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8/10/21

Somos unas ratas —de laboratorio— y, conscientes o no, hacemos girar la rueda que mueve el engranaje de Facebook, Google, Twitter o Instagram

 "Somos unas ratas —de laboratorio— y, conscientes o no, hacemos girar la rueda que mueve el engranaje de Facebook, Google, Twitter o Instagram. Nuestras horas de asueto son la gasolina que alimenta el motor de los grandes hermanos, de modo que el ocio se convierte en trabajo y el resultado de ese esfuerzo es ofrecido como producto por las multinacionales. Nosotros les regalamos —más que les vendemos gratis— textos, fotos, vídeos, memes y corazones para luego volver a comprarlos. Ellos ganan y nosotros perdemos —el tiempo—.

De esto también habla Un mundo feliz, la cámara de los horrores de la sociedad menos cero punto cero. Una exposición desasosegante que, a través de la ironía y el absurdo, nos hace más digeribles unas [ir]realidades que se han instalado en nuestras vidas. "Lo siniestro causa espanto precisamente porque nos es familiar", ya decía Freud, citado por Luis Martínez en La mirada culpable, el texto que acompaña las ilustraciones, fotografías, cianotipias, esculturas y videoinstalaciones de Luis Parejo (Madrid, 1971).

En él, Martínez emparenta la obra del artista con el universo de David Lynch, en cuya mirada "lo muy macabro y lo muy rutinario se combinan de tal forma que revelan que lo uno está contenido en lo otro", en palabras de David Foster Wallace. Así, esa pareja feliz de Sé lo que quieres ve la televisión en el salita de un edificio neoyorquino —o de Móstoles— rodeado de inquietantes orejas sin nombre, hoy bautizadas Siri o Cortana, pabellones auditivos contemporáneos que todo lo escuchan y todo lo saben, aunque no todo lo entienden. Le dices, por ejemplo, "Alexa, muérete", y ahí sigue.

La exposición estará abierta hasta el 27 de septiembre en el sótano de la librería madrileña Cervantes y Compañía, un espacio idóneo para los ojos, bocas y cerebros de Parejo, quien ha entendido que el subsuelo era mazmorra donde nadie tiene escapatoria. De repente, un rumor que ya es ruido, un pasillo, una cortina de terciopelo azul, una cueva, una silla, una proyección, una mano ósea que sujeta un móvil y una calavera que observa la pantalla. Dentro del cráneo, una rata que hace girar la rueda. Dentro del vidrio, tanto tiene.

La rata nos ha conducido a su freak show —en realidad, en este museo ambulante todos son seres grotescos y bestias pardas—, invirtiendo el cuento donde el flautista atraía a los roedores. "Venid a visitar al monstruo que habita dentro de nosotros", invita el artista, quien no duda en cascar una bola de navidad para cortarse las venas con un pedazo de felicidad. Parejo podría explicar por qué se carga el espíritu navideño —o lo transforma en apero suicida—, aunque para eso ya está el ilustrador y humorista Darío Adanti.

 El fundador de la revista Mongolia y una veintena de autores, desde Blanca Lacasa hasta Nuria Labari, son los responsables de explicar cada obra a través de una audioguía locutada por Maite Vaquero. "Buscaba el contraste del mensaje irreverente con la solemnidad del tono museístico", comenta Parejo, quien ha subvertido el encargo.

"Antes ilustraba con imágenes las palabras de otros y ahora ellos ilustran con palabras mis imágenes", se congratula el artista, quien no solo alude al postureo y a la soledad que emanan de las redes sociales, sino también a la "adicción" que provocan, "con el tiempo y la energía perdidos que conllevan".

 Para combatir el déficit o falta de atención, producto de la ingente oferta de información y del consumo compulsivo de los usuarios —antes llamados personas—, el ilustrador del diario El Mundo propone un objeto de papel con tapas más o menos duras. "Hoy nadie es capaz de concentrarse, porque está en mil cosas, pero en ninguna. No importa que seas alguien sensible, pues es inevitable que te despistes. La mejor arma contra esa atención fragmentada es la lectura, con la que consigo escaparme de todo. Quizás por eso me atraía exponer en una librería", confiesa.

Su trabajo para la edición online de su periódico era en buena parte digital. Por ello, ha tratado de buscar un formato más tangible para las páginas y los suplementos del diario. Así, descartada la tableta de dibujo, Luis Parejo se ha valido de todo tipo de materiales para construir sus ilustraciones: un martillo, una bola de billar, un huevo, una maqueta, un bastón, un corcho, una biblia... Y, cuando no podía usar un objeto, se lo inventaba o lo modelaba con sus manos, para luego fotografiarlo y convertirlo en pieza de diseño gráfico.

