17/11/17

La Renta Básica Universal es un proyecto de la derecha ideológica ultraliberal. El esfuerzo fiscal de una RBU tendría que hacerse a costa del Estado de Bienestar

"Uno de los argumentos esgrimidos en favor de la Renta Básica Universal es que los robots están quitando el trabajo a los obreros; que los trabajadores se van a quedar masivamente sin empleo y por tanto necesitan una RBU que les permita vivir, dignamente, sin trabajar. 

Se proyecta así una sociedad futura “ideal” en la que una oligarquía capitalista posee un enorme ejército de robots controlados por una minoría privilegiada de obreros especialistas, mientras la mayoría social puede sobrevivir sin trabajar gracias a la RBU. ¿Es eso lo que queremos? (...)

La RBU es un proyecto de la derecha ideológica ultraliberal. La defendió hace más de cincuenta años Milton Friedman, el economista neoliberal cofundador de la sociedad Mont Pelerin. Está experimentando con ella la coalición de centro derecha que gobierna en Finlandia, una especie de PP y C’s bálticos. 

La RBU más avanzada y en funcionamiento es la que se está aplicando en Alaska, gobernada por republicanos del ala más extrema como Sarah Pallin, la del “tea party”. La ha defendido más recientemente Jamie Dillon, el CEO de J.P. Morgan, en la última reunión de Davos, justificándola como respuesta necesaria a la robotización. Con la excusa de los robots, tratan de sustituir las prestaciones del Estado del Bienestar por rentas monetarias que se puedan gastar en el “libre mercado”.

Nos están engañando. Las máquinas, incluidos los robots, no le quitan el trabajo, ni nada, a nadie. Al revés, nos proporcionan más tiempo libre ya que con menos horas de trabajo podemos producir igual o mayor cantidad de bienes y servicios. 

A comienzos del siglo XIX los luditas y otros movimientos espontáneos trataron de romper las máquinas por miedo a perder sus empleos. Después se perdió el miedo, los obreros que trabajaban con máquinas obtuvieron sueldos más altos con menos horas de trabajo y se alcanzó el pleno empleo a pesar del extraordinario crecimiento de la población británica. Es cierto que los tejedores artesanos del s. XIX tuvieron que cambiar su forma de trabajar.

 Es cierto que los empleados de almacén actuales que conducen carretillas torito para mover paquetes están siendo despedidos porque hay carretillas robotizadas que hacen más eficazmente su trabajo. Pero si no encuentran empleo alternativo en España no es por los robots.

 Ni los robots, ni los inmigrantes, ni quien mañana se presente en tu puesto dispuesto a trabajar por un euro menos la hora son los causantes del desempleo en nuestro país. Hay otra respuesta a los robots, a los avances tecnológicos que aumentan la productividad, que consiste en crear más empleos y mejor repartidos.

En España hay mucho trabajo por hacer. En España se necesitan muchos trabajadores. Los sistemas sanitario, educativo, de cuidados al medio ambiente o a dependientes, menores y ancianos, son muy deficientes y con insuficientes trabajadores que, además, suelen lidiar con jornadas laborales exhaustivas. 

Hay industrias nacientes que producen o usan energías limpias y sostenibles, nuevos tipos de máquinas y generadores, nuevos productos, nuevos servicios. Las necesidades humanas están en continua expansión. Los deseos de la humanidad son y serán siempre insaciables y para satisfacerlos y progresar hace y hará falta siempre mucho trabajo. Lo que falta no es trabajo, es empleo.

 El empleo requiere una combinación de trabajo y capital, es decir, trabajadores y máquinas. Y en España, los que pueden invertir en máquinas (empresas y Estado) no lo están haciendo.

De momento y a pesar de los grandes avances tecnológicos, nunca como hoy ha habido tantas personas empleadas en el mundo. Según el Informe 2016 de la Federación Internacional de Robótica (IFR) el país más robotizado del mundo es Corea del Sur que tiene 53 robots por cada mil empleados. La tasa de desempleo en Corea es del 3,6%. 

El segundo es Singapur con 40 robots por cada mil empleados. Su tasa de desempleo es del 2,2%. Los dos siguientes en robotización son Japón y Alemania con tasas de paro del 2,8% y del 3,7% respectivamente.

Estos datos demuestran que los robots no generan desempleo. Por el contrario, son las situaciones de pleno empleo las que impulsan la robotización. Los robots requieren fuertes inversiones que sólo se justifican para sustituir trabajadores escasos con salarios altos en sectores industriales avanzados. Los robots no son los enemigos de los desempleados sino al revés: el desempleo es enemigo de la robotización. 

La precariedad laboral permite ofrecer salarios de miseria que hacen innecesaria la sustitución de trabajo por capital y reducen la rentabilidad de las inversiones en robots.

Los diversos sistemas económicos son formas de organizar el trabajo en la sociedad: generan una estructura de empleos que son asignados y distribuidos, mejor o peor, entre la población. Participar en un puesto u otro de ese sistema de empleos remunerados es la forma que actualmente garantiza la inserción del individuo en la sociedad, la integración en la misma. 

El equipo de compañeras en el taller o en la oficina es un núcleo social tan necesario para nuestro equilibrio mental y nuestra felicidad como la familia. La persona desempleada está y se siente en cierto grado marginada de la sociedad, aunque dedique parte de su tiempo a otras actividades sociales. 

El ideal, en nuestra humilde opinión, es gozar de un empleo remunerado en el sistema económico que nos permita disponer del tiempo necesario para nuestra vida y nuestros proyectos privados, de un tiempo que, como hemos dicho en otra parte, no esté medido en dinero. 

Las máquinas, los robots, al aumentar la productividad del trabajo en los empleos remunerados, permiten reequilibrar los tiempos mercantilizados con los tiempos privados en nuestras vidas.

Imaginemos una sociedad en la que todos sus miembros recibieran una RBU. Los que no tuvieran empleo remunerado, los que sólo tuvieran la RBU, serían muy evidentemente los más pobres y tendrían plena consciencia de ello. ¿Qué efectos tiene la conciencia de ser los más pobres de la sociedad? Esa gente se sentiría pobre y marginal, sea cual sea el importe de la RBU. No puede haber una RBU “digna”. 

Los que se reconozcan a sí mismos como “los más pobres” se sentirán el escalón más bajo de la sociedad. Y esa percepción ya sabemos que conduce a comportamientos de riesgo: drogas, delincuencia, violencia. El sueño de “¡Que trabajen los robots!” sería una pesadilla.
Hay por tanto otra posible respuesta a los avances tecnológicos: la reducción de la jornada laboral y el adelanto en la edad de jubilación voluntaria; una política industrial que promueva las PYMEs tecnológicas innovadoras y las defienda de los tiburones; la promoción de las nuevas tecnologías limpias y sostenibles; la creación de más empleos en educación y salud, en cuidados a dependientes y al medio ambiente. 

El esfuerzo fiscal de una RBU tendría que hacerse a costa del Estado de Bienestar cuando lo que hace falta es justo lo contrario: fortalecerlo.

Escapar de la falsa dicotomía “robots vs. empleo” nos permite explorar una escala mayor de posibilidades. Podemos imaginar otra utopía en la que la productividad y los salarios aumenten, la jornada laboral disminuya y tengamos más tiempo para cuidar de nuestras hijas y nuestras madres, para tejer bufandas de lana o para participar en el teatro del barrio. 

