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6/9/23

La memoria histórica a la alemana... el timo de la desnacificación: Un médico acusado de matar a más de 1.000 enfermos mentales es condenado a muerte en 1948. Indultado en 1958, consigue un empleo notorio en la industria farmacéutica... otro que envenenó a más de 900 enfermos mentales fue condenado a muerte. Seis años más tarde fue puesto en libertad

 "El periodista Günter Wallraff describe la forma en que se llevó a cabo la desnacificación en Alemania con numerosos ejemplos, declarando que "la justicia alemana es expeditiva con los criminales nazis: los pone en libertad." (1)

Un nazi que saqueó e incendió comercios judías en la Noche de Cristal en 1945, fue condenado a 5 años de cárcel. cumplió uno. Fué indultado en 1946.  

Un médico fue condenado a muerte en 1947 por haber matado a enfermos mentales. Pena conmutada por cadena perpetua. Seis años después estaba libre. 

Un responsable de las Juventudes Hitlerianas fue condenado a cadena perpetua en 1946 por haber dado muerte a un comunista. Puesto en libertad en 1955.

Un médico acusado de matar a más de 1.000 enfermos mentales es condenado a muerte en 1948. Indultado en 1958. Tiene un empleo notorio en la industria farmacéutica.

Otro que envenenó a más de 900 enfermos mentales fue condenado a muerte. Seis años más tarde fue puesto en libertad.

Un nazi que disparó y mató a dos borrachos que habían gritado '¡Muera Hitler'. Condenado a 12 años, cumple la tercera parte de la condena, y es nombrado director de una escuela, a 30 km. del lugar en que había matado a los dos hombres. 

Un nazi que participó en los asesinatos de los campos de concentración y en la exterminación de detenidos judíos. Condenado a cadena perpetua, diez años después es puesto en libertad. 

Un nazi acusado de torturas, de arrancar confesiones bajo coacción y de secuestro arbitrario, es condenado a 10 años. Cuatro años después es puesto en libertad.

Otro acusado de asesinatos colectivos de judíos en Minsk, condenado a cadena perpetua, pasa 13 años en la cárcel, y luego es indultado.

Un primer ministro nazi de Brunswick es condenado a cadena perpetua por secuestro y torturas. Conmutada por 15 años de reclusión, cumplidos los once es puesto en libertad.

Un nazi acusado de perseguir y matar personalmente a cinco judíos, es condenado a 8 años. Cumple dos y se le condonan los restantes. 

Un nazi que ordenó fusilar, ahorcar y gasear a los detenidos de un campo de concentración, es condenado a 9 años. A los tres años sale libre.

Otro acusado de asesinar a prisioneros de los campos tiene una condena de 12 años. Cumple seis y es indultado.

Un nazi que torturó y mató a varios prisioneros, y obligó a sus subordinados a hacer lo mismo, es condenado a cadena perpetua. Siete años después es indultado.

Un nazi cuyo trabajo consistía en matar judíos, en asesinatos colectivos. Es condenado a tres años de cárcel.

Otro que fusiló a 17 prisioneros de guerra rumanos porque habían robado comida. Condenado a 9 años. Después de 4 sale libre.

Otro nazi de un grupo de intervención para el asesinato colectivo de judíos fue condenado a 10 años, a los 5 sale libre.

otro que torturó hasta la muerte a una detenida judía en un campo de concentración fue condenado a 10 años, pero cuando salió la condena, ya estaba libre.

 un Standartenführer-SS condenado a dos cadenas perpetuas por el asesinato de 45 polacos, fué puesto en libertad despues de 5 meses, por su 'incapacidad para vivir en prisión'. El médico le había diagnosticado arterioesclerosis, trastornos circulatorios y en general, problemas cardíacos. En lugar de encontrarse a un moribundo, un periodista que le entrevistó se encontró a un hombre madura, extremadamente ágil que le comentaba: 'Muchos paseos, dos o tres dibarrillos al día, y una copita de Champán de vez en cuanto, así transcurre mi vida. 

Un antiguo general de las Waffen-SS, fue condenado a un año y medio de prisión por varios asesinatos, después de seis meses, fue puesto en libertad por 'trastornos cardíacos y circulatorios graves'.

La justicia alemana quería conquistar la confianza de los ciudadanos. Los criminales nazis al menos, confían totalmente en ella. "

(1) pág. 62.

 (Günter Wallraff: El periodista indeseable. Cap. II, págs. 62-82. Ed. Anagrama, 2010 (1ª ed. 1979. 1ª al. 1969).

25/1/22

De Pétain a Macron, de la Resistencia a los Chalecos Amarillos: 1944-1945, la falsa purga de “los colaboradores” en Francia... la “historiografía dominante” presenta ahora a los colaboradores como decentes, respetables, bienintencionados e “íntegros ciudadanos” en la mayoría de los casos, víctimas de la coacción de los alemanes, impotentes y, por lo tanto, inocentes “subordinados”, atrapados sin poder defenderse entre la Scilla nazi y la Caribdis de la Resistencia... cuando esta élite había prosperado bajo los auspicios del régimen de Vichy del Mariscal Pétain, había colaborado entusiasmada con los alemanes y luchado con uñas y dientes contra una Resistencia

 "La historiadora francesa Annie Lacroix-Riz pone en tela de juicio en su último libro, «La Non-épuration en France de 1943 aux années 1950» (Armand Colin, París, 2019) [La no depuración de Francia de 1943 en la década de 1950] una idea de la liberación del país en 1944-1945 (y del periodo subsiguiente) que ha sido dominante últimamente en una historiografía cada vez más controlada por el ala derecha del espectro político (“derechizada”).

