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1/12/22

¿Qué tienen en común Pasolini y Maradona? Son dos poetas. Más allá del hecho de que uno escribiera versos y el otro no, son sus vidas las que fueron poéticas... Maradona y Pasolini fueron amados por el pueblo como pocos porque ambos fueron su voz, la expresión de un sentimiento colectivo como pocos

"25 de noviembre de 2020. Desde hace casi un año, sólo hay un tema, desde los periódicos, a la televisión, a la web, en las discusiones familiares, no entre los amigos, porque está la inexorable Covid-19, hay restricciones y no se puede salir de casa. No hay medio de comunicación que no abra su página cada día con noticias de muertes por el coronavirus.

Sólo una noticia de Argentina altera las páginas de inicio de los periódicos: la muerte de Diego Armando Maradona. Desde Buenos Aires hasta Nápoles, pero en todos los rincones del mundo se comparte una sola pena: la muerte del Dios del Fútbol. Durante unos días el mundo se olvidará de Covid, otra hazaña que sólo el Pibe de Oro podía lograr.

Este año también se ha celebrado el centenario del nacimiento del que probablemente sea el mayor intelectual que ha tenido Italia, el poeta, escritor y director Pier Paolo Pasolini. Y no sólo eso, sino que era futbolista y aficionado al fútbol.

 ¿Qué tienen en común Pasolini y Maradona?

Una gran oferta. Son dos poetas. Más allá del hecho de que uno escribiera versos y el otro no, son sus vidas las que fueron poéticas. En un artículo del 3 de enero de 1971, Pasolini dividió el fútbol europeo y sudamericano en prosistas y poetas. A Maradona, como argentino, le habrían llamado poeta. Hay momentos en el fútbol que son exclusivamente poéticos: son los momentos "gol". Todo objetivo es siempre una invención, es siempre una subversión del código: todo objetivo es ineluctabilidad, asombro, irreversibilidad. Al igual que la palabra poética. El máximo goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año".

Pasolini, como verdadero intelectual, había profetizado los cambios que el neocapitalismo estaba provocando en el mundo, el consumismo, la homologación, pero no sólo.

El Poeta también profetizó de alguna manera el gol de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México'86, el 2-0 que marcó regateando a la mitad del equipo inglés, marcando lo que se ha definido como el gol más bonito de la historia del fútbol.

Pasolini escribió en Il Giorno: "El sueño de todo jugador, compartido por todo espectador, es partir del centro del campo, regatear a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, se puede imaginar algo sublime en el fútbol, es precisamente esto. Pero nunca sucede. Es un sueño que sólo he visto realizado en I Maghi del pallone de Franco Franchi, que, aunque a un nivel salvaje, consiguió ser perfectamente onírico".

Entre los que amaron a estos dos personajes, se repite la pregunta: ¿Qué habría dicho Pasolini de las hazañas de Diego?

Diego y Pier Paolo, sus vidas en el punto de mira de los moralistas y del sistema de poder. Perseguido como pocos.

Tras la muerte de Maradona, algunos utilizaron la desagradable fórmula de recordarlo sólo como futbolista: era un drogadicto, un putero, la forma en que fue reducido, no era un ejemplo.

Así, tras la trágica muerte de Pasolini se dijo que se lo había buscado, un pederasta que había insultado a un chico de 16 años. Por no hablar de su última película Salò o los 120 días de Sodoma, una película desagradable, no por la calidad de la obra, sino porque anticipaba lo que sería nuestro mundo, nuestra existencia. Por no hablar de sus editoriales sobre las escuelas, el consumismo, las masacres, una especie de cupio dissolvi que llevó a aislarlo y luego a decir: recordémoslo vivo.

 Todos fueron jueces, tan buenos como todos los fracasados, pero estos dos personajes no quisieron ser un ejemplo, pagaron con su vida, su honestidad de pensamiento, su lucha constante contra el autoritarismo más obtuso y reaccionario.

Maradona y Pasolini fueron amados por el pueblo como pocos porque ambos fueron su voz, la expresión de un sentimiento colectivo como pocos.

Una ciudad como Nápoles que en muchos sentidos tanto Pasolini como Maradona amaron y recibieron amor.

Quién sabe, aunque en diferentes circunstancias, Pasolini y Maradona en Nápoles no habrían muerto de esa manera.

 Nunca se conocieron, pero uno se dio cuenta de la utopía poética del otro.

Parafraseando al director Paolo Sorrentino el día de la muerte de Pibe, podemos decirlo sin duda: Nunca dejaremos de llorar, siempre los echaremos de menos.

Sin embargo, la alegría de los momentos poéticos que nos dieron permanecerá. Su utopía los mantendrá vivos. Maradona y Pasolini siempre serán la posibilidad de que incluso los sueños imposibles puedan hacerse realidad."
            (Francesco Guadagni, L'Antidiplomatico, 25/11/22; traducción DEEPL)

25/11/22

El Mundial de Catar representa la culminación de décadas de fútbol capitalista, una victoria de las grandes empresas y de los regímenes represivos y una tragedia para los hinchas y los trabajadores que hacen posible el juego

 "En un sentido, el Mundial de Catar no es tan excepcional como podría parecer. Hace mucho tiempo que los regímenes represivos utilizan el campeonato para pulir su imagen. El brillo dorado de la copa encandila a locales y extranjeros y los ciega frente a la injusticia, la crueldad y el abuso.

En 1934, Benito Mussolini logró que el campeonato se hiciera en Italia y lo utilizó como una especie de festival del fascismo. En 1978, el Mundial se jugó en Argentina, en una época en la que la junta militar de Jorge Rafael Videla dirigía su «guerra sucia» contra el pueblo y asesinaba a decenas de miles de ciudadanos. La final en el Estadio Monumental fue celebrada a unas pocas cuadras de la Escuela de Mecánica de la Armada, donde los militares torturaban a los presos políticos. El partido se jugó tan cerca que los sobrevivientes recuerdan haber escuchado los cantos de la hinchada.

En 2018, la copa viajó a Rusia a pesar de las bien documentadas violaciones de los derechos humanos de este país, de las leyes que discriminaban a la comunidad LGTBIQ+ y del creciente autoritarismo de Vladimir Putin. Cuatro años más tarde, después de la invasión de Rusia a Ucrania, la FIFA vetó la participación del equipo nacional ruso en todos los campeonatos. Las imágenes de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, sonriendo como un tonto junto a Putin en la final en el Estadio de Luzhniki es un testamento de la amoralidad de la organización.

Como sucede ahora con Catar 2022, todos los campeonatos anteriores fueron denunciados por corrupción. Las injusticias vinculadas con este Mundial son atroces —explotación sistemática y a veces letal de trabajadores migrantes, trabajo forzado, detenciones arbitrarias y criminalización de las relaciones entre personas del mismo sexo— pero también son parte de una larga sucesión de horrores que los dirigentes y dueños del fútbol pasan por alto.

En otro sentido, no obstante, Catar 2022 cambió las reglas del juego. La decisión 2010 de la FIFA de beneficiar con los próximos campeonatos a Rusia y Catar terminó exponiendo a algunos de sus personajes más importantes. De los 22 miembros con voto del Consejo de la FIFA que participaron de la decisión, 16 fueron investigados por, o estuvieron implicados en, casos de corrupción y conductas que atentan contra la ética de la organización (no necesariamente vinculados con el proceso de elección de los próximos mundiales). Sepp Blatter, predecesor de Infantino en la presidencia, fue finalmente expulsado en 2015, después de haber sido el hombre más poderoso del fútbol durante 17 años. Michel Platini, expresidente de la UEFA, Jack Warner, ex vicepresidente de la FIFA, y Jerome Valcke, ex secretario general, también están entre las bajas más notables de la década pasada.

Aunque las revelaciones sobre la cultura de corrupción de la FIFA en el momento de elegir sede evidenciaron como nunca antes —y ante una audiencia enorme— el modo en que el dinero define el mapa del fútbol moderno, la repugnancia del público ante los escándalos y las maquinaciones del cuerpo gobernante forman parte de una foto mucho más grande. Si bien el hecho de que Rusia fuera anfitrión despertó reacciones negativas —especialmente después de la aprobación de las leyes homofóbicas de 2013 y la anexión de Crimea el año siguiente— la FIFA fue por lo menos capaz de mantener una lógica deportiva interna: Rusia había ayudado a producir grandes equipos a nivel internacional como parte de la Unión Soviética, que llegó en una ocasión llegó a la semifinal del mundial y en otra a cuartos de final, tenía una liga nacional convocante y había demostrado que podía organizar uno de los eventos mundiales más grandes del fútbol después de la final de la Champions League en Moscú de 2008.

Si el repudio a Catar 2022 es más intenso, tal vez sea porque la FIFA nunca fue capaz de argumentar convincentemente a favor del campeonato con una lógica que no fuera la financiera. Por más surrealista y trágico que suene, después de una década de denuncias de organizaciones de derechos humanos por los trabajadores migrantes que mueren a causa de las altas temperaturas, Catar logró convertirse en sede del Mundial con la promesa de que colocaría aires acondicionados en los estadios, que permitirían que el campeonato fuera en junio y en julio, como siempre, pasando por alto el hecho de que los hinchas todavía deberían enfrentar temperaturas superiores a los 40° C antes y después de los partidos.

