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25/10/24

Concejales 'populares' se unieron a un grupo de agitadores que se concentraron para protestar contra las cenas solidarias para personas sin hogar

 "El Ayuntamiento de Donostia, donde gobierna el PNV en coalición con el Partido Socialista de Euskadi (PSE), ha prohibido este jueves las cenas solidarias que desde hace cuatro años realiza la iniciativa vecinal Kaleko Afari Solidarioak (KAS) en diferentes puntos de la ciudad. En concreto, queda restringido el reparto en el barrio de Egia, una decisión que tiene lugar después de que este lunes varias personas se concentraran sin permiso contra este proyecto, provocando un altercado en el que tuvo que intervenir la Ertzaintza.

En la concentración participaron de manera activa los tres concejales del PP en el consistorio, Borja Corominas, Jorge Mota y Vanessa Vélez. Los hechos tuvieron lugar en la plaza Teresa de Calcuta, frente al Palacio de Justicia. Decenas de personas se unieron a la convocatoria, anunciada por redes sociales.

Los protestantes, que denunciaban falta de seguridad en las calles, comenzaron a proferir insultos y amedrentar contra los presentes, según las imágenes grabadas y publicadas por el medio local Irutxuloko Hitza. La escalada de tensión provocó la intervención de la Ertzaintza, que arremetió, según denuncian desde KAS, contra los simpatizantes del proyecto.

Una campaña de acoso y derribo

Fuentes de la iniciativa vecinal aseguran a Público que la concentración ilegal del lunes no fue un caso aislado. Células racistas y xenófobas llevan meses organizándose y publicando mensajes de odio contra KAS. Los voluntarios se enteraron de que estaban organizando una concentración ilegal por canales de WhatsApp y Telegram, por lo que decidieron adelantar la hora de reparto.

"En lugar de repartir las cenas a las 20.30 horas, lo hicimos a las 19.30 de la tarde", explican a este diario. Cuando llegaron los amedrentadores, "ya no quedaba ningún usuario de nuestro servicio ni ningún voluntario. Tan solo había personas simpatizantes con nuestra iniciativa", destacan. Además, lamentan que los agentes de la Ertzaintza arremetieron sobre todo contra los defensores de KAS y no contra los agitadores que se habían reunido ilegalmente.

Las mismas fuentes también denuncian la manipulación informativa basada en el odio racista y xenófobo, que trata de criminalizar a las personas migrantes que hacen uso de este servicio ciudadano. "Hubo dos chicas que asistieron a la concentración y preguntaron si era allí la convocatoria para protestar contra la violencia machista. Desconocían por completo la iniciativa de cenas solidarias", afirman a este medio.

Desde KAS quieren dejar claro que "no metemos en el mismo saco a todas las personas que acudieron a la concentración". En este sentido, recalcan que "entendemos y empatizamos con quienes han podido sufrir alguna situación de violencia". No obstante, apelan a estas personas para que "hagan un razonamiento más profundo e integral y entiendan que es injusto y peligroso vincular la delincuencia con una red solidaria".

El Ayuntamiento, contra la solidaridad vecinal

El alcalde donostiarra, Eneko Goia, ha tomado la decisión de prohibir este proyecto en el barrio de Egia, que tiene cuatro años de trayectoria y que al día reparte más de 200 cenas a personas sin recursos, según afirma la organización. KAS ha convocado una rueda de prensa este jueves a las 18.00 horas en la misma plaza donde ocurrió el altercado.

"¿Qué alternativa les va a dar el Ayuntamiento de Donostia a los 200 ciudadanos sin hogar que, gracias a KAS, tienen la oportunidad de tomar la única caliente del día?", ha preguntado la iniciativa vecinal en su cuenta de Instagram.

"Sin inflar las cifras, repartimos al menos 250 vales diarios entre todos los puntos de la ciudad, es una cifra muy real", subrayan a este diario. Además, critican que la restricción de reparto en el barrio de Egia puede provocar la masificación de los demás puntos donde se lleva a cabo el proyecto.

La red teme que esto pueda conllevar en la prohibición progresiva del resto de puntos. "Con esta medida, ¿la seguridad va a mejorar o se busca que se vaya a otro punto, se acumule demasiada gente allí y que sea una muerte lenta?", plantean.

Desde KAS informan que en estos cuatro años han hablado en múltiples ocasiones con los trabajadores sociales del Ayuntamiento de Donostia y abiertamente han expresado que "no comparten nuestro modelo, dicen que lo nuestro no es digno".

Esta valoración del consistorio coincide con la del PP local. Su portavoz, Borja Corominas –presente en la concentración ilegal–, ha declarado a los medios que su grupo municipal está en contra de que se den cenas "en la calle de esta forma" y considera que es el Ayuntamiento el que debe dar una solución a este problema. Sin embargo, y pese a cuatro años de conversaciones de la red con el Ejecutivo, KAS continúa asumiendo la mayor parte de las personas de la ciudad que pasan hambre todos los días.

Apoyo de partidos y sindicatos a las cenas solidarias

La concejala y senadora de EH Bildu Olaia Duarte ha criticado la medida del Gobierno jeltzale y socialista: "En dos años, el número de personas sin hogar ha aumentado un 81% en Donostia, y la lista de espera para recibir bolsas de comida es de 200 personas".

En redes sociales, Duarte ha lamentado que "el abandono del Ayuntamiento y del Condado ha obligado a poner en marcha iniciativas solidarias como KAS. Ahora también quieren prohibir la solidaridad".

Por su parte, el sindicato LAB ha subrayado que "la solidaridad no se puede prohibir". Así, ha mostrado su apoyo a la iniciativa vecinal y a la "ciudadanía organizándose para luchar solidariamente contra la pobreza".

También el Kontseilu Sozialista de Donostia, parte del llamado movimiento socialista afianzado en Euskadi, se ha posicionado contra la decisión del PNV. "Condenamos enérgicamente la postura del Ayuntamiento de Donostia de prohibir las cenas solidarias. ¡Organizaos contra la propagación del fascismo y el racismo! ¡Solidaridad total con las Cenas Solidarias de Calle!", han reclamado."

( Adhik Arrilucea , Público, 24/10/24)

11/9/23

Por qué Oliver Anthony odia el estado de bienestar... Los trabajadores estadounidenses aún conservan muchos de los valores de la "vieja clase media" de burgueses y comerciantes de la que proceden... los años de máxima organización laboral y las políticas del New Deal, extendieron esta autoconcepción de clase media entre los trabajadores, incluso cuando el nivel de vida empezó a descender a finales del siglo XX, bajo el orden neoliberal... es la mentalidad pequeñoburguesa de "la inversión en la ética de la responsabilidad personal y la autoayuda al prójimo", la que atempera su entusiasmo por el Estado del bienestaresta mentalidad es perfectamente compatible con la ira de clase dirigida hacia arriba... Los impuestos representan una verdadera carga económica para la clase trabajadora, porque los asalariados pagan una parte sustancialmente mayor de sus ingresos en impuestos que los ricos en ganancias de capital...la idea de que la riqueza que uno genera se transfiere a alguien que la merece menos es apremiante para las personas a las que realmente se les está quitando el producto de su trabajo, tanto por la fiscalidad regresiva como por la explotación capitalista. Los trabajadores que se enorgullecen de su autosuficiencia ven como chupasangres a los gordos con cupones de alimentos... La izquierda desearía que Anthony se reconociera como miembro del proletariado y renunciara a sus sueños reaccionarios de independencia... a la mayoría de los derechistas que han intentado sacar partido político de su canción les gustaría que dejara de odiar a los ricos y se centrara en los gordos que no se lo merecen. Se han sentido heridos por el rechazo de Anthony a su abrazo. "Es agravante", dijo, "ver a la gente en las noticias conservadoras tratar de identificarse conmigo como si yo fuera uno de ellos". No lo es. Anthony es lo que es, un miembro de la clase trabajadora estadounidense, arraigado en valores de independencia, honor y fuerza

 "Hay un viaje que emprendes la primera vez que ves a Oliver Anthony cantar "Rich Men North of Richmond". Durante medio segundo, contemplas a este hombre de piel rosada y barba rojiza en su retiro boscoso. Si usted es estadounidense, ese es todo el tiempo que necesita para clasificarlo. Es la mayoría silenciosa, es el hombre olvidado. Además, es un paleto y un chiflado y todo lo que conlleva serlo. Entonces, un grito de queja y una profunda tristeza salen de detrás de sus dientes de venado, y el corazón se te hincha y se te ponen los pelos de punta. Mientras canta "malgastando su vida" por una "paga de mierda" y la "maldita vergüenza" a la que "ha llegado el mundo para gente como yo y gente como tú", piensas, sí, sí. Para cuando llega el estribillo estás dispuesto a luchar a su lado en cualquier revolución.

