31/7/17

El sueño americano se desmorona: la posibilidad de que los estadounidenses pobres crean que trabajando duro van a prosperar es 20 veces inferior a la de sus semejantes latinoamericanos

"Varios estudios demuestran que la posibilidad de que los estadounidenses pobres crean que trabajando duro van a prosperar es 20 veces inferior a la de sus semejantes latinoamericanos. El hecho de que el sueño americano se base en el esfuerzo individual ha hecho que las redes de apoyo público sean más débiles que en otros países. 

Los estadounidenses blancos son especialmente pesimistas, mucho más que negros y latinos, minorías acostumbradas a las adversidades.

Estados Unidos se ha ganado la reputación de ser excepcionalmente tolerante con la desigualdad económica. Esto se debe a los altos niveles de movilidad social. Estos factores sustentan el "sueño americano" concebido por Thomas Jefferson; el derecho de todo ciudadano a perseguir un determinado tipo de vida, la libertad y la felicidad.

El concepto de "sueño americano" no gira en torno a la promesa de lograr el objetivo marcado sino en torno al concepto de búsqueda de oportunidades. El escritor del siglo XIX Horatio Alger Jr. supo crear personajes que encarnaban esta noción; jóvenes de clase trabajadora que conseguían pasar de la miseria a la riqueza o, al menos, convertirse en miembros de la clase media, gracias a su esfuerzo y a su espíritu emprendedor. 

Sin embargo, la posibilidad de vivir el sueño americano es más remota ahora que hace unas décadas. Mientras que el 90% de los que nacieron en la década de los cuarenta del siglo pasado consiguieron mejorar su posición económica en comparación a sus padres, solo el 40% de los que nacieron en los ochenta lograron subir en la escala social

También ha cambiado la percepción ciudadana en torno a las desigualdades. En 2001 se publicó un estudio que concluyó que los únicos estadounidenses que mostraban mayores niveles de insatisfacción frente al aumento de las desigualdades eran los estadounidenses ricos de izquierdas, mientras que los estadounidenses pobres percibían esta desigualdad como una oportunidad de prosperar en un futuro. 

Desde la publicación de este estudio, el optimismo ha disminuido. En 2016, solo el 38% de los estadounidenses pensaban que sus hijos vivirían mejor que ellos. Al mismo tiempo, el debate público en torno a las desigualdades ya no tiene en cuenta un factor clave de la noción del "sueño americano": la suerte

De la misma forma que en muchos de los relatos de Alger los protagonistas prosperan gracias a la ayuda de un generoso benefactor, a lo largo de la historia de los Estados Unidos se han dado incontables casos reales en los que el factor suerte ha desempeñado un papel clave. Sin embargo, en los últimos años ha descendido el apoyo social hacia los menos afortunados, especialmente los pobres que no consiguen un empleo a tiempo completo. Todo parece indicar que este apoyo seguirá disminuyendo. 

Resumiendo, los estudios más recientes que tienen en cuenta nuevas métricas de bienestar parecen concluir que el sueño americano se desmorona. 

Desesperación blanca, esperanza de las minorías 

Empecé mi estudio comparando las actitudes en torno a la movilidad social en Estados Unidos y en América Latina; una región conocida por sus desigualdades y altos índices de pobreza (si bien en las últimas décadas se han hecho avances). Me detuve en una pregunta clásica en las encuestas Gallup, relativa al sueño americano: "¿Puede un individuo que trabaja duro prosperar en este país?". 

La brecha entre las respuestas de los estadounidenses ricos y las de los pobres (los encuestados de Gallup que se encuentran entre el 20% más rico y más pobre del país) era abismal. Esto contrastaba con los resultados obtenidos en América Latina, donde no se aprecian diferencias significativas en función del nivel de ingresos de los encuestados. 

Las posibilidades de que los estadounidenses pobres crean que trabajando duro van a salir adelante son 20 veces inferiores a la de sus semejantes latinoamericanos, a pesar de que estos últimos tienen una situación mucho peor si atendemos a sus posesiones materiales. 

Otra pregunta de la encuesta analiza si los encuestados sufren estrés a diario. El estrés es un indicador de mala salud y el tipo de estrés que suelen sufrir los pobres, "el estrés malo", en general debido a situaciones negativas que escapan a su control es considerablemente peor que el "estrés bueno" que se asocia a la obtención de los objetivos marcados por aquellos que tienen la sensación de que controlan su futuro. 

En general, los latinoamericanos sufren menos estrés en su día a día, y sonríen más a menudo que los estadounidenses. En este aspecto, la brecha entre ricos y pobres en Estados Unidos es mucho mayor (1,5 veces en una puntuación del 0 al 1) que la de América Latina. Los pobres de Estados Unidos sufren más estrés que los ricos y los pobres de América Latina. 

La brecha entre las expectativas y los sentimientos de los ricos y los pobres de Estados Unidos también es más acusada que la de muchos otros países del este de Asia y Europa (las otras regiones estudiadas). Todo parece indicar que ser pobre en un país muy rico y con grandes desigualdades, que se enorgullece de ser una meritocracia y no ayuda a los que se quedan atrás, se traduce en altos niveles de estrés y de desesperación. 

Mi estudio también reveló muchos otros hechos sorprendentes. Tomando como punto de partida los bajos niveles de confianza en el valor de trabajar duro y los altos niveles de estrés entre los encuestados estadounidenses más pobres, comparé los niveles de optimismo frente al futuro mostrados por los encuestados pobres de distinta raza. 

Me basé en una pregunta que hace Gallup a los encuestados estadounidenses. Les pregunta dónde creen que estarán dentro de cinco años en una escala de satisfacción del 0 al 10. 

Descubrí que las minorías más pobres, especialmente los afroamericanos, ven su futuro con más optimismo que los blancos pobres. De hecho, la posibilidad de que los encuestados pobres negros muestren un mayor optimismo sobre su futuro es tres veces superior a la de los encuestados pobres blancos. 

Los hispanos pobres son 1,5 veces más optimistas que los blancos. Los blancos pobres tenían el doble de posibilidades que los negros pobres de haber sufrido estrés el día anterior a la encuesta. En el caso de los hispanos pobres, la posibilidad de haber sufrido estrés el día anterior era 25% inferior a la de los blancos. 

¿Por qué las minorías que tradicionalmente han sufrido discriminación y mayores penurias son las que se muestran más optimistas? Se debe a varios factores. 

Uno de ellos es que las minorías más vulnerables, a diferencia de los estadounidenses blancos, siempre han contado con redes informales de apoyo y la ayuda de su entorno, como la familia y la iglesia. Los psicólogos también indican que los miembros de las minorías tienen una mayor capacidad para superar la adversidad y son menos propensos a sufrir depresiones o suicidarse que los blancos, tal vez porque a lo largo de la historia han tenido que enfrentarse a dificultades y desgracias que les han causado un grave impacto emocional. 

Otro factor que debe tenerse en cuenta es que la clase trabajadora blanca que vive en los estados industriales del país ha visto en los últimos años amenazadas sus posibilidades de prosperar. En estos estados han desaparecido muchos puestos de trabajo en el sector minero y en las fábricas. Un estudio de Andrew Cherlin, de la Universidad Johns Hopkins, concluye que en comparación con los blancos pobres, que creen vivir peor que sus padres, los negros y los hispanos pobres creen haber prosperado. Los blancos pobres son los más afectados por la desaparición del sueño americano. 

El problema estadounidense 
¿Qué importancia tiene esta situación? Las investigaciones que llevé a cabo hace una década, y que han quedado confirmadas por estudios posteriores, me permitieron constatar que las personas que ven su futuro con optimismo suelen gozar de mejor salud y suelen tener mejores perspectivas laborales. Los que tienen esperanza en el futuro suelen invertir en su futuro, a diferencia de los que lidian con el estrés, las dificultades del día a día y la desesperanza. Estos últimos, no solo carecen de los medios necesarios para construir su futuro sino que además tampoco creen que valga la pena hacer el esfuerzo. 

El indicador más demoledor de la desesperanza que se vive en Estados Unidos es el aumento significativo de muertes prematuras en la última década. Se han incrementado los suicidios y las muertes causadas por el consumo de alcohol y drogas, y también se han estancado los progresos que se habían hecho en las últimas décadas en relación con la prevención de enfermedades cardiovasculares y el cáncer de pulmón. Los principales perjudicados, aunque no los únicos, son los blancos de mediana edad y sin estudios superiores. La tasa de mortalidad entre los negros y los hispanos, si bien es de media superior a la de los blancos, ha disminuido a lo largo de la última década. 

Esta tendencia se debe a muchos factores. El hecho de que cada vez es más fácil conseguir determinadas drogas, como por ejemplo los opiáceos, la heroína y el fentanilo ha coincidido en el tiempo con la desaparición de puestos de trabajo en el sector industrial, principalmente debido a la revolución tecnológica. El 15% de los hombres en edad laboral no tienen trabajo y se prevé que en 2050 la tasa de desempleo sea del 25%. 

Los blancos que trabajan en el sector industrial parecen tener mayores dificultades para trabajar en otro sector que las minorías. Si bien ahora hay nuevas oportunidades laborales en otros sectores, como por ejemplo en el sector salud, los hombres blancos tienen mayores dificultades para reciclarse que los hombres pertenecientes a minorías. 

La desesperanza también es un factor que hace aumentar la tasa de mortalidad, como demuestra el último estudio que he llevado a cabo con Sergio Pinto. 

De media, las personas que se muestran más desesperanzadas suelen vivir en áreas estadísticas metropolitanas (AEM) cuyas tasas de mortalidad para aquellos que tienen entre 45 y 54 años son más elevadas. 

