"El gobierno chino promulgó en 2018 una política de protección
ambiental denominada “Espada Nacional” o también “Espada Verde” que
consiste en la prohibición de importar diversos tipos de plásticos
reciclables del resto del mundo. Si la potencia asiática, para entonces,
no se hubiera convertido en el importador de más del 50% del plástico
desechado que ha sido generado por el norte global, esta medida
posiblemente hubiera pasado sin advertencia. Pero no es así, y ahora los
gobiernos y corporaciones globales ven cómo los discursos de economía
circular con que en las últimas décadas alentaron a sus ciudadanos a
consumir infatigablemente y separar residuos, están colapsando.
Millones de toneladas de plástico descartado ya no fluyen hacia
China. Y, en este capítulo del tóxico romance entre el capitalismo y sus
desechos plásticos, por una parte, se incrementan las alarmas en los
círculos de poder que buscan desesperadamente un lugar dónde redirigir
el flujo de desechos, no importa que ese dónde se transforme en nuevas
zonas de sacrificio[1].
Por otra parte, como también ocurre en otros momentos de la historia
del exceso de desperdicio capitalista, la basura se convierte en el
espejo que refleja las inconsistencias, cada vez más evidentes, de los
repertorios de sustentabilidad ambiental y economía circular que han
vendido los promotores del capitalismo verde.
¿Cómo China decidió dejar de ser el principal vertedero del plástico
de la ecología-mundo capitalista y qué impactos tiene esto? ¿Cómo está
respondiendo el norte global ante este desafío y qué ocurre en la
periferia de la ecología-mundo capitalista? Son las preguntas que se
responden a continuación.
El “tóxico idilio plástico” de la ecología-mundo capitalista
En sentido estricto, el plástico no es una materialidad sino una cualidad. Etimológicamente proviene del griego plassein
(“moldear”, “dar forma”). Hasta antes del auge de la industria
petroquímica en el siglo XX la cualidad de lo plástico tenía diferentes
usos (las artes, por ejemplo). Sin embargo, el descubrimiento en las
primeras décadas del siglo XX de la versatilidad de los polímeros
(resinas sintéticas derivadas del petróleo que, sometidas a altas
temperaturas, mostraban una gran capacidad de plasticidad para producir
infinidad de mercancías) fue lo que produjo que, a mediados del siglo
XX, el plástico se transformara de adjetivo en sustantivo.
Como ningún otro material, el plástico le ha dado a la ecología-mundo
capitalista un toque distintivo. La ecología-mundo capitalista es una
forma de producir-organizar el espacio, el poder, la naturaleza, la
riqueza, mediante flujos de energía y capital que conectan ecosistemas y
sistemas de trabajo humano y natural[2].
En esta ecología-mundo, el plástico posibilita la aceleración de
procesos de extracción, producción, distribución, consumo y descarte de
infinidad de mercancías a lo largo y ancho del planeta, en un envoltorio
ideológico de fluidez y ductilidad de la vida moderna, pero, con
profundas consecuencias ambientales, también de alcance global.
Las compañías petroquímicas generalizaron las mercancías de plástico tras el boom
económico que siguió a la Segunda Guerra Mundial, y lo hicieron con una
retórica de modernidad, higiene, ecología e incluso feminismo. Ya no
habría que cazar elefantes para obtener marfil, los bosques maderables
serían protegidos, la salud de las personas estaría aún más a salvo y el
tiempo dedicado a las tareas domésticas, mayoritariamente realizado las
mujeres, se reduciría[3].
Durante las últimas décadas, la tasa de producción de plástico ha
crecido exponencialmente a nivel global. La producción acumulada de
plásticos es superior a los 8 mil millones de toneladas desde 1950
(cuando empezó su masificación), y la mitad ha sido generada solo en la
última década. Se han producido más de 300 millones de toneladas anuales
de plásticos en los últimos años, con la expectativa que a 2050 la tasa
se eleve a 600 millones de toneladas diarias.
Actualmente, más del 99% del plástico es fabricado con combustibles
fósiles. Durante todo el ciclo de vida del plástico se generan gases de
efecto invernadero: al extraer petróleo y refinarlo, al producir
polímeros, al enterrarlo en rellenos sanitarios o incinerarlo, y también
al reciclarlo. Sin embargo, la tasa de reciclaje de plástico varía
ampliamente entre países y no alcanza el 10% a nivel mundial. Así que la
mayor parte del plástico producido termina en vertederos, plantas de
incineración, dispersa sin ningún tipo de gestión, en los mares –donde
se han formado gigantescas islas de basura plástica– o en otros cuerpos
de agua continentales. También partículas nanoplásticas se encuentran en
los organismos vivientes, incluidos los humanos.