Esta idea es extremadamente crítica con la Resistencia y, a la inversa, bastante indulgente respecto a la colaboración. Por ejemplo, se afirma que la Resistencia no fue eficaz en general, de modo que Francia debe su liberación casi exclusivamente a los esfuerzos de los estadounidenses y otros aliados occidentales (estos últimos secundados por las fuerzas de la “Francia Libre” del general De Gaulle), que desembarcaron en Normandía en junio de 1944. Se nos dice, además, que la Resistencia aprovechó la oportunidad que presentaba la liberación para cometer todo tipo de atrocidades, incluido el asesinato y el rapar públicamente la cabeza a mujeres jóvenes culpables de “colaboración horizontal”, es decir, de haber mantenido relaciones amorosas con soldados alemanes. Esta “purga salvaje” de colaboradores fue supuestamente equivalente a un “terror comunista” organizado por los comunistas, miembros reales o falsos de la Resistencia, en un intento de cumplir sus siniestros objetivos revolucionarios.

 Excepto en los casos más flagrantes, la “historiografía dominante” presenta ahora a los colaboradores como decentes, respetables, bienintencionados e “íntegros ciudadanos” (“gens très bien”, una expresión tomada del título de una novela de Alexandre Jardin) en la mayoría de los casos, víctimas de la coacción de los alemanes, impotentes y, por lo tanto, inocentes “subordinados”, atrapados sin poder defenderse entre la Scilla nazi y la Caribdis de la Resistencia, y que a menudo participaron ellos mismos en actos secretos de la Resistencia. Por supuesto, algunos colaboradores fueron fanáticos y sí cometieron crímenes, pero en su mayoría eran maleantes de la clase baja, cuyo mejor ejemplo fueron los miembros de la tristemente célebre organización paramilitar del Régimen de Vichy, la Milicia.

En 1944-1945 el gobierno provisional francés encabezado por el general de Gaulle logró finalmente restaurar la “ley y el orden”. Así es como, supuestamente, nació en Francia un estado de derecho gaullista después de años de problemas económicos y políticos, de derrota militar, de ocupación alemana y de la confusión de la liberación. Aun así, tuvo lugar una inevitable purga de colaboradores reales e imaginarios, que se cobró muchas víctimas inocentes, especialmente en los rangos superiores de la burocracia estatal, la crème de la crème de los negocios y la élite de la nación en general.

Lacroix-Riz echa por tierra esta interpretación revisionista en su nuevo libro, minuciosamente investigado y documentado, que además está repleto de nombres de personalidades tanto obscuras como importantes, lo que dificulta un tanto la lectura a aquellas personas que no estén familiarizadas con la historia de Francia en la Segunda Guerra Mundial. 

En sus libros anteriores, como Le choix de la défaite y De Munich à Vichy, esta historiadora explicaba por primera vez que en la primavera de 1940 la élite política, militar y económica de Francia había entregado el país a los nazis para poder instalar un régimen fascista con la esperanza de que un sistema autoritario de gobierno fuera más sensible a sus necesidades y deseos que el sistema que había antes de la guerra, el de la “Tercera República”, que se consideraba demasiado indulgente con la clase trabajadora, sobre todo bajo el gobierno del “Frente Popular” de 1936 y 1937. 

Lacroix-Riz siguió con otros estudios meticulosamente investigados (Industriels et banquiers français sous l’Occupation and Les élites françaises, 1940-1944. De la collaboration avec l’Allemagne à l’alliance américaine) que demostraron que esta élite había prosperado bajo los auspicios del régimen de Vichy del Mariscal Pétain, había colaborado entusiasmada con los alemanes y luchado con uñas y dientes contra una Resistencia en la que predominaban personas pertenecientes a la clase trabajadora y comunistas, y estaba decidida a introducir cambios radicales, incluso revolucionarios, después de la guerra. 

Esta historiadora demuestra ahora que la liberación no estuvo acompañada de una verdadera purga de colaboradores sino, bien al contrario, que las “gens très bien” de la élite estatal y empresarial de Francia lograron expiar sus pecados colaboracionistas y que gran parte del sistema de Vichy que tan bien les había servido de 1940 a 1944 siguió vigente, se podría decir que hasta la actualidad.

 Empecemos por la llamada “purga salvaje”, la supuesta persecución de personas inocentes por parte de partisanos comunistas o de comunistas que se hacían pasar por partisanos, es de suponer que en un intento de eliminar a rivales y oponentes para preparar un golpe de Estado revolucionario. Lacroix-Rix demuestra que hubo asesinatos y ejecuciones sumarias, pero la mayoría se produjeron en el contexto de los cruentos combates que surgieron ya antes del desembarco de Normandía y la liberación de París. Contrariamente a lo que sostiene la teoría de la ineficacia militar del Resistencia, esta desbarató los preparativos del enemigo de una defensa ante el desembarco de los aliados que se iba a producir en Normandía y provocó fuertes bajas, como admitieron las propias autoridades alemanas.