Las personas desesperadas tienen mayores probabilidades de morir prematuramente. Vivir rodeado de muertes prematuras también erosiona la esperanza. Las personas que viven en áreas metropolitanas donde la tasa de mortalidad prematura es menor muestran mayores niveles de optimismo. Suelen ser áreas con mayor diversidad racial, mejores hábitos de salud (como demuestra el hecho de que pocos encuestados fuman o tienen una vida sedentaria) y suelen ser áreas con un mayor dinamismo urbano y económico. 

Ser pobre en EEUU 
Los avances tecnológicos no solo afectan a Estados Unidos y a los trabajadores estadounidenses no cualificados. Es un reto para los trabajadores no cualificados de la mayoría de países de la OCDE. Y sin embargo en estos países la tasa de muertes prematuras no ha aumentado como en Estados Unidos. Tal vez se deba al hecho de que la mayoría de estos países tienen sistemas de protección social más sólidos y una normativa más sofisticada en lo relativo a la responsabilidad que tiene la sociedad con todos aquellos que se quedan rezagados. 

Irónicamente, el sueño americano podría ser parte del problema. Los blancos del sector industrial cuyos padres vivieron el sueño americano y que esperaban que sus hijos también lo vivieran son los que se sienten más afectados por el hecho de que este sueño se haya desvanecido. Sorprendentemente, por lo general suelen votar en contra de programas de protección social del gobierno. 

En cambio, los miembros de minorías que han pasado penurias durante años ya saben lo que es tener trabajos muy distintos y también saben pedir ayuda a sus familiares y a la comunidad cuando la necesitan. Tienen una mayor capacidad para superar adversidades y se muestran más esperanzados, ya que creen que aún tienen la posibilidad de prosperar. 

Ser pobre en Estados Unidos tiene un coste muy alto. A los ganadores les va muy bien; a los perdedores, fatal. El hecho de que el sueño americano se fundamente sobre la base del esfuerzo individual en una supuesta meritocracia ha hecho que las redes de apoyo público sean más débiles que en otros países. 

En estos países hay sistemas de protección, formación y apoyo de la comunidad para quienes están en desventaja o para aquellos que atraviesan por una racha de mala suerte. Este tipo de medidas son más necesarias que nunca, especialmente en los mismos estados donde vivían los personajes ficticios de Horatio Alger. Hace tiempo que a sus semejantes se les agotó la suerte."                      (Carol Graham , The Guardian, eldiario.es)

28/7/17

Un grupo de investigadores midió el pulso de los asistentes a las fiestas de San Pedro Manrique, en Soria, y comprobaron que todos tenían los corazones sincronizados

"Ayer dio comienzo la madre de todas las fiestas. Siete días de éxtasis colectivo que arrancan cada 6 de julio y que ya tiene más seguidores desde fuera, espectadores colocados a una prudencial distancia, creadores de memes, y voyeurs de Instagram, que desde dentro

. Millones de cabecitas minúsculas vistas a través de la pantalla de la televisión, o un bosque de brazos y risas si se vive desde dentro, desde el olor pegajoso a vino y cuerpos. Es lo que se dice un planazo o una tortura, según quien lo mire. ¿Por qué unos la adoran y otros la aborrecen?

Las razones se remontan a nuestros ancestros y para explicarlas hoy hay que acudir no solo a la psicología y la neurociencia, sino a la antropología e incluso a la genética. Un estudio reciente realizado entre un grupo de 1.000 individuos en Australia probó que quienes salían de fiesta -acudían a festivales o conciertos, bailaban en bares o discotecas o incluso escuchaban bandas de música callejeras- eran más felices y se sentían más conectados con la sociedad.


"Las personas somos seres sociales", explica por correo electrónico el psicólogo Nacho Calvo en mentesabiertas.com. "Al margen de los encierros, que para muchos tan sólo sirven como excusa, San Fermín supone la concentración de miles de personas de diferentes culturas, lo que genera un sentimiento que para la mayoría de las personas resulta tremendamente positivo".

Para los escépticos, Calvo advierte de que este tipo de eventos se viven de una manera radicalmente distinta desde fuera y desde dentro: "Al encontrarnos rodeados de un ambiente festivo vivimos la experiencia de una manera amplificada, como ocurre en los conciertos o festivales, haciendo que se conecten nuestras neuronas espejo que son las encargadas de la empatía en el cerebro".

No es solo formar parte de un gran grupo que comparte una actividad, sino el hecho de que esa actividad esté relacionada con el baile o el movimiento lo que nos eleva al éxtasis colectivo. El profesor de Arqueología de la Universidad de Reading (Berkshire, Inglaterra) especulaba en su libro The singing Neanderthals : the origins of music, language, mind, and body -Los neardentales que cantan: los orígenes de la música, la lengua, la mente y el cerpo- con que el baile se remonta a 1,5 millones de años y está relacionado con la supervivencia "como forma de cooperación y comunicación". 

Algo, que según un grupo de investigadores de Jerusalem, alcanza el estatus de habilidad y está escrita en nuestros genes.


Esa comunicación es lo que Émile Durkheim denominó la "efervescencia colectiva" y el investigador de la Universidad de Montreal Paul Carls ha estudiado a fondo para encontrar su explicación actual. Según cuenta Carls, la efervescencia colectiva de Durkheim está en el corazón de las religiones: 

"Eleva a los individuos fuera de sí mismos y los hace sentir como si estuvieran en contacto con una energía extraordinaria, que los lleva a una excitación emocional colectiva".


La tecnología quiere ahora medir esta emoción a través de 'wearables' biométricos que registran las pulsaciones y el movimiento. El antropólogo Dimitris Xygalatas, de la Universidad de Connecticut (EE.UU.) ya lo hizo en un estudio de campo en las fiestas del Paso del Fuego y Móndidas en San Pedro Manrique.

Xygalatas y su equipo se trasladaron a este pueblo de la provincia de Soria y colocaron aparatos biométricos en sus 3.000 habitantes durante las fiestas. Toda la comunidad resultó estar emocionalmente alineada durante el ritual festivo, a juzgar por las frecuencias cardiacas.

 No solo los que caminaban sobre el fuego, sino también los espectadores tenían sus corazones sincronizados. Eso sí, quienes tenían una mayor vinculación familiar con los participantes del ritual o era originarios de San Pedro Manrique o alrededores mostraron una sincronización cardiaca mayor.

Lo mismo ocurre en los festivales de música o grandes festividades, según comenta Xygalatas, "en los actos con los que se sientan más identificados los asistentes vivirán la magia de la efervescencia colectiva, mientras que en los que no formen parte de la identidad se sentirán más desconectados y desincronizados".


"El ser humano y los animales suelen vivir en grupo, y aunque no sabemos qué circuitos o neurotransmisores pueden estar implicados en el bienestar que produce este hecho", explica por teléfono el neurocientífico del Instituto Cajal y vicepresidente del Consejo Español del Cerebro, José Luis Trejo, "sí que tiene un nombre: enriquecimiento ambiental

En su componente social", añade, "hace que se incremente el número de neuronas en el hipocampo, que es el centro neurálgico del apredizaje y la memoria, y el único en el cerebro en el que se fabrican neuronas en la edad adulta". Por tanto, las relaciones sociales, interactuar con muchas personas y participar de atividades en grupo "mejoran el aprendizaje".

Además, Trejo hace referencia a las hormonas que participan en los eventos sociales como los festivales de música o los sanfermines. "Sabemos desde hace tiempo que el ejercicio y la actividad en grupo, al contrario que ocurre con el aislamiento, hace que el cerebro libere dopamina y endocannabinoides [el cannabis natural de nuestro cuerpo], al tiempo que activa los circuitos serotoninérgicos".

O la tormenta perfecta

Esa es la parte buena. En la parte mala, los festivales son, como algunos adversos sospechan, un semillero de enfermedades, según un estudio que llevó a cabo la Facultad de Medicina de la Universidad de Marsella (Francia) en grandes eventos desde 1980 hasta 2012. "Se producen transmisiones fecales-orales de agentes patógenos por el incumplimiento de las normas de higiene", relata el informe. 

"Además, se propaga una gran variedad de enfermedades de transmisión sexual".
En esta línea, el verano pasado las autoridades británicas lanzaron un comunicado en el que aconsejaban a los jóvenes vacunarse contra el sarampión. Otras enfermedades que no querrá padecer y que están vinculadas a los grandes eventos: salmonela, e.coli o el horrible norovirus.

Más allá del entorno y de vuelta a la efeverscencia colectiva, los mismos circuitos serotoninérgicos que hacen que algunos se sientan bien cuando se encuentran rodeados de muchas personas, "se encuentran vinculados a trastornos obsesivos-compulsivos y trastornos del pánico", confirma Trejo. Esto quiere decir que lo que para unos es un clímax emocional para otros es un pequeño infierno, la tormenta perfecta.


Ver las imágenes de ayer en plaza del Ayuntamiento de Pamplona despierta en algunos todo un abanico de posibles catastróficas desdichas y un montón de preguntas relacionadas con la sensación de encierro: "Una vez dentro no hay escapatoria, y si de pronto quiero descansar, y ¿cuánto tiempo dices que va a durar?...".

"Hay personas", afirma Calvo, "que rehuyen este tipo de eventos ya que la aglomeración puede generarles demasiada ansiedad sobre todo si no se encuentran en un buen momento emocional". Un alto nivel de estrés, por ejemplo, "podría ser un detonante que nos hiciera sentirnos más vendidos ante situaciones en las que nos vemos incapaces de escapar".

