"«Valores de derecha, ideas de izquierda»: con lemas como este, algunos
intelectuales vienen actualizando, en estos años, la tradición
«rojiparda», que recubre adscripciones de extrema derecha, e incluso
fascistas, con una retórica de izquierda. Si bien se trata de grupos
minoritarios, la actual confusión ideológica en las izquierdas, junto
con la atracción del soberanismo, les da a estos discursos una
circulación que no hay que exagerar, pero tampoco subestimar.
Desde hace algún tiempo ha reaparecido en el debate público el
término «rojipardo». Supuestamente se trataría de la convergencia de
sectores de extrema derecha y extrema izquierda que se unirían o, como
mínimo, se aliarían en contra del globalismo neoliberal. En medios
izquierdistas, sobre todo en Italia o Francia, no faltan artículos que
avisan de este peligro. «Cuidado», vienen a decir, «el fantasma
rojipardo no ha desaparecido». Los liberales lo utilizan para remachar
en lo de siempre: «los extremos se tocan» es su interpretación,
«fascismo y comunismo fueron las dos facetas del totalitarismo en el
siglo xx y sus epígonos posmodernos
siguen en las andadas». Por lo general, los interesados niegan con
insistencia esta adscripción –cuando tienen a sus espaldas una
militancia de izquierdas– o juegan con esta excelente visibilidad que
les brindan los medios –cuando vienen del neofascismo o la
ultraderecha–, intentando enturbiar aún más si cabe unas aguas de por sí
ya bastante turbias. Ahora bien, ¿el rojipardismo es un peligro?
¿Existe una amenaza rojiparda? ¿De qué estamos hablando en realidad? ¿La
clase trabajadora vota a la ultraderecha?
Hay una serie de
cuestiones de fondo. La primera se conecta directamente con una
pregunta: ¿la nueva ultraderecha ha conquistado votantes de izquierda?
O, mejor dicho, ¿las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas?
Se está debatiendo mucho al respecto. Las posiciones entre sociológos y
politólogos están en algunos casos en las antípodas. La victoria de
Donald Trump de 2016 se ha explicado sobre todo por el apoyo de la clase
obrera del Medio Oeste abandonada por los demócratas. Este análisis
suele solaparse con el concepto del angry white man que por razones tanto económicas como culturales habría votado mayoritariamente por el tycoon neoyorquino1.
No cabe duda de que una parte de la clase trabajadora blanca votó por
Trump; sin embargo, más que la clase social, han pesado cuestiones como
la brecha educativa, el gerrymandering –es decir, la
manipulación de las circunscripciones electorales en muchos estados
controlados por los republicanos–, la utilización de dosis descomunales
de fake news difundidas aún más a través de las nuevas
tecnologías –incluida la perfilación de datos de forma ilegal– o el
hecho de que la mayoría de los votantes republicanos apoyó a Trump
aunque les podía desagradar como candidato2.
De
forma similar, en Reino Unido, Francia, Italia y España se ha debatido
mucho si la ultraderecha ha mordido en el electorado de izquierdas3.
A menudo, la cuestión se ha mezclado con las posturas de las
formaciones de izquierdas hacia el euro y la Unión Europea. «Hace falta
una izquierda que reivindique la patria y la nación y que no sea
euroyonki», han clamado algunos intelectuales y periodistas. No se puede
subestimar esta cuestión, pero tampoco se la debe magnificar. En
España, por ejemplo, Vox ha pescado casi solamente entre ex-votantes del
Partido Popular (pp) o Ciudadanos,
mientras que en Italia la Liga de Matteo Salvini ha conseguido atraer
esencialmente a ex-votantes de la Forza Italia de Silvio Berlusconi o
del Movimiento 5 Estrellas (M5E), además de a unos cuantos
abstencionistas4.
