Gracias a vos, genio inmortal, imposible no quererte, nunca te vamos a olvidar. " (Joan Forn, Página12, 26/11/20)
"Maradona.
Ningún futbolista consagrado había denunciado sin pelos en la lengua a
los amos del negocio del fútbol. Fue el deportista más famoso y más
popular de todos los tiempos quien rompió lanzas en defensa de los
jugadores que no eran famosos ni populares.
Este ídolo generoso y solidario había sido capaz de cometer, en
apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la
historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era
digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus
piernas, sino también, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano
robó. Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos
malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más
humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis
ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego,
tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.
Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean.
Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía.
La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero.
Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la
estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada
velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de
orina o de sangre, no delatan esta droga." (Eduardo Galeano, JACOBIN América Latina, 26/11/20)
"Maradona, según Eduardo Galeano: "El más humano de los dioses".
Diego Armando Maradona y Eduardo Galeano compartían una admiración mutua que no temían manifestar,
hecho que se puede comprobar en diferentes declaraciones públicas y en
las múltiples referencias al astro argentino que el escritor uruguayo
plasmó en sus obras.
Una de las más resonantes y recordadas aparece en su libro Cerrado por Fútbol (2017), en el cual Galeano describe al "10" como “el más humano de los dioses”, una definición que ya había adelantado en el programa Los días de Galeano.
“Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón”, decía Galeano.
En ese mismo fragmento, el escritor uruguayo hacía referencia al
precio de la fama y el éxito que debió soportar Diego, por ser el mejor
de la historia del fútbol: “Pero los dioses no se jubilan, por muy
humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde
venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero”, agregó Galeano.
Su libro "El fútbol a sol y sombra" (1995), biblia
imprescindible para quienes defienden que deporte y letras pueden
convivir, incluye ocho relatos en los que aparece Maradona.
En uno de ellos, "Gol de Maradona", narra un tanto del que fuera
técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata cuando integraba los equipos
infantiles de Argentinos Juniors, en 1971.
"El número 10 de Argentinos recibió la pelota de su arquero, esquivó
al delantero centro del River y emprendió la carrera. Varios jugadores
le salieron al encuentro: a uno se la pasó por el jopo (tupé), a otro
entre las piernas y al otro lo engañó de taquito. Después, sin
detenerse, dejó paralíticos a los zagueros y al arquero tumbado en el
suelo, y se metió caminando con la pelota en la valla rival. En la
cancha habían quedado siete niños fritos y cuatro que no podían cerrar
la boca".
Pero, sin duda, es "Maradona" el relato que mejor disecciona al
futbolista y sus circunstancias, su choque frontal con el poder y hasta
la carga de 'ser' él.
"El estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía
problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la
multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una
carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda", detalla
Galeano, que agrega: "No había demorado en darse cuenta de que era
insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios,
pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo".
Quizá el más emotivo relato dedicado a Maradona sea "El parto", de "Bocas del tiempo" (2004).
Allí cuenta el nacimiento de Diego Armando y explica que su madre,
doña Tota, "encontró una estrella, en forma de prendedor", en el suelo
del hospital cuando fue a dar a luz. "La estrella brillaba de un lado, y
del otro no", narra Galeano en una mágica fábula de lo que luego sería
su vida. "Esa estrella de plata y de lata, apretada en un puño, acompañó
a doña Tota en el parto. El recién nacido fue llamado Diego Armando
Maradona", concluye.
“La exitoína es una droga muchísimo más devastadora que la cocaína, aunque no la delatan los análisis de sangre ni de orina”, concluyó el escritor en el conmovedor video.
En vida, cada uno de ellos era declarado fanático del otro. Los unían ideales, pensamientos que defendieron siempre.
En 2015 cuando “el 10” supo que Galeano había muerto le dedicó un cálido mensaje:
“Gracias por luchar como un 5 en la mitad de la cancha y por meterles
goles a los poderosos como un 10. Gracias por entenderme, también. Gracias, Eduardo Galeano: en el equipo hacen falta muchos como vos. Te voy a extrañar”.
Este 25 de noviembre pasará a la memoria de los argentinos por la
muerte de Maradona. Lo que muchos creían imposible finalmente sucedió en
el mediodía de este miércoles.
Por eso, es necesario recordar el día que Galeano cayó a sus pies." (Página 12, La Haine, 26/11/20)
10:02 p. m. · 25 nov. 2020
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"Adiós a Diego y adiós a Maradona.
