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22/6/26

Slavoj Žižek: Por qué soy un ateo comunista que apoya al Papa... El capitalismo desenfrenado de hoy se acerca a una nueva etapa, aún más peligrosa: la del feudalismo digital. Una IA impulsada sin restricciones por el beneficio corre el riesgo de concentrar la riqueza y el poder algorítmico en manos de unos pocos monopolios tecnológicos... El Papa insiste en la necesidad de garantizar que las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos... También rechaza acertadamente cualquier forma de gestión paternalista... lo que necesitamos es una responsabilidad compartida de todos nosotros, no una nueva élite que enmascare su poder brutal con un falso rostro humano. Y, para dejar este punto aún más claro, el Papa insiste en que el desarrollo algorítmico no puede dejarse únicamente en manos de la "mano invisible" del mercado libre, se necesita una nueva forma de acción social... La pregunta que deberíamos hacernos aquí es: ¿quién, entonces, se acerca a la figura del Anticristo contra la que el Papa nos advierte? La respuesta es fácil, la misma persona que, en un acto de brutal ironía, ataca permanentemente a sus oponentes calificándolos de figuras del Anticristo: Peter Thiel... Describe a quienes presionan por la regulación tecnológica como precursores del Anticristo... Thiel aboga por una dictadura total de la IA, pero basada en la religión conservadora y el poder estatal para mantener la estabilidad y la cohesión social... Acierta en su presunción de que en nuestras sociedades, que aún mantienen la apariencia de apertura, la unidad y la cohesión no pueden imponerse mediante medidas estatales e ideológicas directas y contundentes (como en Rusia y China), así que ¿por qué no hacerlo a través del espacio digital, controlando y regulando lo que la gente piensa y cómo actúa mediante el uso despiadado de sus deseos miméticos? De este modo, podemos combinar el liberalismo total fuera del control estatal (de los amos neofeudales de la IA como Thiel) con el control de los individuos ejercido por el estado y la religión

"El capitalismo desenfrenado de hoy se acerca a una nueva etapa, aún más peligrosa: la del feudalismo digital. Una IA impulsada sin restricciones por el beneficio corre el riesgo de concentrar la riqueza y el poder algorítmico en manos de unos pocos monopolios tecnológicos. Son muchos los críticos que señalan diferentes aspectos de esta amenaza, pero lo que echábamos en falta hasta ahora era una visión general claramente escrita que ofreciera un análisis del papel que desempeña la IA en nuestras sociedades, evitando tanto la trampa de rechazar la IA como algo inherentemente malvado como la de elevarla a un instrumento de solución milagrosa para nuestros mayores problemas. 

Lo que ningún político o teórico social ha sido capaz de hacer, la encíclica del Papa León, *Magnifica humanitas*, lo ha logrado de manera insuperable. Su punto de partida es que la tecnología nunca es neutral, porque adopta las características de quienes la conciben, financian, regulan y utilizan. El Papa insiste en la necesidad de garantizar que las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, ampliando así la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital. También rechaza acertadamente "cualquier forma de gestión paternalista o basada en el estado del bienestar de la vida social": lo que necesitamos es una responsabilidad compartida de todos nosotros, no una nueva élite que enmascare su poder brutal con un falso rostro humano. Y, para dejar este punto aún más claro, el Papa insiste en que el desarrollo algorítmico no puede dejarse únicamente en manos de la "mano invisible" del mercado libre: se necesita una nueva forma de acción social.

La pregunta que deberíamos hacernos aquí es: ¿quién, entonces, se acerca a la figura del Anticristo contra la que el Papa nos advierte? La respuesta es fácil: la misma persona que, en un acto de brutal ironía, ataca permanentemente a sus oponentes calificándolos de figuras del Anticristo. Peter Thiel, el fundador de la empresa de inteligencia de datos Palantir Technologies —contratista del Pentágono cuyos sistemas de IA se utilizan en el ataque estadounidense e israelí contra Irán— está preocupado por el riesgo de un "estado totalitario y mundial" que obstaculice el progreso científico y tecnológico. Describe a quienes presionan por la regulación tecnológica como precursores del Anticristo:

"La forma en que el Anticristo se apoderaría del mundo es hablando sin parar del Armagedón. Hablando sin parar del riesgo existencial, y esto es lo que hay que regular. Lo que tiene resonancia política es: necesitamos detener la ciencia, necesitamos decir 'alto' a esto".1

Entonces, ¿qué características concretas convierten al estado de Thiel en una figura del Anticristo? Thiel menciona los "tratados fiscales, la vigilancia financiera y la arquitectura de sanciones" como rasgos definitorios del sistema internacional de gobernanza "parecido al Anticristo". Thiel explica cómo "se ha vuelto bastante difícil ocultar el dinero" a raíz de la Ley Patriota, el estado administrativo "extenso" (el Departamento del Tesoro, en particular) y la red de mensajería internacional conocida como SWIFT, que los bancos utilizan para procesar pagos globales. Todos estos factores hacen imposible "escapar de la tributación global si eres ciudadano estadounidense".2

En este sentido, Thiel es efectivamente un fascista liberal. Aboga por una dictadura total de la IA, pero basada en la religión conservadora y el poder estatal para mantener la estabilidad y la cohesión social. Acierta en su presunción de que en nuestras sociedades, que aún mantienen la apariencia de apertura, la unidad y la cohesión no pueden imponerse mediante medidas estatales e ideológicas directas y contundentes (como en Rusia y China), así que ¿por qué no hacerlo a través del espacio digital, controlando y regulando lo que la gente piensa y cómo actúa mediante el uso despiadado de sus deseos miméticos? De este modo, podemos combinar el liberalismo total fuera del control estatal (de los amos neofeudales de la IA como Thiel) con el control de los individuos ejercido por el estado y la religión. Por eso Thiel no está solo en su proyecto. A mediados de abril de 2026, Palantir publicó un resumen de 22 puntos de *The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West*, el libro de 320 páginas que el multimillonario CEO coescribió y publicó a principios de 2025. El punto principal de su manifiesto3 es que Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. La élite ingenieril de Silicon Valley tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación. (...)"

 (Slavoj Žižek , blog, 20/06/26, traducción Deep Seek) 

13/1/25

Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y Silicon Valley ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras (consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales)... El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización... Silicon Valley cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación... la inteligencia artificial puede reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión... Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia... La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes... Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político (Esteban Hernández)

 "Peter Thiel es uno de los empresarios tecnológicos con más prestigio y una figura fundamental en el capital riesgo de Silicon Valley. Fundó PayPal, el dinero que gestiona ha apoyado a empresas como Facebook, Tesla, Uber o Airbnb y es el CEO de Palantir. Forma parte de esa aristocracia empresarial nacida con la tecnología, pero también es uno de los nombres de referencia dentro del republicanismo trumpista.

El periodista Max Chafkin firmó una biografía de Thiel, The Contrarian, en la que quedaba definido de esta manera: "Es brillante, tiene ideas visionarias y una asombrosa habilidad para saber exactamente cómo ganar. Posee la habilidad especial de ver la vida como un juego de ajedrez: utiliza a sus amigos, sus socios comerciales y las empresas de su cartera como medios para lograr un fin".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto

Thiel, que insiste en la necesidad de que existan nuevas élites en EEUU (las contraélites están triunfando), describió a la consultora McKinsey como una "estafa total". Según Thiel, "McKinsey era algo real en 1985 en Estados Unidos. Si contratabas a un consultor, en realidad te ayudaba a mejorar tu empresa porque las empresas estaban mal administradas en ese momento. La administración Reagan-Thatcher fortaleció a McKinsey porque permitió que se adquirieran más empresas y que se produjeran más fusiones y adquisiciones. Generó una reorganización de la sociedad algo brutal pero muy poderosa. Pero ahora McKinsey es un fraude total. Todo es falso. A estas alturas, McKinsey nunca va a ser otra cosa que un engaño corrupto".

Las afirmaciones de Thiel distan mucho de ser un ataque gratuito a una consultora en concreto y, en general, a esa profesión. Hay dos aspectos relevantes en la posición del inversor que delimitan con precisión cuáles son los cambios que están produciéndose, la magnitud de los mismos y lo que significa el ascenso de los empresarios del capital riesgo en el nuevo gobierno republicano.

La sustitución de élites

El primero es político-social. La llegada al poder de Trump de la mano de Musk, y de gestores del capital riesgo como Thiel y Marc Andreessen, implica algo más que una suerte de alianza con el sector tecnológico. De hecho, Silicon Valley no fue particularmente afín a Trump durante su campaña, y menos todavía el personal y muchos directivos de las big tech. Ahora, con Trump en la Casa Blanca, esas compañías se están acercando a Trump, pero siempre contra la voluntad de personas como Musk o Thiel. Hay una brecha entre el venture capital y las big tech que está por cerrarse.

