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24/11/22

Erik Olin Wright: El capitalismo no es libre ni democrático... Bajo el capitalismo, las decisiones que dan forma a la sociedad son tomadas por aquellos que poseen la riqueza, y el resto de nosotros tenemos que trabajar para ellos para sobrevivir. Eso no es ni libertad ni democracia

 "En su libro Capitalismo y libertad, Milton Friedman sostenía que el capitalismo era una condición necesaria tanto para la libertad como para la democracia. Es cierto que la aparición y difusión del capitalismo trajo consigo una enorme expansión de las libertades individuales y, finalmente, las luchas populares por formas más democráticas de organización política. La afirmación de que el capitalismo obstruye fundamentalmente tanto la libertad como la democracia sonará entonces extraña para muchos.

Decir que el capitalismo restringe el florecimiento de estos valores no es argumentar que el capitalismo ha ido en contra de la libertad y la democracia en todos los casos. Más bien, a través del funcionamiento de sus procesos más básicos, el capitalismo genera graves déficits tanto de libertad como de democracia que nunca podrá remediar. El capitalismo ha promovido la aparición de ciertas formas limitadas de libertad y democracia, pero impone un techo bajo a su realización posterior.

El núcleo de estos valores es la autodeterminación: la creencia de que las personas deben poder decidir las condiciones de su propia vida en la mayor medida posible.

Cuando una acción de una persona afecta solo a esa persona, entonces debería poder realizar esa actividad sin pedir permiso a nadie más. Este es el contexto de la libertad. Pero cuando una acción afecta a la vida de otras personas, éstas deben poder opinar sobre la actividad. Este es el contexto de la democracia. En ambos casos, la principal preocupación es que las personas conserven el mayor control posible sobre la forma que tomarán sus vidas.

 En la práctica, básicamente todas las decisiones que tome una persona tendrán algún efecto sobre los demás. Es imposible que todo el mundo contribuya a todas las decisiones que le conciernen, y cualquier sistema social que insistiera en una participación democrática tan amplia impondría una carga insoportable a las personas. Lo que necesitamos, por tanto, es un conjunto de reglas para distinguir entre las cuestiones de libertad y las de democracia. En nuestra sociedad, esta distinción suele hacerse con referencia a la frontera entre las esferas privada y pública.

Esta línea entre lo privado y lo público no tiene nada de natural ni de espontáneo, sino que es forjada y mantenida por los procesos sociales. Las tareas que conllevan estos procesos son complejas y a menudo controvertidas. El Estado impone enérgicamente algunos límites entre lo público y lo privado y deja que otros se mantengan o se disuelvan como normas sociales. A menudo, la frontera entre lo público y lo privado sigue siendo difusa. En una sociedad plenamente democrática, la propia frontera está sujeta a la deliberación democrática.

El capitalismo construye la frontera entre las esferas pública y privada de una manera que limita la realización de la verdadera libertad individual y reduce el alcance de una democracia significativa. Hay cinco formas en las que esto es evidente.

1) «Trabajar o morir de hambre» no es libertad

El capitalismo se basa en la acumulación privada de riqueza y la búsqueda de ingresos a través del mercado. Las desigualdades económicas que resultan de estas actividades «privadas» son intrínsecas al capitalismo y crean desigualdades en lo que el filósofo Philippe van Parijs llama «libertad real».

 Independientemente de lo que entendamos por libertad, ésta debe incluir la capacidad de decir «no». Una persona rica puede decidir libremente no trabajar a cambio de un salario; una persona pobre sin medios de subsistencia independientes no puede hacerlo tan fácilmente.

Pero el valor de la libertad va más allá. Es también la capacidad de actuar positivamente en los propios planes de vida: elegir no solo una respuesta, sino la propia cuestión. Los hijos de padres ricos pueden hacer prácticas no remuneradas para avanzar en sus carreras; los hijos de padres pobres, no.

El capitalismo priva a muchas personas de una verdadera libertad en este sentido. La pobreza en medio de la abundancia existe debido a una ecuación directa entre los recursos materiales y los recursos necesarios para la autodeterminación.

2) Los capitalistas deciden

La forma en que se traza la frontera entre las esferas pública y privada en el capitalismo excluye del control democrático las decisiones cruciales, que afectan a un gran número de personas. Quizás el derecho más fundamental que acompaña a la propiedad privada del capital es el derecho a decidir invertir y desinvertir estrictamente en función del interés propio.

La decisión de una empresa de trasladar la producción de un lugar a otro es un asunto privado, aunque tenga un impacto radical en la vida de todos los habitantes de ambos lugares. Incluso si se argumenta que esta concentración de poder en manos privadas es necesaria para la asignación eficiente de los recursos, la exclusión de este tipo de decisiones del control democrático diezma inequívocamente la capacidad de autodeterminación de todos, excepto de los propietarios del capital.

3) La jornada de nueve a cinco es una tiranía

Las empresas capitalistas pueden organizarse como dictaduras laborales. Un componente esencial del poder del empresario es el derecho a decir a los empleados lo que tienen que hacer. Esa es la base del contrato de trabajo: el trabajador se compromete a seguir las órdenes del empresario a cambio de un salario.

Por supuesto, el empresario también es libre de conceder a los trabajadores una autonomía considerable, y en algunas situaciones es la forma de organizar el trabajo que más beneficios reporta. Pero esa autonomía se da o se retiene a voluntad del empresario. Ninguna concepción sólida de la autodeterminación permitiría que la autonomía dependiera de las preferencias privadas de las élites.

Un defensor del capitalismo podría responder que un trabajador al que no le guste el gobierno del jefe siempre puede renunciar. Pero como los trabajadores carecen por definición de un medio de vida independiente, si renuncian tendrán que buscar un nuevo empleo y, en la medida en que el empleo disponible sea en empresas capitalistas, seguirán estando sujetos a los dictados del jefe.

4) Los gobiernos tienen que servir a los intereses de los capitalistas

El control privado sobre las principales decisiones de inversión crea una presión constante sobre las autoridades públicas para que promulguen normas favorables a los intereses de los capitalistas. La amenaza de la desinversión y de la movilidad del capital está siempre en el trasfondo de los debates sobre política pública, y así los políticos, sea cual sea su orientación ideológica, se ven obligados a preocuparse por mantener un «buen clima empresarial».

Los valores democráticos son huecos mientras una clase de ciudadanos tenga prioridad sobre todas las demás.

5) Las élites controlan el sistema político

Por último, las personas ricas tienen mayor acceso que otras al poder político. Este es el caso en todas las democracias capitalistas, aunque la desigualdad del poder político basada en la riqueza es mucho mayor en algunos países que en otros.

Los mecanismos específicos de este mayor acceso son muy variados: contribuciones a las campañas políticas; financiación de los esfuerzos de los grupos de presión; redes sociales de élite de diversos tipos; y sobornos directos y otras formas de corrupción.

Características, no defectos

Estas consecuencias son endémicas del capitalismo como sistema económico. Esto no significa que a veces no puedan mitigarse en las sociedades capitalistas. En diferentes épocas y lugares se han erigido muchas políticas para compensar la deformación de la libertad y la democracia del capitalismo.

Se pueden imponer restricciones públicas a la inversión privada de forma que se erosione la rígida frontera entre lo público y lo privado; un sector público fuerte y formas activas de inversión estatal pueden debilitar la amenaza de la movilidad del capital; las restricciones al uso de la riqueza privada en las elecciones y la financiación pública de las campañas políticas pueden reducir el acceso privilegiado de los ricos al poder político; la legislación laboral puede reforzar el poder colectivo de los trabajadores tanto en la arena política como en el lugar de trabajo; y una amplia variedad de políticas de bienestar pueden aumentar la libertad real de quienes no tienen acceso a la riqueza privada.

Cuando las condiciones políticas son adecuadas, los rasgos antidemocráticos y de restricción de la libertad del capitalismo pueden paliarse, pero no pueden eliminarse. Domar el capitalismo de esta manera ha sido el objetivo central de las políticas defendidas por muchos socialistas en las economías capitalistas de todo el mundo.

Pero para que la libertad y la democracia se realicen plenamente, el capitalismo no solo debe ser domesticado. Debe ser superado.

 El artículo que sigue es un extracto de The ABCs of Socialism, editado por Jacobin (Verso, 2016)."                                         ( , JACOBINLAT, 14/11/22)

8/8/22

Mariana Mazzucato: Construyendo en Colombia una economía orientada a la misión... Es hora de que el gobierno invierta en sí mismo y en una economía orientada por los desafíos... Para hacerlo, Petro debe centrar su atención en tres áreas clave... Primero, el servicio civil necesita nuevas capacidades dentro de las instituciones públicas, para implementar un cambio real (como el Laboratorio de Gobierno en Chile, un laboratorio público de innovación que tiene el mandato de experimentar y fallar)... En segundo lugar, se debe apoyar a los sectores basados en recursos naturales, hacia un enfoque económico que movilice múltiples ministerios, con una concepción de 'todo el gobierno’. Esta estrategia industrial orientada a la misión significa que los sectores de recursos naturales se convierten, a través de su transformación, en insumos para objetivos y desafíos en torno al clima, la salud y la brecha digital... En tercer lugar, tiene que existir un nuevo contrato social entre el gobierno colombiano y los empresarios encaminado a reducir las rentas y aumentar la inversión. Aprovechar instrumentos como subvenciones, préstamos y adquisiciones, y condicionarlos a resultados económicos sostenibles y justos, puede ayudar a dirigir de manera proactiva la economía para enfrentar los desafíos de Colombia

 "La economista Mariana Mazzucato es uno de los principales referentes del presidente Gustavo Petro en esta materia. En exclusiva para CAMBIO, la italiana habla sobre las políticas macroeconómicas que debe implementar el gobierno entrante.

