16/1/18

Lo latino... la identidad plural... conectada con la tolerancia, la diversidad, el respeto y los valores humanos

" (...) la clave hispana radica en la traslación de lo cuantitativo a lo cualitativo: del paso de unos números abrumadores a un reconocimiento de la calidad de “lo latino”, como sinónimo no solo de creatividad y alegría (cosas, conviene no olvidar, muy importantes de por sí) sino también como concepto asociado a la profesionalidad y la innovación.

 Y, quizá más relevante, como una cultura —o habría que decir, multiplicidad de culturas— intrínsecamente conectadas con la tolerancia, la diversidad, el respeto y los valores humanos. Ello no son virtudes menores, en un mundo aún alterado e indeciso, donde las autocracias y el populismo pretenden aprovecharse de la fragilidad de la democracia, por definición abierta, para imponer sus fórmulas excluyentes. 

Y por eso “lo hispano” contiene un potencial de reputación en auge, vinculado a esa apertura cívica e inclusiva, aunque aún deba demostrar en su entorno las ventajas competitivas que implica gozar de una identidad plural. 

Para ello los hispanos sin duda encontrarán aliados en su propia nación —fundada originariamente sobre el ideal democrático—, pero también los encontrarán y nos corresponde manifestarlo, en todos los pueblos y culturas iberoamericanos, empezando por España."         (Jesús Andreu, El País, 11/01/18)

15/1/18

Que el movimiento feminista se ponga como objetivo una huelga mundial de mujeres el próximo 8M es sin duda un síntoma de que vamos avanzando, y mucho...

"(...) La cuestión no es si el feminismo está o no de moda, ni tampoco si es ganador o no (aunque esto último sea importante tenerlo en cuenta para un proyecto político). Lo que debemos pensar como feministas es qué proyecto y qué tipo de feminismo necesitamos para avanzar hacia una sociedad de iguales. 

Como dice Nancy Fraser la cuestión es si elegimos un feminismo neoliberal basado en una idea de libertad, igualdad e independencia de corte meritocrático e individualista, o si por el contrario elegimos aquel que plantea una idea de libertad basada en la democracia radical que apuesta por la paridad absoluta en la participación en todas las esferas de la vida social. Ahí está la disputa. 

Porque el peligro evidente que corremos es que tanto en este país como en el mundo la lucha de las mujeres pueda terminar siendo hegemonizada, dirigida o incorporada a proyectos de ultraderecha como el del Frente Nacional en Francia, o el del Partido Popular en España, donde perfiles como el de Cristina Cifuentes pueden llegar a aparecer como defensores de los derechos de las mujeres, como en su momento y en sus partidos Thatcher o Clinton,  aun cuando sus políticas reales estén en realidad en las antípodas del feminismo. 


Por tanto lo importante es dotar de contenido a la palabra “feminismo” y de estrategia al movimiento. Huir de nociones basadas únicamente en valorizar lo femenino y apostar por cuestionar radicalmente la diferencia de roles y el reparto de poder dentro de esta sociedad; combatir el discurso de la igualdad de oportunidades aplicado a la lucha de las mujeres, así como la concepción de que el empoderamiento es algo individual, y combatir también las simplificaciones, siempre útiles a los privilegios masculinos, de que situar a mujeres en puestos de visibilidad servirá por arte de magia para “desmasculinizar” y convertir todo lo que tocamos en cuidadoso, amable y dialogante.


El feminismo transformador debe ir más allá del discurso, generando espacios de organización social de mujeres y redes de apoyo mutuo conformadas desde la experiencia de la lucha personal y política. 

También debe ir mucho más allá del discurso centrado en la denuncia de la violencia machista para cuestionar las estructuras mismas de poder y el modelo económico que se sostiene sobre la transferencia permanente de trabajo gratuito desde las mujeres hacia el conjunto de la sociedad y al sistema capitalista. Podemos llegar a pensar en un patriarcado desconectado del capitalismo depredador de derechos y del planeta, pero la realidad es que no es posible separarlos. 

El capitalismo actual tal como lo conocemos necesita del patriarcado para subsistir. Por eso el feminismo tiene que plantar políticas de cambio estructural y de defensa de los servicios públicos, poniendo en jaque los pilares fundamentales de esta sociedad y sus instituciones, como la judicial, por ejemplo, como ya está haciéndose; atreviéndose a poner en cuestión el poder masculino en su conjunto. 


Cuando pensamos en por qué el año 2017 ha sido un año feminista vemos que no es baladí que la mayoría de medios de comunicación u organismos como Naciones Unidas se hayan centrado casi exclusivamente en el abuso sexual. Porque a pesar de que la campaña #MeToo haya demostrado que este abuso es sistémico, también puede ser fácilmente vinculado a problemas individuales de determinados hombres. 

No es casual tampoco que estas instituciones o medios estén muy dispuestos a centrarse en la violencia machista y muy poco en la precarización del empleo para las mujeres, el aumento de la pobreza entre ellas o la persistencia de la brecha salarial o en la lucha de las trabajadoras de Inditex. Así pues debemos poder generar memoria colectiva y construir nuestra propia agenda. 


Que el movimiento feminista se ponga como objetivo una huelga mundial de mujeres el próximo 8M es sin duda un síntoma de que vamos avanzando, y mucho; síntoma también de que en la batalla importante, la de qué proyecto es capaz de hegemonizar y dirigir la lucha de las mujeres por independizarse y ser tratadas como iguales y libres, vamos ganando."                   (Isabel Serra, CTXT, 09/01/18)

12/1/18

Francesas contra el feminismo politicamente correcto. También advierten del regreso de una “moral victoriana”: “La violación es un crimen. Pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”

"El manifiesto de más de cien artistas e intelectuales francesas contra el “puritanismo”
 
La violación es un crimen. Pero el flirteo insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista. 


Como consecuencia del caso Weinstein ha tenido lugar una legítima toma de conciencia de la violencia sexual ejercidas sobre las mujeres, especialmente en el marco profesional, donde determinados hombres abusan de su poder. Era necesario. 

Pero esta liberación de la palabra se ha transformado hoy en su opuesto: nos obliga a hablar como es debido, a callar lo que molesta, y las que se niegan a plegarse a tales órdenes son vistas como traidoras y cómplices. 