El
problema es que, por un lado, se suele olvidar que también en las
décadas pasadas había sectores no desdeñables de la clase trabajadora
que escogían las papeletas de los partidos de derecha. Había obreros que
votaban al gaullismo, la Democracia Cristiana y luego Berlusconi o el pp
de José María Aznar y o Mariano Rajoy. Por otro lado, no se puede
razonar como si la geografía de un país fuese una foto inmutable en la
que sigue habiendo ciudades o regiones obreras como hace 30 o 50 años.
Esto se debe no solo al evidente proceso de desindustrialización, sino a
que en muchos casos los hijos o los nietos de aquellos obreros han
podido estudiar y obtener un título universitario. Ya no son clase
trabajadora, o por lo menos no trabajan en la línea de producción de una
fábrica como sus padres o abuelos: son y, sobre todo, se perciben como
clase media, aunque sean trabajadores precarios y en la última década
hayan vivido un proceso de empobrecimiento por la Gran Recesión y la
aplicación de políticas de austeridad. Este no es un tema baladí.
¿Qué es y qué propone la extrema derecha 2.0?
La
segunda cuestión de fondo se relaciona directamente con lo que es y lo
que propone la nueva ultraderecha representada por Trump, Marine Le Pen,
Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, Santiago Abascal, Geert Wilders,
Heinz-Christian Strache y un largo etcétera. En la última década, el
debate sobre cómo llamar este fenómeno ha sido interminable: ¿populismo
de derecha radical, nacionalpopulismo, extrema derecha, posfascismo o
fascismo a secas? No se trata tan solo de una cuestión terminológica y
académica: de ella depende en buena medida también su interpretación. Es
necesario considerar que:
a) el populismo no es una ideología, sino un
estilo, un lenguaje o una estrategia política;
b) el fascismo fue un
movimiento político y una ideología que concluyó con la derrota del Eje
en la Segunda Guerra Mundial; y
c) las formaciones que representan los
antes mencionados líderes son algo completamente distinto de lo que era
no solo el fascismo de entreguerras, sino también el neofascismo de la
época de la Guerra Fría.
Por todo esto, he propuesto la definición de extrema derecha 2.05.
Este concepto es útil por al menos cuatro razones:
a) ejemplifica
claramente la novedad de este fenómeno, poniendo de relieve la ruptura
respecto al pasado, sin perder de vista las líneas de continuidad: esta
nueva ultraderecha ha conseguido «desguetizarse», ha dejado las
esvásticas y los saludos romanos y se ha puesto una americana y una
corbata, haciéndose más presentable;
b) evita el blanqueamiento de estas
formaciones a través del velo de Maya del populismo;
c) pone de
manifiesto la utilidad de una macrocategoría que incluya todas estas
experiencias;
d) subraya la importancia de las nuevas tecnologías para
su avance.
En cada país, esta extrema derecha 2.0 tiene características
peculiares, pero existen unos mínimos comunes denominadores que
comparten todas estas formaciones: un marcado nacionalismo, la voluntad
de recuperar la «soberanía nacional» (que en Europa se solapa con el
euroescepticismo), la negación del rol de los organismos multilaterales,
el antiislamismo, la lucha contra la inmigración y la guerra abierta
contra lo que definen como la «dictadura de la corrección política»,
representada por una serie de valores que parecían asumidos ya por las
sociedades abiertas, como el respeto de las minorías y un conjunto de
derechos civiles (igualdad de género, aborto legal, etc.).
