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25/10/24

Concejales 'populares' se unieron a un grupo de agitadores que se concentraron para protestar contra las cenas solidarias para personas sin hogar

 "El Ayuntamiento de Donostia, donde gobierna el PNV en coalición con el Partido Socialista de Euskadi (PSE), ha prohibido este jueves las cenas solidarias que desde hace cuatro años realiza la iniciativa vecinal Kaleko Afari Solidarioak (KAS) en diferentes puntos de la ciudad. En concreto, queda restringido el reparto en el barrio de Egia, una decisión que tiene lugar después de que este lunes varias personas se concentraran sin permiso contra este proyecto, provocando un altercado en el que tuvo que intervenir la Ertzaintza.

En la concentración participaron de manera activa los tres concejales del PP en el consistorio, Borja Corominas, Jorge Mota y Vanessa Vélez. Los hechos tuvieron lugar en la plaza Teresa de Calcuta, frente al Palacio de Justicia. Decenas de personas se unieron a la convocatoria, anunciada por redes sociales.

Los protestantes, que denunciaban falta de seguridad en las calles, comenzaron a proferir insultos y amedrentar contra los presentes, según las imágenes grabadas y publicadas por el medio local Irutxuloko Hitza. La escalada de tensión provocó la intervención de la Ertzaintza, que arremetió, según denuncian desde KAS, contra los simpatizantes del proyecto.

Una campaña de acoso y derribo

Fuentes de la iniciativa vecinal aseguran a Público que la concentración ilegal del lunes no fue un caso aislado. Células racistas y xenófobas llevan meses organizándose y publicando mensajes de odio contra KAS. Los voluntarios se enteraron de que estaban organizando una concentración ilegal por canales de WhatsApp y Telegram, por lo que decidieron adelantar la hora de reparto.

"En lugar de repartir las cenas a las 20.30 horas, lo hicimos a las 19.30 de la tarde", explican a este diario. Cuando llegaron los amedrentadores, "ya no quedaba ningún usuario de nuestro servicio ni ningún voluntario. Tan solo había personas simpatizantes con nuestra iniciativa", destacan. Además, lamentan que los agentes de la Ertzaintza arremetieron sobre todo contra los defensores de KAS y no contra los agitadores que se habían reunido ilegalmente.

Las mismas fuentes también denuncian la manipulación informativa basada en el odio racista y xenófobo, que trata de criminalizar a las personas migrantes que hacen uso de este servicio ciudadano. "Hubo dos chicas que asistieron a la concentración y preguntaron si era allí la convocatoria para protestar contra la violencia machista. Desconocían por completo la iniciativa de cenas solidarias", afirman a este medio.

Desde KAS quieren dejar claro que "no metemos en el mismo saco a todas las personas que acudieron a la concentración". En este sentido, recalcan que "entendemos y empatizamos con quienes han podido sufrir alguna situación de violencia". No obstante, apelan a estas personas para que "hagan un razonamiento más profundo e integral y entiendan que es injusto y peligroso vincular la delincuencia con una red solidaria".

El Ayuntamiento, contra la solidaridad vecinal

El alcalde donostiarra, Eneko Goia, ha tomado la decisión de prohibir este proyecto en el barrio de Egia, que tiene cuatro años de trayectoria y que al día reparte más de 200 cenas a personas sin recursos, según afirma la organización. KAS ha convocado una rueda de prensa este jueves a las 18.00 horas en la misma plaza donde ocurrió el altercado.

"¿Qué alternativa les va a dar el Ayuntamiento de Donostia a los 200 ciudadanos sin hogar que, gracias a KAS, tienen la oportunidad de tomar la única caliente del día?", ha preguntado la iniciativa vecinal en su cuenta de Instagram.

"Sin inflar las cifras, repartimos al menos 250 vales diarios entre todos los puntos de la ciudad, es una cifra muy real", subrayan a este diario. Además, critican que la restricción de reparto en el barrio de Egia puede provocar la masificación de los demás puntos donde se lleva a cabo el proyecto.

La red teme que esto pueda conllevar en la prohibición progresiva del resto de puntos. "Con esta medida, ¿la seguridad va a mejorar o se busca que se vaya a otro punto, se acumule demasiada gente allí y que sea una muerte lenta?", plantean.

Desde KAS informan que en estos cuatro años han hablado en múltiples ocasiones con los trabajadores sociales del Ayuntamiento de Donostia y abiertamente han expresado que "no comparten nuestro modelo, dicen que lo nuestro no es digno".

Esta valoración del consistorio coincide con la del PP local. Su portavoz, Borja Corominas –presente en la concentración ilegal–, ha declarado a los medios que su grupo municipal está en contra de que se den cenas "en la calle de esta forma" y considera que es el Ayuntamiento el que debe dar una solución a este problema. Sin embargo, y pese a cuatro años de conversaciones de la red con el Ejecutivo, KAS continúa asumiendo la mayor parte de las personas de la ciudad que pasan hambre todos los días.

Apoyo de partidos y sindicatos a las cenas solidarias

La concejala y senadora de EH Bildu Olaia Duarte ha criticado la medida del Gobierno jeltzale y socialista: "En dos años, el número de personas sin hogar ha aumentado un 81% en Donostia, y la lista de espera para recibir bolsas de comida es de 200 personas".

En redes sociales, Duarte ha lamentado que "el abandono del Ayuntamiento y del Condado ha obligado a poner en marcha iniciativas solidarias como KAS. Ahora también quieren prohibir la solidaridad".

Por su parte, el sindicato LAB ha subrayado que "la solidaridad no se puede prohibir". Así, ha mostrado su apoyo a la iniciativa vecinal y a la "ciudadanía organizándose para luchar solidariamente contra la pobreza".