 En 2015, cuando la FIFA por fin tomó la decisión inevitable de que el Mundial debería jugarse en invierno para proteger la salud de los jugadores y de los asistentes, confirmó lo que todos, salvo los más ingenuos, ya sabíamos: es imposible que los partidos se jueguen en verano. El equipo nacional de Catar nunca había calificado para un Mundial, la liga doméstica es poco convocante y una buena parte de la infraestructura futbolística del país tuvo que ser construida de la noche a la mañana, a costa de la vida y de la salud de muchos trabajadores. Hasta Blatter, un hombre que no suele destacarse por su conciencia, admitió que este campeonato era «un error» y «una mala decisión», aunque no por las condiciones laborales inhumanas de los trabajadores que lo garantizan, sino porque el «fútbol y el Mundial son demasiado grandes» para el país. Sin considerar la riqueza de l país, es difícil comprender por qué la FIFA permitió que Catar fuera sede del Mundial.

En este contexto la influencia del dinero en el juego nunca fue tan evidente. Por primera vez en la historia, el Mundial se jugará en noviembre y diciembre, lo que causará enormes perturbaciones en el calendario del fútbol mundial. Muchas ligas domésticas fueron obligadas a empezar antes, terminar después y comprimir la duración del evento, y dejaron menos días de descanso y recuperación para los jugadores. El campeonato mundial también tuvo que ser ajustado y la organización amontonó 64 partidos en 28 días, cuando, durante el mismo tiempo, en Rusia 2018 y en Brasil 2014 se jugaron 31. Casi no hubo tiempo para jugar amistosos, y los jugadores que llegaron al Mundial probablemente tengan que volver a jugar inmediatamente en las competencias nacionales una vez entregada la copa. Catar 2022 alteró drásticamente, no solo la dinámica del Mundial, sino toda la temporada futbolística.

Esta apretada agenda podría tener consecuencias importantes en el bienestar de los jugadores e incrementar la probabilidad de lesiones. Jamie Carragher, exdefensor de Liverpool y de Inglaterra, acusó a los dirigentes de la FIFA que votaron a favor de Catar 2022 de tratar a los jugadores «como ganado». FIFPRO, el sindicato internacional de jugadores, criticó las «exigencias sin precedentes que reciben los jugadores más importantes del campeonato». No debería ser necesario aclarar que sin futbolistas no habría fútbol, pero el cuerpo gobernante del fútbol mundial facilitó un torneo que, según el último informe de la FIFPRO, «presionando a los jugadores hasta el límite de lo aceptable […] las exigencias de trabajo insostenibles siguen atentando contra su salud física y mental, además de poner en riesgo la duración de su carrera y de su buen desempeño».

En este sentido, hasta las normas más básicas, los parámetros del bienestar de los jugadores, fueron manipuladas para complacer a los anfitriones. Si a todo esto le sumamos el costo prohibitivo de los vuelos, el alojamiento y las entradas —hay informes que dicen que Catar, con la intención de inflar una atmósfera artificial, pagó a muchos influencers para que asistieran al evento, reduciendo todavía más la experiencia a una transacción—, es difícil no sentir que este Mundial, aunque tiene algunos rasgos superficiales de campeonato de fútbol, es sobre todo un despliegue de riqueza y poder.

De nuevo, es importante destacar que Catar 2022 no es un caso aislado. En los últimos años, los superricos intentaron reformar el fútbol en función de sus propios intereses. La FIFA finalmente tuvo que retroceder ante una oposición furiosa, pero hasta hace poco Infantino y sus aliados estaban presionando para que el Mundial se hiciera cada dos años. Si bien Infantino, en una de las intervenciones más insensibles que pueda imaginarse, tuvo el tupé de sugerir que un campeonato bianual garantizaría que los nuevos anfitriones tuvieran más oportunidades de convertirse en sede, y, en este sentido, «brindarles esperanzas a los africanos, para que no tengan que cruzar el Mediterráneo en busca de una vida mejor, aun cuando siempre es más probable que encuentren la muerte en el mar», no existe más que una motivación detrás de esta idea.

 La venta de los derechos de transmisión, las licencias y el merchandising del Mundial, además de los fondos de los sponsors y las empresas asociadas, son responsables de una buena parte de los ingresos de la FIFA. La organización espera que Catar 2022 genere alrededor de 6000 millones de dólares de ganancia. Esto explica que, dejando de lado la cultura tóxica del campeonato, la organización haya hecho todo lo posible por no cancelar el evento a pesar de las incontables polémicas planteadas desde 2010. La mayor parte de esta ganancia es distribuida en todo el mundo con vistas al «desarrollo», y en este sentido es fundamental en la política interna de la FIFA. Duplicar la cantidad de mundiales, aunque arruinaría el calendario deportivo mundial y haría que el evento pierda un poco de sentido, redundaría en un incremento colosal de la riqueza de la organización.

Lo mismo vale en el caso del intento de dividir la Superliga: el año pasado, 12 de los clubes más ricos del mundo y sus dueños y presidentes —la mayoría multimillonarios— decidieron que se repartirían el fútbol europeo entre ellos. Por si alguien dudaba sobre la motivación de aquellos que intentaron atentar contra cien años de historia, legado y competencia en un abrir y cerrar de ojos, Joan Laporta, presidente del Barcelona, que todavía presiona a favor de una ESL junto con sus colegas del Real Madrid y de la Juventus, los explicó con claridad: «Para empezar, los clubes fundadores recibirían un bono de 1000 millones de dólares […]; [además] por cada temporada, esta competencia podría dejarnos 300 millones de euros anuales». Florentino Perez, presidente del Real Madrid, se sacó la máscara cuando sugirió que la ESL abriría la posibilidad de disminuir la duración de los partidos de 90 minutos para convocar a nuevas audiencias. En su implacable búsqueda de ganancia, esta élite privilegiada está dispuesta literalmente a reescribir las reglas del fútbol.

Tal vez Catar 2022 sea un ejemplo extremo del modo en que el dinero está distorsionando el juego, pero es parte de un patrón más amplio. Hace mucho tiempo que el fútbol está en manos de los ricos, aunque ahora están intentando reformarlo en función de sus intereses en un sentido nunca antes visto. No sería una sorpresa que más se hagan más mundiales en invierno en el futuro próximo: Arabia Saudita presentará un pedido conjunto con Grecia y Egipto para ser sede en 2030. Probablemente será otra pesadilla en términos de igualdad y derechos humanos.

A cargo del deporte más popular del mundo, los que gobiernan el fútbol parecen dispuestos a hacerlo irreconocible. En última instancia, mientras los gestores y organizadores tengan más interés en el dinero que en cualquier aspecto ético, social o deportivo, los ricos seguirán dictando los cambios fundamentales del juego hasta convertirlo en una cosa completamente distinta, creada para el disfrute de unos pocos elegidos."                   ( , JACOBINLAT, 24/11/22)

23/9/22

Fútbol y vida

 "Un vacío asombroso: la historia oficial ignora al fútbol. Los textos de historia contemporánea no lo mencionan, ni de paso, en países donde el fútbol ha sido y sigue siendo un signo primordial de identidad colectiva. -El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano.

(Un más acá del bororó [1] político)

            El fútbol no es distinto a la vida. Mas es un breve componente ontológico, porque sobre todo muestra virtudes y defectos con el mismo desenfado habitual y común. No siempre, es cierto, pero la frecuencia es proporcional a lo épico de cada partido. Ahora el fútbol es imprescindible en la evolución crítica de una parte de la humanidad. Ni sus inventores, que por cierto no fueron los ingleses, hace siglos imaginaron su conversión en esa necesidad cultural de casi todos los días. El ‘casi’ son apenas cuatro o cinco jornadas en el año. Hay tanto balompié y aun así no hay empacho. El maestro Eduardo Galeano tuvo razón: “fútbol a sol y sombra”. De día y de noche. Y eso que él celebraba la testarudez de sus piernas. “Soy un pata de palo”, se justificaba porque siendo uruguayo apenas tuviera un conchito de fútbol.

            Están los futbolistas y están los directores técnicos, hace décadas apenas se los llamaba entrenadores.

Ni coach ni trainer pudieron sembrarse en el habla futbolera. El DT o entrenador es el brujo, aquel que se presume que se las sabe todas y varias más por si acaso olvida alguna. Él carga con las pérdidas y apenas se los recuerda en los triunfos, así son las injusticias justificadas en el ecosistema del balompié. Los entrenadores, valga el plural, suelen irse por la puerta de atrás casi siempre, salvo cuando son contratados para dirigir el equipo alicaído, el ruido que los acompaña es  la vía al paredón. Ahí, de espaldas al público, ellos reciben la gratitud de los aplausos o las rechiflas del repudio. Con los entrenadores si funcionan los extremos: buenos o malos. Los matices están excluidos por la sublime tiranía de la masa futbolera. O mejor dicho, por el pueblo del fútbol. Los directores técnicos ya no son los personajes que hacen las cuentas y los cuentos para justificar derrotas o engrandecer triunfos lamentables. Siempre son culpables de los fracasos o quizás hicieron bien su trabajo para el campeonato. Y más nada.

