27/6/17

¿El poder de los monopolios, los robots y la globalización son parte de un mismo fenómeno? Una tecnología ‘sesgada a favor del capital’ y del poder monopolista, y en contra de los trabajadores

"(...)  Paul Krugman ha vuelto al tema de la caída de la participación del trabajo en una reciente nota en su blog, en la que argumenta que es el poder de monopolio de empresas de capital intensivo como Google, Microsoft, etc., y las compañías de energía las que están detrás de la subida de los beneficios en la economía global. 

Es un viejo argumento en su caso. Como ya dijo en 2012: “¿Estamos volviendo a hablar de verdad del conflicto capital/ trabajo?¿No es una discusión vieja, casi marxista, obsoleta en nuestra moderna economía de la información?

Krugman reconoce que las desigualdades de ingresos y riqueza en la sociedad estadounidense y la participación cada vez menor de los ingresos que perciben los trabajadores del sector capitalista no se deben al nivel de educación y cualificación de la fuerza de trabajo de Estados Unidos, sino a factores más profundos. En 2012, citó dos explicaciones posibles: 

 “Una es que la tecnología ha dado un giro que coloca a la mano de obra en desventaja; la otra es que estamos ante los efectos de un fuerte aumento del poder de monopolio. Piense en estas dos historias haciendo hincapié en los robots, por un lado, y los ‘barones ladrones‘ (robber barons), por el otro”.

El primer argumento es que la tecnología moderna está ‘sesgada a favor del capital’, es decir, que tiene como objetivo reemplazar mano de obra por máquinas progresivamente. Krugman lo expresó así:  “El efecto de los avances tecnológicos en los salarios depende del sesgo del progreso; si está sesgado a favor del capital, los trabajadores no compartirán plenamente los aumentos de la productividad, y si está lo suficientemente sesgado a favor del capital, su situación puede incluso empeorar”.

Esto no es nuevo en la teoría económica marxista. Marx lo explicó de manera diferente a la teoría económica de su tiempo. La inversión en el capitalismo se lleva a cabo con fines de lucro, no para aumentar la producción o la productividad como tal. 

Si no se puede aumentar el beneficio lo suficientemente mediante más horas de trabajo (es decir, más trabajadores y más horas) o intensificando los esfuerzos (velocidad y eficacia – tiempo y movimiento), la productividad del trabajo sólo puede aumentarse entonces con mejor tecnología.

 Por lo tanto, en términos marxistas, la composición orgánica del capital (la cantidad de maquinaria e instalaciones en relación con el número de trabajadores) se elevará secularmente. Los trabajadores pueden luchar para mantener la mayor cantidad del nuevo valor que han creado como parte de su ‘compensación’, pero el capitalismo sólo invertirá para crecer si esa participación no se eleva tanto que hace que la rentabilidad del capital caiga. 

Por lo tanto, la acumulación capitalista implica una caída tendencial de la participación del trabajo, o lo que Marx llamaría una tasa creciente de explotación (o plusvalía).

Y sí, todo dependerá de la lucha de clases entre el capital y el trabajo por la apropiación del valor creado por la productividad del trabajo. Y está claro que el trabajo ha ido perdiendo la batalla, sobre todo en las últimas décadas, bajo la presión de las leyes anti-sindicales, el fin de la protección del empleo y la contratación fija, la reducción de beneficios sociales, un creciente ejército de reserva de desempleados y sub-empleados gracias a la globalización de la fabricación industrial.

Aparte de la tecnología sesgada a favor del capital, Krugman considera que la caída de la participación del trabajo en la renta puede ser causada por el ‘poder de los monopolios’, o la dominación de ‘barones ladrones’.

 Krugman lo pone de esta manera. Tal vez la parte del trabajo en la renta está cayendo porque: “en realidad no tenemos una competencia perfecta” bajo el capitalismo; “el aumento de la concentración de las empresas podría ser un factor importante en el estancamiento de la demanda de mano de obra, ya que las empresas utilizan su creciente poder de monopolio para subir los precios sin pasar las ganancias a sus empleados”.

Lo que Krugman parece sugerir es que es un defecto en la economía de mercado lo que crea esta desigualdad y que si erradicamos esa imperfección (los monopolios) todo se corregirá. De esta manera, Krugman plantea el tema en los términos de la economía neoclásica.

Pero no se trata de la dominación de los monopolios como tal, sino del dominio del capital. Si, el capital se acumula a través de una mayor centralización y concentración de los medios de producción en manos de unos pocos. Esto asegura que el valor creado por el trabajo sea apropiado por el capital y que la proporción destinada al 99% se reduzca al mínimo.

 Pero no se trata de que los monopolios sean una imperfección de la competencia perfecta, como quiere Krugman: es el monopolio de la propiedad de los medios de producción por unos pocos. Ese es el funcionamiento real del capitalismo, con todos sus defectos.

La caída de la parte de la renta nacional que va al trabajo comenzó justo en el momento en que la rentabilidad empresarial de Estados Unidos estaba en su punto más bajo en la profunda recesión de la década de 1980. El capitalismo tuvo que restaurar la rentabilidad. Lo hizo en parte aumentando la tasa de plusvalía despidiendo trabajadores, congelando los aumentos salariales y recortando paulatinamente prestaciones sociales y pensiones.

 De hecho, es significativo que el colapso de la participación del trabajo se intensificó después de 1997, cuando la rentabilidad en Estados Unidos se recuperó y comenzó a reducirse de nuevo. El gráfico del FMI anterior muestra que se aplica a la mayoría de economías.

La participación del trabajo en el sector capitalista en los EE.UU. y otras economías capitalistas se ha reducido debido a la mayor tecnología y su ‘sesgo pro-capital’, la globalización y la mano de obra barata en el extranjero; la destrucción de los sindicatos; la creación de un ejército de reserva de mano de obra mayor (desempleados y sub-empleados); y el recorte de las prestaciones sociales y la reducción de los contratos fijos, etc. 

De hecho, esta parece ser la conclusión del FMI en su último informe en el capítulo 3 de la edición de abril de 2017 de Perspectivas Económicas, que  cree que esta tendencia está impulsada por un rápido progreso en la tecnología y la integración global.

La integración global -como se refleja en las tendencias del comercio final de bienes, la participación en las cadenas globales de valor, y la inversión extranjera directa-, también desempeñó un papel. Su contribución se estima en más o menos la mitad que la de la tecnología. Dado que la participación en las cadenas de valor globales normalmente implica la deslocalización de las tareas intensivas en mano de obra, el efecto de la integración es reducir la participación del trabajo en los sectores comerciables. hay que admitir que es difícil separar claramente el impacto de la tecnología del de la integración global, o de las políticas y reformas. Sin embargo, los resultados para las economías avanzadas son convincentes. En su conjunto, la tecnología y la integración global explican cerca del 75 por ciento de la disminución de la participación del trabajo en Alemania e Italia, y cerca de 50 por ciento en Estados Unidos”.

Tal vez el ‘sesgo pro-capital’ y la ‘globalización’ tengan menos efecto sobre la participación del trabajo en los EE.UU. debido al mayor crecimiento de los beneficios financieros y las rentas que en el resto de las economías avanzadas.

De hecho, como Noah Smith dice: “el poder de los monopolios, los robots y la globalización podrían ser parte de un mismo fenómeno unificado: nuevas tecnologías que de forma desproporcionada ayudan a las grandes compañías multinacionales de capital intensivo”. 

Yo le llamo “capital moderno”, que, citando a Smith de nuevo, “proporciona una posible forma de unificar al menos algunas de las diversas explicaciones de esta preocupante tendencia económica”.                 (Michael Roberts , El Viejo Topo, 09/06/17)

23/6/17

Los Estados Unidos de Trump no son una réplica de la Alemania nazi, expresan elementos del totalitarismo en formas claramente americanas

"(...)  ¿Cuáles serían las similitudes y las diferencias respecto a formas pasadas de autoritarismo y totalitarismo? 

Hay ecos del fascismo clásico de los años veinte y treinta en gran parte de lo que Trump dice y hace. Elementos fascistas resuenan cuando Trump utiliza un mar de ira mal dirigida, se presenta como un líder fuerte que puede salvar a una nación en declive y repite el guión fascista del nacionalismo blanco en sus ataques contra inmigrantes y musulmanes. 

 También coquetea con el fascismo en su llamada a un renacimiento del ultranacionalismo, su discurso del odio racista, su chivo expiatorio del otro, y sus rabietas juveniles y ataques en Twitter a cualquier persona que esté en desacuerdo con él.

  Lo mismo sucede con su uso del espectáculo para crear una cultura de autopromoción, su mezcla de política y teatro mediada por una brutalidad emocional y la voluntad de elevar la emoción sobre la razón, la guerra sobre la paz, la violencia sobre la crítica y el militarismo sobre la democracia. 

