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17/1/23

No llegamos a fin de mes... La clase media no era esto... El futuro de la clase media está comprometido porque el Estado, gran valedor de la clase media, disminuye su papel como regulador y como proveedor de bienestar... por la creciente financiarización, porque muchos aspectos fundamentales para nuestra existencia se han convertido en activos financieros, como las pensiones, la vivienda, etcétera, lo que hace la vida mucho más precaria y expuesta a la especulación de terceros... por la automatización de la producción, las cada vez más avanzadas técnicas de inteligencia artificial... por eso, brecha entre los pocos que ganan mucho dinero y las que antes eran clases acomodadas no deja de crecer... como el número de quienes bordean la pobreza... y es que la crisis de la clase media se retroalimenta con otras: la económica, la institucional, la de la confianza, en fin, la de todo el andamiaje que mantenía estable las democracias liberales tal y como las conocíamos

 "Un transeúnte es entrevistado brevemente por una reportera de televisión. Se queja, visiblemente enfadado, de la coyuntura económica, y es que la cosa, con la inflación rampante y el estancamiento de los salarios, está muy difícil: “Este Gobierno solo ayuda a los de abajo”, dice, “yo hace tiempo que no llego a fin de mes y nadie me ayuda. Nadie ayuda a la clase media”. Es curioso: el peatón asegura sufrir continuas estrecheces económicas, pero sigue considerándose clase media. Esa que, por definición, al menos llega con su sueldo a fin de mes.

La clase media: si se la pronuncia, todo el mundo entiende a lo que nos referimos. Pero la clase media: nadie tiene demasiado claro cómo definirla. Es un concepto voluble, flexible, casi mágico. Algo más del 40% de los españoles que se consideran clase media no pertenecen a ella si tenemos en cuenta su nivel de renta, según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2020. Muchos pobres todavía prefieren pensar que son de clase “media baja”. Algunos ricos prefieren quitarle hierro a su riqueza y maquillar la desigualdad. “Los que estamos sacando el país adelante somos la clase media”, dijo en una tertulia la socialité Carmen Lomana, representante oficiosa de las clases altas en los saraos y la farándula televisiva. Los grandes partidos políticos viven obsesionados por seducir a la clase media. Significa moderación, bienestar, modernidad, consumo. Significa familia, coche, tele, sueños. La tarjeta de El Corte Inglés. Pero ¿qué demonios es la clase media? Y, sobre todo, ¿es cierto que, tras las sucesivas crisis y bajo la tensión de la desigualdad creciente, se encuentra en un aprieto?

“Cuando se habla de la crisis de la clase media estamos hablando de muchas cosas”, explica el sociólogo y doctor en Historia Emmanuel Rodríguez, autor de El efecto clase media (Traficantes de Sueños): “Por ejemplo, de la pérdida de capacidad del Estado para generar mecanismos de integración amplios, del fin de la movilidad social, de los problemas para acceder a una vivienda o del desmantelamiento del Estado de bienestar”. Ese “efecto clase media” es la idea de que este estrato no surge espontáneamente del mercado, sino que requiere una alta inversión estatal, y que ni siquiera esta acaba con las desigualdades. Eso sí: sirve para pacificar y estabilizar las sociedades. Considerarse de clase media es desertar de la lucha de clases.

Si la clase media se desdibuja por abajo, por donde la población se despeña hacia la pobreza, también lo hace por arriba: la crisis está llegando hasta su capa superior, como explica el periodista Esteban Hernández, autor de El rencor de clase media alta y el fin de una era (Foca): “El proceso de deterioro ha llegado a capas más favorecidas, que empiezan a ver que sus hijos ya no tienen el futuro tan asegurado”, explica el autor. Algunos estilos de vida propios de la clase media alta se están haciendo menos accesibles, como mandar a la prole a estudiar a un colegio privado o al extranjero, tener una vivienda amplia y de calidad o practicar ciertas actividades de ocio, mientras que la seguridad en los ingresos cada vez es menor, también para los trabajadores mejor posicionados. “Se está generando una brecha entre los que de verdad ganan dinero, un porcentaje muy pequeño en lo más alto de la pirámide social, y las que eran las clases acomodadas”, señala Hernández.

