"El teléfono del despacho de Antonio Turiel (León, 1970) en el
Instituto de Ciencias del Mar no deja de sonar desde hace unas semanas.
Los motivos: la escasez de materiales y la crisis energética.
Periodistas, empresas y administraciones cada vez muestran más interés
por hablar con él, especialmente desde que compareció en el Senado ante
la Comisión de Transición Ecológica para hablar sobre los retos de una
transición energética sostenible. Lo hizo en calidad de Doctor en Física
Teórica experto en recursos energéticos, aunque también es matemático y
centra su trabajo en la oceanografía por satélite. En sus
intervenciones públicas, al igual que en el blog The Oil Crash y el
libro Petrocalípsis, dibuja un escenario complicado: los combustibles
fósiles (petróleo, carbón y gas) han comenzado su declive o están a
punto de hacerlo, y las renovables no pueden sustituirlos siguiendo el
modelo actual. El científico del CSIC considera que la tecnología no va a
servir para hacer frente a la situación si no abandonamos la idea de
crecimiento. En esta entrevista, hablamos con él de todo ello y de otras
derivadas de la crisis energética: el desabastecimiento, las
complicaciones en el suministro de gas, el aumento de la factura de la
luz, el riesgo de un apagón en Europa Central o las limitaciones del
coche eléctrico.
El pico del diésel
Últimamente se habla mucho de desabastecimiento: faltan
microchips, combustible en las gasolineras británicas o algunos
artículos de la campaña de Navidad. ¿Por qué parece que falta de todo?
Hay razones que son coyunturales: volver a poner todo en marcha
después del parón de la pandemia ha costado mucho esfuerzo y ha habido
cuellos de botella logísticos. Esto se dice continuamente y es verdad.
Pero el factor más relevante ahora mismo es el energético, que repercute
de muchas maneras, no todas claramente visibles. El barril de petróleo
está ahora en unos 85 dólares, un precio relativamente alto, pero no de
ruptura. Como estamos lejos de los 120 dólares, que se considera un
precio que lleva a la quiebra a la economía global, la gente no piensa
en el petróleo como causante de esta situación. Pero aquí hay un error
importante porque nosotros no utilizamos el petróleo en crudo, sino
combustibles derivados del petróleo, y lo que escasea es el diésel.
¿Por qué escasea?
Porque el petróleo crudo convencional, el que sirve para hacer más
cosas y es más fácil de extraer y procesar, llegó a su máximo en 2005.
La producción lleva 16 años sin aumentar y en los últimos años ha
empezado a caer. Para compensar la falta de petróleo crudo convencional,
hemos extraído otros líquidos más o menos similares al petróleo, los
llamados ‘petróleos no convencionales’, pero no valen para hacer lo
mismo. En particular, lo que más ha subido en los últimos años es el
petróleo del fracking, el petróleo ligero de roca compacta, que
no vale para hacer diésel. Por eso en 2015 llegamos al pico de la
producción de diésel. En 2019 la producción empezó a bajar y ahora se
está estrellando: ha caído cerca de un 15% respecto a los máximos.
¿Esto está afectando al conjunto de la economía?
El diésel es la sangre del sistema. Mueve los camiones, las
excavadoras, los tractores e, indirectamente, los barcos. Antes los
barcos podían utilizar combustibles de peor calidad, pero desde el 1 de
enero de 2020 ha entrado en vigor la nueva normativa marítima
internacional (IMO 2020), que limita las emisiones de azufre. Por eso
los barcos ahora necesitan un tipo de combustible que, aunque no es
exactamente igual que el diésel, compite con él en la misma franja de
destilación y refinería. Además, los destilados medios que están en la
misma franja que el diésel han caído un 50% desde 2008. Todo ello ha
contribuido a que el coste del transporte por barco se haya multiplicado
por 10 desde el año pasado. Esta situación también ha hecho que se
incrementen los costes de los trabajos de minería en todo el mundo.