Sin embargo, es el propio puritanismo el que toma prestado, en nombre de un pretendido bien general, los argumentos de protección de las mujeres y de su emancipación para encadenarlas a un estado de eternas víctimas, de pobres cositas bajo el imperio de demonios falócratas como en los viejos tiempos de la brujería. 


Delación y acusaciones


De hecho, #Metoo ha generado en la prensa y en las redes sociales una campaña de delaciones y acusaciones públicas de individuos que, sin haberles dejado la posibilidad ni de responder ni de defenderse, han sido puestos en el mismo nivel que agresores sexuales. 

Esta justicia expeditiva ya tiene víctimas, hombres sancionados en el ejercicio de su oficio, forzados a dimitir, etc., pero cuyo único error fue tocar una rodilla, tratar de robar un beso, hablar de cosas “íntimas” durante una cena de trabajo o mandar mensajes de connotaciones sexuales a una mujer sin que la atracción fuera recíproca. 


Esta fiebre de enviar a los “cerdos” al matadero, lejos de ayudar a las mujeres a ser autónomas, sirve en realidad a los intereses de los enemigos de la libertad sexual, de los extremistas religiosos, de los peores reaccionarios y de los que creen, en nombre de una concepción sustancial del bien y de la moral victoriana que lo acompaña, que las mujeres son seres “aparte”, niños con rostro adulto reclamando que los protejan. 


Frente a eso, los hombres son obligados a arrepentirse y a desenterrar, en los confines de su conciencia pasada, un “comportamiento fuera de lugar” que hayan podido tener hace diez, veinte o treinta años, y del que deberían arrepentirse. La confesión pública, la incursión de fiscales autoproclamados en la esfera privada, que instala un clima de sociedad totalitaria.


La ola puritana no parece conocer límite. Se censura un desnudo de Egon Schiele en un cartel, se pide la retirada de un cuadro de Balthus de un museo con el motivo de que es una apología de la pedofilia, en la confusión del hombre con la obra, se pide la prohibición de la retrospectiva de Roman Polanski en la Cinémathèque y se obtiene el aplazamiento de la consagrada a Jean-Claude Brisseau. 

Una universitaria califica la película Blow-up, de Michelangelo Antonioni, como “misógina e inaceptable”. A la luz de este revisionismo, John Ford (Centauros del desierto) o Nicolas Poussin (El rapto de las sabinas) estarían en una situación delicada. 


Algunos editores ya nos piden a algunas de nosotras que hagamos a nuestros personajes masculinos menos “sexistas”, hablar de sexo y amor con menos desmedida o incluso hacerlo de manera que “los traumas sufridos por los personajes femeninos” se hagan más evidentes. 

Bordeando el ridículo, un proyecto de ley en Suecia quiere imponer un consentimiento explícitamente notificado a todo candidato a una relación sexual. Un esfuerzo más y dos adultos a los que les apetezca acostarse juntos tendrán que firmar previamente a través de una aplicación de su teléfono un documento con las prácticas que aceptan y las que rechazan debidamente enumeradas. 


Indispensable libertad de ofender


El filósofo Ruwen Ogien defendía una libertad de ofender indispensable a la creación artística. Del mismo modo nosotras defendemos una libertad de importunar, indispensable a la libertad sexual. Hoy estamos suficientemente informadas para admitir que la pulsión sexual es por naturaleza ofensiva y salvaje, pero somos lo suficientemente clarividentes para no confundir coqueteo torpe y agresión sexual. 


Sobre todo, somos conscientes de que el ser humano no es monolítico: una mujer puede, en el mismo día, dirigir un equipo profesional y disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre sin ser una “zorra” ni una vil cómplice del patriarcado. Puede velar por que su salario sea igual al de un hombre pero no sentirse traumatizada para siempre por un roce en el metro, incluso cuando eso es un delito. Puede interpretarlo como la expresión de una gran miseria sexual, como un no-acontecimiento. 


En tanto que mujeres no nos reconocemos en ese feminismo que, al abrigo de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres y al sexo. Pensamos que la libertad de decir no a una proposición sexual no existe sin la libertad de importunar. Y consideramos que hay que saber responder a esta libertad de importunar de otra manera que encerrándose en el papel de presa. 


Para aquellas de nosotras que han elegido tener hijos, es más sensato educar a nuestras hijas de maneras que estén lo suficientemente informadas y conscientes para poder vivir plenamente su vida sin dejarse intimidar ni culpabilizar. 


Los incidentes que pueden afectar el cuerpo de una mujer no alcanzan necesariamente su dignidad y no deben, por duros que a veces sean, hacer de ella una víctima perpetua necesariamente. Puesto que no podemos ser reducidas a nuestro cuerpo. Nuestra libertad interior es inviolable. Y esta libertad que atesoramos no existe sin riesgos ni responsabilidades.


Traducción del francés de Aloma Rodríguez.



Firman también el documento Kathy Alliou (comisaria), Marie-Laure Bernadac (conservadora general honoraria), Stéphanie Blake (autora de libros para niños), Ingrid Caven (actriz y cantante), Catherine Deneuve (actriz), Gloria Friedmann (artista plástica), Cécile Guilbert (escritora), Brigitte Jaques-Wajeman (cineasta), Claudine Junien (genetista), Brigitte Lahaie (actriz y presentadora de radio), Elisabeth Lévy (directora de la redacción de Causeur), Joëlle Losfeld (editora), Sophie de Menthon (presidenta del movimiento ETHIC), Marie Sellier (autora, presidenta de la Société des gens de lettres)"                  (Letras Libres, 10/01/18)


"La esperada y airada reacción de las mujeres francesas a las otras mujeres francesas:

 "Los cerdos y sus aliad@s tiene razón de preocuparse."


Un texto que no cuela. El martes 9 de enero, 100 mujeres firmaron una tribuna publicada en Le Monde donde defienden la "libertad de importunar"después de lo que llaman una "campaña de delación" dirigida a hombres acusados de acoso sexual en la estela del asunto Weinstein. 
Un texto escrito por varias autoras de renombre, entre las que destacan Catherine Millet y Catherine Robbe-Grillet, y firmado por personalidades como la actriz Catherine Deneuve y la periodista Elisabeth Lévy, que defiende, entre otras cosas, la "libertad de importunar" de los ligones frente a las "delaciones públicas y acusaciones a individuos (...) puestos en el mismo nivel que los agresores sexuales".



Esta tribuna hizo reaccionar a la activista feminista Caroline De Haas, quien a su vez escribió una tribuna, co-firmada por unas 30 activistas feministas, para denunciar lo que ella considera "#Metoo estaba bien, pero...".



