21/9/17

Trabajo Garantizado para todos los menores de 25 años en Nueva Zelanda

"Eduardo Garzón, asesor económico del Ayuntamiento de Madrid y hermano del coordinador federal de IU y diputado de Unidos Podemos Alberto Garzón, disertó sobre “Precarización, clase y poder: respuestas a la precariedad”, una propuesta de política económica para poner fin a la precariedad laboral y al desempleo. Bautizado como “trabajo garantizado”, supone la posibilidad de crear empleo público de calidad.

El economista plantea que el Estado tenga la obligación de garantizar un empleo en condiciones dignas y de calidad. Un contrato laboral que se ofertaría con carácter indefinido a toda aquella persona que pueda y quiera trabajar.

“Es una propuesta ambiciosa, porque persigue el pleno empleo en cualquier comunidad y que la gente pueda tener una remuneración al tiempo que participe en la vida política”, expuso Garzón, que apuntó que las ramas y sectores en los que se podrían desarrollar esos empleos son múltiples: ámbito educativo, cuidado de personas, cuidado medio ambiental, de la fauna y la flora, en actividades recreativas, culturales o deportivas.

Indicó que ya hay experiencias en otros países de esta iniciativa, aunque nunca se ha aplicado de forma universal. “Nunca ha habido un trabajo garantizado para todas aquellas personas que deseen trabajar. Ha sido enfocado en un ámbito parcial”, apuntó Garzón.

Puso como ejemplo a la experiencia de Nueva Zelanda, orientada a menores de 25 años. El trabajo garantizado pasa a ser una forma de crear empleo público al que acceder sin necesidad de oposiciones. (...)

En cuanto al acceso a estos empleos, indicó que no se exigen requisitos a los solicitantes. Sería susceptible toda aquella persona que pueda y que quiera trabajar puede optar a un puesto laboral en este sector. “No hay ningún tipo de limitación en la versión universal, que es la que sería ideal implementar. Ahora bien, si empezamos con una primera etapa, donde se ofertan puestos limitados, sí habría que cumplir una serie de requisitos, pues las autoridades tendrían que elegir de entre los parados o demás personas”, comentó.

El economista pesó para estos puestos en las personas desempleadas de larga duración, “porque son las que más urgencia tienen”. Enfatizó que la idea principal de este proyecto es tener en cuenta que el trabajo garantizado es un derecho de las personas y que el Estado estaría obligado a ofrecerlo, de forma que, si una persona no accede a una plaza, podría denunciarlo por no haber sido capaz de garantizarle un puesto de trabajo, advirtió el economista.

Con respecto a las posibilidades de empleo en Andalucía, Eduardo Garzón afirmó que hay muchos nichos de mercado que se podrían estimular. Sin embargo, añadió: “Hay un ámbito que es muy potente: el de las energías renovables. Creo que Andalucía podría generar, a través de una empresa pública de energía renovable o a través de cualquier fórmula, un polo industrial muy importante en este sentido”.               (diarioJaén, 08/09/17)

20/9/17

En vez de mantener el gasto público en el nivel en que es igual a la recaudación de impuestos, se impone al gobierno la obligación de mantener el gasto en el nivel para el cual la demanda total del sistema no origina ni inflación ni deflación. La izquierda necesita aprender de la Teoría Monetaria Moderna

"Tendemos a pensar en el dinero como una mercancía establecida espontáneamente por individuos racionales por poseer unas determinadas propiedades a las cuales debe su valor intrínseco para ser utilizada como equivalente general en el intercambio. 

Esta es la exposición que se hace en los libros de texto sobre el origen del dinero, una innovación creada para superar el inconveniente del trueque puro reduciendo los costos de transacción, de encontrar exactamente alguien que esté buscando cambiar lo que uno tiene por lo que quiere.

Esta explicación del surgimiento del dinero como un fenómeno de mercado es una de las historias favoritas de los economistas. Es el mito fundacional de nuestro sistema de relaciones económicas pese a no haber pruebas de que alguna vez ocurriera así, sino todo lo contrario.   (...)

La evidencia histórica establece que la misma naturaleza del dinero es un crédito o una relación de deuda, y que su aparición es anterior a la acuñación de moneda por casi 3.000 años y previa a los mercados, siendo su función principal la de unidad de cuenta. Incluso en la época de Adam Smith la circulación de moneda para las compras habituales era escasa y se usaba ampliamente el crédito.

El renacimiento reciente de lo que el economista alemán Georg Friedrich Knapp denominase a principios del siglo XX como chartalismo, impulsado fundamentalmente por el economista Randall Wray y el sociólogo Geoffrey Ingham, provee los cimientos sobre los que se erige la Teoría Monetaria Moderna (en adelante TMM); una corriente postkeynesiana que está adquiriendo una importante visibilidad porque ofrece las herramientas y los argumentos para subvertir la austeridad y el desempleo característico del capitalismo; una lacra cuyos aspectos políticos son esenciales para comprender el rechazo que la TMM sufre, pues modifica por completo las articulaciones de poder de la sociedad en la que vivimos transformando una de las armas fundamentales de la lucha por la distribución como es el mantenimiento de un amplio ejército de reserva de trabajadores.  (...)

El dinero primitivo no se empleaba para comprar ni vender nada en absoluto. En lugar de ello, se empleaba en crear, mantener y reorganizar relaciones entre personas: para concertar matrimonios, establecer la paternidad de hijos, impedir peleas, consolar a los parientes de un funeral, pedir perdón en el caso de los crímenes, negociar tratados, adquirir seguidores, etc.; casi cualquier cosa excepto comerciar con cereales, palas, cerdos o joyas. 

El dinero surgía así como una unidad de cuenta que indica un patrón abstracto del valor, un valor convencional diseñado por una autoridad pública independiente de las propiedades intrínsecas de las mercancías que se usen.

La TMM insiste en este análisis histórico, cultural y social para postular que el dinero es una unidad de cuenta designada por una autoridad pública, ya se trate de Estados-nación modernos o de los antiguos órganos de gobierno; una institución que surge para la codificación de las obligaciones sociales. 

Por lo tanto, ofrece una visión diametralmente opuesta a la de la teoría ortodoxa. El dinero funciona, en primer lugar, como una unidad de cuenta abstracta, que luego es utilizada como medio de pago y para la liquidación de deudas. Que sea respaldado por plata, papel, oro o cualquier cosa que sirva como medio de intercambio es solo una manifestación de lo que es esencialmente una unidad de cuenta administrada por el Estado.

 El dinero representa una promesa de pago que puede ser creada por todo el mundo. La clave para convertir estas promesas en dinero es que cada vez más personas o instituciones las acepten.

 Las relaciones sociales presentan una jerarquía de dinero que puede ser vista como una pirámide de varios niveles, donde los niveles simbolizan promesas con diferentes grados de aceptabilidad y en cuya parte superior se encuentra la deuda del gobierno. 

Las deudas de los hogares y las empresas, que se encuentran en la base de la pirámide, son aceptadas debido a su convertibilidad (al menos potencialmente) en relativamente promesas más aceptables. 

Estas deudas no son aceptadas en las oficinas del Estado para pagos de impuestos y, por lo tanto, es poco probable que lleguen a ser ampliamente aceptadas como medios de pago, mientras que esta condición es la que respalda a los depósitos bancarios que representan la mayor parte del dinero que circula en la economía.

 Que todo dinero civilizado sea chartalista no significa necesariamente que solo el Estado cree el dinero, ni mucho menos que controle la oferta monetaria. 

Un Estado soberano gasta mediante la emisión de sus propias promesas, no se enfrenta a restricciones financieras operativas, si bien puede enfrentarse a restricciones políticas como ocurre hoy. 

La soberanía monetaria requiere que no se opere bajo las restricciones de tipos de cambio fijos, como la dolarización o las uniones monetarias. Los Estados que emiten su propia moneda no tienen ninguna obligación de tomar prestado o recaudar impuestos para sus gastos.

El primer principio de la Hacienda funcional de Lerner es que el Estado debería aumentar los impuestos sólo si los ingresos del público son tan altos que amenazan con provocar inflación. Un segundo principio es que el Estado debe emitir bonos solo si hay presión a la baja sobre las tasas de interés, drenando las reservas excedentes de los bancos para mantener la tasa objetivo del Banco Central.

Sustituir la mal llamada Hacienda responsable por la Hacienda funcional no es sustituir una regla fija por una de libre discreción, tal y como habitualmente reprochan los críticos de la TMM sin fundamento alguno, normalmente por la incomprensión del dinero al haber sucumbido al cuento del trueque de los economistas, quedando hechizados por el fetichismo hacia el oro. 

El establecimiento de la Hacienda funcional es la sustitución de una regla por otra. En vez de mantener el gasto público en el nivel en que es igual a la recaudación de impuestos, se impone al gobierno la obligación de mantener el gasto en el nivel para el cual la demanda total del sistema no origina ni inflación ni deflación, empleando los recursos reales que están parados, fundamentalmente todo el trabajo disponible, dándoles unos usos elegidos democráticamente.

Desde la Asociación por el Pleno Empleo y la Estabilidad de Precios (APEEP) creemos que el primer paso para hacer políticas progresistas es abandonar el discurso del equilibrio presupuestario y dejar de marear la perdiz en plazos y velocidades de reducción del déficit.

 Debemos deshacernos de los mitos en torno al dinero y reclamar el poder disponer de soberanía monetaria para tener el espacio fiscal adecuado para operar, entendiendo el déficit como algo ni bueno ni malo, tan solo como una herramienta del tamaño necesario para alcanzar los objetivos que nos proponemos como sociedad. La izquierda necesita aprender de la Teoría Monetaria Moderna."                  (Esteban Cruz Hidalgo, Economista, miembro de la Asociación por el Pleno Empleo y la Estabilidad de Precios, del Instituto de Economía Política y Humana, en Economía crítica y crítica de la economía, 28/07/16)

19/9/17

Por malos que fueran los regímenes de socialismo real, el capitalismo se las arregla para ser considerablemente peor


"Sobre estas líneas se muestra la evolución porcentual del PIB para los grandes territorios del planeta entre los años 1 y 2000 según los datos recopilados por el economista inglés Angus Maddison (1926-2010). 