Algunas minas están electrificadas, pero la mayoría, no. Todo en ellas
se hace con diésel. Por eso se están cerrando y abandonando proyectos de
nuevas minas de muchos materiales, incluyendo el carbón, cuyo pico fue
en 2014, y el uranio, cuyo pico fue en 2016.
¿Y qué hay del gas?
Se espera que el máximo sea en algún momento entre 2020 y 2030. El
último informe de la Agencia Internacional de la Energía lo muestra por
primera vez. Pero Europa ya ha llegado a su máximo de suministro, porque
el gas no es tan fácil de transportar como el petróleo. Los productores
que nos lo hacen llegar por tierra, Argelia y Rusia, alcanzaron su
máximo hace 10 años y su consumo interno sigue creciendo, por lo que sus
exportaciones bajan. La maniobra que está haciendo Argelia de no pasar
el gas por Marruecos en realidad es porque no pueden mantener las
exportaciones de gas. Esto hace que Europa se tenga que aprovisionar de
otros países. El gasoducto que viene por Turquía desde Oriente Medio nos
proporciona una gran cantidad de gas, pero tiene sus limitaciones, así
que el resto tiene que venir por barco, y eso requiere unas
instalaciones muy costosas. Hay que licuar el gas en origen,
transportarlo en un buque metanero a 160 grados bajo cero y, al llegar a
destino, regasificarlo. Por eso el gas que se importa por barco es tres
o cuatro veces más caro que el que viene por gasoducto. El problema del
precio del gas ha venido para quedarse. Cuando haya menos demanda o
entremos en recesión, el precio bajará, pero el problema de suministro
va a persistir y el precio se volverá a encarecer. Esta situación tiene
una cadena de interacciones tremenda porque, por ejemplo, el gas
repercute en el precio de la electricidad.
¿De qué forma?
En España, para la fijación de precios en el mercado mayorista, donde
las comercializadoras compran el gas, empleamos un sistema
marginalista. Es decir, se paga la electricidad, el kilovatio hora
(kW·h) producido, al precio del kW·h más caro que entra en cada momento.
La tecnología más cara suele ser la de las centrales de ciclo
combinado, que utilizan gas, y el precio del gas ahora se ha disparado.
¿Por qué se utiliza este sistema?
Porque los economistas dicen que favorece que aparezcan nuevas
tecnologías más baratas que la más cara, para así irla sustituyendo y
conseguir un rápido progreso tecnológico. Piensan que el conjunto de
tecnologías y las fuentes de energía son infinitas, pero no es verdad.
En el mundo real el sistema marginalista hace que, cuando una materia
prima como el gas escasea, el precio se vaya por las nubes. Este sistema
se ha implantado a través de la normativa europea y España no puede
modificarlo por si sola.
La dependencia del gas
¿Por qué necesitamos el gas si tenemos otras fuentes de energía?
En España hay instalados 112 gigavatios (GW) de potencia eléctrica
para cubrir una demanda que tuvo su pico máximo de 45 GW en 2008 y que
desde entonces ha ido cayendo: en la actualidad equivale a 30 GW, con
picos de hasta 42. Necesitamos tener un cierto grado de redundancia en
la generación eléctrica, porque no siempre sale el sol o sopla el
viento; incluso hay que parar las nucleares de vez en cuando para
recargar o por incidentes. Pero con 70 o 80 GW de potencia instalada nos
llega para cubrir una demanda media de 30 GW. Y, sin embargo, tenemos
que recurrir continuamente al gas. ¿Por qué? La explicación es muy
técnica, pero muy interesante. No solo tenemos el problema de la
intermitencia de las fuentes renovables, sino el de la estabilidad de la
corriente. La gente tiene tendencia a pensar que la corriente eléctrica
es como un líquido, como cuando abres el grifo de tu casa y sale el
agua. Pero la electricidad no fluye, es una onda que oscila 50 veces por
segundo; aquello de la corriente alterna que estudiábamos en el
instituto. Lo importante aquí es mantener la sincronía perfecta de todos
los sistemas que producen electricidad. Todos tienen que subir y bajar
al mismo tiempo. Cuando tienes sistemas renovables distribuidos en un
territorio muy amplio, conseguir esa sincronía es complicadísimo. Si
todo no está perfectamente sincronizado, se empiezan a generar frentes
de onda. Por explicarlo de forma sencilla: pensemos en dos niñas que no
se ponen de acuerdo moviendo una comba. Cuando una sube, la otra baja y
la de en medio se lleva un tortazo.
