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23/2/23

El flamenco son muchas almas reunidas, hay que ir al origen, no del cante, sino por qué se cantaba. Los gitanos eran condenados a galeras, como tantos otros, y los barcos no tocaban tierra en mucho tiempo. Cuando los galeotes se acercaban a la costa, cantaban para que las madres supieran que estaban vivos y los identificaran. No era artístico, eran necesidades reales, formas de comunicarse...

 "Una estirpe de gitanos bailaores y cantaores tensa el nervio de María Juncal de los pies a la punta de los dedos cuando zapatea. Ahora lo hace a menudo en el tablao que ha fundado en Ciudad de México, el único en la capital, donde han actuado figuras como Antonio Rey, Iván Vargas o Paula Rodríguez y este mes sube al cartel Karime Amaya. María Juncal (Las Palmas de Gran Canaria, 41 años) ha recorrido aun más mundo que sus antepasados, que actuaron para los zares de Rusia, montaron un tablao en Larache, aprendieron a bailar en el café cantante Villa Rosa y fueron musas de Julio Romero de Torres. No es fácil hoy en día trasladar a los artistas, dice, porque en España los tablaos están a tope. Por fortuna, México, como tantas partes del mundo, está formando buenos profesionales. Artistas de ida y vuelta, como las antiguas canciones.

Pregunta. Bailar con esa ferocidad a 2.300 metros de altitud no debe ser fácil.

Respuesta. Es una heroicidad bailar flamenco en México. Hemos tenido invitados que se bajan del tablao porque no pueden, se tiran al suelo y los camareros los abanican con las bandejas; he visto al maestro Güito con dos bombonas de oxígeno en el teatro Bellas Artes. Y Paula Rodríguez le decía al público que la altura de México la estaba dejando sin corazón.

P. Los tablaos, dice, están en buena forma.

R. Casi no logro traer a artistas españoles. Cerraron algunos con la pandemia, pero ahora están en auge. Lo que pasa es que cada vez es más complejo viajar al extranjero con una compañía, a menos que tengas recursos institucionales. Las producciones son muy complicadas. Así que los artistas, como forma de supervivencia, se quedan en los tablaos, que han subido mucho su nivel artístico, tienen mucho nombre y para los flamencos siguen siendo un foro de nivel. Ya no son, en su mayoría, para entretener a los extranjeros, hay grandes artistas bailando. Pero todo es cíclico, yo creo que las compañías volverán a salir. Recuerdo Casa Patas, que sí cerró, si pisabas ese tablao ya podías ir al Festival de Jerez.

P. Pero echa de menos los teatros. ¿Cuál es la diferencia?

R. En el teatro, la luz deja una caja escénica separada del público. No ves enfrente, estás en tu mundo, es sublime y hermoso. A veces ves al público por unos momentos, o le oyes desde las butacas y eso también te tira para arriba. El tablao es un espacio más natural, qué voy a decir yo, que acabo de abrir uno, pero la dramaturgia que se puede desarrollar en un teatro es completamente distinta. El tablao es el flamenco natural, por soleá, alegrías, cantiñas, un espacio cercano que conecta con la gente. Para los flamencos es igual de válido, se pueden bajar del Bellas Artes y actuar en un tablao. ¿Qué artistas harían eso? No veo a Al Pacino, por ejemplo, volviendo a hacer monólogos.

P. ¿Qué le aporta el flamenco al mundo?

R. Diría emoción, pero eso está muy trillado. El flamenco son muchas almas reunidas, hay que ir al origen, no del cante, sino por qué se cantaba. Los gitanos eran condenados a galeras, como tantos otros, y los barcos no tocaban tierra en mucho tiempo. Cuando los galeotes se acercaban a la costa, cantaban para que las madres supieran que estaban vivos y los identificaran. No era artístico, eran necesidades reales, formas de comunicarse. El origen no es casual, ni porque alguien se bebía unos alcoholes, es que aquel pueblo tuvo necesidades. El flamenco no se puede meter en el caldero de lo folclórico, hace mucho que dejó de ser folclore. Ha trascendido y se reinventa en cada persona.

P. ¿Y entonces qué es?

R. Es un arte universal que llega a todas las culturas. En Finlandia hay peña flamenca. El flamenco ya viajaba en barco de vapor, y en el siglo XV había adinerados que contrataban a flamencos. De ahí sus raíces tan profundas y todas las almas que trae en el saco, millones. Por eso sigue siendo tradición, lo hizo la gente, no se ha construido en un ordenador.

P. ¿Qué males conjura cuando baila? ¿A quién patea cuando zapatea?

R. Los artistas subimos al escenario con la vida puesta. Desamores, situaciones familiares… Cuando subí después de la muerte de mi padre [el año pasado], que era algo que me cambió el alma, pues toda la expresión en el flamenco hablaba de eso, el gesto convulso del cuerpo también. Es una forma de exorcismo de las situaciones de la vida. Ahí estaba todo lo que se me anudó en la garganta y me dolía el pecho de hombro a hombro. Ahí está, en la convulsión de los pies, en las manos. Puede ser una pareja de se rompió para siempre, el amor que se fue, mi madre si se pone mala a miles de kilómetros de mí.

P. ¿En qué país tiene mejor acogida el flamenco?

R. Te sorprende en cada lugar. En México se recibe muy bien, he tenido momentos únicos de mi carrera en los teatros de aquí. Y en Japón, que aprenden el castellano para entenderlo, es un fenómeno social, lloran, sienten. En China, también. Egipto, Beirut, Sudáfrica. El flamenco, definitivamente, tiene una llave. Pero yo amo México, por eso mi tablao está aquí.

P. Academias hay muchas por varios países, pero no todas son buenas.

R. Hay algunas escuelas que apenas enseñan a agitar la falda, a aflamencar. Se puede perder algún talento, pero se crea público. No creo que se haga, en todo caso, desde la mala fe. Una japonesa me dijo un día que ella quería bailar por Salvaora, convirtió a la artista en un palo flamenco. Es lo que le enseñaron.

P. Dice que está escribiendo una novela. Eso sí es otro palo.

R. Sí, ya la estoy dando forma, me gusta escribir desde chica, y leer, mis padres siempre leían mucho. Se trata de dos mujeres que se encuentran en una casa antigua que una de ellas veía siempre al tomar café. Quiere saber de aquella casa y de quienes la habitaron. Alguien abre un día la puerta y empieza una amistad cargada de historias. Está ambientada en México.

P. ¿Cómo ve el México actual? Hay situaciones muy duras.

R. El mundo entero es un desequilibrio social. He visto cosas espeluznantes en muchas partes. Las sociedades se posicionan cada vez más en los extremos, y hay muchos factores que hacen que el concepto de sociedad se deshumanice; no las personas, yo sigo teniendo mucha fe en las personas. Hay violencia, sí, pero a mí me enfurece más la impunidad, no solamente la de quienes pueden ejercer justicia, sino la impunidad social: nos hemos acostumbrado a ver cosas... a vivir sabiendo que tenemos mucho y otro nos tienen nada. A volver cotidianas situaciones que no son normales, ni aceptables. Hacemos luchas pequeñas, un grano de arena, para quedarnos más cómodos. Hacemos dos cositas y seguimos p’alante, tranquilos al acostarnos."                    (carmen Moran, El País, 19/11/22)

2/3/22

Flamenco: Sentir la verdad absoluta y la capacidad de rasgarte el corazón en dos segundos del flamenco. Vivir ese flechazo para todo: la alegría, la pena, el dolor, el amor...

