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13/1/25

Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y Silicon Valley ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras (consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales)... El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización... Silicon Valley cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación... la inteligencia artificial puede reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión... Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia... La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes... Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político (Esteban Hernández)

 "Peter Thiel es uno de los empresarios tecnológicos con más prestigio y una figura fundamental en el capital riesgo de Silicon Valley. Fundó PayPal, el dinero que gestiona ha apoyado a empresas como Facebook, Tesla, Uber o Airbnb y es el CEO de Palantir. Forma parte de esa aristocracia empresarial nacida con la tecnología, pero también es uno de los nombres de referencia dentro del republicanismo trumpista.

El periodista Max Chafkin firmó una biografía de Thiel, The Contrarian, en la que quedaba definido de esta manera: "Es brillante, tiene ideas visionarias y una asombrosa habilidad para saber exactamente cómo ganar. Posee la habilidad especial de ver la vida como un juego de ajedrez: utiliza a sus amigos, sus socios comerciales y las empresas de su cartera como medios para lograr un fin".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto

Thiel, que insiste en la necesidad de que existan nuevas élites en EEUU (las contraélites están triunfando), describió a la consultora McKinsey como una "estafa total". Según Thiel, "McKinsey era algo real en 1985 en Estados Unidos. Si contratabas a un consultor, en realidad te ayudaba a mejorar tu empresa porque las empresas estaban mal administradas en ese momento. La administración Reagan-Thatcher fortaleció a McKinsey porque permitió que se adquirieran más empresas y que se produjeran más fusiones y adquisiciones. Generó una reorganización de la sociedad algo brutal pero muy poderosa. Pero ahora McKinsey es un fraude total. Todo es falso. A estas alturas, McKinsey nunca va a ser otra cosa que un engaño corrupto".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto y, en general, a esa profesión. Hay dos aspectos relevantes en la posición del inversor que delimitan con precisión cuáles son los cambios que están produciéndose, la magnitud de los mismos y lo que significa el ascenso de los empresarios del capital riesgo en el nuevo gobierno republicano.

La sustitución de élites

El primero es político-social. La llegada al poder de Trump de la mano de Musk, y de gestores del capital riesgo como Thiel y Marc Andreessen, implica algo más que una suerte de alianza con el sector tecnológico. De hecho, Silicon Valley no fue particularmente afín a Trump durante su campaña, y menos todavía el personal y muchos directivos de las big tech. Ahora, con Trump en la Casa Blanca, esas compañías se están acercando a Trump, pero siempre contra la voluntad de personas como Musk o Thiel. Hay una brecha entre el venture capital y las big tech que está por cerrarse.

El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización

En todo caso, es innegable que Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y este entorno tecnológico ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras.

Ese cúmulo de consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales que han influido sobre la política durante estos años se ha visto especialmente presionado con el triunfo de los republicanos. El orden basado en reglas, las interconexiones globales, la paz comercial y la mundialización feliz eran sus dogmas. Trump los está haciendo saltar por los aires. Es un nuevo mundo que necesita de nuevas reglas, y son sectores especialmente incapaces para comprenderlas. Eso es lo que afirman Musk y Trump.

Las grandes consultoras pertenecen a ese pasado, ya no es su tiempo. Fueron útiles en algún momento, pero no ahora. Se necesitan nuevos líderes y nuevas fuentes de influencia.

La tecnología y el conocimiento humano

Hay que entender de dónde viene Peter Thiel, cuál es su recorrido y cuál su manera de pensar para comprender el desafío que lanza. Fue el primero en Silicon Valley en apoyar a Donald Trump en 2016 y es el valedor del próximo vicepresidente, J.D. Vance. Fundó PayPal y fue uno de los primeros inversores de Facebook. Pero, sobre todo, junto con Alex Karp y Stephen Cohen, creó Palantir, una exitosa empresa especializada en software y soluciones de big data para la defensa y para las agencias de inteligencia.

Palantir es una firma con mucho prestigio en un sector en el que las máquinas y la tecnología cada vez tienen mayor importancia, al mismo tiempo que disminuye la relevancia que se le da a los humanos. Thiel, como tantos otros en el Valle, cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación.

"La IA se ha convertido en una forma de que la empresa eluda su responsabilidad: afirma que solo hace lo que dice el algoritmo"

Esa superioridad de la tecnología a la hora de ofrecer soluciones, con las grandes bases de datos y la mejora de la inteligencia artificial de fondo, es una de las creencias más asentadas de nuestra época. Esa es la tarea que Palantir ha llevado a cabo. Y si ha funcionado en un ámbito tan relevante como la seguridad, puede hacerlo con mayor eficacia aún en el terreno empresarial. Más allá de la clase de instrumentos que utilicen, los consultores no dejan de aportar conocimiento humano para la gestión, y es justo eso lo que está en discusión.

El cambio de modelo

Hay otros aspectos en los que la gran consultoría podría salir perjudicada. El escritor Ted Chiang explicó de manera nítida uno de ellos en un artículo para The New Yorker. El uso de la consultoría como justificación, que es una de las prácticas más frecuentes en la empresa, estaría deslizándose hacia la IA: "Si quieres que se haga algo, pero no quieres ensuciarte las manos, McKinsey lo hará por ti. Esa huida de la responsabilidad es uno de los servicios más valiosos que ofrecen las consultorías de gestión. Los jefes tienen ciertos objetivos, pero no quieren que se les culpe por hacer lo necesario para alcanzarlos; al contratar consultores, la dirección puede decir que solo estaban siguiendo el consejo de expertos independientes. Incluso en su forma rudimentaria actual, la IA se ha convertido en la manera en que una empresa elude la responsabilidad, al afirmar que solo hace lo que dice el algoritmo, aunque haya sido la empresa la que haya encargado ese tipo de algoritmo".

La IA es un modo de ahorrar costes más que una solución eficaz. Pero da beneficios. Y eso es lo que hacían los consultores

La tecnología, en este sentido, aportaría un plus de credibilidad. Basta con afirmar que son soluciones apoyadas en datos y que han sido diseñadas con la fría objetividad de las máquinas, para que resulten menos cuestionables que las conclusiones aportadas por los consultores.

Además, existe otra realidad, que apenas se suele mencionar, pero que conforma la aplicación práctica y concreta que la inteligencia artificial está teniendo en la vida empresarial contemporánea. Por más que se expresen grandes posibilidades futuras, lo cierto es que "la IA se reduce a analizar una tarea que realizan los seres humanos y a encontrar la manera de reemplazarlos". Es un modo de ahorro de costes mucho más que una solución eficiente. Pero dado que el propósito de las firmas es ampliar la cantidad de beneficios, se trata de un instrumento útil. Eso es justo lo que hacían los consultores. Lo que nos viene a decir Thiel es que no solo se pueden reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión. Su sector tiene los instrumentos adecuados para esa tarea.

Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por múltiples áreas de administración, existe una intención expresa de ampliar el negocio aportando nuevos sistemas de gestión basados en algoritmos. Es un sector en crecimiento y que se espera explotar en los próximos años.

La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes, o al menos de llevarse una parte significativa de su negocio. De eso ha ido la tecnología hasta ahora, que se ha apoyado en modelos de negocio que trataban de evitar toda regulación (Airbnb, Uber, las redes sociales). Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 13/01/25)

9/1/25

2025: ¿Hacia dónde vamos? Tecnofeudalismo, tecnocapitalismo, turbocapitalismo... auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas... un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba... Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo... del desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio... la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente... Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, pero permanecen inmutable dos factores, primero, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso, el Consenso del Silicon Valley... y segundo, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables no tienen ni informaciones simétricas, ni capacidades para revertir la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación... la nueva política económica se va a edificar sobre un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros... ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social (Carles Manera)

" Se habla de que entramos en una nueva era, en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia, dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente pero en peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las instituciones democráticas. Lo comentaba Andrea Rizzi, en un interesante artículo (“Guerras, desastres climáticos y magnates: los retos del año”, Ideas, 504, 5 de enero de 2025): este cambio de paradigma no sabemos cómo se va a dirimir, si en mesas de negociación o en campos de batalla. Nos adentramos en una fase, sea cual sea la denominación que le demos, de gran incertidumbre en un sentido preciso: el cuestionamiento del estado actual amparado por las democracias liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos como arma de dominación. Una regresión en toda regla.

Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (El capital ficticio, Ned Ediciones, Madrid, 2018; Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021. Ver un excelente comentario en Gemma Cairó-i-Céspedes, Revista de Economía Crítica, 33, 2022) y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de  rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por la propiedad del “capital en la nube”. Se trata de transformaciones profundas en la economía global, que afectan a su vez a la esfera financiera. Es la transición hacia una economía que conoce avances relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos políticos.

                Estos importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control social por la gran conexión de la población con las plataformas digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba, para Durand y Varoufakis.

Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo, concepto aportado por Edward Luttwak (Turbocapitalismo. Quiénes ganan y quiénes pierden en la globalización, Crítica, Barcelona, 2009), que se sintetiza así: el desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio. El turbocapitalismo arranca de los procesos des-regulatorios de los inicios de la era neoliberal, desde la década de 1980, que entierran el paradigma de la economía keynesiana que había funcionado de forma notable desde 1945/1950 hasta el estallido de las crisis energéticas de 1973 y 1979 y el proceso de estanflación. Las desregulaciones afectaron de manera remarcable al sistema financiero, alimentando además toda una constelación de productos derivados sustentados en una sofisticada ingeniería financiera –estimulada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación– que arrasó en Wall Street.

La obsesión por una libertad económica sin control alguno, con la premisa de que el problema económico central residía en el Estado y no en el mercado y que, por tanto, se debía recortar el gasto público –el social de forma preeminente; pero no el militar, como se demostró con el programa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”–, consagró las tesis más conservadoras en el pensamiento económico, con líneas específicas de actuación: privatización de empresas y servicios públicos, reducción de costos laborales unitarios tensionando los salarios a la baja, rechazo a las negociaciones sindicales, dominio de lo privado sobre lo público, rebajas impositivas a las franjas más ricas de la población. Consecuencias: déficits gemelos en la economía de Estados Unidos, comercial y presupuestario. Un fracaso.