Hay
algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y él sufrió
como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido desde su
condición de humano a la de mito el que lo dividió en dos.
Aquellos que arrugan el rostro pensando en el último Maradona,
con dificultades para caminar, problemas para vocalizar, abrazando a
Maduro y haciendo de su vida lo que le daba la gana, harán bien en
abandonar esta despedida que abrazará al genio y absolverá al hombre. No
van a encontrar un solo reproche, porque el futbolista no tenía
defectos y el hombre fue una víctima. ¿De quién? De mí o de usted, por
ejemplo, que seguramente en algún momento lo elogiamos sin piedad.
Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y Diego
sufrió como nadie la generosidad de su destino. Fue el fatal recorrido
desde su condición de humano al de mito, el que lo dividió en dos: por
un lado, Diego; por el otro, Maradona. Fernando Signorini, su preparador
físico, tipo sensible e inteligente y, posiblemente, el hombre que
mejor le conoció, solía decir: “Con Diego iría al fin del mundo, pero
con Maradona ni a la esquina”. Diego era un producto más del humilde
barrio en el que nació. A Maradona lo sobrepasó una fama temprana. Esa
glorificación provocó una cadena de consecuencias, la peor de las cuales
fue la inevitable tentación de escalar todos los días hasta la altura
de su leyenda. En una personalidad adictiva como la suya, aquello fue
mortal de necesidad.
Si el fútbol es universal, Maradona también lo es, porque Maradona y
fútbol ya son sinónimos. Pero a la vez era inequívocamente argentino, lo
que explica el poder sentimental que siempre ha tenido en nuestro país y
que lo hizo impune. Un hombre que, por su condición de genio, dejó de
tener límites desde la adolescencia y que, por su origen, creció con
orgullo de clase. Por esa razón, y también por su fuerza representativa,
con Maradona los pobres le ganaron a los ricos, de manera que las
adhesiones incondicionales que tenía allá abajo fueron proporcionales a
la desconfianza que le tenían los de arriba. Los ricos odian perder.
Pero hasta sus peores enemigos tuvieron que sacarse el sombrero ante su
descomunal talento futbolístico. No había más remedio.
Con poco más de 15 años empezó a concursar para dios del
fútbol. Lo hizo, además, en un país que lo acogió como a un mesías
sentimental, porque el fútbol, en Argentina, es un juego que solo llega a
la mente después de pasar por el corazón. La fascinación por el arte
barrial que Diego llevó a los estadios trascendió al hinchismo. No importaba la camiseta que llevara, era un genio, era argentino y eso resultaba suficiente para desatar el orgullo.
Domador de la pelota
Como
es su obra lo que lo hizo grande, y no su vida, empecemos por ahí. Hay
una primera imagen de Diego dominando la pelota en un escenario humilde,
concentrado como un burócrata y feliz como un niño que arma y desarma
la pelota, el juguete de su vida. Primero la zurda y luego la cabeza no
la dejan caer en lo que parece una amable discusión con esa pelota que
aún se le rebela. Está a punto de escaparse, pero Diego no la deja, la
somete, como si la estuviera domando más que dominando. Tiene poco más
de diez años y ya apunta para virtuoso, aunque la pelota y Diego aún se
estén conociendo.
El idilio del domador con la pelota
creció con el tiempo hasta llegar a un punto en que ver a Diego
manejarla era un espectáculo aparte. Cuando entrenaba, y solo para dar
un ejemplo, la tiraba hasta el cielo con un efecto que solo él entendía
y, mientras la pelota viajaba, Diego hacía ejercicios como si no se
acordara de lo que había dejado colgado en el aire. Pero cuando la
pelota, ya cayendo, llegaba a su altura, volvía a mirarla haciéndose el
sorprendido, para devolvérsela al cielo con otro efecto y olvidarse de
ella otro ratito. Sabía exactamente el momento y el lugar del
reencuentro. Lo demás corría a cuenta de su precisión milimétrica. Su
infinito repertorio acomplejaba." (Jorge Valdano, El País, 25/11/20)
"Muchos lloran su muerte, pero la mayoría acabaron con su vida. Son
cómplices necesarios.
Periodistas deportivos, cronistas políticos,
tertulianos, cómicos. Aquellos que pasan del amor al odio en cuestión de
segundos, que disfrazan su mediocridad bajo la crítica fácil y la
descalificación. Se han reído de sus enfermedades, de su adicción, la
han instrumentalizado para subir audiencia. A esta lista, debemos
agregar compañeros, quienes compartieron vestuario, los que callaron. Lo
abandonaron. Los presidentes de clubes en los cuales se entregó en cada
partido, lo ningunearon. Lo transformaron en un esclavo de sus
intereses, fue moneda de cambio.