 " (...) ¿Es usted cantaor o cantante?

Está mal que lo diga, pero las dos cosas. Me siento flamenco hasta la médula, pero en mi comportamiento, e igual en mi estética de escenario, he sido más del estilo de un cantante americano.

Defina “sentirse flamenco”.

Sentir la verdad absoluta y la capacidad de rasgarte el corazón en dos segundos del flamenco. Vivir ese flechazo para todo: la alegría, la pena, el dolor, el amor.

En escena va siempre cual pincel. ¿Cuántas chaquetas de fantasía tiene en el ropero?

Jajaja. Muchas. La ropa de escenario es mi gran vicio. (...)

O sea, que está como nunca, como decía Lola Flores.

Bueno, espero no tocar techo nunca. A nivel de facultades es evidente que se van perdiendo con los años, en flamenco, a veces, una voz castigada también duele mucho. La voz rota que tenía Camarón, o Agujeta, esas voces vividas tienen mucha emoción. Yo la tengo más castigada que a los 20, y cuando la tenga más castigada aún, cantaré mejor, espero.

 ¿Cómo se castiga uno la voz?

Te la castiga la vida. Igual que te salen arrugas, canas, barriguita, tu voz va cambiando. Lo que vives te deja poso. No me voy a tirar a la calle a fumármelo y bebérmelo todo, pero ya se encargará la vida de castigármela. (...)"

(Entrevista a Miguel Poveda, Luz Sánchez-Mellado, El País, 09/01/22)

11/8/20

Por 13 razones…tenemos al Flamenco como lo tenemos

"No soy Hannah Baker, ni esto es una serie, ni tampoco nos van a emitir en Netflix, esta historia está más grabada en cintas de cassette que en Spotify. Esta tragedia tiene siglos a sus espaldas, y también a sus propios personajes, como no podía ser de otra forma. Unos son idílicos, otros sagrados. 

E incluso cuenta esta historia con sus víctimas, sus detractores y por último, con una caterva de personas que se comportan casi, casi como la gente del Instituto Liberty en el drama juvenil: los que pasan de todo, a pesar de que haya posibles maltratos de por medio; no se mojan porque “no va con ellos”, “no lo conocen”, o directamente “porque no les gusta”. Tiene esta historia muchas razones acerca de por qué el Flamenco no mueve masas como otros géneros, ni se protege como debiera, ni tampoco es bien tratado entre una buena parte de la sociedad española.

Vamos a analizar esas trece razones, como las de Hannah Baker, aunque preguntándonos por qué el Flamenco en sí mismo no disfruta de una aceptación mayoritaria, más allá por supuesto de los círculos donde evidentemente se goza, se saborea, se comparte e incluso, se cultiva. Tenemos que despojarnos de ese buenismo en forma de máscara que a veces nos ponemos y asimilar que no es un estilo, ni una cultura que encontremos entre triunfitos, ni en programas de sobremesa y, ni mucho menos parezca oportuno debatir sobre su actualidad en tertulias políticas, enfrascadas en otros menesteres. Analizaremos por qué el Flamenco en España sigue siendo minoritario, por mucho que en los paquetes turísticos se empeñen en vender lo contrario. Las trece razones de este maltrato son:

1- Comercial: “No es comercial”, asegura una parte de la sociedad, aludiendo a que su transmisión y cultivo suele hacerse en grupos reducidos y, normalmente se lleva a cabo de generación en generación. Pese a ser antropológicamente una verdadera joya –igual que sucede con otras culturas resistentes a los efectos globalizadores–, en vez de ver esto como algo virtuoso, se le achaca que “se discrimina solo”, frase que nos suena también en otras lides. Realmente, ¿quién dictamina lo que es comercial o no?, ¿las emisoras de radiofórmula?, ¿aplicaciones de música en streaming?, ¿el marketing? Quizás sea así y si así lo es, ciertamente el Flamenco tiene todas las de perder. Y no por sí mismo, sino porque entonces la competencia es desigual a todas luces. Ahora bien, hay fuera de nuestros territorios otras músicas desarrolladas por pueblos oprimidos y minorías étnicas que son señas de identidad dentro de sus propios territorios. Sin embargo, aquí la cosa cambia, y ni siquiera ahora, con la exaltación de la patria y la bandera, consigue el Flamenco tener un tiempo para su cultivo. Lo hace hacia afuera en forma de promoción, pero poco o nada para sus adentros.

2- España y olé: el paradigma de esto lo encontramos en la proliferación de tablaos, festivales e incluso academias más allá del consabido Japón. También en el sur de Francia, Holanda, Alemania… su cultivo se va haciendo mayor, mientras que aquí, en mitad de una crisis sanitaria y social, salen a la luz los cierres de tablaos y la suspensión de festivales por doquier. Sobre este asunto, Federico Escudero, presidente de la Asociación Nacional de Tablaos Flamencos de España (ANTFES), ha declarado: “Como no nos ayuden, los tablaos flamencos desaparecen”. Pero parece que importa poco. Ni una sola mención de su situación en el Congreso de los Diputados. De puntillas en el Parlamento de Andalucía, más encaminados en demostrar de dónde viene que hacia dónde va.

3- Gato por liebre: a veces por ahorrar y otras por no saber, lo cierto es que una buena parte de los paquetes turísticos que se ofertan para el consumo de Flamenco son de marca blanca. Créanme, el guiri ya sabe diferenciar y no, no todo vale. Además, los contratos de “artistas Hacendado”, con poses exageradas sólo sirven para faltarle al respeto al Flamenco.

4- Autoengaño: Según el estudio Music Consumer Insight Report de 2018, publicado por la Federación Internacional de la Industria Discográfica, el 76% de los y las españolas eligen mayoritariamente el pop como género más popular. Ahora bien, este y otros estudios, como los de Spotify, coinciden en la subida inaudita del Flamenco en número de reproducciones gracias a la irrupción de artistas que desarrollan el llamado “Flamenco urbano”. Más urbano que Tío Borrico o Fernanda y Bernarda de Utrera no lo hay, por tanto estas nomenclaturas que pretenden aglutinar y encasillar los nuevos géneros sobre los clásicos sólo consiguen autoengañarnos. Sin desmerecer por supuesto a las nuevas modas y estilos, que efectivamente beben de fuentes a las que luego no citan, lo cierto es que no hacen Flamenco.

5- “Es de gente antigua”: puede ser, no lo niego. Existe un cierto rechazo a todo lo que suene o recuerde a primigenio, excepto si se sobrenombra “vintage” o “retro”. Parece que Mairena, Caracol, Vallejo o Terremoto no son lo suficientemente cool para ser escuchados por oídos especialmente cultivados.

6- Nula inversión: como decíamos anteriormente, hay que quitarse la máscara del buenismo. Las apuestas políticas por la cultura más representativa del Estado español son eminentemente descafeinadas. No se apuesta por su conocimiento, ni por su reconocimiento, ni por su continuidad. En ciertas localidades se hace más por la conservación de este Patrimonio de la Humanidad desde algunas peñas que desde las propias administraciones, las cuales son capaces y capataces de gastarse unos cuantos miles de euros para traer a artistas de cualquier otro género, pero a la hora de contratar a Flamencos de primer nivel racanean. No hablemos de las ayudas a su conservación, relegadas a lo que puedan crear las familias alrededor de una olla, sin caer en la cuenta de que un día no habrá olla con la que alimentar. De hecho, una buena parte del Flamenco de verdad sale de los barrios más humildes, los eternos olvidados, excepto para hacerse la foto cada cierto tiempo con la clara intención de mostrarnos ese lado humano que tienen la clase política y la realeza.