Lo mismo sucede en Un mundo feliz, donde el tétrico ojo que todo lo ve se esconde dentro de una pelota de tenis. Y, del mismo modo que la esfera amarilla se transfigura en una proyección, la rata en movimiento —en lenguaje técnico, el bicho pierde su tiempo y su juicio en una "rueda de actividad para la investigación animal"— es plasmada en unas cianotipias que pueden adquirirse por un módico precio... Módico, porque las copias negativas en color azul son una ganga en comparación con el millón de euros que cuesta la videoinstalación, una boutade del artista para gastar tinta imprimiendo ceros.

"Quise adaptar la técnica al mensaje en vez de recurrir a una técnica predefinida o que ya dominaba, aunque para ello tuviese que crear objetos", detalla Parejo. "La materia habla y, en esta época donde todo está generado por ordenador, la textura es un plus. En mi día a día ya trabajo en digital, por lo que necesitaba lo tangible", comenta el ilustrador, quien se ha prodigado en las portadas de Papel, Mercados, Crónica, EM2 o Metrópoli, un referente del diseño gráfico que acumula premios internacionales.

 Más materia, es la guerra: la soma de Huxley —esa droga de la felicidad, de ahí el irónico título de la exposición— es aquí el Lexatin, un recurso de bajada para los que antes frecuentaban la barra libre del subidón. La disposición de las cápsulas sobre una superficie bocetan el retrato de tu colega el que se quedó medio colgado, pero habría que preguntarle al autor cuánto de Pedro Sánchez tiene la farmacopea rojiblanca. Hay más objetos, como también hay más Louise Bourgeois, Chema Madoz, Eadweard Muybridge o Francis Bacon, aunque los referentes de Parejo son inabarcables y van desde el surrealismo, el absurdo y lo siniestro hasta el —existencialismo— pop.

"Somos ratas de laboratorio", reconoce Parejo. "Ellos experimentan con nosotros permanentemente y han diseñado sistemas adictivos para que estemos todo el tiempo clicando. Algo que podemos hacer extensivo al consumo de productos audiovisuales en plataformas como Netflix, que ofrece el documental El dilema de las redes, sobre el peligro de esas herramientas. Es increíble, porque al mismo tiempo que crean un algoritmo se denuncian a sí mismos", comenta el artista, quien plasma su obsesión por la "percepción amorfa del tiempo" que han generado esos patios de vecinos virtuales.

Por ello se sorprende que algunas personas le digan que no le llegan las horas para leer un libro, cuando luego se tiran toda la madrugada o el fin de semana viendo una serie de veinte capítulos. "Yo soy el primero que tiene déficit de atención, pero lo compenso con mis frecuentes visitas al cine, el único sitio donde me puedo concentrar. Y si se me va la cabeza, al menos tengo que estar quieto", ironiza Parejo, quien critica con sus esculturas la autocensura que nos lleva "a dejar de ser tú mismo y a escribir para no quedar mal con determinados entornos".

Según él, ya no hay escapatoria ni tampoco un remedio contra la alienación. "No somos conscientes del monstruo que hemos creado. ¿Es esto realmente el progreso?", se lamenta Parejo, quien considera que la única forma de rebelión pasa por la lectura. "Una acción orgánica que no requiere conexión, por lo que es el único momento en el que no te están controlando". Cabría preguntarle qué sucede con las personas que leen en su preciado ebook, pero el ruido de la rueda amenaza con hipnotizar a los incautos y hay un ojo dentro de una pelota de tenis que ha empezado a mirarnos muy mal."                  (Henrique Mariño,  , Público, 07/08/21)

22/10/13

La alta literatura es gimnasia para el cerebro

"El trabajo que Science publica este jueves hace diana en el epicentro de la más profunda cuestión en la estética literaria. ¿Por qué El código Da Vinci de Dan Brown puntúa menos que El americano impasible de Graham Greene en ese concurso para ascender al parnaso? ¿En qué sentido es Arturo Pérez Reverte menos literario que Javier Marías? ¿Por qué discutieron Carlos Ruiz Zafón y Antonio Muñoz Molina? Pues bien, he aquí una respuesta: mirad al cerebro.

 Leer ficción literaria recluta las áreas cerebrales implicadas en la emoción social: las que distinguen una sonrisa sincera de una falsa, detectan si alguien se siente incómodo o evalúan las necesidades emocionales de familiares y amigos. La ficción popular (como las novelas de espías o de amor y lujo) no lo hace, y la estantería de no ficción tampoco lo consigue.

Las lecturas literarias también son únicas en que estimulan la teoría de la mente, la facultad de ponerse en la piel del otro. La razón, según publican en Science los científicos de la Nueva Escuela de Investigación Social en Nueva York, es que la alta literatura nos obliga a expandir nuestro conocimiento de las vidas de otros, y a percibir el mundo desde varios puntos de vista simultáneos.