Cada vez que los derechos de las mujeres progresan y las conciencias despiertan, surge la resistencia. En general, toma la forma de un "es verdad, sí, pero...".  El 9 de enero, se nos a ofrecido un "#Metoo estaba bien, pero...". No hay nada realmente nuevo en los argumentos utilizados. Estos se encuentra en el texto publicado en Le Monde, así como en el trabajo en torno a la cafetera o en las comidas familiares. Este tribuna es un poco el colega molesto o el cuñado cansino que no entiende lo que está pasando.



"Podríamos ir demasiado lejos", dicen. Tan pronto como la igualdad avanza, incluso en medio milímetro, las bellas almas nos alertan inmediatamente de que corremos el riesgo de caer en excesos. Exceso es lo que nos rodea. Es el mundo en que vivimos. En Francia, cientos de miles de mujeres son acosadas cada día. Decenas de miles sufren agresiones sexuales. Y cientos, violaciones. Todos los días. La caricatura, está aquí.



"No podemosya  decir nada", dicen.  Como si el hecho de que nuestra sociedad tolere -un poco- menos que antes el discurso sexista, como el discurso racista u homófobo, fuera un problema. 
"Vaya, era mucho mejor cuando se podía llamar a las mujeres zorras tranquilitas, ¿eh?" No. Era mucho peor. El lenguaje influye en el comportamiento humano: aceptar los insultos contra las mujeres es de hecho permitir la violencia. El dominio de nuestra lengua es un signo de que nuestra sociedad progresa.



"Es puritanismo", dicen. Hacer que las feministas parezcan unas estrechas, o incluso  unas mal folladas: la originalidad de la tribuna es... desconcertante. La violencia afecta a las mujeres. A todas. Pesa en nuestras mentes, cuerpos, placeres y sexualidades. ¿Cómo imaginar ni por un momento una sociedad liberada en la que las mujeres dispongan libre y plenamente de su cuerpo y de su sexualidad cuando más de una de cada dos dice que ha sufrido violencia sexual?



"No se pueda ya coquetear", dicen. Las firmantes mezclan deliberadamente una relación seductora basada en el respeto y el placer con la violencia. Mezclarlo todo es muy práctico. Esto permite poner todo en el mismo saco. Básicamente, si el acoso o la agresión es sólo "flirteo pesado", no es tan grave. Las firmantes se equivocan. No es una diferencia de grado entre el flirteo y el acoso, sino una diferencia de naturaleza. 
La violencia no es "seducción aumentada". Por un lado, consideramos al otro como nuestro igual, respetando nuestros deseos, sean cuales sean. Por otra parte, como objeto a disposición, sin consideración de los propios deseos o consentimiento.



"Es responsabilidad de las mujeres", dicen. Las firmantes hablan sobre la educación a las niñas para que no se sientan intimidadas. Por lo tanto, se identifica a las mujeres como responsables de no ser agredidas. ¿Cuándo se planteará la cuestión de la responsabilidad de los hombres de no violar o agredir? ¿Y  qué pasa con la educación de los niños?



Las mujeres son seres humanos. Como los demás. Merecemos respeto. Tenemos el derecho fundamental a no ser insultadas, silbadas, agredidas, violadas. Tenemos un derecho fundamental a vivir nuestras vidas con seguridad. En Francia, Estados Unidos, Senegal, Tailandia o Brasil: no es el caso hoy en día. En ninguna parte.



Muchos de ellas se muestran prestas a denunciar el sexismo cuando procede de hombres de los barrios populares. Pero la mano en el culo, cuando es ejercida por los hombres de su propio mundillo, es, según ellas, un "derecho a importunar". Esta extraña ambivalencia permitirá apreciar su apego al feminismo del que afirman ser defensoras.



Con este texto, intentan cerrar la losa de plomo que hemos empezado a levantar. No lo van a lograr. Somos víctimas de la violencia. No estamos avergonzados. Estamos de pie. Fuerte. Entusiastas. Determinadas. Acabaremos con la violencia sexistas y de género.



¿Los cerdos y sus aliad@s se preocupan? Es normal. Su viejo mundo está desapareciendo. Muy despacio -demasiado despacio- pero inexorablemente. Algunas reminiscencias polvorientas no cambiarán nada, incluso publicadas en Le Monde.



Firman esta Tribuna: Adama Bah, activista afrofeminista y antirracista, Marie-Noëlle Bas, presidenta de las "Perras guardianas", Lauren Bastide, periodista, Fatima Benomar, portavoz de "Effronté.es", Anaïs Bourdet, fundadora de "Paye ta Shnek", activista feminista; Sophie Busson, activista feminista; Marie Cervetti, directora de la FIT y activista feminista; Pauline Chabbert, activista feminista; Madeline Da Silva, activista feminista; Caroline De Haas, activista feminista.,

Basma Fadhloun, militante féminista, Giulia Foïs, periodista, Clara Gonzales, militante feminista, Leila H. de " Check tes privilèges", Clémence Helfter, feminista y sindical, Carole Henrion, feminista activista, Anne-Charlotte Jelty, feminista activista, Andréa Lecat, feminista activista, Claire Ludwig, activista feminista y encargada de comunicaciones, Maeril, ilustradora y feminista activista.

Chloé Marty, trabajadora social y feminista, Angela Muller, activista feminista, Selma Muzet Herrström, activista feminista, Michel Easter, activista feminista, Ndella Paye, activista afrofeminista y antirracista, Chloé Ponce-Voiron, activista feminista, directora teatral, actriz y directora de cine, Claire Poursin, Copresidenta de Effronté.es,
 Sophie Rambert, activista feminista, Noémie Renard, animadora del sitio web Antisexisme.net y activista feminista, Rose de Saint-Jean, activista feminista, Laure Salmona, cofundadora de "Feministas contra el acoso cibernético" y activista feminista, Muriel Salmona, psiquiatra, presidenta de la asociación "Mémoire traumatique et victimologie" y activista feminista, Nicole Stefan, activista feminista, Mélanie Suhas, activista feminista, Monique Taureau, activista feminista, Clémentine Vagne, activista feminista, En Avant Tout (s), Stop harcèlement de rue."    (Traducción: El extranjero profesional, 10/01/18)


"Mujeres, francesas

Inútilmente he esperado que un grupo de mujeres españolas organizara una respuesta al #metiómano. Lo más español del asunto fue la devastadora noticia de que el productor Cesáreo González quiso besar una vez a Concha Velasco. Quién no, pensó mi cerebro inmediato, básicamente sexual e incluso previo al sistema 1 de Kahneman. 