Este aprieto podría calificarse como internacional. “Tanto en Estados Unidos como en gran parte del mundo, la clase media tiene razón en verse en crisis porque hay sociedades enteras en crisis después de décadas de austeridad y desvío de la riqueza hacia los más ricos”, explica David Roediger, autor de The Sinking Middle Class (Or Books). Por otra parte, en muchos países del sur global, según señala el escritor, se han puesto tantas expectativas en la llegada de la sociedad de clases medias que finalmente lo que ha llegado es la frustración.

¿Qué es la clase media?

La forma más sencilla de definir este estrato social es mediante la posición económica: se pueden establecer sus límites en torno a la renta neta media anual de un país. En España esa renta fue en 2021, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), de 12.269 euros netos. A partir de ahí, según la OCDE, se considera clase media a las personas que ganan entre el 75% y el 200% de esa cantidad. Es decir: entre 9.201 y 24.538 euros netos cada año. Estos límites pueden variar según la institución que mida.

Pero esto es una mera perspectiva económica. Para los sociólogos las clases tienen una raíz más profunda y diversa. “Podría decirse que la renta es el síntoma de otra cosa: no define la clase social, sino que es producto de ella. Uno gana lo que gana debido a la clase a la que pertenece”, explica el sociólogo José Saturnino Martínez, director de la Agencia Canaria de Calidad Universitaria y Evaluación Educativa y autor del libro Estructura social y desigualdad en España (Catarata). No es lo mismo ganar 2.000 euros netos mensuales naciendo en una familia trabajadora, empezar en la hostelería a los 15 años y montando un bar a los 30, que ganarlos naciendo en una familia bien posicionada, teniendo un título universitario, sacando unas oposiciones y siendo funcionario de clase A. Estas dos personas tendrán diferente estabilidad, diferente riesgo de caer en la exclusión y hasta diferentes estilos de vida. No son la misma clase social.

La clase también depende de la cuna, de la educación, de la cultura, de las relaciones, de la forma de vivir. A este respecto, el sociólogo Pierre Bourdieu consideraba varios tipos de capital, además del económico: el cultural, el social o el simbólico, que influyen en la determinación de la clase. Los sociólogos, aun así, tampoco se ponen de acuerdo en la definición definitiva, según provengan de corrientes marxistas, weberianas, funcionalistas, etcétera.

Breve historia de la clase media

La clase media ha existido siempre. Ya Aristóteles escribió en su Política que una sociedad bien gobernada debería tener una amplia clase media que vertebre la polis y evite la discordia social. Karl Marx, que estableció la clara división entre burguesía y proletariado como clases antagonistas, también consideraba una clase media, no demasiado relevante, formada por pequeños artesanos y profesionales independientes. Cuando la clase media cobra verdadera importancia es en la Europa de la segunda mitad del siglo XX con el levantamiento de los Estados del bienestar: ahí se da la llamada expansión de las clases medias (también como forma de alejar a los trabajadores occidentales de los cantos de sirena de la Unión Soviética) y esa figura se fija con nitidez en el imaginario colectivo.

Esos años de la posguerra hasta la crisis del petróleo, en los años setenta, son conocidos como los Treinta Gloriosos. “Es la única etapa de la historia en la que se ha avanzado en la cohesión social y logrado limar la desigualdad”, explica el sociólogo José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). “Ahora, con el capitalismo neoliberal, las desigualdades se están haciendo extremas. Hay fortunas que acaparan gran parte de la riqueza de la humanidad y eso produce disfunciones en la economía y en la sociedad”.