7- ¿Dónde lo estudiamos?: es insultante que no se encuentre en los libros de texto. Hallamos en nuestra vida estudiantil toda clase de culturas, inclusive la flamenca, pero la de Flandes. De la flamenca de aquí, entre nada y poco. No sabemos cómo nace, ni cómo se hace, ni cómo se desarrolla. Quizás, con un poco de suerte, en alguna optativa o jornada lúdica haya una apuesta decidida por parte del profesorado… pero queda en eso, en apuestas contadas con los dedos de una mano. Luego, con el paso de los años y, si quieres, podrás encontrártelo en el conservatorio, donde lo clásico se impone. Estudiar un máster sobre Flamenco en Andalucía es una odisea, aparte claro está, de sus costes.

8- Globalización: vivimos en un sistema idiotizado e hipnotizado por influencias que nos hacen incluso rechazar o negar la autenticidad. Está en nuestras manos resistir a las imposiciones y a los latigazos globalizadores.


9- Complejo: nada peor que un complejo de identidad y, en base a él, tratar de ocultar parte de tu construcción. Efectivamente, el Estado español puede ser líder en trasplantes, en donaciones de sangre, en investigaciones… y en Flamenco. Flamenco is not a crime es el lema que pusieron de moda Los Voluble y que me encontré en grafitis en zonas del extrarradio sevillano. No pasa nada por ser, vivir y sentir el Flamenco como génesis cultural. Es un orgullo saber que se desarrolló gracias a la influencia de tantos pueblos, desde la armonía, el respeto y la interculturalidad. Por cierto, para resistir flamencamente, comencemos por escribirlo con mayúsculas, como el Pop, el Rock, el Jazz…

10- De señorito andaluz: según los estereotipos y de donde vengan, suele añadirse que el Flamenco está asociado con un lado u otro y, finalmente se queda en tierra de nadie.

11- “Cuando llegan los días señalaítos”: cantaba Raimundo Amador. Vale para todo, incluso para esto. Cuando llega el momento de “hacerse el más Flamenco/a del mundo mundial”, véase en celebraciones, ferias, etc., nos gusta hacer el bailecito o tocar las palmas como si no hubiese un mañana. Cuando pasan los días señalaítos…Ya saben cómo termina la canción.

 12- Se prohíbe el cante: frase típica en la historia de no pocos establecimientos del territorio nacional. Se prohibía el cante, pero no todos, pues iba directamente contra el Flamenco al ser asociado con “gente de mal vivir”, señalando a las capas bajas. Por eso, todavía en la actualidad, si en alguna esquina surge un momento de duende, una letra por bulerías y cuatro palmas, las miradas del público lo dicen todo. No es lo mismo cuando tararean canciones Pop, que se puede. No es lo mismo cuando se gritan consignas futbolísticas en los bares, que se puede. Existe esa diferencia, esa mirada de sorpresa, indignación e incluso, esos gestos cuando se expresa esa forma de vivir. No es la misma gesticulación que cuando se interpretan otros estilos, de verdad que no.

13- Antigitanismo: terminamos la serie con la base que sustenta esta situación. Entendido el antigitanismo como una manifestación opresiva y estructural: los estereotipos, la escasa importancia política, la nula representación en los libros de texto, e incluso las miradas desconcertadas cuando aparece una reunión con el cante grande de por medio, se basan en un rechazo que encuentra en el antigitanismo su razón de ser. Así lo demostró Félix Grande en Memoria del Flamenco, cuando analiza ese desprecio a esta forma de vivir tan gitana y tan andaluza. A pesar de que ciertamente, no todo el Flamenco es netamente gitano, su representatividad a ojos externos sí se reduce al “gitanismo” y, por tanto, incluso aquella parte de la flamencología que trata de desgitanizar o blanquear el gen romaní del Flamenco también en algunas cuestiones sufre los coletazos de esta discriminación.

 El antigitanismo, claramente estructural, afecta incluso a esa clase academicista que organiza másteres y jornadas sobre Flamenco y a la que se le olvida incluir asignaturas o temáticas sobre el cante gitano, o su transmisión por ejemplo, que darían para varios libros. Afecta también a esos tablaos que ‘se olvidan’ de los gitanos en sus carteles e, incluso, impacta sobre aquellos que en sus discursos obvian la importancia determinante de lo gitano en este asunto. Está tan enraizado que incluso se relega a “la cultura de la marginalidad” todo lo que suene a Flamenco. De ese binomio gitano-marginal viene el rechazo y la poca importancia dada al S.O.S de ANTFES que ha llegado a comunicar que “con la covid-19, el Flamenco está en peligro de extinción”.

Y estas son mis trece razones de una situación un tanto amarga, en la que continuamos viviendo los y las flamencas desde hace ya tantas décadas. Quizás termine grabando todo esto en una cinta, como hizo Hannah Baker, y con suerte, alguna plataforma de series en streaming considere oportuno dejarle un hueco a las cuestiones por las que una parte de España considera “tosca o poco culta” una idiosincrasia, una cultura y una forma de vivir, ser y sentir la propia vida. Una vida que puede ir en el desgarro de una seguiriya, o una toná, o en el desplante a la hora de bailar por bulerías. En ese instante se para el tiempo a la par que las miradas indiscretas sobrevuelan el ambiente. “Ya están aquí los gitanos”, se escucha murmurar. La mano al bolsillo. El bolso recogido. La otra mira con sonrisa nerviosa. El camarero se altera. A los trece minutos… se prohíbe el cante. "                (José Vega de los Reyes, CTXT,3/07/2020)

3/6/19

Flamenco libre, flamenco libertario...

"Heredero del flamenco protesta de otros tiempos, su cante, profundo y tenaz en el umbral del siglo XXI, se apuntó a la desobediencia para levantar barricadas imaginarias frente al poder. Para entonces ya era un artista imposible de catalogar, imposible de callar. 

Estas atinadísimas palabras las escribió Valentín Ladrero en su ensayo Músicas contra el poder y se refieren, cómo no, a ese cantaor de flamenco inconmensurable, cabal, salvaje, que es el Cabrero.
José Domínguez Muñoz, el Cabrero, (Aznalcóllar, Sevilla, 19 de octubre de 1944) es, hoy por hoy, el más importante cantaor de flamenco de todo el panorama nacional. 

Es más: el Cabrero es, probablemente, la única leyenda viva de este arte inmemorial. A día de hoy no existe nadie que le haga sombra. Ningún otro cantaor, ni hombre ni mujer, posee el magnetismo, el carisma, la dignidad, la valentía, el dominio y la capacidad de emocionar al oyente que tiene el cantaor de Aznalcóllar.

 Si este maestro de maestros hubiese nacido, pongamos por caso, en el delta del Misisipi o en la ciudad de Nueva York, y en vez de cantaor de flamenco fuese un bluesman o un cantante de jazz, sería una estrella de nivel mundial, y en España se hablaría de él en los telediarios y en la prensa del régimen y a los modernos se les caería la baba elogiando su inmensa talla artística. Pero no nos engañemos: las cosas son como son, y El Cabrero es quien es. 

Un cantaor de flamenco, libertario y libre, que hace en todo momento lo que le dicta su santísima voluntad, que canta lo que tiene que cantar, que está en el lado de la trinchera que tiene que estar, que nunca ha tenido miedo y nunca se ha movido estratégicamente por ver aumentadas las ventas de sus discos o por recibir tal o cual premio. Eso queda para otros.

