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18/10/23

Zizek: Comunistas y liberales se quedaron cortos: no se puede arreglar el mundo sin antes comprenderlo... “Mi mundo está tan alejado de la libertad como aquel del que mis padres intentaron escapar. Ninguno de los dos alcanza ese ideal. Pero sus fracasos han sido diferentes, y hasta que no los comprendamos seguiremos divididos"... Cuando el comunismo llegó a su fin todos estaban eufóricos y esperaban que la libertad y la democracia trajeran consigo una vida mejor; pero con el tiempo, muchos perdieron esas esperanzas. Es entonces cuando empieza el trabajo real... se trata, primero y ante todo, de ver el mundo y comprenderlo

 "El libro de Lea Ypi Libre: el desafío de crecer en el fin de la historia (Anagrama, 2023) ha tenido una recepción hostil en su país natal, Albania; es fácil ver por qué. La descripción que hace de sí misma (“profesora de Teoría Política en la London School of Economics, albanesa y marxista”) lo dice todo.

Leyendo el libro de Ypi, me sorprendió el parecido entre su vida y la de Viktor Kravchenko, el funcionario soviético que desertó durante una visita a Nueva York en 1944. Su famoso y exitoso libro de memorias Yo escogí la libertad se convirtió en el primer testimonio directo sustancial de los horrores del estalinismo, comenzando por su detallada descripción de la gran hambruna ucrania de principios de los años treinta. Kravchenko sabía de qué hablaba: en aquellos tiempos todavía era un creyente convencido y participó en la colectivización forzada.

La historia pública de Kravchenko termina en 1949, cuando logró una sonada victoria en un importante juicio por difamación contra un periódico francés comunista. Al juicio, celebrado en París, los soviéticos llevaron a su exesposa para que prestara declaración, acusándolo de corrupción, alcoholismo y violencia doméstica. Nada de eso influyó en el tribunal; pero la gente tiende a olvidar lo que ocurrió después. Apenas terminado el juicio, cuando en todo el mundo se lo aclamaba como héroe de la Guerra Fría, Kravchenko comenzó a sentirse cada vez más inquieto por la caza de brujas anticomunista que se desarrollaba en Estados Unidos. Combatir al estalinismo con macartismo, advirtió, era ponerse al nivel de los estalinistas.

La vida en Occidente hizo a Kravchenko cada vez más consciente de sus injusticias y se obsesionó con la idea de reformar las sociedades democráticas occidentales desde dentro. Tras escribir una continuación no tan conocida de Yo escogí la libertad, titulada Yo elegí la justicia, se embarcó en una cruzada para descubrir un nuevo modo de producción económica menos explotador. Esa búsqueda lo llevó a Bolivia. Participó en un intento fallido de organizar a agricultores pobres en nuevas estructuras colectivas.

Abrumado por el fracaso, se retiró a la vida privada y terminó pegándose un tiro en su casa de Nueva York. No hubo de por medio ninguna infame operación de chantaje de la KGB. El suicidio de Kravchenko fue una muestra de desesperación y una prueba más de que su denuncia original contra la Unión Soviética había sido una protesta genuina contra la injusticia.

Con su libro, Ypi hace en un solo volumen lo que Kravchenko hizo en dos. Cuando en 1997 Albania cayó en la guerra civil, la vida de Ypi se vino abajo. Obligada a quedarse escondida en casa escribiendo un diario, mientras afuera tableteaban las kaláshnikov, tomó una decisión extraordinaria: iba a estudiar filosofía.

Pero lo más extraordinario es que su compromiso con la filosofía la llevó de regreso al marxismo. Su historia demuestra una vez más que los críticos más penetrantes del comunismo suelen ser excomunistas, para quienes la crítica del “socialismo real” fue el único modo de mantenerse fieles a su compromiso político.

Libre nació de un tratado anterior respecto de la interrelación entre las nociones de libertad para el socialismo y el liberalismo, y esa perspectiva estructura el libro. La primera parte, sobre cómo los albaneses “eligieron la libertad”, es un relato ameno de la infancia de Ypi durante la última década del régimen comunista en Albania. Sin omitir los horrores de la vida diaria (la escasez de alimentos, las denuncias por razones políticas, los mecanismos de control y sospecha, la tortura y los castigos crueles), el libro está salpicado de momentos cómicos. Incluso en condiciones tan duras y desesperadas, la gente hallaba formas de preservar un mínimo de dignidad y honestidad.

En la segunda parte, que describe el tumultuoso periodo poscomunista en Albania después de 1990, Ypi relata la incapacidad de la libertad que los albaneses eligieron (o, mejor dicho, la que les impusieron) para generar justicia. Culmina con un capítulo sobre la guerra civil de 1997, momento en el que la narración se interrumpe y es reemplazada por fragmentos del diario de Ypi. La potencia de su escritura radica en que, incluso aquí, la autora no deja de lidiar con las grandes preguntas y explora de qué manera proyectos ideológicos ambiciosos suelen terminar, no en triunfo, sino en confusión y desorientación.

En los noventa, uno de esos grandes proyectos fue reemplazado por otro. Derribado el comunismo, la ciudadanía albanesa fue sometida a una “transición democrática” y a “reformas estructurales” pensadas para hacerla más “parecida a Europa” con su “libre mercado”. La amarga conclusión de Ypi en el último párrafo del libro merece una cita completa:

“Mi mundo está tan alejado de la libertad como aquel del que mis padres intentaron escapar. Ninguno de los dos alcanza ese ideal. Pero sus fracasos han sido diferentes, y hasta que no los comprendamos seguiremos divididos. Escribí mi historia para explicar, para reconciliar y para continuar la lucha”.

He aquí una irónica refutación de la famosa undécima tesis de Marx sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. El contrapunto es que no se puede cambiar el mundo para mejor sin antes comprenderlo. Ahí es donde los grandes iniciadores de los proyectos comunista y liberal fallaron.

Pero de esta intuición, Ypi no extrae la conclusión cínica de que los cambios importantes son imposibles o inevitables. Su conclusión, más bien, es que la lucha (por la libertad) no se ha detenido ni se detendrá. Por eso la autora se siente en deuda con “todas las personas del pasado que lo sacrificaron todo, porque no eran apáticas, no eran cínicas, no creían que basta dejar que las cosas sigan su curso y estas se acomodarán solas”.

Este es el problema actual del mundo. Si creemos que las cosas se acomodarán solas, acabaremos con una multiplicidad de catástrofes: ruptura ecológica, ascenso del autoritarismo, caos y desintegración social. Ypi expresa aquello que el filósofo Giorgio Agamben denominó “el coraje de la desesperanza”, su reconocimiento de que el optimismo pasivo es una receta para la autoindulgencia y, por tanto, obstáculo contra un pensamiento y una acción significativos.

Cuando el comunismo llegó a su fin todos estaban eufóricos y esperaban que la libertad y la democracia trajeran consigo una vida mejor; pero con el tiempo, muchos perdieron esas esperanzas. Es entonces cuando empieza el trabajo real. Al final, Ypi no ofrece soluciones fáciles y ahí radica la fortaleza de su libro. Esa abstención es lo que lo convierte en una obra filosófica. No se trata de cambiar el mundo a ciegas; se trata, primero y ante todo, de ver el mundo y comprenderlo."                 (Slavoj Zizek , El País, 13/10/23)

2/2/23

Por qué los optimistas son casi todos pijos... las clases con más recursos de nuestra sociedad han encontrado en el optimismo un sustitutivo secular de la fe... o sea, cuando a las clases sociales favorecidas, que gozan de recursos suficientes y que no ven su posición amenazada, se les expone una situación complicada, o se subrayan problemas reales, la respuesta "hay que ser optimista, yo soy optimista", quiere decir "no me molestes con tus problemas, pobre"... las clases altas y las medias altas son las más acostumbradas a solucionar los debates por la vía del optimismo, simplemente porque no quieren afrontar los problemas del común de la población; es normal, no son los suyos

 "El debate optimistas contra pesimistas aparece con mucha frecuencia en las conversaciones públicas, pero también en las privadas. "Hay que ser optimista, yo soy optimista", son frases que se escuchan muy a menudo. En fin, ver el vaso medio vacío o medio lleno, pensar en el futuro desde una perspectiva esperanzadora o fatalista, son elementos que salen a relucir habitualmente cuando se apela a estas ideas. Estamos demasiado acostumbrados a tomar en cuenta las esencias conceptuales y mucho menos a abordar cómo son aplicadas en la vida diaria; utilizamos en exceso el idealismo, y analizamos mucho menos de la realidad. En la confrontación entre optimismo y pesimismo, esta mirada es tan común que me genera un cansancio infinito.