                El enlace de ambos conceptos parece clave: la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente, según las investigaciones de Costas Lapavitsas (Beneficios sin producción, Traficantes de sueños, Madrid, 2016); y el brutal avance y consolidación de la microelectrónica digital, que aparentemente extiende posibilidades democráticas a la población, pero que acaba por ejercer un dominio aplastante sobre la misma al generar una dependencia directa de las plataformas, un empuje que se nutre de la expansión del capitalismo financiero. No estamos seguros de que, como dice Varoufakis, el capitalismo tal y como lo conocemos haya muerto; o, en expresión de Cairó-i-Céspedes, estemos ante un capitalismo senil. El sistema económico ha tenido y tiene capacidades innegables de mutación en coyunturas críticas, en etapas en las que muchos preconizaban su caída utilizando, entre otros indicadores, la evolución de la tasa de beneficio. Por el contrario, la fortaleza de esa senilidad es firme y, tal vez, el turbo sigue estando bien activo en los principales motores del crecimiento económico que nutre el sistema: las nuevas tecnologías emergentes con la Industria4.0.

Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, si nos remontamos a la época medieval. Pero lo que permanece inmutable son dos factores: en primer término, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso que complementa el ya conocido Consenso de Washington, y que es el Consenso del Silicon Valley; y, en segundo lugar, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables –ubicados en mercados libres– no tienen ni informaciones simétricas ni capacidades tangibles para revertir fenómenos como, por ejemplo, la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación. No apreciamos semejanzas extremas con el feudalismo. Y sí observamos procesos de transición que, también históricamente, han durado siglos: no se han dirimido en poco tiempo, como precisamente acaeció con el tránsito del feudalismo al capitalismo, un tema que generó un intenso debate económico e historiográfico.

Preocupantes incertidumbres

                Esta nueva forma del capitalismo, llamémosla como queramos, se presenta espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado, promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son numerosas. Sin embargo, podemos aventurar las tendencias posibles.

                En primer término, la nueva política económica que se va a edificar sobre preceptos de un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente. Los instrumentos, ya anunciados, son el incremento de los aranceles a productos asiáticos, europeos y canadienses bajo la premisa de reindustrializar un país, Estados Unidos, cuyas grandes empresas tienen ya intereses prioritarios en otras latitudes, tanto las del llamado “cinturón del óxido” como las de los distritos tecnológicos. La cerrazón comercial que se infiere de tales medidas proteccionistas pueden tener otras consecuencias, como el repunte de la inflación y, por consiguiente, la previsible actuación de la Reserva Federal subiendo tipos de interés –y ello impactará sobre el resto de bancos centrales–. Si a esto se suma las amenazas de expulsión de población inmigrante, el resultado no se augura positivo, ni social ni económicamente.

                En segundo lugar, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros. Las empresas que han financiado generosamente la campaña de Trump, tanto del espectro tecnológico como de las energías fósiles, van a exigir contrapartidas como, de hecho, ya está haciendo el principal adalid de todo esto, Elon Musk. Musk constituye el ejemplo de la irrupción de un personaje –hay otros– no elegido democráticamente, pero con una incidencia tremenda en la nueva administración por su poderío económico y su capacidad para generar informaciones falsas y distorsionadas. Volviendo al tema ambiental, ya en su primer mandato, Trump desautorizó las conclusiones de la Cumbre del Clima de París, donde se fijó el horizonte de incremento de 1,5 grados centígrados. Las críticas de sus nuevos nombramientos a la política de vacunaciones, del aborto y de la igualdad de oportunidades entre géneros y razas, constituyen otros vectores regresivos. Volvemos hacia atrás, en décadas.

                En tercer lugar, el diseño de otra geopolítica que permeabilice las relaciones con Rusia fortalezca la alianza con Israel, debilite la Unión Europea y la OTAN y se distancie de China, considerada la potencia emergente y un adversario a batir. Los conflictos vigentes –Ucrania, Gaza, Oriente Próximo– serán piedras de toque que deberán poner en guardia, especialmente, a los gobiernos europeos. Pero la crisis de la Unión Europea no invita al optimismo: Francia desencajada, Alemania con severas amenazas de triunfo de la extrema derecha y en recesión económica, posiciones dispares en el seno de diferentes socios comunitarios. Un caldo de cultivo para los desestabilizadores europeos, que pretenden un retorno a un neo-nacionalismo, desde las mismas entrañas de la Unión, con un neo-fascismo como reclamo central. Esto se vincula, a su vez, con el ataque reiterado a las coordenadas básicas –separación de poderes, elecciones libres, importancia del Estado del Bienestar– de las democracias liberales, desde posicionamientos que se engarzan con el anarco-capitalismo: ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social.

Frente a esto, sendos documentos tratan de poner ejes claros de actuación. El de Mario Draghi (véase https://equipoeuropa.org/informe-draghi-ue-competitiva/) propone un ambicioso plan de reindustrialización de la Unión, focalizado en los grandes retos económico-sociales que van desde la transición energética hasta la aplicación de nuevas tecnologías, inteligencia artificial y defensa. Se plantea una inversión que oscila entre 750 mil y 800 mil millones de euros anuales, si bien Draghi piensa que buena parte debieran provenir del sector privado. Por otra parte, el de Enrico Letta (véase: https://www.hablamosdeeuropa.es/es/Paginas/Noticias/El-Informe-Letta-el-futuro-del-mercado-%C3%BAnico-europeo-.aspx) sobre el mercado único plantea la necesidad de capturar los factores intangibles de la economía digital y los beneficios de la economía circular con el objetivo de encarar el cambio climático. Apoyar la transición verde y digital, la promoción de la paz y el respeto al Estado de Derecho, y el reforzamiento de un mercado único –con la apuesta por estimular el crecimiento en tamaño de las empresas– para crear empleo y facilitar la posibilidad de hacer negocios, son otros elementos que Letta aporta. Ambos textos son complementarios y su aplicación supondría tres consecuencias básicas:

  • La flexibilización de las reglas fiscales europeas, es decir, una visión más acorde con los planes de actuación que se desempeñaron con la COVID;
  • La apuesta clara por la inversión pública como palanca inicial para estimular el efecto multiplicador sobre la privada;
  • El reforzamiento de una gobernanza que supone establecer consensos entre formaciones con objetivos distintos.

No es fácil; pero probablemente sea esta una vía razonable de actuación, una hoja de ruta a seguir.

                En definitiva, tal y como señala Laura Camargo (Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global, Editorial Verbum, Madrid, 2024), Donald Trump ya está actuando, y va a actuar más, como catalizador clave de todo este nuevo relato reaccionario y retrógrado. Es, para Camargo, lo que denomina “trumpismo discursivo”, que ha redefinido la comunicación política contemporánea con la internacionalización de un estilo agresivo, simplista y provocador para escandalizar, polarizar y confundir. Una herramienta fundamental para ello son las redes sociales, en las que este tipo de relatos tienen predicamento por parte de las extremas derechas del mundo, en su defensa de nuevos regímenes de sello autoritario. La gran damnificada es la información veraz, habida cuenta que esas infraestructuras digitales tienen tras de si empresarios que alimentan la desinformación, como indica Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 2016). De ahí que resulte fundamental la calidad de la información más que la cantidad de la misma.

Conclusión

                Creemos que el capitalismo sigue siendo un sistema fuerte, con capacidad manifiesta de mutación, de adaptabilidad. El tecnofeudalismo, el turbocapitalismo son, a nuestro parecer, versiones que no particularizan al sistema, sino que son expresiones de su enorme capacidad de cambiar, a partir de la actuación de los agentes económicos, sociales y políticos. Las sombras de una posible crisis se proyectarán en función de los cisnes negros que puedan aparecer, o de las dislocaciones socio-económicas que generen los gobernantes histriónicos. En la coyuntura actual, los datos disponibles sobre beneficios empresariales son positivos, en el sentido de que la tasa de ganancia crece. Decimos esto porque este indicador, que es determinante, suele adoptarse como posible señal que aventura la posibilidad de una recesión, en caso de caídas graves de los beneficios. Acceder a datos sobre este asunto no suele ser sencillo. Para el caso de España, disponemos del Observatorio de Márgenes Empresariales (https://www.observatoriomargenes.es/wme/es/), con variables significativas desde 1994 sobre más de 800 mil empresas, procedentes de los registros mercantiles y depositadas en la Central de Balances del Banco de España. Para la primera mitad de 2024, las empresas españolas ostentaban un beneficio sobre ventas del 13,6% entre abril y junio, frente al 12,5% que se registró entre enero y marzo. La media esperada por la Agencia Tributaria se situaría entorno al 13,5%, tasa que supera la recogida para ejercicios pasados. Todo esto encaja con la evolución de la trayectoria económica española: un crecimiento del 3,1% en previsión de cierre para 2024; la creación de medio millón de nuevos empleos; una tasa de paro de poco más del 11%; y un cuadro macroeconómico agregado –déficit público, deuda pública– con cifras muy razonables.

                Las magnitudes sobre crecimiento económico en Estados Unidos infieren, igualmente, buenos resultados empresariales desde la óptica de la tasa de beneficio. Por ello, las medidas económicas que se piensan aplicar desde la administración Trump pueden inducir una recesión, forzándola, sin que existan causas que la justifiquen, más allá de las fobias ideológicas del presidente estadounidense y sus asesores. Nos adentramos, pues, en un futuro en el que el principio de incertidumbre, alimentado además por iniciativas de corte caótico desde una administración desballestada, va a estar más presente que nunca. E incidirá en todo el planeta. Tenemos ante esto una necesidad imperiosa de seguir analizando la evolución de la economía con rigor, perseverancia, altas dosis de paciencia y confianza en que el futuro depare, también, alguna esperanza."

