24/3/17

La única alternativa posible: que el Estado garantice el empleo de todos los ciudadanos

"Randall Wray habla sobre política monetaria con la convicción y la urgencia del hereje que se sabe en posesión de una verdad poderosa. El economista es una de las figuras destacadas del movimiento de la teoría monetaria moderna, o modern money theory, que rompe con el análisis ortodoxo sobre la creación del dinero y propone políticas para el pleno empleo. (...)

Wray repasa los elementos clave de la teoría monetaria moderna, critica la renta básica, la unión monetaria europea y propone su alternativa: que el Estado garantice el empleo de todos los ciudadanos. 

¿En qué consiste, brevemente, la teoría monetaria moderna?

La modern money theory (MMT) parte del reconocimiento de que un gobierno soberano en realidad no es como una familia o una empresa. A menudo, oímos a políticos, e incluso economistas, decir que si alguien gestionase el dinero de su familia como el gobierno gestiona los presupuestos del Estado, terminaría en bancarrota.

 Por supuesto, eso es cierto, pero la analogía es completamente falsa, porque implica que un Estado, como una familia, puede quebrar si gasta continuamente más de lo que ingresa. Desde ese punto de partida, analizamos el porqué de la diferencia y sus consecuencias.

 La principal diferencia es que los Estados emiten su propia moneda, mientras que si una familia emite, por ejemplo, dólares estadounidenses, los está falsificando, y sus miembros irán a la cárcel. Es una prerrogativa del Estado. 

¿Qué consecuencias políticas tiene esa teoría, que va en contra del análisis económico ortodoxo?

En el momento más severo de la crisis, el Congreso de los Estados Unidos aprobó un estímulo fiscal de 800.000 millones de dólares en dos años. Esto amortiguó el declive económico, pero el país no se recuperó.

 El presidente Obama dijo, una y otra vez: “Nos gustaría hacer más, pero el Estado no tiene más dinero”. Eso es falso, lo supiera Obama o no. Si la opinión pública lo entendiera así, habría exigido al gobierno que hiciera más. Por fin, desde hace unos meses, estamos creando empleo a un ritmo razonable, en torno a 200.000 puestos de trabajo al mes. 

Pero no teníamos por qué haber pasado por un periodo tan largo de crecimiento escaso, sin apenas creación de empleo. Hemos perdido cientos de miles de millones de actividad productiva que no recuperaremos nunca.

 Las empresas no contrataban porque no vendían los suficiente. Si el gobierno hubiera hecho más, si hubiera creado más demanda para la actividad productiva o incluso creado puestos de trabajo, nos habríamos recuperado mucho antes.

Habla de “hacer más” y de crear demanda y empleo, pero, ¿de qué manera?

Hay medidas convencionales como la inversión en infraestructura. No creo que nadie esté en desacuerdo con que necesitamos invertir mucho más en ese frente. Nuestros puentes se desmoronan, toda nuestra infraestructura se cae a pedazos. Y cualquiera que haya ido a China y haya visto los trenes de alta velocidad y la nueva infraestructura que tienen allí sabe que no es solo cuestión de reparar lo que ya tenemos. 

Nos estamos quedando rezagados. En cuanto a las estrategias menos convencionales, recuperaría el programa de creación de empleo del New Deal de los años 30. El Estado contrataría directamente a los parados, que se encargarían de actividades en beneficio de la comunidad y el interés público, o proveería los salarios para que otros, bien sean ayuntamientos, organizaciones sociales u ONG, contraten. 

Esto aportaría a los desempleados trabajo, experiencia y cualificación. En EEUU, tenemos un problema no ya por el desempleo, que sigue siendo demasiado alto, incluso en torno al 5% actual, sino también por un grupo enorme de la población, tres o cuatro veces el número de desempleados, que ha dejado de buscar trabajo o se ve obligado a trabajar a tiempo parcial.

Se entiende que la gente que reciba esos sueldos financiados por el Estado tendrá que estar trabajando. ¿Por qué prefiere esa solución a una renta básica, independiente de la situación laboral de cada ciudadano?

La renta básica no aporta todo lo que aporta un trabajo. Un empleo beneficia a la comunidad, por lo que es mucho más popular desde el punto de vista político. Además, estamos hablando de producir en el interés general, para resolver las necesidades ciudadanas. 

Propone entonces que el Estado dirija esos recursos adonde estime más necesario para la sociedad en su conjunto.

Sí. El Estado tendría que planificar qué tipo de empleos incentiva o paga. Diría: “Necesitamos reparar estos puentes”, o: “Necesitamos más supervisión en los parques infantiles”, o más bien: “Necesitamos servicios de limpieza medioambiental”. 

El Estado haría una labor de planificación y contrataría a los trabajadores para esas actividades. O, si decide ceder la iniciativa a organizaciones de servicios comunitarios, haría falta un proceso de aprobación y evaluación.

Los partidarios de la renta básica señalan que muchos de los empleos que se generan con el sistema de empleo actual no son socialmente necesarios, mientras que gran parte del trabajo que se lleva a cabo en la sociedad no se considera empleo, ni está remunerado. ¿Cómo responde a esa doble crítica? 

Bueno, podemos ampliar aquello que consideramos empleo que justifica un salario. Digamos que valoramos los cuidados y entendemos que las personas que los practican deben tener remuneración. Podría ser su empleo. El problema de la renta básica es que tal y como funciona la economía capitalista, que es la que tenemos, el sistema de producción necesita del trabajo remunerado, y la mayoría de la gente tiene que participar de él. 

Podríamos ponernos quisquillosos y debatir sobre si alguien que se dedica a freír hamburguesas tiene un trabajo beneficioso para la sociedad: no creo que comer hamburguesas sea bueno, no es saludable y es malo para las vacas. Podríamos incluso decidir que hay que prohibir las hamburguesas. Pero hemos decidido permitir una cierta libertad de elección, y hay gente a la que le gusta comer hamburguesas, y alguien tendrá que freírlas hasta que los robots puedan hacerlo.

 Quizá las condiciones de trabajo no son buenas y el salario es demasiado bajo. Entonces, mejoremos las condiciones laborales y los salarios. La mejor manera de hacerlo es ofrecer una alternativa en forma de garantía de empleo, con trabajos útiles para la sociedad que tengan mejores condiciones laborales y salarios más altos que los de los freidores de hamburguesas. Eso obligará a que mejoren las condiciones y el salario de los ‘freidores’, o esos empleos desaparecerán. 

Los partidarios de la renta básica dirían que, para que los freidores de hamburguesas tengan la libertad de abandonar su trabajo, es necesario desligar el empleo del ingreso. 

¿Abandonarlo en lugar de qué? Seguiremos necesitando comer, y que la gente construya casas, y sistemas de transporte. Tenemos un sistema en el que, para obtener un nivel de vida mínimo, la gente necesita trabajar. Su fuente de ingresos es la producción de lo que deseamos. Lo que dicen es que, por arte de magia, lo que deseamos va a seguir produciéndose, por mucho que desliguemos el ingreso del sistema productivo. 

No tiene ningún sentido.  Creo que podemos permitirnos que cierta gente –los que no pueden trabajar o no deben hacerlo, porque tienen a menores a su cargo, por ejemplo— no participe en el sistema productivo y mantenga un buen nivel de vida. Pero la mayoría tiene que estar dentro del sistema productivo, o no tendremos nada que consumir. El otro problema es que no entienden lo importante que es el trabajo para la gente. 

He conocido a muchos defensores de la renta básica, y normalmente es gente que no es muy sociable, a la que no le gusta estar con los demás, ni trabajar. Se imaginan que todo el mundo es como ellos, pero la mayoría de la gente quiere contribuir a la sociedad. 

Les gusta poner de ejemplo trabajos que no parecen muy amenos, pero incluso esos llevan aparejados los beneficios de participar en la producción: la sensación de contribuir al bienestar social, las ventajas de formar parte de un grupo que te puede conectar con otras redes y ayudar a tener una vida exitosa y buena. La gente que trabaja vive mejor que la que no lo hace.

Ha hablado de la robotización. En 1930, Keynes predijo que la generación de sus nietos tendría jornadas de quince horas semanales. La productividad se ha disparado y las mujeres se han sumado, en masa, al mercado laboral. ¿Por qué no trabajamos quince horas a la semana?

Uno de los motivos es que los salarios son demasiado bajos, lo que obliga a la gente a trabajar más de lo que le gustaría, al tiempo que reduce el incentivo de reemplazar el trabajo humano por otras alternativas. Si los salarios fueran mucho más altos, veríamos ya robots freidores de hamburguesas. 

También creo que Keynes subestimó el poder de la publicidad. Pensaba que lo que la gente deseaba realmente sería socialmente deseable, pero la publicidad nos llevó en la dirección opuesta: nos hizo desear cosas que no son en absoluto deseables, que es la mayoría de lo que la gente compra. Como sociedad, hemos dejado ese asunto al mercado, y debiéramos hacer algo al respecto.

Por volver a las propuestas políticas de la teoría monetaria moderna. ¿Existe un riesgo de que fomenten la excesiva inflación? 

No. Están diseñadas para no hacerlo. La garantía estatal de empleo es un ‘estabilizador automático’. Cuando el sector privado empieza a contratar, el Estado se retira paulatinamente, así que el gasto se reduce. 