En cualquier caso, siempre habrá personas que por razones de salud, de conflictos familiares o por las malas políticas públicas estén en riesgo de exclusión. Para éstas es necesario también diseñar un sistema de rentas básicas específicas.

En otro artículo hemos explicado que “renta básica” es cualquier renta que se conceda no como contrapartida de una contribución al sistema productivo sino la justificada en el derecho a una vida digna reconocido en la Declaración de los Derechos Humanos y en las constituciones de la mayoría de los países. 

En este sentido las rentas básicas pueden ser en parte monetarias (las llamadas rentas mínimas, o de inserción, o de garantía) y parte en especie, tales como bonos de acceso básico a vivienda, electricidad y agua; rentas básicas en especie son también el acceso gratuito universal a la sanidad y la educación, a un sistema de cuidados a dependientes, a un medio ambiente limpio.

 El proyecto de una RBU monetaria supone la desaparición de todos los demás tipos de rentas básicas monetarias (incluyendo las pensiones de jubilación, los subsidios de desempleo, las becas estudiantiles) y pone en peligro las rentas básicas en especie, es decir, las prestaciones del Estado de Bienestar.

Hay muchas necesidades y mucho trabajo por hacer. Se pueden crear empleos remunerados para todas. Se pueden garantizar rentas básicas. Los robots, como las demás máquinas y avances tecnológicos, solo vienen a facilitarnos el trabajo y a permitir que se satisfagan más necesidades.

 Es una falacia utilizar la robotización para justificar la Renta Básica Universal. La utopía de una sociedad en la que solo los robots trabajan es una distopía. El sueño de que una parte de la población sobreviva sin empleo es una pesadilla."                (Coral Martínez Erades y Juanca Martínez Coll, Economistas sin fronteras,

16/11/17

El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

"(...) Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.

En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” 

Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump- presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”

En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

La ruptura del vínculo

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.

 En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios

Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.

Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento

 En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.

Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios.

 Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.

Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.

Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?

Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.

Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.

Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

  Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.

No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.

Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.

Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

El traje nuevo del Gran Hermano

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia" con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.

Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.

Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.

Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo.

 Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.

Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.

Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.

Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.

A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

Una herramienta de control

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”, advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.

Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.
Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.

Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.

Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.

Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.

Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.

Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.

El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.

Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.

En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.

Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.

Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas."                 (Samuel Earle  , Sin Permiso, 01/11/2017)

15/11/17

El municipalismo se pregunta: ¿Cómo organizamos la sociedad en formas que promuevan la ayuda mutua, el cuidado y la cooperación?

"(...) El municipalismo se pregunta: ¿qué significa ser un ser humano? ¿Qué significa vivir en libertad? ¿Cómo organizamos la sociedad en formas que promuevan la ayuda mutua, el cuidado y la cooperación?

Estas preguntas y las políticas que se desprenden de ellas contienen un imperativo ético: porque tenemos la necesidad de vivir en armonía con la Naturaleza o destruiremos la base de la propia vida, pero también porque tenemos el mandato de maximizar la igualdad y la libertad.

La buena noticia es que esta política se articula con creciente fuerza en movimientos horizontalistas, por todo el planeta. En los movimientos de recuperación de fábricas de Argentina, en la Guerra del Agua en Bolivia, en los consejos de barrio surgidos en Italia, donde el gobierno mostró ineficacia a la hora de asistir a los municipios afectados por graves inundaciones, vemos una y otra vez a la gente organizarse en el ámbito local para ejercer el poder, para crear un poder alternativo que disputa con cada vez más fuerza el poder del Estado-nación.

Estos movimientos toman la idea de la democracia y la expresan en su máximo potencial, y generan una política que atiende a las necesidades de la gente, que favorece la cooperación y el compartir, la ayuda mutua y la solidaridad, y que reconoce que las mujeres debemos ejercer un rol de liderazgo.

Conseguir esto significa llevar la política a cada rincón de nuestros barrios, haciendo lo que los conservadores llevan haciendo con tanto éxito en las últimas décadas en todo el mundo: presentar candidatos en el ámbito municipal.

También significa crear un programa de mínimos (acabar con las ejecuciones hipotecarias, frenar las subidas del alquiler y la desestabilización de nuestros barrios producto de la gentrificación), pero también un programa de máximos en el cual podamos imaginar cómo sería nuestra sociedad si pudiéramos construir una economía solidaria, emplear nuevas tecnologías y expandir el potencial de cada ser humano para vivir en libertad y ejercer sus derechos civiles en tanto miembros de comunidades prósperas y verdaderamente democráticas.

Y debemos confederarnos, trabajar más allá de las fronteras de los Estados y las naciones, desarrollando programas que aborden cuestiones de escala regional o incluso internacional. Esta es la respuesta para aquellos que dicen que no seremos capaces de resolver grandes problemas transnacionales por ceñir nuestras acciones al ámbito local. 

De hecho, es precisamente en el ámbito local donde día tras día se resuelven estos problemas. Incluso los grandes temas como el cambio climático se pueden gestionar a través de una confederación de comunidades que envíen delegados para atender los asuntos regionales e incluso transcontinentales. La burocracia del Estado centralizado no es necesaria.

Es necesario crear instituciones políticas permanentes en el ámbito local: no simplemente políticos que articulen un programa de justicia social, sino instituciones que sean directamente democráticas, igualitarias, transparentes, completamente responsables, anticapitalistas, con conciencia ecológica y que den voz a las aspiraciones de la gente. Requerirá tiempo, educación y la creación de asambleas municipales que contrarresten el poder del Estado-nación, pero es la única esperanza de transformarnos en esos nuevos seres humanos necesarios para crear una nueva sociedad.

Éste es nuestro momento. En todo el mundo, la gente no solo quiere sobrevivir, también desea vivir. Si queremos lograr la transición desde la espiral de muerte de la sociedad que nos han impuesto las décadas de neoliberalismo hacia una sociedad racional y plenamente humana, debemos crear una red global de ciudades, pueblos y aldeas sin miedo. No merecemos menos que eso."

( Debbie Bookchin es autora y periodista de investigación premiada. Durante los tres años en que prestó servicio en la U.S. House, fue secretaria de Prensa del candidato presidencial de Estados Unidos Bernie Sanders, CTXT, 26/07/17, Texto adaptado de comentarios del plenario de Fearless Cities, Barcelona, 10 de junio de 2017.)

14/11/17

Los mecenas que le pagaron el golpe y la guerra a Franco

"La Guerra Civil española resultó la secuela de un fracaso: el estallido golpista de julio de 1936. Poco importaba el fiasco a los rebeldes. Llegaban a la contienda fratricida con una idea fija, exterminar al rival ideológico. Limpiar España al coste necesario. Y emprendían la tarea con las alforjas llenas. ¿Quiénes fueron los mecenas de un puñado de militares sublevados?

Franco fue patrocinado por Hitler y Mussolini. Con armas, tropas y financiación, apoyo logístico que arribó antes, durante y después de la asonada. Parte de la oligarquía económica del país no dudó en financiar la trama, con el paradigma del contrabandista, banquero y empresario Juan March a la cabeza. 

Desde la iglesia también hubo colaboracionismo y grandes propietarios y terratenientes sumaban donativos a otros más modestos de derechistas locales… Todo sirvió, incluso el robo y el saqueo pueblo a pueblo sobre los derrotados.