(Carles Manera, Un. Illes Balears, Economistas frente a la crisis, 08/01/25)

27/9/23

Varoufakis: El capitalismo ha muerto: viva el tecnofeudalismo... Nos han convertido a todos en siervos de la nube... sostenemos esta enorme máquina de modificación del comportamiento con nuestro trabajo gratuito: publicamos reseñas, valoramos productos, mientras amasa enormes rentas de los capitalistas que dependen de esta red de capital en la nube, normalmente el 40% del precio de venta. Eso no es capitalismo. Bienvenido al tecnofeudalismo... lo que ha matado al capitalismo es el propio capital. No el capital tal y como lo conocemos, sino una mutación del mismo surgida en las dos últimas décadas. Esta mutación -el capital en nube- ha demolido los dos pilares del capitalismo: los mercados y los beneficios... que siguen siendo omnipresentes -también lo eran bajo el feudalismo-, pero han sido desalojadas del centro de nuestro sistema económico, y expulsadas a sus márgenes. Los mercados, el medio del capitalismo, han sido suplantados por plataformas comerciales digitales que parecen mercados, pero no lo son, y que se entienden mejor como feudos. Y el beneficio, motor del capitalismo, ha sido sustituido por su predecesor feudal: la renta... En consecuencia, el poder real no reside hoy en los propietarios del capital tradicional: maquinaria, edificios, redes ferroviarias y telefónicas, robots industriales. Siguen extrayendo beneficios de los trabajadores, del trabajo asalariado, pero ya no mandan, como antes. De hecho, se han convertido en vasallos en relación con una nueva clase de señor feudal, los propietarios del capital en nube... ignoramos un peligro muy real. Máquinas como Alexa y chatbots de inteligencia artificial como ChatGPT, ejercen un poder inimaginable sobre lo que hacemos, en nombre de un pequeño grupo de humanos de carne y hueso... tenemos que hacernos colectivamente dueños del capital-nube, en lugar de someternos a unos pocos señores feudales. Será muy difícil. Pero es la única manera de que nuestros artefactos basados en la nube dejen de ser un medio de modificación del comportamiento y se conviertan en un medio de emancipación

 "Una vez oí a un anciano Friedrich von Hayek comenzar una diatriba contra la planificación socialista con una encantadora anécdota personal. "El otro día", dijo juguetonamente, "entré en una tienda. Salí con un artículo que, antes, no tenía ni idea de que quería". Como todos los defensores más inteligentes del capitalismo, pensaba en el mercado como un creador benévolo cuya labor ningún sistema creado por el hombre podría reproducir. La idea de Hayek era que nosotros mismos no sabemos lo que queremos hasta que entramos en el mercado. Entonces, ¿cómo podría un funcionario del gobierno, o de hecho cualquier persona, saber lo que quiere la sociedad?

Pensadores como von Hayek rechazan a los economistas vulgares de la corriente dominante que celebran el mercado como un mero mecanismo eficiente para encontrar el precio justo de las cosas; ellos lo ven como algo más grande, un liberador de nuestra imaginación, el cocreador de nuestras preferencias y gustos. Sostienen que interferir en los mercados, por no hablar de sustituirlos, es una idea terrible porque los sistemas centralizados son contrarios no sólo a la eficiencia, sino también al libre desarrollo de nuestras inclinaciones.

 Pero, ¿y si nuestras preferencias ya no están formadas por el mercado, como en la época de Hayek? Al año siguiente de su muerte, me esforzaba por conectar el ordenador de mi padre a la incipiente Internet cuando me hizo una pregunta asesina: "Ahora que los ordenadores hablan entre sí, ¿hará esta red que el capitalismo sea imposible de derrocar? ¿O podría revelar por fin su talón de Aquiles?". Fue un par de años después del colapso del comunismo soviético, pero también el principio del declive del centro-izquierda. La amenaza que suponía para el capitalismo una clase obrera organizada había entrado en una recesión que nunca ha terminado. ¿Podría Internet hacer al capitalismo lo que el proletariado no había conseguido?

 He tardado años en responder a la pregunta de mi padre -en forma de mi nuevo libro, Tecnofeudalismo: Lo que mató al capitalismo. En él sostengo que ahora nuestras preferencias no las determinan los mercados, sino las redes de máquinas, lo que yo llamo "capital en la nube". Alexa, de Amazon, por ejemplo, es el portal a un sistema totalitario y totalmente centralizado de creación y satisfacción de preferencias. 

En primer lugar, nos entrena para que le dictemos lo que queremos. 

En segundo lugar, nos vende directamente lo que ahora "queremos", eludiendo cualquier mercado real. 

En tercer lugar, consigue que sostengamos esta enorme máquina de modificación del comportamiento con nuestro trabajo gratuito: publicamos reseñas, valoramos productos. 

Por último, amasa enormes rentas de los capitalistas que dependen de esta red de capital en la nube, normalmente el 40% del precio de venta. Eso no es capitalismo. Bienvenido al tecnofeudalismo.

 El miedo de la humanidad a sus creaciones tecnológicas es antiguo: películas como Terminator y Matrix están impulsadas por la misma ansiedad que animó el Frankenstein de Mary Shelley y el cuento de Pandora de Hesíodo, en el que es un robot creado por Hefesto para castigarnos por el crimen de Prometeo. Todas estas historias tienen un punto de singularidad: el momento en que una máquina, o una red de máquinas, alcanza la consciencia. Por lo general, la máquina nos echa un vistazo a nosotros, sus creadores, y decide que no somos adecuados para su propósito, antes de proceder a erradicarnos o esclavizarnos, o simplemente hacernos desgraciados.

Pero mientras nos tragamos estas historias, ignoramos un peligro muy real. Máquinas como Alexa y chatbots de inteligencia artificial como ChatGPT no están ni cerca del temido punto de singularidad. Pueden pretender ser sensibles, pero no lo son. Sin embargo, no importa ni un ápice que sean apéndices descerebrados de una red de procesamiento de datos que sólo simula inteligencia. Ni que sus creadores estuvieran motivados por la curiosidad y la búsqueda de rentas, y no por un diabólico plan para subyugar a la humanidad. Lo que importa es que ejercen un poder inimaginable sobre lo que hacemos, en nombre de un pequeño grupo de humanos de carne y hueso.

 Se trata de una versión de la singularidad, aunque de forma más simple, en el sentido de que es el momento en que algo inventado por "nosotros" se vuelve independiente y más poderoso que nosotros, sometiéndonos a su control. En efecto, desde la revolución industrial original hasta nuestros días, hemos dotado a las máquinas de "vida propia"; desde las máquinas de vapor hasta los motores de búsqueda, nuestros gloriosos artefactos nos hacen sentir, en palabras de Marx, como "el hechicero, que ya no es capaz de controlar los poderes del mundo inferior a los que ha convocado con sus hechizos".

En el centro de mi tesis hay una ironía: lo que ha matado al capitalismo es el propio capital. No el capital tal y como lo conocemos desde los albores de la era industrial, sino una nueva forma de capital, una mutación del mismo surgida en las dos últimas décadas, tanto más poderosa que su predecesora que, como un virus demasiado entusiasta, ha acabado con su huésped. Esta mutación -el capital en nube- ha demolido los dos pilares del capitalismo: los mercados y los beneficios.

Por supuesto, estas dos cosas siguen siendo omnipresentes -también lo eran bajo el feudalismo-, pero han sido desalojadas del centro de nuestro sistema económico y social, expulsadas a sus márgenes y sustituidas. Los mercados, el medio del capitalismo, han sido suplantados por plataformas comerciales digitales que parecen mercados, pero no lo son, y que se entienden mejor como feudos. Y el beneficio, motor del capitalismo, ha sido sustituido por su predecesor feudal: la renta. En concreto, se trata de una forma de alquiler que debe pagarse por el acceso a esas plataformas y a la nube en general: el alquiler de la nube.

En consecuencia, el poder real no reside hoy en los propietarios del capital tradicional: maquinaria, edificios, redes ferroviarias y telefónicas, robots industriales. Siguen extrayendo beneficios de los trabajadores, del trabajo asalariado, pero ya no mandan, como antes. De hecho, se han convertido en vasallos en relación con una nueva clase de señor feudal, los propietarios del capital en nube. En cuanto al resto de nosotros, hemos vuelto a nuestra antigua condición de siervos, contribuyendo a la riqueza y al poder de la nueva clase dominante con nuestro trabajo no remunerado, además del trabajo asalariado que realizamos, cuando tenemos la oportunidad.

En un mundo tecnofeudal, el individuo liberal es ahora un papel imposible de desempeñar. Los humanos estamos enredados en una red de capital digital que nos entrena para que nos controle. La democracia social es inimaginable en un mundo en el que los proles-nube son reducidos a autómatas, mientras que casi todos los demás trabajan gratis como siervos-nube, sin darse cuenta siquiera de que su trabajo repone la forma dominante de capital. ¿Significa esto que nunca podremos recuperar nuestra autonomía, nuestra libertad? Por supuesto que no. No estamos condenados. Lo que es un hecho, sin embargo, es que, por la misma razón que no podemos des-inventar la IA, o aplastar el capital en nube en un ataque de rabia neo-ludita, no hay vuelta atrás al capitalismo. ¿Y ahora qué?

Mientras que la privatización y el capital riesgo acaparan toda la riqueza material que nos rodea, el capital nube se dedica a acaparar nuestros cerebros. Si cada uno de nosotros quiere reclamar la propiedad de su mente, tenemos que hacernos colectivamente dueños del capital-nube, en lugar de someternos a unos pocos señores feudales. Será muy difícil. Pero es la única manera de que nuestros artefactos basados en la nube dejen de ser un medio de modificación del comportamiento y se conviertan en un medio de emancipación."             

