18/10/18

¿Existe un arte de morir?

"Una piedra no muere porque no cambia. No muere porque no vive. Todo aquello que cambia, que crece, muere: es decir, todo lo que vive, muere. Recuerdo estas frases sencillas y poderosas leídas en un libro infantil sobre la vida y la muerte (Brigitte Labbé y Michel Puech, Cruïlla, 2001). Se lo compré a mi hija de cinco años porque ella lo escogió después de mucho pensarlo. Fue su primer libro elegido libremente. 

Las dos dependientas quedaron consternadas, pero a mí no me pareció mal. Siempre hemos recordado aquel maravilloso libro con gratitud: en él leímos de forma razonada y sensata la necesidad de la muerte.

Pero los razonamientos sirven de poco ante una experiencia tan delicada, forzosamente traumática. No hay más que observar los esfuerzos que hacemos por mantenerla fuera de nuestro alcance, de nuestro campo de visión, para comprender las enormes dificultades que tenemos con ella. 

¿Qué es lo que no queremos ver? Porque su evidencia es demasiado grande para negarla, preferimos alejarla al máximo de nuestras vidas, ocultar sus múltiples rostros y actuar como si fuera un accidente que, aun ocurriendo demasiado a menudo, está lejos, o la sentimos lejos mientras no invada nuestro círculo más íntimo. No hay por qué sentirse culpable, cualquiera desea tenerla lo más alejada posible. Porque donde hay muerte es a costa de la vida, y la vida es nuestro único hábitat.

La lectura de Cuando el final se acerca. Cómo afrontar la muerte con sabiduría es un libro que me sugiere, sin embargo, opiniones contrarias. Comprendo muy bien la necesidad que puede sentir una médica especializada en cuidados paliativos en un hospital londinense, con una larga experiencia a sus espaldas, viendo morir a cientos de personas, de cristalizar su experiencia en un texto que aspira a desdramatizarla, integrándola en el ciclo vital.

 Nacemos y morimos y esos son los únicos días de nuestra vida que no tienen 24 horas. Los dos son igualmente trascendentes: ¿por qué, entonces, desentendernos del segundo?

La idea de su autora, Kathryn Mannix, es que late un sentimiento de pánico en nosotros que no hace más que complicar su irreversibilidad. Cuando la muerte llega, aparece el pánico: nuestro cuerpo se había olvidado tal vez de que iba a morir, o bien necesitamos otra oportunidad de vida desesperadamente porque en la vivida ha habido demasiados errores. 

Observaciones obvias, pero Mannix parte de su propia experiencia profesional y eso le da un valor añadido a la obviedad. La clave, sostendrá, es la aceptación, y a partir de ella, el diseño, en lo posible, de cómo queremos que sea ese final para que se ajuste al máximo a nuestro deseo.

Tampoco es que la autora se incline de forma militante por la eutanasia: para unos puede ser una posibilidad consoladora, mientras que para otros supone una invitación poco grata a desaparecer, y cuenta el caso de un joven padre de familia holandés, aquejado de una dolencia cuyas manifestaciones les ahorro, que huye de su país: en el hospital, mañana y tarde le estaban recordando que podía poner fin a su sufrimiento fácilmente. 

Y él, a pesar de todo, quería seguir viviendo. Así llega a la unidad de cuidados paliativos dirigida por la doctora Mannix donde médicas y enfermeras se desviven por sus pacientes terminales, les acompañan hasta el final, les ayudan a tomar la mejor decisión y colaboran para que sus familiares hagan lo mismo.

Cualquiera querría acogerse a esa humanitaria unidad: en cada box reina la máxima armonía, y las tazas de té y las galletas de jengibre extienden un benéfico manto sobre el dolor y la agonía de los enfermos terminales y sus cuidadores. 

De hecho, este es el eje del libro, la experiencia de la agonía, a partir de la revisión de numerosos casos clínicos, para concluir que nuestro temor a las horas finales puede aliviarse si pensamos que la agonía responde a un patrón: disminuir lentamente la mecánica que sostiene al individuo para que en ella pueda avanzar la muerte. Es una estrategia orgánica que invade también la mente, de modo que apenas sentiremos su llegada porque la conciencia de la misma nos habrá abandonado previamente.

El planteamiento de Mannix recuerda los libros del inolvidable Oliver Sacks: el mismo deseo de quitar hierro a la gravedad de situaciones y enfermedades, así como la alternancia de la narración de historias, alguna autobiográfica, con la reflexión. Ahora bien, el problema de Cuando el final se acerca es doble y tiene que ver con dicha alternancia: por una parte, el estilo, ingenuo y bienintencionado, rozando la cursilería y descartando en su impoluto ars moriendi lo que la muerte tiene de incertidumbre, miseria y destrucción. Porque todo eso está, cómo no, por más que la queramos una experiencia serena, y, en este sentido, su libro se halla a años luz del nervio de Sacks.

El segundo problema tiene que ver con el anhelo reflexivo: a Mannix le faltan referencias intelectuales —filosóficas, literarias, antropológicas— para que su pensamiento alcance su objetivo y no quede más cerca de un libro de autoayuda. Por ejemplo, la literatura ha nutrido con un formidable corpus de textos memorialísticos la experiencia de la muerte.

 Recordemos algunos: Esa visible oscuridad, la memoir con la que William Styron describía, en una prosa desnuda, lo cerca que estuvo del suicidio; en Paula, Isabel Allende escribe su experiencia hospitalaria en Madrid atendiendo a su hija, en coma durante un año; los dos libros seminales de Joan DidionEl año del pensamiento mágico y Días azules—, el primero sobre el infarto que desplomó a su marido cuando se hallaban a punto de cenar y el segundo sobre la muerte de su hija Quintana, tan solo unos meses después; Philip Roth dedicó un libro punzante, Patrimonio: una historia verdadera, a la decadencia de su padre, y el relato de Marcos Giralt Torrente Tiempo de vida marcó decisivamente su trayectoria literaria

El noruego Karl Ove Knausgard, por su parte, abría su voluminosa autobiografía, Mi lucha, con La muerte del padre y una soberbia descripción del instante en que la vida abandona el cuerpo y este pasa a pertenecer a lo muerto.

Lo mejor del libro de la doctora Mannix es sin duda la oportunidad que nos brinda de pensar en una dirección sobre la que también ha escrito Javier Gomá (La imagen de tu vida, Galaxia Gutenberg): que un día nuestra vida se detenga nos empuja a esforzarnos para conducirla de modo que nos podamos sentir razonablemente satisfechos. En otras palabras, en lugar de preguntarse ¿cómo morir?, que también, hay que preguntarse ¿cómo vivir para que la muerte me sea aceptable?"            (Anna Caballé, El País, 26/08/18)

17/10/18

La Escuela de las Américas, famosa por el entrenamiento de asesinos latinoamericanos, anuncia con orgullo que la teología de la liberación fue "derrotada con la ayuda del ejército de los Estados Unidos"

"(...) Estados Unidos lanzó una guerra virtual contra la Iglesia, en forma más dramática en América Central en los años ochenta. La década estuvo enmarcada por dos eventos cruciales en El Salvador: el asesinato en 1980 del Arzobispo Oscar Romero, la "voz de los sin voz", y el asesinato de seis importantes intelectuales latinoamericanos, sacerdotes jesuitas, en 1989.

 Romero fue asesinado unos pocos días después de que enviara una carta elocuente al presidente Carter suplicándole que no enviara ayuda a la junta militar asesina, que [la] usaría "para destruir a las organizaciones populares que luchan para defender sus derechos humanos fundamentales", en palabras de Romero. 

 Así lo hicieron las fuerzas de seguridad en los estados dominados por Estados Unidos de la región, dejando a muchos mártires religiosos junto con decenas de miles de las víctimas habituales: campesinos pobres, activistas de derechos humanos y otros que buscan "defender sus derechos humanos fundamentales".

El ejército de los Estados Unidos se enorgullece de ayudar a destruir la peligrosa herejía que adoptó "la opción preferencial por los pobres", el mensaje de los Evangelios. 

 La Escuela de las Américas (renombrada como "El Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación de Seguridad"), famosa por el entrenamiento de asesinos latinoamericanos, anuncia con orgullo que la teología de la liberación fue "derrotada con la ayuda del ejército de los Estados Unidos". (...)"            (Entrevista a Noam Chomsky, C. J. Polychroniou,  Truthout, 31/08/18; traducción google)

16/10/18

Nelson Mandela: Las victorias cubanas destruyeron el mito de la invencibilidad del opresor blanco e inspiraron a las masas combatientes de Sudáfrica ... un punto de inflexión para la liberación de nuestro continente... las tropas cubanas negras rechazaron una invasión sudafricana apoyada por Estados Unidos en Angola y obligaron a Sudáfrica a abandonar Namibia...