América Latina, como el resto del mundo, enfrenta múltiples crisis: climática, de salud, financiera y, ahora, la crisis del precio de la energía y del costo de vida debido en parte a problemas en la cadena de suministro y en parte a la guerra rusa contra Ucrania. Los síntomas de estas crisis, como siempre, se sienten con mayor fuerza en los sectores más pobres y vulnerables de la población. El cambio necesita un gobierno progresista para fomentar objetivos económicos como el aumento de puestos de trabajo y productividad, y que al mismo tiempo aborde objetivos sociales como la transición del carbono, la disminución de la pobreza y la reducción de la brecha digital.

Es con este espíritu que el recién elegido presidente, Gustavo Petro, tiene una oportunidad de promulgar un verdadero cambio en el país. Impulsar una transformación industrial que promueva una justa transición verde debe estar en el primer renglón de la lista de prioridades. Petro puede utilizar un enfoque de estrategia industrial basado en desafíos para impulsar un cambio en el núcleo del gobierno, invirtiendo en las capacidades del Estado, encontrando nuevas formas de trabajar con el sector privado, e incorporando una agenda audaz y ambiciosa para los próximos cuatro años, y más allá. 

La economía colombiana ya mostraba grietas en sus cimientos desde antes de la pandemia del covid-19. La desigualdad se incrementó notablemente entre 2017 y 2020, y la reducción de la pobreza se reversó: entre 2018 y 2019 más de 660.000 colombianos cayeron en la pobreza. Y la productividad de Colombia está estancada desde el año 2000. Ambas problemáticas deben ser atacadas por la vía de la creación de nuevas formas de riqueza para que sea redistribuida con un enfoque social. Se necesita más inversión empresarial en sectores industriales dinámicos, en lugar de solo enfocarse en la extracción de recursos naturales. Y las rentas se pueden abordar asegurándose de que los rendimientos de la riqueza creada se compartan más ampliamente, en lugar de desviarse a unos pocos actores. Como ha mostrado el trabajo de investigación de Gabriela Palma, ese comportamiento que solo piensa en buscar renta no es exclusivo de América Latina, pero aquí ha habido una mayor propensión a las políticas que concentran los incentivos en torno a la búsqueda de rentas dentro de las grandes empresas multinacionales. 

Estos problemas estructurales ahora se ven agravados por las presiones inflacionarias actuales, que se han convertido en una verdadera crisis del costo de vida: los estimados muestran que en 2022 la tasa de pobreza latinoamericana aumentará a 33 % y la pobreza extrema a 14,5 %, con el impacto adicional de la inflación global de alimentos y combustibles. Los beneficios intermitentes para los productores colombianos que se han traducido en rentas aún más altas, como los precios más altos del petróleo, seguramente serán de corta duración y, en cualquier caso, no beneficiarán a todos en el país sino a unos pocos. Es hora de que el gobierno aproveche esta oportunidad para trazar un camino audaz, invirtiendo en sí mismo y en una economía orientada por los desafíos. 

 Para hacerlo, Petro debe centrar su atención en tres áreas clave. Primero, como muchos países de América Latina, el servicio civil dentro del gobierno colombiano necesita nuevas capacidades dentro de las instituciones públicas, para implementar un cambio real. Cualquiera puede hablar sobre mejores políticas públicas, pero no cualquiera puede implementarlas. Esto requiere al menos capacidad para adaptarse y aprender, para alinear el servicio público con las necesidades de los ciudadanos, para gobernar sistemas de producción resilientes y para gobernar con la data y las plataformas digitales. Un ejemplo interesante es el Laboratorio de Gobierno en Chile, un laboratorio público de innovación que tiene el mandato de experimentar y fallar, cualidades que nunca se imbuyen a los servidores públicos.

 En segundo lugar, el gobierno podría beneficiarse al adoptar una política industrial con una misión clara que le permita abordar sus más grandes desafíos económicos, sociales y ambientales. Es importante destacar que esto significa alejarse de las políticas industriales enfocadas en tecnología del siglo XX que buscaban 'elegir ganadores’. Se debe apoyar a los sectores basados en recursos naturales, hacia un enfoque económico que movilice múltiples ministerios y ámbitos para abordar los mayores desafíos del país de una manera más coordinada y colaborativa con una concepción de 'todo el gobierno’. Esta estrategia industrial orientada a la misión debe fortalecerse con nuevas herramientas e instrumentos de políticas que permitan trabajar de forma diferente con el sector privado y medir su impacto de manera dinámica, incluida, por ejemplo, la presupuestación y las adquisiciones orientadas a los resultados. Significa que los sectores de recursos naturales se convierten, a través de su transformación, en insumos para objetivos y desafíos en torno al clima, la salud y la brecha digital. Ya sea en la minería, el acero o el cemento: reducir su contenido material requiere inversión e innovación que puedan impulsar futuros empleos, habilidades y servicios.

 En tercer lugar, tiene que existir un nuevo contrato social entre el gobierno colombiano y los empresarios encaminado a reducir las rentas y aumentar la inversión. Aprovechar instrumentos como subvenciones, préstamos y adquisiciones, y condicionarlos a resultados económicos sostenibles y justos, puede ayudar a dirigir de manera proactiva la economía para enfrentar los desafíos de Colombia. Por ejemplo, durante la pandemia del covid-19, el gobierno francés condicionó sus rescates financieros a Renault y Air France-KLM a compromisos de reducción de emisiones. Del mismo modo, Francia, Bélgica, Dinamarca y Polonia negaron la ayuda estatal a cualquier empresa domiciliada en un paraíso fiscal designado por la Unión Europea. Reducir las rentas y distribuir la riqueza de manera más equitativa solo se puede hacer a través de mejores "acuerdos" que pongan el interés público en primer lugar.

Petro se enfrenta a un clima político polarizado, lo que hará difícil impulsar sus reformas en el Congreso. Como el primer gobierno progresista de izquierda en la historia de Colombia, tiene la oportunidad de transformar la agenda progresista tanto en la producción y creación de riqueza como en la redistribución. De hecho, en última instancia, no hay nada que redistribuir si no se crea riqueza. Pero de manera similar, si esa riqueza se extrae o se entrega solo a unos pocos, la innovación sufre. Este es el momento de construir un país con una sólida capacidad de gobierno, herramientas dinámicas y orientadas a resultados, y un nuevo contrato social entre los sectores público y privado (lo que he llamado una Economía de la Misión). Un nuevo enfoque de la estrategia industrial y un contrato social renovado es un buen punto de partida."          

(Mariana Mazzucato, Profesora en University College London, Fundadora y directora del UCL Institute for Innovation and Public Purpose (IIPP; Cambio Colombia, 30/07/22)

18/11/21

Imagínese que detener el cambio climático fuera más importante que hacer multimillonarios del cambio climático... Al igual que en el caso de la pandemia, con el calentamiento global nos enfrentamos a una situación en la que deberíamos desear que cualquier nueva tecnología se distribuya lo más ampliamente posible y lo más rápido posible. Los reclamos de propiedad intelectual como las patentes, los derechos de autor y los secretos industriales son obstáculos para este objetivo... Imaginemos que el precio de los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías cae entre un 30 y un 40% porque no hay patentes ni protecciones relacionadas con ellos. Serían enormemente más competitivos que los combustibles fósiles, lo que llevaría a una adopción mucho más rápida. ¿Por qué no querríamos esto?

 (...) Tecnología verde, si el objetivo fuera salvar el planeta

Al igual que en el caso de la pandemia, con el calentamiento global nos enfrentamos a una situación en la que deberíamos desear que cualquier nueva tecnología se distribuya lo más ampliamente posible y lo más rápido posible. Los reclamos de propiedad intelectual como las patentes, los derechos de autor y los secretos industriales son obstáculos para este objetivo. Al igual que Moderna y otros fabricantes de vacunas han podido utilizar su control sobre la tecnología para limitar la producción de vacunas, estas formas de propiedad intelectual limitarán la capacidad de fabricar paneles solares, turbinas eólicas, baterías y otras tecnologías necesarias para reducir la emisión de gases de efecto invernadero.

Deberíamos querer que todos estos artículos se vendan al precio justo de su producción, sin que sus precios se vean incrementados por estos monopolios concedidos por el gobierno. En el caso de los medicamentos y las vacunas, los márgenes de beneficio asociados a estas protecciones suelen ser de varios miles de euros. Los medicamentos y las vacunas son casi siempre baratos de fabricar y distribuir, son caros porque los monopolios resultantes de la propiedad intelectual permiten a las empresas cobrar precios que superan ampliamente el precio del mercado libre.

Es probable que los márgenes de beneficio de la propiedad intelectual asociados a las tecnologías verdes sean menores en términos porcentuales, porque es considerablemente más costoso construir cosas como una turbina eólica que fabricar y distribuir un frasco de pastillas. Pero aún así podemos suponer que el coste añadido asociado a las reclamaciones de propiedad intelectual será considerable, frenando así la adopción de la tecnología verde.

Los aspirantes a multimillonarios del clima rebatirán este argumento señalando que necesitan incentivos para desarrollar la tecnología necesaria para salvar el planeta. Este argumento es cierto, pero no nos dice nada sobre la necesidad de la propiedad intelectual.

Los monopolios de patentes y otras formas de propiedad intelectual son una forma de incentivar, pero los economistas han descubierto un mecanismo alternativo para incentivar: el dinero. Según la teoría económica, se puede persuadir a muchas personas para que trabajen por dinero.