 Él va a lo suyo, que no es otra cosa que su arte, su solidaridad, su libérrima manera de vivir, que no es poco. Tal vez por eso destacadas figuras internacionales como Chick Corea, Ornette Coleman, Peter Gabriel o Gilberto Gil se declaran admiradores suyos, algo de lo que no todos pueden presumir. 

Viene todo esto a cuento a propósito del más reciente disco de José Dominguez, el Cabrero; Ni rienda ni jierro encima (Atípicos Utópicos, 2018), un disco publicado desde la más absoluta independencia y autogestión y que ha aparecido tras un largo silencio discográfico que ya duraba siete años. El propio título ya es toda una declaración de intenciones y un aviso a navegantes: a mis setenta y tres años no me inclino ante nadie y voy a seguir haciendo lo que me sale de las narices. 

Si las cuentas no me fallan, Ni rienda ni jierro encima es el decimoctavo disco en estudio de José Dominguez, el Cabrero, desde que en 1975 irrumpiera en el conservador mundo del cante flamenco con aquella primera colección de cantes titulada Así canta el Cabrero, con su flamenco empapado en anarquía y rebeldía, con sus letras de denuncia y su personalísima voz. 

Desde entonces han pasado más de cuarenta años, cuatro décadas repletas de noches y más noches memorables sobre los escenarios de medio mundo, dejando aquí y allá sus versos vehementes, su flamenco revolucionario, su honestidad brutal y su grito desgarrador de denuncia y coraje. Cualquiera que haya tenido ocasión de verlo sobre un escenario, desgranando en sus incendiarios recitales sus fandangos, sus soleás o sus seguiriyas estará de acuerdo conmigo. 

Ni rienda ni jierro encima ha sido producido por Emiliano Dominguez, que, para quien no lo sepa, es el hijo del cantaor y también se dedica en cuerpo y alma a la música con su proyecto Zapata, en el que aúna magistralmente poesía de combate y música, y fue grabado en el Estudio Atípicos Utópicos de Valencina de la Concepción, en Sevilla.

 La guitarra la ha tocado de manera sobria y precisa Manuel Herrera, y Kutxi Romero, del grupo de rock Marea, golpea el yunque con el que se inicia el disco de manera minimalista y ancestral. El hermoso diseño gráfico de la evocadora portada es de Víctor Zapata Bicho. Además hay que destacar la colaboración en las letras de Elena Bermúdez, mánager y factótum inseparable del cantaor durante más de media vida. 

Para elaborar este disco, el Cabrero ha seguido el proceso inverso a lo que es su manera habitual de trabajar: ha partido de los textos para elaborar los cantes, cuando hasta ahora siempre había hecho lo contrario, partir de los cantes para llegar a las letras. Y es que según escribe el propio cantaor en el libreto que acompaña el disco, “Los cantes que van aquí y yo nos conocemos y nos queremos desde hace muchos años.”

 Y añade: “Siempre vuelvo a ellos, cuando joven y ahora”. Para concluir con esta afirmación: “ya nos tratamos como viejos amigos.” Y eso se nota, pues cada palabra que se canta en este disco tiene un regusto a sinceridad que no deja indiferente al oyente cómplice. 

Se inicia esta nueva entrega del cantaor sevillano con unas tonás, tituladas “Que la unión hace la fuerza”: Siempre el hambre de los pobres / es la abundancia del rico, canta de manera sublime José en un palo que siempre le ha sentado como anillo al dedo. Le sigue un cante por soleá que da título al disco, y que contiene los que, en mi opinión, son los versos más potentes de todo el álbum: 

Yo no creo en Dios,
creo en el aire y el agua,
creo en la tierra y el sol.

Una declaración de principios emocionante y sincera. Unos versos con los que más de uno y más de dos, incluido el que esto escribe, nos identificamos sin dudarlo. 

En el disco también hay, como no podía ser de otra manera tratándose de un disco de José, fandangos. En los fandangos naturales titulados “Que devuelvan el dinero”, canta estos versos que bien podrían haber sido la banda sonora ideal del movimiento 15M: 

Que devuelvan el dinero
que se llevó el capital
que están ricos los banqueros
y también la patronal
esa que explota al obrero.

Y en los fandangos de Alosno titulados “No soy gallo de corral”, no regala estos certeros versos: 

La madre que me parió
dijo que nací gritando
y ahora que ya soy viejo
voy a morir denunciando
las injusticias que veo.

En mi opinión, quizás el momento más álgido de este nuevo disco sea la liviana y serrana titulada “Amapola del trigo”, un cante sobrio, revestido de cierta solemnidad, que deja un regusto milenario en el que lo escucha, y en el que el Cabrero canta con una grandeza y una jondura que pone la piel de gallina.

Pero hay mucho más. Entre los surcos de este genial disco podemos encontrar seguiriyas, malagueñas y rondeñas, jabera y jabegote, e incluso un valls criollo por bulerías. Se cierra el disco con un bonus track que no es un palo flamenco, sino una adaptación de un tema de los compositores Horacio Guarany y Armando Tejada, que se llama “Coplera del prisionero”, un tema que, a priori, poco tiene que ver con el universo flamenco, aunque sí con el Cabrero, pues, en sus propias palabras “es un tremendo grito de libertad hecho canción y se ha puesto de regalo al final del disco.” 

Sólo me queda añadir que, si tienes ocasión de ver a este genial artista en uno de sus próximos conciertos en la que va a ser su gira de despedida de los escenarios, no te lo pierdas. Ve y escucha, y disfruta, y empápate hasta la médula de la mejor poesía flamenca, libertaria y libre, que se puede escuchar en estos momentos, la de José Domínguez, el Cabrero. Y si es posible, hazte con un ejemplar de Ni rienda ni jierro encima, porque es un disco estupendo, porque es el disco de plenitud de una leyenda viva del arte flamenco. De José Domínguez, el Cabrero. Por supuesto. ¿De quién, si no?"            (Rafael Calero Palma , Rebelión, 15/05/19)

19/10/17

“El flamenco es llorar con un ojo y reír con el otro”

"Silvia Cruz Lapeña (Barcelona, 1978) escribe por todos los palos y siempre remata por cabales, ese palo que abre pétalos en medio del invierno de la seguiriya. 

Quien lea a Cruz y no la conozca en persona, como es el caso, pensará que tiene el iris partido, en dos colores: su capacidad para captar los matices y las contradicciones de lo que observa la convierten en la cronista más original del flamenco actual. Escribe como baila Rocío Molina, sin exotismos fáciles y rechazando las fronteras expresivas sin que eso convierta sus textos en impostura. 

Molina consigue que sepa jonda una falda de plástico; Cruz desprende jondura hasta cuando habla de cifras de desempleo. El título de su libro Crónica Jonda es una declaración de intenciones, porque lo flamenco no es solo una música sino un paisaje que lo integra todo.

 Es un cuaderno de viajes, la cara B de lo que iba viviendo a través de su trabajo durante un año, 2014, que fijó en el calendario una de las fechas más imborrables del género: la muerte de Paco de Lucía. Es un relato vivencial, en primera persona. La autora habla de música, de periodismo, de sanidad, de vejez, de historia.

 Aplica al flamenco esa observación participante de la que hablaban los antropólogos. Gracias a ese empeño por estar describe a los personajes de cada historia con un pulso de novelista ruso. El frío de más allá de los Urales mezclado con el calor mediterráneo: de nuevo, la contradicción.

Cuando cuenta por qué le atrae el flamenco recuerda aquellas palabras de Manuel Alcántara sobre el boxeo: “No es porque me guste, es porque me interroga”. ¿Qué le pregunta el flamenco?

