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27/9/23

¿Es posible un porno ético? Es un porno que, lejos de querer clasificar, de evitar ciertas prácticas y de marginar algunos gustos, lo que quiere hacer es incluirlos... Mientras que en la mayoría de producciones que se pueden ver en internet estas son siempre pasivas y se limitan a dejarse hacer, aquí «la mujer aparece como un ente activo al mismo nivel que sus compañeros hombres, tiene algo que aportar»

 "«Imaginen una escena, una escena porno, ¿qué ven? A una mujer rubia con un vestido ajustado, labios rojos, unos pechos como melones. Entre los labios de la mujer, un pene, un pene del tamaño de un semental. ¿Por qué esta mujer le está haciendo una mamada? Porque este buen hombre se le acercó y la rescató cuando su coche se averió. Después él eyacula sobre su cara y ella sonríe con una sonrisa de falso placer. Eso es el porno. Y es hora de que el porno cambie». Así inauguró Erika Lust, directora y productora de cine porno desde 2004, su charla TED en diciembre de 2014. La cineasta llamó a la transformación de una industria cuyo consumo sigue siendo tabú, pero factura miles de millones de euros al año. Y que, junto al dinero, acumula, cada vez más, denuncias de malas praxis laborales hacia sus trabajadores, incluídas falta de garantías higiénicas y abusos en los rodajes. En los casi tres años que han pasado desde la reivindicación de Lust, han proliferado artículos y voces, internas y externas, que celebran la llegada de un porno alternativo, conocido como ético y feminista. Pero, ¿existe realmente? Y si la respuesta es afirmativa, ¿se produce y consume en España?

El actor porno Sylvan Gavroche considera que antes de analizar la nueva forma de crear, hay que entender que «todo el porno feminista es ético, pero no todo el porno ético es feminista». La industria pornográfica está experimentando no solo una transformación, sino dos fundamentales que «pueden ir juntas de la mano o pueden ir separadas», señala Anneke Necro, actriz y cineasta porno y cofundadora de Mantis Lab.

El porno ético apela a todo lo que un consumidor no percibe cuando ve una película o un corto. Es aquel en el que se trabaja con «unas condiciones laborales justas», dice Anneke. Tanto ella como Sylvan señalan que una gran parte de las productoras no respetan las condiciones elementales de cualquier trabajo, como puede ser dar de alta a los empleados en la Seguridad Social u ofrecer un sueldo acorde al trabajo realizado.

Además, Sylvan añade las siguientes condiciones que debe reunir el porno ético para poder llamarse así: «Que nos pregunten si queremos usar o no preservativo, que sepas con quién vas a trabajar antes de llegar al rodaje, si se trabaja a partir de ciertas horas que haya comida y que haya instalaciones para ducharte y lavarte. Para mí, una cosa muy importante, incluso muchísimo más que el tema económico, es conocer antes del rodaje el guion. Es decir, que no solo sepas qué práctica vas a hacer sino qué tipo de escena, qué es lo que vas a interpretar para poder decidir si estás de acuerdo o no», matiza Anneke.

Frente a lo que no se ve (pero importa), se encuentra la manera de hacer y entender la industria que sí tiene cambios muy visibles: el porno feminista. En palabras de Anneke, «es un porno inclusivo que lo que quiere es abarcar el máximo de prácticas y de matices que puede haber en la erótica y en el sexo. Es un porno que, lejos de querer clasificar, de evitar ciertas prácticas y de marginar algunos gustos, lo que quiere hacer es incluirlos». Un factor determinante del porno feminista es el rol de la mujer. Mientras que en la mayoría de producciones que se pueden ver en internet estas son siempre pasivas y se limitan a dejarse hacer, aquí «la mujer aparece como un ente activo al mismo nivel que sus compañeros hombres, tiene algo que aportar», aclara Anneke.

 La realidad de esta ola de cambios es que raramente aparecen los conceptos de porno ético y porno feminista juntos en la misma producción. «Es más fácil que te paguen y que te hagan un contrato en condiciones que plantear prácticas feministas adecuadas», opina Sylvan. Por su parte, Anneke considera que uno de los grandes obstáculos a los que se enfrenta el porno con ambas características es la pérdida de dinero en el porno global. En los últimos años, las plataformas de internet (tubes) que ofrecen contenido gratis y en buena calidad se han convertido en un verdadero problema dentro de una industria acostumbrada a facturar mucho dinero sin dificultad. El último informe (2016) de PornHub, el portal web líder de contenido xxx, muestra unas cifras de consumo astronómicas: 23.000 millones de visitas anuales a la página y un tiempo de visionado total equivalente a 524.375 años.

«Si ya el porno mainstream está en las últimas, imagínate lo difícil que es sacar adelante una productora de porno alternativo. El problema de las pequeñas productoras y empresas de este tipo de porno es que, muchas veces, no pueden garantizar unos sueldos acordes a lo que se debería pagar. No es porque no se quiera o porque no se valore el trabajo, es porque es imposible», sentencia la cineasta. Aun así, reconoce que a ella el capital no es lo que más le interesa, por lo que «muchas veces el porno feminista es más una acción política que las ganas reales de montar una empresa».

 Anneke reconoce que siempre ha sido muy tozuda y reivindicativa. Dos facetas que lleva al máximo cuando se trata de denunciar la mercantilización del porno ético y feminista: «Nos encontramos con señores hablando de porno ético cuando todas sabemos que no pagan a sus actrices», dice, en referencia a las charlas que las productoras de público masivo ofrecen en los distintos salones eróticos de España. «Han encontrado un mercado y lo quieren explotar y eso es una falta de respeto enorme hacia todas las mujeres que llevan décadas, porque parece que el porno feminista y ético es algo de ahora, pero no es así, hay mujeres que llevan muchos años dejándose el alma y la vida para que ahora vengan productoras horripilantes cuyo contenido es lo peor a aprovecharse del feminismo», sentencia.

Los hombres también necesitan porno feminista

«El feminismo es vuestra lucha (la de las mujeres) y no podemos abanderarnos de ella, pero si creemos que el machismo y el patriarcado traen beneficios para el hombre, vamos mal», considera Sylvan. Añade que dentro de la industria se ha encontrado con que sus compañeros tratan cuidadosamente el tema porque «cualquier hombre que empiece a entender un poco el feminismo dice: ‘esto es mi culpa’». Sylvan opina que dentro de la industria el machismo supone un foco de presión para los hombres que acaba siendo un problema, además de la despersonalización que casi siempre viven y que les reduce a «un pene que tiene que estar siempre a tope sin quejarse». Anneke comparte la visión de Sylvan y lo demuestra cada vez que tiene ocasión. «Esta lucha también va con ellos, es de los pocos lugares en que un hombre cobra menos que una mujer. A nosotras nos hacen mil cosas degradantes, pero a ellos también».

El porno feminista y ético no solo beneficia a los profesionales de la industria; para los consumidores también puede suponer un punto de inflexión. Erika Lust, en una entrevista concedida a Fotogramas el año pasado señalaba la importancia de consumir (buen) porno de una manera muy gráfica: «En España, la educación sexual sigue siendo catastrófica, por lo que el porno ha asumido esta función. Y no siempre es recomendable, porque en Internet hay muchos Torbe… Es como dejar la educación sobre las drogas a los traficantes de drogas». Lust se refería a la detención del empresario porno acusado, entre otras cosas, de explotación de menores.

Sylvan reconoce que si «hubiese visto (de adolescente) vídeos como los de Erika Lust, mis expectativas respecto al sexo habrían sido otras. En vez de pensar ‘voy a reventar a esta chica’ habría pensado ‘esta chica también necesita disfrutar’». Anneke defiende que «dentro de la buena pornografía puedes encerrar muchos mensajes y la gente los capta y los recibe de una manera positiva y los acaba aplicando a su vida»."                 (Alejandra Espino, Ethic, 30/10/17)

1/9/23

Cómo influye el porno en los jóvenes... Los jóvenes y adolescentes aprenden conductas sexuales y establecen una normalización erótica teniendo como referente la pornografía... En el caso de los hombres jóvenes, encontramos una base de evidencia creciente entre ver pornografía y el comportamiento sexual violento o abusivo... las diferencias individuales, por ejemplo las características de personalidad, son cruciales para determinar si el consumo de pornografía y/o de pornografía violenta puede o no conducir a situaciones de violencia sexual... también es importante resaltar que los efectos del consumo de pornografía pueden ser positivos y neutros. El consumo de pornografía también se ha relacionado con la experimentación del placer sexual, el incremento de conocimientos técnicos sobre la sexualidad, y el aumento de la autoestima y la satisfacción sexual. Estos hallazgos sobre los efectos del consumo de pornografía sugieren que censurar la pornografía privaría a los jóvenes de algunos beneficios

 "(...) La adopción de las redes sociales como una forma de vida y el desarrollo de las tecnologías móviles posibilitan que los jóvenes generen y difundan sus propias narrativas pornográficas. La curiosidad sexual es una característica de esta etapa y no debería sorprender que los jóvenes sean receptivos a estas imágenes y quieran además experimentar con ellas (Braun-Courville y Rojas 2009; Neinstein 2008). Obviamente, esta forma de comunicación, es decir, el uso de la autorrepresentación visual de carácter erótico en el mundo digital, plantea varios interrogantes sobre la dinámica entre público-privado y autenticidad-teatralización: ¿cómo se representa el yo en línea? ¿Coincide con la expresión del yo en el mundo no virtual? ¿Qué impacto tiene en la salud mental y en su desarrollo que sean los jóvenes quienes de forma no coercitiva estén creando su propia pornografía? ¿Se fomenta así su autonomía sexual o su hipersexualización?