También el Kontseilu Sozialista de Donostia, parte del llamado movimiento socialista afianzado en Euskadi, se ha posicionado contra la decisión del PNV. "Condenamos enérgicamente la postura del Ayuntamiento de Donostia de prohibir las cenas solidarias. ¡Organizaos contra la propagación del fascismo y el racismo! ¡Solidaridad total con las Cenas Solidarias de Calle!", han reclamado."

( Adhik Arrilucea , Público, 24/10/24)

27/2/24

Existe una jerarquía de preocupaciones, con los ricos, poderosos y conocidos en la cima y los pobres y desconocidos en la base... Las reivindicaciones morales a menudo se deben más a la arrogancia narcisista que al pensamiento desapegado (Chris Dillow)

 "Es fácil entender por qué tanta gente acusa a Occidente de hipocresía. La condena de Joe Biden del asesinato de Alexei Navalny mientras bombardea Yemen, Siria e Irak y aprueba los ataques de Israel contra Gaza sugiere que él -como muchos políticos occidentales- considera algunas vidas más dignas que otras.

Esta aparente incoherencia recuerda la idea de simpatía de Adam Smith. "La fuente de nuestra compasión por la miseria de los demás", escribió, es nuestra imaginación; surge "al cambiar de lugar en la fantasía con el que sufre".

Sin embargo, nuestra imaginación es limitada. Es más fácil ponerse en el lugar de unas personas que en el de otras, por lo que nuestra simpatía se extiende de forma desigual.

Una fuente de esta diferencia es simplemente que es más fácil "cambiar de lugar en la fantasía" con gente como nosotros. A los políticos les resulta más fácil imaginarse en el lugar de otro político que en el de un joven musulmán de un país pobre; de ahí su mayor simpatía por Navalny que por las víctimas de los atentados de Israel o de los bombardeos occidentales. Esta tendencia no siempre es maligna: puede ser un motivo de conciencia de clase.

 Esto ayuda a explicar por qué la opinión sobre el ataque del gobierno israelí a Gaza divide a judíos y musulmanes incluso a miles de kilómetros de distancia: Los judíos son más capaces de simpatizar con otros judíos que se enfrentan a ataques antisemitas, mientras que los musulmanes son más capaces de simpatizar con los musulmanes. Sí, puede que haya antisemitismo por un lado e islamofobia por otro, pero aunque no lo hubiera seguiríamos viendo esta división.

Hay otra fuente de simpatía desigual. Es lo que Thomas Schelling llamó el efecto de víctima identificable. La muerte de una persona conocida, escribió, invoca "ansiedad y sentimiento, culpa y sobrecogimiento, responsabilidad y religión" pero, añadió, "la mayor parte de este sobrecogimiento desaparece cuando nos enfrentamos a la muerte estadística". Como escribió Dan Ariely, "una vez que tenemos un rostro, una foto y detalles sobre una persona, sentimos por ella". (The Upside of Irrationality, p 241).

Tenemos pruebas científicas de ello. Deborah Small y George Loewenstein dieron (pdf) a unas personas 10 dólares y les ofrecieron la posibilidad de pasar una parte a otra persona. Cuando se les dijo que la otra persona sería elegida al azar de una lista, dieron una media de 2,12 dólares. Pero cuando se les dijo que la persona ya había sido elegida, dieron una media de 3,42 dólares, es decir, más de la mitad, a pesar de que no sabían nada más sobre la persona. Lo que demuestra hasta qué punto se descuenta moralmente a las personas estadísticas.

 En experimentos similares, James Andreoni y Justin Rao descubrieron (pdf) que cuando los receptores potenciales podían hablar con el donante potencial, éste donaba una media del 24% del dinero, frente a sólo el 15% cuando ninguna de las partes hablaba. "La comunicación influye drásticamente en el comportamiento altruista, y parece funcionar en gran medida aumentando la empatía".

Puede que Stalin no dijera realmente "si un solo hombre muere de hambre, eso es una tragedia. Si mueren millones, eso son sólo estadísticas", pero si lo hizo estaba pronunciando una verdad. Conocíamos a Navalny como una persona identificable, y esto por sí solo genera simpatía hacia él. En cambio, los más de 29.000 muertos en Gaza son muertes estadísticas. Por eso los que se oponen a los ataques de Israel quieren poner nombres y caras a las víctimas, porque eso las humaniza y genera simpatía.

Esto mismo ayuda a explicar por qué los diputados que estaban tan tranquilos con las muertes causadas por la austeridad están tan agitados por las amenazas de muerte (suponiendo que esto sea lo que son) contra sus colegas. No sólo sus colegas son como ellos y, por tanto, es fácil simpatizar con ellos, sino que además son víctimas identificables, mientras que las víctimas de la austeridad son meras estadísticas: esta asimetría se ve reforzada por el hecho de que nuestro sistema político en realidad selecciona rasgos psicopáticos.

Las víctimas de la austeridad, como las de los atentados israelíes, son pobres y oscuras. A eso se refería Smith: los ricos y poderosos son más visibles para nosotros, decía, y más conocidos, por lo que simpatizamos más con ellos:

-  Cuando consideramos la condición de los grandes, en esos colores ilusorios con los que la imaginación tiende a pintarla, parece ser casi la idea abstracta de un estado perfecto y feliz. Es el mismo estado que, en todos nuestros sueños despiertos y ociosos ensueños, nos habíamos esbozado como el objeto final de todos nuestros deseos. Cada calamidad que les sucede, cada injuria que se les hace, excita en el pecho del espectador diez veces más compasión y resentimiento de lo que habría sentido si las mismas cosas le hubieran sucedido a otros hombres: ....Toda la sangre inocente que se derramó en las guerras civiles provocó menos indignación que la muerte de Carlos I".

El corolario de esto, dijo, es que:

  -  Con frecuencia vemos que las respetuosas atenciones del mundo se dirigen más hacia los ricos y los grandes que hacia los sabios y los virtuosos. Con frecuencia vemos los vicios y las locuras de los poderosos mucho menos despreciados que la pobreza y la debilidad de los inocentes.