Y entonces, sin perder la expresión de sublime tormento de su rostro, grita: "Si mides 1,70 y pesas 90 kilos, los impuestos no deberían pagar tus bolsas de caramelos". ¿Eh? ¿Qué hace esta desagradable rima sobre los gordos en medio del himno cruzado que te conmovía? Realmente, te sientes un poco defraudado. Gran parte de los comentarios sobre la canción de Anthony, que han sido muchos, se centran en este momento de decepción.

 Para los de tendencia liberal (todos los periodistas musicales), la línea no es sólo un poco de letra torpe, sino un pronunciamiento de la verdadera naturaleza de Anthony - la de un derechista, de mente pequeña MAGA chud. La mayoría de los críticos están de acuerdo en que es una pena, porque es un gran cantante. Realmente los tenía en marcha hasta la cosa de las rondas de dulce de leche.

La canción de Anthony ha reavivado la vieja especulación sobre por qué la clase trabajadora estadounidense dirige tanta de su rabia hacia los pobres y sus derechos. ¿No debería alguien como Anthony querer más bienestar? Cada vez que surge esta cuestión, los progresistas hacen una de dos cosas. Una es repetir alegremente el comentario de John Steinbeck de que los pobres estadounidenses se ven a sí mismos como "millonarios temporalmente avergonzados".

Quieren decir que personas como Anthony han sido engatusadas por los mitos de Horatio Alger para que "voten en contra de sus intereses" y favorezcan las políticas que sirven a la clase dominante. Por supuesto, esto no explica por qué parecen odiar a la clase dominante, pero las personas dispuestas a descartar las complejidades de todo un grupo social con una sola ocurrencia no suelen ser sensibles a tales contradicciones.

La otra explicación estándar es que los miembros blancos de la clase trabajadora son racistas y atacan la asistencia social como un sustituto de las "reinas del bienestar" negras que asocian con ella. Es indudablemente cierto que los antagonismos raciales se esconden tras muchas críticas a la asistencia social. Sin embargo, quienes esgrimen este argumento subestiman la familiaridad de la asistencia social con los blancos de clase trabajadora. Para alguien como Anthony, los beneficiarios de la asistencia social no son un estereotipo borroso, sino, en muchos casos, personas que viven en sus propias comunidades, se parecen a ellos e incluso pueden ser sus propios parientes. La verdad es que no hay ningún galimatías que pueda captar la compleja conexión entre la ira de la clase trabajadora y el odio a la asistencia social. Debemos ser más curiosos y profundizar más.

El texto esencial para comprender la singular conciencia de la clase trabajadora estadounidense es The True and Only Heaven (El verdadero y único cielo), de Christopher Lasch: El progreso y sus críticos, de Christopher Lasch, publicado por primera vez en 1991. El libro es un enorme y erudito estudio del liberalismo y sus descontentos, pero su contribución más importante viene en su capítulo final, titulado "El populismo de derechas y la revuelta contra el liberalismo". Lasch trataba de explicar por qué tantos de los trabajadores que constituían el núcleo de la coalición del New Deal se pasaron al Partido Republicano en la década de 1980. Su idea esencial era que la mayoría de los trabajadores estadounidenses están inmersos en una cultura "pequeñoburguesa" que los liberales desprecian cada vez más.

 Los trabajadores estadounidenses aún conservan muchos de los valores de la "vieja clase media" de burgueses y comerciantes de la que proceden (tanto dentro como fuera del país). La cultura aspiracional de Estados Unidos y la relativa prosperidad que hicieron posible los años de máxima organización laboral y las políticas del New Deal, extendieron esta autoconcepción de clase media entre los trabajadores, incluso cuando el nivel de vida empezó a descender a finales del siglo XX, bajo el orden neoliberal.

En cierto sentido, Anthony, que ha ahorrado lo suficiente en trabajos manuales y de ventas para hacer de terrateniente en una finca de 92 acres, está viviendo la máxima aspiración de la clase trabajadora estadounidense. Porque la suya no es una clase de millonarios temporalmente avergonzados, sino de granjeros temporalmente avergonzados.

Uno de los valores que Lasch identificó con la mentalidad pequeñoburguesa es "la inversión en la ética de la responsabilidad personal y la autoayuda al prójimo, que atempera su entusiasmo por el Estado del bienestar". Lo que la izquierda oficial no entiende es que esta mentalidad es perfectamente compatible con la ira de clase dirigida hacia arriba. Una fuente importante para Lasch fue el clásico estudio de 1985 de Jonathan Reider sobre la etnia blanca en un barrio de Brooklyn en vías de integración, Canarsie: Los judíos y los italianos de Brooklyn contra el liberalismo. Para las personas entrevistadas por Reider, la ira contra los ricos y el desprecio por los que aceptan "limosnas" no eran contradictorios, sino que estaban profundamente sintetizados.

 "Fuera lo que fuera lo que entrañaba su conservadurismo", observó Reider, "no entrañaba afecto por las empresas corporativas". En un ejemplo citado por Lasch, Reider entrevistó a un hombre que se autodenominaba "demócrata conservador" y que insistía: "Está bien hablar de las clases del bienestar, pero el verdadero problema es el estrangulamiento de la clase media. Se sufre por arriba y por abajo. No es sólo el bienestar, sino las corporaciones multinacionales que nos están estafando, llevándose nuestros puestos de trabajo y enviando el empleo al Sur y al Oeste." Hoy, con la desindustrialización más avanzada, hablaría de enviar empleos a China.

"Los impuestos representan una verdadera carga económica para la clase trabajadora".

Así, el bienestar no es simplemente una ofensa a la sensibilidad de los trabajadores, sino una forma de expropiación desde abajo que refleja la explotación desde arriba. Los impuestos representan una carga económica real para la clase trabajadora, sobre todo porque los asalariados pagan una parte sustancialmente mayor de sus ingresos en impuestos que los ricos en ganancias de capital. Aunque los programas de asistencia social, como el de Ayuda Temporal para Familias Necesitadas, representan una pequeña fracción del presupuesto federal, la idea de que la riqueza que uno genera se transfiere a alguien que la merece menos es apremiante para las personas a las que realmente se les está quitando el producto de su trabajo, tanto por la fiscalidad regresiva como por la explotación capitalista. Los trabajadores que se enorgullecen de su autosuficiencia ven como chupasangres tanto a los gordos con ingresos pasivos como a los gordos con cupones de alimentos.

A los expertos y políticos de todo el espectro les gustaría que Anthony pensara de otra manera. La izquierda desearía que Anthony se reconociera como miembro del proletariado y renunciara a sus sueños reaccionarios de independencia. En el fondo, a la mayoría de los derechistas que han intentado sacar partido político de su canción les gustaría que dejara de odiar a los ricos y se centrara en los gordos que no se lo merecen. Se han sentido heridos por el rechazo de Anthony a su abrazo. "Es agravante", dijo, "ver a la gente en las noticias conservadoras tratar de identificarse conmigo como si yo fuera uno de ellos". No lo es. Anthony es lo que es, un miembro de la clase trabajadora estadounidense, arraigado en valores de independencia, honor y fuerza. Su mensaje no está en manos de ningún bando político. Quien quiera aprovechar la energía expresada en la canción debe estar dispuesto a comprender y respetar a Anthony y a gente como él en sus propios e intransigentes términos."          (Hamilton Craig ,  Compact, 11/09/23; traducción DEEPL)

2/3/23

La secesión de los ricos: “La desigualdad tiene procesos muy poderosos de legitimación”... "la batalla de las ideas" la han ganado las grandes fortunas"... el 0,004% de la población mundial está ganando "por grandísima goleada" la lucha de clases

 "Antonio Ariño (Teruel, 1953) no tiene ninguna duda: el 0,004% de la población mundial está ganando "por grandísima goleada" la lucha de clases. No hay más que ver cómo han incrementado su riqueza durante los años más duros de una crisis económica que apenas les ha despeinado. "Pero los informes no se quedan ahí. También indican que así seguirá sucediendo durante los próximos años", apunta Ariño, que también recuerda el progresivo incremento de la desigualdad. En el mundo, en Europa y, sobre todo, en España.

Esta "secesión" de las clases altas, y la enorme distancia que las separa de las capas más bajas de la sociedad, es lo que Ariño, catedrático de Sociología, y su compañero Joan Romero, catedrático de Geografía Humana, tratan de reflejar en la obra La secesión de los ricos (Galaxia Gutenberg). "Para nosotros, la primera piedra era contar lo que estábamos viendo. Y, con ello, intentar cambiar el discurso", culmina durante la entrevista con infoLibre. 

PREGUNTA. "Efectivamente hay una guerra de clases y los míos la están ganando por goleada" (Warren Buffet). No se podía haber definido con mayor acierto la situación actual...

RESPUESTA. Sí, está claro. Y los datos no dejan lugar a dudas. En un contexto de crisis económica, la fortuna del 0,004% de la población mundial no ha dejado de crecer. Por lo tanto, podemos decir que están venciendo por grandísima goleada la lucha de clases. Los conflictos de distribución de recursos los están ganando ellos.