Tuvimos un gran modelo del uso del dinero para promover la innovación en la pandemia, con la Operación Warp Speed, que dio miles de millones de dólares a la industria farmacéutica para acelerar el desarrollo de vacunas, tratamientos y pruebas. Este gasto fue muy rentable, ya que la industria respondió rápidamente con vacunas y tratamientos eficaces.

Aplicando el mismo plan con el cambio climático, también utilizaríamos fondos públicos, con un par de diferencias. En primer lugar, pensaríamos en una financiación a más largo plazo. La rapidez fue esencial para salvar vidas con la pandemia. La rapidez también es esencial para abordar el cambio climático, pero nadie piensa que vayamos a desarrollar toda la tecnología necesaria para producir y almacenar energía limpia en un año o dos. Necesitaremos contratos a más largo plazo que financien el desarrollo de nuevas tecnologías durante tres, cinco o incluso diez años.

El otro punto más importante es que esta vez la investigación será abierta. No vamos a pagar a las empresas para que desarrollen mejores paneles solares o baterías y luego darles un monopolio de patentes que les permita cobrar lo que quieran. El gobierno les paga una vez por su innovación, no dos veces.

Si firman un contrato para desarrollar tecnologías limpias y de almacenamiento, todo lo que desarrollen será totalmente abierto. Esto significa que cualquier fabricante del país o del mundo puede utilizar la tecnología sin coste alguno. (Volveré sobre la cuestión internacional).

Esta historia es exactamente lo que deberíamos querer ver si el mundo va a alejarse de los combustibles fósiles lo antes posible. Imaginemos que el precio de los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías cae entre un 30 y un 40% porque no hay patentes ni protecciones relacionadas con ellos. Serían enormemente más competitivos que los combustibles fósiles, lo que llevaría a una adopción mucho más rápida. ¿Por qué no querríamos esto?

 El sistema de financiación pública

Hacer que la nueva tecnología esté disponible a coste cero sería un enorme beneficio sobre el sistema actual, pero puede que esa no sea siquiera la mayor ventaja de un sistema de investigación abierta financiada con fondos públicos[1] En este tipo de sistema, una condición para obtener dinero sería que todos los hallazgos fueran totalmente abiertos, lo que significa que los resultados se publicarían en la web tan pronto como fuera posible. Esto permitiría a los científicos de todo el mundo beneficiarse rápidamente de los éxitos y fracasos de los demás. Como resultado, la tecnología debería avanzar mucho más rápidamente.

Puede que las empresas que actualmente están en el sector se resistan a cambiar su modelo de negocio, pero es posible forzar la situación. Supongamos que el gobierno pone fondos para desarrollar paneles solares, con la condición de que toda la tecnología sea totalmente abierta. Si un fabricante de paneles solares decide quedarse fuera del sistema, es probable que pronto se encuentre compitiendo con paneles que se venden a precios mucho más bajos, ya que no tiene que cubrir el coste de la tecnología. (Necesitamos una disposición como el "copyleft" desarrollado por el movimiento del software libre, que prohíbe el uso de la tecnología desarrollada a través de este sistema por parte de cualquiera que reivindique una patente u otra protección de la propiedad intelectual).

Es probable que esta perspectiva lleve a la mayoría de las empresas que actualmente se dedican a producir energía limpia a unirse al sistema. Dado que los pagos del gobierno pretenden ser una alternativa a los monopolios de patentes, más que un suplemento, tendrán que ser mayores en relación con el gasto en investigación de lo que vimos bajo OWL. Es probable que en muchos casos sea necesario compensar a las empresas por los derechos de propiedad intelectual que ya poseen para convencerlas de que se unan al sistema.

En algunos casos, esto incluiría también los secretos industriales, que no son exactamente lo mismo que los monopolios de patentes o derechos de autor. Los secretos industriales están protegidos por acuerdos de no divulgación que los empleados correspondientes se ven obligados a firmar. Como condición para recibir dinero público, estos acuerdos serían inaplicables. Esto significa que si una empresa desarrolla algún proceso o técnica, que no está directamente protegida por patentes u otra forma de propiedad intelectual, cualquier empleado tendría la opción de marcharse y trabajar para otra empresa y compartir todo lo que sabe, que en cualquier caso ya debería estar colgado en la web.

Cooperación internacional

Es obvio que es necesario compartir los costes de investigación y desarrollo a nivel internacional en lugar de que Estados Unidos pague la factura en solitario. Sería necesario un acuerdo internacional sobre este reparto de costes. El principio básico debería ser sencillo. Queremos que los países contribuyan en proporción a su tamaño y riqueza.

También habría que establecer algunos criterios para determinar qué gastos se consideran parte de la contribución de un país. Un millón de dólares pagado a una empresa o a investigadores con un historial bien establecido tiene que contar más que un millón de dólares pagado a una empresa controlada por el hermano del presidente de un país, sin ningún historial.

Llevaría tiempo elaborar un acuerdo, al igual que lleva tiempo elaborar acuerdos comerciales como la Asociación Transpacífica. Pero eso no debería ser una excusa para no avanzar. Estados Unidos y otros países que están de acuerdo en general con este tipo de proceso podrían iniciar el proceso y comenzar a financiar la investigación inmediatamente, con el plan de que los ajustes y los pagos entre las naciones podrían decidirse más tarde. Eso es lo que haríamos si, por ejemplo, nos enfrentáramos a una invasión de extraterrestres.

Más de lo mismo y un planeta que se calienta

Pero, sabemos que la lucha contra el calentamiento global no está realmente en la cima de la agenda de nadie. Y nadie, incluyendo la mayoría de los tipos liberales, quiere hacer nada que pueda evitar que creemos más multimillonarios del cambio climático - después de todo, entonces tendrían menos ocasión de quejarse de la desigualdad. En resumen, la amenaza del calentamiento global no es lo suficientemente importante como para que nuestros intelectuales reflexionen seriamente."              (Dean Baker, Brave New Europe, 16/11/21)

2/8/21

Mazzucato: tenemos que conformar, cocrear y coproducir el mercado. Para hacerlo necesitamos capacidad dentro de la administración pública, cosa que no tenemos. Italia, España, Portugal, y muchos otros países, han subcontratado el 'cerebro' de los gobiernos a consultoras como McKinsey, que han orientado el destino de los fondos del programa de recuperación. El objetivo es sacar el plástico del océano, convertir las ciudades en neutras en carbono... para esto es necesita inversión pública y privada... y China se aleja de la estrategia de mano de obra barata en pro de la innovación mucho más rápidamente que EEUU y Europa

 "Mariana Mazzucato es uno de los nombres más mencionados últimamente en el ámbito económico, y tiene su lógica. En un instante en que incluso los ámbitos más ortodoxos han percibido la necesidad de cambios, y constatada, al menos en el plano intelectual, que la salida de esta crisis no puede ser como la anterior, se han buscado nuevas fórmulas para afrontar tiempos difíciles.

 Las ideas de Mazzucato han tenido su instante de auge, y han sido examinadas y valoradas (aunque sin demasiada convicción) por buena parte de los gobernantes occidentales, Pedro Sánchez incluido. El último libro de Mazzucato 'Misión Economía' (Ed. Taurus), una suerte de resumen para todos los públicos de sus tesis, ha contribuido a lanzar el debate sobre el sentido y la dirección de las acciones gubernamentales en la era pospandemia.

La perspectiva de Mazzucato, que aboga decididamente por la colaboración público-privada, toma un hecho histórico, la actividad enorme que se puso en marcha para conseguir que EEUU llegara a la Luna, ("un descomunal ejercicio de resolución de problemas"), como espejo en el que estos tiempos deberían mirarse

 Fue una iniciativa en la que el sector público tomó el mando, y de la que formaron parte empresas pequeñas, medianas y grandes en múltiples ámbitos. El Gobierno necesitó de la colaboración en muchos sectores diferentes, desde la informática, hasta la nutrición o la creación de nuevos materiales. El gobierno estadounidense utilizó grandes cantidades de dinero para conseguir ese propósito, pero lo desarrolló mediante contratos breves, claros y muy ambiciosos.

Si el sector privado no cumplía lo estipulado, la NASA no pagaba hasta que la solución fuera la correcta. Si tenían éxito, esas empresas crecían, ya que contaban con nuevos mercados que les abrían las compras del Gobierno, y ampliaban su campo de operaciones. Ambos sectores salieron beneficiados, y el objetivo último, la llegada a la Luna, se cumplió con enorme éxito. Esa experiencia, insiste Mazzucato, que implica colaboración público-privada bajo la dirección de los gobiernos, es la que deberíamos aplicar ahora, ya que sería extremadamente útil en un momento de cambio estructural con los riesgos generados por el cambio climático de fondo. 

 PREGUNTA. El papel del Estado es una de las grandes objeciones que se ponen a su proyecto. Hay mucha animadversión respecto del liderazgo de los Estados, vale decir, de los liderazgos políticos. En las 'misiones' que propone, este papel central del Estado es crucial. ¿Por qué es temido por muchas personas, y muchas de ellas en puestos de decisión económica y política?

RESPUESTA. Como sabes, hay mucha ideología en el tema del Estado, y yo he tratado de ir más allá de ella. El Estado siempre ha sido importante, pero cuando no tenemos una teoría clara de lo que debería hacer, el Estado se vuelve lento y aburrido, y adopta un papel equivocado. En Italia lo vemos claramente, porque no hay una relación dinámica entre Estado y empresas: hay una relación muy potente, pero no es el tipo de Estado que defiendo. 