(Yanis Varoufakis, UnHerd, 25/09/23; traducción DEEPL)

3/8/23

Varoufakis: lo que ha matado al capitalismo es... el capital mismo. No el capital como lo conocemos desde los albores de la era industrial, sino una nueva forma de capital, una mutación tóxica... el capital en la nube es un medio de producción para la modificación del comportamiento. Nos convierte a todos en un tipo de siervo... A diferencia del capitalismo, cuyo combustible era la ganancia, nuestro mundo tecnofeudal funciona con rentas, como el feudalismo solía... excepto que la renta de la nube es posible no a través de la propiedad de la tierra sino a través de la propiedad de esta forma tóxica y novedosa del capital (nube), los espacios digitales cerrados de nuestra era

 "(...) Tecnofeudalismo

Pasé la mayor parte de la semana encerrado en un estudio grabando el audiolibro de mi próximo Technofeudalism: What killed capitalism. Fue un trabajo duro y muy divertido leer en voz alta un libro que, aunque escrito desde una perspectiva analítica marxista, está obligado a molestar a los izquierdistas tanto como molesta a los verdaderos creyentes en la inevitabilidad del capitalismo. ¿Por qué temo que los izquierdistas se enojen? En el centro de mi tesis hay una ironía que puede sonar, al principio, confusa: lo que ha matado al capitalismo es... el capital mismo. No el capital como lo conocemos desde los albores de la era industrial, sino una nueva forma de capital, una mutación tan tóxica que como un virus estúpido y demasiado celoso ha matado a su huésped. Al oírme decir esto, un encantador amigo del PST me lo dijo airadamente: "Si el sistema bajo el que vivimos ya no es capitalista, ¿por qué no es socialista?" ¡Lo es bastante!

Capital en la nube

 Entonces, ¿qué demonios es el capital en la nube? Para empezar, no vive cerca de las nubes, sino que comprende nuestra maquinaria en red, miles de kilómetros de cables de fibra óptica en los fondos oceánicos, algoritmos impulsados por IA y hardware de comunicaciones que cruzan el planeta. Así, como las vías férreas y los robots industriales, es una forma de capital. 

Pero, en lugar de ser simplemente un medio de producción, el capital en la nube es un medio de producción para la modificación del comportamiento. Nos convierte a todos en un tipo de siervo, al incitarnos a trabajar gratis para acumular sus existencias (por ejemplo, cuando subimos cosas en TikTok). Acelera el trabajo proletario en las fábricas y almacenes. Y, de manera crucial, reemplaza los mercados con plataformas, como amazon.com, que parecen mercados pero que ciertamente no son mercados. Los cloudalistas, sus propietarios, ahora tienen el poder de extraer rentas gigantescas de los capitalistas convencionales (por ejemplo, el 35% de Amazon, Apple, Alibaba, etc. cobran a los vendedores). 

A diferencia del capitalismo, cuyo combustible era la ganancia, nuestro mundo tecnofeudal funciona con rentas, como el feudalismo solía - excepto que la renta de la nube es posible no a través de la propiedad de la tierra sino a través de la propiedad de esta forma tóxica y novedosa del capital (nube), los espacios digitales cerrados de nuestra era.

Pero, ¿no es Amazon un mercado capitalista? 

Si no es un mercado capitalista, ¿en el nombre del Señor estamos entrando en amazon.com?" , un estudiante de la Universidad de Texas me preguntó hace unos años. Un tipo de feudo digital, respondí instintivamente. Una postcapitalista, cuyas raíces históricas permanecen en la Europa feudal pero cuya integridad se mantiene hoy en día por un tipo futurista y distópico de capital basado en las nubes.

¿No son Meta y TikTok competidores capitalistas?

 TikTok agotó a los usuarios y los ingresos de Facebook. ¿No es esta exactamente la competencia de mercado que enfrentaron Ford, Edison y Westinghouse? No, no lo es. Las batallas y rivalidades que llevaron al surgimiento y la caída de los feudos, fueron parte integral del feudalismo. Pero no debemos confundir la rivalidad entre feudos con la competencia basada en el mercado, donde los precios más bajos y las cualidades más altas gobiernan. Bajo el tecnofeudalismo, la rivalidad entre los miembros de la clase tecnofeudal está determinada por el poder que trasciende los mercados."           

( , New Statesmant, 18/07/23; traducción Reverso)

8/7/21

Amazon y la optimización algorítmica... la aplicación que gestiona los repartidores contratados se encarga de enviar correos electrónicos anunciando su despido, en función de criterios que pueden ir desde las evaluaciones de los usuarios, hasta las necesidades del servicio... el trabajo de 'cuello blanco', es llevado a cabo por un algoritmo, mientras que el trabajo logístico 'de cuello azul', sigue siendo llevado a cabo por personas... Personas dirigidas por robots…

 "Un largo e interesante artículo en Bloomberg, «Fired by bot at Amazon: ‘it’s you against the machine’«, permite visualizar, en el caso de una compañía en ocasiones tan distópica como Amazon, lo que ocurre cuando se utilizan algoritmos para gestionar personas: la aplicación que gestiona los repartidores contratados a través de Amazon Flex, un sistema al que ya me refería en 2017 como «la uberización de la logística«, se encarga de enviar correos electrónicos anunciando su despido, en función de criterios no necesariamente claros y que pueden ir desde las evaluaciones de los usuarios, hasta las necesidades del servicio.

 El artículo, que se centra precisamente en las percepciones de los trabajadores, nos lleva a comprobar cómo los patrones de automatización no siempre siguen el camino recto o más esperable: las decisiones de gestión que habitualmente llevaría a cabo un directivo, un trabajo etiquetado como «de cuello blanco», son llevadas a cabo por un algoritmo, mientras que el trabajo puramente logístico, considerado tradicionalmente como «de cuello azul», sigue siendo llevado a cabo por personas. 

Amazon no entiende de categorías ni de cuellos: para la compañía, todo son recursos, y si una tarea puede ser automatizada de manera que optimice los resultados, se automatiza. Mientras muchas compañías huyen de la denominación de «recursos humanos» porque entiende que las personas deben ser consideradas como tales, y no simplemente como «un recurso más», Amazon parece ser completamente impermeable a esta tendencia y gestiona de manera estrictamente científica, con unos resultados que aparentemente no serán malos desde el punto de vista económico, pero que desde otros puntos de vista, aparentemente, dejan bastante que desear

Algunos artículos recientes hablan de toda una máquina trituradora de personas que desde fuera de la compañía, simplemente, no se ve.

En muchos sentidos, un trabajador de Amazon es una persona esperando que la compañía descubra la forma adecuada de automatizar su tarea. Si trabajas como picker en sus almacenes, lo haces en aquellos que no han sido diseñados para que tu trabajo sea sustituido por los robots Kiva que arrastran estanterías de un lado a otro, y que constituyen un ejército que no deja de crecer: en enero del año pasado superaban los doscientos mil

Si llevas a cabo otras funciones, es posible que te sustituyan Ernie o Bert, sus últimos desarrollos en robótica – y ello teniendo en cuenta que sus almacenes no son en absoluto los más automatizados, si los comparamos con los de, por ejemplo, JD.com en China. Si te dedicas al desarrollo de software, un puesto que la compañía habitualmente ha mimado especialmente, vigila: en cuanto el desarrollo de software se pueda automatizar, la compañía lo hará rápidamente.

 Si eres un directivo, habitualmente con mucha experiencia en retail y en negociación, que se dedica a cerrar contratos millonarios con marcas que venden sus productos en la plataforma de Amazon, es también posible que tus funciones ya estén siendo desarrolladas por algoritmos.

 Cada vez que encontremos un proceso tradicionalmente llevado a cabo por personas que pueda, gracias al desarrollo de una tecnología determinada, ser realizado por un algoritmo, es muy posible que Amazon sea el sitio al que mirar, porque seguramente llevarán un tiempo experimentando con ello.

Personas dirigidas por robots… ¿hasta qué punto deben las compañías llevar sus procesos de optimización, en un entorno en el que cada vez más tareas pueden ser automatizadas? ¿Es normal que un algoritmo asigne rutas de reparto de tal manera que obligan al repartidor a orinar en una botella para poder cumplirlas? Si tus algoritmos te dicen que lo óptimo es destruir toneladas de mercancía no vendida y que ni siquiera ha llegado a salir de su caja, ¿tiene sentido destruirlas sin más consideración? 

Si tus clientes se esfuerzan por evaluar un producto, ¿tiene sentido que un algoritmo, y además malo, rechace esas evaluaciones y prácticamente los insulte? ¿Qué ocurre cuando todo se condiciona a decisiones de optimización tomadas por algoritmos, sin prácticamente intervención humana? ¿Hablamos de algo excepcional, o de una tendencia que veremos cada vez más en el futuro?"              (Enrique Dans , Enrique Dans, Contrainformación, 28/06/21)

10/6/21

Varoufakis: ya estamos en algo más allá del capitalismo. El capitalismo que yo conocía antes de 2008 ya no lo reconozco. Ya no hay mercados competitivos, hay corporaciones enormes movidas por la tecnología creando espacios donde no hay mercado, donde no hay Estado. Las calles digitales por las que caminas son propiedad de un solo hombre, lo que ves, lo que escuchas, todas las sugerencias que recibes desde las distintas tiendas de esa plataforma digital están controladas por un solo hombre. Esto es feudalismo, no capitalismo

 " Otra realidad, el último libro de Yanis Varoufakis (Falero, Grecia, 1961) está disfrazado de ensayo. (...)

 Concretamente, ficción especulativa, ciencia ficción. En la novela el también cofundador del “movimiento paneuropeo” DiEM25 narra la vida de un grupo de amigos que descubre una especie de sistema potenciador de multiversos.

 En uno de esos mundos paralelos, y por tanto de alguna manera posibles, un hallazgo: el capitalismo ya no existe. Varoufakis utiliza los avatares y discusiones del grupo para exponer una propuesta utópica, esa otra realidad, poniendo especial interés en el mercado financiero, la organización de las corporaciones privadas y la renta universal. (...)

P. ¿Qué es lo que esta crisis nos ha enseñado sobre el sistema político y económico en el que vivimos? Por ejemplo, con el rechazo a liberar la patente de las vacunas contra el covid-19, incluso después de recibir financiación pública.