Las principales motivaciones para buscar material sexualmente explícito en internet son: satisfacer la curiosidad, obtener información sobre prácticas eróticas y buscar estímulos para la excitación sexual y la masturbación (Bragg 2006; Kubicek et al. 2010; Horvath et al. 2013; Albury 2014). También podemos encontrar otras razones como el consumo de dicho material para cumplir con las expectativas normativas de género y como modo de «alfabetización» para luego dar a conocer al grupo de iguales el conocimiento sexual (Allen, 2011). Recientemente, algunos estudios han explorado la relación entre consumo de pornografía en el contexto de la pandemia de covid-19, identificando que las motivaciones de regulación del aburrimiento, el estrés y la excitación sexual eran las más frecuentes (Maes y Vandenbosch, 2022).

Como se puede observar, el uso de pornografía no se reduce a una actividad exclusivamente recreativa. Los jóvenes y adolescentes aprenden conductas sexuales y establecen una normalización erótica teniendo como referente la pornografía. Por ejemplo, muchos buscan lo que puede ser anatómicamente posible y se preguntan por qué a determinadas personas les puede gustar tal práctica erótica. ¿Es por libre elección? ¿O fueron obligadas? ¿Seré un bicho raro si no me gusta eso, si no me excito cuando alguien que me atrae me hace tal cosa? ¿Lo que se ve en el porno sucede realmente o luego fue editado? La duda, la fascinación, la curiosidad y la repulsión son reacciones que no pueden disociarse cuando hablamos de pornografía y juventud.

 

La exposición de los nativos digitales al material sexualmente explícito se ha dado tan deprisa que es difícil medir científicamente sus efectos, sobre todo a largo plazo. Si bien quedan muchas preguntas por responder con respecto al grado de influencia de la pornografía en el comportamiento sexual, la literatura científica ya perfila algunas relaciones.

Dado que los jóvenes pueden carecer de educación sexual de calidad y de una experiencia de la vida real para comprender el contenido sexualmente explícito en perspectiva, pueden adoptar actitudes y expectativas poco realistas sobre el comportamiento sexual (Ward 2003; Braun-Courville y Rojas 2009). El uso de la pornografía se ha asociado con actitudes sexuales más permisivas, con creencias sexuales estereotipadas sobre el género, con una mayor disposición al sexo casual y más experiencias de violencia sexual, tanto en términos de perpetración como de victimización (Peter y Valkenburg, 2016).

Algunos estudios apuntan que la visualización excesiva puede provocar un efecto de habituación o desensibilización, reforzar los estereotipos sexuales (Duquet, 2013) e influir negativamente en el autoconcepto, la imagen corporal y la sensación de capacidad sexual, tanto en mujeres como en varones (Marzano y Rozier, 2005; Fitzpatrick 2007; Owens et al., 2012). Otras investigaciones han asociado el consumo de pornografía con una actitud negativa hacia el uso del condón (Wingood et al. 2001). No obstante, este último hallazgo es cuestionado en otros estudios (Braun-Courville y Rojas, 2009; Ybarra, Strasburger y Mitchell, 2014).

Por otro lado, la relación entre consumo de pornografía y la agresión sexual ha sido ampliamente investigada. Aunque el consumo de pornografía violenta es poco habitual (Ybarra et al., 2011; Baer et al., 2015 y Shor y Seida, 2019), se puede hablar de una asociación confiable entre el uso frecuente de este tipo de pornografía y los comportamientos sexualmente agresivos. En concreto, el consumo de pornografía violenta y la agresión sexual se asocia con hombres que presentan un alto riesgo de agresión sexual (Malamuth et al., 2012; Wright et al., 2016; Malamuth, 2018).

En el caso de los hombres jóvenes, también encontramos una base de evidencia creciente entre ver pornografía y el comportamiento sexual violento o abusivo (Stanley et al., 2018; Huntington, Pearlman y Orchowski, 2022). Estos resultados muestran como las diferencias individuales, por ejemplo, las características de personalidad, son cruciales para determinar si el consumo de pornografía y/o de pornografía violenta puede o no conducir a situaciones de violencia sexual (Malamuth y Hupin, 2005).

El uso excesivo y problemático de la pornografía (también denominado como «adicción al porno» o «adicción al cibersexo») constituye otra de las preocupaciones sociales más comunes con respecto a los posibles efectos del porno (Wéry y Billieux, 2017).  La adicción al cibersexo se define como un «patrón de mala adaptación del comportamiento sexual en línea, que conduce a un deterioro o angustia clínicamente significativos» (Dhuffar y Griffiths, 2015). Aunque el diagnóstico para esta condición clínica es a día de hoy controvertido, algunos modelos proponen los siguientes criterios para hablar de adicción a la pornografía: tiempo/esfuerzo excesivo dedicado a la búsqueda de material pornográfico; deterioro del autocontrol; incumplimiento de las responsabilidades familiares, sociales o laborales; y persistencia de dicha conducta sexual a pesar de sus consecuencias (Wéry y Billieux, 2017).

La prevalencia de esta condición clínica en consumidores de pornografía parece bastante baja, algunos estudios estiman que oscila entre el 0,8 y el 8% (Ballester-Arnal et al., 2016; Bőthe et al., 2020). No obstante, las investigaciones al respecto son todavía escasas y apenas han profundizado en poblaciones específicas como los adolescentes (Ballester-Arnal et al., 2022).

Aunque los posibles efectos negativos puedan incentivar la batalla moral y política de nuestros tiempos, también es importante resaltar que los efectos del consumo de pornografía pueden ser positivos y neutros. El consumo de pornografía también se ha relacionado con la experimentación del placer sexual (Peter y Valkenburg, 2016), el incremento de conocimientos técnicos sobre la sexualidad (Litsou et al., 2021) y el aumento de la autoestima y la satisfacción sexual (Prause, Moholy y Staley, 2014; Kvalem et al., 2014). Estos hallazgos sobre los efectos del consumo de pornografía sugieren que censurar la pornografía privaría a los jóvenes de algunos beneficios. Quizá la responsabilidad colectiva no esté en pedir que el porno sea más educativo (dado que su función no es hacer pedagogía) sino en fomentar una educación sexual que integre a la comunidad y no descuide a la población más vulnerable."               (Loola Pérez , Ethic,  22/08/23)

29/3/23

El éxito de Pornhub está en que, realmente, se dedica a recopilar datos de cada usuario. “Hace lo mismo que Netflix o Facebook, recopila datos de los usuarios para adaptar el contenido que les entra por los ojos. Tienen su propio algoritmo y monetizan con publicidad el contenido generado por usuarios”... Los trabajadores sexuales ofrecen una mirada positiva hacia una página que creen que les ayudó a tener unas condiciones dignas y más seguridad

 "Escriban la letra P en el navegador de su móvil y seguramente sea la primera palabra que sugiera para autocompletar”, decía el cómico Trevor Noah desde uno de sus programas de The Daily Show. La broma la hacía para hablar de Pornhub, la principal página de pornografía del mundo. Noah hacía el chiste dando a entender que la mayor parte de personas, sobre todo hombres, que estaban viendo su show visitan porno y usaban la web que ha colonizado y dominado la industria del sexo online. Pornhub es la punta del iceberg y, sobre todo, la más mediática. Mientras que hace décadas, con el comienzo de internet, el sexo era algo que estaba casi escondido, Pornhub ha decidido promocionarse como cualquier otra compañía. Hacen anuncios, quieren que se hable de ellos y organizan campañas mediáticas para estar en el foco.

Pornhub hizo un vídeo porno para concienciar del cambio climático, se coloca la bandera LGTB el día del orgullo y, sobre todo, realiza un informe anual que analiza las preferencias sexuales de cada país y el cambio de tendencias en los vídeos eróticos que se consumen. Igual que cada diciembre se informa de los tops del año, muchos medios realizan reportajes sobre si en Murcia han cambiado los gustos sexuales de los consumidores. Su agresiva campaña de legitimación social pasó hasta por anuncios en Times Square protagonizados por Kanye West.

La apuesta de Pornhub les ha salido bien. Es la primera vez que una página de contenido pornográfico consigue ser percibida como ‘moderna’. Pero tras esa imagen hay mucho más. Eso es lo que intenta mostrar el documental Hasta el fondo: La historia de Pornhub, un retrato poliédrico que ofrece múltiples puntos de vista, pero siempre intentando contestar a la misma pregunta, qué hay detrás del gigante del porno en internet.

