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23/11/22

Los ecos del racismo latinoamericano reverberan en EE. UU.... Los comentarios despectivos sobre los oaxaqueños de la presidenta del Concejo Municipal de Los Ángeles conmocionaron a una ciudad que se enorgullece de su tolerancia... Y también revelaron una historia de racismo dentro de la comunidad latina... “no nos sorprendió que gente como Nury Martinez se burlara de nosotros; es lo que vivimos en nuestro país por parte de gente de piel más clara, y nos siguió a este país”

 " Ivan Vasquez llegó a Los Ángeles en 1996, entonces un adolescente que había cruzado la frontera para encontrar trabajo y mejorar la vida de su familia en México. Al llegar, el joven originario de Oaxaca, un estado de mayoría indígena, a quien otros mexicanos en ocasiones llamaban “Oaxaquita” por su piel morena y baja estatura, trabajó como lavaplatos en restaurantes.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. 
 
Pero con el tiempo ascendió para convertirse en gerente regional de Baja Fresh y abrió su propio restaurante en 2013, que es una celebración de la cocina única de su estado natal. Madre, el restaurante que ha cobrado impulso por su mole y mezcal, ha obtenido reseñas positivas de críticos gastronómicos y ya tiene tres sucursales en una ciudad que acepta el multiculturalismo. Así que Vasquez, ahora de 41 años, se sintió impactado la semana pasada al escuchar los comentarios denigrantes sobre los oaxaqueños de Nury Martinez, una poderosa política latina que era presidenta del Concejo Municipal de Los Ángeles.

El fin de semana pasado, Los Angeles Times publicó la grabación de una reunión privada de 2021, en la que se escucha a Martinez decir que los oaxaqueños son “gente bajita y morena” que es “muy fea”, lo cual causó una enorme conmoción que aún no se apacigua en la segunda ciudad más grande de Estados Unidos. Martinez, quien también hizo comentarios peyorativos en contra de la gente de color, renunció al concejo el miércoles. Otros dos miembros hispanos que se podían escuchar en la reunión, en la que se debatían maneras de fomentar el poder latino, enfrentan fuertes llamados para que también abandonen el concejo.

Con frecuencia, las personas originarias de comunidades nativas precolombinas son víctimas de acoso en Los Ángeles, una ciudad que se enorgullece de ser tolerante y diversa, y no solo por parte de las personas blancas.

“El supuesto de que si eres latino y progresista no tienes posturas racistas pasa por alto la realidad de que el racismo está profundamente enraizado en las culturas mexicana y latinoamericanas”, explicó Gabriela Domenzain, una mexicoestadounidense que trabajó como experta en comunidades hispanas en la campaña presidencial de Obama en 2012 y la de O’Malley en 2016.

América Latina es una de las regiones de mayor diversidad étnica y, a lo largo de su historia, los grupos raciales y étnicos convergen: las personas de comunidades indígenas, los colonizadores blancos y las personas negras que fueron llevadas como esclavas. Este mestizaje dio lugar a la “morenización” en Latinoamérica, donde se puede ver a gente con distintos tonos de piel según su ascendencia.

Ahora muchas personas son mestizas, pero la gente de piel más clara continúa en la cima de la jerarquía socioeconómica, mientras que quienes tienen una piel más morena, ya sean indígenas o negros, a menudo tienden a ser más pobres y a quedar excluidos de los círculos sociales y políticos de las élites.

Ese sistema no oficial de castas fue llevado a Estados Unidos, que tiene su propia historia de estratificación social y tensiones raciales. Los estudios encontraron que, entre los latinos, a quienes en general se les considera gente de color, es más probable que aquellos que tienen piel más clara prosperen más en lo económico que sus paisanos de piel más oscura, como los cubanos negros y los mexicanos y centroamericanos indígenas.

“Lo que estamos viendo es esta convergencia de racismo colonial de América Latina recreado en las comunidades estadounidenses”, dijo Lynn Stephen, profesora de Estudios Étnicos de la Universidad de Oregón.

 Los mexicanos y los centroamericanos indígenas suelen ser más bajos y tener la piel más morena que otros latinos, y su lengua materna no siempre es el español. La discriminación en su contra es común en el campo, los restaurantes e incluso las construcciones, donde algunas veces los subcontratistas separan a los equipos indígenas de otros latinos con el mismo trabajo para evitar conflictos.

“Se nos ve como personas de piel muy morena y chaparritos, que somos feos e ignorantes”, dijo Arcenio López, quien antes trabajó en el campo y ahora es director ejecutivo del Proyecto Mixteco de Oaxaca, una organización que defiende a los campesinos indígenas que residen en California.

“Además de ser explotados por sus empleadores, los campesinos indígenas sufren la discriminación de sus compañeros de trabajo”, dijo.

En 2012, su organización comenzó una campaña llamada “No me llames oaxaquita”, en un intento de llamar la atención y poner fin al trato denigrante que reciben los oaxaqueños, un estado del tamaño de Indiana en el suroeste de México, que se ha hecho popular entre los turistas por su cultura animada, sus mercados coloridos y sus playas prístinas.

López recordó que la campaña política suscitó duras críticas por parte de algunos líderes hispanos, que le reprocharon que resaltara las diferencias entre los latinos, en lugar de presentar un frente unificado.

 Por eso, cuando salió a la luz la grabación filtrada de los concejales, “no nos sorprendió que gente como Nury Martinez se burlara de nosotros; es lo que vivimos en nuestro país por parte de gente de piel más clara, y nos siguió a este país”.

Gaspar Rivera-Salgado, quien es de Oaxaca y dirige el Centro de Estudios Mexicanos en la Universidad de California, campus Los Ángeles (UCLA), dijo que con demasiada frecuencia se olvida la “tremenda diversidad” de la población latina en Estados Unidos.

“Si se dice latinos, se está metiendo en el mismo saco a Nury Martinez, a Ted Cruz, a todos”, dijo. Martinez es mexicoestadounidense; Cruz, el senador de Texas, es hijo de un inmigrante cubano. Pero las experiencias vividas que han tenido estas figuras políticas son totalmente diferentes, explicó Rivera-Salgado.

Los términos “hispano” y “latino” se han integrado al mosaico estadounidense, y aparecen en los formularios del censo, los periódicos y las encuestas políticas desde que una ley aprobada en 1976 empezó a exigir a las agencias federales que incluyeran en un solo grupo los datos de las personas de ascendencia en países de habla hispana. La clasificación se basa en la lengua, la cultura y la herencia comunes, no en la raza.

La gente en la categoría dista mucho de ser homogénea: muchos tienen raíces mexicanas, mientras que otros son puertorriqueños, argentinos, colombianos, cubanos, españoles y, por supuesto, indígenas.

En su campaña presidencial de 2012, Barak Obama, reconociendo esta heterogeneidad, sacó al aire comerciales enfocados en poblaciones latinas específicas y sus países de origen. En el centro de Florida, los anuncios dirigidos a la comunidad puertorriqueña presentaban a puertorriqueños y abordaban sus preocupaciones. En Nevada, los comerciales presentaban a mexicoestadounidenses.

Los latinos son todo menos un bloque de votos unificado en las elecciones estadounidenses. Los jóvenes inmigrantes de segunda generación están impulsando el crecimiento de la política progresista en California, mientras que los inmigrantes cubanos de más edad son los pilares conservadores del Partido Republicano en Florida. A lo largo de la frontera suroeste, las familias latinas establecidas se han inquietado ante la llegada de nuevos inmigrantes de Centro y Sudamérica y han pedido más límites a la inmigración ilegal.

En los últimos años, Los Ángeles y otras ciudades del suroeste han visto nuevas y grandes oleadas de inmigrantes no solo de México, sino de comunidades indígenas de Guatemala y Honduras, muchos de ellos expulsados de las fincas cafetaleras en parte por los efectos del cambio climático.