El gráfico se presenta aquí con escala temporal lineal, y no logarítmica como suele ser habitual, con el fin de poner de manifiesto de forma más clara el carácter excepcional de lo ocurrido a partir del siglo XVIII. Probablemente no exista una imagen que refleje mejor la catástrofe global que supuso la onda expansiva del capitalismo industrial y la opresión colonial a él ligada. 

En la figura puede verse que durante muchos siglos las áreas más pujantes fueron China y la India. Europa incrementa su importancia a partir del siglo XII, pero con una posición subordinada respecto a los gigantes asiáticos hasta hace muy poco. La India fue la primera víctima de la debacle y comenzó a desplomarse ya en el siglo XVIII, cuando el imperio Mogol, que había traído una relativa prosperidad al país, inició su declive para dar paso progresivamente a un dominio inglés que destruyó su tejido industrial y lo relegó a la producción de materias primas para la metrópoli. 

La incorporación de la India al capitalismo se saldó con hambrunas que dejaron decenas de millones de víctimas en la era victoriana, y el descenso siguió en el siglo XX hasta tocar fondo. Sólo tras la independencia se evidencia una débil recuperación, que no se ha de olvidar que llega de la mano de la inserción en la economía global de grandes masas de población en condiciones de cuasi-esclavitud.

El caso de China es ligeramente diferente. Allí, la producción logra mantenerse hasta bien entrado el siglo XIX. En esa época, la dinastía Qing en el poder veía con preocupación el sistema que los británicos habían encontrado para comerciar en el rico y enormemente atractivo mercado chino, que no era otro que la introducción en el país del opio que estaban produciendo en la India, barato y en grandes cantidades. 

Cuando las autoridades chinas prohibieron este tráfico, que atentaba gravemente contra la salud y las condiciones de vida de la población, la respuesta británica fueron las guerras del opio (1839-42 y 1856-60), que ganadas por ellos supusieron la sumisión colonial de China y el derrumbe de su economía con un ritmo aún mayor que el de la India. Como no podía ser de otra manera, la caída de estos dos gigantes propició la consolidación de Europa como potencia productiva y un ascenso imparable de los Estados Unidos.

Es interesante observar cómo tras su mínimo a mediados del siglo XX, India y China emprenden una subida que es mucho más clara en el caso de China. Como Noam Chomsky recordaba en una ocasión, India y China aportan, de alguna forma, un experimento de evolución de dos economías a partir de una base igualmente desastrosa durante varios decenios y con un modelo de producción capitalista en un caso y centralizada en el otro. 

El hecho de que con todos sus errores y crímenes, el experimento chino se haya saldado con menos muertes por hambre y con mayores tasas de crecimiento viene a mostrar lo mismo que aprendieron en los años 90 los ciudadanos de la Unión Soviética con su triste experiencia, que por malos que fueran los regímenes de socialismo real, el capitalismo se las arregla casi siempre para ser considerablemente peor.

Angus Maddison dedicó su vida a escudriñar en los documentos del pasado las huellas de la actividad económica, y fue capaz de sintetizar sus estudios en gráficas que muestran la historia del mundo en unas pocas líneas coloreadas. Estos datos, amplia y reverentemente citados en las publicaciones del pensamiento único, se quiere que demuestren sólo la superioridad productiva del capitalismo. 

 Sin embargo, es importante señalar también que esta supremacía se basa únicamente en la rapiña y la imposición bélica, santificadas por una monstruosa cobertura ideológica. Cuando somos conscientes de esto, las curvas de Angus Maddison se convierten en una prueba de cargo decisiva contra la más perniciosa de las doctrinas criminales que ha conocido la historia."                (Jesús Aller

18/9/17

La municipalización de la economía

"En una economía capitalista, los medios de producción, la industria, al igual que la tierra, las materias primas y los productos elaborados, en resumen, la riqueza financiera se concentra en manos privadas. 

La alternativa a ésta es una economía social, en el que la propiedad de los bienes, en todo o en parte, se desplace a la sociedad en su conjunto. La intención es crear una sociedad alternativa, que ponga la vida económica directamente en manos de los hombres y las mujeres que están vitalmente involucrados en dicho sistema social.

 Dicho sistema alternativo sería uno que tiene el deseo y la capacidad de reducir o eliminar los beneficios de una élite social y que construye unas instituciones en favor de los valores humanos. Como señaló Murray Bookchin, una economía social puede tomar varias formas.

COOPERATIVAS
 
Las cooperativas son empresas a pequeña escala que son de propiedad colectiva y operadas por la colectividad. Pueden constituirse como cooperativas de productores o pueden constituirse como empresas autogestionadas que a su vez están colectivizadas. Tal estructura es defendida por los anarcosindicalistas. Sus estructuras internas de reparto favorecen la participación de la sociedad en general.

En la década de 1970, muchos radicales americanos formaron cooperativas, las cuales esperaban constituir una alternativa a las grandes corporaciones y en última instancia a reemplazarlas. Bookchin dio la bienvenida a este desarrollo, pero a medida que la década avanzaba, se dio cuenta de que cada vez más esas unidades económicas, antes radicales, fueron absorbidas por la economía capitalista. 

Mientras que las estructuras internas de las cooperativas se mantuvieron admirablemente, pensó que en el mercado pasarían a convertirse simplemente en otro tipo de pequeña empresa con sus propios intereses particulares, compitiendo con otras empresas, incluso con otras cooperativas.

De hecho, desde hace dos siglos, las cooperativas han sido a menudo obligadas a ajustarse a los dictados del mercado, independientemente de las intenciones de sus promotores y fundadores. En primer lugar, una cooperativa se enreda en la red de intercambios y contratos típicos. Luego descubre que sus rivales comerciales están ofreciendo los mismos productos, pero a precios más bajos. 

Como cualquier empresa, la cooperativa pretende permanecer y está obligada a competir bajando sus precios para ganar clientes, o no perderlos. Una manera de bajar los precios es crecer en tamaño, con el fin de beneficiarse de las economías de escala. Así, el crecimiento se hace necesario para la cooperativa, es decir, debe “expandirse o morir”. 

 Incluso una cooperativa muy motivada con sus ideales tendría que mal vender sus productos para no ser absorbida por sus competidores, la otra opción es cerrar. Esto significa que tendría que buscar beneficios para poder subsistir a costa de los valores humanos.

 Los imperativos de la competencia remodelarían gradualmente a la cooperativa hasta convertirla en una empresa de corte capitalista, aunque siga siendo una propiedad colectiva y social. Si bien la cooperación es una parte necesaria de una economía alternativa, las cooperativas por sí mismas son insuficientes para cuestionar al sistema capitalista.

De hecho, Bookchin argumenta que cualquier unidad económica de propiedad privada, si se gestiona de forma cooperativa o por los ejecutivos de la misma, ya sea propiedad de los trabajadores o de sus accionistas, es susceptible de ser asimilada, quieran o no sus miembros.

 Mientras exista el capitalismo, la competencia siempre requerirá que las empresas busquen menores costes (incluyendo el coste de la mano de obra), buscar más mercados y obtener ventajas sobre sus rivales con el fin de maximizar sus beneficios, puesto que tienden cada vez más a valorar a los seres humanos por su nivel de productividad y consumo, sobre cualquier otro criterio 

PROPIEDAD PÚBLICA 

Una economía alternativa socializada sería una en la que tendrían que estar restringidas la búsqueda de los beneficios para una élite, o mejor eliminados. Dado que las unidades económicas son incapaces de contener su propia búsqueda de ganancias desde dentro, deben ser sometidas a restricciones desde fuera. 

Las unidades económicas deberían estar integradas en una comunidad más grande que tiene el poder no sólo para frenar la búsqueda de una empresa con fines de lucro, sino para controlar la vida económica en general. No obstante los imperativos expansionistas del capitalismo siempre tratarán de anular los controles externos. 

El Estado-nación expropia la propiedad privada y se convierte en su propietario. La propiedad estatal, sin embargo, ha conducido en numerosas ocasiones a la tiranía, a la mala gestión, y a la corrupción, a todo excepto a una economía cooperativa. 

El concepto “propiedad pública” implica que la propiedad es de las personas, pero la propiedad estatal no es pública porque el Estado es una estructura de élite dirigida por personas pertenecientes a una élite estatal.

 La nacionalización de la propiedad no da a la gente el control sobre su vida económica; no hace sino reforzar el poder del Estado con el poder económico. Vemos un ejemplo en el Estado soviético que se hizo cargo de los medios de producción y los utilizó para aumentar su poder, pero dejó las estructuras jerárquicas de autoridad intactas. La mayor parte de la población tenía poco o nada que ver con la toma de decisiones sobre su vida económica.

MUNICIPALISMO

Eso fue precisamente lo que Bookchin propuso como alternativa: una forma de propiedad pública. La economía no es de propiedad privada, ni se rompe en pequeños colectivos ni se nacionaliza, más bien se sitúa a nivel municipal, bajo la propiedad y el control de la comunidad.

La municipalización de la economía significa que la propiedad y la gestión de la economía pasa a ser de los ciudadanos. Las propiedades serían expropiadas a las clases poseedoras a través de asambleas y confederaciones que actúan como un poder dual, en beneficio de todos los ciudadanos.

 Los ciudadanos se convertirían en los “dueños” colectivos de los recursos económicos de su comunidad.

Los ciudadanos tendrían que formular y aprobar las políticas económicas adecuadas para su comunidad. Ellos tomarían decisiones acerca de la vida económica, independientemente de su ocupación o su lugar de trabajo. Los que trabajaban en una fábrica podría participar en la formulación de políticas no sólo para la fábrica donde trabajan, sino para el resto de las fábricas y de las granjas productivas. 