El mundo tecnológico aspira a desplazar al 'establishment' de la era de la globalización

En todo caso, es innegable que Trump ha puesto sobre la mesa su voluntad de sustituir a las élites existentes, y este entorno tecnológico ha venido en su ayuda: aspira a desplazar, y lo está consiguiendo, al establishment de la era de la globalización, el representado por las clases profesionales gestoras.

Ese cúmulo de consultores, lobistas, abogados, financieros y expertos institucionales que han influido sobre la política durante estos años se ha visto especialmente presionado con el triunfo de los republicanos. El orden basado en reglas, las interconexiones globales, la paz comercial y la mundialización feliz eran sus dogmas. Trump los está haciendo saltar por los aires. Es un nuevo mundo que necesita de nuevas reglas, y son sectores especialmente incapaces para comprenderlas. Eso es lo que afirman Musk y Trump.

Las grandes consultoras pertenecen a ese pasado, ya no es su tiempo. Fueron útiles en algún momento, pero no ahora. Se necesitan nuevos líderes y nuevas fuentes de influencia.

La tecnología y el conocimiento humano

Hay que entender de dónde viene Peter Thiel, cuál es su recorrido y cuál su manera de pensar para comprender el desafío que lanza. Fue el primero en Silicon Valley en apoyar a Donald Trump en 2016 y es el valedor del próximo vicepresidente, J.D. Vance. Fundó PayPal y fue uno de los primeros inversores de Facebook. Pero, sobre todo, junto con Alex Karp y Stephen Cohen, creó Palantir, una exitosa empresa especializada en software y soluciones de big data para la defensa y para las agencias de inteligencia.

Palantir es una firma con mucho prestigio en un sector en el que las máquinas y la tecnología cada vez tienen mayor importancia, al mismo tiempo que disminuye la relevancia que se le da a los humanos. Thiel, como tantos otros en el Valle, cree que la recolección de datos, su tratamiento y su sistematización permiten un conocimiento mucho más preciso que el de las técnicas utilizadas hasta ahora, y con mucho mayor potencial para la vigilancia y la anticipación.

"La IA se ha convertido en una forma de que la empresa eluda su responsabilidad: afirma que solo hace lo que dice el algoritmo"

Esa superioridad de la tecnología a la hora de ofrecer soluciones, con las grandes bases de datos y la mejora de la inteligencia artificial de fondo, es una de las creencias más asentadas de nuestra época. Esa es la tarea que Palantir ha llevado a cabo. Y si ha funcionado en un ámbito tan relevante como la seguridad, puede hacerlo con mayor eficacia aún en el terreno empresarial. Más allá de la clase de instrumentos que utilicen, los consultores no dejan de aportar conocimiento humano para la gestión, y es justo eso lo que está en discusión.

El cambio de modelo

Hay otros aspectos en los que la gran consultoría podría salir perjudicada. El escritor Ted Chiang explicó de manera nítida uno de ellos en un artículo para The New Yorker. El uso de la consultoría como justificación, que es una de las prácticas más frecuentes en la empresa, estaría deslizándose hacia la IA: "Si quieres que se haga algo, pero no quieres ensuciarte las manos, McKinsey lo hará por ti. Esa huida de la responsabilidad es uno de los servicios más valiosos que ofrecen las consultorías de gestión. Los jefes tienen ciertos objetivos, pero no quieren que se les culpe por hacer lo necesario para alcanzarlos; al contratar consultores, la dirección puede decir que solo estaban siguiendo el consejo de expertos independientes. Incluso en su forma rudimentaria actual, la IA se ha convertido en la manera en que una empresa elude la responsabilidad, al afirmar que solo hace lo que dice el algoritmo, aunque haya sido la empresa la que haya encargado ese tipo de algoritmo".

La IA es un modo de ahorrar costes más que una solución eficaz. Pero da beneficios. Y eso es lo que hacían los consultores

La tecnología, en este sentido, aportaría un plus de credibilidad. Basta con afirmar que son soluciones apoyadas en datos y que han sido diseñadas con la fría objetividad de las máquinas, para que resulten menos cuestionables que las conclusiones aportadas por los consultores.

Además, existe otra realidad, que apenas se suele mencionar, pero que conforma la aplicación práctica y concreta que la inteligencia artificial está teniendo en la vida empresarial contemporánea. Por más que se expresen grandes posibilidades futuras, lo cierto es que "la IA se reduce a analizar una tarea que realizan los seres humanos y a encontrar la manera de reemplazarlos". Es un modo de ahorro de costes mucho más que una solución eficiente. Pero dado que el propósito de las firmas es ampliar la cantidad de beneficios, se trata de un instrumento útil. Eso es justo lo que hacían los consultores. Lo que nos viene a decir Thiel es que no solo se pueden reducir gastos reemplazando a la mano de obra cuyo trabajo puede ser sistematizado, sino también a los propios expertos en la consultoría de gestión. Su sector tiene los instrumentos adecuados para esa tarea.

Es un cambio de mentalidad sustancial, que afecta también a la gestión de lo público. Cada vez más las grandes y pequeñas tecnológicas están entrando en áreas en las que la experiencia humana resultaba fundamental para sustituirlas con soluciones informáticas que, en teoría, aportan más eficiencia. Desde la sanidad hasta la educación, pasando por múltiples áreas de administración, existe una intención expresa de ampliar el negocio aportando nuevos sistemas de gestión basados en algoritmos. Es un sector en crecimiento y que se espera explotar en los próximos años.

La sustitución de las élites señala, por tanto, una evolución dentro del sistema económico, y cómo nuevos jugadores tratan de desplazar a los existentes, o al menos de llevarse una parte significativa de su negocio. De eso ha ido la tecnología hasta ahora, que se ha apoyado en modelos de negocio que trataban de evitar toda regulación (Airbnb, Uber, las redes sociales). Esa es la causa de que impulsen sociedades más libertarias en lo económico que liberales, y eso define una parte importante del momento político."

(Esteban Hernández , El Confidencial, 13/01/25)

9/1/25

2025: ¿Hacia dónde vamos? Tecnofeudalismo, tecnocapitalismo, turbocapitalismo... auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas... un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba... Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo... del desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio... la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente... Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, pero permanecen inmutable dos factores, primero, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso, el Consenso del Silicon Valley... y segundo, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables no tienen ni informaciones simétricas, ni capacidades para revertir la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación... la nueva política económica se va a edificar sobre un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros... ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social (Carles Manera)

" Se habla de que entramos en una nueva era, en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia, dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente pero en peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las instituciones democráticas. Lo comentaba Andrea Rizzi, en un interesante artículo (“Guerras, desastres climáticos y magnates: los retos del año”, Ideas, 504, 5 de enero de 2025): este cambio de paradigma no sabemos cómo se va a dirimir, si en mesas de negociación o en campos de batalla. Nos adentramos en una fase, sea cual sea la denominación que le demos, de gran incertidumbre en un sentido preciso: el cuestionamiento del estado actual amparado por las democracias liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos como arma de dominación. Una regresión en toda regla.

Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (El capital ficticio, Ned Ediciones, Madrid, 2018; Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021. Ver un excelente comentario en Gemma Cairó-i-Céspedes, Revista de Economía Crítica, 33, 2022) y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de  rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por la propiedad del “capital en la nube”. Se trata de transformaciones profundas en la economía global, que afectan a su vez a la esfera financiera. Es la transición hacia una economía que conoce avances relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos políticos.

                Estos importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control social por la gran conexión de la población con las plataformas digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba, para Durand y Varoufakis.

Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo, concepto aportado por Edward Luttwak (Turbocapitalismo. Quiénes ganan y quiénes pierden en la globalización, Crítica, Barcelona, 2009), que se sintetiza así: el desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio. El turbocapitalismo arranca de los procesos des-regulatorios de los inicios de la era neoliberal, desde la década de 1980, que entierran el paradigma de la economía keynesiana que había funcionado de forma notable desde 1945/1950 hasta el estallido de las crisis energéticas de 1973 y 1979 y el proceso de estanflación. Las desregulaciones afectaron de manera remarcable al sistema financiero, alimentando además toda una constelación de productos derivados sustentados en una sofisticada ingeniería financiera –estimulada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación– que arrasó en Wall Street.