En España la expansión de la clase media ocurre un poco más tarde dada la autarquía franquista, pero a toda velocidad, a partir de 1959, cuando Franco permite la apertura de la economía. Los flujos de población alimentan a las industrias en el llamado éxodo rural, y de esa clase obrera fabril salen hijos universitarios que ascienden en el escalafón. El desarrollismo trae prosperidad, turismo, electrodomésticos, segundas residencias, coches, y la clase media naciente estabiliza el Régimen, lo justifica, y facilita la Transición. “Pero desde 1992 se dejan de crear los puestos cualificados suficientes y en España se empieza a producir el fenómeno de la sobrecualificación, que tanto malestar social genera”, dice el sociólogo Ildefonso Marqués, experto en movilidad social de la Universidad de Sevilla. “Ahora el ascensor social está parado”, añade.

Así la clase media se ve comprometida y cunde la muy controvertida idea de que las próximas generaciones vivirán peor que sus padres. “Vamos hacia una sociedad dualizada”, apunta Tezanos, “está creciendo el número de personas que se consideran infraclases, sectores de la población completamente excluidos. Estamos viviendo el primer proceso de movilidad social descendente desde la Revolución Francesa”. Con la disolución de este estrato social el sistema económico va generando una sociedad a dos velocidades, desgarrada entre los más ricos y los más pobres, donde ganadores y perdedores pueden acabar viviendo en realidades paralelas. En la parte alta del escalafón se produce cada vez una mayor concentración de riqueza en una menor cantidad de manos: el 10% más rico copa el 34,6% de los ingresos por trabajo y capital y el 57,6% del patrimonio, según un estudio de World Inequality Lab. La cuarta parte de ese patrimonio pertenece al 1% de superricos.

¿Lo eres o sientes que lo eres?

¿Cómo se percibe a sí misma la ciudadanía? La clase media tiene una fuerte componente subjetiva: muchos no lo son, pero se sienten. Un 47,1% de los españoles se consideran de clase media alta, y un 15,5% de clase media baja, según el Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de octubre de 2022. La cifra de personas que se consideran de clase obrera y trabajadora ha caído del 50% al 10,6% en los últimos 20 años. En Estados Unidos, en 2018, un 70% de la población se consideraba clase media, pero solo el 50% encajaba en esa horquilla económica, según un estudio de Pew Research Center. Si bien en otros tiempos la clase estaba principalmente relacionada con la actividad productiva, hoy el consumo es fundamental a la hora de definirnos. De hecho, el asentamiento de la clase media estuvo unívocamente asociado al de la sociedad de consumo: grandes masas de población podían acceder a aquello a lo que antes solo se permitían los ricos.

Es fácil sentirse clase media teniendo al alcance una plétora de productos baratos y muy apetecibles: comida rápida, ropa barata de grandes cadenas multinacionales, pisos de alquiler turístico, grandes ofertas en vuelos a destinos de ensueño o plataformas audiovisuales con una oferta inabarcable. A pesar de que, en la coyuntura actual, la alta inflación provoque que hasta lo barato sea caro. Cuando el elegante chófer de un vehículo VTC te ofrece una botellita de agua, es difícil no sentirse el rey del mambo. “En muchos países, la difusión de la oferta de productos y servicios low cost, al aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los salarios, empieza a tener más peso que una reforma fiscal o que el Estado de bienestar”, escribían Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi en El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo). Nos conformamos con el brillo de los productos baratos antes que con la provisión de servicios públicos fundamentales por parte del Estado.

Aunque estas capas sociales suelan asociarse al sosiego, la imagen de tranquilidad puede tener una cara oculta: la ansiedad continua, el miedo a caer, las deudas. “La crisis de la clase media se vive a niveles profundamente personales”, explica Roediger, “la miseria, a menudo asociada a una profunda alienación en trabajos interminables (en los que incluso la personalidad es supervisada), coexiste con altos niveles de endeudamiento personal y familiar. El vínculo más obvio es el que los sociólogos han señalado durante 75 años: la vana esperanza de que el consumo frenético pueda compensar esa alienación”.

La percepción de la clase media desde un punto de vista externo también es ambivalente. Puede ser símbolo de progreso y prosperidad, de una sana moderación que le permite ser espinazo de países estables e igualitarios. Pero también se la retrata como una clase consumista, insolidaria, cobarde, inmovilista, sin la conciencia de clase propia del viejo proletariado, sin el glamuroso poderío de la aristocracia, solo preocupada por medrar y llegar a ser clase alta. La llamada clase media aspiracional.