Diego jugó y jugaba con la pelota. Fuese de trapo, plástico, cuero, o
papel en una media anudada. Pero le tocó vivir en un mundo en
transición, el tiempo del neoliberalismo, donde el futbol mutaba en
negocio especulativo. Incluso el balón tuvo nombre. Diego retrasó su
advenimiento, pero lo situó en el centro del huracán. La televisión era
el medio de comunicación por excelencia. Titulares, entrevistas, era
noticia.
En 1990, cuando Maradona había dado todo al Nápoles, su afición lo
criminalizó. No soportaron la eliminación de Italia en el Mundial de
Futbol [en su tierra] a manos de Argentina. Lo persiguió el poder y su
equipo lo aisló. La FIFA lo inhabilitó por consumo de drogas. Hubo de
abandonar Italia, con su mujer e hijas, una familia rota. Un viaje entre
la desesperación y la depresión. Tenía 30 años. Su vida se desmoronaba.
Unos pocos amigos dieron la cara, el resto se dedicó a maldecir.
Surgió un Maradona al cual difamar. La prensa amarillista lo hundió un
poco más. Periodistas sin escrúpulos. Ocupó las primeras planas de todos
los periódicos del mundo por lo que hacía, dejaba de hacer, decía o
dejaba de decir. Así fueron sus segundos 30 años. Idas y venidas.
Recaídas y momentos de euforia. Jugaron con su persona, lo maltrataron,
lo persiguieron, hasta hundirlo en una profunda depresión. Los que hasta
hace 24 horas lo ridiculizaban, hoy le lloran. La hipocresía les
acompaña. Nunca soportaron su compromiso político, del cual se
enorgullecía y con razón.
La revolución cubana, su apoyo a Venezuela, la petición de salida al
mar para Bolivia o la defensa de Lula da Silva. Se solidarizó con Cuba y
Fidel, se abrazó a Chávez y Maduro, apoyó a todos los líderes
populares. Cuba le tendió la mano en medio del tormento. Un país nada
futbolero, supo de su grandeza. Entendió su sufrimiento. Pero otra vez
padeció la mofa de la prensa. Hiciese lo que hiciese, su vida se fue
apagando, entre la desilusión y la incomprensión. En internet, youtube o
twitter fue objetivo fácil de aquellos que desde el anonimato lo
trasformaron en un monstruo. Todos, unos y otros, no tuvieron la
humanidad de la que ahora hacen gala. Lo maltrataron hasta quebrarlo.
Maradona cometía tantos pecados que hasta sus muchos pecadores que lo
rodearon de tentaciones se animaron a juzgarlo y simulando ser
inmaculados pusieron el grito en el cielo. Un personaje excesivamente
famoso que las élites dominantes utilizaron para hacer fortuna, también
excesivamente. En el Mundial del 86, en México, fue coronado como rey
del futbol, después de gambetearle a todos los rivales ingleses que le
aparecieron e hiciera el gol más bonito de la historia. Eso fue después
que Dios le prestara la mano en ese mismo partido.
Víctima del personaje que hubo de representar, Diego fue
desapareciendo y Maradona tomó su lugar para protegerse. La batalla era
desigual. Diego era un amigo entrañable, cariñoso y generoso. Diego era
un chico de barrio. Había nacido en Buenos Aires, en una villa miseria.
Se llamaba Villa Florito, condenado al hambre y la miseria. Su sueño
ayudar a sus padres y hermanos. Comprar una vivienda para su familia y
jugar al futbol en un equipo de primera división.
Diego jugaba al futbol como dios, pero mejor. Con la pelota esquivaba
el hambre y la tristeza. Repartía alegría, ilusiones, fantasías y
belleza. Diego no abandonó nunca a la gente de su barrio, de su clase
social. Y siempre alzó la voz. Denunció las injusticias, se encaró con
los que mandan para defenderse y defenderlos.
Por eso, Diego vivirá siempre en su pueblo y en el recuerdo de todo
el mundo que supo apreciar, disfrutar de su arte y compartir su
rebeldía. Lo mató Maradona. Y a Maradona lo mataron quienes lo
explotaron hasta el último día. Quienes lo sabían y no hicieron nada,
quienes no sabían y prefirieron no saber. Todos, salvo aquellos que no
sabían y en todo caso no podían hacer otra cosa que amarlo."