"Cuando una persona ha vivido experiencias desagradables como la ansiedad súbita o los ataques de pánico, teme que esas sensaciones se pudieran reproducir en un contexto en el cual les fuese complicado escapar", añade. "Cuando se siente afectada por el miedo a sus propios síntomas físicos -taquicardias, falta de aire, etc...- tiende a evitar cualquier contexto que le incapacite para huir, que es una respuesta primitiva de supervivencia que todos tenemos en situaciones límite en las que nos podemos sentir amenazados".


"El consumo de ciertas sustancias como el cannabis o la cocaína también pueden predisponer a la persona hacia la ansiedad". Llevado al terreno de la patología, "el problema suele diagnosticarse como agorafobia (o trastorno de pánico con agorafobia). Y se puede ver propiciado por cambios hormonales que nos hagan sentirnos más vulnerables como la menstruación en las mujeres o las afectaciones de la glándula tiroides".

En cuanto al cerebro, Trejo añade que las actividades en grupo "activan los circuitos que regulan la jerarquía de dominancia. En el laboratorio lo vemos en los ratones: enseguida se manifiestan los dominantes". 

Algo que los famosos violadores de San Fermín llevaron a un deplorable extremo. No se ha estudiado en profundidad qué circuitos neurológicos activa un aumento de la actividad social, al nivel de las fiestas de San Fermín, para derivar en estados de malestar.

 "Pero sí que sabemos que cuando queremos inducir estados patológicos en ratones", explica Trejo, "para la interacción social positiva se utiliza el sexo, mientras para la negativa lo que hacemos es llenar la urna de ratos, provocar multitudes, y luego vaciarla para dejar aislado al ratón. Multitud y aislamiento".

Algunos, como el en caso de los humanos, tardan más en reaccionar que otros. Unos están a gusto en esa muchedumbre, y otros, en la soledad."                 ( , El País, 07/07/17) 

27/7/17

Que el gobierno federal garantice el empleo, con un salario digno e incentivos, a todo americano dispuesto y capacitado para el trabajo. El fin último de la garantía de empleo es el pleno empleo sostenido: un empleo hasta para el último americano que quisiera trabajar... ¿cómo funcionaría? ¿Cúanto costaría?

"Los demócratas han comenzado la presidencia de Donald Trump exiliados al desierto político. Han perdido la Casa Blanca, ambas cámaras del Congreso, un número impresionante de gobiernos estatales, mientras que el voto de los “Estados azules” ha resultado ser en realidad solo voto de “ciudades azules”.

El partido se ha lanzado a buscar soluciones, enzarzándose en discusiones sobre políticas de identidad, la estrategia de oposición adecuada y demás. Pero los demócratas podrían inspirarse en el mismísimo Trump. A saber: sus promesas reiteradas de recuperar empleos americanos bien pagados.
“Es su argumento principal y el más consistente”, observa Mike Konczal, un investigador del Roosevelt Institute, tras revisar los discursos de Trump. 

El presidente comprende, como subrayó Josh Barro de The New York Times, que la mayoría de los americanos piensa que la finalidad de la empresa privada es proveer buenos empleos, no solamente conseguir un beneficio. Incluso la xenofobia y nacionalismo blanco de Trump no se aleja mucho de esto: echar a patadas a los inmigrantes y apartar a los competidores foráneos son componentes críticos de su manera de recuperar los empleos.

Los demócratas tienden a tratar los empleos como el subproducto feliz de otros objetivos tales como la revitalización de infraestructuras o los proyectos de energías renovables. O tratan la desindustrialización y la deslocalización de los empleos como hechos inevitables y lamentables y a cambio ofrecen formación, seguros de desempleo, atención sanitaria etc. para mitigar sus efectos. 

Todas estas políticas son estimables. Pero un empleo no es solo un mecanismo de suministro de rentas que se puede reemplazar con una fuente alternativa. Es un medio fundamental por el que la gente afirma su dignidad, legitima su cuota de participación en la sociedad y comprende sus obligaciones mutuas.

 Hay evidencia clarísima de que la pérdida de esta identidad social importa tanto como la de la seguridad financiera. El daño que causa el desempleo prolongado a la salud mental y física solo es comparable al causado por la muerte de un cónyuge. Causa estragos en los matrimonios, las familias, las tasas de mortalidad, las tasas de alcoholismo y más. La crisis de 2008 elevó el desempleo a largo plazo a la estratosfera y hoy permanece cerca del máximo histórico. Trump se dirigió al corazón del problema cuando le dijo a Michigan en octubre de 2016: Voy a devolveros los empleos”. Punto.

Los demócratas también deberían considerar prometer la Luna. Pero a diferencia de Trump, deberían respaldarlo con un plan político. Y existe una idea que podría funcionar. Emerge de forma natural desde los valores progresistas. Es grande, osada y cabría en una pegatina del parachoques. Se le suele llamar la “garantía de empleo” o el “empleador de último recurso”. En dos palabras: que el gobierno federal garantice el empleo, con un salario digno e incentivos, a todo americano dispuesto y capacitado para el trabajo.

 Por qué lo necesitamos
 
Antes de profundizar en los detalles de esta propuesta, es procedente dar unas palabras sobre los objetivos generales. El fin último de la garantía de empleo es el pleno empleo sostenido: un empleo hasta para el último americano que quisiera trabajar, incapacitando al mercado laboral para encontrar suficientes trabajadores para todos los empleos que quisiera crear.

Los beneficios de la garantía para los previamente desempleados resultan evidentes. Pero no es menos crucial que ayudaría a los americanos ya empleados. Cuando los trabajadores compiten entre sí por una oferta inadecuada de empleos no tienen ningún poder. Por el contrario, cuando los empleadores deben competir por una oferta inadecuada de trabajadores se produce una transformación sutil pero fundamental. Liberados del temor de ser arrojados al desempleo y de no poder encontrar otro empleo, incluso los trabajadores peor pagados pueden exigir salarios más altos y prestaciones más generosas. 

Pueden exigir mejores condiciones de trabajo y horarios y formación laboral a costa del empleador. Pueden desafiar la discriminación, el acoso y el abuso. Los sindicatos y las organizaciones de trabajadores ganarían autoridad. Habría más estabilidad familiar, comunidades más sanas, más confianza social y mayor participación en la vida colectiva. El fin último de la garantía de empleo es el pleno empleo sostenido: un empleo hasta para el último americano que quisiera trabajar.

En términos prácticos esto requeriría forzar las tasas de participación de la fuerza de trabajo —la medida de la gente empleada o que está buscando empleo activamente— hasta los límites naturales y llevar la tasa de desempleo —la porción de la fuerza de trabajo no empleada— hasta el 1 o el 2 por ciento. Y luego mantenerlas. Puede parecer un objetivo fantástico. 

Pero lo hemos conseguido antes: durante la movilización económica de la Segunda Guerra Mundial la tasa de desempleo cayó brevemente por debajo de un pasmoso 2 por ciento. Después, entre 1945 y 1970, la tasa permaneció aproximadamente un tercio de ese tiempo bajo el 4 por ciento. No por casualidad esta época se recuerda como una era económica dorada, y la desigualdad se mantuvo reducida.
Las cosas han cambiado desde entonces.

Al escribir estas líneas, hay 1,4 demandantes de empleo por cada vacante. Como mínimo nuestro objetivo debería ser menos de un demandante por cada vacante. Aun así éste es el mejor registro tras ocho extenuantes años de recuperación. 

Es más, la razón entre demandantes de empleo y vacantes solo se acercó momentáneamente a la paridad con un 1,1 al final del auge de los 90. No existen registros más antiguos. Pero hay otros indicios de cercanía a la paridad: los finales de los 90 fueron también el único momento desde los 70 en que la tasa de desempleo cayó hasta el 4 por cien. Actualmente está en el 4,6% — de nuevo, el mejor nivel desde la Gran Recesión.

Así que incluso en esa mitad de la centuria de tan gratos recuerdos, la tasa de desempleo americana total tendía a resurgir como una boya sobre el umbral que señala el pleno empleo. De vez en cuando, caía lo suficiente como para tocarlo y volvía a rebotar. Durante los últimos 40 años, esa boya prácticamente nunca ha tocado el pleno empleo. 

Este fallo de varias décadas ha reducido los trabajadores a la impotencia crónica frente a unos empleadores que demandaban trabajo barato, sumiso y desechable. Subyace al alza vertiginosa de la desigualdad la pérdida generalizada de buenos incentivos laborales, la expansión de la precariedad financiera entre los hogares, la generalización de los contratos por obra y la “uberización” etc.

Entretanto, qué empleos crea la economía, para quiénes y en qué condiciones queda determinado por las personas que poseen y controlan el flujo de capitales y la propiedad. Esta es la naturaleza de los mercados privados en el capitalismo. Tanto la izquierda como la derecha aceptan esta situación como un hecho consumado y en esencia tratan de sobornar a este grupo exiguo para que cree empleo. El soborno de la derecha son los recortes de impuestos y la liberalización. El soborno de la izquierda es un estímulo musculoso del gasto público deficitario y la inversión pública. Esta funciona mucho mejor exprimiendo la demanda agregada, razón por la que posibilita que los empleadores se beneficien y ganen cuota de mercado contratando más trabajadores. Pero en ambos casos, el poder para configurar el empleo en sí y contratar está en manos de los capitalistas.

Inevitablemente, los demandantes de empleo más privilegiados o atractivos son contratados en primer lugar: aquéllos que tienen buena formación, tienen historiales de empleo estable, carecen de antecedentes penales y (seamos francos) son blancos. Solo cuando estos han sido contratados empieza a llegar el empleo a todos los demás.