Nubes en los cielos futuros

El futuro de la clase media está comprometido por varias razones, según enumera Emmanuel Rodríguez. Por un lado, el trabajo se ha desvalorizado, en parte por la automatización de la producción, la generalización de las máquinas, las cada vez más avanzadas técnicas de inteligencia artificial. Por otro, el Estado, gran valedor de la clase media, disminuye su papel como regulador y como proveedor de bienestar. Y, por último, le afecta la creciente financiarización que va permeando nuestra vida cotidiana. Muchos aspectos fundamentales en el normal desarrollo de nuestra existencia se han convertido en activos financieros: las pensiones, la vivienda, los préstamos al estudio, etcétera, lo que hace esa existencia mucho más precaria y expuesta a los vaivenes de la especulación de terceros.

¿Qué consecuencias puede tener esta crisis? “Lleva a sociedades fragmentadas, caóticas, que generan expresiones políticas extrañas y creciente polarización”, dice Rodríguez. Por último, la crisis de la clase media se retroalimenta con otras: la económica, la institucional, la de la confianza, en fin, la de todo el andamiaje que mantenía estable las democracias liberales tal y como las conocíamos."                 (Sergio C. Fanjul , El País, 15/01/23)

26/9/18

El índice de libertad económica entre estados encuentra a Florida el más libre y a Nueva York el menos libre... ¿las diferencias reales entre Nueva York y Florida hacen a los neoyorquinos menos libres? ¿Se resienten los neoyorquinos bajo la pesada mano de la ley sanitaria, o se sienten más libres sabiendo que corren mucho menos riesgo de arruinarse por una emergencia médica, o de ser lanzados al abismo si pierden su empleo?

"(...) los mercados libres se traducen en libertad personal: que una economía de mercado desregulada libera a la gente corriente de la tiranía de las burocracias. En un mercado libre, continúa la historia, no necesitas adular a tu jefe o a la compañía que vende tus productos, porque saben que siempre puedes acudir a otra persona.

Lo que señala Robin es que la realidad de una economía de mercado no se parece nada a eso. De hecho, la experiencia diaria de decenas de millones de estadounidenses –especialmente aquellos que no ganan mucho dinero, pero no solo– es una de constante dependencia de la buena voluntad de empleadores y otros actores económicos más poderosos.  (...)

Las protecciones a los empleados obligadas por el gobierno puede que restrinjan la capacidad de las corporaciones para contratar y despedir, pero también blindan a los trabajadores contra algunas formas muy reales de abuso. Los sindicatos, en cierto modo, limitan las opciones de los trabajadores, pero también ofrecen un importante contrapeso contra el poder corporativo monopsónico.

Ah, y los programas de una red de seguridad social pueden hacer mucho más que limitar la miseria: pueden ser liberadores. He conocido a muchas personas que se quedan atascadas con empleos que aborrecen por miedo a perder la cobertura sanitaria.  (...)

El otro día me divertía con el índice de libertad económica entre estados del Cato Institute, que encuentra a Florida el más libre y a Nueva York el menos libre. (¿Está bien que yo escriba esto, camarada comisario?) Como señalé, la libertad al estilo Cato parece asociarse, entre otras cosas, con una alta mortalidad infantil. ¡Vive libre y muere! (New Hampshire está justo detrás de Florida).

Pero, seriamente, ¿las diferencias reales entre Nueva York y Florida hacen a los neoyorquinos menos libres? Nueva York es un estado altamente sindicado –el 25,3 por ciento de la fuerza de trabajo– mientras que solo el 6,6 por ciento de los trabajadores de Florida están representados por sindicatos. ¿Hace esto a los trabajadores de Nueva York menos libres, o les empodera contra el poder corporativo?

Asimismo, Nueva York ha expandido el Medicaid y ha intentado que funcionen los intercambios según la ACA [Affordable Care Act], de modo que solo el 8 por ciento de los adultos no ancianos carece de seguro médico, comparado con el 18 por ciento de Florida. 