¿Por qué ocurre esto y cuál es su relación con la corriente eléctrica?
En los sistemas eléctricos, cuando no consigues que la frecuencia
esté perfectamente afinada se empiezan a propagar ondas por toda la red
de manera desordenada. Puede haber sitios en los que la tensión baje a
cero de golpe –entonces se quedan sin corriente y se producen apagones
en cascada– y otros en los que la potencia se junta toda a la vez
sincronizada y es 10 o 20 veces lo que tendría que ser. Eso no lo
soporta nada, literalmente desintegra líneas de alta tensión o
estaciones transformadoras. Es un problema gravísimo que Red Eléctrica
Española y el regulador europeo siempre están vigilando y que se repite
con frecuencia ahora que tenemos muchísimos sistemas renovables
instalados. El 8 de enero de este año hubo un incidente grave. Una
subfrecuencia en Croacia se combinó con una superfrecuencia que suele
haber en Alemania porque tiene muchísimos aerogeneradores y placas
fotovoltaicas dispersas por todo el territorio. Esto empezó a generar
una inestabilidad de gran tamaño que obligó a separar la red europea en
dos.
¿Que una persona instale una placa solar en su casa contribuye a este problema?
No es una persona con una placa solar; son cien mil personas con cien
mil placas solares. Ahí sí que hay un problema. De hecho, en Australia
el regulador ha prohibido nuevas conexiones a la red con placas solares
precisamente por esto. En Europa Central, este problema ha suscitado el
riesgo de un gran apagón, del que España se encuentra por ahora a salvo
porque no está tan interconectada como el resto del continente, pero que
nos debería obligar a repensar el modelo de implantación de las
renovables.
¿Y qué podemos hacer para evitar este problema?
Necesitas tener centrales que puedan entrar y salir rápidamente para
que, cuando alguien tire más de un sitio, ellas tiren más del otro y
compensen. Lo único que tenemos que puede hacer esto son las centrales
hidroeléctricas, que están limitadas por el agua que hay en los
pantanos, y las centrales de gas de ciclo combinado. Por eso no nos
vamos a deshacer de las centrales de ciclo combinado –centrales de gas–
aunque pongamos tres veces más renovables. Las vamos a necesitar siempre
ahí para garantizar que podemos controlar la frecuencia.
¿Y la energía nuclear no vale para esto?
No, porque siempre tiene la misma potencia, no es regulable, no
permite adapatarse a los cambios en la demanda de electricidad. Y encima
la producción de uranio disminuye. La propia Asociación Nuclear Mundial
considera que hacia el año 2040 será la cuarta parte de lo que es
ahora. En cualquier caso, tú necesitas algo que puedas apagar y encender
a voluntad. Se dice que se va a probar con hidrógeno, pero la
transformación de agua en hidrógeno mediante electrólisis tiene unas
pérdidas que están cercanas al 50%: cada megavatio hora (MW·h) generado
necesita dos de electricidad para producirse. La idea del hidrógeno es
producirlo cuando la electricidad sea barata, pero es que ahora la
electricidad no es barata en ningún momento.
¿Cómo interpretas las palabras de Pablo Casado acerca de que
la energía nuclear es necesaria para cubrir la demanda cuando no luce el
sol?
Es evidente que no puedes aprovechar la energía solar de noche ni la
eólica cuando no hay viento. Por eso, necesitas tener fuentes de energía
que te permitan entrar y salir fácilmente en el sistema cuando las
renovables no producen energía y que solucionen el problema de la
estabilidad de la red causado por la implementación de las renovables.