Los grandes monopolios de la cadena global de plástico tratan de
invisibilizar su responsabilidad socioambiental transfiriéndola a los
consumidores con el sofisma de que todo depende de los hábitos
responsables de consumo. Se trata de una argucia, pues está establecido
que en el norte global capitalista los principales productores de
plástico son los gigantes petroquímicos. Para 2019, según la asociación
australiana Plastic Waste Markers Index, el primer puesto lo
ocupaba ExxonMobil con 5,9 millones de toneladas de desechos plásticos,
seguida de la compañía química estadounidense Dow con 5,5 millones de
toneladas, y de la empresa de gas y petróleo china Sinopec con 5,3
millones de toneladas. Además, otros mega oligopolio corresponde al de
los principales distribuidores de plástico. Por último, debemos añadir
que, acorde a Break Free From Plastic, una red global
ambientalista, los responsables de generar más desechos plásticos
contaminantes son Coca-Cola, PepsiCo y Nestlé.
En la década de 1990 se conformó el actual flujo de residuos
plásticos de la ecología-mundo capitalista. En esa década florecieron
economías capitalistas emergentes que requerían, además de capitales, un
alto consumo de materias primas que no tenían a disposición. Una fuente
potencial de estos recursos fueron los desechos del norte global.
Grandes cantidades de papel, cartón, plástico, chatarra fueron desviados
hacia estas economías como ayuda para el desarrollo. No se trató solo
de una imposición externa, ya que las clases dominantes y los gobiernos
de estas economías jugaron un activo papel en esta vía.
El principal receptor de estos flujos de basura plástica global fue
China. A finales de la década de 1990, con una economía capitalista en
auge, China se convirtió en el principal destino del mercado mundial de
desechos reciclables. Comenzó a importar una amplia gama de chatarra,
desde plástico hasta acero, para satisfacer la demanda de insumos en su
sector manufacturero y así surtir el mercado interno y convertirse luego
en el principal exportador de mercaderías del planeta. Los altos
precios de petróleo encarecieron el plástico virgen, así que el
reciclaje de desechos resultó mejor negocio para la expansión económica
del gigante asiático. A comienzos del nuevo milenio, cada año China
importaba 4 millones de toneladas de residuos plásticos, 12 millones de
toneladas de papel usado y 11 millones de toneladas de chatarra
metálica. Para 2016, China importaba cerca del 30% de desechos plásticos
y chatarra metálica de todo el mundo, principalmente del norte global, y
esto incluía el 55% de la chatarra de cobre del mundo, el 24% de
aluminio, el 55% de papel desechado y el 51% de plástico desechado
mundial. Ese año, según Will Flower, Estados Unidos enviaba cada día con
destino a China 1.500 contenedores en buques cargados con residuos de
todo tipo. Estos buques habían llegado a Estados Unidos con mercaderías
baratas y retornaban a China con residuos para seguir produciendo más
mercancías[4].
Claro está, no solo Estados Unidos participó de este flujo global de
materialidades descartadas, también Europa, Japón y Australia
encontraron en China un insaciable devorador de sus basuras.
De esta manera se constituyó un circuito global de gran parte de
desperdicios, una ecología-mundo capitalista que parecía resolver los
problemas del exceso de producción y consumo. En el norte global los
ciudadanos podían consumir sin pausa y su conciencia ambiental quedaba
en paz, incentivada por las autoridades ambientales y la publicidad
sobre la importancia de separar y organizar los residuos domésticos. Las
grandes corporaciones de la industria petroquímica adoptaron el
lenguaje de la economía circular global, una estrategia orientada a
asegurar su legitimidad pública al tiempo que ampliaban sus mercados y,
por supuesto, aparecieron empresas globales de comercio de desechos que
se lucraron al máximo[5].
Pero, si todo era tan exitoso… ¿Por qué China puso fin a
este modelo de flujo de desechos? ¿Qué está pasando en la ecología-mundo
capitalista?
En la primera década del siglo XXI, China se vio inundada de desechos
globales. Lo que en un principio fue visto como un impulso al
desarrollo económico se transformó en su contrario. Muchos de estos
desechos no solo eran de mala calidad, sino que estaban contaminados.