Para ello comienza explicando cómo nació y en qué se convirtió Pornhub. Como siempre —véase películas como La red social, o la próxima Blackberry—, unos cuantos alumnos brillantes y con las hormonas revolucionadas fueron los que tuvieron la idea. Lo dejaba muy claro la serie Silicon Valley, que ironizaba sobre cómo las mentes más afiladas del mundo acaban desperdiciando su genio construyendo apps que siempre tenían el sexo como centro de su interés. No hay que olvidar que Facebook nació como una aplicación para decir si las chicas de una Universidad eran atractivas o no. Los tres estudiantes canadienses que crearon Pornhub la vendieron en 2010 a Fabulan Thylmann, experto en posicionamiento que logró que al escribir “free porn” en Google, su web saliera la primera. No solo consiguió eso, sino que cualquier categoría o cualquier práctica sexual que se introdujera en el buscador remitiera a su empresa. Pero Pornhub pertenece a un complejo mucho más grande de nombre Mindgeek, que ha hecho del sexo uno de sus principales motores económicos, ya que también posee Redtube, Xtube o la productora Brazzers.

El análisis de la situación actual lo hace Noelle Perdue, guionista de cine porno y extrabajadora de Mindgeek que explica que la llegada del porno a internet fue como la de la piratería al cine convencional. Antes, las productoras gastaban mucho dinero en cada película que vendían a un precio altísimo o a canales de pago. “Ahora los beneficios se basan en el volumen de contenido”. La película porno de Canal+ es historia, y ahora son miles y miles de contenidos nuevos subidos cada día a webs porno. El éxito de Pornhub está en que, realmente, se dedica a recopilar datos de cada usuario. “Hace lo mismo que Netflix o Facebook, recopila datos de los usuarios para adaptar el contenido que les entra por los ojos. Tienen su propio algoritmo y monetizan con publicidad el contenido generado por usuarios”.

Ahí empieza una de las primeras críticas, aunque Pornhub vendió la idea de que con su página los trabajadores sexuales —así se definen aquellos que suben vídeos de contenido sexual o erótico— recibirían dinero al monetizar sus propias creaciones, ellos eran los máximos beneficiados gracias a publicidad, anuncios y empresas que les apoyaban. Los trabajadores sexuales son otra de las patas del documental, y ofrecen una mirada positiva hacia una página que creen que les ayudó a tener unas condiciones dignas y más seguridad. 

Abusos en la web

El problema está en el contenido subido, en quién lo modera y en la permisividad de la web con ciertos temas. Hasta 30 mujeres denunciaron a Pornhub por haber subido vídeos sexuales de ellas sin su consentimiento. Algunas de ellas eran menores que explican en el documental cómo sus parejas grabaron estas imágenes sin su consentimiento y las pusieron en Pornhub. La pregunta es si la web es responsable de estas imágenes. Las afectadas explican que muchas veces mandaron e-mails pidiendo que se retiraran, y que cuando lo lograban ya habían pasado muchas semanas y que poco después de ser retirado se volvía a subir comenzando un círculo vicioso en el que los vídeos de sus abusos siempre estaban colgados en internet.

Una campaña viral por redes sociales y un amago de demanda colectiva hizo que Pornhub decidiera retirar casi 10 millones de vídeos. Si ellos no eran conscientes de todo, ¿cómo había tantos vídeos susceptibles de no ser consentidos? La web optó por un lavado de cara aceptando tres condiciones: solo podrían subir vídeos los usuarios verificados, la prohibición de descargar vídeos para no poder replicarlos en otras webs y más moderación para controlar lo que se sube. Mastercard y Visa decidieron, ante este escándalo, no permitir pagos con sus tarjetas en Pornhub. Lo que cuenta el documental es que esto no afectó económicamente a la empresa, cuyos beneficios no vienen por ahí, sino a los trabajadores sexuales que cobraban por su contenido. 

El mayor aporte del documental es que logra el testimonio de alguien que trabajó como moderador de contenido en Pornhub. Ellos son los responsables de ver todo lo que se sube para decidir si viola alguna norma, si son vídeos donde no hay consentimiento o donde hay menores involucrados. Sus declaraciones son devastadoras. Eran apenas 30 personas y cada uno de ellos debía ver entre 800 y 1.000 vídeos al día en una jornada de ocho horas. Les pedían que vieran más. Les parecía poco. Esto provocó que los pasaran a doble velocidad, saltaran partes o los vieran sin sonido. “Los pasábamos más rápido como podíamos”, reconoce este testigo que habla con la voz distorsionada y que deja claro que en los casos que fueron publicados por The New York Times “la compañía podría haber hecho más para evitar estas cosas, pero decidieron no hacerlo o solo cambiar algunas cosas cuando vieron que ya estaban en un lío”.

Sobre sus hombros recae la decisión de decidir si alguno de los involucrados es menor de edad. “No sé si tenían 17 o 18. Podrían tener 14 o 19 años y teníamos que suponerlo nosotros, pero luego un supervisor decidía qué hacer finalmente”, explica este moderador que dice que “había mil solicitudes” de jóvenes alegando que algún vídeo se había subido sin su consentimiento pero que no les prestaban atención y podían “seguir ahí durante meses”.

Las críticas también llegaron por la forma de eliminar los vídeos de Pornhub. Retira el contenido, pero no la url, por lo que la dirección web sigue operativa y desde ella se pueden ver los metadatos y las palabras claves del vídeo. También sugerían otros vídeos similares ya que ese no estaba disponible. “¿Buscas el vídeo de la menor violada? No te preocupes, tenemos otros parecidos”, dice una de las activistas en la causa contra la empresa en el documental.

Hasta 2020, cuando empezó a surgir la polémica, cualquier persona podía subir un vídeo siempre que no lo monetizara sin necesidad de identificarse. Esto dio pie a que hubiera barra libre para subir cualquier vídeo sin que nadie localizara a la persona que lo había hecho. Mientras, la empresa seguía rentabilizando sus visitas y sacando dinero a través de publicidad. El documental concluye con un dato escalofriante. Diariamente se reciben 70.000 denuncias diarias sobre casos como estos, y el diagnóstico no señala solo a Pornhub: “Es un problema de internet”.                (Javier Zurro  , eldiario.es, 24 de marzo de 2023)

29/8/22

La pornografía se ha ido adaptando a cada uno de los canales de expresión que el ser humano ha tenido, aunque ha sido principalmente a través del arte... la prohibición de la pornografía puede unir el sector del feminismo más institucionalizado y posiciones conservadoras... Este sector del feminismo está apostando por defender eso, que hay que limitar la la pornografía porque genera un daño real a todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres. Y creo que este discurso es muy peligroso... la pornografía no es el desencadenante o no es la causa que tiene como efecto directo la violencia contra la mujer... otro sector del feminismo dice que la pornografía puede ser un instrumento con gran capacidad transformadora y de fortalecimiento de las mujeres. Hagamos un porno distinto, es el mensaje... Los jóvenes deben ser capaces de contrarrestar los mensajes que vienen de otros entornos... la respuesta no puede ser la prohibición

 "La doctora en Derecho Constitucional y profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha Ana Valero decidió abordar un estudio en profundidad de la pornografía. En un momento en el que las críticas al porno se han extendido y algunas voces reivindican incluso su abolición, Valero hace un repaso histórico de la pornografía, pero también de las aproximaciones jurídicas y feministas que han existido. El ensayo La libertad de la pornografía (Athenaica ediciones) indaga en algunas hipótesis y se pregunta si hay argumentos que justifiquen su prohibición o bien debe quedar amparada por el derecho de libertad de expresión y creación.

Empieza su libro haciendo un recorrido histórico por la pornografía para mostrar que ha sido un elemento muy presente en todas las sociedades y también un concepto cambiante. ¿Qué ha sido la pornografía y cómo definiría porno a día de hoy? 

Utilizo pornografía con un sentido muy neutro, no quiero atribuirle ningún significado ideológico, histórico, sociológico ni jurídico, porque pornografía ha sido tantas cosas a lo largo de la historia... Identifico pornografía con un discurso explícitamente sexual. Soy consciente de que, a día de hoy, la palabra porno evoca determinados significados dependiendo de quién aborde el término. Pero a lo largo de la historia, el discurso explícitamente sexual está muy presente en todas las manifestaciones culturales del ser humano, principalmente en el arte. Es dentro de la cultura católica que preside nuestra historia en el mundo occidental cuando a la expresión sexualmente explícita se le da un carácter más negativo.

Hay también un discurso de clase relacionado: cuando la expresión sexualmente explícita se hace accesible al gran público, especialmente tiempo después de la imprenta, ya no son las élites las únicas que pueden acceder a ella y es cuando se decide que eso puede corromper. Ahí surge el concepto de obscenidad, el concepto de pornografía vinculado a algo que no debe ser, que tiene que quedar fuera de la esfera pública. Y también cuando empiezan a surgir conceptos jurídicos como el de la moralidad pública como límite de la libertad de expresión, de la libertad de creación artística y por lo tanto, de lo explícitamente sexual.

Uno de los puntos de inflexión que detecta en su libro es que el porno siempre había tenido un carácter contracultural que en cierto momento desaparece. ¿Cuál es ese momento y por qué sucede?