La obsesión por una libertad económica sin control alguno, con la premisa de que el problema económico central residía en el Estado y no en el mercado y que, por tanto, se debía recortar el gasto público –el social de forma preeminente; pero no el militar, como se demostró con el programa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”–, consagró las tesis más conservadoras en el pensamiento económico, con líneas específicas de actuación: privatización de empresas y servicios públicos, reducción de costos laborales unitarios tensionando los salarios a la baja, rechazo a las negociaciones sindicales, dominio de lo privado sobre lo público, rebajas impositivas a las franjas más ricas de la población. Consecuencias: déficits gemelos en la economía de Estados Unidos, comercial y presupuestario. Un fracaso.

                El enlace de ambos conceptos parece clave: la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente, según las investigaciones de Costas Lapavitsas (Beneficios sin producción, Traficantes de sueños, Madrid, 2016); y el brutal avance y consolidación de la microelectrónica digital, que aparentemente extiende posibilidades democráticas a la población, pero que acaba por ejercer un dominio aplastante sobre la misma al generar una dependencia directa de las plataformas, un empuje que se nutre de la expansión del capitalismo financiero. No estamos seguros de que, como dice Varoufakis, el capitalismo tal y como lo conocemos haya muerto; o, en expresión de Cairó-i-Céspedes, estemos ante un capitalismo senil. El sistema económico ha tenido y tiene capacidades innegables de mutación en coyunturas críticas, en etapas en las que muchos preconizaban su caída utilizando, entre otros indicadores, la evolución de la tasa de beneficio. Por el contrario, la fortaleza de esa senilidad es firme y, tal vez, el turbo sigue estando bien activo en los principales motores del crecimiento económico que nutre el sistema: las nuevas tecnologías emergentes con la Industria4.0.

Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, si nos remontamos a la época medieval. Pero lo que permanece inmutable son dos factores: en primer término, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso que complementa el ya conocido Consenso de Washington, y que es el Consenso del Silicon Valley; y, en segundo lugar, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables –ubicados en mercados libres– no tienen ni informaciones simétricas ni capacidades tangibles para revertir fenómenos como, por ejemplo, la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación. No apreciamos semejanzas extremas con el feudalismo. Y sí observamos procesos de transición que, también históricamente, han durado siglos: no se han dirimido en poco tiempo, como precisamente acaeció con el tránsito del feudalismo al capitalismo, un tema que generó un intenso debate económico e historiográfico.

Preocupantes incertidumbres

                Esta nueva forma del capitalismo, llamémosla como queramos, se presenta espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado, promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son numerosas. Sin embargo, podemos aventurar las tendencias posibles.

                En primer término, la nueva política económica que se va a edificar sobre preceptos de un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente. Los instrumentos, ya anunciados, son el incremento de los aranceles a productos asiáticos, europeos y canadienses bajo la premisa de reindustrializar un país, Estados Unidos, cuyas grandes empresas tienen ya intereses prioritarios en otras latitudes, tanto las del llamado “cinturón del óxido” como las de los distritos tecnológicos. La cerrazón comercial que se infiere de tales medidas proteccionistas pueden tener otras consecuencias, como el repunte de la inflación y, por consiguiente, la previsible actuación de la Reserva Federal subiendo tipos de interés –y ello impactará sobre el resto de bancos centrales–. Si a esto se suma las amenazas de expulsión de población inmigrante, el resultado no se augura positivo, ni social ni económicamente.

                En segundo lugar, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros. Las empresas que han financiado generosamente la campaña de Trump, tanto del espectro tecnológico como de las energías fósiles, van a exigir contrapartidas como, de hecho, ya está haciendo el principal adalid de todo esto, Elon Musk. Musk constituye el ejemplo de la irrupción de un personaje –hay otros– no elegido democráticamente, pero con una incidencia tremenda en la nueva administración por su poderío económico y su capacidad para generar informaciones falsas y distorsionadas. Volviendo al tema ambiental, ya en su primer mandato, Trump desautorizó las conclusiones de la Cumbre del Clima de París, donde se fijó el horizonte de incremento de 1,5 grados centígrados. Las críticas de sus nuevos nombramientos a la política de vacunaciones, del aborto y de la igualdad de oportunidades entre géneros y razas, constituyen otros vectores regresivos. Volvemos hacia atrás, en décadas.

                En tercer lugar, el diseño de otra geopolítica que permeabilice las relaciones con Rusia fortalezca la alianza con Israel, debilite la Unión Europea y la OTAN y se distancie de China, considerada la potencia emergente y un adversario a batir. Los conflictos vigentes –Ucrania, Gaza, Oriente Próximo– serán piedras de toque que deberán poner en guardia, especialmente, a los gobiernos europeos. Pero la crisis de la Unión Europea no invita al optimismo: Francia desencajada, Alemania con severas amenazas de triunfo de la extrema derecha y en recesión económica, posiciones dispares en el seno de diferentes socios comunitarios. Un caldo de cultivo para los desestabilizadores europeos, que pretenden un retorno a un neo-nacionalismo, desde las mismas entrañas de la Unión, con un neo-fascismo como reclamo central. Esto se vincula, a su vez, con el ataque reiterado a las coordenadas básicas –separación de poderes, elecciones libres, importancia del Estado del Bienestar– de las democracias liberales, desde posicionamientos que se engarzan con el anarco-capitalismo: ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social.

Frente a esto, sendos documentos tratan de poner ejes claros de actuación. El de Mario Draghi (véase https://equipoeuropa.org/informe-draghi-ue-competitiva/) propone un ambicioso plan de reindustrialización de la Unión, focalizado en los grandes retos económico-sociales que van desde la transición energética hasta la aplicación de nuevas tecnologías, inteligencia artificial y defensa. Se plantea una inversión que oscila entre 750 mil y 800 mil millones de euros anuales, si bien Draghi piensa que buena parte debieran provenir del sector privado. Por otra parte, el de Enrico Letta (véase: https://www.hablamosdeeuropa.es/es/Paginas/Noticias/El-Informe-Letta-el-futuro-del-mercado-%C3%BAnico-europeo-.aspx) sobre el mercado único plantea la necesidad de capturar los factores intangibles de la economía digital y los beneficios de la economía circular con el objetivo de encarar el cambio climático. Apoyar la transición verde y digital, la promoción de la paz y el respeto al Estado de Derecho, y el reforzamiento de un mercado único –con la apuesta por estimular el crecimiento en tamaño de las empresas– para crear empleo y facilitar la posibilidad de hacer negocios, son otros elementos que Letta aporta. Ambos textos son complementarios y su aplicación supondría tres consecuencias básicas:

  • La flexibilización de las reglas fiscales europeas, es decir, una visión más acorde con los planes de actuación que se desempeñaron con la COVID;
  • La apuesta clara por la inversión pública como palanca inicial para estimular el efecto multiplicador sobre la privada;
  • El reforzamiento de una gobernanza que supone establecer consensos entre formaciones con objetivos distintos.

No es fácil; pero probablemente sea esta una vía razonable de actuación, una hoja de ruta a seguir.

                En definitiva, tal y como señala Laura Camargo (Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global, Editorial Verbum, Madrid, 2024), Donald Trump ya está actuando, y va a actuar más, como catalizador clave de todo este nuevo relato reaccionario y retrógrado. Es, para Camargo, lo que denomina “trumpismo discursivo”, que ha redefinido la comunicación política contemporánea con la internacionalización de un estilo agresivo, simplista y provocador para escandalizar, polarizar y confundir. Una herramienta fundamental para ello son las redes sociales, en las que este tipo de relatos tienen predicamento por parte de las extremas derechas del mundo, en su defensa de nuevos regímenes de sello autoritario. La gran damnificada es la información veraz, habida cuenta que esas infraestructuras digitales tienen tras de si empresarios que alimentan la desinformación, como indica Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 2016). De ahí que resulte fundamental la calidad de la información más que la cantidad de la misma.

Conclusión

                Creemos que el capitalismo sigue siendo un sistema fuerte, con capacidad manifiesta de mutación, de adaptabilidad. El tecnofeudalismo, el turbocapitalismo son, a nuestro parecer, versiones que no particularizan al sistema, sino que son expresiones de su enorme capacidad de cambiar, a partir de la actuación de los agentes económicos, sociales y políticos. Las sombras de una posible crisis se proyectarán en función de los cisnes negros que puedan aparecer, o de las dislocaciones socio-económicas que generen los gobernantes histriónicos. En la coyuntura actual, los datos disponibles sobre beneficios empresariales son positivos, en el sentido de que la tasa de ganancia crece. Decimos esto porque este indicador, que es determinante, suele adoptarse como posible señal que aventura la posibilidad de una recesión, en caso de caídas graves de los beneficios. Acceder a datos sobre este asunto no suele ser sencillo. Para el caso de España, disponemos del Observatorio de Márgenes Empresariales (https://www.observatoriomargenes.es/wme/es/), con variables significativas desde 1994 sobre más de 800 mil empresas, procedentes de los registros mercantiles y depositadas en la Central de Balances del Banco de España. Para la primera mitad de 2024, las empresas españolas ostentaban un beneficio sobre ventas del 13,6% entre abril y junio, frente al 12,5% que se registró entre enero y marzo. La media esperada por la Agencia Tributaria se situaría entorno al 13,5%, tasa que supera la recogida para ejercicios pasados. Todo esto encaja con la evolución de la trayectoria económica española: un crecimiento del 3,1% en previsión de cierre para 2024; la creación de medio millón de nuevos empleos; una tasa de paro de poco más del 11%; y un cuadro macroeconómico agregado –déficit público, deuda pública– con cifras muy razonables.