Ellos participarían en esta toma de decisiones no como trabajadores, agricultores, técnicos, ingenieros, o profesionales, sino como ciudadanos. Su toma de decisiones sería guiada no por las necesidades de una empresa, profesión u oficio específico, sino por las necesidades de la comunidad en su conjunto.

Murray Bookchin

Las asambleas serían determinarían racional y moralmente cada nivel de necesidad. Ellos distribuirían los medios materiales para la vida con el fin de cumplir con la máxima de los primeros movimientos comunales:, “Cada cual según su capacidad y cada uno según las necesidades.” 

Y todos los ciudadanos que forman parte de dicha comunidad tendrán acceso a los medios de vida, independientemente del trabajo que sean capaces de realizar.

Por otra parte, Bookchin describió, como las asambleas ciudadanas se asegurarían que las empresas individuales no compitieran entre sí; en cambio se necesitaría que todas las entidades económicas se adhirieran a los preceptos éticos de cooperación e intercambio. 

Sobre las áreas geográficas más amplias, las asambleas tomarían decisiones de política económica a través de sus confederaciones. La riqueza expropiada a las clases poseedoras se redistribuiría no sólo dentro de un municipio, sino entre todos los municipios de la región. Si un municipio tratara de absorber a costa de los demás, sus aliados tendrían el derecho de impedir que lo hiciera.

Como Bookchin explicó, en una economía municipalizada, “la economía deja de ser meramente una economía en el sentido estricto de la palabra, ya sea como “negocio”, “mercado”, “empresas controladas por los trabajadores” y pasa a convertirse en una verdadera economía política”.

 La economía de la polis o la comuna “se convertiría en una economía moral, guiada por normas racionales y ecológicas”. Una ética de la responsabilidad pública evitaría una adquisición derrochadora, exclusiva, e irresponsable de los bienes, así como la destrucción ecológica y laviolación de los derechos humanos. 

De hecho, la comunidad valoraría a las personas, no por su capacidad de producción y consumo sino por su contribución positiva a la vida comunitaria."                     ( Janet Biehl , El Viejo Topo, 21/04/17)

15/9/17

La izquierda se ha tragado las coartadas de la renta básica universal, una propuesta perfectamente alineada con el paradigma neoliberal, ya que supone renunciar al objetivo de pleno empleo, el verdadero puntal de una sociedad del bienestar. La RBU es un subsidio que causa anomia y reduce a sus perceptores a la minoría de edad

"La década de los años 70 del siglo XX marcó el inicio de la era de la supremacía ideológica neoliberal asumida por las élites dominantes. El ataque al factor trabajo para recuperar los beneficios se agazapó detrás de una doctrina con fundamentos teóricos acientíficos como la “tasa natural de desempleo” o el “crowding out” (desplazamiento de la inversión privada por el gasto público). 

El neoliberalismo ha determinado unas políticas públicas que han generado una crisis del empleo. El resultado ha sido un vendaval de destrucción de trabajo agudizado a partir de la crisis financiera global que ha llevado a niveles sin precedentes de pobreza y desigualdad en la distribución de las rentas y de la riqueza.

En el caso de España, el desempleo ha sido calificado como lacra “estructural”. En la jerga de los técnicos de los organismos multilaterales y los economistas de la escuela dominante, “estructural” es una palabra polisémica que se utiliza como justificación de todo tipo de desmanes.   (...)

 Es probable que España sea el país donde el neoliberalismo se haya aplicado de forma más implacable gracias a su legitimación por asociación al proyecto europeo. (...)

Las contradicciones del modelo de represión salarial y desempleo no tardaron en hacerse evidentes en una situación de escasez perpetua de las ventas. Hacía falta una solución que aumentase la demanda sin pagar mayores costes salariales.  (...)

A las élites les urge otra solución, a la vez que se distrae al personal sobre las verdaderas causas del desempleo. La coartada perfecta es el proceso de automatización, siempre presente en una era industrial y postindustrial en la que la que la tecnología está al servicio de la maximización del beneficio.  (...)

Existe evidencia de que los países tecnológicamente más avanzados y automatizados son los que tienen menor paro. Solo cuando existe pleno empleo y condiciones favorables a los trabajadores los empresarios buscan reemplazar factor trabajo por factor capital.  (...)

Una vez que la izquierda se ha tragado las coartadas entra en el debate público español la propuesta de la renta básica universal (RBU) como cuadratura del círculo. El programa de RBU pagaría a todos los ciudadanos una renta mensual que garantizaría un mínimo nivel de bienestar material. 

Sería percibida por todos sin excepción, fuera cual fuera su nivel de renta, de forma incondicional, sin necesidad de demostrar ninguna necesidad. Los defensores de la RBU arguyen que los sistemas alternativos de renta mínima garantizada condicionada a la demostración de falta de medios de vida humillan a los perceptores, señalándolos como parásitos y dificultan el acceso a la prestación.   

El producto se vende a una población, masacrada por décadas de desempleo y maltrato por las empresas y sus gobiernos, tan fácilmente como un crecepelo a un calvo. Es fácil entender por qué la propuesta captura la imaginación, pero creemos que un análisis más profundo revela que la RBU encierra varias trampas y engaños. Su propuesta está perfectamente alineada con el paradigma neoliberal vigente. Es el señuelo perfecto: garantiza la dominación del capital, mantiene el consumo y se adorna de ribetes progresistas.

La RBU es el reconocimiento de una derrota, ya que supone renunciar al objetivo de pleno empleo, el verdadero puntal de una sociedad del bienestar. El pleno empleo, igual que luchar contra el envejecimiento, se habría convertido en algo imposible y antinatural. Friedman en estado puro. 

Cuando la supuesta izquierda propone medidas al servicio del sistema se manifiesta la plenitud de su derrota. Van Parijs y otros proponentes de la RBU no reconocen que la solución del problema reside en un aumento de la demanda porque están atrapados en tesis que podríamos calificar de “decrecentistas”. 

Coincidimos con ellos en que el problema del modelo capitalista es encomendar la creación del empleo a oligopolios depredadores que exigen beneficios crecientes para crear nuevos empleos y no se preocupan de los impactos medioambientales de su actividad. 

Sin embargo, no estamos de acuerdo en la ecuación crecimiento igual a destrucción del medio ambiente. Hay muchas tareas que contribuirían al crecimiento del PIB, que son sostenibles y que ayudan a mejorar la calidad del medio ambiente pero que no se están realizando.

Pero estas tareas competen al Estado. El pleno empleo se puede alcanzar con políticas públicas decididas, pero tal solución resulta odiosa al pensamiento de Van Parijs, lo cual delata su profunda suspicacia hacia el Estado. El principal proponente de la RBU enaltece una sagrada libertad individual obviando la interacción con la sociedad. 

 En tal mundo, uno podría ser un perfecto misántropo y vivir apartado como un anacoreta sin dar nada a cambio de lo que recibe. Es un aspecto de su pensamiento que lo acerca demasiado a la tradición liberal que pretende aislar a las personas en una sociedad constituida por seres maximizadores de utilidad, hedonistas y egoístas pero solitarios y probablemente deprimidos. 

Por ello, la propuesta de la RBU resulta altamente perturbadora. De sus consecuencias nos dan una pista las sociedades nórdicas, que, tras abandonar el tradicional objetivo socialdemócrata del pleno empleo, lo sustituyeron por generosas prestaciones sociales que permiten una perfecta independencia de los individuos.

 Lejos de asegurar la felicidad en el modelo social de los países escandinavos, abundan los casos de depresión, alcoholismo, suicidio y soledad. Es el efecto inesperado de un estado de bienestar que antepone asegurar la independencia de los individuos a la creación de lazos de solidaridad y al estímulo de la participación en la vida comunitaria.

 El provocador documental de Erik Gandini “La Teoría Sueca del Amor” retrata los fallos de una sociedad supuestamente perfecta en la que el 40% de las personas viven solas, uno de cada cuatro cadáveres no es reclamado por ningún familiar y la gente ya no sabe cómo comunicarse aparte de emitir unas frases breves cercanas al gruñido animal. La RBU niega la naturaleza del ser humano como criatura social e innatamente solidaria. La RBU es un subsidio que causa anomia y reduce a sus perceptores a la minoría de edad. 

En los ochenta la represión salarial y el paro frenaron el consumo pero el crédito cerró la brecha. La RBU posibilitaría la recuperación de la demanda sin pagar mayores salarios a ser posible repercutiendo los impuestos sobre las clases medias. No resulta sorprendente que altos ejecutivos de empresas como Amazon, Virgin o Facebook, especializadas en recortar plantillas y eludir impuestos, se hayan pronunciado a favor de la RBU. 

Sus modelos empresariales basados en Internet permiten la centralización y la captura de rentas sin necesidad de contratar más que a un selecto grupo de ingenieros informáticos. Estas grandes empresas centralizan sectores económicos enteros y exprimen los márgenes empresariales de sus “socios”, las empresas a las que parasitan.

 Pero ¿quién consumirá lo que producen si no hay asalariados y los que quedan cada vez ganan menos? Estamos en la era del too big to fail: la RBU como otro gran rescate, ahora de la demanda agregada, sin lucha obrera de por medio. "El hecho de que haya tantos partidarios de la RBU procedentes del campo “equivocado” no parece afectar a quienes la defienden. 

Estamos ante el caballo de Troya que justifica la privatización de todos los servicios sociales. Si ya percibes una renta, ¿qué impide que te pagues tu sanidad, tu vivienda, tu educación, tu seguridad? 

Los finlandeses participantes en el programa piloto promovido por un gobierno conservador reciben 560 euros sin condiciones pero a cambio renuncian a prestaciones como las de desempleo o ayudas a la vivienda. Debería hacer reflexionar a los progresistas el hecho de que el principal sindicato finlandés, SAK, denuncie que este programa lleva la política social en la dirección equivocada (Tiessalo, 2017).

Si una renta básica universal es una prestación sin condiciones, no es necesario demostrar que uno está desempleado. Uno podrá dedicarse al surf o a participar en una banda de jazz o elegir si prefiere trabajar.