Opera con un salario fijo, que no hace que suban los precios, sino que impide que bajen. El salario nunca podría bajar por debajo de lo que paga el Estado en ese programa, por lo que es un verdadero salario mínimo. 

Además, cuando decimos que el Estado no puede agotar su propio dinero, no queremos decir que el Estado siempre tenga que gastar más de lo que gasta. Lo único que decimos es, olviden la analogía con una familia; cuando el Estado necesite gastar más, siempre puede hacerlo.

¿Qué se les escapa a quienes advierten del riesgo de inflación cuando se reclaman políticas expansivas?

Que todo gasto estatal lleva consigo la creación de dinero, porque genera un crédito de reservas bancarias equivalente a lo que se gasta. Si recibes un cheque de la pensión estatal, cuando lo depositas en tu banco, el banco lo ingresa en tu cuenta y se lo manda al banco central, que también lo ingresa.

 Cuando pagas los impuestos, se produce el fenómeno contrario: el gasto estatal siempre conlleva un aumento de reservas. El pago de impuestos las reduce. El Estado crea dinero de la nada, y lo usamos para pagar impuestos, devolviéndoselo al Estado.

Entonces, cuando los Estados entran en lo que llamamos ‘crisis de deuda soberana’…

¿Como Japón?

O como los países del euro. 

No, no, centrémonos por un momento en Japón. No tiene crisis de deuda. Su nivel de endeudamiento se acerca al 250% del PIB. Durante veinticinco años, ha rondado unos intereses del 0% y ha sufrido deflación, con los déficits presupuestarios más grandes del mundo. No hay crisis de deuda.   (...)

Ha dicho antes que los países que ceden su soberanía monetaria dejan de ser soberanos. Pero, ¿no está el resto de países subordinado a EEUU en materia monetaria, al ser el dólar la moneda de reserva mundial?

La medida en que se subordinan responde a decisiones políticas. Hay países que deciden tener un tipo de cambio fijo. Si quieres hacer eso, necesitas exportar, ¿y qué necesitas para exportar? Salarios bajos. Una demanda agregada baja. Mantener a tu población lo suficientemente pobre como para importar. Lo hacen voluntariamente. No tienen por qué hacerlo.

¿Cuál es la alternativa? 

Dejar que la cotización de la moneda fluctúe. Eso te da más margen de maniobra en política fiscal. Si decides vincular tu moneda al dólar, mantendrás un tipo de interés alto, perdiendo control sobre la política monetaria. Tu tipo de interés tiene que estar por encima del de los EEUU, para mantener una moneda fuerte.

 Si la dejas fluctuar, puedes mantener los tipos más bajos y depreciar la moneda. Con la política fiscal sucede lo mismo: no es necesario tener a gran parte de la población desempleada. Puedes perseguir una política de pleno empleo. La consecuencia puede ser que tu tipo de cambio sea más bajo. ¿Y qué problema acarrea eso?

 A tus élites les sale más caro viajar a Disneylandia. No hablo en broma: para las élites de los países en desarrollo es muy importante poder mandar a sus hijos a Harvard e ir de vacaciones a Estados Unidos. Prefieren tener al 50% de la población en paro para poder hacerlo. 

Tendemos a pensar en los impuestos como una estrategia recaudatoria del Estado, para construir carreteras y colegios, o pagar a profesores y a agentes de policía. Usted dice que los impuestos no sirven para eso.

Los gobiernos regionales y locales sí necesitan el dinero de los impuestos para funcionar, pero para el Estado tienen dos funciones principales: Por un lado, generar demanda para su propia moneda: si sé que tengo que pagar impuestos en billetes de la Virginia colonial, exigiré que se me pague en esos billetes. Por otro lado, los impuestos retiran dinero de la economía, poniendo coto a la inflación.

También dice que los impuestos no deben entenderse como una herramienta para disminuir la desigualdad. ¿Por qué?

No se les quita a los ricos para dárselo a los pobres. Eso lo hacía Robin Hood, pero los Estados no pueden hacerlo con su propia moneda. Cuando impones un impuesto, reduces la cantidad de moneda que hay en circulación. Antiguamente, los gobiernos coloniales quemaban los billetes que recibían como pago de impuestos.

 Hoy en día, si entregas al banco dinero en mal estado, la Reserva Federal lo hace trizas. Si haces una visita guiada a la Fed, te dan como souvenir una bolsita llena de jirones de billetes. La idea de que hacerles pagar impuestos a los ricos te da dinero para pagar a los pobres es errónea. 

Podemos pagar a los pobres sin cobrarles impuestos a los ricos. ¿Por qué cobrarles impuestos? Porque son demasiado ricos. Lo hacemos para reducir su riqueza. No debemos ligar ambas cosas, porque si por motivos políticos no podemos recaudar de los ricos, eso nos llevaría a no gastar en ayudas para los pobres. Son actos separados: podemos ayudar a los pobres y cobrarles impuestos a los ricos."                   (Entrevista a Randall Wray , Álvaro Guzmán Bastida, CTXT, 22/03/17)

23/3/17

En Estados Unidos, una Renta Básica Universal de 10 000 dólares podría costar 10% o el 15% del PIB, un desembolso fiscal inmenso

"Mucho se ha hablado últimamente de los esquemas de ingreso básico universal (IBU). La idea de suministrar a todos los residentes legales de un país una suma de dinero estándar sin conexión con el trabajo no es nueva. 

El filósofo Tomás Moro ya la defendía en el siglo XVI, y luego muchos otros, incluidos Milton Friedman a la derecha y John Kenneth Galbraith a la izquierda, promovieron diversas variantes. Pero recientemente la idea se ganó muchos más adherentes, y algunos la consideran una solución a las disrupciones económicas actuales derivadas de la tecnología. ¿Funcionará?

El atractivo del IBU deriva de tres aspectos clave: provee un “piso” social básico a todos los ciudadanos; permite a la gente elegir cómo usar el apoyo recibido; y puede servir para reducir la burocracia de la que dependen muchos programas de ayuda social. Además, un IBU sería totalmente “portable”, lo que ayudaría a los ciudadanos que cambian de empleo con frecuencia, que no cuentan con un seguro social dependiente de un empleador duradero o que son autoempleados.

Muchos en la izquierda ven el IBU como una forma sencilla de limitar la pobreza, y lo han incorporado a su programa. A muchos libertarios les gusta la idea, porque permite (de hecho, exige) a los receptores elegir libremente cómo gastar el dinero. Incluso personas muy ricas están de acuerdo, porque les daría la tranquilidad de saber que por fin sus impuestos sirvieron para erradicar la extrema pobreza en forma eficiente.

El concepto de IBU también atrae a quienes hacen hincapié en el desarrollo económico como sustituto (al menos parcial) de las ayudas en especie que hoy se entregan a los pobres. En América latina ya hay varios programas sociales locales que contienen elementos de la idea de IBU, aunque están dirigidos exclusivamente a la población pobre y suelen estar supeditados a ciertas conductas, por ejemplo que los niños asistan a la escuela.

Pero la implementación plena de un IBU puede ser difícil, sobre todo porque plantea algunas preguntas complejas en relación con metas y prioridades. Tal vez el problema de calibración más evidente sea determinar cuánto dinero entregar a cada ciudadano (o residente legal).

En Estados Unidos y Europa, un IBU de, por decir algo, 2000 dólares al año (incluso si se sumara a los programas de bienestar social ya instituidos) no serviría de mucho, excepto tal vez para aliviar la pobreza más extrema. Un IBU de 10 000 dólares ya sería otra cosa; pero según cuánta gente estuviera habilitada a recibirlo, podría costar tanto como el 10% o el 15% del PIB, lo cual constituye un desembolso fiscal inmenso, sobre todo si se sumara a otros programas sociales ya existentes.

Incluso con un incremento significativo de la recaudación impositiva, para que un ingreso básico tan alto fuera fiscalmente viable, habría que complementarlo con reducciones graduales de algunos programas de gasto público actuales (por ejemplo, prestaciones de desempleo, educación, salud, transporte y vivienda). El sistema definitivo dependerá de cómo se equilibren estos componentes.

En el mercado laboral actual, que las tecnologías digitales están transformando, uno de los aspectos más importantes del IBU es la portabilidad. De hecho, insistir en flexibilizar más el mercado laboral, sin asegurar redes de seguridad social permanentes a los trabajadores enfrentados con la necesidad constante de adaptarse a los cambios tecnológicos, equivale a defender un mundo desigual en el que los empleadores tienen toda la flexibilidad y los empleados, muy poca.

Para que el mercado laboral moderno sea igualmente flexible para empleadores y empleados, un IBU debería tener ciertos rasgos esenciales, como portabilidad y libertad de elección. Pero sólo los libertarios más extremos favorecerán una entrega de dinero sin ningún tipo de guía estatal sobre el uso de las ayudas. Sería mejor complementar las prestaciones con una política social activa que guíe hasta cierto punto su uso.

En esto, una propuesta recientemente surgida en Francia es un paso en la dirección correcta. La idea es dar a cada ciudadano una cuenta social personal con “puntos” parcialmente canjeables, similar a una cuenta de ahorro, con una contribución pública sustancial que los titulares complementarán trabajando, estudiando o realizando determinados tipos de servicio nacional.

 Los puntos podrán canjearse por efectivo en tiempos de necesidad, particularmente para gastos de entrenamiento y recapacitación, según “precios” preestablecidos y sin superar cierto límite por período.