Existe, por tanto, una jerarquía de preocupaciones, con los ricos, poderosos y conocidos en la cima y los pobres y oscuros en la base. Cuando John Donne escribió "La muerte de cualquier hombre me empequeñece porque estoy involucrado en la humanidad", podría haber añadido que la muerte de algunos hombres nos empequeñece más que la de otros.

Podría decirse que todo esto es natural, incluso obvio. Puede ser. Pero natural no significa inmutable. Si existe un "círculo en expansión" de preocupación por los demás, como ha afirmado Peter Singer, es porque hemos aprendido a simpatizar con más gente que hace siglos. Y nuestras identidades -y, por tanto, con quién simpatizamos- varían con las condiciones socioeconómicas y las campañas: gran parte de la política burguesa consiste en un esfuerzo por reducir la relevancia de la clase aumentando la de cualquier otra cosa.

Aquí radica el problema. D.D. Raphael escribe que "Smith piensa en la simpatía como la clave para entender el juicio moral" (The Impartial Spectator, p 117). Es ésta la que determina qué y a quién condenamos o condonamos. Y, sin embargo, la simpatía surge de factores que, como él vio, son moralmente arbitrarios: el poder y la fama obtienen más aclamación y simpatía que la virtud o la oscuridad.

Por eso nuestros juicios morales pueden parecer absurdos o hipócritas a los de fuera.

Hasta cierto punto, esto es inevitable. Todos los códigos parecen extraños desde fuera: intente explicar a un no aficionado por qué los jugadores de críquet aplauden que un lanzador apunte un proyectil a 90 mph a la cabeza de un hombre, pero consideran vergonzoso que arañe la bola.

Pocas personas en política, sin embargo, intentan siquiera dar un paso fuera y cuestionar sus propios juicios morales. Las reivindicaciones morales a menudo se deben más a la arrogancia narcisista que al pensamiento desapegado. A menudo he criticado a los tecnócratas irreflexivos, pero los moralistas irreflexivos son al menos igual de perjudiciales para una política sana."

(Chris Dillow es escritora de economía en Investors Chronicle, Brave New Europe, 25/02/24; traducción DEEPL)

29/1/24

Giorgia Meloni resume en una frase el odio de la derecha hacia los pobres... Pasar la responsabilidad de un sistema a sus víctimas es el objetivo de quienes quieren gobernar a los pobres, no liberar a la sociedad de la pobreza. Hay algunos que están “orgullosos” de ello, como Meloni

 "La fuerza impulsora detrás del odio a los pobres es la idea de “trabajo”. No sólo el trabajo disponible –precario, brutal, cada vez peor pagado, a veces incluso sin remuneración– sino, lo más importante, el trabajo que no existe. Este trabajo inexistente es lo que se supone que persiguen los “pobres empleables” –aquellos considerados “aptos para trabajar”-, inscribiéndose en el galimatías de los cursos de capacitación, con la esperanza de que estos les conduzcan a un trabajo, sin importar cuál sea, y con la esperanza de obtener los míseros 350 euros al mes que les prometen durante el proceso. Incluso inscribirse en los cursos no garantiza que recibirán dinero alguno, según informes de prensa de las últimas semanas.

 Aquellos entre los “empleables” que se encuentran atrapados en este círculo del infierno recibieron otra reprimenda el miércoles por parte de Giorgia Meloni, hablando durante el “tiempo de primer ministro”. “Si no estás disponible para trabajar”, dijo, “no puedes esperar que te mantengan con el dinero de quienes trabajan todos los días”.

 Sus palabras dicen mucho. Quiere decir que la pobreza es culpa de quienes no quieren trabajar. Porque, como todo el mundo sabe, a los pobres que tienen empleo les va muy bien. Se han redimido de la culpa de la pobreza. Se han emancipado de la necesidad. Han sido elevados al paraíso de las mercancías y lo disfrutan felizmente. La historia del capitalismo está plagada de ejemplos de discursos tan atroces. Ya estuvieron allí entre 1597 y 1601, cuando Isabel I aprobó las primeras “leyes de pobres” en Inglaterra. Hoy podemos estar en una época diferente, pero seguimos en el mismo lugar. Los pobres no escapan de la pobreza, ni siquiera cuando trabajan. Se les llama "trabajadores pobres". Este eufemismo angloamericano está ahí para encubrir lo espantoso de una vida pasada en la necesidad, y no hace nada para evitar añadir insulto al daño cuando alguien pierde su trabajo y no puede encontrar otro.

 Las palabras de Meloni también son deshonestas. Lo que no dijo fue que su gobierno cambió los criterios mediante los cuales se evalúa la “disponibilidad para trabajar” de los pobres. Estos criterios no tienen nada que ver con la voluntad de trabajar de un individuo, sino que se utilizan para emitir una condena moral, contrastándolos con aquellos que “trabajan todos los días” – en una línea de pensamiento que termina tildando de “vagos” a quienes reciben asistencia pública. o "moochers". En concreto, hablamos de la rebaja del umbral máximo de renta estimada, según el indicador de situación económica equivalente (ISEE), de 9.360 euros a 6.000 euros anuales para poder acceder a la nueva medida. Esto no es un tecnicismo sino una cuestión política. Esta norma ha excluido a muchos de los "empleables" del acceso al "apoyo a la formación y al empleo", la medida destinada a ellos, en paralelo al "subsidio de inclusión" destinado a los pobres considerados "no aptos para trabajar". Los datos fueron proporcionados por la propia Meloni: de 249.000 personas potencialmente “empleables” que recibían los ingresos de la ciudadanía, sólo 55.000 solicitaron la nueva medida, algo más del 22 por ciento.

 "Es posible que algunas de estas personas hayan encontrado trabajo por sí mismas", dijo el Primer Ministro, "pero también es posible que algunas de ellas no estuvieran buscando empleo o prefirieran trabajar fuera de los registros: esta es la razón por la que Estoy muy orgullosa del trabajo que hemos realizado”.