La adicción al autoenriquecimiento masivo y la moralidad de gánster amenazan con normalizar un nuevo nivel de corrupción política. Además, usa el miedo y el terror para demonizar a otros y para rendir homenaje a un militarismo desenfrenado. Se ha rodeado de un círculo íntimo de la derecha para ayudarlo a poner en práctica sus peligrosas políticas en materia de salud, medio ambiente, economía, política exterior, inmigración y libertades civiles. 

Trump también ha ampliado la noción de propaganda a algo más peligroso para la democracia. Como mentiroso habitual, ha intentado borrar la distinción entre los hechos y la ficción, los argumentos basados ​​en la evidencia y la mentira. No sólo ha reforzado la legitimidad de lo que llamo la máquina de desimaginación, sino que también ha creado entre grandes segmentos del público una desconfianza hacia la verdad y las instituciones que promueven el pensamiento crítico.

 En consecuencia, ha conseguido organizar a millones de personas que creen que la lealtad es más importante que la libertad cívica y la responsabilidad. Al hacerlo, ha vaciado el lenguaje de la política y el horizonte de la política de cualquier significado sustantivo, contribuyendo a una cultura autoritaria y despolitizada del sensacionalismo, la inmediatez, el miedo y la ansiedad.

Trump ha galvanizado y envalentonado a todas las fuerzas antidemocráticas que han estado moldeando el capitalismo neoliberal en todo el mundo durante los últimos 40 años. A diferencia de los dictadores de los años treinta, no ha creado una policía secreta ni campos de concentración, no ha tomado el control total del Estado, ni arrestado a disidentes o desarrollado un sistema de partido único. 

Sin embargo, aunque los Estados Unidos de Trump no son una réplica de la Alemania nazi, expresan elementos del totalitarismo en formas claramente americanas. Se trata de la advertencia de Hannah Arendt de que, en lugar de ser algo del pasado, elementos del totalitarismo se cristalizarían, probablemente a mediados de siglo, en nuevas formas. 

Seguramente, como señala Bill Dixon, “los orígenes demasiado proteicos del totalitarismo siguen estando con nosotros: la soledad como registro normal de la vida social, la frenética legalidad de la certidumbre ideológica, la pobreza y la falta masiva de vivienda, la rutina de utilizar el terror como instrumento político y las velocidades y escalas cada vez mayores de los medios de comunicación, la economía y la guerra”.

Las condiciones que produce la aterradora maldición del totalitarismo parecen estar sobre nosotros y pueden observarse en la negación de Trump de las libertades civiles, en el temor entre la población en general, en la hostilidad al Estado de Derecho y a una prensa libre y crítica, un desprecio por la verdad y este intento de crear una nueva formación política a través de la alineación de fundamentalistas religiosos, racistas, xenófobos, islamófobos, ultrarricos y militaristas desquiciados.

¿Cuáles son las conexiones entre el neoliberalismo y el surgimiento del neoautoritarismo? 

El neoliberalismo ha actuado agresivamente como un proyecto económico, político y social destinado a consolidar la riqueza y el poder en manos del 1% superior. Funciona a través de múltiples registros, como una ideología, un modo de gobierno, una máquina de hacer política y una forma venenosa de pedagogía pública. 

Como ideología, considera el mercado como el principal principio organizador de la sociedad, al mismo tiempo que adopta la privatización, la desregulación y la mercantilización como elementos fundamentales para la organización de la vida política y cotidiana.

 Como modo de gobernar, produce sujetos con un egoísmo desenfrenado y un individualismo desenfrenado mientras normaliza la competencia entre tiburones, la visión de que la desigualdad es evidentemente parte del orden natural y que el consumo es la única obligación válida de la ciudadanía. 

Como máquina de políticas, permite que el dinero conduzca la política, venda las funciones del Estado, debilite a los sindicatos, sustituya al Estado de Bienestar por el Estado de Guerra y busque eliminar las provisiones sociales, al mismo tiempo que amplía el alcance del Estado Policial a través de la criminalización de los problemas sociales.

 Como forma de pedagogía pública, se enfrenta a los valores públicos, al pensamiento crítico y a todas las formas de solidaridad que abarcan nociones de colaboración, responsabilidad social y el bien común.

El neoliberalismo ha creado el paisaje político, social y pedagógico que ha permitido acelerar las tendencias antidemocráticas que generan las condiciones para un nuevo autoritarismo en los Estados Unidos. 

Ha creado una sociedad gobernada por el miedo, ha impuesto grandes dificultades y desigualdades que benefician a los ricos a través de políticas de austeridad, ha erosionado la cultura cívica y formativa necesaria para producir ciudadanos críticamente informados y ha destruido cualquier sentido de ciudadanía compartida. 

Al mismo tiempo, el neoliberalismo ha acelerado una cultura de consumo, sensacionalismo, choque y violencia espectacular que produce no sólo un amplio panorama de competencia, mercantilización y vulgaridad desenfrenadas, sino también una sociedad en la que la agencia es militarizada, infantilizada y despolitizada.

Las nuevas tecnologías, que podrían ayudar a los movimientos sociales, han sido ampliamente utilizadas, por ejemplo, por Black Lives Matter. Junto con el desarrollo de medios críticos en internet para educar y promover en una agenda radicalmente democrática,. 

Al mismo tiempo, el paisaje de las nuevas tecnologías y las principales redes sociales operan dentro de un poderoso ecosistema neoliberal que ejerce una influencia desmedida en el aumento del narcisismo, el aislamiento, la ansiedad y la soledad.

 Al individualizar todos los problemas sociales, priorizar e idealizar la responsabilidad individual, el neoliberalismo ha desmantelado los puentes entre la vida privada y la pública, haciendo casi imposible traducir las cuestiones privadas en consideraciones sistémicas más amplias.

 El neoliberalismo creó las condiciones para la transformación de una democracia liberal en un Estado fascista, creando las bases para el control no sólo de las instituciones dominantes por una élite financiera, sino también eliminando las protecciones civiles, personales y políticas ofrecidas a los individuos en una sociedad libre.

Si el autoritarismo en sus diversas formas apunta a la destrucción del orden democrático liberal, el neoliberalismo proporciona las condiciones para que esa devastadora transformación ocurra al crear una sociedad a la deriva en una situación de extrema violencia, desigualdad, crueldad y desdén por la democracia. 

La elección de Trump sólo confirma que las posibilidades de autoritarismo están al acecho y han dado paso a una forma más extrema y totalitaria del capitalismo tardío.  (...)"

(Entrevista a  Henry A. Giroux / Autor de ‘America at War with Itself, Juan Pedro-Carañana, CTXT, 21/06/17. Traducción del autor del texto publicado en  Truthout.)

22/6/17

El colegio de Villaverde que pasó de dar miedo a codearse con los mejores de Madrid

 
 Profesores y dirección del colgio El Espinillo

"En uno de los barrios más desfavorecidos de Madrid se sitúa uno de los mejores colegios públicos de la capital, El Espinillo, que desde hace años despunta en los 'rankings' educativos gracias a un programa muy definido de atención a la diversidad y a su organización exhaustiva en todos los niveles educativos.

Al salir de la parada de metro Ciudad de los Ángeles, en el sur de Madrid, el paisaje se dibuja con bloques de ladrillo salpicados de toldos verdes. A un lado, una empresa de camiones da la bienvenida al barrio y unas medianeras verdes acompañan al paseante. Al fondo, la M-40, que rodea y delimita las afueras de Madrid, rompe con el horizonte y marca la frontera.

Cerca de allí se oyen las risas y los gritos de decenas de niños que se resguardan en las sombras durante el recreo en un día especialmente caluroso de junio mientras los cuidadores los refrescan con agua. A simple vista, nada llama la atención en el colegio El Espinillo, en Villaverde, aunque tras su verja esté uno de los mejores colegios públicos de la ciudad.

Con un 8,5 de nota media en la prueba de sexto de Primaria que realizaron todos los centros madrileños en 2015 y entre un 90 y un 100% de aprobados, su posición en el podio de los mejores centros es una rareza en un barrio que suele estar a la cola de todas las clasificaciones. Su tasa de paro está cerca del 15% y la renta media anual ronda los 25.000 euros.

Sin embargo, cuando María Ciprián, la directora, llegó a este centro hace 17 años, la situación era muy distinta. Se encontró un colegio donde la única autoridad que regía las aulas era la cultura del miedo. “Aquí hay una población muy diversa: de muchas etnias y nacionalidades, y algunas se sentían superiores.

Era habitual el 'te espero a la salida', o 'si no me das esto, te hago tal cosa'… Estuvimos trabajando en ello hace muchos años y la cultura del miedo despareció”, recuerda desde la sala de profesores del centro. “Ya no hay ni payos ni gitanos, ni inmigrantes ni niños de tercera o de primera generación. Hay alumnos, punto. Y en la medida en que eso lo equilibras, no en resultados académicos, sino en respeto, todo cambia”.