Los últimos en llegar son las minorías raciales, aquéllos sin títulos universitarios o de bachillerato, aquéllos con largos períodos de desempleo en el pasado, los veteranos y los que tienen antecedentes penales. Y su turno es mucho más breve puesto que les llega en el pico de la coyuntura. Luego, cuando cae el ciclo, los menos privilegiados son los primeros en ser eliminados. El resultado es una dinámica amarga en la que son los últimos en ser contratados y los primeros en ser despedidos. Incluso cuando trabajan su posición negociadora es perpetuamente precaria, lo que redunda en salarios menores y mayor explotación.

Por eso unos 5,5 millones de personas todavía trabajan a tiempo parcial cuando querrían trabajar a tiempo completo. Explica en gran parte la impunidad de los empleadores ante flagrantes robos salariales, los horarios abusivos, la discriminación racial, el acoso sexual y la violación de los derechos laborales. Por eso demasiadas personas llevan ya décadas con los salarios estancados.

Que la carencia del pleno empleo golpee más duramente a los americanos menos privilegiados no solo es problemático porque sea injusto. Es que además condena a sus comunidades a ciclos repetidos de destrucción de los que nunca tienen tiempo para recuperarse del todo. La tasa de desempleo de los americanos negros, por ejemplo, perpetuamente duplica la de los blancos —situación que se mantiene en todos los niveles educativos--. Lo mismo vale para la tasa de desempleo de todos los americanos con un título universitario frente a aquellos que solo tienen un graduado escolar.

En contraste, los efectos benéficos del pleno empleo, cuando sucede, son más acentuados entre los menos privilegiados: solo entonces los empleadores se ven obligados a acudir a las personas y comunidades normalmente exiliadas de la economía.

Imagínense lo qué se podría conseguir con un pleno empleo sostenido.

Así pues no debería sorprender que los pensadores afroamericanos desde siempre hayan sido paladines de la garantía de empleo. Martin Luther King Jr lo reivindicó reiteradamente. También Bayard Rustin, otro activista de los derechos civiles afroamericano de los años 60, y Sadie T.M. Alexander, la primera afroamericana que se doctoró en Economía. Hoy entre los defensores negros de la garantía de empleo se incluyen el profesor de Economía y Políticas Públicas de Duke William Darity Jr y el economista Darrick Hamilton de la New School.

Coincidiendo con el auge de la desindustrialización y la globalización y el retroceso de las políticas de inversión pública, regulación y aplicación de las leyes antimonopolio, la economía americana finalmente ha empezado a tratar a los trabajadores blancos sin título universitario tal como siempre trató a los negros americanos.

El capital huye de las comunidades rurales y pueblos donde Hillary Clinton perdió ante Donald Trump por un margen de tres a uno y donde el crecimiento de nuevo empleo y la creación de negocios durante las recuperaciones prácticamente se han desvanecido. Los competidores extranjeros y la automatización están robando sus empleos; sus tasas de desempleo e ingresos son inferiores; y sus hipotecas los asfixian. Clinton ganó en menos del 16% de los condados pero aquéllos en los que ganó generaban el 64% de la producción económica total. Este gran desplazamiento económico generó la frustración económica que causó el vuelco en los Estados del Rust Belt que dieron la victoria a Trump.

Pero el presidente no ha cejado de explotar los temores y ansiedades raciales de los americanos blancos y las tentaciones del nacionalismo blanco. Combatirlo exigirá una coalición genuinamente multiétnica; una que pueda avanzar al máximo la causa antirracista, reservando a la clase trabajadora blanca un asiento en la mesa en pie de igualdad. Una garantía de empleo pondría los cimientos de tal coalición basada en intereses económicos compartidos.

Cómo funcionaría

Este es pues el contexto en el cual emerge la necesidad de tal programa. ¿Cómo funcionaría la garantía de empleo en detalle? En primer lugar sería universal: una oferta a cualquier que esté dispuesto y sea apto para el trabajo. También sería completamente voluntario: no se obligaría a nadie a trabajar.

Cada empleo pagaría un salario por encima del umbral de la pobreza e incentivos. Una posibilidad a menudo sugerida es $25.000 al año —unos $12 la hora si asumimos 52 semanas al año y 40 horas por semana. Se podría plantear un ajuste adicional por el coste de la vida en función de las condiciones de vida locales. La asistencia sanitaria y las cotizaciones sociales se cubrirían a través de los programas existentes, el de Prestación Sanitaria de Empleados Federales y el Sistema de Jubilación de Empleados Federales, respectivamente. Las vacaciones pagadas y las bajas por enfermedad y por asuntos propios también estarían incluidas.

Los beneficiarios podrían solicitar trabajo a tiempo parcial reduciéndose su salario en proporción. Pero tendría que fijarse un mínimo número de horas para recibir el paquete de incentivos; Darity sugiere 30 horas a la semana.

El programa sería impulsado por la demanda de empleo de los americanos. Es decir, funcionaría como una prestación como la Seguridad Social, Medicare, el seguro de desempleo, la Asistencia Temporal para Familias necesitadas o los subsidios del Obamacare: financiado automáticamente por ley, en función de cuánta gente reúne los requisitos, en vez de a través del proceso de asignación de partidas presupuestarias anuales del Congreso.

Esto obligaría a financiar el programa a nivel federal. Cuando golpea una recesión, casi todos los agentes de la economía —administraciones estatales y locales o instituciones y empresas privadas— sufren una merma de ingresos. No pueden gastar a los mismos niveles o superiores sin riesgo de impago de deuda. Pero el Gobierno de los EE.UU. es diferente: su endeudamiento tiene el soporte de la capacidad de la Reserva Federal de crear nueva oferta de dinero. Literalmente no es posible que el Gobierno federal impague su deuda (a no ser que lo haga por voluntad propia). Más bien el límite en el gasto federal es el riesgo de inflación — que siempre es menor en una coyuntura negativa.

Está además la cuestión del diseño institucional. Nadie ha implantado una garantía de empleo plena. Pero algunos ejemplos internacionales se han acercado bastante y aportan algunas sugerencias prácticas. El Plan Jefes y Jefas de Hogar —un programa de empleo garantizado modesto, de corta vida, más cicatero pero similar de principios de siglo— repartió las competencias entre los niveles federal, local y municipal. 

El Gobierno federal desembolsaba los fondos y definió las directrices generales para aprobar los planes de empleo. Creó una base de datos nacionales de demandantes de empleo y otra para el seguimiento de todos los proyectos, su seguimiento y su evaluación. Esto fomentó la transparencia y redujo la corrupción. Dada la historia de exclusión racista en los programas de trabajo del New Deal en los Estados Unidos, una aplicación vigorosa federal de todas las leyes antidiscriminatorias y de derechos laborales sería esencial.

Pero Argentina reservó la tarea de revisar, aprobar y administrar los proyectos a las administraciones locales y municipales. La economista del Bard College Pavlina Tcherneva, que estudió la garantía de empleo y la experiencia argentina con sus colegas del Levy Institute, destaca que las ONG, las asociaciones vecinales y otros colectivos sociales de toda América ya conocen las necesidades de sus comunidades y trabajan para atenderlas.

 Pero sus plantillas y sus fondos siempre son escasos. Así que en el caso que nos ocupa el primer paso sería que los gerentes locales y municipales preguntaran a estos grupos qué proyectos ya han desarrollado que solo necesiten ser escalados.

A continuación, estos mismos gerentes deberían determinar qué obras públicas y elementos de la infraestructura de cada comunidad necesitan ser construidos o revitalizados. La crisis del plomo en las tuberías de Flint, Michigan, demuestra que las necesidades en este campo son inagotables.

Finalmente, los gerentes locales de la garantía de empleo deberían abrir el debate a propuestas de la comunidad local: que todos desde las iglesias hasta las organizaciones cívicas pasando por los individuos aporten ideas. Esto podría crear un diálogo de base que aportara a los americanos un control más democrático sobre la planificación de sus economías locales. Quizás se podría introducir un cierto grado de democracia local en la elección de los gestores locales del programa.

Los demandantes de empleo podrían presentarse ante estas oficinas locales, que recurrirían a las bases de datos federales para conectar los trabajadores potenciales con los proyectos más apropiados. Es importante que los trabajadores sean asignados a empleos cercanos en función de las  habilidades que ya poseen. La formación y el cuidado infantil podrían ser prestados por otros beneficiarios del trabajo garantizado, tal como ocurrió en Argentina. 

La idea sería “acudir al encuentro de los trabajadores”, en función de sus capacidades, sus necesidades y su ubicación geográfica. Compárese con el sector privado, donde los trabajadores de renta baja llegan a dedicar enormes cantidades de tiempo y energía en transporte, búsqueda de cuidadores infantiles, “adquisición de competencias” o incluso desplazándose a otra ciudad o Estado, todo a conveniencia del empleador.

Podríamos crear una nueva agencia federal completamente nueva, donde el poder interno y la capacidad de decisión estén distribuidos entre las delegaciones locales y municipales. Otra posibilidad es remozar y adaptar instituciones que ya tenemos. 

El Ministerio de Trabajo podría gestionar las obligaciones de ámbito federal mientras que las oficinas de empleo podrían reconvertirse en agencias de colocación —los puntos de contacto locales para los demandantes de empleo--. Ambos podrían ser el enlace con las administraciones locales. Incluso el Servicio de Correos de los EEUU. podría involucrarse: están circulando propuestas para que preste servicios bancarios  básicos a través de esta agencia a los 68 millones de americanos que carecen de ellos. Muchos de estos ciudadanos serían los mayores beneficiarios de la garantía de empleo y necesitarían una cuenta en la que domiciliar su salario. La banca postal podría matar dos pájaros de un tiro.

