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17/11/21

“En cierto modo, toda nuestra memoria es falsa”... el cuerpo es el receptor de sensaciones y esas sensaciones crean los recuerdos

 "Los recuerdos humanos son algo muy vivo, y se forjan en el momento presente. No son una memoria fija que el cerebro se limita a conservar en sus archivos para cuando sea necesario acudir a ellos. 

Veronica O’Keane llegó a esa conclusión, que dio la vuelta a todo lo que había aprendido en años de estudio de psiquiatría, medicina o neurología, después de una intensa conversación con una de sus pacientes. Víctima de una psicosis posparto, la enferma estuvo convencida durante un tiempo de que su recién nacido había muerto. A través de la ventanilla del coche que la llevaba a una institución mental, donde estuvo ingresada unas semanas, pudo ver incluso la tumba del bebé en un cementerio.

 Superado el trastorno, y consciente de que nada de lo imaginado había sido real, volvió a ver un día la lápida y le invadió una sensación de terror: “Los recuerdos seguían siendo reales”. En su libro El Bazar de la Memoria: cómo construimos los recuerdos y cómo los recuerdos nos construyen (Siruela), esta profesora de Psiquiatría del Trinity College de Dublín describe con una elegancia pedagógica cómo el cuerpo es el receptor de sensaciones, las sensaciones crean la memoria, y la memoria define a las personas.

PREGUNTA. ¿Cómo fue ese proceso por el que la historia de su paciente, Edith, le llevó a replantearse sus ideas sobre los recuerdos?

RESPUESTA. Tenía una idea muy establecida, la que nos enseñan en medicina, psiquiatría o neurología, de que la memoria era algo como un almacén permanente al que acudes cuando deseas recordar algo o figurar algo. Pero me di cuenta de que la memoria es algo que se forja en el momento presente, porque el único modo en que uno puede tener la experiencia de un momento dado es a través de la memoria, mediante un proceso de conexiones que dan sentido a ese momento.

 Las sensaciones llegan a tu cuerpo constantemente, y tú das sentido a esas sensaciones a través de la memoria. Es decir, la memoria es algo que, básicamente, vive en el momento presente. Eso es lo que me enseñó Edith, que la memoria es algo muy vivo, es lo que somos.

 P. Es usted muy crítica con esa idea tan generalizada de que existe un dualismo cuerpo-mente.

R. La idea de que las personas son algo diferente de sus propios cuerpos, que el ser humano pensante es diferente del ser humano que siente, es un completo error. Como el concepto mismo de que los hombres y las mujeres son diferentes. La filosofía ha estado dominada durante siglos por el concepto de que los hombres son los que piensan y las mujeres las que sienten. Todo eso comienza a desintegrarse con la llegada de la Ilustración y de los derechos humanos.

 Es la llegada del humanismo la que empieza a derribar esa concepción sexista. El reconocimiento de que mente y cuerpo actúan juntos, aunque lo hagan de un modo diferente, es fundamental no solo para entender la biología, sino para entendernos a nosotros mismos como animales humanos.

P. Es fascinante cómo utiliza en su libro las grandes obras de la literatura para explicar el funcionamiento del cerebro.

R. Todos estos autores dedicaron sus vidas a un proceso de introspección. La intensidad con la que llegaron al fondo de su propia conciencia, por la vía literaria, y sus procesos de pensamiento y sentimiento, supera mi capacidad de imaginar siquiera cómo alcanzaron esos logros. Eran seres humanos con un alto desarrollo. Piense en Samuel Beckett, capaz de crear un mundo el que no hay anclas, en el que no hay tiempo, espacio y a veces ni siquiera hay persona.

 Esas son precisamente las anclas a través de las que se construye la memoria, en un nivel celular del cerebro. Beckett se deshizo de ellos. Fue capaz de eliminar esos elementos para demostrar la materia cruda de la que estamos formados, debajo de todas esas estructuras que utilizamos para dar sentido al mundo.

P. Uno puede llegar a la conclusión de que los grandes autores no eran normales, en lo que se refiere al funcionamiento de su cerebro.

R. Tome el caso de Virgina Woolf, quien sufría de un desorden psicótico. A veces, durante sus estadios de enfermedad, lo que percibía a su alrededor y cómo lo integraba en su cerebro era un proceso no normal. Aprendimos lo que supone una percepción normal, porque, en su caso, era algo que estaba roto. Tenía un talento extraordinario para describir su propia introspección. Esa ruptura acaba resultando muy iluminadora sobre lo que ocurre en circunstancias normales.

 Las novelas de Dostoievski, por ejemplo, revelan para mí a un autor con trastorno maniático. No sé cuál era exactamente su diagnóstico, pero tenía periodos de perceptibilidad extrema en los que se descubre un estadio de emoción pura. ¿Era Cervantes una persona normal? No creo.