En Los Ángeles habita la mayor población mexicana en Estados Unidos y casi la mitad de la población de la ciudad es hispana. También es donde reside la mayor comunidad oaxaqueña del país, con un total de 200.000 personas.

 Vasquez, el dueño de restaurantes, dijo que los oaxaqueños trabajaban en las cocinas de los mejores restaurantes de la ciudad, y que muchos de ellos comenzaron como lavaplatos, como él. Entre los hijos de inmigrantes oaxaqueños hay abogados, maestros y médicos.

Miembros de la comunidad indígena latina de Los Ángeles, algunos de ellos con trajes tradicionales, se encontraban entre los manifestantes frente al recinto del Concejo Municipal y las oficinas de los concejales recientemente.

Ron Herrera, uno de los líderes sindicales que se escuchan en la conversación grabada, dimitió el lunes 10 de octubre como presidente de la Federación de Trabajadores del Condado de Los Ángeles. Los otros dos concejales presentes, Kevin de León y Gil Cedillo, han rechazado hasta ahora los llamamientos para que dimitan.

Por cierto, los concejales conforman un mosaico de hispanos: los tres nacieron en Estados Unidos en el seno de familias inmigrantes, la de Martinez y Cedillo, de México y la de De León, de Guatemala.

A Miguel Villegas, de 32 años, quien rapea en inglés, español y mixteco, una lengua indígena, los insensibles comentarios de la grabación le trajeron recuerdos de las burlas que sufrió cuando crecía en el Valle Central de California.

“Los mexicanos me discriminaban por ser indígena y los estadounidenses por ser inmigrante”, dijo.

Hijo de recolectores de uva, cuando llegó de niño a Estados Unidos desde Oaxaca solo hablaba mixteco, Villegas se apresuró a aprender inglés y español y a ocultar sus raíces indígenas.

Más tarde, recuperó su identidad, dijo Villegas, cuyo nombre artístico es Una Isu.

“El hecho de que esos comentarios se hicieran públicos no hizo más que confirmar que la opresión y la discriminación no han terminado”, afirmó. “Tuve la misma sensación que cuando Donald Trump llegó a la presidencia. El racismo se hizo más público y visible”.

Una de sus canciones se llama “Mixteco es un lenguaje”.

“Esto va para los que insultan a todos mis oaxaqueños”, dice la letra. “Pequeños pero corazones de guerrero. Preservando la cultura, seguiremos creciendo”.

El lenguaje despectivo utilizado por Martinez “me hizo recordar todas las microagresiones que he sentido por parte de otros mexicanos y latinos a lo largo de mi vida”, dijo Miguel Dominguez, de 37 años, con estudios universitarios y nacido y criado en Los Ángeles, de padres oaxaqueños.

 “Al crecer, oímos muchos términos despectivos y denigrantes, como ‘oaxaquita’ e ‘indio’”, dijo.

Cuando había conflictos con los vecinos, a menudo se lanzaban insultos a sus padres, que hablaban zapoteco, una lengua indígena hablada en Oaxaca, recordó.

Dominguez es director de una organización sin fines de lucro del sur de Los Ángeles llamada Community Coalition. El grupo celebró el miércoles una reunión para que los residentes negros y latinos, incluidas personas indígenas, expusieran sus quejas. Al final de la sesión, los participantes se comprometieron a desarrollar una respuesta colectiva multirracial al desafío.

“Se están haciendo muchas cosas para construir puentes y solidaridad que son más poderosos que el lenguaje de odio”, señaló Dominguez. “Veremos que, como ciudad, Los Ángeles puede avanzar después de esto”.                    (

12/8/20

Discriminación racial en la inteligencia artificial

"En pleno auge del movimiento Black lives matter (las vidas de los negros importan) está surgiendo un período de reflexión global sobre la discriminación racial. En este artículo nos preguntamos: ¿cómo influye la Inteligencia Artificial (IA) en este tema?

Los algoritmos de IA afectan cada vez más a nuestras decisiones personales. Además, las empresas y los gobiernos han aumentado su dependencia de los algoritmos para tomar decisiones. Por ejemplo, se utilizan para identificar perfiles potencialmente criminales y para guiar decisiones médicas que afectan a millones de personas.

En este contexto, investigaciones recientes han comenzado a advertir sobre la amplificación de prejuicios sociales en estos algoritmos. Los grupos históricamente desfavorecidos, como las mujeres y las personas negras, sufren más los efectos de los sesgos algorítmicos.
Una palabra marca la diferencia

Varios estudios han mostrado sesgos raciales en los algoritmos con solo modificar una palabra.

Por ejemplo, en un estudio se encontró que si se daba como arranque la frase “el hombre blanco trabaja como…”, la IA la completaba con “un oficial de policía”. En cambio, si el comienzo de la frase era “el hombre negro trabaja como…”, el algoritmo generaba el texto “un proxeneta durante 15 días”.

Otra investigación realizada en Estados Unidos entrenó una IA con textos de internet. Reveló que los nombres asociados con tener ascendencia Europea, como Adam y Katie, tenían más probabilidades de ser vinculados a palabras agradables que nombres asociados con ser afroamericano, como Alonzo y Latisha.

Además, otro trabajo mostró que las búsquedas de nombres populares de personas negras tenían un 25 % más de probabilidades que los de personas blancas de vincular los resultados a registros de arrestos.

A raíz de las protestas por la muerte de George Floyd en Estados Unidos, empresas tecnológicas como Twitter han tomado medidas para apoyar el movimiento antirracista, pero queda aún mucho por recorrer para atajar el problema de los sesgos algorítmicos.
Errores en los algoritmos

Las personas negras se ven más afectadas por los errores y las predicciones inexactas de las inteligencias artificiales.

Google tuvo que disculparse en 2015 porque su algoritmo etiquetó erróneamente la foto de dos personas negras como “gorilas”.

Otro trabajo de investigación halló un sesgo racial en un algoritmo utilizado para evaluar la probabilidad de reincidencia criminal. Los investigadores encontraron que era más probable que los acusados negros fueran incorrectamente considerados por el algoritmo como “de alto riesgo de reincidencia” en comparación con los acusados blancos.

En el campo de la medicina, una investigación publicada en la revista Science mostró que un algoritmo utilizado para guiar la atención médica de aproximadamente 200 millones de estadounidenses cada año estaba sesgado en contra de las personas negras. Se estima que este sesgo redujo el número de pacientes negros identificados para recibir programas de atención médica a más de la mitad. 

Falta de diversidad


Se ha subrayado que los grupos dominantes se benefician de mayores índices de precisión por parte de las IA en comparación con los minoritarios. En este sentido, la falta de diversidad en los equipos de investigación es un problema.

Por un lado, los hombres blancos están sobrerrepresentados en los equipos de trabajo de inteligencia artificial, lo que podría hacer que les resultara más difícil detectar los sesgos que desarrollan sus algoritmos contra otros colectivos.

La inclusión de una mayor representación de los sectores vulnerables de la población (por ejemplo, las mujeres y las personas negras) mejoraría la detección de posibles sesgos y podría evitar parte de la discriminación algorítmica.

Por otro lado, tampoco hay diversidad en los usuarios activos. Por ejemplo, según Wikipedia, el editor promedio es blanco, varón, técnico, con educación formal, de habla inglesa, de 15 a 49 años, de un país cristiano y del hemisferio norte. Esto provoca un sesgo en la actividad y el contenido de internet que es aprendido por los algoritmos.

De manera similar, los datos utilizados para la investigación sobre el comportamiento humano y el entrenamiento de las inteligencias artificiales se basan en gran medida en muestras WEIRD, acrónimo de White (blanco), Educated (educado), Industrialized (industrializado), Rich (rico), and Democratic (democrático).

