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30/3/16

¿Por qué Trump?

"Donald Trump está ganando las primarias republicanas presidenciales a tal velocidad que parece tener muchas posibilidades de convertirse en el próximo candidato republicano a la presidencia y tal vez en el próximo presidente.

 Los demócratas no alcanzan a comprender por qué está ganando —y tan cómodamente— e incluso hay muchos republicanos que no le consideran republicano y tratan de detenerlo, pero no saben cómo. Hay varias teorías: la gente está enfadada y él da voz a ese enfado. 

La gente no cree mucho en el Congreso y quieren a alguien que no se dedique a la carrera política. Puede que ambas teorías sean ciertas. Pero, ¿por qué? ¿Cuáles son los pormenores? ¿Y por qué Trump?

Mucha gente está perpleja. Trump parece haber salido de la nada. Su postura ante muchos asuntos no encaja en un patrón común.

Le gusta la Planificación Familiar, la Seguridad  Social y el Medicare (programa estadounidense de asistencia médica para mayores de 65 años), que no son los típicos postulados republicanos. 

Los republicanos odian el derecho de expropiación (el paso de propiedades privadas a manos del gobierno) y adoran el Acuerdo Transpacífico (TPP), sin embargo Trump opina exactamente lo contrario en ambos casos. 

No es religioso y desprecia las prácticas religiosas, no obstante los evangélicos (es decir, los evangélicos de raza blanca) le adoran. Cree que las aseguradoras médicas y las empresas farmacéuticas, así como los contratistas militares, obtienen demasiados beneficios y quiere que eso cambie. Insulta a los grupos de votantes mayoritarios, p. ej., los latinoamericanos, cuando la mayoría de los republicanos intentan cortejarlos. Quiere deportar a 11 millones de inmigrantes sin papeles y cree que es capaz. Quiere impedir que ningún musulmán entre en el país. ¿Qué está ocurriendo?

La respuesta requiere el análisis de algunos antecedentes que, hasta la fecha, los medios de comunicación no han abordado.

Algunos antecedentes…

Trabajo en ciencia cognitiva y del cerebro. En la década de 1990 me propuse responder a una pregunta relativa a mi ámbito de trabajo: ¿hasta qué punto son coherentes las diversas posturas políticas de conservadores y progresistas? 

En el caso del conservadurismo: ¿cómo se conjuga estar en contra del aborto con estar a favor de la pertenencia de armas?, ¿qué tiene que ver la pertenencia de armas con negar la realidad del calentamiento global?, ¿cómo encaja estar en contra de la injerencia del estado con querer unas fuerzas armadas más potentes?, ¿cómo se puede ser provida y defender la pena de muerte? Los progresistas opinan exactamente lo contrario. ¿Cómo encajan las opiniones de ambas ideologías?

La respuesta surgió al comprender que tendemos a entender la nación metafóricamente desde el punto de vista de la familia: tenemos padres fundadores. Enviamos a nuestros hijos e hijas a la guerra. 

Tenemos seguridad de la patria. Las visiones del mundo conservador y progresista que dividen nuestro país se pueden entender más fácilmente si nos basamos en las formas morales de ver el mundo que se sintetizan en dos formas muy diferentes de vida familiar: la familia de Progenitores Educadores (progresista) y la familia de Padre Estricto (conservadora).

¿Qué relación tienen los asuntos sociales y la política con la familia? En primer lugar nos gobiernan nuestras familias y, de este modo, crecemos comprendiendo las instituciones  que nos gobiernan según los sistemas de gobierno de las familias.

En la familia de padre estricto, el padre sabe qué es lo mejor. Él distingue lo que está bien de lo que está mal y es la máxima autoridad que se asegura de que sus hijos y su esposa hacen lo que él dice, que todos ellos asumen como lo correcto.

 Muchas esposas conservadoras aceptan esta forma de ver la vida, defienden la autoridad del padre y son estrictas en esos terrenos de la vida familiar que están a su cargo. Cuando los hijos desobedecen, el deber moral del padre es castigarlos con suficiente dureza de modo que, para evitar el castigo le obedecerán (harán lo correcto) y no harán únicamente lo que les gusta. 

Se supone que a través de la disciplina física se hacen disciplinados, fuertes por dentro y capaces para prosperar en el mundo de fuera. ¿Y si no prosperan? Significa que no son disciplinados, y por lo tanto no son capaces de ser morales y merecen su pobreza. Este razonamiento se manifiesta en la política conservadora, en la que los pobres están considerados vagos e indignos y los ricos merecedores de su riqueza.

 La responsabilidad se interpreta, de este modo, como una responsabilidad personal y no como una responsabilidad social. En lo que te conviertes solo depende de ti; la sociedad no tiene nada que ver en ello. Eres responsable de ti mismo, no de los demás —que son responsables de sí mismos.