¿Se resienten los neoyorquinos bajo la pesada mano de la ley sanitaria, o se sienten más libres sabiendo que corren mucho menos riesgo de arruinarse por una emergencia médica, o de ser lanzados al abismo si pierden su empleo?   
      
Si eres un profesional altamente remunerado, probablemente no haya mucha diferencia. Pero intuyo que la mayoría de los trabajadores se sienten al menos algo más libres en Nueva York que en Florida.

 Ahora bien, no hay respuestas perfectas al sacrificio inevitable de algo de libertad que implica vivir en una sociedad compleja; no hay utopía en el menú. Pero los abogados del poder corporativo sin restricciones y la mínima protección de los trabajadores se han salido con la suya durante demasiado tiempo, fingiendo que son los defensores de la libertad –la cual, en realidad, no es otra palabra para decir que ya no te queda nada que perder. "                  (Paul Krugman  , Sin Permiso, 17/09/2018)

28/3/17

El estado del bienestar da la felicidad... en cambio, La felicidad de chinos y estadounidenses ha caído en los últimos diez años, a pesar del aumento de la renta media

"Quien tenga que abrirse paso por la mañana temprano entre las masas de personas que van de su casa al trabajo en la estación central de Zúrich, seguramente supondría lo contrario. Pero las cosas son como son: estas personas de aspecto sombrío que se apresuran de acá para allá se cuentan entre las más felices del mundo. Al fin y al cabo, viven en Suiza.

En los cinco informes sobre la felicidad que la ONU ha publicado hasta ahora, Suiza ha ocupado siempre uno de los puestos punteros. En 2015 encabezaba la lista y en 2017 tenía el cuarto lugar, como se supo la semana pasada. Las distancias entre los primeros cinco países (Dinamarca, Noruega, Islandia, Finlandia y Suiza), notoriamente destacados, siguen reduciéndose de forma muy acusada.

Las cosas pintan bien para Suiza. Hace dos semanas, un estudio estadounidense la declaraba “el mejor país del mundo”. De igual modo, ciudades suizas como Zúrich y Ginebra siempre ocupan un puesto de primera fila en las encuestas sobre calidad de vida. Así que no es del todo inoportuno preguntarse qué es exactamente lo que hacen bien Suiza y los demás países bendecidos por la felicidad.

Si se comparan los países que figuran en los cinco primeros puestos en el informe sobre la felicidad, parece que son su pequeñez y aislamiento lo que la potencian. Ninguno de los mejor situados cuenta con más de diez millones de habitantes. 

Noruega, Islandia y Suiza no forman parte de la Unión Europea, Dinamarca ha renunciado al euro. El estudio se presta a elevar a ideal la pequeña nación independiente y respondona, lo que será una satisfacción para los partidos derechistas partidarios del aislacionismo.

Al mismo tiempo, los resultados parecen una confirmación de los programas socialdemócratas. Los amos de la felicidad pertenecen en su totalidad al club de los países más ricos, y aunque en todos hay un amplio porcentaje de paro, solo con el éxito económico no se sube al podio. Tan importante como este es una redistribución equitativa del bienestar. 

Todos los países más ricos ostentan un coeficiente de Gini —que mide la desigualdad económica— muy bajo. Estados Unidos y China pueden servir de contraejemplo. La felicidad de los estadounidenses ha caído en los últimos diez años, a pesar del aumento de la renta media. Tampoco los chinos se sienten ostensiblemente mejor que en 1990, a pesar de que su salario se ha multiplicado varias veces desde entonces.

Jeffrey Sachs, economista estadounidense y coautor del estudio, explica la decreciente felicidad de sus compatriotas por su fijación con el crecimiento económico. Al mismo tiempo, su sociedad se descompone.

Para hacer feliz a la población, afirman los autores, se requieren sistemas de bienestar estables que garanticen un futuro libre de preocupaciones existenciales. Los ciudadanos han de tener confianza mutua y apoyarse recíprocamente, y al mismo tiempo al individuo debe quedarle la suficiente libertad para realizarse. El sistema político tiene que evitar la corrupción y atender al equilibrio entre de los diversos grupos.

