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19/2/20

Planteamiento a favor de una diplomacia mundial en materia de salud

""Una de las características de una política exterior eficaz es que se ejecuta en segundo plano, no es ni llamativa ni especialmente visible. Los gobiernos deben adoptar urgentemente este enfoque para detener el creciente pánico mundial causado por el brote de coronavirus, mismo que ya ha matado a más de 1.300 personas e infectado a más de 63.000.

 Aunque casi todas las muertes y los casos confirmados hasta la fecha se han producido en la China continental, el virus se ha propagado a más de dos docenas de países. La Organización Mundial de la Salud declaró recientemente que el brote es una emergencia sanitaria mundial.Por el momento, reina el pánico. 

Las empresas globales de tecnología, como por ejemplo Google, Apple, Facebook y Tesla, han suspendido temporalmente sus operaciones en China y han pedido a sus empleados que trabajen desde casa. Muchas aerolíneas extranjeras, fabricantes de automóviles, cadenas de venta al por menor y de entretenimiento e instituciones financieras han tomado medidas similares. Y, en Estados Unidos, los asiático-americanos y los estudiantes de países asiáticos se enfrentan a una oleada de comentarios xenófobos sobre su comida, cultura y forma de vida.Además, muchos países se han unido a Estados Unidos para denegar temporalmente la entrada a los extranjeros que han viajado recientemente dentro de China. 

Sin embargo, destacados expertos en salud mundial sostienen que es improbable que políticas restrictivas como éstas, que suelen estar reservadas para situaciones que ponen en peligro la vida, detengan la propagación de lo que la OMS ha bautizado ahora como COVID-19.En cambio, esas medidas han avivado el pánico entre los inversores. La mayoría de las acciones chinas en las bolsas de valores  cayeron bruscamente cuando se reanudaron las operaciones tras la fiesta de Año Nuevo de este país, y algunos índices de mercado sufrieron sus mayores caídas de un solo día en más de una década. 

Debido a que China es la segunda economía más grande del mundo, estas pérdidas financieras tendrán un impacto a nivel mundial. Además, el impacto disruptivo que tiene el COVID-19 sobre los mercados laborales, los viajes, y la producción de las fábricas perjudicará a las operaciones de las empresas globales que dependen de la fuerza de fabricación y las cadenas de suministro de China.

La crisis es un recordatorio de por qué los gobiernos deben considerar la salud como un componente esencial de la política exterior. De hecho, gran parte del pánico actual podría haberse evitado si los líderes políticos hubieran ido tras el logro de una diplomacia mundial en materia de salud.

 En el pasado, los gobiernos han reconocido el papel de la salud como un instrumento crucial de la política exterior, incluso en la Declaración Ministerial de Oslo de 2007 de los ministros de relaciones exteriores de Brasil, Francia, Indonesia, Noruega, Senegal, Sudáfrica y Tailandia. Sin embargo, la aplicación de esta idea se ha tornado cada vez más difícil debido al ascenso mundial del nacionalismo de extrema derecha, que plantea a los diplomáticos el desafío de mantener relaciones amistosas con aliados demonizados por sus propios gobiernos.

Las políticas exteriores impulsivas destinadas a hacer frente a COVID-19 – como por ejemplo la prohibición de viajar y la suspensión de las actividades económicas – no sólo no están respaldadas por pruebas científicas, sino que es probable que resulten perjudiciales a largo plazo. Por el contrario, el poder blando, o la capacidad de un país para configurar las preferencias de los demás mediante la persuasión y la diplomacia, suele ser mucho más eficaz

De hecho, tres de las estrategias que probablemente resulten más eficaces para hacer frente a COVID-19 (y a futuras epidemias) requerirán que los gobiernos y otros agentes cooperen más estrechamente, establezcan una profunda confianza mutua y desarrollen plataformas que promuevan la difusión gratuita de datos científicos basados en evidencia.

Para empezar, la salud debería considerarse un bien público mundial. 

Los países que cuentan con sistemas sólidos de recopilación y difusión de investigaciones científicas deberían establecer redes de colaboración por medio de las cuales los países de ingresos bajos y medianos puedan informar y publicar información sobre brotes infecciosos. Afortunadamente, las principales revistas médicas internacionales, incluidas The Lancet y The New England Journal of Medicine, están recolectando – y publicando rápidamente – datos basados en evidencia y revisados por pares sobre las características clínicas y de salud pública de COVID-19.

 Esto es fundamental, porque el nuevo coronavirus no ha sido la única epidemia que se ha propagado a nivel mundial en las últimas semanas; también hay una epidemia de desinformación en línea, especialmente en las plataformas de redes sociales.

En segundo lugar, no se debe hacer que los países en los que se originen brotes potenciales se sientan estigmatizados. 

Es necesario que los gobiernos creen canales formales y confidenciales a través de los cuales los funcionarios puedan compartir libremente la información sobre los nuevos riesgos para la salud o los posibles brotes. COVID-19 se ha difundido tan ampliamente, en parte porque el gobierno chino tenía vergüenza política e inicialmente suprimió la información cuando los médicos de Wuhan dieron la alarma sobre los casos infecciosos.

 Aunque los países cuentan con diversos mecanismos para informar al público sobre los riesgos relacionados con la salud, una diplomacia mundial en materia de salud más coordinada podría haber mitigado el impacto de la epidemia.

En tercer lugar, los gobiernos deberían invertir en la creación de sistemas de gestión de datos que permitan seguir la propagación de las epidemias, preferiblemente en tiempo real. 

Éstos podrían parecerse al cuadro de mando para la innovación creado por el Center for Systems Science and Engineering de la Universidad Johns Hopkins para rastrear el brote de COVID-19.