Ganar e insultar

Tal y como dijo el legendario entrenador de los Green Bay Packers, Vince Lombardi: “Ganar no lo es todo. Es lo único”. En un mundo gobernado por la responsabilidad personal y la disciplina ganan los que merecen ganar. ¿Por qué Donald Trump insulta despiadadamente en público a otros candidatos y a líderes políticos? 

Es sencillo, porque sabe que puede ganar en un concurso de insultos en un plató de televisión. Ante los estrictos ojos de un conservador eso lo convierte en un magnífico candidato ganador que merece ser un candidato ganador. La carrera electoral se considera una batalla. Los insultos que calan se consideran victorias —victorias merecidas.

Analicemos la declaración de Trump de que John McCain no es un héroe de guerra. El razonamiento: McCain fue derribado. Los héroes son ganadores. Vencen a los chicos malos. No son derribados. Aquellos que son derribados, apalizados y  metidos en una jaula son perdedores, no ganadores.

La jerarquía moral 

La lógica del padre estricto va más lejos. La idea básica es que dicha autoridad está justificada por la moralidad (la versión del padre estricto) y que, en un mundo bien organizado, debería haber (y tradicionalmente ha habido) una jerarquía moral en la cual los que tradicionalmente han dominado deberían dominar. 

La jerarquía es: Dios por encima del Hombre, el Hombre por encima de la Naturaleza, Los Disciplinados (Fuertes) por encima de los Indisciplinados (Débiles), Los Ricos por encima de  los Pobres, los Patronos por encima de los Empleados, los Adultos por encima de los Niños, la cultura de Occidente por encima de otras culturas, Nuestro País por encima de otros países. 

La jerarquía se extiende a: los Hombres por encima de las mujeres, los Blancos por encima de los que No son blancos, los Cristianos por encima de los que no son cristianos, Los Heterosexuales por encima de los Gais.

Estas tendencias se observan en la mayoría de los candidatos republicanos a la presidencia, así como en Trump y, en general, las políticas conservadoras derivan de la forma de ver el mundo del padre estricto y de esta jerarquía.

Las formas morales de ver la vida basadas en la familia provocan opiniones encontradas. Puesto que la gente quiere verse a sí misma haciendo lo correcto y no lo incorrecto, las visiones morales de la vida tienden a ser parte de la autodefinición —quién eres de verdad. Y, de este modo, tu forma moral de ver el mundo te define cómo debería ser el mundo. Cuando no es así, puede llegar la frustración y el enfado.

Hay cierta flexibilidad en la visión de la vida del padre estricto y hay variaciones importantes. La mayor división se halla entre (1) cristianos evangélicos blancos, (2) conservadores liberales partidarios del libre mercado y (3) conservadores pragmáticos que no están ligados a ninguna creencia evangélica.

Evangélicos blancos

Aquellos blancos que tienen una personal visión del mundo del padre estricto y que son religiosos tienden hacia la cristiandad evangélica, puesto que Dios, según esta religión, es el Máximo Padre Estricto: si sigues Sus mandamientos, vas al cielo; si desafías Sus mandamientos, ardes en el infierno por toda la eternidad. Si eres un pecador y quieres ir al cielo, puedes “volver a nacer” declarando tu lealtad al escoger a Su hijo, Jesucristo, como tu Salvador personal.

Dicho modelo de religión es natural para los que creen en la moralidad de padre estricto. Los cristianos evangélicos acuden a la iglesia porque son conservadores; no son conservadores porque estaban por casualidad en una iglesia evangélica, aunque pueden haber crecido con ambas cosas.

El cristianismo evangélico gira alrededor de la vida familiar. Por consiguiente, hay organizaciones como Focus on the Family y una referencia constante a los “valores familiares”,  que son los valores evangélicos del padre estricto. Según la moralidad del padre estricto, es el padre quien controla la sexualidad y la reproducción. Donde la iglesia tiene control político, hay leyes que exigen la notificación paterna y conyugal en caso de una propuesta de aborto.

Los evangélicos están muy organizados políticamente y ejercen control sobre una gran cantidad de carreras políticas locales. De este modo, los candidatos republicanos generalmente tienen que avenirse con los evangélicos si quieren ser candidatos y ganar las elecciones locales.

Conservadores pragmáticos

Los conservadores pragmáticos, por otra parte, pueden no tener ninguna inclinación religiosa. En su lugar, puede que se preocupen principalmente por su propia autoridad personal, no por la autoridad de la Iglesia, ni de Cristo, ni de Dios. 

Quieren ser padres estrictos en sus propios dominios, con autoridad principalmente sobre sus propias vidas. De este modo, una persona conservadora, joven y soltera —hombre o mujer—puede querer mantener relaciones sexuales sin preocuparse por el matrimonio.