P. En 2013, el 0,7% más rico de todo el planeta poseía el 41% de la riqueza mundial. En 2015, aumentó hasta el 45,2%, según datos de Credit Suisse. Todo esto, como dice, en plena crisis económica. Parece que los años difíciles han sido excelentes para los millonarios.

R. Todos los informes de Credit Suisse, Capgemini y otras grandes consultoras dicen lo mismo: la concentración de la riqueza en sus manos ha seguido creciendo. Pero los informes no se quedan ahí. También indican que así seguirá sucediendo durante los próximos años. Y esto lo hemos podido ver, por ejemplo, en la industria del lujo, que no ha pasado por ninguna crisis. La venta de aviones privados, yates, islas... Nada de esto se ha visto afectado.

P. No han sido, sin embargo, buenos años para las clases bajas. En 2015, tal y como señalan en el libro, el 71% de la población mundial acumulaba sólo el 3% de la riqueza.

R. Exacto. Es en este sentido en el que se puede hablar de polarización, un concepto que, personalmente, no me acaba de gustar. La dispersión entre los más ricos de los ricos y los más pobres de los pobres ha crecido extraordinariamente en este periodo, tal y como queda reflejado en las supuestas pirámides, que realmente no lo son, de distribución de la riqueza. 

P. Ustedes prefieren utilizar el término secesión de los ricos en lugar de hablar de polarización, dualización o fractura. ¿Por qué?

R. Si uno analiza sus pautas económicas, políticas, ideológicas o morales, nos encontramos ante un proceso, relativamente deliberado y consciente, de separación de la sociedad. En este sentido, se puede destacar, por ejemplo, la importancia que adquiere el offshoring, la utilización de circuitos para hacer circular gran parte de su fortuna o sus negocios fuera de la visibilidad no ya solo de la prensa y los medios de comunicación, sino también en ocasiones al margen de la ley y de los procesos redistributivos.

Es más, en muchas revistas y publicaciones que hemos consultado, los ricos se muestran partidarios de esta práctica porque dicen que ante los elevados impuestos a los que les somete el Estado sólo les queda buscar vías alternativas. Pero esto es falso, porque si hay algo que han conseguido los ricos desde los años 1970 en adelante es pagar cada vez menos. Warren Buffet, por ejemplo, reconoció que pagaba menos impuestos que su secretaria. Otros muchos, un ejemplo claro es Donald Trump, dicen que evadir estos impuestos es una muestra de su inteligencia.

P. En España, en plena crisis económica, las 35 mayores empresas del Ibex35 incrementaron un 44% su número de filiales en paraísos fiscales, según Oxfam Intermón. Y los millonarios españoles, según Timetric, tenían a finales de 2014 un 39,5% de su fortuna fuera del país, un porcentaje superior a la media mundial.

R. Sí. Y también se puede poner el foco en el aumento de las Sicavs... Hay muchas fórmulas de offshoring. Unas directamente invisibles y otras algo más sutiles en el marco de la legalidad. Actualmente, en una gran empresa que quiere trabajar a nivel mundial su dinámica económica funciona fuera de la visibilidad de la ley. Pero también hay fondos soberanos que circulan por esos circuitos oscuros. Es tremendo. Nosotros, tal vez con una metáfora que puede pensarse que es exagerada, decimos que el offshoring es el circuito sanguíneo del sistema económico mundial.

P. Muchas veces con el beneplácito de algunos gobiernos. Mire, por ejemplo, el caso Luxleaks...caso Luxleaks

R. Pero no solo esto. Hay que recordar también que en el momento de la crisis económica parecía que se habían lanzado a poner límites a esto. Pero la experiencia nos dice que no solo no han hecho nada, sino que vemos cómo la City de Londres es un enorme paraíso fiscal, el más grande del planeta, con estatuto propio... Un territorio autónomo dentro de Inglaterra.

Pero también Luxemburgo o Irlanda, por ejemplo. Hay veces que tenemos la imagen de los paraísos fiscales como una especie de islas pirata escondidas en territorios afrodisíacos. Pero no es así. Los grandes están, como se muestra en el libro, en ciudades importantes. Hong Kong, Londres...

P. En 2013 la canciller alemana, Angela Merkel, se quejaba de la fuga de gran parte de los capitales fuera de los países de residencia. 

R. El dinero no tiene fronteras. En algún momento nosotros decimos que el dinero no huele. Pecunia non olet, decían ya en Roma. Sea blanco o negro, es irrelevante. No tiene compromisos. Hemos llegado a una fase del capitalismo en la que no es necesaria la intermediación de materias primas, de procesos productivos industriales, para que el dinero produzca dinero. Sencillamente mediante operaciones bursátiles y en microsegundos el dinero produce dinero. Y esto no tiene ninguna frontera ni ningún compromiso. 

 

P. ¿Es legítima la fortuna que han ido acumulando los ricos? ¿La han aumentado porque crean riqueza con mayor emprendimiento y dinamismo o es fruto de haber sabido extraer cada vez más de una época que produce menos?

R. En unos contextos democráticos y viendo las pautas que siguen, no es legítima. ¿Cómo puede darse en sociedades democráticas tal concentración de la riqueza? Esto sólo puede explicarse por la importancia que tienen los lobbies políticos, los think tanks, que han conseguido convencer a las cámaras de representantes y a los diferentes gobiernos, metiéndoles miedo a través de un mecanismo de intimidación, para que aflojen y liberalicen todos los mecanismos de presión. 

Además, esa riqueza sería legítima si se la hubieran ganado pura y exclusivamente por ellos mismos. Pero todos sabemos que nada tiene que ver con lo que ellos hacen. Su riqueza es fruto de la economía de escala. Un producto en el siglo XXI se vende en todo el planeta. Es esa economía de escala la que provoca que esos negocios sean tan grandes, no el mérito de lo que ellos han desarrollado. Personas que trabajan en otras escalas, cuyo talento o contribución puede ser tan grande o más, no son recompensadas de igual manera. No es un éxito del talento, sino un éxito de la escala.

P. ¿Cómo hemos llegado a la actual situación de enorme desigualdad?

R. Hay varios factores. El primero y más importante en clave de responsabilidad es el triunfo de una ideología neoliberal que se comienza a gestar con un pequeño grupo de intelectuales, entre los cuales está Hayek, que defendían que el mercado dejado a su propia lógica natural produce riqueza y esa riqueza, como la lluvia fina, acaba empapando a todo el mundo. Una ideología que poco a poco va adquiriendo en los años 70 cada vez más peso en las escuelas de negocios y en toda una serie de think tanks muy bien financiados por las grandes fortunas. El neoliberalismo acaba triunfando y provocando flexibilización del trabajo, desregulación fiscal...

Esta dinámica política, además, está combinada con un cambio en la escala de los negocios que es fruto de la última ola de la globalización propiciada por las tecnologías de la información, la comunicación y la organización. Se habla de TIC –tecnologías de la información y de la comunicación–, pero nosotros pensamos que se olvida que la gran revolución es que estas tecnologías permiten organizar las finanzas en tiempo real a nivel planetario.

Por último, el tercer gran cambio ha sido el triunfo del capital financiero sobre cualquier otro capital. Podemos hablar de capital real y capital financiero, pero nos olvidamos que este último es un capital muy real. La única diferencia es que ahora produce dinero sin ninguna mediación. Esto a Santo Tomás le hubiera parecido una barbaridad. Es algo que en la escolástica tradicional y en la mentalidad medieval parecía absolutamente inconcebible. Pero en la actualidad es la norma. Que el dinero, antes que nada, produzca dinero.

P. En el libro se puede apreciar una diferencia importante entre los niveles de desigualdad en EEUU y en Europa. En el Viejo Continente esta fractura es menos intensa. ¿Qué papel ha jugado aquí el desarrollo del Estado del bienestar?

R. Ha jugado, y sigue jugando, un papel muy importante como factor de distribución de la riqueza y mejora de las oportunidades no solo de las clases medias, que por supuesto lo ha hecho, sino sobre todo de las clases más populares. En este sentido, la derrota del Estado de bienestar supondría el fin de un modelo europeo a nivel global. Por eso es tan importante hoy la consolidación de "más Europa" y "mejor Europa". Y por eso, aunque nuestro libro habla de la secesión de los ricos, también se podía haber titulado La era de las secesiones, porque el Brexit o las declaraciones de Cristina Cifuentes [presidenta de la Comunidad de Madrid] diciendo que los madrileños pagan la educación y sanidad a los andaluces también lo son. Esta mentalidad secesionista es justo lo contrario al Estado de bienestar...