"(...) ¿Cómo evalúa y evalúa el significado histórico y el impacto de la revolución cubana en los asuntos mundiales y hacia la realización del socialismo?El impacto en los asuntos mundiales fue extraordinario. Por un lado, Cuba jugó un papel muy importante en la liberación de África Occidental y del Sur. Sus tropas rechazaron una invasión sudafricana apoyada por Estados Unidos en Angola y obligaron a Sudáfrica a abandonar su intento de establecer un sistema de apoyo regional y abandonar su control ilegal sobre Namibia. 

 El hecho de que las tropas cubanas negras derrotaran a los sudafricanos tuvo un enorme impacto psicológico tanto en el África blanca como en la negra. Un notable ejercicio de internacionalismo dedicado, realizado con gran riesgo por la superpotencia reinante, que fue el último partidario de la Sudáfrica del apartheid, y completamente desinteresado. 

 No es de extrañar que cuando Nelson Mandela fue liberado de la prisión, uno de sus primeros actos fue declarar:
  • Durante todos mis años en prisión, Cuba fue una inspiración y Fidel Castro una torre de fuerza ... [Las victorias cubanas] destruyeron el mito de la invencibilidad del opresor blanco [e] inspiraron a las masas combatientes de Sudáfrica ... un punto de inflexión para la liberación de nuestro continente, y de mi gente, del flagelo del apartheid ... ¿Qué otro país puede señalar un registro de mayor desinterés que Cuba ha mostrado en sus relaciones con África?
La asistencia médica cubana en áreas pobres y en situación de sufrimiento es también bastante singular.A nivel nacional, hubo logros muy significativos, entre ellos, simplemente la supervivencia frente a los esfuerzos de los Estados Unidos para llevar “los terrores de la tierra” a Cuba (la frase del historiador Arthur Schlesinger, en su biografía de Robert Kennedy, a quien se le asignó esta tarea como su más alta prioridad) y el feroz embargo. 

 Las campañas de alfabetización fueron altamente exitosas, y el sistema de salud es justamente reconocido. Hay graves violaciones de los derechos humanos y restricciones de las libertades políticas y personales.  

Cuánto se puede atribuir al ataque externo y cuánto a las decisiones políticas independientes, uno puede debatir, pero el hecho de que los estadounidenses condenen las violaciones sin el pleno reconocimiento de su propia responsabilidad masiva otorga a la hipocresía un nuevo significado. (...)"                            (Entrevista a Noam Chomsky, C. J. Polychroniou,  Truthout, 19/06/16)

15/10/18

El 12-O, entre la demagogia y la banalización... dos esclavismos se enfrentan... gana el español porque el azteca recurría a sacrificios humanos... y los pueblos indios subyugados por ellos prefieren apoyar a los españoles... seguirán siendo esclavos, pero sin ser carne de sacrificio... lo normal... en el siglo XX, los judíos preferirán el antisemitismo ruso que el alemán...

"Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi.

 ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. 

Ahora bien, no lo es mucho más que los argumentos esgrimidos por sectores soberanistas, y afines, incluyendo la primera edil de Barcelona Ada Colau, en vísperas del 12-O de 2015, al identificarlo con el inicio del supuesto genocidio de los pueblos indígenas americanos. Supongo que este año vamos a tener más de lo mismo, a tenor de la propuesta de la CUP de demoler el monumento a Colón del puerto de Barcelona. Buen comienzo. 

Claro que con la iglesia han topado. Los de “Nova Història” han puesto el grito en el cielo, ya que es cosa sabida que “Cristòfor Colom fou català”, como reza un panfleto que circula desde hace ya bastantes años. También peligra la estatura de Antonio López que, como su cuñado Güell, mecenas de Gaudí, hizo fortuna al parecer con el tráfico de esclavos. Pero con Güell no se meten; quizá porque no se llamaba López. 

Y puestos a hacer, queda pendiente otro monumento de un racista, el del Dr. Robert. Claro que como él lo que intentaba demostrar era que los catalanes eran de una raza superior a la de los españoles, no se le tiene en cuenta.

Veamos. Empecemos por el sustantivo “descubrimiento”. Estoy bastante de acuerdo en que calificar el 12-O así, es en gran medida impropio. De manera más o menos fortuita, debió haber bastantes europeos que cruzaron el Atlántico antes que Colón. O quizá asiáticos por el Pacífico. 

También es impropio en la medida en que el almirante estaba convencido de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón). El verdadero “descubrimiento” fue la evidencia de que la circunferencia terrestre era mucho mayor de lo que se había asumido, ya que la existencia de América alejaba necesariamente Europa de Asia.

Sea cual fuere el tipo de descubrimiento, el resultado fue la colonización de todo un continente por diferentes monarquías europeas, no solo la Hispánica. Y no creo que haya desacuerdo en considerar globalmente el colonialismo como una de las grandes vergüenzas de la historia.

Ahora bien, colonialismo no implica irrevocablemente genocidio sino, en cierta manera, algo totalmente contrario. En principio, al colonialista lo que interesa es sacar el máximo provecho de los recursos naturales, mediante la consiguiente explotación de la mano de obra nativa, sin interés especial en exterminarla. 

Y cuando esa mano de obra resulta insuficiente, por una u otra causa, se busca otra. Caso típico, el tráfico de esclavos de África a América. Las enfermedades introducidas por los europeos habían mermado considerablemente la población amerindia. Pero no tengo noticias de que en el siglo XVI haya habido Mengeles que les inocularan a los indios la viruela, por ejemplo, para exterminarlos.

 Las jornadas extenuantes a que estaban sometidos los mineros del Potosí boliviano, por ejemplo, se pueden calificar de crueles y despiadadas, pero no son propiamente un genocidio, en el sentido de cómo se estableció el concepto (voluntad de exterminio), como veremos enseguida.

Otro ejemplo, el “Estado Libre del Congo” de Leopoldo II. El rey de los belgas no estaba interesado en matar negros, sino en sacar el máximo provecho de su trabajo esclavo, para pagarse las francachelas. Asimilar explotación, colonial o no, a genocidio, nos llevaría a calificar también como tal el capitalismo llamado manchesteriano.

 ¿O es que vamos a ser más laxos al juzgar lo descrito por Engels que lo que denunciaba Bartolomé de las Casas? Que por cierto según “Nova Història” era también catalán y se llamaba Casaus. Sobre Engels, todavía no se han pronunciado.

El error se prolonga cuando se asocia exclusivamente la idea de colonialismo y sus víctimas a pueblos no europeos. Como ha demostrado más de un historiador, los primeros en experimentar las consecuencias de la aventura colonial fueron los europeos, digamos, periféricos.

Veamos el caso inglés. Roma somete a la población celta. Cuando el Imperio retira sus legiones, los anglosajones arrinconan a los celtas en los confines occidentales, Gales y Cornualles. Luego, después de Hastings, son los normandos los que feudalizan el país, desposeyendo a los sajones de sus derechos y propiedades. El sojuzgamiento del espacio celta prosigue en Irlanda.

En el este europeo, son los Caballeros Teutónicos los que colonizan, a costa de los pueblos bálticos y eslavos.
Podemos encontrar situaciones no muy diferentes en nuestro entorno inmediato. Por ejemplo, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con las “gestas” almogávares en Grecia o la conquista de Cerdeña (¿por qué fue necesario repoblar L’Alguer?). También la Reconquista, en sentido global, tema válido para todas las coronas ibéricas. Un ejemplo.

El 9 de octubre de 1238, Jaime I entraba en Valencia. En realidad la ciudad se había rendido el último día de setiembre. El retraso se debió a la necesidad de expulsar la población musulmana, a fin de distribuir sus hogares entre los conquistadores

 ¿Fue mejor o peor la suerte de los musulmanes de las Baleares, muchos de ellos vendidos como esclavos? ¿No se asemeja más esto a lo que hoy llamamos genocidio, que hechos aludidos anteriormente? Será casualidad pero, hasta el momento, nunca he visto que en los círculos nacionalistas cunda el mismo nerviosismo cuando se acerca el citado 9 de octubre, o el 31 de diciembre (conquista de Mallorca), como ocurre en las vísperas del 12-O.

No creo que ningún historiador digno del calificativo acepte simplificar el fenómeno del colonialismo calificándolo de genocidio. Cuestión aparte son determinados hechos puntuales que pueden llegar a calificarse como tal, por características muy específicas. Es el caso de las situaciones de colonización unidas a la introducción de una población ajena, que exige “vaciar” previamente el espacio. 