De todo y todo el rato. Me pone todo en cuestión. Cuando entré en este mundillo de la prensa flamenca, cosas que tenía contestadas de mi oficio y que tenía muy claras, se me vuelven a poner en tela de juicio. 

No es porque sea peor, normalmente se dice que es un mundo cerrado, pero no, mundos cerrados hay en todos los sitios; el tema es que es más pequeño y nos conocemos casi todos, destaca mucho tanto lo bueno como lo malo. Somos muy apasionados en lo positivo y en lo negativo: cada discusión es un Vietnam. (...)

¿Empezó a tomar contacto con el flamenco a los 14 años?

Más pequeña. Vivía todavía en Córdoba y leía el periódico con Rafa, el camarero del bar donde desayunaba. Él era cantaor e íbamos a las peñas; ya tenía contacto con la parte artística, pero no con la lectura. Además, no pensaba que eso se pudiera leer. Entonces empiezo a leer cosas y descubro que hay literatura también. 

En mi casa eso no estaba, lo encontré en la calle por azar. Pero no he encontrado resistencias, he encontrado, eso sí, la sorpresa de que donde menos te lo esperas surge una discusión. A veces temes estar haciendo un planteamiento un poco arriesgado y crees que lo pondrán en duda, pero nunca es por ahí, siempre es por donde menos te lo esperas. Y se montan unos cipotesmonumentales [ríe]. (...)

Sobre adolescencias… Dice que el flamenco no es un género viejo, sino adolescente, pero que tiene unos padres muy severos.

El flamenco ha tenido su línea, unas determinadas directrices con guardianes de esencias; esos para mí son los padres. Esa frase, a ver si la digo bien: “Lo malo no era Mairena sino los mairenistas”. Los padres a los que me refiero son los que se han dedicado a proteger, y hablar y dialogar con eso es muy difícil, uno se siente adolescente, y yo no soy artista, pero me hacen sentir como que estoy teniéndome que revelar todo el rato. 

Y eso le pasa a determinados artistas, como que todo el rato se tenga que dar explicaciones de por qué Dorantes toca con Renaud García-Fons. ¿Por qué va a ser? Porque es uno de los mejores músicos de Europa si no del mundo. También te digo que a veces es un fantasma, no una persona concreta, es esa entelequia a la que nos enfrentamos y por la que uno mismo dice, uy, voy a escribir esto y ya verás. Eso son los padres.

El periodista Luc Sante en un artículo sobre los orígenes del blues contradice esa idea de que esa música es primordialmente la expresión de la tragedia de un pueblo: decía que era imposible que hubiera prosperado y evolucionado si sólo había en ella una motivación trágica. ¿Eso pasa también en el flamenco?

Sí. En el capítulo de Bobote [palmero] cuento que se había muerto el Eléctrico, que era su pareja artística desde que tenían doce años. Es muy triste, y lo que él hace es cantarme por bulerías, hacerme el compás.

 Decía baila, baila, y yo estaba a punto de llorar y le decía que no sabía, que bailara él porque yo quería verlo para poder contarlo [“sin dejar de hacer palmas y haciendo como que olvidaba y tenía ganas de guasa”, se lee en el libro]. Y es eso, el flamenco me interroga porque es pura contradicción, es llorar con un ojo y reír con el otro. Me encanta esa contradicción, si no, no sería periodista, a lo mejor sería física.

Hay historias de mitos del flamenco que han corrido como la pólvora, anécdotas que todos asumimos sin cuestionar su veracidad, pero ¿hasta qué punto podemos fiarnos de lo que se cuenta de los antiguos?

Esa es otra de las cosas que quiero reclamar en el libro. Dedico un capítulo a Cristina Cruces. Para mí era un deber por el trabajo académico que hace. Pensar que porque es académico es frío o tiene menos verdad flamenca me parece muy injusto, y un desastre. También cito el trabajo de David Pérez Merinero y Montse Madridejos sobre Carmen Amaya. 

Me parece muy importante porque es una manera de deshacer tópicos. Por ejemplo, cuando Bohórquez descubre lo de Fernando el de Triana, que no era gitano ni era de Triana, dices qué arte Dios mío, vaya operación de marketing. Y no pasa nada, no pierde ningún encanto. Hay que escuchar a esta gente y darle más voz y más eco, y ser rigurosos con eso.

 En esto los periodistas también hemos hecho mal trabajo, nos hemos arrimado al flamenco para perpetuar el baila pa’ reventar y que Agujetas era un paleolítico. A mí no me podría gustar más Agujetas y todo lo que representaba, pero hay cosas que no me gustaban y no le gustaban a otra gente y quedaban ocultas tras eso de paleolítico.

 No, este es un señor que se saltaba la ley si hacía falta. Nosotros hemos contribuido a engordar el velo y eso ha dejado a mucha gente fuera. A veces nos ven y dicen: ya están estos con la sangre, con la pasión, con su rollo, y no, creo que como periodistas sí hay ahí una labor que podemos hacer. Y contradecir, que se puede contradecir a las fuentes por muy expertas que sean, pero con trabajo, y a veces, también hay que decirlo, no nos lo pagan.

¿Cuál es el motivo de esa falta de rigor que a veces se ha seguido? ¿Comodidad, miedo a rascar en los mitos?

Yo pregunté por Facebook para que me dieran información, pero también buscando el tema. Pregunté que por qué no hay una biografía de la Paquera de Jerez. ¿Alguien se lo puede creer? Y me decían que había algún libro, pero no eran biografías. Hacer una lista de momentos estelares y un calendario con fechas clave en su vida no es una biografía. 

No hay cuando Jerez se llena la boca con ella, como debe ser por otra parte. Que no se dedique una persona a ello y entrar en todos los aspectos del personaje sin temor y sin problemas haciéndose con respeto. Eso para mí es un preguntón. La biografía de Camarón de Francisco Perejil es muy digna porque están claras la mirada y la intención de quien está viendo al personaje, y así está claro que no va a ser un reguero de babas.

 Hay una intención de retratar al personaje y está escrita con pasión... Pero si todavía estamos escuchando que Camarón estaba malito cuando estaba con el mono; todavía no se puede hablar con cierta tranquilidad, y eso no le quita ni un ápice de su valor."              (Entrevista a Silvia Cruz, Esteban Ordóñez  , CTXT, 10/10/17)

2/3/16

El flamenco es un estado de ánimo, que no hay quien lo entienda... es una música totalmente mestiza, consiste en transmitir y emocionar... es una gran celebración de la vida, el duende no sale a bajo cero

"(...) ¿Y si la que canta es Carmen Linares?

¡Ah! Eso es otra cosa. Me quedo vacía. Pero hace tiempo que me lo tomo de otra forma: intento relajarme, porque sé que si yo no lo paso bien, el público tampoco. El flamenco es muy difícil. Si no estás fuerte y bien, o tienes problemas personales, si no estás confiada con el sonido y con el público, o si tu voz no responde a tu cabeza (que a veces también pasa), es muy difícil transmitir al público. Pero cuando todo está bien, ah, es la gloria.

¿Será que el flamenco es un estado de ánimo?

Sí, un estado de ánimo que no hay quien lo entienda.

¿Y cómo recibe el público de fuera de España el flamenco?

Con un gran respeto. Como dice Zubin Mehta, el flamenco es la esencia de la cultura. Y eso mismo lo sabían ya las vanguardias del siglo XX, los poetas de la Generación del 27, músicos como Stravinski, Albéniz, Falla, Debussy, Rimsky Korsakov, Miles Davis... 