                Las magnitudes sobre crecimiento económico en Estados Unidos infieren, igualmente, buenos resultados empresariales desde la óptica de la tasa de beneficio. Por ello, las medidas económicas que se piensan aplicar desde la administración Trump pueden inducir una recesión, forzándola, sin que existan causas que la justifiquen, más allá de las fobias ideológicas del presidente estadounidense y sus asesores. Nos adentramos, pues, en un futuro en el que el principio de incertidumbre, alimentado además por iniciativas de corte caótico desde una administración desballestada, va a estar más presente que nunca. E incidirá en todo el planeta. Tenemos ante esto una necesidad imperiosa de seguir analizando la evolución de la economía con rigor, perseverancia, altas dosis de paciencia y confianza en que el futuro depare, también, alguna esperanza."

(Carles Manera, Un. Illes Balears, Economistas frente a la crisis, 08/01/25)

24/7/24

Varoufakis: “Los señores tecnofeudales son la nueva clase dominante”... En este nuevo modo de extracción de valor, donde los dos pilares del capitalismo han sido marginados (el mercado es reemplazado por plataformas digitales y las ganancias por las rentas de la nube), la IA simplemente acelera el poder de los propietarios del capital de la nube

 "(...) —Yanis, ¿podrías resumir tu idea de economía tecnofeudal?

— El tecnofeudalismo fue introducido por el desarrollo de una nueva forma de capital que yo llamo “capital en la nube”. A diferencia del capital convencional (por ejemplo, redes eléctricas, tractores o robots industriales), que es un medio de producción producido, el capital en la nube es un medio producido para modificar nuestro comportamiento; por ejemplo, hacernos desear productos básicos que luego nos vende directamente (a través de Amazon o similares), evitando los mercados y, por lo tanto, permitiendo a los propietarios de este capital de la nube (por ejemplo, personas como Jess Bezos) extraer rentas gigantescas de la nube de vendedores y compradores.

— ¿Y qué papel juega en esa transformación del capitalismo específicamente la inteligencia artificial?

— En este nuevo modo de extracción de valor, donde los dos pilares del capitalismo han sido marginados (el mercado es reemplazado por plataformas digitales y las ganancias por las rentas de la nube), la IA simplemente acelera el poder de los propietarios del capital de la nube. Ellos son los señores tecnofeudales de nuestra era o, como yo los llamo, nuestra nueva clase dominante nubalista."               (Varoufakis, Other News, 08/07/24)

5/6/24

Ceder datos personales a los partidos: lo que Meta admite que pretendía hacer con Facebook e Instagram

 "Se presentan como herramientas electorales para ayudar al usuario a formarse una opinión antes de votar, obtener información veraz o auxiliarle a discernir entre bulos o información engañosa. Las herramientas que Meta pretendía poner en marcha en Facebook e Instagram con motivo de las elecciones europeas se presentaban con ese fin, pero la sospecha es que los datos facilitados sirvan para recabar datos idóneos para revelar las orientaciones políticas de los usuarios de ambas redes sociales. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) se sumó el viernes a las investigaciones abiertas por la Comisión Europea e Italia y prohibió a la compañía de Mark Zuckerberg poner en marcha esas funcionalidades electorales para el 9J. Meta ya admitió en la investigación italiana en 2022 que entre los socios a los que podría ceder esos datos estaban los partidos políticos, una actividad prohibida en España.

Las aplicaciones vetadas cautelarmente en España desde el viernes y por los próximos 15 días son Election Day Information (EDI) y Voter Information Unit (VIU). La primera ya estuvo en marcha en Facebook e Instagram en las elecciones al Parlamento italiano del 25 de septiembre de 2022. Su finalidad, según transmitió Meta a los medios de ese país, era proporcionar información sobre los comicios, combatir las interferencias y eliminar contenidos que disuadieran de votar. La investigación italiana del Garante della Privacy –equivalente a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) ese país– explica que se trataba de recordatorios electorales que redirigían a la sede del Ministerio del Interior italiano (con el que Meta no había firmado ningún acuerdo previo) para “encontrar información confiable sobre las elecciones”. Según la reciente resolución de la AEPD, VIU tendría una finalidad similar.

Sin embargo, la propia Meta reconoció a la autoridad italiana que los datos recabados mediante esas aplicaciones podrían ser agregados y compartidos “con terceros como socios de investigación, el mundo académico, socios gubernamentales”, pero también con “comités electorales”, entendiéndose por esto último los organismos de los partidos que se encargan de coordinar las campañas electorales. Según la autoridad de protección de datos italiana, la utilidad de Facebook e Instagram, implicó la recopilación de datos de los usuarios sobre su posición geográfica, su edad, el dispositivo que utilizaban para acceder a esas redes y las interacciones con esa plataforma. Y todo ello sin que los usuarios “hubieran recibido información sobre dicho tratamiento” ni dado su permiso p ara el uso de sus datos para esos fines.

“Se observa una contradicción enorme entre el propósito filantrópico-social declarado por Meta y la recopilación de datos de ciudadanos dentro de un contexto electoral”, escribió el Garante en su resolución del 21 de diciembre de 2022, en la que tomó una medida análoga a la adoptada ahora por la Agencia Española de Protección de Datos. “Se puede deducir que la finalidad de Meta no se limita a facilitar el recordatorio a medida que se acerca la fecha de la votación para ayudar a proporcionar una información correcta a los ciudadanos”, sino “una recogida de los datos provenientes de las interacciones [con EDI], su almacenamiento, un posterior proceso de agregación y la posible comunicación de los datos a terceros”.

Interés público, finalidad comercial

El acuerdo de medida provisional de la AEPD del pasado viernes recurre a argumentos similares al rechazar que la compañía de Zuckerberg pueda recabar de sus usuarios en España ese tipo de datos. Recuerda que Meta es una entidad privada con una finalidad comercial “cuya actividad principal consiste en proporcionar una plataforma de red social que se financia mediante la venta de espacios publicitarios fundamentalmente vinculada a la elaboración de perfiles de los usuarios”. Y luego añade: “La celebración de elecciones democráticas (…) y el derecho de voto constituyen un interés público incompatible con el carácter comercial de la sociedad”. Es decir, que el tratamiento de datos personales de sus usuarios obtenido en período electoral, ese “interés público”, es incompatible con la finalidad del contrato que tiene con ellos, que es privada.

El organismo de control español, como el italiano, se queja de la falta de colaboración de la dueña de Facebook e Instagram que, al responder al cuestionario que se le envió, no fue suficientemente exhaustiva. “Los datos se utilizan con la finalidad de agregarlos y cederlos a terceros”, indica la AEPD, que subraya que Meta no informa del proceso de agregación, “por lo que se desconoce si (…) permite la identificación de los usuarios”. La compañía tenía previsto lanzar EDI y VIU del 30 de mayo al 9 de junio, es decir, coincidiendo con los últimos días de la campaña electoral, la jornada de reflexión y el día de la votación. A diferencia de la agencia italiana, la española ha rechazado hacer públicos más datos de la respuesta de la tecnológica, con sede en Irlanda, a sus preguntas.

Un portavoz de Meta aseguró a la publicación tecnológica TechCrunch que sus herramientas electorales han sido “expresamente diseñadas para respetar la intimidad de los usuarios y cumplir con el Reglamento de Servicios Digitales”. También señaló que aunque la compañía esté en desacuerdo con el procedimiento español, ha colaborado con la AEPD con su petición de información. Facebook e Instagram son las dos redes más usadas en España con más de 30 millones de usuarios únicos mensuales cada una. Las dos plataformas cuentan con más de 250 millones de usuarios a nivel europeo.