Curiosamente, y volviendo al caso americano, los ejemplos más claros de dicho proceder se dieron más claramente después de que se hubiera obtenido la independencia. Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el “Go to West” en los Estados Unidos. Pero hay otros que nos son culturalmente más cercanos. Por ejemplo, Argentina.

La ocupación de las tierras aborígenes del sur, con los consiguientes perjuicios para sus habitantes, comienza no mucho después de la independencia, de la mano de Juan Manuel de Rosas. Culmina con la llamada “campaña del desierto” de Julio A. Roca. En ambos casos el proceso se lleva a cabo en beneficio de las familias criollas, las llamadas “patricias”, ya que les permite pasar a poseer enormes latifundios. 

Me gustaría saber si interpreta de igual manera la cuestión cierto “lobby” argentino establecido en Barcelona con, sospecho, unas más que probables raíces en el peronismo de izquierdas, dado que todo el justicialismo siempre ha sido ardientemente rosista.

Tampoco fue genocidio el idealizado sistema patriarcal de las reducciones jesuíticas, pero sí el exterminio de la etnia tupí-guaraní, especialmente en Brasil, cuando aquellas desaparecieron, cosa que tuvo lugar ya después de la independencia.

 En prácticamente todas las repúblicas sudamericanas se ha producido el mismo fenómeno: la “leyenda negra” de la colonización (ya de por si suficientemente negra) ha sido una construcción de un sector de la oligarquía criolla, los mismos que en muchos casos llevaron a cabo la política de expansión territorial para el asentamiento de los inmigrantes europeos y que, durante 200 años de independencia, han mantenido segregada a lo que quedaba de la población amerindia.

Se cuenta que Vicente Blasco Ibáñez, en una visita a un país sudamericano, tuvo que aguantar de un criollo una larga retahíla sobre las barbaridades que los conquistadores habían llevado a cabo. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente: “Eso lo debieron hacer sus antepasados, porque los míos se quedaron en España”.

La expansión colonial en América, y luego África, fue sin lugar a dudas una vergüenza, como ya he dicho antes, pero probablemente también una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo y el atraso tecnológico de los pueblos nativos, en ambos continentes. Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente

Recordemos además que la idea de genocidio es relativamente nueva. Fue establecido por el jurista Raphael Lemkin, judío polaco emigrado a Estados Unidos, en 1944, con la siguiente definición: “ La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento” . La consecuencia es que se aplica el calificativo de forma retroactiva, a situaciones en un pasado más o menos lejano.

Durante el siglo XX ha habido bastantes casos que, desgraciadamente, se pueden calificar sin titubear como genocidio. La más evidente, por supuesto, es el exterminio nazi contra judíos y romaníes, o incluso homosexuales, aunque en este caso el apelativo de “grupo nacional” no sería aplicable, de tal manera que quizá la definición original resulte insuficiente. 

El otro gran genocidio en la misma centuria es el de los armenios y cristianos asirios, emprendido hace un siglo por los Jóvenes Turcos, eficazmente ayudados por la población kurda, muy idealizada por cierta izquierda. Y también tuvo visos genocidas la acción del ejército japonés en China en la década de 1930. Recuérdese la toma de Nankín.

Hace ya más de 50 años Hanna Arendt teorizó sobre la banalidad del mal. En el tema que se aborda, asistimos a una banalización terminológica muy peligrosa, ya que vacía de contenido los conceptos correspondientes. Cuando a un mero reaccionario se le califica de “fascista”, se le está lavando la cara al fascismo, y lo mismo se hace con la Shoa, cuando se califica como genocidio algo que no lo es. 

Un análisis de los acontecimientos históricos implica documentarse en aras del máximo rigor conceptual, no ir por la vida de fetichista de fechas o hechos. Y en el caso concreto que aquí se trata, supone distinguir explotación, en sus diversos grados de crueldad y brutalidad, del puro fanatismo asesino.

No creo en la casualidad cuando veo que año tras año, cuando se acerca el 12-O, sea en Cataluña donde aparecen los elementos más radicales de ese sesgo demagógico con el que se juzga la colonización americana. Desengañémonos, en diversos ámbitos del nacionalismo catalán, el hecho de que la supuesta “lengua opresora” tenga la importancia que tiene, molesta en grado sumo.

 Cuando lo normal sería felicitarse de que los hablantes de una lengua minoritaria tengamos acceso, en nuestra condición de bilingües, a todas las ventajas que supone una de los pocos idiomas de carácter mundial. El terreno ha estado abonado por supuesto durante años por la historiografía nacionalista, reflejada convenientemente en el día a día. Sería interesante, por ejemplo, estudiar el fenómeno en la enseñanza, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

En realidad, es pura hipocresía. Cuando oigo determinadas voces que reclaman una escuela con solo catalán e inglés, me pregunto cuántos de nuestros industriales, incluidos los del “Cercle Català de Negocis”, la patronal independentista, estarían dispuestos a renunciar a las ventajas que supone hablar castellano, para penetrar en el jugoso mercado latinoamericano. Quizá los que están fuera del juego. Al fin y al cabo, la inmersión no funciona en las escuelas de élite."                  (Gerónimo

11/10/18

El Fascismo que viene... Si éste vuelve a encarnarse en el siglo XXI, no vendrá precedido por desfiles con antorchas o escuadras de camisas negras. Hoy es compatible con trajes Armani o Gucci de raya impecable y blanco impoluto, siempre que en su programa junto al culto al líder, seguidismo gregario y odio al enemigo común, defienda la ganancia sin límites legales o éticos

"No caigamos, por uso y abuso a la hora de etiquetar acciones o arrojar el vocablo al adversario como arma, en la banalización del concepto “Fascismo”. Si éste vuelve a encarnarse en el siglo XXI, no vendrá precedido por desfiles con antorchas o escuadras de camisas negras.

Hoy es compatible con trajes Armani o Gucci de raya impecable y blanco impoluto, siempre que en su programa junto al culto al líder, seguidismo gregario y odio al enemigo común, defienda la ganancia sin límites legales o éticos y la sacrosanta propiedad privada. El sustantivo es lo de menos: al Poder le da igual llamarlo “x”.

Aunque eso no impida guardar para “perfomances” simbólicas los guiños a las raíces, tipo líder con torso desnudo, émulo de Mussolini borrando pintadas obscenas de fachadas de barrios obreros mientras saluda a cámara o paseos del «Jefe» saludando a la multitud que vitorea acompañado de cura con hisopo -no importa la acusación de pederastia que le acompañe- encargado de bendecir las nuevas instalaciones religiosas oportunamente financiadas a costa del erario público. Todo sea por mantener la llama de la herencia histórica cristiana.

Como enfermedad ideológica contagiosa y mutante puede colonizar voluntades de muy diversas maneras. El martes 18 nos sorprendía esta noticia: la voz más influyente de las redes en Italia es Francesco Gangemi, albañil en paro (eldiario.es)

Desde su página “Pongamos a parir a todos”, genera millones de interacciones siempre que con frases simples fustigue a los inmigrantes. Afirma que si los defendiera no se comería un clic. Con la acción logra ingresos extras que le ayudan a sobrevivir, cumpliendo de camino el sueño capitalista de comercializar hasta el odio. Y como de desfachatez va sobrado, proclama, tras poner en la diana a miles de seres humanos, un “a mi la política no me interesa”.

Versión latina de nuestro producto nacional, ese españolito adosado a la barra del bar con soluciones para todos los problemas tras la frase “Eso lo arreglaba yo…”. La aseveración siempre va acompañada, en modo boca chica, con un “soy apolítico” que, al calor de las pullas de los contertulios, va subiendo, subiendo, hasta dejar salir del alma al franquista que lleva dentro.

 Que se lo digan si no a Begoña García, diputada del PP en la Asamblea de Madrid cuando con la excusa de una pregunta a un Consejero de su partido, hoy calificaba al general asesino de «Caudillo victorioso». Eso sí, la risa no la dejaba continuar. Para ella debe resultar muy gracioso recordar al sembrador de decenas de miles de cadáveres en las cunetas patrias.

El espécimen ya se dio en la Alemania de 1945 bajo la coartada del «yo no sabía nada, no imaginaba que les harían eso» para referirse al trágico destino del vecino judío al que rompió la cristalera y al inquilino comunista del segundo denunciado por la aria comunidad, a los que vieron desaparecer una noche tras las garras de la Gestapo.

Porque el Fascismo no es peligroso cuando se mantiene en teorías y disquisiciones académicas anexas refutables con dialéctica y principios. Lo es cuando baja al suelo y se instala en el comportamiento, lo cotidiano, el entorno cercano.