 Qué tipo de trabajo pueden encontrar las personas con ingresos ISEE superiores a 6.000 euros pero inferiores a 9.350 euros queda a la imaginación del lector. Y nadie puede sorprenderse de que esto no esté registrado en los libros. Una vez más, Meloni pasó por alto el punto esencial: el problema no existiría en absoluto si hubiera empleadores dispuestos a contratar personas legalmente y no explotarlas “fuera de los libros”; si había un gobierno dispuesto a limpiar la selva de contratos precarios; si hubiera un Estado de bienestar con una renta básica, un sistema fiscal justo y un sistema escolar y de salud pública que no estuvieran aplastados por las garras de la corporativización. Por no hablar de la “autonomía diferenciada”, próximamente, que causará aún más estragos.

 Pasar la responsabilidad de un sistema a sus víctimas es el objetivo de quienes quieren gobernar a los pobres, no liberar a la sociedad de la pobreza. Hay algunos que están “orgullosos” de ello, como Meloni. Quienes la critican hoy sólo necesitan señalar que un umbral más estricto para la asistencia pública no es lo mismo que “abolir la pobreza”, para citar las palabras de un anterior ocupante del Palazzo Chigi."                  (Roberto Ciccarelli, Il Manifesto Global, 29/01/24, traducción google)

21/3/22

Se buscan pobres, razón Madrid... es lo que hacía el consejero Ossorio mirando al suelo, buscándolos... y es que resulta que los pobres son muy variados, y muchos no se ven... van desde los sinhogar, pasto de las burlas del portavoz del Gobierno madrileño, hasta el que trabaja pero a mitad de mes debe ir ya a los comedores sociales para alimentar a su familia... Desde la anciana que vive sola y cuya mísera pensión le impide encender la calefacción hasta la madre soltera con niños pequeños que va de trabajo precario en trabajo precario, sin contrato y sin posibilidad de más porvenir que cronificar esa situación y que sus hijos la hereden... eso es lo que sí ve Cáritas en Madrid

 "Sabemos que el poder y los cargos políticos, cuanto más altos sean, tienen un riesgo que, no obstante, puede venir de antes de la dedicación a este servicio público. Repito, porque nunca está de más, "servicio público".

 Hay políticos y políticas (un decir) a las que parece que la vida les ha sonreído siempre, que nunca han cobrado menos del triple del salario mínimo, que jamás han estado en la cola del paro, que su vida ha transcurrido sin esfuerzo y que les provoca urticaria o les da pereza mirar a otro sitio que no sea eso que los cursis llaman "la zona de confort": tu despacho, tu casa, tu coche oficial, tu restaurante favorito, tu familia afortunada, tus vacaciones bien pagadas... Todo esto, resumido y sumado a la incapacidad manifiesta de disimularlo, debería ser motivo de exclusión o expulsión de la política. Lo que pasa es que en esta política politiquera nuestra, que enreda más que resuelve, vale todo; y así vamos.

El consejero madrileño, Enrique Ossorio, ha constatado que lo suyo no es la política, en concreto, ni la empatía, en general. Aún a estas alturas, continúo revisando las declaraciones y movimientos del portavoz del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso este miércoles, valorando el informe de Cáritas sobre el aumento de la pobreza y la desigualdad en Madrid, y sigo sin concebir tanta bajeza por parte de un

El episodio es de sobra conocido: una periodista pregunta a Ossorio por la alarmante subida de la pobreza en Madrid, que alcanza el 22%, según el último informe de Cáritas, y el consejero habla de "error" y se pone a gesticular mirando a un lado y a otro del suelo haciendo que busca pobres, porque dice que cuando él sale a la calle, no los ve por ningún lado. 

Es tan miserable la puesta en escena como la duda que Ossorio trata de extender sobre el trabajo de Cáritas, una de las patas más decentes y consecuentes de la iglesia católica. Para rematar tanta miseria moral, la presidenta Ayuso no solo no ha cesado a su consejero, sino que lo ha defendido, primero, pidiendo a la oposición "no politizar la pobreza", para acto seguido, culpar al "Gobierno de izquierda" de la misma. Inenarrable.

Pero es normal. Es normal que quienes apuestan por la privatización a destajo de los servicios públicos, considerando el negocio antes que la justicia social; que quienes tratan de estrangular el Estado del bienestar bajando impuestos a quienes más tienen para que paguen sus hospitales y colegios privados sin tener en cuenta a los/as ciudadanas que no pueden hacerlo; que quienes cierran a cal y canto residencias para que personas mayores contagiadas de COVID no puedan salir al médico ni éste entrar llevándolos a una muerte segura… Es normal que esta gente no vea pobres por ningún lado, ni siquiera aunque los tuviera puerta con puerta, que no es el caso, me temo.

El consejero Ossorio miraba el miércoles al suelo buscando pobres porque su concepto de la sociedad en la que vivimos es la de identificar pobreza con sinhogarismo, nada más. No tiene ni idea de que, más allá de la gente que vive en la calle, una situación asimismo compleja, la pobreza tiene distintos grados, rostros y no todos visibles. 

Un consejero servidor público, valga la redundancia, se preocuparía por estudiar todas esas situaciones, identificarlas y tratar de resolver cada una de ellas. Son muchas: desde el/la que vive en la calle y que este miércoles fue pasto de la burla del portavoz del Gobierno madrileño, hasta el que trabaja pero a mitad de mes debe ir ya a los comedores o supermercados sociales para alimentar a su familia y a él mismo. 

Desde la anciana que vive sola y cuya mísera pensión le impide encender la calefacción hasta la madre soltera con niños pequeños que va de trabajo precario en trabajo precario, sin contrato y sin posibilidad de más porvenir que cronificar esa situación y que sus hijos la hereden -sí, la pobreza se hereda-. Desde el dependiente que no puede comprar una medicación que alivie sus dolores con una ayuda que, si llega, es irrisoria, hasta la mujer prostituida que intenta salir de la espiral de violencia que es vender su cuerpo día tras día y solo consigue hundirse cada vez más por la falta de ayudas.