            Este jazzman es de aquellos (o de aquellas, según va la historia balompédica) que pierde o gana tiempo mirando, escuchando o leyendo sobre fútbol. El fútbol por su historicidad o sea ese “[…] complejo de condiciones que hacen que algo sea lo que es: puede ser un proceso, un concepto o la propia vida”[2]. Así es, me gusta el fútbol, con los mismos apasionamientos de antes. Las mudas de personalidad no siempre son triunfos sobre la irracionalidad, porque es el combustible para otras conversaciones-conspiraciones. Del fútbol a la política apenas equivale a un off side (fuera de lugar o de juego), esa puerta siempre está abierta. Confieso que ahora me gusta el fútbol como algo parecido a asistir a un museo. ¿Se entiende? Reverencia, cabreo, desconsuelo y satisfacción por las mínimas cuotas de memoria histórica. A diferencia del maestro E. Galeano no fui un pata de palo, pero debí cumplir el inapelable mandato paterno: al estadio solo de espectador. El axê persistente más allá de la sanción paternal fue correr con el balón hasta la reciente fatiga de material óseo. El balompié muestra aquello que somos, porque es la vida; jamás al revés.

            Es unánime, fútbol y política son las paralelas destinadas a no cruzarse. Nadie firmó el pacto, no hubo mandatos ni propaganda. Nada más que un acuerdo de hierro de aislar ese mundo de los otros mundos hasta donde se pudiera o se pueda. Este es un proverbio inescrutable: el fútbol es otra cosa. La cosmogonía futbolera está en los sentidos del disfrute sin atascos de razones epistémicas, pero evolucionó a lo político por el lado del cimarronismo filosófico para ganar ahí donde la narrativa permaneciera por su intensidad, ahí en esas batallas de otro índole donde el débil vence al fuerte, los oprimidos goleando a los opresores; el fútbol es consustancial con el antirracismo. Esa mezcla neuropolítica no es para las graderías (¿o sí?), es explosiva si se procesa ahí, es de las puertas del estadio para allá. Para cualquier lado de la esfera planetaria. Para el bar revuelto y caliente, la esquina barrial y asamblearia; es para el cambembe de quienes le atribuyen a Malcolm X esta verdad absoluta: la lucha es por todos los medios necesarios. By any means necessary.

            El fútbol no es aprehensible en manuales, porque la vida es más que una definición. Ahí no hay simplezas, salvo en las jugadas de gol, todo es complejidad y ahora más, porque los colonizados muestran sus resabios de libertad en la cara de los colonizadores, por fin la historia está debajito de las relaciones políticas. Otra vez es la historicidad del balompié como “entramado de relaciones (sociales, políticas, culturales, lingüísticas y de todo tipo) en el cual el concepto surge y del cual extrae en principio su significado”[3]. ¿Cómo definir al fútbol en este siglo XXI? ¿Cuál es el significado del fútbol? Los significados están en las comunidades, por ejemplo, en las comunidades negras americanas donde es un deporte y es esa revancha política y cultural no escrita. Sin embargo, está ahí, en el reconcomio colectivo. El ánimo palenquero está en la gente futbolera; destino y gloria en las leyendas nunca muertas, porque los íconos están en el frontispicio de los recuerdos. En efecto, esconde matices religiosos. 

El fútbol en sí mismo es una política y concentra activísimos procesos culturales. El balón es el signo más denotativo. Todo aquello, a pesar del difundido hasta la infamia, que el balompié es deporte de caballeros jugado por gamberros. O variando la semiótica: deporte de la opresión jugado y ganado por los oprimidos. Es una hipérbole aceptable, pero inexacta. No tanto en las matemáticas como en la plenitud de la vida.

            La estética del fútbol obliga a su propio código, ahí donde cierta clase social desubicada solo ve unos tipos disputando esa vaina redonda. Este es el deporte más colectivo que hace privilegiar a individualidades. Colectividad de colectividades en solidaridad, porque es posible “ganar o perder, pero siempre con democracia”. Democracia a secas y sin adornos significantes como creyó alguna vez Sócrates de Souza. Democracia de compendios. Sin recelos, es la suma obligatoria de inteligencias, habilidades, performances, velocidades, precisiones, capacidades espaciales y liderazgos. Los totales se enredan beneficiando a pocas personalidades. Pelé, el artista; Maradona, palabra y obra; Messi, el punto arquimédico, a su manera también Cristiano Ronaldo; Ronaldinho, la prestidigitación balompédica; Antonio Valencia, el velocista al servicio del balompié. Sin olvidar los arqueros: Lev Yashin, Manuel Neuer o Carlos Delgado (de mi palenque, por favor). Pero el de los epigramas es Sócrates de Souza, este, por ejemplo, “No se trata sólo del juego en sí. Antes que nada, el fútbol es una batalla psicológica, el aspecto humano tiene un papel significativo”. El fútbol es una competencia necesaria para jamás enemistarse.

            El punto de encuentro entre política y fútbol está en la función del director técnico. El o, mejor dicho, ellos (y ellas) son los gobernantes de la función balompédica. Ahora son más visibles, por las cámara de televisión o porque el periodismo de todos los países, en plan de fiscal, juez y verdugo, no acepta sus explicaciones. Si el apocalipsis es transmitido como un partido de fútbol el culpable será algún director técnico. Bromas aparte, el mejor DT es el que juega siempre a ganar, aquel que construye las emociones populares exponiendo juego bonito con la cooperación atenta del equipo. Demostración artística colectiva de todo el cuerpo, salvo las manos (excluyendo al arquero). El peor DT es el que juega a no perder sacrificando el arte insustituible del balompié. Dos palabras de polos geográficos opuestos, aunque de igual calificación: catenaccio[4] (italiano) y amarrete. Mezquindad estética. O el invento planetario traducido a muchos idiomas como metáfora de castigo: ¡ensuciar al fútbol!

            Aún está ahí (y estará) la disyuntiva sobre cuáles son los mejores futbolistas de todas las canchas que en el mundo han sido y de esa tribu exclusiva el mejor. ¿Quién? Aquel tiene arte y ciencia, pero le falta un jeme para la perfección. Entonces ese otro, si las tiene completas, aunque tiene dos puntos por debajo de la finura estilística. Así está el análisis metafísico hasta este día y no se detendrá, porque los nombres se suceden año a año. Mientras tanto, la parroquia mundial no logrará acuerdos. Difícilmente concilien los parámetros definitorios: regate, finta, dribling¸quimbas, combas, presencia, chanfle y las frases son combatidas por las cifras. Más goles, más asistencias, más minutos, más… chévere.

            Está en los códigos universales del balompié enmudecer al político que todos los futbolistas tienen agazapado. Y los líberos se quedan en altar aparte. Son escasos. Sócrates y su democracia corinthiana, Diego Armando Maradona que no perdonó ni a los jerarcas de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), Eric Cantoná su rebeldía contra poderes de la economía francesa. Es curioso, porque muchos, si no la mayoría viene de territorios de dificultades sin cuentas. ¿Explicaciones? Una letanía larguísima que a pocos convencen. La única certeza es que nadie quiere encender un fósforo en el último y explosivo espacio sagrado del capitalismo. 

            El fútbol es más que un deporte, es ese indefinible reclamado por mucha gente; se dice que es la única religión que admite ateos; se certifica que hay fútbol del bueno mientras hay hambre (necesidad + necedad); unos colocan más alto sus valoraciones, dicen que es una corriente civilizatoria aun con sus consecuencias. Al final, se llega a esta inevitable conclusión: sin capitalismo el fútbol sería una actividad deportiva modesta. No por generosidad de los capitalistas, pero hay proletarios de oro. Es un club único. El valor de su intelecto y su fuerza de trabajo es proporcional a las habladurías sentimentales de millones de personas. Al final son divinos proletarios recreados por triunfos y goles. Sus afiches sustituyen a los santos del Vaticano y sus camisetas son sudarios sagrados en el culto palenquero de barrio adentro. Esos trapos sin otra plusvalía que el sudor del star-system del balompié, cuestan lo que cuestan. ¿Y? Sí, el balón todavía es el axê de la alegría de millones de descamisados.

Notas:

[1] Bantuismo (probable) de la costa afropacífica colombo-ecuatoriana. Significa alboroto, bulla, alegría, festejo ruidoso.

[2] Historicidad y temporalidad de los conceptos sociológicos, Lidia Girola, Sociológica, año 26, número 73, 2011, pp. 13-46. 

[3] Óp. Cit., p. 18. Las cursivas corresponden al autor.

[4] Candado."                       (Juan Montaño Escobar  , Rebelión, 22/09/2022)

13/1/21

Los grandes clubes de fútbol se han convertido en proveedores, 24 horas 7 días a la semana, de contenidos de entretenimiento para públicos dispersos internacionalmente... ¿por qué tanto interés de los fondos de inversión y la banca de inversiones (JP Morgan, Merril Lynch o Goldman Sachs) por participar de la industria del fútbol? Por la hiperemoción que despierta el fútbol en el consumidor

 "(...) Una multinacional del entretenimiento

Un libro lo resume de maravilla, La pelota no entra por azar (2009), de su vicepresidente y director general, Ferran Soriano, ahora pilotando el City. 