Diversidad académica y disciplina

La receta de su éxito académico se basa en dos pilares fundamentales. Por un lado, una “exhaustiva atención a la diversidad”, con grupos diferenciados donde se atiende a las necesidades de cada alumno de manera individualizada. “Al principio de curso se determina quiénes tienen alguna dificultad y necesitan ir al grupo de necesidades educativas especiales con un currículo adaptado a ellos.

Luego hay otro grupo que, sin llegar a ese punto, sí necesita ayuda de un especialista en audición, lenguaje y pedagogía, y se estudia cómo se va a hacer. Y luego hay un tercer bloque de refuerzo para determinadas materias, en las cinco horas a la semana que tienen los profesores para dar clases de apoyo”, explica la directora.

Los menores siguen recibiendo clase en el curso que les pertenece, con el resto de alumnos, pero tienen material y exámenes adaptados a sus necesidades. La pregunta es obligada: ¿no se hace así en el resto de colegios? “Se debería hacer, pero yo he tenido compañeros en otros centros que pasaban olímpicamente porque, al final, es más trabajo.

Además, si no se hace apoyo, es una hora que tengo libre”, señala Clara Ramírez, tutora de 6º de Primaria que lleva dos años en el centro. Lo que más le sorprendió al llegar aquí es la minuciosa coordinación entre profesores del mismo y de diferente nivel, algo en lo que coinciden sus compañeros de curso, Montaña Durán y Jesús Sánchez.

“En otros colegios, cada profesor va a lo suyo, hay mucho egoísmo y también es más fácil así, porque si hago lo que quiero, nadie me va a corregir. Aquí no puedes ir a tu aire porque perjudica al compañero, porque los criterios de evaluación son iguales para todos y todos los grupos van a la vez”, explica Clara.

La disciplina que llevan los profesores es otra marca de identidad que comparte todo el centro y el segundo de los pilares en los que se sustenta su filosofía. Al llegar la directora actual, hace casi dos décadas, el otro gran desafío al que se enfrentó fue delimitar los espacios y horarios a que accedían alumnos, profesores y padres al centro: “Aunque parezca una trivialidad, no lo es: cada uno debe saber cuándo puede acceder al aula, al centro, tener su espacio y su momento, igual que en un trabajo. Había que imponer un orden, unos valores y una disciplina, sobre todo en la zona donde estamos”.

El buen comportamiento de los niños, de hecho, es otra de las cosas que más sorprenden a los profesores cuando son destinados a este centro. “Y la atención de los padres, las familias valoran y respetan tu trabajo”, explica Jesús Sánchez, tutor de 6º C que lleva un año dando clase en El Espinillo.

De nuevo, esto también es mérito de la nueva dirección. “Cuando llegué aquí, me propuse dignificar la profesión, y que ningún padre me viniese a poner en entredicho su labor”, comenta María. “Aunque tengan razón, jamás me pongo del lado de un padre delante de un profesor”.
Multiculturalidad en las aulas

A la salida de clase, después del comedor, Rosa Casillas recoge a sus hijas de 3º de Infantil y 4º de la ESO. Ella es vecina del barrio, y aunque por la zona le tocaba otro colegio, quería que fueran a El Espinillo por las altas notas que le preceden. “Lo tenía claro, y estoy encantada con los resultados”, confiesa.

Los profesores reconocen que cuando les comunicaron que les destinaban a Villaverde, no les hizo tanta ilusión. “Cuando me dijeron que a Villaverde, pues piensas, pfff, con la imagen que tiene…, pero luego llegas aquí y ves que no tiene nada que ver, los padres son muy amables y hay de todo, como en todos sitios”, apunta Montaña.

Los 700 alumnos de este centro reflejan la diversidad del barrio, donde el 16,9% de la población es extranjera, cuatro puntos por encima de la media de la capital. Entre sus pupitres se encuentran múltiples nacionalidades, circunstancia que aprovechan a la hora de hablar de otros países de Europa, aprender de China o estudiar sobre Latinoamérica. Sin embargo, la mayoría no tienen ya un pasaporte extranjero, son segunda o tercera generación de inmigrantes.

Padres y profesores intentan trabajar codo con codo en las tutorías, a veces complicadas de concertar por las largas jornadas de trabajo y la precariedad laboral de los primeros. Villaverde es, de hecho, uno de los barrios que más notaron la crisis.

A veces, además de profesores, también hacen de psicólogos: “Algunos niños vienen con problemas de casa, con familias desectructuradas. Lo tratamos de manera sensible, pero hay alumnos que se niegan a que los ayudes porque están enfadados con la vida, que no les ha sonreído, no es la que habrían elegido”, lamenta la directora. “Aquí lo que haces es paliar en la medida de lo posible y que se olviden durante unas horas de lo que hay en su casa”.

Falta de recursos

Las buenas notas en sexto de Primaria que buscan los padres que matriculan aquí a sus hijos no surgen de un año para otro. Son fruto, defienden, de una alta formación desde los cursos más bajos, que los convierte en los primeros de la clase cuando llegan al instituto. Su enseñanza se basa en el aprendizaje por competencias en lugar de limitarse a soltar el temario en clase: “Es un concepto que mucha gente no tiene interiorizado: trabajar no en dar una clase magistral, sino en lo que quieres que el chico sepa, aprenda y utilice”, explican.

Además, preparan durante todo el año la famosa prueba CDI (Conocimientos y Destrezas Indispensables) que hacen todos los colegios de la capital, con test y pruebas orientadas a que, llegado el gran día, sea tan solo un examen más para los alumnos del último año de Primaria, reduciendo el estrés y mejorando los resultados. Tienen una tasa muy baja de repetidores —“de uno o dos como mucho por clase”— e incluso estos aprueban matemáticas y lengua.

Sin embargo, últimamente se están encontrando con una situación que les preocupa en los primeros años de Infantil. “No saben hablar, estamos encontrándonos con muchos problemas de lenguaje: no saben articular, pedir o interpretar una orden, ¿y sabes por qué? Porque hay un trato muy infantil, el niño es niño, pero no es tonto, y muchos vienen de familias donde hablan mal en casa o no les corrigen”, explica la directora.

A veces, el sistema se equivoca, sabe que hay niños que son diferentes y, sin embargo, a la hora de

Echan en falta por parte de la Administración más recursos humanos para los alumnos con dificultades, por ejemplo en trastorno en déficit de atención, y un cambio en el modelo de la Compensatoria, el curso especial para los que han repetido más de una vez.

“No tiene ningún sentido que si el alumno está trabajando con materiales dos niveles por debajo de su edad, luego le pongas un examen dos cursos por encima de lo que ha estado haciendo, es muy frustrante para ellos”, se queja Jesús Sánchez.

Tampoco creen en el sistema del bilingüismo impuesto en la comunidad, por las experiencias de otros centros donde ha bajado el nivel de los alumnos en materias como Ciencias. En su lugar, tienen ampliación horaria y dan cinco horas en este idioma en lugar de tres, un sistema que les funciona mejor.

“A veces, el sistema se equivoca, sabe que hay niños que son diferentes y, sin embargo, a la hora de evaluar no lo tiene en cuenta”, comparte la directora. Mientras van solventando los lagunas del sistema que encuentran en su camino con los escasos recursos de los que disponen, reivindican la labor de la enseñanza pública que, en casos como el suyo, supera a muchos centros privados y concertados: “Parece que la enseñanza pública es como el hermano pobre de la enseñanza, y no es verdad en absoluto”, defiende María Ciprián. “Yo la prueba la tengo, y es la que digo a los padres: los hijos de los profesores están todos aquí”. (María Zuil , El Confidencial, 20/06/17)

21/6/17

La socialdemocracia ha muerto... el capitalismo, en su estadio actual, no admite ningún tipo de redistribución... la Soberanía Reproductiva, una propuesta de “transformación social” que cubra las necesidades vitales

"(...) “La socialdemocracia ha muerto, fagocitada por la lógica implacable del neoliberalismo”, defienden los autores entre las ideas centrales del texto. Se basan en que el capitalismo, en su estadio actual, no admite ningún tipo de redistribución; y para ello, ponen la vista en la experiencia de Syriza, de la que han de aprender los pueblos de la periferia europea. 

“Hay que superar la etapa reformista respecto a la UE”, concluyen. Otro eje del libro es la apuesta por la Soberanía Reproductiva, con el fin de cubrir las necesidades humanas básicas. Actualmente, los procesos de reproducción de la vida se hallan relegados al ámbito doméstico, y los desempeñan básicamente las mujeres. (...)

El texto define la Soberanía Reproductiva como un “proceso de transformación social”, en el que se despliegan las diferentes soberanías (energética, alimentaria, cultural, residencial y sanitaria) y las relaciona entre sí. (...)

El índice de Gini (medidor de las desigualdades) pasó en el estado español del 31,9 en 2007 al 34,6, mientras que en la UE-27 se mantuvo prácticamente estable, resalta el libro “Sobiranies. Una proposta contra el capitalisme”. El índice S80/20 aplicado a Cataluña constata la misma tendencia a los desequilibrios sociales. En 2015, el 20% de la población catalana con rentas más altas, sextuplicaba los ingresos del 20% con menores recursos. 

