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20/7/17

Alberto Garzón: respuesta a Pau Llonch. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista el 1-0? Sencillamente, no puede... el marco constituido por sus promotores hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. El proceso carece de las garantías suficientes

"Recientemente, el compañero Pau Llonch, militante de las CUP y miembro del Seminari de Economía Crítica Taifa, ha escrito una misiva pública dirigida a mi persona con objeto de debatir la llamada cuestión catalana. 

El origen de la disputa pública se encuentra en el posicionamiento público de IU de no participar en el referéndum que tendrá lugar el 1 de Octubre, algo que Pau Llonch considera una «colosal decepción». Procedo a valorar sus argumentos.

En primer lugar, sobre las citas de autoridad.  

En el marco de la discusión original en redes, Llonch me citó una posición de Lenin sobre el derecho de autodeterminación que, de aceptarse tal cual, pondría de manifiesto que aquellas personas pertenecientes a la escuela marxista tendrían que apoyar los deseos de independencia de cualquier pueblo. 

Eso sería así siempre que se cumplieran dos precondiciones: que existiera tal cosa como una escuela marxista, homogénea y atemporal, y que la interpretación de Lenin fuera la canónica. En mi caso, siempre he sido renuente a leer a los clásicos como si fueran portadores de la verdad y a sus textos como si fueran escrituras sagradas. 

De ahí que recurriera, paradójicamente, a la definición de marxismo que hizo el propio Lenin: «análisis concreto de la realidad concreta». Sobre esta cuestión mi opinión es coincidente con la de uno de los mejores marxistas que hemos tenido, Francisco Fernández Buey, quien recomendó leer a los clásicos no a la búsqueda de la cita interesada sino como inspiradores de una plural y heterogénea tradición política, siempre abierta al contexto y al momento histórico. 

De lo contrario corremos el riesgo de interpretar la cita de Marx que encabeza el artículo de Llonch, así como su posición sobre Escocia o Irlanda, como si no estuviera inscrita en un singular contexto histórico. Y la realidad es que nuestros clásicos también tenían contradicciones.

 ¿Quién no recuerda la posición de Marx sobre la brutal colonización de la India por Inglaterra, país este último al que otorgó nada más y nada menos que la definición de «instrumento inconsciente de la historia»? 

Nuestro querido viejo Engels justificó también la «guerra de conquista» llevada a cabo por los estadounidenses contra los mexicanos preguntándose retóricamente si acaso era «una desgracia que la soberbia California sea arrebatada a los holgazanes mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?». Y qué decir de la II Internacional, internacionalista de boquilla en términos europeos y colonialista a tiempos iguales, y que en su V Congreso reconoció «el derecho de los habitantes de los países civilizados a establecerse en países cuya población se halla en estadios inferiores de desarrollo». 

En suma, mejor el análisis concreto de la situación concreta que la lectura escolástica del marxismo.

En segundo lugar, sobre el método. 

Llonch acusa a mi análisis de quedarse en la abstracción, a diferencia del suyo que estaría interpelando a realidades concretas. En breve, lo que él arguye es que yo defiendo el no a la independencia a partir de un hilo deductivo que excluye el detalle, algo que determina fatalmente el resultado. 

Por ejemplo, yo estaría hablando de la burguesía pero sin profundizar en sus divisiones. Pero esta es una percepción errónea de mi forma de trabajar. No en vano, ambos –y todos- utilizamos categorías abstractas (clase, nación, partido, burguesía, independencia…) que se construyen inspiradas por una determinada concepción del mundo, que además, dicho sea de paso, en este caso es prima hermana la una de la otra.

 Lo que cambia es el peso explicativo que se otorgan a las diferentes categorías y la forma de articularse entre ellas. Llonch no habla de realidades más concretas sino que articula de forma diferente sus categorías abstractas. Otra cosa es, y me temo que aquí está la confusión, que él otorgue a la estrategia independentista una esperanza materializable más a corto plazo, en comparación que cualquier otra. 

En efecto, él llega a decir que la estrategia independentista es una «potencialidad concreta» mientras que la nuestra, teóricamente, es una «alternativa abstracta». Esto es una hipótesis legítima pero no tiene nada que ver con el método analítico. En definitiva, no se trata de que mis análisis sean más abstractos y los de Llonch no lo sean; se trata de que nuestras perspectivas e instrumentos de análisis difieren, y con ello las conclusiones políticas.

En tercer lugar, hablemos de la categoría nación. 

Como materialista no dogmático que soy, parto de la base de que las naciones son construcciones sociales. O, como explica el historiador marxista Benedict Anderson, son comunidades imaginadas. Ser español, ser catalán o ser francés es parte del ámbito de las creencias, las cuales se crean y desarrollan históricamente. 

Circunstancias externas históricas y contingentes y desarrollos personales vitales están implicados en la consolidación o destrucción de esas mismas creencias. Pero sobre las creencias no se hace ciencia, sino política. Por lo tanto yo no discuto a quien se siente catalán o español sobre la base del sentido objetivo que eso tendría, sino sobre su capacidad de mediación respecto a los objetivos, sean éstos el socialismo o la simple mejora de las condiciones de vida. Por eso es absurdo meter a todos los nacionalismos en el mismo saco. 

El nacionalismo imperialista de la Alemania de 1914 o el nacionalcatolicismo de la España franquista son incomparables con el nacionalismo de liberación nacional de los pueblos latinoamericanos o el de las luchas anticoloniales de mediados del siglo pasado. De este argumento podemos obtener una primera conclusión: el derecho de autodeterminación no es un fin en sí mismo. Ser independentista, a mi juicio, tampoco. Depende de la realidad concreta.

En cuarto lugar, los pueblos también son construcciones sociales.  

Esto quiere decir que su reconocimiento como existencia es un acto político. Un acto que ha de estar fundamentado. Yo, por ejemplo, reconozco al pueblo catalán. Un pueblo con instituciones propias –lengua, cultura, normas, etc.- cuyas raíces que se encuentran, por cierto, más allá de 1713; y si no, que le hubieran preguntado a Felipe IV a mitad del siglo XVII. 

El pueblo catalán se ha ido construyendo a partir de, como decía, trayectorias históricas. Sin duda, el hecho de que en España gobernara durante tanto tiempo la dinastía de los Austrias y no la de los Borbones influyó de forma notoria en el desarrollo del pueblo catalán. Pero en este punto cabe recordar que la burguesía es responsable de construir el Estado, pero no de construir los pueblos. 

Hay un pueblo catalán de los de abajo y hay un pueblo catalán de los de arriba; hay un pueblo que se referencia más en la semana trágica de 1909 o en la defensa de Barcelona durante la guerra civil que en el espíritu de Francisco Cambó, por ejemplo.