 Y la mayoría de las atrocidades perpetradas en el contexto de esa forma de guerra no fueron obra de los partisanos, sino de los nazis y los colaboradores, especialmente de la Milicia, por ejemplo, la ejecución de rehenes y la tristemente célebre masacre de Oradour-sur-Glane. Por otra parte, quienes luchaban en la Resistencia no atacaban a víctimas inocentes, sino a soldados alemanes y a colaboradores particularmente detestables, a menudo hombres a los que el programa de radio de la Francia Libre del general de Gaulle en Inglaterra había pedido reiteradamente castigar (e incluso ejecutar). Por lo que se refiere a las mujeres a las que se rapó la cabeza, muchas de ellas, si no la mayoría, eran culpables de actividades más atroces que la mera “colaboración horizontal”, por ejemplo, de traicionar a miembros de la Resistencia.

No hubo “purga salvaje” antes o durante la liberación y la supuesta purga importante que se iba a producir tras la propia liberación resultó ser una farsa. La élite tanto del Estado como del sector privado de Francia se había aprovechado a manos llenas de la colaboración y tenía buenas razones para temer la llegada al poder de sus enemigos de la Resistencia. Pero los radicales de la Resistencia no llegaron al poder tras la liberación, la élite fue castigada poco o nada por sus pecados colaboracionistas, su querido orden socioeconómico capitalista permaneció intacto (a pesar de algunas reformas) y la propia élite conservó la mayor parte de su poder y sus privilegios. Tenían que agradecer esta bendición inmerecida tanto a los estadounidenses que había liberado a la antaño grande Nation como al general Charles de Gaulle, el general que aspiraba a hacer que Francia fuera grande otra vez.

De Gaulle era un verdadero patriota, pero también un hombre conservador, extremadamente devoto del orden económico y social establecido de Francia. Por lo que se refiere a los estadounidenses, destinados a suceder a los alemanes como amos de Europa o, al menos, de la mitad occidental del continente, estaban decididos a hacer triunfar la “libre empresa” en toda Europa y a situar el continente bajo la órbita política y económica del Tío Sam, lo que significaba impedir cualquier cambio político y socioeconómico, excepto los meramente cosméticos, sin tener en cuenta los deseos y aspiraciones de quienes habían resistido a los nazis y a otros fascistas, ni del pueblo en general.

 También significaba perdonar, apoyar y proteger a aquellos colaboradores que tenían credenciales anticomunistas, que es exactamente lo que habían sido los miembros de la élite de Francia. De hecho, las autoridades estadounidenses no tenían nada en contra del régimen de Vichy y en un principio esperaban que subsistiera una vez que los alemanes fueran expulsados de Francia, ya fuera bajo Pétain o bajo cualquier otra personalidad de Vichy, como Weygand or Darlan, si fuera necesario tras una purga de sus elementos proalemanes más furibundos y tras aplicar una pátina de democracia.

 A fin de cuentas, el sistema de Vichy había funcionado esencialmente como la superestructura política del sistema socioeconómico capitalista de Francia, un sistema que Washington pretendía salvar de las garras de sus enemigos de izquierdas en la Resistencia. Al contrario, tras los reveses sufridos por Alemania en el Frente Oriental y en particular tras la Batalla de Stalingrado muchos colaboradores de Vichy lo vieron claro y esperaron la salvación en forma de un “futuro estadounidenses” para Francia o, en palabras de Lacroix-Riz, pasando de un “tutor” alemán a otro estadounidense. Después de una liberación por parte de los estadounidenses podían esperar que sus pecados e incluso sus crímenes colaboracionistas fueran perdonados y olvidados, mientras que las aspiraciones revolucionarias o incluso simplemente progresistas de la Resistencia iban a estar condenadas a seguir siendo un sueño imposible.

 A los dirigentes de Washington no les gustaba de Gaulle. Al igual que los partidarios de Vichy, lo consideraban una fachada de los comunistas, alguien que, si llegaba al poder, iba a preparar el camino para una toma de poder “bolchevique”, del mismo modo que Kerensky había precedido a Lenin durante la Revolución rusa de 1917. Pero poco a poco se dieron cuenta, como ya había hecho Churchill antes que ellos, de que iba a ser imposible endilgar al pueblo francés una personalidad que estuviera asociada a Vichy y que un gobierno encabezado por de Gaulle resultaba ser la única alternativa a uno establecido por la Resistencia, que estaba dominada por los comunistas y tenía ideas reformistas radicales. Necesitaban al general para neutralizar a los comunistas cuando acabaron las hostilidades. 

El propio De Gaulle logró tranquilizar a Washington prometiendo respetar el statu quo socioeconómico y como garantía de este compromiso incorporó a su movimiento Francia Libre a muchos colaboradores de Vichy que gozaban de los favores de los estadounidenses e incluso se les confiaron cargos de responsabilidad. De Gaulle se transformó así en un “líder de derecha”, aceptable tanto para la élite francesa como para los estadounidenses, que estaban dispuestos a suceder a los alemanes como “protectores” de los intereses de esa élite. 