P. Uno podría pensar que la memoria es algo muy individual, pero sin embargo usted defiende el peso de la memoria colectiva.

R.No puedes separar tu cerebro de las influencias culturales, familiares o sociales que te rodean. Yo fui criada en Irlanda en un ambiente rígido dominado por el dogma católico. Rompí con eso cuando era muy joven. Pero esa influencia cultural ha permanecido en mí, y estoy segura de que ha estructurado muchas de mis creencias. E incluso si pierdes esas creencias, las estructuras que han creado en tu cerebro permanecen. El conocimiento se forma a través de capas anteriores de conocimiento previo, y siempre vamos a estar revisando el pasado en nuestro proceso de memoria.

P. Es normal, hasta saludable, defiende usted, mentirnos a nosotros mismos y crear falsos recuerdos.

R. . Somos humanos, y tenemos la necesidad de sentirnos bien. Uno de los aspectos más interesantes de la depresión es que los que la sufren no suelen engañarse a sí mismos. Se observan a sí mismos de un modo muy crudo, que podríamos considerar negativo. Pero es a la vez un análisis muy honesto del mundo y de la condición humana. La psiquiatría tiene mucho que enseñarnos sobre la necesidad que tenemos de pasar página. Y es algo saludable. 

Lo que se ha venido a llamar “psicología positiva” pretende animar a los pacientes, darles un impulso de optimismo, hacer que se sientan cómodos. Sin embargo, creo que también es bueno sentirse incómodo. Forma parte de la naturaleza humana la necesidad de hacer frente a los propios demonios. En cierto modo, toda memoria es falsa."           (Entrevista a Veronica O’Keane, Rafa de Miguel, El País, 29/08/21)

29/1/19

No existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos. No poseemos ningún acceso directo a la verdad histórica, y lo que nos parece cierto o afirmamos que lo es se basa tanto en nuestra imaginación como en nuestros sentidos...

"Se presta demasiada atención a los así llamados recuerdos recuperados, recuerdos de experiencias tan traumáticas que se reprimen de manera defensiva y que luego, con la terapia, se liberan de la represión. Encontramos formas especialmente tenebrosas y fantásticas que incluyen descripciones de rituales satánicos acompañados a menudo de prácticas sexuales coercitivas. Dichas acusaciones han arruinado vidas y familias. 

Pero se ha demostrado que esas descripciones, al menos en algunos casos, son insinuadas o implantadas por otros. Esta frecuente combinación de un testigo influenciable (a menudo un niño) y una figura autoritaria (quizá un terapeuta, un maestro, un asistente social o un investigador) puede ser especialmente poderosa.

Desde la Inquisición y los juicios contra las brujas de Salem, pasando por los juicios soviéticos de la década de 1930 y Abu Ghraib, se han utilizado variedades de “interrogatorio extremo”, o tortura física y mental sin disimulo para obtener “confesiones” religiosas o políticas. 

Aunque estos interrogatorios en principio se conciban para obtener información, sus intenciones más profundas podrían ser lavar el cerebro, provocar un auténtico cambio de opinión, para llenarlo con recuerdos implantados autoinculpatorios, algo en lo que podrían dar muy buenos resultados. (En este sentido, no hay parábola más relevante que 1984, de Orwell, donde al final Winston, sometido a una presión insoportable, acaba cediendo, traiciona a Julia, se traiciona a sí mismo y a sus ideales, traiciona sus recuerdos y su criterio y acaba adorando al Gran Hermano).

Pero a lo mejor no hace falta una sugestión enorme o coercitiva para influir en los recuerdos de una persona. Todos sabemos que el testimonio de los testigos está sometido a la sugestión y al error, a menudo con funestos resultados para las personas que han sido erróneamente acusadas.

 Con las pruebas de ADN, ahora es posible obtener en muchos casos una corroboración o refutación objetiva de dichos testimonios, y [el investigador] Schacter ha observado que “un análisis reciente de 40 casos en los que la prueba de ADN estableció la inocencia de individuos injustamente encarcelados reveló que en 36 de ellos (el 90%) los testigos se habían equivocado al identificarlos”.

Si las últimas décadas han sido testigos de un surgir o un resurgir de la memoria ambigua y los síndromes de identidad, también han conducido a una importante investigación —forense, teórica y experimental— sobre la maleabilidad de la memoria. Elizabeth Loftus, psicóloga investigadora de la memoria, ha documentado los inquietantes éxitos obtenidos a la hora de implantar falsos recuerdos simplemente sugiriéndole a un sujeto que ha vivido un suceso ficticio.
Tales pseudosucesos, inventados por los psicólogos, pueden variar desde incidentes cómicos a otros levemente perturbadores (por ejemplo, que de niño te hubieras perdido en un centro comercial), y otros aún más graves (que uno hubiera sido víctima de un ataque animal o de una agresión por parte de otro niño). 