En quinto lugar, el reconocimiento del derecho de autodeterminación es un principio básico para los marxistas. 

Como decía Manuel Sacristán, «ningún problema nacional tiene solución si no parte de una situación de autodeterminación». Aunque los pueblos y naciones sean construcciones sociales, operan en la realidad como si fueran entes objetivos y en consecuencia sus actividades producen efectos reales. Cuando los pueblos entran en conflicto entre sí, cualesquiera que sean las causas, la única vía de resolución habría de ser el diálogo y la negociación. 

Otorgando la misma condición abstracta a nacionalismo español y nacionalismo catalán, no cabe tomar partido de antemano por ninguno de los dos. He aquí la vena libertaria que subyace a todo planteamiento que conduce a la expresión «los proletarios no tienen patria». 

Cabe, por el contrario, ser conscientes de que es posible abrir cauces institucionales para resolver el conflicto real. El mejor cauce institucional es el reconocimiento del derecho de autodeterminación, lo que implica que cualquier proceso de diálogo entre pueblos –obsérvese que hablo de pueblos, y no de Rajoy- ha de incorporar ese mecanismo específico.

En sexto lugar, es compatible la defensa del derecho de autodeterminación con la defensa de un modelo federal. 

Dado que el derecho a autodeterminación no está fundado en la creencia de que un pueblo cualquiera ha de ser independiente, sino en principios democráticos y prácticos como los precedentes, es compatible con defender un Estado federal. Esto no es otra cosa que defender la convivencia entre los pueblos en el marco de unas instituciones comunes, idealmente fundadas en principios de fraternidad y autogobierno.

 Esa fraternidad, como explica de forma genial Antoni Domenech, procede de la tradición republicano-socialista y es la que inspira, entre otras cosas, el internacionalismo. Un Estado federal que reconozca a los pueblos y naciones de España y que no los enfrente, es una aspiración hermosa. Y también posible.

En séptimo lugar, ¿es posible no ser independentista antes?

 Lo que plantea Llonch es que dada la realidad de un Estado autoritario en España, es imposible ser federalista sin ser antes independentista. Algo así como: me gustaría ser federalista pero no me dejan. Este argumento tiene una parte de verdad, y es la que se refiere al carácter obcecado y autoritario del Estado español y de sus dos principales partidos, PP y PSOE. 

Su posición política ha cercenado las posibilidades de habilitar, hasta ahora, cauces institucionales adecuados –como el referéndum. Pero el crecimiento del voto independentista en los últimos años no obedece únicamente a esta causa. Hay, de forma notable, una canalización populista de la frustración popular ante la crisis y el capitalismo. 

Dicho de otra forma: la independencia ha sido presentada también no como el derecho democrático del pueblo catalán sino como la solución a males económicos y sociales padecidos individualmente. La derecha catalana fue la primera en ver que las banderas son cobijos interesantes en tiempos de crisis. 

Aunque ahora no se destile el corpus argumental del «España nos roba» -cómo iba a hacerlo, con argumento tan necio-, hay sin duda un trasfondo económico, espoleado por la propia derecha catalana, que entiende como lastre la mera existencia de nexos con zonas menos desarrolladas del Estado. Aun así, la cuestión sigue vigente: ¿es posible ser federalista en Cataluña? A tenor de la pregunta del 1-O, desde luego que no. 

Esto es llamativo, pues de hecho es una diferencia con el 9-N. ¿Qué habría de votar una persona no nacionalista o independentista, española o catalana, el 1 de octubre? Sencillamente, no puede. Dicho de otra forma: el marco constituido por los promotores del 1-O hace imposible que la sociedad catalana pueda expresarse en su totalidad. En suma, el proceso carece de las garantías suficientes.

 En octavo lugar, las garantías van más allá de la legalidad. 

Cuando decimos que el proceso no tiene garantías no nos referimos a su legalidad, cómo si acaso nos pareciera prioritario el respeto al Régimen del 78, sino a su utilidad como mecanismo de resolución del conflicto. 

No es sólo que la opción federalista esté neutralizada, cosa destacable, sino que además en tanto que el proceso ha sido dirigido más como arma política que como instrumento para canalizar el conflicto, no da la sensación de que pueda contribuir a solucionar nada. Las disputas en el seno del Govern, vinculadas al cómo hacer el referéndum, parece abundar en esta idea: pocos se creen que esto vaya a ser útil. En todo caso es una demostración de fuerza, legítima, pero inservible.

 La garantía consiste en que cuando el pueblo catalán sea consultado, éste pueda expresar de forma clara y nítida, y tras un debate serio y riguroso, su opinión. El derecho de autodeterminación es clarificador, en efecto, y por eso lo defendemos. 

Pero para que pueda ejercerse con garantías no puede ser como el propuesto el 1-O. Aquellas personas que, compartiendo mis tesis, quieran votar por la ruptura con el Régimen del 78 sin votar por la independencia tienen que tener su espacio propio; y eso no sucede actualmente.

 En noveno lugar, no es buena idea subestimar la fuerza de la burguesía catalana. 

Es verdad que una parte considerable de la burguesía catalana no parece apoyar la independencia, y es verdad que las tensiones han llegado a la antigua Convergencia y al nuevo PDCat. Pero se me hace difícil asumir que la burguesía catalana es tan torpe y mala que ha regalado a las fuerzas subalternas catalanas el control del proceso. Llonch nos recuerda cómo 1.515 militantes de las CUP consiguieron tumbar a Mas y quitarle de la primera fila en diciembre de 2015. 

Pero se olvida recordar que otros 1.515 militantes votaron a favor de la investidura de Mas, de tal modo que priorizaron la cuestión nacional a la de clase de una forma bastante significativa. Mi admirado Antonio Baños dimitió por la misma razón, porque él era partidario de mantener al líder de la derecha al timón. Y qué decir de ERC, que lleva varios años soportando –de apoyar- un Gobierno catalán al que las clases populares catalanas tienen que soportar –de sufrir.

Y es que, entre una cosa y otra, llevamos al menos cinco años viendo como la elite catalana sigue gobernando realmente Cataluña. Honestamente, con esta hoja de ruta no sé muy bien quién controla a quién. Por cierto, que haya una correlación de fuerzas que permita aprobar leyes antidesahucios, por ejemplo, es muy positivo. 

Pero no veo de qué manera eso justifica el independentismo. También hubo una ley antidesahucios en Navarra y en Andalucía y en todos los casos el Régimen del 78, Tribunal Constitucional mediante, las tumbó. A mí esto me invita a pensar más en el enemigo común que en la independencia de una parte.

 En décimo lugar, ¿es el referéndum la mejor manera de romper con el Régimen? 