De aquel período nos queda la transformación del club en una multinacional del entretenimiento –como ya apunté en mi tesis doctoral–, el inicio del proceso de internacionalización de la marca Barça –sobre todo, gracias al acuerdo con Unicef (2006)– y el crecimiento exponencial de sus ingresos hasta que la pandemia del coronavirus ha roto las dinámicas del mercado. 

Dicho de otra manera, y no siendo exclusivamente mérito de un solo hombre, se dibuja una clara línea divisoria entre el Barça pre-Laporta y el Barça de después.

De hecho, el candidato que gane estas elecciones podrá ser más o menos cómplice del fútbol posicional, tendrá en mente unos u otros futuros patrocinadores, establecerá una determinada relación con las peñas, tendrá un plan u otro para reformar el Camp Nou o revisará la función social de la Fundación del club; pero ninguno de ellos podrá evitar gestionar el día a día del club como si estuviera al mando de otra empresa del sector del ocio o del entretenimiento, sea Disney, Mediapro o una franquicia de la NBA. Los grandes clubes de fútbol se han convertido en proveedores, 24 horas 7 días a la semana, de contenidos de entretenimiento para públicos dispersos internacionalmente.

El papel del gran capital

En lo expuesto anteriormente radica la creciente importancia de este negocio. Si no, ¿por qué tanto interés de los fondos de inversión y la banca de inversiones (JP Morgan, Merril Lynch o Goldman Sachs) por participar de la industria del fútbol?

¿Por qué la futura Superliga europea de clubes, que prevé multiplicar por diez los ingresos del ganador en comparación con el de la Champions League, ahora está impulsada por JP Morgan?

¿Por qué Goldman Sachs ha financiado a 45 estadios deportivos a nivel internacional?

¿Por qué Amazon, actualmente la marca más valorada del mundo según el Brand Finance Global 500 con 220.000 millones de dólares, se ha lanzado a la compra de derechos audiovisuales deportivos para vestir su servicio Prime Video, ha abierto canales temáticos con los clubes (por ejemplo, con la Juventus de Turín) o es socio para el desarrollo de las plataformas de e-commerce de estos?

En este gran mercado de productores y distribuidores de contenidos de entretenimiento, los clubes de fútbol no son precisamente las marcas más valoradas.

Ya hemos apuntado el valor de Amazon, pero a 60.000 millones de valoración queda Google y a 80.000 millones Apple. El equipo deportivo más valorado del mundo son los Dallas Cowboys de la NFL, con solo 5.500 millones de dólares, mientras que el Real Madrid se sitúa con una valoración de 4.240 millones y el Barcelona de 4.020 millones, según Forbes. Así pues, queda mucho recorrido por delante y el mercado está lleno de gigantes dispuestos a hacerse con un contenido driver de primera magnitud: el fútbol y la hiperemoción que despierta en el consumidor.

Pero, aunque la evolución del fútbol sigue una “lógica capitalista”, como siempre nos recuerda el profesor y exdirector de Comunicación del FC Barcelona Jordi Badia (2003-2008), las elecciones a la presidencia del FC Barcelona se viven con especial tensión en Cataluña.

Desde el punto de vista de la sociedad civil del Principado, y atendiendo a su masa social, el Barça es la entidad deportiva más importante de Cataluña (141.846 socios), solo superada en el sector cultural por Òmnium Cultural (182.633 socios).

Pero, por su impacto global y proyección, el Barça se podría considerar el principal activo paradiplomático de Cataluña, siendo además una organización que se resiste a convertirse en sociedad anónima aunque la lógica del mercado y su elevado endeudamiento –nueve veces el patrimonio neto– casi le obligarían.(...)"                          

 (, Associate professor, Universitat de Vic, The Conversation, 10/01/21)

15/12/20

Falleció Alejandro Sabella, maestro del fútbol... llevó al Estudiantes a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat

 "Cada vez que habla frente a un micrófono, Sabella mira hacia abajo. Ni a las cámaras, ni a los ojos de un eventual periodista, ni hacia los costados. Sabella mira hacia abajo, piensa cada palabra, arma ideas, fundamenta decisiones tácticas. 

Con su muerte, el fútbol argentino pierde a uno de los mejores directores técnicos de los últimos treinta años; pero también pierde a una persona comprometida con las injusticias diarias, pierde a un propagandista de la solidaridad y la ayuda mutua. Era consciente del eco de sus declaraciones, y se hacía cargo de eso. Sabía que cada minuto frente a un micrófono implicaba que miles de pibes detuvieran lo que estaban haciendo para escuchar lo que decía el Profesor. Sabella hablaba y la pelota paraba de rodar.

Alejandro Sabella murió a los 66 años producto de una insuficiencia cardíaca. Había sido internado el mismo día en que falleció Diego Maradona, y es inevitable pensar que esa noticia pudo haber sido la estocada final a un estado de salud deteriorado desde finales del 2014. Lo cierto es que en diez días fallecieron el ídolo máximo del fútbol argentino y la persona que mejor lo supo interpretar en las últimas décadas. Sabella fue el responsable de devolverle la ilusión a un país entero, después de cuatro mundiales con actuaciones para el olvido.

Fiel alumno y mejor profesor de la Escuela de Estudiantes de La Plata, sabía que para que un país pueda soñar nuevamente con salir campeón del mundo había que estudiar, había que trabajar. Y eso hizo, incansablemente, en cada uno de los partidos que dirigió. Así sacó campeón a Estudiantes de la Copa Libertadores 2009. Así fue a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat.

Sabella solía contar que dividía la charla técnica en tres momentos: primero: estrategia del juego y táctica a utilizar (acá puede verse la explicación que hace a un conjunto de periodistas sobre cómo diseñó ese juego). Segundo, utilización de la pelota parada y sus diferentes usos. Tercero: palabras motivacionales, encuentro místico con el equipo. Decía, también, que después de esa charla se sentía liberado. Reconocía que le costaba, que lo desgastaba. Eran horas y horas de trabajo y estudio en la semana, que debían sintetizarse en 15 minutos para luego ponerse a prueba dentro de la cancha.

La parsimonia que lo caracterizaba fuera del campo del juego se suspendía cada vez que el árbitro pitaba anunciando el comienzo del partido. Movedizo, charlatán, comentando cada jugada con Gugnali y Camino, sus históricos ayudantes de campo. Todo el desgaste era necesario para conseguir lo que iba a buscar: el triunfo.

Sabella diseñaba estrategias para ganar, y si eso implicaba realizar un esquema capaz de escandalizar a toda la prensa, lo iba a hacer. Y si realizar algún cambio generaba rispideces con los referentes del plantel, lo iba a hacer. Y si poner una línea de 5 defensores contra Bosnia Herzegovina en la fase de grupos del Mundial iba a generar que un país entero lo cuestione, ¿adivinen qué? Lo iba a hacer.

Porque el fútbol no es una ciencia exacta, y necesita de conductores capaces de tener la mayor flexibilidad táctica, organizadores colectivos que no se dejen presionar por la prensa canalla. El análisis concreto de la situación concreta, llevó a Sabella a lograr interpretar cada partido con una precisión exquisita. Después se podía ganar o perder, pero terminaba siendo una eventualidad. El principal legado futbolístico de Sabella es trabajar y estudiar cada partido, cada rival; hacer autocrítica; cambiar todo lo que deba ser cambiado de una fecha a otra.

***

Alejandro Sabella es de esos tipos que cerraban la grieta. Es muy difícil no quererlo. Incluso todos aquellos periodistas que operaron día y noche en su contra durante la previa y las primeras semanas del Mundial, tuvieron que tragarse una a una sus palabras. No encontraban en Sabella un personaje con ánimo de polemizar, no era un buen invitado para el talk-show futbolístico. Era un tipo de silencios, laburo y acción. Y así también era en su vida privada.

Casado con Silvina, una militante barrial de Tolosa (localidad de la ciudad de La Plata), construyeron una pareja sensible y militante contra las desigualdades históricas de nuestro país. Su casa no solo dispuso siempre de un plato de comida para quien lo necesitara, sino que también funcionó como un refugio para los vecinos que en el año 2013 sufrieron la peor inundación en la historia de la ciudad.

En sus pocas apariciones televisivas, en sus participaciones en eventos sociales, siempre buscaba el momento para intentar transmitir su plexo de valores y principios, principalmente dirigido hacia los jóvenes:

  • Ningún jugador vale más que todo el equipo.
  • Para ser mejor profesional, hay que ser mejor persona.
  • No hay entrenador sin comunidad.
  • Hay que poner el bien común por encima del individuo.

Alejandro Sabella es el nombre de la gloria para dos generaciones enteras de hinchas de Estudiantes de La Plata; es el nombre de la recuperación de la ilusión con la Selección para millones de argentinos y argentinas; Alejandro Sabella nos convidó el fútbol como vehículo para pensar otras formas de construir los vínculos en el deporte, como una posibilidad para construir comunidad. Acá hay una Escuela que no lo va a olvidar."                    (Ignacio Saffarano, JACOBIN América Latina, 10/12/20)

27/11/20

Diego Maradona... Más que humano... Adiós a Diego y adiós a Maradona

 


 "Entre las mil imágenes que bombardearon las redes en cuanto se supo la noticia, vi una que mostraba al Diego de espaldas, caminando por el túnel, en botines, shorcitos, la diez en la espalda, la nube de rulos en la cabeza. 