Tras el escepticismo inicial (“nunca me he perdido en un centro comercial”) y una posterior vacilación, el sujeto puede acabar sintiendo una convicción tan profunda que seguirá insistiendo en la verdad del recuerdo implantado incluso después de que el experimentador confiese que, para empezar, no ocurrió nunca.

Lo que está claro en todos estos casos —ya sean abusos infantiles reales o imaginarios, recuerdos auténticos o implantados experimentalmente, testigos manipulados y prisioneros a los que se ha lavado el cerebro, el plagio inconsciente y los falsos recuerdos que todos hemos atribuido erróneamente o hemos confundido su origen— es que, en ausencia de cualquier confirmación exterior, no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la “verdad histórica” y la “verdad narrativa”.

Aun cuando se descubra el mecanismo subyacente de un falso recuerdo, puede que tal cosa no altere la sensación de una experiencia o “realidad” vivida que poseen tales recuerdos. Y no solo eso, sino que quizá las evidentes contradicciones o absurdos de ciertos recuerdos tampoco alteren nuestra convicción o creencia. Cuando la gente que afirma haber sido abducida por los alienígenas relata sus experiencias, no miente en la mayor parte de lo que dice, y tampoco son conscientes de haber inventado una historia, sino que realmente creen que ocurrió.

En cuanto este relato o recuerdo se construye, acompañado de una viva imaginería sensorial y fuertes emociones, no existe una manera psicológica interior de distinguir lo verdadero de lo falso, ni tampoco una manera neurológica exterior.

 El correlato psicológico de dichos recuerdos se puede examinar utilizando la producción de imágenes cerebrales funcionales, y estas imágenes nos muestran que los vivos recuerdos producen una activación cerebral general en la que participan áreas sensoriales, emocionales (límbicas) y ejecutivas (lóbulo frontal): un patrón que es prácticamente idéntico si el “recuerdo” se basa en la experiencia o no.

Al parecer, no existe ningún mecanismo en la mente ni en el cerebro que asegure la verdad, o al menos el carácter verídico, de nuestros recuerdos. No poseemos ningún acceso directo a la verdad histórica, y lo que nos parece cierto o afirmamos que lo es se basa tanto en nuestra imaginación como en nuestros sentidos. 

No existe manera alguna de transmitir o grabar en nuestro cerebro los sucesos del mundo; se experimentan y se construyen de una manera enormemente subjetiva que, para empezar, es diferente en cada individuo, y cada vez que se evoca un hecho se reinterpreta o se reexperimenta de manera diferente. 

 Nuestra única verdad es la verdad narrativa, las historias que nos contamos unos a otros y a nosotros mismos: las historias que continuamente recategorizamos y refinamos. Dicha subjetividad se incorpora a la mismísima naturaleza de la memoria y es consecuencia del fundamento y mecanismos de nuestro cerebro. Lo asombroso es que las aberraciones exageradas son relativamente escasas, y en su mayor parte nuestros recuerdos son sólidos y fiables.

Nosotros, en cuanto seres humanos, acabamos teniendo recuerdos falibles, frágiles e imperfectos, pero también poseen una gran flexibilidad y creatividad. La confusión sobre sus orígenes o la indiferencia hacia estos pueden resultar una fuerza paradójica: si pudiéramos identificar el origen de todo nuestro conocimiento, acabaríamos saturados de información a menudo irrelevante.

 La indiferencia hacia las fuentes nos permite asimilar lo que leemos, lo que nos cuentan, lo que los demás dicen y piensan, lo que escriben y pintan, con la misma riqueza e intensidad que si fueran experiencias primarias. 

Nos permite ver y oír con los ojos y oídos de los demás, entrar en mentes ajenas para asimilar el arte, la ciencia y la religión de toda la cultura, entrar y contribuir a la mente común, a la riqueza general del conocimiento. La memoria no surge solo de la experiencia, sino del intercambio de muchas mentes."                    (Oliver Sacks (1933-2015) fue neurólogo y escritor. El País, 16/01/19)

27/9/16

“La realidad con la que convivimos es una simulación de nuestro cerebro”

"Susana Martínez-Conde, directora del laboratorio de Neurociencia Visual del Instituto Barrow (Phoenix, EEUU), muestra el que quizá sea el único vídeo donde es posible ver feo a Brad Pitt. El actor estadounidense aparece con el mismo rostro de siempre, junto a otros compañeros de profesión, pero un pequeño detalle lo trastoca todo. 

Una simple cruz en el centro de la imagen, en la que el observador ha de fijarse mientras se suceden las caras, cambia el punto de vista y las expectativas del que mira que pasa a comparar unos rostros con otros convirtiendo en extremas las diferencias entre sus rasgos.