Este método parece un buen término medio entre, por un lado, la portabilidad y la libertad de elección, y por el otro, una política social que guíe el uso de las prestaciones. Contiene elementos de los esquemas estadounidenses de seguro social y retiro individual, con la inclusión además de un compromiso con el entrenamiento y la recapacitación. El programa podría combinarse con un modelo de pensiones más flexible para dar lugar a un sistema de solidaridad social moderno e integral.

El desafío actual (al menos, para las economías desarrolladas) es implementar sistemas de seguridad social más sólidos y eficientes, dar más libertad en el uso de las prestaciones y garantizar su portabilidad. La única forma en que las economías modernas podrán crear los programas de seguridad social que necesitan es encontrar el equilibrio justo entre la libertad personal y la guía de la política social."                      ( , Project Syndicate, 21/03/17)

22/3/17

Los robots no te van a quitar el trabajo, de momento

"El empleo del futuro está en juego. Todo el mundo parece estar de acuerdo. En cada conferencia que ofrezco o en cada curso que imparto a empresas, el temor a un futuro incierto es algo previo que está como instalado mayoritariamente.

La impresión inicial siempre es la misma. Se está tatuando socialmente una especie de discurso oficial acerca de que la tecnología ha llegado para destruir la ocupación que, aparentemente, tan bien habíamos estructurado. Permitidme que ponga en duda esta última afirmación.

Es evidente que la automatización se está llevando por delante a muchos espacios de trabajo. Un informe reciente del Instituto McKinsey Global estimó que el 49% de las actividades laborales van a ser ser totalmente automatizadas. Esto afectará inevitablemente a 1.100 millones de trabajadores en todo el mundo.

A esta cifra demoledora, que no es preciso ser un lumbreras para identificar las razones que lo van a provocar, siempre se le incorpora otra inferior que habla de los empleos que se crearán por el mismo motivo vinculado a la innovación tecnológica. Siempre es una cifra cuantitativamente menor.

El discurso oficial dice que ‘no vamos a crear tanto empleo como el que vamos a destruir’. Esa afirmación es tan superficial como otras que no consideran el hecho de que probablemente lo que va a pasar no es que se destruyan únicamente empleos sino que el concepto que representa el contrato social llamado ‘trabajo’ va a cambiar como nunca antes lo hizo.

 Ahí estará la clave. Como también el modo en el que las empresas, y a eso dedico mis esfuerzos cada día, interpreten como un valor añadido esa combinación futura entre ‘transformación digital’, automatización y robotización con el aumento de plantillas humanas. Sí, es posible. Robotizar destruyendo unos puestos concretos para crear muchos otros.

Gracias en parte a más robots en sus centros de cumplimiento, Amazon ha sido capaz de reducir los costos de envío y traspasar ese diferencial a los clientes. El envío más barato estimula a los potenciales clientes a utilizar Amazon. El resultado siempre ha sido el mismo. La compañía contrata a más trabajadores para resolver esa demanda creciente y una respuesta personalizada en la postventa. Más robots, más automatismos que permiten a su vez más humanidad.

El caso de Amazon es paradigmático. ¿Qué hacen los robots, y qué hacen las personas? Las tareas que involucran habilidades motoras al detalle, análisis o imprevisibilidad son gestionadas por personas.

Los robots sólo pueden operar en un ambiente controlado, realizando tareas regulares y predecibles. Acciones que requieren fuerza o, incluso, el traslado de estanterías enteras facilitando la parte final del proceso de empaquetado que terminan los seres humanos.

A veces se nos presenta un mundo en el que en pocos años los robots y la tecnología será capaz de llevar a nuestros hijos al colegio. Eso en las películas está muy bien pero la realidad va a ser algo distinta. Es cierto que van a pasar cosas tremendamente disruptivas pero hay que tener una medida objetiva para todo ello.

He visto tecnología que va a cambiar el mundo en breve, pero también he oído de otras que se les otorga cualidades que no tiene ni tendrá de momento. Los coches autónomos o las criptomonedas son un ejemplo.

En Amazon o en otros grandes almacenes multiproducto que están trabajando de un modo similar, los robots mueven estantes y los llevan a donde un empleado, sin tener que hacer el trabajo duro, empaquetando y enviándolo a su destinatario. De momento en esa cadena un humano es más operativo en la selección del artículo correcto.

Al terminar esa colecta el robot se lleva la estantería a su lugar de origen. El análisis del espacio que requiere la carga del camión de reparto es otro de los puntos en los que la intervención humana detallada maximiza el espacio y mejora el beneficio logístico de la empresa.
De momento, más robots significa más humanos. Desde que adquirió la empresa de robótica Kiva Systems, con sede en Boston, en marzo de 2012, por 775 millones de dólares, Amazon ha incrementado el uso de robots y continúa invirtiendo muchísimo en automatización. Tanto para robots como para drones.

 En 2016, la compañía aumentó su fuerza de trabajo robótico en un 50%, de 30.000 a 45.000 unidades. Sin embargo, lejos de despedir a nadie, Amazon aumentó el empleo humano en torno al 50% en el mismo período de tiempo. El informe de resultados de la empresa para el cuarto trimestre de 2016 incluyó el anuncio de que planeaba crear más de 100.000 nuevos empleos a tiempo completo sólo en los EE.UU. durante los próximos 18 meses.

¿Es cierto que habría más trabajos si la gente estuviera haciendo el trabajo que ahora hacen los propios robots? ¿Podría ser que la productividad que estimulan al final beneficia a los propios humanos? Muchos de los empleos que Amazon está creando no existían hace un tiempo. Surgen de esa combinación máquina-humano. Es urgente establecer ese espacio de relación.

Las empresas deben incorporar tecnología para ganar más en el medio plazo y nada indica que eso requiera despedir personas, sólo modificar su modo de trabajo y potenciarlo gracias a la digitalización y automatización de todos los procesos. Esto no va de temer el futuro. Va de desafiarlo."        (Marc Vidal, 17/03/17)

21/3/17

Es necesario disputar al populismo de extrema derecha el liderazgo sobre las capas populares dominadas por el resentimiento. Para ello, hay que oponerle un “populismo de izquierda” que desplaza el “ellos”, de los extranjeros y los emigrantes hacia la élite de los mercados y de la gobernanza

"No se discutirá aquí sobre la noción general y aproximativa de “populismo”, cuyo uso se ha incrementado regularmente desde los años 1990. 

Designando principalmente a las derechas radicalizadas, afecta en la actualidad a la derecha y la izquierda. Peyorativo en la mayor parte de los casos, el término ha sido retomado de forma positiva, hasta por la izquierda más “radical”. Se analiza aquí este “populismo de izquierda”.

El argentino Ernesto Laclau ha sido uno de los primeros en intentar pensar el fenómeno. En los años 1960 se apartó de la izquierda clásica, apoyando al peronismo en el poder. A continuación, a la vez que perseguía su diálogo con el marxismo, se ha dedicado a mostrar sus límites. Rebelde a la idea de una sobredeterminación de la superestructura económico-social, rechazando la convicción de un papel intrínsecamente revolucionario de la clase obrera, Laclau ha buscado enunciar las condiciones de reagrupamientos transclasistas con el objetivo de la toma del poder.

Para él, la ruptura social no resulta de las contradicciones internas del capitalismo –la extensión de la forma mercantil y de la salarización-, sino de negaciones externas basadas sobre la realidad del antagonismo y sobre el ejercicio de la voluntad. La acción revolucionaria consiste pues en inscribirse en la conflictualidad general para construir “bloques de hegemonía” –Laclau reutiliza el lenguaje gramsciano- que reagrupan a grupos objetivamente diferenciados en un movimiento común. 

El pueblo, pensado no en términos de clases sociales sino como una manifestación política de la plebe y de los excluidos, se convierte así en un operador de hegemonía, como el “bloque jacobino” que evocaba Gramsci en relación con la revolución francesa.

que se instalan en la crisis de la izquierda histórica. La apuesta de Pablo Iglesias y de Podemos se expresa cuando dice que “La línea de fractura –explica Iglesias- opone ahora a los que, como nosotros, defienden la democracia (…) y a los que están del lado de las elites, de los bancos, del mercado ; están los de abajo, y los de arriba (…) una elite, y la mayoría”/1

Interrogado por Jean-Luc Mélenchon, un responsable boliviano próximo al presidente Evo Morales sigue una línea de conducta idéntica: “¿Entonces como os definís? preguntaba yo –Nosotros decimos: Somos el pueblo”/2. Seducido, el líder francés aprovecha la ocasión

. Si es cierto que, tanto en Bolivia como en España, “el sistema no tiene miedo de la izquierda sino que tiene miedo el pueblo”, entonces la solución política no es la de reagrupar a la izquierda sino constituir el “Frente del pueblo”.

La filósofa Chantal Mouffe da en la actualidad cartas de nobleza a la negativa de la antigua línea de división. En el 2008, en un ensayo sobre Las ilusiones del consenso, aceptaba todavía su pertinencia, a la vez que rediscutía su utilización/3

En el 2016, en una entrevista a la revista Regards, vuelve sobre su afirmación de ayer. Si entonces creía en la importancia de la frontera entre la derecha y la izquierda, es que ella pensaba que era posible radicalizar a la socialdemocracia y volverle a dar una identidad de izquierda. 