Prohibidos los perfiles ideológicos

“El Tribunal Constitucional ya prohibió en 2019 que los partidos pudieran recopilar datos sobre las opiniones políticas de los ciudadanos para crear perfiles ideológicos”, recuerda el abogado y profesor especialista en Estrategia y Comunicación Digital Borja Adsuara, uno de los promotores del recurso de inconstitucionalidad presentado por el Defensor del Pueblo que dio lugar a la sentencia del alto tribunal. Esa posibilidad, declarada inconstitucional, fue introducida en Ley Orgánica de Régimen Electoral General en diciembre de 2018 con el apoyo de todos los partidos. El precepto ahora anulado permitía “la recopilación de datos personales relativos a las opiniones políticas de las personas que lleven a cabo los partidos políticos en el marco de sus actividades electorales”. El TC consideró que vulneraba el derecho fundamental a la protección de datos personales.

A ambas investigaciones nacionales, se suma el procedimiento contra Meta abierto por la Comisión Europea el pasado 30 de abril. El Ejecutivo comunitario lo abrió formalmente al considerar insuficiente el informe de evaluación de riesgos que reclamó a la compañía sobre los mecanismos con los que cuenta para luchar contra contenidos ilegales, desinformación, acceso a datos personales o el uso de inteligencia artificial generativa, a través de la cual se crean los deepfakes de fotos, imágenes y noticias falsas. La Comisión reprocha a ambas redes sociales que carezcan de una herramienta que garantice el seguimiento electoral y el discurso cívico en las elecciones europeas y en las de otros Estados miembros.

El Reglamento de Servicios Digitales impone a los grandes operadores de internet obligaciones sobre el control de sus contenidos. “Hoy hemos abierto un caso contra Meta por presunta vulneración de las obligaciones que le impone el reglamento para proteger la integridad de las elecciones”, escribió en X (antiguo Twitter) el comisario de Mercado Interior Thierry Breton. “La inadecuada moderación de publicidad se aprovecha para interferencias extranjeras y estafas”, añadió refiriéndose implícitamente a los ciberataques de Rusia. “El acceso a los datos es inadecuado para monitorear las elecciones; su herramienta para marcar el contenido ilegal no cumple la legalidad”."                (Manuel Altozano, InfoLibre, 04/06/24)

24/1/24

Las consecuencias de los monopolios intelectuales... ¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia un «tecnofeudalismo»?

 "¿Capitalismo a la antigua? Las consecuencias de los monopolios intelectuales

¿Hacia qué tipo de economía nos dirigimos? ¿Está experimentando el capitalismo una transformación cualitativa hacia lo que Cédric Durand ha denominado «tecnofeudalismo»? La economista Cecilia Rikap aborda estas cuestiones desde una nueva perspectiva, centrándose específicamente en las relaciones de producción en el seno de los gigantes del sector digital.

 ¿Qué tipo de régimen de acumulación se está configurando hoy en día? Los rasgos distintivos de la economía atlántica contemporánea -estancamiento prolongado, producción globalizada, financiarización, redistribución ascendente de la riqueza, revolución digital en curso- han dado lugar a diversas respuestas.

En Techno-feudalism, Cédric Durand sostiene que se está produciendo una mutación cualitativa del capitalismo en su frontera digital, en la que la depredación se está convirtiendo en la principal modalidad para extraer beneficios, como en el caso de las rentas o los monopolios resultantes de decisiones políticas. Ve una analogía con las relaciones feudales de expropiación, que difiere de la restricción económica de «acumular innovando» típica de la explotación capitalista.

Evgeny Morozov se ha opuesto a esta tesis formulando una serie de críticas a los intentos, tanto de derechas como de izquierdas, de entender la evolución actual, en el sector digital o más ampliamente, por referencia a la época feudal. El capitalismo», insiste, «se mueve en la dirección en la que siempre se ha movido; está aprovechando todos los recursos que es capaz de movilizar, y con mayor gusto porque son más baratos». Dado que el capital siempre se ha basado, hasta cierto punto, en métodos extraeconómicos de acumulación, no es necesario, para comprender su dinámica contemporánea, desarrollar conceptos innovadores -o incluso no tan innovadores[1].

¿Estamos asistiendo a un desplazamiento hacia formas no capitalistas, al advenimiento de un nuevo modo de producción? ¿O, como afirma Morozov, estamos sólo ante los últimos avatares del capitalismo de viejo cuño?

Nos proponemos contribuir a estos debates centrándonos en un elemento clave del paisaje contemporáneo: las nuevas relaciones de producción vigentes en el sector digital, que el economista italiano Ugo Pagano ha denominado «capitalismo monopolista intelectual»[2]. Los gigantes de la economía digital, tanto estadounidenses -Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft- como chinos -Baidu, Alibaba, Tencent, Huawei- están a la vanguardia de estos cambios, aunque puedan identificarse tendencias similares en otras industrias. A pesar del golpe asestado a sus acciones a finales de 2022 por el fin de las políticas de flexibilización cuantitativa, los gigantes tecnológicos siguen siendo actores dominantes en el escenario del siglo XXI.

De hecho, es sorprendente observar que las empresas que tanto han prosperado en 2022 -ya sean los gigantes del petróleo (Big Oil), los gigantes farmacéuticos (Big Pharma) o los gigantes tecnológicos (Big Tech)- tienen una cosa en común: ejercen un poder de monopolio sobre otras empresas. Su diferencia radica en la naturaleza de lo que controlan -de lo que privan a los demás-, lo que tiene importantes implicaciones: los que monopolizan sistemáticamente el conocimiento y los datos ejercen un poder global de exclusión que los hace aún más resistentes.

A continuación examinaremos la novedad del poder monopolístico de los gigantes tecnológicos, los factores que lo originan y los mecanismos utilizados para consolidarlo. Me centraré en particular en Microsoft, que está codo con codo con Apple y Aramco en el podio de las tres mayores empresas del mundo en términos de capitalización bursátil.

El monopolio como relación de poder

La propiedad privada es una relación entre los que tienen y los que no tienen, a los que se priva de lo que necesitan. Como tal, la propiedad privada es la forma más general de monopolización en el capitalismo. Por lo tanto, los derechos de propiedad deben entenderse, no simplemente en términos de sujeto y objeto de propiedad, sino como una relación social. Como escribe David Graeber, pueden reducirse a «acuerdos o compromisos hechos por personas sobre cosas» -por «personas» podemos entender individuos, pero también colectivos, clases o empresas. En esta relación desigual, una de las partes puede ser la inmensa mayoría de la sociedad.

Desde este punto de vista, el monopolio, como relación de poder, incluye tanto a los que se benefician como a los que se ven privados de lo monopolizado. Esta es la concepción que se encuentra en el Estatuto de Monopolios inglés de 1623,[3] que abolió la concesión de monopolios debido a los «grandes agravios e inconvenientes» que infligían a los súbditos de Jacobo I. Estos «agravios» consistían en que los monopolios no se concedían a los súbditos. Estos «agravios» consistían en restricciones a la libertad de comprar (lo que se conoce como «monopsonio») o vender (la definición convencional de «monopolio»). Como Edward Coke, fiscal general del rey Jaime, se esforzó en señalar, la capacidad de dominar la fabricación, explotación o uso de una cosa también constituía un monopolio[4].

Como ha puesto de relieve la literatura reciente sobre el tema, el poder de monopolio no puede reducirse a un fenómeno de mercado; los sistemas jurídicos desempeñan un papel crucial en este sentido[5]. Sin embargo, también es crucial destacar los efectos de la monopolización como relación de poder. Esta fue una de las principales preocupaciones de los teóricos del «capital monopolista», que en la década de 1960 describieron una nueva etapa del desarrollo capitalista caracterizada por la existencia de gigantescas corporaciones, como General Electric, con suficiente poder de mercado para fijar los precios. El capitalismo, según la definición de Paul Sweezy, se produce «mediante la constitución, por un lado, de una clase de trabajadores sin propiedad y, por otro, de una clase capitalista de propietarios»[6]. Estos son los dos polos de una relación basada en el monopolio de los medios de producción por parte de los capitalistas, verdadera condición de posibilidad de la explotación de los trabajadores y de la apropiación del valor que crean.

Los medios de producción son heterogéneos, de modo que a la del capital sobre el trabajo pueden superponerse otras relaciones definidas por el poder del monopolio. Las particularidades de ciertas industrias, en términos de tamaño mínimo de la explotación o, más generalmente, de economías de escala, son capaces de crear monopolios naturales. La monopolización también puede referirse a un recurso, como es el caso de las empresas que monopolizan los combustibles fósiles -pensemos en Aramco y Exxon Mobil- en detrimento de quienes dependen de ellos. 

Los Estados modernos también son capaces de crear formas de relaciones monopolísticas, como las basadas en los derechos de propiedad intelectual (DPI).
La especificidad de este último tipo de monopolio, que se refiere a la propiedad intelectual, es doble. En principio, es posible que varios individuos hagan uso simultáneo de un mismo conocimiento sin privar a nadie más de él -mejor aún, se trata de una forma de multiplicar sus beneficios, como en el caso de la alfabetización universal- y sin que este uso esté circunscrito espacialmente. 