 ¿Qué impedirá pues que empresarios, muchos de los cuales han demostrado un bajo nivel de exigencia ética, no la utilicen para completar los bajos salarios que ya pagan a los trabajadores o incluso para bajarlos? De facto, la RBU se convertiría en una subvención a las malas prácticas empresariales.

La RBU consolidaría la exclusión de las sociedades patriarcales de determinados colectivos del mercado de trabajo como las mujeres, condenadas a realizar las tareas reproductivas de los hogares trabajadores. Incluso en los períodos de auge económico hay colectivos que sistemáticamente están excluidos del mercado laboral. 

Minorías raciales, personas con antecedentes penales o con minusvalías tienen dificultades para encontrar un puesto de trabajo. La solución que les proponen desde la RBU es excluirles definitivamente en vez de exigir al estado que los integre en la comunidad.

Afee a los mesías de la RBU su intención de excluir de forma permanente a personas dispuestas y aptas para el trabajo y le contestarán que somos prisioneros de conceptos obsoletos de moral cristiana. Se supone que, resueltas las necesidades materiales más elementales, los ciudadanos podrán liberarse de la esclavitud del trabajo remunerado y podrán orientar sus esfuerzos hacia actividades más creativas o que satisfagan sus aspiraciones espirituales. 

Además, la liberación de la obligación de trabajar permitirá rechazar ofertas de empleo poco atractivas lo cual reforzaría el poder de negociación de la clase trabajadora. En definitiva, la RBU se vende como el tránsito hacia un nuevo modelo de sociedad; una utopía hecha realidad, un paraíso en la Tierra; la liberación del hombre de visiones morales acerca de la obligación de trabajar, del “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. 

Podrás elegir entre trabajar para una ONG o fundar tu propio grupo de jazz, folk o techno pop. Se te abre la oportunidad de producir esa película que nadie verá o esa novela que nadie leerá. A uno de estos autores le dijeron que cometía un “error de atribución” cuando trataba de explicar que con 600 €/mes muchos no podrían salir mucho de su casa para perseguir sus aspiraciones salvo para jugar a la petanca en el parque.

Esta es la gran debilidad ética de la RBU. En la nueva sociedad de rentistas básicos habrá ganadores que conseguirán acceder a los empleos retribuidos y perdedores condenados a una magra renta sin muchas posibilidades de realización personal más allá de una austera vida de ocio barato, de jubilación anticipada. 

La RBU oculta una distopía de personas viviendo en el aislamiento, crecientemente marginadas y desconectadas de la sociedad. No tardaríamos en ver un nuevo personaje objeto de las burla y el escarnio en los programas de humor: el enajenado perceptor de una renta inferior a 600 euros al mes. Libre de trabajar será, pero estará condenado a la pobreza e incapacitado para participar en la sociedad.

No podemos estar de acuerdo en que el trabajo es una actividad alienante. Es evidente que la vida laboral es uno de los cauces más importantes de participación en la vida social. Es además uno de los factores que más puede ayudar a consolidar sentimientos de realización personal y de valía de las personas. Lejos de percibirse como una condena, la vida laboral es un elemento fundamental en el sentimiento de identidad de las personas. 

El sustrato ideológico neoclásico de los proponentes de la RBU se delata en su obsesión por demostrar la viabilidad de su financiación. Comparten con los neoclásicos una visión del estado constreñido financieramente. Partiendo de las premisas de que el trabajo es un bien finito, arguyen que quienes sí conservan su empleo disfrutan de un privilegio por el que deben pagar otro impuesto adicional. 

Desvían la lucha de clases desde el capital hacia los trabajadores: pobres contra menos pobres. Pero el trabajo no es finito y el pleno empleo no es una entelequia como demuestran países que han sabido conservar el papel crucial que tienen los Estados como fiel de la balanza social. La RBU es el paradigma de solucionar un problema haciéndolo desaparecer. ¿No queremos crear empleo para todos? Simplemente retiramos a parte de la fuerza de trabajo con una magra renta básica. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Por lo demás, a los partidarios de la renta básica la macroeconomía les resulta una distracción molesta. El problema no es la financiación, es el peligro inflacionista de entregar nuevo poder de compra a quienes no han participado en el proceso productivo. El trabajo es renta a cambio de servicios que otros quieren comprar, mientras que la RBU se da a cambio de nada. 

Los nuevos rentistas aumentarán su consumo sin que haya un correlativo aumento de producción de bienes y servicios. Si no hay un aumento de la producción, no puede haber un aumento de las rentas reales. Es el carácter de renta incondicional y universal lo que explica su esencia inflacionista. 

Una vez implantado, todos los ciudadanos recibirían la misma suma todos los meses con independencia de la coyuntura económica. Si aumenta el desempleo, no habría un aumento de la partida presupuestaria destinada a pagar la RBU; si cae el desempleo, tampoco se reduce el gasto. Esta partida presupuestaria se dilataría al mismo ritmo que el crecimiento vegetativo de la población.

Pero, ¿qué ocurre si la demanda se recupera y las empresas empiezan a demandar nuevos trabajadores? Si la renta es lo suficientemente alta, estos no tendrán ningún incentivo para reincorporarse al mercado de trabajo, salvo que los salarios nominales crezcan y los empresarios provoquen una espiral inflacionista.

 Si es lo suficientemente baja, entonces no habremos resuelto el problema de la pobreza y además estaremos subvencionando a los empresarios que ahora podrán pagar sueldos más bajos, ya que la reproducción de la fuerza de trabajo estará asegurada por el estado. Nos parece bastante probable que ocurra esto último. Los defensores de la RBU arguyen que su propuesta mejoraría el poder negociador de la clase trabajadora, pues estos podrían retirarse de un mercado de trabajo que no ofrece una compensación adecuada. 

Pero la condición es que esa renta sea lo suficientemente alta con los efectos desestabilizadores antes descritos. De lo contrario lo probable es que el efecto sea el opuesto del esperado. Como se puede comprobar a partir de estas líneas, se trata de un debate que se debe realizar con profundidad y honradez, pues de este depende el bienestar de numerosísimos ciudadanos. Esperamos que este continúe.  "                            (Stuart Medina Miltimore/Andrés Villena Oliver, CTXT, 30/08/17)

14/9/17

Puesto que un Estado con soberanía monetaria puede estar indefinidamente en déficit público sin que su moneda pierda valor (Estados Unidos), siempre que asegure que la moneda tiene utilidad gracias a su poderío económico, institucional, cultura, militar, etc)... sí puede alcanzar el pleno empleo sin provocar inflación

"Recientemente el economista liberal Juan Ramón Rallo ha publicado otro libro para arremeter contra la Teoría Monetaria Moderna (TMM). 

Yo, que creo muy necesario que la TMM sea ampliamente difundida y explicada porque ofrece poderosas herramientas analíticas para la izquierda, no puedo sino agradecer este nuevo y nada desdeñable empuje publicitario que Rallo le ha brindado porque, aunque sea desde una perspectiva contraria a ella, ofrece la posibilidad de que muchas personas que jamás habían escuchado nada de la TMM acaben conociendo en qué consiste (que no es poca cosa). 

Además, llama mucho la atención que este conocido economista liberal haya escrito ya su segundo libro en contra de una perspectiva teórica que apenas es conocida (desgraciadamente) en España; lo que creo que evidencia el temor que existe por parte de la derecha económica a que la TMM pueda cobrar importancia en los años venideros. (...)

Rallo mete bastante la pata en la portada del libro y en la utilización recurrente del verbo “imprimir” para referirse a la creación de dinero: en la portada aparece un helicóptero distribuyendo billetes y eso no es en absoluto lo que se puede desprender de la TMM (de hecho corresponde a un ejemplo del economista monetarista Milton Friedman), y hablar de impresión cuando se estima que el 97% de todo el dinero que existe en el mundo no es físico (no son monedas ni billetes sino anotaciones electrónicas en cuentas bancarias) es cuanto menos una grave incorrección que probablemente no sea azarosa[1].

En este artículo más que desarrollar una crítica extensa y completa al citado libro (ya tuve ocasión recientemente de extenderme sobre ello –aunque no tanto como me hubiese gustado- en el acto de presentación del mismo) me centraré en la argumentación central que utiliza Rallo en todo su trabajo y también en lo débil que resulta para criticar la TMM.

Rallo acepta las tesis fundamentales de la TMM: un Estado con soberanía monetaria (capaz de emitir la moneda que utiliza) puede crear dinero sin necesidad de haberlo recaudado antes; y que esa creación de dinero no tiene por qué provocar inflación. No es moco de pavo: ojalá muchos otros críticos con la TMM hubiesen llegado al menos a esta etapa de reconocimiento (que por cierto no es más que constatar lo evidente).

 Lo que ocurre es que él le da la vuelta a la tortilla con rebuscados argumentos y acaba llegando por otros caminos a prácticamente las mismas conclusiones convencionales: “es necesario recaudar dinero para gastar” y “la creación de dinero provoca inflación”. Me explico.

La estructura argumental de Rallo adopta la forma de una pirámide invertida: toda la exposición del libro gira en torno a un argumento central sobre el que se construye el resto de argumentos, que acaban dependiendo de él (la única excepción se encuentra en el primer capítulo, donde se aborda el origen del dinero). 

Este argumento central es el siguiente: el valor de la moneda que crea el Estado depende de la confianza que tenga la gente en la capacidad de ese Estado a la hora de recaudar impuestos futuros. 

Es decir, si la gente cree que el Estado será capaz de recaudar suficientes impuestos en el futuro, confiarán en la moneda que crea y por lo tanto su valor será estable (no habrá inflación); e inversamente, si la gente cree que el Estado no será capaz de recaudar suficientes impuestos en el futuro, no confiarán en la moneda que crea y por lo tanto su valor caerá (habrá inflación). 