Eso parece insinuar Llonch y otras muchas personas, también en la izquierda española. A veces parte de esta argumentación se basa en alguna formulación del «cuanto peor, mejor», que yo no comparto. 

El problema es que, para empezar, incluso asumiendo que es la mejor manera de romper con el Régimen (cosa que no creo, pues el Régimen se constituye para defender un modo de producción y una estructura de poder que no tiene por qué alterarse por la mera existencia de más Estados), no es nuestra forma.

 Es decir, no controlamos ninguno de los parámetros de esa ruptura. Podría pasar cualquier cosa y no hay nada decidido de antemano. ¿Conseguirían las compañeras de la CUP gobernar un escenario post-independencia o sería la derecha catalana la que lo dirigiría? ¿Relanzaría a las fuerzas de ruptura en el resto del Estado o las llevaría a un repliegue fomentado por el reforzamiento del nacionalismo español? La cita de Brecht con la que abro esta respuesta no es casual. 

 Estoy convencido de que el nacionalismo español ha creado miles de nacionalistas catalanes. Pero a menudo se nos olvida que también existe un pueblo español y que el nacionalismo catalán crea tantos otros nacionalistas españoles. 

Y encerrados en este dilema nos llegan los ecos de aquel fatídico 1914 en el que la socialdemocracia alemana y francesa, entre otras, traicionaron a su clase para defender a su nación; y lo hicieron enfrentando a los pueblos y a su propia clase. Yo prefiero pensar, en suma, en fórmulas que nos permitan hablar de ruptura democrática y social y en la que los de abajo de nuestros pueblos respectivos podamos cooperar.

Hay algo más con lo que me gustaría terminar. El capitalismo lanza a las clases populares a competir unas con otras tanto en la esfera productiva como en otros espacios. Competimos por puestos de trabajo, por el acceso a los servicios, por el estatus social… Nuestros clásicos (Marx, Engels, Luxemburgo, Lenin, Gramsci…) sabían muy bien esto y entendieron que la clase social parte de un hecho objetivo –el lugar que se ocupa en la producción- pero que se construye también socialmente. Por eso se llamó «formación de clase» a los procesos de constitución de organizaciones tales como partidos, sindicatos, etc.

 Cuando nos organizamos hacemos algo más que coordinarnos: declaramos lo que tenemos en común frente a un sistema que nos divide. Así se construye un «nosotras» que evita una «guerra entre pobres», que es la situación normal en este sistema capitalista. «Proletarios del mundo, uníos» o «Hermanos proletarios, uníos» no sólo fueron consignas coyunturales de enorme dignidad, sino que expresaban el universal de una situación específica, la de los desposeídos y de la parte sufriente de la humanidad, como decía Fernández Buey, que lucha por emanciparse del reino de la necesidad… en todas partes del mundo. 

Este es mi enfoque, que parte de lo abstracto en su exposición y que cristaliza con análisis concretos. El de esta cuestión, es bien claro: derecho de autodeterminación y república federal. Y, también, socialismo apátrida.

Salud y República,

Alberto Garzón"                       

13/9/16

El relato de la muerte de Yugoslavia

"[Comentario de Y llegó la barbarie. Nacionalismos y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia, José Ángel Ruiz Jiménez, Ariel, Barcelona, 2016, 455 pp.] (...)

(...) El ensayo de Ruiz Jiménez se ocupa fundamentalmente de cuatro cuestiones: 1) los antecedentes internos de las guerras yugoslavas de la década de los noventa del pasado siglo; 2) el desarrollo de los conflictos armados en el espacio de la antigua Yugoslavia; 3) la implicación internacional en la génesis, enconamiento y resolución provisional de dichos conflictos; y 4) la situación de las distintas sociedades de la antigua Yugoslavia tras la guerra. 

A continuación intentaré exponer en forma de relato las tesis más destacadas del autor en torno a estas cuatro cuestiones. Aunque prescindiré en las siguientes líneas de las usuales referencias al autor, se ha de entender que reflejan las ideas de José Ángel Ruiz Jiménez, según la interpretación que de su obra se ha hecho aquí.

Como es sabido, el estado yugoslavo, cuya forma estatal inicial era la monarquía constitucional, fue el producto de la combinación de la victoria serbia en la primera guerra mundial, en tanto que país integrado en el bando de las potencias aliadas, y la disolución del viejo Imperio Austro-Húngaro [1]. La Yugoslavia monárquica acabó con la invasión nazi de primavera de 1941, que dio lugar, entre otras calamidades, a un estado genocida croata aliado del Tercer Reich responsable directo del asesinato de cientos de miles de serbios y judíos. 

Tras la liberación en 1945, protagonizada por un movimiento partisano comunista multiétnico, el estado yugoslavo fue restablecido con las mismas fronteras, en líneas generales, que había tenido su estado predecesor. El nuevo estado se constituyó como 'democracia popular'. Esta 'democracia popular' no otra cosa que una dictadura de partido único liderada por el héroe de la liberación yugoslava, Josip Broz, alias Tito. 

La estatalización de la economía fue mucho menor que la que caracterizó al modelo soviético, pues las empresas 'autogestionadas', formalmente de titularidad popular en lugar de estatal y de gestión autónoma, tenían más peso económico que las estatales propiamente dichas. Además, Yugoslavia rompió con el Pacto de Varsovia, lo que le ayudó a mantener buenas relaciones con Europa occidental. 

Pero al igual que la Unión Soviética postestalinista, incluso en un grado mayor, el proyecto político titista pretendía combinar la construcción de una identidad nacional yugoslava fuerte con el reconocimiento o el fomento políticos, según los casos, de identidades nacionales de nivel subestatal. 

Se consideró que esta era la vía adecuada para neutralizar la desconfianza que entre la población no serbia de Yugoslavia había generado la excesiva centralidad de Serbia en la experiencia del primer estado yugoslavo y para superar los odios asociados a la colaboración croata con la Alemania nazi. Se diseñó y puso en práctica un estado federal, conformado por seis repúblicas federadas ―Serbia, Montenegro, Macedonia, Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina― y dos provincias autónomas dentro de Serbia, Kosovo y Voivodina. 

La más homogénea de estas entidades territoriales desde el punto de vista cultural (étnico, en el sentido antropológico del término) era Eslovenia y la menos homogénea, Bosnia-Herzegovina, donde convivían tres grupos principales: croatas, serbios y 'musulmanes' o 'bosníacos' y los matrimonios mixtos sólo eran habituales en las ciudades.