De este modo, la propiedad privada, cuando se refiere al conocimiento, genera un monopolio global sobre todas las aplicaciones que de él se derivan. Se producirá entonces una diferenciación estructural en la capacidad de las empresas para absorber nuevos conocimientos y aprender de ellos, de modo que las que se encuentren en la vanguardia del conocimiento concentrarán las mejores oportunidades de innovación futura. En segundo lugar, dado que el conocimiento interviene en todos los procesos de producción, es probable que se monopolice en cualquier sector o industria de la economía. (...)"

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12/1/24

Cómo los 'visionarios' de Silicon Valley priorizan las ganancias sobre el verdadero progreso tecnológico... se benefician de una mitología común que eleva su estatus. Ese mito es la creencia de que los “visionarios” ejecutivos que dirigen grandes corporaciones son los motores que impulsan avances esenciales demasiado ambiciosos o futuristas para las instituciones públicas, más lentas... Sin embargo, en realidad, la mayoría de los componentes tecnológicos modernos –como las baterías de los automóviles, los cohetes espaciales, Internet, los teléfonos inteligentes y el GPS– surgieron de investigaciones financiadas con fondos públicos. No fueron el trabajo inspirado de los amos corporativos del universo... el afán de lucro que se observa en Silicon Valley (y más allá) frecuentemente impide la innovación en lugar de mejorarla... Las “instituciones de conocimiento abierto” y las cooperativas de plataformas se centran en la innovación para el bien colectivo más que para la gloria individual (John Pilger)

 "La innovación tecnológica de las últimas dos décadas ha traído fama y enorme riqueza a personas como Elon Musk, Steve Jobs, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos. A menudo festejados como genios, son los rostros detrás de los dispositivos y medios de los que muchos de nosotros dependemos. A veces son controvertidos. A veces se critica el nivel de su influencia.

 Pero también se benefician de una mitología común que eleva su estatus. Ese mito es la creencia de que los “visionarios” ejecutivos que dirigen grandes corporaciones son los motores que impulsan avances esenciales demasiado ambiciosos o futuristas para las instituciones públicas lentas.

 Porque hay muchos que consideran que el sector privado está mucho mejor equipado que el sector público para resolver desafíos importantes. Vemos esa ideología plasmada en empresas como OpenAI. Esta exitosa empresa se fundó con la premisa de que, si bien la inteligencia artificial tiene demasiadas consecuencias como para dejarla en manos de las corporaciones, el sector público es simplemente incapaz de seguir el ritmo.

 El enfoque está vinculado a una filosofía política que defiende la idea de que los empresarios pioneros sean figuras que hagan avanzar la civilización a través de pura brillantez y determinación individuales. Sin embargo, en realidad, la mayoría de los componentes tecnológicos modernos –como las baterías de los automóviles, los cohetes espaciales, Internet, los teléfonos inteligentes y el GPS– surgieron de investigaciones financiadas con fondos públicos. No fueron el trabajo inspirado de los amos corporativos del universo.

 Y mi trabajo sugiere una desconexión adicional: que el afán de lucro que se observa en Silicon Valley (y más allá) frecuentemente impide la innovación en lugar de mejorarla. Por ejemplo, los intentos de sacar provecho de la vacuna COVID tuvieron un impacto perjudicial en el acceso global al medicamento. O considere cómo las recientes incursiones en el turismo espacial parecen priorizar las experiencias de personas extremadamente ricas sobre misiones menos lucrativas pero de mayor valor científico.

  En términos más generales, la sed de ganancias significa que las restricciones a la propiedad intelectual tienden a restringir la colaboración entre (e incluso dentro) de las empresas. También hay evidencia de que las demandas a corto plazo de los accionistas distorsionan la innovación real en favor de la recompensa financiera.

  Permitir que ejecutivos centrados en las ganancias establezcan agendas tecnológicas también puede generar costos públicos. Es costoso lidiar con los peligrosos desechos de la órbita terrestre baja causados por el turismo espacial, o con las complejas negociaciones regulatorias involucradas en la protección de los derechos humanos en torno a la IA.

 Por tanto, existe una clara tensión entre las demandas de ganancias y el progreso tecnológico a largo plazo. Y esto explica en parte por qué importantes innovaciones históricas surgieron de instituciones del sector público que están relativamente aisladas de las presiones financieras de corto plazo. Las fuerzas del mercado por sí solas rara vez logran avances transformadores como los programas espaciales o la creación de Internet.

 El dominio corporativo excesivo tiene otros efectos de atenuación. Los científicos investigadores parecen dedicar un tiempo valioso a buscar financiación influenciada por intereses comerciales. También están cada vez más incentivados a ingresar al rentable sector privado. Aquí los talentos de esos científicos e ingenieros pueden dirigirse a ayudar a los anunciantes a mantener mejor nuestra atención. O se les puede encomendar la tarea de encontrar formas para que las corporaciones ganen más dinero con nuestros datos personales.

 Es menos probable que los proyectos que podrían abordar el cambio climático, la salud pública o la desigualdad global sean el centro de atención. Asimismo, las investigaciones sugieren que los laboratorios universitarios están avanzando hacia un modelo de “ciencia con fines de lucro” a través de asociaciones industriales. 

 Destino digital

 Pero la verdadera innovación científica necesita instituciones y personas guiadas por principios que van más allá de los incentivos financieros. Y afortunadamente hay lugares que los apoyan. Las “instituciones de conocimiento abierto” y las cooperativas de plataformas se centran en la innovación para el bien colectivo más que para la gloria individual. Los gobiernos podrían hacer mucho más para apoyar e invertir en este tipo de organizaciones.

 Si lo hacen, en las próximas décadas se podrían desarrollar ecosistemas de innovación más saludables que vayan más allá de las corporaciones y su gobierno ejecutivo. Crearían un ambiente de cooperación en lugar de competencia, para un beneficio social genuino.

 Todavía habrá un lugar para el peculiar “genio” de Musk y Zuckerberg y sus colegas multimillonarios de Silicon Valley. Pero confiar en sus infladas corporaciones para diseñar y dominar la innovación tecnológica es un error.

 Para un verdadero descubrimiento y progreso no se puede confiar en las mentes y motivos de unos pocos hombres famosos. Implica invertir en instituciones arraigadas en la democracia y la sostenibilidad, no sólo porque es más ético, sino porque, a largo plazo, será mucho más eficaz."

( Peter Bloom, profesor de Gestión, Universidad de Essex, Brave New Europe, 01/01/24)

1/11/23

El crédito social chino desde el punto de vista chino

 "Desde el principio de su primer mandato como Secretario General del Partido Comunista de China, Xi Jinping prestó gran atención a la cuestión de la legalidad, abogando por la unidad dialéctica entre el proceso de reforma integral y el fortalecimiento del Estado de Derecho, una visión cuyos reflejos pueden verse en la lucha contra la corrupción, el fortalecimiento de la disciplina y los esfuerzos por regular el mundo digital. Pocos meses después de ser elegido Secretario General, en su intervención en una sesión de estudio del Buró Político, afirmó cómo "la construcción de una sociedad moderadamente próspera en todos sus aspectos [había] hecho más fuerte la necesidad de un gobierno de derecho", lo que hacía necesario lograr "una legislación más científica, una aplicación más estricta de la ley, un poder judicial más justo y una mayor observancia de la ley por parte de todos los ciudadanos" y promover "un control, un gobierno y una administración del Estado basados en la ley, [. ... un Estado, un gobierno y una sociedad basados en el Derecho, para crear una nueva situación de Estado de Derecho"[1]. 

La defensa de los ciudadanos frente a los funcionarios arbitrarios y abusivos, el poder de los sobornos y la incertidumbre de la ley no codificada se calificaron como partes integrantes de la prosperidad común que el Partido Comunista de China se propuso construir, pero al mismo tiempo el desarrollo del principio de legalidad también apoyaría "el sólido desarrollo económico y social de nuestro país y [abriría] espacios más amplios para el desarrollo del socialismo con características chinas".

El proceso de construcción prosiguió con crecientes esfuerzos para profesionalizar a los funcionarios de la judicatura, policías, abogados y magistrados, a los que se garantizaban oportunidades profesionales basadas en el mérito y la competencia. En 2021 entró en vigor el primer Código Civil de la historia de China, resultado de la reducción a un sistema coherente del complejo bizantino de normas que regulaban las relaciones entre particulares, y ese mismo año se lanzó el Plan para la Construcción del Estado de Derecho en China (2020-2025)[3], el primero de una serie de documentos normativos, concebidos para durar hasta 2035, que contienen las directrices fundamentales y los principios constitutivos del Estado de Derecho socialista con características chinas.