La pobreza tiene tantas caras que es imposible enumerarlas todas. Por eso, en lugar de sembrar dudas, Ossorio debería echarse a los pies de quienes hacen un trabajo que tendría que ser institucional y es voluntario: identificar los focos a los que deben dirigirse las políticas más urgentes de un Gobierno.

Es tan aberrante el comentario de este portavoz que no voy a ser yo quien dé la puntilla a este artículo sino el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, con su tuit de ayer, a última hora de la tarde, en clara alusión a la ausencia de empatía del consejero madrileño: "Que el informe de @_FOESSA [la fundación que hace los informes de Cáritas] toque nuestro corazón y reconozcamos a las personas en exclusión social que tenemos a nuestro lado, aquí en Madrid, para así ofrecer respuestas a sus necesidades reales». Amén, Ossorio, amén."                    (Ana Pardo de Vera, Público, 18/03/22)

27/9/21

La chulería de los ricos, protagonizada por Ayuso: ¡A ver si te enteras! Los señores tienen un capital... y tú eres una muerta de hambre... como los de la Cañada Real, ¡que se jodan!...y Nacho es un señor con un capital... y yo soy su amiga, porque algo me va a dar... y a tí nunca

 "Ayuso, a Mónica García: "Nacho Cano con 25 años ya triplicaba el patrimonio que usted nunca va a conseguir" 

 La amistad Isabel Díaz Ayuso con Nacho Cano es algo que la presidenta de la Comunidad de Madrid está dispuesta a defender donde haga falta. Y este jueves lo ha hecho desde la tribuna de la Asamblea de Madrid. La portavoz de Más Madrid, Mónica García, ha criticado lo que considera un "trato de favor" del Ayuntamiento de Madrid a un amigo del PP –y en concreto de Ayuso– en la cesión a dedo de un terreno público por cuatro años para poner en marcha un musical.

"Es uno de los mejores músicos de este país y cuando tenía 25 años ya triplicaba el patrimonio que usted nunca va a conseguir. Esa persona va a traer aquí empleo, sueldos y turismo", ha respondido Ayuso a García, después de haber pasado este verano parte de sus vacaciones en la casa del compositor de Mecano en Ibiza. 

 La dirigente madrileña ha respaldado así el proyecto cultural que Nacho Cano pondrá en marcha en Madrid capital, en el distrito de Hortaleza. Una cesión de uso por cuatro años para la puesta en marcha de un musical sobre la vida de Hernán Cortés. Según desveló elDiario.es, esta cesión se ha hecho en condiciones ventajosas como figura en el expediente del proyecto."                   (eldiario.es, 23/09/21)

17/9/21

Los pobres... Los pobres en España se cuentan por millones desde hace más de diez años... el odio al pobre, que antes se legislaba bajo el epígrafe de “vagos y maleantes”, se está extendiendo al ritmo de la locuacidad de un youtuber... Lo de la Cañada Real del pasado invierno fue una vergüenza, pero no le importó a nadie

 "Una de mis escenas favoritas de toda la historia del cine es aquella de Milagro en Milán donde rifan un pollo asado en la barriada de infraviviendas donde transcurre la película. El número agraciado es el noventa y la gente, abigarrada de abrigos viejos, lanza enfadada sus papeletas no premiadas al suelo. 

El traidor del barrio lleva bombín aunque sucio, dice que tiene el ochenta y nueve, en la cercanía de los que creen ser y no son: sus vecinos le silban. Un abuelo, bajito, de rasgos marcados y dientes escasos, en fin, lo que era una persona de sesenta años en la posguerra, es advertido por su acompañante de que lleva el número ganador. Él mira la papeleta, haciendo gestos sobrios de incredulidad: “No puede ser, sería demasiado hermoso”.

El pobre retratado por De Sica en su cuento de neorrealismo mágico, habitante de las periferias del desarrollismo, entendía la comunidad buscando un único rayo de sol, huidizo, para calentarse en el descampado, pero su esperanza era frágil incluso cuando la suerte le sonreía.

 De estar tan acostumbrado a los reveses parecía incapaz de aceptar que, aunque fuera por una vez, la fortuna le sonreía: esto se puede calificar como abnegación, pero también como experiencia. Al final el viejo se sienta a la mesa y devora el pollo en medio minuto, disfrutando de cada bocado de esa forma en que se disfrutan las cosas que no se sabe cuándo van a volver. “Qué bien come”, dice un vecino del corro que observa atento el festín. Al terminar, el abuelo levanta un hueso en homenaje a la multitud que irrumpe en aplausos.

El Carpanta de Escobar siempre soñaba con pollos asados, a veces con jamones, en todas las historietas que protagonizaba. Tebeo de 1947, expresión del hambre de un país, también de su brutalidad, que el dibujante barcelonés, en lo que era considerado un pasatiempo para críos, plasmó en viñetas, esquivando así una censura tan arrogante como torpe. Carpanta llegó hasta la década de los ochenta, explicándoles a los que aún leían historietas que había habido una España donde la principal ocupación era matar el hambre. 

Como no se podía contar así, a las claras, se le encasquetaba la representación del común a un pobre de solemnidad, de los de hatillo al hombro y vivienda bajo un puente. Carpanta era un pícaro del Siglo de Oro en el siglo del plomo, donde después de la guerra, en España –a diferencia de en Europa–, ya sólo cabía ser antihéroe molido a palos, llevar en el rucio la armadura, ociosa y abollada, sin peto y sin espaldar.

Azcona trataba a los pobres sin conmiseración, porque probablemente era la única manera de atizar a los ricos sin que se notara. En uno de sus cuentos vuelve a aparecer la desdicha y la lotería porque el azar, en tiempos de desesperación, es la única ilusión que les queda a los que no les queda nada. Este pobre se pone a vender participaciones de lotería por encima de las capacidades del décimo, que no recuerdo si ni siquiera posee. 