La investigadora española utilizó este y otros ejemplos durante una presentación en la Casa de América de Madrid para mostrar que aunque “existe una realidad ahí fuera, nosotros no interactuamos con ella”. La única realidad con la que convivimos de verdad es una simulación creada por nuestro cerebro que a veces coincide con lo real y a veces no”, añade.

 En el mismo encuentro en torno a lo que se sabe sobre el cerebro, compartió su conocimiento con otros dos investigadores iberoamericanos: Facundo Manes, neurocientífico y rector de la Universidad Favaloro de Buenos Aires, y Raúl Rojas, experto en inteligencia artificial de la Universidad Libre de Berlín. 

 Los tres trabajan para entender cómo nos acerca a la realidad ilimitada nuestro cerebro limitado y, en el caso de Rojas, qué posibilidades tenemos de inventar inteligencias mecánicas que nos echen una mano con la vida.

“Muchas veces pensamos en la visión como una experiencia pasiva, pero siempre es dinámica y activa”, continúa Martínez-Conde, que investiga las bases neuronales de nuestra experiencia subjetiva. “El cerebro siempre está buscando información y con los pocos aspectos que percibe después completa la información”, continúa.

Manes recuerda también otra particularidad de nuestra manera de acercarnos al mundo. Aunque nos gusta pensar que somos seres racionales, las decisiones nunca se toman después de un análisis frío de los datos. “Durante mucho tiempo se consideró que para tomar una decisión racional debíamos dejar las emociones de lado. Hoy sabemos que las emociones y la razón trabajan en tándem en la toma de decisiones”, señala el científico argentino.

Esas emociones tienen una base biológica generada por millones de años de evolución. Los ancestros humanos, en su lucha por la supervivencia, se acostumbraron a clasificar el mundo entre nosotros y ellos, asignando emociones contrapuestas a cada uno de los grupos. “Nosotros en Chile hicimos un experimento con chilenos mapuches y no mapuches, poniéndoles electrodos y mostrándoles fotos de ambos grupos sociales”, cuenta Manes.

 “En cuestión de milisegundos el cerebro se da cuenta de si la foto pertenece a su etnia o no y si pertenece lo asocia con algo positivo y si no con algo negativo”, afirma. “Por este motivo va a ser difícil solucionar el tema palestino y judío desde una oficina en Washington, porque biológicamente en el cerebro ya tenemos prejuicios contra el que es diferente a nosotros y justamente la clave de la armonía es buscar puentes con el que piensa distinto”, señala.

 “Entendiendo el mecanismo de la empatía no solo vamos a poder ayudar a pacientes con problemas de déficit de interacción social, como la esquizofrenia o el autismo. También entenderemos fenómenos sociales como conflictos que escapan a la lógica y tienen más que ver con impregnaciones biológicas de la historia personal que pasa de generación en generación”, concluye.

Raúl Rojas considera que la neurociencia puede ser una inspiración para la inteligencia artificial, aunque cree que su función no consiste en recrear cerebros humanos. “En inteligencia artificial, entre los 50 y los 90 el esfuerzo se dirigió a resolver problemas combinatorios aplicando reglas una detrás de otra”, apunta. “El ejemplo típico es el ajedrez. 

Los humanos juegan reconociendo patrones, conociendo la situación del juego y haciendo después los movimientos, pero una persona no está calculando millones de movimientos en su cabeza”, explica. “La computadora calcula esas alternativas de movimientos propios y contrarios y como es muy buena haciéndolo las máquinas ya ganan a los humanos al ajedrez con esa solución de fuerza bruta”.

Desde los 90, el interés está en los problemas que los humanos resuelven de manera subconsciente. “Reconocer caras, traducir un idioma o conducir un automóvil se hace sin conciencia. Yo puedo conducir, llegar a mi casa y no sé cómo he llegado”, ejemplifica.

 “Con estas ideas hemos desarrollado robots futbolistas que juegan muy bien al fútbol. De hecho, cuando empezamos a desarrollarlos uno podía tomar el joystick y jugar contra los robots y ganarles, pero ahora juegan tan rápido y tan bien que no hay manera”, explica.

Aunque los robots pueden ganar a los humanos en muchas cosas, aún quedan espacios en los que los humanos tienen ventaja. Por ejemplo, la mentira. “Lo más alto de la inteligencia es la mentira en el sentido de que si yo le cuento mentiras a una persona tengo que saber qué sabe esa persona, tengo que tener un modelo mental de la persona para que me crea las mentiras”, explica Rojas.

 “Por eso es tan difícil decir mentiras, porque cuando lo agarran a uno por un lado con una información que no cuadra, hay que cambiar la historia y rehacerla inmediatamente. El test de Turing consiste en que la computadora cuente mentiras al humano para parecer humana, pero para hacer eso tiene que tener un modelo mental de la otra persona”, indica.