P. Un Estado del bienestar que se está intentando desmantelar.

R. Sí, se le están abriendo boquetes por todas partes. Pero nosotros creemos que no solamente hay que mantenerlo y defenderlo, sino también es necesario mejorarlo. El Estado del bienestar ha tenido sus ineficiencias, sí, pero eso no justifica su desmantelamiento. Si hemos tenido unas sociedades cohesionadas, sin graves conflictos de clases, se ha debido justamente al desarrollo del Estado del bienestar. ¿Qué nos aventura una sociedad sin él? Desde luego nada bueno. Y lo estamos viendo ya. Estamos siendo testigos de cómo se producen ataques a personas sencillamente por el color de su piel... Estamos viendo una Europa cada vez más fascista, algo que da miedo.

P. Sin embargo, a pesar de que las desigualdades sean más suaves que en EEUU, lo cierto es que en el Viejo Continente existe una brecha salarial importante. Una cuarta parte de personas en riesgo de exclusión social...

R. Y hay un importante fracaso educativo... Yo hace tiempo que digo que la mejor política social es una que empieza en la primera infancia y que combina recursos económicos y educativos. Si los niños y niñas se encuentran ya excluidos en su primera infancia, va a ser ya muy difícil recuperarles luego. Es fundamental cambiar las políticas, tener una sensibilidad de solidaridad... En el libro, sobre todo, queremos llamar la atención de la escasa conciencia que existe sobre la desigualdad y los problemas que están generando y van a generar estas enormes disparidades.

P. Al hablar de España recuerdan en su libro que ha sido el país donde mayor crecimiento ha experimentado el coeficiente de Gini –índice que refleja los niveles de desigualdad– durante la crisis. La tasa de pobreza también es superior que la de países de nuestro entorno.

R. Nuestra economía y nuestro modelo socioproductivo han sido frágiles. Esa fragilidad se ha mostrado con toda su crudeza justamente durante la crisis. Vivíamos de una burbuja inmobiliaria que creaba un espejismo. En realidad, ese periodo de burbuja no hizo que la pobreza se redujese significativamente, no sirvió para una redistribución y equilibrio de nuestro modelo social. Y un ejemplo muy claro es la tasa de fracaso escolar, que no ha hecho más que agudizarse. Y a una velocidad impresionante. Si antes convergíamos, ahora hemos comenzado a divergir.

P. Pero nuestra estructura de distribución de la riqueza, como indicáis, "es más igualitaria que la de Europa y, por supuesto, que la de EEUU".

R. Sí, esto pasa. Y cuando uno mira el sistema universitario, el español es menos elitista, por ejemplo, que el alemán. Pero lo que hay que ver es de dónde venimos. Venimos de unas estructuras económicas extraordinariamente débiles, basadas en trabajos muy dependientes del ciclo económico y de factores tan curiosos como esa concentración en la construcción, que a su vez estaba vinculada al turismo europeo.

Cuando todo eso se rompe, el proceso de fragilización económica es muy acelerado. La destrucción de puestos de trabajo es la más rápida de toda Europa. Los salarios no remontan. La precariedad o temporalidad en el empleo crecen. Hay una fragilidad estructural. Si la economía va bien, parece que todo funciona razonablemente mejor. Pero cuando se rompen esos equilibrios, entramos en una situación calamitosa.

P. ¿Hay resentimiento contra ese 1% de ricos que se analiza a lo largo de la obra?

R. Sí. Pero esa metáfora tan fácil del 1%, que es una forma de pluralizar, no se corresponde con la realidad. Nosotros en el libro tratamos de mostrar que ese porcentaje es el 0,004%. Por lo tanto, hay que decir que esa idea del 1% contra el 99%, que es muy eficaz en una manifestación, encubre una realidad que es mucho más compleja. Pero, volviendo a la pregunta, con el resentimiento tampoco vamos a ningún lado. Tenemos que tener capacidad de ver en qué medida cada uno de nosotros, desde sus lugares de trabajo o desde el entorno familiar, contribuye a legitimar esta desigualdad. La desigualdad tiene procesos muy poderosos de legitimación y eso nos preocupa en el libro tanto como el hecho de su existencia.

 P. Si hay resentimiento, ¿por qué se siguen tolerando tales niveles de desigualdad? ¿Por qué no se produce, como decís en la obra, una "acción transformadora"?

R. El miedo es un factor muy importante en la sociedad. Y cuando las cosas van mal, todo el mundo quiere mantener su posición y no caer más abajo. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en relación con el sistema escolar. Es razonable que unos padres busquen el mejor colegio para sus hijos, pero al hacerlo terminan deslegitimando el sistema público.

Hay tantas prácticas cotidianas que, siendo individualmente muy comprensibles, acaban legitimando las secesiones [económicas] que es difícil en este momento encontrar una vertebración de la solidaridad para generar un movimiento contra estas desigualdades.

La desigualdad es un fenómeno muy complejo. Hay un caso, bastante investigado, llamado aversión a los que están en el escalón detrás de tí. Tú estás dispuesto a aceptar una mejora de la posición de los que tienes delante de la escalera social pero no una mejora de los que tienes detrás porque, en definitiva, esos te van a alcanzar y van a rebajar tu posición social. Todos estos son factores psicosociales que operan legitimando la desigualdad.

P. Y por eso la gente intenta canalizar ese cambio a través de los partidos anti-establishment, un reflejo claro de la cada vez mayor desconexión política.

R. Los partidos "tradicionales" o "clásicos" perdieron hace tiempo su capacidad de conectar con una parte muy grande del electorado. Nosotros decimos que son los ricos los que se secesionan, pero también decimos que son las élites políticas las que se han vuelto desafectas de sus electorados, no al revés. Los partidos hace tiempo que no conectan con los votantes. El electorado no encuentra un espacio de vertebración de sus inquietudes. Por lo tanto, antes o después era obvio que aparecerían fuerzas políticas con capacidad de vertebrarlo.

¿Durante cuánto tiempo? Esto es difícil de responder. En este momento en España el PP, que recoge el populismo de derechas que estamos viendo en EEUU y Reino Unido, tiene un suelo y un techo electoral que parecen bastante sólidos. Y el PSOE está en quiebra total. Por lo tanto, era comprensible que apareciera alguna fuerza política con capacidad de arrastre para aquellos que no se sienten ahora mismo identificados con esas élites.

P. Parece que la batalla de las ideas la han ganado las clases pudientes. El mantra de 'si los ricos ganan, todos ganamos' parece cada vez más consolidado en la sociedad.

R. En este momento la batalla de las ideas la tienen ganada. Además, el triunfo de las insolidaridades que vemos en Turquía, Inglaterra, que crecen espectacularmente en Alemania o en Francia con Le Pen, nos demuestra, efectivamente, que su ideología se ha impuesto.

P. ¿Hay alternativas? ¿Cómo se puede corregir esa desigualdad a nivel mundial?

R. En este momento es difícil verlas. Para que haya alternativas hace falta un gran movimiento, un número suficiente de personas dispuestas a defender una solidaridad y un internacionalismo global. Y también es necesaria capacidad de organización, algo importante porque ejerce de intimidador ante los que están del otro lado.

Todo esto no es visible actualmente. Por tanto, nosotros estamos convencidos de que queda una travesía larga. Pero no se puede comenzar a andar si no se ponen las primeras piedras. Y para nosotros, la primera piedra era contar lo que estábamos viendo. Y, con ello, intentar cambiar el discurso. No son los pobres los culpables de su pobreza, sino que la culpa la tiene la enorme concentración de la riqueza en una pequeña minoría a unos niveles que nunca se habían dado en sociedades democráticas."

(Entrevista a Antonio Ariño,  InfoLibre, Álvaro Sánchez Castrillo, InfoLibre, 05/12/16)

 

24/2/23

El miedo es la madre de todas las batallas del odio... y su secuencia, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia

 "La gente sencilla, de a pie, la buena gente…, difusa, pero identificable en sus hechos, de la que hablas en tu novela, parece estar por encima del bien y del mal, moralmente blindada ¿Por qué?

En todo esto hay una responsabilidad personal, de la que nadie quiere ni oír hablar. En todas las sociedades existe una gran pluralidad, muchos puntos de vista. Incluso en las más autoritarias, en su interior, son plurales, aunque esta pluralidad esté acallada o reprimida. Son plurales porque los seres humanos lo somos. Pero en las sociedades también existe lo que podríamos llamar una mentalidad colectiva, una línea de pensamiento mayoritaria y que, más o menos, acaba imponiéndose; que tiende a identificarse con la gente corriente, la gente común. Es la que piensa como todo el mundo, la que no sobresale particularmente por sus actos, ni valiente ni cobarde, que se limita a sobrevivir lo más cómodamente que puede y que comulga con esa mentalidad colectiva. 