Casado tiene parte de razón, pero se confunde porque la nuclear funciona
a piñón fijo: puedes regular un poco su output a lo largo del
día, pero muy poco. Al final necesitas la hidroeléctrica y las centrales
de gas. El modelo completamente descarbonizado al que pretendemos ir
tiene este problema: habría que introducir sistemas de almacenamiento
(baterías, bombeo inverso, sales fundidas…) y estabilización (baterías o
volantes de inercia) para los cuales aún falta algo de desarrollo,
sobre todo en cuanto a su implementación masiva. Está bien que surja el
debate y se hable de estas cosas, pero es una lástima que el nivel
técnico general de discusión sea tan bajo.
Las dificultades de las renovables
Entonces, ¿las renovables no son la solución al pico de los combustibles fósiles?
No tengo duda de que vamos a una sustitución de energía fósil por
renovable. Lo que es discutible es el modelo actual de 100% renovable y
que con las renovables vayamos a producir la misma cantidad de energía
que estamos consumiendo hoy. Las renovables pueden producir muchísima
energía, pero quizá no tanta como la que consumimos actualmente. En todo
caso, la energía renovable puede ser suficiente para satisfacer las
necesidades reales de las personas en todo el mundo, no solamente en los
países desarrollados. Nuestro estilo de vida tendría que cambiar, pero
seguramente se podría hasta mejorar el nivel de vida. Sin embargo, el
modelo de renovables eléctricas que se está planteando hoy tiene tres
inconvenientes severos. El primero es que hay limitaciones a la cantidad
de energía que se puede extraer de los flujos del planeta. Se dice que
la energía que nos llega del sol es casi 10.000 veces toda la energía
que consume la humanidad en un año, pero lo cierto es que esta energía
llega muy dispersa. El máximo que se puede extraer sin perturbar los
ciclos naturales del planeta –la lluvia, los vientos o el crecimiento de
las plantas– es alrededor de un 0,04%. Esto implica cuatro veces el
consumo energético actual, pero no existe un consenso científico sobre
cuál es el máximo que se puede extraer de los procesos renovables.
Básicamente, hay dos posturas: la de quienes estiman que podemos a
llegar a producir la mitad de lo que consumimos hoy y la de quienes
piensan que podríamos producir unas cinco veces más.
¿Cuál crees que va mejor encaminada?
Yo me alineo con la parte de la franja baja porque los argumentos
físicos me parecen más convincentes. De todas formas, si diéramos por
válido el escenario más optimista, la economía en un momento dado
tendría que estacionar. Incluso en la parte alta de la horquilla, si
tenemos en cuenta que el consumo de energía de las últimas décadas se ha
duplicado cada 30 años, antes de acabar este siglo llegaríamos al tope.
Este es el primer problema, que el potencial es limitado y acaba con la
idea del crecimiento económico en un plazo de tiempo históricamente
breve, 60 o 70 años como mucho.
¿Cuál es el segundo inconveniente de las renovables?
El que para mí es el más grave: su dependencia de combustibles
fósiles y materiales escasos. Lo primero significa que a día de hoy
nadie ha sido capaz de construir una presa hidroeléctrica, un
aerogenerador o una placa fotovoltaica de forma que en el proceso de
fabricación, instalación, mantenimiento y desmantelamiento eventual no
se utilicen combustibles fósiles. Nadie lo ha conseguido solo con
energía renovable porque no es evidente que se pueda hacer. A lo mejor
se podría en una virguería técnica, pero seguramente gastaríamos más
energía de la que el sistema nos devolvería, con lo cual tendríamos un
sumidero energético y no una fuente de energía. Por otra parte, no nos
damos cuenta de que materiales que damos por garantizados, como el
cemento y el acero, dependen críticamente de la existencia de
combustibles fósiles.
¿No se está investigando para acabar con esta dependencia de los combustibles fósiles?
Nadie aborda este problema seriamente porque es un punto insalvable.