R. Este libro es sobre algo más allá del capitalismo, pero ya estamos en algo más allá del capitalismo. Desde 2008 he estado escribiendo y hablando sobre la idea de que el capitalismo se ha transformado en algo distinto. El capitalismo que yo conocía antes de 2008 ya no lo reconozco. 

Ya no hay mercados competitivos, no hay separación entre Estado y sector privado, hay corporaciones enormes movidas por la tecnología creando espacios donde no hay mercado, donde no hay Estado. Si vas a Amazon, si vas a Facebook, entras en un ecosistema digital: es un mercado, claro, pero un mercado en el que cada tienda es propiedad de un solo hombre.

Las calles digitales por las que caminas son propiedad de un solo hombre, lo que ves, lo que escuchas, todas las sugerencias que recibes desde las distintas tiendas de esa plataforma digital están controladas por un solo hombre. Esto es feudalismo, no capitalismo. Por eso lo llamo tecnofeudalismo. 

Así que en cierto sentido ya estábamos, y lo estábamos antes de que nos golpeara el covid-19, en un entorno de tecnofeudalismo. El covid simplemente lo ha hecho mucho peor: lo vemos con toda la industria de las vacunas, el fiasco de las vacunas de la Unión Europea, nuestras pruebas, tribulaciones y fracasos como seres humanos para utilizar la fantástica tecnología y ciencia que tenemos y presionar para ponerlas al servicio de la mayoría. (...)

P. Estas son algunas de las claves de esa Otra realidad que imagina: ni bancos, ni bolsa, ni jerarquías o propiedad tal y como la conocemos en las empresas privadas, ni propiedad del suelo, entre otras cosas. ¿Cómo se puede trazar un proyecto político como este cuando no hay un solo gran partido europeo que defienda una agenda así?

R. Por algún sitio hay que empezar. La izquierda, pero también la derecha liberal que cree en un capitalismo que ya no existe, tenemos que responder a esta pregunta: vale, si no nos gusta lo que vemos, si creemos que esta forma de organizar la vida va en detrimento de los intereses de la humanidad, ¿cuál es la alternativa? Hace 300 años, si alguien hubiera llegado con la idea de abolir la esclavitud, le hubieran considerado un idiota, un rarito: nadie se hubiera imaginado un mundo sin esclavitud. Tenemos que empezar a imaginar distintos principios organizativos para el mundo que nos rodea.

En Otra realidad describo un mundo sin mercado laboral, sin mercado financiero, pero un mundo en el que los mercados de productos y servicios, están vivitos y coleando. No hay casi Estado en el mundo que describo: los individuos son completamente libres de hacer lo que les plazca, también formar empresas, siempre que respeten el principio de un trabajador, una acción, un voto. Y lo que mucha gente encuentra extraño de mi libro es que defiendo que si quieres mercados libres tienes que subvertir el capitalismo. Hay que liberar a los mercados del capitalismo para que se comporten de manera humana.

P. La ficción nos permite ser más atrevidos: ¿cómo se pueden traducir estas ideas, este ejercicio de imaginación, al mundo real, a esta realidad?

R. Intento responder a esta pregunta indirectamente en el capítulo que me resultó más difícil escribir, titulado “Así murió el capitalismo”. En él trato de narrar una historia alternativa entre 2009 y 2020, donde en mi mundo ficticio la crisis de 2008 creó una secuencia de acciones ciudadanas, de rebeliones, y cómo se produjo esta democratización de la economía. Intenté poner todo en este capítulo, de manera que aunque, sí, todo sea ficción, el lector pueda decirse mientras lee: “podría haber sucedido de esta manera”. Con suerte, esto dará ideas a la gente, ideas subversivas, sobre cómo todavía podría suceder algo así. Y la razón por la que apoyo una subversión del sistema es porque no creo que el presente sea sostenible.

No creo que lo que la gente llama capitalismo pueda seguir así, ya se está metamorfoseando en lo que llamo tecnofeudalismo, y nadie va a disfrutar este estado de las cosas, ni siquiera la gente que cree en el capitalismo, ni siquiera los ricos. Los ricos oligarcas no viven una buena vida, viven con miedo todo el tiempo, se sienten muy inseguros, pueden ver a las masas allá afuera, sin futuro, cuyos hijos van a tener vidas peores que las suyas, y esta gente se parapeta tras altos muros, muy preocupados. La evidencia de esto es que muchos poderosos billonarios ya están hablando del capitalismo como un problema. Warren Buffett ya se ha quejado de que paga demasiados pocos impuestos, aunque esto por supuesto no cambie lo que hace todos los días en bolsa. (...)

P. Antes ha dicho, hablando de la Unión Europea: “Perdimos una oportunidad”. La revolución de su libro sucede alrededor de 2008. ¿Estamos todavía a tiempo?

R. No tengo ni idea. De verdad que no puedo responder a esta pregunta. Pero la vida no merece la pena si no seguimos intentando llegar a una utopía realista. En otras palabras: me aburriría muchísimo si simplemente aceptara las cosas como son, y solo me quedara adaptarme. George Bernard Shaw, el gran dramaturgo irlandés, dijo que hay dos tipos de personas: quienes se adaptan al mundo que existe, y los locos que tratan de adaptar el mundo a sus ideas. Soy de estos últimos. No estoy interesado en adaptarme a una realidad que podría ser muchísimo mejor.

P. En el capítulo en el que narra revolución, esta está instigada por una especie de vanguardia compuesta por trabajadores bancarios rebeldes, y todos los que les siguen. ¿Cuál es el papel de los partidos y los sindicatos en todo esto, cómo imagina una revolución similar en 2021 o 2025?

R. El rol de los partidos políticos es crucial, como el rol de los sindicatos, pero no es suficiente. La vieja manera de izquierdas de cambiar el mundo simplemente no es suficiente. Hoy gran parte del poder está en manos de los consumidores, y debemos revertir la ratio coste-beneficio. ¿A qué me refiero? En el siglo XIX, e incluso hoy, los trabajadores que van a la huelga asumen inmensos costes personales para obtener muy pocos beneficios. 

Pensemos en los trabajadores de los almacenes de Amazon que se ponen en huelga. ¿Qué van a conseguir? Van a conseguir, ¿qué, cobrar un dólar por hora más? En el mejor de los casos, o ni siquiera eso. Probablemente van a ser despedidos, vilipendiados, igual que los mineros y los obreros del XIX sufrieron inmensamente las consecuencias de ir a la huelga.

En el método tradicional de los sindicatos para cambiar el mundo, los individuos radicales que toman las calles sufren enormemente para obtener muy pocos beneficios. La sociedad mejoró, pero ellos no se beneficiaron mucho de ello, e incluso cuando consiguieron subidas de sueldo, todos se beneficiaron, también aquellos que no participaron en las huelgas. 

Tenemos que darle la vuelta a esto, y creo que el hecho de que todo se desarrolle online quiere decir que hoy, como consumidores, tenemos un poder enorme. Intento explicarlo en el libro narrando la revolución como algo que se desarrolla como resultado de la colaboración de sindicatos tradicionales y partidos políticos, pero también de ingenieros financieros, gente que trabajaba para Lehman Brothers que fueron humillados por sus jefes antes de ser despedidos, y que saben cómo apuntar a ciertos derivados financieros, infligiendo, con muy poco coste personal, el máximo coste para las poderosas oligarquías que tratan de mantener el orden del mundo tal y como está.

Imagine si todos decidiéramos que, durante una semana, no vamos a entrar en la web de Amazon. Jeff Bezos le prestaría atención a eso de una forma que no lo haría si, en algún lugar, algunos de sus empleados fueran a la huelga. Necesitamos actualizar las herramientas que los progresistas usan para conseguir un mundo mejor. Adoro la tecnología, creo que deberíamos usarla, no abandonarla a aquellos que la utilizan para crear lo que llamo tecnofeudalismo.

P. Vemos más claramente los problemas del capitalismo tras la experiencia de la última crisis, pero ¿por qué existe este bloqueo en la izquierda, entre los partidos pero también entre los votantes, que sienten que las cosas no pueden cambiar?

R. Vamos a ser honestos: el cambio no es fácil, la revolución, subvertir una oligarquía establecida no es fácil. Cuando existe un poder concentrado en manos de unos pocos, y mucha gente pero muy dispersa es muy difícil organizarse, y es muy fácil para los oligarcas dividir a la mayoría e imponerse a ella. Otra razón es que, aceptémoslo, todos tenemos un lado oscuro. La izquierda es conocida desde hace un siglo por, en el nombre de la libertad, la igualdad, la fraternidad y el socialismo, hacer muchísimo daño, el autoritarismo que hemos demostrado —no olvidemos que el gulag fue creado para comunistas y por comunistas—… Tenemos que ser muy autocríticos.

 ¿Cómo organizas a la gente de manera efectiva pero sin permitir que nadie se convierta en un pequeño Stalin, en un pequeño déspota? Cambiar el mundo es algo muy complicado y peligroso, y no debemos subestimar cuán difícil es. Finalmente, una tercera razón: creo que la izquierda ha cometido un error muy grave durante mucho tiempo, intentando cambiar sus propios Estados nación como si fuera posible hacerlo aislado de otras naciones.

Los banqueros han tenido mucho éxito consiguiendo que todos nosotros les rescatemos. ¿Por qué? Porque son internacionalistas. Porque trabajan como uno solo, no importa que sean alemanes, españoles, indios, chinos, trabajan con una solidaridad increíble. Lo mismo con los neofascistas, ya vengan de Grecia, Italia o España, se adoran los unos a los otros y tienen una única agenda: odian a los extranjeros a los sindicatos, etc. 

Están unidos, son internacionalistas. Nosotros no somos internacionalistas, decimos serlo, pero cuando, en el contexto de las elecciones al Parlamento Europeo de mayo de 2019, nuestro movimiento, DiEM25, intentaba hacer que los progresistas europeos se unieran y tuvieran un solo programa, una respuesta a la pregunta de qué hacemos con el Banco Central Europeo, qué hacemos con la deuda europea, no lo conseguimos. Cada partido, en Alemania, en Francia y demás, quería su propia agenda, encontraban mucho más fácil replicar lo que ya conocían que unirse y tener un marco político establecido para todo el año.