Como doctrina se propaga de manera extraordinaria con las “fakes news” (versión tecnología punta de la archiconocida máxima nazi “mentira mil veces repetida”), la negación de lo evidente como hace Aznar en el Congreso, las difamaciones bajo cuerda, los cánticos de barras bravas, hooligans y otras faunas futboleras.

Porque sus mentores saben que para cerrar las Fronteras, la primera abertura a sellar es la de la Mente. Y conseguido esto, sobran los Trump y los muros de Israel.

No necesita ni recurrir a la clásica amenaza militar. Los golpes de Estado ya no los dan uniformados. Ahora las grandes corporaciones preparan el terreno, un sector a nómina de políticos electos sirve de felpudo/ariete y los Tribunales ejecutan. No hace falta quemar el Reichstag físicamente y echarle la culpa a Marinus van der Lubbe para torcer la voluntad del Parlamento elegido. Que lo pregunten en Honduras, Paraguay, Argentina, Brasil… A los gobernantes aunque hayan tragado durante su mandato con el diseño y el Sistema neoliberal, a poco que planteen limar las aristas más negativas les aplican el “imperio de su ley”. El fascismo se nutre del miedo.

Para fascistizar a la sociedad son esenciales dos armas: enemigo común e intolerancia. La primera es el pegamento que aglutina porque ofrece un culpable: ese emigrante “que vino a quitarte tu puesto de trabajo, vivir de las subvenciones y violar a nuestras mujeres”.

Y, parodiando a Martin Niemöller, el resto respiran con un «yo no lo soy».

La intolerancia la arman mezclando parte y todo. El peligro lo encarna el islamista, presto a invadirnos y sembrar el caos. El fanático foráneo. No importa el fanático autóctono porque es él.

El Poder siempre utiliza más de una baraja, conjugando a la vez el neoliberalismo y su teórico contrario siempre que las discrepancias de forma no cuestionen el resultado final y, confiado en la seguridad que da saber que al enseñar Guatepeor -llámese Orban, Le Pen o cualquier primo político-, nadie le cuestiona su actual Guatemala.

En este contexto, que Matteo Salvini en su juventud estuviese en la órbita del centro social de izquierda «Leoncavallo» o que en 1997 fuese en las listas de los comunistas padanos no tiene la menor importancia. Me impactan mucho más sus soflamas de ultraderecha en el atril de la Liga Norte bajo un letrero que reza “Los italianos primero”. Con eso y con que sirve de coartada a los titiriteros que mientras lo mueven gritan «que viene el coco», me basta.

Lo siento, pero, desde mis cortas luces, vinculo el origen del movimiento obrero a un opúsculo escrito en 1848 que proclamaba “Proletarios de todos los países, uníos”. Y a una organización que no en balde se llamó «La Internacional» acompañada por un himno estremecedor que no hablaba de fronteras y naciones sino de parias y famélica legión.

¿Que es necesario ocupar el Estado en su concepción nacional burguesa y utilizarlo de ariete para asaltar los cielos? No lo discuto.

¿Que Lenin cogió el tren ofrecido por el enemigo para llegar al andén de la Revolución? Me encanta la anécdota. Pero Vladimir no era un simple pasajero, era un excelente conductor y conocía los vericuetos del camino al que pretendía llegar.

No hace falta corretaje ni dialéctica de puños y pistolas. Al nuevo totalitarismo que emerge le basta con decir «mira el pajarito» en formato medio de difusión ideológica para desviar la atención de un público que aplaude mientras le roban la cartera..

Hace muchos años -lo reproduje en otra ocasión-, Marcelino Camacho me regaló una excelente anécdota. Contaba que Rodrigo Rato le interpeló un día con un “Marcelino, mi padre -Ramón Rato, encarcelado durante tres años por evadir millones de pesetas de los años 60 a Suiza- también estuvo encarcelado por Franco como tú”. A lo que Marcelino respondió: “Sí, pero no por lo mismo, no por lo mismo”.

¿Podemos coincidir alguna vez desde nuestras posiciones con la extrema derecha en la crítica al capitalismo salvaje que ejecuta la UE, las tropelías de un Euro diseñado para garantizar la hegemonía alemana, las políticas migratorias o el seguidismo de Bruselas ante el militarismo estadounidense?. Sí, pero no por lo mismo, no por lo mismo."                   (Juan Rivera, Colectivo Prometeo, 29/08/18)

10/10/18

Israel no tiene pozos de petróleo. No tiene minas de oro. ¿Qué tiene? El título de propiedad del Holocausto... Los líderes de Israel, con Binyamin Netanyahu a la cabeza, se comportan hoy en día como los papas de antaño: venden dispensas del Holocausto

"Israel no tiene pozos de petróleo. No tiene minas de oro. ¿Qué tiene? El título de propiedad del Holocausto.

Es un activo de gran valor. Todo el que quiera limpiarse la mancha necesita un certificado del Estado de Israel. El precio de dicho documento es altísimo. Y cuanto mayor la culpa del solicitante, mayor el precio de la dispensa.

¿A qué nos recuerda esto?

Durante siglos, la Iglesia Católica se dedicó a la venta de “dispensas”. Las dispensas eran documentos firmados por el Papa y la curia que eximían al beneficiario del cumplimiento de determinadas obligaciones religiosas o bien le permitían hacer ciertas cosas prohibidas por la Iglesia. (...)

Los líderes de Israel, con Binyamin Netanyahu a la cabeza, se comportan hoy en día como los papas de antaño: venden dispensas del Holocausto.

Netanyahu no ha sido el inventor del negocio. Lo ha heredado de sus predecesores. Todo empezó cuando poco después de la II Guerra Mundial, David Ben Gurión llegó a un acuerdo con el entonces canciller alemán Konrad Adenauer. Ben Gurión sancionó la existencia de una “nueva Alemania”, totalmente kosher, y a cambio los alemanes pagaron tres mil millones de marcos al Estado de Israel en concepto de compensaciones, así como pensiones individuales a los supervivientes del Holocausto.

Yo mismo recibí una pequeña compensación por mi “educación perdida” y a mis padres se les concedió una pensión mensual con la que se mantuvieron el resto de su vida.

A ojos de Ben Gurión el asunto era puramente económico. El recién nacido Estado de Israel no tenía dinero y las compensaciones alemanas lo ayudaron a sobrevivir los primeros años.

No obstante, detrás del acuerdo se ocultaba una decisión de otro tipo. Israel, es bien sabido, es un “Estado Judío”. El gobierno de Israel ostenta dos coronas: por un lado, la del gobierno de un Estado soberano y por otro, la de líder de la Diáspora judía mundial. La premisa ideológica es que ambas son una sola y la misma.

Pero semejante premisa es una ficción. De vez en cuando surge un problema que pone de manifiesto la discrepancia entre los intereses de Israel y los de la Diáspora. En semejantes ocasiones los intereses de Israel tienen prioridad.

Últimamente ha surgido una de tales situaciones.

Benjamín Netanyahu, rey de Israel y aspirante a emperador del pueblo judío, ha firmado una declaración conjunta con el gobierno polaco que absuelve al pueblo de Polonia de toda responsabilidad por los sucesos del Holocausto y condena de un solo plumazo el antisemitismo y el antipolonismo.

El documento ha desatado un huracán que se centra en dos cuestiones: 1ª. La exactitud de dicha declaración. 2ª. Los motivos que han llevado a Netanyahu a firmarla.

La segunda tiene una respuesta más fácil: Netanyahu mantiene una profunda amistad con los regímenes de Europa Central, que en la actualidad forman un nuevo bloque encabezado por Polonia que incluye a Hungría, la república Checa y Eslovaquia.

Dichos regímenes son de extrema derecha, cuasi totalitarios y antirrefugiados. Se les podría calificar de fascistas light.

Todos ellos se oponen al liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel y a sus aliados, que son más o menos liberales, aceptan a los refugiados y condenan la ocupación y los asentamientos israelíes en territorio palestino. Netanyahu cree que su alianza con la oposición europea frenará a los merkelistas.

A lo largo y ancho del mundo, las instituciones judías ven todo el asunto bajo un prisma completamente distinto. No han olvidado que esos partidos ultraderechistas no son más que los descendientes de los partidos filonazis de la era de Hitler. Interpretan el cinismo de Netanyahu como una traición a las víctimas judías del Holocausto.