Dinero de Juan March para comprar armas

"Juan March facilitó dinero" en marzo del 36 "para la adquisición de armas en el extranjero", expone el historiador Ángel Viñas. De fuera del país, el político Francesc Cambó recaudó importantes sumas de dinero. 

 La financiación corría desde créditos de entidades y sociedades externas, en ejemplos de que la "conspiración contra la legalidad republicana" no era una trama "solo militar sino también civil", apunta. Un complot latente "siempre" desde 1931 y que "revivió súbitamente" en marzo del 36 tras la victoria del Frente Popular en las elecciones generales.

Con pruebas como la actuación del abogado y político Antonio Goicoechea. "Solicitó a los italianos ayuda financiera para pagar a los pistoleros que sembraban y propulsaban la inquietud social" en España. 

Violencia callejera y atentados terroristas a manos de milicias falangistas y carlistas para romper cualquier atisbo de calma ciudadana. "La explosión de alegría, y de cólera, en las filas de la izquierda fue estimulada conscientemente por la trama civil", subraya Viñas.

El préstamo solicitado en el tramo previo a la guerra no fue el único servicio a los planes golpistas. Como explica el hispanista Paul Preston en su libro El holocausto español, una delegación de derechistas "viajó a Roma en busca de armas y apoyo financiero en su intento de derrocar a la República". 

Tras una entrevista con Benito Mussolini y el gobernador de Libia, Italo Balbo, "recibieron 1.500.000 pesetas, 20.000 rifles, 20.000 granadas de mano y 200 ametralladoras". Llegaron a través de Trípoli y la Portugal de Salazar, país que reclutó todo tipo de aportes a la causa. Centenares de mercenarios serían "entrenados como instructores por el Ejército italiano".

La decisiva colaboración de Alemania e Italia

El soporte de Alemania e Italia resultó determinante. Al envío de municiones, armas e incluso aviones hay que sumar la participación activa en la guerra civil de escuadrones italianos y nazis. La balanza, de otro modo, nunca hubiera caído del lado franquista, según el historiador Francisco Espinosa Maestre. "Los acuerdos con Mussolini y Hitler pusieron en manos de los golpistas, y en condiciones óptimas de pago, hombres y armas sin las cuales poco hubieran podido hacer", relata.

Y no solo la guerra, sino el propio golpe, "se financió de varias formas". Con el componente esencial de la élite económica española, que claudicó ante los intereses rebeldes cuando no sostuvieron la conspiración desde el inicio. Con un nombre subrayado: "Juan March fue clave", apunta Espinosa Maestre. 

A esta ayuda, continúa, "hay que añadir los millones (de pesetas) que salieron de los donativos de los derechistas pueblo a pueblo y el que sacaron de todo lo que fueron robando desde el mismo 18 de julio".

El propio Preston refleja otros episodios que actuaban como gotas para colmar el vaso del patrocinio rebelde. Fondos para "financiar a los agitadores" del clima prebélico, caso de una suscripción abierta desde el periódico ABC para un desconocido sindicato y que recolectó en poco tiempo 350.000 pesetas "donadas por aristócratas, terratenientes, industriales, además de muchos fascistas y falangistas anónimos". 

O aquel "general al que no se identificó" y que compraría "10.000 rifles en Portugal, que posteriormente serían entregados a los militantes falangistas". Corría la mitad del año 35."                 (  , eldiario.es, 17/07/2016)

13/11/17

«El populismo no será algo pasajero porque las causas sociales están ahí»

"Algunos de los mayores expertos españoles en el fenómeno del populismo coincidieron ayer en que mientras existan las causas del descontento social –la mayoría de ellas provocadas por las duras consecuencias de la crisis económica–, los populismos continuarán. «No son un fenómeno pasajero», advirtieron.  (...)

En la mesa redonda, José Luis Villacañas, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense, remarcó que el populismo, al igual que sucede con la fiebre en el cuerpo humano, revela algo «latente» que estaba en la sociedad. Por eso, subrayó la importancia de mirar lo que estaba «escondido», es decir, las causas.

 «Es fundamental no demonizar los populismos, sino prestarles atención, porque en el fondo revelan la verdad más profunda de nuestra sociedad», dijo. E insistió en que suponen una «válvula de escape» para muchas dimensiones que estaban ahí, y que los partidos no habían visto. «Podemos sentirnos suficientemente satisfechos de que el intensísimo grado de malestar y angustia siga canalizándose a través de movimientos políticos».

Villacañas comentó la etiqueta de que el populismo hace promesas que no puede cumplir, pero puso de relieve que «la democracia se basa en una promesa incumplida, que es la promesa de que todo individuo está en condiciones de deber su felicidad a sí mismo en ciertas condiciones de igualdad». «Nuestra democracia está incumpliendo sus promesas», alertó. 

Por eso, llamó a no «despreciar» a la inmensa cantidad de ciudadanos que «se toma en serio cumplirlas cambiando a sus representantes».

A su juicio, Podemos ha sido atacado de forma «sobredimensionada» por la clase política y dio el porqué: «Hace mucho que esta clase política no conocía la lucha política de verdad» porque estaba «extraordinariamente adaptada» y desprendida de sus «arsenales morales». En su opinión, la irrupción de Podemos ha generado «nerviosismo» en los viejos partidos porque llevan 30 años acomodados en ese papel. De ahí que su conclusión sea que Podemos revela ante todo «el estado de la estructura de la representación política del país».

José Luis Pardo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, señaló que el populismo es el «síntoma» de un problema que aprovecha principalmente la «construcción de un enemigo» para abrirse paso. «Ha calado la idea de que el populismo es algo malo, pero ha calado también la idea de que es para defenderte de algo que es peor», dijo. Unos males que podrían ser la corrupción o la desigualdad.

Pardo explicó que no por perder el trabajo una persona «pasa a votar a Le Pen», sino que es después cuando lo hace, cuando se le señala un responsable de todas las frustraciones y descontentos sociales. Y vota bajo la promesa de que combatir al responsable señalado supondrá la solución a sus problemas.

 En cuanto al freno al populismo, Pardo avisó de que no se le neutraliza señalándolo, sino que «hay que comprender que está presente y que hay mucho antisistema en el corazón del sistema».
Por su parte, Gaspar Ariño, catedrático de Derecho, fue más escéptico que Méndez de Vigo sobre el final de los populismos con la recuperación económica. «Mientras existan las causas de este descontento social, los populismos continuarán. No son un fenómenos pasajero como dice el ministro, sino preocupante, porque las causas siguen ahí», afirmó.   (...)

El verdadero impacto de una crisis económica no se mide durante su transcurso, sino al término, cuando su virulencia amaina y emergen las consecuencias que ha provocado. El malestar social y el auge de los populismos se cuentan entre los efectos de la última crisis; ambos factores se retroalimentan y están detrás del nacimiento de un nuevo régimen de política económica y social que podría marcar las próximas décadas en Europa.

Ésta es una de las conclusiones que expuso el presidente del Círculo de Economía, Antón Costas, en el V Foro Pensar en España: Populismos, organizado ayer por EL MUNDO y Expansión  (...)

Costas no cree que la crisis haya constituido en sí misma un caldo de cultivo para los populismos, sino que éstos vienen de atrás, de la mala distribución de la riqueza en las sociedades occidentales.
El malestar social generado por esa desigualdad «está secando el pegamento que las mantiene unidas» y está provocando un «viraje del ciclo político económico largo» que configurará el escenario de las próximas décadas, de la misma manera que ocurrió tras la II Guerra Mundial o en la década de los 70.