¿Aislacionismo, crecimiento económico o redistribución? No es posible deducir de los rankings una receta para construir el país perfecto. Los resultados siguen siendo demasiado difusos, las condiciones en los distintos países se diferencian demasiado entre sí.

A pesar de todo, hacen falta clasificaciones como la de este informe sobre la felicidad. Según la ONU, los políticos tienen que ocuparse con más afán de la felicidad de los ciudadanos. Este enfoque es convincente, aun cuando el concepto de felicidad y su materialización sigan siendo evanescentes. Es un punto de partida convincente porque descarta de raíz recurrir a determinados males como instrumentos políticos. 

Los países en los que ruge la guerra ocupan puestos muy a la zaga. Las ansias de influir y las manías de grandeza contribuyen poco al bienestar de la ciudadanía. Las naciones con regímenes no democráticos, totalitarios, no pueden optar a ser campeonas de la felicidad. Así que sí hay un consenso sólido sobre todo aquello a lo que debería renunciar la política.

De un informe sobre la felicidad tampoco cabe esperar que ilustre sobre el estado de ánimo de cualquier noruega o cualquier suizo. No se han tenido en cuenta las tasas de suicidio ni el porcentaje de enfermedades psíquicas. Los autores solo identifican los fundamentos de la felicidad.

No es ninguna contradicción, pues, correr por las mañanas con gesto sombrío por la estación central de Zúrich."                     ( , El País, 25/03/17)

20/6/16

Pobreza española, pobreza danesa... pobreza andaluza, pobreza catalana...

"La pobreza que señala la encuesta no es absoluta, sino relativa. Podríamos decir que más que la indigencia el índice mide la desigualdad, ya que considera incluidos en ese colectivo a los hogares cuyos ingresos netos anuales son inferiores al 60% del ingreso medio (mediano) del país en estudio. 

Sus condiciones económicas y sociales, por tanto, dependen del nivel de vida y de la renta nacional del Estado al que se pertenece. Los que la encuesta aquí y ahora considera pobres poco tienen que ver con los que se tomaría por tales en los países subdesarrollados o emergentes, ni siquiera con los de otras naciones europeas. Nada que ver los pobres de Luxemburgo, Holanda o Alemania con los de Polonia, Lituania o Rumania.

Parece bastante probable que los pobres de Dinamarca sean más ricos que el 90% de los búlgaros, teniendo en cuenta que el salario mensual medio de Dinamarca (3.706 euros) es diez veces el de Bulgaria. Es por eso por lo que carece de sentido que Eurostat facilite como índice del umbral de pobreza de Europa (de los 28) el 17,2% y de la Eurozona el 17.1%, como tampoco significa casi nada que la Comisión afirme que en Europa hay 122,3 millones de pobres. Suma churras con merinas. 

Y es que estamos a años luz de constituir una verdadera unidad política; si lo fuéramos, los umbrales de pobreza deberían elaborarse tomando como referencia para todos los países el 60% del ingreso neto medio (mediano) de la Unión Europea. 

De esta forma, sí sería posible ver la distribución real de la pobreza y en qué países se acumula. Pero tal vez eso es lo que se intenta ocultar, porque en tal caso aparecería de manera evidente la contradicción y la locura del proyecto europeo.

La relatividad del concepto de pobreza también aflora con el tiempo. Lo que hoy llamamos pobres en España seguramente tampoco tiene mucho que ver con los pobres de los años 50, 60 e incluso 70. Es muy probable que las condiciones de vida de nuestros jóvenes indignados sean bastante mejores que las de sus padres y abuelos, lo que no quiere decir que no tengan motivos para el enojo, porque para algo la renta per cápita se ha aproximadamente duplicado en los últimos cincuenta años.

 La indignación de los jóvenes y de los no jóvenes se justifica por el hecho de que no existe ninguna razón económica para que se pierdan las conquistas sociales y económicas conseguidas y para que, por el contrario, no se continúen incrementado si, como es perfectamente posible, la renta per cápita mantiene una evolución similar a la seguida en el pasado.