La exactitud de la declaración conjunta es una cuestión mucho más acuciante.
En Israel ha habido una amplia condena de la absolución de Polonia por parte de Netanyahu. En Israel se odia a Polonia mucho más de lo que se odia a Alemania. Es una historia larga y compleja.
En tiempos anteriores al Holocausto, Polonia albergaba a la mayor comunidad judía del mundo. Son muy pocos los judíos que se preguntan el porqué.

La sencilla y frecuentemente olvidada razón es que Polonia fue durante siglos el país más progresista de Europa. Mientras en la mayoría de los países europeos (Inglaterra, Francia y Alemania incluidas) a los judíos se los perseguía, se los mataba y expulsaba, la monarquía polaca los recibía con los brazos abiertos. Un rey tuvo una amante judía; los nobles y terratenientes recurrían a los judíos para la gestión de sus posesiones; los judíos se sentían protegidos.

Con el paso del tiempo, las cosas cambiaron por completo. Entre los polacos surgió una profunda animadversión hacia la enorme minoría que vivía entre ellos y tenía un aspecto distinto, se vestía de manera diferente, hablaba otra lengua (el yidish) y practicaba otra religión. La competición económica exacerbó el resentimiento. Durante los largos períodos de ocupación rusa y de otros vecinos, los polacos se volvieron ferozmente nacionalistas y su nacionalismo excluía a los judíos. El antisemitismo se convirtió en una fuerza tremenda.

Los judíos reaccionaron con un profundo odio a los polacos y todo lo que tuviera que ver con Polonia.

La invasión nazi de Polonia complicó más aún la situación. Después de la guerra, para la mayoría de los judíos no cabía duda de que los polacos habían cooperado en el exterminio. Se hizo habitual hablar de “campos de concentración polacos”.

Esto siempre ha enfurecido a los polacos. Polonia ha promulgado recientemente una ley que convierte en delito el uso de esa expresión y otras similares.

Ese es el motivo de la oleada de rabia que ha recorrido tanto Israel como el mundo judío tras la firma de Netanyahu de la declaración que absuelve a los polacos de toda responsabilidad en el exterminio de los judíos en Polonia.

Hará unos doce años visité Polonia por primera vez con el fin de recabar información para mi nuevo libro Lenin ya no vive aquí, publicado en hebreo, en el que se describe la situación de Rusia y varios otros países inmediatamente después de la caída del comunismo.

Ningún otro país me sorprendió tanto como Polonia. Descubrí que durante la ocupación no hubo una sino dos organizaciones clandestinas polacas que combatieron a los nazis. Millones de polacos cristianos fueron ejecutados junto a los judíos.

(Cuando volvimos a Tel Aviv, mi esposa Rachel, que me había acompañado en el viaje, oyó a una tendera hablando en polaco. Aún impresionada por lo que nos habían contado, la interrumpió para preguntarle: “Sabía usted que los alemanes mataron también a tres millones de polacos cristianos?”. “¡Pues no fueron bastantes!”, replicó la tendera).

Durante el Holocausto, las primeras informaciones fiables acerca de los campos de exterminio que recibieron los aliados y las instituciones judías procedían del gobierno polaco en el exilio, con base en Londres. Una vez acabado el conflicto, Israel condecoró a miles de polacos que habían ayudado a los judíos, a menudo poniendo en peligro su propia vida y la de sus familias.

Es cierto que muchos otros polacos ayudaron a los nazis a matar judíos, tal y como sucedió en todos los países ocupados. Además, una vez terminada la ocupación nazi tuvo lugar al menos un pogromo. Pero nunca hubo un político colaboracionista polaco al estilo del noruego Vidkun Quisling. En comparación con otros países ocupados, Polonia sale bastante bien parada.

¿Por qué estaban los campos de exterminio en Polonia? Porque allí se encontraba el grueso de la población judía y porque lo más sencillo era transportar hasta allí a los judíos de otros países. Pero eso no los convertía en “campos de exterminio polacos”.

En la declaración Netanyahu-Polonia hay ciertas exageraciones. Por ejemplo, en un párrafo se menciona el antisemitismo y el antipolonismo, signifique lo que signifique ese término. A pesar de todo, el vendaval que se ha desatado es excesivo.

Hace muchos años leí un relato de un escritor israelí. Describía la invasión de Oriente Medio por un pueblo mongol que sentía un odio obsesivo por los árabes. Los ocupantes pedían ayuda a los judíos para exterminar a los árabes con la promesa de todo tipo de prebendas."                (Uri Avnery, m'sur, 09/08/18)

8/10/18

En los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones, además de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo...

"Es una constante tentación simplificar los trazos con los que construimos nuestra imagen de la realidad para que ésta nos sea más manejable. 

La complejidad del mundo en el que estamos supone, al abordarla en el mismo análisis, una carga pesada que tratamos de aliviar como sea y así diseñar mapas teóricos que, aunque sean falsos, nos ayuden a pensar que nos orientamos en la realidad y, con ello, nos clarificamos en cuanto a qué hacer. (...)

De esa manera, en política, fallan las estrategias construidas con esa ley del menor esfuerzo que no da de sí más que tacticismos alicortos.  La demagogia cuenta entre sus características precisamente con la elusión de la complejidad. 

La verborrea demagógica no se complica la vida con matices y echa mano de la brocha gorda para trazar el marco de un discurso –si cabe llamarlo así- encaminado a halagar al auditorio, a la vez que se busca activar sus emociones para encaminar esas pasiones que, con tal acompañamiento, no pueden ser sino bajas.  (...)

Cuando la democracia moderna se puso en marcha volvió a toparse con la demagogia como práctica que la distorsiona, con la ayuda de elaboraciones ideológicas más sofisticadas. Los mecanismos ideológicos se instalan en la sociedad, condicionando la vida política con sutiles formas de encubrimiento de la realidad que, en esas variantes más extremas de las mismas, dan lugar a nuevas mitificaciones que se vuelven artefactos potentes para construir discursos simplistas con fuerte carga emocional.

 Es constatable cómo en los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones construidas como reverso, además, de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo.   (...)

La crisis social provocada por una economía que no remontaba y el sentimiento colectivo de humillación nacional por el Tratado de Versalles fueron generando el caldo de cultivo en el que el nazismo acabaría germinando hasta hacerse con toda la sociedad alemana como sistema totalitario. 

Conocemos las consecuencias, como sabemos de las del fascismo en Italia –podemos sumar a ello el anticipo que supuso, en cuanto a la II Guerra, el acoso y derribo al que se sometió la II República española–. 

Mucho se ha dicho y escrito acerca de cómo todo ello fue posible. Si ahora no es el momento de detenernos en recoger apreciaciones más detalladas, aunque fuera en balance apresurado, sí es pertinente recordar cómo en el periodo de entreguerras se echó mano, por parte de los movimientos totalitarios en ciernes, de las mitificaciones nacionales e incluso raciales –acentuando el reverso del prejuicio respecto al excluido como extraño, el otro diferente, el judío como chivo expiatorio–.

 Sobre tales mitos se construyó ese discurso movilizador que puso el objetivo de su desbocada demagogia en generar en las masas emociones conducentes a una ciega adhesión al líder mesiánico, por ejemplo.

 A la vez, para dejar atrás las reservas racionales que supusieran objeciones a tan funestos desvaríos se nutría la exaltación de un irracionalismo que se esgrimía como soporte de los valores fundamentales de “la tierra y la sangre”.

 Valga como referencia emblemática al respecto la obra de Oswald Spengler con título que facilitó que alcanzara la condición de best seller de la época: La decadencia de Occidente. Su influjo fue fortísimo y a ese clímax cultural no se sustrajeron pensadores de primer nivel, como fue el caso de Martin Heidegger. (...)

Lo que se ha llamado el caso Heidegger es paradigmático acerca de cómo mentes de una potencia intelectual descollante pueden sucumbir ante los cantos de sirena de la llamada de “la tierra y la sangre”, o del pueblo y la patria, o de la raza y el nuevo Reich.   (...)

Si pasamos ahora de los años veinte y treinta del siglo pasado a esta segunda década del XXI observamos que la tentación irracionalista de nuevo se hace presente. Eso ocurre, ciertamente, en un contexto distinto, por lo que toca a Europa en el contexto de sociedades con democracias más institucionalizadas –aunque no por ello aseguradas ante el empuje de lo que cabe denominar las diversas formas de neofascismo-, en marcos culturales en los que ya no entra una estetización de la política como la que acompañó a los fascismos de otrora, pero en los que sí se abre paso, dado el cinismo imperante, la perversa dinámica de lo que se ha llamado posverdad: mentira socialmente organizada, políticamente inducida, mediática y digitalmente producida, de manera que sabiendo que la verdad  no interesa, todo recae sobre la construcción de relatos, incorporando cuantas falsas noticias hagan falta, para que las multitudes individualistas castigadas por la crisis se aglutinen en virtud de la demagogia de los populismos del momento.  (...)