 Puede que necesite acceso a la contracepción, consejos sobre enfermedades de transmisión sexual, información sobre el cáncer del cuello del útero, etcétera. Y si una chica o una mujer se quedan embarazadas y no hay posibilidad o deseo de contraer matrimonio, puede que sea necesario practicar un aborto.

Trump es el conservador pragmático por excelencia. Y sabe que hay muchos votantes republicanos como él en su pragmatismo. Hay una razón por la que le gusta la Planificación Familiar. Hay montones de conservadores pragmáticos, jóvenes, solteros (e incluso casados)  que pueden necesitar lo que la Planificación familiar ofrece —de forma barata y confidencial.

De un modo similar, los conservadores pragmáticos jóvenes o de mediana edad quieren maximizar su salud. No quieren agobiarse con la carga económica de cuidar de sus padres. La Seguridad Social y el Medicare les relevan de la mayoría de dichas responsabilidades. Esta es la razón por la que Trump quiere mantener la Seguridad Social y el Medicare.

Partidarios del libre mercado y del laissez-faire

Las políticas conservadoras de la clase dirigente no solo las ha configurado el poder político de las iglesias evangélicas de blancos, sino también el poder político de aquellos que buscan mercados libres que permitan un laissez-faire al máximo, donde la gente adinerada y las  corporaciones establecen las reglas del mercado a su favor con una regulación e imposición estatales mínimas. 

No ven los impuestos como una inversión en recursos que ofrece el Estado a todos los ciudadanos, sino como si el gobierno les quitara sus ganancias (su propiedad privada) y les diera el dinero a aquellos que no se lo merecen a través de programas estatales. Este es el origen que determina las ideas de los republicanos en contra de los impuestos y a favor de la disminución del papel del gobierno. 

Este conservadurismo está bastante contento con la externalización para aumentar los beneficios enviando la fabricación y muchos servicios al extranjero donde la mano de obra es barata, con la consecuencia de que los empleos bien remunerados abandonan América y los sueldos bajan. Puesto que dependen de importaciones baratas, no estarían a favor de la imposición de aranceles elevados.

Sin embargo, Donald Trump no está en un negocio que fabrique productos en el extranjero que se importan aquí aumentándolos el precio para obtener un margen de beneficios. Como promotor inmobiliario construye hoteles, casinos, edificios de oficinas, campos de golf. Puede construirlos en el extranjero con mano de obra barata, pero no los importa. 

Por otra parte, reconoce que la mayoría de los propietarios de pequeños negocios en América son más como él —negocios americanos como tintorerías, pizzerías, cafeterías, fontaneros, ferreterías, jardineros, contratistas, lavacoches y profesionales como arquitectos, abogados, médicos y enfermeras--. Las tarifas altas no parecen un problema.

Muchos  pequeños empresarios son conservadores pragmáticos. Les gusta el poder del Estado cuando trabaja para ellos. Por ejemplo el derecho de expropiación. Los representantes republicanos lo ven como un abuso por parte del gobierno —el Estado que quita propiedad privada.

 Sin embargo, los promotores inmobiliarios conservadores como Trump dependen de la expropiación para que las casas y pequeños negocios de las zonas que quieren promover puedan ser confiscadas por el derecho de expropiación por el bien de sus planes urbanísticos. 

Lo único que tiene que hacer es conseguir que los funcionarios locales le secunden, con contribuciones de campaña y la promesa de un aumento de los impuestos locales que ayudan a adquirir los derechos de expropiación pública. Trump señala a Atlantic City, donde construyó su casino empleando el derecho de expropiación pública para conseguir la propiedad.

Si los negocios tienen que pagar las prestaciones de asistencia sanitaria de sus empleados, Trump querría que pagaran lo menos posible para maximizar los beneficios de los negocios en general. Por lo tanto, querría que las compañías de seguros de salud y las farmacéuticas cobren lo menos posible. 

Para aumentar la competencia querría que las aseguradoras ofrecieran planes de ámbito nacional, evitando los intercambios de seguros administrados por el estado según la Ley de Protección de Pacientes y Asistencia Asequible (ACA). Los intercambios existen para maximizar la cobertura sanitaria de los ciudadanos y ayudar a que las personas con bajos ingresos estén cubiertas, más que para aumentar los beneficios de los empresarios. 

Trump, sin embargo, quiere mantener la obligatoriedad de la ACA, ley que los representantes conservadores odian puesto que la consideran una extralimitación del gobierno, obligando a la gente a comprar un producto. Para Trump, sin embargo, la obligatoriedad para los individuos aumenta los consorcios de seguros  y reduce los costes de los negocios.

Causalidad directa vs. causalidad sistémica

La causalidad directa lidia con un problema a través de la acción directa. La causalidad sistémica reconoce que muchos problemas surgen del sistema en el que se encuentran y deben afrontarse a través de la causalidad sistémica. La causalidad sistémica tiene cuatro versiones: una cadena de causas directas. 