Por algo los extranjeros inteligentes siempre que vienen a España quieren oír flamenco. El flamenco es un tesoro, una música de una calidad excepcional, un arte popular hecho por profesionales.

¿Cuál es el sitio más exótico en el que ha cantado?

En Nueva Zelanda, quizá. Y en Sydney hice un recital yo sola con una guitarra. La gente enloquecía. ¡Y eso que no entienden las letras!

El flamenco salió del gueto, de las cuevas, de las hogueras, y hoy se come el mundo.

Sí, gracias a los artistas salió y ahora, afortunadamente, hay otra forma de escuchar, cada vez actuamos más en los teatros, que es lo suyo, y la gente va a escuchar el cante, no a comer jamón. Eso hay que agradecérselo a artistas como Carmen Amaya, Pilar López, las compañías de baile antiguas, la de Antonio, la de Gades… Ellos abrieron el camino.

Y así se olvidó el trauma del franquismo, que convirtió el flamenco en una exhibición de tipismo malo.

Sí, había mucha confusión, lo convirtieron en una españolada, le metieron todos los tópicos, la maceta, la copa de fino, la reja… El flamenco es otra cosa, más profundo y mucho más vital.

Un arte difícil de aprender en las academias.

A cantar se aprende escuchando, con mucha afición, yendo a ver a los compañeros, en el trabajo diario de los tablaos, teniendo las orejas bien abiertas, escuchando muchos discos, los cantes de los artistas antiguos, Tomás Pavón, Manuel Torre, Antonio Chacón… Lo esencial es que te guste la vida y la cultura flamenca.  (...)

Mi madre escribía cartas para el sorteo y un día, una vecina de Ávila, de la calle Batalla de Belchite, oyó por la radio que nos había tocado el premio y subió gritando para decírnoslo. Fue una alegría muy grande, porque en casa no teníamos dinero para comprar uno, y ese tocadiscos me dio la vida. Mi padre fue a recogerlo y no tuvo más remedio que comprar algunos discos, y recuerdo que compró de Porrina, de Mairena, de Marifé y de Fosforito. ¡Eso fue un mundo para mí!

Descubriendo el tesoro…

Fue un descubrimiento, sí, pero lo malo es que yo no tenía físico de cantaora, era muy flacucha, y me tentaron mucho para hacer copla, pero a mí lo que me gustaba era la siguiriya, la soleá, los cantes más serios. La antología de Mairena me la había embebido entera, y la de Caracol me la llevé a Estados Unidos en una casete, y oía esas casetes como loca. Aquello no era estudiar, era gozar. Los de la gira me llamaban “La Niña del Tape”, todo el día oyendo flamenco, en el autobús, en los camerinos… Así me fui metiendo en manteca.

¿Y le gustaban más las cantaoras o los cantaores?

Igual. Me gustaba mucho La Niña de los Peines, La Perla, La Paquera, La Fernanda por soleá… Pero empecé cantando por Fosforito y aprendí mucho de Mairena, de Matrona, de Caracol, de El Gallina, de Varea…

¿Recuerda aquel ambiente flamenco como machista? ¿La recibieron bien siendo mujer?

Iba siempre con mi padre, que era muy simpático y muy buen aficionado, y me respetaban mucho. “La niña, la niña…” Y la niña siempre estaba metida en los saraos. Y ellos me enseñaban muchas cosas. Matrona me dijo: “Tú, con esa voz, tienes que meterle mano a la malagueña, a la taranta, a la granaína…”. Y todavía recuerdo que vino a oírme cantar una noche, con 80 años y su bastón, el hombre tenía una afición…

Y mucho ingenio, según dicen los que le conocieron…

La gracia que había en esa época ya no la hay ahora. Había muchos que tenían mucho ingenio, eran gente muy flamenca… Después del trabajo en Chinitas nos íbamos todos juntos de fiesta, y nos daban las cinco o las seis. Había mucha comunicación.

Era más una forma de vida que un trabajo.

Los flamencos vivían para el flamenco, el flamenco era su religión. Adoraban su arte y el de los demás. Iban a escucharse unos a otros, había una admiración y una unión preciosa. Eso se perdió. Ha cambiado la vida, y hemos perdido en unas cosas y hemos ganado en otras.

Antes había más tiempo…

Sí, comenzaron las prisas, muchos artistas volvieron a Andalucía, las tertulias se fueron acabando, y cambió la manera de ser artista. Recuerdo las noches flamencas del Café Silverio, nos pagaban tres mil pesetas que inmediatamente nos las gastábamos allí mismo en copas invitando a los amigos. También tengo en la memoria el primer festival flamenco que se hizo en el Palacio de los Deportes de Madrid, se llenó hasta la bandera. Y cómo no recordar la Cumbre Flamenca del Teatro Alcalá Palace (en 1984) que organizaron Juan Verdú, Paco Sánchez y Miguel Espín. Esos espectáculos crearon muchísima afición en Madrid... (...)

En esa época estaban haciendo la revolución flamenca Paco de Lucía y Camarón, consiguiendo que los discos vendieran por fin cifras más razonables, más acordes con la calidad de esa música.

Sí, Paco y Camarón fueron importantísimos, pero yo creo que el más revolucionario de todos ha sido Enrique Morente.

Que por ejemplo hacía recitales de cante en la universidad franquista casi a hurtadillas.

Sí, con otros cantaores como Menese y Gerena; no se los llevaron presos de milagro. Aquella época fue muy dura, pero esperanzadora.

Y poco a poco el flamenco dejó de ser una sociedad casi secreta.

Sí, ya grababas, hacías recitales en teatros como solista, ibas de gira, salías en televisión, te juntabas con otros músicos… Así pude cantar El amor brujo en la Bienal, y luego grabar las Canciones populares de Lorca, que me abrieron muchas puertas…

Pero fue crucial en su carrera la antología del cante de mujer, que enseñó por un lado la gran riqueza histórica del flamenco femenino y por otro su gran diversidad de registros.

No lo hice con una intención feminista, pero sí, sirvió para ver la importancia que la mujer había tenido en el cante, y para mí fue importantísimo también, era la primera vez que se hacía una antología así. No lo he vuelto a escuchar; es curioso, pero nunca escucho lo que grabo. Lo oigo tantas veces en el estudio que luego no lo quiero oír más. Aunque lo podía haber hecho mejor, y no lo digo por decir, sigo contentísima de ese trabajo.

¿Quizá ése fue el disco en el que encontró su voz propia?

Camarón nos influyó mucho a todos. Él fue el filtro de todo el cante antiguo. Pero no se le puede imitar, porque era único: tenía una personalidad enorme, todo lo hacía suyo. Lo que hizo fue enseñarnos el camino: oír muchas cosas, asimilarlas y luego hacerlas tuyas. Que la carrera es larga y no hace falta correr, y que, cuando llega el momento, todo lo que haces suena a ti. Y entonces puedes jugar y divertirte. Y cantar cada vez mejor.

Con su personalidad…

Claro, en eso consiste la evolución del flamenco, lo interesante es aportar tu forma y siempre me ha interesado mucho andar caminos nuevos. Si no hubiera cogido ese tren no hubiera sido yo misma, habría sido como un gramófono. ¿Cómo vas a ser auténtica si no transmites lo que te gusta? La pureza del flamenco, si tiene alguna, porque es una música totalmente mestiza, consiste en transmitir y emocionar. Si calcas o imitas, ¿dónde está el sentimiento?