Resulta escandaloso oír decir desde posiciones supuestamente de izquierda que no está el horno para razones y que lo que ahora procede es activar emociones. Por ese camino no hay discurso emancipador y solidario que se pueda sostener y compartir tras objetivos de justicia. 

 La razón democrática de una conciencia republicana que, en aras de la libertad y por mor de la igualdad, busque salidas por la izquierda, ha de ser razón espoleada por esa pasión política que cuenta con la inteligencia suficiente para saber que ciertas propuestas, emocionalmente muy cargadas, no conducen sino a falsas vías de escape. "                    

(José Antonio Pérez Tapias  , catedrático en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada, CTXT, 01/10/18)

5/10/18

El Trabajo Garantizado está ganando enteros sobre todo en el mundo anglosajón, concretamente entre los seguidores Demócratas de Bernie Sanders en EEUU y en el Labour Party de Jeremy Corbin en Reino Unido

"Los debates entre Trabajo Garantizado (TG) y Renta Básica (RB) se han sucedido en los últimos años, en franca pugna por convertirse en la piedra angular del proyecto político progresista. 

Mientras la RB goza de mayor popularidad dentro de la tradición izquierdista más libertaria, el TG triunfa mayoritariamente entre la izquierda más clásica socialista-socialdemócrata. De esta manera, la RB fue popularizada en los primeros programas de Podemos, mientras Izquierda Unida apostaba claramente por un programa de TG.

 Quizá por los mayores vínculos con el progresismo de corte más libertario, desde la economía ecológica y, en general, el ecologismo político, ha habido una inclinación mayor hacia la RB (aunque esto quizá tan solo sea una intuición personal). En los últimos años, incluso algunos experimentos de RB han sido ya ensayados en Suiza o en Finlandia y, en el contexto de la –supuesta- creciente robotización que depararía el futuro próximo, también disfruta de buen predicamento en algunos ámbitos de la familia liberal. 

Por su parte, el TG está ganando enteros sobre todo en el mundo anglosajón, concretamente entre los seguidores Demócratas de Bernie Sanders en EEUU y en el Labour Party de Jeremy Corbin en Reino Unido. No se trata aquí de discutir cuál de las dos opciones es la ideal, ya habido suficientes y sonados debates confrontando ambas propuestas. No importa; ni siquiera me atrevería a poner todos los huevos en la misma cesta, desechando la otra opción por completo.

Fundamentalmente, el TG consiste en convertir el derecho al trabajo en un derecho fundamental que pueda ser exigido por cualquier ciudadano/a ante las instituciones. La idea subyacente es que el desempleo sería una decisión política, pues puede corregirse si existe voluntad y se destinan los recursos necesarios. 

En principio, los puestos creados por el TG no tendrían por qué sustituir lo que ya existen previamente en el sector privado y público tradicional, ni conlleva necesariamente la nacionalización de sectores económicos, aunque quepa la posibilidad. Se trataría de una política contracíclica, de tal manera que los empleos generados en la fase recesiva puedan ir reincorporándose al mercado de trabajo tradicional (ya sea público o privado) a medida que la economía se adentre en una nueva fase expansiva. 

Los puestos creados serían remunerados a un salario inferior al de mercado, pero suficientemente alto como para aumentar la posición negociadora del trabajador/a, que dejaría de estar abandonado a elegir entre el desempleo y un empleo a toda costa. Muchos dilemas de tipo moral (¿el resultado final no es similar al de la RB pero otorgando esta última una mayor libertad individual?), económico (¿cómo se financia esto?, ¿no generará inflación?) y político (¿acaso no se trata de emanciparnos del trabajo asalariado?) surgen en torno a esta propuesta. 

 Ya desde una óptica que ponga en el centro la urgencia del reto climático, también es inevitable la comparación con el productivismo del New Deal y la ola Keynesiana que desencadenó la “edad de oro del capitalismo”. 

Estos resabios productivistas son difícilmente aceptables desde la economía ecológica y no digamos ya entre los partidarios del decrecimiento o el estado estacionario (steady-state). Aunque para mí esta ha sido siempre una de las principales razones para no abrazar el TG, creo que hay motivos suficientes para abrir el melón y plantear algunos debates.

En primer lugar, en los planteamientos de la economía del bienestar, tan cercana a la órbita de la economía ecológica y feminista, se aboga por métodos cualitativos como la felicidad subjetiva como baremo del bienestar de una sociedad. Por ejemplo, se encuentra que a partir de determinado umbral –ampliamente superado por los países de capitalismo avanzado- incrementos en el PIBpc no suponen mejoras en la felicidad de la población.

 Entre los factores más determinantes encontrados en los estudios relacionados con la felicidad, se encuentra la obtención de un empleo de calidad por diversos factores psicológicos y de integración social. Por lo tanto, a priori y, más allá de consideraciones ulteriores, la consecución del pleno empleo parece una política deseable y perfectamente aceptable desde una cosmovisión no productivista.

Siendo esto así, el logro del pleno empleo ha sido visto tradicionalmente en los manuales de política económica como un objetivo al que se llega mediante vías indirectas: a través de una legislación laboral más favorable a la creación de empleo, agencias públicas de formación y colocación y, por último, la estrella: el crecimiento económico.

 La primera de ellas ha conducido, en la oleada regresiva que lleva desarrollándose al menos desde los 80 y de la que no podemos sustraernos, a sucesivas reformas encaminadas a erosionar la capacidad negociadora de los trabajadores y abaratando los costes de despido, derivando en peores salarios y condiciones laborales.

 La segunda parece comúnmente aceptada su utilidad para reducir el paro friccional, pero no una política realmente útil alcanzar el pleno empleo por sí misma. Finalmente, el crecimiento económico no solo está ligado con impactos medioambientales que –de acuerdo con abundante evidencia empírica-  no presentan visos de desacoplarse, sino que como tristemente muestra el caso de España, además ofrece unos resultados más bien pobres en términos de creación neta de empleo, por no mencionar sus nulos efectos –en el mejor de los casos- sobre el bienestar y la reducción de la desigualdad. Sin embargo, el TG es una política finalista que logra su objetivo de manera inmediata, por su propia naturaleza. 

El pleno empleo se alcanzaría así de manera directa, sin necesidad de recurrir a vías indirectas y de dudosa efectividad.

El TG también puede integrarse a una visión puramente antiproductivista o post-crecimiento por otras razones. Por ejemplo, Blake Alcott (2013)[1] plantea que así podríamos liberarnos de los enfoques del crecimiento verde (Green-Growth) como que la inversión en la instalación de nuevas infraestructuras renovables crearía más empleo que el que se destruiría en las industrias de extracción fósil.

 Siendo este argumento probablemente cierto, ignora los límites biofísicos de las renovables para sustituir toda la energía fósil que consumimos, lo que deriva lógicamente en la necesidad de un descenso en el consumo energético más que en un mero reverdecimiento del mix energético que mantenga o incluso trate de aumentar la cantidad de energía que consumimos. 

El mismo autor señala que una de las críticas vertidas sobre el TG, la posible caída de la productividad debida a una extrema seguridad en el empleo “no debería ser un problema para el decrecentismo”.

 Aquí añadiría, abundando en el argumento anterior en relación a la necesidad de un descenso energético, que el TG permitiría destinar recursos a la puesta en marcha de trabajos remunerados en sectores de baja productividad pero alto valor social y ambiental que redunden en un mayor bienestar –toda vez que el crecimiento económico no parece ser muy efectivo en esta tarea. Sin entrar en colisión con la provisión de estos servicios desde el sector público tradicional –no se trataría de sustituir funcionarios por trabajadores peor remunerados-, los servicios educativos, de salud, bienestar personal, trabajo social, recuperación medioambiental y cuidados en general son perfectamente compatibles con este perfil. 

Del mismo modo, debe exigirse que el programa de TG sea diseñado de la manera más democrática y descentralizada posible. Así, la propuesta, lejos de guiarse por un intervencionismo centralizado de arriba abajo y alejado de la ciudadanía, debería articularse en torno a la participación ciudadana y la colaboración entre los distintos niveles administrativos, dando un peso muy importante a los municipios frente a la administración regional y central –cuyo papel sería el de hacer coherente la implementación del programa de acuerdo con los objetivos predeterminados.

En definitiva, esto no ha sido una defensa cerrada del TG, ni mucho menos frente a la RB. Al contrario, en el peor de los casos, considero necesaria la complementación de ambas políticas sin renunciar a sus respectivas potencialidades. 