Las causas directas interrelacionadas (o cadenas de causas directas). Ciclos de retroalimentación. Y causas probabilísticas. 

La causalidad sistémica en el calentamiento global explica por qué el calentamiento global del Pacífico puede provocar enormes tormentas de nieve en Washington DC: masas de moléculas de agua sumamente cargadas de energía se evaporan sobre el Pacífico, vuelan hacia el noreste y sobre el Polo Norte y llegan en invierno hasta la costa este y partes de la región central de EE. UU. como masas de nieve. 

 La causalidad sistémica tiene cadenas de causas directas, causas interrelacionadas, ciclos de retroalimentación, y causas probabilísticas —a menudo combinadas.

La causalidad directa se entiende fácilmente y parece estar presente en las gramáticas de todos los idiomas del mundo. La causalidad sistémica es más compleja y no está presente en la gramática de ningún idioma. Hay que aprendérsela.

La investigación empírica ha demostrado que los conservadores tienden a razonar con la causalidad directa y que los progresistas tienen mucha más facilidad para razonar con la causalidad sistémica. Se cree que la razón, en el modelo del padre estricto, es que el padre espera que el hijo o la esposa respondan directamente a una orden, y que una negativa debe ser castigada lo más rápida y directamente posible.

Muchas de las propuestas políticas de Trump se expresan en términos de causalidad directa.

Hay una oleada de inmigrantes procedentes de México —construye un muro para detenerlos. En el caso de todos los inmigrantes que han entrado de forma ilegal, simplemente depórtalos —aunque haya 11 millones trabajando en todos los sectores de la economía y viviendo por todo el país. 

 El remedio para la violencia de las armas es tener un arma lista para disparar al directamente al agresor. Para evitar que los puestos de trabajo se vayan a Asia, donde la mano de obra es más baja y que los artículos más baratos invadan el mercado de aquí, la solución es directa: poner un arancel enorme en esos artículos para que sean más caros que los productos fabricados aquí.

 Para horrar dinero en productos farmacéuticos, haz que el mayor consumidor —el gobierno— acepte ofertas a los mejores precios. Si Isis está ganando dinero con el petróleo iraquí, envía tropas de EE.UU. a Irak para lograr el control del petróleo. Amenaza a los líderes de Isis asesinando a los miembros de sus familias (aunque sea un crimen de guerra).

 Para obtener información de los sospechosos de ser terroristas, emplea simulacros de ahogamiento o métodos de tortura aún peores. Si hay posibilidades de que algún terrorista entre con los refugiados musulmanes, simplemente prohíbe a todos los musulmanes la entrada al país. Todo esto es lógico para los que piensan en términos de causalidad directa, pero no para aquellos que ven las inmensas dificultades y las espantosas consecuencias de dichas acciones debido a las complejidades de la causalidad sistémica.

Lo políticamente correcto

En América hay al menos decenas de millones de conservadores que comparten la moralidad del padre estricto y su jerarquía moral. Muchos de ellos son personas pobres o de clase media, y muchos son hombres blancos que se consideran superiores a los inmigrantes, a los que no son blancos, a las mujeres, a los que no son cristianos, a los gays —y a la gente que depende de la asistencia pública. 

En otras palabras, son lo que los liberales llamarían “intolerantes”. Durante muchos años, dicha intolerancia no era admisible públicamente, especialmente a medida que llegaban más inmigrantes, a medida que el país era menos blanco, a medida que más mujeres estudiaban y se integraban en el mundo laboral, y a medida que los gays se hacían más visibles y se aceptaba el matrimonio homosexual. 

A medida que organizaciones liberales antiintolerancia han proclamado alto y claro y han hecho de la naturaleza nada americana de dicha intolerancia una cuestión publica, los conservadores se han sentido cada vez más oprimidos por lo que ellos llaman  “lo políticamente correcto” —la presión pública contra sus opiniones y contra lo que ellos consideran “libertad de expresión”. 

Esto se acentuó de un modo exagerado desde el 11 de septiembre, cuando los sentimientos antimusulmanes se hicieron más intensos. La elección del presidente Barack Hussein Obama provocó la indignación entre los conservadores, y se negaron a considerarlo un americano legítimo (como el movimiento birther), mucho menos una autoridad legítima, especialmente cuando sus ideas liberales contradecían casi todo en lo que creen como conservadores.

Donald Trump expresa en voz alta todo lo que siente —con fuerza, hostilidad, enfado y sin vergüenza--. Lo único que tienen que hacer es apoyar y votar a Trump y ni siquiera tienen que expresar sus opiniones “políticamente incorrectas”, puesto que ya lo hace él por ellos y sus victorias hacen que esas opiniones sean respetables. 

