanzar un desarrollo inclusivo, debemos reconocer que los trabajadores son los verdaderos creadores de valor, y que sus intereses deberían tener un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza.

 En este sentido, la nueva postura del Partido Laborista británico resulta preocupante. Es un acto reflejo para apaciguar a los líderes corporativos y refutar las afirmaciones de que son “antiempresas”. Los laboristas han suavizado su compromiso, previamente declarado, de brindar mayores protecciones a los trabajadores independientes. Y, sin embargo, el crecimiento impulsado por la inversión y los derechos de los trabajadores no deberían verse como prioridades en competencia. Equilibrar la gestión corporativa con un compromiso hacia los trabajadores no solo es esencial para alcanzar un crecimiento inclusivo: ya se ha demostrado que impulsa la productividad y el crecimiento en el largo plazo. La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente deseable. Como lo subrayé hace diez años, el estado tiene un importante papel empresarial que desempeñar. Después de los recientes intentos de los gobiernos de reactivar sus economías tras la pandemia, está claro que todavía tenemos pendiente el desarrollar nuevos caminos sobre cómo lograr un crecimiento que sea no solo “inteligente”, sino también verde e inclusivo.

 Los gobiernos necesitan rutas de política económica con objetivos claros que se basen en lo más les importe a sus pueblos y al planeta. El apoyo público para estos negocios debería estar condicionado a que se hagan nuevas inversiones que “aceleren y mejoren” el camino hacia una economía real más verde e incluyente. 

Piénsese en la Ley de CHIPS y Ciencias de Estados Unidos, que se propone impulsar la industria de los semiconductores local. La ley prohíbe el uso de los fondos para la recompra de acciones, y sería fácil de imaginar cláusulas adicionales que exijan que las utilidades futuras se reinviertan en formación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, para ayudar a orientar el crecimiento en la dirección correcta, los gobiernos también deben hacer inversiones orientadas a objetivos en sus propias capacidades, herramientas e instituciones. La externalización de capacidades centrales ha socavado su capacidad de responder a necesidades y demandas cambiantes, en último término reduciendo su potencial de crear un crecimiento y un valor público intencionados en el tiempo. Peor todavía, ya que las capacidades y experticia del sector público se han ido vaciando desde dentro, este se ha vuelto más susceptible para su captura por intereses creados. 

 Solo con las capacidades y competencias correctas los gobiernos podrán conseguir la movilización de recursos y la coordinación de iniciativas con empresas dispuestas a ir hacia esas metas en común. Para una estrategia industrial orientada a una misión se requiere que tanto el sector público como el privado funcionen simbióticamente. Si se hace bien, tal enfoque puede maximizar los beneficios públicos y el valor de largo plazo para las partes involucradas: el crecimiento impulsado por la innovación se convierte en sinónimo de un crecimiento inclusivo. 

 La pregunta que debiéramos estar haciéndonos no es cuánto crecimiento podemos lograr, sino de qué tipo. Para alcanzar una mayor producción económica que, al mismo tiempo, sea inclusiva y sostenible, los gobiernos necesitarán aceptar su potencial de ser creadores de valor y potentes fuerzas que dan forma a la economía. Si reorientamos las organizaciones públicas alrededor de misiones ambiciosas -en lugar de obsesionarnos sobre estrechas metas de crecimiento-, podremos estar a la altura de enfrentar los grandes desafíos del siglo veintiuno y tener la seguridad de que la economía crezca en la dirección correcta."

( Mariana Mazzucato, Profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público en el University College de Londres, Project Syndicate, 28/08/23)

3/5/23

En 2008, la Reserva Federal tenía alrededor de 900 mil millones de dólares en activos. Ahora está en casi 9 billones de dólares en activos ¿A dónde fue todo ese dinero? Una gran cantidad de estos 8 billones de dólares fué a la compra de bonos basura... el trabajo de un banco central es representar el interés de los bancos comerciales... así pues, la Reserva Federal creó la mayor cantidad de crédito en la historia de la humanidad. Y todo va a ir al 1% de la población. No va a ir a la economía. No va a construir infraestructura. No va a ir a los salarios. No va a reducir el precio de las viviendas y hacerlas más asequibles para los estadounidenses... Así que hubo un enorme auge del mercado de bonos, una triplicación de los precios del mercado de valores. Y si eres un miembro del grupo que posee el 72% de las acciones americanas, el 10% de la población, te has vuelto mucho, mucho más rico (Michael Hudson)

 "El economista Michael Hudson explica la crisis de la inflación y el "programa de austeridad de la Reserva Federal de Estados Unidos para reducir los salarios" y aumentar el desempleo. Advierte que se avecina una "larga depresión", en la que los pobres sufrirán para que los ricos se hagan más ricos, con el fin de avanzar en la nueva guerra fría de Washington contra Rusia y China. 

Entrevista realizada por Benjamin Norton del podcast Multipolarista. (...)

 BENJAMIN NORTON:

(...) En 2008, la Reserva Federal tenía alrededor de 900 mil millones de dólares en activos. Ahora está en casi 9 billones de dólares en activos.

Y podemos ver, después de la crisis financiera, o durante la crisis financiera, aumentó a alrededor de 2 billones de dólares. Y luego, alrededor de 2014, aumentó a alrededor de 4,5 billones de dólares. Y luego, especialmente a finales de 2019 y 2020, se disparó de alrededor de $ 4 billones hasta $ 7 billones. Y desde entonces, ha seguido disparándose hasta los 9 billones de dólares en activos.

¿A dónde fue todo ese dinero? ¿Y cuál fue el impacto en la economía, por supuesto?

MICHAEL HUDSON:

Bueno, el impacto en la economía ha sido aumentar enormemente la riqueza del 1% más rico de los estadounidenses que poseen la mayoría de las acciones y bonos.

Sheila Bair, el ex jefe de la Corporación Federal de Seguros de Depósitos, señaló que una gran cantidad de estos 8 billones de dólares se gasta para comprar bonos basura.

Este es el problema. El problema realmente comenzó con el presidente Obama. Heredó un sistema en el que se produjo la mayor ola de fraude bancario comercial en la historia de Estados Unidos.

Como mi colega Bill Black de la Universidad de Missouri en Kansas City ha señalado, todo el mundo sabía que había un fraude bancario. Los periódicos se refirieron a las hipotecas basura y a los prestatarios "NINJA": "sin ingresos, sin trabajo, sin activos".

Así que los bancos habían suscrito hipotecas muy por encima del valor real de las viviendas, especialmente a minorías raciales y étnicas, sin que los prestatarios tuvieran capacidad de pago real.

Y luego estos bancos habían empaquetado estas hipotecas, y las vendieron a los desventurados fondos de pensiones, y a otros inversores institucionales y a los bancos europeos que siempre son muy ingenuos sobre lo honestos que son los bancos estadounidenses.

Tenías toda esta acumulación de lo que el siglo XIX llamó capital ficticio. Hipotecas para la propiedad que no valía ni de lejos lo que la hipoteca es para.

Así que si la hipoteca fue impagada, si los propietarios tenían jingle mail - en otras palabras, usted acaba de enviar las llaves de vuelta al banco y decir, ok, tome la casa, me parece que puedo comprar una casa ahora a la mitad del precio que Citibank o uno de estos otros bancos prestó.

Bueno, normalmente tendrías una caída de los precios de vuelta a niveles realistas, de modo que el valor de las hipotecas reflejara realmente el valor de la propiedad, o el valor de los bonos basura emitidos por una corporación reflejara el poder real de ganancia de la corporación para pagar los intereses de los bonos basura.

