5/8/16

Entendiendo a Trump... por George Lakoff

"(...) ¿Quién apoya a Trump y por qué?

Donald J. Trump ha logrado convertirse en el candidato republicano a la presidencia, ¿Por qué? ¿Cómo? Hay varias teorías: La gente está enojada y él le habla a su ira. La gente no gusta mucho del Congreso y desea a un no político. Ambas pueden ser verdad. ¿Pero por qué? ¿Cuáles son los detalles? y ¿Por qué Trump? Parece haber salido de la nada. Sus posiciones sobre las cuestiones no se ajustan al molde común. (...)

Cómo Trump utiliza tu cerebro en su provecho

Cualquier vendedor eficaz sin escrúpulos sabe cómo usar tu cerebro en tu contra para conseguir que compres lo que está vendiendo. ¿Cómo se puede "utilizar tu cerebro contra ti"? ¿Qué significa?

Todo pensamiento utiliza circuitos neuronales. Cada idea está constituida por circuitos neuronales. Pero no tenemos acceso consciente a aquellos circuitos.

Como resultado, la mayoría de pensamiento -un estimado de 98 por ciento- es inconsciente. El pensamiento consciente es la punta del iceberg.

El pensamiento inconsciente opera por ciertos mecanismos básicos. Trump los usa instintivamente para convertir los cerebros de la gente hacia lo que quiere: absoluta autoridad, dinero, poder, celebridad.

Los mecanismos son:

1. Repetición.
Las palabras están neurológicamente vinculadas a los circuitos que determinan su significado. Cuanto más se escucha una palabra, más el circuito es activado y más fuerte se vuelve, y por lo tanto, más fácil es para disparar de nuevo. Trump repite. Ganar, Ganar, Ganar. Vamos a ganar tanto que te cansarás de ganar.

2. El encuadre: Hillary criminal. Encuadrar a Hillary con crímenes cometidos intencionalmente y con conocimiento para su propio beneficio, es lo que hace un ladrón. Repetir hace que mucha gente piense inconscientemente en ella de esa manera, a pesar de que se ha encontrado que ha sido honesta y legal por estudios exhaustivos por el comité de Bengazi de derecha (que no encontraron nada) y el FBI (que no encontró nada de que acusarla, excepto errar en la tecla (C) en el cuerpo de 3 de cada 110.000 mensajes de correo electrónico). Sin embargo, el encuadre está trabajando.

Hay una metáfora común que la inmoralidad es la irregularidad, y que actuar en contra de la moral del padre estricto (el único tipo de moralidad reconocida) es ser inmoral. Dado que prácticamente todo lo que Hillary Clinton ha hecho ha violado la moral del padre estricto, eso la hace inmoral.

Así pues, la metáfora tiene sus acciones inmorales, y por lo tanto ella es una delincuente. El canto "encerrarla!" activa toda esa línea de razonamiento.

3. Ejemplos bien conocidos: Cuando un desastre muy publicitado sucede, la cobertura activa el encuadre una y otra vez, fortaleciéndolo, e incrementando la probabilidad de que el encuadre se producirá fácilmente con alta probabilidad.

La repetición de ejemplos de disparos por los musulmanes, los afroamericanos y latinos hace temer que podría ocurrirle a usted y su comunidad - a pesar de la minúscula probabilidad real. Trump utiliza esto para crear miedo. El miedo tiende a activar el deseo de un padre estricto fuerte -es decir, Trump.

4. Gramática: Terroristas islámicos radicales: "Radical" pone a los musulmanes en una escala lineal y "terroristas" impone un marco en la escala, lo que sugiere que el terrorismo está integrado en la religión misma. La gramática sugiere que hay algo en el Islam que trae al terrorismo como inherente. Imagínese llamando al hombre armado de Charleston un "terrorista republicano radical".

Trump es consciente de esto al menos en cierta medida. Como dijo a Tony Schwartz, el fantasma-escritor que le escribió "The Art of the Deal", "Le llamo hipérbole veraz. Es una forma inocente de exageración - y es una forma muy eficaz de promoción”.

5. El pensamiento metafórico convencional es inherente a nuestro pensamiento en gran parte inconsciente. Tales modos normales de pensamiento metafórico no se advierten como tales.

Considere Brexit, que utiliza la metáfora de "entrar" y "salir" de la UE. Hay una metáfora universal de que los estados son lugares en el espacio: se puede entrar en un estado, adentrarse en algún estado, y salir de ese estado. Si entras a un café y después dejas la cafetería, estarás en la misma posición que antes de entrar. Pero eso no tiene por qué ser cierto en los estados del ser.

Pero esa era la metáfora utilizada con Brexit; Los británicos creen que después de salir de la UE, las cosas serían como antes cuando entraron en la UE. Estaban equivocados. Las cosas cambiaron radicalmente, mientras estaban en la UE.

Esa misma metáfora está siendo utilizada por Trump: Hacer América grande otra vez. Una vez que Estados Unidos sea segura. Y así. Como si hubo algún estado ideal pasado al que podemos volver simplemente mediante la elección de Trump.

6. También hay una metáfora de que un país es una persona y una metonimia del Presidente sostiene al país. Por lo tanto, Obama, tanto a través de la metáfora y la metonimia, puede relacionarse conceptualmente con los Estados Unidos. Por lo tanto, diciendo que Obama es débil y no respetado, se comunica que Estados Unidos, con Obama como presidente, es débil y no respetado. La inferencia es que es a causa de Obama.

7. El país como metáfora de la persona y la metáfora de que la guerra o conflicto entre países es una pelea entre personas, hace la inferencia de que sólo tener un presidente fuerte garantizará que Estados Unidos va a ganar los conflictos y las guerras. Trump acaba de lanzar golpes de knockout.

En su discurso de aceptación en la convención, Trump dijo en repetidas ocasiones que habían de lograrse cosas que sólo pueden ser hechas por personas actuando con su gobierno. Después de aquella declaración, hubo un canto desde el piso "Él lo hará".

8. La metáfora de que la nación es una familia fue utilizada durante la convención del Partido Republicano. Hemos oído que fuertes hijos militares se producen por fuertes padres militares y que "la defensa de país es un asunto de familia". Del amor de Trump de la familia y el compromiso con su éxito, hemos de concluir que, como presidente, él amará a los ciudadanos de Estados Unidos y estará comprometido con su éxito.

9. Hay una metáfora común que al identificarte con el patrimonio nacional de tu familia te hace miembro de esa nacionalidad. Supongamos que sus abuelos vinieron de Italia y que te identificas con tus antepasados italianos, es posible que declares cuán orgulloso estas de ser italiano. La metáfora es natural.

Literalmente, usted ha sido estadounidense durante dos generaciones. Trump hizo uso de esta metáfora vulgar al atacar al juez federal Gonzalo Curiel, que es estadounidense, nacido y criado en los Estados Unidos. Trump dijo que era un mexicano, y por lo tanto lo odiaría y tendería a fallar en su contra en un caso presentado contra la Universidad Trump por fraude.

10. Luego está el sistema de metáforas usado en la frase “to call someone out. (llamar la atención a alguien). En primer lugar la palabra "out". Hay una metáfora general de que el Conocimiento es Visión como en "Veo lo que quiere decir."

Las cosas que están escondidas en algo que no puede ser visto y por lo tanto desconocido, mientras las cosas no estén ocultos sino en público pueden ser vistas y por lo tanto conocidas. Decir "out" a alguien es hacer público su conocimiento privado. "Llamar la atención a alguien" es nombrar públicamente las fechorías ocultas de esa persona, permitiendo así el conocimiento público y las consecuencias apropiadas.

Esta es la base de la metáfora Trumpiana de que Identificar es Nombrar. Por lo tanto asignar nombres a los enemigos le permitirá identificar correctamente quiénes son, llegar a ellos, y por lo tanto le permite derrotarlos. Por lo tanto, sólo decir "terroristas islámicos radicales" le permite seleccionarlos, poder encontrarlos, y aniquilarlos.

Y a la inversa, si no lo dice, no serás capaz de escogerlos y aniquilarlos. Por consiguiente el hecho de utilizar esas palabras significa que está protegiéndonos de aquellos enemigos - en este caso los musulmanes, es decir, potenciales terroristas debido a su religión. (...)

Estas diez formas de uso de los mecanismos cerebrales cotidianos de la gente para sus propios propósitos ha logrado la nominación republicana de Trump. Pero millones de personas han visto y oído Trump y compañía en la TV y le han oído en la radio.

Los expertos en medios no han descrito estos diez mecanismos, u otros mecanismos cerebrales, que trabajan subrepticiamente en las mentes inconscientes de la opinión pública, a pesar de que el resultado es que las Grandes Mentiras repetidas una y otra vez están siendo creídas por un número creciente de personas.

Incluso si pierde la elección, Trump habrá cambiado los cerebros de millones de estadounidenses, con consecuencias futuras. Es de vital importancia que la gente conozca los mecanismos que se utilizan para transmitir las grandes mentiras y para pegarlas en los cerebros de las personas sin su conocimiento. Es una forma de control mental. (...)" (Extraído de la versión original en inglés: https://georgelakoff.com/2016/07/22/understanding-trump/ , en Socioideas)

29/7/16

La leyenda de Benjamin Meléndez, pandillero y pacificador del Bronx... en los tiempos en que cien bandas de hasta 10.000 miembros se disputaban la ciudad

 Benjamín Meléndez

"Dicen que a los 11 años teloneó a Tito Puente y que fundó una pandilla juvenil con miles de seguidores que dominaba el Bronx Sur sin alardes violentos. 

Que este Orfeo en zapas pacificó con sus ideas y su música la jungla de un Nueva York con más de 10.000 pandilleros, que compuso un disco de culto que fusiona la intensidad del rock con la algarada de los sonidos latinos y que incluso fue invitado a una cumbre de las Naciones Unidas. Que sin este judío latino enamorado de los Beatles no habría nacido el hip hop.

Sin embargo, el recuerdo más dulce de Benjamin Meléndez (1952), el líder de los Ghetto Brothers, es otro. Lo explica por teléfono, recién levantado de una cama del hospital New York Presbyterian, en el Upper East Side, donde lleva atrapado mes y medio por severos problemas en su hígado: “Lo mejor fue la primera vez que mis hermanos y yo actuamos para nuestros padres. 

Él siempre se estaba inventando canciones y nosotros tocábamos encima, y mi madre me enseñó a leer la biblia en español y siempre me decía: cuídense entre ustedes o nadie lo hará”. Recientemente les han dedicado cómics, documentales y su leyenda sobrevolará una nueva serie de televisión. Pero no lo tuvieron fácil.

En el South Bronx de 1970 no había civiles: o eras de una pandilla o eras una víctima fácil. El barrio estaba en llamas, literalmente: en diez años prendieron 30.000 incendios, la tasa de homicidios se cuadriplicó, cien bandas con hasta 10.000 miembros se disputaban una ciudad que vivía la resaca del hippismo en medio de reformas urbanísticas que expulsaban a todos los vecinos con un mínimo poder adquisitivo.

 Algunos jóvenes se suicidaban a medio plazo con la heroína y otros optaban por la vía rápida: la violencia pandillera como único lenguaje y sentimiento de pertenencia a algo.

 Meléndez no comulgaba con las gangas más malcaradas, así que creó la suya con sus familiares. Estampó su imaginario en los chalecos tejanos que vestían: unos cubos de basura enmarcados por las palabras Ghetto Brothers.

 En poco tiempo, tenían 2.500 seguidores solo en el Bronx. Incluso en las épocas más violentas, estos hijos de emigrantes portorriqueños eran diferentes: mantenían contactos con los Panteras Negras y con el Partido Socialista de Puerto Rico. Trataban de igual a igual a las Ghetto Sisters. Echaban a los traficantes de droga, conseguían ropa para los niños y ofrecían chocolate caliente a las prostitutas.