 Esto último incluye el uso simultáneo de la virtud y la ley para la gobernanza de la sociedad, un concepto ya expresado en 2014 por Xi Jinping en un artículo de la revista teórica Qiushi y específico de la cultura tradicional china: "La ley es la virtud confiada a la escritura, mientras que la virtud es la ley escrita en el corazón de las personas. [...] Al gobernar nuestro país y nuestra sociedad, debemos hacer hincapié tanto en la ley como en la virtud[4], valorando la función normativa de la ley y dando importancia a los efectos elevadores de la virtud, de modo que la virtud y la ley se complementen mutuamente. [...] A medida que avanzamos hacia la gobernanza del país basada en la ley, debemos dedicar gran energía a promover los valores centrales socialistas, fomentar las virtudes tradicionales chinas, cultivar la moralidad pública, la ética laboral, los valores familiares y la moralidad individual, fortalecer la integridad moral del pueblo chino y crear un entorno positivo para la gobernanza del país basada en la ley.

Entre los instrumentos desarrollados para promover el cumplimiento de la ley y la difusión de la moralidad se encuentra lo que se conoce como "sistema de crédito social". Este nombre evoca en Occidente la idea de un sistema de vigilancia totalitario y tecnodistópico, en el que cada ciudadano está vinculado a su "puntuación" para acceder a los servicios más básicos, y con el eterno temor de ser "hecho desaparecer" por una frase mal dicha en las redes sociales o un comentario fuera de lugar escuchado por un sistema de vigilancia orwelliano. Todo esto es sencillamente falso, tan alejado de la realidad como podría estarlo una novela de ciencia ficción. Y para desmentir esta narrativa no hace falta recurrir a herramientas especiales: gran parte de la documentación oficial sobre el asunto es pública y está disponible en inglés, hay miles de artículos en los medios de comunicación chinos dedicados al tema y análisis detallados realizados incluso por observadores occidentales. Todo esto cuenta una historia muy diferente.

El "crédito social" existe realmente: este término se refiere a una multiplicidad de proyectos y políticas dirigidos principalmente al mundo empresarial para evaluar su solvencia y el cumplimiento de las leyes. El chino ????, traducido comúnmente como "crédito social", se compone de ??, "xinyong", que significa "crédito", en el sentido de confianza, estima, prestigio, y ??, "Shèhuì", "social", referido a la sociedad. Por tanto, una traducción conceptualmente mejor en italiano sería "confianza pública". Se refiere a la situación de las personas físicas, jurídicas o asociaciones sin personalidad jurídica con respecto a las exigencias de la ley y las obligaciones contractuales en las actividades sociales y económicas[6], pero también, de forma más genérica, a la honradez y honestidad de las personas físicas y jurídicas. Sus orígenes se remontan a la década de 1990, cuando, con el fin de garantizar el acceso al crédito de amplias capas de la población, se crearon los primeros sistemas de seguimiento y evaluación de las actividades financieras de los ciudadanos, especialmente necesarios en las zonas rurales, donde la escasez de documentación dificultaba el desarrollo del sistema bancario y, en consecuencia, de la iniciativa empresarial.

Siguiendo el ejemplo de estructuras de evaluación crediticia establecidas como la FICO estadounidense o la Schufa alemana, en 2007 se sentaron las primeras bases para la construcción de un sistema de ámbito nacional, cuyo alcance se amplió en 2011 bajo el liderazgo de Hu Jintao para abarcar la supervisión integral de las normativas gubernamentales, desde la seguridad laboral hasta las normas medioambientales. En línea con este concepto y como parte del esfuerzo general por construir una sociedad y un gobierno basados en la ley, el 14 de junio de 2014, el Consejo de Estado publicó un plan para el desarrollo del "crédito social" para los años 2014-2020[7], definido como un sistema construido conjuntamente por el Gobierno y la sociedad para complementar el sistema legal, como apoyo para su desarrollo y plena aplicación, dirigido no solo a promover la recopilación y el intercambio de datos financieros, sino también a construir un entorno de confianza en el país.

Para ello, se adoptaron disposiciones para aumentar la transparencia de las empresas y los organismos públicos e introducir sistemas de evaluación de la honradez y el cumplimiento en los ámbitos de la fabricación, el transporte, el comercio digital, la fiscalidad, las profesiones sanitarias, la protección de la propiedad intelectual, la protección de los derechos de los trabajadores, la protección del medio ambiente y la conservación de la energía.  Según el XVIII Congreso del Partido, estas evaluaciones "recompensarían la honestidad y castigarían la deshonestidad", y comenzarían con 43 ciudades piloto.

En la misma línea, el Banco Popular de China autorizó en 2015 a ocho empresas a desarrollar programas piloto de evaluación de la solvencia. Entre ellas, la más conocida es sin duda "Zhima Xinyong"[8], promovida por Ant Group[9], la división de servicios financieros del gigante Alibaba. En él no se preveían consecuencias negativas por incumplimiento, sino programas de descuentos e incentivos por conductas "de confianza", a los que la empresa vinculaba también el uso de otros servicios relacionados con ella misma, creando un conflicto de intereses que le costó la posibilidad de ampliar el alcance de su estructura, que quedó vinculada únicamente a los servicios de Ant Group[10]. 

Del mismo modo, ninguno de los otros proyectos piloto recibió una respuesta especialmente positiva por parte de las instituciones, que se centraron en la plataforma "Credit China"[11], gestionada por el Banco Popular de China y la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma e inicialmente destinada únicamente a compartir los datos fiscales y judiciales de las empresas, como el cumplimiento de las sentencias judiciales y el pago de impuestos[12].

En diciembre de 2016, el Consejo de Estado publicó directrices nacionales dirigidas a provincias, municipios y diversos gobiernos locales para construir un sistema de seguimiento de la integridad personal[13] demostrada en áreas económicas y sociales clave, para "promover enérgicamente una cultura de integridad"[14], incluso a través de los medios de comunicación y la difusión de ejemplos positivos, aprovechando para ello aniversarios, días festivos, campañas en escuelas y universidades. El documento también pedía la promoción de mecanismos de recompensa a la integridad y de castigo a los comportamientos deshonestos, garantizando servicios subvencionados a personas y empresas de conducta irreprochable y reforzando los controles y las medidas disciplinarias contra quienes se hubieran distinguido negativamente por violar leyes y disposiciones públicas. 

Los mecanismos de recompensa y castigo, a pesar de lo que describen las narrativas más fantasiosas, no crean nuevas normas, sino que simplemente garantizan y promueven el cumplimiento de las leyes existentes y la puesta en común entre los diversos organismos de los datos pertinentes, facilitando los procedimientos burocráticos para aquellos que han demostrado ser dignos de confianza y aumentando el escrutinio de aquellos que han sido culpables de conductas perjudiciales para el público o las instituciones.

Un aspecto importante sigue siendo la recogida y puesta en común de datos entre las distintas agencias y organismos administrativos, lo que resulta muy difícil dada la complejidad del aparato estatal y el tamaño del país. La necesidad de evitar que, como ocurrió muchas veces en el pasado, empresas o individuos endeudados, culpables de fraude o de infracciones de la normativa sobre seguridad alimentaria, laboral o medioambiental, pudieran simplemente huir unos miles de kilómetros para continuar sus actividades, aprovechando el anonimato que garantizaban la distancia y el aparato público aún rudimentario[15], ya había dado lugar al desarrollo de herramientas de seguimiento como el código alfanumérico de dieciocho cifras asociado a cada ciudadano y transcrito en su documento de identidad con funciones similares al código fiscal italiano o al número de la seguridad social estadounidense y, al igual que el número de IVA, vinculado a cada empresa y a sus documentos de "crédito social". 

Éstas se componen de la integración de varias informaciones, como permisos y sanciones administrativas, una lista de irregularidades detectadas y menciones en "listas rojas" y "listas negras": las primeras contienen menciones por conductas meritorias recibidas en los distintos ámbitos, las segundas menciones por infracciones graves de la integridad profesional y de las disposiciones legales. Existen listas negras y rojas para numerosos campos, y una empresa adscrita a ellas puede recibir recompensas o sanciones de diversa índole, que también pueden extenderse a directivos y representantes legales.