P. ¿Puede la Unión Europea ser una herramienta para este internacionalismo? En otras palabras, ¿es reformable, puede tener un papel positivo?

R. La Unión Europea juega un papel positivo en muchos aspectos y un papel terrible en otros. Es como si te preguntan: ¿puede el Estado español tener un papel positivo? Claro que puede, proporciona colegios, proporciona carreteras. Al mismo tiempo es un instrumento para la oligarquía, pero eso no quiere decir que no te dé también colegios. No podemos movernos en el blanco y negro. Lo mismo con la Unión Europea. ¿Es reformable? No lo creo. ¿Por qué? Porque es una zona libre de democracia. Vas a Bruselas y te das cuenta de que allí hay tanta democracia como oxígeno hay en la Luna. No es que haya un déficit de oxígeno en la Luna, simplemente no hay oxígeno; lo mismo con la democracia en Bruselas.
 
 Lo que sí es la Unión Europea es transformable. No se puede reformar, vas allí con la idea de que la gente te escuchará, pero ese mecanismo no está ahí. Pero sí puede transformarse, igual que los Estados se transformaron: en la Edad Media, eran instrumentos del señor, del barón, del rey, pero los transformamos a través del conflicto. También podemos transformar así la Unión Europea. Pero no será fácil, llevará mucho trabajo y un montón de conflicto."                 (Entrevista a Yanis Varoufakis, Clara Morales, 07/06/21)

13/1/21

Los grandes clubes de fútbol se han convertido en proveedores, 24 horas 7 días a la semana, de contenidos de entretenimiento para públicos dispersos internacionalmente... ¿por qué tanto interés de los fondos de inversión y la banca de inversiones (JP Morgan, Merril Lynch o Goldman Sachs) por participar de la industria del fútbol? Por la hiperemoción que despierta el fútbol en el consumidor

 "(...) Una multinacional del entretenimiento

Un libro lo resume de maravilla, La pelota no entra por azar (2009), de su vicepresidente y director general, Ferran Soriano, ahora pilotando el City. 

De aquel período nos queda la transformación del club en una multinacional del entretenimiento –como ya apunté en mi tesis doctoral–, el inicio del proceso de internacionalización de la marca Barça –sobre todo, gracias al acuerdo con Unicef (2006)– y el crecimiento exponencial de sus ingresos hasta que la pandemia del coronavirus ha roto las dinámicas del mercado. 

Dicho de otra manera, y no siendo exclusivamente mérito de un solo hombre, se dibuja una clara línea divisoria entre el Barça pre-Laporta y el Barça de después.

De hecho, el candidato que gane estas elecciones podrá ser más o menos cómplice del fútbol posicional, tendrá en mente unos u otros futuros patrocinadores, establecerá una determinada relación con las peñas, tendrá un plan u otro para reformar el Camp Nou o revisará la función social de la Fundación del club; pero ninguno de ellos podrá evitar gestionar el día a día del club como si estuviera al mando de otra empresa del sector del ocio o del entretenimiento, sea Disney, Mediapro o una franquicia de la NBA. Los grandes clubes de fútbol se han convertido en proveedores, 24 horas 7 días a la semana, de contenidos de entretenimiento para públicos dispersos internacionalmente.

El papel del gran capital

En lo expuesto anteriormente radica la creciente importancia de este negocio. Si no, ¿por qué tanto interés de los fondos de inversión y la banca de inversiones (JP Morgan, Merril Lynch o Goldman Sachs) por participar de la industria del fútbol?

¿Por qué la futura Superliga europea de clubes, que prevé multiplicar por diez los ingresos del ganador en comparación con el de la Champions League, ahora está impulsada por JP Morgan?

¿Por qué Goldman Sachs ha financiado a 45 estadios deportivos a nivel internacional?

¿Por qué Amazon, actualmente la marca más valorada del mundo según el Brand Finance Global 500 con 220.000 millones de dólares, se ha lanzado a la compra de derechos audiovisuales deportivos para vestir su servicio Prime Video, ha abierto canales temáticos con los clubes (por ejemplo, con la Juventus de Turín) o es socio para el desarrollo de las plataformas de e-commerce de estos?

En este gran mercado de productores y distribuidores de contenidos de entretenimiento, los clubes de fútbol no son precisamente las marcas más valoradas.

Ya hemos apuntado el valor de Amazon, pero a 60.000 millones de valoración queda Google y a 80.000 millones Apple. El equipo deportivo más valorado del mundo son los Dallas Cowboys de la NFL, con solo 5.500 millones de dólares, mientras que el Real Madrid se sitúa con una valoración de 4.240 millones y el Barcelona de 4.020 millones, según Forbes. Así pues, queda mucho recorrido por delante y el mercado está lleno de gigantes dispuestos a hacerse con un contenido driver de primera magnitud: el fútbol y la hiperemoción que despierta en el consumidor.

Pero, aunque la evolución del fútbol sigue una “lógica capitalista”, como siempre nos recuerda el profesor y exdirector de Comunicación del FC Barcelona Jordi Badia (2003-2008), las elecciones a la presidencia del FC Barcelona se viven con especial tensión en Cataluña.

Desde el punto de vista de la sociedad civil del Principado, y atendiendo a su masa social, el Barça es la entidad deportiva más importante de Cataluña (141.846 socios), solo superada en el sector cultural por Òmnium Cultural (182.633 socios).

Pero, por su impacto global y proyección, el Barça se podría considerar el principal activo paradiplomático de Cataluña, siendo además una organización que se resiste a convertirse en sociedad anónima aunque la lógica del mercado y su elevado endeudamiento –nueve veces el patrimonio neto– casi le obligarían.(...)"                          

 (, Associate professor, Universitat de Vic, The Conversation, 10/01/21)

El gran líder supremo Zuckerberg (Facebook) silencia al presidente de los Estados Unidos (Trump)... Los dueños de las grandes corporaciones tecnológicas se han convertido también en los autoproclamados jueces del debate público

 "Facebook, Instagram, Twitter y Youtube se han cansado de ganar dinero con las mentiras y ataques verbales de Trump justo cuando acaba su presidencia. Más o menos como la cadena de televisión Fox, cuyos periodistas ahora se enfrentan al acoso de los que hasta hace unos meses eran sus más fieles creyentes.

El líder de la secta fascisto-trumpista, conformada por supremacistas, neonazis, fundamentalistas y seguidores de la teoría conspirativa QANON, siguieron ayer las instrucciones lanzadas por las redes sociales del aún presidente de los Estados Unidos. Y como buen candidato a caudillo, siguió la estrategia global de sus compañeros de filas totalitarias –Erdogan, Putin, Salvini, Le Pen, Johnson, Bolsonaro, Abascal…–: forzar las costuras de la democracia hasta el mismo instante en el que van a saltar para seguir erosionándola desde las instituciones.

Justo en ese momento lanzó el vídeo en el que, por primera vez, prometía aceptar la transición de la presidencia, aunque aún sin reconocer su derrota en las urnas. Para entonces, sus seguidores abandonaban tranquilamente el Capitolio tras haberlo asaltado sin encontrar apenas resistencia por parte de la policía. Volvían paseando a pie tranquilamente a sus hoteles, algunos con pertenencias de los senadores en los bolsillos. Según las últimas cifras publicadas, solo 70 fueron identificados o detenidos.

Mientras, alguien de Twitter decidía eliminar los últimos tres tuits del presidente y, posteriormente, suspender su cuenta durante 12 horas. Esta red social ha conseguido mantener difusa la identidad de sus gestores, lo que transmite la falsa imagen de que esta decisión la toma un ente tecnocrático, atendiendo exclusivamente a criterios científicos, más asépticos, neutrales e incuestionables. Lo mismo hacían Facebook e Instagram que, por el contrario, sí se aparece ante el imaginario compartido con el rostro alienígena de su propietario, Mark Zuckerberg. Tras eliminar el vídeo en el que Trump insistía en el fraude electoral antes de pedir a la turba que abandonase la sede del poder legislativo, suspendieron temporalmente sus cuentas.

Horas más tarde, el tercer hombre más rico del mundo, con una fortuna que supera los 100.000 millones de dólares, publicaba un comunicado en el que compartía su dictamen: ampliaba la inhabilitación de las cuentas de «manera indefinida y al menos durante las próximas dos semanas hasta que se complete la transición pacífica del poder».

El autoproclamado juez añadía: «En los últimos años, hemos permitido al presidente Trump usar nuestra plataforma de acuerdo con nuestras propias reglas, en ocasiones eliminando contenido o etiquetando sus publicaciones cuando violan nuestras políticas. Hicimos esto porque creemos que el público tiene derecho al acceso más amplio posible al discurso político, incluso al discurso controvertido. Pero el contexto actual es ahora fundamentalmente diferente, lo que implica el uso de nuestra plataforma para incitar a una insurrección violenta contra un gobierno elegido democráticamente».

Es decir, como los líderes elegidos democráticamente con aspiraciones totalitaristas, Zuckerberg ha forzado las costuras del sistema democrático al promover y lucrarse con la estrategia de intoxicación pública de Trump hasta que, una semana antes del fin de su mandato, le quita el botón rojo que más le interesa: con el que lleva destrozando la convivencia y la ética pública con sus plataformas privadas.

Ante el totalitarismo de Trump el gran líder supremo global Zuckerberg responde con su totalitarismo: decide unilateralmente que quien llegó a la presidencia gracias al uso fraudulento de nuestra información pública y privada de Facebook –recordemos Cambridge Analytica–, ya no puede utilizar sus plataformas.

El magnate de rostro naranja sabe bien que en los negocios no hay amistades que valgan ni alianza que dure mil años, pero también es cierto que –con todas las falencias del sistema electoral estadounidense y sin haberse podido demostrar la intervención rusa en los resultados–, Trump fue elegido mediante los votos, los mismos que ahora han permitido echarle.