Él es su campeón. Él les proporciona un sentimiento de autorrespeto, autoridad y la posibilidad de obtener poder.

Cuando oigas las palabras “políticamente correcto”, recuérdalo.

Los biconceptuales

No hay término medio en la política estadounidense. Hay moderados, pero no existe la ideología del moderado, no hay una sola ideología con la que estén de acuerdo todos los moderados. Un conservador moderado tiene algunas posturas progresistas sobre ciertos asuntos, aunque varían de una persona a otra. 

De un modo similar, un progresista moderado tiene algunas posturas conservadoras sobre ciertos asuntos, y de nuevo varía de una persona a otra. En resumen, los moderados tienen ambas visiones políticas, pero generalmente usa una de ellas. Estas dos formas morales de ver el mundo en general se contradicen. ¿Cómo pueden residir en el mismo cerebro al mismo tiempo?

Ambas se caracterizan en el cerebro por un circuito neuronal. Están unidas por un circuito común: la inhibición mutua. Cuando uno se activa, el otro se desactiva; cuando uno se fortalece, el otro se debilita.

 ¿Qué los activa o desactiva? El lenguaje que encaja en esa visión del mundo activa esa forma de ver la vida, la fortalece, mientras que desactiva la otra visión del mundo y la debilita. Cuanto más se debaten las opiniones de Trump en los medios, más se activan y se fortalecen, tanto en las mentes de los conservadores a ultranza como en las mentes de los progresistas moderados.

Esto ocurre aunque estés atacando las opiniones de Trump. La razón es que negar que hay un marco activa ese marco, como señalé en el libro ¡No pienses en un elefante! Da igual que estés promocionando o atacando a Trump, estás ayudando a Trump.

Un buen ejemplo de que Trump está ganando con biconceptuales progresistas son ciertos trabajadores no sindicados. Muchos miembros de los sindicatos son padres estrictos en casa o en sus vidas privadas. Creen en “los valores familiares tradicionales” —una expresión clave conservadora— y puede que se identifiquen con los ganadores.

¿Por qué Trump ha estado ganando en las primarias republicanas?

¡Fíjate en todos los grupos conservadores a los que les gusta!

El Partido Demócrata no se está tomando en serio muchas de las razones por las que Trump recibe tanto apoyo, así como el alcance de ese apoyo. Y los medios no están analizando muchas de las razones por las que Trump recibe apoyo. Eso tiene que cambiar.

30/5/14

La izquierda volátil es la explicación del indiscutible éxito de PODEMOS

"El concepto de izquierda volátil lo acuñó el sociólogo César Molinas en [El País] 2007 como parte de un estudio sobre más de una década de comportamiento electoral en España. Una de las conclusiones que podemos obtener de su análisis era la siguiente, resumimos:
En España existe un núcleo de votantes de izquierda que no encuentra acomodo en las organizaciones de la izquierda institucional (PSOE e IU) y que oscila entre su apoyo puntual a estos y la abstención; cuando esos partidos hacen políticas de izquierda les votan, cuando no, les retiran el apoyo; los partidos de la izquierda saben esto pero no les importa —según algunos interpretamos—, porque las políticas demandadas por ese electorado son políticas que implican oposición sincera al sistema de poder dominante desde la Transición y tanto PSOE como IU son fuerzas sintéticas. En relación a esta dinámica observada, añadimos, el voto de izquierda se ve obligado en ocasiones a apoyar a quienes no satisfacen sus expectativas para impedir que triunfe la derecha. Si no se recuerda además que el sistema bipartidista era cosa de más de dos y que en ese juego IU ocupaba —y ocupa— un lugar destacado, no se puede comprender nada.
Las palabras de César Molinas son estas exactamente: «La izquierda volátil es un conjunto heterogéneo con pocos denominadores comunes, todos ellos negativos. Es común su rechazo frontal al PP y a todo lo que representa la derecha. Es común también su desdén hacia el PSOE, al que votan tapándose la nariz cuando le votan. Por lo razonado hasta aquí, el objetivo principal de una campaña electoral, de cualquier campaña electoral en España debe ser para el PP que no vayan a votar los que le detestan y para el PSOE que acudan a las urnas los que le desprecian. ¿Son consistentes sus estrategias electorales con estos principios?»  Ver artículo: La izquierda volátil.
El estudio de César Molinas causó inquietud en ciertos entornos y recibió una respuesta «técnica» por parte de otros colegas especialistas en sociología electoral, muy ligados a las empresas de opinión pública que forman parte del aparato de poder en España. Lo cierto es que el silencio de las direcciones políticas de los partidos de izquierda a este debate que fue público, era un clamor que le daba la razón a Molina.

 Que hubiera electorado de izquierda a la izquierda era algo inaceptable políticamente para la estabilidad de una monarquía y un régimen, que cuentan con una oposición a medida gracias a los pactos de impunidad en los que se basó la Transición y que todavía duran.