No está en absoluto demostrado que estos sistemas se puedan hacer sin
combustibles fósiles. De hecho, algunos autores dicen que los sistemas
renovables actuales, los eléctricos, son solamente extensiones de los
combustibles fósiles. Obviamente tienen menos huella de carbono, emiten
menos CO2 por unidad de energía producida, pero sin CO2 fósil no se pueden poner en marcha.
¿Y qué ocurre con los materiales escasos?
Hay muchos materiales que se acabarían si todo el mundo hiciera la
transición energética a las renovables. El último informe de la Agencia
Internacional de la Energía dice que, para poder cumplir con los
objetivos de descarbonización –que son compatibles con la caída esperada
de la producción de combustibles fósiles–, de aquí al 2050 la
producción anual de litio se tiene que multiplicar por 100 y la de
cobalto y níquel por 40. Esto es físicamente imposible. En los últimos
10 años se ha hecho un esfuerzo enorme para multiplicar la producción de
litio por tres y está costando mantener este ritmo. Además, hay que
tener en cuenta las reservas. Tomando las reservas probadas y probables
de materiales críticos, Alicia Valero, profesora de la Universidad de
Zaragoza en el Instituto CIRCE, señala una decena de materiales que
resultan insuficientes para la transición: el neodimio, el litio (que se
emplea en las baterías), la plata (que se utiliza en los conectores de
las placas fotovoltaicas), el platino, el cadmio, el manganeso (que se
necesita para hacer acero), el cobre (que es fundamental en los procesos
de electrificación), el zinc, el plomo…
¿Estos materiales no se pueden sustituir?
Claro, pero pierdes eficiencia y obtienes menos rendimiento. Es
desvestir un santo para vestir otro. No es evidente que todo el mundo
pueda hacer este despliegue al mismo tiempo. Y hay que tener en cuenta
que España importa todos estos materiales. Lo que pasa en China ahora es
muy significativo. El país tiene un problema gravísimo con el carbón
que ha provocado apagones continuos. Por eso ha lanzado un gigantesco
programa de implantación rápida de las renovables que le ha llevado a
dejar de exportar algunos materiales, como el magnesio. Como Europa
cerró sus minas porque no eran rentables, importa el 95% del magnesio
que utiliza de China. La asociación metalúrgica europea ha dicho que nos
queda magnesio hasta finales de noviembre. Cuando se acabe, se acabó la
metalurgia del aluminio, que está en las bicicletas, en los coches, en
todas partes. Por supuesto, se buscarán nuevos proveedores de magnesio,
pero ¿a qué precio? La crisis de los materiales lo frena todo. Para la
transición a un modelo renovable eléctrico, es una estaca clavada en el
corazón.
¿No podemos usar estos materiales de forma más eficiente?
Las empresas están haciendo cambios que hace años no se habían
planteado para ser más eficientes. Esto va a permitir mejoras de un 10 o
un 20%, a veces de un 50% en industrias muy ineficientes, pero será un
disparo una única vez, no se puede hacer indefinidamente. A los
economistas no les entra en la cabeza que la eficiencia no se puede
incrementar hasta el infinito. No puede llegar un momento en el que no
necesites nada. Hay un límite material, físico, termodinámico.
¿Cuál es el tercer problema de las renovables?
Que están orientadas a la generación de electricidad y, aunque la
electricidad es energía, no toda la energía es electricidad. A nivel
mundial, la electricidad representa aproximadamente el 20% de toda la
energía final utilizada; en países avanzados, un poco más: un 23,6% en
España o un 24% en Alemania. Hay una gran dificultad para electrificar
el resto. Hay cosas imposibles de electrificar y otras que no serían
rentables al hacerlo. Estamos dando por hecho que vamos a hacer una
transición a un modelo no solo 100% renovable sino 100% eléctrico,
cuando eso no está ni medio claro.
El futuro del coche eléctrico
Con todos estos problemas, ¿va a ser posible pasarnos al coche eléctrico?