Como se puede comprobar, Rallo reduce la problemática a una cuestión de expectativas: que la creación de dinero por parte de un Estado provoque inflación o no depende de la confianza que tenga la gente en que ese Estado termine recaudando suficientes impuestos en un futuro. 

En otras palabras, Rallo le da la vuelta al orden cronológico de la dinámica fiscal: según él, el Estado puede gastar antes de recaudar, pero necesariamente en algún momento posterior tiene que recaudar aproximadamente la misma cantidad de dinero que creó, o de lo contrario la gente dejará de confiar en el valor de la moneda.

 Esto supone que, para que no haya inflación, a largo plazo tiene que haber equilibrio presupuestario: el Estado tiene que recaudar aproximadamente la misma cantidad de dinero que creó en su momento.
Insisto en que ése es el argumento central de todo el libro, porque el resto de la exposición gira en torno a él. 

Ofrezco ejemplos: un Estado puede caer en la quiebra porque si crea mucho dinero la gente no confiará en su capacidad de recaudarlo en el futuro y eso hará que nadie acepte la moneda del Estado, cayendo así en la quiebra; el déficit público no es igual al superávit privado porque si un Estado se excede con el déficit la gente no creerá que luego sea capaz de recaudar suficientes impuestos para absorber ese exceso de dinero, por lo que la elevada inflación hará que riqueza financiera del sector privado no valga nada o casi nada; no se puede llegar al pleno empleo con estabilidad de precios a través de Trabajo Garantizado porque al intentarlo la gente desconfiaría de la capacidad del Estado para recaudar suficientes impuestos en el futuro; etc. 

Todo, absolutamente todo, basado en las expectativas. Eso sí, en las expectativas que Rallo imagina, claro, porque no hay forma de conocer ni de prever las creencias de las personas que integran una sociedad. 

Y curiosamente la imaginación de Rallo le conduce siempre al mismo resultado: si el Estado crea más dinero de lo que terminará recaudando, habrá mucha inflación y todo será insostenible. Así es como Rallo se inventa un argumento no contrastable para sortear la solidez de las tesis de la TMM y llegar con su atajo a las mismas conclusiones convencionales de siempre.

Pero basta con desmontar ese argumento central para que toda su exposición se descomponga, y en absoluto es difícil hacerlo: el valor de la moneda no tiene nada que ver con la creencia de la gente en relación a la capacidad de recaudación futura del Estado. 

Creo que la intuición ya nos dice mucho al respecto utilizando un ejemplo evidente: el dólar es la moneda más sólida del mundo desde hace ya muchas décadas y a nadie se le ocurre pensar que es porque la gente confía en la capacidad del Tesoro de Estados Unidos de recaudar dinero en el futuro (¡y más aún cuando llevan tantas décadas en déficit público permanente y así se prevé que siga siendo!).

 Lo mismo ocurre con la moneda de los Estados: su valor dependerá de la confianza que tenga la gente en que esa moneda sirva para realizar transacciones económicas, atesorar riqueza y saldar deudas. Mientras sea útil, la gente utilizará la moneda con normalidad; cuando no lo sea tanto, la gente reducirá el valor que le otorga (y habrá inflación).

 Y que sea útil la moneda no tiene nada que ver con la confianza de la gente en la capacidad del Estado de recaudarla en el futuro. Tiene que ver con el poder institucional, social, cultural, económico, militar, etc, del Estado emisor de la moneda. 

Si el Estado es poderoso, sólido y opulento, la gente confiará en su capacidad para lograr que su moneda sea útil, y al contrario. Por eso la moneda más sólida de todas es creada por el Estado más poderoso del planeta, y por eso las monedas más débiles corresponden a Estados fallidos, subdesarrollados o gravemente afectados por una crisis.

¿Alguien cree que el panadero del barrio utiliza euros porque confía en que el Estado español, que es deficitario, va a ser capaz de recaudar dinero en un futuro? Es absurdo. Ese panadero utiliza euros porque le sirve para comprar todos los recursos que necesita para desarrollar su actividad, y ese dinero sirve porque el Estado pone todo su empeño (utilizando herramientas fiscales[2] y monetarias, difundiendo mensajes, transmitiendo credibilidad, fortaleciendo sus instituciones y estructura productiva, etc) en que así sea.

 La confianza que tenga la gente en la capacidad de recaudar impuestos en el futuro no juega ningún papel en todo esto. 

El Estado puede estar eternamente en déficit público y el panadero puede perfectamente seguir utilizando el dinero sin perder confianza en su valor (es, precisamente, lo que ocurre con la inmensa mayoría de países del planeta) siempre que el Estado siga demostrando que su moneda seguirá siendo útil.

Por lo tanto podríamos decir que sí, que el valor de una moneda depende de las expectativas, pero no de las que habla Rallo (expectativas en que un Estado pueda recaudar impuestos en el futuro) sino de las referidas a que un Estado va a ser capaz de seguir logrando que la moneda en cuestión siga sirviendo. Así de sencillo.

También se puede desmontar el argumento de Rallo recurriendo a uno de los planteamientos más importantes de la TMM[3]: los balances sectoriales. Cada transacción económica tiene dos partes: la que gasta y la que ingresa. No se puede gastar sin que alguien esté ingresando. 

Teniendo esto en cuenta, si agrupamos todos los agentes económicos en únicamente dos sectores, uno privado y otro público, para que uno de ellos ingrese es necesario que el otro gaste. Por lo tanto, para que el sector privado tenga superávit es necesario que el sector público tenga déficit. No puede ocurrir de otra forma. 

Y como el sector privado es ahorrador por naturaleza (para soportar gastos imprevistos en el futuro, para afrontar una vejez adecuadamente, para invertir años más tarde, etc), lo normal y habitual es que el sector público tenga déficit. No por casualidad esto es precisamente lo que ocurre siempre en la inmensa mayoría de los países del mundo[4], sin que por ello se tenga que poner en riesgo el valor de la moneda en cuestión.

 Y una vez desmontado el argumento central de Rallo, el resto de su exposición cae por su propio peso. Puesto que un Estado con soberanía monetaria puede estar indefinidamente en déficit público sin que su moneda pierda valor (porque ello no depende de la confianza de la gente en que el Estado pueda recaudar impuestos sino en que el Estado asegure que la moneda tiene utilidad gracias a su poderío económico, institucional, cultura, militar, etc): puede evitar la quiebra siempre que se lo proponga, su déficit público incrementa la riqueza financiera privada, y puede alcanzar el pleno empleo sin provocar inflación."                   (

13/9/17

La Teoría Monetaria Moderna: la alternativa a la ortodoxia económica

"Ante el vacío intelectual y el escaso soporte empírico de la mayoría de las teorías macroeconómicas y microeconómicas que están detrás de la ortodoxia dominante, era necesario construir un paradigma alternativo que permitiera acercar la ciencia económica a los hechos reales. Ese antídoto contra el “pensamiento único” que constituye una alternativa coherente a las interpretaciones tradicionales es la Teoría Monetaria Moderna (TMM).   (...)

Para poder comprender la Teoría Monetaria Moderna conviene empezar por refrescar ciertos fundamentos de contabilidad macroeconómica que aunque parezca mentira la gran mayoría de los economistas ignoran. Es la única explicación plausible ante ciertos comentarios carentes de fundamento muy extendidos en los medios de comunicación convencionales.

 La referencia básica para introducir los fundamentos de la contabilidad de flujos y stocks y los balances y comportamientos sectoriales es el libro de Randall WrayTeoría Monetaria Moderna, traducido al español por la editorial Lola Books de la obra original en inglés “Modern Money Theory: A Primer on Macroeconomics for Sovereign Monetary Systems”

El déficit de un sector es el superávit de otro

Un principio fundamental de la contabilidad establece que por cada activo financiero existe un pasivo financiero que lo compensa. Así, por ejemplo, el patrimonio financiero neto de un hogar es igual a la suma de todos sus activos financieros menos la suma de sus pasivos financieros. Si es mayor que cero, tendrá un patrimonio financiero neto positivo. 

Para que, por ejemplo, el sector privado acumule patrimonio financiero neto, éste tiene que tener forma de derechos financieros sobre otro sector, bien sea el sector público o el sector resto del mundo. Ello aunque suene a algo elemental, parece que no lo ha sido para muchos economistas que aún a fecha de hoy no entiendenque el proceso de desapalancamiento del sector privado patrio tras el estallido de la burbuja inmobiliaria requería por definición déficits públicos

 Aunque nuestro sector exterior ha tenido y tiene un comportamiento formidable desde 1994 no era suficiente para absorber la reducción de deuda privada.

Vamos a dividir la economía en tres sectores: sector privado nacional, formado por hogares y empresas (financieras y no financieras); sector público nacional que incluye todos los niveles gubernamentales (estado central, comunidades autónomas, ayuntamientos, y seguridad social); y resto del mundo (empresas, hogares y sectores públicos extranjeros).

 Hay un principio contable que se cumple siempre: si se suman los déficits en los que incurren uno o más sectores el resultado debe de ser igual a los superávits en los que incurren otro sector o sectores. Siguiendo a Wynne Godley obtenemos la siguiente ecuación:

Balance Privado Doméstico + Balance Público Doméstico + Balance Exterior = 0

Si un sector tiene superávit presupuestario por lo menos uno de los sectores tiene que incurrir en déficit presupuestario. En términos de variables stock para que un sector acumule patrimonio financiero neto al menos uno de los sectores tiene que aumentar su endeudamiento en la misma proporción. Es imposible que todos los sectores acumulen patrimonio financiero neto incurriendo en superávits financieros.

La TMM y los balances sectoriales

No basta con decir que a nivel agregado el balance privado más el balance público más el balance exterior es igual a cero. Hay que abordar las relaciones de causalidad. A pesar de que la economía es una ciencia social (interdependencias, histéresis, libre albedrío…), sí que podemos establecer conexiones causales entre flujos y stocks. Veámoslas.