En 1990-91, una importante fuerza de izquierda en Madrid encargó un estudio cualitativo sobre tendencias de voto: el informe final no fue hecho público. El estudio dejaba muy claro que para muchos votantes de izquierda, la posición del PSOE y de IU era considerada como muy tíbia y poco combativa, al extremo de causar frustración y desánimo en su base de apoyos en un tanto por cierto muy alto de personas optándose en esos casos por la abstención. 

Esta tendencia observada fue considerada «no conveniente» por la dirección de esa organización. El trabajo era casi 17 años anterior al de Cesar Molinas, la conclusión muy parecida.

La izquierda volátil es la que le proporcionó a IU en Madrid casi un 19% como pico máximo de voto en unas autonómicas y en las generales de 1996, un 11% del total de votos al Julio Anguita del programa, programa, programa —el mayor éxito de IU—. 

También es la derrota del tándem Almunia-Frutos en unas generales o el hundimiento de IU (en 2004 un 4% del voto en generales) que les acabaría llevando a un sólo diputado poco después y, desde luego, la espectacular derrota de Rodríguez Zapatero con el PSOE. 

¿Por qué esas derrotas? Por el abandono del votante de izquierda a los partidos que les defraudan; un juego peligroso, pero que no podía evitarse si la oferta de IU y PSOE insistía en derechizarse. 

En el trasfondo ideológico estratégico de este duelo entre direcciones de partido y sentimiento de los votantes está el mantenimiento del status quo de la Transición, que aseguraba al PSOE la condición de partido de gobierno y a IU la de bisagra local con algún caladero de ocasión con el que mantener a su nomenclatura a cambio de no cuestionar en serio en su práctica política el equilibrio del Régimen bipartidista.

 Según esta lógica una IU con un 11% pero instalada en la ortodoxia del programa, programa, programa anguitista, les era menos funcional que un 4% pero más razonable y dispuesto a colaborar en «contener a la derecha», pues una posición de principios que se negase a entrar a someterse a los límites impuestos por el PSOE, no podría proporcionar el oxígeno que precisa el aparato de IU para sobrevivir; esto explica la tranquilidad con la que IU ha visto la salida de miles de militantes por su izquierda, el cierre de asambleas y expulsiones de militantes, la decadencia de su vida interna y el desprecio infinito con el que tratan desde su dirección las posiciones críticas basadas en valores republicanos y marxistas. (...)

La tesis de la izquierda volátil dice que cuando en España un partido de izquierda sigue un discurso de izquierda y una práctica de izquierda, recibe más votos, no menos: es decir, los suyos les votan. (...)

En las elecciones europeas de 2014, pese la atroz política del gobierno del PP, el PSOE ha seguido una línea de sometimiento a las políticas de derecha —en Europa, en Madrid, en todas partes—, según la hipótesis de la izquierda volátil debería haber perdido votos y lo ha hecho en una proporción enorme, superando la pérdida de voto de las generales últimas.

 ¿Por ser de izquierda? Más bien por todo lo contrario; el PSOE es percibido por los votantes de izquierda como un problema irresoluble, es su identidad de izquierda la que está desaparecida. No hay espacio de poder para social-liberales, lo hubo para socialistas más o menos vergonzantes, pero no para esta mutación. (...)

La izquierda volátil es la explicación del indiscutible éxito de PODEMOS. La hipotética bolsa de votantes de izquierda que no se sienten a gusto ni con el PSOE ni con IU y que oscilaban entre ellos y la abstención fueron fijados en esta nueva «marca» política. 

El discurso de Iglesias, muy enérgico y en el que mostraba una inequívoca voluntad de victoria  —algo inexistente en IU por completo— ha sabido cómo llegar a la izquierda harta de Izquierda Unida y a los jóvenes. y primeros votantes Es el mismo tono de los catalanes de ERC, de los vascos de Bildu, de la CUP catalana, de AGE en Galicia, es un tono de victoria y confianza, que destaca sobremanera con el papel de payaso sistémico autoasumido que caracteriza a Izquierda Unida.

 En la lógica y discurso de PODEMOS está la idea de que deben llegar a la gente más allá de izquierda o derecha y han teorizado sobre esta necesidad para poder lograr, según ellos, una mayoría capaz de darle la vuelta a la situación política.

 Esta teoría esconde numerosos peligros, el primero es olvidar que es la izquierda social —volátil o no— su base de apoyos, y que el discurso postmoderno basado en la idea de que la fractura izquierda/derecha debe ser superada es fascista; (pre, post o neo, que da igual) de seguir esa línea nos podemos encontrar con escenarios imprevisibles. 

La hipótesis que manejamos sobre la naturaleza del apoyo electoral y social al PODEMOS del éxito en las Europeas es que su identidad políticamente de izquierda y muy crítica con el sistema, aunque con una procedencia de clase media y una confusión ideológica fruto de la época y la situación social que les sitúa en una posición vulnerable a la manipulación.