¿Y en cuanto al porvenir? La obra colectiva se hace eco de un artículo, titulado “La turbulencia global que viene”, publicado por el economista británico Michael Roberts en la revista Sin Permiso (octubre de 2016). 

Roberts señala que, desde 2012, según el Banco Mundial, el crecimiento del volumen del comercio mundial fue menos de la mitad que en las tres décadas anteriores. UNCTAD (organización de Naciones Unidas que sigue la economía de los países del Sur) sostenía en 2016 que el mundo “está a punto de entrar en una tercera fase de la crisis financiera”. 

Agrega que muchos países del Sur han visto aumentar los desequilibrios respecto a las economías más ricas, si se compara con los años 80 del siglo XX. Y ello, destaca UNCTAD, pese a la apertura de los países llamados en vías de desarrollo a los capitales transnacionales. Por otro lado, un informe de la consultora estratégica global McKinsey destaca que, tras la caída del PIB mundial provocado por la crisis de 2008, “la resaca se ha mantenido y muchos países luchan con recuperaciones inesperadamente débiles”. 

Ante tales perspectivas, los 14 autores proponen un avance hacia modos de propiedad comunal, cooperativa, municipal y estatal; que no sean explotadoras, patriarcales ni depredadoras de la naturaleza; fórmulas redistributivas fundamentadas en el derecho a una vida plena; y la toma de decisiones democráticas, no jerárquicas ni despóticas, que pueden resumirse en el “mandar obedeciendo”, del movimiento zapatista. 

El texto defiende una sociedad solidaria, en la que tal como subraya el economista estadounidense Michael Lebowitz, autor de “Más allá del capital” y “La alternativa socialista. El verdadero desarrollo humano”, la producción priorice no las necesidades propias sino las del prójimo. 

Este autor marxista, uno de los referentes del libro, considera la producción cooperativa “una gran victoria”; y apuesta por un nuevo sentido común en el que la condición para el desarrollo libre de cada persona, sea el libre desarrollo de la comunidad. El razonamiento se completa con el viejo ideal proclamado por Marx en el Programa de Gotha (1875): cada persona recibe según su necesidad y aporta según sus posibilidades. (...)

el libro plantea la recuperación de la soberanía energética (en Cataluña Iberdrola y Endesa concentran el 76% de la potencia instalada para la generación de electricidad), incluida una auditoría ciudadana del actual sistema.

 La idea capital apunta a una transición desde las energías “sucias” a las renovables, “proceso que ya está en marcha”, sostienen los autores. La cooperativa Som Energia, comercializadora con fuerte participación de los socios, constituye uno de los ejemplos de consumo eficiente. 

La reflexión publicada por Espai Fàbrica desciende a la propuesta concreta. El capítulo sobre la soberanía alimentaria recuerda que en el ámbito de Països Catalans existen cerca de 210.000 hectáreas de superficie agraria útil (10% del total) en manos de las administraciones públicas, lo que ofrece diferentes posibilidades. Por ejemplo, liberar tierras para el uso de los labradores agroecológicos y la población con menos recursos. 

En el caso de las fincas agrarias en desuso durante un largo periodo, el texto plantea la opción de que los municipios impongan gravámenes. Numerosas iniciativas trabajan día a día en la recuperación de la soberanía, como la Xarxa de Graners, que lleva más de una década en el empeño de crear una red local y autogestionada de graneros, y para el intercambio de información y semillas; o la Associació de Menjadors Ecològics, que funciona en Cataluña desde 2013. 

En cuanto a la soberanía residencial, se plantean iniciativas como la expropiación de solares o viviendas vacías para fomentar su ocupación; y, con el fin de que el derecho a la vivienda deje de estar en manos de bancos privados, se apuesta por crear una banca pública complementada con cooperativas solidarias, uno de cuyos ejemplos es Coop57. 

El libro se apoya en los datos de la Taula del Tercer Sector: en Cataluña existen 450.000 viviendas vacías (100.000 en manos de las entidades financieras). En el ámbito de la soberanía cultural se pone como ejemplo la sustitución de patrocinios empresariales (BBVA, Damm, Airbnb y otros) por la gestión comunitaria. 

La formación en los espacios no académicos y la relación “vertical” entre educadores y alumnos ya se planteó en los proyectos de animación sociocultural en Barcelona, en el final de los años 70 y el inicio de los 80; y en los centros sociales y difusión de la cultura crítica."              (Enric Llopis

20/6/17

«El sionismo explota el judaísmo como Daesh el islam»

"Año especial, año trágico. Para los palestinos, en 2017 se cumple un siglo de la declaración de Balfour en la que el Gobierno británico decidió apoyar la creación de un hogar judío en Palestina, cincuenta años del aniversario de la Guerra de los Seis Días en la que Israel configuró un nuevo Oriente Medio y 70 años de cuando la ONU propuso la partición de Palestina.

 Un año más tarde se creó el Estado de Israel, mediante la expulsión de una importante parte de la población local. Una catástrofe (Nakba) para el pueblo palestino. Y un terreno de disputa para los historiadores, que siguen debatiendo cuánto de aquel movimiento de población durante la guerra de 1948 fue expulsión planificada y cuanto fue una huida voluntaria.

Nur Masalha (Galilea, Israel, 1957) es una de las voces más autorizadas para analizar aquel momento histórico. Autor de una decena de libros sobre esta temática (varios traducidos al español) es doctor por la University of London, donde es profesor en la Escuela de Estudios Africanos y Orientales (SOAS), y ha tenido cargos de docente en la de Durham y St Mary, ambas en Inglaterra. 

También enseña en la Universidad de Birzeit en Palestina. Pasó por Madrid en mayo, pocos días antes de la gira del presidente estadounidense, Donald Trump, por Oriente Próximo, que incluía un encuentro con su homólogo palestino, Mahmud Abbas.

—¿Una solución a corto plazo es posible?

—Es muy improbable. Tenemos a un nuevo inquilino en la Casa Blanca totalmente imprevisible. Nadie sabrá qué hará Donald Trump mañana y parece que la agenda doméstica es mucho más importante para él. Por primera vez, un país como Estados Unidos está gestionado por una familia de negocios. Y Trump no entiende el conflicto — responde Nur Masalha.

La política y la simbología van de la mano. “Belén es un gueto. Las ciudades palestinas están cercadas por muros que las separan de asentamientos de colonos procedentes de Nueva York.

 Trump quiere levantar un muro con México, pero en Palestina los muros están en todas partes. Son símbolos de la estrategia sionista de ‘más tierra y menos árabes'”, denuncia Masalha, de visita en Casa Árabe, para hablar de la fundación del movimiento sionista y la expulsión de los palestinos en la primera parte del siglo XX.

¿Historiador en Londres o activista palestino?

Soy historiador, pero también activista por los Derechos Humanos, así que tengo una visión moral de las cosas. No se puede ser completamente neutral en un tema. Pero mientras que los políticos hacen propaganda -dicen lo que la gente quiere escuchar- y la prensa se ve a menudo contagiada por sus vicios, los historiadores vamos a los hechos, a la verdad. 

Los historiadores tienen que probar las cosas para decirlas. Siempre digo: “No me juzgues por mi activismo, júzgame por mi trabajo”. Se puede ser profesor y también activista, no es contradictorio.

¿Y cuáles son los hechos en el caso de Palestina?

Hace cien años, en la Declaración de Balfour, los británicos prometieron un país a los palestinos, un pueblo que luego fue colonizado por un movimiento colonialista que venía de Europa. En la tierra de Palestina vivían árabes, en un 90%, y judíos que, por cierto, hablaban la misma lengua, en un 10 por ciento. 

Para entender el conflicto se debe partir desde el pasado para entender el presente y de ahí hacia el futuro, que es lo que hace un historiador; un político empieza en el presente para ir al pasado. Palestina era un país pacífico, donde vivían palestinos judíos, musulmanes y cristianos juntos.

 ¿Por qué después de cien años tenemos este conflicto? ¿Por qué los palestinos han sufrido tal exterminio? Si la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) reconoció a Israel hace 25 años, ¿por qué Israel no reconoce a Palestina como un Estado soberano?

Buena parte de su trabajo de los últimos 30 años ha consistido en desentrañar lo que usted llama los mitos del sionismo. ¿Cuáles son?

El primer mito es el de una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra cuando Palestina era una tierra con gente. Es ridículo. Lo que hoy es España también era una tierra del Mediterráneo, ¿te la imaginas vacía? Es ridículo. 

Aparte del sur, que es desierto, el resto era un país fértil, un país populoso. Este primer mito iba dirigido a los occidentales para justificar que no se tomaba la tierra de nadie, sino que era una tierra vacía. 

El segundo mito se desarrolla en torno a Sión como la madre del pueblo, es decir, la madre del judaísmo. El sionismo es un movimiento político y el judaísmo es una religión con un gran recorrido detrás. El sionismo está basado en el imperialismo.