Yo utilizo el programa Apolo como ejemplo. Las empresas invirtieron mucho para llegar a la Luna, en industria, nutrición, software, etc., pero fue el Estado el que dirigió el proceso, ya que tenía una misión y un plan. Y para hacerlo tuvo que rediseñar su organización, y hacerlo todo más dinámico y más horizontal, con más comunicación entre departamentos, con una nueva política de compras y utilizando los créditos para galvanizar y catalizar la inversión del sector privado de modo que fueran unos socios adecuados.

Esto ahora no lo hacemos, porque tenemos subsidios, garantías y demás, pero sin ningún objetivo claro acerca de lo que se necesita hacer. Las plataformas digitales —toda la tecnología en nuestros teléfonos— han sido financiadas por Estados, pero no han gobernado ese proceso para que respondiera a una finalidad y ahora nos encontramos ante la tragedia de que las compañías tecnológicas abusan de su poder. No era inevitable, podíamos haber gobernado a ese sector.

 Y no estoy hablando de que el Estado lo haga todo, pero sí de que debemos tener una visión acerca del tipo de mercados que necesitamos: en lugar de, como dicen los economistas en sus teorías, que el Estado arregle los problemas del mercado; lo que digo es que tenemos que conformar, cocrear y coproducir el mercado. Y para hacerlo necesitamos capacidad dentro de la administración pública, cosa que no tenemos.

 Hemos diezmado su capacidad, hemos subcontratado el cerebro de nuestras instituciones. Y la NASA, con el programa Apolo, era consciente de cómo debían hacerse las cosas. Se trataba de conformar un partenariado, de transformar esa relación para que se asumieran riesgos conjuntamente, pero con objetivos comunes. 

Hoy el objetivo no es la Luna, sino sacar el plástico del océano, resolver el problema de la división digital que tenemos en todas las partes del mundo, convertir las ciudades en neutras en carbono, y todo esto necesita inversión pública y privada. Mi tesis es que, a causa de la ideología, ya no sabemos cómo trabajar juntos, que es a lo que te referías en tu pregunta.

P. Su propuesta de las 'misiones' suelen enfocarse en la economía verde. Pero puestos a cambiar de rumbo, y entendiendo la importancia del cambio climático, ¿por qué no hacer la misma operación con la economía occidental en su totalidad? ¿Por qué no un 'New Deal', y no solo un 'Green Deal'?

R. En el libro no hablo solo de 'green', también lo hago de salud, de plataformas digitales, de división digital. Durante el confinamiento, hemos visto que muchos niños del mundo no han tenido acceso a las oportunidades de lo digital. Y de todos los objetivos de desarrollo sostenible, de los 17, no hay ni uno que pueda ser inspirador a la hora de galvanizar las inversiones entre lo público y lo privado. El problema es que muchas empresas prefieren simplemente recoger garantías, rescates y fondos y no devolver nada.

En muchas partes del mundo no hay suficiente inversión en negocios. Un amigo mío dice que Brasil tiene capitalismo sin capitalistas y así suele ocurrir en muchos lugares del mundo. Existe esta inercia en el sector privado, pero también hay muchas empresas innovadoras y lo que subrayo es que hay una oportunidad de innovación, de inversión, de cambio estructural que permita perseguir objetivos que interesan a toda la sociedad. No son solo verdes, también incluyen un sistema sanitario más fuerte y sólido o la redefinición de lo que significa vivir de una manera más sostenible y saludable, con nuevas maneras de distribuir y de producir.

 Para alcanzar ese objetivo, la relación entre el Estado y las empresas debe tener una condicionalidad vinculada con la innovación para ayudar a resolver problemas, pero sin que el Estado microgestione el proceso, porque si no dañaría a la innovación. Tenemos que estar abiertos al cómo, pero con una idea clara de hacia dónde vamos. Fijémonos en los fondos de recuperación del covid: se ha dado mucho dinero a muchas empresas sin ningún propósito, sin ninguna dirección, y eso es una estupidez, una oportunidad perdida.

Respecto del 'Green Deal', el 'Green' ya sabemos cómo va, lo que no sabemos es cómo va el 'Deal'. Necesitamos una nueva manera de crear un contrato social, un acuerdo que realmente fomente asociaciones que sean dinámicas y no parasitarias. Ahora tenemos un partenariado entre lo público y lo privado que es muy complicado y parasitario, y no es por culpa de las empresas, sino por culpa del Estado, que ha perdido la capacidad de gobernar de una manera dinámica.

P. Gobernar de forma dinámica es difícil cuando existen empresas y sectores empresariales que cuentan con mayor poder que muchos Estados. ¿Cómo se logra dirigir a ese tipo de firmas, en general reacias a aceptar el papel de los gobiernos, hacia los propósitos marcados por los Estados? Es un problema que podemos tener con los fondos de recuperación, y lo hemos visto con las compras de bonos o con los subsidios en Occidente, que finalmente se han convertido en mero parasitismo de los fondos públicos.

R. Te daré algunos ejemplos. En Francia, el ministerio de finanzas le dijo a Air France y a Renault que para recibir el dinero de la recuperación tenían que reducir las emisiones de carbono en 5 años. En Dinamarca o en Austria, les dijeron que tenían que comprometerse, para recibir fondos, a dejar de utilizar paraísos fiscales; si quieres dinero público tienes que someterte a estas condiciones. Elizabeth Warren, antes de Biden, dijo que para recibir parte de los fondos las empresas estaban obligadas a no utilizarlos para recomprar acciones. La clave es reinvertir en la economía y si las empresas no quieren hacerlo, no hay ningún problema, pero no pueden recibir dinero público; si no quieres, pues hasta luego, Lucas.

 No obligas a las empresas a nada, solo impones tus condiciones. Si nos fijamos en el sector de la salud, es increíble, hay tanto dinero gastado por los gobiernos, en EEUU 40.000 millones al año, que se utilizan en innovación para la salud, en fármacos, vacunas, terapias, etc., y, sin embargo, los precios de los fármacos no reflejan esto. 

Por lo tanto, es un pacto estúpido, porque el Estado está invirtiendo dinero, pero no lo gobierna en beneficio de la gente, de forma que en EEUU muchos de sus ciudadanos no se pueden permitir una cobertura sanitaria. En Europa, el Estado paga dos o tres veces por la misma cosa, porque las empresas farmacéuticas se benefician de la financiación, ponen el dinero donde quieren y luego encima el Estado subsidia. Y eso es estúpido, porque el Estado no debería estar financiando dos o tres veces la misma cosa.

Para cambiar esta dinámica se precisa confianza, capacidad y mentalidad de inversión. A menudo digo que el Estado debería ser como un emprendedor. No estamos hablando de comunismo, sino de que si queremos un crecimiento basado en la innovación, y que la innovación se plasme en la energía, en la salud, en internet, no deberíamos simplemente inundar el sistema con inversión, sino que hay que gobernar ese sistema para que en los países democráticos las personas se beneficien de lo que se hace con sus impuestos.

 Por eso, creo que si las empresas tuvieran una asociación con un Estado más fiable, todo funcionaría mucho mejor; sin embargo, hay Estados que prefieren que su Gobierno reparta dinero estúpidamente. Hay empresas que sí se preocupan del largo plazo, y por tanto el Estado debería ser mucho más selectivo a la hora de decidir con qué empresas quiere trabajar, como aquellas que se preocupan por el crecimiento inclusivo y sostenible. 

Evidentemente, en esa asociación las empresas deben tener beneficios, porque no hablamos de caridad, pero deben ser justos. La NASA tenía una cláusula en sus acuerdos según la cual los beneficios no podían ser excesivos. Es importante que se compartan riesgos y recompensas, evitando que esto se convierta en un casino. Y si ves a Elon Musk en los últimos 15 días, esto parece un casino.

P. Hay mucho dinero destinado a la inversión, el problema es que casi todo se dedica a una inversión financiera y especulativa. En la pandemia ha vuelto a ocurrido, que la liquidez de los bancos centrales ha tenido un destino poco relacionado con la economía productiva. ¿El gran cambio consistiría en devolver ese dinero a la esfera real, a la productiva? ¿Cómo se convence a los poseedores de grandes cantidades de capital que no quieren saber nada de la economía real?

R. Exactamente, este es el problema. En mi libro anterior, 'El valor de todo', analizaba estos dos problemas. El primero consiste en que la mayor parte de la financiación y de los beneficiosos regresa a las finanzas, a lo que en inglés se denomina FIRE (Finance, Insurance, Real Estate), y esto es lo que provocó la burbuja de la vivienda, porque el dinero no se pone en la economía real, sino en otras partes del sector financiero.

El otro problema es que la economía está financiarizada, y los dos problemas podrían ser resueltos si las empresas no pusieran solo dinero en la parte especulativa, sino en la capacidad productiva, en la formación de trabajadores, en nuevos materiales, en nuevos tipos de innovación. Pero eso exige una dirección para esa inversión, una misión, un propósito. 

Si tuviéramos unos objetivos globales y nos asegurásemos de que tanto las subvenciones y ayudas como las cantidades que el Banco Europeo y otros ponen en la economía se destinan a invertir en áreas claras, para que sepamos lo que sucede y para qué, sería una manera de garantizar la economía que queremos. Pero la financiarización de la economía que mencionabas se debe al hecho de que los gobiernos no son ambiciosos con sus herramientas.

 P. Uno de los mayores problemas que nos podemos encontrar con los fondos de recuperación, y en España será muy importante, es que si no se utilizan de un modo inteligente generarán alivio momentáneo, pero ningún cambio a medio plazo. Si no se emplean en fomentar una actividad económica continuada, si no se crean empresas y puestos de trabajo, supondrán no solo una oportunidad desaprovechada, sino un problema añadido, porque los fondos son deuda que debe devolverse.