En el resto de tribus, el rito iniciático era el eterno paseíllo de bates y puños, mientras que ellos solo golpeaban al novato el tiempo exacto que duraba un single de una canción a 45 revoluciones. “¡Un día me enfadé mucho porque a uno se le ocurrió hacer el rito con un elepé!”, bromea ahora Yellow Meléndez. Aún les aguardaba el gran momento.

Cuando salió de su casa el 8 de diciembre de 1971, Benjy Meléndez sabía que esa misma tarde Nueva York podía quedar bañada en sangre. “Claro que tenía miedo. Pero también tenía la razón”, recuerda.
Días antes, había enviado a su amigo Black Benjy a pacificar una reyerta entre pandillas.

 Este ghetto brother, con apenas 25 años, se plantó ante la multitud para pedirles tranquilidad. Minutos después, yacía muerto en el suelo. Horas después, todas las pandillas de Nueva York se organizaban para la gran batalla, pero Meléndez decidió convocar una cumbre entre gangas para intentar sellar una tregua.

El día señalado cien líderes debían acudir a la cita en el Boys and Girls Club de Hoe Avenue. Por las calles desfilaban cientos de Savage Skulls, Black Spades y Seven Inmortals, entre muchas otras tribus. Incluso habían apostado a francotiradores en las azoteas por si alguien rompía la calma.

 “Los que yo sabía que lo habían matado me decían: no quiero morir, Benjy”, recuerda. Cuatro horas después, los principales líderes habían firmado la tregua. En esa reunión estaban presentes futuras figuras claves del hip hop como Afrika Bambaataa.

En el armisticio se especificaba que las pandillas podían pasear por las zonas controladas por sus antiguos enemigos. “Nosotros dábamos fiestas cada viernes y tocábamos música. A veces se sumaba con sus instrumentos gente de otras gangas. Ganaban en autoestima”, explica Meléndez. Desterraron sus chalecos y cultivaron un vestuario más cuidado para competir por las miradas de las chicas, hasta ahora prohibidas.

Y ellas podían elegir libremente. Era una forma de competir sin violencia, como también lo eran las batallas de baile o de disc jockeys, los verdaderos líderes ahora. “La primera vez que los vi así en círculo pensé que eran de la Iglesia de Pentecostal… Hasta que mi hermano me dijo: ¡no, esto es nuevo, es hip hop!”. Las firmas saltaron de las chupas a las paredes y los lemas, de los callejones a las radios. El resto es historia.

Meléndez y su familia lograron grabar en 1971 un disco titulado Ghetto Brothers – Power Fuerza. En la contraportada, un Meléndez que aún no había descubierto su labor como trabajador social remunerado escribió: “La música cubre el vacío entre la sociedad y las minorías. Es el lenguaje común del mundo”.

El eslogan sonaría algo trillado o cursi en boca de un una estrella de la radiofórmula. Pero no en la de un personaje del que dicen que cambió la historia de su barrio, de su ciudad y, a su modo, de la música. Y que ahora asiente desde el hospital: “That’s right, mihermano”. 

Los guardianes de la llama 

El fotógrafo Julian Voloj trabajaba en una serie de retratos sobre la diversidad judía en Nueva York cuando conoció a Benjy: “Su historia me fascinó: sonaba más extraña que cualquier ficción”. Aquello se materializó en el poderoso cómic Ghetto Brother. Una leyenda del Bronx, firmado con Claudia Ahlering y editado en España por Sapristi.

El pasado verano muchos descubrieron este relato gracias al documental Rubble Kings, de Shan Nicholson, que se puede ver en Netflix. Esta plataforma estrenaba recientemente el tráiler de The Get Down, serie dirigida por Baz Luhrmann (Moulin Rouge) que retratará la transformación neoyorquina de los setenta a través de unos chavales del Bronx.

 El elepé de los Ghetto Brothers era un objeto de coleccionista hasta que Truth and Soul lo reeditó hace unos años. Meléndez sigue reclamando una placa en el parque para su amigo caído Black Benjy."                ( , El País, 06/02/16) 

22/7/16

Chomsky: Arabia Saudí es el “centro del extremismo islámico radical” que se está difundiendo entre los musulmanes sunitas

"(...) Le preguntamos sobre el rol de Arabia Saudí en Medio Oriente.
NOAM CHOMSKY: Es una larga historia. No tenemos mucho tiempo, pero la historia básica es que Estados Unidos, como ya hicieron los británicos antes, han sido propensos a apoyar el islamismo radical en contra del nacionalismo secular.
Ese ha sido un tema recurrente en la estrategia imperialista durante mucho tiempo. Arabia Saudí es el centro del extremismo islámico radical. Patrick Cockburn, uno de los mejores analistas y uno de los mejor informados, apunta acertadamente que lo que él llama la "wahabismación" del Islam suní, la propagación de la extremista doctrina saudita del wahabismo en el Islam suní, en el mundo suní, es uno de los verdaderos desastres de la era moderna.
No sólo es una fuente de financiación para el Islam extremista y radical y para sus ramificaciones yihadistas, sino también una fuente de adoctrinamiento, a través de mezquitas, clérigos, escuelas, ya sabe, madrazas, donde sólo se estudia el Corán, que se está extendiendo por todas las vastas zonas suníes de influencia saudí. Y hay más.
La misma Arabia Saudí tiene uno de los historiales más grotescos del mundo en lo que a derechos humanos se refiere. Las decapitaciones que lleva a cabo ISIS, que conmocionan a todo el mundo... creo que Arabia Saudí es el único país del mundo donde se practican decapitaciones de forma regular. Eso no es todo. Las mujeres no pueden conducir, entre muchas otras cosas.
Y Arabia Saudí está fuertemente respaldada por Estados Unidos y sus aliados, Gran Bretaña y Francia. ¿Cuál es la razón de esto? Tiene mucho petróleo. Tiene mucho dinero. Se les puede vender una gran cantidad de armas, creo que miles de millones de dólares en armas.
Y las acciones que están llevando a cabo, por ejemplo, en Yemen, las cuales usted mencionó antes, están provocando una inmensa catástrofe humanitaria en un país muy pobre, y también está estimulando el terrorismo yihadista a nivel global, naturalmente, con armas estadounidenses y británicas. Francia también está tratando de formar parte de esto. Esta es una historia muy desagradable.
La propia Arabia Saudí basa su economía no sólo en un recurso malgastado, sino que es un recurso que está destruyendo el mundo. Hay reportes que señalan que ahora están tratando de tomar algunas medidas, pero son pasos muy tardíos; deberían de haberse tomado hace 50 años, tratando de diversificar la economía.
El país cuenta con recursos que no son destructivos, como la luz solar por ejemplo, que podría ser utilizada, y que hasta cierto punto es utilizada para energía solar. Pero es demasiado tarde y, probablemente, no se pueda implementar una alternativa.
Ha sido una fuente de graves problemas globales, una sociedad horrible en sí misma, en muchos sentidos... y EE.UU. y sus aliados, así como Gran Bretaña antes que ellos, han estimulado el desarrollo de estos islamistas radicales a lo largo de todo el mundo islámico durante mucho tiempo. (...)"                     (Entrevista a NOAM CHOMSKY, Democracy Now, 17/05/16)

21/7/16

La incapacidad de la izquierda para articular la rabia popular deja al Frente Nacional en la posición de única alternativa al orden dominante... abre la puerta al fascismo

"Históricamente hay varias maneras de tapar la lucha de clases. Una, a la que el capitalismo recurre sobre todo en tiempos de crisis, es el fascismo. En su meollo, el fascismo es una revolución conservadora. Las pancartas de esta revolución gritan: ¡El capitalismo, sí!; ¡La lucha de clases, no!

Con esto los fascistas manifiestan que quieren una sociedad moderna, altamente industrializada, con empleo abundante, pero que es tradicional y respeta las viejas jerarquías; una sociedad capitalista libre de los antagonismos de clase.

He aquí donde está el problema.

La lucha de clases es inherente al capitalismo. La modernización y la industrialización erosionan las relaciones sociales. El avance del capital genera inestabilidad y acentúa los conflictos clasistas. Para ocultarlo los fascistas crean una narrativa que explica la desintegración y las tensiones, pero sin mencionar que son un resultado del desarrollo interno de la sociedad capitalista.

 La culpa –dicen– la tiene la invasión de un agente externo: ¡Todo estaba bien hasta que los judíos/los musulmanes penetraron nuestro cuerpo social! ¿La manera de sanarlo? Deshacerse de los judíos/los musulmanes.

Zeev Sternhell tiene una particular –y un poco problemática– teoría sobre los orígenes del fascismo.

Según él, el fascismo nace en Francia a finales del siglo XIX como una fusión entre la derecha populista y la izquierda nacionalista, ambas opuestas a la democracia política, al liberalismo y a la Ilustración.

Su mirada –aparte de pecar de galocentrismo– parece ignorar el contexto histórico (Primera Guerra Mundial) y político (anticomunismo) en que se forja el fascismo y, exagerando su genealogía intelectual se centra más en el prefascismo y/o borra la frontera entre prefascismo y fascismo (E. Traverso, La historia como campo de batalla, p. 125-131). 

Pero Croix-de-Feu, un movimiento de extrema derecha, católico y ultranacionalista del periodo de entreguerras, que Sternhell no califica de fascista y que otros revolucionarios fascistas franceses que querían construir una nueva orden veían como defensor de lo viejo (Z. Sternhell, Neither right nor left: fascist ideology in France, p. 225), es un buen ejemplo de varias tendencias protofascistas –conservadoras, legitimistas, autoritarias– que permean hasta hoy en la derecha y la izquierda (sic) francesa.

Junto con otras ligas antiparlamentarias –un invento francés sui géneris–, Croix-de-Feu acabó deslegalizado por el gobierno del Frente Popular (1936), pero antes, en tiempos de la gran depresión y desempleo rampante, gozó de gran popularidad.

Haciéndose de un lenguaje social y prometiendo parar el avance del comunismo, pregonaba el corporativismo y una alianza entre el capital y el trabajo (¡sic!), algo que apuntaba directamente al silenciamiento de la lucha de clases.

 Sus ideas desembocaron luego en el régimen semifascista de Vichy y en el pétainismo –una particular alianza entre guerra y miedo (A. Badiou dixit)–, cuyo espíritu está presente hoy en el estado de emergencia propuesto por los socialistas tras los ataques terroristas en París-Bataclan (13/11/15), pero votado y renovado ya tres veces por todas las fuerzas desde la derecha hasta los comunistas (sic), y en cuyo marco se llevaba a cabo la brutal represión contra los opositores a la reforma de la Ley de Trabajo.  (...)

si bien la amenaza de extrema derecha o la posibilidad de fascismo son reales, la debilidad de la misma izquierda es aún más preocupante.

El avance del populismo reaccionario –7 millones de votos para el Frente Nacional (FN) en las elecciones regionales– es mala noticia, pero igualmente lo es la incapacidad de izquierda de construir un proyecto contra-hegemónico al temple autoritario de la democracia liberal.

Y si bien el panorama se parece al periodo de entreguerras –y más con estado de emergencia–, la Francia de hoy no es Italia de los 20 ni la Alemania de Weimar: la derecha es una máquina electoral y no grupos de choque, la burguesía no siente el aliento de los trabajadores en su espalda e incluso si el FN llegase al poder no impondría una dictadura fascista clásica, sino iría fortaleciendo mecanismos ya usados por los socialistas (sic).