¿Y dónde la libertad del artista? Como dijo Barishnikov, el flamenco es una gran celebración de la vida.

¡Eso es precioso! Por eso hay que elegir siempre el camino de la libertad. No hay que tener miedo al flamenco. Hay que arriesgar. Simplemente hay que cantar como uno siente. Adaptar los cantes a tu sensibilidad. Respetando tus condiciones de voz, todo es posible.

O también la de otros músicos, como en el disco Locura de brisa y trino, de Manolo Sanlúcar.

Sí, ahí cambié mucho mis registros, me adapté a su música. En cambio en Un ramito de locura soy más yo, o más bien fue un disco hecho a medias con Gerardo Núñez. Seguramente, ése es el disco que yo más he trabajado con la guitarra.

Un instrumento que ha crecido increíblemente en los últimos tiempos.

Uff, ahora hacen diabluras, armonías diferentes, tienen mucha más preparación. Por otro lado, hoy es todo más difícil y subirte al escenario te asusta más: hay que ofrecer mucho más que antes a la gente, dar algo que tenga interés, que sea mejor que lo otro. Hay mucho público que exige cosas distintas, nuevas: una soleá fresca, un rescate, un poema de Valente o de Borges…

De manera que el flamenco es un arte que suena milenario pero que en realidad es como un niño que está aprendiendo a andar.

¡Es un arte muy joven! Dicen que está ya todo hecho, pero yo creo que hay mucho por hacer. Hay un futuro enorme, aunque ahora todo se ha aflamencao y se venden cosas que no son flamenco como si lo fueran. Por eso hay que cuidar mucho este arte, ser muy respetuoso con él, y eso es una tarea de los artistas pero también de las instituciones, que lo tienen que apoyar y defender. Si a la ópera le dedican muchos millones los gobiernos, ¿por qué no al flamenco? Porque sin darle nada, llena siempre.

El verdadero arte povera: una voz, una silla y una guitarra.

Sí, pero el duende sin un buen sonido no viene. Hay que poner las condiciones para que salga. Si estás calentito en el teatro, cantas mejor. El duende no sale a bajo cero. Y aunque Lorca no sé qué diría de esto, algo de dinero no le viene mal al duende. 

Buenas luces, buen sonido, una Bienal bien organizada que ayude y financie a los jóvenes con ideas, un circuito que gire con las producciones de la Bienal… Con un poco de imaginación, dinero, voluntad política, es más fácil que todo el mundo sepa que el flamenco es un arte de una calidad inmensa. "                   (Miguel Mora, entrevista a Carmen Linares, Fragmento del libro La voz de los flamencos, editado por Siruela en 2008, CTXT, 14/10/2015)

16/6/15

"El flamenco alcanza su máxima entidad cuando nos emociona"... el flamenco es una experiencia

"(...) ¿Cómo definiría el arte flamenco?


No tengo capacidad para definir el arte flamenco. Nunca lo he intentado. Siempre he dicho que no es una ciencia; si acaso, una experiencia. Creo que el flamenco alcanza su auténtica entidad cuando nos emociona, cuando nos sugiere otra dimensión de las cosas, cuando nos conmueve y nos abre el corazón a mundos desconocidos. 

En definitiva, cuando su poder de transmisión adquiere todo su vigor y nos descubre algo que nos hace crecer espiritualmente.
El cante flamenco surge como un quejío de las clases populares, y a la vez como una expresión que ayuda a superar ciertas condiciones de vida. Como dijera el recientemente fallecido Manuel Molina, en Triana se cantaba flamenco porque el mejor remedio para combatir la tristeza es la alegría. 
¿Qué ha supuesto para el flamenco pasar de ser casi un gueto a ser declarado por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad?
(...)  El flamenco es patrimonio mundial porque desde el siglo XIX hasta ahora los grandes artistas flamencos han triunfado en los más renombrados escenarios del mundo y es un arte que desde siempre ha tenido un inmenso prestigio internacional, alabado y valorado desde hace más de doscientos años por grandes músicos, escritores, pintores, directores y actores de cine, pensadores y hombres y mujeres de la cultura de todos los países.
También ha pasado de estar localizado casi en exclusiva en Andalucía a hacerse mucho más universal, habiendo experimentado una expansión asombrosa. Incluso han venido personas japonesas a estudiar y a interesarse por el fenómeno del flamenco.

Un solo dato: Todos los años en el Festival de Jerez, que es el más influyente acontecimiento de danza flamenca del mundo, se inscriben 1000 alumnos de 50 países distintos para asistir a los cursos de baile, que, por cierto, imparten conocidos bailaores y bailaoras.

Usted ha conocido a los artistas de antes y conoce a los de ahora, ¿cómo ha evolucionado el arte flamenco?

El arte flamenco es un elemento vivo y cambiante. Es una vieja tradición en continuo proceso evolutivo. Cada artista flamenco es un mundo, particular y diferente, que interpreta el flamenco según su actitud, su sensibilidad, sus necesidades expresivas, sus conocimientos, sus experiencias y capacidades. Pero la grandeza es que una seguiriya en boca de Terremoto es muy distinta a la de, por ejemplo, Chocolate, Morente, Vicente Soto, Poveda o Marina Heredia. 

Es una característica del flamenco: su particularidad, que es donde reside su riqueza musical y expresiva. Hoy en día existe un mayor desarrollo en las técnicas guitarrísticas y dancísticas y una mayor información en cuanto a los cantes y los estilos.

Entre los artístas flamencos hay familias enteras, sagas en las que se trasmite, ¿destacaría alguna?

Tradicionalmente, el flamenco ha bebido de las casas cantaoras. Esas casas constituyen la fuente y las referencias vivas donde se apoya el flamenco para su desarrollo. Hoy tenemos, por ejemplo, los Sordera, los Zambo, los Morao, todos ellos de Jerez; los Peña, de Lebrija y Utrera; los Fernández, de Triana; los Heredia, de Granada; los Piñana, de Murcia…

La trasmisión de padres a hijos, por familias o en barrios, era oral, porque no había discos, pero ahora es distinto, se aprende escuchando discos, ¿qué ha supuesto ese cambio?

Han mejorado los sistemas de información. Hay más facilidad para adquirir unos conocimientos que antes había que buscarlos por otros medios. (...)"         (Entrevista a José María Velázquez-Gaztelu, Diagonal, 03/06/2015)

28/5/15

La copla berlinesa: un producto cultural salido de la emigración española




"Paloma Lirola forma parte del colectivo de españoles que en los últimos años ha aterrizado en Alemania en busca de oportunidades. En Berlín, la acumulación de experiencias como expatriada le ha dado para crear una etiqueta con la que pretende regenerar un estilo musical clásico de la cultura popular española: la copla.

  Lirola nos cuenta que está desarrollando un medio de expresión con el que, entre otras cosas, exorcizar los males propios de la difícil realidad de ser emigrante, algo que ha vuelto a ser muy común en España debido a la crisis económica. (...)

Lo de copla berlinesa es una etiqueta que he puesto porque hoy día se exige poner una etiqueta a todo, y yo, antes de que se me pregunte cómo se llama esto, ya le he puesto el nombre”, explica esta treinteañera, que dice haber “nacido con la Constitución en 1978” y ser “andaluza de adopción”, pues aunque vino al mundo en Zaragoza se acabó criando en Málaga desde muy pequeña. 