Así que cuando Obama asumió el poder, toda la economía era en gran parte capital ficticio. Bueno, Obama llegó y dijo, mis donantes de campaña están en Wall Street. Llamó a los banqueros de Wall Street y dijo, soy el tipo que se interpone entre ustedes y la multitud con las horcas, la gente que votó por mí. Pero no se preocupen, estoy de su lado.

Dijo, voy a hacer que la Reserva Federal cree la mayor cantidad de crédito en la historia de la humanidad. Y todo va a ser para ustedes. Va a ir al 1% de la población. No va a ir a la economía. No va a construir infraestructura. No va a ir a los salarios. No va a reducir el precio de las viviendas y hacerlas más asequibles para los estadounidenses.

Va a mantener el precio de estos bonos basura tan alto que no se desploman a valores no ficticios. Va a mantener el mercado de valores tan alto que no va a bajar. Va a crear el mayor auge del mercado de bonos en la historia.

El boom pasó de tipos de interés altos a tipos de interés bajos, lo que significa una subida gigantesca del precio de los bonos que realmente pagan intereses que son más del 0,1%.

Así que hubo un enorme auge del mercado de bonos, un enorme mercado de valores, una triplicación de los precios del mercado de valores. Y si eres un miembro del grupo que posee el 72% de las acciones americanas, creo que es el 10% de la población, te has vuelto mucho, mucho más rico.

Pero si eres un miembro del 90% de la población, has tenido que endeudarte cada vez más para poder sobrevivir, para poder pagar la atención médica, los préstamos estudiantiles y tus gastos diarios con tu salario.

Así que si los salarios estadounidenses estuvieran en un nivel decente, las familias estadounidenses no se verían empujadas a endeudarse cada vez más. La razón por la que la deuda personal ha subido en Estados Unidos es porque las familias no pueden arreglárselas con lo que ganan.

Así que, obviamente, si no pueden arreglárselas con lo que ganan y tienen que pedir préstamos para salir adelante, no son responsables de causar la inflación. Están siendo exprimidos.

Y el trabajo de los economistas, y de los políticos del Partido Demócrata y Republicano, es distraer la atención del hecho de que están siendo exprimidos y culpar a la víctima, y decir, te lo estás haciendo a ti mismo por querer más dinero, en realidad estás creando la inflación que te está exprimiendo.

Cuando en realidad son los bancos, y la no aplicación de la política de monopolio por parte del gobierno, y el apoyo del gobierno a Wall Street los responsables de lo que está sucediendo.

BENJAMIN NORTON:

(...) Vemos que alrededor de 2008, la Fed tenía menos de 500 mil millones de dólares en valores. Y tienes esta política de flexibilización cuantitativa. Y desde entonces, básicamente todo el aumento ha sido en valores. De los aproximadamente 9 billones de dólares en activos que tiene la Reserva Federal, alrededor de 8,5 billones de dólares están en valores. (...)

Entonces, ¿cómo se compara esta política de la Reserva Federal de EE.UU. de 8,5 billones de dólares en valores con las políticas de otros bancos centrales?

(...) Y esos 8,5 billones de dólares en valores, ¿qué son esos valores? Incluso desde la perspectiva de esos libros de texto de economía neoliberal de los que usted hablaba, que se enseñan en las universidades, esto me parece una total locura. No veo cómo hay siquiera una explicación académica, de libro de texto neoliberal para esta política.

MICHAEL HUDSON:

(...) el trabajo de un banco central es representar el interés de los bancos comerciales.

Y como acabamos de señalar, el interés de los bancos comerciales es producir su producto: la deuda. Y crean su producto contra activos existentes, principalmente bienes raíces, pero también acciones y bonos.

Así que el trabajo del banco central aquí es apoyar al sector financiero de la economía, y ese sector que mantiene la riqueza en forma de acciones, bonos y préstamos, y especialmente los bonos bancarios que hacen su dinero con el crédito inmobiliario. (...)

En los últimos 15 años, más del 90% de los beneficios de las empresas en Estados Unidos se han destinado a la recompra de acciones y al pago de dividendos. Sólo el 8% de los beneficios de las empresas se ha gastado en nuevas inversiones, en plantas, en equipos y en contrataciones.

Y así, por supuesto, se ha desindustrializado la economía. Es esta idea de que se puede hacer dinero financieramente sin una base industrial, sin una base de fabricación; se puede hacer dinero sin realmente producir más o hacer algo productivo, simplemente haciendo que un banco central aumente el precio de las acciones, y los bonos, y los préstamos realizados por el 10% más rico.

Y por supuesto, en última instancia, eso no funciona, porque en un momento dado todo se derrumba desde dentro, y no hay base industrial.

Y por supuesto, cuando eso suceda, Estados Unidos se dará cuenta, espera un minuto, si cerramos la economía, todavía estamos dependiendo de China y Asia para producir nuestros fabricantes, y para proporcionarnos materias primas, y para hacer todo lo que necesitamos. Realmente no estamos haciendo nada más que actuar como un mundo - bueno, la gente solía decir parásito - como un rentista mundial, como obtener algo por nada, como una especie de colonialismo financiero. (...)"            

(Entrevista a Michael Hudson, Benjamin Norton, Brave New Europe, 02/07/22)

20/3/23

Permitimos que los bancos hagan apuestas de este modo, creándose así dinero para movilizar recursos reales sí, pero también en fracasos, incluyendo "dinero extra" en el sistema si fallan en sus apuestas y rescatándolos (más dinero "extra" aún). Mientras tanto impedimos el gasto público para movilizar recursos reales parados por los cuales los bancos no apuestan, esto es, negamos institucionalizar el Trabajo Garantizado o la Figura del Estado como Empleador de Último Recurso que, igualmente también introduce dinero en el sistema... El dinero bancario sería intrínsecamente inflacionista, dada la incertidumbre que existe obligatoriamente en el capitalismo para el éxito de sus apuestas, mientras que el Trabajo Garantizado tiene un componente regulador de estas apuestas y sus consecuencias en varios sentidos: permite movilizar recursos parados, aumentando los bienes y servicios de la economía, mejorando la productividad social a la par que evita costes asociados al desempleo como mayor incidencia de enfermedades mentales y físicas, violencia, alcoholismo, drogadicción, ludopatía, desestructuración familiar, etc..., absorbiendo los trabajadores despedidos por las apuestas fallidas del capital, suavizando el ciclo económico y las crisis

Esteban Cruz @Evanshm

1) La endogeneidad de la oferta monetaria es una característica del capitalismo. Permitimos que los bancos hagan apuestas de este modo (no son intermediarios entre ahorradores e inversores como se cree), creándose así dinero para movilizar recursos reales sí, pero también en...

2) fracasos, incluyendo "dinero extra" en el sistema si fallan en sus apuestas y rescatándolos (más dinero "extra" aún). Mientras tanto impedimos la endogeneidad del gasto público para movilizar recursos reales parados por los cuales los bancos no apuestan, esto es, negamos...

3) institucionalizar el Trabajo Garantizado o la Figura del Estado como Empleador de Último Recurso que, igualmente también introduce dinero en el sistema. Pero este trabajo (abstracto) es directamente social, no requiere ir al mercado y validarse socialmente como las apuestas...