Reforzaría el Estado neoliberal autoritario, desarrollaría más los mecanismos raciales de exclusión de elementos indeseados en el cuerpo social y, presentándose como un movimiento antisistémico –algo que comparte con los fascismos clásicos–, dirigiría la rabia generada por el capitalismo contra un enemigo interno, pero sin romper con el régimen político actual (The french disaster, Verso blog, 16/12/15).

En este sentido y contra las “advertencias mainstream”, la puerta a la extrema derecha y al fascismo no la abren las manifestaciones contra las políticas neoliberales de Hollande y el caos ocasionado por los sindicatos (sic), sino:

• Los intentos de tapar la lucha de clases desde arriba (el poder) y fallas de articularla desde abajo (la izquierda radical).
• Las políticas autoritarias y antidemocráticas del mismo gobierno, que pretende sobrepasar al FN por la derecha.
• La incapacidad de articular la rabia popular que deja al FN en la posición de única alternativa al orden dominante."                    (Maciek Wisniewski, La Jornada  , en Jaque al neoliberalismo, 16/07/16)

19/7/16

Al terminar las fiestas de los sanfermines se dio luz verde al golpe de estado contra la república española. El de los que le dieron la victoria a Franco, el de los carlistas, el de los navarros... la 'carlistada' vasco-navarro-catalana, y hasta hoy

"Al terminar las fiestas de los sanfermines que convocaban a buena parte de la oficialidad y los mandos militares de la ciudad se dio luz verde a una de las más grandes tragedias jamás conocidas: el golpe de estado contra el legítimo gobierno de la república española.

El alzamiento, la cruzada o la sublevación tuvo un especial protagonismo en Navarra. Y esto sucedió porque el gobierno de la república nombró al General Mola como gobernador militar de Pamplona -supuestamente para alejarlo del cuartel general de Madrid donde se le identificó como un potencial conspirador.

Este personaje nacido en Placetas (Cuba) e hijo de un capitán de la Guardia Civil era realmente el cerebro y planificador de la asonada. El golpe se había preparado con meses de antelación pues la derecha hablaba sin tapujos de tomar medidas contundentes para “salvar a España de la debacle”. Los militares pro monárquicos, los falangistas o los militantes de la CEDA, los católicos tradicionalistas, los carlistas solían reunirse a conspirar en clubes, los casinos, los cafés y los hoteles.

 En cualquier ciudad o pueblo de España se repetía el mismo escenario donde los burgueses, aristócratas, curas y militares de alta graduación estaban decididos a tumbar al gobierno del Frente Popular recién salido de las urnas. La república encarnaba las fuerzas del mal, el mismísimo demonio, los herejes de la anti España que atentaban contra sus símbolos más sagrados, los comunistas ateos, los anarquistas que quemaban iglesias o fusilaban curas y monjas.

 Acusaban a los republicanos de promover la revolución bolchevique, poner en marcha la dictadura del proletariado, la reforma agraria, la colectivización, abolir la propiedad privada y decretar la laicidad. España estaba en peligro y había que salvarla del naufragio. Se necesitaba un redentor que recuperara el espíritu de ese glorioso pasado imperial que un día dio luz al mundo con el descubrimiento de América y las gestas de los conquistadores.

El Hotel la Perla, el Café Iruña y el Nuevo Casino ubicados en la plaza del Castillo de Pamplona eran los lugares donde se reunían los conspiradores. En los salones del Hotel la Perla despachaba el general Emilio Mola que había trabado amistad con los falangistas, carlistas, requetés, y monárquicos. José Moreno su propietario estaba afiliado a la Falange Española y era el jefe territorial de la misma.

  Mola se confesaba un partidario dictadura militar bajo la tricolor republicana . Los Carlistas, por el contrario, exigían para sumarse al levantamiento la disolución de los partidos políticos, la defensa del catolicismo (humillado y herido) y el nombramiento de Sanjurjo como presidente. Las negociaciones eran muy tensas y en muchas ocasiones irreconciliables pero con el asesinato de Calvo Sotelo se llega a un acuerdo temporal con la promesa de resolver los puntos más álgidos una vez acabada la contienda.

Los seguidores del Frente Popular igualmente se daban cita en el hotel al Perla pues muchos solían allí alojarse o pasar largas horas de tertulia en el restaurante o en el cercano café Iruña. Ellos también se aprestaban a intervenir para contrarrestar las maquiavélicas intenciones de los golpistas. 

Este hotel era muy frecuentado por las fuerzas vivas de la ciudad de Pamplona ya sean de la derecha o de la izquierda. Recordemos que en el hotel la Perla se realizó el acto de fundacional de la Falange Española con la presencia de José Antonio Primo de Rivera y en otras ocasiones se alquilaban sus salones al PNV para celebrar el Aberri Eguna.

Ante el clima de crispación e incertidumbre el gobierno de la República envió al general Batet para intentar calmar los ánimos exaltados de los militares navarros. En el monasterio de Irache se reúne con Mola y mantienen un agrio encuentro en el que incluso llegaron a las manos puesto que su superior le exigía fidelidad a la república “yo lo que le aseguro es que no me lanzó a ninguna aventura”- le contesto Mola haciendo gala de su carácter cínico y perverso. 

El monasterio fue cercado por orden del alcalde nacionalista de Estella el señor Fortunato Aguirre que mandó guardias de asalto parta detener al conspirador. Pero el gobernador Civil lo desautorizó tras consultar con el presidente de gobierno Casares Quiroga.

El 19 de julio bien temprano llegan autobuses y camiones cargados con requetés procedentes de todos los rincones de Navarra. Son miles de jóvenes tocados con boinas rojas que forman disciplinados en la plaza del Castillo. El carlista Ignacio Baleztena ya tenía listos los fusiles polacos adquiridos de contrabando para repartirlos entre los alzados.

También se hacen presentes los falangistas aunque en menor proporción. Los miles de voluntarios estaban dispuestos a marchar al frente de batalla y entregar su vida por Dios y por España y por el rey. De inmediato se desplegaron en la plaza del Castillo las enseñas rojigualdas, así como las banderas falangistas y carlistas. Tampoco faltaban las cruces y los emblemas de Cristo Rey o las alusiones a San Fermín.

 Un grupo de “Margaritas” (colectivo femenino carlista) salieron en procesión junto a la turba emocionada gritando vivas a España presas de amor patrio. La casa de los Baleztena (situada también en la plaza del Castillo) se había convertido en providencial refugio para todos aquellos que deseaban unirse a la insurrección e igualmente en sala de prensa donde se entregaban los comunicados oficiales.

Aunque la asonada militar ya había comenzado el 18 de julio en Ceuta y Melilla el general Mola -Auténtico cerebro del golpe de Estado- esperó hasta la madrugada del 19 de julio para dar la orden de ataque a las huestes fascistas.

En la mañana del 19 de julio Franco impaciente llama por teléfono a Pamplona con la intención de hablar con el general Mola (el director) para informarle que por ahora solo se habían sublevado Melilla y Pamplona. Pero Mola no atendió la llamada pues estaba en la plaza del Castillo pasando revista a las tropas. Por fin cuando fue localizado tomó el teléfono en el vestíbulo del hotel la Perla y atónito escuchó a Franco decir que el golpe había fracasado recomendándole abortarlo pues el gobierno de la república había resistido el envite. 

Ante la actitud tan pesimista este le respondió: “Francisco, tu haz lo que quieras, pero en la plaza del Castillo hay miles de hombres listos para luchar y me están diciendo que por Dios y por España ¡adelante! Así que yo con ellos estoy, y esto ya es imparable” Ante una respuesta tan contundente el joven general Franco no tuvo más remedio que contestarle: “pues si tú estás dispuesto a seguir yo no voy a ser menos”.

La táctica del general Mola no contemplaba ni una pizca de misericordia: “es necesario utilizar el terror eliminando sin escrúpulos y sin vacilación a los enemigos. Todo aquel que no piense como nosotros es un sospechoso de ser simpatizante de la República o de apoyar el FP y por lo tanto debe ser fusilado”.

 “La represión ha de ser en extremo violenta para desmovilizar el enemigo que es fuerte y está bien organizado” “serán encarcelados todos los líderes de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos con el alzamiento” “Se aplicarán castigos ejemplares para prevenir los actos de rebeldía o las huelgas”.

Los republicanos intentan reaccionar pero no lo consiguieron pues habían perdido la iniciativa desbordados por unas fuerzas muy superiores. El PNV contaba con muchos adeptos en Navarra pero ante la vertiginosa ascensión de los traidores argumentaron que su ideología católica y fiel a los fueros les obligaba a mantenerse neutrales. Más adelante muchos de sus afiliados se unirían a los requetés y al franquismo.

En Navarra la sanguinaria maquinaria de guerra se puso en marcha y no se hicieron esperar las detenciones, juicios sumarísimos, fusilamientos, las torturas, los tiros en la nuca y desapariciones forzadas.

En un gran mapa de España colocado en el vestíbulo del Hotel la Perla el general Mola comenzó a colocar las banderas triunfantes: una en Pamplona y otra en Melilla. Lo demás estaba bajo el dominio de la república. Pero él sabía que poco a poco irían cayendo las distintas guarniciones militares pues contaba con el apoyo de oficiales de alto rango que le habían jurado fidelidad.

Los Carlistas ya habían pagado a un piloto para que transportara al general Sanjurjo -originario de Pamplona- (el León del Rif) exiliado en Estoril. Él tenía según lo acordado que asumir el puesto de comandante del “movimiento nacional” por ser el general de más prestigio. Pero el día 20 de julio el avión que lo iba a conducir de Estoril hasta Burgos sufre un accidente y muere carbonizado. Ahora Mola y Franco se disputarían el liderato.

Los golpistas estaban confiados en que la república caería en un par de semanas pues creyeron que el pueblo no iba prestar resistencia pues carecían de armas y experiencia militar para afrontar tamaño desafío. Pero se equivocaron pues en defensa de la república se alistaron miles de milicianos y combatientes dispuestos a plantarle cara al fascismo.

Comenzó entonces una penosa guerra que se prolongaría durante tres años sembrando la muerte y destrucción por toda la geografía española en uno de los episodios más trágicos de la historia contemporánea."                   (Carlos de Urabá , Rebelión, 18/07/16)

18/7/16

La expresión mansplaining, “explicar como hombre”, se utiliza para calificar cualquier argumento de un hombre que no le gusta a una mujer

"La obsesión con el mal comportamiento de los hombres desvía la atención de los problemas de fondo. Ridiculizarlos y criticarlos no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos

Decir que las feministas fustigan a los hombres parece un cliché, una caricatura misógina. El motivo central del feminismo, aseguran sus defensoras, es la lucha por la igualdad. La etiqueta del odio a los hombres es producto o de la difamación o de un malentendido. Sin embargo, gran parte de la retórica feminista actual ha cruzado la línea que separa las críticas al sexismo de las críticas a los hombres, y se centra en el comportamiento personal: cómo hablan, cómo abordan las relaciones, incluso cómo se sientan en el transporte público.

 Se destacan los defectos masculinos como condenas absolutas, y cualquier objeción a ello se considera un síntoma de complicidad. Si se hicieran acusaciones similares contra las mujeres, se tacharían de burda misoginia.

Este antagonismo entre los sexos no contribuye a promover una igualdad que aún incompleta. La obsesión con que los hombres se comportan mal más bien desvía la atención de problemas más importantes, como los cambios necesarios en el lugar de trabajo para facilitar el equilibrio entre la vida laboral y la personal. 

Aún más, los ataques a los hombres no sólo provoca la antipatía de muchos varones —y unas cuantas mujeres— sino que los empuja hacia subculturas en las que las reflexiones sobre el feminismo se mezclan con la hostilidad.