 Las presidencia federal era en teoría rotatoria, si bien la autoridad de Tito nunca fue cuestionada por el establishment político. El partido comunista (más tarde denominado Liga de los Comunistas Yugoslavos) estaba igualmente federalizado. Las diferencias en cuanto a nivel de vida entre regiones eran notables y venían de antes de la guerra, siendo la república más rica Eslovenia y Kosovo la región más pobre del país.

 El gobierno federal puso en práctica políticas de distribución de la riqueza entre las repúblicas y las provincias autónomas, pero la gestión de los fondos correspondía a éstas y no al gobierno federal, con las consiguientes corruptelas entre las administraciones regionales.

La constitución de 1974 reforzó aún más los poderes de las repúblicas federadas y de las provincias autónomas: la federación se quedó sólo con las competencias de defensa exterior, moneda y relaciones exteriores y todo lo demás pasó a las repúblicas federadas, incluyendo la administración de los OT/TO, los planes y arsenales dispuestos para una eventual lucha partisana contra una posible invasión soviética, amén de la policía ―sólo los servicios secretos eran federales―.

 Se reconoció las repúblicas, por si todo lo anterior fuera poco, el derecho de secesión. Hasta el tribunal constitucional estaba federalizado, formado por representantes de las diversas repúblicas y con presidencia rotatoria.

 Las encuestas oficiales obligaban a definirse a los ciudadanos como eslovenos, croatas, serbios, montenegrinos, macedonios, bosnios o yugoslavos y sólo una exigua minoría escogía esta última opción. Lo único que mantenía la coherencia del sistema era la figura de Tito, la doctrina política oficial comunista y los préstamos occidentales.

En la década de los ochenta, la situación empezó a degradarse muy rápidamente. El endeudamiento creció, los préstamos occidentales empezaron a reducirse y el monopolio político-ideológico del partido a resquebrajarse y perder crédito. Los factores exteriores jugaron un papel crucial en esos fenómenos. 

Yugoslavia había gozado de una línea de crédito generosa procedente de Occidente a causa de su posicionamiento antisoviético durante la Guerra Fría. Esa línea de crédito fue positiva para la economía yugoslava, pero como consecuencia de las vicisitudes económicas de los años setenta, ésta comenzó a tener problemas para refinanciar su deuda

. Tuvo que acudir a las instituciones económico-financieras internacionales y aceptar algunas medidas de ajuste neoliberales (todavía muy limitadas, de todos modos) con efectos negativos en las políticas de redistribución internas. Peor aún fue el creciente desinterés de Occidente en mantener su generosidad económica para con los yugoslavos a medida que se iba descubriendo la ruinosa situación de la URSS y el tigre de papel en que se estaba convirtiendo el Pacto de Varsovia. La financiación externa se redujo a mínimos.

 En cuanto al resquebrajamiento y pérdida de crédito de la ideología oficial comunista, Yugoslavia, a pesar de no formar parte del Pacto de Varsovia, pasó por el mismo proceso de acartonamiento-desencantamiento ideológico y hastío hacia el antiguo régimen 'socialista' en un contexto de relajación del terror policial generalizados ―cuyo punto de partida estuvo en la mismísima elite política de ese régimen― que el resto del espacio de dominio o influencia soviético.

Por aquel entonces, casi todo el poder político efectivo, dada la radical federalización del estado y el partido comunista yugoslavos, estaba en manos de las burocracias de las repúblicas, y el factor cohesionador de la figura de Tito había desaparecido con su muerte en 1980 (el resto de los viejos líderes de la guerra partisana paneslava de 1941-1945 también habían muerto o se habían retirado con el paso del tiempo). 

Dado el carácter rotatorio anual de la dirección del gobierno federal, cuyos miembros, además, eran los representantes en él de los cinco gobiernos federados y los dos provinciales, el fin del sistema de partido único por la aparición de nuevos partidos, por lo general, nacionalistas, y la creciente autonomización de las ligas comunistas de cada república de cualquier aparato central, la única entidad capaz de forzar la continuidad de la Yugoslavia titista era el ejército (JNA), una entidad, obviamente, no federalizada. Pero el JNA carecía de tradición golpista y no estuvo nunca dispuesto a imponer una dictadura militar o civil dependiente de militares.

En los años ochenta, los líderes de las ligas comunistas en proceso de disolución de cada república y de los gobiernos regionales tuvieron que empezar a buscarse una nueva fuente de legitimación para conservar el poder o medrar en la vida política en medio de una intensa crisis económica y de valores. 

Como ocurrió en tantos países del antiguo Pacto de Varsovia, en los cuales el liderazgo postestalinista había creado o reanimado por prejuicios ideológicos y conveniencia política gran número de nacionalismos subestatales creyendo poder domesticar la fiera, esa fuente de legitimación fue el nacionalismo excluyente, una herramienta muy socorrida para afrontar crisis de legitimación. 

Y puesto que desde la salida de escena de la vieja guardia titista, el gobierno federal estaba de hecho en manos de los dirigentes de las repúblicas y ningún impulso de un nacionalismo yugoslavista podía esperarse de él, la clase política de cada región se dedicó a explotar la supuesta identidad nacional de su región.

 Ha de tenerse, en cuenta, por otro lado, que los medios de comunicación de masas en la Yugoslavia de los ochenta eran técnicamente más limitados que los actuales y muy poco plurales: televisión, radio y prensa en un número de cadenas reducido controlados por el establishment político, el cual los empleó a fondo para politizar las identidades culturales y manipular la historia con el objetivo de insuflar nacionalismo en las poblaciones. 

La ventaja del nacionalismo sobre otras fuentes de legitimación es clara: posibilita responsabilizar de todo lo malo a agentes externos a la propia nación (y, por tanto, excusar a los dirigentes locales de sus fracasos o su dosis de responsabilidad real en los problemas de la sociedad); obnubilar la capacidad de raciocinio y crítica de las gentes, so pena de convertirse en traidores; y subordinar toda clase de reivindicación, proyecto o sentimiento de injusticia sociales a la entelequia metafísica de la Nación que lucha por sobrevivir frente a la inquina de otras naciones o estados.

 El desempleo, la desigualdad, la falta de expectativas o la corrupción en la propia Nación pasan a un segundo plano hasta olvidarse. Las tendencias nacionalistas centrífugas estaban bien vistas, por añadidura, en Washington, que durante un tiempo las animó para fomentar esas mismas tendencias en otros países de Europa del Este y en la URSS esperando con ello debilitar a su rival soviético (la URSS comenzó a tener problemas serios de conflicto interétnico en el Cáucaso en los ochenta, mucho antes de hacer implosión).

Habiendo apostado las elites de cada república, en un grado mayor o menor, por el nacionalismo exclusivista y sin apenas impedimento federal alguno para desbaratar esa apuesta era sólo cuestión de tiempo y estrategia política que las repúblicas proclamasen su independencia.