En este sentido Manes recuerda que “un grupo de investigadores de Oxford encontró una correlación entre la capacidad de engaño táctico de una especie y su capacidad cerebral”, algo que puede indicar que esa capacidad fue un salto evolutivo más allá de lo social que nos hizo humanos. Martínez-Conde discrepa de sus colegas sobre la mentira como actividad humana por excelencia: 

“Tenemos una capacidad más refinada de engaño como una capacidad más refinada en muchas cosas, pero hay muchos engaños en el mundo animal, desde el mimetismo o el camuflaje en insectos a otros más sofisticados en algunos primates”. 

“En mi investigación me he interesado en por qué funcionan los trucos de magia en el cerebro. Es fácil engañar a un animal y lo hacen entre ellos, pero no creo que la magia funcione en un animal. Lo que es diferente para una persona en un espectáculo de magia, esta capacidad de asombro y maravilla es lo que nos hace humano”, afirma.

 Rojas sin embargo considera que sin un modelo mental del otro y un conocimiento de la diferencia entre la verdad y la mentira, lo que se está haciendo es simplemente despistar al rival, algo distinto del engaño.

El engaño, pero de uno mismo, es otro de los mecanismos de adaptación humana para gestionar el mundo con un cerebro limitado. Muchas veces tomamos una decisión y la justificamos aunque haya indicios de que ha sido un error. “Existe una gran inercia a mantener la opinión una vez que decidimos”, explica la investigadora.

 “Es un mecanismo de atajo mental, la disonancia cognitiva. Después de tomar una decisión no puedo cuestionarla todo el rato porque no tienes los recursos neurales para estar analizando de nuevo los datos una y otra vez”, añade.

 Tras siglos de investigación, cree Martínez-Conde que será posible conocer al detalle la biología cerebral y, si la tecnología del futuro lo permite, construir una máquina con las capacidades del cerebro humano. Rojas, sin embargo, no cree que eso vaya a suceder, por cuestiones técnicas y por falta de interés.

 “No creo que una computadora, que puede ser muy rápida para tomar decisiones y mejores que las personas al poder sopesar más información, vaya a tener una inteligencia como nosotros. También porque las emociones juegan un papel muy importante en la toma de decisiones humana, y no creo que una computadora vaya a tener emociones”, explica. 

Además, en opinión de Rojas “no se puede reconstruir un cerebro con computadoras digitales porque el cerebro es un sistema analógico y en sistemas analógicos el mejor modelo con lo que sabemos actualmente es el sistema analógico mismo”. “Para construir cerebros humanos la mejor manera que tenemos ahora es tener hijos”, concluye."                       (Daniel Mediavilla, El País, 31/01/16)

1/12/15

Las máquinas son muy superiores a los humanos en el almacenamiento y análisis de inmensas cantidades de datos y en la toma de decisiones prácticamente instantánea.

"Las últimas demostraciones de destreza de las computadoras de alto rendimiento son muy notables, pero no sorprendentes. Con la programación adecuada, las máquinas son muy superiores a los humanos en el almacenamiento y análisis de inmensas cantidades de datos y en la toma de decisiones prácticamente instantánea.

 Éstas son máquinas que piensan, porque se dan procesos similares en gran parte del pensamiento humano.

Pero en un sentido más amplio, el término máquina pensante no es el correcto. Ninguna máquina ha pensado jamás en las eternas preguntas: ¿de dónde venimos, por qué estamos aquí y a dónde vamos? 

Las máquinas no piensan en su futuro, su desaparición o su legado. Reflexionar sobre esas preguntas requiere conciencia y sentido del yo. Las máquinas pensantes no tienen estos atributos, y dado el estado actual de nuestro conocimiento, es improbable que los alcancen en un futuro cercano.

El único enfoque viable para construir una máquina que tenga los atributos del cerebro humano es copiar los circuitos neuronales que subyacen al pensamiento. De hecho, los programas de investigación que se están llevando a cabo en la Universidad de Berkeley, el MIT y otras universidades, se centran en alcanzar este preciso objetivo. Estos programas se están esforzando en construir ordenadores que funcionen como la corteza cerebral.

Los últimos avances en nuestro conocimiento de los microcircuitos corticales han impulsado este trabajo, y es probable que la reciente iniciativa de la Casa Blanca para el estudio del cerebro proporcione una rica fuente de información adicional. 

En las próximas décadas sabremos cómo se interconectan los miles de millones de neuronas en cada una de las seis capas de la corteza cerebral, así como los tipos de circuitos funcionales que forman estas conexiones.

Este es un primer paso muy necesario para diseñar máquinas capaces de pensar de forma equiparable al cerebro humano. Pero no basta con entender los microcircuitos corticales para construir una máquina que piense. 

Lo que se necesita es entender la actividad neuronal que subyace al proceso del pensamiento. Los estudios con imágenes de escáner han revelado mucha información nueva sobre las regiones cerebrales involucradas en las funciones de los procesos, como ver, oír, tocar, sentir miedo, placer y muchas otras.