 Pero, en fin, no ha habido que ir muy lejos. Siempre hay un pelotón de mariannes que salvan la civilización. Cien mujeres francesas, entre ellas dos grandes Catherines, Deneuve et Millet, se han levantado contra este espectáculo de degradación puritana y han demostrado una vez más su vieja fama de mujeres libres

Su argumento más penetrante (y penetrado) está en el último párrafo del artículo que han publicado en Le Monde: "Los accidentes que puede sufrir el cuerpo de una mujer no afectan necesariamente a su dignidad y, por duros que sean a veces, no deben hacer de ella una víctima perpetua. Porque no somos reducibles a nuestro cuerpo. Nuestra libertad interior es inviolable. Y esta libertad que tanto valoramos comporta riesgos y responsabilidades".

 Un párrafo difícil, adulto, pero que derrumba la clave de bóveda del movimiento #metiómano, tan trumpiano como lo que cree combatir. La voluntad de reducir las mujeres a su cuerpo. Qué digo a su cuerpo: apenas a un genou de Claire, víctima ya para siempre porque una mano indeseada se posó hace treinta años, preguntando si podía seguir cuesta arriba.


El razonamiento de las francesas tiene grandes momentos. La distinción entre la vigilia y el sueño: o el derecho de la mujer que ejerce el poder en cualquiera de sus formas convencionales a ser en otra hora cualquiera (la tarde belle de jour de Deneuve, las noches camioneras de Millet), un objeto sexual convencional.

 O esa "libertad de importunar" que tan briosamente vinculan con la libertad sexual, aliándose con los que creen que no hay creación artística sin libertad de ofensa.


De esa libertad de importunar los varones hacen uso a veces con gran torpeza y pésimo cálculo. Pero también ellos son objeto del uso torpe y mal calculado que las mujeres hacen de la misma libertad.

 Y, en consecuencia, también se ven envueltos en situaciones desagradables. Pero en la tantas veces dolorosa incertidumbre del cortejo e incluso en la inexorable evidencia de que el despecho sexual (como el puramente amistoso) afecta a las relaciones, por ejemplo, laborales, que los mismos protagonistas puedan tener, están algunas de las raíces de la libertad.

 Quien no entienda eso podrá ser varón o hembra, pero siempre será un niño. La edad mental a la que todo grupo totalizador pretende reducir al individuo."               (Arcadi Espada, El Mundo, 11/01/18)


 "Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima”.

Catherine Millet, escritora y crítica de arte, impulsora del manifiesto de 100 mujeres francesas contra el movimiento #MeToo, denuncia sus métodos y consecuencias.

 Su manifiesto ha logrado sembrar el caos en Francia y parte del extranjero. La escritora y crítica de arte Catherine Millet (Bois-Colombes, 1948), autora del superventas La vida sexual de Catherine M., es una de las cinco impulsoras de la tribuna opuesta al movimiento #MeToo, firmada por 100 personalidades de la cultura francesa, encabezadas por la actriz Catherine Deneuve, la cantante Ingrid Caven o la editora Joëlle Losfeld. 

Millet denuncia que este movimiento, al que tilda de “puritano”, favorece un regreso de la “moral victoriana”. Ella defiende “la libertad de importunar”, incluso en el sentido físico, que considera indispensable para salvaguardar la herencia de la revolución sexual. 

Así lo relata en su despacho parisino, un cuarto lleno de catálogos amontonados en el que no deja de sonar el teléfono, desde el que dirige la revista Art Press, que cofundó en 1972.

Pregunta. ¿Esperaba las violentas reacciones que ha suscitado su texto?

Respuesta. En absoluto. Solo quisimos reaccionar ante la palabra de las feministas radicales, que era la única que leíamos en la prensa. Nos resultaba molesto, porque no era un punto de vista que compartiéramos y porque, a nuestro alrededor, conocíamos a muchas mujeres que opinaban lo mismo. 

A mi entender, no te quedas traumatizada durante años porque un hombre te haya tocado un muslo... Se trataba de contar que todas las mujeres no reaccionamos igual ante gestos que podemos considerar groseros o fuera de lugar.

P. Se les ha reprochado su falta de solidaridad con las demás mujeres...

R. A un hombre no se le pide que comparta las opiniones del resto de varones del planeta. Eso es imposible. No estamos diciendo que nos parece bien que violen a las mujeres, sino que señalamos los derrapes que ha tenido ese movimiento. 

Por ejemplo, poner en tela de juicio a ciertos hombres por hechos bastante mínimos, que han tenido consecuencias graves en sus carreras. Se ha constituido un tribunal público en el que ni siquiera se les ha dejado defenderse. De repente, tuvimos la sensación de que todos los hombres eran cerdos. 

Hay que meterse en la piel de quienes han padecido violencia sexual, pero también pensar en los hombres que han sido víctimas de acusaciones muy rápidas y con consecuencias graves en sus vidas profesionales.

P.  Subrayando las disfunciones del movimiento y no sus aciertos, ¿no se arriesgan a hundir esa toma de conciencia sobre la violencia sexual y los abusos de poder, que su propio manifiesto considera “necesaria”?

R. ¿No dicen las feministas que se ha liberado la palabra? Pues, si es así, nuestra palabra vale lo mismo que la suya. La censura que ha podido provocar este caso me parece ridícula. Me parece muy grave que se borre a un actor de una película [Kevin Spacey, sustituido por otro actor en Todo el dinero del mundo tras ser acusado de agresiones sexuales]. Son métodos que me recuerdan a los del estalinismo…

P. Su tribuna habla de “una ola purificadora” que terminará instalando “una sociedad totalitaria”. ¿No es un poco excesivo?

R. Precisamente, me cita una frase que escribí yo. En todo texto polémico hay una parte de exageración, pero lo asumo totalmente. Veo aparecer un clima de inquisición, en el que cada uno vigila a su vecino, como sucedía en los regímenes soviéticos, y luego lo denuncia en las redes sociales. Todos los rincones de la sociedad están bajo vigilancia, incluida nuestra esfera íntima…

P. ¿No son esas acusaciones el resultado de una justicia imperfecta, a causa de las prescripciones y de la falta de pruebas?