Este es el contexto en el que de Gaulle fue llevado a toda prisa a París cuando la ciudad fue liberada a finales de agosto de 1944. La idea era impedir que la Resistencia dominada por los comunistas tratara de establecer un gobierno provisional en la capital. Los estadounidenses se encargaron de que de Gaulle se pavoneara por los Campos Elíseos como el salvador que la Francia patriótica había estado esperando durante cuatro largos años. Y finalmente, el 23 de octubre de 1944, Washington lo hizo oficial y lo reconoció como líder del gobierno provisional de la Francia liberada.

Bajo los auspicios del general de Gaulle Francia sustituyó el sistema de Vichy por una nueva superestructura política democrática, la “Cuarta República” (en 1958 ese sistema iba a ser sustituido por un sistema presidencialista más autoritario, al estilo estadounidense, la “Quinta República”). Y se ofreció a la clase trabajadora, que tanto había padecido bajo el régimen de Vichy, un paquete de beneficios entre los que se incluían salarios más altos, vacaciones pagadas, seguros de salud y de desempleo, generosos planes de pensiones y otros servicios sociales; en resumen, un modesto tipo de “estado de bienestar”.

 Todas estas medidas contaron con el apoyo generalizado de las personas plebeyas asalariadas, pero fueron rechazadas por los patricios de la élite y especialmente por los empleadores, por la patronal. Con todo, a la élite le agradó que esas medidas calmaran a la clase trabajadora, con lo que se quitaba viento a las velas revolucionarias de los comunistas, a pesar de que estos estaban en la cúspide de su prestigio debido al papel dirigente que habían desempeñado en la Resistencia y a su relación con la Unión Soviética, que en Francia todavía era considerada en general la vencedora de la Alemania nazi.

Se elevó oficialmente a los hombres y mujeres de la Resistencia a la categoría de héroes, se les dedicaron monumentos y calles. A la inversa, se “purgó” oficialmente a los colaboracionistas y se castigó a sus más abyectos representantes, incluso se condenó a la pena de muerte a algunos de ellos, pero ejemplo, al siniestro Pierre Laval, y se nacionalizó a importantes colaboradores económicos, como el fabricante de coches Renault. 

Pero con el gobierno provisional del general de Gaulle repleto de miembros de Vichy reciclados y con el Tio Sam mirando por encima de su hombro, de Gaulle se aseguró de que solo se castigara o purgara a los peces gordos del régimen de Vichy que tenían el perfil más alto. Muchos, si no la mayoría, de los bancos y corporaciones colaboracionistas debieron su salvación a tener una conexión estadounidense, por ejemplo la filial francesa de Ford. Se conmutaron muchas penas de muerte y los nuevos jefes supremos estadounidenses de Francia hicieron salir del país a escondidas a los altos cargos de la ocupación nazi (como Klaus Barbie) y a los colaboradores que habían cometido crímenes graves para que iniciaran una nueva vida en Sudamérica o incluso en Norteamérica, ya que los estadounidenses apreciaban el celo anticomunista de esos hombres. 

Muchos colaboradores se salvaron porque consiguieron presentar “certificados de Resistencia” falsos o porque de pronto contrajeron enfermedades que hicieron que se aplazaran sus juicios y se acabaran anulando. Los altos cargos locales culpables de haber trabajado con y para los alemanes se libraron de las represalias al ser trasladados a una ciudad donde no se conocía su pasado colaboracionista, por ejemplo, de Burdeos a Dijon. Y la mayoría de quienes fueron considerados culpables solo recibieron un castigo muy leve, un mero tirón de orejas. Todo esto fue posible porque el gobierno del general de Gaulle, y en particular su Ministerio de Justicia, estaban repletos de antiguos miembros de Vichy no arrepentidos. No es de extrañar que conformaran lo que Lacroix-Riz denomina “un club de apasionados oponentes de la purga”.

 Aunque la élite de Francia tuvo que volver a aguantar, como antes de 1940, los inconvenientes de un sistema parlamentario democrático en el que se permitía a las personas plebeyas cierta participación, logró conservar firmemente el control de los centros de poder no electos del Estado francés posterior a la guerra, como el ejército, el sistema judicial y los altos rangos de la burocracia y la policía, unos centros que siempre había monopolizado.

 Por ejemplo, los generales de Vichy, la mayoría de los cuales se sabía que habían sido enemigos de la Resistencia que se habían convertido convenientemente al gaullismo, conservaron el control de las fuerzas armadas y muchos altos cargos que había servido diligentemente a Pétain o a las fuerzas de ocupación alemanas conservaron sus cargos y pudieron continuar con sus prestigiosas carreras y beneficiarse de promociones y honores. 

Annie Lacroix-Riz concluye que el supuesto “estado de derecho” del general de Gaulle “saboteó la purga de los altos cargos [colaboracionistas] y permitió así […] que sobreviviera una hegemonía de Vichy sobre el sistema judicial francés” y, podríamos añadir, que sobreviviera un sistema al estilo de Vichy en general.

En 1944-1945 la élite de Francia no expió sus pecados colaboracionistas y tuvo la suerte de que gracias a la introducción de un sistema de seguridad social se pudiera conjurar la amenaza revolucionaria a su orden socioeconómico capitalista, encarnada por la Resistencia. Así, no acabó realmente el amargo conflicto de clase que había entre patricios y plebeyos de Francia en el momento de la guerra, que se reflejó en la dicotomía colaboración-resistencia, sino que meramente se dio una tregua. 