Cuánto costaría

Hablemos ahora del precio. Una cuenta de la vieja sugiere que un programa como el descrito ascendería a al menos $ 670.000 millones el primer año —aproximadamente el 3,6% de la economía— si se implanta hoy. Es mucho pero no es en absoluto inconcebible: ése es aproximadamente el coste anual de los diversos subsidios de atención sanitaria del Gobierno federal y es menos que la Seguridad Social.

Aún más importante: el coste se encogería rápida y dramáticamente una vez que empezara a rodar el programa. Millones de los anteriormente desempleados contarían con nuevas rentas para gastar así que los negocios privados crecerían, sus ofertas de empleo e incentivos mejorarían y la gente abandonaría las nóminas del trabajo garantizado en busca de pastos más verdes. El programa se moderaría solo expandiendo al sector privado. 

En lo sucesivo se estabilizaría en un nivel de gasto mucho menor. A modo de ilustración: el plan Jefes de Argentina se inició en 2001 y los beneficiarios llegaron a un pico de 2 millones en 2003. Pero hacia 2005 la cifra de beneficiarios se había reducido un 40%. En ese tiempo la tasa de desempleo nacional cayó del 21% al 8%.

Además de todo eso, la lista de personas que reúne los requisitos de otros programas de la red asistencial como Medicaid, SNAP, ayudas de vivienda y demás también se encogería. Encontraríamos  menos males sociales derivados del desempleo —crimen, población penitenciaria, salud mental, drogodependencias, etc.— reduciendo el gasto aún más. Estimaciones groseras de Darity, Tcherneva y otros economistas sugieren que al menos una cuarta parte del presupuesto anual de la garantía de empleo se compensaría con otras reducciones, quizás incluso más.

En adelante, cada recesión del sector privado hincharía las cohortes de los beneficiarios de la garantía de empleo de nuevo, pero nunca tanto. Actualmente, las recesiones se retroalimentan: la gente pierde su empleo, su consumo cae, así más gente pierde su empleo, hasta que la recesión toca fondo. Pero el empleo a través de la garantía de empleo está limitado solo por la imaginación y la creatividad humanas. Una recesión solo es el colapso en la capacidad del sector privado de emplear a todos de acuerdo a las prioridades de los capitalistas. 

Así que las recesiones arrojarían a los trabajadores al trabajo alternativo de la garantía de empleo, con el suelo salarial asociado. Las recesiones serían más pandas y las recuperaciones más rápidas, de nuevo encogiendo las nóminas de la garantía de empleo. Nos ahorraríamos la ruina humana y social que acompaña las oleadas de desempleo masivo. Prevenir el desempleo masivo se demostraría harto más barato que eliminarlo una vez consolidado. Siempre habrá enfermos a los que cuidar, ciudadanos que educar y vecindarios por embellecer.

Una posibilidad aún más sugerente es que la garantía de empleo eliminaría la necesidad de que la Fed ajustara los tipos de interés.

Funcionaría así: actualmente los funcionarios de la Fed operan bajo la creencia de que es necesario una cantidad de desempleo para controlar la inflación. A medida que sube el poder adquisitivo de los trabajadores se desencadena una carrera armamentista en las empresas. Los trabajadores exigen mayores remuneraciones, los capitalistas tratan de conservar su margen subiendo los precios, entonces los trabajadores exigen salarios más elevados ante el incremento del coste de la vida. Friéguese, aclárese y repítase. El resultado es una espiral de salarios-precios que produce mayor inflación.

La Fed interviene con una elevación de los tipos de interés que comprime el crédito y fuerza a las empresas a frenar su expansión o reducir su tamaño. Esto detiene la carrera armamentista destruyendo empleos. Pero de nuevo se deja que los capitalistas decidan a quiénes eliminan antes del empleo.

Hay un elemento de política de tierra quemada en esta práctica, ya que permitir que la inflación continúe también destruye empleos al causar el desbarajuste de la señales de precios. Reiteramos: con una garantía de empleo una coyuntura negativa simplemente desplazaría trabajadores hacia el salario y tasa de compensación fijos, que no entran en la guerra de pujas. 

Esto pondría fin a la guerra armamentística sin expulsar personas al desempleo y la destrucción humana asociada. Así la garantía de empleo también podría estabilizar los vaivenes de la inflación. (Sería complicado si el salario de la garantía de empleo estuviera indexado a la inflación pero no indexar provocaría batallas legislativas periódicas para subirlo).

El trabajo

¿Qué hay de los empleos? ¿Qué tipo de trabajo harían estas personas? Tcherneva prioriza trabajo que no sea intensivo en capital, que raramente requiera habilidades especializadas y que atienda necesidades continuadas de atención, restauración, conservación, etc. Algunos pensadores progresistas sobre políticas se refieren a ellas como “infraestructura humana”. 

Ejemplos actuales en funcionamiento incluyen la conservación ecológica y la revitalización de parques públicos en el Valle del Río Hudson, donde se crean huertos urbanos y mercados locales para combatir el problema de los desiertos alimentarios o la restauración de edificios históricos en Newburgh, Nueva York. 

En Argentina las comunidades locales utilizaron el programa Jefes para crear carnicerías, panaderías, talleres de ropa y juguetes, tiendas de alimentos, albergues para personas sin hogar y víctimas de violencia doméstica, centros de reciclado, huertos urbanos, comedores sociales y más. Además de proyectos de infraestructura, el programa de trabajo del New Deal encargó representaciones teatrales, esculturas y murales.

Ciertamente, el programa también podría incluir infraestructuras y obras públicas tradicionales. Pero estos son proyectos cerrados con una fecha de entrega y su necesidad puede no estar alineada con la coyuntura. En cambio siempre habrá niños y ancianos a los que cuidar, enfermos a los que atender, ciudadanos por educar, ciudades que limpiar, vecindarios que embellecer y parques por arreglar. Este trabajo sería el núcleo de los planes de empleo público. 

Estos programas de empleo público siempre han llevado el sambenito de “ocupaciones sin contenido” — la idea de que se paga a la gente para que haga cosas inútiles para la sociedad--. Pero ésta es una preocupación anticuada en un mundo en el que los empleadores privados contratan a gente para crear una variedad infinita de aromas de patatas fritas y apps de mensajería que solo dicen “¡tronco!”. 

El antropólogo David Graeber incluso ha acuñado el término “trabajos de mierda” para referirse al trabajo de oficina, financiero y administrativo, frecuentemente bien pagado, que realiza gente “convencida de que sus empleos carecen de sentido”. A muchos se nos pone a trabajar a conveniencia de los capitalistas, de acuerdo con lo que encuentran rentable. De allí tanto papeleo.

En los temores a las “ocupaciones sin contenido” subyace el sobreentendido de que lo rentable —v.g., lo que desean los accionistas— es el único determinante posible del valor. Así pues los partidarios de la garantía de empleo no deberían rehuir el combate y obligar a sus oponentes y críticos a argumentar la reductio ad absurdum.

Toda utilidad es irreductiblemente subjetiva. Los seres humanos deciden por si mismos lo que es el valor económico, dialogando entre ellos. La competencia del capitalismo, las señales de precios y la motivación del beneficio son una forma de sostener estas conversaciones y en muchas ocasiones es adecuada. 

Pero un aspecto de la garantía de empleo es aportar una vía alternativa: ensanchar el espacio político para la democracia local y el diálogo sobre la determinación del valor y luego usar la herramienta pública del Gobierno federal para producirlo. Al fin y al cabo nadie audita las bibliotecas públicas para ver si los mercados privados las gestionarían mejor —simplemente acordamos, como sociedad, que compensa tenerlas--.

Problemas como la corrupción y el soborno serán inevitables y la mejor prevención siempre será un saludable control institucional y la autorregulación. Pero ya en 2005 las denuncias de mala gestión, derroche o corrupción en el programa Jefes de Argentina eran escasas. En 1937, una evaluación de los programas de trabajo del New Deal evaluó la calidad del 40% de estos como “excelente” y solo el 9% como “inferior”.

Por supuesto una garantía de empleo establecida en $ 25.000 e incentivos eliminaría de un plumazo buena parte del empleo privado mal retribuido. Ningún empleador pujaría a la baja ya que la gente podría “votar con los pies” y acogerse a (o proponer) una garantía de empleo si lo quisiera. Pero ningún negocio tiene el derecho a existir, cualesquiera que sean las condiciones en las que emplea. Al igual que el salario mínimo, la finalidad del suelo salarial de la garantía de empleo es eliminar el empleo privado mal pagado. Pero, a diferencia del salario mínimo, no conlleva ningún riesgo de aumentar el desempleo.

Sin duda el aspecto del empleo y de nuestro estilo de vida cambiarían. Habría seguramente muchos menos empleos de comida rápida y de servicios con sueldos bajos y menos conductores de Uber. Todos tendríamos que cocinar más, conducir menos y realizar más tareas domésticas (hasta que lleguen los robots). ¿Pero sería eso tan negativo?

Llegó la hora de una garantía

Desde la izquierda se plantea una objeción diferente: que la garantía de empleo hace una concesión excesiva a la idealización conservadora del trabajo dignificante. Estos críticos suelen argumentar con la Renta Básica Universal (RBU), otra idea política ambiciosa que daría a cada americano una subvención mensual incondicionada. Ambas han sido presentadas a veces como excluyentes.
No es cierto; ambas propuestas son complementarias.