¿Por qué hoy ambos conceptos parecen unidos?

El judaísmo vivió en Oriente Medio durante muchos siglos, en muchos países, y el sionismo llevó a esta tierra a muchísimos rusos y europeos. Han insistido en que aquellos judíos que poblaban esta región hace siglos son los mismos judíos que llegan a Israel ahora; una raza convergente.

 Pero hay que recordar que muchos judíos se convirtieron al islam o al cristianismo, como al final de la Reconquista en España. El judaísmo no va en la sangre, no va en el ADN, va en la fe. El sionismo bebe de una idea germánica del siglo XIX de la raza."                   (Entrevista a Nur Masalha, m'sur, 06/06/17)

19/6/17

Renta básica universal en México: un plan a 40 años vista para otorgar a cada mexicano 1.800 pesos (96 dólares) al mes. Empezaría por los colectivos más vulnerables... y tendría un coste equivalente al 12,9% del PIB

"De la zona más exclusiva a la más deprimida de Santa Fe, en el noroeste de la Ciudad de México, hay apenas un par de kilómetros y un abismo socioeconómico: los coches de lujo se convierten en viejos peseros y la opulencia se torna en miseria.

 Esta es solo una de las decenas de imágenes de la lacerante brecha de ingresos que parte en mil pedazos la megalópolis latinoamericana. Es un elemento consustancial al México actual, el país de los 50 millones de pobres que es, a la vez, potencia económica y kilómetro cero de la inequidad. Pocas, muy pocas naciones pueden presumir de una divergencia de renta como la nación norteamericana, cuna de los más desfavorecidos y del sexto hombre más rico del mundo.

 Sin embargo, lejos de añadir argumentos para la resignación, un puñado de académicos a los que se han ido sumando con cuentagotas un ramillete de políticos de corte progresista insisten en la viabilidad de un plan que erradicaría la pobreza desde el día uno de aplicación: el ingreso ciudadano universal o renta básica universal, una prestación pública que se concedería a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo. 

Un salario por nada; una red asistencial básica que frena en seco la miseria. En muy pocos años, esta suerte de antídoto contra el veneno de la pobreza extrema ha pasado del terreno de la utopía al de las políticas públicas factibles. Su razón de ser se reafirma en un país de las características de México.

“Es viable, se puede financiar: solo hace falta que haya voluntad política real”, asegura Enrique del Val, director general de Planeación de la UNAM. Tanto la Coneval, el ente independiente que evalúa las políticas públicas contra la pobreza en México, como la Cepal, la comisión económica de la ONU para América Latina, ya han validado la idea.

 “Es una propuesta especialmente vigente a la luz de la debilidad económica, la pobreza y las dudas sobre el futuro del trabajo: la robotización, la inteligencia artificial… Es urgente reflexionar”, añade la mexicana Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva del brazo regional de Naciones Unidas.

Su temor sobre la creciente automatización del trabajo, que amenaza con dejar enormes bolsas de desempleados en todo el mundo, encuentra respaldo en las cifras: según un reciente estudio de la consultora McKinsey, México es el sexto país del planeta en el que mayor porcentaje de trabajadores corre riesgo de ser reemplazado por máquinas, el 52% del total.

Las primeras referencias mexicanas a la idea se remontan a principios de los setenta. Eran los años previos al gran auge petrolero y a la icónica (e incumplida) promesa el presidente José López Portillo de que los beneficios derivados del crudo llegaran a todos los mexicanos. 

El pensador Gabriel Zaid propuso entonces que todos los ciudadanos recibieran una suerte de dividendo de la renta nacional, igual para todos. Huelga decir que la propuesta cayó en saco roto. Hasta tres décadas después, cuando aterrizaron en la Cámara de Diputados las primeras iniciativas legislativas para la creación de una renta básica.

En 2015 llegó otra propuesta al Senado de la mano del progresista PRD y ese mismo partido intentó, sin éxito, incluir el ingreso ciudadano universal en la nueva Constitución de la Ciudad de México. 

Pero la propuesta más ambiciosa y detallada llegó hace justo un año de la mano de Araceli Damián y Norma Xóchtil Hernández, dos diputadas del izquierdista Morena: un plan a 40 años vista para otorgar a cada mexicano 1.800 pesos (96 dólares) al mes. Empezaría por los colectivos más vulnerables –menores de edad y mayores de 65 años– y tendría un coste al erario equivalente al 12,9% del PIB.

Esta prestación reemplazaría a los más de 5.000 programas sociales vigentes en la actualidad en todos los niveles de la administración mexicana, según los datos de Del Val, lo que supondría un ahorro considerable. 

Y requeriría, según la media docena de especialistas consultados, de una amplia reforma fiscal que empezase por gravar las muchas y muy acaudaladas fortunas mexicanas para más tarde elevar las contribuciones del resto de la población. “Estoy convencido de que el mexicano medio no se negaría a pagar más impuestos si se le dijese, explícitamente, que su dinero va a destinarse a crear un ingreso ciudadano”, opina Rogelio Huerta, de la UNAM.

Aunque los experimentos llevados a cabo hasta la fecha en países como Canadá ponen en duda que la renta básica desincentive el trabajo —la idea de que, si los ciudadanos tienen garantizado un ingreso, tendrá menos interés en producir—, dentro y fuera del país sus todavía muy numerosos detractores inciden en ello. 

Aún hoy, la idea de una renta básica universal en México sigue a años luz de países como Finlandia o Países Bajos —donde ya se está ensayando— o de Suiza —donde se votó en referéndum el año pasado—. Pero ha ido ganando tracción con el paso de los años. Y ha derribado el muro de la academia para entrar, poco a poco, en el ágora público.

“Queda mucho por hacer aún, pero estamos más cerca que nunca”, apunta el profesor Huerta. “Ahora falta que el movimiento vaya más allá de iniciativas partidistas, que se construya una corriente política que cuente con el respaldo de intelectuales y de la sociedad civil”.

 Los comicios de 2018 serán la gran piedra de toque: un grupo de expertos en la materia, capitaneados por Enrique del Val, plantearán a finales de este año una hoja de ruta independiente con el anhelo de ser escuchados por todas las formaciones políticas. Si finalmente entra en campaña, no hay motivos para pensar que México no pueda ser un país pionero en la puesta en marcha de la renta básica universal."           (Ignacio Fariza, El País, 15/05/17)

16/6/17

Bank of the Commons, el banco sin banqueros

"La semana pasada se lanzó el Bank of the Commons, una nueva una iniciativa cooperativa abierta que ofrece alternativas para pagos como el Fairpay y sistemas monetarios como el Faircoin y que apoya la economía cooperativa a escala global y local.

Los sistemas de pagos están copados por los gigantes de las tarjetas bancarias: Visa, Mastercard y American Express dominan el mercado. Frente a ello, existe la tecnología blockchain, una especie de sistema contable público que todas las personas participantes en el sistema pueden consultar. El blockchain es la tecnología del bitcoin, la criptomoneda más famosa, y en la actualidad está siendo estudiada por la gran banca como el Santander, UBS y Deutsche Bank entre otros.

La tecnología blockchain es es la que permite al Bank of the Commons la gestión de los servicios bancarios de una manera más transparente, con posibilidades que pueden usarse para recuperar la soberanía popular sobre las finanzas, los presupuestos participativos y la creación de dinero, tal y como se puede leer en su página web. 

Su misión es facilitar una transición gradual hacia un espacio ético postcapitalista, de modo de liberarnos del control del actual sistema bancario, optando en su lugar por un sistema justo y autogestionado. El Bank of the Commons pretende construir una alternativa financiera vinculada al sistema bancario oficial, combinando ambas opciones hasta que la primera sea suficientemente fuerte.

Los objetivos del Bank of the Commons son:
  • Proporcionar sistemas de pago sin intermediarios entre las participantes de sistemas financieros de cooperativas e iniciativas de economía solidaria.
  • Proporcionar tecnologías descentralizadas a movimientos de finanzas éticas y monedas alternativas.
  • Interconectar la banca ética y los movimientos de monedas alternativas con herramientas prácticas que simplifiquen sus intercambios.
  • Alentar la banca y las opciones de pago éticas en cualquier parte de Europa y, progresivamente, en todo el planeta.
  • Reelaborar el significado de “creación del dinero”, solventando el cronico problema de falta de inversiones en economias de pequena escala, creando conciencia sobre la forma en que se crea el dinero y sobre cómo ésta puede cambiarse."                 (El Salmón Contracorriente, 12/06/17)

15/6/17

"Los peces se comen el plástico, nosotros nos comemos los peces, y nosotros nos estamos comiendo nuestra propia basura"

"En el mundo tiramos al año al mar 9 millones de toneladas de basura", alerta la  Asociación Ambiente Europeo (AAE) en el vídeo de su campaña Mar Sana, que presenta este jueves coincidiendo con el Día Mundial de los Océanos.