Los resultados de los científicos de Nueva York ofrecen, seguramente por primera vez en la historia de la crítica literaria, un criterio objetivo para cuantificar “el valor de las artes y la literatura”, como dice su institución. La Nueva Escuela de Investigación Social se fundó en 1919 con el espíritu de promover la libertad académica, la tolerancia y la experimentación. 

Publicar una investigación en Science es seguramente una culminación de ese programa. Su trabajo muestra que “leer ficción literaria estimula un conjunto de capacidades y procesos de pensamiento fundamentales para las relaciones sociales complejas, y para las sociedades funcionales”.

El psicólogo Emanuele Castano y su estudiante de doctorado David Comer Kidd han consultado a críticos e historiadores de la literatura para dividir el espectro continuo y diverso de la expresión literaria en solo tres categorías: ficción literaria, ficción popular y no-ficción.

Los voluntarios —siempre los hay en las investigaciones de psicología experimental, y suelen ser estudiantes de psicología sedientos de créditos— leyeron textos de esos tres géneros y se sometieron a todo tipo de mediciones perpetradas por Kidd y Castano.

Los psicólogos estaban interesados sobre todo en su teoría de la mente, la habilidad de adivinar los pensamientos de otros, sus intenciones y emociones más ocultas. Este ejercicio de adivinación es algo que todos practicamos continuamente, de un modo más o menos consciente, pero unas personas lo hacen mejor que otras. (...)

En los cinco tipos de experimento, los psicólogos de Nueva York han comprobado que los voluntarios que fueron asignados (al azar) a leer los textos más literarios puntuaron más alto en las medidas de la teoría de la mente que los que leyeron ficción popular o ensayo. Estos dos últimos géneros, por cierto, puntuaron igual de mal en esas pruebas.

“A diferencia de la ficción popular”, concluyen los autores, “la ficción literaria requiere una implicación intelectual y un pensamiento creativo de sus lectores”. Así que ya lo saben: lean bien, queridos lectores."                    (El País, 03/10/2013)

4/11/12

“Los miles de edificios sin calidad acabaron con la economía”

"Premio Pulitzer por su labor como crítico de arquitectura en el New York Times, el historiador Paul Goldberger (Nueva Jersey, 1950) ha explicado Por qué importa la arquitectura (Ivory Press. Traducción de Jorge Sainz) en un ensayo que lleva ese título y que presenta a esa disciplina como un vehículo para sentir y pensar. Dueño de una mirada ecléctica y “poco puritana para ver las cosas” (...)

“No soy dogmático. Hay muy pocas cosas en la vida de las que piense que solo se pueden hacer de una manera. Eso ha condicionado mi mirada. Todavía me cuesta entender a los talibanes de la arquitectura que solo admiten una manera de actuar”,(...)

 ¿Cómo demostrar que la arquitectura importa a una sociedad como la nuestra, que la relaciona con la avaricia y la especulación? Goldberger sostiene que a veces los edificios mediocres son los que más cosas dicen. “La especulación tiene más que ver con la mala arquitectura que con la buena.

 En la última generación hemos construido demasiado. Ni nuestros recursos ni nuestras necesidades justifican lo que se ha erigido”, comenta. Con todo, su ensayo habla más de emociones, que de necesidades. “Creo en la arquitectura sostenible como en una necesidad, pero también en el poder de afectar nuestra vida que tiene la arquitectura”. 

A pesar de esa mirada que juzga el largo plazo de la disciplina, Goldberger acepta reflexionar sobre la culpa de la crítica en las burbujas arquitectónicas. “Hemos hecho demasiado para favorecer y promover la arquitectura espectáculo. Pero aunque sean muy visibles, los edificios de las estrellas no son los causantes de la crisis económica. 

Por cada edificio excesivo de un arquitecto famoso hay miles de inmuebles sin calidad. Esos miles de edificios sin calidad acabaron con la economía. La prensa no habló de ellos. De eso somos culpables. No de apoyar la arquitectura-espectáculo”. (...)

El cambio es, admite, la única manera de mantener vivas las ciudades. Sin embargo, las metrópolis se parecen cada vez más ¿Qué se puede hacer? “No es la primera vez en la historia que esto sucede. La monocultura se vence con esfuerzo por mantener las identidades.

 Cada vez hay más interés en lo original, por eso los lugares que no borren el pasado serán más atractivos. En el último siglo las ciudades han crecido de manera muy parecida entre ellas y muy diversa a como lo habían hecho hasta entonces”, explica. Goldberger piensa que Internet ha cambiado el sentido de la palabra comunidad y por eso “la arquitectura ha dejado de ser el único escenario para la vida humana”.