Se está yendo rumbo al campo de juego, casi se alcanza a oír el ruido de los tapones contra el piso y, a sus costados, dos filas de superhéroes despidiéndolo. Superhéroes de pacotilla, de la Marvel: a él, que nunca fue un muñequito, que rompió todos los moldes por ser de carne y hueso, por ser tan rabiosamente humano. 

Diego yéndose por el túnel, yéndose como le hubiera gustado a él: vestido para jugar, listo para romperla toda una vez más.

Pelusa, cebollita, barrilete cósmico, mano de Dios, Segurola y Habana, me cortaron las piernas, la pelota no se mancha, más solo que Kung-Fu, ¿sabés qué jugador hubiera sido sin droga? Rey del bardo, siempre al mango, el que dijo, el que se animó a decir: “Yo nunca quise ser un ejemplo”. Y también: “Yo me equivoqué y pagué”. 

El que dijo: “Yo nací en un barrio privado: privado de luz, de agua, de teléfono y de gas”. Y también: “Cuando entré al Vaticano y vi todo ese oro dejé de creer”. El que dijo: “Soy completamente zurdo: con el pie, con la mano, con la cabeza y con el corazón”. Y también: “Gracias a la pelota le di alegría a la gente; con eso me basta y sobra”.

Gracias a vos, genio inmortal, imposible no quererte, nunca te vamos a olvidar. "                (Joan Forn, Página12, 26/11/20)

 

 "Maradona.

Ningún futbolista consagrado había denunciado sin pelos en la lengua a los amos del negocio del fútbol. Fue el deportista más famoso y más popular de todos los tiempos quien rompió lanzas en defensa de los jugadores que no eran famosos ni populares.

Este ídolo generoso y solidario había sido capaz de cometer, en apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas, sino también, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano robó. Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.

Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean.

Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía.

La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero.

Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga."    (Eduardo Galeano, JACOBIN América Latina, 26/11/20)

 

"Maradona, según Eduardo Galeano: "El más humano de los dioses".

Diego Armando Maradona y Eduardo Galeano compartían una admiración mutua que no temían manifestar, hecho que se puede comprobar en diferentes declaraciones públicas y en las múltiples referencias al astro argentino que el escritor uruguayo plasmó en sus obras. 

Una de las más resonantes y recordadas aparece en su libro Cerrado por Fútbol (2017), en el cual Galeano describe al "10" como “el más humano de los dioses”, una definición que ya había adelantado en el programa Los días de Galeano.

Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón”, decía Galeano.

En ese mismo fragmento, el escritor uruguayo hacía referencia al precio de la fama y el éxito que debió soportar Diego, por ser el mejor de la historia del fútbol: “Pero los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero”, agregó Galeano.

Su libro "El fútbol a sol y sombra" (1995), biblia imprescindible para quienes defienden que deporte y letras pueden convivir, incluye ocho relatos en los que aparece Maradona.

En uno de ellos, "Gol de Maradona", narra un tanto del que fuera técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata cuando integraba los equipos infantiles de Argentinos Juniors, en 1971.

"El número 10 de Argentinos recibió la pelota de su arquero, esquivó al delantero centro del River y emprendió la carrera. Varios jugadores le salieron al encuentro: a uno se la pasó por el jopo (tupé), a otro entre las piernas y al otro lo engañó de taquito. Después, sin detenerse, dejó paralíticos a los zagueros y al arquero tumbado en el suelo, y se metió caminando con la pelota en la valla rival. En la cancha habían quedado siete niños fritos y cuatro que no podían cerrar la boca".

Pero, sin duda, es "Maradona" el relato que mejor disecciona al futbolista y sus circunstancias, su choque frontal con el poder y hasta la carga de 'ser' él.

"El estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda", detalla Galeano, que agrega: "No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo".

Quizá el más emotivo relato dedicado a Maradona sea "El parto", de "Bocas del tiempo" (2004).

Allí cuenta el nacimiento de Diego Armando y explica que su madre, doña Tota, "encontró una estrella, en forma de prendedor", en el suelo del hospital cuando fue a dar a luz. "La estrella brillaba de un lado, y del otro no", narra Galeano en una mágica fábula de lo que luego sería su vida. "Esa estrella de plata y de lata, apretada en un puño, acompañó a doña Tota en el parto. El recién nacido fue llamado Diego Armando Maradona", concluye.

La exitoína es una droga muchísimo más devastadora que la cocaína, aunque no la delatan los análisis de sangre ni de orina”, concluyó el escritor en el conmovedor video.

En vida, cada uno de ellos era declarado fanático del otro. Los unían ideales, pensamientos que defendieron siempre. 

En 2015 cuando “el 10” supo que Galeano había muerto le dedicó un cálido mensaje: “Gracias por luchar como un 5 en la mitad de la cancha y por meterles goles a los poderosos como un 10. Gracias por entenderme, también. Gracias, Eduardo Galeano: en el equipo hacen falta muchos como vos. Te voy a extrañar”.

Este 25 de noviembre pasará a la memoria de los argentinos por la muerte de Maradona. Lo que muchos creían imposible finalmente sucedió en el mediodía de este miércoles. 

Por eso, es necesario recordar el día que Galeano cayó a sus pies."                 (Página 12, La Haine, 26/11/20) 


Daniel Bernabé @diasasaigonados
 
Diego Armando Maradona es el paradigma de la cultura popular del sigloXX: acontecimiento inesperado, héroe plebeyo, rebelde iconoclasta, icono en sí mismo, genio inédito, culpable ejemplarizante, barro y brillo, vida y obra con auge y caída.

Maradona dio a los demás la oportunidad de escapar de sus vidas aunque fuera por 90 minutos, de sentir una tristeza y una alegría sinceras. Fue hundimiento, pero también gloria. Pero sobre todo fue todavía de verdad. La última estrella del rock and roll en un terreno de juego.
 
10:02 p. m. · 25 nov. 2020
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"Adiós a Diego y adiós a Maradona.

Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y él sufrió como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido desde su condición de humano a la de mito el que lo dividió en dos.

 Aquellos que arrugan el rostro pensando en el último Maradona, con dificultades para caminar, problemas para vocalizar, abrazando a Maduro y haciendo de su vida lo que le daba la gana, harán bien en abandonar esta despedida que abrazará al genio y absolverá al hombre. No van a encontrar un solo reproche, porque el futbolista no tenía defectos y el hombre fue una víctima. ¿De quién? De mí o de usted, por ejemplo, que seguramente en algún momento lo elogiamos sin piedad.

 Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y Diego sufrió como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido desde su condición de humano al de mito, el que lo dividió en dos: por un lado, Diego; por el otro, Maradona. Fernando Signorini, su preparador físico, tipo sensible e inteligente y, posiblemente, el hombre que mejor le conoció, solía decir: “Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina”. Diego era un producto más del humilde barrio en el que nació. A Maradona lo sobrepasó una fama temprana. Esa glorificación provocó una cadena de consecuencias, la peor de las cuales fue la inevitable tentación de escalar todos los días hasta la altura de su leyenda. En una personalidad adictiva como la suya, aquello fue mortal de necesidad.

 Si el fútbol es universal, Maradona también lo es, porque Maradona y fútbol ya son sinónimos. Pero a la vez era inequívocamente argentino, lo que explica el poder sentimental que siempre ha tenido en nuestro país y que lo hizo impune. Un hombre que, por su condición de genio, dejó de tener límites desde la adolescencia y que, por su origen, creció con orgullo de clase. Por esa razón, y también por su fuerza representativa, con Maradona los pobres le ganaron a los ricos, de manera que las adhesiones incondicionales que tenía allá abajo fueron proporcionales a la desconfianza que le tenían los de arriba. Los ricos odian perder. Pero hasta sus peores enemigos tuvieron que sacarse el sombrero ante su descomunal talento futbolístico. No había más remedio.

 Con poco más de 15 años empezó a concursar para dios del fútbol. Lo hizo, además, en un país que lo acogió como a un mesías sentimental, porque el fútbol, en Argentina, es un juego que solo llega a la mente después de pasar por el corazón. La fascinación por el arte barrial que Diego llevó a los estadios trascendió al hinchismo. No importaba la camiseta que llevara, era un genio, era argentino y eso resultaba suficiente para desatar el orgullo.

Domador de la pelota

Como es su obra lo que lo hizo grande, y no su vida, empecemos por ahí. Hay una primera imagen de Diego dominando la pelota en un escenario humilde, concentrado como un burócrata y feliz como un niño que arma y desarma la pelota, el juguete de su vida. Primero la zurda y luego la cabeza no la dejan caer en lo que parece una amable discusión con esa pelota que aún se le rebela. Está a punto de escaparse, pero Diego no la deja, la somete, como si la estuviera domando más que dominando. Tiene poco más de diez años y ya apunta para virtuoso, aunque la pelota y Diego aún se estén conociendo.