Además, los contenedores llevaban también basuras peligrosas y no
reciclables. Los fabricantes chinos debían realizar grandes inversiones
en la reclasificación de materiales y en la eliminación de las
materialidades peligrosas, lo que implicó crear zonas de sacrificio
ambiental en varias regiones chinas.
Por esta razón, en 2013 el gobierno chino diseñó la «Operación Green
Fence», la cual buscó establecer controles sobre la calidad de los
materiales de desecho importados y reprimir el comercio ilegal y el
contrabando de desechos globales. Estas medidas pusieron en evidencia
que las grandes potencias capitalistas estaban obviando el Convenio de
Basilea que establece sobre el control de los movimientos
transfronterizos de los desechos peligrosos[6].
Los exportadores de basura global hacia China argumentaron que el
Convenio de Basilea no esclarece qué se considera residuos peligrosos y,
por eso, los principales exportadores de residuos se negaron a
firmarlo. Las potencias capitalistas del norte global no juegan limpio
cuando de basura se trata. Utilizaron la exportación de plástico a China
para deshacerse de otras basuras, incluso residuos tóxicos y
peligrosos.
También hubo cambios significativos en la sociedad China que explican
el cambio de prioridades ambientales en relación con la importación de
desechos. En las últimas décadas apareció una clase media y un
movimiento sindical hartos de la contaminación causada por los desechos
importados, lo que trajo olas de protesta e inconformidad pese a la
censura y las políticas de cooptación gubernamentales. En 2015 y en 2016
la opinión pública china fue estremecida con los documentales Under the Dome y Plastic China,
respectivamente, que señalaron los duros efectos del reciclaje informal
y la contaminación del aire, el agua y el suelo del país asiático[7].
A la presión ciudadana se le debe agregar el incremento del gasto
público por razones de descontaminación ambiental, así que estas
condiciones empujaron a la República Popular China a endurecer la
política de importación de desechos. En 2017 el gobierno proclamó la
agenda denominada “Espada Nacional” para hacer frente a la basura del
norte global, que detalla las regulaciones para la calidad de la basura
importada y prohíbe la importación de 24 tipos de desechos, incluido el
plástico no industrial.
En marzo de 2018 China dejó de importar plástico, papel y otros tipos
de chatarra de baja calidad. Así que, miles de toneladas de plástico
desechado empezaron a acumularse en puertos e instalaciones de reciclaje
de todo el mundo, principalmente del norte global que, considerando a
China como su principal vertedero, no desarrolló tecnologías de
reciclaje en su propio patio.
China es hoy una superpotencia económica en la ecología-mundo
capitalista y su gobierno busca dejar de ser consumidora de tecnología,
basura e ideas de sus rivales capitalistas. Ahora se proyecta como el
epicentro de nuevos patrones globales. Y, en lo que respecta a la
gestión de desechos, su política es reemplazar el sector de reciclaje
informal por “parques eco-industriales” de alta tecnología más limpios.
El propósito es, como sugiere Kate O’Neill, liderar un nuevo enfoque en
la disputa por definir los criterios de la economía circular en el marco
del capitalismo.
China pretende transitar a una nueva lógica, sea o no un error querer
compatibilizar el exceso de producción y consumo, por un lado, con la
gestión de desechos, por el otro. Pero mientras eso ocurre, sus
competidores en el norte global no están dispuestos a hacer cambios
sustantivos en la dinámica establecida, por lo que, previendo el cierre
del gran vertedero chino, se están creando nuevas zonas de sacrifico a
las que reorientar los flujos de desechos en la ecología-mundo
capitalista. El norte global está reorganizando la geografía mundial de
flujos de basura plástica, mediante métodos legales e ilegales, que
acorten las cadenas mundiales y abaraten costos de transporte. De hecho,
un informe de Interpol establece que en los dos últimos años, a partir
de la entrada en vigor de la política Espada Nacional de China, se ha
incrementado el comercio ilegal de residuos[8].