Pero por ahora no tenemos ni siquiera un conocimiento preliminar de qué es lo que ocurre cuando estamos pensando. Esto es así por muchos motivos, no solo el de que seamos incapaces de aislar el proceso del pensamiento de otros estados del cuerpo. 

Además, podría haber diferentes circuitos cerebrales implicados en diferentes modos de pensamiento. Cabe esperar que, al pensar en una próxima conferencia, el cerebro se active de forma distinta que cuando se piensa en pagar facturas atrasadas.

En el corto plazo, podemos esperar que los ordenadores hagan cada vez más cosas, y cada vez mejor, que los humanos. Pero hace falta entender mucho mejor cómo funciona el cerebro humano para crear una máquina que piense de forma equiparable. Por ahora, no debemos preocuparnos de los derechos civiles o de otro tipo para las máquinas pensantes; ni tampoco por que las máqiunas vayan a tomar el control de la sociedad. Si las cosas se van de las manos, solo hay que desenchufarlas."               

(Por Leo M. Chalupa, Edge.org, Traducción express: Verónica Puertollano, en Arcadi Espada, El Mundo, 11/11/15)

9/7/14

La libertad está, sobre todo, en la corteza cerebral

"(...)  ¿Hay lugar en el cerebro para el libre albedrío?

Sí. No es otra cosa sino la capacidad de elegir entre posibles acciones o formas de lenguaje. Esa capacidad define lo que yo entiendo como libertad. Hay libertad para hacer esto o aquello y libertad de la supresión de lo malo, de lo que no quiero. 

En ambos casos se trata de una elección, incluida la opción de no hacer nada. Esta capacidad de decidir, esta libertad, está sobre todo en la corteza cerebral, la parte del cerebro que más finamente nos ajusta al medio.

Pero, ¿no está limitada la libertad por múltiples condicionantes?

Hay muchos factores que determinan nuestras decisiones. Muchos vienen del interior, como los impulsos biológicos, pero otros vienen de la memoria, de nuestra historia, de lo que Ortega llamaba “la circunstancia”, que no sólo incluye mi memoria sino la memoria filogenética, de la evolución.

La libertad no se puede comprender sin el círculo percepción y acción. La relación constante con el mundo externo, a través de la criba de la memoria filial, es la circunstancia. La razón vital de Ortega se basaba en una lucha constante entre el destino y la necesidad. Esta libertad de elegir nos permite formar e inventar el futuro, el de cercano y el lejano, pero es una libertad predeterminada.

Yo creo en el “determinismo blando” que decía William James, es decir, que soy consciente de que muchas cosas que elijo vienen en los genes, en mi historia, en mis experiencias pasadas que determinan que haga esto. 

Por eso no creo en la pena de muerte, que es un disparate completo. Creo que los jurados y los jueces deberían tener más en cuenta la circunstancia de cada acusado, no sólo en el momento del crimen sino a lo largo de sus vidas.

¿La evolución humana ha determinado el grado de libertad?

La forma de la corteza que más nos abre al futuro es la corteza prefrontal, en la que he estado trabajando 40 ó 50 años. Esta es la parte de la corteza que se desarrolla más tardíamente, no sólo en la evolución humana sino en el desarrollo del individuo. En realidad no se adquiere madurez completa hasta la tercera década de la vida, que es cuando se ha desarrollado la corteza.Es entonces cuando, por así decirlo, sentamos nuestro juicio y podemos tomar decisiones maduras.

A esa edad ya tenemos capacidad para postergar la gratificiación, algo que no puede hacer el niño que lo quiere todo aquí y ahora. La corteza prefrontal es la que nos abre a la libertad y a la creatividad.

¿Sopesamos bien todas nuestras decisiones?

Buena parte de nuestras decisiones son inconscientes. Están hechas a partir de la intuición que no es más que el razonamiento inconsciente. Ésta es más sabia de lo que pensamos y sabemos más de lo que creemos que sabemos. Porque la mayor parte de la percepción del mundo es completamente inconsciente.

Sólo prestamos atención a cosas que son distintas o sorprendentes, lo demás lo ignoramos y en eso tiene mucho que ver la corteza prefrontal. Lo que pasa es que hay activación de ciertas partes de la corteza que son afines a lo que se ha percibido o a lo que se piensa hacer, pero es una activación que no llega al nivel de la consciencia. No somos conscientes de qué hacemos y por qué lo hacemos, pero lo hacemos.