Ahora
bien, estas formaciones tienen también importantes divergencias: hay
quien es ultraconservador en temas de derechos civiles, como las
extremas derechas del sur y del este de Europa o de Brasil, países
católicos u ortodoxos, y quien es un poco más abierto en estos temas,
como las formaciones del norte de Europa que llegan a defender en
algunos casos el matrimonio homosexual, como es el caso del Partido por
la Libertad holandés. Hay también diferencias geopolíticas: Salvini y Le
Pen admiran a Vladímir Putin, a quien consideran un modelo y un aliado,
además de un posible financiador; para los españoles de Vox o los
portugueses de Chega!, el atlantismo es un pilar indiscutible; mientras
que en Polonia y los Países Bálticos, Rusia es el principal enemigo, sea
quien fuere quien gobierna en Moscú. Finalmente, existen posiciones
contrapuestas en los programas económicos: hay quien defiende políticas
ultraliberales, como Vox, Chega! o Bolsonaro; quien brega por una suerte
de Welfare chauvinism, como Le Pen; y quien se sitúa,
a veces con evidentes contradicciones, en una posición intermedia,
mezclando políticas neoliberales con otras más proteccionistas o
sociales. El caso de Trump es paradigmático, así como el del Partido de
la Libertad austríaco o el de la Liga de Salvini en Italia, que estando
en el gobierno junto al M5E, defendió al mismo tiempo la aplicación del
impuesto plano que beneficiaba a los ricos y una reforma de las
pensiones para permitir la jubilación cinco años antes respecto a lo
establecido durante el gobierno técnico de Mario Monti. Una de cal y
otra de arena. Por esto, hay quien, como la investigadora Clara Ramas,
ha hablado de dos corrientes dentro de la nueva ultraderecha: los
social-identitarios y los neoliberales autoritarios6.
Por
último, hay dos características por tener en cuenta de la extrema
derecha 2.0. Por un lado, el tacticismo, a veces exacerbado, que la
lleva a cambiar de posición en poco tiempo sobre temas cruciales sin
entrar aparentemente en contradicción. Piénsese en el giro de la Liga
del secesionismo padano en tiempos de su fundador, Umberto Bossi, al
nacionalismo italiano con Salvini, o en el cambio de postura por parte
de Le Pen y el mismo Salvini de la defensa de la salida del euro a una
aceptación de la moneda única y la voluntad de reformar la ue.
O, en el ámbito económico, el mismo giro vivido por el Frente Nacional,
que ha pasado de políticas reaganianas en tiempos de Jean-Marie Le Pen
al ya citado chovinismo de bienestar con su hija Marine, preocupada
además por «desdiabolizar» su formación en pos de llegar al gobierno del
país7.
Por
otro lado, está el tema de la utilización constante de la propaganda
que, entre tantos bulos, dificulta mucho la posibilidad de discernir lo
real de lo falso. Un ejemplo: cuando era ministro del Interior, Salvini
repitió tropecientas veces que había cerrado los puertos italianos para
evitar la llegada de migrantes y refugiados. En realidad, aunque se
criminalizó a las ong y se aprobaron
leyes que complicaban sobremanera la entrada y regularización de
extranjeros, los puertos jamás fueron cerrados. Esto no quita que tanto
los medios como la mayoría de la población estuviesen convencidos de que
Italia había cerrado a cal y canto sus puertos. Algo similar se puede
decir del caso de Trump, quien recuerda incesantemente que su
preocupación es la de mejorar el nivel de vida de la clase media y
trabajadora estadounidense, pero aprobó una reforma fiscal que ha
llevado por primera vez en la historia a que los ricos paguen menos
impuestos que el resto de los ciudadanos8.
El parasitismo ideológico de la extrema derecha 2.0
Todo
esto no excluye que haya un sector de la nueva ultraderecha que se
apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío
dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas.
Salvini, Le Pen y también Trump hablan a los llamados «perdedores de la
globalización» y a los «olvidados de la izquierda». El caso del líder de
la Liga es emblemático: además de ser hiperactivo en la propaganda en
línea –es el político europeo con más seguidores en Facebook–, a menudo
con posteos sobre su día a día con el objetivo de mostrarse como
«alguien del pueblo», Salvini pisa constantemente las periferias y los
pueblos en mítines y fiestas populares, donde se deja ver comiendo
salchichas y papas fritas. Asimismo, utiliza un lenguaje popular y
sencillo contrapuesto a los intelectuales y a la jerga de la política.