 «Es necesario recomponer los regímenes de políticas económicas, lo cual implica reconstruir el pegamento de las sociedades liberales mediante la introducción de mayor competencia. El reto de la izquierda y del populismo en este sentido es comprender que esa competencia no es mala», añadió Costas.  (...)

En este contexto, ¿es la UE el problema o la solución frente a los populismos? Ni una cosa ni la otra, o las dos a la vez. Bien por falta de voluntad, bien por falta de instrumentos, la Unión no siempre ha sabido responder a los desafíos que le planteaban los cambios. «Lo extraño no es que surjan populismos, sino que sean pacíficos y que estén dispuestos a aceptar las reglas», apuntó el economista César Molinas, consejero de Cross Road Biotech.

 Ante la falta de respuesta europea, Antón Costas considera «comprensible» que los ciudadanos busquen la protección de los estados, por eso contempla un futuro «difícil» para la UE si no es capaz de «establecer algún tipo de mecanismo de contrato social»."                 (El Mundo, 08/05/17)

10/11/17

La Renta Básica experimental. Casos y modelos

"Existen una multiplicidad de debates en torno a la Renta Básica que se dan casi de manera simultánea y en algunas ocasiones la simple ordenación de estos ya resulta de mucha utilidad.

Cada uno de sus críticos o defensores ponen el foco en una dimensión distinta: su viabilidad financiera, su deseabilidad ética, su impacto económico, su impacto en la salud, su conveniencia respecto a otras transferencias sociales (RMI) para acabar con la pobreza y aumentar la igualdad o su relación con el sistema fiscal. Pero probablemente uno de los núcleos por los que la Renta Básica es una medida que genera una polarización tan fuerte es por el impacto que su introducción tendría en el mercado de trabajo y en las relaciones laborales (el empleo). 

Aquí me dispongo a apuntar algunas notas sobre lo que sabemos a partir de los casos y modelos experimentales que introducen una Renta Básica en una sociedad, qué límites existen en la información y certezas que podemos adquirir de estos experimentos y qué tipo de discusiones abren o cierran sobre todo en relación a su impacto en la economía y en el mercado de trabajo.

Algunos de los experimentos y proyectos pilotos más recientes y que más protagonismo mediático han tenido, debido a su cercanía geográfica, son los de Holanda (Aquí un video del profesor Loek Groot explicando la metodología de los proyectos piloto holandeses https://www.youtube.com/watch?v=GqiLxd7yCT8) y en los últimos tiempos el que ha puesto en marcha el actual gobierno de centro-derecha Finlandés 


 Este último, del que la ansiedad por conocer resultados catalogados como “científicos”, ha hecho que se empezaran a publicar noticias sobre supuestos resultados basados en unas pocas declaraciones (Aquí: http://www.eleconomista.es/economia/noticias/8346532/05/17/El-experiment…)

Aunque estos resultados positivos son verosímiles y concuerdan, como veremos, con lo que ha sucedido en otras partes del mundo, debemos de ser cautos con las conclusiones, ya que estos experimentos aún están en marcha y en ocasiones apenas han echado a andar. Pero esta ansiedad por tener resultados pone encima de la mesa el interés general por la información que el conocimiento experimental nos puede dar sobre la Renta Básica. 

Y por esta misma razón es fundamental intentar aclarar de qué estamos hablando y que tipo de información puede darnos cada caso al respecto. Por ejemplo, el experimento que se está llevando a cabo en Utrecht, no es un experimento con una Renta Básica que aquí llamaremos “genuina”, sino que, debido a las limitaciones al experimento que ha puesto el gobierno, el ingreso se ha concedido a quienes ya reciben algún tipo de transferencia social y por lo tanto está vinculado en la selección a su condicionalidad. Y en el caso de Finlandia tampoco. 

Estamos hablando de que los beneficiarios son personas que ya están en el paro y es un experimento específico para observar los efectos en personas paradas, que cobran prestación y que buscan empleo. El gobierno quiere saber cuánta gente abandona en la búsqueda de empleo recibiendo un ingreso de manera incondicional. Como iremos viendo esto es una manera muy interesante, pero limitada, de entender los efectos de introducir una Renta Básica en una comunidad.

Otros experimentos, en cambio, no han necesitado de una organización institucional. Un ejemplo muy citado es el de Win For Life. La lotería nacional belga ofrecía a los ganadores, en vez de un único gran pago, un ingreso mensual vitalicio de 1000 euros (en torno al 40% de la renta per cápita belga) entre 1998 y 2007 y de 2000 euros a partir de ahí. (Aquí puede verse el estudio https://lirias.kuleuven.be/handle/123456789/84547). 

Otro ejemplo que se suele utilizar es el de Michael Bohmeyer, el emprendedor alemán que decidió en 2014 poner en marcha un crowfunding para pagar una Renta Básica de 1000 euros a voluntarios con la condición de que permitieran que se estudiara su actividad económica durante un año (https://www.mein-grundeinkommen.de/). Una experiencia similar empezó en 2016 en San Francisco http://mybasicincome.org/.  

 El objetivo principal de los estudios es ver que sucedía con la relación de estas personas con el mercado de trabajo, si dejaban de trabajar, si cambiaban de trabajo y de qué manera. En ambos casos, a diferencia de los experimentos en Utrecht y Finlandia, hablamos de una Renta Básica que podríamos decir “genuina”, es decir, que se trata de una transferencia monetaria, individual e incondicional (con independencia de tus ingresos o de tu trabajo) y está probada con personas reales en contextos sociales y políticos cercanos a nosotros. 

 Los resultados vienen a corroborar las tesis de los defensores de la Renta Básica, en los que me incluyo: la gente no abandona cualquier actividad vinculada al empleo y al trabajo, sino que lo que suele suceder es que reduce su tiempo empleado y aumenta su tiempo libre para dedicarlo a lo que realmente quiere. Conclusiones que, además, también resultan perfectamente coherentes con otras investigaciones como la encuesta que realizó en Cataluña a 1600 personas mayores de 16 años en Julio de 2015 preguntando sobre varias cuestiones relativas a la Renta Básica (aquí: http://www.redrentabasica.org/rb/wp-content/uploads/2015/07/1028_O%CC%80…). 

 Pero como decíamos en la introducción, si queremos avanzar en este debate sobre el conocimiento empírico, es necesario señalar también las limitaciones de estos experimentos: el primero es el perfil de las personas que han participado, en Bélgica era gente que jugaba a la lotería, y en el caso del emprendedor alemán, personas muy motivadas con la idea de una Renta Básica.

 Las motivaciones de estas personas hacen difícil generalizar los resultados por eso que se suele llamar “sesgo de la muestra”. El segundo, y más señalado, es que es probable que el comportamiento de estos pequeños grupos de personas fuera diferente si toda la comunidad de la que forman parte también recibiera estos ingresos y se tratase efectivamente de una prestación “universal”.

Pero estas dos limitaciones, en cambio, las podemos esquivar cuando hablamos de los proyectos piloto que se llevaron a cabo en Namibia (Extracto capítulo https://link.springer.com/chapter/10.1057/9781137265227₃) e India (aquí http://eprints.soas.ac.uk/17702/1/India’s%20experiment.pdf). 