Uno de los puntos débiles del coche eléctrico es la escasez de
materiales, porque requiere muchos: neodimio para el motor eléctrico,
litio para la batería o cobalto para que la batería sea medianamente
pequeña. Pero además tiene muchos problemas logísticos: el 80% de los
coches en España duerme en la calle, ¿cómo se van a recargar? Para
recargar por completo la batería de un coche eléctrico con una autonomía
de 250 kilómetros en un domicilio que tenga 4,4 Kw de potencia
contratada, se tardará de media unas 25 horas si se quiere dejar
potencia libre para la luz y los electrodomésticos. Recargar la batería
para recorrer 30 kilómetros en una electrolinera convencional llevará
media hora. Imagina que cuando llegas tienes a dos delante de ti:
estarás hora y media allí. La solución podría ser usar un supercargador,
que tiene 140 MW de potencia. Sin embargo, el segundo principio de la
termodinámica dice que al conectar cualquier dispositivo de potencia una
parte de la energía se disipa en forma de calor. Si tu supercargador
disipa un 10%, que no es mucho, con esa energía podrías hacer hervir una
olla con 100 litros de agua en 5 minutos. Al conectar tu coche de
30.000 euros, el supercargador reventará la batería. Podrías entonces
hacerte con un Tesla con conectores de plata para que la resistencia sea
más pequeña y un sistema de refrigeración criogénica de la batería para
evitar que se caliente demasiado, y todo iría como la seda. Pero
tendrías que pagar 100.000 euros. ¿Quién puede permitírselo? En el fondo
el debate de los coches eléctricos va de eso.
Y el hidrógeno, ¿no sirve como combustible?
Mediante un proceso de electrólisis se puede utilizar electricidad
para separar el hidrógeno de una molécula de agua. Pero la clave es el
rendimiento del proceso. Se suele decir que la eficiencia de la
electrólisis es del 80-85%, pero esa cifra se obtiene si solo se tiene
en cuenta la electricidad empleada, no la energía que se consume en
calentar primero el agua a 80º C. Si miras la eficiencia total en las
mejores plantas de electrólisis de producción comercial, el rendimiento
es del 53%. En cualquier caso, el hidrógeno es la única alternativa
razonable para motores de camiones, excavadoras, maquinaria pesada,
tractores, barcos y aviones. Con baterías no pueden ir, porque la
densidad en volumen es muy pequeña: en un camión que fuese a 80 km/h y
tuviera una autonomía similar a la que estos vehículos tienen hoy, la
batería ocuparía el 80% de la carga. El hidrógeno almacenado a una
cierta presión tiene una densidad energética que no es maravillosa, pero
no es tan mala como la de las baterías.
Pero también tiene problemas, ¿no?
Sí. Podrías quemar hidrógeno directamente en un motor de combustible,
pero con una eficiencia del 15%. Después de haber perdido un 50% en la
electrólisis, tienes una eficiencia del 7,5%, que no es nada. Por eso se
ponen pilas de combustible. Las buenas tienen una eficiencia del 50%,
que está bien, pero llevan platino, que es justo de estas cosas que se
nos acaban. Además, las pilas producen electricidad en un régimen
constante, con lo cual este proceso lo que hace es almacenar una batería
de litio o cobalto para luego mover un motor eléctrico, que utiliza
neodimio y disprosio. Por lo tanto, un motor de hidrógeno en el fondo
sigue siendo un motor eléctrico; con una batería más pequeña, sí, pero
que necesita todos esos materiales. Además, la pila implica pérdidas del
50%. Añadidas al 50% perdido en la electrólisis, tienes una eficiencia
del 25%. Meter el hidrógeno en el depósito a 700 atmósferas supone un
gasto energético bastante grande, porque hay que bajar la temperatura
del hidrógeno a unos 40º C bajo cero y luego comprimirlo. Esto implica
pérdidas del 10-15% respecto a la energía original. Si además tienes en
cuenta que la eficiencia del motor eléctrico no es perfecta y que el
hidrógeno se escapa del depósito progresivamente, las pérdidas totales
son del 90% o más. Esto es lo típico de un motor de hidrógeno a día de
hoy.