Por supuesto toca. Entonces la mitad del pueblo sale en procesión de regocijo a la calle, a celebrar la que piensan que van a ser las Navidades de su vida. Las señoras del casino, al escuchar el estruendo y ver a tanto desarrapado contento, desde lo alto del balcón y tras las cortinas, entran en pánico porque piensan que la revolución social ha vuelto a cobrarse su cita con la historia. La felicidad de unos, aún ilusoria, es siempre el pavor de los otros.

Ya con Berlanga, volviendo al cine, Azcona junto a Font y Colina, nos contaron la historia de Plácido, quien hubiera debido ganar el Oscar de 1962, por ser una de las mejores películas del cine español, también por derrotar al grave de Bergman, cosa que no sucedió porque, a los pobres, rara vez les acompaña el favor del jurado. En la película, los ricos, poco más que las fuerzas vivas de provincias en blanco y negro, sientan a un menesteroso a su mesa por Nochebuena, que previamente han subastado junto a una gachí de revista. 

Pero el protagonista es otro, uno que tiene un motocarro, una mujer que limpia los urinarios y una letra que le es imposible pagar, aun disponiendo de las pesetas que vale. Plácido, interpretado por Cassen, con gorra de cuero y borrego, bien de miliciano, bien de basurero, supera pruebas, como un Hércules ibérico, que no le conducen a ninguna parte, más allá de dar de comer a los churumbeles, de que el suegro vea la siguiente primavera y de que al cuñado –nadie hacía de cojo como Manuel Alexandre– no le partan la cara. Pobre pero con ocupación.

Felipe Alcaraz, en este segundo año de la pandemia, firmó una novela titulada Los Pobres, donde la gente que se sitúa más allá de la ciudad turística cuelga sus banderas en azoteas andaluzas, sábanas, manteles y bragas, enseñas de normalidad, en la anormalidad de un confinamiento que les opaca doblemente. 

Alcaraz, que una vez fue diputado, que siempre ha sido escritor, a pesar de dominar el oficio o precisamente por eso, no titula su novela con metáforas ni comparaciones poéticas, situando el estado de muchos con el nombre que les describe en su crudeza. Hay barrios de este país que nunca cogieron el tren en el festín especulativo, que nunca salieron de la Gran Recesión y que, ahora, lo del virus les ha acabado de asegurar que estos años 20, los nuestros, serán de todos menos felices.

Vivimos tiempos inclementes que tratamos de arreglar contándolos de otra forma y a los pobres, en vez de llamarlos así, los escondemos para que no queden feos en la postal digital ni en el documento oficial, donde el eufemismo pretende tapar lo que no quiere alcanzar el presupuesto. 

Por eso decimos que la gente está en situación de pobreza, como quien va a pasar el sábado a Cuenca, o añadimos a la pobreza un descriptor, como “energética”, porque de todos es sabido que a lo mejor no puedes pagar la luz pero luego te da por hincharte a caviar en tus ratos libres, cuando dejas de ejercer de ciudadano sin recursos. Los pobres en España se cuentan por millones desde hace más de diez años, casi al mismo ritmo que nos crecieron los millonarios, como hongos de cuartucho húmedo que siempre se las arreglan para sacar tajada y colonizar el resto de paredes de la sociedad.

No es novedoso que la derecha odie al pobre, más si es de otro color y viene de lejos. Un imbécil decía por ahí que su hija cobra menos porque el inmigrante vive como dios, décadas de reformas laborales lesivas para los derechos de los trabajadores no tienen nada que ver. Lo novedoso es que el odio al pobre, que antes se legislaba bajo el epígrafe de “vagos y maleantes”, se está extendiendo al ritmo de la locuacidad de un youtuber. Al pobre se le oculta y se le denigra, pero sobre todo se le aliena. Quién puede verse impactado por el que vive en su bloque, pero peor, cuando con 20 años tiene como aspiración pillar bitcoins. Gilipollas ha habido siempre, lo que pasa es que ahora con el telefonito se meten en la cabeza de los chavales desde la palma de la mano.

Y la izquierda qué. Pues demasiado pendiente del pobre, sobre todo de aquel pintorescamente pobre, uno con el que se pueda competir a solidaridad, que es como funciona la política en el mercado de las atenciones. Pobres hay millones, pero de esos que no son pobres ni ricos hay muchos más. De esos que cuando la incertidumbre y la escasez entran por la puerta tiran la solidaridad por la ventana. 

De esos que les resbala lo público porque todo en su vida parece indicarles que la única manera de progresar es mediante su esfuerzo, sin entender que sin el esfuerzo en conjunto, lo poco que tenemos no hubiera tenido lugar. Lo de la Cañada Real del pasado invierno fue una vergüenza, pero no le importó a nadie, por duro que resulte de leer, también de escribir. Sobre todo cuando no hay respuestas, a la vista, para el desasosiego: cada uno en su casa y dios en la de todos. El pellizco no debería ser moral, sino sobre todo descriptivo y materialista.

Por eso Ayuso habla de lo colectivo como algo malo, porque sabe que sus predecesores construyeron un Madrid del sálvese quien pueda, no sólo con mensaje, lo aspiracional, sino también con urbanismo y deterioro de lo público para que la huida sea hacia lo privado. En La España de las piscinas, del que convendrá hablar otro día, Jorge Dioni lo explica bien. 
 
No se trata de elegir entre los pobres y los normales, eso que un día fue la clase trabajadora, sino de que sin apelación a la generalidad no puede existir socorro a la alteridad. De que el protagonista de nuestra película sigue siendo Plácido y su motocarro, no el pobre, ni el rico, ni la cena patrocinada por ollas Cocinex. De que la narración, al final, se mueve porque hay que pagar la letra."                 (Daniel Bernabé, InfoLibre, 15/09/21)

16/7/20

Por qué juzgamos más duramente las decisiones de los pobres. Estudios realizados en Harvard destapa un prejuicio: la gente con menos recursos debería conformarse con menos, incluso si perjudica su salud o seguridad. Esto puede explicar por qué se les dio comida basura a los niños de bajos ingresos [en Madrid], cuando la misma comida puede no ser adecuada para los niños de mayores ingresos...