4) de los bancos. No obstante, cuenta junto al resto de trabajo abstracto en proceso de ser validado, pseudovalidado y efectivamente social, lo que significa que introduce un componente neutralizador del dinero "extra" de las apuestas fallidas y rescates bancarios...

5) esto es, el dinero bancario sería intrínsecamente inflacionista, dada la incertidumbre que existe obligatoriamente en el capitalismo para el éxito de sus apuestas, mientras que el Trabajo Garantizado tiene un componente regulador de estas apuestas y sus consecuencias...

6) en varios sentidos: permite movilizar recursos parados aumentando los bienes y servicios de la economía mejorando la productividad social a la par que evita costes asociados al...

7) desempleo como mayor incidencia de enfermedades mentales y físicas, violencia, alcoholismo, drogadicción, ludopatía, desestructuración familiar, etc..., , Cómo absorbe los trabajadores despedidos por las apuestas fallidas del capital suavizando el ciclo económico u las crisis

8) lamentablemente, los economistas y diseñadores de políticas ignoran la endogeneidad del dinero (de la oferta monetaria y del gasto público), haciendo políticas para un sistema de trueque con dinero en lugar de un sistema capitalista. El capitalismo es inestable, pero la...

9) Duración e intensidad de las crisis y cómo se sale de ellas es responsabilidad de quienes usan unas instituciones que no funcionan acordes al momento histórico que vivimos. Probablemente no es que sean idiotas (no todos), sino que hay una mezcla de intereses de clase y...

10) pensamiento de grupo basado en incentivos para progresar en la carrera profesional y política diseñados para que lleguen a las instituciones quienes las usan de forma tan dañina para la mayoría social. ¿Qué pensáis?

2:10 p. m. · 18 mar. 2023
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26/8/22

¿Quién es el culpable del repunte de la inflación? La inflación es el resultado final de las políticas económicas y recetas expedidas por los economistas conservadores, liberales, y social-liberales (otrora socialdemócratas)... El aumento del poder de mercado y de la concentración empresarial ha sido documentado... ha habido un cambio estructural que ha debilitado la competencia. En ausencia de competencia, las empresas adquieren poder de mercado y consiguen precios elevados. Esto tiene implicaciones para el bienestar y la asignación de recursos. Además de reducir el bienestar de los consumidores, el poder de mercado disminuye la demanda de mano de obra y frena la inversión en capital, distorsiona la distribución de las rentas económicas y desalienta la dinámica empresarial y la innovación

 "Ustedes ya saben nuestro diagnóstico sobre qué ha provocado el repunte de precios, y que es previo a la invasión de Ucrania, que simplemente ha exacerbado y perpetuado dicho incremento. Nuestra hipótesis de partida es que la inflación es el resultado final de las políticas económicas y recetas expedidas por los economistas conservadores, liberales, y social-liberales (otrora socialdemócratas).

En primer lugar, la expansión y el acceso a los mercados derivados de materias primas a especuladores y a fondos institucionales. Como consecuencia, en determinados momentos, la evolución de sus precios no obedece a fundamentales económicos sino a burbujas especulativas y procesos de propensión o aversión al riesgo de los inversores, si bien no son simétricos, impactando mucho más en los precios, al alza, durante las fases de toma de riesgos excesivos, como la actual. Destacan por encima de todos los episodios 2004-2008, 2021-actualidad.

En segundo lugar, la reestructuración radical de determinados sectores industriales, sustentada en el dogmatismo del libre mercado, siendo el eléctrico un ejemplo destacadísimo. El sistema marginalista en el que se fundamenta ha fracasado. El coste marginal se ha alejado del coste medio, produciéndose una rápida escalada de los precios de la electricidad en los hogares y empresas. Sobre ello ya hemos hablado largo y tendido desde estas líneas.

Finalmente, un aspecto olvidado en los análisis, y que recobra fuerza como factor explicativo del repunte actual de precios, aprovechando la excusa de la guerra de Ucrania, es el aumento de poder de mercado de determinadas empresas, y que se da no solo en determinados sectores, sino en la economía en general.

En este blog pretendemos resumir aquella investigación que estudia el aumento del poder de mercado y sus efectos negativos sobre la participación del factor trabajo y del capital productivo en favor de los beneficios puros, mediante el establecimiento de precios muy por encima de su coste marginal. El aumento del poder de mercado medio permite explicar el descenso de las cuotas tanto del factor trabajo como del capital productivo, así como la disminución del dinamismo del mercado laboral, y los aumentos de inflación que se observan en el 2022.

Por otra parte, la disminución de la competencia es en parte responsable de que el sector empresarial haya invertido poco, en relación con lo que sugerían ciertos modelos de inversión neoclásicos, desde principios de la década de 2000. Además, las empresas de las industrias con los mayores aumentos de concentración del mercado han disfrutado de mayores márgenes de beneficio, vía precios, rendimientos anormales positivos de las acciones y operaciones de fusiones y adquisiciones más rentables, lo que sugiere que el poder de mercado se está convirtiendo en una importante fuente de valor (la teoría postkeynesiana de la empresa ya incorporaba este hecho hace varias décadas). Por último, los datos de la industria muestran que los aumentos de la concentración están asociados a descensos de la cuota del factor trabajo.

Efectos macroeconómicos

El aumento del poder de mercado y de la concentración empresarial ha sido documentado, especialmente en el caso de Estados Unidos (Gutiérrez y Philippon, 2017; Covarrubias et al., 2019; Grullon et al., 2019; De Loecker et al., 2020), aunque también hay estudios con datos no estadounidenses (Gutiérrez y Philippon, 2018). Los resultados obtenidos sugieren que ha habido un cambio estructural que ha debilitado la competencia. En ausencia de competencia, las empresas adquieren poder de mercado y consiguen precios elevados. Esto tiene implicaciones para el bienestar y la asignación de recursos. Además de reducir el bienestar de los consumidores, el poder de mercado disminuye la demanda de mano de obra y frena la inversión en capital, distorsiona la distribución de las rentas económicas y desalienta la dinámica empresarial y la innovación. Esto tiene ramificaciones para la política económica, desde la política antimonopolio, la política monetaria y la redistribución de la renta.

Uno de los principales problemas de esta investigación económica empírica es cómo medir la intensidad de la competencia en un mercado y el poder de mercado de las empresas individuales. Heidorn y Weche (2021) detallan diferentes posibilidades. Una alternativa es el cálculo de medidas de concentración para evaluar el grado de competencia en un mercado. Las más utilizadas son el índice Herfindahl-Hirschman (HHI) y los coeficientes de concentración (CR).

Sin embargo, sacar conclusiones sobre la intensidad de la competencia a partir de las medidas de concentración puede ser engañoso. Por ejemplo, los mercados pueden estar concentrados debido a la realización de economías de escala y de alcance. Por lo tanto, es posible que los competidores de los mercados concentrados no disfruten de un gran poder de mercado, sino que se enfrenten a una fuerte competencia. Una alternativa natural para medir el poder de mercado de las empresas de forma más directa es estimar los beneficios económicos a partir de los datos de producción. La idea teórica subyacente es que el poder de mercado se manifiesta en los precios que superan los costes marginales de forma similar al índice de Lerner.

Gutiérrez y Philippon (2017), utilizando los márgenes precio-coste (índice de Lerner), así como estimando el coste de utilización de la mano de obra y el capital, muestran para Estados Unidos que los márgenes comerciales han aumentado para los líderes de la industria. Aunque ninguna de estas estimaciones es perfecta, son totalmente informativas, ya que ambas sugieren que los márgenes comerciales aumentaron más en las industrias que se han concentrado más.