Con la aparición de Internet y de esa nueva pornografía a la que aludimos cuando actualmente utilizamos el término porno. La pornografía se ha ido adaptando a cada uno de los canales de expresión que el ser humano ha tenido, aunque ha sido principalmente a través del arte. Cuando surge el cine, aparece fuertemente, como lo ejemplifica la edad dorada en Estados Unidos en los años 70 y 80, donde montajes clasificados como pornográficos tenían una labor contracultural de cuestionamiento de los roles hegemónicos asignados al hombre y a la mujer, de cuestionamiento de los códigos éticos o morales dominantes. Ese carácter contracultural y político desaparecen con la irrupción de Internet y con la pornografía que se crea a partir de entonces. Llama la atención que sea el momento de la historia que más pornografía se consume y donde menos productoras cinematográficas de cine para adultos o cine porno hay. Las ha sustituido el 'hazlo tú mismo' o los tubes como formato subidos desde cualquier parte del mundo. Es un sector que está totalmente desregularizado a nivel de derechos laborales. Lo que ofrece ahora el porno mainstream es más bien una perpetuación de los roles patriarcales imperantes en una sociedad todavía desigual.

Aborda el posicionamiento de distintas corrientes feministas acerca del porno. Una de ellas, el abolicionismo, que ya vivió su momento álgido en EEUU hace unas décadas, defiende que el porno genera un daño a todas las mujeres porque genera subordinación sexual. Sitúan al porno no como una expresión más del patriarcado sino como algo que genera patriarcado. ¿Hasta qué punto puede afirmarse que esto es así?

En España se está produciendo un debate en el movimiento feminista que ya se produjo en los años 60 en Estados Unidos y que aquí, por las circunstancias históricas y políticas, ha llegado ahora. En el feminismo radical de EEUU surge el movimiento abolicionista, que dice que la pornografía es un acto político de dominación. Actualmente, en España estas posturas las están manteniendo feministas respetadas como Amelia Valcárcel o Rosa Cobo, que están adoptando posiciones propias del radicalismo de esa época. De ahí se deriva que el hombre es un ser violento por naturaleza y que la pornografía no es expresión, sino que es un acto de supremacía masculina que daña a todas las mujeres.

Algo que me preocupa es que en los años 80 en EEUU este movimiento abolicionista se vincula con el conservadurismo político, con las posiciones más puritanas dentro del Partido Republicano, y aprueba ordenanzas municipales en algunas ciudades para prohibir la pornografía. A día de hoy, esa conexión, o al menos esa convergencia con un objetivo común como es la prohibición de la pornografía, se puede estar produciendo entre el sector del feminismo más institucionalizado y posiciones conservadoras. Es algo que me preocupa, cómo puede estar produciéndose esa convergencia por abordar algunas cuestiones con un discurso de brocha gorda y no entrar en las consecuencias de un discurso de ese tipo.

Hay una idea muy repetida actualmente en España que es que el porno está detrás de la violencia sexual. Para su libro ha revisado decenas de estudios sobre el asunto. ¿Hay evidencia suficiente para hacer esta afirmación?

A través de los estudios sociológicos y psicológicos que se han hecho, en España y principalmente fuera, llego a la conclusión de que no. No hay un consenso sobre el tema. Hay determinados estudios de laboratorio que defienden que sí, que puede ser un factor más en los hombres en los que haya previamente esa tendencia agresiva, que el consumo desmesurado de pornografía puede ser un factor más a tener en cuenta, pero como otros múltiples factores. Pero no es el desencadenante o no es la causa que tiene como efecto directo la violencia contra la mujer.

Su análisis parte del derecho a la libertad de expresión. Defiende que la pornografía no debería prohibirse porque no puede probarse ese nexo causal con un daño inmediato y que debería estar amparada en el derecho a la libertad de expresión.

Como jurista, ponderas cuáles son los derechos implicados en este asunto, los bienes constitucionales a proteger y cuál de ellos prevalece. En el momento de iniciar este estudio partía de ponderar la libre autodeterminación sexual de los consumidores de pornografía o la libertad de expresión artística de los pornógrafos, con dos derechos o bienes constitucionalmente protegidos, como serían los derechos de las mujeres y la dignidad de la mujer, su integridad física o moral, su igualdad con respecto al hombre. Y otro plano, que es la protección de la juventud y de la infancia.

Parto de una teoría sobre la libertad de expresión muy concreta, que defiende que la libertad de expresión solamente puede ser limitada en los casos en que exista una relación causal, y no una mera probabilidad, de que un determinado discurso amparado por la libertad de expresión genere un daño real a los derechos de terceras personas u otros bienes jurídicos protegidos. Eso es lo único que justifica en una sociedad democrática limitar la libertad de expresión o la libertad artística. En el caso de las mujeres, la premisa de que exista un nexo causal, un riesgo alto y pronto y no meramente probable, no se sostiene. Por el contrario, llego a la conclusión de que sí que existe ese nexo causal en el caso de los menores.

¿Cree entonces que una parte del feminismo está participando a día de hoy de un discurso de nuevo puritanismo y que tiene lazos con sectores muy diferentes ideológicamente, conservadores?

No puedo decir sí con mayúsculas, pero sí que existe el riesgo de que esa convergencia se produzca. A día de hoy no es posible, jurídicamente hablando, defender que un límite a la libertad de expresión es la moral pública. Pero jurídicamente hablando sí que sería defendible decir que el daño a las mujeres es un límite a la libertad de expresión. Este sector del feminismo está apostando por defender eso, que hay que limitar la la pornografía porque genera un daño real a todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres. Y creo que este discurso es muy peligroso.

Si bien no está probada la vinculación entre porno y un daño general a las mujeres, defiende que la cosa es diferente cuando estamos hablando de menores. ¿Es el porno una escuela de violencia?

Sin duda. Con carácter general, la mayor parte de estudios manejan los 12 años como edad de inicio, pero ya hay algunos que hablan de los ocho o nueve años. Aquí, los efectos son devastadores, como la distorsión de la percepción sobre la sexualidad y las relaciones sexuales. Hay niños y jóvenes que incluso son nativos pornográficos, que no han tenido una experiencia sexual y ya acceden a este tipo de escenas, donde hay por ejemplo sufrimiento femenino o ausencia de consentimiento, y se produce esa confusión entre ficción y realidad. Ven escenas donde no existe ni el afecto ni el cuidado, donde la violencia física o la degradación de la mujer es lo habitual, y eso produce una desconexión emocional y falta de empatía a la hora de relacionarse con sus parejas sexuales o afectivas. También incide la autoestima de las chicas y chicos. Así como los estudios antes mencionados no eran concluyentes, en el caso de los menores son unánimes.. La última memoria de la Fiscalía General del Estado o el informe del Ministerio del Interior hablan del incremento de las agresiones sexuales en grupo, por ejemplo, con grabación del delito.

¿Hasta qué punto podemos saber si existe un aumento real de esa violencia o si ahora hay más denuncia y más visibilidad? Las expertas no se ponen de acuerdo.

Efectivamente, hace falta llevar a cabo estudios profundos y más continuados en el tiempo para ver si efectivamente está produciendo y en qué medida. Pero hay que tener en cuenta que el grupo de población que más tiempo pasa en internet es la juventud y que un tercio del tráfico que se produce en Internet tiene que ver con contenido pornográfico. Podemos llegar a la conclusión de que el porno está actuando como manual de aprendizaje sexual, máxime cuando no existe una verdadera formación en educación afectivo sexual en las escuelas hasta la fecha. La nueva Ley de Educación ya prevé para este curso que el currículum educativo incluya carácter obligatorio de educación sexual, pero aparece nuevamente como materia transversal. Yo creo que tendría que tener un carácter autónomo, tendría que ser una asignatura obligatoria con profesores especializados.

La otra gran corriente feminista acerca del porno es la llamada pro-sex, que acepta que el porno mainstream es machista pero que, frente a ese porno androcéntrico centrado en la mirada y en el placer masculino, propone un porno distinto. Dice usted en el libro que ese argumento es aplastante. ¿Hace falta entonces hacer porno feminista?

Aplastante, sí. En los años 80 en EEUU surge este sector del feminismo que dice que la pornografía puede ser un instrumento con gran capacidad transformadora y de fortalecimiento de las mujeres. Hagamos un porno distinto, es el mensaje. No dicen que la pornografía no es patriarcal o machista, sino que la pornografía no es mala de por sí, que lo que hay que hacer es contrarrestarla con un discurso distinto. Ya en los años 90 empiezan a aparecer manifestaciones de lo que se llama porno feminista. Surge un discurso sexual que busca representar todas las orientaciones sexuales e identidades de género, cuestionar el binarismo, las identidades sexuales... Emplea instrumentos artísticos como la performance o el videoarte, y propone generar una relato diferente en el que tenga cabida no solo el deseo de la mujer y su placer, sino también las sexualidades más periféricas, las disidencias, el cuestionamiento al planteamiento heteronormativo de la pornografía mainstream.

¿Qué hacemos entonces con el porno?