"Para ustedes será basura, para esos padres no era basura. Cuando hablan de esa manera, no me ofenden a mí, les ofenden a ellos”. Cuando Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, defendió con estas palabras los menús de Telepizza para menores vulnerables, quizá el debate de fondo no era sobre la calidad de la comida. Porque los especialistas no tenían dudas.

 Un estudio de la Universidad de Harvard recién publicado señala que quizá el debate era, en realidad, sobre lo que consideramos aceptable para las familias pobres. ¿Está ese listón más abajo para la gente con menos recursos? Unas investigadoras de la universidad estadounidense quisieron responder esa pregunta y las conclusiones de su trabajo son reveladoras: “Tenemos un doble rasero preocupante”.

A través de 11 experimentos, las investigadoras muestran que las personas de bajos ingresos son juzgadas de manera más negativa por consumir los mismos artículos que otras con mayores ingresos, lo que añade una presión social extra a las restricciones materiales que ya sufren. Pero no es porque tengan menos para gastar, sino porque se considera que sus necesidades deberían ser más frugales.

 “Descartamos la explicación de que a las personas de mayores ingresos se les permite consumir socialmente más simplemente porque pueden pagar más; al contrario, observamos que a las personas de bajos ingresos se les permite socialmente consumir menos porque se supone que necesitan menos”, aclara Serena Hagerty, autora principal del trabajo. Según Hagerty, las necesidades básicas tienen que ser más básicas para los pobres.

En una de las pruebas, se presenta la historia de Joe a dos grupos distintos: para uno este personaje tiene bajos ingresos, para otro tiene buena renta. A Joe le tocan 200 dólares en una rifa, ¿está bien que los gaste en una televisión nueva? Si Joe tiene pocos ingresos, está mucho peor visto que si tiene una vida acomodada. Curiosamente, hay un grupo de control al que no se le dice nada sobre la situación económica de Joe. Para este grupo, es igual de permisible que el Joe neutro se compre la tele que para el grupo del Joe rico. Solo está mal visto para el pobre.

A medida que se profundiza en el estudio, publicado en PNAS, los experimentos se van complicando para perfilar mejor los mecanismos que juzgan a las personas según sus recursos. Por ejemplo, en otro se pregunta qué tarjeta regalo le regalarían al Joe pobre o al Joe rico, una de 100 dólares para comprar comida o una de 200 para una tele. El Joe pobre recibe sobre todo la tarjeta para comida mientras el Joe rico recibe la que permite comprar una tele, que supone el doble de dinero. 

De promedio, finalmente, se le regalan 125 dólares al Joe pobre y 152 al rico. Es decir, incluso cuando se trata de un regalo, quien tiene más merece más y quien tiene menos, obtiene un regalo inferior. Incluso si saben que Joe ha dicho expresamente que le gustaría una tele nueva, los participantes en el estudio le regalan mucho menos la tele al Joe pobre que al rico.

“Una implicación de este doble rasero es que la gente parece más cómoda dirigiendo y limitando las decisiones de gasto de los pobres”, resume Hagerty. Este estudio es muy revelador en el contexto actual, como indican estas investigadoras, en el que se debate el desarrollo de rentas mínimas en países como España.

 “Una crítica potencial al ingreso mínimo vital puede ser que las personas de bajos ingresos gastarán el dinero en cosas equivocadas”, indica Hagerty sobre el caso español. “Sin embargo, es probable que este miedo esté influido en primer lugar por una visión limitada de qué productos se consideran necesarios para las personas de bajos ingresos”, apunta.

Es algo que queda claro en otros de sus experimentos, como en el que se muestran 20 objetos de consumo cotidiano que podría comprar una familia: periódicos, mobiliario, relojes, ordenadores, material deportivo, etcétera. En todos está peor visto que los compre una familia de ingresos menores, salvo en uno: los productos de higiene corporal. Con este mismo planteamiento, se proponen 20 criterios a tener en cuenta por una familia que busca una casa nueva: garaje, aire acondicionado, vecindario ruidoso, cercanía a zonas de ocio, etcétera. 

Todos están peor vistos si los considera una familia de poca renta, salvo dos: que la casa esté cerca del supermercado y del transporte público. Lo que es más revelador: se considera superfluo para una familia pobre que pretenda una casa cerca de un hospital o en un vecindario seguro, lo que implica que, con poca renta, incluso buscar seguridad se considera un capricho innecesario.

La seguridad como un lujo para familias sin recursos también aparece en otro de los experimentos del estudio, en el que se propone la compra de un coche con sistema de cámara trasera. Incluso cuando a la audiencia se le explica que es un extra importante para la seguridad del vehículo, se considera menos necesario para una familia de pocos recursos. Está mal visto que el pobre compre un objeto que para el rico es básico para su seguridad. De nuevo, no es que el pudiente se permita más, es que el vulnerable no merece tanto, incluso si está en juego su salud.

“La principal contribución de este estudio es que definimos las necesidades a partir de los recursos que tiene la gente, porque lo que definimos como necesario o superfluo cambia según los ingresos de la persona”, el economista Luis Miller, investigador del CSIC. Y añade: “Esto tiene implicaciones importantes sobre todo en el ámbito de lo que llamamos la trampa de la pobreza, ese círculo vicioso que niega los recursos necesarios para acceder a más recursos”. 

Cuando se critica a un sin techo o un refugiado por tener un smartphone se considera que es un capricho innecesario, aunque para todos sea una herramienta imprescindible para relacionarnos con nuestros familiares, empleadores o clientes. Sin este tipo de recursos, es imposible romper el círculo del que habla Miller: sin una casa, una ducha, un móvil, etcétera, es imposible conseguir un trabajo que permita salir de esa trampa de la pobreza.