Asume como propios y reproduce los discursos preponderantes en la sociedad. Cuando vives en un mundo pacífico, democrático, de relativa libertad, esta gente contribuye vivamente a la consolidación de ese estatus. Pero, ¿Qué pasa cuando esto empieza a alterarse? ¿Cuándo aparece la frustración y la gente comienza a tener miedo? El peligro está en que esa misma gente se convierte en el baluarte principal del horror que se avecina. Con la misma naturalidad con que antes aceptaban la libertad, acaban aceptando el nazismo o cualquier otra cosa que venga de por medio. Los grandes problemas sociales no los generan los psicópatas. Pueden, eso sí, aprovecharse de las circunstancias en las cuales se va imponiendo una mentalidad siniestra. 

Hannah Arend, Jonathan Littell aluden al pacífico tendero que, al hilo de las circunstancias, acaba en carnicero sin escrúpulos en un campo de exterminio…

Arendt entra en una parte, digamos, patológica. No tanto del que mata al otro a hachazos, sino del que va firmando, registrando las órdenes para que todo eso ocurra. De todos los que están contribuyendo a que el psicópata que está al final de la cadena ejecute la monstruosidad, pero que son tan responsables como él. Quien diseña la política de exterminio judío no va personalmente matando judíos. En “Odio” juego con esa idea, porque en una de las dos historias que componen la novela, que transcurre en el Londres de 1868, el personaje. MR. Wildwood, es dueño de una tienda de bastones. Un día entra en la tienda un tal Hyde, quejándose de que su bastón se le ha roto. El comerciante acaba deduciendo que Mr. Hyde utiliza el bastón para matar, y le construye uno con cabeza de águila, puntiagudo, para que mate mejor. Pone todo su empeño de artesano al servicio de que su producto sea lo más eficaz para los fines de su cliente. En su buena mentalidad de gente de orden, está haciendo su trabajo perfectamente. Como los burócratas, que llevaban la contabilidad de cuanto gas había que comprar para las cámaras de la muerte. 

¿Dónde buscar, si es posible hacerlo, este mal? ¿En la naturaleza humana, la religión, el orden de las cosas…?

Creo que la mayor parte de la gente que comete atrocidades y, sobre todo, que apoya, aplaude, permite, contribuye…, a que se cometan, lo hace siempre desde posiciones, yo diría que de buena conciencia. Eso ocurre en todo. En las religiones, particularmente, porque juegan permanentemente, no con la buena conciencia, sino con la mejor de las conciencias, ya que hablan directamente con Dios. En la toma de Jerusalén, de la primera Cruzada, hubo una matanza brutal, que el canónigo y cronista Raimundo de Aguilers, describe diciendo que el templo de Salomón se convirtió en una laguna de sangre en la que flotaban cadáveres: “un espectáculo maravilloso, que alegra la vista” ¿Por qué? Porque estaban exterminando al enemigo. Algo que también puede ocurrir en religiones laicas como, por ejemplo, el estalinismo. En los sistemas donde hay una verdad absoluta y, en consecuencia, una demonización absoluta del adversario, sea real o inventado, el odio llega a la gente, que acaba aplaudiendo monstruosidades.

La novela establece, digamos, una secuencia del odio, en la que la primera escuela es la misoginia, que luego evoluciona hacia el racismo y la xenofobia…

En el fondo, está el odio al otro, al diferente. Es un odio por sustitución. La gente enmascara el odio hacia sí mismo porque no es capaz de conseguir las cosas. El odio contra una sociedad o unas circunstancias que te impiden lograr lo que buscas en la vida (como no tienen ni el valor ni los medios parea enfrentarse a lo que de verdad le está haciendo la vida difícil) deriva es un odio por sustitución. Hay que buscar un culpable. Porque muchas veces el culpable de tu desgracia eres tú mismo. Pero ¿Quién tiene el coraje enfrentarme a sí mismo? 

  Siempre se busca un culpable, cuanto más ajeno, más distinto, más identificable como otro, mejor. Los primeros cursos de la escuela del odio al otro se hacen en el ámbito más doméstico, y son sobre la misoginia, el odio a la muerte que, generalmente, es heredado. Los odios, lamentablemente, se heredan.

¿Resulta el patriotismo, versus nacionalismo, un caldo de cultivo especialmente propicio a la deriva social violenta?

El patriotismo, entendido como amor a la patria, no tendría por qué ser refugio de nada. Pero le pasa lo mismo que a la religión. El hecho de creer en la existencia de Dios no tendría por qué ser algo nocivo para los demás. El problema está en que hay tendencias a que eso fácilmente derive hacia actitudes agresivas. Si construyes tu identidad nacional sobre el orgullo de ser lo que eres y relacionarte de manera fraternal con el resto de la humanidad, no pasa nada. Pero si lo haces a partir de detestar fanáticamente a tu adversario, entonces resulta muy fácil que eso acabe derivando hacia formas de intolerancia. En España, por desgracia, tenemos la peor experiencia nacionalista, que es el nacionalismo español, que ahora está de revival. Ni el vasco, ni el catalán pueden compararse a él. En cualquier caso, los nacionalismos periféricos deberían fijarse bien en el nacionalismo español para no caer en los mismos errores y horrores. 

¿Y qué decir de la relación entre odio personal y el colectivo, como el que de algún modo describe Canetti en “Masa y poder”?

He vivido durante años en el País Vasco, además como periodista, y allí he visto que la violencia es un problema social, colectivo, pero también en gran medida, personal y familiar. Había odios heredados en familia. Hay odios prácticamente inevitables, y la cuestión está en como lo gestionas. Pero hay también odios preventivos. A ti no te ha pasado nada, pero odias a algo imaginario. En el País Vasco se mezclaron ambos tipos de odio. Los odios se heredan.

 Formas parte de una familia y el yo está lleno de historias, elementos que so son tuyos; la escuela donde te han educado; las convivencias… Toda esa suma de individualidades, van impregnándose del discurso general y viceversa. 

La fealdad es también protagonista en tu novela ¿Tiene que ver con el odio, y viceversa?

La novela transcurre en los paisajes del Londres victoriano y el París de los atentados yihadistas. En literatura, las descripciones no deberían ser decorativas, sino activas. Esos espacios son el espejo del alma de esos personajes. Están en lugares feos, horrendos, sucios, de costumbres depravadas… Yo nací en el franquismo y aquello lo veía muy claro de niño. Pensaba que aquello no podía ser todo. Y fue la frase de André Bretón en el Manifiesto Surrealista “La existencia está en otra parte”, la que me ayudó a salir adelante. Cuando me fui del País Vasco a París me topé con una belleza que te cura el alma. Allí fui donde me di cuenta de que la belleza ayuda a vivir.

¿Es, en, en fin, el miedo la madre de todas las batallas del odio?

En Perú, un grupo de periodistas fueron masacrados por los lugareños de una localidad que los tomaron por guerrilleros de Sendero Luminoso ¿Por qué? Por extraños, por raros, por ser de ciudad, porque venían de otro sitio, porque no son como nosotros… O sea, el enemigo. El culpable de todo lo que ha pasado, pasa y pasará. Ese mecanismo esencial del miedo y la frustración está en el origen del odio y sus manifestaciones."                     

(Entrevista a José Manuel Fajardo, Peru Erroteta, elTriangle, 01/01/23)

9/2/23

La clase media es mayoritaria, más allá de la autopercepción, porque el proyecto sobre el que se fundó todavía funciona en el imaginario social, y funciona tanto para las capas medias como para la clase trabajadora... Hay que entender que cuando la gente dice ser de clase media no solo fija una posición, también subraya el tipo de sociedad en la que desea vivir... hoy, lo que organiza el orden social ya no es la promesa de seguridad, ni la creencia en el progreso personal y colectivo, sino el temor. El sentimiento en el que se asientan los pilares no es el de una prosperidad creciente, sino la amenaza de desclasamiento y el miedo a quedarse fuera... El horizonte de lo peor, aquello que no suele nombrarse, está presente para buena parte de la sociedad... La pérdida del imaginario de progreso desorganiza políticamente la sociedad más que cualquier otro factor... Sería relativamente sencillo recomponer la confianza a través de acciones económicas, impulsadas por los gobiernos, que mejorasen el nivel de vida, restaurasen cierta seguridad y ofrecieran la sensación de que el futuro no se juega en el mero azar. Sin embargo, es bastante complicado actuar de esa manera cuando los modelos de pensamiento dominantes operan únicamente desde la eficiencia y su medición... el de esa pobreza intelectual... Las clases medias, por tanto, están menguando en términos muy superiores a lo que los gráficos y los números puedan señalar, porque la confianza en el funcionamiento correcto de la sociedad es cada vez menos firme, porque el imaginario al que aspiraban queda cada vez más distante, y porque las promesas de mejora fueron sustituidas por las amenazas de desclasamiento (Esteban Hernández)

 "La gran diferencia entre el retrato que se hace de nuestra sociedad y la realidad que la recorre surge de un marco de pensamiento, de una manera de ver el mundo que atribuye carácter de verdad a una serie de preceptos económicos que se utilizan para describir el mundo. La clase media es un buen ejemplo de esa manera de pensar: es un segmento social del que se habla con frecuencia, que se considera el esqueleto de la sociedad y que, sin embargo, lleva mucho tiempo perdiendo.