Desde que la Declaración de Sentimientos de Seneca Falls, en 1848, enumeró los motivos de queja de la mujer contra el hombre, el feminismo siempre ha sido un desafío para el poder masculino. Pero esas quejas estaban dirigidas a las instituciones, no a los individuos. En la década de los sesenta, Betty Friedan afirmaba que los hombres no eran los malvados, sino unas víctimas más de las presiones sociales y las expectativas de sus mujeres, cuyo sustento y cuya identidad dependían de ellos.

 Eso empezó a cambiar en los años setenta con el ascenso del feminismo radical y su eslogan “lo personal es político”. Autoras como Andrea Dworkin y Marilyn French representaron a los hombres corrientes como los brutales soldados de a pie del patriarcado.

Ahora, esta tendencia ha alcanzado una nueva cima inquietante: las teorías feministas radicales que consideran que la civilización occidental es un patriarcado han pasado de sus nichos académicos y activistas a la conversación general, amplificadas por las redes sociales. Sean cuales sean las razones de la ola actual de misandria —una palabra usada irónicamente por muchas feministas—, el caso es que existe. 

Pensemos en la cantidad de neologismos creados para burlarse de unos comportamientos que no son esencialmente masculinos. Sentarse con las piernas abiertas puede ser de hombres, pero también hay mujeres que ocupan un espacio enorme en el transporte público con sus bolsos, sus bolsas y sus pies sobre el asiento. La expresión mansplaining, “explicar como hombre”, se utiliza para calificar cualquier argumento de un hombre que no le gusta a una mujer.

Las cosas han llegado a un punto en el que los ataques superficiales a los hombres son un murmullo constante en los medios digitales más modernos y progresistas. En Broadly, la sección para mujeres de la web Vice incluía hace poco un artículo titulado Un nuevo estudio confirma que los hombres son repulsivos, acompañado de una entrada en su página de Facebook que decía: “¿Eres un hombre? Seguramente eres repulsivo”.

 El estudio, en realidad, decía algo muy distinto: que la mayoría de hombres y mujeres piensa que, cuando se llama a alguien “repulsivo”, lo normal es que sea un hombre. Si un estudio hubiera descubierto que mucha gente atribuye un rasgo negativo a las mujeres (o a los gais, o a los musulmanes), se habría dicho que era un estereotipo lamentable. Los hombres se la cargan por emitir la más mínima opinión negativa sobre algo relacionado con el feminismo.

Este es un problema importante, y no sólo porque puede hacer que los hombres simpaticen menos con los problemas de las mujeres. En estos días en los que oímos sin cesar que el poder de las mujeres está triunfando y que se acerca “el fin de los hombres” —o al menos, de la virilidad tradicional—, los varones tienen sus propios problemas.

 En EEUU las mujeres obtienen el 60% de los títulos universitarios; la matriculación de hombres en la universidad permanece estancada en un 61% desde 1994, mientras que la de mujeres ha pasado del 63% al 71%.

 Los oficios manuales, que eran predominantemente masculinos, están en declive, y mientras aumenta el número de madres solas, muchos hombres carecen de vida familiar. El viejo modelo de matrimonio y paternidad ha quedado obsoleto, pero no terminan de emerger nuevos ideales.

Ridiculizar y criticar a los hombres no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos. El mensaje de que el feminismo también puede ayudar a los varones se ve menoscabado por guerreras como la australiana Clementine Ford, cuya “misandria irónica” carece muchas veces de ironía e insiste airadamente en que el feminismo sólo defiende a las mujeres.

 Las burlas sobre las “lágrimas masculinas” —en una camiseta que lucía la escritora Jessica Valenti para retar a sus críticos— parecen especialmente desafortunadas si las feministas quieren poner en tela de juicio el estereotipo del hombre reprimido. Ignorar las falsas acusaciones de violación no es una forma de demostrar que la liberación de la mujer no viola los derechos civiles del hombre. 

Y decir a los varones que su papel en la lucha por la igualdad de sexos se reduce a escuchar a las mujeres y soportar con paciencia los ataques contra ellos no es la mejor forma de sumarlos a la causa.

Valenti y otras afirman que odiar a los hombres no puede ser perjudicial porque ellos siguen teniendo el poder y los privilegios. Casi nadie niega la realidad histórica de la dominación masculina. Pero hoy, cuando un hombre puede perder el trabajo por una metedura de pata sexista y ser expulsado de la universidad por una acusación de conducta sexual indebida, decir eso implica estrechez de miras. 

Todo el mundo critica los insultos sexistas contra las mujeres en la red, pero hay poca comprensión cuando se difama a un hombre.

Nos encaminamos hacia una elección presidencial con una brecha de género sin precedentes entre los votantes de uno y otro candidato. Hasta cierto punto, esas cifras reflejan las diferencias políticas. Pero no es absurdo pensar que el sentimiento favorable a Donald Trump está alimentado, en parte, por una reacción contra el feminismo. 

Y, si bien hay algunos que entran en la anticuada pretensión de “poner a las mujeres en su sitio”, hay otros, en la generación más joven, que perciben el feminismo como un movimiento extremista y anti-hombres. 

Como muestra esta campaña, nuestra cultura tiene una fractura que necesita desesperadamente cerrarse, no sólo en las guerras entre sexos. Para formar parte de esa curación, el feminismo debe incluir a los hombres, no sólo como aliados sino como socios, con una misma voz y una misma humanidad."                          (Cathy Young, El País, 15/07/16)

15/7/16

Hay sesenta millones de refugiados en el mundo, la suma más alta de parias desde 1945. La cifra se ha triplicado en el último año

Refugiados polacos en un campo en Irán en 1943. (Biblioteca del Congreso de Estados Unido) 

"Hannah Arendt iba a comer con su madre cuando un policía de Berlín la arrestó y se la llevó a la prisión de Alexanderplatz. Corría el año 1933. Hitler llevaba varios meses en el poder; los agentes de Hermann Göring acorralaban a activistas sospechosos. 

La joven investigadora de la Organización Sionista Alemana pasó ocho días en la cárcel, mientras los gendarmes registraban su apartamento, examinaban sus anotaciones filosóficas y estudiaban sus misteriosos códigos – una selección de citas de griegos clásicos. Cuando la soltaron, hizo las maletas.

Desde el incendio del Reichstag en febrero, la vida se había convertido en un infierno para los socialistas, los comunistas y los judíos. Como tantos antes que ella, y como otros muchos después, Arendt huyó a París. Pasaría los siguientes dieciocho años como refugiada, apátrida, paria. 
 
Hay sesenta millones de refugiados en el mundo, la suma más alta de parias desde 1945. La cifra se ha triplicado en el último año. La mitad de los ‘no deseados’ del mundo tienen menos de 18 años. La mayoría crecerá en un campamento. Muchos morirán escapando sus países de origen; más de 3.000 refugiados murieron ahogados en el Mediterráneo en 2015.

 Los más afortunados crearán nuevos hogares. Pero no es difícil calibrar hasta qué punto se sentirán bienvenidos a juzgar por el nivel de decibelios de los nativistas como Donald Trump, un coro de gobernadores y candidatos republicanos en los Estados Unidos, Marine Le Pen en Francia y el pujante Partido Popular Danés. Mientras estas voces negativas tengan un megáfono, ¿podrán sentirse en casa los refugiados?
Es preciso tomarse en serio esta enfermedad humana. La actual se está convirtiendo a toda velocidad en la crisis humanitaria más grave de nuestro tiempo. Los xenófobos empeoran la situación al negar la existencia de la tradición de otorgar asilo a los apátridas. Este ciclo no es nuevo, y la historia nunca lo juzga positivamente.

 La gente rememora las políticas de cierre de fronteras con vergüenza (esta es, desde luego, la manera en la que los estadounidenses, los canadienses y muchos otros ven el tratamiento que se les dio a los judíos en busca de asilo en los años 30 y 40). ¿Estamos condenados a repetir esos episodios?

 Si no logramos articular una respuesta coherente a los xenófobos en nuestras sociedades, la respuesta será ‘sí’, y las nefastas consecuencias para las relaciones con y dentro del mundo islámico y otras zonas de emergencia persistirán en el tiempo

. ¿Puede Hannah Arendt, la encarnación de la filosofía pública, ayudarnos a formular una respuesta ilustrada? ¿Puede esta antigua refugiada ayudarnos a reafirmar nuestras obligaciones para con quienes no tienen otro lugar en el que hallar refugio?
La respuesta está enraizada en sus años como paria y sus observaciones sobre la deshumanización. La experiencia propia de apátrida ayudó a Arendt a forjar los elementos del libro que la haría famosa en Estados Unidos y en todo el mundo.  Arendt terminó de escribir Los Orígenes del Totalitarismo en 1950. En él, apuntó que “un hombre que no es nada más que hombre ha perdido las cualidades mismas que hacen posible que otra gente le trate como hombre”.

Sin comunidad política, el hombre es un paria. Meses más tarde, Arendt cerró un largo y agónico capítulo de su vida al convertirse en ciudadana naturalizada de los Estados Unidos, abandonando así su condición de paria.
Y, sin embargo, su carácter de apátrida queda a menudo en el olvido. Recordamos su años en Alemania y su romance con Martin Heidegger, que dieron lugar a gran parte de su preocupación con respecto a los límites del idealismo. Y recordamos sus años en Estados Unidos. Cuando leí por primera vez Los orígenes del totalitarismo como estudiante, era ya un clásico de la Guerra Fría.

Hubo muchas noches bañadas en cerveza debatiendo la diferencia entre los regímenes autoritarios y los totalitarios, disputando las distinciones ideológicas sobre la política exterior del presidente Ronald Reagan. Nos obsesionaba qué clase de estado imperaba. Pero, ¿qué hay de la cuestión de qué significa no tener estado? Eso no nos preocupaba tanto.
Hoy en día, en nuestra era del terror y los fugitivos, hay otra manera de leer Los Orígenes. Hay otra Arendt a la que recordar, no tanto la americana, elevada a la fama por la política de la Guerra Fría o sus palabras agudas sobre el juicio a Eichmann y la banalidad del mal, pero hemos olvidado los motivos de la aflicción de la Arendt apátrida que posaba para la imagen que se hizo icónica.

Los orígenes del totalitarismo es un libro que bebe de un inmenso caudal de experiencias personales. A su llegada a París, Arendt se movió entre los pequeños hoteles de la Calle Saint Jacques, en el barrio estudiante de la margen izquierda del Sena. Estaba casada con el también filósofo Günter Stern, pero su matrimonio estaba en plena descomposición.

Se divorciaron oficialmente en 1937, y Stern se marchó a los Estados Unidos. Poco después, conocería a Heinrich Blücher. Aunque no era judío, sino un comunista autodidacta, Blücher era un paria a su manera. Ambos se mudaron a un apartamento en la Rue de la Convention en el distrito 15, que estaba entonces plagado de expatriados alemanes.

El dinero para pagar el alquiler venía de pedazos empeñados del oro de su madre, contrabandeado a Alemania en forma de botones cosidos a su ropa y después vendido a una adinerada mecenas judía. Un vecino, el estudiante de economía Otto Albert Hirschmann (hoy conocido como Albert O. Hirschmann) tenía que combatir una plaga de cucarachas para que él y su hermana Ursula (objeto de las seducciones de Blücher antes de que este conociese a Arendt) lograsen dormir.

