"La aparición en España de un libro sobre la invasión de
Irak once años después de su publicación en EEUU invita a recordar que
la mayoría de los libros escritos por periodistas tienen una esperanza
de vida determinada. No hay un elixir de la vida que los mantenga vivos
eternamente si los acontecimientos se suceden y no cesan de arrojar
tierra sobre las obras escritas años atrás.
¿Cómo decidirse a leer un
libro que contó hace tiempo una historia que desde entonces has
encontrado en muchos artículos y otros libros?
Nunca
es demasiado tarde para hacerse la pregunta ¿dónde empezó todo?, pero el
lector sentirá la tentación de ahorrar tiempo y buscar una versión más
reducida y poder dedicar las horas ganadas a lo que está ocurriendo
ahora. Sin embargo, La puerta de los asesinos, de George Packer, periodista de la revista The New Yorker, merece una oportunidad del lector español que no lo conozca.
En primer lugar, por la identidad del autor. Packer era
un firme partidario de la invasión de Irak para derrocar a Sadam
Hussein. Como uno de los denominados liberal hawks (halcones progresistas), creía que acabar con una dictadura tan cruel como la iraquí era casi una exigencia moral.
Sus razones no eran las de los neoconservadores, pero su objetivo
terminaba siendo el mismo. El fin de Sadam sólo podía traer
consecuencias positivas a Oriente Medio, porque entre otras cosas
negaría ese determinismo histórico, orientalista, se podría decir, por
el que los pueblos árabes sólo pueden ser gobernados por regímenes
tiránicos.
La segunda razón viene por el hecho de que después de lo que algunos llamaron el fin de la guerra, Packer decidió volver a la escena del crimen
y comprobar por qué el sueño de un nuevo Irak se parecía mucho más a
una pesadilla.
Y al mismo tiempo entrevistó en EEUU a algunos de los que
habían promovido la invasión como la solución a todos los problemas. En
otras palabras, a los auténticos responsables de la traición.
El resultado es un apreciable ejercicio de honestidad personal y
periodística. Packer no hace penitencia, no cree que Irak estaría mejor
en la fecha que publicó el libro (2005) con el dictador en su trono,
pero documenta con frialdad el desastre político y militar que se había
producido desde mucho antes de que la primera bomba cayera sobre Bagdad.
Y comprueba que los ideales supuestamente más dignos pueden originar
errores gigantescos cuando están contaminados por la más absoluta falta
de conocimiento de la realidad o por el sectarismo de los fanáticos, los
neoconservadores que querían asegurar la hegemonía de EEUU en Oriente
Medio para los próximos 50 años. En ese escenario, la esperanza
acaba siendo sustituida por el sentimiento de haber sido traicionado.
En el libro, hay un protagonista esencial, Kanan Makiya. En 1989, este arquitecto iraquí publicó bajo seudónimo el libro Republic of Fear que sirvió para que Occidente tuviera el primer relato creíble del terror organizado que había sido la dictadura iraquí desde los años sesenta.
Historias similares no
habían recibido antes mucha atención, porque EEUU consideraba al
régimen de Sadam el contrapeso perfecto para debilitar a Irán. Pero a
partir de la invasión de Kuwait de 1990, Sadam pasó a engrosar la lista
de enemigos mortales y el libro tuvo una gran difusión. La Guerra del
Golfo le expulsó del emirato, pero su mantenimiento en el poder se
convirtió en una herida que la derecha norteamericana prometió cerrar
algún día.
George Packer conoció a Makiya y terminó
por admirar sus ideas liberales, su compromiso con un futuro para su
país alejado del derrotismo: Irak no estaba condenada a pasar de un
dictador a otro. El periodista cometió el error de enamorarse de la
persona y del personaje. Lo primero podía ser comprensible.
Lo segundo,
no tanto, porque si algo representaba Makiya era al exiliado que años
después de su salida del país ya no lo comprende. La democracia no se
puede exportar ni puede trasladarse en un tanque o un cazabombardero. Es
más, de esta manera es probable que sólo crezca el odio y el
sectarismo, y eso fue precisamente lo que ocurrió en Irak.