La RBU facilita a cada trabajador la opción de salir del mercado de trabajo y por tanto incrementaría también su poder de negociación. Pero este efecto es pasivo. La fortaleza de la garantía de empleo es que entrega a los americanos un control directo sobre infraestructura social de creación de empleos.
En cierto modo, el programa podría ser el mayor paladín del Estado de bienestar. Sometería por fin la idea de que el desempleo es frívolo o voluntario al ensayo definitivo. 

En adelante nadie podría suponer que el desempleo es una elección por el simple hecho de que existe sin tener nunca en cuenta la oferta de empleo. Tampoco podrían los políticos meterse en vericuetos tratando de “arreglar” a los desempleados —ya sea mediante formación, mejores hábitos y valores o simplemente reubicándolos— para satisfacer mejor  las exigencias de los capitalistas.

Al hacerlo, la garantía de empleo dejaría patente que mucha gente tiene buenas razones para no participar en la fuerza de trabajo. Quizás se hayan jubilado, o estén criando a sus niños o yendo a la escuela o cuidando de un familiar enfermo. Aunque no son solo un mecanismo de suministro de ingresos, es cierto que los empleos desempeñan esta función. Pero no pueden ni deben ser el único mecanismo para todos. Que no hayamos conseguido tapar todos los agujeros en el “sistema de provisión de ingresos” de nuestra sociedad es la fuerza motriz que mantiene incólumes las tasas de pobreza americanas, en especial en la infancia.

Ya no podríamos asumir que el desempleo es voluntario solo porque existe, sin tomar en cuenta la oferta de empleo.

Sí, la retórica política americana está permeada de la idea de que los individuos tienen una obligación moral de trabajar, y esto se utiliza a veces de forma nauseabunda. Pero no yerra el tiro del todo: para que la RBU pueda adquirir algo antes alguien tiene trabajar en la producción de esos bienes y servicios. Tal como demuestran los efectos del desempleo en el bienestar físico y mental de los individuos, la inmensa mayoría de las personas realmente se siente mejor cuando contribuye al proyecto social de algún modo. Uno de los aspectos más reseñables del programa Jefes fue el número de mujeres que se apuntaron. 

Al ofrecerles la oportunidad de participar en sus comunidades y economías locales y no limitarse a realizar tareas del hogar, estas mujeres declararon cambios sorprendentes en su autoestima. —como si les hubiesen “crecido alas”--. De hecho el pánico político por la veloz transformación en las normas de género parece haber influido en la decisión del Gobierno argentino de matar el programa —y sustituirlo (para mujeres al menos) con un cheque al estilo de la RBU.

La cuestión crítica que debe recordarse es que en el interés de los capitalistas está no ofrecer nunca empleos suficientes y mantener a un gran número de empleados en un estado de precariedad permanente. Este es el anzuelo y el interruptor en el corazón del hábito derechista de “incentivar” a la gente para que trabaje, ya recortando las ayudas públicas, ya avergonzándolos. 

Que el desempleo realmente causa estragos en el bienestar humano otorga a esta postura un cierto barniz de beneficencia plausible. Pero el trabajo que aguarda a esta gente solo se ofrece en los términos de los capitalistas; más que dignificar, suele explotar y degradar y nunca hay suficiente para todos.

Como observó el economista polaco Michal Kalecki, la cuestión de fondo es que el pleno empleo arrebata el poder a los dueños de las empresas y a la clase propietaria del capital. En eso consiste realmente la preocupación de que el trabajo garantizado desplace al empleo privado o provea meras “ocupaciones sin contenido”. Con pleno empleo, los capitalistas pierden su capacidad de deprimir los salarios de los trabajadores y deberán ceder parte de sus beneficios. 

Pero más que eso, cuando se trata de llevar negocios que presuntamente les “pertenecen” los capitalistas se ven obligados a negociar con y plegarse a la voluntad de sus trabajadores “subordinados”. Su posición como semidioses de la economía —otorgando empleo cuando se les aplaca y quitándolo cuando se les enoja— se deshace. Los capitalistas no quieren recesiones, claro, pues sus rentas y tenencia de riqueza también sufren. Pero tampoco quieren una economía que marche a toda máquina. Su solución, como la describe John Maynard Keynes, ha sido “prohibir los auges y así mantenernos en una cuasi depresión permanente”. Quizás les suena esto.

Retando a este régimen económico, la garantía de empleo afirma que, si bien los individuos tienen una obligación moral de trabajar, la sociedad y los empleadores también tienen otra recíproca de proveer empleos buenos y dignos para todos. Haría por fin realidad el ideal, enunciado en la Declaración de Derechos Económicos de Franklin Delano Roosevelt de que todo americano tiene “el derecho a un trabajo útil y bien retribuido”. No una ayuda paternalista ni un tipo de tributo a una virtud aristocrática, sino un derecho que puede ser exigido y ejercido. Como demuestra la historia de la era de los derechos civiles y la lucha por el sufragio, los derechos constituyen el fundamento para la organización política de masas y para las demandas de inclusión e igualdad.

Una garantía de empleo no solo redefiniría el orden económico de América. Se puede argüir que también redefiniría el ordenamiento político y moral del país."             (Jeff Spross (SPRING), CTXT, 19/04/17)

26/7/17

una Renta Básica entendida como una renta mínima que pueda servir como complemento que garantice la paz social en el proceso de desmantelamiento de lo público... una variante del 'pan y circo'

"(...) El modelo de Renta Básica de los iguales, por ejemplo, constituye una plataforma que aúna, al tiempo, la posibilidad de garantizar la subsistencia en régimen de mínima dignidad material para el conjunto de sociedad, con incentivos para la transformación social de tipo progresista, favoreciendo el reparto de la riqueza y la liberación de los flujos de energía del proletariado de las necesidades de la economía capitalista, permitiendo potencialmente a sus perceptores recuperar su tiempo de vida y reordenar su marco de necesidades y de deseos fuera del universo de la mercantilización de la vida humana.

Pero no tiremos las campanas al vuelo: el proceso de recuperación, por parte del Capital, de las propuestas de Renta Básica, avanza también a toda máquina.

 Los proyectos que nos rodean y el sentido común de los medios mainstream apuestan ya por una Renta Básica entendida estrechamente como una renta mínima fuertemente condicionada que, en un contexto de precariedad laboral creciente y degradación de los servicios públicos sin alternativa comunitaria, pueda servir como complemento que garantice la paz social en el proceso de desmantelamiento de lo público y de mercantilización de las necesidades humanas esenciales.

 Una renta mínima insuficiente, siempre en cuestión y combinada con la pulsión al pago por todas necesidades básicas, como la educación o la jubilación, que garantice que las barriadas no exploten sin permitir el avance salarial, por su exigüidad, ni la liberación del tiempo proletario.(...)

 Porque, al final, lo que puede ser una magnifica herramienta para el día de hoy no debe hacernos olvidar que el problema es más profundo: es el capitalismo, y no sólo el reparto de parte de la riqueza expropiada por los capitalistas.

 Para solucionar el problema de fondo, pues, se imponen soluciones más profundas y globales: iniciar el proceso de salida del capitalismo histórico con una dinámica de avance sobre la producción, y no sólo sobre la distribución. Autogestión y socialización de la economía, y gestión comunal-comunitaria de los servicios básicos y comunes, superando al mercado privado y al estatismo estrecho. (...)

La Renta Básica puede liberar tiempos y energías para ello, combinada con la construcción popular, inaugurando un nuevo equilibrio más favorable en el campo de batalla entre clases, o ser un nuevo obstáculo, en la versión que empieza a pergeñar la oligarquía, como versión postmoderna, cicatera y condicionada, del “pan y circo” romano para las zonas centrales del sistema.  (...)"           (José Luis Carretero Miramar., Kaos en la red, 11/07/17)

21/7/17

El nuevo modelo de partido político se dirige hacia una política de plataforma y experiencias de un ecosistema de democracia abierta

"El debate sobre qué modelo de partido, para qué tipo de política y qué tipo de compromiso político está en auge. (...) 

Existe, también, la intuición de que la política debe ensayar el injerto de culturas, formatos, prácticas y ambientes del emprendimiento innovador para revitalizar la praxis política. El grado de audacia, libertad intelectual y espíritu abierto determinará si estos injertos son periféricos o pueden constituir un camino para la renovación de los partidos. 

El concepto economía o conocimiento de plataforma, por ejemplo, es una pista interesante para imaginar una derivada hacia una política de plataforma y experiencias de un ecosistema de democracia abierta. Veamos algunas pistas.

1. Los laboratorios de creatividad. Hay un enorme deseo político por aprender compartiendo y haciendo. La demanda de protagonismo activo por parte de los activistas les convierte en grandes aprendices, en exploradores de ideas y de prácticas. La tecnopolítica permite, además, profundizar el enorme caudal de energía y de conocimiento disponible.

 Los temas son diversos y actúan como kit o caja de herramientas, como proyectos para el bricolaje político: desde los mapeos a los talleres de visualización o de memes. No hay límite para aprender haciendo y compartiendo. 

2. Incubadoras de emprendimiento social. Impulsa es una de las experiencias más sugerentes del entorno de Podemos. “El programa nace con el fin de constituirse como una herramienta que permita el desarrollo de proyectos innovadores con proyección social”, afirman sus promotores. 

Impulsa se financia gracias al excedente de los cargos públicos electos de Podemos quienes entienden que hacer política debe ser un servicio para la sociedad y asumen el compromiso de tener un límite salarial de tres salarios mínimos interprofesionales. 