R. De acuerdo, pero no es el mejor método. Si cada ciudadano se toma la justicia por la mano, regresaremos a los tiempos del Lejano Oeste. La justicia tiene defectos y es innegable que se le escapan cosas, pero vivimos en una sociedad que acepta que es ella la encargada de juzgar y no un tribunal popular. En eso soy radical.

P. Se la ha acusado de antifeminista. ¿Lo es?

R. Si hablamos de ese feminismo en concreto, sí que me posiciono en contra. Pero hoy existen varias corrientes feministas... Yo me siento más cercana a las feministas que integran el sexo en su discurso, que suelen ser más jóvenes que yo, que a quienes expresan, a través del movimiento #MeToo, posiciones radicales que nunca he compartido, ni ahora ni durante los años 70. 

El feminismo sigue estando muy justificado en el entorno social. Por ejemplo, en cuanto a la igualdad salarial. Y también milito por esa igualdad en la libertad sexual, eso va por sentado…

P. También se les reprocha que casi todas sean blancas y burguesas. Que defiendan, al fin y al cabo, una postura elitista.

R. Sí, nos han reprochado que no tomemos el metro. En realidad, yo lo tomo varias veces al día. Cuando era más joven, alguna vez vino algún hombre a frotarse contra mí en los transportes públicos, y no por eso me morí ni me convertí en una impedida… En realidad, entre las firmantes del manifiesto hay una mezcla generacional y de orígenes. 

Por otra parte, las mujeres que nos atacan también son intelectuales y universitarias, igual que nosotras. Catherine Deneuve debe de tener un modo de vida algo distinto, pero las demás somos bastante parecidas a quienes nos atacan…

P.  ¿Considera que el famoso “derecho a importunar” que defiende el texto es más importante que el derecho a no ser importunado?

R. Es que son dos cosas que van juntas... Cuando un hombre te molesta, tienes la libertad de decirle que deje de hacerlo. Una tiene la capacidad de decir que no. Por otra parte, importunar es una palabra bastante leve. No es lo mismo que acosar, ni mucho menos. Alguien te puede importunar fumando a tu lado en un lugar público…

P. No es el mismo grado de intrusión que tocar a alguien.

R. Sé que se nos reprocha mucho esa palabra, pero que la gente abra el diccionario... Mire, se lo voy a buscar… [busca la definición en su tableta]. Importunar es sinónimo de molestar, fastidiar, incomodar, sacar de quicio…

P. ¿Pero entiende que existan mujeres que no quieran ser importunadas cuando pasean por la calle o van en metro?
 
R. No. Creo que hay un margen en que el comportamiento de los demás puede desplegarse sin que sea considerado un delito. A ti te puede parecer desagradable y te puedes quejar, pero no por eso es un delito... Y, como tal, no quiero que esté regulado, ni por una moral superior ni por la ley. 

Hay que aceptar que existen impertinentes en la vida. Esas mujeres parecen aspirar a una sociedad utópica y regulada hasta el más mínimo detalle, donde un hombre deberá tomar precauciones antes de dirigirse a una mujer. La codificación de nuestras relaciones es imposible, a no ser que nos convirtamos en robots.

P. Sostiene que ese derecho a importunar es indispensable para garantizar la libertad sexual. ¿En qué sentido?

R. En una relación entre dos individuos, siempre hay un momento borroso y ambiguo, en el que alguno de los dos no tiene muy claro lo que quiere… Cuando me ha intentado seducir un hombre, a veces he sentido una atracción que no era lo suficiente grande para ceder de inmediato. 

Un momento de duda… A veces terminas cediendo y otras, no. Mientras que esas mujeres dicen que un no siempre es definitivo, yo creo que hay matices. A veces, los hombres tienen una oportunidad si insisten una segunda vez…

P. Denuncian un regreso a la moral victoriana. De nuevo, ¿no es un poco exagerado, en una sociedad donde la sexualidad resulta omnipresente?

R. Hace tiempo que creo que, cuanta más libertad hay en el discurso y en la circulación de las imágenes, más se crispan sectores que la consideran molesta, por lo que su reacción se vuelve cada vez más violenta. Lo sorprendente es que esta voluntad de censura ya no proceda de círculos extremadamente conservadores, sino de mujeres que se consideran feministas. 

No sé si vio a las dos chicas que pidieron al Metropolitan de Nueva York que descolgara un cuadro de Balthus: eran dos jóvenes modernas y probablemente de izquierdas…

P. Son casos puntuales, que ya tenían lugar mucho antes del movimiento #MeToo. Pintores como Balthus o Schiele, al que también se refiere su texto, llevan décadas generando escándalos. ¿No toman la excepción como si fuera la regla?

R. Sí, pero yo creo que hay que reaccionar con rapidez, porque los efectos en la realidad pueden ser inmediatos. Fíjese en ese profesor estadounidense despedido por mostrar imágenes del siglo XVIII, probablemente algo libertinas, a sus alumnos… ¡Algunos de sus padres las habían considerado pornográficas!

P. “Lamento mucho no haber sido violada, porque así podría dar fe de que una violación también se supera”, dijo en diciembre. Su frase ha generado un escándalo inmenso. ¿Se arrepiente de haberla pronunciado?

R. No. Fue una formulación algo ligera y cómica, pero solo porque no quería enmarcarme en una excesiva gravedad. Al tener la vida sexual que he tenido, en la que he contado con muchos compañeros distintos –algunos de ellos, perfectos desconocidos–, siempre he dicho que, si me hubiera encontrado en una situación de violación, no me habría defendido.

 Así habría tomado menos riesgos, porque lograría neutralizar la violencia del agresor. Si la violencia de ese acto me hubiera trastornado, creo contar con la suficiente capacidad moral para superar ese hecho e intentar olvidarlo. Esa es mi respuesta personal. 

Hace poco leí una entrevista con una abogada que había sido violada de joven y que desaconsejaba a sus clientas denunciar e ir a juicio, porque eso solo te hace prisionera del sufrimiento. Salvo en casos donde haya consecuencias físicas graves, yo creo que la mente logra vencer al cuerpo.

P.  ¿No cree que una violación también tiene consecuencias psicológicas?

R. Existen para algunas mujeres, pero no para todas. Hay que dejar de creer que la mujer siempre es una víctima. Puede ser víctima de ese acto en un instante, pero también puede encontrar en ella la capacidad de reaccionar…

P. Una de las firmantes del texto, la filósofa Peggy Sastre, es autora de un ensayo titulado La dominación masculina no existe. ¿Está de acuerdo con eso?