 ¿La solución? Meter las patas de la cama en jarras de queroseno para que los enjambres de insectos no consiguieran escalar hasta la cama.
El exilio supone el desahucio de la comunidad política de uno. Pero también trae consigo nuevos encuentros. No ser querido nunca se limita al rechazo de los que te expulsan. También enreda a los refugiados con las ambigüedades de sus anfitriones. En el caso de la legiones de judíos de la Europa Central que huían a París o Londres, el exilio suponía lidiar con los judíos del establishment que a menudo dirigían las organizaciones caritativas que se encargaban de los fugitivos.

Arendt comprendió su situación de paria a través de los encuentros con otra condición judía: esos arribistas judíos del establishment. Los llamaba ‘parvenus’, y pesaban mucho en su pensamiento acerca de la condición judía y la de los apátridas. Incapaz de asimilarse del todo, los parvenus estaban decididos a hacer todo lo posible para demostrar que en realidad sí estaban integrados.

 El primer libro de Arendt versaba sobre la vida de Rahel Varnhagen, una mujer ilustrada, de la alta sociedad, cuyo salón era un famoso enclave de tertulias entre los berlineses cultos hasta que el nacionalismo prusiano de la Guerra Napoleónica dio al traste con la judería. Incluso su prometido la abandonó antes de su boda en un afán por dejar clara su lealtad teutónica a la nación cristiana. Escrito coincidiendo con la llegada al poder de Hitler pero no publicado hasta 1958, Rahel Varnhagen tenía un valor especial para Arendt.

En enero de 1933, mientras hacía los últimos retoques al libro, escribió a su mentor, Karl Jaspers, que era alemana por cultura, idioma y filosofía, pero no en su carácter: “Sé de sobra lo tardía y parcial que ha sido la participación de los judíos en el destino alemán, hasta qué punto entraron por casualidad en lo que era entonces un país extranjero”.

 Por mucho que los parvenu se desviviesen por evitar a los parias, ambos estaban unidos por la cintura. En la edad burguesa, cada generación de judíos tenía que decidir qué camino tomar: adaptarse y esconder sus orígenes, u observar el mundo desde los márgenes. Ambas, señalaba Arendt, “eran formas de soledad extrema”.
Su mudanza a París le permitió observar de cerca a los parvenus. El trabajo previo de Arendt para la Organización Sionista Alemana (y algunos de sus contactos) le llevaron a conocer a la Baronesa Germaine de Rothschild. Era difícil imaginar un emblema mejor para el grupo. La Baronesa era la matrona del aristocrático Consistoire de Paris, que gestionaba escuelas, sinagogas, tribunales religiosos, tiendas kosher y un seminario.

El trabajo de Arendt consistía en controlar todas las donaciones de la matrona a las organizaciones benéficas judías, lo que ocasionaba una mezcla de admiración por el trabajo privado con los desfavorecidos e impaciencia por su señorial aversión a tomar partido en asuntos de la vida pública por principio.
Mientras Arendt navegaba entre el mundo de los parias y sus cucarachas y el de los parvenus y sus elegantes veladas, los xenófobos alborotaban las calles. La Grisalle de París ofrecía en primicia un escándalo que a punto estuvo de llevarse consigo la Tercera República. Alexandre Stavisky, un judío ruso que había progresado en el escalafón social, desde operario de una fábrica de jabones a financiero, había hecho fortuna vendiendo lustrosos bonos contra el valor de las esmeraldas de la “Emperatriz de Alemania”.

Las joyas resultaron ser de plata, y todo el montaje se desmoronó, generando un enorme escándalo público. Para entonces, la influencia de Stavisky en la prensa y los despachos del poder era notoria, lo cual sirvió para que prosperasen acusaciones de la recurrente conspiración judía. Después de su misteriosa muerte en 1934 – que las autoridades declararon un suicidio pero muchos consideraron un asesinato—varios ministros del gobierno francés, entre ellos el Primer Ministro, Camille Chautemps, tuvieron que dimitir.
Cuando el nuevo gobierno intentó purgar a la policía de sus notorios comandantes antigubernamentales, la derecha francesa desató su furia. En febrero de 1934, la Place de la Concorde se convirtió en un campo de batalla entre los nacionalistas y la policía.

 El enfrentamiento dejó 15 manifestantes muertos. Aterrorizada, Arendt llenó sus cuadernos de recortes de periódicos sobre el escándalo y el resurgir del antisemitismo en Francia. Su decepción con los parvenus aumentó sobremanera. Para ellos, mantener la cabeza gacha era la mejor manera de salvar el cuello.

La perspectiva de Arendt sobre el Affaire Dreyfus anticipaba las futuras acusaciones de falta de compasión y amor para con su pueblo. Es un asunto escabroso de la arendtología, que divide a sus partidarios de sus detractores. Surge en las acusaciones de autodesprecio judío tras la publicación, en 1963, de Eichmann en Jerusalén.

El libro se convirtió en un icono de la práctica de culpar a las víctimas: se acusaba a los líderes judíos de hacer muy poco para defender a sus comunidades ante las embestidas furiosas. Sus críticos, empezando por Norman Podhoretz en la revista Commentary, le acusaron de hacer demasiado por culpar a los judíos de su ruina (él prefería la narrativa del bien contra el mal y la sacralización del Holocausto en la memoria judía como el trauma moderno que definía al pueblo).

 Por su apostasía, se condenaba de nuevo a Arendt al destierro como traidora judía. El mito del autodesprecio de Arendt continúa en nuestros días. La película de 2013 Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, está plagada de acusaciones de autodesprecio judío, que son el centro del drama, pese a que al hacerlo la película retrata a Arendt como símbolo universal vilipendiada por los gruñidos sionistas.

 La mitología, vaya en la dirección que vaya, obvia el mensaje sobre la condición específica de paria. Arendt nunca acusó a todos los judíos de haberse practicado a sí mismos el genocidio; se enfrentó a sus líderes silenciosos y cómplices por no haber hecho más para defender a quienes no podían hablar.
Los juicios tienen un enorme peso en esta saga. Dreyfus. Eichmann. Tengamos en cuenta cómo respondió Arendt a la kristallnacht, la noche del 9 de noviembre de 1938 en la que las bandas nazis arrasaron las tiendas y hogares judíos: Arendt estaba tan horrorizada como los demás por el ahínco con el que los nazis destruían.

 Pero también se mostró decepcionada con el hecho de que los líderes judíos franceses se distanciasen de Herschel Grynzspan, un judío polaco cuyo asesinato de un diplomático nazi en París en noviembre de 1938 se convirtió en el pretexto para que los matones arrasasen Alemania.

 Mientras repasaba los periódicos, tomando notas y haciendo recortes, Arendt trató el juicio de Grynzspan como un examen al compromiso de los líderes judíos con su propia gente. En lugar de encargarse de que el paria tuviera un juicio justo, estos sacrificaron a Grynzspan con su silencio.
Incluso en ese caso, la línea que divide al paria sin derechos de los parvenus con derechos que se negaban a utilizar no resulta tan clara. Capaz de ser despiadada, Arendt apreciaba el pathos de los parvenus: reclamaban un hogar del que nunca podían estar seguros. He ahí la importancia de la soledad de Rahel Varnhagen. En el exilio, Arendt llegó a ver lo que los parvenus siempre supieron: el hogar no se podía dar por sentado.

Esta precariedad motivaba la quietud. Si bien Eichmann en Jerusalén tenía cosas escabrosas que decir sobre el papel de los parvenus en la destrucción de los judíos, lo que encendía a Arendt era su sentido de que aquellos dotados de derechos tenían la obligación de utilizarlos en defensa de los que no los tenían. Si los parvenus eran culpables, no era tanto porque hubieran renunciado a sus derechos, sino porque no habían defendido a quienes carecían de derechos.
La silueta del libro de Arendt tomó forma en superposición a los cielos negros de 1938. Por mediación de su amigo Walter Benjamin, cuyo apartamento en rue Dombasle en el distrito 15 se convirtió en el segundo hogar de Arendt, y donde ella y Blücher pasaron largas noches debatiendo sobre diversos asuntos, Arendt empezó a componer sus ideas. Entretanto, la represión alemana y la anexión de Austria mandaban nuevas hornadas de parias a París.
Aunque no trabajaba como voluntaria ayudando a refugiados, Arendt tomaba notas frenéticamente, consciente de que se avecinaba un tiempo de ajuste de cuentas. Cuando Francia declaró la guerra en septiembre de 1939, hubo una larga pausa, conocida como la drôle de guerre, o guerra falsa. El gobierno francés empezó a apresar a alemanes sospechosos. Hombres como Blücher tuvieron que entrar en campos de trabajo.

Puesto en libertad después de unos meses, Blücher regresó a París; él y Arendt prepararon una boda apresurada el 16 de enero. Conseguir un certificado de matrimonio francés bien podría haberles salvado la vida a ambos: varios meses después, Hannah y Heinrich pasaron de ser parias unidos a prisioneros alejados el uno del otro, y sus papeles de matrimonio les servirían como billete de partida lejos de Europa.

Mientras las divisiones Panzer cruzaban las fronteras, el gobierno francés ordenó a todos los hombres nacidos en Alemania, Sarre, y Danzig entre las edades de 17 y 55 años, además de a las mujeres sin hijos, entregarse en campos de internamiento.

 Los hombres fueron al Estado de Buffalo, las mujeres al notorio Vélodrome d’Hiver, hoy conocido como la Place des Martyrs Juifs, al límite del distrito 15. (Dos años después, ese sería el estadio desde el que los judíos de París subirían, como ganado, a trenes camino de Auschwitz). Tras pasar una semana sobre gradas de cemento, Arendt y los demás se montaron en los autobuses.

 Los pasajeros lloraban mientras la caravana abandonaba París para llevarles a Gurs, un campamento para refugiados españoles y Brigadistas Internacionales. Desconectados del mundo, los internos hacían lo que podían para ahuyentar el aburrimiento y la ansiedad con rutinas y rituales.

 Cuando Francia cayó a manos de los nazis seis semanas más tarde, la aprensión se tornó pánico; corrió el rumor entre los presos de Gurs de que se les iba a entregar a la Gestapo. Algunos lograron utilizar sus certificados de naturalización y sus papeles de matrimonio como pasaportes para salir. Arendt cruzó las puertas del campamento para adentrarse en el caos de los primeros días de la Francia Vichy.
Los Orígenes del Totalitarismo tomó forma en los siguientes meses, llenos de peligro y descorazonadores. La Francia de Vichy era la viva imagen del tumulto. Millones de personas cruzaban del territorio ocupado por los nazis al norte.

Las carreteras estaban atestadas de bicicletas, carretas y coches. Arendt caminó e hizo autostop hasta la casa de una amiga en Montauban, una ciudad de provincias no muy lejos de Toulouse, desde donde pudo mandar noticias de dónde se encontraba a París.

 Un día, mientras caminaba por la calle principal de Montauban, se topó con Blücher, al que habían liberado de su campo cuando las tropas alemanas entraron en París. Ambos se abrazaron en medio de la algarabía de colchones, muebles y juguetes rotos de niños refugiados. Encontraron una casa vacía y se instalaron ahí, a la espera.
Al tiempo que la llegada del verano de 1940 trajo consigo los decretos antisemitas del Mariscal Philippe Pétain, Arendt se sentaba en el jardín o en un improvisado pupitre, leyendo y tomando notas. Fue en Montauban donde leyó las obras del escritor de origen judío Marcel Proust, que aparecería de manera prominente en Los Orígenes – el escritor que transformaba “ocurrencias mundanas en experiencias profundas” del mismo modo que Arendt estaba convirtiendo sus experiencias en meditaciones sobre el mundo.

 Él fue su testigo sobre las ambiciones desalmadas de la Francia burguesa, y su desintegración en una sucesión de bandas vacías de respeto propio o virtud, intolerantes con los de fuera, los judíos o los “invertidos”. Un judío “desjudizado”, Proust observaba un mundo al que solo podía pertenecer en parte, máxime por su condición de gay.