Esa divergencia entre su necesidad y su debilidad proviene desde la observación de la clase media a través de un Excel, lo que hace que se pierda gran parte de lo que significa. Si únicamente se considera en términos cuantitativos, desde los recursos que posee y del número de personas que la integran, entendemos poco de la sociedad actual, en su vertiente política y en la económica.

La clase media implica mucho más que contar con un nivel de ingresos. Para empezar, la autopercepción como clase media es generalizada en la sociedad española, a pesar de que el nivel de vida con el que se cuenta no ratifica a menudo esa impresión. Ahí suele aparecer la economía para mostrar una serie de datos que concluyen que la gente se está engañando. Pero reducir la vida a términos puramente económicos es falsearla, no arrojar luz. Buena parte de las posiciones políticas recientes han consistido, a veces por caminos torcidos y otras no, en una reacción firme de la mayoría de la gente contra estas consideraciones absurdas de lo humano como puramente cuantificable.

De la esperanza al temor

La clase media es mayoritaria, más allá de la autopercepción, porque el proyecto sobre el que se fundó todavía funciona en el imaginario social, y funciona tanto para las capas medias como para la clase trabajadora. Unos estratos intermedios amplios conllevan una estructura que ofrece opciones de permanencia y de mejora; en la que se pueden hacer planes de futuro porque la inestabilidad no es común; en la que el salario permite vivir en condiciones dignas; que permite creer en un futuro mejor. Hay que entender que cuando la gente dice ser de clase media no solo fija una posición, también subraya el tipo de sociedad en la que desea vivir.

Esta aspiración es ampliamente compartida, y no suelen discutirla ni las izquierdas ni las derechas. Pero ese no es el mundo en el que nos desenvolvemos. Lo que organiza el orden social ya no es la promesa de seguridad, ni la creencia en el progreso personal y colectivo, sino el temor. El sentimiento en el que se asientan los pilares no es el de una prosperidad creciente, sino la amenaza de desclasamiento y el miedo a quedarse fuera.

Los jóvenes lo notan especialmente, pero también los mayores de 50; e incluso en los espacios relativamente privilegiados esa mirada está de fondo. Cada vez hay mayor conciencia de que las posiciones son eventuales: quizá hoy tengas un buen trabajo, pero mañana puede ser de manera muy distinta; quizá hoy tus ingresos sean satisfactorios, pero en unos meses o en unos años puede que desciendan bruscamente.

El horizonte de lo peor, aquello que no suele nombrarse, está presente para buena parte de la sociedad. En estos tiempos bifurcados, únicamente una estrecha capa social puede mirar el futuro con esperanza porque sabe que, por sus recursos o por su posición, su vida está asegurada. La mayoría de la gente se encontrará cara a cara con la incertidumbre en algún momento; unos lo olvidan, otros lo tienen presente, pero todos saben de su existencia.

La importancia política de esta inestabilidad ontológica es grande, porque ha tejido buena parte de las elecciones durante mucho tiempo. Las clases medias altas y las altas, los funcionarios y los jubilados, que contaban con mayor seguridad, eran conservadoras; no en el sentido de que votasen a izquierda o derecha, sino de que sus opciones eran básicamente continuistas. Eran las más interesadas en que no hubiera grandes cambios, en especial en lo económico. Hoy esa tendencia sigue presente, pero encuentra algunos matices importantes, porque la desorganización política es grande, e incluso en esas capas hay movimientos incipientes hacia partidos que abogan por transformaciones sustanciales, sobre todo en la derecha.

La brecha política de fondo, la que recorre las distintas opciones, y que va más allá de izquierda y la derecha, es la que nos muestra a amplias capas de la población que siguen creyendo en las promesas que el término clase media traía consigo, pero que ya las ven difícilmente realizables. Es un imaginario que está comenzando a desvanecerse y a dejar paso a una posición descreída, que no confía en el futuro y que percibe un deterioro generalizado. La pérdida del imaginario de progreso desorganiza políticamente la sociedad más que cualquier otro factor.

El pensamiento binario

Sería relativamente sencillo recomponer la confianza a través de acciones económicas, impulsadas por los gobiernos, que mejorasen el nivel de vida, restaurasen cierta seguridad y ofrecieran la sensación de que el futuro no se juega en el mero azar. Sin embargo, es bastante complicado actuar de esa manera cuando los modelos de pensamiento dominantes operan únicamente desde la eficiencia y su medición.

Esa pobreza intelectual la define expresamente Alain Supiot en un libro que acaba de publicarse en nuestro país, El trabajo ya no es lo que fue (Ed. Clave Intelectual). Parte de una tecnociencia económica que "proyecta sobre las sociedades humanas el funcionamiento binario característico de las arborescencias lógicas que funcionan en nuestras máquinas inteligentes del tipo si p… entonces q, si no p… entonces x. No se excluye que algún día estas máquinas tengan la capacidad de calcular todo lo que es calculable; pero es cierto que la reducción de las relaciones entre los hombres a operaciones de cálculo de utilidad o de interés solo puede conducir a la violencia. Como señaló Gilbert Keith Chesterton, son las vacas, las ovejas y las cabras los seres que viven como puros economistas".

Ese razonamiento binario que se hace pasar por concluyente, y que termina por considerar al ser humano como cabras, vacas y ovejas, está en la raíz de nuestros problemas. La sociedad es mucho más que ese vivir en una pura acción mecánica. Pero es el único que se puede medir, y es el que articula las soluciones económicas que se ponen en marcha. Desde esta perspectiva no es posible entender la importancia del desgaste social que supone la desconfianza, pero tampoco imaginar qué significa para mucha gente tener que afrontar un gasto imprevisto de 500 euros, o que les suban la hipoteca o el alquiler 300 euros al mes, o que el precio del combustible se encarezca. Desde ese marco, las decisiones son obvias: que se vayan a una vivienda que puedan pagar o que utilicen la bicicleta para ir al trabajo, que además es ecológico. Oveja, si no tienes dinero para estar en este prado, vete a pastar a otro.

Esta actitud aumenta la sensación de injusticia, en la medida en que no son acciones propias las que justifican la pérdida de nivel de vida, sino elementos teóricamente incontrolables que siempre acaban por afectar para mal a los mismos: cuando hay que pagar alguna crisis (da igual su causa: las malas apuestas de financieros millonarios, las grandes inversiones fracasadas, la reconversión verde o la guerra rusa), siempre están ahí aquellos que se creen de clase media para hacer frente a la factura.

Las clases medias, por tanto, están menguando en términos muy superiores a lo que los gráficos y los números puedan señalar, porque la confianza en el funcionamiento correcto de la sociedad es cada vez menos firme, porque el imaginario al que aspiraban queda cada vez más distante, y porque las promesas de mejora fueron sustituidas por las amenazas de desclasamiento. La confianza en el futuro solo la conserva una capa fina de la sociedad, y por eso dicen ser optimistas, pero el resto sabemos que las buenas posiciones son eventuales y las malas tienden a cronificarse. Y eso tiene consecuencias políticas evidentes, sin las cuales no puede entenderse las tensiones que estamos viviendo. Las clases medias, y es irrelevante que lo sean o que se lo crean, están empezando a enfadarse. Hasta ahora, el descontento está organizado desde una hostilidad creciente, pero encauzada en un marco sistémico. Con el tiempo, dejará de ser así."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/02/23)

17/1/23

No llegamos a fin de mes... La clase media no era esto... El futuro de la clase media está comprometido porque el Estado, gran valedor de la clase media, disminuye su papel como regulador y como proveedor de bienestar... por la creciente financiarización, porque muchos aspectos fundamentales para nuestra existencia se han convertido en activos financieros, como las pensiones, la vivienda, etcétera, lo que hace la vida mucho más precaria y expuesta a la especulación de terceros... por la automatización de la producción, las cada vez más avanzadas técnicas de inteligencia artificial... por eso, brecha entre los pocos que ganan mucho dinero y las que antes eran clases acomodadas no deja de crecer... como el número de quienes bordean la pobreza... y es que la crisis de la clase media se retroalimenta con otras: la económica, la institucional, la de la confianza, en fin, la de todo el andamiaje que mantenía estable las democracias liberales tal y como las conocíamos

 "Un transeúnte es entrevistado brevemente por una reportera de televisión. Se queja, visiblemente enfadado, de la coyuntura económica, y es que la cosa, con la inflación rampante y el estancamiento de los salarios, está muy difícil: “Este Gobierno solo ayuda a los de abajo”, dice, “yo hace tiempo que no llego a fin de mes y nadie me ayuda. Nadie ayuda a la clase media”. Es curioso: el peatón asegura sufrir continuas estrecheces económicas, pero sigue considerándose clase media. Esa que, por definición, al menos llega con su sueldo a fin de mes.