El pesimismo goza de mala fama, y es natural. En una época como la nuestra, complicada y con retos serios que afrontar, ya tenemos suficientes problemas como para que nos los vengan a recordar todo el rato. Las posturas que se centran en el "va a salir mal" terminan por agotar. Pero hay una tendencia muy perniciosa, cuando se trata de debates políticos, económicos o sociales, que identifica análisis y razón con pesimismo: si se hace un diagnóstico de una realidad que no es especialmente atractiva, la manera de no afrontarla es tachar a quien lo formula de pesimista. La realidad se convierte en una cuestión de actitud personal: no se trata de que las cosas estén bien o mal, sino de que eres un pesimista. Y se acabó el diálogo.

El optimismo puede ser estupendo, pero a menudo quienes lo utilizan sufren de confusión temporal. El optimismo es sano, pero después, no antes. Si se afrontan los problemas y se trata de cambiar lo que está mal, la esperanza es muy útil. Es mucho mejor creer que las cosas van a salir bien que no al revés. Si te diagnostican una enfermedad, intentas poner los remedios necesarios para curarla, y en ese tránsito, reconforta tener confianza en que todo irá correctamente. Pero saltarse el paso necesario, y no tratar la enfermedad con el argumento de que "hay que ser optimista", implica convertirse en un iluso. Socialmente, es de eso de lo que estamos hablando: cada vez que se plantean asuntos que tensan las estructuras, que obligan a repensar las creencias o que fuerzan a introducir cambios, la respuesta suele ser "las cosas están mal, pero hay que ser optimista". 

Los nuevos dioses

Es parte de esa extraña reacción de las clases con más recursos de nuestra sociedad, que han encontrado en el optimismo un sustitutivo secular de la fe. Hay quienes, y en otros tiempos era frecuente, al serles expuestas las dificultades, contestaban "no lo pienses más, reza, ten fe y todo se solucionará". Ahora lo que está de moda es utilizar el mismo argumento, pero cambiando la fe por la confianza en el futuro. Quizá sea su forma de rezar al dios del destino, o la diosa Gaia, para que venga en su ayuda, pero como mecanismo intelectual es bastante endeble.

No podemos obviar que este asunto tiene una deriva política muy evidente. La derecha tiende a hacer un diagnóstico negativo, a menudo catastrofista, de la situación española, en lo institucional y lo económico. La izquierda, sin embargo, suele resaltar los aspectos positivos, ve el futuro desde una buena perspectiva e insiste en que hay que generar ilusión. De modo que las acusaciones cruzadas de agoreros y mentirosos, al hilo de las posturas optimistas y pesimistas, se suceden en la vida pública. Haríamos mal en pensar que esto es una dinámica pura entre izquierdas y derechas; tiene mucho más que ver con la relación entre gobierno y oposición: el primero dice que las cosas van bien, y que, por tanto, tienen que seguir en el poder, y la segunda que van fatal y que es urgente sacar al presidente de Moncloa. Sería muy parecido si fuera al revés y la oposición estuviera gobernando. Es parte de la dinámica política.

La posición social

No obstante, en el terreno ideológico, el apuntado es un aspecto secundario. Lo curioso es que donde más ha penetrado la fe en el optimismo, y donde más utilizado resulta, es en entornos sociales constituidos por personas a las que les va bien o muy bien, y que además creen que así será de manera permanente (y a menudo con razón). Son integrantes de clases sociales favorecidas, que gozan de recursos suficientes y que no ven su posición amenazada. De modo que cuando se les expone a una situación complicada, o se subrayan problemas reales, la respuesta "hay que ser optimista, yo soy optimista" quiere decir "no me molestes con tus problemas, pobre".

 En otras épocas, los campesinos iban a solicitar al señor medidas de alivio después de la sequía y el noble los contestaba "hay que tener fe, rezad", mientras exigía el pago de los tributos. Por exagerado que parezca, algo de esta actitud permanece en la utilización del optimismo como elemento social: las clases altas y las medias altas son las más acostumbradas a solucionar los debates por la vía del optimismo, simplemente porque no quieren afrontar los problemas del común de la población; es normal, no son los suyos.

Hay ejemplos continuos de estos comportamientos, pero por citar uno menor. El Foro de Davos, es decir, la reunión de un montón de millonarios, transmitió en sus conclusiones que había razones para la esperanza: las transformaciones geopolíticas, las dificultades económicas y las tensiones crecientes dentro de los países, e incluso la guerra, estaban ahí fuera, pero había que ser optimistas. Es lógico: pese a todo, los intercambios globales funcionaban, las cuentas de resultados eran brillantes, y seguían ganando mucho dinero. No pasaba nada, en realidad, y el futuro, el suyo, no iba a ser malo. De modo que dijeron "hay que ser optimistas" y se fueron a las múltiples fiestas que habían organizado, que para eso estaban en Davos.

El otro populismo

Lo malo es que esta mentalidad acaba por trasladarse a otras clases sociales que carecen de razones para la ilusión. Les pasa como a los campesinos: muchos de ellos regresaban a casa y rezaban a Dios con más fervor para que les ayudase. Al final, el noble tenía soldados, y ya que no iban a conseguir nada, mejor negar la realidad y aumentar el tiempo dedicado a las plegarias. En nuestra sociedad ocurre algo similar, y muchas de las clases medias y populares han tomado el optimismo como algo positivo, cuando de lo que se trata, en lo político, es de borrar el debate."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 29/01/23)

17/11/20

El marxismo romántico de Walter Benjamin

 "Walter Benjamin ocupa un lugar singular en la historia del pensamiento marxista moderno: es el primer partidario del materialismo histórico ya que rompe radicalmente con la ideología del progreso lineal. Esta particularidad se encuentra en su capacidad para integrar elementos de la Zivilisationskritik romántica en el cuerpo teórico del marxismo. Con su crítica romántica/marxista de la civilización burguesa moderna, con su deconstrucción de la ideología del progreso -La Gran Narrativa de los tiempos modernos, tanto de los liberales como de los socialistas- los escritos de Benjamin se parecen a un bloque errático al margen de las principales corrientes de la cultura moderna.

El romanticismo no es solamente una escuela literaria del siglo XIX, o una reacción tradicionalista contra la Revolución francesa, dos proposiciones que se encuentran en un número incalculable de obras de eminentes especialistas de historia literaria o de historia de las ideas políticas. Es más bien una forma de sensibilidad que irriga todos los campos de la cultura, una visión del mundo que se extiende desde la segunda mitad del siglo XVIII (Rousseau) hasta nuestros días, un cometa cuyo “núcleo” incandescente es la rebeldía contra la civilización industrial/capitalista moderna, en nombre de algunos valores sociales o culturales del pasado. Nostálgico de un paraíso perdido -real o imaginario- el romanticismo se opone, con la energía melancólica de la desesperanza, al espíritu cuantificador del universo burgués, a la reificación mercantil, a la banalidad utilizadora y, sobre todo, al desencantamiento del mundo. 

Puede tomar formas regresivas, reaccionarias, restauradoras, que tienden a un regreso al pasado, pero también formas revolucionarias que integran las conquistas de 1789 (libertad, democracia, igualdad) y por las cuales la meta no es un regreso hacia atrás sino un rodeo por el pasado comunitario hacia un porvenir utópico. Por supuesto Walter Benjamin pertenece a esta última sensibilidad.

Desde sus primeros escritos se percibe la inflexión que da a la tradición romántica: el ataque en contra de la ideología del progreso no se hace en nombre de un conservadurismo anacrónico sino de la revolución. En particular, es el tema de su conferencia sobre “La vida de los estudiantes” (1914). Rechaza las concepciones de la historia dominante, donde sólo es importante “el ritmo, más o menos rápido, según el cual los hombres y las épocas caminan por la vía del progreso“. A esta visión “progresista“, calificada de incoherente, imprecisa y sin rigor, Benjamin opone imágenes utópicas como “el reino mesiánico o como la idea revolucionaria en el sentido de 89”.1

La primera referencia al comunismo aparece en Benjamin en 1921 en su ensayo Para una crítica de la violencia: “a los pacifistas se oponen los bolcheviques y los sindicalistas. En contra de los parlamentos actuales hicieron una crítica radical y en su conjunto pertinente“.2 Este lazo entre comunismo y anarquismo será un aspecto importante de su evolución política; su marxismo tomará, en gran medida, un tinte libertario. Pero, es a partir de 1924 cuando lee Historia y Conciencia de clase de Lukács y descubre el comunismo a través de la hermosa mirada de Asja Lacis. Gradualmente, el marxismo se vuelve un elemento fundamental en su concepción de la historia. En 1929, Benjamin se refiere de nuevo al ensayo de Lukács como uno de los escasos libros que permanecen vivos y actuales:

La obra más completa de literatura marxista. Su singularidad se funda en la certeza con la cual capta, por un lado, la situación crítica de la lucha de clases en la situación crítica de la filosofía y, por otro lado, la revolución concreta· mente madura como la precondición absoluta, incluso el cumplimiento y concretización del conocimiento teórico, La polémica publicada por las instancias del Partido Comunista, bajo la dirección de Deborin, en contra de esta obra es, de alguna manera, la prueba de su importancia.3

Este comentario ilustra la libertad de espíritu de Benjamin con respecto a la versión “oficial” del marxismo soviético, aun en un periodo durante el cual contemplaba seriamente la posibilidad de unirse al movimiento comunista. En una carta a Scholem (septiembre 1924) evoca el conflicto interior entre su “nihilismo” y la dialéctica hegeliana de Lukács; sin embargo se siente atraído por la práctica política comunista, por su “conducta que se compromete“: lo que le interesa en el libro de Lukács es la unidad entre la teoría y la práctica que constituye el núcleo central de la obra y le confiere su inmensa superioridad; cualquier otro método -le escribe a su amigo- es nada más “fraseología demagógica y burguesa“.4

Pero, el materialismo histórico no va a sustituir sus intuiciones “antiprogresistas” de inspiración romántica y mesiánica: va a articularse a éstas y, de esta forma, gana una calidad crítica que lo distingue radicalmente del marxismo “oficial” dominante de este periodo. Por su posición crítica de la ideología del progreso, Benjamin ocupa un lugar singular y único en el pensamiento marxista y en la izquierda europea del periodo de entreguerras.5

Esta articulación se manifiesta por primera vez en el libro Sentido único, escrito entre 1923 y 1926 y publicado en 1928. El cambio de su pensamiento se ilustra en la comparación entre la primera versión del manuscrito redactado en 1923 y la última de 1925. En la primera, respecto a la víctima de la miseria dice: “debe mantener sus sentidos en alerta para percibir cualquier humillación que le es impuesta y así disciplinarlos por mucho tiempo hasta que sus sufrimientos lo lleven ya no a ascender el callejón del odio sino a tomar el camino que lo lleva al rezo“. La versión “marxista” de 1925 repite casi las mismas palabras, pero la conclusión es otra: “hasta que sus sufrimientos lo lleven ya no a ascender el callejón del dolor sino a tomar el camino que lleva a la rebeldía””. En esta sola oración se encuentra plasmada la pasmosa transformación de sus ideas en el transcurso de dos años.6

Su precedente crítica del progreso, de inspiración romántica, estará marcada de un contenido marxista y revolucionario, como en el célebre pasaje “Advertencia de Incendio“:

“Si la eliminación de la burguesía no se cumple antes del momento casi calculable de la evolución técnica y económica (indicada por la inflación y la guerra química) todo estará perdido. Hay que cortar la mecha encendida antes que la chispa alcance la dinamita” ¿Será capaz el proletariado de cumplir esta tarea histórica? “La respuesta a esta pregunta decidirá la sobrevivencia o el fin de una evolución cultural tres veces milenaria.”7

Contrariamente al marxismo evolucionista vulgar -que se puede referir, desde luego, a algunos escritos de Marx y Engels-, Benjamin no concibe la revolución como el resultado “natural” o “inevitable” del progreso económico y técnico (o de la “contradicción entre fuerzas y relaciones de producción“), sino como la interrupción de una evolución que lleva a la catástrofe. Debido a que percibe este peligro catastrófico se reivindica del pesimismo en el artículo sobre el surrealismo en 1929, e intenta, otra vez, reconciliar anarquismo y marxismo. Se trata de un pesimismo revolucionario que no tiene que ver con la resignación fatalista y mucho menos con el Kulturpessimismus alemán, conservador, reaccionario y prefascista de Carl Schmitt, Oswald Spengler o Moeller van der Bruck: está aquí al servicio de la emancipación de las clases oprimidas. Su preocupación no es el “ocaso” de las élites, o de la nación, sino las amenazas que pesan sobre la humanidad por el progreso técnico y económico promovido por el capitalismo.

Nada le parece más irrisorio a Benjamin que el optimismo de los partidos burgueses y de la socialdemocracia cuyo programa político no es más que un “mal poema de primavera“. En contra de “este optimismo sin conciencia“, “optimismo de aficionados“, inspirado por la ideología del progreso lineal, descubre en el pesimismo un punto de convergencia efectivo entre surrealismo y comunismo.8 Cabe decir que no se trata de un sentimiento contemplativo, sino de un pesimismo activo, “organizado”, práctico, totalmente dirigido hacia el objetivo de impedir, por cualquier medio posible, el advenimiento de lo peor.

Podríamos preguntarnos a qué se puede referir el concepto de pesimismo aplicado a los comunistas. Su doctrina, que en 1928 celebra los triunfos del socialismo en la URSS y la inminente caída del capitalismo, ¿no es acaso un hermoso ejemplo de ilusión optimista? En realidad, Benjamin tomó prestado el concepto de “organización del pesimismo” de una obra que califica de excelente: La Revolución y los Intelectuales (1928) del marxista Pierre Naville. Surrealista al principio, recién afiliado al comunismo -aunque pronto prefirió la oposición trotskista-, Naville consideraba al pesimismo como “la fuente del método revolucionario de Marx” y la única forma de “escapar a las nulidades y contrariedades de una época de término medio“, Se propone, por lo tanto, “organizar el pesimismo; la organización del pesimismo es la única consigna que interrumpe el debilitamiento“.9 En el ensayo de Benjamin sobre el surrealismo, este punto de vista, resuelto a contracorriente, se manifiesta de forma muy aguda en su concepción del porvenir europeo:

Pesimismo sobre toda la línea, sí, desde luego y totalmente. Desconfianza en el destino de la literatura, desconfianza en el destino de la libertad, desconfianza en el destino del hombre europeo, pero, sobre todo, tres veces desconfianza frente a cualquier acomodamiento: entre clases, entre pueblo, entre individuos. Y, nada más, confianza ilimitada en el I. G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe. 10

Esta visión crítica permite a Benjamin percibir intuitivamente, pero con extraña agudeza, lo que esperaba a Europa, las catástrofes perfectamente resumidas en la irónica oración sobre “la confianza ilimitada”. Claro, ni él ni el más pesimista podía prever las destrucciones que la Luftwaffe iba a infringir a ciudades y poblaciones civiles europeas y tampoco que la I. G. Farben, poco menos de doce años después, iba a ilustrarse con la fabricación del gas Zyklon B usado para “racionalizar” el genocidio, que sus fábricas iban a emplear, por centenas de miles, mano de obra presa en los campos de concentración. Sin embargo, Benjamin fue el único, entre los pensadores y dirigentes marxistas, en tener la premonición de todos los desastres que podía parir la civilización industrial/burguesa en crisis.11

El pesimismo de Benjamin se expresa, como en Blanqui o Péguy, en una especie de “melancolía revolucionaria” que traduce un sentimiento de la recurrencia al desastre, el temor de un eterno regreso de las derrotas.12

¿Cómo lograr conciliar su compromiso con la causa de los oprimidos? La opción “proletaria” de Benjamin no es, para nada, inspirada en cualquier optimismo en el comportamiento de las “masas” o en una confianza en un brillante porvenir del socialismo. Es esencialmente una apuesta -en el sentido de Pascal– o una apuesta sobre la posibilidad de la lucha emancipadora.

El artículo de 1929 testimonia su interés por el surrealismo, lo percibe como una manifestación moderna del romanticismo revolucionario. Tal vez, podríamos definir la reflexión común a Benjamin y André Breton como una forma de “marxismo gótico“, distinto de la versión dominante con tendencia metafísica y contaminada por la ideología evolucionista del progreso.13 El adjetivo “gótico” tiene que ser entendido en su aceptación romántica: la fascinación por el encantamiento y lo maravilloso, así como por los aspectos “embrujados” de las sociedades y culturas premodernas. La novela “negra” inglesa del siglo XVIII y algunos románticos alemanes del XIX hacen referencias “góticas” que se encuentran en el corazón de la obra de Breton y Benjamin.

Común a los dos, el marxismo gótico sería, por lo tanto, un materialismo histórico, sensible a la dimensión mágica de las culturas del pasado, al momento “negro-trágico” de la rebeldía, a la iluminación que desgarra, como relámpago, el cielo de la acción revolucionaria. También, hay que entender “gótico” en el sentido literal de referencia positiva a ciertos momentos claves de la cultura profana medieval: tampoco es casualidad que Breton y Benjamin admiren el amor cortés de la Edad Media provenzal que representa, según el punto de vista de este último, una de las más puras manifestaciones de iluminación profana.14

Durante un breve periodo “experimental“, entre 1933 y 1935, época del segundo plan quinquenal, algunos textos marxistas de Benjamin parecen cercanos al “productivismo” soviético, y de una adhesión poco crítica a las promesas del progreso tecnológico.15 Sin embargo, como lo atestigua el artículo sobre Bachofen en 1935, aun, durante estos años, no había perdido totalmente su interés en la problemática romántica. De hecho, el pensamiento de Benjamin en este periodo es bastante contradictorio. Pasa a veces de un extremo a otro, incluso en un mismo texto, como en el célebre ensayo sobre la obra de arte. En estos escritos se encuentra tanto el elemento permanente de su reflexión marxista -la preocupación materialista- como una tendencia “experimental” a llevar algunos razonamientos hasta sus últimas consecuencias.