Es indudable que de fondo se encuentra una triple cuestión: la crisis
de los partidos tradicionales, la de la izquierda y la de las
ideologías. Por un lado, la forma partido que habíamos conocido en el
siglo xx en el mundo occidental se ha
convertido en una especie de antigualla. Hoy en día los partidos son más
bien marcas: no están arraigados en el territorio, no tienen secciones,
militantes o grandes debates internos. Piénsese en el m5e, Ciudadanos o
La República en Marcha de Emmanuel Macron. Los partidos no son ya
correas de transmisión de las demandas de los ciudadanos hacia las
instituciones: nuestras sociedades se han deshilachado aún más. Se ha
acelerado consecuentemente ese sentimiento de desarraigo definido como
síndrome del forgotten man, en referencia a quienes «se sienten
olvidados»: por su situación material y la percepción de haber caído
fuera del relato colectivo, buscan frenéticamente a alguien «que pueda
representar su inseguridad». No extraña pues que la desconfianza hacia
las instituciones –excepto la Policía y el Ejército– haya aumentado
exponencialmente en la mayoría de los países en los últimos años9.
Por
otro lado, la izquierda ha sufrido una mezcla de desfiguración
paulatina, con el giro centrista de la socialdemocracia a partir de la
década de 1990 –que con el blairismo asumió una parte del modelo
neoliberal–, y de crisis existencial, con la incapacidad de la izquierda
radical, al menos en Europa, de encontrar un nuevo lugar tras el fin
del socialismo real. Finalmente, existe una profunda confusión
ideológica que, si bien poco tiene que ver con el «fin de la Historia»
planteado al final de la Guerra Fría por Francis Fukuyama, permite la
difusión de planteamientos que aparentemente mezclan ideologías
contrapuestas o se proponen superar la dicotomía izquierda-derecha. Lo
que explica también, en fin, por qué nos encontramos en una época
populista.
Aquí cabe introducir un elemento clave que nos lleva al
meollo del tema del rojipardismo: el parasitismo ideológico de la nueva
ultraderecha10.
En realidad, no se trata de algo nuevo. En primer lugar, no olvidemos
que los fascismos de entreguerras prestaron mucha atención a la cuestión
social y a buscar el consenso entre las clases trabajadoras. No cabe
duda de que esto se hizo también con la violencia y la represión, pero
el encuadramiento de la sociedad en grandes organizaciones de masas fue
un elemento crucial. El fascismo italiano gastó muchas energías –sobre
todo en el terreno propagandístico– en el proyecto corporativo. La
retórica «proletaria» no fue secundaria para un político como Benito
Mussolini, que provenía del socialismo revolucionario. Y tampoco lo fue
para el llamado «fascismo de izquierda» italiano, los sectores cercanos a
Gregor Strasser en el caso del nazismo o el Partido Popular Francés.
Como bien explicó el historiador George L. Mosse, el fascismo fue un
«organismo saprófago» que intentó apropiarse de todo lo que había
fascinado a la gente entre los siglos xix y xx:
romanticismo, liberalismo, socialismo, darwinismo, tecnología moderna…
¿No está pasando algo similar con la extrema derecha 2.0?
No debe olvidarse, además, la capacidad que tuvieron los fascismos de
cooptar a ex-dirigentes de partidos de izquierdas, como demuestran,
entre otros, los casos de los ex-comunistas Nicola Bombacci, Jacques
Doriot, Paul Marion y Óscar Pérez Solís. Mayoritariamente no se trató de
oportunismo, sino de una sincera conversión ideológica: según Bombacci,
el fascismo mussoliniano era la verdadera realización del socialismo11. En el fondo, aquí encontramos una vexata quaestio, que
es la compleja relación entre las categorías de clase y nación que ha
marcado la historia política contemporánea. ¿Reivindicar la nación es de
derechas? ¿El internacionalismo impide ser patriotas? ¿Clase y nación
son identidades antinómicas o emparejables? Es una cuestión que se
vuelve a presentar en la actualidad.