Y esa tregua fue esencialmente “guallista” ya que se firmó bajo los auspicios de una personalidad que era lo bastante conservadora para el gusto de la élite francesa y sus nuevos “tutores” estadounidenses, pero cuyo intachable patriotismo le granjeó el cariño de la Resistencia y sus votantes.

No obstante, con el colapso de la Unión Soviética y la desaparición de la amenaza comunista la élite francesa dejó de considerar necesario mantener el sistema de servicios sociales que había adoptado a regañadientes. La tarea de desmantelar el “estado del bienestar” francés, emprendida bajo los auspicios de presidentes proestadounidenses como Sarkozy y ahora Macron, se vio facilitada por la adopción de facto por parte de la Unión Europea del neoliberalismo, una ideología que defiende la vuelta al capitalismo del laissez-faire sin restricciones a la estadounidense. 

De este modo se reinició la guerra de clases que había enfrentado a la colaboración con la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. En este contexto es en el que la historiografía francesa estuvo cada vez más dominada por un revisionismo que es crítico de la Resistencia, e indulgente con la colaboración e incluso con el propio fascismo.

 El libro de Annie Lacroix-Riz ofrece un antídoto muy necesario para esta falsificación de la historia. Esperemos que otros historiadores sigan su ejemplo e investiguen hasta qué punto la historiografía revisionista (y los políticos de derechas) de otros países europeos, como Italia y Bélgica, han rehabilitado a los fascistas y los colaboracionistas, y han denigrado a la Resistencia antifascista.

Tenemos que hacer una última observación. Macron trata de destruir un estado de bienestar que se introdujo tras la liberación para evitar los cambios revolucionarios que propugnaba la Resistencia dirigida por los comunistas. Juega con fuego. En efecto, al tratar de liquidar los servicios sociales que limitan, pero no impiden, la acumulación de capital y que, por lo tanto, en esencia no son sino un incordio para el orden socioeconómico establecido, está eliminando un obstáculo importante para la revolución, una verdadera amenaza existencial para ese orden. Su ofensiva ha provocado una resistencia generalizada, la de los Chalecos Amarillos*.

 Hay que reconocer que este variopinto grupo no está dirigido por una vanguardia comunista como la Resistencia en la época de la guerra, pero sin duda parece tener un potencial revolucionario. El conflicto entre, por una parte, un presidente que representa a la élite francesa y a sus tutores estadounidenses, y que en muchos sentidos es el heredero de Pétain, y, por otra parte, los Chalecos Amarillos que representan a las descontentas e inquietas masas plebeyas que anhelan un cambio, herederas de los partisanos de la época de la guerra, puede hacer que Francia experimente algo de lo que se libró en el momento de la liberación: una revolución, y una verdadera depuración, no una falsa."          (Jacques R. Pauwels  , Rebelión, 24/01/2022)

14/10/21

Viaje a la Francia tenebrosa del nazismo y el colaboracionismo... Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada... El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo... Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis... estos traumas históricos no se liquidan jamás

 "El escritor de novela negra Hervé Le Corre, de 66 años, se acerca a un callejón que hace curva en la parte vieja de Burdeos, su ciudad natal y en la que ha vivido siempre. Se para junto a un edificio abandonado. En el segundo piso hay un letrero luminoso antiguo, de los años cincuenta o sesenta, que dice “Hôtel Les voyageurs” (Hotel Los viajeros). Le Corre señala: “Ahí”. Y añade: “Yo venía a este barrio de joven porque un amigo mío vivía cerca. Era, por entonces, una zona peligrosa, con gente del hampa, y me atraía mucho. 

Por eso situé aquí, en ese hotel, el arranque de Después de la guerra. Me alegro de que, al menos, el letrero aún perdure. Es un buen nombre para un hotel, ¿no?”. La novela, publicada recientemente en la colección Roja y Negra por Reservoir Books, discurre casi enteramente en esta ciudad, se circunscribe a un año, 1957, particularmente convulso de la historia de Francia —y de Burdeos— y aborda dos elementos aún traumáticos para los franceses: el colaboracionismo y la guerra de Argelia.

En el hotelucho en cuestión donde empieza la historia unos policías corruptos, que en su tiempo ayudaron a los nazis a perseguir judíos y miembros de la Resistencia, interrogan a un pobre diablo que esconde una información que escupe a palos. A partir de ahí se desarrolla una trama violenta en la que confluyen las venganzas personales y las heridas históricas que nunca acaban de cerrarse y que son consecuencia de que una parte de la sociedad ayudó al peor enemigo en el peor momento. Por ahí desfilan soldados de la guerra de Argelia, policías depravados, exiliados españoles de la Guerra Civil, víctimas escapadas de un campo de exterminio, nazis ocultos, luchadores de la Resistencia y simples colaboracionistas.

 Le Corre tuvo muy claro dónde situar la acción. Y lo hizo por dos razones: “La primera, porque, al ser yo de aquí, todo me era más cómodo”. La segunda es más importante: “Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada. Esto lo dejó patente el estudio del comercio de esclavos —origen de la prosperidad de la ciudad—, que ha sido siempre muy difícil porque los archivos personales de las grandes familias burguesas siempre estaban ocultos. 

Y con lo que ocurrió en la II Guerra Mundial pasa lo mismo. El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo. Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis. Además, aquí no hubo ninguna liberación de la ciudad. Simplemente, el ejército alemán se retiró. Y después se corrió un manto de silencio”.