 Parece estar atraído por una tendencia soviética de la ideología del progreso, incluso aunque tenga que ser reinterpretada a su manera. Algunas lecturas marxistas de la obra de Benjamin van a privilegiar precisamente los textos más cercanos al materialismo histórico “clásico“, incluyendo los ortodoxos. Los ensayos de 1925 a 1933 y, más tarde, de 1936 a 1940 son también marxistas, pero pertenecen a una variante original y “heterodoxa” del materialismo histórico, nutrida de una cultura romántica en conflicto con los cánones dominantes en el pensamiento de la izquierda (Segunda Internacional y Tercera Internacional).

El final de esta tentativa de acercamiento al marxismo soviético parece coincidir con los procesos de Moscú de 1936 que Benjamin recibió con perplejidad. En el transcurso de los años 1937-40 se vuelve más crítico de la política soviética. En sus Tesis de 1940 hay un ajuste de cuentas con el marxismo de factura estalinista. A partir de 1936 se cierra esa manera de paréntesis. Cada vez más, Benjamin reintegrará el momento romántico a su crítica marxista sui generis de las formas capitalistas de la alienación/enajenación.

Por ejemplo, en sus escritos de los años 1936-38 sobre Baudelaire retoma la idea típicamente romántica -sugerida en un ensayo de 1930 sobre E. T. A. Hoffmann-16 de la oposición radical entre la vida y el autómata, en el contexto de un análisis de inspiración marxista de la transformación del proletario en autómata: los movimientos repetitivos, vacíos de sentido y mecánicos de los trabajadores sujetados a la máquina -aquí Benjamin se refiere directamente a algunos pasajes de El Capital de Marx son similares a las actitudes de autómatas que tienen los transeúntes en las masas descritas por Poe y Hoffmann: ambos, víctimas de la civilización urbana e industrial, ya no conocen la experiencia auténtica (Erfahrung) -fundada en la memoria de una tradición cultural e histórica- sino sólo lo vivido inmediato (Erlebnis), y en particular el Chockerlebnis que provoca en ellos un comportamiento reactivo de autómatas “que han liquidado por completo su memoria“.17

La protesta romántica en contra de la modernidad capitalista siempre se hace en nombre de un pasado idealizado, real o mítico. ¿Cuál es el pasado que sirve de referencia al marxista Walter Benjamin en su crítica de la civilización burguesa y de las ilusiones del progreso? Si en los escritos teológicos de su juventud menciona a menudo un paraíso perdido, en los años treinta el comunismo primitivo toma este lugar como en Marx y Engels, lectores atentos de la antropología romántica de Maurer y Bachofen y de los trabajos de Morgan.

La reseña sobre Bachofen, escrita por Benjamin en 1935, es una de las claves más importantes para entender su método de construcción de una nueva filosofía de la historia a partir del marxismo y el romanticismo. Escribe que la obra de Bachofen, la cual se alimenta en las fuentes románticas, ha fascinado a marxistas y anarquistas (como Elisée Reclus) por su “evocación de una sociedad comunista en el alba de la historia“. Benjamin refuta las interpretaciones conservadoras (Klages) y fascistas (Bäumler). Subraya que Bachofen “había buscado en una profundidad inexplorada los orígenes que, a través de los tiempos, alimentaron el ideal libertario del cual se reclamaba Reclus“·. También llamaron el interés de Engels y Paul Lafargue los tratados de Bachofen sobre las sociedades matriarcales en las cuales hubiera existido un alto nivel de democracia e igualdad cívica, así como formas de comunismo primitivo que implicaban un verdadero “trastorno del concepto de autoridad“.18

En los ensayos sobre Baudelaire están esbozadas ideas análogas: Benjamin interpreta “la vida anterior”, evocada por el poeta, como una referencia a una edad primitiva y edénica donde aún existía una experiencia auténtica y donde las ceremonias de culto y las festividades permitían la fusión del pasado individual y el pasado colectivo. Por lo tanto, el Erfahrung nutre el juego de correspondencias en Baudelaire e inspira su rechazo de la catástrofe moderna: “Lo esencial es que las correspondencias contienen una concepción de la experiencia que deja sitio a elementos culturales“. 

Baudelaire tuvo que apropiarse de estos elementos para poder dar la medida de lo que significaba en realidad la catástrofe, de la cual él mismo, como hombre moderno, era testigo. Estos “elementos culturales” remiten a un pasado lejano, análogo a las sociedades estudiadas por Bachofen: “Las ‘Correspondencias’ son las bases de la rememoración: no las bases de la historia sino de la prehistoria. Lo que hace la magnitud y la importancia de los días de fiesta, es permitir el encuentro con una ‘vida anterior’ “. Rolf Tiedemann observa muy pertinentemente que, para Benjamin: “La idea de las correspondencias es la utopía por la cual un paraíso perdido aparece proyectado en el porvenir”. 19

En los diferentes textos de los años 1936-40 Benjamin particularmente va a desarrollar su visión del marxismo, apartándose de manera cada vez más radical de “las ilusiones del progreso“, tan hegemónicas en el seno del pensamiento de izquierda alemán y europeo. En un largo ensayo publicado en 1937 en Zeitschrift für Sozialforschung, la revista de la Escuela de Frankfurt (ya desde el exilio en Estados Unidos), consagrado a la obra del historiador y coleccionista Eduard Fuchs, ataca al marxismo socialdemócrata, mezcla de positivismo, evolucionismo darwiniano y de culto al progreso: “En el desarrollo de la técnica, nada más supo discernir los progresos de las ciencias de la naturaleza y no los retrocesos de la sociedad […]. Más allá de este umbral, las energías que la técnica desarrolló son destructivas. Alimentan, principalmente, la técnica de la guerra y su periodística preparación”.

Entre los ejemplos más patentes de este positivismo de corto alcance, cita al socialista italiano Enrico Ferri quien quería reducir “no solamente los principios sino también la táctica de la socialdemocracia a las leyes de la naturaleza” y quien atribuía las tendencias anarquistas dentro del movimiento obrero “a la falta de conocimientos en geología y en biología”.20

El objetivo de Benjamin consiste en profundizar y radicalizar la oposición entre el marxismo y las filosofías burguesas de la historia, agudizar su potencial revolucionario y acrecentar su contenido crítico. Con esta intención define de forma radical la ambición del proyecto de Pasajes Parisinos: “también se puede considerar metodológicamente, como meta proseguida en este trabajo, la posibilidad de un materialismo histórico que hubiera aniquilado en sí mismo la idea de progreso. Es justamente en la oposición a las costumbres del pensamiento burgués donde el materialismo histórico encuentra sus fuentes”.21 Tal programa no implicaba cualquier “revisionismo“, más bien, en la forma que Karl Korsch lo había intentado hacer en su propio libro -una de las principales referencias de Benjamin– era un regreso a Marx.

Benjamin era consciente que esta lectura del marxismo hundía sus raíces en la crítica romántica de la civilización industrial: pero tenía el convencimiento que Marx, también, había hallado su inspiración en esta fuente. Encuentra un apoyo a esta interpretación herética de los orígenes del marxismo en el Karl Marx (1938) de Korsch. Muy precisamente, y no sin recordar a Maistre y Bonald, Korsch dice: “así, también hay una parte de ‘desilusión’ en la teoría del movimiento obrero moderno que, después de la gran Revolución francesa, fue proclamada por los primeros teóricos de la contrarrevolución y después por los románticos alemanes y que, gracias a Hegel, tuvo una fuerte influencia sobre Marx”.22

Es evidente que el marxismo de Benjamin, en particular a partir de los años 1936-37, tenía poco en común con el diamat soviético que Stalin iba a decodificar en un capítulo de la muy oficial Historia del PC bolchevique de la URSS. Señala esta disidencia la elección de Karl Korsch como referente filosófico, un marxista heterodoxo -cercano a la corriente “consejista”- excluido del PC Alemán en los años veinte y radicalmente opuesto a los cánones teóricos, tanto de la socialdemocracia como del comunismo estalinista.