R. Ahora mismo tenemos un nivel muy alto de deuda privada, parecido al de antes de la crisis financiera, creada por la deuda privada, no pública. Si inundas el sistema de préstamos, tendrás más deuda. Si no han aumentado los salarios en 30 años, no deberías asumir una hipoteca, sería más inteligente disponer de vivienda social. 

Alemania tiene un programa de alquiler social muy importante para que la gente no tenga la obsesión de comprar casa; en Reino Unido hay programas para que el Gobierno te ayude a comprar una vivienda. Pero también es cierto que, en la anterior crisis, la mayor parte del dinero dado por el gobierno y por los bancos centrales volvieron a los bancos y al sector financiero y por eso tenemos ahora una economía muy financiarizada.

Si no garantizamos que los instrumentos que utilizamos no aumentan simplemente la deuda en las empresas o en las personas, si no van a parar a la economía real, si no reducen la división digital, si no crean otro tipo de infraestructuras, estamos perdiendo una oportunidad. Tenemos que estar seguros de que no solo contamos con proyectos aislados de un ministro de aquí o de allá, sino con proyectos que realmente duren, que formen parte de un cambio sistémico. No se trata de inundar el sistema con proyectos aleatorios, sino de que la suma del sistema sea mayor que la de sus partes. 

 P. Si comparamos las distintas reacciones a la pandemia que se han experimentado en los países occidentales, parece claro que EEUU ha sido mucho más ambicioso que la Unión Europea. Veremos en qué se concretan los planes de Biden, pero desde luego parecen mucho más contundentes y mejor orientados.

 R. Hice un trabajo para la Comisión Europa en el que intentaba ayudar, con esta perspectiva de la 'misión', al programa Horizon de crecimiento sostenible, pero al final no se concretó en nada. Mi idea es que esta orientación hacia la misión tiene que estar en la parte superior de la acción. El 'Green Deal' no va a funcionar si no está orientado hacia una misión, hacia la solución de problemas estructurales en la economía real.

 Como decía antes, Italia, España, Portugal, y muchos otros países, han subcontratado el 'cerebro' de los gobiernos a consultoras como McKinsey, que han orientado el destino de los fondos del programa de recuperación. Esto es una locura porque estamos reduciendo el talento de un país a una empresa de consultoría. Y no tiene sentido ser ambicioso si no sabes cómo implementar los planes.

En EEUU sucede lo mismo, también han subcontratado mucha capacidad gubernamental. Pero ahora, con Biden, hay una infraestructura gubernamental potente, un plan tipo pacto verde y una parte ya ha pasado por el Congreso, pero si no aterriza en estructuras que no puedan ser absorbidas por las finanzas, solo estaremos hablando de más finanzas. 

Alexandria Ocasio-Cortez decía que teníamos que invertir en personas, en talento y en capital humano que realmente puedan dar respuesta a este pacto, porque si no, tienes el sistema lleno de carreteras y de puentes, pero se olvida que la parte verde necesita otro tipo de trabajador profesional, con talento y aptitudes específicas. Vamos a ver si el plan Biden incluye todo esto, porque, en otro caso, no se va a crear una transformación real. Pero sí, sus planes son mucho más ambiciosos de los que se tienen aquí.

 P. Una de las grandes fortalezas chinas ha sido precisamente su planificación, que ha sabido operar a largo plazo, con objetivos claros y con una evidente dirección estatal. Esta planificación, que una vez fue un distintivo occidental, está ahora completamente ausente. ¿Hasta cuándo podemos seguir compitiendo con China sin incluir la planificación, el medio plazo y los objetivos claros que impulsen otro tipo de futuro? ¿No parte China con mucha ventaja?

R. Sí, Europa como región compite con China y con EEUU, pero quiero subrayar una cosa muy positiva, y es que la recuperación europea no ha sido resuelta como en la crisis económica anterior, con políticas de austeridad, y creo que España redujo en un 40% la investigación y el desarrollo porque toda la obsesión era la reducción del déficit.

 Esa fue una política estúpida que, en realidad, aumentó la deuda pública porque no fomentaba el crecimiento a largo plazo, y por eso el PIB se redujo. Esta vez las condiciones para la recuperación tienen que ver con el clima y la digitalización, y no con la austeridad, y se trata de un cambio muy positivo. Dicho esto, el plan es mucho menos ambicioso que el estadounidense, como ya ocurrió en la crisis anterior, de la que EEUU salió mucho más reforzado.

China, desde mucho antes del covid, ha estado invirtiendo en torno a este 'Green Deal' unos dos billones, más que la UE y que EEUU, y ha cambiado completamente el sistema de fabricación y la base manufacturera con un plan a largo plazo. Así que quizá el covid pueda servir para que los gobiernos europeos se den cuenta de esto, y el hecho de que esta inyección masiva de liquidez esté vinculada a unos objetivos básicos, creo yo, es el resultado de ver lo que están haciendo China y EEUU. 

Vuelvo al tema: si la capacidad y el talento del sector público no se centran en esto, no funcionará. China tiene un servicio mucho más meritocrático, puedes ascender más que en otros sistemas gracias a la meritocracia. En el Reino Unido si no has ido a Oxford y Cambridge no puedes entrar en esa vía rápida de ascenso del funcionariado. Tenemos esa manera de pensar un poco antigua, y hay más ideología que en China.

 Es curioso ver cómo China se aleja de la estrategia de mano de obra barata en pro de la innovación mucho más rápidamente que EEUU y Europa. Y con la innovación, el que hace la primera jugada va más rápido, y el que llega tarde se queda atrás. Los EEUU siguen siendo los mejores en la tecnología de la comunicación porque fueron los primeros, y algo similar le pasó a Alemania con la máquina herramienta. Y con la revolución verde, el hecho de que China empezara a hacer inversiones mucho antes les ha dado mucha ventaja, y vemos lo resultados, van adelantados. 

Mientras, Europa se está preguntando a ver qué hace. También es cierto que en Europa hay países más ambiciosos: Dinamarca es el mayor proveedor de servicios digitales verdes de alta tecnología a China, y Dinamarca es un país pequeño y eso fue por un montón de empresas jóvenes que se lanzaron e invirtieron en nuevos proyectos. Países como España o como Italia, y España está mejor que Italia, por cierto, sin una visión de lo que se desea hacer, no van a poder desarrollar la capacidad del sector empresarial, como por ejemplo en los servicios digitales o de alta tecnología."                   

 (Entrevista a Mariana Mazzucato, Esteban Hernández, El Confidencial, 01/08/21)

28/1/21

Compartir conocimientos sobre vacunas no tiene ningún costo, no es el caso de si Estados Unidos obtiene más, los demás obtienen menos... el mundo entero se beneficia si la pandemia se puede contener lo más rápido posible. Pero si la investigación de código abierto financiada con fondos públicos demostrara ser lamejor vía para financiar el desarrollo de vacunas en una pandemia, podría pasar a ser el estandar general. Y, nadie en una posición de poder, lo desea

  "(...) A pesar de lo mal que lo ha hecho Estados Unidos hasta ahora, hemos vacunado a una mayor proporción de nuestra población que cualquier otro país de Europa, con la excepción del Reino Unido. 

Así es, países como Dinamarca, Francia e incluso Alemania han obtenido peores resultados en la vacunación de sus poblaciones que Estados Unidos. Y estos países aparentemente tienen líderes competentes y todos tienen sistemas nacionales de atención médica. No obstante, lo han hecho mucho peor en el caso de Francia y Alemania que el espectáculo de payasos de Donald Trump.

 La agenda de vacunas si salvar vidas fuera la prioridad 

La pandemia es una crisis mundial que requiere una solución mundial. Este es un caso clásico en el que hay enormes beneficios de la acción colectiva y pocas desventajas. Este no es un caso, como la incautación de petróleo u otros recursos naturales, donde si Estados Unidos obtiene más, todos los demás obtienen menos y viceversa. 

Compartir conocimientos sobre vacunas, tratamientos y mejores prácticas para la prevención no tiene ningún costo y el mundo entero se beneficia si la pandemia se puede contener lo más rápido posible. Este punto se está aclarando a medida que se desarrollan nuevas cepas mediante mutación, que pueden propagarse más rápidamente y posiblemente ser más mortales y resistentes a las vacunas. 

El camino lógico habría sido abrir todas las investigaciones sobre tratamientos y vacunas, tanto para que se pudiera avanzar lo más rápido posible, como para que los derechos de propiedad intelectual no fueran un obstáculo para la producción a gran escala en todo el mundo. 

Esto habría requerido algún acuerdo colectivo en el que los países acordaron aportar una cierta cantidad de fondos para la investigación, presumiblemente en función del tamaño y el ingreso per cápita, y también que todos los hallazgos, incluidos los resultados de los ensayos clínicos, se publicaran rápidamente en la web. 

De esta manera, la información se compartiría rápidamente para que los investigadores y expertos en salud pública de todo el mundo pudieran beneficiarse.

 Este tipo de cooperación internacional no estaba, obviamente, en la agenda de Donald Trump. El señor “América primero!” no estaba interesado en la posibilidad de que podamos mejor ser capaz de dominar la pandemia si actuamos en cooperación con otros países. 

Pero no fue sólo Donald Trump, que rechazó la idea de la investigación abierta y la cooperación internacional, en realidad no estaba en la agenda de ningún político prominente, incluyendo progresistas como Bernie Sanders y Elizabeth Warren.

 Era un problema en la comunidad científica, pero, como sabemos, la gente en los círculos políticos no toman en serio la ciencia. (Describo un mecanismo de financiación de la investigación avanzada de código abierto en el capítulo 5 de Rigged [está libre].)

 El gran problema, por supuesto, es que esta vía de investigación de código abierto y la cooperación internacional podría poner en duda los méritos de la financiación de la investigación monopolio de las patentes de medicamentos recetados. 