La dependencia de una población tan limitada, agravada por la brecha digital, compromete la eficiencia de estos algoritmos. 

La gran escala de la IA

No es sorprendente que los algoritmos muestren prejuicios sociales. La IA no es magia. Los humanos estamos involucrados durante todo su ciclo de vida y somos propensos a una interpretación sesgada de la realidad.

La discriminación puede pasar desapercibida porque la mayoría de la gente tenemos dificultad para reconocer nuestros propios sesgos. Esto se conoce como punto ciego de los sesgos. En la IA, nuestros propios prejuicios individuales se combinan con los de otras personas en una escala masiva y se amplifican. Así, la detección de los sesgos se complica y la discriminación se enmascara.

Un problema importante es que muchos de estos sesgos discriminatorios en los algoritmos se detectan a posteriori. No conocemos cuántas personas ya han sido discriminadas debido al comportamiento sesgado de los algoritmos. Estas investigaciones nos recuerdan hasta qué punto, también cuando hablamos de la IA, las vidas de las personas negras importan."

(Naroa Martinez . Investigadora Posdoctoral, Universidad de Deusto, Helena Matute . Catedrática de Psicología, Universidad de Deusto, The Conversation, 10/08/20)

29/7/20

Cómo la academia y la política en Estados Unidos llevan siglos alimentando el racismo

"Que los Estados Unidos representa la “tierra de los libres”, donde “todos los hombres son iguales”, es un mito. Esta narrativa no solo elimina o desplaza la historia de las comunidades indígenas, negras, chinas, mexicanas, e inmigrantes, sino que además coloca a los grupos blancos, considerados superiores, sobre otras etnias y razas. 


En 2020, las grandes manifestaciones contra el racismo han comenzado a remover los símbolos de la supremacía blanca. En el Reino Unido, los manifestantes lanzaron al río Avon el monumento de Edward Colston cuya fortuna se atribuye al comercio de esclavos; en Amberes (Bélgica), la estatua del Rey Leopoldo II fue blanco de ataques; y en Nueva Zelanda, fue removida la figura de John Hamilton, conocido por ser artífice de la guerra contra el pueblo Māori. En 1965, Malcolm X auguraba: “Al final, los oprimidos y los opresores se enfrentarán”. 


Así comienza a escribirse una nueva historia


¿Quiénes son los que niegan la historia, el racismo, y la violencia racial? Negar la historia es ocultar la verdad, pero lo que se ha callado volverá a conocerse. La violencia racial se sustenta y expresa a través de un lenguaje racista. Tal como señala el escritor Ralph Ellison, “la forma de segregación más insidiosa y menos comprendida es la de la palabra. Porque si la palabra tiene la potencia de revivir y hacernos libres, también tiene el poder de cegar, encarcelar y destruir”.


La retórica de la supremacía blanca ha existido desde los inicios de Estados Unidos. Surgió en el mundo Atlántico en el siglo XVI. Ibram X. Kendi señala que fueron los españoles (siglo XVI) los primeros en llevar la ideología racial a América del Norte, seguidos, un siglo después, por los ingleses.


En las trece colonias, tanto las tradiciones religiosas como las teorías científicas justificaron la esclavitud. Los colonizadores europeos, explica Ronald Takaki, percibían a los indígenas como bárbaros y salvajes incivilizados, y los asociaban con el demonio. 


Americanos blancos superiores


Durante el período de la Ilustración, el nuevo pensamiento científico incorporó las ideas raciales y propulsó el racismo científico


Filósofos como Benjamin Franklin, Carolus Linnaeus, John Locke y Thomas Jefferson creían que los americanos blancos eran superiores a las personas esclavizadas provenientes de África, los negros libres y la población indígena.


A fines del siglo XVIII, las revoluciones atlánticas cuestionan el colonialismo europeo y expanden nuevas ideas políticas, pero solo la revolución haitiana (1791-1804) culmina con el fin de la esclavitud. En Estados Unidos, la constitución fue escrita por hombres blancos para hombres, una carta fundamental que excluyó a las mujeres, los negros y los pueblos originarios. 


Bajo la influencia del darwinismo social, personalidades como Samuel Cartwright reforzaron la creencia de que la raza blanca era superior. 


A comienzos del siglo XIX, el Nordicismo, la idea de que los pueblos nórdicos pertenecían a una raza superior, se expandió. Los textos de Arthur Schopenhauer, filosofo alemán que atribuía a la raza blanca una supremacía cultural, tuvieron gran recepción en Estados Unidos. 


Los contenidos de los cursos de historia no solo omiten la verdad, sino que además sostienen una interpretación racista del pasado que enaltece a los hombres blancos como héroes de la historia.


Si bien la Guerra Civil (1861-1865) terminó con la esclavitud, surgieron grupos terroristas como el Ku Klux Klan que utilizaban la violencia extrema para defender la hegemonía de la supremacía blanca y establecer la segregación racial. Estos grupos aterrorizaban a la población negra.

Separados pero iguales


En 1896, la Corte Suprema, en el famoso caso Plessy v. Ferguson, declaró que la práctica “separados pero iguales” no contradecía la Constitución. 


En los años siguientes, se aprobaron numerosas leyes que segregaron los espacios públicos, también se construyeron monumentos y memoriales. El mito de la causa perdida influyó sobre la memoria colectiva de los estados del sur y se convirtió en la base de una nueva interpretación histórica sobre la Confederación y la Guerra Civil.


En Richmond, Virginia, por ejemplo, un grupo de mujeres blancas creó la Confederate Memorial Literary Society, institución que tenía como solo objetivo construir una narrativa positiva sobre la esclavitud y enaltecer la confederación en la memoria colectiva.


De hecho, durante este período, que se inicia a partir de 1896, los neo-Confederados introdujeron la teoría de los derechos de los estados y “enseñaron que la supremacía blanca era la forma correcta de organizar la sociedad”. 


Expansión de las ideas raciales en el Caribe y el Pacífico


La conmemoración de la Confederación y la conservación del poder de los grupos blancos en los estados del sur ocurrió al mismo tiempo que Estados Unidos expandía su imperio y sus ideas raciales en el Caribe y en Pacífico.


El mundo académico es cómplice de esta historia, y algunas disciplinas han contribuido a sostener ideológicas racistas y a fortalecer “este territorio que niega” la historia. 


La antropología cultural surgió de la mano del racismo científico, mientras que la historiografía, hasta la década de 1970, excluyó la historia de negros, centroamericanos, mexicanos, y otras personas racializadas


Durante una reunión de la Sociedad Americana de Archivistas, en 1970, el historiador Howard Zinn señaló que “por mucho tiempo los archivos olvidaron a gran parte de la sociedad y privilegiaron a los ricos y poderosos”.


En los cursos sobre “civilización occidental” no se abarca con profundidad la historia de la violencia racial o cómo surgió el lenguaje racista que la sustenta.


Diana Roberts acusa a académicos como Michael Hill, fundador de la Southern League en 1994, de “convertir la bandera confederada en un fetiche. Y a los confederados en héroes”.

En 2017, el historiador William Scarborough invocó el “patrimonio histórico” para justificar su apoyo a la bandera confederada en Mississippi. Dinesh D’Souza utiliza un lenguaje cargado de connotaciones racistas y, con frecuencia, ataca a historiadores como Kevin Kruse. Académicos como Steven Pinker buscan relativizar la relación que existe entre racismo y ciencia, mientras Martin J. Medhurst, experto en retórica, ha recibido duras críticas de parte de importantes académicos por sus intentos de menoscabar la existencia del racismo estructural. 


En twitter se puede seguir este debate, así como la experiencia de académicas y académicos negros.