El interés por Trotsky es otro ejemplo de su autonomía en relación con el estalinismo, no necesariamente ligada a la cuestión del romanticismo. En una carta dirigida a Gretel Adorno (1932) escribía sobre la autobiografía del fundador del Ejército Rojo. “En muchos años, no había leído nada que tuviera “tal tensión a dejar patitieso“. Jean Selz, quien lo conociera en Ibiza en 1932 testimonió que era partidario “de un marxismo abiertamente antiestalinista; manifestaba una gran admiración por Trotsky“.23 En el transcurso de los años 1933-35 parece adherir de manera poco crítica al modelo soviético -quizá como reacción al triunfo del fascismo hitleriano en Alemania-en los procesos de Moscú manifiesta sobre todo perplejidad (“no comprendo nada de una cosa“, escribió a Horkheimer el 31 de agosto de 1936 24), Ya partir de 1937-38 toma claramente distancia con la forma estalinista del comunismo.

Una nota de este periodo sobre Brecht atestigua esta evolución, en parte bajo la influencia de Heinrich Blücher (el esposo de Hannah Arendt), partidario de la oposición comunista alemana dirigida por H. Brandler.25 Trata de “las prácticas de la Guépéou“, “forma de comportamiento que comparten los elementos más despojados de escrúpulos del Nacional-socialismo con los peores miembros del Partido Comunista“. Aunque Benjamin cuestiona su propio comentario sobre Brecht, ya que lo califica de “piadosa falsificación“,26 critica a Brecht porque, en algunos poemas del Manual para habitantes de las ciudades había “transfigurado poéticamente los peligrosos extravíos (llenos de consecuencias) por donde la Guépéou llevaba al movimiento obrero“.

A pesar de la crítica despiadada que no duda en comparar las prácticas de la policía estalinista con las de los nazis, le queda una última esperanza: que la URSS se mantenga aliada con los antifascistas. En una carta fechada el 3 de agosto de 1938, dirigida a Max Horkheimer, manifiesta “con muchas reservas“, la esperanza, “por lo menos por el momento” que es posible tener en el régimen soviético, al cual describe, sin disfraz, como una “dictadura personal con todo su terror” y “el vínculo de nuestros intereses en una guerra futura“. Agrega que se trata de un vínculo que “cuesta el precio más alto que uno pueda imaginarse, debido a que hay que pagarlo con sacrificios que desgastan, sobre todo, los intereses que no son cercanos como productores“, expresión que, seguramente, se refiere a la emancipación de los trabajadores y al socialismo. 27

El pacto Molotov-Ribbentrop va a perjudicar esta última ilusión. Bajo este enfoque, en 1940, Benjamin redacta su testamento filosófico, su último escrito: la tesis Sobre el concepto de la Historia. Este texto capital contiene, seguramente, la formulación más radical de su interpretación antievolucionista del materialismo histórico y de su crítica de la ideología del progreso lineal.

Es imposible, en el contexto de este artículo, analizar en detalle este documento denso y a menudo enigmático. 28 Nada más recordemos en la tesis IX la célebre alegoría del ángel de la historia; el progreso es la tempestad que sopla desde el paraíso, responsable de una “catástrofe sin tregua” y de un amontonamiento de ruinas que sube hasta el cielo. Esta tempestad evoca, probablemente, el pecado y la expulsión del jardín del Edén.

En estos términos lo interpretaron Adorno y Horkheimer en un pasaje de la Dialéctica del Iluminismo que retoma la imagen y la idea de Benjamin ¡sin citarlo!: “el ángel con espada en llamas, que corrió del paraíso a los seres humanos hacia el camino del progreso técnico es, en sí mismo, la imagen sensible de este progreso”.29 ¿Cuál es el equivalente profano de este paraíso perdido del cual el progreso nos aleja cada vez más? Varios indicios sugieren que, para Benjamin, se trata de la sociedad primitiva sin clases.

 En el artículo ya mencionado sobre Bachofen (1935) evoca, en cuanto a las comunidades matriarcales antiguas, “una sociedad comunista en el alba de la historia“, profundamente democrática e igualitaria. Y en el ensayo París capital del siglo XIX regresa sobre esta idea: las experiencias de la sociedad sin clases de la prehistoria, depositadas en el inconsciente colectivo, “en relación recíproca con lo nuevo, dan luz a la utopía“.30 Estamos en el centro de la dialéctica romántica entre el pasado y el porvenir, que participa con Walter Benjamin de la invención de un marxismo de la melancolía."                   (Michael Löwy  , Sin Permiso, 27/09/2020)

28/7/20

Francisco Frutos, in memoriam




"Un luchador por las libertades, pero de los de verdad.

La primera sorpresa fue que un buen día, Paco Frutos, un luchador por las libertades, pero de los de verdad, no de los que llevan pajarita amarillo, me escribió para decirme que me leía y me seguía. La segunda fue cuando me dijo que, cuando fuera a Madrid a presentar mi libro, trataría de ir, ya que estaría en la capital por razones médicas.

Finalmente, el mismo día de la presentación, me escribió para decirme que seguía un tratamiento contra el cáncer, y ese día llegaba tarde, así que no podría venir.

Pero ... se apresuró, tomó un taxi y tuvo tiempo de presentarse a la librería Blanquerna, creo que con el acto ya comenzado. No nos habíamos visto nunca, y al final se acercó para saludarme, presentarse y animarme a persistir. Una mierda de cáncer no podía impedirle venir, a un hombre que se había jugado la piel por los trabajadores unas cuantas veces.

Ayer Paco se murió, y los derechos sociales de todo el mundo salen perdiendo." (Albert Soler, Diari de Girona, 27/07/20)

"Sin duda alguna, el que, en sus años jóvenes fue conocido como “el “pagés” del PCE”, fue el dirigente comunista español de los últimos tiempos más respetado por la mayor parte de la sociedad española.

Lo merecía sobradamente. Solamente la brutal enfermedad que acabó con su vida este domingo, 26 de julio, acalló la voz de Paco Frutos, contra lo que denominó “nazionalsecesionismo” y contra la falsa izquierda que, alejada por completo del internacionalismo, se convirtió en “palanganera” del nacionalismo supremacista catalán, como no cesó de repetir una y otra vez.

Hasta el final de su vida, Paco Frutos fue el ejemplo más acabado de la firmeza de convicciones, coherencia ideológica y política y austeridad en su vida personal. Unos rasgos de su personalidad que dejan en evidencia el oportunismo, el autobombo y el síndrome que siempre denunció Lenin, la enfermedad infantil de la que es expresión cabal la izquierda líquida instalada en la Moncloa con el apoyo de los secesionistas de toda laya con los que trata de dinamitar el legado de la Transición a la que él contribuyó decisivamente, desde su ingreso, en 1963, en el PSUC, del que fue secretario general en 1981.

Y, a pesar de haber sido Secretario General del PCE de 1998 a 2009, esa firmeza de convicciones y coherencia le llevó a abandonar, hace ya varios años, las filas del que durante tanto tiempo fue conocido como “el Partido”, precisamente por el apoyo de sus últimas direcciones al secesionismo y al podemismo. No fue para él una decisión fácil, sino realmente desgarradora, después de más de cincuenta años de militancia, pasar a engrosar la amplísima lista de “comunistas sin carnet”. Desde entonces, se propuso hacer llegar a la sociedad española otra voz comunista que ni falsificara al marxismo y la Historia, ni renegara del internacionalismo que caracterizó siempre a la izquierda, ni tirara por la borda la Constitución de 1978 en la que se plasmó, de modo no suficientemente reconocido, la política de “reconciliación nacional” aprobada por el PCE en 1956,

Y lo hizo, con el mismo brío que imprimió a su vida política, a través del blog personal que creó en 2009, con escritos que fue reproduciendo en sus páginas cada semana Crónica Popular, a cuyo Consejo Editorial perteneció desde hace muchos años. Un inabarcable trabajo político desarrollado durante la última década y que reunió en tres voluminosos tomos, el primero de los cuales tuve el honor de presentar en el CAUM el pasado 13 de diciembre.

Leí todos sus artículos de cabo a rabo, cada semana, para editarlos. Leyéndolos, aprendí a raudales. Y, tengo que decirlo, fueron para mí una gratificante, impagable y auténtica sorpresa. Paco era introvertido y parco, muy parco de palabras. Pero, siendo así, dio rienda suelta a las reflexiones que la situación española e internacional le suscitaban, tecleando cada día en su ordenador y escribiendo con una soltura y fluidez envidiables, artículos vibrantes, directos y claros, que encajan perfectamente en la mejor tradición del Periodismo político español.

Con el conjunto de sus escritos, Paco Frutos dio nuevamente una lección de coherencia política. No le tembló el pulso para reconocer en ellos los errores en los que incurrió en su dilatada vida política, algo realmente inusual en un país manejado hoy con los criterios del más burdo marketing político en cuyo marco los desaciertos se venden como triunfos dignos de prolongados aplausos de una clá bien pagada.