Muchas ciudades y provincias han empezado a experimentar con formas separadas y distintas de "crédito social", adaptando las directrices nacionales a la realidad local y sus cambios. El estudio de algunos casos nos permite comprender mejor la realidad del "crédito social" a partir de los hechos. Para ello es muy útil la investigación del instituto alemán MERICS, Mercator Institute for Chinese Studies, uno de los centros de estudios más autorizados a nivel europeo, basada en el análisis de 1456 documentos publicados por las autoridades nacionales y provinciales entre 2003 y 2020, y recuperados de los archivos del Consejo de Estado y de Credit China.

En primer lugar, los datos confirman el carácter económico de los distintos programas y su extensión a una parte extremadamente reducida de la población: el 73,3% de las menciones de los documentos se refieren a empresas, extranjeras o nacionales, el 13,3% a organismos públicos y sólo el 10,3% a particulares[16]. En el caso de estos últimos, se trata sobre todo del reembolso de deudas, en particular como representantes legales de empresas insolventes o en caso de quiebra. Globalmente, las sanciones sólo se aplican a una parte muy pequeña de los implicados, por término medio entre el 1% y el 2% de las empresas y entre el 0,15% y el 0,30% de los particulares cada año[17], y, de conformidad con el artículo 41 de la Ley de Sanciones Administrativas[18], se aplican tras una revisión humana de los datos recogidos digitalmente, sin ninguna automatización de los procesos legales y sancionadores. El uso de recompensas y castigos también es diverso, y su alcance cuantitativo varía entre ciudades y provincias; por ejemplo, la ciudad de Wuhan ha desarrollado más mecanismos de incentivos, mientras que el distrito de Pudong, en Shanghái, ha dado preponderancia a las "listas negras", describiendo numerosos motivos para su inclusión.

De las 43 ciudades piloto, en 2019 se seleccionaron 28 "ciudades modelo" como campo de pruebas para proyectos con posible implantación nacional. Cada una de ellas mantiene hasta decenas de pares de listas diferentes relacionadas con distintos sectores. Entre el 70% y el 90% de las personas mencionadas en las listas negras son contumaces o personas que, teniendo capacidad económica, se han negado a pagar multas administrativas o a saldar deudas[19]. Los mencionados en las listas tienen características menos homogéneas según las ciudades. Por ejemplo, en Rongcheng figuran principalmente por conducta fiscalmente intachable, mientras que los méritos en el cumplimiento de la normativa de seguridad alimentaria son los más mencionados en Puntian.

Los sistemas de incentivos y sanciones utilizados para promover la confianza pública se han descrito a menudo en Occidente como instrumentos liberticidas. Una comparación de los primeros documentos fundacionales de los sistemas más completos a nivel local, los de las provincias de Hebei, Hubei y Zhejiang y el municipio de Shanghai[20] permite comprender su verdadera naturaleza. Los sistemas esbozados implican la recopilación de información de carácter principalmente judicial, como sentencias por impago de impuestos, multas y tasas, soborno y fraude, incumplimiento de actos administrativos, negativa a presentar la documentación requerida, prácticas de mercado ilegales e incumplimiento de la normativa determinada por ley. Las sanciones por mala conducta incluyen mayores controles sobre las actividades de las empresas, un acceso más difícil al crédito y a los proyectos públicos, y la revocación de participaciones en programas subvencionados por el Estado, en el entendimiento de que la conducta deshonesta difícilmente puede limitarse a un único aspecto de las actividades de una persona. También pueden aplicarse por orden judicial restricciones a la capacidad de gasto de las personas físicas y jurídicas que, siempre que tengan capacidad económica, se nieguen a cumplir el saldo de sus deudas con la administración pública u otras entidades.

Según las disposiciones del Tribunal Popular Supremo emitidas en julio de 2015[21], a los individuos declarados culpables de esto se les pueden prohibir los gastos suntuarios, desde la compra de nuevos inmuebles hasta la adquisición de coches de recreo, desde alojarse en hoteles ricos hasta viajar en primera clase en tren o avión, basándose en el principio de que si uno no tiene dinero para pagar a sus empleados o los impuestos al Estado, tampoco lo tiene para disfrutar de privilegios y comodidades. Los individuos definidos como "gravemente deshonestos", es decir, condenados por amenazar la salud pública, incurrir en prácticas de manipulación del mercado especialmente atroces o incumplir compromisos en materia de defensa, son objeto de sanciones adicionales, como importantes restricciones a las oportunidades de inversión en determinados sectores y a la participación en licitaciones públicas, la prohibición de ocupar determinados cargos o de optar a ayudas financieras u otras ayudas públicas. Los mecanismos de incentivo incluyen, por otro lado, un trato prioritario para los trámites administrativos, un acceso más fácil al crédito y a la contratación pública, una menor frecuencia de las inspecciones, desgravaciones fiscales y honores públicos.

En relación con las directrices del Consejo de Estado de 2016, en varias localidades se han desarrollado sistemas para fomentar el desarrollo de una sociedad honesta dirigidos específicamente a los ciudadanos. Estos son estrictamente voluntarios y no incluyen aspectos punitivos[22], centrándose en incentivar el comportamiento socialmente consciente con cupones y pequeños premios. Por ejemplo, en Oujiang (Hunan) se creó la "Puntuación Oujiang", que permite acumular puntos a través del voluntariado, la donación de sangre y la evitación de multas administrativas. Con 650 puntos, se consigue la entrada gratuita al Gimnasio Popular de Wenzhou y un descuento del 20% en las tarifas de aparcamiento de la ciudad; con 700, se obtienen descuentos para alojarse en hoteles del condado de Taishun[23]. En Rongcheng, los ciudadanos que participan en el programa reciben una cifra inicial de 1.000 puntos. Si alcanzan al menos 1.050 a través del voluntariado y las actividades sociales, obtienen deducciones en los gastos de transporte público. Suzhou ensayó en 2020 un sistema dirigido principalmente al tráfico y las infracciones de tráfico: mientras que las infracciones se castigan con arreglo a la ley, la buena conducción se premia con descuentos en entradas de cine, tazas y toallas personalizadas[24].

Por otra parte, algunos programas puestos en marcha en determinadas provincias y municipios tienen un aspecto punitivo, en el que, por ejemplo, fumar repetidamente a bordo de trenes y autobuses puede ser castigado con la prohibición temporal de utilizar el servicio[25].

Por lo tanto, aunque determinados comportamientos pueden tener un impacto en la interacción entre los ciudadanos y la administración pública, ninguno de los programas que pueden reunirse bajo la etiqueta de "crédito social" muestra una connotación político-represiva. El deseo de moralizar la sociedad y promover conductas virtuosas, por insoportable que pueda parecer a ciertas sensibilidades liberales, está profundamente arraigado en la cultura tradicional china y es compatible con los objetivos éticos del socialismo. De hecho, es sintomático cómo la gran mayoría de los chinos que se han enfrentado a uno de estos proyectos hablan de él en términos favorables[26]: lo que en Occidente se describe como un sistema distópico de control resulta ser en realidad una herramienta para la protección de los derechos sociales y del consumidor, y para combatir los privilegios y la corrupción. Pero, ¿por qué se sigue produciendo esta distorsión de forma tan persistente? Sin duda, parte de la explicación reside en la mera propaganda de la guerra:  es necesario deshumanizar al enemigo, presentando cada una de sus acciones y pensamientos de forma horrible y difamatoria, para impedir la creación de lazos de solidaridad y el desarrollo de la curiosidad y el interés. Pero probablemente haya algo más. 

Al presentar a China no como un país real habitado por seres humanos normales, sino como el opuesto negativo de una sociedad occidental idealizada, se transponen todas nuestras ansiedades y temores sobre procesos que sentimos que se desarrollan a nuestro alrededor y ante los que nos sentimos impotentes. Desde la época de la Patriot Act y la legislación de emergencia para la "Guerra contra el Terror" hasta los años de Covid-19 y la "nueva Guerra Fría", el público occidental ha experimentado formas cada vez más omnipresentes de intrusión en su vida privada. Esto ocurre por parte de actores estatales, como la NSA estadounidense, tal y como reveló Edward Snowden en 2013, pero también, y con no menos ubicuidad, por parte de grandes empresas digitales como Meta, Google o Amazon, todas ellas en posesión de cantidades inconmensurables de información proporcionada en tiempo real por usuarios a menudo inconscientes, información que se comercializa y utiliza para planificar la conducta empresarial e influir en el comportamiento social y económico.

El temor a "seguir el camino de China" aparece en realidad como el temor a que Occidente continúe por el camino que ha tomado, en el que los datos y lo digital no son la base para proteger los derechos de los ciudadanos y garantizar la existencia de una sociedad sana, sino un medio de control y enriquecimiento para una pequeña clase adinerada."           

    (Leonardo Sinigaglia, L'Antidiplomatico, 07/09/23; traducción DEEPL)