(Ángel Cappa y Marcos Roitman Rosenmann , La Haine, 28/11/20; fuente. La Jornada)
"Maradona, sin autoengañarnos. Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando, quienes
reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la cultura
popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa, acogimos a
Maradona como si fuera un revolucionario.
Era El Diego, o d10s, con esa familiaridad con la que nos queremos
acercar a las alturas emparentándonos de pega con ellas. También intuyo
que un poco meme para bastantes personas jóvenes. Fácil con una cámara
apuntándote siempre, teniendo que ser tantas cosas a la vez. Porque
puede que la vida de Maradona —corta, intensa y con un final no menos
abrupto por muchas veces que fuera anticipado en reuniones informales o
redacciones— estuviera marcada precisamente por lo que se esperaba de él
desde pronto y en diferentes momentos concretos.
Su trayectoria puede ser también vista como una especie
de cartografía del último medio siglo que excede a la persona. Ese mapa
le lleva primero de Villa Fiorito a los Cebollitas, el equipo de
Argentinos Juniors con el que ganó uno de los Juegos Nacionales Evita.
Ese último nombre, el del otro icono nacional, llevaba el hospital de
Lanús donde había nacido. Es por esa época que deja un vídeo en el que
asegura que tiene dos sueños que en realidad eran el mismo: jugar el
Mundial y ganarlo.
Cuando debuta en Primera, el matrimonio Perón ya no vive y en su
lugar manda en el país la dictadura más sangrienta de América Latina. La
de los militares y Maradona es una historia entretejida a voluntad,
sobre todo, de la primera de las partes. Menotti le deja fuera de la
convocatoria de Argentina’78, la Copa del Mundo que Videla levanta a
menos de un kilómetro del centro de torturas de la ESMA, y la pregunta
que se hace Maradona es “¿cómo se lo digo a mi padre?”. A partir de ahí,
se da cuenta de que la bronca, el cabreo, ser contrariado, la rabia, le
da combustible. Ese es un hambre que seguramente no saciaría jamás.
Con la mayoría de edad, a Diego le llega el turno de la colimba, acrónimo de “correr, limpiar y barrer” y nombre popular de la mili argentina. La del nuevo ídolo vestido de milico
era una imagen que la dictadura no podía dejar escapar, pero más
importante era dejarle la libertad de que fuera a Japón a ganar el
Mundial Juvenil. Aquellos días de septiembre del 79, la Organización de
Estados Americanos estaba en Buenos Aires investigando las violaciones
de Derechos Humanos denunciadas por colectivos como el de las Madres de
Plaza de Mayo. El gobierno no dejó que Maradona y sus compañeros se
asomasen al balcón de La Casa Rosada a celebrar nada. El fútbol, sin
tampoco total culpabilidad, volvía a echar un capote a quienes arrojaban
cuerpos vivos al Río de La Plata. De la estrella se esperaba que, como
hasta entonces, no se saliera de la foto.
Pero nada, ni siquiera el torturador Suárez Mason,
conocido como “el carnicero del Olimpo” y dirigente de Argentinos
Juniors, fue capaz de detener la carrera de Diego hacia un grande, Boca,
y poco después hacia, esta vez sí, el primer Mundial. España’82 —jugado
en mitad del trauma colectivo por la derrota en Malvinas y el destrozo
de una generación de soldados, los nacidos en 1962 y 1963, casi
coetáneos al “diez”— lo pasó prácticamente tirado en el césped, cosido a
patadas de los rivales. Iba a ser duro en Europa, pero ese verano
Maradona llegó a Barcelona. Se esperaba de él que levantase la
autoestima de un equipo en depresión. “No creía ser tan importante”,
dijo al aterrizar en El Prat.
Si la vida deportiva de Maradona
fuera una serie, su etapa en Barcelona sería un capítulo de transición
donde van ganando peso un par de tramas hasta ahora subterráneas que
después cobrarán mayor importancia. El Diego se convierte, cerca de su
representante Jorge Cyterszpiler, en una marca. Anuncia Coca-Cola,
McDonald’s. El entourage, cuando ni siquiera se llamaba así la
pléyade de personas que pululan con afectos y legitimidades dispares en
torno a una persona famosa, carismática y millonaria, aumenta. El “clan
Maradona”, lo llamaron. Casi nunca estaba solo.
Los
entrenamientos con Menotti eran por la tarde en lugar de por la mañana.
Se abren de par en par las posibilidades que brindaba para un chico de
21 años una ciudad como la Barcelona ochentera de vivas Ramblas, Ocañas,
Nazarios, y también la de los reservados y los chalets en Pedralbes.