Después de todo, si la investigación de código abierto financiada con fondos públicos demostrara ser el mejor mecanismo para financiar el desarrollo de medicamentos y vacunas en una pandemia, pudiera ser que este procedimiento pasara a ser el estandar general. Y, nadie en una posición de poder en la política estadounidense quiso tomar el riesgo de un mal ejemplo.

 Si hubiéramos seguido la ruta de la investigación de código abierto financiada con fondos públicos, entonces la comunidad científica tendría acceso a todos los resultados de los ensayos clínicos de todas las vacunas a medida que estén disponibles.

 Esto significaría que los países podrían decidir qué vacunas querían utilizar en base a los datos. [1] También podrían comenzar a producir y almacenar grandes cantidades de vacunas, tan pronto como entraron en ensayos de fase 3. Increíblemente, parece que ningún país ha hecho esto.

 Si bien no habíamos podido saber qué pasaría a los ensayos de fase 3, y posteriormente, demostrara ser segura y eficaz, las ventajas de tener un gran arsenal disponible que se pudiera distribuir de forma rápida a pesar de los problemas de los posibles costos de la compra de grandes cantidades de una vacuna que no esté aprobada . 

Supongamos que Estados Unidos hubiera producido 400 millones de dosis de una vacuna que resultó no ser eficaz. Con los costos de producción de una vacuna en alrededor de $ 2 por disparo, esto significaría que habíamos perdido $ 800 millones. 

En un país con ya más de 4.000 muertes al día en el pico de la pandemia y las pérdidas económicas provocadas por el desarrollo de la pandemia en billones de dólares, el riesgo de gastar $ 800 millones de dólares en una vacuna ineficaz parece bastante trivial.

 Por alguna razón, ningún país siguió esta ruta de almacenamiento. Para ser claro, no había ningún obstáculo físico para producir mil millones de vacunas a finales de 2020. Si podemos construir una fábrica para producir estas vacunas, podemos construir diez fábricas. Si algunos de los insumos son escasos, podemos construir más fábricas para producir esos insumos. Puede haber cuestiones de derechos de patente, pero es algo diferente a una cuestión de limitaciones físicas. (...)"         

(Dean Baker is a Senior Economist at the Center for Economic and Policy Research. Brave New Europa, 26/01/21)

21/12/20

Mariana Mazzucato: Capitalismo después de la pandemia. Cómo conseguir la recuperación correcta

"Conseguir la recuperación correcta.

Después de la crisis financiera de 2008, los gobiernos de todo el mundo inyectaron más de 3 billones de dólares en el sistema financiero. El objetivo era descongelar los mercados crediticios y hacer que la economía mundial volviera a funcionar. Pero en lugar de apoyar la economía real, la parte que involucra la producción de bienes y servicios reales, el grueso de la ayuda terminó en el sector financiero. 

Los gobiernos rescataron a los grandes bancos de inversión que habían contribuido directamente a la crisis, y cuando la economía volvió a ponerse en marcha, fueron esas empresas las que cosecharon los frutos de la recuperación. Los contribuyentes, por su parte, se quedaron con una economía global que estaba tan rota, desigual y con alto consumo de carbono como antes. “Nunca deje que una buena crisis se desperdicie”, dice una máxima popular en la formulación de políticas. Pero eso es exactamente lo que pasó.

Ahora que los países se están recuperando de la pandemia de COVID-19 y los bloqueos resultantes, deben evitar cometer el mismo error. En los meses posteriores a la aparición del virus, los gobiernos intervinieron para abordar las crisis económicas y de salud concomitantes, implementando paquetes de estímulo para proteger los empleos, emitiendo reglas para frenar la propagación de la enfermedad e invirtiendo en la investigación y el desarrollo de tratamientos y vacunas.

 Estos esfuerzos de rescate son necesarios. Pero no es suficiente que los gobiernos simplemente intervengan como gastadores de último recurso cuando los mercados fallan u ocurren crisis. Deben moldear activamente los mercados para que ofrezcan el tipo de resultados a largo plazo que beneficien a todos.

El mundo perdió la oportunidad de hacer eso en 2008, pero el destino le ha dado otra oportunidad. A medida que los países salen de la crisis actual, pueden hacer más que estimular el crecimiento económico; pueden orientar la dirección de ese crecimiento para construir una mejor economía. En lugar de brindar asistencia sin compromiso a las corporaciones, pueden condicionar sus rescates a políticas que protejan el interés público y aborden los problemas sociales. Pueden requerir que las vacunas COVID-19 que reciben apoyo público sean accesibles universalmente. Pueden negarse a rescatar a empresas que no reducirán sus emisiones de carbono o que no dejarán de ocultar sus ganancias en paraísos fiscales.

Durante demasiado tiempo, los gobiernos han socializado los riesgos pero privatizado las recompensas: el público ha pagado el precio por limpiar los desordenes, pero los beneficios de esas limpiezas se han acumulado en gran medida para las empresas y sus inversores. En tiempos de necesidad, muchas empresas se apresuran a pedir ayuda al gobierno, pero en los buenos tiempos exigen que el gobierno se retire. 

La crisis del COVID-19 presenta una oportunidad para corregir este desequilibrio mediante un nuevo estilo de negociación que obliga a las empresas rescatadas a actuar más en favor del interés público y permite a los contribuyentes compartir los beneficios de los éxitos tradicionalmente acreditados únicamente al sector privado. Pero si los gobiernos, en cambio, se enfocan solo en terminar con el dolor inmediato, sin reescribir las reglas del juego, entonces el crecimiento económico que sigue a la crisis no será inclusivo ni sostenible. Tampoco servirá a empresas interesadas en oportunidades de crecimiento a largo plazo.

LA PODER EN EL SISTEMA

Las economías avanzadas habían estado sufriendo importantes fallas estructurales mucho antes de que llegara el COVID-19. Por un lado, las finanzas se están financiando a sí mismas, erosionando así la base del crecimiento a largo plazo. La mayoría de las ganancias del sector financiero se reinvierten en finanzas (bancos, compañías de seguros y bienes raíces) en lugar de destinarse a usos productivos como infraestructura o innovación. Solo el diez por ciento de todos los préstamos de los bancos británicos, por ejemplo, apoya a empresas no financieras, y el resto se destina a activos inmobiliarios y financieros.

 En las economías avanzadas, los préstamos inmobiliarios constituían alrededor del 35 por ciento de todos los préstamos bancarios en 1970; en 2007, había aumentado a alrededor del 60 por ciento. La estructura actual de las finanzas alimenta así un sistema impulsado por la deuda y las burbujas especulativas que, cuando estallan, hacen que los bancos y otros mendiguen por rescates gubernamentales.

Otro problema es que muchas grandes empresas descuidan las inversiones a largo plazo en favor de ganancias a corto plazo. Obsesionados con los rendimientos trimestrales y los precios de las acciones, los directores ejecutivos y las juntas corporativas han recompensado a los accionistas comprando acciones, aumentando el valor de las acciones restantes y, por lo tanto, de las opciones sobre acciones que forman parte de la mayoría de los paquetes de pago de ejecutivos. En la última década, las empresas de Fortune 500 han recomprado más de 3 billones de dólares en sus propias acciones. Estas recompras se realizan a expensas de la inversión en salarios, capacitación de trabajadores e investigación y desarrollo.

Luego está el vaciamiento de la capacidad del gobierno. Solo después de una falla explícita del mercado, los gobiernos suelen intervenir y las políticas que proponen son demasiado escasas y demasiado tardías. Cuando se considera que el estado no es un socio en la creación de valor, sino simplemente un reparador, los recursos financiados con fondos públicos se mueren de hambre. Los programas sociales, la educación y la atención médica no cuentan con fondos suficientes.

Estos fracasos se han sumado a las megacrisis, tanto económicas como planetarias. La crisis financiera fue causada en gran medida por un exceso de crédito que fluyó hacia los sectores inmobiliario y financiero, lo que infló las burbujas de activos y la deuda de los hogares en lugar de respaldar la economía real y generar un crecimiento sostenible. Mientras tanto, la falta de inversiones a largo plazo en energía verde ha acelerado el calentamiento global, hasta el punto que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU ha advertido que al mundo le quedan apenas diez años para evitar sus efectos irreversibles.

 Y, sin embargo, el gobierno de Estados Unidos subvenciona a las empresas de combustibles fósiles por una suma de unos 20.000 millones de dólares al año, en gran parte mediante exenciones fiscales preferenciales. Los subsidios de la UE suman alrededor de 65 mil millones por año. En el mejor de los casos, los formuladores de políticas que intentan hacer frente al cambio climático están considerando incentivos, como los impuestos al carbono y las listas oficiales de las inversiones que cuentan como ecológicas. No han llegado a emitir el tipo de regulaciones obligatorias que se requieren para evitar desastres para 2030.

La crisis del COVID-19 solo ha empeorado todos estos problemas. Por el momento, la atención del mundo se centra en sobrevivir a la crisis sanitaria inmediata, no en prevenir la crisis climática que se avecina o la próxima crisis financiera. Los bloqueos han devastado a las personas que trabajan en la peligrosa economía de los gig (una fuerza de trabajo basada en proyectos únicos o tareas para la que un trabajador es contratado, por lo general en el mercado digital, para trabajar por demanda. N. del T.). 

Muchos de ellos carecen tanto de los ahorros como de los beneficios del empleador, es decir, atención médica y licencia por enfermedad, necesarios para capear la tormenta. La deuda corporativa, una de las causas clave de la crisis financiera anterior, solo está subiendo a medida que las empresas adquieren cuantiosos préstamos nuevos para capear el colapso de la demanda. Y la obsesión de muchas empresas por complacer los intereses a corto plazo de sus accionistas las ha dejado sin una estrategia a largo plazo para superar la crisis.