El jardín fue también el lugar desde el que Arendt digirió Sobre la Guerra, de Clausewitz, que no figura en Los Orígenes, pero que le dio pistas para entender el desmoronamiento del sistema de estados europeos. Citando a Clausewitz, Lenin había argumentado que el colapso del sistema de estados en la Primera Guerra Mundial había creado las condiciones para la revolución; para Arendt, otro desmoronamiento dio lugar a las condiciones para lo contrario una generación más tarde.
Como a Lenin, los serpenteos de Arendt le llevaron hasta el imperialismo. Cuando el antisemitismo incentivó los hábitos conquistadores de Europa –concepción que fecha en 1884, el año de la Conferencia de Berlín que troceó África en posesiones coloniales— el mundo obtuvo lo que ella llamaba “imperialismo racial”.

 Hizo pivotar a los europeos hacia el continente negro en busca de oro y diamantes. (Los críticos posteriores de Wall Street deberían considerar la posibilidad de adentrarse en el capítulo cinco de Los Orígenes, en el que hallarán vitriolo de primera para quienes perseguían la “riqueza superflua” creada por “los primeros parásitos de entre los parásitos”.

 La “primera clase que quiere beneficios sin cumplir ninguna función social real”). La ruina de África y la persecución de los judíos eran dos caras del descenso del nacionalismo europeo del patriotismo a la barbarie. El imperialismo racial despegaba justo cuando el sistema de estados-nación europeos quedaba fuera de control, dejando vía libre a todas las fuerzas que acechaban bajo la gentil superficie.

El dinero, las leyendas, el imperio, las concesiones a las masas y la promesa de una expansión imperial ilimitada “parecían ofrecer un remedio permanente para un mal permanente”, escribió Arendt. La alta sociedad y las masas podrían unir fuerzas y, Arendt se castigó con una conclusión apocalíptica, destruir la tierra:
“No importa lo que digan los científicos, la raza es, políticamente hablando, no el principio de la humanidad sino su fin, no el origen de los pueblos sino su decadencia, no nacimiento natural del hombre sino su muerte antinatural”.

Estar en Francia significaba campos y deportación a Alemania, o esconderse. No había refugio. Para el final del verano, un americano llamado Varian Fry se había aliado con Hirschmann, que entonces operaba con el nombre de Albert Hermant “née a Philadelphie” —Fry bromeaba con que su mano derecha tenía demasiadas identidades como para ser de confianza — para crear la operación del Comité de Rescate de Emergencia en el Hotel Splendide en Marsella.

Juntos, persuadieron a los sectores marginales del puerto, mafiosos, estafadores y prostitutas, para convertir visados americanos en vías de escape, con pases falsos de tránsito, permisos de salida, dinero y una ruta de fuga por los Pirineos. Young Aliyah, un grupo sionista, consiguió visados americanos para Arendt y Blücher. Ahora, la pareja necesitaba una forma de salir de Francia. Pedalearon hasta Marsella para encontrarla.
Fue en Marsella donde se encontraron con Walter Benjamin, quien también tenía un visado y planeaba trabajar en el Instituto de Investigación Social en Nueva York. La huída, de cualquier manera, estaba llena de riesgos. Al igual que muchos de los refugiados, Benjamin estaba destrozado. Arendt hizo todo lo posible para reforzar sus esperanzas; a cambio, en caso de que algo le sucediera, Benjamin le dio su manuscrito, “Tesis de la Filosofía de la Historia”.

Entonces se encaminó hacia el cruce de los Pirineos en Portbou, el 25 de septiembre. Después de una caminata montañosa llegó a la aduana española, pero los hombres del General Francisco Franco le devolvieron. Ese día, ya no se otorgaban visados de tránsito. Atascado entre una Francia que no le quería y una España que se negaba a dejarle pasar, solo, en la oscuridad, un perturbado Benjamin se suicidó con una sobredosis de pastillas de morfina.

 Meses después, cuando Arendt y Blücher ya habían escapado, con la ayuda del Comité de Rescate de Emergencia, y estaban navegando a Nueva York desde Lisboa, abrieron el paquete de Benjamin. Los parias se turnaban para leer “Tesis” el uno al otro en voz alta mientras una pequeña multitud se juntaba a escuchar las últimas palabras del filósofo.
Mientras en Montauban, Arendt había trazado un largo memorándum a Erich Cohn-Bendit. Se convirtió en el corazón del capítulo nueve de ‘Orígenes’. Arendt y Cohn-Bendit habían pasado tardes juntos en el apartamento de Benjamin en la rue Dombasle. La memoria concernía a los Tratados de las Minorías negociados por los arquitectos de la paz mundial en París en 1919. Fue una devastadora acusación de los hombres de Versalles.

En la nación por excelencia, los pacifistas reunieron a las minorías por excelencia y todos pero sellado su destino. Los Tratados de las Minorías fueron un compromiso. Cuando Woodrow Wilson vino a Europa blandiendo su idea de autodeterminación de todas las naciones como un ticket hacia la paz, se enfrentó a un problema: qué hacer con las minorías sociales de Europa, especialmente aquellas que había sido creadas por las naciones autodeterminadas labradas por los activistas.
El compromiso era registrar nuevos estados, uno por uno, separar tratados que protegerían a las minorías domésticas como condición de afiliación para nuevas naciones en la nueva Liga. Convenientemente, las grandes potencias victoriosas quedaron exentas de esta condición – para consternación de W.E.B Du Bois, quien anhelaba extender la protección de las minorías a los Estados Unidos, y había estado ejerciendo presión sobre las grandes potencias, incluyendo su propio presidente.

Consternado, Du Bois volvió de Europa en 1919 solo para hacer frente a un verano de carnicería con ciertos paralelismos con la sangrienta historia de la raza en América, y compuso su ominoso ensayo “Las almas de la gente blanca”.
A veces los compromisos funcionan. Este no lo hizo. Para Arendt, estaba destinado al fracaso porque los hombres de Versalles se habían negado a entender que hacer la paz juntando a la gente en nuevos estados y dando el poder a las mayorías hacía que los no-miembros de las nuevas naciones pasaran de miserables a indeseables.

A lo largo y ancho de la Europa del este y central, estaban destinados a ser los nuevos parias en un mundo que se suponía iba a ser pacífico con los Estados nación. Era, Arendt dijo “una brecha abierta de promesas y discriminación” Sin duda el frenesí por la construcción de naciones produjo también el refugiado político moderno.

 Todo esto era bastante predecible. “El peligro de este desarrollo”, escribió Arendt, “ha sido inherente a la estructura del Estado nación desde el principio”. En vez de reconocer que el Estado nación era el peligro, los pacificadores lo reforzaron.

Los Tratados de las Minorías sellaron el billete a la ruina judía. Los judíos después de todo, eran una minoría en todas partes pero queridos en ninguna. Pero lo que hizo de los judíos la minoría social por excelencia fue que su situación fue  señalada – por judíos y los no judíos por igual – como un “problema judío”.

 Una vez que el destino de los judíos les dejó solos, el trato estaba hecho. A diferencia de los alemanes, quienes tenían un estado musculoso para su defensa de ideales falsos (como Hitler “rescatando” a la raza germana en Sudetenland en 1938), los judíos no tenían tal cosa. El perfecto paria podría convertirse en el perfecto chivo expiatorio.
Después llegó la sorpresa. Los observadores quedaron conmocionados cuando Hitler quitó la nacionalidad a los judíos, se quedaron conmocionados cuando los judíos se convirtieron en refugiados, se quedaron conmocionados cuando no pudieron deshacerse de ellos y se quedaron conmocionados cuando esas despreciadas y no deseadas minorías se vieron arrastradas hacia la masacre.

 Estos observadores habían sido conscientes del peligro de los derechos derivados de la soberanía nacional y Arendt concluyó furiosa que no deberían haberse sorprendido tanto. La historia moderna de los judíos se volvió un capítulo de la historia mundial porque “la llegada de las apátridas trajo consigo el final de esta ilusión” de que la nacionalidad servía a los derechos humanos.

Tras instalarse en un apartamento de Manhattan en la esquina de West 95th Street en 1941, Arendt y Blücher debatieron, fumaron y prepararon su viaje a través de una propuesta para el editor de libros Houghton Mifflin. Arendt lo llamó “The Three Pillars of Shame” – en español, “Los tres pilares de la vergüenza”. “El objetivo del libro”, le contó después a su editor, Mary Underwood, “no es dar respuestas sino más bien preparar el escenario”.
¿Prepararlo para qué? Mientras trabajaba para la Conferencia en Relaciones Judías, escribía poemas y daba largos paseos con su marido a lo largo de Riverside Park hasta darse cuenta de eso. Llegaban noticias de los horrores todo el tiempo, incluyendo un informe sobre que los detenidos de Gurs habían sido enviados a Auschwitz.

 En un corto y olvidado ensayo escrito en enero de 1943, Arendt contaba que los judíos tenían que aceptar en lo que se habían convertido. Incapaces de consolarse a sí mismos como “recién llegados” o “inmigrantes” ellos eran ahora “refugiados”. Ellos agruparon una nueva categoría de personas en la tierra, una categoría sobre la que nadie quería hablar.

 “Aparentemente nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado un nuevo tipo de seres humanos”, escribió ella, “el tipo que son puestos en campos de concentraciones por sus enemigos y en campos de trabajo por sus amigos”. Los parias que habían sobrevivido centraron su dolor y su rabia y trabajaban en una visión singular sobre lo que había creado un mal tan radical:
 “El horror real de los campos de concentración y de exterminio se basa en el hecho de que los internos, incluso si esperan conservar su vida, son más eficazmente eliminados del mundo de los vivos que si ellos hubieran muerto, porque el terror impone el olvido”.
Algo había entrado en la política “algo radicalmente malo” que no era conocido previamente y que nunca debería haber sido admitido. La idea de que razas enteras podían ser gaseadas para acabar con ellas ya no era solo una posibilidad.
Al mismo tiempo que daba los toques finales a su libro, a Arendt le preocupaba que  el final de la guerra no terminara con la consideración de poblaciones enteras como parias. Para 1949, los campos estaban llenándose otra vez. No solo los gulags, pero en las fronteras de India y Pakistán y –más trágicamente para Arendt - alrededor de los límites del nuevo estado de Israel. En ese punto, ella salió de sus páginas para hablar al lector en su presente compartido:
"Ninguna paradoja de la política contemporánea está llena de una ironía más conmovedora que la discrepancia entre los esfuerzos de los bien intencionados idealistas que tercamente insisten en recordar como “inalienables” esos derechos, que son disfrutados por los ciudadanos de los países más civilizados y prósperos, y la situación de los sin derechos.. los campos de internamiento se han convertido en la solución habitual para el problema de domicilio de las “personas sin Estado”".
¿Era esta la “preparación”? ¿Cómo se convirtió el campo en una “solución rutinaria” después de una guerra que nos hizo tan conscientes de sus horribles realidades? El problema no sólo tiene que ver con los criminales, aunque hemos focalizado toda nuestra atención en los criminales de Núrenberg.

La culpa también recae en aquellos que quieren hacer el papel de ángeles que cantaron la canción de los derechos humanos, los cuales eran naturales, mientras olvidaban (en la frase más famosa de Los orígenes) “la existencia de un derecho a tener derechos”.

 Arendt fue famosa por el desprecio que mostró hacia las ideas ingenuas que las realidades vaciaron de sentido. Entre los lugares comunes que escogió como objetivos: todos nacemos iguales, destinados a la libertad y la persecución de la felicidad. No es cierto. Es sólo gracias a nuestras instituciones que nos hacemos iguales. Nuestras organizaciones nos permiten vivir en libertad.