Covarrubias et al. (2019), utilizando medidas de concentración (CR8) y márgenes comerciales, analizan el aumento de la concentración en las industrias estadounidenses durante los últimos 40 años, distinguiendo dos períodos de tiempo distintos. Durante la década de 1990, y con bajos niveles de concentración inicial, encuentran evidencia de un aumento de la concentración eficiente impulsada por la competencia de precios, el aumento de la inversión intangible y la mayor productividad de los líderes. Sin embargo, después del año 2000, los datos sugieren una concentración ineficiente, una menor competencia y un aumento de las barreras de entrada a medida que los líderes se afianzan y la concentración se asocia con una menor inversión, mayores precios y menor productividad.

Grullon et al. (2019) examinan la evolución de la concentración del mercado de productos de las industrias estadounidenses a lo largo de los últimos 40 años, y documentan que las industrias estadounidenses se han concentrado más desde principios del siglo XXI. Muestran que el aumento de la concentración del mercado, utilizando el índice de concentración Herfindahl-Hirschman (HHI), y la desaparición de las empresas públicas, coinciden con la consolidación a gran escala de las empresas que cotizan en bolsa.

De Loecker et al. (2020) en, desde mi modesto punto de vista, el artículo de investigación más interesante sobre el aumento de poder de mercado, documentan la evolución del mismo basándose en datos a nivel de empresa para la economía estadounidense desde 1955. Constatan que los márgenes de beneficio han aumentado desde niveles del 21% por encima del coste marginal en los años 80 hasta el 61% actual. El aumento se produce básicamente en la cola superior de la distribución de márgenes. En cambio, y sorprendentemente, la mediana no ha cambiado. Además, hay una reasignación de la cuota de mercado de las empresas con márgenes bajos a las que tienen márgenes altos. Este aumento se produce sobre todo dentro del sector. También hay un aumento de la tasa media de beneficios del 1% al 8%.

Las consecuencias económicas del aumento del poder de mercado son diversas, y van desde la disminución de las cuotas de trabajo y de capital (Autor et al., 2020; Barkai, 2020, De Loecker et al., 2020), a favor de los beneficios puros (Barkai, 2020), así como la disminución del dinamismo del mercado laboral (De Loecker et al., 2020), hasta una menor inversión empresarial en relación con la Q de Tobin (Gutiérrez y Philippon, 2017; Crouzet y Eberly, 2019). Además, las empresas de los sectores con mayor aumento de la concentración del mercado han disfrutado de mayores márgenes de beneficio, rendimientos anormales positivos de las acciones y operaciones de fusiones y adquisiciones más rentables, lo que sugiere que el poder de mercado se está convirtiendo en una importante fuente de valor (Grullon et al., 2019).

¿Y en España, qué ocurre?

Intuitivamente, viendo la composición del Ibex 35, dominan sectores que han aumentado la concentración y el poder de mercado, desde el bancario, a los otrora monopolios naturales -sector eléctrico, petroleras…-, pasando el lobby de la construcción. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), por ejemplo, multó este verano con 203,6 millones de euros a seis de las mayores constructoras españolas por alterar la competencia en las licitaciones de construcción de infraestructuras durante 25 años, desde 1992 al 2017.

 Quizás sea la concentración empresarial, asociada al poder de mercado, la principal razón del incremento de los precios en los últimos meses en nuestro país. Debería abrirse una amplia discusión sobre el papel de los organismos reguladores de la competencia, la composición de sus miembros, y la necesidad de dotarles con todos los instrumentos necesarios para su labor. Deben disponer de equipos amplios que identifiquen el aumento de poder de mercado, y tener la capacidad ya no solo para imponer multas acordes con el daño causado por prácticas oligopolísticas, sino, sobre todo, llegado el caso, trocear y vender negocios y unidades de empresas demasiado grandes para quebrar e imponer precios. Permítanme que sea escéptico sobre ello, las puertas giratorias trabajan a pleno rendimiento."              (Juan Laborda , Vox populi, 25/08/22)

13/6/22

El hombre que ha arruinado el futuro de EEUU... con la llegada de Welch General Electric, el foco de la innovación no se puso tanto en los productos como en la generación de dividendos... fue uno de los impulsores de los despidos, de las deslocalizaciones, de las externalizaciones, de las adquisiciones de otras compañías, de las subidas en bolsa, de las recompras de acciones y de la desindustrialización. El resultado fue muy satisfactorio para el prestigio y la remuneración del directivo... dado que hemos vivido una etapa sistémica en la que las expectativas han tenido mucho más que poder que las realidades, a la empresa le fue bien: la acción estaba sólida, los números cuadraban y él conservó durante la década de los 90 todo su prestigio... el impulso efervescente a corto plazo fue nefasto a medio y largo. GE dejó de ser un gigante, y fue reduciendo su presencia y su tamaño, hasta terminar siendo dividida en tres firmas más pequeñas... dejó un reguero de directivos, algunos de los cuales habían trabajado para él, que copiaron sus fórmulas, con consecuencias muy negativas para el tejido industrial estadounidense, pero muy positivas para ellos... esa política de 'coge el dinero y corre' es responsable de buena parte de las tensiones geopolíticas actuales y del desafío chino a la hegemonía estadounidense

 "Es una historia que nos debería advertir de los riesgos en los que están inmersas nuestras sociedades, que tendría que funcionar como señal de alarma en tiempos de enfrentamiento geopolítico y de la que se deberían extraer lecciones morales. La narra el periodista del 'New York Times' David Gelles en un reciente libro, 'The Man who Broke Capitalism', en el que recorre el mandato de Jack Welch al frente de General Electric (GE), así como la herencia que dejó, tanto en el seno de la compañía como fuera de ella. Welch fue uno de los grandes innovadores en la gestión, y se convirtió en una referencia evidente de hacia dónde debía ir el capitalismo. Sus 20 años liderando GE, de 1981 a 2001, fueron enormemente influyentes, por los cambios que supusieron, por el éxito que obtuvo y por lo mucho que transformó el libro de estilo del gestor.

La innovación de Welch

GE, antes de la llegada de Welch, era una compañía muy importante en los EEUU, no solo por su cuenta de resultados, sino por la influencia que tenían sus productos en la vida cotidiana. Como narra Gelles, las centrales eléctricas, las bombillas, las máquinas de rayos X, la tostadora, los lavavajillas, y tantos otros productos eran fabricados y mejorados por GE. La firma tuvo influencia en otros ámbitos, llegando a participar en las misiones Apolo. Era una de las grandes firmas norteamericanas, hasta el punto de que se hizo popular el dicho "según le va a GE, le va a EEUU".

 Con la llegada de Welch, el foco de la innovación no se puso tanto en los productos como en la generación de dividendos: las ideas brillantes pasaron de lo físico y lo cotidiano hacia los juegos para aumentar los márgenes. Welch fue uno de los impulsores de los despidos, de las deslocalizaciones, de las externalizaciones, de las adquisiciones de otras compañías, de las subidas en bolsa, de las recompras de acciones y de la desindustrialización. El resultado fue muy satisfactorio para el prestigio y la remuneración del directivo, así como para los accionistas de la empresa, algunos de los cuales eran trabajadores de la misma.

 O, al menos, así fue durante un tiempo, porque el impulso efervescente a corto plazo fue nefasto a medio y largo. GE dejó de ser un gigante, y fue reduciendo su presencia y su tamaño, hasta terminar siendo dividida en tres firmas más pequeñas.