Desde el instante en que esa hipótesis se convierte en irrealizable, a partir del momento en que la socialdemocracia ha mostrado su incapacidad para resistir al tropismo liberal, la referencia a la izquierda es una ilusión. Lo que hay que unir no es la izquierda sino el pueblo. “Hablar de populismo de izquierda significa tomar nota de la crisis de la socialdemocracia, que no permite, a mi entender, restablecer esa frontera entre la izquierda y la derecha”.

Reclamándose del pensamiento antagonista de un Carl Schmitt para rechazar “la ilusión del consenso”, ella hace de la confrontación entre el “ellos” y el “nosotros” la clave de las movilizaciones populares. Considerando, como Laclau, que la racionalidad no basta para poner al pueblo en movimiento, busca definir los afectos movilizadores, que encuentra en la vieja oposición entre el pueblo y la élite.

No sirve para nada, concluye, dar la espalda a un populismo que no es sino la expresión exacerbada de un pueblo desposeído de sus derechos a decidir. Pero, para evitar que el antagonismo no gire al enfrentamiento liberticida de enemigos –lo que mantiene Carl Schmitt- y para que se contenga en el combate político de adversarios, es necesario disputar al populismo de extrema derecha el liderazgo sobre las capas populares dominadas por el resentimiento. 

Para ello, hay que oponer un “populismo de izquierda”· que desplaza el “ellos”, de los extranjeros y los emigrantes hacia la élite de los mercados y de la gobernanza.

Ellos y nosotros, las élites y el pueblo: se borran a la vez la pareja antigua de la burguesía y el proletariado y el de la derecha y la izquierda.

El impasse de un populismo de izquierda

Las declaraciones de Chantal Mouffe constatan el fracaso de las izquierdas europeas en frenar el desarrollo de las extremas derechas. Se afirma pues que es realista. Su enunciado es simple; sin embargo es discutible ¿Por qué? Porque, si las categorías populares existen concretamente, el pueblo no existe: es a construir políticamente. Chantal Mouffe lo sabe pero deja entender que la voluntad política unida a la referencia al pueblo basta para constituirle.

Sin embargo, el pueblo no se construye por la referencia nominal al mismo o porque se le distinga de su supuesto contrario (la élite). Puede si se agrupa alrededor del proyecto que le emancipa al mismo tiempo que permite a la sociedad entera emanciparse.

En la amplia lucha social, la suma de los componentes movilizables no es nada sin el vínculo que haga de los mismos una fuerza coherente y no un simple agregado numérico. ¿Basta para obtener ese vínculo que los dominados tengan un adversario común? ¿La finanza? Ella no se ve ¿La élite? Sus fronteras son muy imprecisas, según los casos demasiado expansivas o demasiado restringidas.

 El adversario o el enemigo puede ser el funcionario “privilegiado” contra el asalariado del sector privado, el trabajador estable contra el asalariado precario, el demasiado pobre que no paga impuestos contra el apenas más rico que los paga. 

El enemigo más cómodo es de hecho el más próximo: en general está por abajo de cada uno y no se “nos” parece. El enemigo inmediato es “el otro”, sobre todo cuando se nos repite que el tiempo es el de la guerra de las civilizaciones y de la defensa de la identidad amenazada.

¿Qué es pues lo que puede unificar al pueblo para su emancipación? Ni el adversario, ni el enemigo. Ni clase contra clase, ni campo contra campo, ni centro contra periferia, ni los de abajo contra los de arriba, ni pueblo contra élites: el corazón de todo antagonismo está en el choque de proyectos de sociedad en que se basa.

 En los años 1930, es al alzarse al nivel de “todos” de la globalidad social que el “nosotros” obrero y asalariado no se ha cerrado sobre sí mismo y ha permitido el impulso mayoritario que ha sacado al mundo obrero del gueto en el que los poseedores encerraban a las “clases peligrosas”.

Así pues, es más pertinente afirmar que el impacto movilizador del movimiento crítico popular debería encontrarse, no en la exaltación de un “nosotros” opuesto a un “ellos”, que no es un dato sino eventualmente un resultado, sino en la activación de los valores populares de igualdad-ciudadanía-solidaridad, ligada con un proyecto global de emancipación, que tiene necesariamente una dimensión nacional, pero que no es “sobre todo nacional”

. Lo que falta en la actualidad al impulso popular es un proyecto coherente de ruptura con el orden-desorden existente.

Hay que distinguir esta cuestión en el curso largo de las temporalidades en las que se desarrollan los enfrentamientos. Toda confrontación de este segundo tipo recoge los aspectos del “nosotros” y del “ellos”, alrededor de elementos de movilización que solo se apropian en contexto. 

No hay ninguna posibilidad de determinar de una vez por todas esos elementos, ya que justamente el contexto es cambiante. Lenin, luchando contra todo dogmatismo “izquierdista” en la materia, decía que la situación revolucionaria (y se podría con precaución extenderlo a toda situación de confrontación global en una formación social dada) se concreta en dos elementos.

 “Es solamente cuando ‘los de abajo’ no quieren y que ‘los de arriba’ ya no pueden vivir en la antigua manera, cuando la revolución puede triunfar. Esta verdad se expresa de otra forma en estos términos: la revolución es imposible sin una situación de crisis nacional (que afecta a explotadores y explotados)”

 ¿Esto es todo en términos de contenidos? Si, esto es todo. Pero hay que subrayar la segunda parte, que se olvida a menudo: la gran crisis nacional. La cual afecta a “explotadores y explotados”, pero que, como su nombre indica, en primer lugar a la misma “nación”, o dicho de otra forma al conjunto de clases y capas que la componen.

 En octubre de 1917, esta “gran crisis” se ancla en la guerra salvaje que destroza Europa. En el 2015, en Grecia, se basa sobre la política de los memorándums impuestos por la Troika.

Dicho de otra forma, con el populismo de izquierda el debate no consiste sobre el “ellos” y el “nosotros”, sino, mientras el contexto no ponga en el orden del día una confrontación conectada en sentido estricto, con la definición del “ellos” y del “nosotros” y, con ello, sobre la forma de construirlos. 

Por ejemplo, definir la separación por la cuestión de la identidad no es la misma cosa que hacerlo sobre la de la igualdad, y por lo tanto, no es el mismo “pueblo” el que se contribuye así a construir.

Hay que volver de nuevo sobre el asunto. Un proyecto no es un programa sino lo que da sentido a las medidas más emblemáticas de un programa político. Como todos los partidos, el Frente Nacional tiene un programa, pero no es ese programa lo que le da su atracción sino su idea simple implícita: “ya no estamos en nuestra casa; no lo estaremos mientras se tolere la presencia de quienes nos impiden estarlo”.

Más que del catálogo programático, el proyecto está más bien del lado del “gran relato”, del imaginario que hace consciente a un grupo que está en el corazón de la historicidad. El proyecto así concebido fue antiguamente el de la “Santa Igualdad” de los sans culottes parisinos durante la Revolución Francesa (se designaba con el término de sans-culottes o “sin calzones” a los partidarios del sector más a la izquierda en 1789, miembros de las clases sociales que realizaban labores manuales como artesanos, obreros y campesinos, ndt), del “comunalismo” de Babeuf, del socialismo y del comunismo del movimiento obrero. Eso fue lo que se llamó la “República Social”, en la tradición republicana y obrera de Francia, con su súmmum con la Comuna de París.

Relacionando el combate obrero y la izquierda política, los responsables del socialismo y el comunismo históricos no sacrificaron a la clase. Comprendieron que la multitud de las categorías populares dispersadas no podría convertirse en pueblo en sentido político (el actor central de la ciudad) sin que la política se conecte con la experiencia social concreta, en un combate por la dignidad en o/y contra las instituciones existentes

. Es por la acción política y con ello por un trabajo voluntario de subversión de la izquierda, como los obreros franceses han pasado del “nosotros” al “otros”, del repliegue comunitario al conjunto de toda la sociedad.

Sobre la base de esta amplia ambición, el socialismo jauresiano y sus herederos disputaron el magisterio de la izquierda a las formaciones más moderadas. Sobre esta base el mundo obrero pudo ocupar un lugar mayor en el interior del “bloque jacobino” del que habla Gramsci.

 Alrededor de esa visión prospectiva el movimiento obrero pudo, no poner fin al capitalismo (las tentativas del siglo XX para conseguirlo fracasaron aunque obtuvieron compromisos que han modulado el movimiento del capitalismo durante algunos decenios). Sin ese proyecto, el “nosotros” de las categorías más populares está abocado sea al aislamiento y a la ineficacia política (el modelo americano), sea colocado en posición subalterna por encuadramientos populistas que aniquilan los progresos posibles de la emancipación popular.

Salvo aceleraciones brutales de las que no se puede prever el contenido y que no dependen de nosotros, un tal proyecto debe por supuesto inscribirse en el largo plazo y su horizonte debe ser la alternativa a las lógicas dominantes de la competencia y de la “gobernanza”

 ¿Puede imponerse hoy en toda la sociedad, en todo el pueblo? No, ya que el pueblo está dividido y desorientado. Pero es posible, desde ahora, crear un movimiento mayoritario a favor de una transformación global, económica, social, cultural, en la que el espíritu de ruptura ya no esté ya minorizado, como lo está desde el comienzo de los años 1980.