 La primera en llevarse a cabo fue la de Namibia en el pueblo de Otjiveero, a 100 km de la capital Windhoek, durante los años 2008 y 2009 donde 1000 personas, que hubieran residido en ese territorio durante el último año, recibieron durante un año un ingreso incondicional de 100 Nambian dollars (que es en torno al 2% de la Renta Per Cápita en el momento, unos 10 euros) –  los únicos que no la recibieron fueron los mayores de 60 años que estaban recibiendo una pensión pública. 

Fue un proyecto diseñado e implementado por un comité creado en 2004 organizado por la Iglesia Evangélica Luterana de la República de Namibia (ELCRN) y su oficina de Desarrollo Social en nombre de una alianza de iglesias, sindicatos y organizaciones de la sociedad civil que organizaron una gran coalición. 

Igual que en los experimentos anteriores, los resultados presentados por la organización son muy positivos en términos de disminución de la pobreza, mejora de la actividad económica, activación del mercado de trabajo (tener ingresos permitía a las personas desplazarse para buscar trabajo o correr el riesgo de montar un negocio propio), salud pública, desnutrición infantil o escolarización.

Pero algunos análisis posteriores parecen por lo menos matizar estos resultados obtenidos en Namibia. Considerando los datos ofrecidos por el informe, sobre todo en cuanto a aumento del crecimiento y la actividad económica, parecen poco realistas comparándolos con otros datos oficiales del resto del país, especialmente en lo que tiene que ver con datos de ahorro privado, poco verosímiles vista la situación de extrema necesidad de la zona. Además, algunos investigadores parecen quejarse de la falta de acceso a determinados datos y la falta de una variable de control que pudiera dar solidez al experimento analizando lo que pasaba en otros pueblos durante el mismo período (Aquí: https://www.dandc.eu/en/article/disappointing-basic-income-grant-project…). 

 Aunque la crítica razonable fundamental en términos científicos pasa por posibilitar un análisis independiente más allá del análisis realizado por los propios promotores, cuyo objetivo explícito en un experimento de tan solo un año era intentar convencer al gobierno de las bondades de una RB.

Un experimento con un diseño mucho más cuidadoso, con fondos de UNICEF (que además supervisó el proceso) es el que se llevó a cabo en India, en el estado de Madhya Pradesh, entre junio de 2011 y noviembre de 2012. Se elegían de manera aleatoria 8 pueblos de la zona, y a cada adulto residente se le otorgaba una renta básica de 200 rupias (en torno al 4% de la renta per cápita de la India) que aumentarían hasta las 300 después de un año. Además, se escogieron 12 pueblos también de manera aleatoria para que sirvieran de grupos de control. 

De esta manera se pudo observar de manera muy rigurosa los efectos en una comunidad entera de una Renta Básica, minimizando los errores de muestreo y mostrando resultados muy positivos en indicadores similares a los mencionados en el experimento anterior. En especial cabe resaltar los relacionados con al mercado de trabajo donde se generó más empleo y se produjo un efecto muy concreto: hubo un traslado de mano de obra de actividad asalariada ocasional, hacia la actividad agrícola y por cuenta propia (autónomos) además de descender la emigración fuera de la zona y generarse un aumento de los ingresos relativo de las mujeres. 

Hubo además una disminución de lo que llaman “’bonded labour”, es decir, trabajo de servidumbre realizado para pagar una deuda contraída.  Los hogares que recibían el ingreso doblaban la probabilidad de aumentar su fuerza laboral (que los miembros encontraran o se activaran en la búsqueda de empleo).

Un último caso interesante, y que se suele citar en los análisis dada su metodología muy rigurosa, es el experimento en Kenia . En este caso se trataba de una ayuda de 1000 dólares anuales, dividido en cantidades mensuales. El principal problema de este experimento es que tampoco podemos estar hablando de una renta básica genuina, ya que al tratarse de una ONG (https://www.givedirectly.org/) esta tenía unos fondos limitados y no se plantearon dar una renta a toda la comunidad si no sólo a las personas que cumplieran una serie de criterios de falta de medios.

 Aunque luego no se ponía ninguna condición para el tipo de gasto, ni se les obligaba a cumplir estos criterios para seguir recibiéndola, no podemos estar hablando de una renta básica “genuina” como en los casos de Namibia y de India. Lo que sí se puede resaltar es que dando libertad a los individuos que la recibían (a través de una aplicación de móvil, lo cual es una herramienta interesante de implementación en determinados contextos) estos la dedicaron básicamente a mejorar sus viviendas, aumentar el consumo, montar nuevos negocios y mejorar su educación. Lo cual tuvo resultados muy determinantes en la disminución de variables asociadas tanto a la dinamización de la economía como a la disminución del estrés y la salud mental.

Aunque a partir de estos proyectos piloto, en particular el de India y el de Namibia, podemos obtener información que supera las limitaciones de los experimentos anteriores que mencionábamos (el sesgo de la muestra, y la imposibilidad de generalizar a comunidades enteras), aparecen otros problemas. Uno de ellos es la dificultad de observar resultados sólidos en períodos tan cortos de tiempo. Uno de los efectos importantes de la Renta Básica tiene que ver con la seguridad de obtener ingresos en el futuro. 

Cuando los experimentos se concretan en períodos limitados de tiempo la gente se va a comportar de maneras diferentes (dependiendo de la persona, mayor o menor prudencia con el uso de ese dinero). El segundo tiene que ver con la financiación: en estos casos la financiación viene de fuera y no es posible tener en cuenta los efectos que tendría tener a toda una comunidad involucrada en una Renta Básica (ganadores y perdedores netos).

Aunque es probable que por los lugares específicos donde se han llevado a cabo los experimentos, la financiación en la práctica también terminara por venir de fuera y esta segunda objeción apenas modificaría los resultados. 

Además, en realidad, muchos de los efectos que vemos en las comunidades en ambos casos, al tratarse de lugares con mucha pobreza, son los que se podrían predecir del aumento del poder de gasto de esas personas. Es importante, especialmente en el caso de India, señalar cuáles son las mejoras específicamente vinculadas al hecho de que sean ingresos incondicionales y que estén escapando de los efectos perversos de los subsidios condicionados (en el caso de esa zona vinculados a la compra de alimentos).

A lo largo de los años 70 se realizaron en Estados Unidos una serie de experimentos de introducción del Negative Income Tax que podemos considerar en la práctica como experimentos de Renta Básica. Pero el más conocido es el que se realizó en el país vecino del Norte, Canadá, en la ciudad de Dauphin Manitoba (para ver especialmente las investigaciones sobre impactos en la salud, ver aquí: http://www.utpjournals.press/doi/abs/10.3138/cpp.37.3.283). 

 Del año 1975 a 1978 se llevó a cabo un experimento basado en un impuesto negativo sobre la renta de los hogares basado en la voluntad de garantizar que estos superaran el 60% de la línea de pobreza del país. En el diseño del experimento se fijó un ingreso garantizado de 1255 dólares por adulto (en torno al 25% del PIB per cápita de Canadá de esa época) con variaciones vinculadas a la inflación. 

A diferencia de los experimentos que se realizaron en Estados Unidos, en este todos los hogares de la ciudad entraban dentro de los criterios para ser elegidos para el programa. Es decir, aunque no todas las personas fueran beneficiarias netas, toda la comunidad estaba involucrada en el proyecto, lo que ha permitido sacar algunas conclusiones muy interesantes en cuanto a determinantes sociales sobre la salud y la relación individuo-comunidad. 