Antes de la guerra, Packer viajó a Londres para cubrir una reunión de
organizaciones del exilio iraquí. Allí tuvo la oportunidad de descubrir
que no había un plan común, que los exiliados no seguirían los planes
idealistas de Makiya y que la mayoría de ellos se abalanzarían sobre el
poder como hienas sin tener muy claro qué hacer con él. Aun así, el
periodista siguió creyendo que la guerra era el camino.
"Recibidos como libertadores"
La credibilidad de Makiya se resiente un tanto si el lector sabe que
también es recordado como la persona que unos meses antes de la invasión
tranquilizó a George Bush, lo que por otro lado tampoco era necesario:
"Como le dije al presidente el 10 de enero, creo que (los soldados
norteamericanos) serán recibidos con flores y dulces en los primeros
meses, y no tengo dudas de que eso será así".
La frase es del 17 de marzo,
un día después de que Dick Cheney, el belicista vicepresidente,
pronunciara esas palabras que aún se recuerdan al comentar que los
soldados serían "recibidos como libertadores". Tres días después,
comenzaba la invasión.
A Packer se le criticó por no
hacer un auténtico mea culpa en el libro, pero la verdad es que la
coherencia intelectual de un periodista no es algo que debe quitar el
sueño a sus lectores. Lo que de verdad cuenta son los hechos.
En su libro, Packer describe por qué la aventura iraquí estaba lastrada
de origen por dos prejuicios ideológicos: el deseo de Paul Wolfowitz
–número dos del Pentágono– de corregir la decisión de 1991 de no
culminar la llamada guerra del Golfo con el derrocamiento de Sadam, y la
obsesión de los neoconservadores por ayudar a Israel y enterrar a sus
enemigos.
No puede sorprender que estos políticos y
académicos creyeran que el apoyo a Israel debía ser uno de los ejes de
la política exterior norteamericana. Lo que despertó el interés de
Packer es que estas personas se comportaran como embajadores del Likud
en EEUU trazando una estrategia que respondía más a los intereses del
partido de Netanyahu que a los de su propio país.
Entre ellos estaban
los autores del estudio A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm
, enviado a Netanyahu, cuyas principales recomendaciones eran "aplastar
militarmente a los palestinos, derrocar a Sadam y poner a un rey
hashemita (la dinastía que gobierna en Jordania) en el trono iraquí",
escribe Packer. Lo redactaron en 1996. Años después, desde sus puestos
en la Administración de Bush y del mundo académico, tuvieron que cambiar
algunas conclusiones, pero las líneas maestras eran las mismas.
La postguerra de Irak, como obstáculo
El presunto (e inexistente) arsenal nuclear de Irak era una razón de peso, pero no la más importante. La guerra se justificaba por sí misma. Por eso, ni
se molestaron en analizar cómo debería ser la postguerra iraquí.
Es
más, pensaron que preparar el día después de la victoria, como intentó
hacer el Departamento de Estado, sólo serviría para descubrir problemas y
obstáculos que harían más difícil que la opinión pública aceptara en
primer lugar la idea de enviar a las tropas.
El mismo título del libro sirve para evocar el absurdo de esta aventura imperial. La Puerta de los Asesinos
es una de las entradas al complejo de edificios oficiales iraquíes,
entre los que estaba el Palacio Republicano, donde Sadam Hussein recibía
a los visitantes extranjeros. Todo ese inmenso complejo, separado de
zonas residenciales, se convirtió a partir de 2003 en la llamada Zona Verde. Allí los norteamericanos situaron su cuartel general en Bagdad.
Packer pensaba que se trataba de una puerta antigua, de gran valor
histórico. El nombre también podría recordar alguna tragedia del pasado.
Luego, descubrió que su construcción era reciente por ser una especie
de imitación ordenada por Sadam con esa combinación de arte clásico y
kitsch que tan grata le era, y que le permitía conectar su régimen con
las glorias del pasado premusulmán.
El nombre tampoco era nada exótico.
Fue un apodo puesto por una compañía de la Tercera División de
Infantería (que al ser la compañía A, por Alfa, tenía también el mote de
Asesinos) que durante un tiempo se ocupaba de la seguridad de esa
entrada.
La liberación iraquí y los grandiosos
planes de los neoconservadores pronto resultaron tan falsos como esa
gran puerta, y el libro de Packer lo demuestra. Las consecuencias
sufridas desde entonces en todo Oriente Medio sí han sido
dolorosamente reales. " (Iñigo Sáenz de Ugarte, 01/05/16)
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