Según Interpol, dos son los espacios que constituyen la periferia
tóxica de las potencias europeas: en primer lugar, los países de Europa
del Este (especialmente la República Checa, Polonia y Rumania), y, en
segundo lugar, la denominada región MENA (Medio Oriente y los países del
Magreb). En el tránsito de estos flujos, cuyo destino final son los
vertederos ilegales, los desechos peligrosos se camuflan o son
legalizados sin mayor control ambiental. El impacto es nefasto, tanto en
lo social como en lo ambiental. Por citar un ejemplo: desde 2018, en
Polonia, se han producido incendios en vertederos ilegales en los que se
depositan basuras domésticas y de grandes supermercados, que salen del
Reino Unido etiquetadas como plástico de la “lista verde” de la Unión
Europea. En Zgierz, en el centro de Polonia, los propietarios del
vertedero quisieron borrar las pruebas del delito que supone la
importación ilegal prendiendo fuego a los casi tres mil metros cúbicos
de basuras, con severos impactos para la salud humana y el resto de la
naturaleza en este territorio.
Las pujantes economías asiáticas (Japón, Corea del Sur, Taiwán… entre
otras) y Australia encuentran un mercado legal e ilegal de residuos
plásticos en Malasia, Tailandia y Vietnam, países en que se reproduce el
viejo discurso que glorifica la basura importada como materia prima
para el desarrollo, pese a que, según señala Interpol, son países que
carecen de la infraestructura adecuada para el reciclaje de plásticos.
En el caso de Estados Unidos y Canadá, si bien no renuncian a
exportar desechos a los países asiáticos, están diversificando sus zonas
de envío. Estados Unidos incluso está llevando su basura plástica a
ecosistemas inhabitados por humanos. Un reportaje periodístico de 2016
sobre la inundación global de plástico estadounidense informa que en ese
país se han constituido empresas que compran todo tipo de plástico,
contaminado o no, y lo exportan a 78 destinos, también a ecosistemas
vírgenes (es el caso de la Reserva Marina de las Islas Heard y McDonald
(HIMI) en el océano Índico australiano, hasta 2016 protegido
celosamente). Según el mencionado reportaje, estas “islas deshabitadas”
han recibido 57 toneladas métricas de desechos plásticos no clasificados
procedentes de Estados Unidos[9].
Sin embargo, la nota periodística oculta que esta decisión pone en
riesgo estos ecosistemas frágiles. Las autoridades ambientales buscaron
restringir y controlar la presencia de especies exóticas causantes de la
devastación de poblaciones reproductoras de aves marinas, la
modificación de las comunidades de plantas e invertebrados, la reducción
general de la biodiversidad y las extinciones locales[10]. Ahora, las consecuencias de la presencia de esta nueva materialidad desechada ofrecen un sombrío panorama.
Por razones de cercanía geográfica, pero también por factores
geopolíticos, el destino de la basura plástica de Estados Unidos y
Canadá tiende a ser América Latina y el Caribe. Según Interpol, en 2020
se notó un notable crecimiento del sector de reciclaje en la región,
impulsado por inversionistas de China y Estados Unidos que esperan sacar
provecho del exceso de plástico norteamericano. Así, los agentes
privados se benefician de las institucionalidades débiles, con escasa
capacidad para realizar controles ambientales a las importaciones
provenientes de Norteamérica. Para ese año México, El Salvador y Ecuador
se habían convertido en los principales importadores de desechos
plásticos, con 32.650 toneladas, 4.054 toneladas y 3.665 toneladas
respectivamente[11].
Recordemos que Estados Unidos no es firmante del Convenio de Basilea, y
está utilizando los tratados de libre comercio y las fisuras del
Convenio para firmar acuerdos bilaterales con otros países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con
los cuales, según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos,
“intercambió” el 55% de sus basuras plásticas. Actualmente, en América
Latina, forman parte de la OCDE los siguientes países: Chile, Colombia,
México y Costa Rica, cuyos gobiernos pueden estar tentados a convertirse
en receptores de la basura norteamericana en nombre de las medidas de
recuperación económica postpandemia.
La reconfiguración del flujo de plástico desechado en la
ecología-mundo capitalista amenaza seriamente la vida humana y no humana
en la periferia global. La inundación de estos desechos crea nuevas
zonas de sacrifico, afecta a la salud humana, así como al bienestar de
otras especies. Y, de manera particular, impacta negativamente sobre la
economía popular de millares de recolectores de materiales descartados
que recorren las calles de las ciudades del sur global y que ahora se
enfrentan a la competencia de la basura importada. Es en estas
condiciones que debe exigirse la defensa del trabajo de los recicladores
populares y de sus organizaciones, algo fundamental en el sur global.
Además, en el escenario de profundos desafíos en que nos encontramos, la
ciudadanía debe presionar para que las políticas gubernamentales
garanticen la soberanía ambiental y social de sus respectivos países." ( Frank Molano Camargo , Rebelión, 01/01/22)