Pero en este experimento, a pesar de superar muchos de los escollos de los casos anteriores, nos encontramos probablemente con la limitación común y última a cualquier experimento o proyecto piloto que queramos desarrollar: es imposible, incluso en los mejores diseños de investigación experimental que podamos imaginar, capturar los efectos a largo plazo en el mercado de trabajo, en especial con lo que sucede en lado de la oferta. Uno de los núcleos fundamentales de apoyo a la Renta Básica es la posibilidad real que esta concede a las personas de decidir si quieres aceptar un trabajo o no. 

Y por lo tanto la posibilidad de que a largo plazo, este aumento de la capacidad negociadora de las personas, tuviera dos efectos simultáneos en el conjunto del mercado de trabajo: por un lado determinados empleos se verían empujados a mejorar el salario ofrecido, o desaparecer, y por otro, habría un aumento en la oferta de trabajos a lo mejor peor pagados o incluso voluntarios, pero que la gente querría hacer. Los dos problemas prácticamente imposibles de superar son la temporalidad de los experimentos y la extensión de los mismos a algo más que centenares de grupo de personas en mercados de trabajo funcionando en realidad para millones.

El único ejemplo que tenemos que supera a priori estas dos dificultades es lo que sucede en Alaska. Desde el año 1982 lleva activo en Alaska el Permanent Found Dividend, la única “verdadera” experiencia en la práctica de Renta Básica llevada a cabo en un territorio, no de manera experimental si no como derecho subjetivo ciudadano. Desde ese momento, cada año una parte de los ingresos que genera el petróleo que se extrae en esa zona se ingresa en este fondo. La idea era transformar de manera permanente los ingresos derivados del petróleo en un flujo de dinero y capital hacia los residentes en Alaska. 

Las únicas condiciones para poder optar a este dividendo son la ciudadanía, la residencia y rellenar un formulario. El Alaska Permanent Found es el único caso existente de una Renta Básica universal e incondicional como política de Estado. Pero existen otros límites por los que no podemos considerar esta una Renta Básica completa: la cuantía y temporalidad de esta renta y su extrema variabilidad vinculada a los precios fluctuantes del petróleo. 

Estos elementos, son algunas de las razones de que el Alaska Permanent Found no sea tan efectivo como herramienta de lucha contra la pobreza (Aquí: http://pensamientopolitico.org/Descargas/RIPP06165192.PDF).  Este modelo hace que una RB se perciba por parte de los ciudadanos directamente como un derecho individual recibido de manera pasiva y no como algo que te hace parte de una comunidad política que redistribuye activamente. 

El diseño de una Renta Básica con forma de bono anual tiene una serie de problemas, el principal es que se considere este ingreso como un regalo y no como un derecho de ciudadanía de acceso a una renta, por lo cual esto terminar por reforzar la idea de que el Fondo Permanente es una especie de complemento para el consumo, no una de las bases que constituyen tu seguridad material. Y esto parece corresponder con los patrones de gasto que se han estudiado (Aquí: http://www.ilo.org/public/english/protection/ses/download/docs/gold.pdf).

¿Si los experimentos tienen todas estas limitaciones que más podemos hacer para aprender e investigar sobre sus efectos en la vida real? Quizás otra alternativa sería usar modelos virtuales que   reprodujeran las condiciones de una propuesta de RBU más cercana al entorno en donde quisiéramos aplicarla. Esta propuesta es posible mediante el uso de modelos econométricos de simulación que permiten reproducir y analizar muchas de las variables que aquí se nos escapan. Estos modelos econométricos se han utilizado para hacer proyecciones para entornos diferentes en países diversos. Algunos ejemplos: Australia y Alemania.

Por lo general estas simulaciones tratan de observar los cambios que introduce una Renta Básica en los ingresos marginales y su relación con las cantidades de trabajo realizado por diferentes categorías de personas, diferenciándolas por género, si tienen hijos, estado civil, categoría laboral etc. 

La clave de estas predicciones sobre la introducción de una Renta Básica en determinados contextos es la relación causa-efecto con la tasa de elasticidad de la renta sobre la oferta del mercado de trabajo. Es decir, la posibilidad de calcular la relación entre la introducción de una determinada Renta Básica en toda una población y su relación con la oferta en el empleo. La predicción esperada en la mayoría de los modelos es negativa, y la elasticidad depende de los supuestos y entornos.

 Es decir, hay una gran variación de la tasa de participación en el mercado de trabajo una vez introducida la Renta Básica. Asumiendo que se basan en datos reales y fiables, la ventaja de estos modelos con respecto a los experimentos es que estos permiten evitar el problema de la temporalidad e incluyen también a los no beneficiarios netos de la medida y por lo tanto el nivel comunitario o familiar. 

Pero aquí también se nos presentan una serie de problemas: el primero es que las predicciones que podemos sacar de las consecuencias de introducir una Renta Básica a partir de una serie de correlaciones en un momento y lugar concreto no están teniendo en cuenta la diversidad de normas sociales o instituciones que cambian el marco social de comportamiento en los entornos en donde se aplica la Renta Básica. 

 Estamos hablando de los roles de género, la disponibilidad y existencia de escuelas infantiles y servicios de cuidados, o la diversidad de marcos legales y normas laborales que influyen por ejemplo en la flexibilidad del mercado de trabajo a tiempo completo o parcial. Todos estos son factores que son reformables y que tienen consecuencias directas con los resultados de estas estimaciones.

En segundo lugar, los modelos tratan de capturar a nivel macro las dinámicas de los “mercados de trabajo perfectamente competitivos” que son marcos virtuales de mercado que raramente se acercan a la realidad histórica de nuestras sociedades y mercados de trabajo. Los mercados de trabajo europeos, especialmente, han sido felizmente condicionados por una larga historia de conflictos, normas sociales y límites a la libertad de acción de empresarios, individuos y sindicatos que muy raramente suelen coincidir con los incentivos y marcos de acción individuales que estos modelos presuponen. 

Otros ejemplos de la dificultad de modelizar un comportamiento los encontramos en la dificultad para observar el efecto que puede tener la Renta Básica sobre la demanda de educación superior en el largo plazo. Podemos suponer que se reducirían las becas-préstamo y aumentaría el tiempo disponible para dedicar al estudio de quien decide no ir al mercado de trabajo, al mismo tiempo que esta renta afecta a la renta futura (reducción de devoluciones de préstamos) y por tanto todo esto tiene efectos a largo plazo en el mercado de trabajo muy difíciles de detectar.

El segundo lugar estos modelos econométricos presuponen que el volumen de empleo está determinado exclusivamente por lo que sucede en el lado de la oferta e ignoran explícitamente el impacto de una Renta Básica en el aumento de los salarios y en los precios. Es decir, presuponen en definitiva que la Renta Básica la obtendría población que ya trabaja o que quiere trabajar, y no contempla una diferencia de impacto real derivado de su incondicionalidad, no tienen en cuenta si existe o no esta voluntad de trabajar, lo cual es fundamental. 

La Renta Básica está pensada de manera que, por un lado, permita aceptar trabajos poco pagados e inciertos, incluyendo el auto-empleo e incentivando por lo tanto su creación. Por el otro, aumenta la capacidad de negociación para poder rechazar otros trabajos mal pagados, lo que implica un desplazamiento de la oferta de trabajo, es decir, para la misma demanda de trabajo el salario de equilibrio será más alto, lo cual llevaría a una mejora de las condiciones de negociación de los salarios por parte de los trabajadores. 