¿Y no se puede mejorar?
Sí, probablemente, pero las pérdidas serán del 80%, lo que tampoco es
algo muy bueno. El tema del hidrógeno está muy inmaduro, por no decir
que no va a estar maduro nunca. Tanto es así que en el último informe
del Grupo III del IPCC [Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el
Cambio Climático], que todavía no se ha publicado pero se ha filtrado,
dice que la tecnología del hidrógeno no está en un punto para ser
utilizada. Con lo cual la síntesis de los problemas de las renovables es
que tienen un potencial limitado, en todo caso finito; dependen de los
combustibles fósiles y materiales raros; y están orientadas a la
producción de electricidad, lo que trae consigo el problema de la
conversión.
Los límites del crecimiento
¿Cuál sería entonces un modelo factible?
Un modelo en el que se produjera cierta cantidad de electricidad,
pero donde el aprovechamiento principal de las renovables no fuera
eléctrico. Como consecuencia del segundo principio de la termodinámica,
siempre que hay un proceso de transformación de la energía de un tipo a
otro hay una pérdida en forma de calor, y las pérdidas son tanto más
grandes cuanto más diferentes son los tipos de energía. Por ejemplo, si
estás transformando energía mecánica del viento en electricidad, dos
tipos de energía muy diferentes, las pérdidas son muy grandes, en torno
al 70%. Si conviertes la energía mecánica del viento, que es lineal, en
energía mecánica de rotación, por ejemplo, para moler trigo, las
pérdidas son bastante más pequeñas, del 20%, con lo que obtienes un
rendimiento del 80%.
¿Estamos en un punto crítico respecto a la escasez de energía y materiales?
Sí, el próximo lustro es decisivo porque ya se está notando el efecto
de desinversión de las compañías petroleras y gasísticas. Desde 2014,
las compañías han reducido su gasto en exploración y desarrollo de
nuevos pozos un 60%. En el caso de Repsol, un 90%. Esto anticipa bajadas
en la producción que la propia Agencia Internacional de la Energía está
mostrando. En estadística la expresión punto crítico tiene un
significado muy preciso: es el momento en el que se produce una
transición de fase, por ejemplo, cuando el hielo se funde y se convierte
en agua. Los puntos críticos también son horizontes de predictibilidad:
es muy difícil predecir qué viene después. Estamos en un punto muy
volátil por la complejidad de las interacciones. Aquí la política tiene
mucho que decir. En función de las decisiones que se tomen y las medidas
que se adopten, lo que viene a continuación puede ser muy malo o, no
voy a decir bueno, pero mucho mejor que eso. Es muy importante entender
que hay que actuar ya y que hay que hacerlo con humildad, ir probando y,
si algo no funciona, rápidamente rectificar.
Dices que la crisis energética impide el crecimiento infinito…
La humanidad tiene varios problemas de sostenibilidad, no solo el
agotamiento de ciertas fuentes de energía y materiales: el cambio
climático, que es una consecuencia de los residuos que estamos soltando
en la biosfera; la contaminación por plásticos y metales pesados; la
mala calidad del aire; la degradación de los suelos… Todos ellos tienen
un origen común: un sistema económico acelerado que nos lleva a un
crecimiento infinito y exponencialmente rápido en un planeta finito y
nos hace chocar contra los límites biofísicos del mundo donde vivimos.
Estamos alterando la biosfera y su capacidad de sostenernos, y eso nos
puede llevar a la autodestrucción. Hace 49 años se publicó un informe
encargado por el Club de Roma que se llamaba Los límites al crecimiento, en el que se analizaba si se podían mantener los patrones de crecimiento indefinidamente. En todos los escenarios planteados –business as usual,
estabilización, etc.–, se observaba que, tarde o temprano, en el siglo
XXI se llegaría a un límite en el que no se podría seguir creciendo por
razones que puede entender un niño de 6 años. Cuando discuto con
economistas, me dicen: “usted no tiene en cuenta que el progreso
tecnológico trae una mejora en la eficiencia de los usos materiales”. Y
yo les digo que todos los estudios que se han hecho muestran que la
eficiencia es útil, pero no tiene un recorrido infinito.