R. Existe, pero no en todas partes. En nuestra sociedad, a día de hoy y en la clase media, las mujeres cuentan con un gran poder. En la esfera doméstica, a menudo son ellas quienes imponen su voluntad dentro de la pareja, a causa de la culpabilidad de los hombres jóvenes y al hecho de trabajar y ser económicamente libres…

P. Entonces, ¿dónde persiste la dominación masculina?

R. Voy a echar balones fuera... Ha habido tantos progresos en las últimas décadas… Si comparo mis posibilidades con la vida que tuvo mi madre, en una sola generación hemos ganado mucho. Pero a las feministas les sigue interesando hacernos creer que nuestra sociedad es únicamente patriarcal. Eso no es verdad. Yo creo que también existe un matriarcado…

P. Para usted, ¿el patriarcado es cosa del pasado?

R. Digamos que está seriamente mermado."                   (Entrevista a Catherine Millet, Áles Vicente, El País, 13/01/18)


"Catherine Deneuve : "Nada en el texto pretende que el acoso tenga nada bueno; de lo contrario yo no lo habría firmado".

 Catherine Deneue puntualiza. Aquí. Y aquí en tradu exprés de lo publicado en Libération:

Una semana después de firmar la tribuna que aboga por "la libertad de importunar" para preservar la "libertad sexual", la actriz asume el texto, al tiempo que se distancia de algunas de las firmantes. Y pide disculpas a las víctimas de agresiones que pudieran haberse sentido dolidas.

Catherine Deneuve nos envió este texto en forma de carta, tras una entrevista telefónica el viernes pasado. La habíamos contactado porque queríamos oír su voz, saber si estaba de acuerdo con la totalidad de la tribuna firmada, y saber cómo reaccionaba a las palabras de unas y otras; en definitiva,  para que aclarase su postura.

 LA CARTA:

"En efecto, firmé la petición titulada Le Monde, "Defendemos una libertad...", una petición que generó muchas reacciones y que requiere aclaraciones.

Sí, amo la libertad. No me gusta esta característica de nuestro tiempo en el que todo el mundo se siente autorizado para juzgar, arbitrar, condenar. Una época en la que las simples denuncias en las redes sociales conducen al castigo, a la dimisión, y a veces, y a menudo, al linchamiento mediático. 

Un actor puede ser borrado digitalmente de una película, el director de una importante institución neoyorquina puede verse obligado a dimitir por haber tocado un trasero hace treinta años, sin que medie ningún tipo de procedimiento judicial. No disculpo nada. No me pronuncio sobre la culpabilidad de estos hombres porque no estoy cualificada para ello. Y pocos lo están.

No, no me gustan esos efectos de jauría, demasiado comunes hoy en día. De ahí mis reservas, desde octubre, al hashtag "Balance ton porc" [Denuncia a tu cerdo].

No soy tan ingenua como para no saber que son muchos más los hombres que incurren en estos comportamientos que las mujeres. Pero ¿por qué este hashtag no puede verse como una invitación a la denuncia? ¿Quién puede asegurarme que no habrá manipulación o golpes bajos? 

¿Que no habrá ningún suicidio de inocentes? Debemos vivir juntos, sin "cerdos"o "zorras", y confieso que este texto "Defendemos una libertad..." me pareció vigoroso, por mucho que no sea totalmente perfecto.

Sí, firmé la petición y, sin embargo, creo que hoy me resulta absolutamente necesario mostrar mi desacuerdo con la forma en que algunas de la firmantes se conceden individualmente el derecho a prodigarse en los medios de comunicación, lo cual distorsiona el espíritu mismo del texto. 

Decir en una cadena de televisión que se puede disfrutar de una violación es peor que escupir a la cara de todas las que han sufrido este crimen. Estas palabras dan a entender, a quienes están acostumbrados a usar la fuerza o a utilizar la sexualidad para destruir, que lo que hacen no es tan grave, ya que pudiera ser que la víctima gozase con ello. 

Cuando se firma un manifiesto que involucra a otras personas, hay que saber comportarse y evitar embarcarse en su propia incontinencia verbal. Esto es indigno. Y, evidentemente, nada en el texto pretende que el acoso tenga nada bueno; de lo contrario yo no lo habría firmado.

He sido actriz desde que tenía 17 años. Podría decir, por supuesto, que he sido testigo de situaciones más que poco delicadas, o que sé, por otras actrices, que hay cineastas que han abusado de su poder con cobardía. Pero simplemente no me corresponde a mí hablar en nombre de mis compañeras.

 Lo que crea situaciones traumáticas e insostenibles es siempre el poder, la posición jerárquica o una forma de control. La trampa actúa  cuando se hace imposible decir NO sin poner en riesgo el trabajo, o supone sufrir humillaciones o sarcasmos degradantes. Así que creo que la solución vendrá de la educación a nuestros hijos e hijas. 

Pero también posiblemente de los protocolos en las empresas que hagan que, si hay acoso, deban ponerse en marcha inmediatamente las correspondientes denuncias. Yo creo en la justicia.

En definitiva, firmé el texto por una razón que, en mi opinión, es esencial: el peligro de la limpieza en las artes. ¿Vamos a quemar a Sade en la colección de La Pléiade? ¿Acusar a Leonardo da Vinci de artista pedófilo y borrar sus pinturas? ¿Descolgar los Gauguin de los museos? ¿Destruir los dibujos de Egon Schiele? ¿Prohibir los discos de Phil Spector? Este clima de censura me deja sin palabras y preocupada por el futuro de nuestras sociedades.

A veces me han criticado por no ser feminista. ¿Tengo que recordar que fui una de las 343 "zorras", con Marguerite Duras y Françoise Sagan, que firmaron el manifiesto "Yo tuve un aborto", escrito por Simone de Beauvoir? El aborto estaba penado con encarcelamiento en aquella época. 

Por eso me gustaría decirles a los conservadores, racistas y tradicionalistas de toda jaez a los que les ha parecido estratégico brindarme su apoyo que yo no me engaño. Ellos no tendrán ni mi gratitud ni mi amistad, antes al contrario. 

Soy una mujer libre y lo seguiré siendo. Saludo fraternalmente a todas las víctimas de actos odiosos que se puedan haber sentido agredidas por esta tribuna que apareció en Le Monde: es a ellas y sólo a ellas a quienes pido disculpas.