Esta iniciativa se concibe como algo más que un fondo económico: como una comunidad de financiación que busca y promueve el desarrollo de economías de proximidad y de cooperación

3. Plataformas de intercambio. Tech for Campaigns es, por ejemplo, una comunidad que conecta a personas con conocimientos tecnológicos y activistas de campañas políticas que necesitan voluntarios. Un nodo de oferta y demanda cívicas que no para de crecer ofreciendo soluciones gratuitas a las causas glocales

Una internacional del conocimiento y del activismo político que promueve la ayuda y el aprendizaje compartidos con una calidad extraordinaria. La plataforma conecta campañas electorales de bajo presupuesto con expertos digitales que buscan una salida para su conocimiento, y para aquellos que trabajan pro bono.

  “Es un hábil motor de voluntarios para la izquierda”, afirma Jessica Alter, una veterana tecnopolítica que, junto a Peter Kazanjy e Ian Ferguson, lanzaron este servicio global.

4. Talleres de prototipado. En los próximos días finaliza el plazo de la segunda convocatoria Inteligencia Colectiva para la Democracia. Un proyecto promovido por Medialab-Prado Madrid. Durante un período de quince días en noviembre, hasta 10 equipos multidisciplinarios crearán prototipos para activar la inteligencia colectiva, mejorar la democracia y el compromiso ciudadano. 

“Queremos reinventar la participación democrática. Queremos actuar en lo local, pero conectados globalmente”, afirman. Estas iniciativas, entre otras, demuestran que la innovación tecnológica y organizativa es posible también con retos sociales y políticos.

Un elemento clave para la puesta en marcha de cualquier modelo ‘plataforma’ es la desintermediación y el poder de los grassroots. Una plataforma tecnológica adaptada, con un buen sistema de deliberación y decisión, puede facilitar la adopción o la transición hacia modelos abiertos de participación y activismo político que puedan injertarse e hibridarse con organizaciones políticas ya existentes, o ser el germen de las comunidades de soporte a nuevas organizaciones políticas.

Siguiendo el modelo de definición conceptual de Platform Design Toolkit, por ejemplo, hay ya muchos partidos o proyectos políticos que exploran, de manera muy diferente y desigual, elementos ‘plataforma’ en sus prácticas: Partido Pirata, Partido de Internet, Democracia líquida, Partido de la Red, Podemos, entre muchas otras experiencias. 

Posiblemente, los cambios que se proponen no sean suficientes para recuperar la confianza inmediata de la ciudadanía y, en especial, de los millennials. Pero suponen oportunidades para otro modelo de partido y, quizá, para otra política.

 Joan Subirats, en este mismo medio, en un importante artículo titulado ¿Movimientos o partidos? ¿Activismo o militancia?, aseguraba que “lo que se detecta es la traslación hacia el interior de las organizaciones de muchas de las variables que caracterizan la nueva época”.  (...)"             (Antoni Gutiérrez-Rubí. Asesor de comunicación, CTXT, 12/07/17)

20/7/17

Alberto Garzón: respuesta a Pau Llonch. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista el 1-0? Sencillamente, no puede... el marco constituido por sus promotores hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. El proceso carece de las garantías suficientes

"Recientemente, el compañero Pau Llonch, militante de las CUP y miembro del Seminari de Economía Crítica Taifa, ha escrito una misiva pública dirigida a mi persona con objeto de debatir la llamada cuestión catalana. 

El origen de la disputa pública se encuentra en el posicionamiento público de IU de no participar en el referéndum que tendrá lugar el 1 de Octubre, algo que Pau Llonch considera una «colosal decepción». Procedo a valorar sus argumentos.

En primer lugar, sobre las citas de autoridad.  

En el marco de la discusión original en redes, Llonch me citó una posición de Lenin sobre el derecho de autodeterminación que, de aceptarse tal cual, pondría de manifiesto que aquellas personas pertenecientes a la escuela marxista tendrían que apoyar los deseos de independencia de cualquier pueblo. 

Eso sería así siempre que se cumplieran dos precondiciones: que existiera tal cosa como una escuela marxista, homogénea y atemporal, y que la interpretación de Lenin fuera la canónica. En mi caso, siempre he sido renuente a leer a los clásicos como si fueran portadores de la verdad y a sus textos como si fueran escrituras sagradas. 

De ahí que recurriera, paradójicamente, a la definición de marxismo que hizo el propio Lenin: «análisis concreto de la realidad concreta». Sobre esta cuestión mi opinión es coincidente con la de uno de los mejores marxistas que hemos tenido, Francisco Fernández Buey, quien recomendó leer a los clásicos no a la búsqueda de la cita interesada sino como inspiradores de una plural y heterogénea tradición política, siempre abierta al contexto y al momento histórico. 

De lo contrario corremos el riesgo de interpretar la cita de Marx que encabeza el artículo de Llonch, así como su posición sobre Escocia o Irlanda, como si no estuviera inscrita en un singular contexto histórico. Y la realidad es que nuestros clásicos también tenían contradicciones.

 ¿Quién no recuerda la posición de Marx sobre la brutal colonización de la India por Inglaterra, país este último al que otorgó nada más y nada menos que la definición de «instrumento inconsciente de la historia»? 

Nuestro querido viejo Engels justificó también la «guerra de conquista» llevada a cabo por los estadounidenses contra los mexicanos preguntándose retóricamente si acaso era «una desgracia que la soberbia California sea arrebatada a los holgazanes mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?». Y qué decir de la II Internacional, internacionalista de boquilla en términos europeos y colonialista a tiempos iguales, y que en su V Congreso reconoció «el derecho de los habitantes de los países civilizados a establecerse en países cuya población se halla en estadios inferiores de desarrollo». 

En suma, mejor el análisis concreto de la situación concreta que la lectura escolástica del marxismo.

En segundo lugar, sobre el método. 

Llonch acusa a mi análisis de quedarse en la abstracción, a diferencia del suyo que estaría interpelando a realidades concretas. En breve, lo que él arguye es que yo defiendo el no a la independencia a partir de un hilo deductivo que excluye el detalle, algo que determina fatalmente el resultado. 

Por ejemplo, yo estaría hablando de la burguesía pero sin profundizar en sus divisiones. Pero esta es una percepción errónea de mi forma de trabajar. No en vano, ambos –y todos- utilizamos categorías abstractas (clase, nación, partido, burguesía, independencia…) que se construyen inspiradas por una determinada concepción del mundo, que además, dicho sea de paso, en este caso es prima hermana la una de la otra.

 Lo que cambia es el peso explicativo que se otorgan a las diferentes categorías y la forma de articularse entre ellas. Llonch no habla de realidades más concretas sino que articula de forma diferente sus categorías abstractas. Otra cosa es, y me temo que aquí está la confusión, que él otorgue a la estrategia independentista una esperanza materializable más a corto plazo, en comparación que cualquier otra. 

En efecto, él llega a decir que la estrategia independentista es una «potencialidad concreta» mientras que la nuestra, teóricamente, es una «alternativa abstracta». Esto es una hipótesis legítima pero no tiene nada que ver con el método analítico. En definitiva, no se trata de que mis análisis sean más abstractos y los de Llonch no lo sean; se trata de que nuestras perspectivas e instrumentos de análisis difieren, y con ello las conclusiones políticas.

En tercer lugar, hablemos de la categoría nación. 

Como materialista no dogmático que soy, parto de la base de que las naciones son construcciones sociales. O, como explica el historiador marxista Benedict Anderson, son comunidades imaginadas. Ser español, ser catalán o ser francés es parte del ámbito de las creencias, las cuales se crean y desarrollan históricamente. 

Circunstancias externas históricas y contingentes y desarrollos personales vitales están implicados en la consolidación o destrucción de esas mismas creencias. Pero sobre las creencias no se hace ciencia, sino política. Por lo tanto yo no discuto a quien se siente catalán o español sobre la base del sentido objetivo que eso tendría, sino sobre su capacidad de mediación respecto a los objetivos, sean éstos el socialismo o la simple mejora de las condiciones de vida. Por eso es absurdo meter a todos los nacionalismos en el mismo saco. 

El nacionalismo imperialista de la Alemania de 1914 o el nacionalcatolicismo de la España franquista son incomparables con el nacionalismo de liberación nacional de los pueblos latinoamericanos o el de las luchas anticoloniales de mediados del siglo pasado. De este argumento podemos obtener una primera conclusión: el derecho de autodeterminación no es un fin en sí mismo. Ser independentista, a mi juicio, tampoco. Depende de la realidad concreta.

En cuarto lugar, los pueblos también son construcciones sociales.  

Esto quiere decir que su reconocimiento como existencia es un acto político. Un acto que ha de estar fundamentado. Yo, por ejemplo, reconozco al pueblo catalán. Un pueblo con instituciones propias –lengua, cultura, normas, etc.- cuyas raíces que se encuentran, por cierto, más allá de 1713; y si no, que le hubieran preguntado a Felipe IV a mitad del siglo XVII. 

El pueblo catalán se ha ido construyendo a partir de, como decía, trayectorias históricas. Sin duda, el hecho de que en España gobernara durante tanto tiempo la dinastía de los Austrias y no la de los Borbones influyó de forma notoria en el desarrollo del pueblo catalán. Pero en este punto cabe recordar que la burguesía es responsable de construir el Estado, pero no de construir los pueblos. 

Hay un pueblo catalán de los de abajo y hay un pueblo catalán de los de arriba; hay un pueblo que se referencia más en la semana trágica de 1909 o en la defensa de Barcelona durante la guerra civil que en el espíritu de Francisco Cambó, por ejemplo.