El idilio del domador con la pelota creció con el tiempo hasta llegar a un punto en que ver a Diego manejarla era un espectáculo aparte. Cuando entrenaba, y solo para dar un ejemplo, la tiraba hasta el cielo con un efecto que solo él entendía y, mientras la pelota viajaba, Diego hacía ejercicios como si no se acordara de lo que había dejado colgado en el aire. Pero cuando la pelota, ya cayendo, llegaba a su altura, volvía a mirarla haciéndose el sorprendido, para devolvérsela al cielo con otro efecto y olvidarse de ella otro ratito. Sabía exactamente el momento y el lugar del reencuentro. Lo demás corría a cuenta de su precisión milimétrica. Su infinito repertorio acomplejaba."            (Jorge Valdano, El País, 25/11/20)

 

 "Muchos lloran su muerte, pero la mayoría acabaron con su vida. Son cómplices necesarios. 

Periodistas deportivos, cronistas políticos, tertulianos, cómicos. Aquellos que pasan del amor al odio en cuestión de segundos, que disfrazan su mediocridad bajo la crítica fácil y la descalificación. Se han reído de sus enfermedades, de su adicción, la han instrumentalizado para subir audiencia. A esta lista, debemos agregar compañeros, quienes compartieron vestuario, los que callaron. Lo abandonaron. Los presidentes de clubes en los cuales se entregó en cada partido, lo ningunearon. Lo transformaron en un esclavo de sus intereses, fue moneda de cambio.

Diego jugó y jugaba con la pelota. Fuese de trapo, plástico, cuero, o papel en una media anudada. Pero le tocó vivir en un mundo en transición, el tiempo del neoliberalismo, donde el futbol mutaba en negocio especulativo. Incluso el balón tuvo nombre. Diego retrasó su advenimiento, pero lo situó en el centro del huracán. La televisión era el medio de comunicación por excelencia. Titulares, entrevistas, era noticia.

En 1990, cuando Maradona había dado todo al Nápoles, su afición lo criminalizó. No soportaron la eliminación de Italia en el Mundial de Futbol [en su tierra] a manos de Argentina. Lo persiguió el poder y su equipo lo aisló. La FIFA lo inhabilitó por consumo de drogas. Hubo de abandonar Italia, con su mujer e hijas, una familia rota. Un viaje entre la desesperación y la depresión. Tenía 30 años. Su vida se desmoronaba.

Unos pocos amigos dieron la cara, el resto se dedicó a maldecir. Surgió un Maradona al cual difamar. La prensa amarillista lo hundió un poco más. Periodistas sin escrúpulos. Ocupó las primeras planas de todos los periódicos del mundo por lo que hacía, dejaba de hacer, decía o dejaba de decir. Así fueron sus segundos 30 años. Idas y venidas. Recaídas y momentos de euforia. Jugaron con su persona, lo maltrataron, lo persiguieron, hasta hundirlo en una profunda depresión. Los que hasta hace 24 horas lo ridiculizaban, hoy le lloran. La hipocresía les acompaña. Nunca soportaron su compromiso político, del cual se enorgullecía y con razón.

La revolución cubana, su apoyo a Venezuela, la petición de salida al mar para Bolivia o la defensa de Lula da Silva. Se solidarizó con Cuba y Fidel, se abrazó a Chávez y Maduro, apoyó a todos los líderes populares. Cuba le tendió la mano en medio del tormento. Un país nada futbolero, supo de su grandeza. Entendió su sufrimiento. Pero otra vez padeció la mofa de la prensa. Hiciese lo que hiciese, su vida se fue apagando, entre la desilusión y la incomprensión. En internet, youtube o twitter fue objetivo fácil de aquellos que desde el anonimato lo trasformaron en un monstruo. Todos, unos y otros, no tuvieron la humanidad de la que ahora hacen gala. Lo maltrataron hasta quebrarlo.

Maradona cometía tantos pecados que hasta sus muchos pecadores que lo rodearon de tentaciones se animaron a juzgarlo y simulando ser inmaculados pusieron el grito en el cielo. Un personaje excesivamente famoso que las élites dominantes utilizaron para hacer fortuna, también excesivamente. En el Mundial del 86, en México, fue coronado como rey del futbol, después de gambetearle a todos los rivales ingleses que le aparecieron e hiciera el gol más bonito de la historia. Eso fue después que Dios le prestara la mano en ese mismo partido.

Víctima del personaje que hubo de representar, Diego fue desapareciendo y Maradona tomó su lugar para protegerse. La batalla era desigual. Diego era un amigo entrañable, cariñoso y generoso. Diego era un chico de barrio. Había nacido en Buenos Aires, en una villa miseria. Se llamaba Villa Florito, condenado al hambre y la miseria. Su sueño ayudar a sus padres y hermanos. Comprar una vivienda para su familia y jugar al futbol en un equipo de primera división.

Diego jugaba al futbol como dios, pero mejor. Con la pelota esquivaba el hambre y la tristeza. Repartía alegría, ilusiones, fantasías y belleza. Diego no abandonó nunca a la gente de su barrio, de su clase social. Y siempre alzó la voz. Denunció las injusticias, se encaró con los que mandan para defenderse y defenderlos.

Por eso, Diego vivirá siempre en su pueblo y en el recuerdo de todo el mundo que supo apreciar, disfrutar de su arte y compartir su rebeldía. Lo mató Maradona. Y a Maradona lo mataron quienes lo explotaron hasta el último día. Quienes lo sabían y no hicieron nada, quienes no sabían y prefirieron no saber. Todos, salvo aquellos que no sabían y en todo caso no podían hacer otra cosa que amarlo."                  

 (Ángel Cappa y Marcos Roitman Rosenmann , La Haine, 28/11/20; fuente. La Jornada)

 

 "Maradona, sin autoengañarnos. Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a Maradona como si fuera un revolucionario.

 Era El Diego, o d10s, con esa familiaridad con la que nos queremos acercar a las alturas emparentándonos de pega con ellas. También intuyo que un poco meme para bastantes personas jóvenes. Fácil con una cámara apuntándote siempre, teniendo que ser tantas cosas a la vez. Porque puede que la vida de Maradona —corta, intensa y con un final no menos abrupto por muchas veces que fuera anticipado en reuniones informales o redacciones— estuviera marcada precisamente por lo que se esperaba de él desde pronto y en diferentes momentos concretos.

Su trayectoria puede ser también vista como una especie de cartografía del último medio siglo que excede a la persona. Ese mapa le lleva primero de Villa Fiorito a los Cebollitas, el equipo de Argentinos Juniors con el que ganó uno de los Juegos Nacionales Evita. Ese último nombre, el del otro icono nacional, llevaba el hospital de Lanús donde había nacido. Es por esa época que deja un vídeo en el que asegura que tiene dos sueños que en realidad eran el mismo: jugar el Mundial y ganarlo.

Cuando debuta en Primera, el matrimonio Perón ya no vive y en su lugar manda en el país la dictadura más sangrienta de América Latina. La de los militares y Maradona es una historia entretejida a voluntad, sobre todo, de la primera de las partes. Menotti le deja fuera de la convocatoria de Argentina’78, la Copa del Mundo que Videla levanta a menos de un kilómetro del centro de torturas de la ESMA, y la pregunta que se hace Maradona es “¿cómo se lo digo a mi padre?”. A partir de ahí, se da cuenta de que la bronca, el cabreo, ser contrariado, la rabia, le da combustible. Ese es un hambre que seguramente no saciaría jamás.

Con la mayoría de edad, a Diego le llega el turno de la colimba, acrónimo de “correr, limpiar y barrer” y nombre popular de la mili argentina. La del nuevo ídolo vestido de milico era una imagen que la dictadura no podía dejar escapar, pero más importante era dejarle la libertad de que fuera a Japón a ganar el Mundial Juvenil. Aquellos días de septiembre del 79, la Organización de Estados Americanos estaba en Buenos Aires investigando las violaciones de Derechos Humanos denunciadas por colectivos como el de las Madres de Plaza de Mayo. El gobierno no dejó que Maradona y sus compañeros se asomasen al balcón de La Casa Rosada a celebrar nada. El fútbol, sin tampoco total culpabilidad, volvía a echar un capote a quienes arrojaban cuerpos vivos al Río de La Plata. De la estrella se esperaba que, como hasta entonces, no se saliera de la foto.

Pero nada, ni siquiera el torturador Suárez Mason, conocido como “el carnicero del Olimpo” y dirigente de Argentinos Juniors, fue capaz de detener la carrera de Diego hacia un grande, Boca, y poco después hacia, esta vez sí, el primer Mundial. España’82 —jugado en mitad del trauma colectivo por la derrota en Malvinas y el destrozo de una generación de soldados, los nacidos en 1962 y 1963, casi coetáneos al “diez”— lo pasó prácticamente tirado en el césped, cosido a patadas de los rivales. Iba a ser duro en Europa, pero ese verano Maradona llegó a Barcelona. Se esperaba de él que levantase la autoestima de un equipo en depresión. “No creía ser tan importante”, dijo al aterrizar en El Prat.

Si la vida deportiva de Maradona fuera una serie, su etapa en Barcelona sería un capítulo de transición donde van ganando peso un par de tramas hasta ahora subterráneas que después cobrarán mayor importancia. El Diego se convierte, cerca de su representante Jorge Cyterszpiler, en una marca. Anuncia Coca-Cola, McDonald’s. El entourage, cuando ni siquiera se llamaba así la pléyade de personas que pululan con afectos y legitimidades dispares en torno a una persona famosa, carismática y millonaria, aumenta. El “clan Maradona”, lo llamaron. Casi nunca estaba solo.