En segundo lugar, tenemos la
reflexión desarrollada por el filósofo francés Alain de Benoist a
partir de finales de la década de 1960. Al calor de las luchas del largo
1968, el fundador del Grupo de Investigación y Estudios para la
Civilización Europea (grece, por sus
siglas en francés) abogaba por que el neofascismo se centrase en la
batalla cultural, creando una alternativa a la cultura positivista y
progresista liberal y marxista. Se debía aprender de la izquierda para
convertirse en hegemónicos, introduciendo en los discursos del
adversario temáticas de derechas o apropiándose de sugestiones de
izquierdas para reelaborarlas. Así, la Nouvelle Droite [Nueva Derecha],
influenciada por el tradicionalismo anti-Ilustración y el neopaganismo
de Julius Evola, abogó por abandonar el racismo biológico –inutilizable
tras Auschwitz– y por construir una antropología antiigualitarista
basada en conceptos como el diferencialismo identitario y el
etnopluralismo, que podían además encontrar puntos de contacto con el
antimundialismo compartido por parte de la izquierda. Hay que recordar
que el cofundador del grece junto a De Benoist, Guillaume Faye, fue autor en 1981 del libro-manifiesto del antimundialismo, Le système à tuer les peuples [El sistema para matar a los pueblos]12.
De Benoist había leído a Antonio Gramsci: de la guerra de posiciones
planteada por el intelectual sardo surge en buena medida la propuesta
metapolítica del francés que permitió una paulatina renovación de la
ultraderecha. El llamado gramscismo de derechas de De Benoist es pues un Gramsci demarxistizado13.
La
Nueva Derecha tuvo influencia más allá del Hexágono: piénsese en la
Neue Rechte de Heinning Eichberg en Alemania y la Nuova Destra italiana o
la estrategia entrista de militantes neofascistas y neonazis en la
primera Liga Norte de Bossi, como Mario Borghezio, Gianluca Savoini o
Gilberto Oneto, que la dotó de la simbología identitaria padana. Marco
Tarchi, el intelectual de referencia de la nueva derecha italiana,
abogaba ya a finales de los años 70 por «nuevas síntesis» que rompiesen
la contraposición entre derecha e izquierda14.
El fin del mundo bipolar y la descomposición de la Unión Soviética
dieron alas a esta interpretación que se saldó con la propuesta
eurasianista de Alexander Dugin15.
Nacionalbolcheviques y rojipardos en la historia
Ahora
bien, si damos un vistazo al último siglo, encontramos diferentes
experiencias de rojipardismo en momentos de tensiones o rupturas
geopolíticas. Las primeras muestras de nacionalbolchevismo se dieron de
hecho en Alemania en 1919, alrededor de la firma del Tratado de
Versalles, tras la derrota en la Gran Guerra. Según Erich Müller, quien
en 1932 dedicó un libro a este fenómeno, en los años de la República de
Weimar hubo tres tipologías de nacionalbolchevismo: el táctico,
representado por las corrientes rusófilas de la política prusiana y
alemana; el político, encarnado por algunos grupúsculos cercanos a
figuras como la de Ernst Niekisch; y uno coincidente con el filón
nacional del Partido Comunista Alemán (kpd,
por sus siglas en alemán). De hecho, el término nacionalbolchevismo –o
bolchevismo nacional– se empezó a utilizar entre 1919 y 1920 cuando el
dirigente de la Internacional Comunista, Karl Radek, y el mismo Lenin
criticaron duramente la posición expresada por dos cuadros del kpd
de Hamburgo, Heinrich Laufenberg y Friedrich Wolffheim, quienes con el
objetivo de reabrir el conflicto y derrotar al capitalismo internacional
defendían la transformación de la lucha de clases en guerra entre
naciones. Si excluimos la rusofilia de sectores políticos e
intelectuales germanos y la corriente nacional del kpd, el nacionalbolchevismo tout court
se presentó como un magma heterogéneo de grupúsculos, siempre divididos
entre sí, que no llegaron a sumar 5.000 militantes en el ocaso de la
República de Weimar16.