En quinto lugar, el reconocimiento del derecho de autodeterminación es un principio básico para los marxistas. 

Como decía Manuel Sacristán, «ningún problema nacional tiene solución si no parte de una situación de autodeterminación». Aunque los pueblos y naciones sean construcciones sociales, operan en la realidad como si fueran entes objetivos y en consecuencia sus actividades producen efectos reales. Cuando los pueblos entran en conflicto entre sí, cualesquiera que sean las causas, la única vía de resolución habría de ser el diálogo y la negociación. 

Otorgando la misma condición abstracta a nacionalismo español y nacionalismo catalán, no cabe tomar partido de antemano por ninguno de los dos. He aquí la vena libertaria que subyace a todo planteamiento que conduce a la expresión «los proletarios no tienen patria». 

Cabe, por el contrario, ser conscientes de que es posible abrir cauces institucionales para resolver el conflicto real. El mejor cauce institucional es el reconocimiento del derecho de autodeterminación, lo que implica que cualquier proceso de diálogo entre pueblos –obsérvese que hablo de pueblos, y no de Rajoy- ha de incorporar ese mecanismo específico.

En sexto lugar, es compatible la defensa del derecho de autodeterminación con la defensa de un modelo federal. 

Dado que el derecho a autodeterminación no está fundado en la creencia de que un pueblo cualquiera ha de ser independiente, sino en principios democráticos y prácticos como los precedentes, es compatible con defender un Estado federal. Esto no es otra cosa que defender la convivencia entre los pueblos en el marco de unas instituciones comunes, idealmente fundadas en principios de fraternidad y autogobierno.

 Esa fraternidad, como explica de forma genial Antoni Domenech, procede de la tradición republicano-socialista y es la que inspira, entre otras cosas, el internacionalismo. Un Estado federal que reconozca a los pueblos y naciones de España y que no los enfrente, es una aspiración hermosa. Y también posible.

En séptimo lugar, ¿es posible no ser independentista antes?

 Lo que plantea Llonch es que dada la realidad de un Estado autoritario en España, es imposible ser federalista sin ser antes independentista. Algo así como: me gustaría ser federalista pero no me dejan. Este argumento tiene una parte de verdad, y es la que se refiere al carácter obcecado y autoritario del Estado español y de sus dos principales partidos, PP y PSOE. 

Su posición política ha cercenado las posibilidades de habilitar, hasta ahora, cauces institucionales adecuados –como el referéndum. Pero el crecimiento del voto independentista en los últimos años no obedece únicamente a esta causa. Hay, de forma notable, una canalización populista de la frustración popular ante la crisis y el capitalismo. 

Dicho de otra forma: la independencia ha sido presentada también no como el derecho democrático del pueblo catalán sino como la solución a males económicos y sociales padecidos individualmente. La derecha catalana fue la primera en ver que las banderas son cobijos interesantes en tiempos de crisis. 

Aunque ahora no se destile el corpus argumental del «España nos roba» -cómo iba a hacerlo, con argumento tan necio-, hay sin duda un trasfondo económico, espoleado por la propia derecha catalana, que entiende como lastre la mera existencia de nexos con zonas menos desarrolladas del Estado. Aun así, la cuestión sigue vigente: ¿es posible ser federalista en Cataluña? A tenor de la pregunta del 1-O, desde luego que no. 

Esto es llamativo, pues de hecho es una diferencia con el 9-N. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista, española o catalana, el 1 de octubre? Sencillamente, no puede. Dicho de otra forma: el marco constituido por los promotores del 1-O hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. En suma, el proceso carece de las garantías suficientes.

 En octavo lugar, las garantías van más allá de la legalidad. 

Cuando decimos que el proceso no tiene garantías no nos referimos a su legalidad, cómo si acaso nos pareciera prioritario el respeto al Régimen del 78, sino a su utilidad como mecanismo de resolución del conflicto. 

No es sólo que la opción federalista esté neutralizada, cosa destacable, sino que además en tanto que el proceso ha sido dirigido más como arma política que como instrumento para canalizar el conflicto, no da la sensación de que pueda contribuir a solucionar nada. Las disputas en el seno del Govern, vinculadas al cómo hacer el referéndum, parece abundar en esta idea: pocos se creen que esto vaya a ser útil. En todo caso es una demostración de fuerza, legítima, pero inservible.

 La garantía consiste en que cuando el pueblo catalán sea consultado, éste pueda expresar de forma clara y nítida, y tras un debate serio y riguroso, su opinión. El derecho de autodeterminación es clarificador, en efecto, y por eso lo defendemos. 

Pero para que pueda ejercerse con garantías no puede ser como el propuesto el 1-O. Aquellas personas que, compartiendo mis tesis, quieran votar por la ruptura con el Régimen del 78 sin votar por la independencia tienen que tener su espacio propio; y eso no sucede actualmente.

 En noveno lugar, no es buena idea subestimar la fuerza de la burguesía catalana. 

Es verdad que una parte considerable de la burguesía catalana no parece apoyar la independencia, y es verdad que las tensiones han llegado a la antigua Convergencia y al nuevo PDCat. Pero se me hace difícil asumir que la burguesía catalana es tan torpe y mala que ha regalado a las fuerzas subalternas catalanas el control del proceso. Llonch nos recuerda cómo 1.515 militantes de las CUP consiguieron tumbar a Mas y quitarle de la primera fila en diciembre de 2015. 

Pero se olvida recordar que otros 1.515 militantes votaron a favor de la investidura de Mas, de tal modo que priorizaron la cuestión nacional a la de clase de una forma bastante significativa. Mi admirado Antonio Baños dimitió por la misma razón, porque él era partidario de mantener al líder de la derecha al timón. Y qué decir de ERC, que lleva varios años soportando –de apoyar- un Gobierno catalán al que las clases populares catalanas tienen que soportar –de sufrir.

Y es que, entre una cosa y otra, llevamos al menos cinco años viendo como la elite catalana sigue gobernando realmente Cataluña. Honestamente, con esta hoja de ruta no sé muy bien quién controla a quién. Por cierto, que haya una correlación de fuerzas que permita aprobar leyes antidesahucios, por ejemplo, es muy positivo. 

Pero no veo de qué manera eso justifica el independentismo. También hubo una ley antidesahucios en Navarra y en Andalucía y en todos los casos el Régimen del 78, Tribunal Constitucional mediante, las tumbó. A mí esto me invita a pensar más en el enemigo común que en la independencia de una parte.

 En décimo lugar, ¿es el referéndum la mejor manera de romper con el Régimen? 

Eso parece insinuar Llonch y otras muchas personas, también en la izquierda española. A veces parte de esta argumentación se basa en alguna formulación del «cuanto peor, mejor», que yo no comparto. 

El problema es que, para empezar, incluso asumiendo que es la mejor manera de romper con el Régimen (cosa que no creo, pues el Régimen se constituye para defender un modo de producción y una estructura de poder que no tiene por qué alterarse por la mera existencia de más Estados), no es nuestra forma.

 Es decir, no controlamos ninguno de los parámetros de esa ruptura. Podría pasar cualquier cosa y no hay nada decidido de antemano. ¿Conseguirían las compañeras de la CUP gobernar un escenario post-independencia o sería la derecha catalana la que lo dirigiría? ¿Relanzaría a las fuerzas de ruptura en el resto del Estado o las llevaría a un repliegue fomentado por el reforzamiento del nacionalismo español? La cita de Brecht con la que abro esta respuesta no es casual. 

 Estoy convencido de que el nacionalismo español ha creado miles de nacionalistas catalanes. Pero a menudo se nos olvida que también existe un pueblo español y que el nacionalismo catalán crea tantos otros nacionalistas españoles. 

Y encerrados en este dilema nos llegan los ecos de aquel fatídico 1914 en el que la socialdemocracia alemana y francesa, entre otras, traicionaron a su clase para defender a su nación; y lo hicieron enfrentando a los pueblos y a su propia clase. Yo prefiero pensar, en suma, en fórmulas que nos permitan hablar de ruptura democrática y social y en la que los de abajo de nuestros pueblos respectivos podamos cooperar.

Hay algo más con lo que me gustaría terminar. El capitalismo lanza a las clases populares a competir unas con otras tanto en la esfera productiva como en otros espacios. Competimos por puestos de trabajo, por el acceso a los servicios, por el estatus social… Nuestros clásicos (Marx, Engels, Luxemburgo, Lenin, Gramsci…) sabían muy bien esto y entendieron que la clase social parte de un hecho objetivo –el lugar que se ocupa en la producción- pero que se construye también socialmente. Por eso se llamó «formación de clase» a los procesos de constitución de organizaciones tales como partidos, sindicatos, etc.

 Cuando nos organizamos hacemos algo más que coordinarnos: declaramos lo que tenemos en común frente a un sistema que nos divide. Así se construye un «nosotras» que evita una «guerra entre pobres», que es la situación normal en este sistema capitalista. «Proletarios del mundo, uníos» o «Hermanos proletarios, uníos» no sólo fueron consignas coyunturales de enorme dignidad, sino que expresaban el universal de una situación específica, la de los desposeídos y de la parte sufriente de la humanidad, como decía Fernández Buey, que lucha por emanciparse del reino de la necesidad… en todas partes del mundo. 

Este es mi enfoque, que parte de lo abstracto en su exposición y que cristaliza con análisis concretos. El de esta cuestión, es bien claro: derecho de autodeterminación y república federal. Y, también, socialismo apátrida.

Salud y República,

Alberto Garzón"