Atentamente,

Catherine Deneuve"              (Liberation, 14/01/18)

10/1/18

Cada vez que se produce una expansión en las relaciones capitalistas en un país o región se observa cómo la situación de las mujeres empeora. El desarrollo capitalista tiene como premisa la devaluación del trabajo reproductivo...

"Silvia Federici dejó su Italia natal a finales de los años sesenta para ir a estudiar filosofía a los Estados Unidos. Medio siglo después, se ha erigido en madrina del feminismo anticapitalista, azote de la violencia estructural del capitalismo global, pero también de la izquierda más clásica, que reclama el trabajo asalariado como epicentro de cualquier proyecto emancipador. Ni Goldman Sachs, ni Margaret Thatcher; ni Condoleezza Rice, ni Willy Brandt.

 Por el camino, fundó el Colectivo Feminista Internacional, con quién creó el movimiento ‘Wages For Housework’ (Salario por trabajo doméstico) durante los años 70, trabajó como profesora en Nigeria durante los años 80 y ha apoyado proyectos de comunidades indígenas en Latinoamérica en las últimas décadas.

Federici no se ha despegado de la realidad. Muy ligada actualmente a los movimientos de los comunes y en su momento a la autonomía y al marxismo, la profesora emérita de Hofstra University, en Nueva Jersey, ha centrado gran parte de su trabajo en la politización de la ‘reproducción’, poniendo de relieve el trabajo no remunerado que realizan las mujeres, y su papel central en el desarrollo capitalistas y su lógica de dominación, que desarrolla en sus dos libros más recientes, Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004) y Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013). 

Federici, con quien la serie ‘Qué hacer’ abre su repaso a las resistencias al ‘trumpismo', resalta el sustrato sociocultural –“la ‘nueva caza de brujas’— sobre el que se cimenta el ascenso político de un abierto misógino, y señala al movimiento inmigrante como antítesis del mismo y fuente de inspiración para la izquierda estadounidense.


A lo largo de su carrera ha resaltado el papel protagonista de las mujeres en la resistencia al desarrollo capitalista. Sin embargo, en los últimos años, se observa un cambio de perspectiva. Pone usted cada vez más el acento en el concepto de comunidad y en la práctica de ‘los comunes’. ¿Cómo se relacionan ambos conceptos?

Hoy en día son las mujeres quienes hacen la mayor contribución, la contribución más importante a la práctica de los comunes. Son quienes ponen los recursos en común, quienes transforman, revolucionan el proceso de reproducción, haciéndolo mucho más colectivo, mucho más cooperativo. 

Pienso, por ejemplo, en la construcción de comedores populares que se encuentran en Argentina, Perú y muchos otros lugares de América Latina. Y al hacer esto, construyen un tejido social mucho más fuerte, que les permite no sólo resistir ante el Estado,  sino construir algo nuevo.


Precisamente por su participación en la reproducción, las mujeres, mucho más que los hombres, han desarrollado mucho más esa capacidad para cooperar. Tradicionalmente, las mujeres han estado mucho menos conectadas con el sistema monetario, han dependido menos de él, y han tenido una relación mucho más precaria con el trabajo asalariado. 

Precisamente por eso, han dependido mucho más que los hombres para su supervivencia en los comunes de la naturaleza: en los bosques, el agua, la tierra, en los cultivos. Eso sigue siendo cierto en nuestros días. 

Las mujeres tienen incluso menos poder social que los hombres asalariados. En una sociedad que explota a los trabajadores, las mujeres sufren aún más explotación que los hombres.


Y, sin embargo, es su trabajo más ‘clásico’ el que sigue reverberando entre los movimientos contemporáneos. Cada vez hay más autoras feministas, como Kathi Weeks o Moira Weigel, que encuentran inspiración en sus reclamos de los años setenta. Cuando el feminismo liberal reclamaba la inclusión en el mercado de trabajo de la mujer, ustedes rechazaban de plano esa demanda y planteaban otra: que se remunerase el trabajo doméstico. ¿Por qué lo hacían?


En los años setenta, nuestra estrategia para el movimiento ‘salarios por trabajo doméstico’ partía de un análisis de la función del trabajo doméstico en la sociedad capitalista, en especial su relación con la opresión y la explotación que han sufrido las mujeres en el capitalismo.

 Una de las cuestiones centrales del movimiento feminista en los 70 era averiguar por qué: ¿Cuáles son las raíces de esa explotación, de esta condición diferenciada, y cómo la superamos?


Desde el feminismo liberal, la respuesta que se dio fue decir que las mujeres habían sido excluidas del mercado. “El problema no es que se pasen la vida haciendo pasteles, sino que no los vendan”. 

Los socialistas, claro está, repetían los argumentos de Marx y Engels de que a las mujeres se les había excluido del trabajo socialmente necesario, ya que el trabajo doméstico siempre se ha visto desde el socialismo como un legado del pasado, una servidumbre personal. Nosotras adoptamos una postura muy diferente.


¿Qué reclamaban exactamente?

Dijimos “No, el trabajo doméstico es esencial para la acumulación capitalista. El trabajo doméstico produce trabajadores, produce la capacidad de trabajar. Queríamos, a fin de cuentas, ponerle fin a nuestra contribución al fortalecimiento de la acumulación capitalista. 

La alternativa era luchar por el acceso al trabajo asalariado, que era la postura dominante en el feminismo, y nosotras nos negamos a hacerlo porque, en primer lugar, luchar por acceder al trabajo asalariado suponía reconocer que lo que hacíamos hasta entonces no era trabajo. 

Decir “dejadnos trabajar” suponía, además, demandar una doble jornada, un turno doble o triple, que tantas mujeres se ven hoy obligadas a afrontar para sostenerse a sí mismas y a sus familias.

En un contexto en el que muchas feministas hablaban de la mujer trabajadora, aceptando por completo la definición capitalista de quién es una “mujer trabajadora”, nosotras decíamos: “Toda madre es una madre trabajadora”. Creo que la cuestión que abrimos con ‘salarios por trabajo doméstico’ fue de enorme importancia. 

Creo que está volviendo a cobrar relevancia, porque hoy en día vemos cómo hay mujeres que tienen que compaginar dos o tres trabajos y viven consumidas por el trabajo. Las mujeres estadounidenses son las principales consumidoras de antidepresivos. Su esperanza de vida ha bajado cinco años.