Estados Unidos pertenece a los americanos… blancos


A comienzos de junio 2020, Trump defendió el derecho de algunas bases militares a llevar el nombre de generales de la confederación ya que era su derecho a conmemorar el pasado; pero esta actitud solo contribuye a reafirmar que Estados Unidos pertenece a los americanos blancos.


En discursos y editoriales se continúa utilizando la retórica de la supremacía blanca, lo que refuerza la narrativa del racismo y la discriminación y la violencia racial en los Estados Unidos. Este discurso no sólo busca influir en la opinión pública, sino reescribir una historia que minimiza el impacto y el legado de la discriminación racial y la violencia racial. 


En las redes sociales y foros virtuales, políticos, líderes mundiales, y académicos han refinado la retórica racial; sus declaraciones, controvertidas y agresivas, han resonado con amplios sectores de la población.

Después de las elecciones presidenciales de 2016, resurgió un lenguaje racista que no es siempre explícito, pero que busca llegar a las bases políticas de Trump.

Este discurso apela a sus partidarios que van desde los sectores evangélicos hasta grupos racistas violentos, como los Boogaloo Boys


El discurso de Trump


Durante su campaña, Trump “se distanció renuentemente” de David Duke, ex lider del Ku Klux Klan y político de Luisiana. En lugares públicos, conferencias de prensa, y en Twitter, Trump ataca a musulmanes, inmigrantes, académicos, religiosos anti-racistas, disidentes y críticos con su administración.


Este discurso racista y anti-inmigratorio no es nuevo. Estados Unidos prohibió el ingreso de musulmanes en la década de 1790 y las leyes de Extranjería y Sedición definieron la composición racial aceptable de los Estados Unidos. 


Los ataques de Trump contra China recuerdan un pasado xenófobo relacionado con la prohibición a la inmigración china en 1882 y la deportación de residentes chinos en 1889.

El acoso se extiende a otras comunidades de inmigrantes. Durante una reunión sobre inmigración en 2018, Trump declaró que no quería que llegaran inmigrantes provenientes “de países de mierda”, como Haití, El Salvador, y países de África.


Trump también ha atacado a los inmigrantes mexicanos, un discurso que resuena en su base de seguidores. Al describir a los inmigrantes mexicanos como “animales”, Trump utiliza la misma ideología racial que Shakespeare usó para describir Calibán en La Tempestad, y que siglos más tarde impulsó la violencia de los ingleses hacia las comunidades indígenas.


Trump se ha destacado por convocar a los nacionalistas blancos y afirmar que Estados Unidos es un país de hombres blancos. Como señaló Roxanne Dunbar-Ortiz, “los nacionalistas blancos no son marginales en el proyecto estadounidense; deben ser entendidos como los descendientes espirituales de los colonos”.

El eslogan Make America Great Again se basa en el deseo de retroceder en el tiempo. Volver al país anterior a la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965.

Para las actuales organizaciones de supremacistas blancos y grupos racistas, estas leyes simbolizan el fin de una época. Utilizan conceptos como “genocidio blanco”, “despojo blanco”, y “la gran teoría del reemplazo” para crear miedo y legitimarse. 


También utilizan los mitos de “crímenes de negros contra negros” para validar las ideologías raciales y la idea del Renacimiento estadounidense, que es impulsada por una organización seudo-académica que difunde el mito de la criminalidad negra, el racismo científico y la eugenesia. 


Trump recurre con frecuencia a la frase “ley y orden”. Su forma de criticar a la izquierda, condenar a la prensa, y describir lo Antifa son un fiel reflejo de su visión racista de la historia. Al describir a la prensa como enemiga del pueblo y reprimir a los manifestantes que protestaban en los alrededores de la Casa Blanca, Trump nos recuerda la censura y las tácticas represivas utilizadas por Augusto Pinochet y el presidente brasileño Jair Bolsonaro.


Racismo presidencial


Trump no es el primer político en utilizar un lenguaje racista. Los gobernadores George Wallace (Alabama), Orval Faubus (Alabama) y Ross Barnett (Mississippi) fueron famosos por sus tácticas de amedrentamiento y acoso.


Ronald Reagan criticó la cultura que existía en la Universidad de California en Berkeley. Al igual que Wallace, Reagan jugó con las ansiedades y los temores, y usó un lenguaje racista para describir a los delegados de la ONU de Tanzania: para él eran “monos”.


Cuando Richard Nixon anunció en 1971 una “guerra contra las drogas”, esta se dirigió contra los “hippies” y los negros. En 1981, el estratega republicano Lee Atwater reveló durante una entrevista la estrategia de utilizar un lenguaje específico para atraer a los racistas, una estrategia que había comenzado en 1940 cuando los demócratas dejaron de apoyar la legislación racista.


George Bush padre utilizó la historia de Willie Horton para cuestionar la entrega de permisos de salida a presos. El comportamiento de Trump tampoco es nuevo. Fue acusado de prácticas discriminatorias en la vivienda en 1973 y publicó un anuncio de página completa en apoyo de la pena de muerte tras el arresto de los Central Park Five, un grupo de adolescentes afroamericanos y latinos acusados de golpear y violar a una mujer blanca.

Hoy somos testigos de un importante realineamiento del mundo. En una entrevista reciente con la televisión británica, Angela Davis afirmó que en este momento de la historia somos testigos de un “cuestionamiento global del racismo”. Prestemos atención."          

(La versión original de este artículo fue publicada por el Centro de Investigación Periodística (CIPER) de Chile. Dawn A. Dennis, Historiadora. Experta en raza y etnicidad, The Conversation)

20/7/20

El racismo que practican las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización

"Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma “marrón”. En el imaginario colectivo racista en América Latina es un color asociado a la suciedad. ¿Es posible resignificar una palabra para reclamar una identidad?

 Es probable que ninguna persona marrón pueda olvidar la primera vez que alguien le sugirió que se bañara, señalando una supuesta suciedad de su piel. A mí me lo dijeron en una playa limeña. Recuerdo cómo al volver a casa lloré restregando cien veces la esponja a ver si se borraban las partes más oscuras de mi piel. No sé cuántas veces he tenido que decir la frase “soy así” a gente que ha sentido como legítima su curiosidad por la gradiente de marrones que sube y baja caprichosamente en mi epidermis.

Jamás se me hubiera ocurrido hace unos años llamarme a mí misma marrón. En el imaginario colectivo racista es un color alevosamente asociado a la suciedad, incluso al excremento. Y eso que hay muchísimas cosas marrones hermosas, como la tierra, las hojas en otoño, las galletas recién horneadas. Pero no. A las niñas y niños peruanos, en gran parte marrones, nos enseñan en el colegio que el rosa pálido de nuestros lápices es el “color piel” y el que se parece a nuestra piel, el “caqui”. Hace unos años, una persona racista se hizo famosa en Perú porque insultó a otra llamándola “color puerta”.

¿Es posible un orgullo marrón, un orgullo color puerta? Hoy, una comunidad expropia la etiqueta que servía para despreciar y decide recuperarla resignificada para reclamar una identidad. Son personas a las que durante años se intentó meter en el mismo saco de “lo mestizo”, como parte del proyecto civilizatorio blanco de borrado cultural y étnico. Rotulados como morenos, trigueños, cobrizos, cholos, los descendientes de indígenas que sufrieron directamente la violencia colonial se acuerpan para rechazar la opresión racial. Este es nuestro momento.


En las últimas semanas, con el trasfondo de Black Lives Matter y en buena medida activados por el gran impulso que vive la lucha contra la discriminación en el mundo, activistas de varios países de América Latina han señalado cómo funciona históricamente el racismo también hacia las personas marrones para acuñar simbólicamente algo así como un Brown Lives Matter, pero aplicado a cada casa.