También es crucial señalar que puede (y debe) complementarse con políticas reducción de la jornada laboral, con lo que no es solo compatible, sino absolutamente complementario. Son muchas las dificultades y dudas que pueden generarse en torno a ambas propuestas, pero va más allá del ámbito de este artículo tratar de darlas respuesta.

Más bien, se trata de abrir puertas y ventanas en la conformación de un programa amplio para las fuerzas del progresismo. A pesar de la poco disimulada deriva autoritaria y ultraconservadora de la sociedad –en parte por el fracaso de las izquierdas en plantear una respuesta sólida a la debacle del régimen neoliberal post-Gran Recesión en el marco de la UE- podemos estar a las puertas de conformar una batería coherente de políticas que cambie el rumbo de los vientos. 

Trabajo Garantizado, Renta Básica, la reducción de la jornada laboral, el foco en la reducción de la desigualdad y una transición a una economía ecológica y feminista pueden ser las bases de la recuperación de un proyecto progresista que ilusione a las próximas generaciones.

[1]Alcott, B., 2013. Should degrowth embrace the Job Guarantee? J. Clean. Prod., Degrowth: From Theory to Practice 38, 56–60. https://doi.org/10.1016/j.jclepro.2011.06.007"

4/10/18

¿Es Silicon Valley producto del libre mercado o de la mano activa y visible del Estado? El Estado ha intervenido en prácticamente todos los aspectos relacionados con Silicon Valley...

"Mariana Mazzucato es catedrática de Economía de innovación y valor público en la University College London.  (...)

Todos conocemos el relato típico: nuestras economías serían más dinámicas si el Estado se quitara de en medio. La economista Mariana Mazzucato sostiene lo contrario: la financiación pública de la investigación en las etapas iniciales ha permitido en gran parte el desarrollo de los sectores tecnológico, energético y farmacéutico. 

Sin embargo, el Estado se muestra muy poco eficaz a la hora de llevarse los laureles y, lo que es más grave, a la hora de rentabilizar su inversión. Sin embargo, ¿qué habría sido de Uber sin la financiación pública para el desarrollo del GPS? ¿Qué sería de Google si no se hubiera producido la financiación pública para el desarrollo de internet?

¿Qué diría ante afirmaciones como que el libre mercado es casi siempre bueno y el Estado casi siempre malo?

 Lo primero que preguntaría es qué entendemos por libre mercado. (...)

Lo primero que preguntaría es qué entendemos por libre mercado. Es curioso que Adam Smith, uno de los primeros economistas de finales del siglo XVIII, definiera el “libre mercado” no como algo libre de la intervención del Estado, sino libre de prácticas rentistas y de las actividades centradas en la extracción de valor. 

A aquellas personas que afirman que necesitamos menos intervención del Estado para generar más innovación y dinamismo les diría que se fijaran en Silicon Valley. ¿Es producto del libre mercado o de la mano activa y visible del Estado? Lo que yo defiendo es que el Estado ha intervenido en prácticamente todos los aspectos relacionados con Silicon Valley. 

Eso no significa, por supuesto, que no haya tenido algo que ver en todo ello el sector privado, de hecho, todos conocemos las importantes empresas asentadas allí. Pero los actores públicos intervinieron a lo largo de toda la cadena de innovación.

Se refiere a agencias como DARPA, NASA y los National Institutes of Health por ejemplo, ¿verdad?

Sí, me refiero a organismos encargados de desarrollar investigación puntera como la National Science Foundation, pero también a otros dedicados a la investigación aplicada, como DARPA y su organización hermana en los últimos tiempos, ARPA-E. Estas instituciones públicas son cocreadoras de valor.

 Es bastante curioso que nos hayamos acostumbrado a términos mucho más pasivos para describir al sector público. Hay que empezar a cambiar el vocabulario que empleamos. En lugar de decir que el sector público elimina el riesgo del sector privado, hay que decir que se trata de compartir los riesgos. En lugar de hablar de facilitar y permitir la actividad empresarial, hay que hablar de liderar la inversión como inversor preferente.

Uno de los argumentos centrales que defiende es que las instituciones públicas y cuasi públicas invierten, asumen riesgos y, sin embargo, apenas participan de los beneficios. ¿Hasta qué punto es esto problemático?

Es muy problemático y tiene que ver, de nuevo, con cómo hablamos de las cosas. A menudo recuerdo que ya Platón advirtió de que los contadores de historias dominan el mundo. De hecho, estos relatos sobre quién crea valor son los que han creado los relatos que justifican la extracción de valor. 

Déjeme que ponga un ejemplo que creo que ilustra la idea: después de la crisis, el Gobierno de Estados Unidos decidió desarrollar una serie de medidas de estímulo fiscal de casi 800.000 millones de dólares. Y parte de esas medidas iban encaminadas realmente a potenciar la economía verde. 

Quizá recuerde que Obama financió a algunas compañías como Solyndra a través del Departamento de Energía, mediante un préstamo garantizado de unos 500 millones. La compañía quebró.


La gente dijo “¡Dios mío, el Gobierno es un caso perdido! Una panda de burócratas que no saben lo que tienen entre manos. No deberían apostar a los caballos sino ejercer de mediadores, hacer carreteras, invertir en educación e infraestructuras y quitarse de en medio”. Para empezar, este enfoque obvia el hecho de que el Gobierno de Estados Unidos ha sido el principal financiador en materia de energía solar y eólica –junto con otros Gobiernos– pero también de la energía nuclear. El propio fracking recibió financiación pública con anterioridad. 

De hecho, a la par que financiaba a Solyndra estaba financiando a Tesla con una cantidad similar de dinero. De modo que el coche Tesla S obtuvo un préstamo garantizado de 465 millones de dólares. Y cuando digo garantizado, me refiero garantizado por los contribuyentes. Contribuyentes a los que no les gustaba en absoluto tener que pagar la factura de la quiebra de Solyndra.

 Sin embargo, ¿por qué no sabían que habían financiado también a Tesla? ¿Acaso eso no habría cambiado el relato y la percepción de las acciones de aquellos burócratas de Washington? Lo cierto es que contaban con una cartera, como cualquier otro inversionista de riesgo. Cualquier inversor de riesgo te dirá que consigue un éxito entre muchos fracasos. 

Sin embargo, si realmente quieres dedicarte a esto tienes que elaborar una cartera que te permita obtener alguna ventaja de tus triunfos, precisamente para poder cubrir los reveses. El Gobierno de EE.UU. no lo hizo. No solo fracasaron en materia de marketing, no habían sido capaces de comunicar a la ciudadanía el éxito de algunas de sus inversiones, como en los componentes de tu iPhone o smartphone, internet, GPS, las pantallas táctiles, Siri: todos han recibido financiación pública.

 Pero en este caso concreto, la gente no sabía que el propio Elon Musk había recibido financiación para Tesla. Y Elon Musk, por cierto, ha recibido un total de 5.000 millones, con sus nueve ceros.

Por lo tanto, defiende que, por un lado, no se le atribuye lo suficiente el éxito al Estado por sus anteriores inversiones en organismos como DARPA y la NASA, o en el sector farmaceútico, etc. Y, por otra parte, defiende también que no está rentabilizando sus inversiones lo suficiente, todo ello bastante verosímil. Sin embargo, tampoco ayuda nada que el sector empresarial obtenga altos rendimientos y pague pocos impuestos. Me gustaría que ilustrara esto con algunos ejemplos. Me estoy refiriendo, como sabe, a EE.UU., porque ¿dónde están los Googles europeos? ¿Qué distingue a Estados Unidos de Europa, por qué no se dan allí compañías como Facebook y Google?

En primer lugar, EE.UU. contaba con un sistema de innovación que no tienen muchos países europeos, con un sector financiero paciente, y organismos muy activos orientados a cumplir una misión y preocupados por los grandes problemas. Para ir a la luna es necesaria la innovación en distintos sectores, incluido el de la ropa, no es solo una cuestión de aeronáutica. 

También se requieren otro tipo de instrumentos como los premios y las políticas de compra que permiten crecer a las startups. Y lo importante es contar con un sistema, con un ecosistema emprendedor, yo no creo en los emprendedores, creo en los ecosistemas de emprendimiento, que son los que permiten escalar a las startups

Es curioso que Europa haya aprendido lo peor de la experiencia de Silicon Valley. Y eso se debe en parte al discurso imperante en Estados Unidos, un país que habla como Jefferson pero actúa como Hamilton.