Un reguero de directivos

Las consecuencias de la gestión de Welch tardaron tiempo en producirse, porque si bien la compañía real estaba cada vez más débil (ya que no se estaba dedicando a fabricar, mejorar e inventar productos), la compañía ficticia estaba cada vez más fuerte, puesto que utilizaba nuevas fórmulas para sacar más partido al capital. Y dado que hemos vivido una etapa sistémica en la que las expectativas han tenido mucho más que poder que las realidades, a la empresa le fue bien: la acción estaba sólida, los números cuadraban y su CEO conservó durante la década de los 90 todo su prestigio.

 Como todos los esquemas que funcionan al estilo Ponzi, hay un periodo de auge que se prolonga en la medida en que la sensación de éxito empuja al alza, pero en cuanto se percibe la desnudez, la debacle es inevitable. Eso no significa que no hubiera quienes se hicieran ricos, empezando por Welch y sus directivos, y algunos trabajadores de GE, a los que les fue bien por el camino, pero no en tanto trabajadores, sino en cuanto accionistas. En esa clase de modelos de negocio te va bien si te retiras del juego antes de que la realidad comience a asomar. Desde luego, Welch fue un buen jugador: él creó las condiciones, las consecuencias las pagaron otros. Por el camino dejó un reguero de directivos, algunos de los cuales habían trabajado para él, que copiaron sus fórmulas, con consecuencias muy negativas para el tejido industrial estadounidense, pero muy positivas para ellos.

Aparece la realidad

Los efectos, sin embargo, fueron más allá del mal momento de una serie de compañías. En realidad, Jack no fue más que uno de los impulsores, quizá el que contó con mayor brillo mediático, de una nueva forma de gestión de la economía occidental que, como le pasó a GE, fue muy exitosa hasta que sus debilidades se dejaron de sentir de golpe. La crisis financiera de 2008 fue exactamente esto. 

 No hay que olvidar lo que supuso este tipo de gestión para la economía cotidiana. El número de trabajos en buenas condiciones se redujo, la industria local se contrajo, las pequeñas y medianas empresas tuvieron que ajustar mucho sus márgenes para sobrevivir. El resultado fue que clases medias y las trabajadoras se empobrecieron, fruto del deterioro sistemático de los ingresos provenientes del trabajo. Pareció no importar demasiado en la medida en que el crédito fácil fue supliendo la falta de recursos, hasta que llegó la crisis de 2008. Si EEUU era un país fragmentado entonces, en la última década las divisiones del país, en lo político, en lo territorial, en lo económico y en lo cultural se hicieron mucho más profundas.

Europa siguió un camino similar, tanto en la debilidad interna como en los efectos en sus clases medias y trabajadoras, y en la transformación política. La recesión de 2008 provocó que las grietas sistémicas apareciesen, y el covid y la crisis derivada de la guerra de Ucrania, con sus cambios geopolíticos, nos sumen en una situación muy complicada.

La relación especial con China

El paso del tiempo permite hacer balance respecto de la arquitectura económica que Welch y la gente como él pusieron en marcha, y no es precisamente positivo. En primera instancia, las recetas de Welch solo podían funcionar si las deslocalizaciones encontraban un lugar para relocalizarse: en alguna parte había que producir. China fue el lugar elegido, y se creó una relación especial. Mientras las empresas como GE y, por tanto, los accionistas de Wall Street, dependían de China para aumentar su margen de beneficios, Pekín fue creciendo gracias a todo lo que le aportamos (recursos, 'know how', tecnología, capital e influencia) y a una intención estratégica a la que no se prestó atención. Por decirlo de otro modo, esa actitud de 'coge el dinero y corre' es responsable de buena parte de las tensiones geopolíticas actuales y del desafío chino a la hegemonía estadounidense.

 Al mismo tiempo, la economía de la mayoría de la gente, de las clases medias y trabajadoras occidentales, se vio empobrecida, porque los trabajos bien pagados menguaron, se impulsó una economía de contenedor con salarios bajos, las pequeñas y medianas empresas lo tuvieron mucho más difícil y los costes de los bienes necesarios para la subsistencia aumentaron. Todo esto derivó en lógicas tensiones políticas. El descontento generalizado y la ausencia de futuro generaron un malestar intenso que ha sido canalizado de diferentes maneras.

Buena parte de las materias prima y de los bienes que necesita Occidente están en manos de terceros países, no siempre amistosos

En tercer lugar, el covid-19 hizo patente que EEUU, como el resto de Occidente, carecía de muchos de los bienes de primera necesidad que hacían falta en una situación grave. Cuando eran precisos, estaban lejos, eran escasos y caros. Aquella convicción en el 'just in time' y en los precios baratos que traía la globalización desapareció de golpe. Se explicó como un desajuste causado por un acontecimiento excepcional, como era la pandemia, pero después llegaron los aumentos de los precios de combustible y la escasez de productos, ya que la salida de la crisis del covid habían disparado la demanda, y más tarde estalló la guerra de Ucrania. La ficción eufórica de la globalización es difícil de mantener cuando la inflación es elevada y se anuncian tiempos difíciles, y todo ello tiene mucho que ver con esa dependencia exterior de Occidente, ya que buena parte de las materias y de los bienes que necesita diariamente están en manos de terceros países, no siempre amistosos.

Nuestros monstruos

En ese escenario, no solo tenemos problemas externos, y la guerra de Ucrania lo ha subrayado, sino que fabricamos nuestros propios palos para las ruedas. Y provienen del mismo lugar que alentó a los Welch de este mundo. Muchas de nuestras dificultades presentes parten de esta teórica orientación hacia el accionista que no consistía más que en una forma de parasitismo que consumía las compañías productivas en las que se implantaba, así como el tejido social y económico dependiente de ellas. Una vez que una empresa se agotaba, se saltaba a la siguiente, y el ciclo seguía. Y cuando no era posible, y los riesgos se convertían en sistémicos, se recurría a los Bancos Centrales

En los últimos años, tanto el BCE como la Reserva Federal han respaldado a los mercados financieros, tras la crisis de 2008 y con la del covid, reduciendo las tasas de interés a mínimos históricos y gastando cantidades ingentes de dinero en bonos del Tesoro, bonos hipotecarios y bonos de empresas cotizadas (lo que infló aún más el mercado, no hay más que ver los resultados de las firmas que cotizan en bolsa tras la pandemia). Ahora llega el momento del ajuste, y es cuando grandes empresas financieras están atacando a los Estados occidentales que las ayudaron: la apuesta de Bridgewater contra los bonos corporativos de EE. UU. y Europa por temor a la desaceleración es un buen ejemplo.

Tras la época de celebración y de efervescencia, aparece la realidad, como le pasó a la General Electric de Welch, solo que ahora está ocurriendo en el plano sistémico. Occidente se enfrenta no solo a enemigos exteriores, sino a serias tensiones interiores en lo político, a una situación difícil en lo económico, a una ausencia de músculo industrial propio, a la escasez de energía (salvo en EEUU), y a una pobreza de pensamiento preocupante. Pero eso importa menos que el hecho de que no hemos terminado de aprender la lección y se persiste en las mismas ideas y en los mismos términos. Y así seguiremos hasta que la historia nos despierte de golpe."                (Esteban Hernández ,El Confidencial,  12/06/22)

14/1/21

Vanguard mueve capital equivalente al presupuesto de EEUU con solo 300 empleados. Los gigantes financieros en la era del nuevo capitalismo

 "Hace poco más de un año, en un instante que ya nos parece lejanísimo, casi 200 CEO de grandes empresas estadounidenses emitieron una declaración que señalaba la necesidad de dar un giro al capitalismo. La obsesión por las ganancias rápidas, el cortoplacismo avaricioso y la pérdida de los valores que, además del beneficio, debían inspirar a las empresas estaban matando eal sistema.