 Los seres humanos, señaló, disfrutaron de derechos solo como miembros de comunidades políticas; desde el momento en que las abandonaban, o eran expulsados, sus derechos desaparecían, y solo les quedaba su frágil y perecedera humanidad.

  Haría falta una mujer sin Estado para recordar al público que esos derechos no eran naturales. Hizo falta una extraña para decirlo: esos derechos podían ser arrebatados. Peor aún: la gente puede encontrarse en un mundo donde nadie les quiera ya, y esos derechos no pueden recuperarse.

La verdadera dificultad para el paria no es sólo la de ser expulsado de su casa. Esta ha sido la desgracia de nuestro mundo durante mucho tiempo. Dios se lo hizo a Adán. Los gobernantes han actuado fuera de la ley desde tiempos inmemorables. Lo que diferenciaba a la era moderna es que nadie acogería al paria.
Aquí es donde los ángeles tenían un papel. Pues entre festejos de autodeterminación nacional y la afección a los Derechos del Hombre como credo paralelo a la historia -donde los derechos existían como evidentes e inalienables- aquellos con el poder de celebrar las buenas cosas habían olvidado la basura de la tierra.

 Los totalitarios tuvieron el descaro suficiente para decir lo que la mayoría de los parias sabían pero no podían decir: “no existe tal cosa como derechos humanos inalienables y las afirmaciones de las democracias que alegaban lo contrario eran mero prejuicio, hipocresía y cobardía frente a la cruel majestad del nuevo mundo”.
En tanto que las democracias se aferraban a sus valores, nunca pudieron realmente ver que tenía que haber “derechos a tener derechos” - lo que suponía reservar un lugar para los perseguidos. Una vez los tiranos vieron esto, había pocos límites a sus soluciones para los indeseables. Al ver que nadie quería a los judíos, Hitler podría encender el gas y resolver el problema de todos. Como Arendt escribía, “una condición de completa ilegitimidad se creó antes de que el derecho a vivir fuese desafiado”.
“Todavía soy una apátrida”, Hannah Arendt escribió a Jaspers meses después de que terminara la guerra, “no he conseguido ser respetada de ninguna manera” Los orígenes del totalitarismo es un libro acerca de déspotas y deshumanizadores.

Pero también es un libro sobre los no respetables y los no deseados, y también sobre el resto de nosotros - los espectadores impactados ante las cosas horribles que los gobiernos horribles hacen a la gente. La voz de Arendt es una fuente a la que podemos recurrir para intentar abordar la propagación de la apatridia en nuestros días.
Los campos y los parias siguen con nosotros. Y nunca han sido tantos. Son producto de nuestro mundo de naciones y estados interconectados. Tenemos el papel de crear el derecho a tener derechos. Incluyendo nuestra capacidad de ofrecer santuario a aquellos que no lo tienen. Eso, como diría Arendt, es un punto de partida para decir no a los nativistas que desde casa toman partido contra los tiranos en el extranjero. "                     (Jeremy Adelma, CTXT, 08/06/16. La versión original de este fue publicada en la revista The Wilson Quarterly.

13/7/16

El sistema alimentario industrial, desde las semillas a los supermercados, es una máquina de enfermar a la gente

"El sistema alimentario industrial, desde las semillas a los supermercados, es una máquina de enfermar a la gente y al planeta. Está vinculado a las principales enfermedades de la gente y de los animales de cría, es el mayor factor singular de cambio climático y uno de los principales causantes de factores de colapso ambiental global, como la contaminación química y la erosión de suelos, agua y biodiversidad, la disrupción de los ciclos del nitrógeno y del fósforo, vitales para la sobrevivencia de todos los seres vivos. 

Según la Organización Mundial de la Salud, 68 por ciento de las causas de muerte en el mundo se debe a enfermedades no trasmisibles. Las principales enfermedades de este tipo, como cardiovasculares, hipertensión, diabetes, obesidad y cáncer de aparato digestivo y órganos asociados, están relacionadas al consumo de comida industrial.

  La producción agrícola industrial y el uso de agrotóxicos que implica (herbicidas, plaguicidas y otros biocidas) es además causa de las enfermedades más frecuentes de trabajadores rurales, sus familias y habitantes de poblaciones cercanas a zonas de siembra industrial, entre ellas insuficiencia renal crónica, intoxicación y envenenamiento por químicos y residuos químicos en el agua, enfermedades de la piel, respiratorias y varios tipos de cáncer.

Según un informe del Panel Internacional de Expertos sobre Sistemas Alimentarios Sustentables (IPES Food) de 2016, de los 7 000 millones de habitantes del mundo, 795 millones sufren hambre, 1900 millones son obesos y 2000 millones sufren deficiencias nutricionales (falta de vitaminas, minerales y otros nutrientes). Aunque el informe aclara que en algunos casos las cifras se superponen, de todos modos significa que alrededor del 60 por ciento del planeta tiene hambre o está mal alimentado.

Una cifra absurda e inaceptable, que remite a la injusticia global, más aún por el hecho de que la obesidad, que antiguamente era símbolo de riqueza, es ahora una epidemia entre los pobres.   Estamos invadidos de “comida” que ha perdido importantes porcentajes de contenido alimentario por refinación y procesamiento, de vegetales que debido a la siembra industrial han disminuido su contenido nutricional por el “efecto dilución” que implica que a mayor volumen de cosecha en la misma superficie se diluyen los nutrientes (http://goo.gl/AIZJjF); de alimentos con cada vez más residuos de agrotóxicos y que contienen muchos otros químicos como conservadores, saborizantes, texturizantes, colorantes y otros aditivos. 

Sustancias que al igual que pasó con las llamadas “grasas trans” que hace algunas décadas se presentaban como saludables y ahora se saben son altamente dañinas, se va develando poco a poco que tienen impactos negativos en la salud.

Al contrario del mito generado por la industria y sus aliados ­–que mucha gente cree por falta de información– no tenemos porqué tolerar esta situación: el sistema industrial no es necesario para alimentarnos, ni ahora ni en el futuro.

 Actualmente sólo llega al equivalente de 30 por ciento de la población mundial, aunque usa más del 70 por ciento de la tierra, agua y combustibles que se usan en agricultura (Ver Grupo ETC  http://goo.gl/V2r2GN). 

El mito se sustenta en los grandes volúmenes de producción por hectárea de los granos producidos industrialmente. Pero aunque resulten grandes cantidades, la cadena industrial de alimentos desperdicia 33 a 40 por ciento de lo que produce. 

Según FAO, se desperdician 223 kilogramos de comida por persona por año, equivalentes a 1400 millones de hectáreas de tierra, 28 por ciento de la tierra agrícola del planeta.  Al desperdicio en el campo se suma el de procesamiento, empaques, transportes, venta en supermercados y finalmente, la comida que se tira en hogares, sobre todo los urbanos y del norte global.

Este proceso de industrialización, uniformización y quimicalización de la agricultura tiene pocas décadas. Su principal impulso fue la llamada “Revolución Verde” –el uso de semillas híbridas, fertilizantes sintéticos, agrotóxicos y maquinaria­– que promovió la Fundación Rockefeller de Estados Unidos, empezando con la hibridación del maíz en México y el arroz en Filipinas, a través de los centros que luego serían el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) y el Instituto Internacional de Investigación en Arroz (IRRI). Este paradigma tiene su máxima expresión en los transgénicos.

No fue sólo un cambio tecnológico, fue la herramienta clave para que se pasara de campos descentralizados y diversos, basados fundamentalmente en trabajo campesino y familiar, investigación agronómica pública y sin patentes, empresas pequeñas, medianas y nacionales, a un inmenso mercado industrial mundial –desde 2009 el mayor mercado global– dominado por empresas trasnacionales que devastan suelos y ríos, contaminan las semillas y transportan comida por todo el planeta fuera de estación, para lo cual químicos y combustibles fósiles son imprescindibles.

La agresión no es solamente por el control de mercados e imposición de tecnologías, contra la salud de la gente y la naturaleza. Toda diversidad y acentos locales molestan para la industrialización, por lo que también es un ataque continuo al ser y hacer colectivo y comunitario, a las identidades que entrañan las semillas y comidas locales y diversas, al acto profundamente enraizado en la historia de la humanidad de qué y cómo comer.

Pese a ello, siguen siendo las y los campesinos, pastores y pescadores artesanales, huertas urbanas, las que alimentan a la mayoría de la población mundial. Defenderlos y afirmar la diversidad, producción y alimentación local campesina y agroecológica es también defender la salud y la vida de todos y todo."               (Silvia Ribeiro , Alainet, 11-07-16)

8/7/16

147 organizaciones controlan ahora el 40 por ciento del comercio mundial

"Las corporaciones transnacionales están causando estragos en los sistemas financieros, económicos sociales y ecológicos mediante una parsimoniosa colonización de la vida pública en la que apenas 147 organizaciones controlan ahora el 40 por ciento del comercio mundial.

La sensación de que hay algo que ya no está del todo bien se ha generalizados. Sabemos que hay una lenta colonización de la vida pública por parte de las corporaciones porque estamos al corriente de que se está produciendo un golpe de Estado a cámara lenta por parte de algunas organizaciones transnacionales, una operación que viene siendo facilitada por nuestros dirigentes políticos.

La prueba irrefutable de ello nos golpea en la cara cada día con una oleada tras otra de crisis financieras, económicas, sociales y ecológicas.

Una clara e inquietante imagen del poder de las corporaciones se ha hecho visible en los últimos años en los que la creciente desigualdad es sencillamente lo que hoy día distingue la actividad corporativa en expansión de aquellos que van quedando atrás.

Un estudio realizado en 2000 por Corporate Watch, Global Policy Forum y el Institute for Policy Studies (IPS) reveló algunos hechos alarmantes sobre el crecimiento de la corporatocracia, que debería haber sido metido en vereda hace años por los gobiernos occidentales. En lugar de eso, literalmente las corporaciones han cogido el timón.

Coincidiendo con el cambio de milenio, este estudio confirmó que mientras en el mundo había unas 40.000 corporaciones, las que de verdad tenían alcance e influencia globales eran apenas 200. Estas colosales organizaciones –algunas de ellas mayores que varias economías nacionales– controlaban perfectamente más de la cuarta parte de la actividad económica del planeta al mismo tiempo que cuatro de cada cinco habitantes del mundo estaban completamente excluidos y marginados o eran perdedores netos como resultado directo de las actividades de estas corporaciones.

La lectura del estudio del IPS es muy incómoda. En la larga lista de cargos, lo que más alarma es que al mismo tiempo que se disparaban los beneficios corporativos, continuaba la concentración de la riqueza y, esto se producía en un entorno de estancamiento de los salarios de los trabajadores.

En aras de la perspectiva, el informe destacaba que de las 100 mayores economías del mundo, 51 correspondían a corporaciones; apenas 49 eran de países. Por ejemplo, Wal-Mart era más grande que 161 países. La dimensión económica de Mitsubishi era mayor que la de Indonesia, el cuarto país más poblado del planeta. General Motors era más grande que Dinamarca. Ford era mayor que Sudáfrica.

Las 200 corporaciones más importantes eran más grandes que las economías combinadas de 182 países y tenían el doble de influencia económica que el 80 por ciento de la humanidad.

El lector quizá se sorprenda al enterarse de que esas mismas 200 corporaciones de ámbito global emplean a menos del 0,33 por ciento de la población mundial: apenas a 18,8 millones de personas.