La iniciativa busca crear conciencia social sobre la necesidad de reducir las basuras marinas. Por término medio, cada milla marina cuadrada contiene 45.000 pedazos de residuos plásticos flotantes, según datos de la ONU recogidos en un comunicado de la organización.

Este proyecto nace como una "llamada a la acción de la población", explica la asociación en un comunicado, pues los residuos producen impactos negativos en los ecosistemas marinos, en la seguridad y salud de los seres humanos, así como en las embarcaciones y en la navegación. "Hemos de lograr que nos ponga los pelos como escarpias, que nos haga daño ver plástico en el mar", reclaman en el vídeo.

"Los peces se comen el plástico, nosotros nos comemos los peces, y nosotros nos estamos comiendo nuestra propia basura", apuntan. De hecho, "más de 600 especies de fauna marina se ven especialmente afectadas por la basura que llega al mar", como ballenas, delfines, focas y tortugas marinas, además de una gran variedad de aves e incluso el plancton.

La ingesta de este material les "causa importantes trastornos que, a menudo, resulta ser la causa del fallecimiento de gran cantidad de animales", ha asegurado la asociación, que cifra en 100.000 el número, sólo de mamíferos marinos, que mueren cada año por esta causa.

El gran problema, destaca AAE, es que "la sociedad no considera que la creciente cantidad de residuos marinos en los océanos sea una amenaza seria", puesto que "su impacto ha sido ignorado por decenios".

La Asociación aboga por sustituir la visión "cortoplacista" de la contaminación de los océanos por una que tenga en consideración su impacto en las vidas de las futuras generaciones. "Cuando mi hijo tenga 47 años, ahora tiene 14, habrá más plástico que peces en los océanos", denuncia la actriz Kira Miró en el vídeo. 

En esta campaña colaboran periodistas como Iñaki Gabilondo, Pedro Piqueras o Marta Reyero, cocineros como Ángel León y Susi Díaz y personalidades del mundo del entretenimiento como Andreu Buenafuente o Kira Miró, entre otros, proponiendo "gestos que pueden ayudar revertir el problema de las basuras marinas".             (Público, 07/06/17)

14/6/17

Nancy Fraser: feminismo, “neoliberalismo progresista” y movimientos sociales

"¿Qué es el feminismo del 99 %?

En un nivel, es una suerte de reacción a la dirección que ha tomado el feminismo, especialmente en Estados Unidos, pero no únicamente aquí, hacia lo que yo considero una relación peligrosa con el neoliberalismo. La principal corriente se ha convertido en un feminismo corporativo, del “techo de cristal”, que llama a las mujeres a escalar posiciones en las empresas.

Ha renunciado a toda concepción amplia y sólida de lo que significa la igualdad de género o la igualdad social en general. En lugar de eso, parece estar centrado realmente en lo que yo llamaría la “meritocracia”. Y eso significa solo eliminar las barreras que impiden que las mujeres talentosas avancen hacia las posiciones más altas de las jerarquías corporativas, militares.

La clase de feminismo que yo siempre he apoyado –y debo decir que soy hija de los años ‘60 en este sentido– es un feminismo que trata de abolir las jerarquías corporativas, no de ayudar a una pequeña cantidad de mujeres a ascender en ellas.

Pero el feminismo empezó a dar un giro neoliberal hace alrededor de 20 años. Para mí no se trata simplemente de algo terrible que pasó con la elección de Trump, aunque eso ciertamente es muy malo. 

 Pero creo que bajo la punta del iceberg hay un conjunto más amplio de circunstancias relacionadas con aspectos estructurales de nuestra sociedad que han sido ignorados por casi todas las corrientes feministas, salvo algunas de izquierda relativamente marginales, con las cuales me identifico personalmente, pero que hasta ahora no hemos logrado amplificar nuestras voces.
 
Quizás tengamos que agradecerle a Trump el hecho de que éste sea un momento en el que se pueden escuchar voces más radicales. Parece que después de las grandes movilizaciones, la indignación y el deseo de participar en protestas y en la resistencia, que se manifestó en la Marcha de las Mujeres, esta puede ser una oportunidad para dar una dirección distinta al feminismo en Estados Unidos. Yo lo llamaría una corrección del rumbo, y no una mera resistencia.

Las marchas del 21 de enero fueron fantásticas. Hubo una energía enorme, una cantidad extraordinaria de gente y mucha creatividad, pero debo decir que a nivel político fueron un poco rudimentarias.

 No hubo una dirección clara, y quizás por eso tanta gente quiso participar.

Pero también es posible desarrollar un activismo de mujeres que tenga un perfil más claro, una orientación más clara, una plataforma. Y creo que en este contexto, puede empezar a atraer un apoyo más amplio. Porque hay mucha gente que se está radicalizando y politizando por primera vez. 

Gente que durante la presidencia de Obama mantuvo un perfil bajo. Nadie quería oponerse al primer presidente negro y, por supuesto, él hizo algunas cosas que se pueden considerar progresistas. Pero el activismo había decaído y ahora creo que se destapó y hay nuevas oportunidades.

Entonces hicimos el llamado a una huelga para el 8 de marzo como respuesta específicamente estadounidense al llamado internacional más amplio que ha recibido el apoyo de más de 30 países. Y pensamos que había que aprovechar la oportunidad y ver si podemos construir un feminismo de izquierda, radical. A eso nos referimos cuando decimos un feminismo del 99 %. Un feminismo para todas las mujeres por las que el feminismo corporativo no ha hecho prácticamente nada.

Hablas del fin del “neoliberalismo progresista”, ¿a qué te refieres con esa categoría y cómo ves que se desarrolla este “comienzo del fin”?

Durante mucho tiempo me resultó difícil caracterizar este desvío que acabo de describir de la corriente prevaleciente del feminismo hacia una especie de molde corporativo. Y debo aclarar enseguida que diría lo mismo acerca de todos los movimientos sociales progresistas.

No es solo un problema del feminismo. Es un problema en los movimientos antirracistas, que también incluyen un aparato político de la elite negra, por lo menos hasta la irrupción de Black Lives Matter. Creo que tenemos un ala corporativa y neoliberal del movimiento ecologista que promueve el capitalismo verde. Dentro de los movimientos LGTBI tenemos sectores que solo promueven la inclusión de homosexuales en las fuerzas armadas y en la vida corporativa, etcétera.

Tengo que decir que en EE. UU. tenemos una cultura de individualismo, de voluntarismo, de salir adelante con el esfuerzo personal y se considera que si no se lo logra, es culpa de uno. Es el camino normal que sigue la sociedad. Solo en períodos de crisis abierta los estadounidenses tienen un incentivo real para empezar a pensar en términos estructurales sobre cómo funciona la sociedad y cómo está compuesta desde el inicio. 

Bernie Sanders usó términos maravillosos. Dijo que es una “economía amañada,” una “sociedad amañada”, un “sistema político amañado”. Todo eso es cierto. Pero para comprenderlo, hay que caracterizar las estructuras que introdujeron esa situación.

Hace mucho tiempo que observo y escribo acerca del desvío neoliberal de los movimientos sociales. Pero de alguna manera, la última elección en EE. UU., la campaña, todo eso me ayudó a verlo con mayor claridad. Porque creo que Hillary Clinton lo encarnaba a la perfección. Y luego pude atar los cabos sueltos y dije, “¡Ajá!

Lo que tenemos en la carrera electoral entre Clinton y Trump es un concurso entre dos opciones horribles”, que yo denominé “neoliberalismo progresista” y “populismo reaccionario”. Y llegué a entender que lo que ha sido el bloque dominante, hegemónico en Estados Unidos por lo menos desde que asumió Bill Clinton en 1992 –mucho tiempo– representa una alianza nefasta entre corrientes mainstream corporativizadas de los nuevos movimientos sociales y ciertos sectores de la clase capitalista estadounidense.

No todos, sino los sectores del mundo empresarial que dependen no de la industria manufacturera sino de un capitalismo “simbólico y cognitivo”, como se ha denominado. Eso es Hollywood, Silicon Valley y, obviamente, Wall Street y las finanzas. Las finanzas se han convertido en una parte enorme de nuestra economía y han desplazado a otros sectores.

A eso me refería al hablar del neoliberalismo progresista. A la forma en que este sector del mundo empresarial pudo crear una especie de cubierta progresista para políticas que, en realidad, están destruyendo el sustento y los modos de vida, las familias y las comunidades de los estadounidenses de clase trabajadora y pobres. Y también corroen la vida de la clase media.

Las dos grandes respuestas a este neoliberalismo progresista han sido, por supuesto, la victoria de Trump pero también la campaña extraordinariamente exitosa –que superó todas las expectativas– de Bernie Sanders, que casi derrota a Hillary Clinton, que contó con todo el aparato y el poder a su disposición. 

Fue un levantamiento muy potente contra el neoliberalismo progresista. Un polo a la derecha y un polo a la izquierda. Lamentablemente, triunfó el polo de Trump. Pero de alguna manera expuso esta alianza hegemónica y creo que eso es lo que ha allanado el camino hacia las movilizaciones actuales.