Cuesta imaginar todo eso hoy, en esta animada y bella ciudad atravesada de tranvías y de calles peatonales, llena de bicicletas y de restaurantes al aire libre. Le Corre es un estupendo guía, y rescata de cada esquina o de cada portal una historia de resistentes traicionados o de colaboracionistas que a última hora se pasaron al bando bueno simplemente porque intuían que también era ya el bando vencedor.

“A los burgueses no les interesaba hablar, estaban demasiado implicados, los comunistas eran partidarios también de mantener aquello de que la Resistencia había ganado la guerra y la historia. De Gaulle fue partidario de dejar a jueces, policías y funcionarios en sus puestos, sin preguntar mucho a fin de que el Estado se volviera a poner en marcha sin demasiada interrupción, aprovechando la inercia, sin perder tiempo, ya que tenía miedo de que el Estado colapsara y fuera a parar a manos precisamente de los comunistas”.

 Para este escritor, que tiene publicadas en España, en la misma colección, otras dos obras, estos traumas históricos no se liquidan jamás. “Es normal que los momentos trágicos sigan suscitando polémica. Entre otras cosas, porque hay tendencias políticas que los retroalimentan. En Francia, por ejemplo, la extrema derecha, que es muy poderosa, sostiene que aquel periodo no fue tan negativo ni tan malo, defiende al mariscal Pétain y fomenta una especie de racismo antiárabe y antinmigración que nació en la guerra de Argelia. Hay un racismo poscolonial que aún está vivo, que aún perdura en el debate político”.

Le Corre fue durante toda su vida, hasta su jubilación, profesor en un colegio público de Francés y de Literatura francesa. Y siempre persiguió inculcar a sus alumnos, además de la gramática y de la indigesta ortografía francesa, el principio del placer ante la lectura. Él mismo lo sigue antes de embarcarse en cada libro: “A mí me encanta sumergirme en una época, aprenderlo todo. Disfruto muchísimo haciéndolo. Soy soldado o miembro de la Resistencia, sin padecer ningún riesgo. Esto no tiene precio. No creo ni en la literatura comprometida ni en la utilidad práctica de las novelas. Sí en su disfrute”. Recuerda, a propósito de eso, el día en que un alumno le pidió prestado el primer tomo de una novelota de 650 páginas de la que él había hablado en clase y que a los pocos días, tras devorarlo, le pidió el segundo. Al entregárselo, dice, se sintió orgulloso de sí mismo y de su tarea.

El personaje principal de la novela es un policía corrupto, egoísta, violento, cruel, colaboracionista sin ideología y arribista experto en saltar de un régimen a otro amparándose en sus contactos y en su puro egoísmo. “Hay muchos como él en la historia. Hay por todos lados. Y gracias a ellos, a los egoístas, las dictaduras prosperan. Son gente comprometida solamente con sus intereses personales y por eso se convierten en los mejores aliados de los totalitarismos”.

 Remarca la presencia de lo español en Burdeos (y por lo tanto, en la novela). Y señala que esta ciudad del sur de Francia se convirtió, tras la Guerra Civil, en un refugio para los exiliados republicanos. Después recuerda que la primera manifestación a la que acudió en su vida, en 1972, fue una convocada por españoles contra Franco. Y añade: “Aquí, cuando mataron a Carrero Blanco, se celebró en la calle, se bebió en la calle y se bailó. Yo eso lo he visto”. Después vuelve a recordar: “Había un vieux anarch, un viejo anarquista que se llamaba Sánchez que nos dejaba usar su linotipia para imprimir panfletos nuestros...”.

Pasan entonces por la calle unos chicos de 12 o 13 años jugando entre ellos y Le Corre se queda mirándolos y parece que está recordando más cosas de su juventud. Pero no: “No lo echo de menos, pero, ¿sabe? Ser profesor de chicos de esas edades era un trabajo fenomenal”.              (Antonio Jiménez Barca, El País, 10/10/21)

10/12/20

Los altos funcionarios de inteligencia de EE. UU. incluidos Dulles, Wisner y Carmel Offie, «trabajaron para garantizar que la desnazificación solo tuviera un alcance limitado: Generales, altos funcionarios, policías, industriales, abogados, economistas, diplomáticos, académicos y verdaderos criminales de guerra se salvaron y volvieron a ocupar sus puestos. El hombre a cargo del Plan Marshall en Alemania, por ejemplo, fue un exasesor de Hermann Göring

 "(...) Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, el futuro jefe de la CIA, Allen Dulles, lamentó que su país estuviera luchando contra el enemigo equivocado. Los nazis, como explicó, eran cristianos arios procapitalistas, mientras que el verdadero enemigo era el comunismo ateo y su rotundo anticapitalismo. Después de todo, Estados Unidos había formado parte, sólo unos 20 años antes, de una intervención militar masiva en la U.R.S.S., cuando catorce países capitalistas buscaban, en palabras de Winston Churchill, «estrangular al bebé bolchevique en su cuna». 