El gasto a nivel individual viene determinado en su mayor parte por los ingresos, de manera que la relación causal va desde los ingresos a gastos. Además podemos inferir la dirección causal en la acumulación de patrimonio financiero individual: es la decisión de gastar incurriendo en déficit lo que representa la causa inicial de la creación de patrimonio financiero neto.

 Por lo tanto los déficits crean patrimonio financiero. Ello supone también que a la causalidad va desde la deuda al patrimonio financiero. Pero como por otro lado la acumulación de un stock de patrimonio financiero neto es el resultado de un superávit presupuestario (flujo de ahorro) la causalidad tiende a ir desde el gasto vía déficit al ahorro.

A nivel agregado, sin embargo, ocurre lo contrario: el gasto agregado crea ingresos agregados. El gasto no se va a ver constreñido por los ingresos ya que hogares, empresas o estados pueden gastar más de lo que ingresan: cualquiera de los tres sectores puede incurrir en déficits ya que por lo menos uno de los otros sectores tendrá superávit. 

Sin embargo no es posible a nivel agregado que el gasto sea diferente a los ingresos ya que la suma de los balances sectoriales tiene que ser igual a cero. A nivel agregado, por lo tanto, la causalidad entre ingresos y gastos se produce a la inversa que a nivel individual.

Finalmente es vital entender que los déficits de un sector generan los superávits de otro de manera que cuando un sector incurra en déficit por lo menos uno de los otros tiene que tener superávit. Dado que la causa inicial del déficit presupuestario es el deseo de gastar más de lo que se ingresa, la causalidad va desde los déficits hacia los superávits y desde la deuda al patrimonio financiero neto.

Tanto la contabilidad de balances que hemos visto como las relaciones de causalidad se cumplen ya para cada país y para cada monedase cumple la correspondiente ecuación de balance macroeconómica.

 A partir de todas estas ideas se puede explicar qué ocurrió en la crisis sistémica de 2007: los déficits presupuestarios del sector públicoson en gran medida no discrecionales, es decir, no son atribuibles a los diferentes paquetes de estímulo fiscal sino a los estabilizadores automáticos. Pero de ello ya hablaremos en otro blog."               

12/9/17

“Si Groenlandia se derrite, estaríamos asados por milenios”

"Un ataque de migraña, una crisis bancaria o el punto de no retorno para el cambio climático. Todos estos fenómenos aparentemente diferentes tienen al menos una cosa importante en común. Suponen el paso de un estado estable a otro. El clima o el sistema bancario pueden parecer estables y capaces de resistir pequeñas o grandes crisis. 

Sin embargo, se pueden deteriorar progresivamente hasta alcanzar un punto de inflexión, como una silla que se mantiene de pie sobre dos patas pero hasta que, con un empujón ligerísimo, cae de uno de los lados. En ese punto, en un ecosistema al borde del colapso, algo tan insignificante como "la cagada de un pájaro puede producir un cambio de estado de grandes consecuencias".

El padre de este marco teórico para comprender cómo cambian esos sistemas complejos tan diversos es Marten Scheffer, catedrático de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos. Esta semana, en Madrid, Scheffer hablaba de la teoría matemática que le inspiró. “Fue desarrollada en los años sesenta por René Thom, un matemático francés que inspiró a Salvador Dalí”, apuntaba. 

“Cuando estaba en la universidad, yo tenía la reproducción de la última fotografía de Dalí posando delante de su última pintura [La cola de la golondrina], que es un dibujo matemático”, continuaba. La teoría, sin embargo, perdió popularidad porque nadie fue capaz de relacionarla con fenómenos reales.

Años después, Scheffer estaba comenzando su trabajo en un instituto del gobierno holandés para la gestión del agua. Tenían un problema con los lagos, que debido a la acumulación de fertilizantes agrícolas estaban turbios. “Intentábamos hacer algo con ese problema, reduciendo la polución de los lagos, pero permanecían verdes y no entendíamos qué sucedía”, cuenta. Entonces escucharon hablar sobre un curioso fenómeno.

 Cuando se sacaban todos los peces de un estanque, algo pasaba en ese pequeño ecosistema para que el agua quedase muy clara. Ellos probaron a hacer lo mismo en lagos y vieron que por primera vez consiguieron que el agua dejase de estar verde. Además, una vez que el lago pasaba del estado turbio al diáfano, aunque volviesen a reintroducir los peces, la claridad permanecía. “Demostramos que con aquella terapia de choque podíamos hacer pasar un sistema de un estado estable, en aquel casi turbio, a otro estado estable distinto”.

A partir de ahí, Scheffer comenzó a aplicar su teoría a muchos otros sistemas complejos. Por ese trabajo recibió este jueves 16 de junio el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación.

Pregunta. ¿En qué campos ha aplicado esta teoría de los puntos de inflexión?

Respuesta. He trabajado en bosques tropicales y arrecifes de coral, pero también en el estudio de la caída en depresión como un punto de inflexión. Sistemas muy distintos. Nuestro interés original está en entender cómo estos sistemas se pueden restaurar a un punto anterior y entender la resiliencia, pero solo en la última década hemos encontrado formas de medir la resistencia sin destruir el sistema.

Hemos mostrado que hay indicadores universales genéricos. La razón por la que un indicador existe es una razón matemática fundamental. Por eso es válido para la depresión en humanos, para lagos o para el clima.

P. Es sorprendente que se pueda aplicar esta teoría a sistemas aparentemente tan distintos.

R. Todos estos sistemas son muy distintos en los detalles, pero son similares en una cosa y eso es el punto de inflexión, en qué sucede cuando lo superas. El sistema cae en otro estado y eso sucede porque el cambio se empieza a amplificar a sí mismo. Piensa en un pánico en los mercados. Tú estás pensando si debes vender tus acciones y alguien a tu lado vende las suyas.

 Entonces piensas que sabe algo que tú no sabes, y también vendes, y el de al lado piensa lo mismo, porque cada vez hay más gente vendiendo y se desata el pánico. Es un ejemplo de esta realimentación positiva, hacia el hundimiento del mercado, que acaba imponiéndose a la negativa, que ejerce una resistencia ante este hundimiento.

Cuando te estás acercando al punto de inflexión lo notas porque cada vez que hay una realimentación positiva, la recuperación de la estabilidad del sistema es más lenta. Eso es una mala señal. En la depresión, hemos analizado series temporales de los estados de ánimo. Cuando miras esas series, cuando te sucede algo malo, una llamada de teléfono desagradable o lo que sea, te quedas mal, pero una hora después lo olvidas y estás bien de nuevo. 

En una persona que se está acercando a la depresión esa recuperación es más lenta y llega un momento en que la recuperación ni siquiera sucede y pasas a otro estado de equilibrio, el de la depresión. El tiempo de recuperación es clave para saber si te estás acercando al punto de inflexión.

Todos los sistemas están fluctuando y la teoría matemática de los puntos de inflexión nos dice que, cuando nos acercamos, las fluctuaciones son mayores y más lentas.

En el pasado hemos visto que antes de fenómenos extremos del clima, como las glaciaciones, si miras al gráfico desde lejos, parece que algo brusco sucedió de repente, pero si miras con detalle, ves las fluctuaciones, ves que algo está cambiando y se está ralentizando, que cuando hay pequeñas perturbaciones el retorno al equilibrio es más lento.

P. ¿Estos cambios son lineales, se puede ir hacia adelante, pasar el punto de inflexión y luego retroceder o hay veces que un estado anterior puede ser irrecuperable?

R. Hay situaciones en las que no puedes recuperarte nunca. Algunos tipos de muerte, como un ataque al corazón, se pueden entender como puntos de inflexión. Pero también hay muchos sistemas recuperables, incluso aunque no regreses exactamente al mismo estado. Pero puede tomar mucho tiempo.

Si derrites el hielo de Groenlandia, recuperarlo requerirá miles de años. Tenemos varios proyectos intentando entender los puntos de inflexión climáticos. No es que el clima tenga un solo punto de inflexión. Tiene varios elementos de inflexión. El sistema de circulación del monzón, distintas capas de hielo... Hay veces que cuando un sistema pasa de un estado a otro hay otro que se vuelve más fuerte. Es complejo.

La otra complejidad sobre el clima es que hay escalas temporales distintas involucradas. La atmósfera opera en tiempos muy rápidos, pero el océano es mucho más lento, porque es un cuerpo mucho mayor y cambia más despacio, igual que el hielo.

 Además de operar en distintas escalas temporales, hay asimetrías. Un casquete polar puede derretirse o deslizarse hasta el mar relativamente rápido, quizá en un siglo o poco más, pero si quieres que se acumule una capa de hielo es necesario muchísimo más tiempo, porque necesitas que la nieve se vaya acumulando año a año, y esto requiere muchos milenios.

Por otro lado, para recuperar una capa de hielo puedes necesitar reducir los gases de efecto invernadero a niveles mucho más bajos que para derretir la capa. Es más fácil mantener el hielo que recuperarlo. No solo porque es lento sino por el efecto albedo del hielo. Si la Tierra es blanca se enfría más porque refleja la radiación del Sol. Si tienes capas de hielo, es más difícil perderlas, pero si las pierdes y la Tierra se oscurece sucede lo contrario y eso también ralentiza la recuperación de las capas de hielo.

El cuidado del clima es difícil porque las decisiones que tomamos hoy pueden tener efectos muchos años después. Es más fácil gestionar un sistema en el que realizas un cambio y ves el efecto pronto. Eso también sucede con el nivel del mar, que sube muy lento. 

Si proyectas unos pocos años en el futuro no es muy espectacular, pero si avanzas unos siglos, lo es. Como los ciclos electorales son muy cortos, eso dificulta la gestión de un sistema donde los efectos se ven a tan largo plazo. Pero igual nuestros nietos nos echarán en cara las estupideces que estamos haciendo ahora.