 En 1990-1991 el proceso en esa dirección se aceleró mucho cuando Eslovenia y Croacia reformaron sus ordenamientos jurídicos con el objeto de establecer el principio de que sus leyes debían de prevalecer siempre sobre las leyes federales, comenzaron a montar ―con mayor éxito Eslovenia que Croacia― sus propios ejércitos aprovechándose de los OT/TO y el contrabando de armas y bloquearon la acción de las cada vez más fantasmagóricas instituciones federales arguyendo, no sin razón, que la Serbia de Milošević intentaba hacerse con su control en ventaja suya.

El punto más dramático de todo el asunto era que la antigua Yugoslavia constituía un pasto ideal para nacionalismos no sólo excluyentes, sino también irredentistas. Las regiones 'irredentas', pobladas mayoritariamente por grupos con la misma identidad étnico-cultural (y ahora político-nacional) pero situadas en las fronteras de una república federada con otra identidad étnico-cultural (y político-nacional) dominante, eran (y son) muy numerosas en los Balcanes.

 Las extensas regiones de Krajina y Eslavonia Oriental en Croacia estaban habitadas por serbios; Bosnia-Herzegovina era un verdadero mosaico de municipios croatas, serbios y 'bosniacos' (o 'musulmanes'); los albaneses eran mayoría en el noreste de Macedonia; y la provincia autónoma de Kosovo contaba con un 80% de pobladores albaneses, según el censo de 1981. 

El discurso nacionalista cuestionaba las fronteras republicanas y defendía que cada 'nación', término que ya no tenía sólo un sentido cultural, sino también político-estatal, debía contar con su propio estado, del cual debían formar parte todas las tierras con una misma 'nación' predominante en número (salvo que algún mito histórico-nacional señalara otra cosa, como Serbia respecto a Kosovo). 

No es de extrañar, por tanto, que, mientras la proclamación de la independencia de Eslovenia previo referéndum en la primavera de 1991 no degeneró en un conflicto civil armado, las proclamaciones de independencia de Croacia, también en 1991, y de Bosnia-Herzegovina en invierno de 1992, ambas referéndum previo mediante, condujesen a sendos conflictos civiles genocidas: Krajina y Eslavonia Oriental proclamaron por la fuerza de las armas sus propias repúblicas independientes (de Croacia) con la expectativa de una futura fusión con Serbia y los líderes serbobosnios y bosniocroatas hicieron lo propio frente al gobierno bosnio musulmán de Itzetbegović con vistas a una futura incorporación a sus estados-nación matriz. 

Estos líderes gozaban del apoyo financiero y armado de Serbia y Croacia respectivamente, cuyos presidentes, Milošević y Tudjman habían decidido en 1991 repartirse entre ellos dos terceras partes de Bosnia-Herzegovina. La única fuerza armada yugoslava capaz de detener, si quiera provisionalmente, los conflictos armados civiles de los noventa, el JNA, resultó inoperante por su respeto hacia la autoridad civil federal ―que ya no era más que un fantasma―. 

En cuestión de meses, los altos manos serbios yugoslavistas fueron purgados por Milošević, los no serbios desertaron masivamente del JNA y éste acabó transformado en el ejército de la nueva Yugoslavia reducida, formada tan sólo por Serbia y el minúsculo Montenegro, pues Macedonia también había proclamado con éxito su independencia. 

La guerra en Croacia terminó provisionalmente en 1992, con una Croacia incapaz por el momento de liquidar las repúblicas de Krajina y Eslavonia Oriental. En cambio, el conflicto en Bosnia-Herzegovina se prolongó hasta 1995, con la población civil convertida en blanco de sistemáticas limpiezas étnicas por parte de todos los bandos ―paramilitares croatas, 'bosníacos' y serbios, aunque con mayores medios estos últimos por su más fácil acceso a los recursos del JNA― y víctima de una economía de guerra mafiosa.

 La posición de EE.UU. y las grandes potencias europeas fue decisiva a la hora de enconar el conflicto en Croacia y Bosnia-Herzegovina y dar forma a su desenlace final. El gobierno norteamericano, partidario en abstracto de la integridad de Yugoslavia, pero, como se ha apuntado, no en la práctica, se había desentendido del tema en 1991, una vez que el país balcánico no le servía ya para nada en su disputa por la hegemonía mundial.

 Los estados de Europa occidental insistían en el principio de la intangibilidad de las fronteras estatales internacionales acordado en Helsinki en los años setenta, un principio muy razonable, en mi opinión, para preservar la paz en Europa y no volver a sufrir desastres como los padecidos durante la primera mitad del siglo XX. 

Sin embargo, la posición pro integridad de Yugoslavia fue saboteada por la Alemania recién unificada, deseosa de pasar a un primer plano en la escena internacional, reafirmar su poder en Europa, lograr mayor influencia en su tradicional zona de influencia y más comprensiva por razones históricas al tipo de nacionalismo romántico [2] que se estaba prodigando en los países ex comunistas. 

En efecto, Alemania reconoció unilateralmente las independencias de Eslovenia y Croacia, arrastrando con su decisión al resto de miembros de la CE ―pronto UE―. Y lo que es peor: hizo asumir a la UE una mezcla explosiva de principios de Helsinki adulterados (se respetaba el principio si se respetaban las fronteras regionales internas del estado desmembrado) y nacionalismo etnicista (cada nación ha de tener su propio estado porque la convivencia entre naciones dentro de unas mismas fronteras no es posible).

 Cuando el gobierno norteamericano volvió a intervenir en la zona en 1995 por razones de prestigio y para humillar la ineficaz diplomacia europea, asumió esa mezcla explosiva. En consecuencia, EE.UU. decidió dos cosas: 1) Que las fronteras internacionales de los estados salidos de la antigua Yugoslavia debían coincidir con las fronteras republicanas internas de la extinta federación; y 2) Que cada nueva república independiente debía ser de alguna manera étnicamente homogénea. 

Por esta razón, bombardeó duramente a las fuerzas serbobosnias alrededor de Sarajevo y obligó a Milošević, que había dejado de apoyarles con la finalidad de conseguir el levantamiento de las sanciones contra Serbia, a presionarles para que aceptasen la paz, al mismo tiempo que permitía que Croacia expulsase a la población serbia de Krajina y Eslavonia Oriental y bosniocroatas y serbobosnios 'simplificasen' el mapa de Bosnia-Herzegovina desde el punto de vista étnico. 

El resultado final fueron los acuerdos de la base norteamericana de Dayton suscritos con grandes dificultades por Tudjman, Milošević y los líderes bosniocroatas, serbobosnios y 'bosniacos'. 