El hecho de que esta estadística no constituya un buen indicador de la pobreza absoluta no implica que no nos suministre información sumamente interesante, en especial acerca del grado de desigualdad que afecta a una sociedad. Lo que convierte irritante a la pobreza es principalmente la falta de equidad con la que a menudo va asociada. 

Un primer dato a resaltar es la falacia que se esconde tras la exaltación que tertulianos, comentaristas y políticos realizan acerca de la clase media, tomando por tal la que no lo es. Según la encuesta, el ingreso anual neto por hogar se sitúa en 26.092 euros, muy alejado de las rentas de todos aquellos que se identifican con la clase media y que, en una especie de victimismo, se sienten enseguida perjudicados por toda medida fiscal progresiva.

Los resultados de la encuesta nos indican también que la llamada recesión económica ha dañado fuertemente el ingreso medio de los españoles y, además, algo que ya sabíamos: lo ha hecho de manera desigual recayendo en mayor medida sobre las rentas bajas, por lo que el umbral de pobreza ha subido a lo largo de estos años en dos puntos y medio.

 Así mismo, nos demuestra que una cosa es la macroeconomía y otra la microeconomía, y que las crisis económicas dejan en las sociedades secuelas muy profundas que perduran mucho más allá de la reconstrucción de los datos macroeconómicos. 

Los últimos resultados señalan que la recuperación de las tasas de crecimiento solo está sirviendo para que el umbral de pobreza deje de aumentar, incluso para que descienda levemente, pero que tardará mucho en alcanzar (si es que un nuevo empeoramiento de la actividad económica no se lo impide) los niveles anteriores a la crisis. 

La situación habría sido sin duda mucho más dura sin la política redistributiva del Estado, que corrige la desigualdad en el reparto de la renta que realiza el proceso productivo; gracias a ella, el umbral de pobreza se reduce nueve puntos (del 31 al 22%), según consideremos los ingresos, bien brutos, es decir, tal como se generan en el mercado, o bien netos, después de la actuación fiscal y presupuestaria del Estado. 

 El maltratado Estado del bienestar sirve de paracaídas y ha sido la única tabla de salvación a la que han podido aferrarse muchas familias. 

Comparativamente con otros países europeos, España se encuentra en la media tirando hacia abajo; desde luego el impacto del Estado es menor que en los países nórdicos como Finlandia, Dinamarca (15 puntos) o Suecia (13 puntos) y también menor que en Inglaterra (13 puntos), Bélgica (12 puntos), Francia, Austria y Luxemburgo (11 puntos), Holanda (10 puntos) e incluso sorprendentemente que en Grecia (14 puntos); pero se mantiene a la par de Alemania y es superior que en Portugal y en Italia, con siete y cinco puntos respectivamente. 

Si existe una constante es que en todos los países la política redistributiva de la Hacienda Pública se ha reducido en los últimos años.

La encuesta facilita también información acerca de cómo se distribuye territorialmente la pobreza. A diferencia de la Unión Europea -que por mucho que pregone otra cosa no deja de ser nada más que una unión comercial y financiera-, en España al constituir, hoy por hoy y mal que a algunos les pese, una unión política, el umbral de pobreza de cada Comunidad Autónoma se calcula con referencia al ingreso neto nacional, de manera que en este caso el índice sí expresa la distribución real de la pobreza.

 Frente a una tasa nacional del 22,1%, las “regiones explotadas”, Navarra, País Vasco y Cataluña, poseen las tasas de pobreza más reducidas (9,8; 10,9 y 13,9%, respectivamente); mientras que las “regiones explotadoras”, Andalucía, Murcia, Extremadura y Castilla-La Mancha, (35,7; 31,8; 29,0; 28,5%, respectivamente), arrojan las más elevadas del país. 