“Existe esta idea de que si das ayudas a una familia, haces que trabajen menos. Un proyecto de seguimiento estuvo analizándolo y no es así”, decía recientemente Esther Duflo, premio Nobel de Economía, “no solo no les hace más vagos, sino que les da un bienestar y una seguridad que les hace más productivos”. 

Todas las personas necesitan salir de la “visión de túnel” que imponen las carencias, esas penurias que impiden tomar decisiones sosegadas, como explicaban Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir en su libro Escasez (Fondo de Cultura Económica): “La escasez captura nuestra atención y esto nos proporciona un beneficio muy estrecho: tenemos un mejor desempeño al ocuparnos de las necesidades más apremiantes. Pero de manera más amplia, pagamos un costo: descuidamos otros asuntos y somos menos eficientes en el resto de nuestra cotidianeidad”. 

Regalarle una tele al Joe pobre quizá le proporciona el estímulo emocional que le permite amanecer con más ánimo por la mañana. O no. Pero por lo general pensamos que debería conformarse con lo que tiene y centrarse en comprar lo imprescindible para subsistir.

Miller cree que estos mecanismos se producen en España de una manera más matizada, porque aquí las encuestas muestran unas preferencias claras por la redistribución y no existe con tanto peso “la figura del libertario estadounidense, ese que dice que cada cual tiene lo que se merece”. Y añade: “Aquí esos mecanismos tienen más que ver con la necesidad de diferenciarnos del pobre”. 

Según explica Hagerty por email, la renta de los sujetos que participaron en el estudio no influía en sus opiniones: al margen de sus ingresos, todos reducían el círculo de las compras aceptables para el Joe pobre, incluso si ponían en riesgo su salud, como una sillita para niños en el coche, un barrio sin delincuencia o un acceso cercano a un centro de salud, que se ven casi como caprichos solo si se tienen pocos ingresos. “Que le demos menos margen de maniobra a las decisiones de los desfavorecidos económicamente parece expresar nociones más básicas de mérito y autonomía”, apunta la investigadora.

 Volviendo al menú de Telepizza, Hagerty tiene una respuesta clara a la luz de su trabajo: “Esta visión parcial de la necesidad también puede explicar por qué se les dio comida basura a los niños de bajos ingresos [en Madrid], cuando la misma comida puede no ser adecuada para los niños de mayores ingresos”. 

Y apunta que sus hallazgos sugieren que en debates como ese en realidad se están haciendo dos preguntas distintas que tendrán dos respuestas sustancialmente diferentes: ¿es necesario el acceso a alimentos saludables? y ¿es necesario el acceso a alimentos saludables para las personas de bajos ingresos? “Esto debe tenerse en cuenta en el debate político: ¿cómo se realizan las preguntas relevantes en política y qué prejuicios implícitos pueden influir en sus respuestas?”.           (Javier Salas, El País, 02/07/20)

7/7/20

Aporofobia, el miedo al pobre que anula la empatía

"Para que algo exista en la conciencia colectiva hay que poder nombrarlo. Poner nombre a lo que ocurre y no se ve o no se quiere ver es lo que ha hecho la filósofa Adela Cortina con una realidad que está ahí pero preferimos ignorar: el miedo, la aversión y el rechazo a los pobres.

 Lo ha denominado aporofobia, un fenómeno que está en el origen de las corrientes de xenofobia y racismo que se extienden por el acomodado mundo occidental. Adela Cortina acuñó este concepto a partir de los términos grietos griego áporos (sin recursos) y fobos (temor, pánico) y lo ha utilizado en trabajos académicos y artículos, hasta imponerlo, pese a las reticencias de los editores a las palabras extrañas, como título de su último libro: Aporofobia, el rechazo al pobre(Paidós, 2017).

El esfuerzo ha tenido recompensa. Hace unas semanas el neologismo fue incorporado al Diccionario de la lengua española y la Fundación del Español Urgente lo ha declarado la palabra del año de 2017, como en años anteriores fueron populismo, refugiado, selfi y escrache. En la palabra aporofobia Fundéu ha encontrado no solo un término muy significativo, sino una rara avis lingüística: “una voz con autor conocido y fecha de nacimiento”.

La aporofobia, como señala Adela Cortina, es lo que alimenta el rechazo a inmigrantes y refugiados. No se les rechaza por extranjeros, sino por pobres. Nadie pone reparos a que un jeque árabe se instale en un país europeo, ni a facilitar la residencia a un futbolista famoso. Los yates atracan sin problemas en la costa rica del Mediterráneo mientras las pateras se hunden tratando de alcanzarlas. A Trump no se le ha ocurrido poner un muro en el norte, en la frontera con Canadá, sino en el sur, en la frontera con México.

El odio al pobre se expresa también con los excluidos del propio país. Según el Observatorio Hatento, una iniciativa de las entidades sociales para denunciar agresiones a las personas sin techo, el 47% de quienes viven en la calle han sido víctimas de delitos de odio. Por su situación de exclusión, son también los más indefensos. La recesión económica ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos ha hecho ver que todos somos vulnerables. Que el mejor empleado de la empresa más segura puede quedarse de repente en la calle sin medios de subsistencia.

Pero para que el miedo se convierta en rechazo es preciso un proceso mental que anule la compasión y la empatía. Ese proceso lo proporciona la ideología y se activa cuando señala a los pobres como culpables de su pobreza. Cuando afirma que la pobreza no es fruto de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en la cuneta, sino el resultado de una indolencia, un error individual o una culpa personal. 

En esa ideología, los pobres son percibidos como una amenaza. Culpabilizarlos anula la empatía y permite que se le ignore y hasta se les persiga. Y todo eso ocurre en un momento de fuerte aumento de las desigualdades."                  (Milagros Pérez Oliva, El País, 04/01/18)