Comercio, fabricación de automotores, actividades bancarias, ventas al detalle y aparatos electrónicos son los sectores en los que se concentran las corporaciones; incluso en estos sectores, un tercio del comercio está constituido por las transacciones entre distintas unidades de la misma corporación.

En 2012, las 25 corporaciones más importantes del mundo estaban ganando 177.000 dólares por segundo; el ingreso anual de una de ellas, Wal-Mart, llegó a los 470.000 millones de dólares.

En estos momentos, el panorama es incluso peor. Tres matemáticos del Instituto Politécnico de Zurich, Suiza, publicaron un notable y profundo informe sobre las corporaciones transnacionales (TNC, por sus siglas en inglés) según sus vínculos con otras TNC.

 Empezaron estudiando una base de datos –que hoy ha crecido hasta abarcar a 43.000 corporaciones­–, analizando las conexiones de propiedad, hacia arriba y hacia abajo, destacando cuáles eran las empresas más interconectadas. Finalmente, llegaron al ‘núcleo’, compuesto de 147 empresas que hoy controlan un pasmoso 40 por ciento del volumen económico de la muestra; por lo tanto, del comercio mundial.

En algo menos de una década, la participación de las TNC en el mercado mundial se ha incrementado espectacularmente mientras que la competencia entre empresas cayó casi en la misma proporción.

Aun así, conociéndose tan condenatoria y concluyente información, la situación continúa deteriorándose en tanto los responsables políticos se deshacen de cualquier resto de moralidad para favorecer sus lucrativas carreras basadas en el uso de puertas giratorias, dejando así a naciones enteras con poco más que los restos de lo que una vez fueron prósperas economías industriales y con el cadáver de la democracia.

En los últimos setenta, en Europa, la parte de la economía que iba a parar a los trabajadores en forma de salarios era alrededor del 70 por ciento del producto bruto interno (PBI). Con el paso de los años se ha producido un giro por demás nefasto. El capital consiguió un aumento del 10 por ciento en sus beneficios mientras que los trabajadores los vieron caer en un 10 por ciento.

 Con una economía de unos 13 billones (sí, un 13 seguido de 12 ceros) de euros, la pérdida experimentada por los trabajadores y la clase media –magra de por sí– fue de 1,3 billones de euros al año. Los accionistas solían alegrarse con unos dividendos de digamos 3 o 4 por ciento, pero hoy día pretenden utilidades de dos dígitos; de no ser así, los CEO de las empresas pueden ser destituidos. La consecuencia es que las corporaciones quieren ganar cueste lo que cueste.

En el libro de Susan George State of Corporations se señala que “Desde mitad de los sesenta, los mayores bancos y aseguradoras de Estados Unidos y algunas corporaciones contables transnacionales unieron fuerzas; emplearon a 3.000 personas y gastaron 5.000 millones de dólares para desembarazarse de todas las leyes del New Deal* aprobadas durante la administración Roosevelt en los treinta del pasado siglo –las mismas leyes que protegieron la economía estadounidense durante más de 60 años–.

 Mediante este trabajo de lobby realizado en forma conjunta, consiguieron libertad absoluta para quitar de los balances cualquier asiento que pudiera significar una pérdida de dinero y trasladar ese dinero a bancos ‘en las sombras’ de modo que no quedara documentado en ningún sitio. Consiguieron libertad para crear y comerciar productos derivados tóxicos, como paquetes de hipotecas ‘sub-prime’ por un valor de miles de millones de dólares, sin ninguna regulación”.

El punto álgido de esta acción colectiva fue el derrumbe mundial de la industria financiera en 2008; han pasado ocho años más y la persistencia del deterioro amenaza con desbancar a la Gran Depresión de 1929 de su puesto de la recesión más prolongada de la historia, que hasta ahora fue la de recuperación más lenta que se recuerde.

Solo en Estados Unidos, más de 10 millones de familias fueron desahuciadas por los bancos y, según Bloomberg, 14,5 billones de dólares –es decir, el 33 por ciento– del valor de las empresas del mundo y cerca del 14 por ciento del producto interior bruto (PBI) de Estados Unidos se esfumaron en la crisis.

 Esta estimación se olvida de las consecuencias producidas en el desarrollo y la economía de los países del Tercer Mundo, donde los 3,3 billones (sí, otra vez, un 3,3 seguido de 12 ceros) de ayuda prometida se quedaron en eso, en promesas jamás cumplidas.

En la época del “demasiado grande para fracasar e ir a prisión” prácticamente nadie fue perseguido o mandado a la cárcel por esos devastadores crímenes. En estos momentos, la industria bancaria está totalmente fuera de control.

 El negocio de los derivados es cosa de todos los días y un 33 por ciento más grande que en su momento álgido, cuando se produjo la crisis de 2008. La estafa, el fraude, el uso de información privilegiada y el lavado de dinero llegan a un nuevo récord de ilegalidad cada día, Entre las 20 corporaciones más importantes del mundo hay cinco bancos.

Mientras tanto, después de haber aprendido de las experiencias anteriores, los grupos de presión corporativos –llamados ahora ‘comisiones de expertos’– se encuentran diariamente con funcionarios de la Comisión Europea para negociar acuerdos comerciales en los que no están representados los consumidores ni las organizaciones medioambientales.

 La sociedad civil está excluida, como también lo están sus representantes, vestidos de eurodiputados y dando la ilusión de una democracia que se extingue rápidamente.

Ahora, las corporaciones colocan sus beneficios en jurisdicciones donde los impuestos son bajísimos o no existen y sus pérdidas en otras donde los impuestos son altos; se estima que allí hay unos 32 billones de dólares exentos de hacer cualquier contribución a las sociedades de las extraen su riqueza y del menor –si acaso– escrutinio de sus respectivos gobiernos.

Lo que ahora tenemos es la ‘anarquía’ de los muy ricos y las corporaciones más poderosas. La lista de la vergüenza es interminable: fabricantes de automotores, bancos, laboratorios farmacéuticos, industrias alimentarias, empresas de la energía... por nombrar algunas.

Colosales delitos económico-financieros, evasiones impositivas monumentales, daño ecológico a escala industrial e incesantes guerras ilegales para asegurar un ininterrumpido suministro de recursos constituyen el vergonzoso sistema basado en la codicia corporativa.

 En su estela reconocemos ahora el estilo de creciente desigualdad de los años veinte del siglo pasado y el aumento de la indigencia que caracterizaba a la época descrita por Dickens. De alguna manera, todo esto conforma la nueva normalidad.

Robe usted una barra de pan e irá a la cárcel, saquee un país entero y será armado caballero. Por ejemplo, los británicos de a pie creen que como resultado de una larga y maliciosa campaña política al estilo de la lucha de clases la supuesta estafa realizada con los beneficios sociales es un enorme problema social.

Una encuesta reciente realizada por la central de trabajadores TUC mostró que la gente cree que el 27 por ciento del presupuesto de asistencia social se solicita fraudulentamente. De hecho, la cifra real es del 0,7 por ciento En realidad, los pagos no realizados por el gobierno superan ampliamente el fraude en la utilización de los beneficios sociales.

Contrastemos esto con uno de los mayores estafadores de Gran Bretaña: el HSBC. En unos pocos años ha obtenido miles de millones gracias al lavado de dinero mal habido en beneficio de dictadores y tiranos, delincuentes internacionales, traficantes, barones de la droga, asesinos y todo tipo de criminales de una cadena trófica particularmente odiosa. Incluso alguien fue cogido con las manos en la masa en el escándalo de la gigantesca evasión impositiva en Suiza que beneficiaba a unas cuantas corporaciones antes siquiera de que oyéramos hablar de los Panama Papers.

En 2011, el jefe de la trama, Stephen Green, fue agraciado con un atractivo empleo de rango ministerial por los conservadores: ministro de Comercio. Y tiene un escaño en la Cámara de los Lores como un tory más; una ironía que se diluye entro otras y en los medios.

La globalización no ha hecho más que agravar el problema del poder corporativo y consolidar la influencia de las corporaciones en el gobierno mundial. Una vez más, los acuerdos comerciales como el TTP y el TTIP, en los que continentes enteros están sujetos a la dominación corporativa, son la evidencia de eso; sin embargo, el alcance de las corporaciones tiene una consecuencia aún más siniestra.

Los grupos de presión corporativos –que en este momento gozan de unos privilegios sin precedentes–, concedidos por los políticos del mundo para soslayar las regulaciones soberanas diseñadas para proteger los derechos de los ciudadanos y el medioambiente, se han infiltrado en Naciones Unidas.

La ONU tiene una sección especial para las corporaciones llamada “Acuerdo global”, que fue creado hace unos 15 años por Kofi Annan y el entonces presidente de Nestle. Para participar en este ‘acuerdo’, una corporación solo necesita refrendar una lista de 15 principios concernientes a los derechos humanos y laborales y al medioambiente.

Las corporaciones del Acuerdo global integran también el Consejo Comercial Mundial para el Desarrollo Sostenible y otros organismos como la Cámara de Comercio. Cuando, en 2012, Naciones Unidas realizó su congreso ‘medioambiental’ en Río, por primera vez los negocios dominaron completamente las discusiones. En este momento, los intereses corporativos tienen un nivel desproporcionadamente alto de influencia política en un ámbito que en realidad debería ser global.

Un buen ejemplo de esto podría ser Cecilia Malmstron, la comisaria comercia principal de la UE en las negociaciones del TTIP entre Europa y Estados Unidos. Hace pocos meses, un periodista de The Independent le preguntó a Malstrom por qué insistía en promocionar el tratado frente al generalizado rechazo del público; su respuesta fue: “Mi mandato no me lo han dado los europeos”.

Hace unas pocas semanas descubrimos que el Parlamento Europeo votó a favor de la “Directiva de Protección de los Secretos en los Tratados”, una ley que otorga a las corporaciones nuevos y alarmantes superpoderes para llevar a juicio y criminalizar a los denunciantes, periodistas y organismos de información que publiquen documentos internos que hayan sido filtrados.

Tal como señaló recientemente el doctor Paul Craig Roberts, subsecretario de Hacienda para la política económica de Estados Unidos y redactor del Wall Street Journal, “Algunas poderosas corporaciones se han hecho con el poder en las ‘democracias’ occidentales para sacrificar el bienestar de la población a la codicia corporativa y sus beneficios sin tener en cuenta a los pueblos, los países y la sociedad.

El ‘capitalismo democrático’ es total e irremediable. El TTIP concede a las corporaciones un inexplicable poder por encima de gobiernos y pueblos”.

Hoy en día, la democracia está a punto de pasar de la farsa a la tragedia como consecuencia directa del irrefrenable aumento del poder corporativo.

Vivimos en una época en la que la obscena desigualdad existente entre ricos y pobres es tan patente como el rápido crecimiento de la desigualdad en la distribución de la riqueza. En el Estados Unidos de 1976, el 1 por ciento más rico de la sociedad obtenía el 9 por ciento de la riqueza nacional; 30 años más tarde, su parte de la riqueza nacional casi se ha triplicado y alcanza al 24 por ciento.

Actualmente, lo único que queda frente a este panorama es una gente asediada que se manifiesta en las ciudades europeas y estadounidenses y que presenta peticiones a sus respectivos gobiernos, unos gobiernos que representan a millones de ciudadanos. Esa gente es la misma que debe pagar las consecuencias de esta delincuencia (legalizada): servicios perdidos, puestos de trabajo destruidos y ahorros esfumados; aun así continúa sin ser escuchada.

* New Deal (Nuevo trato), nombre que recibió la política económica y social aplicada en Estados Unidos por el presidente Franklin Delano Roosevelt a partir de 1933. (N. del T.)"           (Graham Vanbergen