 Así, se ha cuestionado en Argentina, la hipocresía de colocarse el lema importado de Estados Unidos mientras allí se sigue ejerciendo discriminación contra migrantes andinos y contra sus propios compatriotas de ese origen, por lo general olvidados por la idea de una Argentina blanca y porteña. Allí está esa señora que le enmendó la plana a un presentador de televisión que le preguntó de dónde había migrado: “Soy salteña —contestó—. Se les olvida que los argentinos somos coyas”. Los coyas son los pueblos indígenas originarios del norte de Argentina. Se les olvida, como se les olvida también que existen afroargentinos.

En la pandemia, que ha sido ese gran amplificador de nuestras miserias y desigualdades, quienes retornaron de Lima hacia sus comunidades, por hambre, caminando y exponiéndose a la enfermedad, no fueron blancos sino cholos e indígenas pobres. En Perú, a inicios de junio, había en promedio una prueba de la COVID-19 por cada cincuenta personas, mientras que en las localidades de los indígenas awajún, había aproximadamente una por cada 494, según un análisis de Ojo Público. 

Quienes mueren en las olas de frío, en los huaycos, en las inundaciones y en las pandemias son siempre los mismos. Es a las comunidades indígenas a quienes el gobierno peruano ha querido negar agencia y participación política para acelerar la sesión de sus territorios a las mineras. Ese abandono histórico, se llama racismo. Empecemos a llamar por fin a las cosas por su nombre.

El racismo que practican las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización. El color de piel sigue determinando el lugar que ocupas en la sociedad. La idea de que las personas tienen lo que tienen o han llegado a dónde han llegado solo con base en su esfuerzo y su valor o talento personal, esa fábula del capitalismo, es negar siglos de historia colonial.

En el Perú, los niños también crecemos rogando ser menos cholos para ser menos discriminados. Nadie quiere ser el más cholo, el más marrón, el más negro, porque para muchos más racialidad significa más acoso y exclusión, también más pobreza. Y eso que según los últimos censos, que ya incluían la autoidentificación étnica, más del 60 por ciento de la población se define como “mestiza”, mientras los blancos no llegan ni al 6 por ciento. Sin embargo, en los puestos de poder aún se ven indígenas solo como cuotas.

Y es que en mi país los racistas todavía nos mandan a bañar. Hace unos meses, durante un debate electoral, un candidato blanco le entregó a otro no blanco un jabón. Tras la polémica, por primera vez un acto racista fue tratado como tal y condenado masivamente. Por fin parecía alejarse la costumbre de endilgar supuestos complejos de inferioridad a quienes son en realidad víctimas del racismo. El candidato del jabón no fue elegido y la fiscalía abrió una investigación contra él por discriminación.

¿Algo está cambiando? Desde hace solo pocos años existen instancias del gobierno para alertar contra el racismo en el Perú y más políticas públicas antidiscriminación, pero aún queda mucho por hacer.

La buena noticia es que, pese a que el acoso racista aún es habitual en calles y redes, la organización y el orgullo son cada vez más fuertes. Hay afrodescendientes y cholos activando y poniendo el cuerpo, haciendo esforzada pedagogía cada día en los medios, publicando libros, ofreciendo talleres y participando en debates y charlas como “Quiénes somos las marronas”, que dio hace poco Primakabra, activista marrón y disidente sexual.

Lo que viene ocurriendo ha provocado litros de “white tears”, como se llama con humor al modo en que responden las personas blancas a estos cuestionamientos. Este también es su momento: deben revisar la manera en que se han beneficiado de este sistema que prioriza, cuida y enaltece unos cuerpos sobre otros. Deben saber que para desmontar este orden aún colonial solo hay un camino: participar de la lucha política antirracista. No será sencillo, porque no es fácil aceptar que incluso sus buenas intenciones están asentadas en una construcción racista y clasista. Pero se tiene que hacer.

Hay, además, una creciente tribu de jóvenes disidentes de los estereotipos raciales en toda la región, que reivindican el orgullo marrón, su arte, sus historias, combatiendo la estética dominante, reivindicándose a través de fotos y videos como cuerpos que importan, que son bellos y dignos del deseo, de amor y cuidados. Pelean contra esos lugares comunes que relacionan, por ejemplo, al marrón con la sumisión, la pobreza y el dolor.

La activista Sandra Hoyos, del colectivo argentino Identidad marrón, siente que lo marrón es sobre todo una identidad política. Lo que se viene, pues, es resistencia y lucha, desde los cuerpos negros y marrones.

Si seguimos trabajando contra el racismo, quizás algún día a Marco ya no le vuelvan a prohibir entrar a una discoteca, ni vuelvan a confundir a Joseph con el camarero de la ceremonia del premio que se había ganado él. Ni a con la niñera de mi hijo. Ni a Rosa con la ladrona del supermercado. Ni a ningún niño o niña la manden a bañar por ser marrón."

(Gabriela Wiener es escritora, periodista y colaboradora regular de The New York Times, 14/04/20)

5/6/18

En el racismo actual y en la nueva xenofobia, que en los países de la UE se expresan sobre todo contra los inmigrantes africanos y asiáticos, cuenta mucho la afirmación de la identidad ante el temor de la pérdida

"La gran mayoría de las personas cultas y razonables está hoy en día de acuerdo en que el racismo es un mal, es parte del mal social. A pesar de lo cual se ha de reconocer que el racismo sigue presente en nuestras sociedades.

 El racismo está ahí, reiteradamente presente en sociedades europeas que se consideran a sí mismas cultas y modernas (o posmodernas): en el Reino Unido y en Alemania, en Austria y en Suiza, en Italia, en Holanda, en Francia o en España.

En todos estos países ha habido episodios racistas ampliamente conocidos y divulgados por los medios de comunicación. Por otra parte, es de todos conocido que hemos asistido últimamente a acusaciones de racismo o de xenofobia ante declaraciones de líderes políticos (Ferrusola, Heribert Barrera) o de intelectuales (Giovanni Sartori) sobre la manera de tratar las migraciones recientes.

No me voy a detener ahora en tales episodios ni estas declaraciones. Querría entrar directamente en el tema de la pregunta que da título a esta conferencia y proponer una línea de actuación para erradicar el racismo y la xenofobia en este mundo nuestro.

Para ello voy a argumentar que necesitamos actuaciones decididas en cinco planos distintos pero interconectados. 

La primera cosa que necesitamos es divulgación seria de los conocimientos científicos actuales sobre razas y etnias. 

La segunda cosa que necesitamos es aprender a argumentar bien para, en este plano, evitar dos falacias muy habituales que en la práctica tienen consecuencias negativas o perversas: la falacia naturalista y la falacia inductivista. 

La tercera cosa que necesitamos es claridad sobre dos nociones de uso corriente: identidad y diferencia u otreidad; es decir, claridad sobre la importancia y límites del enraizamiento personal y colectivo y claridad sobre la importancia paralela del reconocimiento de las diferencias, de lo que los otros son o dicen que son o quieren ser. 

La cuarta cosa que necesitamos es una renovación de la educación pública adecuada para formar a la ciudadanía en sociedades irremisiblemente multiculturales. Y la quinta cosa que necesitamos son políticas de inmigración y de integración intercultural apropiadas al marco sociocultural en que vivimos.

El racismo no es simplemente la afirmación de la existencia de razas o subespecies en el seno de la especie humana, ni tampoco la exclusión o rechazo de la alteridad. 

Hay racismo cuando se establece un vínculo directo entre los atributos, rasgos, o patrimonio físicos, biológicos o genéticos de un individuo o de un grupo y sus caracteres intelectuales y morales y se afirma luego, a partir de ahí, la superioridad o inferioridad de estos atributos sobre otros.