Esos acuerdos ponían fin a la guerra y, si bien reconocían formalmente la independencia e integridad de Bosnia-Herzegovina, creaban un engendro inclasificable e ingobernable sin intervención exterior (estrambótica confederación de tres entidades: la Federación Croata-Musulmana, la República Serbia de Bosnia y el distrito capitalino de Sarajevo; las dos primeras divididas, a su vez, en un gran número de cantones autónomos croatas, bosníacos y serbios, todo ello bajo la supervisión de una especie de gobernador colonial designado por las potencias occidentales).

Las guerras balcánicas de los años noventa tuvieron un corolario en la intervención de la OTAN en la ex provincia autónoma de Kosovo en la primavera de 1999. A día de hoy se sabe que los problemas de convivencia en Kosovo no habrían trascendido a la opinión pública internacional de no haber mediado los intereses nada humanitarios de los Estados Unidos.

 Desde principios de los ochenta, Kosovo había devenido una región problemática para el gobierno regional serbio a causa de las reivindicaciones albanokosovares de elevación de su estatus al de república federada, la pobreza de la provincia autónoma ―la zona más pobre de toda Yugoslavia, como ya se ha indicado antes― y la corrupción excepcional y la política discriminatoria anti serbia de las autoridades kosovares. 

En un contexto en que el nacionalismo etnicista, excluyente e irredentista, había pasado a ser una fuente de legitimación de primer orden de las elites políticas establecidas y de los intelectuales deseosos de medrar, tanto las autoridades provinciales como la oposición albanokosovares lo abrazaron con gran pasión. 

La respuesta serbia, igualmente dictada por el nuevo frenesí nacionalista no se hizo esperar: Milošević, entonces presidente de Serbia, anuló de facto y por la fuerza la autonomía kosovar en 1988. Un movimiento independentista de signo pacífico, cuya principal estrategia de lucha era la desobediencia civil y la construcción de estructuras estatales paralelas a la administración pública oficial, dominó el nacionalismo albanokosovar, pero sus éxitos, desde el punto de vista del proyecto independentista, fueron escasos. 

Las estructuras paralelas ofrecían un servicio peor a la población que la administración serbia, aparte de hallarse infiltradas por toda clase de mafias. Kosovo ni siquiera recuperó su autonomía provincial. Aún más importante que esta falta de éxito a efectos de explicar el arrinconamiento de ese movimiento de signo pacífico, fue la proliferación de armas y del contrabando en Kosovo a raíz del colapso del estado albanés a mediados de los noventa.

 Al final, una anárquica organización mafioso-guerrillera llamada UÇK apareció como el paladín de la causa independentista albanokosovar en los últimos años del siglo XX. Su estrategia era el atentado y la extorsión. El gobierno norteamericano la incluyó en su lista de organizaciones terroristas. Las operaciones del UÇK y las contraoperaciones de la policía serbia generaron una espiral de violencia que afectó a la población civil de Kosovo.

Las acciones del UÇK y el gobierno serbio y la violencia contra civiles inocentes desplegada por ambos, mucho más limitada de lo que luego dieron a entender los mass media, no preocupaban demasiado ni a los EE.UU. ni a la opinión pública internacional. 

Pero la Casa Blanca vio en ellas un excelente pretexto para llevar a cabo una intervención militar de poco riesgo y mucho beneficio. En aquel momento, EE.UU. quería fortalecer la imagen de la OTAN ampliando su radio de acción, cambiando su naturaleza de alianza occidental defensiva y asegurando su expansión hacia el este.

 De paso, deseaba demostrar que ningún gobierno que se resistiese al reformismo socioeconómico neoliberal y su ola 'liberalizadora'-privatizadora, como era todavía el caso del gobierno de Milošević, podía sobrevivir en Europa. Nada mejor para alcanzar esos objetivos que una intervención militar humanitaria en Europa oriental contra un malvado líder genocida. Presupuesto lo anterior, todo lo demás vino de suyo.

Los medios de comunicación de masas difundieron la noticia de que se hallaba en curso en Kosovo un (inexistente) genocidio de vastas proporciones implementado por Milošević y sus salvajes sicarios.

 Para aparentar que se había intentado encontrar una salida negociada y pacífica a la crisis, se ofreció a la delegación yugoslava un acuerdo-trampa imposible de aceptar (más deshonesto aún que el ultimátum austro-húngaro a Serbia de julio de 1914: la delegación yugoslava tenía que aceptar convertir toda Serbia y Montenegro en un protectorado militar de la OTAN). El UÇK aceptó el acuerdo, pero, naturalmente, la Yugoslavia reducida no. 

Y la OTAN se puso a bombardear Serbia y Kosovo en un acto de agresión contrario a la Carta de Naciones Unidas, impulsando con sus bombardeos un intento serbio de limpieza étnica de albanokosovares, esto es, aquello que precisamente se suponía que iba a evitarse. Por si esto fuera poco, como los mandos serbios habían sido muy eficaces a la hora de proteger los posibles objetivos militares, las bombas 'otánicas' destruyeron infraestructuras civiles, provocaron 'daños colaterales' o, simplemente, cayeron en la nada, pero apenas dañaron al ejército y los cuerpos de seguridad enemigos. Eso sí, sembraron el país de tóxicas toneladas de plutonio y uranio empobrecidos. 

Tras 78 días de absurdo e infructuoso bombardeo ―desde el punto de vista de la misión publicitada en los medios de comunicación de masas−, Milošević aceptó un nuevo trato a priori mejor para él [3] y, todo sea dicho, también para su país. La administración serbia se debía retirar de Kosovo, pero se descartaba la exigencia de la ocupación 'atlántica' de Serbia y Montenegro y EE.UU. se comprometía a asegurar la integridad territorial del país bombardeado.

El desmembramiento de Yugoslavia y las subsiguientes guerras balcánicas dejaron a los flamantes nuevos estados independientes, salvo Eslovenia, en una situación lamentable. Todavía al acabar la primera década del siglo XXI todos los territorios de la antigua Yugoslavia estaban en términos relativos peor que al inicio del proceso de disolución de Yugoslavia [4]: todos estaban más endeudados, más deprimidos económicamente, con más desempleo e inseguridad que antes, aunque, claro está, con grandes diferencias entre ellos. 

Serbia y Macedonia (por sus problemas con su minoría albanesa y con el gobierno griego) son poco menos que unos parias internacionales y las mafias violentas campan a sus anchas [5]. Bosnia-Herzegovina es un protectorado internacional con la kafkiana organización política territorial antes descrita. 

Sus instituciones confederales y federales no funcionan, su burocracia cantonal es inmensa en proporción a la población, el país depende económicamente de la ayuda exterior y las mafias, su desempleo es astronómico (cerca de la mitad de la población activa) y las divisiones y animadversidades interétnicas están muy lejos de haberse superado.