 Jefferson hablaba de cómo librarse del Estado y Hamilton, antes de su duelo con Burr, hablaba más bien de una estrategia industrial activa. Sin embargo, China sí ha aprendido la lección correcta. China está haciendo por la economía verde lo que Estados Unidos hizo por la revolución IT. Al mismo tiempo que sucede esto, Donald Trump desmantela lo que yo llamo el Estado emprendedor.

Pero la pregunta es: ¿a dónde van a parar los beneficios dado que todo se construye sobre las espaldas de infraestructuras financiadas con dinero público?

¿A dónde le gustaría que fueran a parar? Si pudiera diseñar y poner en marcha un marco de colaboración público-privada para los próximos 50 años, ¿qué mecanismos elegiría para que el Estado obtuviera rendimientos, que a su vez revertieran sobre los contribuyentes, en lugar de ver cómo el beneficio sigue fluyendo a manos privadas y de los accionistas?

Hay distintos mecanismos, no uno sólo. Sería absurdo pensar que sirve el mismo mecanismo para todos los sectores o las distintas fases del ciclo innovador. En el caso de las farmacéuticas, lo lógico es recurrir a los precios.

 Los precios que se fijan para los medicinas, los fármacos que las personas tienen que comprar para poder sobrevivir cuando contraen esas terribles enfermedades, ya sean diabetes, hepatitis C o cáncer, deberían reflejar esa aportación pública y así evitar que los contribuyentes paguen dos veces, por un lado por el gasto en investigación puntera, y por otro pagando los altísimos precios que fija la industria farmacéutica. Pero volvemos al tema de los contadores de historias de Platón. 

Si el relato que circula es contrario a ti y te convierte en un impedimento intervencionista, regulador y no te define como un inversor preferente, carecerás de la confianza, la seguridad y el mandato para poder influir sobre los precios.

¿Y teme un retroceso?

Exactamente. Los precios son un ejemplo. Otro sería generar las condiciones adecuadas para que los beneficios se reinviertan en las áreas que han recibido gran cantidad de ayudas y fondos públicos. Si las empresas quieren un libre mercado total, estupendo, que lo tengan, pero que no reciban un solo céntimo del Estado. 

Pero si vas a recibir esas enormes cantidades de dinero del Estado, entonces habría que imponer algunas condiciones para la obtención de valor público, porque de lo contrario, solo se trata de valor privado.

Por muy convincente que resulte su enfoque desde un punto de vista tanto económico como político, ¿no tiene la sensación de estar perdiendo la batalla? Porque, hasta dónde yo sé, la mayor parte de los gobiernos de los grandes países y las mayores industrias están precisamente empujando en el sentido contrario, ¿no es cierto?

Yo creo más bien que estas ideas están ganando terreno. Creo que resultaba mucho más difícil hace unos años. Volvamos al ejemplo de las farmacéuticas. Ya no pueden fingir que los precios elevados se deben al gasto en I + D porque ya hemos demostrado que eso no es así y que gastan mucho más en marketing y que su I + D es mucho más downstream que la del sector público.

Bien, para terminar, una pregunta un tanto odiosa. Pide que se valore más el gasto público, y que haya una mayor inversión en gasto público y mayores beneficios, pero a la vez es asesora de muchos Gobiernos y organismos, incluyendo el Gobierno escocés y la Comisión Europea. Cuando acusa a la empresa privada de estar plagada de rentistas, convénzame de que ni usted ni sus aliados gubernamentales lo son.

 En primer lugar, y no quiero que parezca que estoy a la defensiva, no obtengo un solo céntimo como asesora. Quisiera matizar mi punto de vista para que se entienda bien. Yo no digo que el Estado tenga que invertir más. Lo que digo es que el Estado tiene que entender cuál es su papel. No está solo para arreglar los problemas marginales ni para limitarse a esperar a que las cosas vayan a peor para poner un parche. 

Tiene que ser un co-creador y co-artífice activo. Mi papel ha consistido en mediar cuando se sientan a hablar el sector privado y el sector público, y que mantengan una conversación interesante. Y mi papel en el proceso político es ser la piedra en el zapato, que por desgracia no siempre se consigue sacar, y la piedra en el zapato de las empresas, para que nos les resulte tan fácil decir cosas como: “Ah, claro, es que el cortoplacismo se debe a las presiones del mercado”.

 A lo que yo respondo, “¿Qué quieres decir? ¿Qué el mercado es un resultado, el resultado de tus acciones? ¿Qué es el mercado?”. Y recibo palos por todas partes. En mi función de asesora, intento evitar la complacencia en torno a una mesa, la petulancia de los colectivos tanto públicos como privados. 

Y creo que se avecinan tiempos difíciles a los que solo nos podremos enfrentar juntos, y eso significa que hay que cambiar las palabras que empleamos, el relato y la historia hacia la necesidad de compartir los riesgos y las recompensas, y no de eliminar el riesgo."                

(Resumen de la entrevista radiofónica realizada por Stephen J. Dubner a Mariana Mazzucato el 5 de septiembre en Freakonomics y producida por Zack Lapinski. El programa llevaba por título ‘¿Es el Estado más emprendedor de lo que pensamos?’. CTXT , 30/09/18)

2/10/18

El "hombre que detuvo el desierto"

"‘El hombre que detuvo el desierto’, el agricultor burkinés Yacouba Sawadogo ,recibió el lunes 24 de septiembre en Estocolmo el Premio Right Livelihood , conocido como el Nobel Alternativo por su trabajo en la transformación de miles de hectáreas estériles del Sahel en un frondoso bosque, una proeza que, según confiesa a Efe, quiere dejar como legado a las próximas generaciones. 

"Lo que he hecho es para las generaciones futuras. Quiero que vean una tierra verde en lugar de cómo era en el pasado", declara Sawadogo, de 78 años, en una entrevista telefónica con Efe desde Gourga, aldea de la región de Yatenga, en el norte de Burkina Faso. 

Su labor le ha valido el "Nobel Alternativo", fallado por la Fundación Premio Right Livelihood en Estocolmo, que ha ganado junto a tres activistas saudíes de derechos humanos, un colombiano y una guatemalteca por su lucha anticorrupción y un agrónomo australiano. (...)

Ya en los años 1980, en un periodo de sequía severa, Sawadogo comenzó a regenerar el suelo de unas 40 hectáreas haciendo un uso innovador de técnicas de cultivo indígenas.
"Nuestros padres perecieron y con ellos (están muriendo) los árboles y los bosques, nuestro saber hacer y nuestra cultura. Un día los niños buscarán en vano árboles como fuente de medicina", lamenta Sawadogo. 

A día de hoy, este "pulmón verde" en pleno corazón del Sahel cuenta con cultivos tanto para pasto como alimentarios, además de áreas boscosas a las que han regresado numerosos animales y aves, en las que conviven más de 60 especies de árboles. 

El éxito del "hombre que detuvo el desierto" se fundamenta en el uso de hoyos durante la pretemporada de lluvias para retener el agua y concentrar el compost (técnica conocida como "zaï" en lengua local), además de otras formas de regeneración natural. 

"Gracias al empleo de técnicas agrícolas ancestrales, Yacouba ha mostrado el camino hacia la seguridad alimentaria no solo para sí mismo, sino para otros en el Sahel", señala a Efe Adama Boro, director regional de Agricultura de la Región Norte de Burkina Faso. 

"Algunos árboles necesitan entre 10 y 15 años para creer, pero Yacouba pudo conseguirlo porque los trató bien y dedicó tiempo y abnegación a la vegetación", añade Boro. 

Hoy, Sawadogo es autosuficiente con respecto a sus necesidades básicas, y entre sus cultivos para consumo propio destacan las matas de guisantes y alubias; aparte de cereales milenarios como el sorgo. 

Asimismo, este campesino ha capacitado a lo largo de estos años a decenas de miles de agricultores de Burkina Faso, Níger, Mali y Senegal, consiguiendo que numerosas hectáreas de tierra vuelvan a ser fértiles.
Sus técnicas permiten a los agricultores obtener cosechas en años de sequía, ser autosuficientes, alimentar a su ganado con forraje y, gracias a todo ello, adaptarse al cambio climático, reducir la pobreza rural y prevenir conflictos relacionados con los recursos. 

Como manifestó el director ejecutivo de la Fundación Premio Right Livelihood, Ole von Uexkull, cuando le anunció como uno de los galardonados, "Sawadogo luchó por detener el desierto y lo logró".
"Si las comunidades locales y los expertos internacionales están dispuestos a aprender de su sabiduría -añadió Uexkull-, será posible regenerar grandes áreas de tierras degradadas, disminuir la migración forzosa y construir la paz en el Sahel".                          (Brahima Ouedraogo, La Vanguardia, 27/09/18)