Dulles comprendió, como muchos de sus colegas en el gobierno de Estados Unidos, que lo que más tarde se conocería como la Guerra Fría era en realidad la vieja guerra, como Michael Parenti ha argumentado de manera convincente: la que habían estado luchando contra el comunismo desde sus inicios.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, el general Karl Wolff, exmano derecha de Himmler, fue a ver a Allen Dulles en Zurich, donde trabajaba para la Oficina de Servicios Estratégicos, la organización predecesora de la CIA. Wolff sabía que la guerra estaba perdida y quería evitar ser llevado ante la justicia. Dulles, por su parte, quería que los nazis en Italia bajo el mando de Wolff depusieran las armas contra los aliados y ayudaran a los estadounidenses en su lucha contra el comunismo. 

Wolff, quien fue el oficial de las SS de mayor rango que sobrevivió la guerra, le ofreció a Dulles la promesa de desarrollar, con su equipo nazi, una red de inteligencia contra Stalin. Se acordó que el general que había desempeñado un papel central en la supervisión de la máquina genocida de los nazis y que expresó su «alegría especial» cuando consiguió trenes de carga para enviar a 5.000 judíos al día a Treblinka, estaría protegido por el futuro director de la CIA, que lo ayudó a evitar los juicios de Nuremberg.

Wolff estaba muy lejos de ser el único alto funcionario nazi protegido y rehabilitado por la OSS-CIA. El caso de Reinhard Gehlen es particularmente revelador. Este general del Tercer Reich había estado a cargo de Fremde Heere Ost, el servicio de inteligencia nazi dirigido contra los soviéticos. Después de la guerra, fue reclutado por la OSS-CIA y se reunió con todos los principales arquitectos del Estado de Seguridad Nacional de la posguerra: Allen Dulles, William Donovan, Frank Wisner, el presidente Truman.

 Luego fue designado para encabezar el primer servicio de inteligencia alemán después de la guerra, y procedió a emplear a muchos de sus colaboradores nazis. La Organización Gehlen, como se la conocía, se convertiría en el núcleo del servicio de inteligencia alemán. No está claro cuántos criminales de guerra contrató este nazi condecorado, pero Eric Lichtblau estima que unos cuatro mil agentes nazis se integraron en la red supervisada por la agencia de espionaje estadounidense. 

Con una financiación anual de medio millón de dólares de la CIA en los primeros años después de la guerra, Gehlen y sus hombres fuertes pudieron actuar con impunidad. Yvonnick Denoël explicó este cambio con notable claridad: “Es difícil entender que, ya en 1945, el ejército y los servicios de inteligencia estadounidenses reclutaron sin escrúpulos a excriminales nazis. Sin embargo, la ecuación era muy simple en ese momento: Estados Unidos acababa de derrotar a los nazis con la ayuda de los soviéticos. De ahora en adelante planearon derrotar a los soviéticos con la ayuda de los exnazis».

La situación fue similar en Italia porque el acuerdo de Dulles con Wolff era parte de una empresa más grande, llamada Operación Amanecer, que movilizó a nazis y fascistas para poner fin a la Segunda Guerra Mundial en Italia (y comenzar la Tercera Guerra Mundial en todo el mundo). Dulles trabajó mano a mano con el futuro director de contrainteligencia de la Agencia, James Angleton, que entonces estaba destinado por la OSS en Italia. Estos dos hombres, que se convertirían en dos de los actores políticos más poderosos del siglo XX, demostraron de lo que eran capaces en esta estrecha colaboración entre los servicios de inteligencia estadounidenses, los nazis y los fascistas.

Angleton, por su parte, reclutó fascistas para poner fin a la guerra en Italia con el fin de minimizar el poder de los comunistas. Valerio Borghese fue uno de sus contactos clave porque este fascista de línea dura en el régimen de Mussolini estaba listo para servir a los estadounidenses en la lucha anticomunista, y se convirtió en una de las figuras internacionales del fascismo de posguerra. Angleton lo había salvado directamente de las manos de los comunistas, y el hombre conocido como el Príncipe Negro tuvo la oportunidad de continuar la guerra contra la izquierda radical bajo un nuevo jefe: la CIA.

Una vez que terminó la guerra, los altos funcionarios de inteligencia de EE. UU., incluidos Dulles, Wisner y Carmel Offie, «trabajaron para garantizar que la desnazificación solo tuviera un alcance limitado», según Frédéric Charpier: «Generales, altos funcionarios, policías, industriales, abogados, economistas, diplomáticos, académicos y verdaderos criminales de guerra se salvaron y volvieron a ocupar sus puestos «. El hombre a cargo del Plan Marshall en Alemania, por ejemplo, fue un exasesor de Hermann Göring, el comandante en jefe de la Luftwaffe (fuerza aérea). Dulles redactó una lista de altos funcionarios del estado nazi para protegerlos y hacerlos pasar por oponentes de Hitler. La OSS-CIA procedió a reconstruir los estados administrativos en Alemania e Italia con sus aliados anticomunistas.

Eric Lichtblau estima que más de 10.000 nazis pudieron emigrar a los Estados Unidos en el período de posguerra (al menos 700 miembros oficiales del partido nazi habían podido ingresar a los Estados Unidos en la década de 1930, mientras que los refugiados judíos eran rechazados) . Además de unos pocos cientos de espías alemanes y miles de miembros del personal de las SS, la Operación Paperclip, que comenzó en mayo de 1945, trajo al menos a 1.600 científicos nazis a Estados Unidos con sus familias.