Un
segundo momento es el del largo 1968, cuando sectores neofascistas
intentaron adaptarse a los nuevos tiempos en sintonía en buena medida
con la reflexión hecha por De Benoist. Ahí encontramos al grupo de Lotta
di Popolo en Italia –que sumó algunos centenares de militantes entre
1969 y 1973–, que se presentó como la continuación de la experiencia de
la Joven Europa, el movimiento creado por el ex-socialista y ex-ss
Jean-François Thiriart. Los nazi-maoístas –así se les tachó– clamaban
por la unidad del pueblo y una Europa unida, defendían las luchas de
liberación nacional en África y Asia, y se definían como una
organización revolucionaria antisistema «ni de derechas ni de
izquierdas». En realidad, como apunta Nicolas Lebourg, más que
nazi-maoístas eran un movimiento tradicionalista revolucionario que
recuperaba la idea de socialismo «europeo» y «viril» de los
colaboracionistas franceses Marcel Déat y Pierre Drieu La Rochelle17.
Según Alfredo Villano, Lotta di Popolo tenía los rasgos antiburgueses y
anticapitalistas del fascismo de izquierda injertados en las ideas de
Thiriart y las experiencias de autogestión del movimiento estudiantil18. Experimentos similares se dieron también en Francia y Alemania. La Causa del Pueblo/Organización Revolucionaria Nacional (nrao-sdv,
por sus siglas en alemán) –unos 400 militantes a mediados de la década
de 1970– defendía una revolución nacional, ecológica y socialista e
intentó –sin conseguirlo– entrar en Los Verdes. En los años posteriores
se dieron otros casos que siguieron el mismo patrón, como el grupo de
Tercera Posición en Italia –cuyo eslogan era «Ni Frente Rojo ni
reacción»–, fundado por Roberto Fiore y Gabriele Adinolfi, quienes unas
décadas más tarde se convertirán en los líderes de las dos principales
organizaciones del neofascismo transalpino, Forza Nuova y CasaPound
Italia.
Finalmente, el tercer momento es el del final de la
Guerra Fría, cuando se juntaron las nuevas formulaciones hijas de los
años 70 –el grupo de la revista Orion de Claudio Mutti y
Maurizio Murelli, Nouvelle Résistance de Christian Bouchet, el
Movimiento Social Republicano de Juan Antonio Llopart, etc.– con el
euriasianismo de Dugin. El mundo postsoviético se convirtió en el
verdadero laboratorio que los nacionalistas revolucionarios occidentales
miraban con interés: en 1993 se fundó en Rusia el Partido
Nacional-Bolchevique (pnb), liderado por Eduard Limónov acompañado hasta 1998 por el mismo Dugin. El pnb
adobaba de fraseología aparentemente marxista-leninista su propuesta,
que se fundaba en tres ideas: un Estado fuerte y militar, la mitización
del pueblo ruso y el resentimiento contra Occidente y los judíos. Todo
bajo la interpretación geopolítica e histórica del eurasianismo que, más
que una tercera vía entre capitalismo y comunismo es, en la acertada
definición de Marlene Laurelle, la versión rusa de la extrema derecha
europea. Y es justamente durante esta coyuntura cuando se acuña el
concepto de rojipardismo: por un lado, en 1992 Boris Yeltsin tacha de
rojipardo al Frente de Salvación Nacional impulsado por el comunista
Guennadi Ziugánov, al cual se sumó también el pnb de Limónov19.
Por otro lado, en julio de 1993, se publica en Francia un llamamiento
de diferentes intelectuales de izquierda en contra de la tentación
nacional-comunista y el peligro de una deriva rojiparda. Se hacía
referencia especialmente al escándalo que se montó por la invitación que
el Instituto de Estudios Marxistas, vinculado al Partido Comunista
Francés (pcf), había hecho a De Benoist para participar en algunas conferencias20.