Una parte importante de estos efectos no están recogidos por los modelos econométricos y por tanto hacemos bien en recordar los límites de su pretensión profética (Estos argumentos están desarrollados por el último libro de Philippe Van Parjis y Yannick Vanderborght, capítulo 6.

Una estrategia muy interesante de modelización alternativa que trata de manera explícita de esquivar algunos de estos problemas es la de los modelos de simulación multi-agente (agent-based simulation, ABS). Estos modelos permiten ir un poco más allá del modelo individual mecánico y de causa-efecto que describimos para intentar incorporar al centro del análisis toda una serie de elementos de interacción social y de conducta humana. 

En pocas palabras, la simulación multi-agente permite observar que sucede al introducir en agentes virtuales de una matriz, una serie de propiedades/características para hacerlos interactuar entre ellos a partir de una serie de reglas que también se pueden programar. (Aquí se pueden leer algunas conclusiones de las ventajas de aplicar una Renta Básica a este tipo de modelización)

En todo caso, aunque es cierto que este tipo de estrategias nos permitirían acercarnos a los efectos con un grado de realismo mayor que los anteriores, también es cierto que hay que reconocer humildemente los límites predictivos de la mayoría de los modelos:

 “No hay una simulación de impuestos y prestaciones, por muy concienzudamente que se lleve a cabo, capaz de dar cuenta de los cambios de comportamiento que se producirían en un régimen alterado. Un ingreso básico de subsistencia situaría a la gente ante un conjunto de oportunidades e incentivos totalmente diferentes de los que tiene ante sí en la actualidad. Podemos suponer la forma en que la gente reaccionaría, pero sería irresponsable fingir que manipulando un montón de números con un ordenador podemos convertir algo de lo que hacemos en ciencia rigurosa”.[1]

En resumen, tanto el estudio de experimentos como el uso de modelos econométricos de equilibrio general son herramientas utilísimas para intentar adelantar parte de los complejos efectos sociales y económicos que pueden esperarse de una medida tan simple como revolucionaria como es la Renta Básica. Pero reconocer los límites predictivos de estas herramientas es un tema de honestidad intelectual que debe permitirnos seguir profundizando. 

Tipos diferentes de Renta Básica en diferentes países y su aplicación a cambiantes marcos laborales, ecosistemas institucionales y normativos, categorías de trabajadores especializados, o entre hombres y mujeres, tanto en los experimentos como en los modelos, ofrecen una gran variedad de resultados posibles. Reducir la incertidumbre y no la pretensión de predicción es consustancial a las pretensiones científicas de las ciencias sociales y es importante movernos en ese marco.

Es fundamental seguir trabajando en los diferentes caminos que señala la experimentación con la Renta Básica. Este conocimiento, a pesar de ser parcial, si lo tomamos en su conjunto sí que nos ofrece una serie de certezas sobre los efectos positivos de una Renta Básica. 

Y nos debe permitir pensar en el conjunto de las reformas integrales de nuestros sistemas de bienestar que deben acompañar la implantación de una Renta Básica, sin las cuales – tal y como aparece en sus propuestas más mercantilizadoras, podría tener efectos perversos para el bienestar, la seguridad y la libertad de las personas."                 (El Viejo Topo, 28 Julio, 2017,  Alberto Tena)

9/11/17

El capital especulativo obtiene su rentabilidad del viejo proletariado, del autónomo, de las clases medias propietarias, de la pyme nacional, de las estructuras estatales o de las grandes empresas en situaciones débiles... estas firmas “no son más que mecanismos de reducción de los salarios a meros niveles de subsistencia”

"(...) Como señalé en Los límites del deseo, nuestra época está dirigida por la economía financiarizada, algo de lo que no terminan de entenderse las consecuencias reales que tiene para nuestra vida cotidiana. Existe una gran masa de capital, entre real y ficticio, que se desplaza allí donde encuentra una opción de extraer beneficio. 

Constituye una suerte de tribu nómada siempre en tránsito que se detiene cuando percibe una oportunidad de aumentar su caudal. Desde el punto de vista económico, el mapa no está constituido por países o por regiones, sino por puntos de debilidad y espacios fortificados, por lugares (empresas, firmas, sistemas informáticos, países, mercados, materias primas, modelos de negocio) que pueden resistir a la velocidad y la potencia de los flujos de capital y los que se encuentran limitados a consecuencia de su tamaño, de las escasas fuerzas que pueden movilizar o de la posición débil que ocupan en la red global.

En este escenario, las cosas funcionan así: gente que posee capital, o que tiene acceso a él y puede pedirlo prestado, lo invierte en una empresa, en acciones especulativas, en operaciones de arbitraje o en montar una infraestructura de trading de alta frecuencia. Va buscando opciones de negocio por todas partes, de forma que el dinero genere más dinero. 

En lo que toca al mundo productivo, esas inversiones suelen focalizarse en dos clases de apuestas. Por una parte, el capital vive de grandes expectativas, y por eso canaliza enormes cantidades hacia empresas digitales, como Amazon, Google, Facebook o Uber, a pesar de que en sus inicios puedan ser ampliamente deficitarias. La promesa de conseguir un monopolio, y con él enormes ganancias, alimenta sus esperanzas. Este tipo de empresas también suponen la reorganización de los modos de producción social precedentes y de muchas de las normas que sustentaban las interacciones comerciales y legales.

 Como subraya Eric Peters, jefe de inversiones del hedge fund One River, estas firmas “no son más que mecanismos de reducción de los salarios a meros niveles de subsistencia”. Cambios del mismo tenor promueven en el terreno fiscal o en la reorganización de los operadores en la cadena de producción del servicio.

Con las compañías que están consolidadas, y al igual que los integristas religiosos perseguían cualquier rastro de pecado, los financieros husmean dinero cuando entienden que las empresas o Estados no se gestionan de manera ortodoxa, y se dedican a aplicarles la penitencia adecuada. Toman algo que ya existe (un sector comercial o profesional, una firma, un grupo de Estados) y lo reestructuran de un modo que sea provechoso para quienes aportan el capital; no trabajan desde la innovación, sino desde una gestión ligada al corto plazo.

El objetivo de esta clase de gestión, en esencia, consiste en transferir mayores cantidades de los recursos de la empresa hacia los accionistas, y hay muchos modos de hacerlo. Se pueden reducir costes, despedir personal, rebajar salarios, sustituir mano de obra por otra más barata, racionalizar los sistemas de producción o de prestación de servicios  de modo que los empleados asuman más tareas o las realicen en menos tiempo, o incrementar el número de servicios prestados; también pueden aumentar el precio de los bienes y servicios o reducir la calidad.  

Mediante esos ajustes, mayores cantidades de dinero quedan libres, que son destinadas no a la reinversión en la compañía o en la mejora de la misma, en ofrecer un mejor producto, en contratar talento o en mejorar las condiciones de sus asalariados, sino en la mejor retribución a los accionistas, y a menudo al equipo directivo vía dividendos, recompra de acciones, o venta de partes de la empresa o de la empresa misma.