A nivel europeo no existe una normativa común, hasta ahora esta cuestión se ha dejado a los estados y cada uno ha hecho más o menos en función del tinte político, también del gobierno de turno que ha tenido. Pero la mayor parte de los marcos normativos que existen hasta la fecha se refieren principalmente a la regulación de las plataformas, exigiendo mecanismos de verificación de edad, sistemas de clasificación de contenidos, etcétera. Sin embargo, las medidas adoptadas hasta la fecha se han demostrado ineficaces, insuficientes, porque es ponerle puertas al campo. Internet es el campo. Es fundamental que exista una verdadera educación afectivo sexual y no una una educación centrada meramente en el aspecto biologicista o de protección o de sensibilización en cuanto a los embarazos no deseados. Los jóvenes deben ser capaces de contrarrestar los mensajes que vienen de otros entornos y que puedan establecer relaciones sexuales más sanas e igualitarias y emanciparse de los roles de género que tradicionalmente se asignan en esta pornografía. Lo que tengo claro es que la respuesta no puede ser la prohibición."                      (Ana Requena Aguilar  , eldiario.es, 28 de agosto de 2022)

15/6/22

Profesionales del porno: “El consentimiento es el pilar de nuestro trabajo”... “Es común escuchar a gente que ha pasado por esta industria afirmar que gracias al porno ha aprendido el valor del consentimiento mutuo y a respetar sus límites en el sexo, y también debemos recordar que son muchas las mujeres, trabajadoras sexuales de todo tipo, que se sienten empoderadas por lo que hacen”

"Una mujer despliega una pantalla en el aire y accede a un catálogo de hombres. Elige cuatro, que se materializan en unos segundos en la habitación para dar lugar a una escena de media hora de sexo en grupo. La escena pertenece a la película Hologang (2021), de Paulita Pappel, y se enmarca dentro de Hardwerk, una de sus líneas de trabajo: el “gangbang feminista”. Pappel hace también lo que ella llama “porno documental” en Lustery y es curadora del Festival de Cine Porno de Berlín. “En las películas que hago, el concepto lo desarrollamos junto a la persona que va a estar en el centro; lo primero que hacemos es mandarles una lista larguísima con opciones que esa persona rellena poniendo cuál es su experiencia con esos actos y cuántas ganas tiene de hacerlo en el contexto del shooting”, explica Pappel a El Salto.

Erika Lust, directora de cine porno y referencia del porno para mujeres, también pone el consentimiento en el centro del discurso sobre su trabajo: “Gran parte del porno se construye desde los pilares del consentimiento”, dice. Pero su apuesta va más allá: “Es común escuchar a gente que ha pasado por esta industria afirmar que gracias al porno ha aprendido el valor del consentimiento mutuo y a respetar sus límites en el sexo, y también debemos recordar que son muchas las mujeres, trabajadoras sexuales de todo tipo, que se sienten empoderadas por lo que hacen”.

Pappel y Lust piden que la conversación en torno al porno sea más profunda, empezando por poner freno al discurso que establece una relación causal entre la violencia sexual y el consumo de pornografía. A sus voces se suman la directora, performer e integrante del sindicato OTRAS Anneke Necro y al director de cine adulto gay Noel Alejandro. Estas cuatro personas firmaban esta semana un comunicado en el que expresaban su preocupación por la proposición de ley para prohibir el proxenetismo del Grupo Socialista en el Congreso, cuya toma en consideración fue aprobada este miércoles.

Los socialistas niegan que su propuesta vaya dirigida a tomar medidas contra la pornografía. Sin embargo, las personas que firman este comunicado se muestran preocupadas. En primer lugar, porque “cualquier medida que afecte a las trabajadoras sexuales nos afecta a nosotras”. En segundo lugar, porque la redacción que les puso en alerta —“el hecho de convenir la práctica de actos de naturaleza sexual a cambio de dinero u otro tipo de prestación de contenido económico, será castigado con multa de doce a veinticuatro meses”— sigue intacta en el texto que comienza su tramitación. En tercer lugar, porque la propia Adriana Lastra, que defendió la propuesta en el Congreso, la dibujó como el inicio de futuras medidas abolicionistas. Y, por último, porque una parte del movimiento feminista en el que se enmarca ese abolicionismo de la prostitución es también abolicionista de la pornografía.

“Bajo esta propuesta hay una ignorancia que raya en sexismo y misoginia pretendiendo ser lo contrario: el trabajo sexual solo es seguro cuando es descriminalizado”, lamentan. Estas cuatro personas comparten la necesidad de hablar de pornografía en unos términos más complejos, donde entren factores como el modo en el que se consume pornografía o el poder de las grandes empresas tecnológicas.
El porno no es un producto homogéneo

“La industria del porno es mucho más compleja de lo que las instituciones y los medios quieren presentar”, asegura Lust. La directora de cine porno reconoce que existe una gran cantidad de porno online que normaliza la violencia contra las mujeres, aunque añade un matiz a esta afirmación: es porno gratuito. Frente a ello, asegura que cada vez hay más alternativas de contenidos independientes que condenan esta violencia, al tiempo que un esfuerzo en general en la industria mainstream —aún insuficiente— para hacer las cosas mejor. Para Lust, la pregunta que hay que hacerse es por qué existe tanto porno sexista, racista y homófobo.

“Cuando se ve pornografía gratis en los sitios de porno propiedad de Mindgeek, como son Pornhub, YouPorn o RedTube, se está apoyando un modelo de negocio basado en la piratería y las malas condiciones de trabajo mientras se valida una representación pobre y estrecha del sexo y la sexualidad”, ahonda. En ese sentido, la responsabilidad es, sobre todo, de los consumidores: “Cuando se paga por pornografía que no se basa en la explotación, el racismo, la misoginia, la homofobia y la transfobia, se está enviando el mensaje de que estos no son los valores que el consumidor apoya”.

Anneke Necro explica cómo encontró en una página web gratuita un vídeo protagonizado por ella donde, tras la edición, se había borrado el consentimiento y la idea original del contenido. La supresión de algunas imágenes y un nuevo título convirtieron su vídeo en una cosa muy diferente. “Pero eso no lo hace una productora, sino que lo hace una persona anónima”, explica. Eso, además, se convierte en accesible de forma gratuita a personas que no se han desarrollado sexualmente ni tienen estrategias para verlo de una manera crítica.

Noel Alejandro insiste en vincular la palabra consentimiento a la producción de cine porno. “El cine para adultos se construye a través del consentimiento, si no sería flashmob o sería un delito grabado con una cámara”. Alejandro se pregunta en qué lugar queda el cine adulto dirigido a hombres gays en el debate que hay en las redes y en los medios si el argumento principal es que prohibiendo el cine porno se protege a las mujeres.

Este director está detrás de un tipo de cine que considera difícil de catalogar: en sus películas se tratan temas como el VIH, la salud mental o el consumo de drogas. En unas semanas, este productor estrena No me olvidéis, un título inspirado en el corto de Almodóvar La voz humana donde el protagonista se enfrenta al miedo de morir solo... “¡Y además hay sexo! ¿Qué más quieres?”. Alejandro reivindica su trabajo: “Este cine muestra la sexualidad de una manera más natural, un poquito más bella, y creo que da pie a que muchas personas vean el sexo entre hombres como algo de lo que no hay que avergonzarse”.
Adolescencia y consumo de porno

En septiembre de 2020, Save the Children daba a conocer el informe sobre adolescentes y consumo de pornografía (Des)información sexual: pornografía y adolescencia. Este estudio indica que los adolescentes acceden a contenidos pornográficos por primera vez a los 12 años y que casi siete de cada 10 (el 68,2%) la consumen de forma frecuente. Un consumo que se produce en la intimidad (93,9%) y en el teléfono móvil, y se centra en contenidos gratuitos online (98,5%), “basados de manera mayoritaria en la violencia y la desigualdad”. El estudio se hizo sobre la participación de 1.753 chicos y chicas de entre 13 y 17 años y señala que más de la mitad de los y las adolescentes que ven contenidos pornográficos se inspiran en ellos para sus propias experiencias y que para el 30% estos vídeos son su única fuente de información sobre sexualidad.

Lust sabe que la probabilidad de que la pornografía en línea gratuita sea la exposición de las personas adolescentes al sexo es muy alta y por eso, reciban o no educación sexual en la escuela, cree que las familias deben ser proactivas y hablar con los chavales de pornografía, algo a lo que se refiere como “alfabetización pornográfica” y en lo que ahonda con su proyecto The Porn Conversation. “Tener conversaciones continuadas con nuestros hijos los alienta a pensar críticamente sobre el contenido que consumen y los mensajes que reciben a través de la pornografía en línea gratuita”. Eso es imprescindible para construir sus propios significados a partir de lo que ven, en lugar de verse influenciados por ello a primera vista, argumenta.

Por eso ella habla de la necesidad de una alfabetización pornográfica: “La alfabetización pornográfica nos enseña que la pornografía no es una entidad separada que existe por sí misma; refleja descaradamente la tergiversación de los grupos marginados y el consentimiento que ya existe en la sociedad. Tal como ocurre en la mayoría de los medios de comunicación, cosifica a las actrices mientras reduce el deseo masculino a un impulso de conquista y posesión”.

Pero, más allá de esa necesaria “conversación sobre porno”, las personas entrevistadas —cuyos contenidos se pueden ver en plataformas previo registro y pago— advierten: los contenidos pornográficos no están dirigidos a personas menores de edad y es responsabilidad de las empresas tecnológicas garantizar que no pueden acceder a ellos. Noel Alejandro denuncia, además, que cuando se plantean medidas en ese sentido, se hace poniendo la responsabilidad en los productores, abriendo así la posibilidad de que sean ellos quienes asuman posibles sanciones.
Lo que dicen los estudios

“Relacionan las agresiones sexuales en manada al consumo de porno online cada vez más frecuente en menores”. “La raíz de las violaciones grupales: masculinidad patriarcal, educación sexual nula y el porno como guía erótica”. Son solo dos titulares de la última semana. A ellos se suman muchas voces que se dicen expertas y que en los medios, o en las redes, han asegurado en los últimos días y a raíz del debate suscitado por la propuesta del PSOE que la violencia sexual y el consumo de pornografía van de la mano.