Muchas veces la intuición es repentina, lo que se llama corazonada, y se hacen cosas sin saber por qué, pero cuando se analizan se encuentran razones lógicas de esa decisión, que proceden de la circunstancia de Ortega, que si no dictan sí que sesgan las decisiones.  (...)"            (Entrevista a Joaquin fuster, Neurociencia para psicólogos, 02/07/2014)

14/4/14

Con el “test de la verdad” se pueden leer las respuestas cerebrales de una persona, sin posibilidad de engaño

"(...) Hace unos días los medios de comunicación informaban de que Miguel Carcaño, el asesino confeso de Marta del Castillo, iba a ser sometido a una prueba neurológica, conocida como “test de la verdad”, a través de la cual podrían leerse sus respuestas cerebrales.

 Una prueba de este tipo plantea un problema moral y legal, porque no es lícito introducirse en la intimidad de una persona, en este caso a través de su cerebro, sin su consentimiento. Y, en efecto, los medios informaban de que, según la abogada de Carcaño, este había accedido voluntariamente a someterse a la prueba. 

Esta es una de las muchas cuestiones éticas que se plantean en ámbitos como el de las neurociencias: que no es lícito introducirse en la intimidad de una persona sin su consentimiento expreso. Tampoco ante presuntos terroristas, un aspecto bien importante en la neuroseguridad.

Pero, ¿por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?

Según un buen número de investigadores, porque todos esos órganos son irrelevantes en comparación con el cerebro. Somos —dicen— nuestro cerebro. Él crea las percepciones, la conciencia, la voluntad, y tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo.

 Trasplantarlo no presenta más problemas que los técnicos, porque donde va el cerebro de una persona va esa persona. Así las cosas, siguen afirmando estos científicos, actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás.

Sin embargo, tal vez las cosas no sean tan simples y por eso otros investigadores hablan del “mito del cerebro creador”, de que no es el cerebro el que crea nuestro mundo.

Regresando al caso de Carcaño, el médico que supervisó la prueba de la verdad aclaraba que recibe ese nombre porque la persona sometida a ella no puede mentir. Según él, las respuestas cerebrales son automáticas y, por tanto, no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia.

 De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.

Parece, pues, que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio."            ( , El País, 4 ABR 2014)

18/2/14

Las pesadillas son mucho más que miedo

"Si la ciencia aún no tiene claro que son los sueños, con las pesadillas anda perdida. La Clasificación Internacional de los Trastornos del Sueño la define más por su resultado final, el despertar, que por sus propias características. 

Durante años han sido consideradas fenómenos aterradores aunque el miedo es sólo uno de sus posibles temas. Incluso, la mayoría de las investigaciones que se han hecho se han basado en casos clínicos. Ahora, un estudio empírico desvela casi todos los secretos de las pesadillas.

Durante varias semanas unas 600 personas tuvieron que escribir en un diario lo que habían soñado nada más levantarse. Tenían que apuntar la fecha, la principal emoción presente en el sueño, puntuando su intensidad, y clasificarlo como sueño lúcido, sueño volador, mal sueño o pesadilla. Hasta ahora no se había hecho un experimento tan amplio y sistemático para entender las pesadillas.

Los impulsores del trabajo, dos investigadores de la Universidad de Montreal (Canadá) descartaron a un tercio de ellos porque, en las cinco semanas que duró su investigación, no habían tenido ni un mal sueño. 

El resto había recogido en sus diarios 1.016 malos sueños y 281 pesadillas. A los científicos les interesaban ambos, ya que los consideran fenómenos de un mismo continuo donde la mayor intensidad emocional y el hecho de despertarse marcan la diferencia.

La primera gran sorpresa, que contradice a las películas de Hollywood y a mucha de la literatura científica, es que supuestas situaciones recurrentes como la sensación de caerse, la de parálisis o de sofoco apenas aparecen.

 De hecho, los dos segundos no salen en ningún diario y sólo el 1,5% de los casos hablan de que el protagonista caía. De los 12 grandes temas clasificados por los expertos en trastornos del sueño, los más presentes fueron las agresiones físicas y los conflictos personales, seguidos de la sensación de desamparo.

Pero la recurrencia de estos grandes temas varía entre los malos sueños y las pesadillas. En los primeros, destacan los conflictos personales, donde interactúan dos personajes entre los que se producen situaciones de hostilidad, enfrentamiento, humillación o infidelidad. Mientras, en las pesadillas prevalecen las agresiones físicas, situaciones de captura o rapto, intervención de alguna fuerza maligna o accidentes.

“Muerte, preocupación por la salud o agresiones son temas comunes en las pesadillas. Pero sería un error pensar que caracterizan todas ellas”, dice Geneviève Robert, coautora del estudio publicado en la revista Sleep. “En otras ocasiones, se trata de una sensación de amenaza o una atmósfera inquietante lo que provoca que una persona se despierte”, añade.

Otro mito que desmonta este estudio es la omnipresencia del miedo. Los investigadores clasificaron los episodios en función de la emoción dominante, desde ira a tristeza, pasando por el asco, la confusión o la culpabilidad, entre otros.