No cejó nunca en su denuncia de los nacionalismos, dedicando su más acerva crítica al secesionismo catalán, porque, para él, “en nuestra ideología, salvo que ésta sufra una degradación irreversible, los nacionalismos y racismos no pueden tener ningún papel, ni los viejos, ni los nuevos que, amparándose en cuentos e historietas sobre razas e identidades ancestrales superiores, conducen siempre a enfrentamientos violentos y a la liquidación de la lucha de clases como verdadero motor de la historia. Consecuentemente con lo dicho, continuaré desenmascarando a los embusteros, vividores y cantamañanas de la historia”.

Y no dudó tampoco en expresar abiertamente sus críticas al podemismo, sin que, el chantaje de que tales críticas pudieran ser “aprovechadas por el enemigo”, le hicieran bajar la cerviz y silenciar sus denuncias: “Iglesias salta como un zascandil de un lado a otro desde el principio del nacimiento de Podemos, con episodios que, puestos uno detrás del otro, parecen las notas de un acordeón desafinado, por contradictorios. En el corto espacio de cuatro años, la organización que nació, según sus creadores, para combatir y acabar con la casta política, acaba actuando como la casta más degradada democrática y políticamente en menos tiempo, pudiendo competir con la que venían a superar”.

Frente a los intentos golpistas del secesionismo y a los delirios demagógicos del podemismo y de sus aliados, en muchos de sus escritos propugnó la necesidad de una izquierda que no renunciara a serlo, tal como se afirmó en un Manifiesto presentado en el Ateneo de Madrid años atrás: “No puede haber otra alternativa que la de construir una opción de izquierdas en toda España, una opción plural, unida, coordinada y libremente disciplinada en torno a unos valores y principios. Una propuesta que haga confluir realmente a todas las personas y grupos que siendo comunistas y/o de izquierdas, se sienten, nos sentimos, huérfanos de organización, teniendo claros los objetivos a los que deseamos llegar, por difíciles que sean. En Madrid, en Catalunya y en otros sitios se está trabajando en ello. Es necesario unir y coordinar los esfuerzos, sin precipitaciones y sin pausas”. Era consciente de que el empeño no era sencillo pero no por ello dejó de impulsarlo.

En una especie de homenaje, hoy los medios de comunicación españoles recordaron sus palabras en la manifestación unitaria organizada en Barcelona por Sociedad Civil Catalana el 29 de octubre de 2017: “Los nacionalismos destrozan el mundo, destrozan el corazón: los grandes nacionalismos y también los pequeños. Yo os hablo en nombre de personas, de grupos, de organizaciones de la izquierda plural y no nacionalista. Suponiendo, permitidme la ironía, que exista la izquierda nacionalista Y además, haciendo un reproche a esta izquierda cómplice, que dice que no es nacionalista pero que se va detrás de los nacionalistas, que les baila el agua”.

Sus palabras entonces, fueron un auténtico aldabonazo. Y lo siguen siendo hoy. Toda una lección de coherencia ideológica y de valentía política. Unas cualidades, desgraciadamente, extrañas y escasas y en peligro de extinción en estos convulsos momentos, pero que siempre caracterizaron a Paco Frutos, un comunista de una sola pieza." (Rodrigo Vázquez de Prada y Grande. Director de Crónica Popular, 27/07/20)

Francisco Frutos / Partido Comunista de España (fuente: Wikipedia)]

Enlace a la etiqueta “Franscisco Frutos Gras” de la Asamblea Social de la Izquierda de Cataluña

"Muere a los 80 años Paco Frutos, ex secretario general del PCE y exlíder de IU. Fue diputado en el Congreso desde 1993 hasta las elecciones de 2004.

 Francisco Frutos ha muerto este domingo en Madrid a los 80 años de edad víctima de un cáncer. Había sido secretario general del PSUC y del PCE y coordinador general de Izquierda Unida. Una de sus últimas intervenciones públicas se produjo el 29 de octubre de 2017 cuando intervino como orador en el acto contra la independencia de Cataluña organizado en Barcelona por Societat Civil Catalana. Ya antes, en 2014, había firmado un manifiesto contrario al proceso independentista.

Fernando Claudín sostenía la tesis de que una vez alguien se cae de la dirigencia de un partido comunista, no hay vuelta atrás. Nunca tuvo presente que el PSUC era diferente. De ahí que, cuando Paco Frutos dejó en 1982 la secretaría general del partido, tras haber sustituido a Antoni Gutiérrez Díaz, a quien él mismo había relevado un año antes, el puesto fuera de nuevo ocupado por su antecesor. Eran tiempos convulsos para los comunistas catalanes. Aquel mismo año el partido se dividiría en dos al formarse el Partit dels Comunistes de Catalunya. Frutos se encontró con la crisis que venía de lejos y no pudo capearla. Una vez realizada la sucesión en la secretaría del Partido dejó su Cataluña natal para instalarse en Madrid.

A partir de ese momento colaboró activamente con el PCE e Izquierda Unida, tanto con Gerardo Iglesias como con Julio Anguita. Entre 1982 y 1986 trabajó de forma denodada a favor de la celebración de un referéndum contra la entrada de España en la OTAN, promovida por el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, y una vez convocada la consulta, a favor de la salida de España de la organización militar.

Frutos, nacido en Calella en 1939, empezó muy pronto la militancia política. Ingresó en el PSUC en 1963 y pronto colaboró en la creación del sindicato Comisiones Obreras, desde su trabajo en la empresa SAFA, en Blanes, de donde sería despedido. Durante los primeros años de la transición, una de las visitas que más le satisfacían era la de la vieja fábrica, donde aprovechaba para recordar la aportación de los comunistas a la democracia.

Hombre tenaz en lo personal y de fuertes convicciones, además de una honestidad impecable, pasó por la política demostrando la absoluta falsedad de que todos los políticos ocupan el cargo para servirse de él. Al contrario, en su historial de militancia y de dirigente del PSUC, del PCE y de Izquierda Unida no hay una sola mancha.

Fue el primero de los dirigentes de Izquierda Unida, en cuya secretaría general había sustituido a Julio Anguita cuando este empezó a tener problemas de corazón, que defendió la unidad de la izquierda, lo que le llevó a firmar un pacto con el entonces secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, en el año 2000. Los resultados de las urnas no ratificaron sus expectativas y la federación izquierdista sufrió un considerable batacazo. Poco después abandonaría el escaño y en 2009 fue sustituido al frente de la formación por Gaspar Llamazares. En ese momento inició un distanciamiento de IU y del PCE, sin llegar a romper los lazos, especialmente cuando Cayo Lara asumió la dirección.

Al iniciarse el proceso independentista en Cataluña, Paco Frutos se alineó decididamente en contra, promoviendo la unidad de la izquierda y afiliándose a Federalistes d’Esquerres. Posteriormente participó en cualquier iniciativa que supusiera hacer frente al secesionismo y, especialmente, que promoviera la unidad de las fuerzas de izquierda.

En el último año, cuando la enfermedad empezó a morder seriamente en su vida cotidiana, se centró mucho en su familia. Recientemente había sido bisabuelo, lo que le había producido una fuerte emoción y orgullo."                    (Francesc Arroyo, El País, 26/07/20)

9/2/15

En los 80, Reagan ordenó un ataque simulado con armas nucleares contra los rusos, sin previo aviso... estamos vivos de milagro

"(...) -Se le ve sonriente. ¿Todavía encuentra razones para ser optimista?

-Bueno, algunas hay. Aunque no faltan tampoco para ser pesimista. La Humanidad tendrá que decidir, y no a largo plazo, si quiere sobrevivir u olvidar dos enormes e inminentes amenazas: una es las catástrofes medioambientales, la otra es la guerra nuclear. 

El Boletín de los Científicos Atómicos, que ha sido el principal monitor de cuestiones nucleares y estratégicas durante muchos años, publica un famoso reloj del “Juicio Final”. 

Determina la distancia a la que las manecillas del reloj deberían estar de la medianoche. Y acaban de adelantarlo a tres minutos del final. Es lo más cerca que hemos estado desde la Crisis de los Misiles de Cuba. La amenaza nuclear sigue aumentando; siempre ha sido significativa, y es casi un milagro que escapáramos de ella. 

En este momento, EEUU está dedicando un billón de dólares a modernizar y poner al día su arsenal nuclear. El Tratado de No Proliferación Nuclear nos obliga a comprometernos a eliminar estas armas, a mostrar signos de querer eliminarlas. No hay nada de eso. Rusia sigue su carrera, y algunas potencias menores también.

-Pero casi nadie habla de ello.

-No se habla mucho, salvo algunos analistas estratégicos, expertos económicos y otra gente preocupada por estas cuestiones. Pero hay amenazas muy serias. Una es el conflicto en Ucrania. Uno confía en que las potencias se frenarán, pero viendo los antecedentes no es en absoluto seguro. 