 Era el momento de encarar ese desafío y había que hacerlo pronto. Era la hora de un nuevo capitalismo, uno más justo, equitativo y sostenible, que funcionase para todos, que tuviera un impacto positivo, que devolviera a la sociedad algo de lo que esta le daba, y que tuviera en cuenta de manera decidida el largo plazo. Enseguida llegó la pandemia, y las cosas se pusieron mucho peor.

Las creaciones culturales más interesantes suelen captar nítidamente el aire de los tiempos, y ‘Billions’ es una de las series con más capacidad de reflejar la evolución de nuestra época. Más allá de sus tramas seductoras y retorcidas y de sus atractivos personajes, muestra una mirada afilada sobre las tendencias, novedades y luchas internas de uno de los campos decisivos en nuestros tiempos, el financiero. Uno de sus protagonistas, Bobby ‘Axe’ Axelrod (excelentemente interpretado por Damien Lewis), dirige un 'hedge fund', y es de esas personalidades que aman tener sobre la mesa el corazón aún latiente de sus enemigos: es la representación subjetiva de todo lo que se atribuye al capitalismo depredador.

En su quinta temporada, interrumpida por el covid, Axe encuentra un rival realmente poderoso en Mike Prince, un titán de las finanzas con rostro humano. Pretende hacer algo positivo por la sociedad, es amigo de las energías limpias, tiene un propósito que va más allá de ganar lo máximo posible y cree en el largo plazo y la sostenibilidad. Mike Prince representa la inversión responsable, Bobby Axelrod, la ambición desatada. Axe vs. Prince, el ‘hacha’ contra el ‘príncipe’, toda una metáfora que refleja el estado real de las finanzas.

Los fondos de gestión pasiva, como BlackRock, Vanguard y State Street Global Advisors, estarían desempeñando, en este momento concreto, el mismo papel que Mike Prince frente a los tiburones de los 'hedge funds': capitalismo responsable, visión a largo plazo, apuesta decidida por la descarbonización, atención creciente a la diversidad, inversión paciente. Justo lo que el capitalismo estaba demandando: vendrían a ser los correctores de los defectos del sistema a partir de una nueva manera de gestionar los ahorros y de conciencia mucho más firme respecto de las necesidades de la época. Su creciente poder estaría dando forma a un sistema diferente.

Por decirlo en términos políticos, el viejo capitalismo es Trump; el nuevo, los fondos de gestión pasiva, es Biden. Y no es simple retórica. Larry Fink, CEO de BlackRock, alabó al nuevo presidente estadounidense, del que dijo que era la voz de la razón, y Biden ha correspondido nombrando director del Consejo Económico Nacional a Brian Deese, al que ha encargado que saque a EEUU de la crisis económica. El consejo es el máximo órgano consultivo en materia económica de la Administración estadounidense y Deese era el responsable de las inversiones sostenibles en BlackRock.

 Biden ha elegido como número dos del Departamento del Tesoro a Wally Adeyemo, ex jefe de Personal de Fink. Y no debemos olvidar que BlackRock también fue la empresa elegida por la Reserva Federal para gestionar el programa económico de ayuda durante la pandemia, que ascendía a 750.000 millones de dólares. La posición de privilegio que gozó Goldman Sachs en el Gobierno de EEUU (‘Goverment Sachs’) parece haber sido ocupada por BlackRock.

1. Quiénes son y qué hacen

BlackRock, Vanguard y State Street, los tres mayores fondos de gestión pasiva, poseen una fórmula inversora diferente. En lugar de que el capital quede en manos de gestores que toman decisiones continuas sobre las empresas en que colocar el capital, cuándo entrar y salir de ellas y qué tipo de apuestas realizar, este tipo de firmas crea carteras vinculadas a índices que replican la composición de un índice bursátil entero (Ibex 35, DJ EuroStoxx 50, Nasdaq 100…). Son los artífices de un nuevo y exitoso producto, los ETF (fondos cotizados), un híbrido entre las acciones y los fondos que pueden comprarse y venderse en las bolsas y que, por tanto, aportan mayor liquidez.

Pero más allá de su descripción técnica, la inversión pasiva y los ETF constituyen mucho más que una mera novedad inversora: son el refugio y la reinvención del capitalismo financiero. Dado que hay pocas inversiones que generen seguridad en un momento de crisis económica y sanitaria, y con la deuda pública solvente en tipos negativos, hacen falta espacios que generen la certeza de la deuda pública pero que añadan rentabilidad. Esa es la promesa que ofrecen los tres grandes y por eso han crecido muchísimo en los últimos tiempos.

 El capital de muchos ahorradores preocupados por la incertidumbre ha ido a parar, directa o indirectamente, a los fondos de gestión pasiva: es menos arriesgada que la inversión activa, tiene vocación de largo plazo y es más barata, por sus menores comisiones. Pero además de ofrecer un lugar seguro, y si otorgamos crédito a lo que dicen de sí mismos, constituyen la redefinición del capitalismo financiero, en la medida en que conjugan los intereses de los inversores y los de la sociedad, que precisa un capital más integrado, más vinculado con su entorno y con una perspectiva mucho más amplia. Estas son sus características:

1a. Son un instrumento de estabilidad

Dado su peculiar modelo de inversión, tienen un especial interés en el funcionamiento del conjunto del sistema: no apuestan por una fruta de la cesta, sino por la cesta entera. Algunas empresas de las que figuran en sus índices perderán, otras ganarán, pero lo importante es el equilibrio: que el resultado final, la suma de todas ellas, arroje un balance positivo. No tienen ninguna intención de convertir el S&P 500 en el S&P 490 solo porque algunas firmas tengan un mal momento, su deseo es que el sistema funcione.

Ese interés en la estabilidad general es lo que, entre otras razones menos amables, justificaba que BlackRock estuviera al frente del reparto del dinero estadounidense para la recuperación: en la medida en que su pretensión es asentar el mercado en su conjunto, y dada su presencia en la gran mayoría de las firmas cotizadas estadounidenses y su conocimiento de los riesgos sistémicos, parecía el actor adecuado para ayudar a la Reserva Federal en el reparto.

 En tanto interesados en la solidez general del sistema financiero, estaban obligados a repartir el dinero de forma que las empresas y las bolsas quedasen asentadas. Es relevante subrayar que estos fondos invierten en el capitalismo mucho más que en empresas particulares: defienden la estabilidad del capital genéricamente considerado.

 1b. Son capital paciente

Los mercados financieros de las últimas décadas han pretendido obtener el máximo valor para sus accionistas en el plazo más corto posible. Los 'hedge funds', los gestores personificados en el Bobby Axelrod de ‘Billions’, han exhibido como valor esa orientación agresiva y extractiva de la que tanto se dolían los directivos de las empresas. Esa tendencia generó la añoranza del capitalismo renano, de ese modelo centrado en el largo plazo que tomaba en consideración intereses diferentes del beneficio rápido.