 Esa misma crisis afecta a los niños. Vemos también esa crisis en la situación de los ancianos. Y las mujeres, en concreto, se incorporaron en masa a la fuerza de trabajo asalariado justo en el momento en el que los salarios empezaban a desplomarse. El trabajo asalariado se volvió completamente precario.

El mundo parece haber avanzado en la dirección opuesta a lo que ustedes reclamaban. ¿Qué vigencia tienen sus demandas, ahora que la mujer se ha incorporado casi por completo al mercado laboral el Occidente?

Ahora estamos ante una crisis reproductiva muy extendida. Las mujeres están en el centro
de esa crisis. Es muy importante enfrentarnos a las cuestiones que nos obligaron a dejar de lado en los setenta. ¿De verdad queremos seguir trabajando gratis para el capital?

Estamos ante un momento en el que dos concepciones del feminismo empiezan a chocar frontalmente. Hay toda una nueva generación de feministas que se preguntan qué define al feminismo. Y eso es muy alentador. Por otro lado, estamos ante una nueva guerra contra las mujeres. A menudo la comparo con las cazas de brujas del pasado.

Está la idea socialdemócrata del feminismo, impulsada por las Naciones Unidas: la emancipación de la mujer a través del trabajo. Está, por otro lado, la imagen mediática del feminismo, que es muy degradante, porque equipara a la mujer trabajadora, la imagen de la mujer trabajadora emancipada, con la de una mujer agresiva económicamente y agresiva sexualmente. 

Por supuesto, si miramos a Hollywood, vemos cómo hay una nueva representación de las mujeres, que es extremadamente peligrosa, extremadamente denigrante, que presenta a las mujeres como violentas, agresivas. Es la nueva imagen de la bruja

¿Qué impacto tienen esos procesos paralelos –el de la equiparación de la emancipación femenina con el trabajo asalariado y el retrato cultural de la mujer hiperambiciosa— en la vida cotidiana? En su trabajo reciente, critica la creciente ‘deserotización’ de la vida. ¿Qué relación tiene ese proceso con la posición relativa de la mujer en las sociedades desarrolladas?

La vida sexual no es solo cuestión de sexo, de unos pocos actos sexuales. La cuestión de la sexualidad es también una cuestión de trabajo. El capitalismo ha regimentado la sexualidad para que no interfiera con la semana laboral, de tal manera que es muy difícil vivir nuestra sexualidad de manera creativa. 

El sexo es algo que se practica el sábado o el viernes por la noche, y es algo limitado espacial y temporalmente. La vida cotidiana se ha ‘deserotizado’ por completo. Hoy en día para las mujeres jóvenes existen menos tabúes de los que había antes. Pero eso no tiene porqué traducirse en libertad para vivir una experiencia sexual muy diferente.

Cada vez que se produce una expansión en las relaciones capitalistas en un país o región se observa cómo la situación de las mujeres empeora. El desarrollo capitalista tiene como premisa la devaluación del trabajo reproductivo.

Ha pasado largas temporadas en América Latina últimamente. ¿Qué tienen en común las luchas de los inmigrantes y las mujeres estadounidenses, colectivos ambos que han sido señalados en la retórica y las políticas de Trump?

Sin duda, las políticas de Trump son malvadas y desastrosas, pero lo que me parece especialmente peligroso es que un segmento de la clase trabajadora blanca las apoye. 

Eso es suicida. No tengo duda de que todos estos ataques a los inmigrantes, los vetos, los muros, son una respuesta al hecho de que, durante las últimas décadas, las batallas más importantes de la lucha obrera en los Estados Unidos las han librado los inmigrantes. Y los movimientos sindicales más fuertes los han liderado los inmigrantes. 

No es un accidente que tengamos ahora a una estructura de poder haciéndoles la guerra a los inmigrantes. Si pensamos en el movimiento para la subida del salario mínimo, lo han capitaneado inmigrantes. Su lucha ha sido una enorme fuente de inspiración que ha unido a mucha gente, que ha sumado el apoyo  de los estudiantes.

 Igual que el propio movimiento inmigrante, el movimiento para la reforma de las leyes migratorias, para el reconocimiento del colectivo, ha sido muy fuerte, y ha traído consigo algunas de las movilizaciones y acciones más importantes de la historia sindical reciente en EEUU.

 La tendencia se extiende ya más allá de la situación latinoamericana. Se expande por Estados Unidos también. Lo que podría parecer todavía un experimento limitado, está en realidad cargado de posibilidades. 

‘Los comunes’ se han vuelto un concepto fetiche para cierta izquierda. Pero su ubicuidad en el discurso a menudo esconde cierta indefinición sobre su verdadero significado político. ¿De qué habla Silvia Federici cuando habla de ‘commons’, de comunes?

Cada vez pienso más en los comunes como una forma de relacionarnos con la vida cotidiana y como una lucha; una perspectiva. No podemos tener comunes puros. No podemos pensar en el común como una forma final. Entiendo los comunes como una riqueza material para ser compartida, necesaria para que nos reproduzcamos.

 Los que solo piensan en los comunes digitales son, creo, enormemente miopes. Tienen que implicar riqueza material. Y creo que parte de la lucha por los comunes tiene que enraizarse en la lucha por la reapropiación de esa riqueza. La realidad que creamos en el proceso de crear los comunes también es instrumental, y sirve para fortalecer nuestra capacidad frente al estado para apropiarnos de la riqueza.

Es evidente que para nuestra reproducción necesitamos tener tierra, agua, bosques, pero los comunes también significan un tipo de relaciones diferente. Significan una sociedad que está conectada, cimentada por relaciones de solidaridad, cooperación y trabajo colectivo. Los comunes son también una forma política. 

Es una riqueza material, pero también una forma política, en tanto que apropiación de nuestra capacidad de decidir políticamente juntos.

Por otro lado, hay formas de apropiación que son muy peligrosas, porque buscan precisamente lo contrario. Usan lo común para promover una agenda opuesta. Es el caso del Banco Mundial, que está ahora mismo, por ejemplo, expulsando muchas poblaciones indígenas de sus tierras, declarando estos bosques, estas tierras, patrimonio común de la humanidad, comunes mundiales, por ejemplo el Amazonas. Se autoproclaman protectores de estos espacios, y su concepción de la protección pasa por ponerles precio."               (Entrevista a Silvia Federici, CTXT, 23/12/17)