 Lo mismo puede decirse de Kosovo, excepto respecto al problema de la convivencia interétnica, 'resuelto' por la expeditiva vía expulsar a las últimas familias serbokosovares ante las mismísimas narices de los estadounidenses. Por cierto, EE.UU. incumplió su promesa de respetar la integridad territorial yugoslava (y, por ende, serbia, en tanto que estado sucesor) al incitar la proclamación unilateral de independencia del gobierno kosovar y reconocerlo, propinando con ello el tiro de gracia a los principios de Helsinki [6]. Eslovenia y Croacia han conseguido entrar en la Unión Europea y en la zona euro, si bien muchos de sus ciudadanos comienzan a plantearse si eso es una suerte o, más bien, una desgracia.

Este es a grandes rasgos el relato que se puede encontrar en forma mucho más detallada y argumentada en los capítulo 1 a 7 de Y llegó la barbarie. El ensayo de José Ángel Ruiz Giménez se cierra con un apartado conclusivo en que el autor reflexiona sobre la narración precedente producto de años de investigación.

 En ese apartado pueden leerse interesantísimas ideas acerca de los usos de la historia, la tarea del historiador, los peligros del nacionalismo en determinados contextos, la guerra como negocio y el papel de la comunidad internacional, los medios de comunicación y la sociedad civil en la evolución de los conflictos.

 Me gustaría finalizar este escrito con una admonición. La Europa surgida de las revoluciones y contrarrevoluciones del siglo XIX ha girado durante demasiado tiempo en torno a la idea de estado-nación y la politización de las identidades étnico-culturales que está en su base [7]. Incluso hoy eso sigue siendo así a pesar de la crisis de la soberanía estatal y la globalización (más aún: también gracias a ellas, como reacción a las mismas y a los trastornos sociales que han causado).

 Es necesario emplear toda nuestra imaginación para idear discursos y proyectos políticos que tengan como meta la despolitización final de esas identidades. Esta despolitización, y en modo alguno las ideas de soberanía y autodeterminación nacionales, constituye el único camino a transitar si se quiere evitar que las sociedades europeas sigan precipitándose por el despeñadero nacionalista.

Notas

[1] La presencia turca en los Balcanes había quedado circunscrita a sus límites actuales como consecuencia de la derrota del Imperio Otomano en las guerras balcánicas de 1912-1913.
[2] Y base última, a fin de cuentas, del principio de autodeterminación de los pueblos de matriz wilsoniana.
[3] No obstante, Milošević fue desalojado del poder al año siguiente tras una derrota electoral por un margen muy estrecho. Como se sabe, fue extraditado poco después a La Haya y falleció durante su juicio ante el TPIY por crímenes contra la humanidad.
[4] Es decir, comparando tanto los indicadores socioeconómicos y los niveles de violencia de la Yugoslavia de los ochenta con los propios de sus ex territorios veinte años después como sus respectivas posiciones respecto a Europa en los mismos períodos de tiempo.
[5] La Unión Europea intenta convertir ahora Serbia en un inmenso campos de retención y detención de refugiados, en la medida en que estos no queden confinados en Turquía o la 'solución final' turca fracase.
[6] Vaya independencia la de Kosovo: ¡ser una inmensa base militar de la OTAN!
[7] En contraste con otras épocas históricas: por ejemplo, el mundo romano clásico. Un modelo de diversidad cultural (dentro de sus confines)."                         (Ramón Campderrich Bravo, Mientras tanto)

27/7/12

Los países más ricos se benefician más del mercado interno de la Unión Europea, que los más pobres. Alemania se beneficia más: puede exportar a lugares en los que de otro modo el comercio habría estado restringido por las fronteras nacionales

"Países Bajos, uno de los principales contribuyentes netos de la UE, paga “miles de millones de euros” a las arcas de Bruselas, tal y como les gusta señalar a los euroescépticos. ¿Obtienen algo a cambio? De Groene Amsterdammer intenta averiguarlo en su serie de análisis de euromitos. (...)

¿A cuánto asciende nuestra contribución y qué obtenemos a cambio en forma de subsidios agrícolas y obsequios para las regiones más pobres como Flevolanda? Esto debería ser un análisis sencillo de costes y beneficios. Países Bajos ha sido durante años uno de los mayores contribuyentes netos de Europa. 

Una cantidad que equivaldría a más de doscientos euros por cada ciudadano neerlandés al año, en total 3.600 millones de euros, pero menos, por ejemplo, que la cantidad que pagan Suecia o Alemania.

Sin embargo, la pregunta es si los beneficios son sólo esos pocos miles de millones de subsidios procedentes de Bruselas. De hecho, según algunos estudios, Países Bajos se ha beneficiado tanto de Europa, que la contribución neta es insignificante. 

Hans Vollaard, profesor de ciencias políticas en Leiden afirma: “Hay que considerar la contribución como una especie de cuota del mercado libre”.

Y estas ganancias las calculó con bastante precisión en 2011 la Oficina Neerlandesa para el Análisis de Políticas Económicas: de media, el mercado libre interno aporta al neerlandés el salario de un mes al año, y el euro, como máximo el salario de una semana. En otras palabras, mucho más que la contribución neta. ¿Cómo es posible?

El profesor de banca y finanzas Harald Benink opina: “Ganamos dos tercios de nuestros ingresos nacionales con las exportaciones. Tres cuartas partes de ellas van a Europa. El mercado libre es muy importante”. Resulta difícil estimar qué grado de comercio existiría sin el mercado interno, pero Benink no cree que los resultados sean exagerados.

La mayoría del resto de estudios revela unos beneficios mucho mayores. Nico Groenendijk, profesor de política económica europea añade además que la cuestión va más allá de las ventajas medibles, pues el beneficio de la seguridad y la estabilidad es incalculable.

No obstante, pueden surgir algunas dudas con respecto a ese ‘beneficio’. Quizás Países Bajos se beneficie en general, pero no ocurre lo mismo con cada ciudadano neerlandés. Pensemos en los trabajadores de la construcción que pierden su trabajo porque se lo llevan los albañiles polacos.

La pregunta que plantean los eurocríticos sigue sin respuesta: ¿por qué Países Bajos tiene que pagar una contribución más alta que otros países para acceder al mercado interno? La respuesta a menudo es que se trata de una cuestión de solidaridad, de ayudar a pagar el desarrollo de las regiones menos favorecidas.

Pero en realidad, los países más ricos se benefician más del mercado interno que los más pobres.