Los entrenamientos con Menotti eran por la tarde en lugar de por la mañana. Se abren de par en par las posibilidades que brindaba para un chico de 21 años una ciudad como la Barcelona ochentera de vivas Ramblas, Ocañas, Nazarios, y también la de los reservados y los chalets en Pedralbes. Hubo destellos, claro, regates de escándalo o calentamientos de otra época, pero también enfrentamientos con Núñez, un tobillo roto y una noche, tal y como siempre mantuvo él mismo, en que probó la cocaína. Una sanción de meses —con una directiva nada dispuesta a defenderle por los rumores de sus salidas— por una batalla campal tras la final de Copa entre el Barça y el Athletic en su último partido fue el detonante final de su firma con el Nápoles.

El ventajismo dice que la historia de amor entre Maradona y la ciudad del Vesubio estaba casi escrita. Ambas partes carismáticas, desprolijas, exageradas, viscerales. Mágicas. Ya solo la fecha del 5 de julio de 1984 queda en el recuerdo de la afición napolitana, correspondiendo a su presentación. Llegaba tras una grave lesión y a un club que jamás había ganado un scudetto, pero que tenía una fortaleza simbólica latente: este sí, mucho más que aquel Barcelona incluso, podía ser el ejército en pantalón corto, quizá la guerrilla más bien, de un territorio económicamente sometido al tirón capitalista de otras latitudes. El sur de Italia por fin tenía bandera.

Para muchas de las gradas escoradas a la derecha, y para parte del aparato mediático del país, Nápoles representaba un motivo de cruel escarnio. Fue precisamente una pancarta dándoles la “bienvenida” a Italia lo primero que vieron Maradona y sus compañeros al llegar al primer partido en el estadio del Verona. Se fueron sucediendo cánticos xenófobos por varios campos hasta que desde el norte, desde Milán y desde Turín, vieron que aquello iba en serio. Pero la culminación tuvo que esperar a que Diego fuese a México a conquistar el mundo, primero tirando de un equipo al que la propia prensa argentina vaticinaba, y casi deseaba, un descalabro. La bronca por demostrar que los medios estaban equivocados y que aquella albiceleste sin grandes nombres podía salir del Azteca como campeona fue la gasofa que por el camino dejó el gol con la mano y el del barrilete cósmico a los ingleses.

Volvió a Nápoles, donde siguen diciendo hoy día que quien ama no olvida, y le ganó dos ligas a Berlusconi. Una de ellas con polémica arbitral a favor, que así escuece más a los poderosos acostumbrados a hacer ley de su voluntad. Pero, precisamente, con el paso del tiempo, que incluye su paso por Sevilla, Newell’s y Boca de nuevo, las suspensiones por distintos positivos, los intentos de establecerse como entrenador o declaraciones políticas quizá con más alma de manifiesto personal que de contribución a una transformación colectiva real, Maradona fue dibujándose como un símbolo intocable para un montón de aficionados al fútbol. Intentamos congelar la imagen en una gambeta, una celebración, un puño apretado, hicimos lema aquello que supo definir el escritor Roberto Fontanarrosa: “Qué importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Evocábamos un tiempo perdido, la nostalgia de cuando era posible competir no con publicidad de casas de apuestas en el pecho, sino con la de salsas Buitoni o chocolatinas Mars.

Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a Diego como si fuera un revolucionario. Alguien que, al menos, parecía libre. Pero ni lo era ni lo fue, ni tampoco dejó de estar la mayoría de su vida en una posición privilegiada, a pesar de esa retórica transgresora que por momentos parecía que iba a acabar, qué menos, con la formación del sindicato de futbolistas definitivo que le diese la vuelta a este maravilloso juego secuestrado por el marketing, la falsa neutralidad, por el capital.

 Lo que se dice no es nunca más importante que lo que se hace. Por eso, obviar que, con el fogonazo que en nuestras cabezas siguen encendiendo esos goles, camisetas y fotos, convive la desmesura y egolatría de quien pudo usar su poder para no tratar bien, para tratar mal, para maltratar —hay que escribirlo si recordamos a sus compañeras denunciantes—, sería injusto. Con ellas, sobre todo, con quien a su lado haya podido sentirse mal. Pero también con él, por reducirle de manera condescendiente a objeto de consumo adaptado a nuestra comodidad. E injusto hasta con nosotros mismos por autoengañarnos."                 (Ignacio Pato, el Salto, 26/11/20)

26/11/20

Otro fútbol es posible...

 "Lo que sigue es una reseña de St. Pauli: otro fútbol es posible, de Carles Viñas y Natxo Parra. (Capitán Swing, 2017).

 En cualquier listado de clubes que han trascendido las fronteras nacionales en la era de la globalización y mediatización del deporte, el St. Pauli de Hamburgo representa una anomalía. Nunca ganó una liga ni una copa importantes, ni tampoco calificó para los campeonatos europeos. 

Nunca estuvo más de dos temporadas seguidas en la Bundesliga, máxima categoría del fútbol alemán, pasando la mayor parte de los últimos veinte años en las inferiores. En las dos ocasiones en las que alcanzó la primera categoría, en 2001 y en 2010, descendió rápidamente.

Sin embargo, tal como nos cuentan Carles Viñas y Natxo en su libro, el St. Pauli es mucho más que un club de segunda. No solo llena regularmente su estadio —Millerntor-Stadion— que tiene capacidad para 29 000 personas, sino que tiene millones de simpatizantes en todo el mundo, con clubes de hinchas en el Reino Unido, Francia, España, Grecia y en muchos otros lugares. Su logo con la calavera y las tibias cruzadas se ha convertido en un ícono contracultural. Pero si el St. Pauli no tiene el éxito internacional ni la exposición mediática que tienen el Liverpool, el Manchester, el Barcelona o el Real Madrid, ¿cómo se explica su fama? (...)

Movimiento social

En efecto, el libro parece cobrar vida cuando narra los acontecimientos de los años 1980, cambiando el enfoque centrado en el equipo de fútbol durante contextos políticos turbulentos para analizar la fusión del club local con los movimientos sociales. La primera temporada del St. Pauli en la Bundesliga durante 1977-78 terminó con el descenso y el hundimiento financiero del club, a pesar de la decisión de la dirección de jugar doce partidos en los que les tocaba jugar de locales en el estadio de sus rivales del Hamburgo S.V. (que en aquel momento era uno de los mejores clubes de Europa). Los sponsors se retiraron a medida que el St. Pauli caía de nuevo en las ligas regionales y el club estuvo cerca de desaparecer. En línea con el ascenso de la extrema derecha en Alemania del Oeste, los neonazis comenzaron a aparecer en las hinchadas, pero el St. Pauli produjo una cultura antifascista como ningún otro club.

Uno de los puntos más interesantes de Otro fútbol es posible es el análisis del movimiento autonomista de Alemania del Oeste. Se centra en sus tendencias obreras de Hamburgo, inspiradas no tanto en la reconocida Fracción del Ejército Rojo —que no es mencionada en el libro— sino en grupos comunistas italianos como Lotta Continua. En 1981, este movimiento ocupó cerca de ocho edificios en los alrededores del puerto, fundando comedores, librerías, locales de música, comercios y galerías, logrando resistir con éxito al desalojo en 1986. Ese mismo año las personas vinculadas a la cultura punk y autonomista empezó a asistir a los partidos del St. Pauli, poniéndose a tono con el deseo de Willi Reimann —director del club— de promover un «fútbol alternativo» y con Volker Ippig, el arquero que había vivido en las casas tomadas de Hafenstrasse y que hizo trabajo voluntario junto al sandinismo en Nicaragua.

Al comienzo el club dudaba de estos nuevos grupos de simpatizantes, que eran despreciados por los hinchas tradicionales y atacados por la extrema derecha radicalizada. Pero rápidamente se dio cuenta de que tenía un sentido comercial trabajar con ellos. Como resultado, el St. Pauli se convirtió en el primer club alemán que se opuso explícitamente al racismo, al sexismo y a la homofobia, y que contribuyó a un fondo nacional para compensar a la población judía forzada a trabajar bajo el régimen nazi.

Cultura antiempresarial

Sin embargo, esto le presentó al St. Pauli el problema de cómo expandir el club, o incluso hacerlo sustentable, sin explotar ni separarse de su enérgico núcleo de hinchas. Por ejemplo, el cantante de punk Doc Mabuse, que fue el primero en llevar la calavera y las tibias cruzadas al Millerntor, dejó de ir al club y quemó su bandera en señal de protesta cuando el logo se convirtió en una mercancía. Prefería mirar los partidos de Altona 93, otro equipo del área portuaria de Hamburgo, en donde encontraba algo menos comercial. En 1989, se organizó un boicot que logró evitar que el estadio se incorporara a una zona deportiva más amplia que tendría un hotel y un centro comercial. Esta campaña hizo visibles los principios antiempresariales de la hinchada.

A comienzos de los años 2000, la hinchada tuvo que vincularse con la junta directiva para pensar una campaña de recaudación de fondos creativa para salvar al club, que había descendido nuevamente a la Liga Regional. Trabajaron junto al nuevo presidente Corny Littmann, dueño de un teatro y candidato del Partido Verde abiertamente gay que aceptó el cargo vestido de drag.