La pandemia también ha revelado cuán desequilibrada se ha vuelto la relación entre el sector público y el privado. En los Estados Unidos, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) invierten unos  40 mil millones de dólares al año en investigación médica y han sido un financiador clave de la investigación y el desarrollo de tratamientos y vacunas COVID-19. 

Pero las compañías farmacéuticas no tienen la obligación de hacer que los productos finales sean asequibles para los estadounidenses, cuyo dinero de los impuestos los está subsidiando en primer lugar. La empresa Gilead, con sede en California, desarrolló su medicamento COVID-19, Remdesivir, con 70,5 millones de dólares de apoyo del gobierno federal. En junio, la compañía anunció el precio que cobraría a los estadounidenses por un curso de tratamiento: 3.120 dólares.

Fue un movimiento típico de las grandes farmacéuticas. Un estudio analizó los 210 medicamentos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU., de 2010 a 2016 y descubrió que "la financiación de los NIH contribuyó a todos". Aun así, los precios de los medicamentos en Estados Unidos son los más altos del mundo. Las empresas farmacéuticas también actúan en contra del interés público abusando del proceso de patente. Para evitar la competencia, presentan patentes que son muy amplias y difíciles de licenciar. Algunos de ellos están demasiado arriba en el proceso de desarrollo, lo que permite a las empresas privatizar no solo los frutos de la investigación, sino también las propias herramientas para llevarla a cabo.

Se han hecho negocios igualmente malos con Big Tech. En muchos sentidos, Silicon Valley es producto de las inversiones del gobierno de EE.UU. en el desarrollo de tecnologías de alto riesgo. La National Science Foundation financió la investigación detrás del algoritmo de búsqueda que hizo famoso a Google. La Marina de los EE.UU. hizo lo mismo con la tecnología GPS de la que depende Uber. Y la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, parte del Pentágono, respaldó el desarrollo de Internet, la tecnología de pantalla táctil, Siri y todos los demás componentes clave del iPhone.

 Los contribuyentes asumieron riesgos cuando invirtieron en estas tecnologías, sin embargo, la mayoría de las empresas de tecnología que se han beneficiado no pagan su parte justa de impuestos. Entonces tienen la audacia de luchar contra las regulaciones que protegerían los derechos de privacidad del público. Y aunque muchos han señalado el poder de la inteligencia artificial y otras tecnologías que se están desarrollando en Silicon Valley, una mirada más cercana muestra que en estos casos, también, fueron las inversiones públicas de alto riesgo las que sentaron las bases. 

Sin la acción del gobierno, las ganancias de esas inversiones podrían volver a fluir en gran medida a manos privadas. La tecnología financiada con fondos públicos debe estar mejor gobernada por el estado, y en algunos casos propiedad del estado, para garantizar que el público se beneficie de sus propias inversiones. Como ha dejado claro el cierre masivo de escuelas durante la pandemia, solo algunos estudiantes tienen acceso a la tecnología necesaria para la educación en el hogar, una disparidad que solo fomenta la desigualdad. El acceso a Internet debería ser un derecho, no un privilegio.

REPENSANDO EL VALOR

Todo esto sugiere que la relación entre el sector público y el privado está rota. Arreglarlo requiere abordar primero un problema subyacente en economía: el campo se ha equivocado en el concepto de valor. Los economistas modernos entienden el valor como intercambiable con el precio. Esta visión sería un anatema para los teóricos anteriores como François Quesnay, Adam Smith y Karl Marx, quienes veían los productos como un valor intrínseco relacionado con la dinámica de la producción, un valor que no estaba necesariamente relacionado con su precio.

El concepto contemporáneo de valor tiene enormes implicaciones para la forma en que se estructuran las economías. Afecta cómo se administran las organizaciones, cómo se contabilizan las actividades, cómo se priorizan los sectores, cómo se ve al gobierno y cómo se mide la riqueza nacional. El valor de la educación pública, por ejemplo, no figura en el PIB de un país porque es gratuita, pero sí el costo de los salarios de los maestros. Es natural, entonces, que tanta gente hable de "gasto" público en lugar de "inversión" pública. 

Esta lógica también explica por qué el entonces director ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, podría reclamar en 2009, apenas un año después de que su empresa recibiera un rescate de 10 mil millones de dólares, que sus trabajadores estaban "entre los más productivos del mundo". Después de todo, si el valor es el precio, y si el ingreso por empleado de Goldman Sachs se encuentra entre los más altos del mundo, entonces, por supuesto, sus trabajadores deben estar entre los más productivos del mundo.

Cambiar el statu quo requiere encontrar una nueva respuesta a la pregunta: ¿Qué es el valor? En este caso, es esencial reconocer las inversiones y la creatividad que brindan una amplia gama de actores en la economía, no solo las empresas, sino también los trabajadores y las instituciones públicas. Durante demasiado tiempo, la gente ha actuado como si el sector privado fuera el motor principal de la innovación y la creación de valor y, por lo tanto, tuviera derecho a los beneficios resultantes. Pero esto simplemente no es cierto. 

Los medicamentos farmacéuticos, Internet, la nanotecnología, la energía nuclear, la energía renovable, todos fueron desarrollados con una enorme cantidad de inversión gubernamental y asunción de riesgos, a costa de innumerables trabajadores y gracias a la infraestructura e instituciones públicas. Apreciar la contribución de este esfuerzo colectivo facilitaría asegurar que todos los esfuerzos fueran adecuadamente remunerados y que las recompensas económicas de la innovación se distribuyeran de manera más equitativa. El camino hacia una asociación más simbiótica entre instituciones públicas y privadas comienza con el reconocimiento de que el valor se crea colectivamente.

MALOS DESAFÍOS

Más allá de repensar el valor, las sociedades deben priorizar los intereses a largo plazo de las partes interesadas en lugar de los intereses a corto plazo de los accionistas. En la crisis actual, eso debería significar desarrollar una “vacuna para las personas contra el COVID-19”, una que sea accesible para todos en el planeta. El proceso de innovación farmacológica debe regirse de manera que fomente la colaboración y la solidaridad entre países, tanto durante la fase de investigación y desarrollo como cuando llega el momento de distribuir la vacuna.

 Las patentes deben agruparse entre universidades, laboratorios gubernamentales y empresas privadas, permitiendo que el conocimiento, los datos y la tecnología fluyan libremente por todo el mundo. Sin estos pasos, una vacuna COVID-19 corre el riesgo de convertirse en un producto caro vendido por un monopolio, un bien de lujo que solo los países y ciudadanos más ricos pueden pagar.

De manera más general, los países también deben estructurar las inversiones públicas menos como limosnas y más como intentos de moldear el mercado en beneficio del público, lo que significa atar a condiciones la asistencia del gobierno. Durante la pandemia, esas condiciones deberían promover tres objetivos particulares: 

Primero, mantener el empleo para proteger la productividad de las empresas y la seguridad de los ingresos de los hogares.

 En segundo lugar, mejorar las condiciones de trabajo proporcionando seguridad adecuada, salarios dignos, niveles suficientes de paga por enfermedad y una mayor participación en la toma de decisiones. En tercer lugar, promover misiones a largo plazo como la reducción de las emisiones de carbono y la aplicación de los beneficios de la digitalización a los servicios públicos, desde el transporte hasta la salud.

La principal respuesta de Estados Unidos al COVID-19, la Ley CARES (Ayuda, Alivio y Seguridad Económica por Coronavirus), aprobada por el Congreso en marzo, ilustra estos puntos a la inversa. En lugar de implementar apoyos efectivos para la nómina, como lo hicieron la mayoría de los otros países avanzados, Estados Unidos ofreció beneficios de desempleo temporales mejorados. Esta elección provocó el despido de más de 30 millones de trabajadores, lo que provocó que Estados Unidos tuviera una de las tasas más altas de desempleo relacionado con una pandemia en el mundo desarrollado. 

Debido a que el gobierno ofreció billones de dólares en apoyo directo e indirecto a las grandes corporaciones sin condiciones significativas, muchas empresas tenían la libertad de tomar acciones que pudieran propagar el virus, como negar los días de enfermedad pagados a sus empleados y operar lugares de trabajo inseguros.

La Ley CARES también estableció el Programa de Protección de Cheques de Pago, según el cual las empresas recibían préstamos que serían condonados si los empleados se mantuvieran en la nómina. Pero el PPP terminó sirviendo más como una subvención masiva en efectivo a las tesorerías corporativas que como un método efectivo para salvar empleos. Cualquier pequeña empresa, no solo las que lo necesitaban, podía recibir un préstamo, y el Congreso rápidamente aflojó las reglas sobre cuánto debía gastar una empresa en nómina para que se le condonara el préstamo.

 Como resultado, el programa redujo poco el desempleo. Un equipo del MIT concluyó que el PPP entregó 500 mil millones de dólares en préstamos pero solo salvó 2,3 millones de empleos, en aproximadamente seis meses. Suponiendo que la mayoría de los préstamos finalmente se condonen, el costo anualizado del programa asciende a aproximadamente $ 500.000 dólares por trabajo. Durante el verano, tanto la PPP como las prestaciones por desempleo ampliadas se agotaron y la tasa de desempleo de Estados Unidos aún excedía el diez por ciento.

Hasta ahora, el Congreso ha autorizado más de 3 billones de dólares en gastos en respuesta a la pandemia, y la Reserva Federal inyectó 4 billones adicionales, aproximadamente, en la economía, sumando en conjunto más del 30 por ciento del PIB estadounidense. Sin embargo, estos enormes gastos no han logrado nada en términos de abordar problemas urgentes a largo plazo, desde el cambio climático hasta la desigualdad.