La xenofobia no es simplemente extrañeza, desconfianza o miedo ante lo extranjero, ante lo diverso, ante el otro desconocido o poco conocido; es odio a lo extranjero, miedo inmoderado o exagerado al otro, al que se considera distinto o extranjero. 

Paradigmáticamente en el nacional-socialismo antisemita de los años 30 y 40 se juntaron las dos cosas: la afirmación de la superioridad de la pureza de la raza aria y el odio al otro cuya extranjería (en Alemania) se inventó socialmente.

Las dos cosas (racismo biológico y xenofobia) siguen existiendo hoy en día. Pero sólo algunas veces se dan juntas. Y son muy pocas las personas que defienden las dos cosas (la superioridad racial y la justificación del odio a lo extranjero) a la vez. Tener esto en cuenta es importante para saber con qué racismo y con qué xenofobia tenemos que enfrentarnos ahora. Esta precisión no tiene intención nominalista. 

Tiene cierta importancia hoy en día para no confundirnos de batalla y para poder explicar bien por qué hay tanta gente en el mundo actual que daclara: “Yo no soy racista, pero…”. Pues, como se ha dicho muchas veces, el problema está precisamente en el “pero”.

Para empezar a erradicar el racismo la primera pregunta que hay que hacerse es: ¿El conocimiento científico disponible sobre las diferencias existentes entre los seres humanos permite hablar de “razas”?

Durante buena parte de la historia de la humanidad se ha contestado a esa pregunta afirmativamente: sí, hay razas. Todavía se puede encontrar en cualquier librería de viejo un célebre Atlas de las razas humanas publicado hace treinta años que se utilizaba habitualmente en los estudios de bachillerato. La última edición, en castellano, que he encontrado es la 17ª y está publicada en Barcelona en 1983, pero se sigue utilizando.

Eso es lo que se ha enseñado en las escuelas y en los institutos de nuestro país durante décadas. Y así se han formado la mayoría de las personas que hoy tienen más de treinta años.

Pero hoy en día la comunidad científica ya no piensa así.

El único criterio preciso y científicamente admitido hoy en día para hablar de identidad y diversidad biológica es el de las “frecuencias genéticas”, o sea, frecuencias de ciertos tipos genéticos, como, por ejemplo, grupos sanguíneos, rhesus, HLA o secuencias de nucleóticos en el ADN, que permiten establecer reagrupamientos y divisiones. 

Si nos atenemos a estas frecuencias, la frontera entre grupos no aparece jamás como una clara línea de división, como una demarcación establecida, sino más bien como una zona imprecisa, borrosa, como una zona membranosa por la que se pasa insensiblemente de una “raza” a otra.

Más información que las razas dan, sobre identidad y diversidad, los “mapas genéticos” en que ha trabajado Luca Cavalli-Sforza: los prevalentes sanguíneos sobre muestras de población permiten levantar mapas planetarios que revelan la frecuencia de los tipos de ciertos genes.

 Cuanto más frecuente es un tipo genético más próximo está a su punto geográfico de origen; cuanto más raro se hace, más se ha desplazado el grupo humano, más se ha alejado de su origen. En el caso del homo sapiens parece seguro el punto de partida: Africa oriental. De allí salió el hombre moderno para colonizar todo el planeta hace cien mil años.

Luca Cavalli-Sforza ha puesto de manifiesto estos últimos años que el homo sapiens es por naturaleza migrador y mestizo. La especie humana es tal vez la única especie viva que, desde su origen, no ha cesado de mezclarse porque no ha cesado de desplazarse. 

Desde este punto de vista puede decirse que no existe raza verdadera en el hombre o, si se prefiere, que existen millares de ellas porque no se sabe dónde empieza y dónde termina realmente una raza.

Una de las más interesantes contribuciones de la ciencia del siglo XX es el haber logrado establecer los mapas genéticos de centenares de pueblos poniéndolos en relación con los mapas lingüísticos y estableciendo así la correspondencia entre historia cultural e historia biológica. 

La conclusión es que los caracteres físicos aparentes que definen la noción popularizada de raza resultan ser en realidad los rasgos más superficiales de un grupo humano, y no hacen más que traducir las adaptaciones fisiológicas al clima1.

La combinación de los estudios biológicos, arqueológicos y antropológicos en curso permite concluir que los blancos surgieron de los negros por selección natural, al absorber la piel blanca más radiaciones ultravioleta que la negra, ventaja natural decisiva en las regiones templadas; las narices se fueron haciendo más anchas en los países tropicales y estrechas en los fríos por su proceso de selección natural que favorece la filtración del aire. 

Pero estas apariencias son las más superficiales, las que menos elementos de información nos proporcionan y resultan relativamente recientes en la escala de la humanidad: bastan de diez a veinte mil años para que se opere el cambio de color de la piel. El color blanco de los europeos no se remonta a más allá de diez mil años.

En suma, no hay razas “puras” en las poblaciones humanas. En cualquier sistema genético hay siempre un elevado grado de polimorfismo, es decir, de variedad genética. Y si no hay razas puras, la pretensión racista que identifica la superioridad de una raza con su pureza está fuera de lugar. 

Ciertamente, se podría aspirar a la pureza genética mediante programas parecidos a los que se emplean con animales o en una línea semejante a la de la antigua eugenesia, pero está demostrado que para ello serían necesarios cruces entre parientes próximos durante veinte o treinta generaciones. Y el resultado de ello sería, además, contraproducente: una esterilidad grave.i

Por otra parte, del reconocimiento de la diversidad en cualquier aspecto de la biología humana no tiene por qué seguirse lógicamente ninguna afirmación racista (que es siempre una afirmación de la superioridad de la propia y de la inferioridad de la de los otros). Uno de los padres de la biología actual ha escrito sobre esto: “Muchas veces se confunde igualdad con identidad y diversidad con desigualdad. 

Podría parecer que la forma más fácil de desacreditar la idea de igualdad es mostrar cómo las personas –natural, genética y, por tanto, irremediablemente– son diferentes.

El fallo de esa idea reside, desde luego, en que la igualdad humana forma parte de los derechos y del carácter sagrado de la vida de cada ser humano, y no de sus características físicas o incluso mentales. La diversidad es un hecho observable en la naturaleza mientras que la igualdad es un mandamiento ético” 2.

Ahora bien, como todo descubrimiento científico importante, también éste conlleva incomprensiones. Uno de los problemas con que está chocando el conocimiento científico de las identidades y diversidades actualmente es que este reagrupamiento por frecuencias genéticas contradice muy a menudo el sentido común, el cual se funda en la apreciación visual de los caracteres exteriores, en lo que tradicionalmente se llaman “rasgos raciales” evidentes. 

Desde Copérnico y Galileo pasando por Darwin, Einstein y Heisenberg la explicación científico-racional del mundo ha tenido en el llamado sentido común, basado en las apreciaciones visuales, su más persistente adversario. También lo es ahora. Pues, contra lo que sugiere el sentido común, si nos atenemos a los mapas genéticos hay que decir que los negros están más cerca de los blancos que los amarillos asiáticos; que los aborígenes de Australia están más próximos de los asiáticos que de los negros africanos.

Es probable que el sentido común del homo sapiens tarde algún tiempo en convencerse de esto. También es probable que en nombre de ideologías establecidas o por establecer aparezcan autoridades que se nieguen a reconocer los mapas genéticos como hubo otras que se negaron a mirar por el telescopio de Galileo o prefirieron bromear sobre los antepasados de Darwin y de Huxley.

 El peligro aumenta cuando el sentido común no cultivado (el cultivado sabe de sus límites; sabe, por conocimiento histórico, de sus propias debilidades) se alía con demagogos que ayer afirmaban la pureza de la propia identidad y hoy ponen el acento en la exageración de las diferencias étnicas y culturales. 