Pero a Zuckerberg no le hemos elegido y, sin embargo, está gestionando y controlando algunos de nuestros derechos más fundamentales –a la comunicación, a la información, a la expresión, a la intimidad, al honor…–. Y, como hemos visto en sus comparecencias en el mismo Capitolio o en el Parlamento Europeo, carecemos de mecanismos para controlar su poder y para retirárselo. Mientras, él adopta este tipo de decisiones con el objetivo de todo líder que quiere fidelizar a sus gobernados: sembrar confianza, en este caso, mostrando una preocupación por la estabilidad.

 Por ello, resulta más paradójico si cabe observar qué hicieron los fanáticos trumpistas cuando irrumpieron en el Capitolio: fundamentalmente, retransmitirlo en directo con sus teléfonos móviles, así como grabar, tomar fotos y hacerse selfies para subirlas en cuanto pudiesen a las redes sociales. Es decir, como bien apuntaba en su cuenta de Twitter la periodista Elise Thomas: “crear contenido para las redes sociales. Al menos, en sus mentes, el verdadero poder no está en ese edificio. Está online”.

Es decir, mientras Twitter, Facebook y Youtube –que suprimió un vídeo– se jactaban de haber silenciado al monstruo que tanto contribuyeron a crear, sus acólitos divulgaban a través de las mismas redes cada paso de su hazaña “revolucionaria”, como muchos la calificaban. Es más: ha sido en estas plataformas en las que en las últimas semanas han preparado de manera abierta estas tomas de los capitolios, que se han repetido en más de diez Estados simultáneamente. Por ello, tiene aún menos sentido los insuficientes dispositivos policiales desplegados en los congresos estatales y federales.

Y por esta misma falta de confianza, activistas conocedores del modus operandi de los fascistas en las redes sociales en los últimos años pedían a través de las mismas que se guardasen todos los archivos que se pudiese de los que iban publicando. Porque como ocurrió, por ejemplo, en Charlotesville en 2017, suelen borrarlos a las pocas horas para evitar ser identificados. Y porque pese al cacareado nuevo compromiso de las redes sociales con las democracias, cuando desde asociaciones proderechos humanos o tribunales les han pedido estos archivos para investigar posibles delitos, han encontrado numerosos obstáculos y dificultades.

Las redes sociales, con sus algoritmos que premian el enfrentamiento, la crispación, la cerrazón y los extremismos, han convertido a decenas de millones de personas en esforzados propagandistas del fascismo. Zuckerberg puede silenciar a Trump y echar un vaso de agua en las redes en llamas. Pero, ¿cómo conseguimos salir de la dictadura de los líderes supremos globales de las corporaciones tecnológicas y llevar la democracia a las redes sociales? ¿Cómo logramos que las normas que rigen los espacios en los que se está dando buena parte de la conversación pública sean aprobadas en Parlamentos por nuestros representantes democráticamente elegidos? Para quienes argumenten que las plataformas digitales son empresas privadas y que, por tanto, pueden imponer sus propias reglas, recordarles que la mayor parte del mercado está regulado: las autopistas son de gestión privada pero también se les aplica las leyes de tráfico.

Los seguidores de Trump que transmitieron online su toma del Capitolio piensan que ahí, en Internet, está el verdadero poder, y llevan una parte de razón. El problema es que en ese espacio privado reinan las leyes medievales, la ciudadanía somos solo vasallos, y por ahora ni siquiera se atisba la Revolución Francesa y, ni mucho menos, la Ilustración. Urge democratizar Internet. De lo contrario, ganará la turba armada con móviles a modo de garrote, para beneficio de Zuckerberg y el resto de los nuevos Rey Sol. Y lo harán también en las calles, armados con M16, como han hecho en el Capitolio de la primera potencia mundial, pero también en las calles de buena parte de sus ciudades desde hace meses, sin que Facebook, Twitter o Youtube les quitase el altavoz."             (Patricia Simón , La Marea, 08/01/21)

13/5/20

La pandemia del Covid-19 aceleró la tendencia a la digitalización (junto con la robotización y uso de inteligencia artificial) de muchas actividades, así como de nuevos sistemas de vigilancia y control ciudadano... las empresas estadunidenses y chinas controlan 75 por ciento de la nube... El factor fundamental de ganancia son los datos que les entregamos al usar estas redes. No solamente como individuos. También hay gobiernos que entregan los datos de sectores enteros de la población. Y el aumento exponencial de sistemas de vigilancia y control que siguen a los ciudadanos de ciudades o países enteros

"La debacle causada por la pandemia de Covid-19 ha devastado economías nacionales, multiplicado el desempleo, la marginación, el hambre y la pobreza y la crisis o quiebra de empresas de todos los tamaños. Pero algunas compañías y algunos de los más ricos del mundo han ganado en grande con esta pandemia.
Se aceleró la preocupante tendencia que ya existía a la digitalización (junto con la robotización y uso de inteligencia artificial) de muchas actividades industriales y financieras, así como de nuevos sistemas de vigilancia y control ciudadano.

Las principales ganadoras de la pandemia son las grandes plataformas digitales: Amazon, Microsoft, Apple, Google (Alphabet), Facebook, Baidu, Alibaba, Tencent. Las primeras cinco, conocidas como Gafam, tienen matriz en Estados Unidos. Las otras tres, con el ahora sugestivo acrónimo de BAT, en China.

Otras plataformas digitales, como las de entretenimiento, Zoom y algunas de entregas a domicilio también han crecido. Unas más, como Uber y Airbnb, han tenido pérdidas, aunque su meteórico ascenso y competencia desleal con las compañías regulares de taxis y hoteles (mayormente al no pagar impuestos) les habían dado abultadas ganancias.

La primacía de mercado y ganancias de las ocho mayores plataformas (Gafam y BAT) es abrumadora. Según el informe 2019 sobre economía digital de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad), 70 plataformas digitales tienen 90 por ciento del mercado mundial, pero las siete más grandes tienen dos tercios. Esas megaplataformas han aumentado significativamente sus ganancias en 2020, al igual que sus fundadores, Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft) y Mark Zuckerberg (Facebook).

Según la Unctad, las empresas estadunidenses y chinas controlan 75 por ciento de las nubes de cómputo, 75 por ciento de las patentes sobre cadenas de bloque ( blockchain) y representan 90 por ciento del valor de capitalización de mercado de todas las plataformas digitales.

Han seguido el mismo patrón que otros rubros industriales: las megaempresas se tragan a competidores más pequeños, logrando un control oligopólico del mercado. En años recientes, Facebook compró Whatsapp e Instagram; Microsoft adquirió Skype y Amazon a Souq, la principal plataforma de Medio Oriente. Facebook controla dos terceras partes de la redes sociales y Google más de 90 por ciento de las búsquedas. Amazon, la mayor ganadora con la pandemia, superó a Walmart como la mayor en ventas minoristas a escala global.

Uno de los nichos de dominación de mercado es que ofrecen almacenar los datos de otras empresas e instituciones públicas en sus servicios de nubes, donde también pueden manejar esos datos con inteligencia artificial. Esta capacidad de almacenamiento y uso de datos (extracción, minería de datos, gestión, interpretación, venta) es el motor fundamental de sus ganancias.


Siendo un factor de importancia creciente en economías nacionales y rubros industriales esenciales, las grandes plataformas no tienen casi fiscalización, regulación o supervisión pública. Básicamente establecen sus propias reglas, y alegando su carácter global están entre los mayores evasores de impuestos, lo que significa cifras astronómicas, mayores que el PIB de decenas de países enteros.

El factor fundamental de ganancia son los datos que les entregamos al usar estas redes. No solamente como individuos. También hay gobiernos que entregan o facilitan a esas plataformas los datos de sectores enteros de la población. (...)

Otra importante fuente de datos es el aumento exponencial de sistemas de vigilancia y control. Con la pandemia se ha extendido el uso de aplicaciones que siguen a las y los ciudadanos de ciudades o países enteros, supuestamente para alertar si son o no un riesgo de contagio. 

Esto, a su vez, se cruza con el uso de cámaras y lentes inteligentes, conectados a bases de datos estatales o privadas, que ya se usan extensivamente en China, Rusia, Corea y otros países asiáticos, y va en rápido aumento en Europa y América del Norte y del Sur. El negocio es tan lucrativo que los clásicos competidores de sistemas operativos, Google y Apple, colaboran ahora en ofrecer una aplicación gratuita de monitoreo durante la pandemia, que probablemente luego incorporarán por defecto a todos los dispositivos.

Las implicaciones de control, vigilancia y potencial represión gubernamental de estos sistemas quitan el aliento. Pero son aún más amplias las consecuencias políticas y económicas que tienen al otorgar acceso masivo de los datos de los ciudadanos a estas empresas y la inducción que las que compran los datos ejercen para vender desde productos a preferencias electorales, como sucedió con Facebook y Cambridge Analytica. No es sólo un tema de privacidad de datos personales. Se trata de los nuevos gerentes del mundo y cómo vamos a enfrentarlos colectivamente."                    (Silvia Ribeiro, El Viejo topo, 12/05/20, fuente: La Jornada)

17/4/20

Las grandes tecnológicas serán las ganadoras de esta crisis y es un problema... un ejemplo es la alianza entre Google y Apple para crear una app que permita saber si hemos estado expuestos al virus rastreando nuestros movimientos y nuestros contactos. Antes de la crisis hubo un gran rechazo público en contra de que las Big Tech entraran en el campo de la salud; ahora nadie protesta... debería haber límites estrictos sobre lo que cualquier entidad, ya sea un gobierno o una empresa privada, puede hacer en términos de rastrearnos y recopilar y monetizar nuestros datos personales

"Leemos las noticias a través de los grupos de whatsapp, buscamos información o artículos periodísticos en Google, sabemos de los demás a través de Facebook o Instagram, vemos películas y series en plataformas digitales como Netflix, encargamos bienes a Amazon o a Glovo, y quienes tenemos la suerte de conservar nuestro empleo, recurrimos al teletrabajo. 