Sin embargo, voces expertas preguntadas por la periodista Noemí López Trujillo para un reportaje en Newtral concluyen que no es posible establecer una relación causal y directa entre pornografía y violencia sexual. El artículo cita un informe en el que cuatro investigadoras de la Universidad de Santiago de Compostela revisaron estudios sobre la relación entre el consumo de pornografía y las agresiones sexuales y concluyeron que no es posible establecer esa relación al no existir consenso entre los diversos investigadores sobre esta asociación. Sí consideran que se puede observar“que el uso de este material explícito da lugar a consecuencias individuales a nivel de expectativas en cuanto a las relaciones sexuales y a la formación de ciertas creencias sexistas, destacando la afirmación del mito de violación y de los roles de género, los cuales son representados en la gran mayoría de películas pornográficas”, recoge la periodista.

Anneke Necro introduce otro factor: que estos estudios vienen sesgados desde su origen. Para explicarlo, aporta un poco de contexto histórico y menciona los estudios que se empiezan a realizar en Estados Unidos afinalesde los años 60, en el ámbito de la psiquiatría, después de que el presidente Lyndon B. Johnson crease la Comisión Presidencial sobre Obscenidad y Pornografía. “Por un lado se pretendía demostrar lo problemático de ver porno y por otro lado, se utilizó para crear los códigos de producción del cine explícito una vez la ley Hays [un código de producción cinematográfico que determinaba qué se podía ver en pantalla y qué no] fue abolida”, dice Necro.

A día de hoy, ese sesgo viene dado por estudios difundidos por organizaciones de corte católico como Exodus Cry, cita, que define como “una organización católica que se dedica a hacer tratamientos de conversión para personas LGTBQ y que pretende criminalizar el porno”.

Paulita Pappel también señala este sesgo y apunta a otra organización, Fight the new drug, mientras pide a los medios que sean responsables cuando utilizan sus datos como fuente. “Antes se usaba el argumento de que el porno era pecado y ahora lo que se dice es que crea adicción”, explica a El Salto.

Pappel argumenta que la existencia de la violación es previa a la de la pornografía y que, además, no hay ningún estudio que pruebe que la violencia sexual haya crecido en el momento en el que la pornografía se hace más accesible con internet: “Es falso decir que la pornografía genera violencia y es un grandísimo problema decirlo porque estamos desviando la mirada del problema real, que es el sexismo en la sociedad y la falta de una aceptación del consentimiento de las mujeres y de todas las personas”.
Porno ético

Las cuatro personas entrevistadas para este reportaje tienen en común hacer un porno fuera del mainstream. Pero, ¿es eso porno ético? Para Lust, hacer películas porno producidas éticamente tiene que ver con las condiciones laborales de quienes participan en ellas. Por eso, el porno ético solo se puede encontrar tras un muro de pago, asegura. Otra etiqueta que usa Lust es “alternativo”, en el que “se hacen visibles diferentes cuerpos, prácticas, orientaciones”.

Anneke Necro encuentra confusa la etiqueta de “porno ético”. “Yo la he utilizado durante un tiempo, pero ahora la veo problemática porque establece una división entre porno bueno y porno malo, donde este último sería el porno mainstream... y ahí también hay personas cuyas vidas deben contar, independientemente de que a nivel de discurso nos pueda o no interesar”. Además, prosigue, un porno que se considere feminista por su enfoque puede no ser ético si se produce desde la precariedad.

También para Paulita Pappel el término “porno ético” es problemático. Aunque entiende que haya servido para hacer visible que el porno no es homogéneo y que existe un porno donde hay una preocupación no solo por las condiciones laborales de las trabajadores y trabajadores, sino también por mostrar diversidad de cuerpos y prácticas sexuales, hoy pide que el enfoque sea otro: “Si no es ético, no es porno”.          (Patricia Reguero Ríos  , El Salto, 11 jun 2022)

22/10/21

OnlyFans: La ‘uberización’ del porno...

 "Arantxa, de 23 años, estudió un grado superior de Fotografía e Ilustración. Hasta hace año y medio trabajaba en producción, organizando sesiones de fotos. Ahora vive de los desnudos suyos que cuelga en internet. 

Del contenido erótico y sexual (vídeos y fotos) que elabora en su casa en Parla, a las afueras de Madrid, y retransmite online. “Soy streamer de porno”, describe su trabajo. En el último año se ha convertido en una estrella de OnlyFans (OF), una red social exclusiva para adultos creada en 2016 y poco conocida hasta la pandemia.

La plataforma está formada por canales privados, accesibles solo bajo suscripción, en los que una persona emite contenido. Como si fuese un servicio de streaming, los fans abonan mensualmente una cantidad estipulada por el streamer: de un puñado de dólares —la divisa de la red son los dólares estadounidenses— hasta los 15 o 20. Dinero a cambio de intimidad. En esos canales prima el contenido pornográfico. Durante la pandemia, OF ha multiplicado por seis sus adeptos: si a finales de 2019 rozaba los 20 millones de usuarios, un año después la empresa superaba los 120 millones.

Arantxa también vivió ese boom en su perfil. Antes de empezar en la red compaginaba el trabajo de asistente de foto con otros encargos, como los posados para desnudos artísticos. “Pensé en aprovechar ese material para sacar algo de pasta”, recuerda. Se estrenó en octubre de 2019 con el nombre de Ultra Babee (el resto de sus datos personales ha sido alterado por petición de la entrevistada).

 El primer día de emisión fue una sorpresa: “Facturé 1.000 dólares [unos 820 euros]”, recuerda Arantxa, que había calculado sacarse unos cientos de euros mensualmente. La red se queda el 20% de los ingresos generados por sus streamers. “Enseguida lo visualicé como una oportunidad laboral seria; un trabajo cuyo objetivo es excitar a los demás”, describe. La suscripción a su canal cuesta 10 dólares (algo más de 8 euros) al mes. Arrancó con 1.000 seguidores; ya supera los 20.000. “Aunque yo no lo sabía, había mucha gente esperando ese contenido”, explica.

OF reparte una media de 200 millones de euros mensuales entre sus creadores, según datos que la compañía publicó a principios de 2021. Desde la empresa insisten en que la plataforma acoge todo tipo de contenido —a menudo citan a celebrities como Cardi B o Bella Thorne con la intención de reafirmarse—, pero la realidad es tozuda: el sexo domina. Aunque existen otras redes que funcionan de manera similar —Patreon, Manyvids, JustForFans…—, OF es la más concurrida. “Generas contenidos, generas beneficios”, resume Arantxa, que no desvela lo que gana al mes. Manuel Reyes, de 29 años y anfitrión de otro perfil con cierto éxito en la Red (solo en Instagram supera los 100.000 seguidores), está especializado en contenido gay. Calcula que obtiene entre 2.000 y 2.500 euros mensuales. “Hay meses más buenos y otros más malos”, avisa, “hay mucha competencia”.

El consejero delegado de OF, Tim Stokely, define el modelo como una “revolución” de las relaciones entre creadores de contenidos y seguidores. Otras voces hablan de la uberización del porno. Es decir, la desaparición de los intermediarios. Un concepto que en la mayoría de casos (Airbnb, Uber, Glovo…) produce convulsiones en el ámbito al que afecta.

 “Cuando empezamos, había un montón de gente haciendo contenido maravilloso gratuitamente. Había una manera clara de aprovecharlo: con el botón de pago”, explicaba Stokely el pasado marzo en la revista GQ. Celebraba haber llegado al millón de creadores. Parecen pocos —representan menos de un 1% de los suscritos—, pero son suficientes: todos los demás miran y, sobre todo, pagan.

Más allá de mostrar su cuerpo desnudo, Arantxa explica la filosofía que aplica en su canal: “Quiero que haya una calidad, un cuidado”. Aprovecha su experiencia fotográfica para iluminar perfectamente su pubis en una foto que sube acompañada del siguiente mensaje: “Espero que disfrutes estar aquí conmigo”. 

También piensa el encuadre para los vídeos en los que aparece practicando sexo con su pareja. Para verlos enteros hay que realizar un pago extra. Actualmente, ambos viven de lo que genera el canal. Él dejó el trabajo hace unos meses para apoyarla: “Me hace fotos y participa como invitado. Pero la protagonista soy yo”. También cree que es importante publicar con regularidad y material de calidad: “Dedico al canal entre seis y ocho horas al día. Y no es solo sexo, sino más bien intimidad. Lo que muestro de mí es verdad: soy yo recortada por mí misma”. La joven cree que el mejor contenido es la relación que establece con sus fans: “Es una fórmula buena para que la gente te ame”. También para que no se borren al mes siguiente.