Y eso después de la acción redistributiva del Estado, de la que están ausentes País Vasco y Navarra, y que tanto incomoda e irrita al nacionalismo catalán que quiere la independencia gritando que España les roba. Lo más indignante es que muchos de los que se declaran de izquierda caen en esa trampa."          (Juan Francisco Martín Seco, República.com, 02/06/16)

3/12/14

El retorno de inversión, cuando el estado de bienestar ayuda a familias con niños muy pequeños, es enorme

"Uno de los argumentos conservadores contra el estado del bienestar y las políticas redistributivas es que las transferencias monetarias a familias pobres realmente no mejoran la vida de quienes las reciben.

 Las familias que perciben ayudas directas tienden a acomodarse, se hacen más dependientes del estado, y esto a su vez produce una cultura de la dependencia que se transmite a sus hijos.

La literatura en este sentido es bastante rica, y hasta donde yo sé, tiende a apuntar en sentido contrario (el bienestar de una familia pobre mejora cuando recibe dinero), pero la mayoría de estudios son a corto plazo, y no acostumbran a cubrir el ciclo vital completo de los niños en estas familias. Sabemos (y hay un montón de evidencia sobre ello) que programas tan simples como dar créditos fiscales al trabajo a familias con pocos ingresos (un impuesto negativo sobre la renta, vamos) mejoran el rendimiento escolar de los hijos de forma significativa por el simple hecho de aligerar el estrés de los padres, pero es complicado decir si el recuerdo de haber recibido de la nada hace que los pobres chavales se conviertan en adultos sin ética del trabajo. 

Un estudio reciente de Anna Aizer, Shari Eli, Joseph P. Ferrie y Adriana Lleras-Muney precisamente busca responder a esta pregunta (entrevista con Aizer aquí). (...)

los autores toman como punto de partida un programa realmente antiguo (1911-1935), el Mother´s Pension Program, y se aprovechan de una época en que los problemas fiscales de los estados que lo administraban les forzó a repartir ayudas básicamente utilizando una lotería (no es un caso único – hay alguno reciente con sanidad pública…). 

Aprovechando el hecho que muchos de sus receptores en los años están muertos y que sus registros son públicos (censo, fecha de defunción, impuestos…) Aire, Eli y compañía se dedicaron a codificar la vida de niños en familias receptoras y no receptoras de la pensión, en lo que sólo se puede calificar como un trabajo épico de recopilación de datos.

Las transferencias en este programa eran bastante modestas, con cada familia recibía una pequeña cantidad de dinero durante un máximo de tres años. Los resultados sobre la vida de los niños eran sin embargo considerables: un 30% adicional de años de escolarización, una probabilidad menor de malnutrición, y de forma más significativa, ingresos un 15% superiores una vez entraban en el mercado de trabajo y un año adicional de esperanza de vida. 

Para una intervención relativamente pequeña (dar dinero a madres pobres en lo peor de la gran depresión) el efecto es realmente considerable, y el retorno de la inversión de esta pequeña transferencia de renta para el estado sólo en ingresos adicionales de los niños de cada familia probablemente muy positivo.

Por supuesto, es un estudio; siempre hay que tomar las cosas con cautela. Los niños que viven en los años treinta en Estados Unidos, al fin y al cabo, entran en el mercado laboral después de la segunda guerra mundial, en el auténtico zenith del imperio americano.(...)

 Lo que parece claro es que el artículo no contradice la abundante evidencia que las transferencias monetarias a familias pobres parecen ayudar muchísimo a los niños de las familias receptoras.

Uno de los grandes problemas de la pobreza es que el estrés al que somete a las familias que la sufren hacen que salir de ella sea mucho más difícil (estrés tóxico, escasez – hablamos de ello aquí); parece que a veces la forma más efectiva de romper este ciclo es simplemente dándoles dinero.

 Los pobres a menudo parecen saber en qué necesitan invertir para dejar de serlo (desde arreglar su coche a pagar una guardería para poder ir a trabajar), y eso contribuye decisivamente a mejorar el resultado educativo de sus hijos. El estado de bienestar no tiene que ser demasiado complicado para ser efectivo – y el retorno de inversión, especialmente cuando ayudamos a familias con niños muy pequeños, es enorme."             (, Politikon, 13/11/2014)