 Esta empresa tenía como objetivo recuperar las grandes mentes de la máquina de guerra nazi y poner sus investigaciones sobre cohetes, aviación, armas biológicas y químicas, etc., al servicio del imperio estadounidense. La Agencia de Objetivos Conjuntos de Inteligencia se creó específicamente para reclutar nazis y encontrarles puestos en los centros de investigación, el gobierno, el ejército, los servicios de inteligencia o las universidades (participaron al menos 14 universidades, incluidas Cornell, Yale y MIT).

Aunque el programa excluía oficialmente a los ardientes nazis, al menos al principio, de hecho permitió la inmigración de químicos de IG Farben (que había suministrado los gases mortales utilizados en los exterminios masivos), científicos que habían utilizado esclavos en campos de concentración para hacer armas y médicos que habían participado en horribles experimentos con judíos, romaníes, comunistas, homosexuales y otros prisioneros de guerra. 

Estos científicos, que fueron descritos por un funcionario del Departamento de Estado opuesto a Paperclip como «los ángeles de la muerte de Hitler», fueron recibidos con los brazos abiertos en la tierra de los libres. Se les ofreció un alojamiento confortable, un laboratorio con asistentes y la promesa de ciudadanía si su trabajo daba frutos. Continuaron llevando a cabo investigaciones que se han utilizado en la fabricación de misiles balísticos, bombas de racimo de gas sarín y el armamento de la peste bubónica. (...)

Vincenzo Vinciguerra, miembro del grupo de extrema derecha Ordine Nuovo y autor del atentado cerca de Peteano en 1972, explicó que los fascistas “Avanguardia Nazionale, como Ordine Nuovo, estaban siendo movilizados en la batalla como parte de una estrategia anticomunista originados no con organizaciones desviadas de las instituciones de poder, sino del propio Estado, y específicamente dentro del ámbito de las relaciones del Estado dentro de la Alianza Atlántica”. 

Una comisión parlamentaria italiana que llevó a cabo una investigación de los ejércitos que se quedaron atrás en Italia, llegó a la siguiente conclusión en 2000: “Esas masacres, esas bombas, esas acciones militares habían sido organizadas o promovidas o apoyadas por hombres dentro de las instituciones estatales italianas y, como ha sido descubierto más recientemente, por hombres vinculados a las estructuras de la inteligencia de los Estados Unidos.»

El Estado de Seguridad Nacional de EE. UU. También participó en la supervisión de las líneas de tráfico que exfiltraron a los fascistas de Europa y les permitieron reasentarse en lugares seguros en todo el mundo, a cambio de hacer el trabajo sucio. El caso de Klaus Barbie es uno entre miles, pero dice mucho sobre el funcionamiento interno de este proceso. Conocido en Francia como «el carnicero de Lyon», fue jefe de la oficina de la Gestapo allí durante dos años, incluido el momento en que Himmler dio la orden de deportar al menos a 22.000 judíos de Francia. 

Este especialista en ‘tácticas mejoradas de interrogatorio’, conocido por torturar hasta la muerte al coordinador de la Resistencia francesa, Jean Moulin, organizó la primera redada de la Unión General de Judíos en Francia en febrero de 1943 y la masacre de 41 niños judíos refugiados en Izieu Abril de 1944. Antes de llegar a Lyon, había dirigido salvajes escuadrones de la muerte, que habían matado a más de un millón de personas en el frente oriental, según Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair.

 Pero después de la guerra, el hombre a quien estos mismos autores describen como el tercero en la lista de criminales de las SS más buscados estaba trabajando para el Cuerpo de Contrainteligencia (CIC) del Ejército de los Estados Unidos. Fue contratado para ayudar a construir los ejércitos de permanencia reclutando a otros nazis y para espiar a los servicios de inteligencia franceses en las regiones controladas por Francia y Estados Unidos en Alemania.

Cuando Francia se enteró de lo que estaba sucediendo y exigió la extradición de Barbie, John McCloy, el Alto Comisionado de los Estados Unidos en Alemania, se negó alegando que las acusaciones se basaban en rumores. Sin embargo, al final resultó demasiado caro, simbólicamente, mantener una carnicería como Barbie en Europa, por lo que fue enviado a América Latina en 1951, donde pudo continuar su ilustre carrera. Instalado en Bolivia, trabajó para las fuerzas de seguridad de la dictadura militar del general René Barrientos y para el Ministerio del Interior y el ala contrainsurgente del Ejército boliviano bajo la dictadura de Hugo Banzer, antes de participar activamente en el Golpe de la Cocaína en 1980 y se convirtió en director de las fuerzas de seguridad bajo el mando del general Meza.
 
 A lo largo de su carrera mantuvo estrechas relaciones con sus salvadores en el Estado de Seguridad Nacional de Estados Unidos, desempeñando un papel central en la Operación Cóndor, el proyecto de contrainsurgencia que aglutinó dictaduras latinoamericanas, con el apoyo de Estados Unidos, para aplastar violentamente a cualquier país. intento de levantamientos igualitarios desde abajo. También ayudó a desarrollar el imperio de la droga en Bolivia, incluida la organización de bandas de narco-mercenarios a quienes llamó «Los novios de la muerte», y cuyos uniformes se parecían a los de las SS. (...)"                 (Gabriel Rockhill , Rebelión, 24/11/2020; fuente: counterpunch)