Para la socióloga Rosa Cobo, experta en prostitución y pornografía, “este fenómeno evidencia la grave crisis de intimidad que sufre la sociedad”. Todo comenzó con las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram…) y su estrategia de ofrecer cariño digital en forma de like a cambio de que mostrásemos nuestras vidas sin pudor. Las apps sexuales no solo enseñaron a sus usuarios a hacerse desnudos y vídeos, sino también a enviarlos de manera alegre y despreocupada a desconocidos. Si el sexting (suma de sex, sexo, y texting, enviar mensajes de texto) era común antes de la pandemia, tras esta se volvió cotidiano. “En este ecosistema, dar el salto a OF no es difícil”, apunta Cobo. “Pasar al porno es muy fácil. Y el porno siempre ha tenido vínculos con la prostitución”.

Amaranta Hank ha trabajado como actriz porno. Tiene 28 años, nació en Cúcuta (Colombia) y vive en Argentina. Estudió Periodismo y ahora cursa Psicología. Dejó el “porno mainstream” hace dos años, asustada por un pequeño brote de VIH entre actores del gremio. Empezó en OF y con el “modelaje webcam”: emisiones en directo de vídeos eroticosexuales. Habla de OF como un espacio de “empoderamiento”. 

“Hay feminismos que quieren abolir esto porque dicen que las mujeres nos vendemos como mercadería. Yo creo que esto nos ha convertido en feministas sin saberlo”, defiende Hank. Para ella, el ámbito virtual le genera más seguridad que el analógico. “La pornografía es mejor que la calle. Y esto es mejor que el porno, donde te puedes encontrar con productoras que te dicen que te llevan de viaje a rodar unas escenas y acaban excediéndose y explotándote”, resume.

 La lista de excesos va desde la demanda de servicios sexuales hasta el consumo de drogas en una fiesta: “En OF, si un usuario se pone pesado o pide cosas que no quieres hacer, lo bloqueas y ya está. Soy yo la que decide sobre mi cuerpo. Dejo de ser un objeto sexual. Ahí está mi fuerza”.

“Esa premisa se da de bruces con la idea de empoderamiento”, replica la socióloga Cobo. “La explotación no se disuelve si yo la consiento. Es una idea que responde a la lógica de legitimación del capitalismo. Discursos que blanquean, en este caso el porno y la prostitución, en un intento de despolitizar ambos conceptos. La finalidad última es presentarlos en sociedad como unas prácticas radicalmente libres y aceptables cuando se trata de una manera más de mercantilizar la sexualidad”.

 No hay duda de que la tecnología, en este caso la irrupción del modelo de suscripción, ha afectado de lleno a la industria del sexo. “Dibujan una nueva deriva del sistema”, concluye Lluís Ballester, doctor en Sociología, experto en juventud y prostitución y profesor en la Universitat de les Illes Balears. Para él es una manera de “sofisticar el propio sistema prostitucional”, ya que estas redes frivolizan con la prostitución y se convierten en “puertas de acceso” a la misma: “Crean catálogos de cuerpos, mayoritariamente femeninos, listos para ser consumidos; son como el Amazon del sexo”.

“Muchas redes sociales han descubierto que los espacios con más seguimiento son justamente los de contenido sexual”, continúa el sociólogo. Es común que los creadores de OF anuncien en las redes las novedades que cuelgan o que promocionen su cuenta como una especie de escaparate. “Lo anuncio en Twitter y en Instagram”, cuenta Reyes, que empezó en OF en 2019. “En Twitter subo tráileres de un minuto porque no hay censura; el porno está permitido”. El contenido erótico es un nicho que ha ido quedándose hueco al ir siendo vetado.

 Así, en Instagram y Facebook el límite son los pezones al descubierto; en YouTube hay algunos vídeos que no pasan el filtro; TikTok regula lo que se publica… El porno quedó durante mucho tiempo concentrado en Tumblr, pero esta también lo eliminó. “OF ha evolucionado hacia ese nicho promoviendo una hipersexualización y la autoexplotación sexual a través de la producción y distribución de imágenes y vídeos sexualmente explícitos”, agrega el sociólogo Ballester.

La pornografía es la descripción o representación de escenas de sexo. Hay ejemplos a lo largo de toda la historia de la humanidad. La más antigua, la Venus de Willendorf, una estatuilla paleolítica de casi 30.000 años de antigüedad. Son famosos por sus escenas de sexo los petroglifos de Kangjiashimenji, esculpidos hace más de 3.000 años en una roca en la región de Xinjiang, en el noroeste de China.

 En Pompeya hay grabados en los que aparecen dos hombres penetrándose; y Gustave Courbet con El origen del mundo tensionó a la sociedad de finales del XIX con su excelsa representación de la vulva. Ahora, la provocación que buscaba Courbet no tendría mucho efecto. Siete de cada 10 menores de entre 13 y 17 años consumieron porno el año pasado, según un informe de Save the Children. Ballester, investigador del grupo Jóvenes e Inclusión y autor de investigaciones como Estudio sobre la educación afectiva y sexual o Prevalencia del abuso sexual en la infancia, alarma sobre la temprana edad de exposición: “Hay grandes consumidores de porno con 12 años. Chavales que se pasan de tres a cuatro horas diarias viéndolo. A los 20, su imaginario sexual habrá pasado por 5.000, 6.000 o 7.000 horas de porno. ¿Alguien cree que no les afecta?”

De una u otra manera, gracias a la tecnología el porno se ha hecho ubicuo. La revolución que vivió el sector en los setenta del siglo pasado, de la mano del VHS, se vio superada —y arrasada— por la llegada de internet y las webs especializadas. Si la apertura de Pornhub marcó un hito, la ruptura de las entidades de pago de Visa y Mastercard con este portal, en diciembre de 2020, le puso fin a una época. Ambas compañías, que seguían la estela de PayPal, anunciaron que dejaban de operar con Pornhub porque albergaba “contenido ilegal”

 Se referían a vídeos protagonizados por menores, así como otros que simulan (o no) violaciones. Tanto Visa como Mastercard operan en OF. De hecho, para abrirse un perfil es obligatorio registrar una tarjeta de crédito. Sus responsables asocian esta obligatoriedad a la exclusión de los menores de la red. Además, afirman mantener una estricta política de vigilancia sobre sus cuentas para suspenderlas si incumpliesen las normas de acceso.

Puede que las redes marquen el comienzo del fin de la pornografía tal y como la conocíamos. “[OnlyFans] le está poniendo el pie encima a la estética y al discurso de la pornografía convencional. Creo que la palabra pornografía se está disolviendo”, resume la ex actriz porno Hank. “Ha dejado de ser solo un vídeo donde se ve una penetración. 

Esto es un nuevo concepto, una nueva forma de trabajo sexual”, agrega. En algunas ocasiones, los creadores de contenido emiten un vídeo de mayor duración —o morbo, según se mire— y cobran un extra por verlo entero. Otras veces, los usuarios dan propinas y en ocasiones realizan peticiones. “Emocionalmente no me gusta aceptarlas. Me siento de otra manera. Prefiero grabar mis cosas”, dice Arantxa. 

Por su parte, Reyes cuenta que ha vendido ropa usada y realizado vídeos personalizados: “Me han pedido cosas, pero soy bastante discreto con mis fans”. “A mí me han pedido una paja por Skype o me han hecho insinuaciones sexuales”, cuenta Óscar Sinela. Tiene 32 años, es actor (fue Quino en Física o Química) y comenzó en la red en agosto de 2020: “La necesidad extrema me ha llevado a esto”. Cobra 13 dólares y no tiene muchos seguidores. Los meses buenos gana unos 500 euros. “Solo he tenido dos”, matiza, “lo normal es sacarme entre 30 y 50”.

La precariedad es para la socióloga Rosa Cobo la base de estos fenómenos: “La tasa de paro en gente joven alcanza el 40%. No es un detalle irrelevante”. “Como no enseño el pito, pierdo seguidores”, argumenta Sinela que sube imágenes sensuales, pero nunca sexuales: “Cada foto que subo la acompaño con una frase célebre”.

 Afirma que nunca le han pedido servicios sexuales a cambio de “propinas”. “Obviamente, es un lugar en el que la gente busca contenido pornográfico. Pero porno no es lo mismo que prostitución”, remarca. “Hago esto con orgullo, porque me estoy ganando la vida. También te digo: si me sale otro trabajo, no descarto dejarlo”. Por su parte, Arantxa está abierta a estar en OF “todo lo que pueda durar”: “Estoy pensando en montar mi empresa. Antes hacía ilustración y nadie me conocía. Ahora tengo un público”.                     (Pablo León , |Elena Vierna Carrasco , El País Semanal, 25/06/21)

23/9/20

El porno se convierte en el profesor de sexualidad a partir de los 12 años

"Las antiguas revistas eróticas dieron paso a los vídeos VHS y al porno codificado de los años 80 y 90. El más listo de la clase encontraba el material secreto y lo explicaba. Pero hoy, a los 12 años casi toda la infancia dispone de un móvil con datos y a esa edad se sitúa el primer acceso al porno en el caso de los niños y, a los 13, en las niñas —aunque un 9% que accede incluso antes de cumplir diez años—. 
 
Y la pornografía llega para quedarse y acompañar a la infancia y a la adolescencia en el descubrimiento de su sexualidad y la formación de su deseo: el 82% de los chicos, el 61% de las personas no binarias y el 40% de las chicas la consume con frecuencia. Ellos casi a diario, ellas semanalmente o al mes, resalta el informe (Des)información sexual: pornografía y adolescencia presentado ayer por Save The Children y en la que han participado 1.753 adolescentes.