 Cuando la senadora Elizabeth Warren, demócrata de Massachusetts, propuso imponer condiciones a los rescates —para asegurar salarios más altos y mayor poder de decisión para los trabajadores y restringir dividendos, recompras de acciones y bonificaciones para ejecutivos— no pudo obtener los votos.

El objetivo de la intervención del gobierno fue evitar el colapso del mercado laboral y mantener a las empresas como organizaciones productivas; esencialmente, actuar como aseguradora de riesgos catastróficos. Pero no se puede permitir que este enfoque empobrezca al gobierno, ni se debe permitir que los fondos financien estrategias comerciales destructivas. En el caso de insolvencias, el gobierno podría considerar exigir posiciones de capital en las empresas que está rescatando, como sucedió en 2008 cuando el Tesoro de Estados Unidos tomó participaciones en la propiedad de General Motors y otras empresas en problemas. 

Y al rescatar empresas, el gobierno debería imponer condiciones que prohíban todo tipo de mal comportamiento: repartir bonificaciones inoportunas a los directores ejecutivos, emitir dividendos excesivos, realizar recompras de acciones, asumir deudas innecesarias, desviar beneficios a paraísos fiscales o participar en un cabildeo político problemático. También deben evitar que las empresas aumenten los precios, especialmente en el caso de los tratamientos y vacunas COVID-19.

Otros países muestran cómo es una respuesta adecuada a la crisis. Cuando Dinamarca ofreció pagar el 75 por ciento de los costos de nómina de las empresas al comienzo de la pandemia, lo hizo con la condición de que las empresas no pudieran realizar despidos por razones económicas. El gobierno danés también se negó a rescatar a las empresas que estaban registradas en paraísos fiscales y prohibió el uso de fondos de ayuda para dividendos y recompras de acciones. En Austria y Francia, las aerolíneas se salvaron con la condición de que redujeran su huella de carbono.

El gobierno británico, por el contrario, le dio a EasyJet acceso a más de 750 millones de dólares en liquidez en abril, a pesar de que la aerolínea había pagado casi 230 millones en dividendos a los accionistas un mes antes. El Reino Unido se negó a imponer condiciones a su rescate de EasyJet y otras empresas en problemas en nombre de la neutralidad del mercado, la idea de que no es trabajo del gobierno decirles a las empresas privadas cómo gastar su dinero. 

Pero un rescate nunca puede ser neutral: por definición, un rescate implica que el gobierno elija salvar a una empresa, y no a otra, del desastre. Sin condiciones, la ayuda del gobierno corre el riesgo de subsidiar malas prácticas comerciales, desde modelos comerciales ambientalmente insostenibles hasta el uso de paraísos fiscales. El plan de licencias del Reino Unido, según el cual el gobierno pagaba hasta el 80 por ciento de los salarios de los empleados sin licencia, debería haber estado al menos condicionado a que los trabajadores no fueran despedidos tan pronto como terminara el programa. Pero no fue así.

LA MENTALIDAD CAPITALISTA DE EMPRESA

El estado no puede simplemente invertir; debe dar con el trato correcto. Para hacerlo, tiene que empezar a pensar como lo que he llamado un “estado emprendedor”, asegurándose de que, a medida que invierte, no se trata solo de eliminar el riesgo de las desventajas, sino también de obtener una parte de las ventajas. Una forma de hacerlo es tomar una participación accionaria en los acuerdos que realiza.

Piense en la empresa solar Solyndra, que recibió un préstamo garantizado de 535 millones de dólares del Departamento de Energía de EE.UU. antes de quebrar en 2011 y convertirse en un sinónimo conservador de la incapacidad del gobierno para elegir ganadores. Casi al mismo tiempo, el Departamento de Energía otorgó un préstamo garantizado de 465 millones a Tesla, que experimentó un crecimiento explosivo. Los contribuyentes pagaron por el fracaso de Solyndra, pero nunca fueron recompensados por el éxito de Tesla. Ningún capitalista de riesgo que se precie estructuraría inversiones así. Peor aún, el Departamento de Energía estructuró el préstamo de Tesla de modo que obtendría tres millones de acciones de la empresa si Tesla no pudiera pagar el préstamo, un acuerdo diseñado para no dejar a los contribuyentes con las manos vacías.

 Pero, ¿por qué querría el gobierno una participación en una empresa en quiebra? Una estrategia más inteligente hubiera sido hacer lo contrario y pedirle a Tesla que pagara tres millones de acciones si pudiese pagar el préstamo. Si el gobierno hubiera hecho eso, habría ganado decenas de miles de millones de dólares a medida que el precio de las acciones de Tesla crecía durante el transcurso del préstamo, dinero que podría haber cubierto el costo de la quiebra de Solyndra con mucho excedente para la siguiente ronda de inversiones.

Pero lo importante es preocuparse no solo por la recompensa monetaria de las inversiones públicas. El gobierno también debería imponer condiciones estrictas a sus acuerdos para garantizar que sirvan al interés público. El precio de los medicamentos desarrollados con ayuda del gobierno debe tener en cuenta esa inversión. Las patentes que emite el gobierno deben ser limitadas y fáciles de licenciar, a fin de fomentar la innovación, promover el espíritu empresarial y desalentar la búsqueda de rentas.

Los gobiernos también deben considerar cómo utilizar los rendimientos de sus inversiones para promover una distribución más equitativa de los ingresos. No se trata de socialismo; se trata de comprender la fuente de las ganancias capitalistas. La crisis actual ha llevado a renovar las discusiones sobre un ingreso básico universal, por el cual todos los ciudadanos reciben un pago regular igual del gobierno, independientemente de si trabajan. 

La idea detrás de esta política es buena, pero la narrativa sería problemática. Dado que una renta básica universal se ve como una dádiva, perpetúa la falsa noción de que el sector privado es el único creador, no un co-creador, de la riqueza en la economía y que el sector público es simplemente un cobrador de peajes que desvía las ganancias, distribuyéndolos como caridad.

Una mejor alternativa es el dividendo ciudadano. Según esta política, el gobierno toma un porcentaje de la riqueza creada con las inversiones del gobierno, pone ese dinero en un fondo y luego comparte las ganancias con la gente. La idea es recompensar directamente a los ciudadanos con una parte de la riqueza que han creado. Alaska, por ejemplo, ha distribuido los ingresos del petróleo a los residentes a través de un dividendo anual de su Fondo Permanente desde 1982. Noruega hace algo similar con su Fondo de Pensiones del Gobierno. 

California, que alberga algunas de las empresas más ricas del mundo, podría considerar hacer algo similar. Cuando Apple, con sede en Cupertino, California, estableció una subsidiaria en Reno, Nevada, para aprovechar la tasa impositiva corporativa del cero por ciento de ese estado, causó una pérdida enorme de ingresos fiscales. No solo deberían bloquearse estos trucos fiscales, sino que California también debería contraatacar creando un fondo de riqueza estatal, que ofrecería una forma, además de los impuestos, de capturar directamente una parte del valor creado por la tecnología y las empresas que fomenta.

El dividendo ciudadano permite que las ganancias de la riqueza co-creada se compartan con la comunidad en general, ya sea que esa riqueza provenga de recursos naturales que son parte del bien común o de un proceso, como inversiones públicas en medicamentos o tecnologías digitales, que ha implicado un esfuerzo colectivo. Una política de este tipo no debería sustituir a que el sistema fiscal funcione correctamente. El estado tampoco debe usar la falta de tales fondos como excusa para no financiar bienes públicos clave. Pero un fondo público puede cambiar la narrativa al reconocer explícitamente la contribución pública a la creación de riqueza, clave en el juego de poder político entre fuerzas.

LA ECONOMÍA CON UN PROPÓSITO

Cuando los sectores público y privado se unen en pos de una misión común, pueden hacer cosas extraordinarias. Así fue como Estados Unidos llegó a la luna y regresó en 1969. Durante ocho años, la NASA y empresas privadas de sectores tan variados como el aeroespacial, el textil y la electrónica colaboraron en el programa Apollo, invirtiendo e innovando juntos. A través de la audacia y la experimentación, lograron lo que el presidente John F. Kennedy llamó "la aventura más peligrosa, peligrosa y más grande en la que se haya embarcado el hombre". No se trataba de comercializar determinadas tecnologías ni siquiera de impulsar el crecimiento económico; era para hacer algo juntos.

Más de 50 años después, en medio de una pandemia global, el mundo tiene la oportunidad de intentar una meta aún más ambiciosa: la creación de una economía mejor. Esta economía sería más inclusiva y sostenible. Emitiría menos carbono, generaría menos desigualdad, construiría un transporte público moderno, proporcionaría acceso digital para todos y ofrecería atención médica universal. De manera más inmediata, pondría una vacuna COVID-19 a disposición de todos. Crear este tipo de economía requerirá un tipo de colaboración público-privada que no se ha visto en décadas.

Algunos que hablan de recuperarse de la pandemia citan un objetivo atractivo: volver a la normalidad. Pero ese es el objetivo equivocado; lo normal está roto. Más bien, el objetivo debería ser, como muchos lo han dicho, "reconstruir mejor". Hace doce años, la crisis financiera ofreció una rara oportunidad para cambiar el capitalismo, pero se desperdició. Ahora, otra crisis ha presentado otra oportunidad de renovación. Esta vez, el mundo no puede permitirse desperdiciarla."                        

(Mariana Mazzucato , Nuevos Papeles, 20/12/20; Publicado en Foreign Affairs el 10 de octubre de 2020)