Unir a los divididos-as

Así pues es un problema más amplio. Si se reemplaza “pueblo” por “proletariado” se ganará con ello en precisión, pero sin desembarazarse del problema: no solamente estas entidades no se dan como tales (se construyen en las luchas), sino que ellas están de tal forma divididas que necesitan un proyecto para unificarlas. No se trata pues de purismo de los conceptos. 

Cuando tenemos un proletariado tan numeroso, la diferencia con el pueblo, aunque exista, pierde su fuerza. Por supuesto hay que guardarse de efectos puramente estadísticos. Es correcto definir el proletariado por los que “solo tienen su fuerza de trabajo para vender”, es decir de asimilar a la clase asalariada potencial a los parados y precarios y las mujeres no activas económicamente.

 Lo que permite evitar un obrerismo demasiado estrecho (según el que el metalúrgico es un proletario pero no la cajera ya que ella no produce valor en un sentido marxista estricto...). Pero sin duda es demasiado extensivo. Es evidente que las cimas del aparatado de Estado, de los medios de comunicación, de los PDG (presidentes-directores generales, ndt) (sin considerar la posibilidad que sean además accionistas), etc., aunque asalariados son de la burguesía, no del proletariado. “Élites” si se quiere usar el lenguaje de Laclau. 

Es necesario pues definir al proletariado como los que solo tienen la fuerza de trabajo para vender y no tienen ningún interés vital en el mantenimiento del sistema. Y eso incluye a mucha gente.

En lo que se refiere al “pueblo”, a partir del momento en el que se restablece el tipo de conflictualidad que le corresponde, entre otros elementos por los aspectos de clase en el sentido tradicional y el cuestionamiento del modo de producción capitalista (y eso es lo que hace más o menos alguien como Mélenchon), ya no es ahí donde es necesario buscar la divergencia con el populismo de izquierda. 

La clave aquí es saber si conviene distinguir “el pueblo” como un dato pasivo y “el pueblo” que se construye como tal (“para sí”) y así acordar que existe la conflictualidad. En este sentido, toda construcción de este tipo, en un contexto dado, toma efectivamente la forma de una delimitación del “ellos” y del “nosotros”. Pero la dificultad es que el “nosotros” si solo puede existir por la lucha contra un “ellos” no se limita a eso. Es necesario, en el mismo movimiento, que defina lo que le constituye en tanto que tal, “para sí”, como dice la fórmula.

Además, aunque se empiece por “la clase” y ya que ésta debe no solamente emanciparse para sí misma sino liberar a toda la humanidad, se trata pues de un programa “para el pueblo”. Gramsci va más lejos, reclamando un programa de “salvamento de la nación”, que incluye a la política educativa, artística, urbanística, etc.

Pero el debate sobre “el sujeto revolucionario” no se limita a estas precisiones. Tanto en un caso como en el otro no se trata de una visión puramente estática sino de una construcción, por la lucha, y entre “ellos” y “nosotros” (otra forma de retomar el “en sí” y el “para sí”).

 Pero incluso así hay una cuestión principal que se deja explícitamente de lado en las consideraciones de Mouffe (lo que es desde un cierto punto de vista es la razón de ser de su teorización). El pueblo (o la clase) está dividido estructuralmente, y no solamente por los artefactos, sino también por las luchas. Si, como dice Engels, “en la familia el hombre es el burgués y la mujer desempeña el papel del proletariado”, no es el mismo pueblo que se construye si las mujeres ocupan un lugar subordinado en el mismo o si las mujeres se encuentran incluidas y de forma igualitaria. 

Lo que supone que sus reivindicaciones propias se integren en el combate general y coloreen al mismo. Esto se puede extender a todas las categorías discriminadas de una forma u otra (incluso las pequeñas ciudades versus grandes ciudades). Hablar del 99% es a la vez justo y demasiado amplio. Justo (digamos que con un margen del 10%), si se adopta el criterio “casta/austeridad”.

 Pero demasiado amplio si se toman en cuenta multitud de otros factores. Como unificar todo ello sin aplastar tal o cual parte es (para nuestras sociedades) la cuestión estratégica decisiva. Ciertamente, este terreno se encuentra poderosamente ocupado por los post-modernos, fascinados por la fragmentación, y casi hostiles a toda perspectiva unificadora. 

Pero la victoria de Trump está haciendo mover las cosas a toda velocidad. Véase por ejemplo la evolución de Judith Butler, iniciada, además, un poco antes. Hay que tomarla en serio cuando dice: “Ahora debemos considerar necesariamente la creación de un partido socialista en los Estados Unidos, un partido que pueda tomar apoyo en sólidas alianzas de solidaridad con otros países. Occupy Wall Street y otros movimientos antiglobalización han denunciado la crisis económica y sus consecuencias así como la profundización de las desigualdades”.

Polaridad a izquierda 

Es ahí donde se encuentra el dualismo de la izquierda y la derecha. Hay que acordar que los dos términos no deben designar a partidos, entidades inmóviles, especies de cajones en los que bastaría colocar a las personas individuales, las corrientes políticas y las organizaciones. Definir a la izquierda y la derecha por la acumulación de sus componentes no sirve para nada. Lo que cuenta no es el título de las etiquetas sino el movimiento que opone a las corrientes: cada polo no es nada sin la polaridad que les relaciona con los otros.

Renunciemos, al menos de entrada, a la lógica clasificatoria. No tratemos de decretar en un debate sin fin quien es de izquierda y quien no lo es. Determinemos más bien lo que produce, todo a la vez, la unidad relativa de las izquierdas y su heterogeneidad. Sustituyamos la metáfora de las cajas en las que están sabiamente colocadas las “familias” por la de los polos magnéticos.

 El polo agregado de las partículas y, en un campo de fuerzas, lo que cuenta es la capacidad de atracción de cada uno de los polos. A partir del momento en el que la revolución instala a la política como un espacio distinto de conflictos ella inscribe una lógica de polaridad en el orden de los comportamientos y de las representaciones. 

La izquierda, anclada en la idea, no del progreso en general, sino de la perfectibilidad de la especie humana, considera que la igualdad entre los hombres es el único fundamento legítimo del orden social: la derecha, convencida de lo contrario (homo homini lupus) hace del orden y la autoridad el fundamento intangible de toda sociedad.

Pero, al mismo tiempo que la revolución instala la polaridad central, produce otra polaridad en el interior de cada campo. A derecha, abre una distinción entre quienes se preguntan si es preciso introducir orden en el espacio nuevo abierto por la Declaración de los Derechos y los que estiman que el orden no se puede conseguir plenamente si no se deriva de la desigualdad jurídica de los cuerpos y de la autoridad de derecho divino.

En la izquierda francesa es otra polaridad la que se dibuja desde 1789 y que se profundiza transformándose en los decenios siguientes. Desde el comienzo, todo depende de la forma como se concibe el campo de la igualdad: ¿debe permanecer la del derecho o convertirse en la de las condiciones? La mayoría de los miembros de la Asamblea Constituyente de 1789 (el núcleo del futuro liberalismo) se inclinó por la primera hipótesis; las “sociedades populares” y clubs políticos creados en la misma época (base del movimiento sans-culotte) se inclinaron más bien por la segunda opción.

 Más tarde, una vez aclarado que la Revolución va a “detenerse ahí donde ha comenzado” (Bonaparte), la cuestión se desplaza substancialmente. Permaneciendo insobrepasable la nueva sociedad burguesa, ¿hay que inscribirse en sus mecanismos (el juego del mercado y del Estado) para corregir sus rasgos más negativos?

 En sentido inverso, siendo por naturaleza desigualitaria la sociedad nueva (“capitalista” se dirá en el siglo XIX), ¿no es necesario, para quien quiera la igualdad de condiciones, considerar su transformación radical, hasta su desaparición si fuera preciso? ¿Lo deseable es imposible? ¿Lo imposible lo es para siempre? ¿Acomodarse o subvertir) La relación global con el orden social dominante se convierte en el pivote de organización y del campo político de la izquierda.

Las formas concretas de la tensión cambiaron (los de la hoja -nombre que se daba a los monjes cistercienses; de manera similar a lo que ocurrió con los jacobinos su nombre fue adoptado por un club, en este caso de tendencia moderada; Wikipedia- y montañeses, girondinos y jacobinos en la época de la Revolución de 1978, más tarde oportunistas y radicales, radicales y socialistas, socialistas y comunistas, social-liberalismo y antiliberalismo...). 

La polaridad ha persistido. Los elementos distintivos se han desplazado, soberanía, nación, derecho de sufragio, laicidad, derecho social, reforma y revolución, pero el principio de distinción permanece intacto. En cada momento histórico se juega el papel propulsor de cada polo, adaptación al “sistema” o ruptura con él. De forma voluntariamente pendular, predomina el espíritu de adaptación o el de ruptura. Pero es en una polaridad dual, a derecha como a izquierda, como se distribuyen las ideologías (cambiantes), las prácticas (evolutivas) y las organizaciones (efímeras). 

La polaridad de la derecha y de la izquierda sirve de base a la unidad de la izquierda, no concretada en organizaciones sino en su principio (el principio de igualdad o más bien el principio de igualdad-libertad o de “igualibertad” como sugiere Étienne Balibar). La polaridad interna en la izquierda construye su diversidad.