P. ¿Sabemos si estamos llegando a un punto de inflexión con el clima de la Tierra?

R. No a un punto de inflexión general en el clima, pero seguro que estamos alcanzando puntos críticos locales. Cuando hablamos sobre estos temas, las grandes cuestiones tienen que ver con la estabilidad de las capas de hielo de Groenlandia y Antártida occidental. Si esas dos regiones pierden estabilidad, estamos asados para milenios. Será difícil recuperar eso.

No tenemos certeza sobre lo cerca que estamos. Hablamos de dos grados, pero no estamos seguros de que no sea demasiado ya. Ese es un gran reto y tiene que ver con la solidaridad intergeneracional. La gente podrá vivir en el mundo si el clima cambia, pero tendrán que esforzarse mucho más para sobrevivir. 

La vida en la Tierra ha superado retos mucho más graves que este, y siempre se recupera, aunque necesite un millón de años, pero ese tiempo es demasiado para nosotros y para las generaciones venideras."                    (Entrevista a Marten Scheffer, creador de la teoría de los puntos de inflexión, El País, 20/06/17)

11/9/17

La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos

"(...) Es una completa locura pensar que un proceso como éste puede desarrollarse sin el menor control; los refugiados, cuando menos, necesitan provisiones y atención médica.

Hay que admitir que en 2015 Alemania demostró una inesperada apertura al aceptar cientos de miles de refugiados. (Y uno se pregunta si la razón secreta de la magnanimidad alemana no será la necesidad de quitarse el amargo sabor del trato que se dio a Grecia en la primera mitad del mismo año.)

Lo que hace falta para impedir el caos es una coordinación y una organización a gran escala: instalar centros de recepción cerca del mismo epicentro de la crisis (Turquía, Líbano, la costa de Siria, la costa norteafricana), donde hay que inscribir y examinar a millares de personas; el transporte organizado de las que se acepten a los centros de recepción de Europa y su redistribución a posibles asentamientos.

El Ejército es el único agente que puede acometer una tarea de estas dimensiones de manera organizada. Decir que asignar a los militares un papel como ése desprende un tufo a estado de emergencia es simplemente hipócrita: cuando decenas de miles de personas cruzan zonas densamente pobladas sin ninguna organización, entonces sí que es un estado de emergencia, y esto es lo que está ocurriendo ahora en algunas partes de Europa.

Los criterios de aceptación y asentamiento deben formularse de manera clara y explícita: a qué personas y cuántas se aceptan, dónde se las realoja, etc. Lo complicado aquí es encontrar un término medio entre obedecer los deseos de los refugiados (tener en cuenta Su voluntad de trasladarse a países donde ya tienen parientes, etc.) y la capacidad de acogida de los distintos países.

El derecho absoluto a la «libertad de movimiento» debería limitarse, aunque sólo sea por el hecho de que no existe ni siquiera entre los refugiados: que alguien -sobre todo en relación con la posición socialsea capaz de superar todos los obstáculos y entrar en Europa es evidentemente una cuestión de privilegios económicos, entre otras cosas.”

Además, es obvio que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas de Europa Occidental de lo que son los derechos humanos.

El problema es que resulta igual de obvio que la solución evidente y tolerante (el respeto a la sensibilidad del otro) tampoco funciona: si a los musulmanes les resulta «imposible soportar» nuestras imágenes blasfemas y nuestro humor despiadado (que consideramos parte de nuestras libertades), a los liberales de Occidente también les resulta «imposible soportar» muchas prácticas de los refugiados (la subordinación de las mujeres, etc.) que forman parte de las «relaciones vitales» de los musulmanes.

En resumen: la situación estalla cuando miembros de una comunidad religiosa experimentan como una ofensa blasfema y como un peligro para su modo de vida no un ataque directo a su religión, sino el mismísimo estilo de vida de otra comunidad, como fue el caso de los ataques a gays y lesbianas por parte de musulmanes fundamentalistas en Holanda, Alemania y Dinamarca, o como es el caso de esos franceses que consideran que ver una mujer cubierta con un burka es un ataque a la identidad francesa, y por eso les resulta «imposible permanecer callados».

En este caso hay que hacer dos cosas: primero, formular una serie mínima de normas que sean obligatorias para todos, sin temor a que parezcan «eurocéntricas»; libertad religiosa, protección de la libertad individual contra la presión del grupo, derechos de las mujeres; y segundo, dentro de estos límites, insistir de manera incondicional en la tolerancia hacia los distintos modos de vida.

¿Y si las normas y la comunicación no funcionano Entonces debe aplicarse la fuerza de la ley en todas sus formas. Debería rechazarse la imperante actitud humanitaria de la izquierda liberal: las quejas que moralizan la situación -el mantra de «Europa ha perdido empatía, es indiferente al sufrimiento de los demás», etc.— son simplemente el reverso de la brutalidad antiinmigración.

Comparten el mismo presupuesto (de ninguna manera evidente) de que defender el modo de vida propio excluye el universalismo ético.

En el debate sobre la Leitkultur (la cultura dominante) que tuvo lugar hace una década, los conservadores insistían en que cada Estado se basa en un espacio cultural predominante que debe ser respetado por los miembros de las demás culturas que lo comparten.

En lugar de jugar al Alma Bella y lamentarnos del nuevo racismo europeo que presagiaron dichas afirmaciones, deberíamos dirigir una mirada crítica hacia nosotros mismos y preguntarnos hasta qué punto nuestro propio multiculturalismo abstracto ha contribuido a que llegáramos a esta desdichada situación.

Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo se convierte en una forma de ignorancia u odio mutuos legalmente regulados.

El conflicto acerca del multiculturalismo ya es un conflicto acerca de la Leitkultur; no es un conflicto entre culturas, sino un conflicto entre diferentes visiones de cómo pueden y deberían coexistir diferentes culturas, acerca de las reglas y prácticas que han de compartir esas culturas para poder coexistir.

Por consiguiente, deberíamos evitar quedar atrapados en el juego liberal de «cuánta tolerancia podemos permitirnos»: ¿deberíamos tolerarlo si los refugiados que se establecen en Europa impiden que sus hijos vayan a la escuela pública, si obligan a sus mujeres a vestirse y comportarse de determinada manera, si conciertan el matrimonio de sus hijos, si maltratan -y cosas peores- a los gays de su comunidad? A este nivel, naturalmente, nunca seremos lo bastante tolerantes, o siempre lo seremos demasiado, pues descuidaremos los derechos de las mujeres, etcétera.

La única manera de salir de esta disyuntiva consiste en ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.

Por eso una tarea crucial de quienes luchan por la emancipación consiste en avanzar en dirección a una Leitkultur emancipadora y positiva, lo único que puede sustentar una auténtica coexistencia y una mezcla de distintas culturas. 

Nuestro axioma debería ser que todo forma parte de la misma lucha universal: la lucha contra el neocolonialismo occidental, la lucha contra el fundamentalismo, la lucha de Wikileaks y Snowden, la lucha de Pussy Riot, la lucha contra el antisemitismo y también la lucha contra el sionismo agresivo.

Si aquí transigimos, nos perdemos en componendas pragmáticas, y nuestra vida no vale la pena.

Así pues, hay que ampliar la perspectiva: los refugiados son el precio que paga la humanidad por la economía global. Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante de la historia humana, en la historia moderna su principal causa es la expansión colonial: antes de la colonización, los países del Tercer Mundo estaban formados de manera casi exclusiva por comunidades locales relativamente aisladas y autosuficientes, y fue la ocupación colonial lo que destruyó este modo de vida tradicional y condujo a renovadas migraciones a gran escala (sin olvidar, por supuesto, las otras migraciones forzosas relacionadas con el comercio de esclavos).

La actual ola de migraciones en Europa no es una excepción. En Sudáfrica hay más de un millón de refugiados procedentes de Zimbabue que se ven expuestos a los ataques de los pobres de la zona porque les roban sus empleos.

Y habrá más ataques, no sólo por los conflictos armados, sino también a causa de los nuevos «estados canallas», la crisis económica, los de que, después del desastre nuclear de Fukushima en 2011, las autoridades japonesas se plantearon evacuar toda la zona de Tokio; más de veinte millones de personas.

¿Dónde habrían ido, en este caso? ¿En qué condiciones? ¿Se les debería haber asignado un trozo de tierra en Japón donde establecerse o se habrían dispersado por el mundo? ¿Y si el norte de Siberia se volviera más habitable y adecuado para la agricultura al tiempo que grandes regiones subsaharianas pasaran a ser demasiado áridas para que subsistiera una gran población?

¿Cómo se realizaría el intercambio de personas. Cuando en el pasado han ocurrido cosas parecidas, los cambios sociales se han dado de manera descontrolada y espontánea, con violencia y destrucción, y hoy en día en que todas las naciones disponen de armas de destrucción masiva, dicha perspectiva sería una catástrofe.

La principal lección que hay que aprender, por tanto, es que la humanidad debería prepararse para vivir de una manera más nómada y «plástica»: los cambios locales o globales en el entorno podrían imponer la necesidad de insólitas transformaciones sociales y movimientos de población a gran escala.

Todos estamos más o menos arraigados en un modo de vida concreto, y tenemos todo el derecho a protegerlo, pero podría darse alguna contingencia histórica que de repente nos sumiera en una situación en la que nos viéramos obligados a reinventar las coordenadas básicas de nuestro modo de vida.

Parece que incluso hoy, siglos después de la llegada del hombre blanco, los nativos americanos (los «indios») todavía no han conseguido adaptarse de manera estable a un nuevo modo de vida. Una cosa está clara: si se diera una alteración de ese calibre, la soberanía nacional tendría que redefinirse radicalmente, y habría que inventar nuevos niveles de cooperación global.

¿Y qué decir de los inmensos cambios en la economía y el consumo debidos a los nuevos climas, a la escasez de agua y de fuentes energéticas?

Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso con proporcionar medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados. En este punto no podemos ceder: las grandes migraciones son nuestro futuro, y la única alternativa a ese compromiso es una renovada barbarie (lo que algunos denominan el «choque de civilizaciones»).

No obstante, la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos.