 Este cuadro recopila datos de la OMS, los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos y sus homólogos europeos y chinos, y la Comisión Nacional de Salud de China, todo en tiempo real. Estos datos son vitales para ayudar a los gobiernos a tomar decisiones informadas sobre la mejor manera de hacer frente al virus.

En un mundo globalizado, no podemos permitirnos ignorar los riesgos para la salud que surgen en otros países. Por consiguiente, los gobiernos de los países ricos en particular no deben considerar el aumento de la globalización y la interdependencia como un fenómeno puramente económico que permite a las empresas establecer operaciones de fabricación y cadena de suministro en las economías de ingresos medios y bajos. 

Los países privilegiados también tienen la responsabilidad de establecer mecanismos de apoyo que ayuden a otros a hacer frente a las nuevas amenazas para la salud.Frente a una epidemia mundial como la de COVID-19, los líderes políticos deben guiarse por las pruebas científicas y la compasión, y no por las anécdotas y la xenofobia. Una diplomacia mundial en materia de salud que sea ilustrada podría salvar innumerables vidas."                     

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19/10/10

El fundamentealismo religioso... cristiano

"Darius Shayegan (Teherán, 1939) es filósofo y ejerce en Teherán. En 1976 empezó a proponer el "diálogo de civilizaciones", incluso consiguió celebrar un encuentro internacional en la capital iraní. "Luego la revolución dio al traste con todo", explica. Ha viajado a Barcelona para participar en el noveno congreso de Ontología y defender, una vez más, el entendimiento entre culturas. "El problema es cómo integrar las diferencias en un mundo global.

Todos los que vivimos en el planeta tenemos, queramos o no, una identidad moderna. El caso es cómo ser modernos sin dejar de ser nosotros mismos" y no aceptarlo lleva al aislamiento de los talibanes o los salafistas.

"La situación en Irán es de esquizofrenia cultural", asegura, evocando el título de uno de sus libros. "En Occidente la religión es privada; en el islam no se da la separación entre el poder espiritual y el temporal. El espacio público está ocupado por la religión, que llegó al poder y se desvirtuó. Para regir un país como Irán, el chiismo se convirtió en ideología frente a otras como el liberalismo o el marxismo, sin estar equipado para ello".

La esquizofrenia no es solo un problema de Irán. "Octavio Paz dice lo mismo de América Latina", aunque "la situación es diferente en un país cristiano, con un idioma occidental como el español".

Se pregunta qué ha hecho que los derechos humanos hayan cuajado en Occidente y no en Asia. Defiende: "Revolución e islam son términos incompatibles, porque la revolución remite a la Ilustración y sus consecuencias y el islam supone la sumisión a Dios".

La necesidad del diálogo de civilizaciones es hoy más urgente que nunca. "Hoy todo se radicaliza: el cristianismo e incluso el hinduismo, que es una religión muy tolerante. El radicalismo del islam contamina todo el mundo".

La ventaja de Europa, sostiene, es que la potencia de las Iglesias ha caducado: "La Iglesia no volverá nunca al poder. El Papa puede clamar contra el preservativo, pero la gente hace lo que quiere y no puede ser sancionada. En Irán, en cambio, una mujer puede ser condenada a la lapidación". Y no quiere ni pensar en lo que hubiera pasado en Afganistán sin el freno al dominio de los talibanes con los que, afirma, "no se puede dialogar". (DARIUS SHAYEGAN: "El cristianismo también se está radicalizando". El País, última, 16/10/2010)

18/2/09

Cosmopolitismo... democrático (sin olvidar las minorías)

"Sentar raíces y tener alas; unir lo provinciano con la riqueza de vivencias de una ciudadanía cosmopolita experimentada y particular; éste podría ser el denominador común civilizatorio de sociedades culturalmente heterogéneas, que serviría así para responder a la insistente pregunta elemental que todos nos hacemos: ¿qué orden requiere el mundo?

Semejante reconocimiento de la diferencia, que no hay que confundir con el multiculturalismo recetado por los Estados nacionales, abre un espacio de posibilidades multidimensional, que, sin embargo, no carece de contradicciones internas. No se trata sólo de superar los abismos entre ricos y pobres, entre norte y sur, entre los nichos de bienestar social y la depauperación.

Hay más. Tampoco se trata sólo de la posibilidad o imposibilidad de un mini Estado social a escala global, un "keysenianismo globalizado", aunque éste siga limitándose a las necesidades elementales. Se trata de mucho más. El realismo cosmopolita tiene que ver con la apertura por abajo y por dentro de las instituciones de base de los Estados nacionales para los desafíos de la época global, y en cómo se lleva a cabo este proceso. Tiene que ver con el trato que reciben las minorías, los extranjeros, los marginados.

Con el problema que plantean los derechos humanos de los distintos grupos tanto en la consolidación como en la reforma de la democracia en el espacio transnacional. Y, sobre todo, con la cuestión de cómo pueden evitarse los estallidos de violencia que surgen de las decepciones y la degradación de las personas.

El realismo cosmopolita une así el respeto por la dignidad de la diferencia cultural con el interés por la supervivencia de cada individuo. La realpolitik cosmopolita, entendida de ese modo, es la siguiente gran idea que cabe ensayar tras las ideas históricamente desgastadas del nacionalismo, el comunismo, el socialismo y el neoliberalismo. Podría hacer posible lo improbable: que la humanidad sobreviva al siglo XXI sin recaer en la barbarie." (ULRICH BECK :La nueva 'realpolitik' es cosmopolita. (El País, ed. Galicia, Opinión, 03/02/2009, p. 23)