La clase media: si se la pronuncia, todo el mundo entiende a lo que nos referimos. Pero la clase media: nadie tiene demasiado claro cómo definirla. Es un concepto voluble, flexible, casi mágico. Algo más del 40% de los españoles que se consideran clase media no pertenecen a ella si tenemos en cuenta su nivel de renta, según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2020. Muchos pobres todavía prefieren pensar que son de clase “media baja”. Algunos ricos prefieren quitarle hierro a su riqueza y maquillar la desigualdad. “Los que estamos sacando el país adelante somos la clase media”, dijo en una tertulia la socialité Carmen Lomana, representante oficiosa de las clases altas en los saraos y la farándula televisiva. Los grandes partidos políticos viven obsesionados por seducir a la clase media. Significa moderación, bienestar, modernidad, consumo. Significa familia, coche, tele, sueños. La tarjeta de El Corte Inglés. Pero ¿qué demonios es la clase media? Y, sobre todo, ¿es cierto que, tras las sucesivas crisis y bajo la tensión de la desigualdad creciente, se encuentra en un aprieto?

“Cuando se habla de la crisis de la clase media estamos hablando de muchas cosas”, explica el sociólogo y doctor en Historia Emmanuel Rodríguez, autor de El efecto clase media (Traficantes de Sueños): “Por ejemplo, de la pérdida de capacidad del Estado para generar mecanismos de integración amplios, del fin de la movilidad social, de los problemas para acceder a una vivienda o del desmantelamiento del Estado de bienestar”. Ese “efecto clase media” es la idea de que este estrato no surge espontáneamente del mercado, sino que requiere una alta inversión estatal, y que ni siquiera esta acaba con las desigualdades. Eso sí: sirve para pacificar y estabilizar las sociedades. Considerarse de clase media es desertar de la lucha de clases.

Si la clase media se desdibuja por abajo, por donde la población se despeña hacia la pobreza, también lo hace por arriba: la crisis está llegando hasta su capa superior, como explica el periodista Esteban Hernández, autor de El rencor de clase media alta y el fin de una era (Foca): “El proceso de deterioro ha llegado a capas más favorecidas, que empiezan a ver que sus hijos ya no tienen el futuro tan asegurado”, explica el autor. Algunos estilos de vida propios de la clase media alta se están haciendo menos accesibles, como mandar a la prole a estudiar a un colegio privado o al extranjero, tener una vivienda amplia y de calidad o practicar ciertas actividades de ocio, mientras que la seguridad en los ingresos cada vez es menor, también para los trabajadores mejor posicionados. “Se está generando una brecha entre los que de verdad ganan dinero, un porcentaje muy pequeño en lo más alto de la pirámide social, y las que eran las clases acomodadas”, señala Hernández.

Este aprieto podría calificarse como internacional. “Tanto en Estados Unidos como en gran parte del mundo, la clase media tiene razón en verse en crisis porque hay sociedades enteras en crisis después de décadas de austeridad y desvío de la riqueza hacia los más ricos”, explica David Roediger, autor de The Sinking Middle Class (Or Books). Por otra parte, en muchos países del sur global, según señala el escritor, se han puesto tantas expectativas en la llegada de la sociedad de clases medias que finalmente lo que ha llegado es la frustración.

¿Qué es la clase media?

La forma más sencilla de definir este estrato social es mediante la posición económica: se pueden establecer sus límites en torno a la renta neta media anual de un país. En España esa renta fue en 2021, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), de 12.269 euros netos. A partir de ahí, según la OCDE, se considera clase media a las personas que ganan entre el 75% y el 200% de esa cantidad. Es decir: entre 9.201 y 24.538 euros netos cada año. Estos límites pueden variar según la institución que mida.

Pero esto es una mera perspectiva económica. Para los sociólogos las clases tienen una raíz más profunda y diversa. “Podría decirse que la renta es el síntoma de otra cosa: no define la clase social, sino que es producto de ella. Uno gana lo que gana debido a la clase a la que pertenece”, explica el sociólogo José Saturnino Martínez, director de la Agencia Canaria de Calidad Universitaria y Evaluación Educativa y autor del libro Estructura social y desigualdad en España (Catarata). No es lo mismo ganar 2.000 euros netos mensuales naciendo en una familia trabajadora, empezar en la hostelería a los 15 años y montando un bar a los 30, que ganarlos naciendo en una familia bien posicionada, teniendo un título universitario, sacando unas oposiciones y siendo funcionario de clase A. Estas dos personas tendrán diferente estabilidad, diferente riesgo de caer en la exclusión y hasta diferentes estilos de vida. No son la misma clase social.

La clase también depende de la cuna, de la educación, de la cultura, de las relaciones, de la forma de vivir. A este respecto, el sociólogo Pierre Bourdieu consideraba varios tipos de capital, además del económico: el cultural, el social o el simbólico, que influyen en la determinación de la clase. Los sociólogos, aun así, tampoco se ponen de acuerdo en la definición definitiva, según provengan de corrientes marxistas, weberianas, funcionalistas, etcétera.

Breve historia de la clase media

La clase media ha existido siempre. Ya Aristóteles escribió en su Política que una sociedad bien gobernada debería tener una amplia clase media que vertebre la polis y evite la discordia social. Karl Marx, que estableció la clara división entre burguesía y proletariado como clases antagonistas, también consideraba una clase media, no demasiado relevante, formada por pequeños artesanos y profesionales independientes. Cuando la clase media cobra verdadera importancia es en la Europa de la segunda mitad del siglo XX con el levantamiento de los Estados del bienestar: ahí se da la llamada expansión de las clases medias (también como forma de alejar a los trabajadores occidentales de los cantos de sirena de la Unión Soviética) y esa figura se fija con nitidez en el imaginario colectivo.

Esos años de la posguerra hasta la crisis del petróleo, en los años setenta, son conocidos como los Treinta Gloriosos. “Es la única etapa de la historia en la que se ha avanzado en la cohesión social y logrado limar la desigualdad”, explica el sociólogo José Félix Tezanos, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). “Ahora, con el capitalismo neoliberal, las desigualdades se están haciendo extremas. Hay fortunas que acaparan gran parte de la riqueza de la humanidad y eso produce disfunciones en la economía y en la sociedad”.

En España la expansión de la clase media ocurre un poco más tarde dada la autarquía franquista, pero a toda velocidad, a partir de 1959, cuando Franco permite la apertura de la economía. Los flujos de población alimentan a las industrias en el llamado éxodo rural, y de esa clase obrera fabril salen hijos universitarios que ascienden en el escalafón. El desarrollismo trae prosperidad, turismo, electrodomésticos, segundas residencias, coches, y la clase media naciente estabiliza el Régimen, lo justifica, y facilita la Transición. “Pero desde 1992 se dejan de crear los puestos cualificados suficientes y en España se empieza a producir el fenómeno de la sobrecualificación, que tanto malestar social genera”, dice el sociólogo Ildefonso Marqués, experto en movilidad social de la Universidad de Sevilla. “Ahora el ascensor social está parado”, añade.

Así la clase media se ve comprometida y cunde la muy controvertida idea de que las próximas generaciones vivirán peor que sus padres. “Vamos hacia una sociedad dualizada”, apunta Tezanos, “está creciendo el número de personas que se consideran infraclases, sectores de la población completamente excluidos. Estamos viviendo el primer proceso de movilidad social descendente desde la Revolución Francesa”. Con la disolución de este estrato social el sistema económico va generando una sociedad a dos velocidades, desgarrada entre los más ricos y los más pobres, donde ganadores y perdedores pueden acabar viviendo en realidades paralelas. En la parte alta del escalafón se produce cada vez una mayor concentración de riqueza en una menor cantidad de manos: el 10% más rico copa el 34,6% de los ingresos por trabajo y capital y el 57,6% del patrimonio, según un estudio de World Inequality Lab. La cuarta parte de ese patrimonio pertenece al 1% de superricos.

¿Lo eres o sientes que lo eres?

¿Cómo se percibe a sí misma la ciudadanía? La clase media tiene una fuerte componente subjetiva: muchos no lo son, pero se sienten. Un 47,1% de los españoles se consideran de clase media alta, y un 15,5% de clase media baja, según el Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de octubre de 2022. La cifra de personas que se consideran de clase obrera y trabajadora ha caído del 50% al 10,6% en los últimos 20 años. En Estados Unidos, en 2018, un 70% de la población se consideraba clase media, pero solo el 50% encajaba en esa horquilla económica, según un estudio de Pew Research Center. Si bien en otros tiempos la clase estaba principalmente relacionada con la actividad productiva, hoy el consumo es fundamental a la hora de definirnos. De hecho, el asentamiento de la clase media estuvo unívocamente asociado al de la sociedad de consumo: grandes masas de población podían acceder a aquello a lo que antes solo se permitían los ricos.