La galaxia rojiparda en la actualidad
Como
se puede ver, el rojipardismo reaparece de vez en cuando como un río
cárstico, sobre todo en momentos de tensiones geopolíticas y «confusión»
ideológica. No es casualidad, pues, que en los últimos años hayamos
tenido nuevas muestras de ello. Al fracaso del proyecto de Nuevo Orden
Mundial estadounidense, el creciente protagonismo de China, las
tensiones en la ue por la salida del
Reino Unido, la ola populista global y ahora la crisis por la pandemia
de covid-19, se suman además los cambios en el mundo del trabajo por la
cuarta Revolución Industrial y una profunda crisis cultural en
Occidente.
En buena medida, y sin entrar en un mapeo de todas las
experiencias que podríamos etiquetar de rojipardas, se trata de
grupúsculos de extrema derecha o claramente neofascistas que asumen un
discurso y lemas de izquierda. En la estela de De Benoist, consideran la
derecha y la izquierda como dos ideologías superadas: ahora el enemigo
es el «mundialismo» representado por figuras como Georges Soros y Bill
Gates. Dicen defender la soberanía nacional y al pueblo, proponen
políticas proteccionistas y de gasto social en el ámbito económico, son
profundamente antiestadounidenses y antiimperialistas, consideran la ue
y el euro como una jaula y reivindican a figuras heterodoxas que no
encajan en el clásico panteón neofascista (el Che Guevara, Hugo Chávez,
Evo Morales…). Suelen ser muy conservadores en temas de derechos
civiles: defienden la familia tradicional, un tema que se conecta
directamente con el comunitarismo de Thiriart, y se oponen a la
inmigración declinando «marxísticamente» teorías xenófobas al definir a
los migrantes como un «ejército industrial de reserva». Así, critican
duramente la que definen, en la expresión del filósofo rojipardo
italiano Diego Fusaro, la «izquierda fucsia» o «arcoiris», que sería
globalista y favorable a la acogida de los migrantes. Son muy
provocadores y claman contra la dictadura de la corrección política que
impediría, según ellos, la libertad de expresión. Podríamos decir, pues,
que el rojipardismo de la década de 2010 es en buena medida la versión
3.0 del que se había dado entre los años 70 y 80. No es casualidad que
en un número no desdeñable de casos estén las mismas personas
provenientes de círculos neofascistas de esos años.
Ahora bien, si
no cabe duda de que los rojipardos siguen siendo ultraminoritarios como
en las décadas pasadas, también es cierto que directa o indirectamente
sus ideas tienen una difusión nada desdeñable en medios y redes. Además,
parte de la extrema derecha 2.0 –que se ha convertido respecto al
pasado en hegemónica en distintos países– compra su discurso, y algún
que otro dirigente de izquierda muestra interés por su propuesta (o, al
menos, parte de ella). Por esto creo que la imagen más correcta para
entender el rojipardismo en la actualidad es la de una galaxia:
alrededor de un sol extremadamente pequeño, formado por los grupúsculos,
periódicos, editoriales y páginas web rojipardas –es decir,
neofascistas con una fraseología izquierdista–, gira una serie de
planetas y satélites que rodean a su vez a esos planetas. Pero sobre
todo, vemos las irradiaciones de esa estrella en lugares más o menos
lejanos.
Así, en el corazón de esta galaxia en España encontramos la última creación de Llopart, la revista La Emboscadura o el periódico digital El Manifiesto, mientras en Italia, que es sin duda alguna un verdadero laboratorio político en este sentido, tenemos pequeños periódicos online como L’Intellettuale Dissidente, L’Antidiplomatico y La Via Culturale, o
movimientos como Vox Italiae –cuyo lema es «valores de derecha, ideas
de izquierda»–, fundado por Fusaro, quien aunque se define como filósofo
marxista colabora con Il Primato Nazionale, la
revista de los autodenominados «fascistas del tercer milenio» de
CasaPound Italia, se codea con Dugin, defiende el comunitarismo y
considera a De Benoist su referente21.