Sólo un ejemplo: a principios de los años 80, la Administración Reagan decidió sondear las defensas rusas. Así que simularon ataques por tierra y aire, incluyendo armas nucleares. No dijeron a los rusos lo que estaban haciendo porque querían provocar no un simulacro sino una alerta real. Fue un momento de extrema tensión. 

 Reagan acababa de anunciar iniciativas estratégicas de defensa como la guerra de las galaxias, pero los analistas de ambos bandos lo interpretaron como un arma de primer ataque. No es un misil defensivo, si en algún momento llega a funcionar, sino una garantía para lanzar el primer ataque.

 Ahora, conforme los archivos rusos se han ido haciendo públicos, la Inteligencia de EEUU ha reconocido que la amenaza fue extremadamente seria. De hecho, un informe reciente asegura que casi estalla la guerra.

-Así que estamos vivos de milagro.

-Vuelvo a su pregunta inicial… ¿Optimismo? Es siempre la misma historia. Siempre, no importa cómo juzgues lo que está pasando en el mundo, tienes, básicamente, dos opciones. Puedes decidir ser pesimista, decir que no hay esperanza y abandonar todo esfuerzo, en cuyo caso contribuyes a asegurar que suceda lo peor.

 O puedes agarrarte a cualquier esperanza –siempre hay alguna– e intentar hacer lo que puedas –y quizás así seas capaz de evitar un desastre, o incluso, de abrir el camino a un mundo mejor.  (...)"     (Entrevista a Noam Chomsky, Miguel Mora , Ctxt, en Rebelión, 09/02/2015)

29/4/13

El fatalismo político

"Pues bien, en el contexto social y relacionado con la percepción o la ausencia de control, se encuentra el "fatalismo", que fue un término inicialmente acuñado por Martín Baró (1987), para hacer referencia al tipo de relación que se establece entre las personas y un entorno que perciben como incontrolable. 

En cierto sentido, este concepto de fatalismo entronca con el concepto de indefensión aprendida (IA), anteriormente descrito.

No obstante, según el propio Martín Baró, la indefensión que se experimenta a nivel social no constituye solamente una consecuencia tanto de discursos o prácticas de socialización que fomentan la inacción política sino que, más bien, tanto la indefensión como el fatalismo subsecuente a la misma, serían el resultado de una experiencia reiterada de fracaso en los esfuerzos dirigidos a controlar el entorno.

Según De la Corte, Blanco y Sabucedo, en sus trabajos en el área de la Psicología Política, el fatalismo sería, por tanto, una actitud que tendría un enorme poder a la hora de favorecer la desmovilización política y, por tanto, para el mantenimiento de la situación actual o statu quo.

Así, los factores claves que definen el fatalismo, según ellos, serían: en primer lugar, el conformismo y la sumisión; en segundo lugar, una tendencia a no realizar esfuerzos y a mostrarse pasivo y, en tercer lugar, una excesiva focalización en el presente a la que denominan presentismo. 

Este último implicaría, además, una falta de memoria del pasado y una ausencia de planificación del futuro. El fatalismo sería además, una actitud que vendría acompañada de una sensación de que todo va a seguir igual.

Por este motivo, una vez constatado el fatalismo en un sector de la población más o menos amplio, la labor de los movimientos sociales y, por ende, de los partidos políticos, mediante sus propuestas y conductas, sería la de romper el círculo vicioso que refuerza estas creencias en los individuos. Tarea, por otro lado, difícil ya que la corrupción férreamente instalada en los dos principales partidos de nuestra arena política, dificultan el cambio de las actitudes fatalistas.

Es decir, deberían fomentar aquello que Paulo Freire llamaba "concientización" --la toma de conciencia personal en su dimensión social y política-- y que Martín Baró llamó más tarde "empoderamiento", el cual consistía en devolver a los ciudadanos la creencia de que sus acciones podrían modificar la realidad social.

 Un ejemplo práctico sería adoptar iniciativas concretas para devolver la voz a la ciudadanía, a través de procesos consultivos más democráticos (referéndum).   (...)

A lo largo del tiempo la indefensión aprendida se ha denominado de distintas maneras: desesperanza, indefensión e incluso pereza aprendida, arrojando esta última una sombra de culpa sobre la víctima. Hoy el término indefensión está en boca de todo el mundo relacionado con las consecuencias más duras de la crisis económica: desempleo, desahucios y pobreza. 

También con los efectos de las políticas adoptadas por los gobiernos para hacer frente a la crisis caracterizados por sucesivos recortes de sueldo, de prestaciones y de derechos que recaen sobre los ciudadanos que nada han tenido que ver con sus causas, y que no entienden lo que ocurre. Recortes que, al parecer, no podremos evitar por mucho que hagamos huelgas o nos manifestemos. 

Y además, se ha comenzado a castigar a muchos de los que protestan mediante detenciones poco justificadas y prisiones preventivas de dudosa compatibilidad con derechos humanos fundamentales.  (...)

Podemos inferir que, mediante el poder actual de los medios de propaganda, es factible inducir este estado depresivo en buena parte de la población, para mantenerla en la pasividad.

La indefensión aprendida se puede observar en numerosos ambientes y sociedades represivas, con poblaciones sumamente empobrecidas en contraste con el derroche y despilfarro económico ejercido por su clase dirigente. El poder lo viene haciendo históricamente de muy diversas formas, haciéndonos creer que somos los únicos culpables de nuestros males; por ejemplo en España hoy en día resulta un ejemplo familiar es el famoso mensaje "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades", (cuando la realidad era que las posibilidades, para los de abajo, más bien eran inferiores a los estándares de una vida digna) y en Argentina en tiempos pasados el mensaje "Todos somos culpables".

 No debemos caer en la trampa de pensar que “la culpa de esta crisis la tenemos nosotros”. Autores como Vicenç Navarro han señalado que ha sido precisamente la falta de recursos entre las clases populares la que ha sido causante del endeudamiento, y no al revés.

Cómo diría Susan George “España se ha convertido en una "una rata de laboratorio”. La cuestión es ¿cuánto tiempo toleraremos el castigo y la culpa sin rebelarnos? Como hemos expuesto, un elemento fundamental en el fenómeno de la indefensión aprendida es la culpa y, por tanto, el miedo. (...)

El ser humano tiene una incuestionable necesidad de justificar sus acciones, esto hace que ante los demás (y ante nosotros mismos) necesitemos sentir que somos coherentes, que guardamos equilibrio entre lo que pensamos, decimos y hacemos. 

Cuando ello no ocurre hay una tendencia o predisposición interna a disminuir la tensión, aunque sea mínima, que estas incoherencias nos puedan generar para no sentir dicha incomodidad.

Este mecanismo viene descrito en la teoría de la Disonancia Cognitiva. Dicha teoría considera además que existen pensamientos, creencias, ideas, cogniciones consonantes (es decir, coherentes o consecuentes entre sí). El ejemplo más recurrido es el del tabaco --“sé que fumar es perjudicial y no fumo”-- y cogniciones disonantes --"sé que fumar es perjudicial y sin embargo fumo"--.

Nos centramos en la disonancia o tensión generada por las situaciones de incongruencia entre actitudes y conductas, es decir, pensamos una cosa y hacemos otra.

Para reducir la disonancia entre cogniciones podemos utilizar varias opciones:
1. Cambiar uno de los dos elementos disonantes: o la actitud (“fumar no es tan malo”) o la conducta (no fumar).
2. Agregar una cognición para justificar o racionalizar la incongruencia entre las dos cogniciones. Ej. “hay fumadores que son longevos”.

Trasladando y ejemplificando dicha teoría a la práctica insertada en el contexto sociopolítico actual en España:

Primero la actitud, luego la conducta y, nuevamente, la actitud: confío en que el PP “salvará” España, creará empleo, etc. (actitud); por lo que voto al PP (conducta), con el tiempo constato el desastre de su política (disonancia) y resuelvo la tensión que me produce en una nueva actitud: "todos son iguales".

Lo expuesto explica por qué todos tendemos a justificar las conductas por una disposición o tendencia a resolver las incongruencias propias. La idea del cambio nos provoca tal incomodidad que cualquier orden existente nos hace sentir más seguros.

 El sesgo de justificación del sistema es investigado desde la psicología social, que nos deja algunos detalles reveladores acerca de la lentitud del cambio, del porqué parecen perpetuarse los problemas socio-políticos de nuestros tiempos. Según esta perspectiva, en ciertas condiciones sociales, nos resistimos al cambio social y justificamos y protegemos el sistema social existente. 