Ha sido un voto de respuesta, ofensivo, reactivo y con un sentido de rechazo profundo a las políticas de derecha que están devastando España y Europa. PODEMOS tendrá ahora que demostrar en la práctica si es una ratonera para esa fracción de voto resistente deseoso de cambios o una palanca de cambio social y político. (...)

Factor clave del éxito electoral de PODEMOS ha sido su visualización pública a través de los medios alternativos, las Tv y youtube, y las redes sociales. El descontento era real, IU estaba demasiado encantada de conocerse y deslumbrada con las expectativas de crecimiento a costa de un PSOE en descomposición y fue incapaz de percibir, no ya de que existían alternativas a su proyecto más ilusionantes, sino que alguna de ellas —PODEMOS— había logrado romper la barrera de la visibilidad mediática en los medios que alimentan las redes sociales —virtuales y de las otras— en las que la izquierda social se alimenta.

 Resultado, la izquierda volátil ha hecho una apuesta de ilusión, han tenido por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de votar algo distinto y lo han hecho. Y ha funcionado.

Es preciso hacer un análisis más detallado viendo los resultados en detalle y entrando en las consecuencias y posible evolución.

La línea tanto de IU como de SYRIZA, desde el punto de vista de la izquierda de base son vistas como reformistas o timoratas, aunque comparadas con PSOE y PP parecen radicales. 

La derrota del PP y el PSOE es de tal magnitud, su descrédito tan grande, que en medio del panorama de devastación social en el que estamos que el PSOE se haya hundido y a su izquierda haya dos fuerzas en alza como PODEMOS e IU es un terremoto. En España el terremoto es de naturaleza distinta que en Francia. (...)"             (Análisis Europeas 2014: La izquierda volátil da un vuelco a las elecciones en España (1) / Pedro A. García Bilbao, Sociología Crítica, 26/05/2014)

27/3/14

La deshonestidad de un representante político es directamente proporcional a la dejadez y el cinismo de sus electores

"Según Medvic, la ‘trampa de las expectativas’ surge de tres grandes contradicciones que subyacen en nuestras expectativas respecto de los políticos:

a) Esperamos de los dirigentes políticos que lideren, que marquen orientaciones a la ciudadanía y, a la vez, que estén dispuestos a ser dirigidos por los ciudadanos.
b) Esperamos líderes políticos que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, y a la vez estén dispuestos a renunciar a ellos, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en todas las grandes materias con sus oponentes.
c) Finalmente, esperamos líderes de cualidades excepcionales, de formación y  comportamiento sobresalientes, a la vez que se muestren ordinarios, cercanos al individuo común y representativos del mainstream social. 

No es muy difícil observar que, ante tales contradicciones, es muy probable que nuestras expectativas sobre los representantes políticos acaben viéndose defraudadas y alimenten la desafección contra lo político.

Hay dos elementos en la historia y en la cultura política españolas que alimentan esa ‘trampa de las expectativas’. Por un lado, la relevancia dada al valor del igualitarismo (que no significa necesariamente lo mismo que igualdad) que vino de la mano de la democratización posfranquista, y que tiende a valorar negativamente cualquier atisbo aparente o difuso de exclusividad o excelencia social o cultural.

Por otro lado, la historia de violencia política y autoritarismo que ha acompañado la tortuosa consolidación de la democracia en nuestro país ha contribuido a estigmatizar el carácter inherentemente conflictivo que acompaña a todo proceso y debate políticos. 

No soportamos el tono de contraste que suele rodear cualquier controversia política, y no hemos sido educados –en general– para sobrellevarlo de forma cordial y sosegada. ¿Hemos presenciado alguna vez a alguien que pierde los nervios porque otro le llevaba la contraria en una discusión política? ¿Sabemos admitir honestamente la relatividad de nuestras propias convicciones políticas cuando otro trata de refutárnoslas? 

En este contexto, muchos de los más convencidos se vuelven sectarios de sus ideas y pierden cualquier sospecha de duda. Pero la amplia mayoría desarrolla una cultura política ‘naíf’, desprendida y escéptica ante lo político. 

No es de extrañar que en 2002, en plena época de bonanza económica y bajo desempleo, la política suscitara a los españoles ‘desconfianza’ (28,8%), ‘indiferencia’ (27,2%) y ‘aburrimiento’ (14,8%), y que el 65,4% nunca o raramente hablara de política con otras personas.

¿Quizá esto pueda cambiar con el renovado interés por la política que ha traído la crisis económica actual, tal como nos explicaba Carol Galais?

Para Medvic, esta cultura de la desconfianza se manifiesta en una visión hipercrítica de la política y de los políticos, que se traduce en los frecuentes prejuicios con que muchos ciudadanos abordan tanto la vida pública como la vida privada de los políticos.