Hubo destellos, claro, regates de escándalo o calentamientos de otra
época, pero también enfrentamientos con Núñez, un tobillo roto y una
noche, tal y como siempre mantuvo él mismo, en que probó la cocaína. Una
sanción de meses —con una directiva nada dispuesta a defenderle por los
rumores de sus salidas— por una batalla campal tras la final de Copa
entre el Barça y el Athletic en su último partido fue el detonante final
de su firma con el Nápoles.
El ventajismo dice que la historia de amor entre
Maradona y la ciudad del Vesubio estaba casi escrita. Ambas partes
carismáticas, desprolijas, exageradas, viscerales. Mágicas. Ya solo la
fecha del 5 de julio de 1984 queda en el recuerdo de la afición
napolitana, correspondiendo a su presentación. Llegaba tras una grave
lesión y a un club que jamás había ganado un scudetto, pero que
tenía una fortaleza simbólica latente: este sí, mucho más que aquel
Barcelona incluso, podía ser el ejército en pantalón corto, quizá la
guerrilla más bien, de un territorio económicamente sometido al tirón
capitalista de otras latitudes. El sur de Italia por fin tenía bandera.
Para muchas de las gradas escoradas a la derecha, y para parte del
aparato mediático del país, Nápoles representaba un motivo de cruel
escarnio. Fue precisamente una pancarta dándoles la “bienvenida” a
Italia lo primero que vieron Maradona y sus compañeros al llegar al
primer partido en el estadio del Verona. Se fueron sucediendo cánticos
xenófobos por varios campos hasta que desde el norte, desde Milán y
desde Turín, vieron que aquello iba en serio. Pero la culminación tuvo
que esperar a que Diego fuese a México a conquistar el mundo, primero
tirando de un equipo al que la propia prensa argentina vaticinaba, y
casi deseaba, un descalabro. La bronca por demostrar que los medios
estaban equivocados y que aquella albiceleste sin grandes nombres podía
salir del Azteca como campeona fue la gasofa que por el camino dejó el
gol con la mano y el del barrilete cósmico a los ingleses.
Volvió a
Nápoles, donde siguen diciendo hoy día que quien ama no olvida, y le
ganó dos ligas a Berlusconi. Una de ellas con polémica arbitral a favor,
que así escuece más a los poderosos acostumbrados a hacer ley de su
voluntad. Pero, precisamente, con el paso del tiempo, que incluye su
paso por Sevilla, Newell’s y Boca de nuevo, las suspensiones por
distintos positivos, los intentos de establecerse como entrenador o
declaraciones políticas quizá con más alma de manifiesto personal que de
contribución a una transformación colectiva real, Maradona fue
dibujándose como un símbolo intocable para un montón de aficionados al
fútbol. Intentamos congelar la imagen en una gambeta, una celebración,
un puño apretado, hicimos lema aquello que supo definir el escritor
Roberto Fontanarrosa: “Qué importa lo que Diego hizo con su vida, me
importa lo que hizo con la mía”. Evocábamos un tiempo perdido, la
nostalgia de cuando era posible competir no con publicidad de casas de
apuestas en el pecho, sino con la de salsas Buitoni o chocolatinas Mars.
Huérfanos de jugadores rebeldes como seguimos estando,
quienes reconocemos en el fútbol una manifestación fundamental de la
cultura popular sujeta a un contexto socioeconómico del que no escapa,
acogimos a Diego como si fuera un revolucionario. Alguien que, al menos,
parecía libre. Pero ni lo era ni lo fue, ni tampoco dejó de estar la
mayoría de su vida en una posición privilegiada, a pesar de esa retórica
transgresora que por momentos parecía que iba a acabar, qué menos, con
la formación del sindicato de futbolistas definitivo que le diese la
vuelta a este maravilloso juego secuestrado por el marketing, la
falsa neutralidad, por el capital.
Lo que se dice no es nunca más
importante que lo que se hace. Por eso, obviar que, con el fogonazo que
en nuestras cabezas siguen encendiendo esos goles, camisetas y fotos,
convive la desmesura y egolatría de quien pudo usar su poder para no
tratar bien, para tratar mal, para maltratar —hay que escribirlo si
recordamos a sus compañeras denunciantes—, sería injusto. Con ellas,
sobre todo, con quien a su lado haya podido sentirse mal. Pero también
con él, por reducirle de manera condescendiente a objeto de consumo
adaptado a nuestra comodidad. E injusto hasta con nosotros mismos por
autoengañarnos." (Ignacio Pato, el Salto, 26/11/20)