Y debería agregar un último punto. Uno de mis miedos con respecto a lo que está sucediendo ahora es que, en ausencia de una intervención fuerte y clara de la izquierda, toda esta resistencia, que es enorme, termine por reconstituir el neoliberalismo progresista en una forma nueva, con la dirección de alguna figura más aceptable que Hillary Clinton, que creo que está políticamente acabada, básicamente. Ese es uno de mis miedos. Fue al intentar impedir eso que escribimos el llamado a la huelga de la manera en que lo hicimos y que estamos intentando organizar este feminismo de izquierda.

Quisiera que ese fuera un modelo para otros movimientos sociales. Quisiera ver desarrollarse varias coaliciones antirracistas alrededor de un programa radical similar. Un antirracismo para el 99 %. ¿Por qué no tenemos eso? Para el movimiento de los gays, lesbianas y trans y para el movimiento ecologista. Creo que esta es la dirección.

Y Sanders, que no es una figura perfecta de ninguna manera, ha trazado de alguna forma un camino. Si se mantiene dentro del partido Demócrata o no es otro problema, pero proporcionó un lenguaje que ayudó a exponer lo que ha estado haciendo ese partido durante los últimos 30 años.

 Y siento que estamos tomando esa apertura que él ayudó a crear y que, a su propio modo perverso, está ayudando a crear Trump, y vamos a intentar profundizarla. Y, como dije antes, me encantaría ver a otros movimientos sociales hacer algo más o menos similar y coordinado.

En Fortunas del feminismo, decías que las luchas por el reconocimiento (así como por la redistribución) no tienen un carácter inherentemente anticapitalista, sino que debían aliarse a luchas anticapitalistas. ¿Cuáles son las consecuencias políticas de esta división y cómo seguir hacia delante?

Yo daría un paso atrás, históricamente, para contextualizar esos términos, “redistribución” y “reconocimiento”, que han sido términos clave para la forma en que he intentado comprender estos desarrollos durante varias décadas. Para mí, el término “redistribución” ya era una especie de concesión y de alguna manera una alternativa al socialismo o quizás un “socialismo light”. Es el socialismo que no se atreve a nombrarse a sí mismo.

En otras palabras, cuando los movimientos obreros y otros movimientos radicales, los movimientos socialistas, estaban luchando contra las reglas básicas de la sociedad capitalista, las relaciones de propiedad, la apropiación de la plusvalía, etc., no hablaban en realidad de redistribución, sino de transformación estructural. Creo que el término “redistribución” fue desarrollado dentro de la socialdemocracia y supone en realidad que el problema es la distribución injusta de bienes divisibles. No se trata de cambiar las reglas de base, por decirlo de alguna manera.

Yo diría que después de la Segunda Guerra Mundial, este paradigma redistributivo se volvió dominante en Estados Unidos, pero también en países socialdemócratas ricos, y en muchos Estados desarrollistas que no eran tan ricos, los Estados independientes que también intentaban “desarrollarse”. Y ciertamente corrientes importantes del movimiento obrero y de la izquierda, la izquierda socialdemócrata, retomaron este concepto de la redistribución.

Hay varios problemas con esto, evidentemente, pero un problema adicional es que este fue un período, de la posguerra, en el cual ese modelo redistributivo empezó a aparecer como demasiado restrictivo. Betty Friedan escribía sobre las amas de casa atrapadas en los suburbios, y se fundaba una nueva izquierda en contra de la ética consumista. Eran aspiraciones distintas a la distribución justa del ingreso, los salarios y el trabajo, etc.

Estaba la lucha contra la segregación racial, por ejemplo. Y comenzaban a acercarse a algunos problemas profundos y estructurales. Planteaban el problema de la ciudadanía de segunda y la pobreza de los afroamericanos y de esa manera exponían algunos aspectos terribles de la historia estadounidense que no quedaron totalmente en el pasado.

Entonces, creo que lo que sucedió como respuesta fue que se desarrolló un segundo paradigma junto con el paradigma dominante redistributivo, que yo y muchas otras personas han denominado “reconocimiento”, en el cual el problema no es solo que uno quiere ser tratado de manera igualitaria, sino que quiere que se reconozca, apruebe y valide su especificidad.

Uno no tiene que ser como otros ni vivir la vida de un hombre blanco heterosexual para ser un integrante pleno y válido de la sociedad, todo lo cual está muy bien en un sentido, pero una vez más la historia nos presenta muchas sorpresas. 

Porque el momento en el cual se desarrollaba el paradigma del reconocimiento también fue el momento en el que el modelo capitalista fordista en decadencia se encontraba con dificultades y cuando la redistribución socialdemócrata perdía su base económica.
Entonces había dos sectores, no me parece totalmente adecuado el término “de izquierda”, pero era lo que más se parecía a una izquierda, dos sectores que parecían estar en conflicto

. Thomas Frank escribió sobre un mundo industrial en decadencia de trabajadores sindicalizados predominantemente blancos, pero no solo blancos, que se sienten amenazados por el aumento de reclamos en una situación en la cual su sustento está en caída. No están en una situación cómoda para nada.

 Y luego surge la idea neoliberal progresista entre la gente que promueve el reconocimiento de que esos trabajadores son atrasados –“deplorables” como los denominó Hillary Clinton– racistas y misóginos.

Yo no negaría que hay elementos de racismo y misoginia en toda nuestra sociedad, pero la situación es más compleja y no se puede entender exclusivamente en términos morales. Tenemos que entender que es el desarrollo, la transición de una forma de capitalismo –la forma socialdemócrata administrada por el Estado– hacia otra, la forma financierizada y globalizadora. Esa transición es la que está creando las alianzas extrañas y los antagonismos muy poco productivos entre sectores de la población que tal vez se habrían aliado en otras circunstancias.

Cuando crecen varios movimientos y sentimientos nacionalistas, en el llamado que hicieron para el 8 de marzo, destacaron la importancia de construir un movimiento internacional, ¿por qué?

En primer lugar, diría que creo que todo movimiento social progresista y transformador debe pensar en términos internacionales. La izquierda apoya esta idea hace alrededor de 200 años, por lo menos de la boca para afuera.

 Pero yo diría que es todavía más urgente hoy en día que en cualquier otro momento de la historia, porque ahora el sistema mundial capitalista está mucho más globalizado. Y creo que aun en la medida en que uno quiere hablar de cuál debería ser la política nacional en un país determinado, hay que partir del reconocimiento de que lo que es posible a ese nivel depende en gran medida de la estructura financiera global internacional del sistema mundial.

En ese sentido, lo que hizo posible un modelo de socialdemocracia a nivel nacional, en países ricos, como los escandinavos, que era más o menos igualitaria a nivel interno, fueron los controles de capitales de Bretton Woods. Y una vez que fueron desmantelados [los controles], ese tipo de socialdemocracia relativamente igualitaria, aunque restrictiva, es posible porque se apropia de parte de la riqueza del Sur mundial, depende de cierto tipo de imperialismo… Pero lo que sugiero es que lo nacional y lo mundial o internacional están estrechamente relacionados.

Y ese sería un argumento a favor de que si no pensamos cómo frenar las finanzas mundiales, y eso solo se puede hacer mediante un movimiento social mundial, un esfuerzo mundial, nuestra capacidad de hacer cualquier cosa a un nivel local será muy limitada. Otro ejemplo es el cambio climático. Obviamente no se puede enfrentar con un activismo local, independientemente de cuánto uno reduzca su huella de carbono aquí o allá.

Hay problemas como ese que solo se pueden abordar a nivel internacional. ¿Cuál es el nivel internacional hoy? Es Davos, es la OMC, es el régimen de propiedad intelectual del acuerdo sobre los ADPIC (Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual), entre otros. Entonces, ¿cuáles son las instituciones de la izquierda que puedan enfrentarse a ellas?

Al principio, me pareció muy prometedor el desarrollo del Foro Social Mundial, porque parecía apuntar a una respuesta a ese nivel. Hubo problemas que podemos discutir, pero quizás no para resaltar aquí. Pero creo que es muy importante pensar ahora en términos globales.

Lo que hace esta huelga internacional [de mujeres] es alentar la solidaridad y el aprendizaje mutuo. Algo que nos impactó mucho cuando escribimos la declaración que apareció en The Guardian, fue el lenguaje que estaban desarrollando las argentinas. Tenían una comprensión fantástica, integral y estructural de lo que comprende la violencia contra la mujer. No responsabilizaban simplemente a los “tipos malos”.

Y tomamos eso como perspectiva para pensar la violencia contra las mujeres de una manera que se dirigiera al 99 % de las mujeres. Creo que tenemos mucho que aprender los unos de los otros. Nadie tiene una visión completa.