 Con todo, asegura que su función sigue siendo antigua: “La creación de lugares y de memoria, lo que constituye lo auténtico en la era virtual, es un reto que deberemos entender”.        (El País, 16/10/2012)

3/10/11

Goya pensaba... pintando. Es "uno de los pensadores más profundos, al mismo nivel que su contemporáneo Goethe, por ejemplo, o que Dostoievski 50 años después"

"Todo esto para decir que algo de barbarie intelectual sí que parece subyacer bajo el juicio al que algunos insignes hombres de ideas de la patria -por ejemplo, Ortega, pero no solo- sometieron a Francisco de Goya y Lucientes, pintor universal y, según el autor de Goya. 

A la sombra de las Luces (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) pensador universal también. Contra viento y marea, pero sobre todo contra la opinión orteguiana y tan noventayocho de que Goya no pasaba de ser un artesano de la pintura (superdotado, eso sí) incapacitado para comprender o articular cualquier cosa parecida a una teoría o un conjunto de ideas filosóficas.

O, como puede leerse en el prólogo de José María Ridao, "un artista extravagante y rudo, dotado para la pintura pero ignorante de las ideas artísticas, culturales y políticas que agitaron su tiempo".

Lo ha adivinado el lector: Goya es el hombre. El principio y el fin, el cierre del círculo en este nuevo todorov, como casi siempre salpicado de semejantes dosis de cordura y salfumán: análisis sereno, mensaje terrible.

Todorov, intelectualmente amamantado, entre otros, por Roland Barthes, despliega una defensa numantina de la capacidad intelectual de Goya. Uno de los dos o tres nombres capitales en el decurso de la Historia del Arte, germen de una revolución pictórica, pero también, escribe Todorov casi en el arranque del volumen, "uno de los pensadores más profundos, al mismo nivel que su contemporáneo Goe-the, por ejemplo, o que Dostoievski 50 años después".

Quienes tengan para sí que la pintura y demás formas del arte han de responder tan solo por su habilidad en tanto que elemento decorativo, este ensayo es el enemigo. En él, Todorov arremete contra la dictadura de las capas superficiales, por magistrales que estas sean, y acude a la obra de arte en general y a la pintura de Goya en particular para hablar de "esas cosas que la expresión verbal no puede atrapar, esas sensaciones al margen de las palabras".

Ese mundo que, sin decirlo apenas, entronca con nuestras pulsiones primarias e indescifrables acerca de las cosas y de las personas, también con no pocos de nuestros fantasmas.

Tampoco es el primero: él mismo hace justicia y cita en cuanto puede una de las principales referencias a la hora de pensar la tesis central de este libro: la noción de pensamiento figural ya expuesta por Yves Bonnefoy en su ensayo sobre Goya (Goya, las pinturas negras).

Quienes, por el contrario, suelan contemplar en el Prado el Descendimiento de Roger van der Weyden, pongamos por caso, y no solo se rindan a las texturas y los colores, al trazo y a los gestos, sino que reflexionen acerca de cosas como la amargura filial, la traición, el poder, la lealtad, la generosidad, la violencia como medio para conquistar los fines o la fatalidad de las cosas... comprenderán al dedillo las convicciones de Todorov.

Para él, la pintura subterránea de Goya (esa pintura libre no ejecutada por encargo ni a instancias del poder, o sea, las Pinturas negras o los Disparates, para entenderse: entrar de la mano de Todorov en la Quinta del Sordo es un viaje inquietante e irresistible) vehicula ideas, genera reflexiones y permite comprender mejor la España de principios del XIX. Goya no era, para Todorov, un mero receptor y seguidor de las ideas ilustradas, sino un verdadero pensador de la Ilustración. Un pensador a secas, al mismo nivel, sostiene el autor del ensayo, que Goethe o Dostoievski.

Pero no es nuevo este tránsito por la vertiente filosófica de un personaje como Francisco de Goya. No son pocos los autores ilustres que, como Valeriano Bozal, Francisco Calvo Serraller, Manuela Mena y, sobre todo, Pierre Gassier y Juliet Wilson (de cuyo libro Vida y obra de Francisco de Goya parte este, según el autor) han querido explorar más allá del paspartú de los geniales cuadros del artista.

Todorov, que de los estudios de teoría literaria y los adoquines lanzados contra las dictaduras se ha pasado esta vez a una especie de vida y reivindicación del artista -no es la primera vez: ya lo hizo con Rembrandt- suele confesar su condición irredenta de hombre desplazado.

Y en su defensa del Goya / pensador recuerda sobremanera a lo que ya Américo Castro hizo en 1925, cuando reivindicó la no siempre bien comprendida dimensión intelectual de Cervantes. Maestros de todo, gente genial a la que la narración oficial de un país llamado España puso a veces en duda. Para convertirlos en eso: en desplazados."                (El País, ed. Galicia, 29/09/2011, p. 37)