En ese contexto, la clase obrera, esa que produce el valor del que otros se apropian, se hace mucho más indefinida. Y en términos estrictos, mucho más amplia.  Comparemos varios momentos en esa transición. El terrateniente cultivaba tomates; los campesinos a su servicio labraban el campo y le proporcionaban una materia prima que él vendía a precios muy superiores a los retribuidos a los trabajadores. 

Pero después el sector se conformó a partir de pequeñas empresas, que contrataban ocasionalmente a temporeros, y que vendían lo cultivado a bajo precio a grandes firmas de distribución que por su situación sólida en el mercado obtenían el rendimiento real. Más tarde, los distribuidores, conocedores de su posición dominante, comenzaron a apretar a sus proveedores, y a pagarles cantidades escasísimas. Y hoy, incluso las empresas de distribución se han convertido en mercancías en sí mismas fruto de la financiarización.

En este tránsito es más difícil delimitar quiénes son los que producen algo que tiene valor y quiénes obtienen la rentabilidad. Pongamos el caso de un hospital, (público o privado, es poco relevante para el capitalismo financiarizado, porque de ambos extrae ganancias).

 Cuando el equipo directivo decide, como ha ocurrido de manera insistente en los últimos tiempos, que la esencia del negocio no es prestar un mejor servicio sino ganar más ajustando costes, ya sea porque no hay recursos (en el caso público) o porque los accionistas lo exigen (en el privado), se produce una reacción en cadena que afecta a los salarios y a los tiempos de atención que los médicos dedican a cada paciente, al número de enfermeras contratadas, a sus sueldos y a la cantidad de pacientes que cada una de ellas debe atender, a los recursos administrativos con que se cuentan, a la disponibilidad de las máquinas adecuadas para realizar pruebas diagnósticas, a los medicamentos disponibles, a la presión sobre los proveedores para que reduzcan costes, a la  atención que se presta a los pacientes y a la misma calidad de realización del trabajo, entre otros elementos.

Un tercer ejemplo: cuando un fondo activista adquiere una pequeña parte de las acciones de una empresa y presiona a los accionistas principales para que exijan más rentabilidad, o cuando el private equity adquiere una empresa para venderla tiempo después, los efectos suelen ser los mismos: despido de parte de los trabajadores, ya sean de los escalones inferiores o más habitualmente de los intermedios, la presión por la mejora de productividad,  los horarios más exigentes, la externalización de servicios,  la reducción de salarios, la vuelta de tuerca a la relación con los proveedores, y a menudo una menor calidad en el bien fabricado o en el servicio prestado.

La deuda de los países básicamente es esto, la reestructuración de ingresos y gastos con el objetivo de destinar cada vez más dinero a los acreedores, en forma de devolución de capital y de intereses, y menos a las necesidades institucionales. 

España es un ejemplo apropiado de esta lógica, ya que los recursos destinados a pensiones, prestaciones de desempleo, contratación y salarios de empleados públicos y realización de servicios, así como los destinados a inversión, menguan sustancialmente al mismo tiempo que aumentan las cantidades destinadas a hacer frente una deuda que no para de crecer. Si el Estado español fuera una persona, pertenecería a la clase obrera, al estar sometido a una lógica que le obliga a producir dinero y a destinarlo a cumplir con las exigencias de rentabilidad de quienes aportaron capital (ese que, a muchos de ellos, les prestó el BCE a un interés inferior, por otra parte), en lugar de a atender a sus nacionales.

Estos son algunos ejemplos de cómo funciona el mundo financiarizado, pero hay muchos otros y no son mejores. En esencia, el capitalismo actual discrimina poco, porque obtiene su rentabilidad de cualquier espacio. Funciona a partir de la reestructuración de las bases sociales que teníamos establecidas en Occidente, obteniendo su rentabilidad del viejo proletariado, del autónomo, de las clases medias propietarias, de la pyme nacional, de las estructuras estatales o de las grandes empresas en situaciones débiles. 

 Esa es su materia prima: unos sectores a los que señala como anticuados y apegados a las tradiciones, que no han evolucionado, a los que hay que reconvertir y a los que gestionan afinando el modelo productivo hasta que consiguen extraer el máximo capital posible. Desde su perspectiva, da igual el entorno del que provengamos, ya sea clase obrera, media o media alta. Todo es una oportunidad para que las rentas fluyan en su dirección.

Y ese es el papel también que nos toca cumplir. No sólo los ingresos de una mayoría de españoles han descendido desde la crisis, sino que nos vemos obligados a pagar más: ya sea en forma de impuestos para saldar la deuda de los bancos; por la hipoteca o por el alquiler de vivienda, que siguen aumentando; por la factura de la luz; por el transporte;  por la menor prestación de servicios estatales o por el encarecimiento de los privados;  por la formación, más cara y con menos becas. Cuando hablamos de que la desigualdad crece, hablamos en esencia de este reestructuración social que está provocando que las cantidades fluyan de abajo hacia arriba. 

Y este es el efecto definitivo que estamos viviendo en nuestras sociedades. Se puede atribuir al capitalismo de toda la vida, a una expresión concreta de este instante, a la necesaria adaptación a los nuevos tiempos de los países occidentales, al adelgazamiento preciso para combatir en el mundo global o a lo que se quiera.

 La realidad es que así están las cosas: ganamos menos, pagamos más y tenemos menos seguridad, nuestras opciones vitales se reducen y estamos seguros de que la jubilación será muy dura, si es que llega. Esto le sucede a la clase obrera, a la media, a vuestros padres y a mis hijos; a una mayoría amplia de la población.

Este es el escenario. Pasarlo por alto, o poner el foco en una sola de las partes no es pragmático ni tampoco refleja lo que está sucediendo. Hay que poner encima de la mesa respuestas, y ahí es donde entra en juego la ideología, porque según el tipo de sociedad que se desee se ofrecerán unas u otras. 

La derecha, por ejemplo, ha ofrecido dos salidas: una es la de Macron que, al dar por sentado este contexto, ofrece la esperanza de situarse bien en él a través de esas reformas que quieren convertir a su país en una start-up nation; la otra es la del populismo de derechas, que ha entendido bien la transversalidad de los perjudicados, esos que, por su posición salen perdiendo, y les ha sugerido otra posibilidad. La izquierda española no ha hecho nada de esto; en parte porque cuando ha hablado de transversalidad quería decir “juntémonos con el PSOE” (o, en una vertiente más ambiciosa, “seamos el nuevo PSOE”), y en otro sentido, porque ha preferido buscar una traslación a los nuevos tiempos del esquema proletario de la época fordista o simplemente ha obviado lo material y ha priorizado las cuestiones culturales.

Lo siento, las cosas ya no funcionan así. Podéis seguir pensando en términos de mérito, de  innovación o creer que la gente que se prepare en STEMS tendrá la vida resuelta, o seguir señalando a los canis, los teleoperadores y los reggaetoneros como los grandes perdedores a los que todos los demás oprimimos.

 Pero la realidad es que el mundo occidental se está partiendo y hay una línea que separa a los que ganan de los que ven sus opciones vitales deterioradas; hay sectores sociales que pierden más que otros, pero la realidad es que las filas de los perjudicados, de aquellos que están sirviendo para proporcionar beneficios a los vencedores de la financiarización, son mucho más amplias.

 Existe un nuevo reparto de posiciones producto de un mundo financiarizado en el que pensar desde lo material y desde el lugar que se ocupa en la estructura ya no es cuestión de blanco y negro. Obviar este hecho es trabajar gratis para quienes extraen los beneficios. "