Y es muy emocionante ver el apoyo mutuo y una de las cosas que están sucediendo con la marcha es que los grupos que se están organizando en distintos países van a filmar sus eventos y vamos a intercambiar los videos y eso crea una percepción de que está pasando algo, de que somos parte de algo mucho más grande.

¿Te gustaría agregar alguna reflexión sobre el movimiento de mujeres, decir algo más?

Agregaré un punto más. En mi opinión, la base estructural de la subordinación de las mujeres en la sociedad capitalista es la división entre la producción económica y la reproducción social. Esta división nunca había existido antes en la historia. 

Estas actividades siempre estaban mezcladas en el mismo lugar. Creo que la forma en que esa división se ha establecido e implementado ha cambiado de manera significativa en la historia del capitalismo, mediante una serie de distintos regímenes de acumulación.

Sin embargo, creo que ese es el eje central y diría que cualquier política feminista centrada exclusivamente en cualquiera de esos dos polos sin considerar su imbricación e interconexión profundas no podrá lograr la emancipación de las mujeres."                 (Entrevista con Nancy Fraser, Salir del euro, 07/06/17)

13/6/17

La izquierda global contra la derecha global: de 1945 a la fecha, cuando el 80% de la población mundial necesita luchar contra el 1% y atraer al otro 19% de su lado, para ganar

"El periodo entre 1945 y 1970 fue uno de extrema alta concentración de capitales a escala mundial y también de hegemonía geopolítica de Estados Unidos. En la geocultura el liberalismo centrista llegó a su cumbre como ideología gobernante. Nunca antes el capitalismo pareció funcionar tan bien. Esto no habría de durar.

El alto nivel de acumulación de capital, que en particular favoreció a las instituciones y al pueblo de Estados Unidos, alcanzó los límites en su capacidad para garantizar el necesario cuasi-monopolio de las empresas productivas.

La ausencia de un cuasi-monopolio significó que por todas partes la acumulación de capital comenzara a estancarse y los capitalistas comenzaron a buscar modos alternativos de sostener sus ingresos. Los principales modos fueron la relocalización de sus empresas productivas en zonas de costo menor y el involucramiento en la transferencia especulativa de capital existente, eso que le llamamos la financiarización.

En 1945, solamente el desafío del poder militar de la Unión Soviética pudo enfrentar el cuasi-monopolio geopolítico de Estados Unidos. Para garantizar su cuasi-monopolio, Estados Unidos tuvo que acceder a un arreglo tácito pero efectivo con la Unión Soviética, apodado Yalta. Este arreglo implicó una división del poder mundial, dos tercios para Estados Unidos y un tercio para la Unión Soviética.

Acordaron mutuamente no transgredir estos límites y no interferir con las operaciones económicas del otro en su propia esfera. También entraron en una guerra fría, cuya función no era derrocar al otro (por lo menos en el futuro previsible), sino mantener la incuestionada lealtad de sus respectivos satélites. Este cuasi-monopolio también llegó a su fin debido al creciente desafío a su legitimidad por parte de quienes se perdieron debido al statu quo.

Además, este periodo fue también uno en que los movimientos anti-sistémicos tradicionales conocidos como la Vieja Izquierda –comunistas, social-demócratas y movimientos de liberación nacional– llegaron al poder estatal en varias regiones del sistema-mundo, algo que había parecido altamente improbable apenas en 1945. Un tercio del mundo estaba gobernado por los partidos comunistas.

Un tercio estaba gobernado por partidos social-demócratas (o su equivalente) en la zona pan-europea (Norteamérica, Europa occidental y Australasia). En esta zona, el poder alternaba entre los partidos social-demócratas que profesaban el Estado de bienestar y los partidos conservadores que también aceptaban el Estado de bienestar, aunque con un alcance reducido.

Y en la última zona, el llamado Tercer Mundo, los movimientos de liberación nacional llegaron al poder al obtener su independencia en la mayor parte de Asia, África y el Caribe, promoviendo así regímenes populares en la ya independiente América Latina.

Dada la fortaleza de los poderes dominantes y en especial Estados Unidos, puede parecer anómalo que los movimientos anti-sistémicos llegaran al poder en este periodo. De hecho, fue lo opuesto. Al buscar resistir el impacto revolucionario de los movimientos anti-coloniales y anti-imperialistas, Estados Unidos favoreció concesiones con la esperanza y la expectativa de traer al poder fuerzas moderadas en estos países que estuvieran dispuestas a operar dentro de las normas aceptadas de comportamiento interestatal. Esta expectativa resultó ser correcta.

El punto de quiebre fue la revolución-mundo de 1968, cuyo dramático aunque breve punto álgido entre 1966-1970 tuvo dos resultados importantes. Uno fue el final de la muy larga dominación del liberalismo centrista (1848-1968) como la única ideología legítima en la geocultura. Por el contrario, tanto la izquierda radical izquierdista como la ideología derechista conservadora recuperaron su autonomía y el liberalismo centrista fue reducido a ser solamente una de las tres ideologías en competencia.

La segunda consecuencia fue el desafío a escala mundial para los movimientos de la Vieja Izquierda por todas partes, asegurando que la Vieja Izquierda no era anti-sistémica en lo absoluto. Su llegada al poder no había cambiado nada de ninguna importancia, decían los impugnadores. Estos movimientos fueron vistos ahora como parte del sistema que había que rechazar para que por fin tomaran su lugar los verdaderos movimientos anti-sistémicos.

¿Qué pasó entonces? Al principio, la derecha de nuevo afirmativa pareció ganar la partida. Tanto el presidente estadunidense, Reagan, como la primera ministra de Reino Unido, Thatcher, proclamaron el fin del desarrollismo dominante y el advenimiento de la producción orientada a la venta en el mercado mundial. Proclamaron TINA, there is no alternative. Que no hay alternativa.

Dada la decadencia del ingreso estatal en casi todo el mundo, la mayor parte de los gobiernos buscaron préstamos, que no podían recibir a menos que aceptaran los nuevos términos de TINA. Se les requirió reducir drásticamente el tamaño de los gobiernos y eliminar el proteccionismo, al tiempo de finiquitar los gastos del Estado de bienestar y aceptar la supremacía del mercado.

Esto fue llamado el Consenso de Washington, y casi todos los gobiernos acataron este importante viraje de foco. Los gobiernos que no cumplieron fueron derrocados del cargo, lo que culminó en el colapso espectacular de la Unión Soviética. Después de algún tiempo en el cargo, los Estados que sí acataron descubrieron que la prometida alza en el ingreso real de gobiernos y trabajadores no ocurrió.

Por el contrario, estos Estados sufrieron las políticas de austeridad impuestas sobre ellos. Hubo una reacción a TINA, marcada por el levantamiento zapatista en 1994, las exitosas manifestaciones de 1999 contra el intento en Seattle de promulgar garantías obligatorias para los llamados derechos de propiedad intelectual, y la fundación en 2001 del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en oposición del Foro Económico Mundial, pilar de larga duración de TINA.

Conforme la Izquierda Global recuperó fuerza, las fuerzas conservadoras necesitaron reagruparse. Dieron un viraje del énfasis exclusivo en la economía de mercado, y lanzaron su rostro socio-cultural alternativo. De inicio invirtieron mucha energía en asuntos como luchar contra el aborto o promover la conducta exclusivamente heterosexual. Utilizaron tales temas para jalar a sus simpatizantes hacia la política activa. Y entonces ellos recurrieron a la anti-inmigración xenofóbica, abrazando el proteccionismo al que los conservadores económicos se habían opuesto específicamente.

Sin embargo, los simpatizantes de los derechos sociales expandidos para todos y el multiculturalismo copió la nueva táctica política de la derecha y exitosamente legitimaron a lo largo de la última década avances significativos en aspectos socio-culturales. Los derechos de las mujeres, los primeros derechos gay y luego el matrimonio gay, los derechos de los pueblos indígenas, todos fueron ampliamente aceptados.

Así que ¿dónde estamos? Los conservadores económicos ganaron primero y luego perdieron fortaleza. Los conservadores socio-culturales que les siguieron ganaron primero y luego perdieron fuerza. Y no obstante la Izquierda Global parece desconcertada. Esto ocurre porque todavía no está dispuesta a aceptar que la lucha entre Izquierda Global y Derecha Global es una lucha de clase y que eso debería hacerse explícito.

En la crisis estructural en curso en todo el sistema-mundo moderno, que comenzó en los 70 y que probablemente durará otros 20-40 años, el punto no es reformar el capitalismo, sino el sistema que sea su sucesor. Si la Izquierda Global va a ganar esa batalla, de manera sólida debe aliar las fuerzas contra la austeridad con las fuerzas multiculturales. Sólo reconociendo que ambos grupos representan el mismo fondo de 80 por ciento de la población mundial será probable que puedan ganar. 
 
Necesitan luchar contra el uno por ciento de hasta arriba y buscar atraer al otro 19 por ciento de su lado. Esto es exactamente lo que uno quiere decir cuando habla de lucha de clases." (Immanuel Wallerstein, La Jornada, 03/06/17)