La ventaja de la metáfora de los polos es que excluye toda continuidad simple. El juego de los contrarios se anuda a través de una fluidez constante de sus formas, lo que desanima toda visión estática de las categorías cerradas o de “campos” intangibles. “Abajo” ninguna muralla china separa a las izquierdas, incluso aunque se opongan vivamente.

 Cada estabilización relativa de un polo o de un sub-polo se encuentra en pasado un tiempo cuestionada por nuevas diferenciaciones, a medida que el sistema social se transforma. Ello no obsta a que se reproduzcan las polaridades esenciales, en la medida suficiente para que sigan siendo los principios activos de distinción y de la clasificación de las corrientes en el largo plazo.

En el siglo XX, en toda Europa, la polaridad fundamental en la izquierda se ha fijado fundamentalmente –pero no exclusivamente- sobre la competencia entre el comunismo y el socialismo, uno asociado a la Revolución de Octubre (de filiaciones ulteriores diversas, como se sabe), el otro al del Estado del Bienestar.

 En Francia, ha dado como resultado la integración del socialismo en los dispositivos institucionales (1936-1959 y 1981-2012), la expansión y después el debilitamiento del comunismo de filiación bolchevique-estalinista, la marginalización del bolchevismo de extrema izquierda en la diversidad de su anclaje. En total, los años 1970-1990 han traído consigo a la vez el fracaso del Estado del Bienestar y la desaparición del bloque del Este. 

Desde el punto de vista estrictamente formal hay un equivalente entre la crisis de la vieja socialdemocracia y la de origen bolchevique; sin embargo, se puede considerar que hay un doble agotamiento de una variante de la reforma socialdemócrata y de una forma histórica de la revolución. No obstante, no se puede concluir que tiene lugar una obsolescencia del dilema entre la “reforma” y la “revolución”. Si hay obsolescencia quizá se verá en la tentación esencialista del singular: toda reforma no es “la” reforma y toda ruptura no es “la” revolución. Pero la toma de posición entre la ruptura y la acomodación permanece activa.

Un polo popular y no populista

Lo esencial consiste en que la polémica de la igualdad es cardinal cuando funciona la polaridad de la derecha y de la izquierda/4. Aceptar hoy la desaparición de la diferenciación política origina presenta pues dos inconvenientes principales.

En primer lugar es olvidar que toda transformación, parcial o radical, se basa sobre movimientos mayoritarios. Una ambición transformadora obliga a pensar mayorías que no se basen de entrada en inciertas proximidades sociales sino sobre concepciones integradas de la dinámica social.

 A decir verdad, no sirve para nada reagrupar al “pueblo” si no es alrededor de un proyecto que ponga fin a su alienación. Desde este punto de vista, el tríptico de la igualdad, de la ciudadanía y de la solidaridad, es sin duda el único que permite basar en el largo plazo al movimiento popular sobre otros efectos que el miedo del otro, la amargura y el resentimiento, fermento histórico de todas las derechas extremas.

Agreguemos que estamos en uno de esos momentos en los que se nos explica, sabia o más groseramente, que el tiempo de la igualdad está sobrepasado y que ha venido el tiempo de la identidad. Ya no sería la distribución la base del equilibrio social, sino la protección de las identidades.

 “Estar en nuestra casa” sería el súmmum del bienestar y de la libertad. No debemos aceptar ni un solo instante este paradigma: la causa de todos nuestros males es la desigualdad galopante, emparejada con la exacerbación de las discriminaciones, la anemia de la ciudadanía y la erosión de las solidaridades. Ella es la que es necesario tender a reabsorber.

Pero si la igualdad debe permanecer en el corazón de los combates populares, la izquierda permanece un operador mayoritario necesario; una izquierda transformada, reequilibrada, refundada, totalmente incompatible con el social-liberalismo dominante. Una izquierda, pues, que debe aspirar a ser popular, crítica, innovadora, lo que la obliga a dar abiertamente la espalda a lo que el socialismo impone en Francia desde hace más de tres decenios, no solamente desde la deriva hacia la derecha de la gestión Hollande-Valls.

Más que fijarse el objetivo utópico de reagrupar “un pueblo entero” que no es más que una abstracción, más vale fijarse la ambición de apoyarse sobre las expectativas populares y sobre el movimiento crítico existente para volver a dar sentido a las mayorías populares de izquierda, centradas no sobre el combate contra “la élite”, sino contra un sistema social que produce la división entre explotados y explotadores, dominantes y dominados, alienadores y alienados, categorías populares y élites.

Desde entonces se afirma la ligazón necesaria entre la constitución del “pueblo” como objeto político y la refundación radical del clivaje derecha-izquierda. A poco que cada uno de sus términos sea reprecisado, la trilogía antigua de la igualdad, de la ciudadanía y de la solidaridad puede volver a ser un principio de reagrupamiento para una mayoría (no para la totalidad) de las clases populares. No hay política popular consecuente que no sea de izquierda: a la inversa, se puede temer que no hay populismo que no deje demasiado espacio a la derecha.

La tentación de un populismo de izquierda no es ciertamente una abominación, tiene sólidos argumentos, pero puede convertirse en un callejón sin salida. Se pretende combativo, pero tiene el riesgo de preparar las derrotas futuras. No se disputa la nación a la extrema derecha: se abre la soberanía popular hacia todos los espacios políticos sin distinción.

 No se le disputa la identidad colectiva, nacional o de otro tipo: se aboga por las libres identificaciones, por el libre juego de las pertenencias y por la revalorización de la igualdad, única base duradera de lo común. No se disputa el populismo a la extrema derecha: se deslegitima su influencia oponiéndole la constitución de un polo popular de emancipación. Y “popular” no es “populista”. Es este polo de la dignidad popular lo que debe concentrar los esfuerzos. (...)"             (Roger Martelly y Samy Joshua, Viento Sur, 11/03/17)

17/3/17

Una renta básica universal puede abolir la protección social

"(...) En cuanto a la relacionada renta básica: al menos en el periodo de transición hacia una nueva sociedad que va a suponer todo esto, será necesario atender a los que se queden atrás, descolgados. Pero las propuestas sobre una renta básica si es universal resultan poco convincentes. En este medio he defendido como alternativa la idea de un impuesto negativo sobre la renta.

En este debate, como alertaba Francine Mestrum, hay mucha confusión. No es lo mismo una renta básica para los necesitados que una renta básica universal, de la que se beneficiarían todos, incluso los que no la necesitan. 

Hamon, que la lleva como enseña electoral junto a la tasa sobre los robots, ha tenido que rectificar, y matizar también que la que propone no es universal, sino esencialmente de 750 euros mensuales para los jóvenes. Como señala Mestrum “una renta básica para emancipar a la gente es muy diferente de una renta básica que aboliera la protección social”, pues se incurriría en ese riesgo o tentación.

Un apoyo familiar universal fue instaurado por Tony Blair en el Reino Unido para percatarse que era un plus, que se gastaba en viajes en fin de semana, para las clases medias que no la necesitaban perentoriamente. 

Lo primero es aclarar los términos. Lo segundo, sí, empezar a pensar en ello y estudiar nuevas ideas y propuestas. Sin demora, pues la Cuarta Revolución Industrial va mucho más deprisa que las anteriores y con un mayor alcance. Este es un debate que ahora va muy en serio."                 (Andrés Ortega, eldiario.es, 09/03/17)

16/3/17

Lo nuevo y lo viejo, lo cierto y lo falso sobre la robotización... los cambios tecnológicos han llevado a un cambio en la composición y la estructura del empleo, pero no han supuesto su reducción... y existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social, tres fuentes de empleo

"Aunque el miedo a la robotización y a una tecnología que presagia el fin del trabajo no es nuevo, en los últimos meses, incluso me atrevería a decir que semanas, ese miedo se ha instalado en los salones de las casas a través de la televisión y los medios de comunicación. 

Muy especialmente, desde que la robotización se discutiera por segundo año consecutivo en el Foro de Davos el pasado mes de enero, unido con el anuncio apocalíptico de que no habrá trabajo para todos y la posibilidad de establecer una renta básica universal.

De esa manera puede pensarse que la falta de empleo no se genera por unas políticas económicas de corte deflacionista –ahora mal llamadas de austeridad- que no buscan el pleno empleo y generan un modelo de crecimiento pro-pobre distribuyendo las ganancias de la productividad de manera cada vez más desigual, sino por culpa de las máquinas. (...)

Ahora toca legitimar el sistema que está siendo cuestionado cada vez por un mayor número de personas y procesos electorales que no han salido como se esperaba, y el impacto de la robotización parece ser un buen chivo expiatorio.

A pesar de que los  informes especializados como el de Technology at Work v2.0. TheFutureisNotWhatitUsedto Be publicado en 2016 , nos habla de que el 76% de las personas encuestadas eran tecno-optimistas, frente a un 21% de tecno-pesimistas y un 3% que no se decantaba por ninguna de las dos opciones.

Es cierto que cuando se pone en marcha un proceso de cambio tecnológico, suele ir unido a la generación de muchos empleos redundantes, pero también a la aparición de otros nuevos. Como escribí hace unas semanas en este mismo periódico ( Los robots pueden cuidar de nosotros pero les traemos sin cuidado), a lo largo de la historia, los cambios tecnológicos han llevado a un cambio en la composición y la estructura del empleo, pero no han supuesto su reducción. 