En cuanto a la vida pública, los ciudadanos suelen reprochar a sus representantes el populismo, el electoralismo y el partidismo de sus planteamientos. Por un lado, los políticos tienden a abusar de los mensajes populistas para atraerse el apoyo de los ciudadanos. Pero no es menos cierto que los ciudadanos parecen muy proclives a responder positivamente a las ofertas más populistas que les hacen sus representantes, siempre que estas puedan resultarles individualmente beneficiosas. 

Por otro lado, suele reprocharse que los políticos estén pensando siempre en las próximas elecciones. Ciertamente suele ser así, aunque con ello olvidamos que el horizonte electoral es el principal estímulo para que los políticos traten de mantener y reforzar el apoyo de sus electores, y, por lo tanto, les incentiva a una cierta rendición de cuentas y un seguimiento atento de las preferencias de estos. 

Finalmente, se acusa a los políticos de mostrarse siempre excesivamente partidistas en sus posiciones y demasiado críticos de entrada con las propuestas de sus adversarios. No obstante, hay que recordar la importancia que los electores dan a la claridad –a menudo simplista– en las posiciones políticas de sus representantes. Muchos electores son incluso más propensos a votar ‘en contra’ de otras posiciones o líderes políticos que a favor de su propio partido.

La valoración respecto de la vida privada de los políticos es si cabe aún más dura. Tenemos ciudadanos hipercríticos con las cualidades morales de sus representantes, a los que se les recrimina cualquier atisbo de ambición personal –a pesar de que una cierta dosis de ambición resulta inexcusable para soportar los elevados costes personales que genera la participación en política, como recuerda el Joseph A. Schlesinger en su clásico Ambition and politics (Rand McNally, 1966)– y de hipocresía –aunque esta sea en buena medida necesaria para mantener la convivencia cordial del sistema político en general y el ‘fair play’ en la disputa política en particular, como señala David Runciman en su 'Political hypocrisy' (Princeton University Press, 2010)–.

Y por encima de todo, los ciudadanos se muestran tremendamente exigentes en términos morales ante la mentira, el engaño y el uso de lo público en beneficio propio. El 60,6% de los españoles consideran que la desconfianza ante los políticos está relacionada con la corrupción que supuestamente muchos practican. 

El problema es que no sólo luego esa exigencia moral no se traduce automáticamente en castigo electoral ante los políticos, sino que los propios ciudadanos parecen sucumbir demasiadas veces a la tentación de tales defectos, o al menos se muestran socialmente más permisivos de lo que sugieren sus expectativas políticas.

8/5/09

La ciudad nos ha derechizado

"Pero todavía hay una circunstancia más que podría explicar el conservadurismo del voto urbano: el miedo. Un estudio realizado por el centro de estudios sociales italiano Censis demostró el pasado año que la angustia domina en las poblaciones urbanas. El análisis se hizo mediante encuestas hechas en 10 grandes ciudades (Londres, París, Roma, Moscú, Bombay, Pekín, Tokio, Nueva York, São Paulo y El Cairo). Aunque la gente no se deja arrastrar por el pánico, lo cierto es que el 90% de los habitantes metropolitanos declara que sufre al menos algún tipo de miedo y que éste es más acusado entre las mujeres y, sobre todo, entre los que tienen menos medios, menos cultura y más años. Por cierto, el envejecimiento de la población no es fenómeno exclusivamente rural. En las ciudades ya se está notando. En Madrid, la edad media se ha elevado en los últimos veinte años de 37 a 42 años.

El tipo de miedos no es similar en todas las ciudades, pero la inseguridad de los ciudadanos viene, en general, dada por la tecnología, el terrorismo, la muerte, la violencia física, la exclusión, la marginalidad o la pérdida de la posición social.

El miedo y la consecuente sensación de inseguridad deben ser mayores en las ciudades. Aunque no hay datos sobre la percepción subjetiva del ciudadano, sí los hay en España sobre el problema objetivo. Según datos del Ministerio del Interior, las tasas de criminalidad (número de delitos y faltas por 1.000 habitantes) son más elevadas en las comunidades autónomas eminentemente urbanas. Baleares, Madrid, Ceuta, Melilla y Comunidad Valenciana están muy por encima de la media (47,6) española, mientras que se sitúan muy por debajo Extremadura, Galicia, Cantabria y La Rioja. El turismo, y no la dimensión de sus urbes, es lo que explica que Baleares encabece la lista negra, de la misma manera que Ceuta y Melilla presentan particularidades fronterizas distintas a las que sufre una gran ciudad. "No obstante, la media española está muy por debajo de la media europea, que es del 70,4", advierte una fuente oficial." (El País, ed. Galicia, 07/05/2009, p. 33)