 Europa se condujo con ese sistema durante bastante tiempo, con grandes empresas soportadas por capital proveniente de bancos nacionales, accionistas familiares, grandes aseguradoras o del mismo Estado. Esta clase de capitalismo desapareció 'de facto' de las cotizadas, sometidas a muchas presiones, y acabó convirtiéndose o en capitalismo de amiguetes o en simple materia prima para los inversores extractivos. Los fondos de inversión pasiva aseguran venir a ocupar una función similar a la del antiguo capital paciente.

El CEO de BlackRock, Larry Fink, pidió explícitamente a las grandes empresas que formulasen estrategias para crecer a largo plazo, que no se concentrasen en exceso en los resultados trimestrales y que entendieran que debían ofrecer una contribución positiva a la sociedad, y señaló que su firma proporcionaría ese capital paciente necesario para que pudieran prosperar. En el mismo sentido se pronunció Cyrus Taraporevala, CEO de State Street, al afirmar: “Somos capital permanente (…). Eso significa que debemos adoptar una perspectiva a largo plazo en nombre de nuestros clientes. En un momento en el que algunos accionistas activistas están interesados en extraer beneficios a corto plazo de las empresas, nosotros ofrecemos un contrapeso saludable y necesario”.

1c. Tienen ideología

Los fondos de inversión pasiva están especialmente comprometidos con la sostenibilidad, presionan para lograr una economía baja en carbono y abogan por otro tipo de gobierno de las empresas. En el centro de estas pretensiones se sitúan los criterios ASG, que prestan especial atención a la apuesta ecológica, a la responsabilidad social, a la diversidad en el lugar de trabajo, a la remuneración apropiada de los directivos y al gobierno corporativo. Son criterios con gran importancia, dado que los informes desfavorables en este sentido penalizarán en el apoyo inversor a las empresas que los incumplan.

State Street anunció que votará en contra de los consejos de las grandes empresas que no sigan los estándares ASG, y BlackRock es el fondo más insistente en este sentido, anunciando que duplicará los ETF sostenibles y que presionará a las empresas que proveen los índices para que hagan más énfasis en estos criterios.

La importancia de los ASG se pone de relieve también por su penetración en los ámbitos institucionales. Los mismos fondos para la recuperación europea están tejidos desde esa perspectiva, la Unión Europea apoya de una manera decidida las premisas ideológicas desde las que se construyen estos estándares y Biden asegura que lanzará iniciativas claras en ese sentido.

Dicho de otro modo, con los criterios ASG, los fondos de gestión pasiva han creado un instrumento de valoración a través del cual actuarán como correctores de las disfunciones del sistema, y penalizarán aquellas compañías que no utilicen las energías limpias y que no promuevan decididamente la diversidad en el trabajo, la equiparación salarial entre hombres y mujeres y la necesidad de retribuciones ajustadas por parte de los directivos. Son el mecanismo de control del capitalismo contemporáneo, mucho más que simples estándares de inversión.

1d. Reducen costes

Otra de sus grandes novedades, que constituye una notable ventaja para quienes ponen el capital en manos de estos fondos, es su menor coste. Han reconfigurado la inversión de modo que pueden gestionar una enorme cantidad de activos con escaso personal (como señala Rubén Juste en ‘La nueva clase dominante’, Vanguard mueve capital equivalente al presupuesto de EEUU con solo 300 empleados) y gracias a sus algoritmos, lo que les permite cobrar comisiones mucho más reducidas que las de los fondos de gestión activa. 

Forman parte de esa tendencia contemporánea que sustituye mano de obra por procesos sistematizados, lo que les ahorra salarios muy elevados, los que se pagaban a las estrellas de la inversión (los bancos de inversión nacionales están haciendo lo mismo). La consecuencia de procesar la información con menos personas y eliminar además puestos muy bien retribuidos es que sus procesos están mucho más centralizados y coordinados, pero son también más rígidos.

En definitiva, BlackRock, Vanguard o State Street, los tres grandes, suponen un cambio en el capitalismo financiero, ya que concentran la inversión y lo hacen con menor coste, pretenden una mayor estabilidad sistémica y apuestan por la relegación de las prácticas más arriesgadas y lesivas del capitalismo reciente. Y, al mismo tiempo, empujan en dirección a una sociedad más verde, más inclusiva y con mayor foco en el largo plazo. Al menos, esa es la teoría.

2. Su poder

Antes de la pandemia, los tres grandes gestores pasivos, Vanguard, BlackRock y State Street Global Advisors, poseían en conjunto más del 20% de las acciones de las compañías cotizadas en el S&P 500. De todos ellos, BlackRock es el más importante en cuanto a tamaño: es la empresa de gestión de activos más grande del mundo, y cuenta con casi ocho billones de dólares bajo su control. En el mercado estadounidense es el actor dominante, ya que posee al menos el 5% de la práctica totalidad (el 97%) de las compañías que figuran en el índice S&P 500, incluidas Apple, Microsoft, JP Morgan Chase y Wells Fargo.

En España, solo su cartera de acciones está valorada en cerca de 18.000 millones de euros, un 11,9% más que al cierre de 2018, según los datos recopilados por ‘La Información’ a partir de los registros de la CNMV. Está por encima de los 12.000 millones que maneja Vanguard, del fondo soberano de Noruega e incluso de la cartera pública del Estado, si se excluye la participación en Airbus (que no pertenece al índice). Santander, Iberdrola, Amadeus, BBVA y Telefónica copan el grueso de su inversión. Y también está presente en Inditex, aunque en la firma de Ortega no llega al 3%.

BlackRock gestiona fundamentalmente capital de inversores institucionales, lo que supone el 60% de sus activos. Dada la gran cantidad que maneja, BlackRock posee intereses globales: a principios de 2019 y al margen de otra clase de inversiones, el fondo de Larry Fink era accionista de más de 10.000 empresas cotizadas en todo el mundo. Los otros dos gigantes no se quedaban atrás: Vanguard estaba presente en más de 10.500 empresas y State Street, en 6.000 firmas. La única empresa con dimensiones similares era el fondo soberano de Noruega, que poseía acciones de 8.500 empresas cotizadas en todo el mundo, pero su porcentaje accionarial era bastante más pequeño que el de los tres grandes.

En Europa, los tres administradores de activos pasivos tenían una propiedad media del 8% en las 30 empresas más grandes cotizadas de Alemania. Su posición era más reducida en Francia y los Países Bajos, ya que solo poseían el 22% en el índice AEX y el 20% en el índice CAC 40. Jan Fichtner y Eelke Heemskerk recogieron en ‘The New Permanent Universal Owners’ los datos sobre la propiedad declarada en 2018 por los tres grandes y de sus participaciones en la propiedad de empresas de diferentes países.

Los autores añadieron en la comparativa el mayor fondo soberano del mundo, el noruego, para hacer más visible el tamaño y la importancia de los inversores pasivos. El fondo noruego, sin embargo, aunque ha estado tradicionalmente vinculado al capital paciente y a la renovación energética, utiliza otras estrategias, y los cambios recientes en su dirección, para la que fichó a un directivo proveniente de los 'hedge funds', Nicolai Tangen, hacen pensar que tomará un papel más activo en sus futuras inversiones.

3. La magia de la influencia

Con la gran cantidad de millones que gestionan, su presencia en el accionariado de un enorme número de empresas cotizadas y su comprobable influencia en el Gobierno estadounidense y en el de la Unión Europea, es evidente que estamos ante gigantes de enorme peso político y económico. Pero hay un par de aspectos que añaden todavía más poder, y que merecen subrayarse.