Pero a medida que la reputación internacional del St. Pauli crecía, más simpatizantes radicales empezaron a frustrarse con los grupos de simpatizantes despolitizados —y turistas— que asistían a los partidos. Criticaban la venta de camisetas del club en McDonald’s y en los grandes supermercados, la decisión de vender publicidad a una empresa de servicios telefónicos eróticos que los financiaba y el compromiso del alcalde conservador Ole von Beust con la campaña. Todo esto llevó a la formación de un nuevo grupo, los Románticos Sociales, y a la adopción de una nueva constitución en 2009 para preservar la identidad y los principios del club.

Durante la década del 2010, el fútbol se volvió todavía más comercial y globalizado, concentrando toda la riqueza en un puñado de clubes elitistas que dominan las ligas domésticas (el FC Bayern Munich, recientemente coronado como campeón de Europa, ha ganado sin mucho esfuerzo los ocho últimos títulos de la Bundesliga). Durante la última década, el St. Pauli y sus hinchas han recolectado dinero para refugiados, organizado torneos antirracistas y campeonatos para jugadores con discapacidad visual, demostrando que el radicalismo no se reduce a una cuestión meramente estética (aun si los días en los que los jugadores se mezclaban con los hinchas en la Hafenstrasse han quedado atrás).

Invocando el concepto de hegemonía cultural de Antonio Gamsci para discutir la importancia de la construcción identitaria del St. Pauli, Viñas y Parra proveen una crítica efectiva de cómo la insistencia muchas veces repetida de mantener a la política alejada del fútbol enmascara la explotación neoliberal del deporte y de sus hinchas, lo cual permitió en algunos casos que sean manipulados por dictaduras de derecha. En efecto, este tipo de discursos solo apunta a anular las críticas de izquierda que se dirigen contra el poder empresarial creciente que ha remodelado el deporte.

Pero tal como dijo el antiguo jugador y director del St. Pauli Ewald Lienen antes de un partido contra el R.B. Leipzig —que cuenta con un amplio financiamiento y que fue nombrado así por la empresa de bebidas energizantes Red Bull— no debemos aceptar que el fútbol quede «en manos del fascismo y de las empresas». En una época en la cual es difícil que los clubes que no cuentan con dueños millonarios compitan en las ligas mayores sin ir a la quiebra, tiene sentido que el St. Pauli se mantenga fiel a sus principios y que otros los adopten.

La confluencia específica de la contracultura, la política autonomista y un equipo fallido en una época de vandalismo de extrema derecha probablemente no sea repetible en otros lugares. Pero el St. Pauli ofrece un modelo para que sectores radicalizados de las hinchadas reclamen sus clubes, y tal vez en algún momento el deporte en su totalidad. La extrema derecha utiliza desde hace mucho tiempo los estadios como lugares para reclutar y organizar gente: la izquierda del siglo veintiuno podría hacer lo mismo, no solo peleando contra la explotación de las hinchadas capturadas por el mercado, sino incorporando a la izquierda populista, a los movimientos medioambientales y al antifascismo en una nueva cultura. La energía, la popularidad y el apoyo con los que cuenta el St. Pauli pueden parecer únicos, pero esto no debería ser así."                    ( , JACOBIN América Latina,  25/11/20)

17/6/19

El fútbol, la gran metáfora de la sociedad

"Apenas un siglo separa la legendaria mano de dios de Maradona de la victoria –por la mínima y en la prórroga– de un equipo de obreros del norte de Inglaterra –el Blackburn Olympic– frente al muy aristocrático club de los Old Etonians. Dos instantes de un mismo partido eterno cuyo balón se disputan desde el origen ricos y pobres, opresores y oprimidos. Un partido que –parafraseando al magnate Warren Buffett– existe y, por el momento, lo van ganando unos pocos en detrimento de los de siempre.

La Historia está hecha de tensiones, avanza como a trompicones y cuando te das cuenta el mundo que conocías ya no existe. Algo así le ha sucedido al fútbol. Aquel juego marginal y contestatario que en su día fue herramienta de emancipación quedó eclipsado de un tiempo a esta parte por una cultura balompédica que prioriza el espectáculo por encima de todo. “Ya no se habla de fútbol sino de individuos, se ha impuesto la atomización”, apunta un tanto lacónico el periodista e historiador francés Mickael Correïa, autor de Historia popular del fútbol (Hoja de Lata).

En efecto, el neoliberalismo campó a sus anchas también en los estadios y de aquellos barros estos lodos. Hoy, los clubes millonarios compran a precio de oro jugadores procedentes de los arrabales, los regímenes autoritarios intentan canalizar en su provecho las pasiones futbolísticas y las multinacionales aprovechan códigos del fútbol callejero para vender sus zapatillas de deporte. Una vorágine turbocapitalista que no invita al optimismo pero que Correïa prefiere leer e imaginar en clave empoderadora.

“En el mundo capitalista que vivimos, con las oligarquías haciendo y deshaciendo a su antojo, son los hijos de los poderosos los que acceden a puestos de privilegio que les perpetuán en el poder; el fútbol, en cambio, no permite fingir ni heredar nada, es el cuerpo la única herramienta de trabajo”. Es precisamente esa condición corpórea la que, en palabras de este historiador, confiere al fútbol “una dimensión popular inalienable”. 

Así, cuando CR7 tiene a bien remangarse la profusa musculatura del pernil en sus ya icónicas (y sonrojantes) carrerillas, Correïa identifica ahí un gesto de clase (obrera): “Se le critica mucho, pero para mí es como cuando un obrero se sube las mangas antes de empezar a trabajar, tiene esa misma entidad”.

El fútbol no deja de ser una gran metáfora de la sociedad. Codificado en su origen por la aristocracia británica, la working class no tardó en apropiarse del invento haciéndolo suyo. Se liberaba así de la tutela que imponía una patronal que vio en este juego la posibilidad de controlar a los parias de turno y cortar por lo sano sus veleidades emancipadoras.

 “La clase obrera adoptó este deporte en un momento en el que necesitaba crearse una identidad tras el éxodo rural a las ciudades que se produjo en los albores del siglo XIX”, explica Correïa. Se populariza de este modo un deporte que hasta ese momento era exclusivo de los gentlemen, una transición que supuso, también, un cambio de estrategia.

“Los aristócratas jugaban de forma muy individualista, prevalecía el honor, el autocontrol y la compostura, para ellos pasarse el balón era una muestra de debilidad”. Los desheredados, por contra, optaron de forma progresiva por un juego mucho más colaborativo, algo que en palabras de Correïa “transcribe su realidad en las fábricas”, trasladando al fútbol un modelo productivo basado en las cadenas de montaje. “Su objetivo era producir una victoria que pudiera ser compartida a nivel colectivo”, zanja Correïa.

 

Fair-play vs. Picaresca


El espíritu de la chabola se dio de bruces con esa finura atávica propia de las clases dominantes. Conceptos como honorabilidad y decoro están muy bien cuando no vives instalado en la miseria. Dicho de otro modo; cuando ni la ley ni el físico están de tu lado, el engaño pasa a ser una opción. “La mano de dios de Maradona ejemplifica ese imaginario callejero, ¿qué puede hacer un tipo como el Pelusa frente a la envergadura de un portero británico?”. Un gol inimaginable en tiempos de videoarbitraje. “La frialdad de la máquina al servicio de un escenario eminentemente humano como es el estadio”, añade Correïa.

Jugadores como Pelé o Garrincha hicieron también de la necesidad una virtud. Su juego no deja de ser el epítome de toda una tradición futbolística nacida en una sociedad profundamente clasista y xenófoba, no en vano la esclavitud no fue oficialmente abolida en Brasil hasta 1888. “Los principales equipos estaban conformados por blancos, cuando se enfrentaban a equipos de negros estos podían ser agredidos físicamente dado que el árbitro era siempre blanco”. 

Un inconveniente –no menor– que la comunidad negra tuvo a bien solventar del único modo posible: tratar de esquivarlo. Así nace ese dribleo tan característico de los cariocas, estilo que encuentra en las inocuas cabriolas de Neymar una suerte de parodia.

 

Un gol a la dictadura


«El FC Barcelona ha sido a la vez refugio y cuna, fluctuante y difuso, de la identidad de Cataluña», escribía el historiador Josep Solé i Sabaté.  El potencial propagandístico e identitario del deporte de masas no se puede obviar. El franquismo lo supo muy pronto, no en vano en 1939 el poder ordena a la Federación Española de Fútbol que cambie el nombre de la Copa del Rey por el de Copa del Generalísimo

Los silbidos en el estadio barcelonista al Cara el Sol se suceden convirtiéndose paulatinamente el club blaugrana en una caja de resonancia de las reivindicaciones catalanistas y republicanas. Se trataba, a fin de cuentas, de una dimensión simbólica de resistencia frente a la dictadura. Una dimensión que se complementaba con la capacidad de cohesión que encarnaron en su día los colores blaugranas para los millones de inmigrantes que se trasladaron a Catalunya en pleno boom industrial."                (Juan Losa, Público, 14/05/19)