Josef Janning, director de estudios en el Centro de Política Europea opina: “Un país como Alemania se beneficia más: puede exportar a lugares en los que de otro modo el comercio habría estado restringido por las fronteras nacionales y el sentimiento anti-alemán. 

Los países más desarrollados pueden vender productos locales a países menos desarrollados. Esto también ocurre con las exportaciones neerlandesas”. En otras palabras: puede que seamos un contribuyente neto, pero en muchos sentidos también somos beneficiarios netos."          (Presseurop, 26 julio 2012, De Groene Amsterdammer Amsterdam)

24/3/10

"Sueño con un Estado federal europeo"

"Pregunta. Dijo Semprún que usted es un verdadero europeo. ¿Qué es un verdadero europeo?

Respuesta. Creo que Semprún habla más desde la generosidad de la amistad que con la racionalidad de la justicia. Creo que alguien verdadero tiene que serlo sin programarlo, porque no se trata de un programa ideológico. Yo siempre repito que me ocurre con Europa lo que le pasaba a san Agustín con el tiempo: "Cuando no me lo preguntan sé lo que es; cuando me lo preguntan no sé lo que es". Lo mismo te pasaría a ti si te preguntaran qué es España: te sentirías incómodo porque no sabrías por dónde empezar... Hoy los problemas políticos o sociales, como el paro o la inmigración, tienen una dimensión europea. Si Alemania, Italia o España sufren una quiebra económica, eso repercute en cada uno de los países restantes. Sueño con un Estado federal europeo, descentralizado, porque cuando existe una realidad material, a ésta tiene que corresponderle una realidad también formal.

P. ¿Y qué caracteriza a esa Europa que le gustaría ver convertida en Estado federal?

R. Desde el punto de vista cultural, aparte de los problemas lingüísticos que me obligan a leer algunas cosas en idioma original y otras traducidas, la novela es desde hace tiempo europea, con sus diversidades. Tengo la sensación de que éste es mi mundo y no por eso es mejor o peor que otros... Si quisiéramos definir unas líneas tradicionales de lo que puede caracterizar una cultura europea, ante todo habría que hablar del acento puesto en el individuo. A diferencia de otras grandes civilizaciones que subrayaron la totalidad, las religiones europeas, en definitiva, el hebraísmo y el cristianismo, se plantearon el problema de la salvación individual. Hoy en día, a pesar de creer o no en una sustancia, el protagonista es siempre el individuo... Incluso en la filosofía, Kant proclama al individuo como el fin y nunca como el medio. Y en la literatura el individuo es el protagonista de todas las historias...

P. Así que el individuo es europeo...

R. Es un sentimiento muy europeo. La relación del individuo con el Estado es muy diferente aquí de la que se tiene en el otro Occidente, Estados Unidos. El concepto de welfare es constitutivo de esta mentalidad europea individualista que nunca llega a un total anarquismo salvaje. No se trata exactamente de valores, pero es algo que nos pertenece como europeos. Si nos trasladamos a un ámbito más particular, es evidente que la reacción ante un libro mío me interesa más si se produce en Francia o en España que en cualquier otro sitio. Porque éste es mi ámbito, yo soy europeo, me mueve la sensibilidad europea ante lo que hago. No existe un club de europeos, pero yo me siento así, no hace falta decirlo.

P. En esta serie, Hans Magnus Enzensberger decía algo parecido: vuelve a Europa y halla un aire común.

R. Se siente uno como en casa. Y no sólo por la distancia. Entre Nueva York y Madrid hay al fin casi tanta distancia como entre Madrid y Trieste, cambiando de avión. (...)

P. ¿Y cómo ve ahora la posible utopía europea?

R. Soy muy pesimista a medio plazo y sigo creyendo que será muy difícil llegar a una verdadera cohesión. Será necesario renunciar al principio de unanimidad porque la democracia no es unanimidad, la democracia se decide por mayoría. Sólo el totalitarismo o el fascismo suponen que todos están de acuerdo. Habrá que potenciar las autonomías, en un sentido concreto, técnico. Desafortunadamente, Europa, tras haber sido amenazada por los totalitarismos, está ahora amenazada por los particularismos. Es una postura cerrada porque se ven sólo los intereses de una pertenencia étnica. Hay que salvaguardar el particularismo. Pero no a costa de enfrentarlo. Por ejemplo, ¿por qué defender el bable frente al castellano? Se lo ofende convirtiéndolo en una bandera ideológica. Yo siempre hablo en dialecto en Triste, y lo hago de manera espontánea, no ideológica, y no lo contrapongo al italiano. Hay un delirio de la fragmentación ahora. En Italia hubo una propuesta de sustituir el himno nacional por los himnos locales. Y pensé que entonces el presidente del Consejo de Trieste sería acogido con el himno de los borrachos, "Ancora un litro de cuel bon..." [Un litro más de vino bueno...]. Esto es un veneno, porque es una manera salvaje de rechazar al otro. ¡Y si el otro empieza en la periferia de Trieste, qué no ocurrirá entre Francia, Italia o España! ¡Imagínate si a esa lista sumamos Irán!

P. Esos particularismos son una evidencia desde hace rato en España...

R. Lo sé. En este momento en España están emergiendo ciertos particularismos que no están bien organizados. Obviamente, no apoyo el centralismo franquista, pero la reacción actual no permite seguir adelante. Si una región mira solamente hacia dentro de sí misma, no sólo daña a España, sino que daña a toda Europa. Cada uno tiene su identidad, que puede ser triestina o aragonesa, que hay que tomar en cuenta sin ese delirio de aislamiento que va en contra de la integración y del diálogo. Yo intervengo siempre para defender a los inmigrantes, pero una vez unos padres islámicos querían clases reservadas para los estudiantes islámicos. ¡Si yo hubiera pedido clases sólo para estudiantes católicos, hasta el bedel me hubiera echado a patadas!... No quiero que se me malinterprete: yo escribí sobre muchos microcosmos, visité pueblos en los que no viven más de 800 personas. Pero hay que ponerlos en valor sin hacerlo en detrimento de otros.

P. ¿Suponen esos particularismos un freno para el Estado europeo que usted alienta?

R. Claro que sí. Es un freno que impide, o por lo menos hace más difícil, la gran política, los grandes diseños. Las grandes realidades políticas del pasado siempre han tenido un momento creativo. Europa, naturalmente, nace en una época democrática y por suerte no a través de conquistas, sino de pactos, gracias al espíritu de la negociación. Estamos pasando por un momento de cansancio. Pero aunque estemos dando dos pasos hacia adelante y un paso y tres cuartos hacia atrás, creo mucho en los pequeños pasos." (Claudio Magris: "Sueño con un Estado federal europeo". El País, Domingo, 21/02/2010, p. 12)