Como antaño, el primer contacto siegue ocurriendo a través del grupo de iguales: un amigo o amiga enseña el descubrimiento en su móvil (30%), habla de ello y la otra persona lo busca por su cuenta (15%) o lo reciben a través de grupos de mensajería y redes sociales (6%). Solo un 17% se debe a accesos accidentales, a través de anuncios, pero el informe destaca que el acceso a contenidos sexualmente explícitos en películas y series de forma normalizada “condiciona e incita futuras búsquedas”.

Y tampoco ha cambiado que los chicos buscan porno para lo que ellos consideran “satisfacer necesidades instintivas”, mientras que las chicas esperan encontrar qué se espera de ellas en las relaciones sexuales (gestos, posturas, etc.). Por su parte, las personas no binarias o con orientaciones sexuales no normativas “suelen buscar prácticas correspondientes a sus propias preferencias”, aunque lo buscan en un contexto donde los principales referentes siguen siendo heterosexuales y de género binario.

Pero ahora sí ha variado algo muy importante en el consumo de pornografía: se ha generalizado a través del móvil y páginas web gratuitas (solo el 1,5% consume porno de pago), por las que se dejan guiar por el algoritmo, y hay un trasvase de la pantalla a la realidad entre el modo de hacer —y tratarse— de los actores y actrices porno que está presente en las prácticas sexuales de los jóvenes: el 54% de los adolescentes, en su mayoría chicos, creen que el porno les aporta ideas y desean poner en práctica lo que han visto (el 47% ha llevado alguna escena a la práctica) y es en este punto cuando la organización Save the Children considera “especialmente preocupante que, cuando intentan imitar lo que ven, no siempre solicitan el consentimiento previo a su pareja”. El 12% de los chicos ha pasado prácticas de la pantalla a la cama sin consensuarlo previamente con la pareja y sin que a esta le haya parecido bien, frente al 6% de las chicas.

“Sin una educación afectivo-sexual incluida en el currículo y ante un mundo tecnológico lleno de posibilidades, la pornografía se ha convertido en profesora y consultorio de sexualidad para los adolescentes. El peligro no es que vean pornografía, sino que su deseo sexual se esté construyendo sobre unos cimientos irreales, violentos y desiguales propios de la ficción. También es peligroso que crean que su consentimiento, sus deseos y preferencias, o los del resto, no tienen por qué ser tenidos en consideración”, alerta Catalina Perazzo, directora de Políticas de Infancia y Sensibilización de la organización.
Adolescentes y consentimiento

Las adolescentes lesbianas destacan entre todos sus compañeros en ser las que mejor identifican los roles de poder y niegan con rotundidad que las relaciones de los actores se den entre iguales. Entre las adolescentes heterosexuales, el porcentaje que identifica el machismo se eleva al 55%, mientras que en los chicos desciende a un minoritario 31%.

Las profesionales que han participado en el estudio muestran una “preocupación generalizada” por el aumento de la violencia en las relaciones de pareja entre adolescentes, así como la decepción de la adolescencia de sus experiencias sexuales al compararlas con la pornografía.

Sobre qué hacer ante esta situación y cómo educar, el informe recalca que es necesaria una educación afectivo-sexual de calidad en los centros escolares. Actualmente, solo Navarra, a través del pionero programa público Skolae, ha introducido la educación sexual y afectiva en todas las etapas educativas.

Sin embargo, Save the Children defiende la aprobación del proyecto de Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia, que incluye medidas específicas ante contenidos digitales, pero que aboga por la incorporación de la “colaboración con el sector privado”.

En cuanto al papel de las familias, la madre es la principal fuente para aclarar dudas e informar en el hogar (el doble que el padre). Asimismo, la encuesta ha revelado que las casas donde se cena en familia son las que mantienen mejor comunicación entre adultos y jóvenes y, también, respeto hacia las normas de utilización de los dispositivos por parte de los adolescentes. " (Gessamí Forner, El Salto, 23/09/20)

11/10/19

El porno como aliado potencial

"¿Y tú, cómo aprendiste a follar?”. Con esta pregunta, la actriz, directora y productora de películas porno Silvia Rubí sacudió las redes sociales en el vídeo promocional del Salón Erótico de Barcelona 2018. 

De alguna manera, el Salón se conjuraba a un cambio de enfoque argumentando que “en una sociedad sin educación sexual, era obligatorio que el porno cambiara”. Coincido con el diagnóstico de esa frase, así que este año he ido a visitar el Salón Erótico, para ver si este cambio se había producido.

En el porno mainstream las mujeres pocas veces tienen la iniciativa. Los hombres son activos, decididos y las mujeres pasivas, cuando no serviles. Los cuerpos de actores y actrices responden a un canon de belleza tan estricto como inalcanzable para la mayoría. Esta pornografía puede agradar a muchas personas (entre ellas mujeres) y esto no tiene nada de malo. Las preferencias individuales no son condenables. 

El problema es que este porno mainstream –que es la enorme mayoría del que se consume– transmite una imagen del sexo estereotipada y alejada de la realidad. Esto significa que la mayoría de niñas, niños y adolescentes aprenden a tener relaciones sexuales a partir de una ficción que crea expectativas irreales y promueve un reparto de roles y prácticas que parecen inamovibles, donde el placer de la mujer está supeditado al mandato masculino.

Por eso, el primer mérito del cambio que ha iniciado el Salón Erótico es romper el silencio sobre el porno y, más generalmente, sobre el sexo. Los vídeos del año pasado y de este pusieron a mucha gente a hablar de la posibilidad de otra pornografía y estoy segura de que quienes hayan asistido al evento este año también le habrán dado muchas vueltas al tema. Donde antes hacían colas decenas de hombres para ver un gangbang, este año ha habido algunos espectáculos sexuales antinormativos y charlas de educación sexual repletas de gente.

 Donde se reproducía el porno heterosexual súper normativo, ahora hay espectáculos llenos de diversidad sexual y de género, donde el reparto de roles varía de una forma inimaginable hace solo unos años. Y sexo tántrico. Y prácticas de dominación sexual, BDSM, sadomasoquismo… prácticas que pueden gustarnos o no. Pero ese, ya es otro debate.

Hay quien defiende que el objetivo de las feministas debería ser hacer desaparecer esta industria. Que daña la dignidad de las mujeres y sería mejor que las y los jóvenes no fuesen espectadores de este tipo de práctica sexual. De hecho, cada vez que alguien habla de pornografía en el debate público –a no ser que sea para condenarla sin paliativos– se produce un gran revuelo. Si queremos que los jóvenes tengan relaciones sexuales igualitarias, reforcemos la educación sexual, dirán algunas. De acuerdo, pero no es suficiente.

Yo estuve escolarizada en un colegio de monjas y, como para muchas personas de mi generación, la sexualidad solo existía como un peligro: el de quedarte embarazada, el de contraer una infección de transmisión sexual… Nunca nos hablaron de sexo desde una perspectiva de libertad y de placer. 

Es obvio que algo de este pensamiento persiste hoy en día en nuestro país, aparentemente tan abierto y moderno, lo que explica las resistencias a introducir en las instituciones educativas una educación sexual que vaya más allá de la prevención en salud. Diría, incluso, que seguimos estancados en el modelo del tabú que me acompañó a mí en la adolescencia y que fue una losa para nuestros padres y madres.

Es obvio que necesitamos una educación sexual más completa, y esto es responsabilidad de las instituciones, pero no es suficiente. Por mucho que reforcemos la educación sexual en los centros educativos, seguirá siendo mayor la influencia de los contenidos pornográficos que encontrarán fácilmente en Internet, a través de móviles y ordenadores. 

En cada estudio que pone luz sobre el consumo de pornografía, la edad de inicio se avanza. Los últimos estudios ya sitúan en nueve o diez años la edad a la que algunas niñas y niños empiezan a ver pornografía, coincidiendo con el adelanto de la edad a la que se tiene el primer móvil. Y mientras la edad del primer móvil se reduce rápidamente, en el abordaje completo y educativo de la sexualidad no vamos tan rápido.


Por eso también hay que cambiar el porno. Por eso es una buena noticia que este año el Salón Erótico de Barcelona haya iniciado un cambio, alejándose de las grandes productoras y dejando espacio a una pornografía alejada del estricto reparto de roles del porno mainstream. Este porno, que a veces llamamos “feminista”, incluye otros tipos de cuerpos, también los que salen del binarismo hombre-mujer, y los que salen de la idea hegemónica de “cuerpo perfecto”, que tantas falsas expectativas crea. 

Es hacia aquí hacia donde se debería apuntar: cambiar el porno y fomentar una educación sexual completa y valiente. Entender el porno como un aliado potencial de la educación sexual, no como un enemigo.


Como explica Bel Olid en su libro Follem?, nos falta mucho para llegar a un mundo donde las sexualidades se puedan vivir libremente. Nos queda mucho camino por recorrer y mucho que hablar. Por eso, en lugar de condenar la pornografía y eventos como el Salón Erótico sin paliativos, vale la pena estar atentas a los cambios que se producen en este sector, que –nos guste o no– tiene más influencia en la sexualidad que cualquier política educativa, por importante que estas sean."         (Laura Pérez Castaño, teniente de alcalde de Barcelona, CTXT, 09/10/19)