El confinamiento ha convertido a las firmas ligadas a la tecnología en parte indispensable de nuestra cotidianeidad, y mucha gente que no estaba habituada a utilizarlas está adquiriendo la costumbre. Es además obvio que, en ese proceso, esas compañías están recogiendo enormes cantidades de datos sobre nuestros comportamientos y formas de pensar, que aprovecharán y monetizarán de diversas formas. 

Las grandes tecnológicas aparecen como las triunfadoras económicas de este apagón general, y más aún en la medida que se les está abriendo con facilidad las puertas de otros sectores, como la salud o las finanzas. El confinamiento parece un ensayo general de la vida económica después del coronavirus.

Rana Foroohar, columnista y editora asociada de ‘Financial Times’, había publicado poco antes de la pandemia ‘Don’t be evil’ (Penguin Random House), un estimable libro sobre la presencia y el poder que estaban acumulando las grandes tecnológicas y las consecuencias sociales y económicas que se derivaban de su auge. Foroohar, que trabajó para ‘Time’, es también la autora de ‘Makers and Takers’, un revelador texto acerca del funcionamiento de nuestra economía.

PREGUNTA. Parece muy evidente que las grandes empresas tecnológicas serán las vencedoras y saldrán muy reforzadas de la crisis del coronavirus. ¿Veremos cómo incrementan su poder?

RESPUESTA. Por resumirlo en una palabra, sí. Ha sido sorprendente ver el cambio del sentimiento público hacia las Big Tech en las últimas semanas. Todas las preocupaciones existentes antes del coronavirus sobre la privacidad y el uso de nuestros datos, la concentración corporativa y las grandes sumas de dinero que dedicaban a hacer lobby político han desaparecido, y las personas están volcadas en los servicios que ofrecen, desde la entrega de comestibles por las noches hasta el teletrabajo. 

Las empresas más grandes están aprovechando al máximo el momento y lo utilizan para presionar y conseguir más poder y tomar el control de nuevas áreas ligadas a los datos: un ejemplo es la alianza entre Google y Apple para crear una app que permita saber si hemos estado expuestos al virus rastreando nuestros movimientos y nuestros contactos. 

Antes de la crisis hubo un gran rechazo público en contra de que las Big Tech entraran en el campo de la salud; ahora nadie protesta. Veremos cómo estás empresas van a penetrar mucho en sectores como la salud y las finanzas, y terminarán siendo más grandes y más poderosas que antes de la crisis. Esto supone, por supuesto, un grave problema: si no hay límites en los poderes adicionales y los datos que se les dan como resultado de la crisis, entraremos en una pendiente muy resbaladiza que terminará en un Estado de vigilancia estilo chino en los Estados Unidos e incluso en Europa.

P. ¿La guerra contra China beneficia a estas compañías? ¿Les autoriza a someterse a menos límites con la excusa de competir con las firmas asiáticas?

R. Los líderes de empresas como Facebook, Google, Amazon, etc., han utilizado siempre el argumento de que se necesitan campeones nacionales cuando los reguladores han intentado reducir su poder. Es decir, afirman que si se las divide o si se ponen límites a las formas en que pueden extraer y monetizar los datos de sus usuarios, se acabará perjudicando a Estados Unidos en la lucha contra China. Su argumento principal es que la mayoría de las industrias estratégicas del futuro (inteligencia artificial, Internet de las cosas, etc.), que son los sectores que tendrán mayor crecimiento, requerirán la extracción de grandes cantidades de datos. 

Debido a que China es un estado de vigilancia que no tiene en cuenta la privacidad, las grandes compañías tecnológicas de los Estados Unidos argumentan que, sin acceso ilimitado, estarán en desventaja competitiva en la batalla por tales sectores. Pero este es un argumento falso: las empresas más pequeñas y descentralizadas han sido mucho más innovadoras que las grandes en el pasado, y no hay razón para que no siga siendo así. De hecho, el último gran caso antimonopolio en los EEUU, hace más de veinte años, fue contra Microsoft, y permitió el nacimiento de Google. Más grande no significa mejor cuando se trata de innovación y de competencia.

P. En estos días hay mucha preocupación acerca del control de nuestros datos por parte de los gobiernos. Parece claro que la vigilancia tecnológica de los ciudadanos se incrementará gracias al coronavirus, y eso asusta a mucha gente, en la medida en que puede dar lugar a un nuevo tipo de control totalitario. Sin embargo, se trata de datos que ya tienen las grandes compañías tecnológicas. ¿Por qué nos preocupa tanto que nos vigilen los gobiernos y tan poco que lo hagan firmas privadas?

 R. Es una buena pregunta y creo que la respuesta variará según el país del que se sea nacional. Las personas que viven en lugares como China, Rusia, Turquía o cualquier otro con un gobierno autoritario están más preocupados con la vigilancia del Estado que con la del ‘surveillance capitalism’. Pero, en realidad, esto no tiene que ver con el hecho de que la vigilancia provenga del sector público o del privado, sino de si las democracias liberales deberían permitir que se extraigan y se exploten los datos sobre nuestros comportamientos y nuestras formas de pensar. 

Creo que debería haber límites estrictos sobre lo que cualquier entidad, ya sea un gobierno o una empresa privada, puede hacer en términos de rastrearnos y recopilar y monetizar nuestros datos personales. Lamentablemente, en este momento, parece que nos estamos dividiendo en tres sistemas separados: un estado de vigilancia chino con tecnologías para monitorear a los ciudadanos que se está exportando a otros gobiernos autoritarios; un sistema estadounidense de laissez-faire en el que las empresas pueden recopilar y monetizar datos con poca regulación; y un término medio europeo que todavía está definiéndose. 

P. En ‘Don’t be evil’ cita dos informes del Pentágono y el del Departamento de Defensa estadounidense en los que se mostraba una gran preocupación, antes del coronavirus, acerca de la posición débil de EEUU en la cadena de suministro de sectores estratégicos. Hoy estamos asistiendo a la falta de productos sanitarios de urgente necesidad en la pandemia, desde mascarillas hasta respiradores. ¿Se va a acelerar la reindustrialización de EEUU? ¿Será un paso más hacia la desglobalización?

R. Sin ninguna duda. La crisis de Covid-19 solo ha acelerado la desglobalización y localización de las cadenas de suministro que ya estaba en marcha. En los Estados Unidos, la reindustrialización es pretendida por la izquierda por razones laborales: quieren ver una economía basada menos en el consumidor y más en el productor. La derecha quiere lo mismo, pero por razones de seguridad nacional: no desean que las cadenas de suministro se vinculen a China más de lo absolutamente necesario. Hay algunas razones comerciales y de seguridad pública legítimas para querer construir más resiliencia en las cadenas de suministro nacionales. 

Pero esto podría convertirse fácilmente en una carrera hacia el abismo. En un mundo ideal tendríamos cierta regionalización de las cadenas de suministro para crear más seguridad, pero también más cooperación entre naciones democráticas dentro de la OCDE, lo que podría crear acuerdos comerciales beneficiosos para todos y con altos estándares de salud, empleo y seguridad. Sin embargo, estamos yendo hacia un mundo en el que se tiene que elegir si se quiere hacer negocios con Estados Unidos o con China, lo que no es bueno para nadie.

P. Google y Facebook y las empresas que dependen de ellas se han convertido en las redes de transmisión de información dominantes en el mundo y están canalizando gran parte de las partidas publicitarias. Pero, al mismo tiempo, son las principales impulsoras de la difusión de noticias sensacionalistas y de contenidos que polarizan la sociedad. ¿Qué se puede hacer para detener esta tendencia?

R. Creo que probablemente deberíamos girar hacia un modelo en el que las búsquedas se conviertan en servicios públicos, así como el acceso a la banda ancha, y en el que la publicidad personalizada se rija por las mismas normas y regulaciones que operan en otras formas de publicidad. Eso cambiaría el modelo de negocio de Facebook y Google, los haría menos dominantes, y reduciría su capacidad de llevarnos hacia el capitalismo de vigilancia.

P. En el libro propone un New Deal digital. ¿En qué consiste y por qué es necesario?

R. La banda ancha es una necesidad moderna, al igual que el agua o la electricidad. Sin embargo, en los EEUU solo cuentan con ella el 50% de las personas con ingresos inferiores a 30.000 dólares al año. Es una parte esencial de la división entre ricos y pobres que se ve exacerbada por el auge de la economía digital. Si no ponemos en marcha un programa importante de infraestructuras públicas para garantizar que tanto ricos como pobres tengan el mismo acceso a Internet, y no nos aseguramos de que parte del valor de los datos personales que Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Google extraen de forma gratuita regresan a sus usuarios, o mejor dicho, a los ciudadanos, iremos hacia una distribución de la riqueza aún menos equitativa de la que ya tenemos. Y eso no es políticamente sostenible.

P. Afirma que “los EEUU están en peligro de convertirse en un monopolio dirigido por los ricos y mejor conectados”, y subraya que los ciudadanos cada vez nos sentimos más impotentes para cambiar las reglas con las que estas compañías operan. ¿Esta tendencia también se acelerará con el coronavirus?

R. Sin duda. El virus está afectando más a los pobres y las minorías en número de infectados, en la tasa de mortalidad y en los trabajos que se han perdido. Muchos de ellos se encuentran en sectores como el comercio minorista, los viajes, los restaurantes, los servicios y otras áreas en las que son frecuentes los empleos con baja remuneración

P. ¿Cuál serán las consecuencias de la crisis para la Unión Europea? ¿Seremos los perdedores del coronavirus?

R. La crisis del Covid-19 está subrayando el problema fundamental de la UE, que se creó como unión económica que funciona solo en los buenos tiempos, en lugar de como unión política completa en la que los países comparten las cargas y las recompensas, tanto en lo bueno como en lo malo. Hasta que esos programas políticos sean puestos en marcha (a través de una unión fiscal común, una unión bancaria, estructuras impositivas comunes, etc.), se verá una crisis de deuda continua que socavará la estabilidad y la unidad de Europa."       
             
(Entrevista a Rana Foroohar, columnista y editora asociada de ‘Financial Times’, Esteban Hernández, El Confidencial, 16/04/20)