Luego,
entre los planetas más o menos lejanos, encontramos a sectores de
izquierdas que abogan, por táctica o convicción, por una posición más
rígida en el tema de la inmigración, valores más conservadores y la
defensa de la soberanía nacional. En estos temas pueden tener puntos de
contacto con la nueva ultraderecha. No extraña pues que hacia 2017 se
hablara de un posible eje entre Le Pen y Jean-Luc Mélenchon contra el
liberal Macron, o que en el país galo se lancen proyectos como Front Populaire, la revista del filósofo izquierdista Michel Onfray, que se propone unir a los soberanistas de ambas orillas22. En 2019, en Reino Unido, el politólogo Maurice Glasman creó Blue Labour (Laborismo
Azul), un grupo de presión dentro del Partido Laborista cuyo lema era
«trabajo, familia, comunidad» y que se planteó dialogar con los
neofascistas de la Liga de Defensa Inglesa de Tommy Robinson23.
En Alemania, en 2018, Sahra Wagenacht fundó Aufstehen (Levántate) con
posiciones muy críticas hacia las políticas de fronteras abiertas. En
Italia tenemos el pequeño grupo Nuova Direzione, con el periodista Carlo
Formenti –con un pasado en Autonomia Operaia–, y Patria e Costituzione,
la asociación política fundada por el ex-dirigente del Partido
Democrático Stefano Fassina. En España, finalmente, hemos visto en el
último bienio a figuras sui géneris de Podemos –como Jorge Vestrynge,
con un pasado en la posfranquista Alianza Popular, o Manolo Monereo,
proveniente del Partido Comunista de España (pce)
y estrecho colaborador de Julio Anguita– defender posiciones similares.
Monereo, por ejemplo, apadrinó en la península ibérica a Fusaro, alabó
las medidas sociales del gobierno italiano de Salvini-Di Maio y se dejó
entrevistar por La Emboscadura defendiendo una izquierda claramente soberanista.
¿Una opción con futuro?
Como
se puede ver, es realmente complicado trazar un mapeo de todas las
experiencias que podrían acabar de una forma u otra bajo la etiqueta de
rojipardismo. Quizás tampoco tiene demasiado sentido hacerlo: el riesgo
es el de ver nacionalbolcheviques por todos lados y crear un fantasma que se pasea por nuestras ciudades. También en estos tiempos gaseosos, el rojipardismo tout court sigue
siendo formado por sectores ultraminoritarios del nacionalismo
revolucionario que utilizan una fraseología izquierdista para
camuflarse. Como apunta David Bernardini, desde su nacimiento en la
República de Weimar el rojipardismo es «una corriente en la derecha
radical que busca de distintas maneras combinar los dos polos
movilizadores del siglo xx, la clase y la
nación, el socialismo y el nacionalismo, para definir un proyecto
soberanista, autoritario e identitario, a menudo proyectado en una
dimensión euroasiática»24.
Ahora
bien, tampoco debemos subestimar la influencia que esta corriente tiene
en la opinión pública y sobre todo en algunos sectores de izquierdas,
aunque sean aún minoritarios al día de hoy. Sin duda, hay gradaciones y
matices entre quienes desde el mundo progresista acaban consciente o
inconscientemente influenciados por estas ideas. Pero no cabe duda de
que respecto al pasado las izquierdas parecen más permeables a estos
discursos. La razón se encuentra en la desorientación general y en la
profunda crisis de identidad que están viviendo los proyectos
progresistas. Es a partir de ahí, pues, de donde se debe empezar: de la
reformulación por parte de las izquierdas de un proyecto esperanzador e
incluyente y de volver a dar la batalla cultural. Y, por otro lado,
llamando las cosas por su nombre: los ultraderechistas que defienden
políticas sociales (solo para nativos) son ultraderechistas, no son ni
populistas ni una «nueva izquierda», como les gusta repetir a algunos de
ellos. De esta forma, el peligro rojipardo, aunque no desaparecerá,
seguirá siendo un fenómeno minoritario." (Steven Forti , NUSO Nº 288 / Julio - Agosto 2020)