“La copla son mis raíces, que cuando uno está fuera de su país reaparecen con mucho peso”, confiesa Lirola. Ella se sirve del genero con el que se encumbraron grandes estrellas de la música española – Lola Flores, Marifé de Triana, Antonio Molina o Cocha Piquer – para contar las experiencias típicas de la vida como expatriada en Alemania. En febrero de 2015 colgó en Youtube una de sus canciones, " mi invisibilidad” , dedicada a lo que se siente en Alemania cuando no se controla la lengua de Johann Wolfgag von Goethe. (...)

Lo que tiene la copla es que cuenta historias de principio a fin y con ello yo dejó ahí mi aportación con una temática que está enfocada a historias que pasan aquí y que sólo te pueden pasar aquí”, explica la cantante, que llegó a Berlín en febrero de 2010. 

“Vivir aquí te hace tener unas experiencias muy concretas, como empezar de cero, lidiar con el idioma, la falta de luz, sol y calorcito, el largo invierno, en el que llega de verdad un momento en el que las defensas bajan, los resfriados duran meses y uno no los suelta ni para atrás, sin olvidar que a las cuatro de la tarde es noche cerrada y hasta hay una depresión del invierno; todo esto yo he tenido que volcarlo en algún sitio, que es la música”, añade.

Lirola acaba de presentar en la Kulturwerkstadt , una pequeña sala berlinesa del distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf, un espectáculo de One Woman Show titulado Desde Berlín con humor. En él, además de cantar y tocar el ukelele, pone a prueba sus dotes como cómica, habilidades que quiere presentar en otras ciudades alemanas donde hay abundante público hispanohablante, como Colonia (oeste), Stuttgart (suroeste) y Hamburgo (norte). “El espectáculo lo va a entender mejor el hispanohablante que vive en Alemania, porque trata aquellas situaciones que son cotidianas para los expatriados”, avisa la artista. 

24/3/11

"Creo que el cante es recrear, poner tu personalidad, tu expresión..."

"Quizá toca que hablemos un poco de flamenco, sugiero, mientras apura el café. Apenas ha probado la fruta. De quienes aplauden o detestan su forma de entender una hipotética renovación del flamenco.

"Creo que el cante es recrear, poner tu personalidad, tu expresión. Me gusta la recreación de lo ya hecho, hacerlo de otra manera. Poner el sonido más antiguo y que no se te olvide la afición y el enamoramiento hacia los grandes".

Entonces, ¿qué es innovar en el flamenco? "Es bueno tener espíritu creativo, lo difícil es dar con el punto. Muchas veces es quedarte quieto, no hacer nada".

La conversación fluye con una actitud cómplice, sin atisbos de divismo. Es un tipo normal, que habla claro. No puedo evitar la pregunta: ¿De qué va Morente?

"Morente va de obrero. Vengo del mundo del curro, del trabajo. No me considero un artista, me considero un trabajador".

Un trabajador, cuya aportación resume en una palabra: libertad. "Represento la libertad en el mundo del flamenco". (ENRIQUE MORENTE: "Lorca me llevó a la poesía cuando era semianalfabeto". El País, 24/09/2010, última)

28/9/10

El baile lleva la libertad



"El "nos" incluye al director de escena, Carlos Marquerie, que le acompaña en este viaje de la bailaora a la libertad. "Yo siempre parto de mi persona, y de la necesidad que tengo de decir algo que me está pasando", explica. "En este espectáculo yo necesitaba volar, me sentía enjaulada por todo: mi trabajo, por todo lo que ha acelerado mi vida, aunque haya sido una elección personal. Yo he vivido mi libertad en una jaula y en este espectáculo quería contar eso", aclara. "Hicimos un estudio sobre pájaros enjaulados, búhos, en este caso, y realmente yo vuelo, aunque no hay ningún arnés que viene a por mí y me sube, era una necesidad de liberación de movimientos".

Una liberación que implica bailar casi desnuda, en culottes, algo nunca visto en el flamenco. "Yo siempre tiendo a limpiar en el vestuario, porque hay movimientos que no se ven si no es con un pantalón, o con una falda lisa, sin que haya un volante o un tejido que te haga un brillo especial que dé sombra". La bailaora limpió tanto que casi se queda sin ropa. "No me siento cómoda, pero Carlos quería que la gente viese no solo cómo trabaja el músculo, sino cómo se mueve la carne". (Rocío Molina:'Yo sólo me dejo llevar'. El País, Babelia, 18/09/2010, p. 19)

8/3/10

El 'duende' flamenco... y el 'pellizco', y el 'olé'... según Morente

"La Pelota se sienta junto a Morente y comienza una discusión sobre lo que puede ser la mala follá granaína. "Cádiz y Granada son como las dos caras de una moneda, y claro que tenemos mala follá, pero es una forma de ser blanca y limpia, es un humor comparable a lo que podríamos llamar ser flamencos", asegura Enrique Morente. No todo son risas, el maestro también responde a las curiosidades de sus interlocutores. Sobre todo, respecto a lo que más sabe: el secreto del duende. "El tiempo ahora es otro.

Las manecillas del reloj tienen más mala idea que antes. El flamenco está más estandarizado que antes. Hay más peligro de que todo se parezca. Pero eso lo arreglan los artistas. Lo arregla la gente que tiene arte. Y ¿dónde está el arte? La luna llena, por ejemplo, tiene que ver con el estado anímico, y el estado anímico del que escucha tiene que ver con el arte. Te das cuenta, por ejemplo, de que cada vez que sales de copas es porque está la luna llena ahí arriba. Cada vez que sale la luna, el día siguiente es malo, porque ando por ahí, trasnocho. La luna que antes me encantaba, ahora veo que tiene mala follá, la mala luna". (...)

Volvamos a los buenos cantaores, al flamenco de raza. ¿Qué hace falta? "El pellizco es un concepto muy ambiguo, pero hay que tenerlo. Muchas veces te dan ganas de coger unos alicates para explicar lo que es el pellizco. Canta bien, pero no tiene pellizco; o tiene pellizco, pero no canta tan bien… Pero, ya sabes, los flamencos somos muy exagerados. El pellizco lo tiene aquel que tiene la impronta de quejarse con personalidad y de transmitir. Todo está en la transmisión. El secreto está en transmitir. En una ráfaga hacer un detalle que transmita; y de ahí viene el olé… Pero un olé a destiempo es como un chiste sin gracia, que los hay.

Y también los hay compraos; que nos puede costar un dineral un olé. Pero cuando es de corazón, se nota mucho. Y al público no le puedes pagar un olé. Y luego está el olé por efectismo, no por efectividad. No me gusta el olé gratis; no hay arte cuando lo sabes, y yo he dejado de hacer cantes porque sabía que tenía el olé gratis. Los más flamencólogos y flamencólicos creen que cuanto más analfabeto se sea, más pellizco se tiene. Pero a mí me parece que el conocimiento no quita la pasión. Yo me he convertido en más pluralista y tolerante por juntarme con muchos poetas y escritores". ('Los Morente se hacen más grandes', El País Semanal, 29/11/2009, p. 76 y ss.)

23/1/09

"El flamenco sufre porque el gitano ya no es pobre"

"Con todo, asume que el cante jondo ha vivido mejores momentos. "El flamenco se nutre de la pobreza y la fatiga, pero hoy el gitano tiene otra posición, los hijos estudian con su ordenador en el cuarto. Vivimos muy bien y así es más difícil expresar el dolor, la hondura. Nadie ha cantado flamenco siendo hijo de ministro, sino teniendo un padre que vendía cuatro limones". (NIÑA PASTORI: "El flamenco sufre porque el gitano ya no es pobre". El País, ed. Galicia, Última, 22/01/2009)