El cambio tecnológico ha destruido empleo en ciertos sectores y tareas, y creado otros empleos, e incluso nuevas profesiones.

En muchas ocasiones las y los trabajadores que han visto desaparecer sus puestos de trabajo y hasta sus profesiones han tenido dificultad de reciclarse en otros sectores profesionales, derivando en una situación de paro, y una pérdida de bienestar para muchas personas e incluso para regiones enteras si estaban sectorialmente especializadas en los sectores afectados. Esto ha generado desajuste y claros perdedores y perdedoras del cambio tecnológico.

Pero, al mismo tiempo, se han generado otros empleos que, si bien no han sido necesariamente ocupados por los trabajadores que previamente habían perdido su empleo, han demostrado que el cambio tecnológico nunca ha traído el fin del trabajo. Y es muy posible que ahora tampoco, aunque los informes especializados nos lleven a pensar otra cosa.

Las estimaciones que se realizan desde grupos de investigación especializados en los cambios en empleo y robotización como el Citi GPS de la Martin School de la Universidad de Oxford, hablan citando informes del Banco Mundial, de un riesgo de trabajos reemplazados por máquinas en los próximos años de 77% para China, 72% para Tailandia, 69% para la India, un 57% en los países de la OCDE, un 47% para EE.UU, o un 35% para el Reino Unido. Aunque hay otros que reducen considerablemente estas cifras.

Se puede observar que esta pérdida de empleo afecta más a los países emergentes que a los países con renta per cápita alta como EE.UU o los de la OCDE en general, donde se concentran los mayores mercados del mundo. 

Esto tiene que ver en parte con el hecho de que si la mano de obra en ciertas fases del ciclo productivo es reemplazada por máquinas, se espera una relocalización empresarial allí donde están los mercados y no donde se concentre la mano de obra barata, como ocurre en la actualidad. Esto podría suponer un cierto alivio para las grandes potencias económicas pero no solucionaría el problema globalmente, con todos los desequilibrios y desplazamientos de población que eso podría suponer en países fuertemente poblados.

Las diferencias en el impacto geográfico de la pérdida de empleo vinculada a la robotización tienen también que ver con que hasta ahora las máquinas son mejores que las personas en tareas repetitivas o rutinarias, pero no en la creación de nuevas ideas o en la reacción a situaciones inesperadas o en el tratamiento a otros seres humanos como por ejemplo lo relativo a los trabajos de cuidados en sociedades fuertemente envejecidas. 

Así, esos mismos informes que presagian una pérdida de empleos escalofriante nos dan parte del antídoto. Existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social. Por tanto, lo que habría que hacer es invertir en industrias que requieran de trabajos que desarrollen esos aspectos y también en un sistema educativo que los potencie.

Pero el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) va precisamente en la línea de desarrollar esos aspectos más “humanos” en las máquinas que harían también a los empleos resguardados por ese triple cuello de botella, más vulnerables. Pero ni siquiera esto tiene por qué ser un problema, siempre y cuando la tecnología se ponga al servicio del bienestar de las personas y no al servicio de la acumulación de beneficios y poder en unas pocas manos.

La tecnología no es un aspecto independiente de nuestra organización social, política y económica, o de nuestras culturas. Y servirá para los intereses de quienes tengan más poder o logren imponerse sobre los demás.

 Si la concentración de poder que vivimos en la actualidad no se rompe, será difícil que los avances tecnológicos tengan un poder democratizador del bienestar común como sueñan muchas personas expertas en nanotecnología. No en vano, las menores barreras de entrada de estas tecnologías podrán suponer una democratización de las mismas y romper costuras del sistema.

De hecho, este es uno de los ejes sobre los que debe girar el debate sobre la robotización, el de las condiciones culturales y los desequilibrios de poder sociales y económicos en los que estos avances tecnológicos se desarrollarán  (...)

Los robots pueden ayudarnos a liberar tiempo de trabajo, a repartir mejor ese trabajo y a ocupar nuestros tiempo en tareas que nos satisfagan más como personas y por tanto, generar sociedades más sanas y pacíficas. Eso podría hasta facilitarnos el repartir mejor también los trabajos de cuidados no remunerados en el ámbito de la familia y la comunidad, con lo que estaríamos al mismo tiempo avanzando en igualdad de género, aspecto tan necesario para garantizar la sostenibilidad y el bienestar de nuestras sociedades.

Si miramos cómo se han distribuido las ganancias en productividad en los dos últimos siglos, veremos que no han sido principalmente en torno a liberar más tiempo de trabajo, tampoco en el ámbito doméstico. Así,  las estimaciones de Angus Madisson entre 1820 y 1998, nos hablan de que las ganancias de la productividad se han repartido más en torno al aumento salarial que en relación a la reducción de la jornada laboral, aunque ésta también se haya reducido.

 Los incrementos vinculados a la capacidad de consumo han vencido en el largo plazo 7 a 1 a la capacidad de disponer de más tiempo. Aunque la reducción de jornada ha sido muy importante y ha ayudado en el pasado, entre otras cosas, a crear empleo.

Tampoco en lo relativo al tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado se han visto reducciones muy espectaculares en tanto que la introducción de nuevas tecnologías domésticas, como puede haber sido la lavadora, ha llevado a cambios culturales en torno a la higiene más que a una reducción muy significativa del tiempo empleado en el lavado. 

O la reducción del trabajo doméstico que las nuevas tecnologías han hecho posible ha supuesto la sustitución de este tiempo por trabajo de cuidados directo a niñas y niños, también vinculado al desarrollo de nuevos modelos culturales de maternidad y paternidad.

Mientras las estimaciones sobre la pérdida de empleos son numerosas, escasean las estimaciones sobre los efectos del reparto de trabajos y beneficios , o sobre qué empleos se crearán y en qué sectores. Si miramos al pasado, esto último ocurrirá sin duda. Lo que no sabemos es en qué condiciones. 

Los propios sectores vinculados con las nuevas tecnologías y su aplicación, los servicios personales y la economía del cuidado a las personas y nuestro medioambiente, estarán sin duda entre ellos, pero la clave está en saber en qué condiciones de poder o laborales se desarrollarán esos empleos.

De hecho, los análisis que dicen que esta vez puede ser diferente y que el cambio tecnológico suponga ahora sí el fin del trabajo se basan, desde mi punto de vista, en un pilar que no tiene por qué darse. Se dice que esta vez el ritmo del cambio tecnológico es más acelerado, lo cual es cierto, y también su intensidad, que también es cierto, y, sobre todo, en que en esta ocasión, en comparación con lo ocurrido en el pasado, sus beneficios no estarán igualmente repartidos. Esto último no tiene por qué ser así.

Si las relaciones de trabajo que se establecen en estos nuevos sectores –y las que se mantienen en los que sobrevivan-, siguen las pautas actuales de distribución donde los salarios se llevan cada vez una parte menor de la tarta generando las fuertes desigualdades económicas que no paran de crecer en los últimos años, y también las pautas actuales de precarización, con relaciones laborales flexibles, mayor parcialidad, temporalidad, o contratos de cero horas que requieren de total disponibilidad y de ninguna seguridad, es muy posible que los avances tecnológicos no se pongan al servicio de las personas para avanzar en bienestar y en vidas dignas.

Pero eso no depende de la tecnología sino de las estructuras de poder que dominen nuestras sociedades, por tanto, de un cambio de sistema económico y del desarrollo de democracias reales y no de baja intensidad, disciplinantes o inexistentes como ocurre ahora en la mayor parte del mundo."            (Lina Galvez, Economía crítica y crítica de la economía, 13/03/17)

15/3/17

La renta básica puede ayudar a que surjan nuevas formas colectivas de trabajar, organizarse y compartir los riesgos...

"(...) Al igual que Lister, me atrajo la idea de la RBU porque apela a indagar sobre principios fundamentales. ¿Con qué criterio ayuda el Estado del bienestar a las personas? ¿Cuál debería ser la función del Estado social en la sociedad actual?

Me parece curioso ver cómo el enfoque que se da al hecho de garantizar una renta de subsistencia conserva un sesgo de clase moral y social reminiscente de épocas pasadas, mientras que el hecho de suministrar servicios sociales de manera universal e incondicional no merece cuestionamientos. La clave reside en la palabra “renta”.

 La gente se preocupa con razón si tiene la sensación de que la idea es reemplazar el trabajo por una renta. Cuando algunos defensores de la renta básica afirman que lo que quieren es disociar la renta del trabajo, deberían añadir que lo que quieren es separar la renta del trabajo parcialmente. 

Esto facilitaría que se pudiera pensar en la renta básica como si fueran los servicios que ya garantizamos, teniendo en cuenta que proporcionarlos es dotar de medios a las personas e instilar un básico sentimiento de igualdad y comunidad, que incluye muchos aspectos relacionados con la salud, la educación y la asistencia.

La idea fundamental detrás de la renta básica queda reflejada en el logotipo de la Basic Income Earth Network (Red Global de Renta Básica), que representa la vista lateral de una escalera. La parte de abajo es la más ancha de la estructura, y en la base está todo el mundo. Como la base está garantizada, las personas pueden ascender. 