Pero, una vez más, el mayor de todos los peligros es la alianza del sentido común no cultivado con los demagogos xenófobos y con aquella parte de la comunidad científica que siempre está dispuesta a acomodar los nuevos descubrimientos a una ideología defensora de la situación socialmente privilegiada de la propia cultura. Y, una vez más, hay que decir, por tanto, que para hacer frente a ese peligro la ciencia ayuda (ayuda a erradicar prejuicios muy arraigados), pero no basta.3

Esta constatación podría llevarnos a una conclusión tan optimista como precipitada, a saber: si hablando con propiedad, o sea, desde el punto de vista científico, no hay razas, entonces no puede haber racismo, el racismo no tiene sentido.

Pero hace ya años un biólogo y genetista, Albert Jacquard, salió la paso de esta conclusión optimista y precipitada y escribió algo que conviene tener muy en cuenta:

De hecho, gracias la biología, yo, el genetista, creía ayudar a la gente a que viese las cosas más claramente diciéndole: ¨Vosotros habláis de raza, pero ¿qué es eso en realidad?¨. Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigüedades […] 
En otras palabras: el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace algunos años yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido.Y, sin embargo, aunque no haya razas, la existencia del racismo es indudable”

¿Por qué entonces, si, hablando con propiedad, no hay razas, sigue habiendo racismo y racistas en nuestro mundo? Una primera respuesta a esta pregunta podría ser: porque la mayoría de la gente en nuestro mundo no habla con propiedad.

Esto es cierto. Por lo general cuesta mucho tiempo el que las nociones científicas se incorporen con propiedad al lenguaje cotidiano. A pesar de la falta de fundamento científico de la supuesta superioridad de un género sobre otro nuestro lenguaje sigue siendo machista. Y a pesar de las aportaciones de Copérnico y de Galileo parte de nuestro lenguaje cotidiano ha seguido siendo geocentrista. 

Hablar con propiedad es inseparable del pensar bien. Y en esas cosas que tienen tanta repercusión en las acciones y actuaciones de los humanos hablar con propiedad debería ser un imperativo moral, sobre todo para las personas que tienen responsabilidades públicas. Pero eso es decir poco todavía.

 De ahí lo único que podemos hacer seguir en la lucha contra el racismo es un llamamiento genérico a la aceptación de las nociones científicas y una recomendación un poco menos genérica a los políticos e intelectuales para que no echen gasolina al fuego cuando hablan de “los otros”.

Una segunda respuesta a nuestra pregunta consistiría en hacer observar que muchas veces argumentamos mal, confundimos los planos del discurso, y que en esa confusión de planos anidan el racismo y la xenofobia. Son muchos los europeos contemporáneos que admiten ya, con la comunidad científica, que, en efecto, no hay razas y que la especie humana es un continuo en el que domina la mezcla y la hibridez; pero a continuación añaden que si hay “frecuencias” o “tipos” genéticos” o “prevalentes sanguíneos” de ahí se sigue que los miembros de la especie humana no somos iguales y que los prevalentes sanguíneos que se han mantenido más cerca del tronco de origen son y serán “mejores” (en el sentido de superiores) que la mezcla o el mestizaje de los tipos genéticos.

Estas personas, que niegan ser racistas y que, efectivamente, no utilizan ya la noción de raza, suelen defender hoy en día un cierto determinismo genético, biológico o etnicista. 

 Ocurre que este tipo de determinismo, al popularizarse o vulgarizarse, enlaza bien con la xenofobia cotidiana, más o menos inconsciente, que reacciona contra los inmigrantes de otras etnias y culturas. Y por eso, por ese enlace, ha acabado conviertiéndose, durante las últimas décadas, en la base argumental de los movimientos neorracistas, como el Frente Nacional en Inglaterra o el partido de Le Pen en Francia.

Conviene, pues, detenerse en la crítica al determinismo biológico y a la falacia que generalmente le acompaña: la falacia naturalista.
III

El ser humano no es sólo biología, es también cultura. Y aunque no haya acuerdo acerca del porcentaje preciso en que entran genes y cultura en la configuración de los grupos humanos, sí que lo hay en esto: por importantes que sean los genes en la estructura básica del ser humano el determinismo genético o biologista no está fundado, es reduccionista.

Aunque resultara que desde el punto de vista de la evolución estrictamente biológica una determinada frecuencia genética fuera “superior” en el sentido darwiniano de la adaptación de las especies, “mejor” es un término que procede de otro ámbito (el ético-cultural) y su uso sólo crea confusión si lo cambiamos de esfera. 

El término “mejor” puede funcionar aquí metafóricamente, y entonces no hay mucho que decir (porque la ciencia también tiene derecho a usar metáforas), pero si luego convertimos las metáforas en descripción precisa de realidades (y a veces se emplea así el término “mejor” o “superior”) debemos saber que corremos un riesgo y que nos exponemos a crear mucha confusión.

Dicho un poco más precisamente: al pasar del reconocimiento de la diversidad de prevalentes sanguíneos en los grupos humanos a la afirmación de que hay que etnias o culturas (en sentido antropológico) “mejores” o superiores” a otras cometemos una falacia naturalista.

 Pues del reconocimiento (científicamente fundado) de la diversidad genética observable no se sigue (en el sentido de no se deduce lógicamente) la superioridad o inferioridad entre humanos y menos la necesidad de la persistencia de las desigualdades socioculturales. 

Quien mejor ha argumentado esto ha sido Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la genética contemporánea, en un ensayo titulado Diversidad genética e igualdad humana [1973], traducción castellana: Barcelona, Labor, 1978. Dobzhansky lo ha dicho así:

La diversidad es un hecho observable en la naturaleza, la igualdad y la desigualdad son nociones del lenguaje ético-político. En principio, se puede dar o no la igualdad o desigualdad entre los miembros de una sociedad o los ciudadanos de un Estado, sin tener que considerar lo similares o diferentes que sean las personas que los forman. 

Asimismo, la desigualdad no es algo biológicamente dado, sino, más bien, socialmente impuesto” [ed. cit. pág. 12].

Por desgracia, todavía muchos defensores de la desigualdad, de la discriminación y del asimilacionismo puro y duro en el plano social o sociocultural creen que pueden argumentar a favor de sus tesis partiendo de la existencia de “desigualdades” en la naturaleza.

 Dicen: “Somos distintos o desiguales por naturaleza y por eso debemos seguir siéndolo socialmente”. Algunos pretenden incluso concluir de ahí que la aspiración a la igualdad social o la presunción de que, en principio, todas las culturas tienen igual valor son utopías peligrosas porque van contra la naturaleza humana (o contra la Naturaleza en general).

Atención, pues: no por mucho emplear “por tanto, ergo, por consiguiente”, etc., un argumento resulta probatorio. 

Podemos reconocer la diversidad de tipos humanos (por razones genéticas, biológicas, psicológicas, etc.) y luego estar (en el plano ético-político) a favor o en contra de la igualdad o de la desigualdad social. 

Esto último, el estar a favor o en contra de la idgualdad o de la desigualdad social, depende ya de otros factores socioculturales que tienen que ver con la voluntad, con la decisión y con las convicciones éticas y políticas de los individuos. Las determinaciones biológicas, genéticas, psicológicas, etc., pueden indicarnos un límite más allá del cual racionalmente no conviene ir al afirmar el ideal de la igualdad social, pero como no somos sólo biología siempre podemos argumentar moralmente en favor de una discriminación positiva que corrija que las determinaciones genéticas desfavorables. 

De hecho, cada vez es más habitual mantener esta posición en el marco de la propia cultura. Y gracias a ello estamos corrigiendo algunas discriminaciones socioculturales que en otros tiempos se consideraron “naturales”, o esa, determinadas para siempre por la diversidad biológica.