 El primero atañe a los tres grandes y no es más que la estrategia que utilizó JP Morgan en la segunda década del siglo XX: puesto que se sentaba en los consejos de administración de todas las grandes empresas estadounidenses, contaba con un acceso privilegiado a la información, que utilizaba en su provecho: tenía un conocimiento extenso de todos los sectores, lo que le permitía identificar oportunidades ante que cualquier otro actor y encontrar nuevos instrumentos con los que generar mayor rentabilidad. Esa posición de privilegio aparece también en nuestra época.

El segundo asunto relevante atañe únicamente a BlackRock, ya que posee el instrumento decisivo en lo que se refiere a influencia. Lleva el curioso nombre de Aladdin, y ha sido calificado como el Android de la inversión. Se trata de una plataforma basada en el 'big data' y la inteligencia artificial, y cuyo algoritmo guarda con enorme celo la compañía dirigida por Fink. Su importancia radica en que su análisis de riesgos es utilizado por la Reserva Federal de EEUU y por el Banco Central Europeo, pero también por Vanguard y State Street, los dos competidores de BlackRock en su sector. 

Y no solo ellos: grandes aseguradoras, el fondo de pensiones japonés, Apple, Microsoft y Alphabet, entre muchos otras, incluido el Banco Santander, utilizan este sistema. Aladdin ha sido descrito por ‘Financial Times’ como el sistema nervioso central de la industria inversora: hay 22 billones de dólares en activos que están bajo la supervisión de este sistema, aunque su alcance real se desconoce, como ha reconocido Blackrock. Y la pandemia ha provocado que su peso sea aún mayor.

Aunque Aladdin no indique qué activos comprar y vender, su análisis de riesgos es enormemente influyente, porque determina muchísimas decisiones: cuanto más deleguen los gestores de activos en el sistema, más uniformes serán las respuestas; 'de facto', esto implica la concentración del ámbito financiero.

Por decirlo de otra manera, los bancos centrales, las empresas y los inversores más importantes ven el mundo con los ojos de Aladdin, esto es, de BlackRock; deciden sus movimientos en función de los análisis de una plataforma, lo que les da un poder grandísimo. Y cabe subrayar que en las últimas décadas, como subrayó el caso Walmart, una empresa no tecnológica, la capacidad de concentrar sectores y de crear actores dominantes está totalmente relacionada con la vinculación a un sistema informático centralizado, como bien señala el éxito de los algoritmos de Facebook y Google.

Si un sector clave, como es el financiero, es puesto bajo la guía de un algoritmo desconocido, los riesgos pueden ser muy grandes

Aladdin sitúa la industria bajo sus alas. Es un movimiento de concentración no solo del capital, sino de los mecanismos de prevención y de alerta, y constituye 'de facto' un instrumento de sanción y de refuerzo a determinados sectores y actores. Sabemos de los peligros de la concentración, pero si un ámbito clave de nuestra economía, como es el financiero, es puesto bajo la guía de un algoritmo desconocido, los riesgos pueden ser muy grandes. Los reguladores ya están empezando a tenerlo en consideración.

Y existe un problema añadido: la complejidad de Aladdin provoca que la desactivación del sistema conlleve mucho tiempo, incluso años, ya que cada usuario ha tenido que adaptar sus formas operativas a la plataforma de BlackRock, por lo que la desconexión es especialmente ardua: es “como cambiar la rueda del coche mientras aceleras en una carrera”.

4. Las preguntas que quedan en el aire

La quinta temporada de ‘Billions’, esa en la que Bobby Axelrod y Mike Prince se enfrentaban, ha sido interrumpida a la mitad a causa del coronavirus. En el último capítulo emitido, parecía que Axe iba perdiendo todas las batallas, pero estaba decidido a ganar la guerra. Ese es también nuestro momento. Al menos eventualmente, todo gira a favor de ese mundo sostenible y diverso por el que apuesta el capital pasivo, pero todavía hay muchas incertidumbres en el horizonte. 

Las compañías eléctricas y las verdes están en un buen momento y las petroleras en descenso, pero habrá que ver si Biden controla ambas Cámaras y desarrolla sus planes verdes o tendrá que hacer pactos que los frenen; la Unión Europea ha puesto en marcha los fondos para la recuperación desde una perspectiva ASG, pero tendremos que confirmar su alcance, y deberemos constatar si la crisis económica se desvanece conforme avanza 2021 o se hace más profunda para distintos sectores sociales, en cuyo caso esas apuestas sufrirán evidentes dilaciones.

Pero la pregunta que dejaba ‘Billions’ en el aire tenía que ver, más que con el momento, con la personalidad de los contendientes. Axelrod, el tiburón de los 'hedge funds', creía que las cualidades pacientes que Prince exhibía no eran más que otra jugada cínica para vencer en la contienda, que el rostro empático no era más que el siguiente paso del capitalismo depredador, y que el objetivo consistía simplemente en sacar a los rivales del juego. Alguna duda en ese sentido ha descrito ‘Financial Times’ respecto de Larry Fink. 

En 1986, era un directivo de First Boston, un gran banco de inversiones, y tenía aspiraciones de convertirse en su CEO. Pero cometió un error de cientos de millones de dólares y acabó en la calle. Fue entonces cuando creó BlackRock. Pero lo que cuenta ‘Financial Times’ es que su equivocación estuvo causada por la enconada rivalidad que mantenía con su homólogo de Salomon Brothers, Lewis Ranieri

 Fue esa competición descarnada lo que le llevó a asumir muchos más riesgos de los necesarios; fue el deseo de vencer a toda costa el que le hizo forzar la máquina y quizás ese carácter no se pierda nunca. Un antiguo compañero de First Boston definía a Fink y a la gente que se llevó con él como “dinamita”, como personas “que pueden oler la sangre río arriba”.

 Acusaciones similares han sido emitidas desde entornos ecologistas, en especial sobre BlackRock, al que han acusado de ‘greenwashing’, de haberse beneficiado especialmente de las ayudas que contribuyó a repartir, o de tener una actitud mucho más ambigua de la que explicita acerca de la responsabilidad corporativa y de la buena gestión empresarial. Larry Fink, además de mostrar su disgusto con los reproches respecto de su papel en el reparto, tiene una explicación sobre esas acusaciones.

Como relataba con sinceridad a Ana Botín en una reciente conversación pública, le gustaría ser más contundente en cuestiones como la descarbonización, pero dado que su tarea como CEO de una firma inversora es beneficiar a sus clientes, si la penalización a empresas que contaminan causa serios perjuicios a esa rentabilidad, debe dar marcha atrás: las leyes de su país le obligan a actuar diligentemente en su función inversora, e incluso podrían penarle con la cárcel si actuase de otro modo.

Sin embargo, las dudas no se generan únicamente acerca de si estos fondos pasivos cumplirán lo que prometen; también las hay acerca de si cumpliendo lo que prometen conseguirán sus objetivos. Lograr una sociedad más estable, más inclusiva, más verde y más centrada en el largo plazo puede no ser posible si no se pone freno a aspectos como la desigualdad, uno de los grandes riesgos que afrontará la época que viene, algo para lo que no han previsto medidas, o si no se corrige de manera decidida el aspecto puramente rentista del sector financiero. En todo caso, y como en ‘Billions’, estamos a mitad de temporada. Lo que no puede negarse es que en esta nueva entrega del capitalismo, los tres grandes van a jugar un papel muy relevante."                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/01/21)