Así nos encontramos con las frases tan recurridas: todos son iguales y por tanto mi conducta no fue errónea), o no estoy de acuerdo con lo que está pasando, pero no queda más remedio (disminuye mi sensación de incomodidad porque hay causas externas que yo no puedo controlar)."       (Diagonal Global, 22/04/2013)

19/7/11

Optimistas... ¡por cojones!... "Ya, ya, sabemos que está en paro, pero con esa actitud negativa no se llega a ninguna parte. Sonría, sonría"

"Sí, sí, puede que tenga cáncer pero no interiorice lo que le está pasando como una desgracia sino como un desafío". No, no es un diálogo inventado.

Estas frases se han convertido en un lugar común y resumen la corriente de pensamiento de que la desgracia en sus variadas formas no es, en realidad, un infortunio sino un reto, y que acabar en las filas del desempleo o contraer una enfermedad grave, por ejemplo, es una oportunidad de cambiar de vida, de superación personal.

La llegada de la crisis más dura desde la Gran Depresión de 1929 ha acentuado esta teoría conocida en Estados Unidos como pensamiento positivo. Esta seudoideología casi infantil es suscrita al alimón por economistas, políticos, psicólogos, médicos y estrellas de la televisión.

Según la misma, las víctimas de la crisis no solo tienen que sufrir en silencio su desgracia sino que casi se ven obligadas a estar contentas, como ha denunciado la escritora estadounidense Barbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere (Editorial Turner, 2011), que ha resultado todo un alarido contra "la trampa del pensamiento positivo".

La autora ejemplifica este pensamiento en el acoso psicológico que sufren los parados en los seminarios de motivación y cursos de recolocación, tan de moda ahora, sobre todo tras los ajustes en las grandes empresas.

"Había gente a la que habían echado del trabajo y que se dirigía cuesta abajo y sin frenos hacia la pobreza, a la que se decía que debía ver su situación como una oportunidad digna de ser bienvenida.

También en este caso el resultado que nos prometían era una especie de cura; la persona que pensaba en positivo no solo se sentiría mejor mientras buscaba trabajo, sino que para ella ese trámite acabaría antes y más felizmente". (...)

Se trata de la ley de atracción, cuyo enunciado dice que "cualquier idea que esté en la mente se atrae hacia la vida". Obviamente, si las imágenes que te dan vueltas en la cabeza son positivas, atraparás éxito, mansiones, dinero... Así que, pase lo que pase, piensa en positivo.

El colmo de estas publicaciones es el bestseller Nos despidieron...Y es lo mejor que nos ha pasado nunca (2005) de Harvey Mackay.

"A los estadounidenses se les insta a pensar en las desgracias como oportunidades. El desempleo supuestamente ofrece la oportunidad de pasar a un trabajo mucho mejor, como sugiere el libro de Mackay.

Del mismo modo, la enfermedad ofrece una oportunidad de crecimiento personal para llegar a ser más sensibles, espirituales y evolucionados. Así que si nos fijamos en las cosas positivamente, nunca hay ninguna razón para quejarse. Y si, después de meses o años, todavía no has encontrado un puesto de trabajo -o si el cáncer ha hecho metástasis- solo tienes que trabajar más duro para ser positivo y superarlos", señala Ehrenreich, en declaraciones a este diario. 8...9

Uno de los argumentos falaces que emplean los positivistas es dividir el mundo entre los que piensan en positivo como ellos y los pesimistas depresivos. Y está claro que, puestos a elegir, es preferible vivir en una nube que sumergido en una ciénaga melancólica.

En esta división interesada se olvida que hay otra categoría de seres humanos que han contribuido mucho más que cualquier otra al progreso: los realistas. (...)

En España, en plena explosión vírica de la crisis, las cámaras de comercio y 18 de las grandes empresas y entidades financieras lanzaron el año pasado la campaña Entre todos lo arreglamos. Frente al marasmo económico trataba de animar al ciudadano de a pie con mensajes como:

"La crisis no solo está ahí fuera, también está en nuestras cabezas. Nos ha hecho perder la confianza, nos ha contagiado el pesimismo, el desánimo. Esto es lo primero que debemos arreglar, queremos recuperar la confianza. Tenemos motivos para animarnos. En esta web encontrarás muchos".

Famosos (y casi todos millonarios) como Andreu Buenafuente, Pau Gasol o Javier Mariscal, entre otros, animaban a plantar cara a la crisis a los ciudadanos, muchos de los cuales habían perdido su trabajo o temían perderlo, sufrían recortes de salario mientras se encarecían los servicios básicos y subían los impuestos.

La campaña de publicidad costó cuatro millones de euros. Hoy la web está inactiva y se da la irónica circunstancia de que alguna de las compañías que la costearon han emprendido fuertes ajustes de plantilla o han recibido ayudas públicas. (...)

telepredicadores que no solo no esconden su riqueza sino que hacen de la ostentación el centro de la "teología de la prosperidad": Dios premia con riquezas a quien tiene una actitud positiva. Oradores evangelistas como Joyce Meyer, Creflo Dollar, Benny Hinn o el matrimonio Copeland vuelan en aviones privados y han amasado fortunas con ese mensaje.

Aunque sin duda, el principal vehículo de difusión de la dictadura del optimismo son los medios de comunicación y las grandes estrellas mediáticas, como la presentadora estadounidense Oprah Winfrey, la mujer negra más rica del mundo.

"Los medios de comunicación han jugado un papel importante. Oprah, Ellen DeGeneres y otros anfitriones de talk shows han promovido todos los grandes libros de pensamiento positivo y a sus gurús.

La televisión nos trae, además, a los predicadores, cuyo mensaje es que Dios quiere que seas rico y que puedes tener lo que quieras simplemente visualizándolo", responde la autora de Sonríe o muere.

Como ella, muchos dudan de que esta ideología sea una muestra de ingenuidad y ven en ella una excusa ideal utilizada por los que causaron la crisis para exonerarse de cualquier culpa y lanzarla sobre los hombros de quienes sufren sus consecuencias.

Como dice Ehrenreich: "El pensamiento positivo es en realidad un brillante método de control social, ya que anima a la gente a pensar que no hay nada malo en el sistema (la economía, la contaminación ambiental). Y que lo que está mal tiene que ver con usted, con la actitud personal de cada uno". (...)

En el lenguaje de lo positivo una enfermedad grave es también un reto, porque nos ofrece una ocasión inmejorable de demostrar nuestro afán de superación. Así que el enfermo no solo no debe quejarse sino casi dar la bienvenida a la enfermedad, porque le va dar la oportunidad de dar un giro en su vida. (...)

Esta teoría está tan extendida que se ha convertido casi en un dogma irrefutable. Así que los enfermos, como "luchadores", no tienen derecho a estar tristes ni a deprimirse.

Para cercarlos aún más, los medios siempre están haciendo hincapié en los estudios que pretenden demostrar que ser positivo da salud y aumenta la longevidad, mientras que restan importancia a los que demuestran que no tiene ningún efecto en absoluto, denuncia Ehrenreich.

Lamentablemente, esas teorías tienen tanta credibilidad como los productos mágicos de la teletienda, como señala Maria Die Trill, responsable de la Unidad de Psico-Oncología del Hospital Gregorio Marañón. "Ninguna investigación ha podido demostrar que la actitud o las emociones influyan en la progresión del cáncer. Es un mito".

Die Trill asegura que cuando reciben a los pacientes a los que acaban de diagnosticar un cáncer les tiene que hacer una "especie de desintoxicación" porque su médico y la gente de su entorno les han dicho que tienen que estar contentos para superar la enfermedad.

"Y como realmente no pueden estarlo, porque el cáncer es, en realidad, una situación de duelo, se sienten culpables. Por lo que, además de sufrir los efectos de la enfermedad y su tratamiento, tienen una sobrecarga anímica, la necesidad de estar optimistas y reírse aunque se estén enfrentando a la muerte". (El País, ed. Galicia, 17/07/2011, p. 32/3)

22/5/10

¿Un Dalai Lama marxista? Cousas veredes...

(traductor gallego-español)

"O Dalai Lama afirmou que, a pesar de acreditar nos beneficios que o capitalismo trouxo a China, o país comunista que o exiliou, segue a se considerar a si mesmo marxista. "O marxismo ten principios morais, mentres que o capitalismo só procura como facer beneficios", sinalou o líder espiritual tibetano nunha das conferencias que está a dar esta semana en Nova York.

Por outra banda, segundo informan os medios estadounidenses, os discursos do Dalai Lama estiveron tinguidos dun espírito optimista en xeral. Así, por exemplo, afirmou que cría que o mundo se estaba a converter pouco a pouco nun lugar máis amábel e unido.

Os movementos contrarios as guerras, os esforzos da comunidade internacional para axudar os damnificados polo terremoto de Haiti ou a elección de Barack Obama como o primeiro presidente negro nun país até hai pouco profundamente racista son "claros signos de que os seres humanos se están a tornar máis maduros", argumentou." (Vieiros, 22/05/2010)