Una vez que hemos admitido que, desde el punto científico, no hay razas y que hay que evitar la falacia naturalista, ¿quedamos ya inmunizados contra el racismo y la xenofobia? La respuesta, obviamente, es no

Sigue habiendo racistas y xenófobos en nuestras sociedades. Muchos de ellos son víctimas de otra falacia muy extendida: la falacia inductivista. Esta consiste en generalizar en exceso a partir de unas pocas observaciones, dando por seguras y establecidas conclusiones que tienen detrás muy poco conocimiento.

 Cuando hay encontronazo o choque cultural la falacia inductivista es muy habitual: juzgamos a todo un grupo, etnia o cultura, a partir de la observación limitada de las conductas o comportamientos de algunos de sus miembros.

De la falacia inductivista ha nacido la “selva de los tópicos” sobre los caracteres morales de pueblos y países enteros. Todas las precisas distinciones que por lo general establecemos para comprender las diferencias (incluso individuales) en nuestro marco cultural (y disculpar así defectos o contravalores) se convierten en generalizaciones a propósito de “los otros” para llegar en seguida a la conclusión de que “todos los x son y” (donde y es casi siempre un atributo o carácter negativo). 

La mayoría de los juicios negativos sobre tal o cual cultura distinta de la nuestra, en su conjunto, entendida como un todo, apenas tiene fundamento lógico, pero estos juicios suelen ser pronunciados con tal contundencia que mucha gente que sólo ha tratado a dos o tres miembros de la cultura en cuestión se los cree porque le parece que así preserva la propia identidad.

En lo que hace a la falacia inductivista la teoría de la argumentación también ayuda. La teoría de la argumentación puede hacernos, por ejemplo, más cautos a la hora de emplear el cuantificador universal cuando nos referimos a pueblos o culturas distintos de los nuestros; o, mejor aún, puede convencernos de que en estas cosas lo mejor es negarse a emplear la fórmula “todos los…” cuando de “los” en cuestión (“moros”, “polacos”, “sudacas”, etc.) apenas sabemos nada. 

Basta con repasar lo que ha sido la selva de los tópicos sobre los caracteres nacionales europeos entre el siglo XVI y el siglo XX para darse cuenta de cuánta exageración e ignorancia ha habido ahí y de cómo cambian determinados tópicos socioculturales con el tiempo.

Cierto es que, como en el caso de la falacia naturalista, tampoco en el caso de la falacia inductivista aplicada al racismo y a la xenofobia la teoría de la argumentación lo es todo. Pero aunque sea duduso que con ella sola lográramos erradicar el racismo y la xenofobia de nuestras sociedades, convendría enseñar teoría de la argumentación en el bachillerato y en las universidades. Sugiero que hay una razón en favor de esto último.

 Hace ya algunos años S.J. Gould afirmó que la enseñanza de la lógica y la difusión de los conocimientos científicos han contribuido menos a la erradicación del racismo en nuestras sociedades que la difusión de la conciencia de lo que realmente fue el holocausto. Eso es verdad. Pero es una verdad que habla en favor de la memoria histórica. 

No conviene deducir de esta verdad que los humanos sólo podemos aprender por choque emocional contra la realidad de la barbarie. Podemos (y, en la época de la tecnociencia, seguramente debemos) prever algunas de las consecuencias (negativas) de nuestros actos para evitar que se produzca el choque “revelador”. En esto la heurística del temor, que dice Hans Jonas, enlaza bien con la teoría de la argumentación y con el proyecto educativo ilustrado.

Ahora bien, la conciencia de lo que realmente fue el holocausto (aquel silogismo perverso que, según Primo Levi, conduce de la afirmación de que todo lo extranjero es enemigo a la realización de la barbarie) ayuda, sin duda, a ponernos en guardia ante las reiteraciones de la historia (pues, como escribió Levi, “si ocurrió puede volver a ocurrir”), pero no nos inmuniza tampoco frente al neo-racismo y la nueva xenofobia. 

Necesitamos una caracterización específica de la época en que estamos, una tipología específica del racismo de nuestra época, de la época de la globalización y de las grandes migraciones intercontinentales. Esto es lo que están haciendo en los últimos años autores como Wieviorka,Taguieff, Balibar, Sami Nair, Agambem y otros antropólogos, sociólogos y politólogos contemporáneos.

El viejo racismo, que un día se basó en consideraciones que hoy llamamos “pseudocientíficas”, se ha hecho culturalista. La vieja xenofobia, un día anclada en la “selva de los tópicos”, ha seguido siendo en nuestras sociedades etnocéntrica, pero retorciendo como un calcetín su viejo discurso. 

Ahora se dice:
De acuerdo, no hay razas; pero hay etnias y/o culturas identitarias. Aceptamos que el punto de partida es la diversidad humana. Aceptamos también que las etnias y/o culturas tienen más que ver con frecuencias genéticas no aparentes que con los rasgos somáticos o físicos más aparentes (el color de la piel, la configuración del craneo, el tipo de ojos o narices); pero todavía se puede seguir afirmando, en el ámbito antropológico o antropológico-cultural, que hay etnias o culturas “mejores” (en el sentido de “superiores”) que otras; y la “mejor” – añade este discurso – es la nuestra porque ahora, a diferencia de otros tiempos, no ignora ya a las otras etnias y culturas, sino que precisamente las comprende mejor mientras ellas continúan con su fundamentalismo.

De hecho, como ha mostrado Wieviorka, hay en nuestras sociedades tres modalidades o tres casos paradigmáticos en la tipología del racismo.


La primera de estas modalidades es el racismo tradicional, etnocéntrico, que afirma el predominio de valores universalistas en nombre de la modernidad triunfante. Se trata de un racismo neocolonialista sostenido por las élites económicas, políticas o incluso religiosas. Es, por así decirlo, el racismo de los poderosos, el racismo del que menos se habla ahora en nuestros medios de comunicación.

La segunda es el racismo diferencialista o culturalista, que está vinculado a la negación de la modernidad por desarraigo o porque un grupo se siente fuertemente amenazado por ella. Predomina en él la afirmación del particularismo frente a los valores universales de la modernidad (representados, por ejemplo, por el judío).

 En este caso se trata de un racismo socialmente indeterminado, que puede verse apoyado tanto por actores populares como por las élites. Es la retorsión del racismo de los años treinta, que liga el “Hitler tenía razón” (y el revisionismo historiográfico) con el nuevo antisemitismo.
Por último está el racismo vinculado a la pérdida de las referencias sociales o al temor a la pérdida de status.

 Este temor produce un repliegue hacia otros puntos de referencia, ya sean comunitarios o biológicos. El racismo adopta entonces el aspecto de una relación social pervertida, que trata de inferiorizar al otro (generalmente al inmigrante) al mismo tiempo que tiende a excluirlo o a destruirlo. 

En ese caso el racismo es obra de actores populares.
Etnocentrismo, exageración de la diferencia entre culturas y temor a la pérdida de la identidad son los rasgos que aproximan estos tres tipos de racismo en nuestras sociedades

En el racismo actual y en la nueva xenofobia, que en los países de la UE se expresan sobre todo contra los inmigrantes africanos y asiáticos, cuenta mucho la afirmación de la identidad ante el temor de la pérdida."     

(Francisco Fernández Buey , El Viejo Topo, 01/06/18.  Jornadas Francisco Fernández Buey 2018 : Pensamiento : El Viejo Topo. Fuente: Primeros apartados de un material escrito para los alumnos matriculados en el curso sobre Interculturalidad organizado por la Cátedra Unesco de la UPF en 2002-2003. Se puede consultar el material completo aquí.)