Algunas personas ascienden más que otras, y esto representa la oportunidad que tienen de obtener una renta adicional y utilizarla para diversos fines. En realidad, la relación de esta imagen con la renta no difiere tanto de la manera en que tratamos las demás oportunidades que existen en la sociedad, como por ejemplo la educación que se ofrece en un principio de forma gratuita sin tener en cuenta la contribución social de los padres. (...)

la renta básica no debería verse como un sustituto de los ingresos, sino como una fuente primaria de seguridad. Además de ser un instrumento de pago y una moneda para reconocer y planificar a lo largo del tiempo la contribución realizada en forma de empleo, el dinero también es sencillamente necesario para vivir. 

Una sociedad más civilizada aísla las diversas funciones del dinero. La renta básica es una parte de cómo llevar a cabo esta separación que hace tiempo que tendría que existir.

 La renta básica es un umbral por debajo del cual nadie debería caer. Ciudadanos con ingresos varios ya reciben un montante básico gracias a las subvenciones fiscales y a las exenciones de impuestos. En esencia, la RB no trata sobre la redistribución  del dinero, sino sobre el principio en el que se asienta la redistribución.

Repensar las condiciones no conlleva devaluar la contribución social, como preocupa a Lister y a otros, sino que propone una reflexión muy necesaria sobre cómo incentivar y sostener esta contribución. 

La negociación actual sobre el bienestar ha situado la mayor parte de la responsabilidad sobre estos asuntos en el individuo, y ha dispensado a la sociedad y a los responsables políticos de responder a preguntas difíciles sobre cómo elaborar una planificación educativa y ocupacional más eficaz. Visto desde esta perspectiva, el mayor cambio que conlleva una reforma de la renta básica es eliminar las condiciones a cumplir para obtener la renta básica. (...)

Las condiciones existentes para obtener una ayuda económica buscan incentivar, pero la línea que separa el incentivo del castigo es extremadamente delgada cuando existe un riesgo permanente de perder el sustento básico y la seguridad mínima está condicionada a aceptar cualquier trabajo que se ofrezca.  (...)

El debate político se centra con acierto en cómo paliar el bucle de la pobreza, entendido como la falta de incentivo posible cuando la tasa de retirada de servicios asistenciales básicos es elevada. Sin embargo, esta representación del bucle de la pobreza se equivoca al no tener en cuenta otras fuentes de motivación humana que no sean los ingresos inmediatos. El bucle de la pobreza no tiene que ver solo con el dinero, también tiene que ver con la seguridad. 

Existen numerosas pruebas de que el miedo a perder una mínima seguridad resulta en comportamientos en los que prima el instinto de supervivencia a corto plazo. Al contrario, si existe una oportunidad de pensar a largo plazo, la motivación para elaborar estrategias continuadas y expansivas es mucho mayor.

 En mi artículo Working-Life, Well-Being and Welfare Reform (Vida laboral, bienestar y reforma asistencial), resumo y ofrezco nuevas pruebas en este sentido. La estrategia institucional actual busca motivar a la gente a corto plazo y utiliza grandes dosis de palo. El objetivo debería ser permitir que las personas elaboren estrategias personales a largo plazo, que beneficiarían a los individuos, a las familias y a la sociedad en su conjunto.

¿Qué pasa con el riesgo de que algunas personas se sientan motivadas a contribuir y vivir una existencia muy humilde con solo una renta básica durante toda su vida, algo que hoy en día sería imposible hacer sin castigo? No se puede negar que este punto plantea algunas preguntas complicadas desde el punto de vista ético. No obstante, no creo que sean exclusivas de la renta básica, sino más bien permanentes en la sociedad humana.

 La mayoría de las instituciones que apoyan el empleo formal también tienen otras valiosas funciones adicionales. El único objetivo de la renta básica no es producir un mayor valor de mercado, como tampoco es el único objetivo de la educación. Si alguien decide ser un/a amo/a de casa, lo más probable es que sigamos pensando que la educación que ha recibido es de alguna manera útil.

 Hay gente que practica deportes de riesgo que la gran mayoría que no los practicamos tenemos que asegurar. Las cárceles son caras. En resumen, existen muchos elementos del gasto público que no tienen un valor de mercado productivo directo, pero que de igual manera consideramos valiosos. Podríamos valorar el hecho de entregar una seguridad económica a los ciudadanos sobre la premisa de que esto generaría comunidades más seguras. 

Es importante tener en cuenta que la motivación para ganar y progresar no se ve afectada en sí por una reforma de la renta básica. (...)

Una renta básica puede alterar la motivación de una persona para continuar estudiando o regresar a los estudios y colaborar también en la mejora a largo plazo de sus perspectivas para poder reincorporarse al mercado de trabajo. Una renta básica es un umbral que puede incentivar la adopción de estrategias de ahorro a largo plazo y que puede, junto con otros cambios legislativos, formar parte de un proceso para rediseñar la seguridad social de tal manera que pueda ayudar a una base afiliada más amplia. 

Esto me lleva de vuelta a una preocupación señalada por Lister. No considero la renta básica, ya sea en teoría o en la práctica, como un desafío a la ética del trabajo. El error está en primer lugar en pensar que esta es la tarea de la renta básica. Pero esta es la línea de pensamiento a la que hay que oponerse.

 ¿Por qué reincidir en el problemático supuesto de que la gente no trabajará si dispone de una mínima seguridad? Facilitar o, preferentemente, eliminar las condiciones para acceder a un subsidio mínimo es solo un pequeño paso para abordar una serie de problemas más complejos, pero así y todo podría ser uno muy importante. (...)

En mi artículo Policy and Politics (Políticas y política) y en Basic Income Studies (Estudios de renta básica), argumenté que no existe ninguna razón de principios, ni práctica tampoco, que permita considerar que la renta básica entra en conflicto con sistemas del bienestar más complejos que, como sucede en los países nórdicos, buscan intencionadamente el desarrollo humano.
Un marco feminista

¿Apoya la renta básica las preocupaciones feministas? De nuevo, mi respuesta es la misma. No se puede pretender que una reforma de la renta básica sea la solución a todos los problemas que afectan a las mujeres en esta sociedad moderna. La seguridad básica que ofrece una renta básica será más valiosa para unos grupos que para otros. 

Como las mujeres, de media, sufren situaciones más graves y complejas de inseguridad que los hombres, las mujeres se beneficiarán más todavía, pero la renta básica no puede solucionar toda una variedad de problemas que hacen que sea más difícil para las mujeres conseguir controlar su trabajo y su tiempo, y estos son problemas que requieren un respuesta legislativa y de riesgo compartido. 

Servicios de cuidado infantil asequibles de verdad, expectativas de volumen de trabajo más equilibradas y reconocimiento del rendimiento laboral con equilibrio de género son asuntos que requieren soluciones coordinadas. (...)

Finalmente, esto nos lleva a una serie más amplia de argumentos posibles en favor de un tipo de transición que dé como resultado una forma de seguridad más estable como base de la sociedad. Estoy de acuerdo con Lister en que la inminente automatización no es el motivo principal para establecer una renta básica. 

Sin embargo, yo iría un poco más allá y afirmaría que tampoco la mayor precariedad de muchos trabajos es la razón fundamental que podría garantizar ciertas formas de transición hacia una renta básica.

 Existen argumentos para utilizar la renta básica como respuesta a los cambios sistémicos. Según uno de ellos, una garantía de subsistencia es la única respuesta sólida a la incertidumbre que generan los patrones de contratación cada vez más complejos y cambiantes. Sin embargo, uno de los motivos de que muchas organizaciones, entre ellas los sindicatos, no estén de acuerdo con este tipo de argumento es que añade una nota de pasividad.

La verdad es que la renta básica posee una finalidad de alivio de la crisis, aunque su papel a largo plazo sea más positivo. Aun cuando los regímenes de libre comercio están experimentando una importante vuelta atrás, no cabe duda de que los patrones de contratación mundiales seguirán siendo objeto de cambios complejos. 

En este contexto, una renta básica no puede sustituir la creciente necesidad de desarrollar políticas más proactivas y respuestas legislativas de ámbito estatal, pero puede potencialmente ser un elemento clave de presión que provoque una respuesta de este tipo. Se puede convertir la tecnología en una oportunidad de redirigir la energía humana hacia otras formas de trabajo, como la asistencia, el fomento de la salud y la protección. 

Una renta básica no será el responsable directo, pero podría interpretar un papel secundario para asegurar un mayor equilibrio de poder en la sociedad. El argumento sistémico más importante a favor de la renta básica tiene que ver con los términos generales de democratización.

Según esta lógica, los sindicatos no deberían considerar la renta básica como una amenaza a sus intereses por dar forma a los tipos de trabajo del futuro. La renta básica puede ayudar a que surjan nuevas formas colectivas de trabajar, organizarse y compartir los riesgos. Puede ayudar a reflexionar sobre los derechos en relación con el Estado del bienestar y el trabajo en términos más amplios. 

La calidad del empleo no es una cuestión independiente de la calidad y disponibilidad de la asistencia en la sociedad, por poner un ejemplo. El uso actual que se hace de las políticas sociales para controlar la relación de la gente con el mercado de trabajo atomiza a las personas y a ciertos segmentos de la sociedad. La renta básica tiene el potencial de permitir la creación de una nueva serie de relaciones directas entre ciudadanos, y una relación entre ciudadanos y el Estado más equilibrada."          (Louise Haagh (Social Europe), CTXT, 07/03/17)