Es fácil sentirse clase media teniendo al alcance una plétora de productos baratos y muy apetecibles: comida rápida, ropa barata de grandes cadenas multinacionales, pisos de alquiler turístico, grandes ofertas en vuelos a destinos de ensueño o plataformas audiovisuales con una oferta inabarcable. A pesar de que, en la coyuntura actual, la alta inflación provoque que hasta lo barato sea caro. Cuando el elegante chófer de un vehículo VTC te ofrece una botellita de agua, es difícil no sentirse el rey del mambo. “En muchos países, la difusión de la oferta de productos y servicios low cost, al aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los salarios, empieza a tener más peso que una reforma fiscal o que el Estado de bienestar”, escribían Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi en El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo). Nos conformamos con el brillo de los productos baratos antes que con la provisión de servicios públicos fundamentales por parte del Estado.

Aunque estas capas sociales suelan asociarse al sosiego, la imagen de tranquilidad puede tener una cara oculta: la ansiedad continua, el miedo a caer, las deudas. “La crisis de la clase media se vive a niveles profundamente personales”, explica Roediger, “la miseria, a menudo asociada a una profunda alienación en trabajos interminables (en los que incluso la personalidad es supervisada), coexiste con altos niveles de endeudamiento personal y familiar. El vínculo más obvio es el que los sociólogos han señalado durante 75 años: la vana esperanza de que el consumo frenético pueda compensar esa alienación”.

La percepción de la clase media desde un punto de vista externo también es ambivalente. Puede ser símbolo de progreso y prosperidad, de una sana moderación que le permite ser espinazo de países estables e igualitarios. Pero también se la retrata como una clase consumista, insolidaria, cobarde, inmovilista, sin la conciencia de clase propia del viejo proletariado, sin el glamuroso poderío de la aristocracia, solo preocupada por medrar y llegar a ser clase alta. La llamada clase media aspiracional.

Nubes en los cielos futuros

El futuro de la clase media está comprometido por varias razones, según enumera Emmanuel Rodríguez. Por un lado, el trabajo se ha desvalorizado, en parte por la automatización de la producción, la generalización de las máquinas, las cada vez más avanzadas técnicas de inteligencia artificial. Por otro, el Estado, gran valedor de la clase media, disminuye su papel como regulador y como proveedor de bienestar. Y, por último, le afecta la creciente financiarización que va permeando nuestra vida cotidiana. Muchos aspectos fundamentales en el normal desarrollo de nuestra existencia se han convertido en activos financieros: las pensiones, la vivienda, los préstamos al estudio, etcétera, lo que hace esa existencia mucho más precaria y expuesta a los vaivenes de la especulación de terceros.

¿Qué consecuencias puede tener esta crisis? “Lleva a sociedades fragmentadas, caóticas, que generan expresiones políticas extrañas y creciente polarización”, dice Rodríguez. Por último, la crisis de la clase media se retroalimenta con otras: la económica, la institucional, la de la confianza, en fin, la de todo el andamiaje que mantenía estable las democracias liberales tal y como las conocíamos."                 (Sergio C. Fanjul , El País, 15/01/23)

26/9/22

La secesión de los ricos es el el proceso de desanclaje financiero, económico, político, cultural, moral y residencial de las élites en relación con la sociedad en la que se hallan nacionalizadas y tributan... "un fenómeno emergente de gran trascendencia histórica"... Una suerte de independencia por el que las élites dan por rotas, según los autores, "las transacciones en las que se fundaron las sociedades de bienestar después de la Segunda Guerra Mundial", que aspiran sustituir por "una defensa de la filantropía global"

 "Los catedráticos de Sociología, Antonio Ariño, y de Geografía Humana, Joan Romero, han presentado este martes en La Nau de la Universitat de València La secesión de los ricos (Galaxia Gutenberg), obra en la que retratan lo que consideran "un fenómeno emergente de gran trascendencia histórica": "El proceso de desanclaje financiero, económico, político, cultural, moral y residencial de las élites en relación con la sociedad en la que se hallan nacionalizadas y tributan".

Una suerte de independencia por el que las élites dan por rotas, según los autores, "las transacciones en las que se fundaron las sociedades de bienestar después de la Segunda Guerra Mundial", que aspiran sustituir por "una defensa de la filantropía global".

Entre los abundantes ejemplos que Ariño y Romero ponen para encarnar el fenómeno destaca el de Peter Thiel, cofundador de la plataforma de pago por Internet PayPal y financiador de la campaña de Donald Trump a la presidencia de EE UU, que sueña con levantar "una ciudad flotante que pueda situarse en aguas internacionales, en territorio sin ley, que goce de autonomía política y en la que se puedan obviar nuevas formas de gobernanza, eludiendo obviamente los impuestos de los actuales Estados".

El aula magna de La Nau se ha quedado pequeña ante la afluencia de público que, como ha destacado el rector Esteban Morcillo, ha incluido a tres consejeros del Gobierno valenciano. Josep Ramoneda, responsable de la colección en la que se ha publicado el libro, ha calificado el fenómeno descrito por la obra como "una desconexión de consecuencias incalculables".

Los autores bucean en las estadísticas del FMI, el Banco Mundial, la OCDE, y el Foro Económico Mundial así como en los trabajos realizados en la última década por decenas de investigadores sociales en torno al fenómeno para advertir que las cotas de desigualdad han alcanzado niveles que no se habían visto, en el caso de Estados Unidos, desde la década de 1920, justo antes del crack bursátil previo a la Gran Depresión.

Y aunque en Europa la desigualdad no alcanza la misma gravedad, gracias al efecto del estado social, esta ha aumentado de forma casi ininterrumpida desde los años ochenta del siglo pasado y se ha agudizado con la crisis.

Los "ultrarricos", entre 2.500 y más de 200.000 personas en el planeta, según donde se ponga el listón de las fortunas representan un grupo muy poco estudiado por los investigadores sociales, han destacado los autores. A pesar de que presentan rasgos definibles con parámetros sociológicos.

La progresiva "secesión" de estas élites y su contribución a los países de origen a través de complejas formas de evasión fiscal ha corrido en paralelo a la reducción de las clases medias en el mundo occidental y a una precaricación del trabajo que genera inseguridad e incertidumbre entre los ciudadanos y un repliegue hacia los Estados nación, advierten Romero y Ariño. En el viejo continente ello se traduce en una desconfianza creciente hacia el proyecto de la UE, y amenaza con despertar los peores demonios de la historia europea, "el populismo y el nacionalismo de Estado".

 La secesión de los ricos subraya que los avisos sobre las peligrosas consecuencias de esta carrera hacia la desigualdad no solo proceden de economistas e investigadores sociales situados en el progresismo, la socialdemocracia o el liberalismo (en el sentido que el término se utiliza en Estados Unidos) como Thomas Piketty, Paul Krugman, Joseph Stiglitz, Angus Deaton, Tony Judt y otros muchos que son citados en la obra. También están alertando sobre ellas las grandes organizaciones económicas internacionales que en las últimas décadas contribuyeron al fenómeno.

Incluso referentes políticos del centro-derecha, como la canciller alemana Angela Merkel. "Lamento que a menudo sean precisamente los que no tuvieron que ver con esos errores [que generaron la crisis económica], los jóvenes y los más desfavorecidos, quienes hoy más padecen las consecuencias. Con frecuencia, las personas con capital ya hace tiempo que han salido del país o cuentan con otras posibilidades para protegerse. Los ricos en los países más afectados por la crisis podrían ser muy útiles si se comprometieran más. Es muy lamentable que parte de las élites asuman tan poca responsabilidad por la deplorable situación actual", cita el libro de una entrevista con Merkel publicada en EL PAÍS.

De lectura "muy agradable", ha dicho Ramoneda, pese a la profundidad del análisis, los autores atribuyen parte del proceso al diferente ritmo al que han evolucionado economía y política: "La economía, en especial el sistema financiero, hace tiempo que piensa en global, mientras que la política tiene más dificultades para hacerlo y sigue pensando preferentemente en escala estatal".

 Romero y Ariño apuntan "soluciones, desde acciones fiscales globales a cambios de gobernanza en el ámbito metropolitano. Y creen que el viejo continente tiene mucho que decir: "Aunque en el contexto actual hay quienes perciben a Europa como el problema, más Europa, mejor Europa y en ciertos aspectos otra Europa contribuirán a encontrar salidas".

Los autores admiten que algunas de las medidas expuestas para corregir la secesión de las élites y la divergencia en la distribución de la riqueza parecen hoy difíciles de aplicar. Pero recuerdan que las teorías neoliberales parecían "utópicas" en los años sesenta del siglo pasado incluso para quienes las propagaban, y pocas décadas más tarde pasaron a ser la ortodoxia."                     (Ignacio Zafra, El País, 18/10/16)