Cuando yo era joven, el intento organizado de regular el bien común se llamaba comunismo. Quizá deberíamos reinventarlo. No es suficiente con permanecer fieles a la Idea Comunista: hay que encontrar en la realidad histórica antagonismos que conviertan esta Idea en una urgencia práctica.

La única cuestión verdadera hoy en día es la siguiente: ¿hemos de respaldar la aceptación del capitalismo como un hecho de la naturaleza (humana), o acaso el capitalismo global actual contiene antagonismos lo bastante fuertes para impedir su reproducción indefinida? 

De hecho, se dan cuatro antagonismos: la inminente amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso cada vez más evidente de la propiedad privada para integrar en su funcionamiento la así llamada «propiedad intelectual», las implicaciones socioéticas de los nuevos descubrimientos tecnocientíficos (sobre todo en el campo de la biogenética), y, no menos importante, y como se ha mencionado antes, las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y los nuevos suburbios.

Existe una diferencia cualitativa entre el último punto, la brecha que separa a los Excluidos de los Incluidos, y los otros tres, que designan el dominio de lo que Michael Hardt y Toni Negrí denominan «bien común», la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que habría que resistirse con todos los medios a nuestro alcance, incluso violentos en caso de que sea necesario. 

Estos dominios Son:

-el bien común de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital «cognitivo», sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también la infraestructura compartida de transportes públicos, electricidad, correos, etc. (Sí a Bill Gates se le hubiera concedido el monopolio, habríamos llegado a la absurda situación en la que un individuo privado habría poseído literalmente el software de nuestra red básica de comunicación.)

-el bien común de la naturaleza exterior, amenazada por la polución y la explotación (desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural).

-el bien común de la naturaleza interior (la herencia biogenética de la humanidad). Con la nueva tecnología biogenética, la creación de un Hombre Nuevo, en el sentido literal de cambiar la naturaleza humana, se convierte en una perspectiva realista.

Lo que todas las luchas para defender estos bienes comunes comparten es la Conciencia del potencial destructivo que podría liberarse si se permite que la lógica capitalista de privatizar estos bienes comunes campe a sus anchas, quizá hasta el punto de la autodestrucción de la propia humanidad.

Es esta referencia a los «bienes comunes» lo que justifica la resurrección de la idea del comunismo: nos permite ver la progresiva «privatización» de los bienes comunes como un proceso de proletarización de aquellos que quedan excluidos de su propia sustancia.

No obstante, los bienes comunes también se pueden devolver a la colectividad humana sin comunismo, en un régimen autoritario-comunitario. Al sujeto, desustanciado, «desarraigado», privado de su contenido sustancial, se le puede guiar en la dirección del comunitarismo, de encontrar su lugar adecuado en una nueva comunidad sustancial.

No hay nada más «privado» que una comunidad estatal que percibe a los Excluidos como una amenaza y procura mantenerlos a la distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los Incluidos y los Excluidos es el fundamental: sin él, todos los demás pierden su carga subversiva.

La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual, en un reto legal complejo, la biogenética, en un tema ético. Uno puede luchar sinceramente por la ecología, defender una idea más amplia de la propiedad intelectual, oponerse al Copyright de los genes, sin enfrentarse al antagonismo existente entre los Incluidos y los Excluidos, e incluso se podría formular alguna de estas luchas afirmando que los Incluidos se ven amenazados por la contaminación de los Excluidos.

Pero de este modo no llegamos a ninguna auténtica universalidad, sólo tenemos intereses «privados» en el sentido kantiano del término.

Corporaciones como Whole Foods y Starbucks siguien disfrutando del favor de los liberales aun cuando ambas participen en actividades antisindicalistas.

El truco es que venden productos con un aire progresista: consumimos café hecho con granos comprados a precio de comercio justo, conducimos vehículos híbridos, compramos a empresas que proporcionan un buen beneficio a sus clientes (según los propios criterios de la corporación), etc.

En resumen, sin antagonismo entre los Incluidos y los Excluidos podríamos encontrarnos perfectamente en un mundo en el que Bill Gates sea la figura humanitaria más importante que luche contra la pobreza y las enfermedades, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, capaz de movilizar a centenares de millones a través de su imperio mediático.

Llegados a este punto, los refugiados -aquellos de Fuera que quieren entrar en el Interior- son la prueba de otro bien común en peligro: el bien común de la propia humanidad amenazada por el capitalismo global, que genera nuevos Muros y otras formas de apartheid. 

Sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los Excluidos, justifica el término «comunismo»; los tres primeros se refieren, de hecho, a cuestiones de supervivencia de la humanidad (económica, antropológica e incluso física), mientras que el cuarto es, en definitiva, una cuestión de justicia.

¿Quién se pondrá al frente de esta tarea? ¿Quién será el agente de la recuperación de los bienes comunes? Sólo existe una respuesta correcta para los intelectuales izquierdistas que esperan con ansia la llegada de un nuevo agente revolucionario, y es un antiguo dicho hopi con un maravilloso giro dialéctico hegeliano de la sustancia al sujeto: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando.» (Este dicho es una versión del lema de Gandhi: «Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo.»)

Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es una manera de racionalizar nuestra inactividad. Sin embargo, la trampa que hay que evitar es la perversa autoinstrumentalización: «nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando» no significa que tengamos que descubrir que somos el agente predestinado por el destino (la necesidad histórica) para llevar a cabo la tarea.

Significa, por el contrario, que no existe ningún Gran Otro que nos saque las castañas del fuego. Contrariamente al marxismo clásico, en el que «la historia está de nuestro lado» (el proletariado lleva a cabo una tarea predestinada de emancipación universal), en la constelación actual el Gran Otro está contra nosotros: abandonado a sí mismo, el impulso interno de nuestro desarrollo histórico conduce a la catástrofe, al Apocalipsis.

Lo único que puede prevenir la catástrofe es el puro voluntarismo, es decir, nuestra libre decisión de actuar contra la necesidad histórica. En cierto modo, ya fueron los bolcheviques quienes, al final de la guerra civil de 1921, se encontraron en una encrucijada parecida.

Dos años antes de su muerte, cuando quedó claro que la revolución no se extendería a toda Europa y que la idea de construir el socialismo en un solo país era absurda, Lenin escribió:

¿Y si una situación absolutamente sin salida que, por lo mismo, decuplicaba las fuerzas de los obreros y los campesinos, nos brindaba la posibilidad de pasar de distinta manera que en todos los demás países del Occidente de Europa a la creación de las premisas fundamentales de la civilización?”

Giorgio Agamben observó que «el pensamiento es el valor de la desesperanza», o una intuición que resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, cuando incluso los diagnósticos más pesimistas acostumbran a terminar aludiendo a alguna esperanzadora versión de la proverbial luz al final del túnel.

El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible.

El sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos.

En resumen, la postura realmente valiente consiste en admitir que es probable que la luz al final del túnel sea la de un tren que se acerca en dirección contraria.

¿No es ésta la disyuntiva en que se encuentra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, o el (ahora depuesto) Gobierno de Aristide en Haití, o el Gobierno maoísta del Nepal, o el Gobierno de Syriza en Grecia? Su situación carece «objetivamente» de salida: la corriente de la historia va básicamente en contra suya, no pueden confiar en ninguna «tendencia objetiva» que los empuje, y todo lo que pueden hacer es improvisar, hacer lo que puedan en una situación desesperada.

Y sin embargo, ¿no les concede eso una libertad única? Uno siente la tentación de aplicar aquí la antigua distinción entre «libertad de» y «libertad para»: ¿acaso el verse libres de la Historia (con sus leyes y tendencias objetivas) no alimenta su libertad para experimentar de manera creativa? En su actividad, sólo pueden confiar en la voluntad colectiva de sus partidarios.

A lo mejor ésta es, a largo plazo, nuestra única solución. ¿Es todo esto una utopía? A lo mejor, quién sabe. De hecho, es incluso posible que así sea. Los últimos sucesos caóticos en Europa, la mezcla medio trágica y medio cómica de declaraciones de impotencia y comportamiento caótico y egoísta por parte de los miembros de la Unión Europea, la incapacidad de imponer un mínimo de acción coordinada, demuestran no sólo el fracaso de la Unión Europea, sino que también suponen una amenaza para su supervivencia.

El contrapunto izquierdista a esta confusión es una idea que sostienen en secreto muchos izquierdistas radicales decepcionados, una repetición más blanda de la decisión de optar por el terror en el periodo posterior al movimiento de Mayo del 68: la descabellada idea de que sólo una catástrofe radical (preferiblemente ecológica) puede despertar de su letargo a grandes multitudes y dar así un nuevo ímpetu a la emancipación radical.

La última versión de esta idea se relaciona con los refugiados: sólo la afluencia de un número realmente considerable de refugiados (y su decepción, pues es evidente que Europa no será capaz de satisfacer sus expectativas) puede revitalizar a la izquierda radical europea.

A mí esta línea de pensamiento me parece obscena. A pesar del hecho de que un suceso así seguramente daría un gran impulso a la brutalidad antiin migración, el aspecto realmente delirante de esta idea es el proyecto de llenar el vacío de los proletarios radicales ausentes importándolos del extranjero, para que la revolución llegue mediante un agente revolucionario importado.

Durante la primera mitad de 2015, el temor a los movimientos radicales emancipadores (Syriza, Podemos) recorrió Europa, mientras que en la segunda mitad la atención se desplazó hacia la cuestión «humanitaria» de los refugiados: un desplazamiento mediante el que la lucha de clases fue literalmente reprimida y reemplazada por la cuestión liberal-cultural de la tolerancia y la solidaridad.

Con los asesinatos terroristas de París del viernes 13 de noviembre, incluso esta cuestión (que al menos todavía implica importantes motivos socioeconómicos) ha quedado eclipsada por la simple oposición de todas las fuerzas democráticas, atrapadas en una guerra implacable con las fuerzas del terror, y es fácil imaginar lo que seguirá: una búsqueda paranoica de agentes del ISIS entre los refugiados (...)"
(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs. 112-125)