¿Tenemos que cambiar nuestra concepción de la economía?
Kenneth Boulding decía que la humanidad tiene que pasar del modelo de la verde pradera del cowboy,
que no se acababa nunca y donde parecía que todo estaba a nuestra
disposición, al modelo nave espacial Tierra, en el que has crecido ya
mucho y tienes unos recursos finitos. Somos 7.900 millones y tenemos que
aprender a gestionar los residuos, reciclarlos y cerrar los ciclos,
porque estamos en una nave espacial aislada en medio del cosmos. El
sistema económico que tenemos se ha constituido en los dos siglos de
expansión que ha habido desde la primera revolución industrial. Pero
ahora las bases materiales que han permitido la expansión están llegando
a su fin, tanto por los insumos que se necesitan (materias primas
energéticas y materiales) como por los residuos que se generan y causan
problemas ambientales que atentan contra nuestra propia existencia, como
el cambio climático. Hay que aceptar que la fase expansiva terminó.
Muchas veces digo que el capitalismo es una fase más de la evolución
histórica de la humanidad. No tenemos que destruirlo, sino superarlo,
madurar. Si nos empeñamos en seguir creciendo en una situación en la que
esto es imposible, vamos a colapsar.
El papel de la ciencia
¿Qué rol juega la ciencia en este escenario?
En nuestras sociedades está muy extendido el mito del progreso, que
hace que el hueco que antes ocupaba la religión en la sociedad ahora lo
ocupe la ciencia. Esto me parece peligroso, porque la ciencia no es una
religión, es una cosa completamente distinta. Nos ha hecho progresar,
pero también nos ha hablado de límites. No solo de límites
ecosistémicos, también de que no podemos superar la velocidad de la luz o
evitar que la entropía crezca. En el discurso neoliberal, esta parte de
la ciencia desaparece. La ciencia aparece solamente como proveedora
salvífica, solucionadora de todos los problemas. Pero la ciencia también
dice que hay cosas que no se pueden hacer, y ocultar esto puede
provocar un desencanto que puede llevar a posiciones muy acientíficas.
Si la ciencia no puede garantizar el mito del progreso y nos habla de límites, ¿qué papel le queda?
La ciencia siempre ha tenido el mismo papel: es una herramienta de
conocimiento y capacidad. ¿Qué tiene que proporcionar la ciencia? Una
guía para hacer las cosas, pero primero tenemos que saber qué queremos
hacer. Las decisiones son de carácter político en el sentido de polis,
la ciudad, lo que interesa a los ciudadanos; no en sentido partidista.
Qué queremos hacer es algo que tiene que decidir la ciudadanía, pero
tiene que hacerlo sobre la base de una información que la ciencia le
puede proporcionar.
¿La solución es la vuelta a lo local?
Eso es una parte de la solución. El modelo actual se basa en la
globalización, que ha sido posible por la abundancia de energía barata.
El fin del petróleo barato lleva forzosamente a lo contrario: la
relocalización. Transportar mercancías elaboradas en China ya no va a
salir a cuenta. De hecho, ahora se empieza a decir que Europa se plantea
hacer su propia fábrica de microchips o la renacionalización de ciertas
actividades: son avances en la dirección de la relocalización. El
regreso a lo local es inevitable en ese sentido. Eso no quiere decir que
haya una destrucción del comercio internacional, pero sí que tendrá que
especializarse en determinadas materias con alto valor añadido."
(Entrevista a Antonio Turiel, Ana Iglesias (Ayudas CSIC-Fundación BBVA de Comunicación Científica) y Eduardo Actis (CSIC Cultura Científica), CSIC, 29/11/21)