 Aunque en el 65% de las pesadillas, el miedo fue la principal emoción, en los malos sueños (que son la mayoría), sólo está presente en el 45% de los episodios narrados. La tristeza y la furia o ira son las que le siguen. Hay incluso un respetable 4% de emociones positivas.

Como era de esperar, la gran mayoría de las pesadillas acaba mal, algo que no sucede siempre en los malos sueños. También se diferencian en su grado de fantasía. Las primeras suelen ser más extrañas y alejadas de la realidad. Son menos racionales, ignorando con más libertad las leyes de la física o la factibilidad de las escenas o los personajes que intervienen en el sueño. 

Además, aunque ambos comparten los principales temas (agresión física, conflicto interpersonal y desamparo), no lo hacen en el mismo orden. El porcentaje de pesadillas protagonizadas por una agresión dobla al de los malos sueños.

Los investigadores encontraron pocas diferencias de género pero significativas. En sus pesadillas, los hombres sueñan el doble de veces más con desastres, accidentes, guerras o insectos. 

Además, aunque los temas de conflictos personales se dan a partes iguales en los malos sueños de ambos, en las pesadillas de ellas doblan a los de ellos. Para los autores, esto podrían indicar que estos conflictos despiertan una mayor respuesta emocional en las mujeres.

“¿Por qué soñamos? ¿Qué son las pesadillas? Estas preguntas aún no tienen respuesta”, recuerda el psicólogo Antonio Zadra, coautor del estudio. Y su trabajo, a pesar de tanto dato, no intenta responderlas. Unos mantienen que los sueños son una especie de catarsis de lo que nos ha sucedido en el día o días anteriores. 

Otros apuestan por considerarlos un subproducto de la desconexión del estado consciente del cerebro. Pero ninguna de las dos alternativas ayuda a entender porqué y para qué surgen las pesadillas de entre los sueños. Ese es el secreto que queda por desvelar."           (Miguel Ángel Criado, Cuarto Poder, 10/02/2014)

27/3/13

"No creo que haya Libre Albedrío"


«No creo que haya Libre Albedrío. La conclusión me vino la primera vez en una especie de caldo primordial de conocimiento cuando tenía unos 13 años, y esa conclusión no ha hecho más que fortalecerse desde entonces. Lo que me preocupa es que a pesar del hecho de que esto es lo que creo sin dudarlo, hay veces en que es demasiado difícil sentirse como si no hubiese libre albedrío, creerlo, actuar de acuerdo a ello.

 Lo que verdaderamente me preocupa es que es demasiado difícil para prácticamente cualquiera actuar como si no hubiese libre albedrío. Y a veces esto puede tener consecuencias bastante malas. 

Si eres neurocientífico, podrías ser capaz de pensar que existe libre albedrío si dedicas tu tiempo únicamente a pensar sobre, por ejemplo, la cinética de una enzima en el cerebro, o en la estructura de un canal iónico, o en alguna molécula que es transportada a través de un axón.

 Pero si en vez de eso dedicas tu tiempo a pensar qué tienen que ver el cerebro, las hormonas, los genes, la evolución, la niñez, el entorno fetal, etc., con la conducta, como hago yo, parece simplemente imposible creer que hay libre albedrío. 

La evidencia es amplia y variada. Elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante (y tal vez a actuar en consecuencia). Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. 

Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estrenaste incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico.

 Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas "metamágicas" como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. 

La lista sigue y sigue (y solo por dejar claro algo que debería ser obvio a partir de este párrafo, pero que no se recalca con mucha frecuencia: la ausencia de libre albedrío no se parece ni remotamente a nada sobre el determinismo genético). 

El concepto de libre albedrío requiere que uno suscriba la idea de que a pesar de ser un remolino de asquerosidad biológica y blandas partes cerebrales rellenas con genes, hormonas y neurotransmisores hay, sin embargo, un búnker subterráneo en un rincón apartado del cerebro, un centro de control que contiene un homúnculo que elige tu conducta. 

En ese punto de vista, el homúnculo podría estar hecho de nanochips, de tubos vacíos polvorientos, de papel de pergamino arrugado y viejo, de estalactitas de la voz amonestadora de tu madre o de vetas de azufre. Y, en esta visión de la conducta, sea lo que sea de lo que esté hecho el homúnculo, no está hecho de algo biológico. Pero no hay un homúnculo y no hay libre albedrío. 

Esta es la única conclusión a la que puedo llegar. Pero aún así, es muy difícil creer eso, sentir eso. Estoy dispuesto a admitir que he actuado de forma ofensiva algunas veces a causa de esa limitación. Mi mujer y yo quedamos con un amigo para almorzar que sirve ensalada de frutas. 

Y proclamamos: guau, la piña está deliciosa. Están fuera de temporada, responde con suficiencia nuestro anfitrión, pero tuve suerte y logré encontrar un par buenas. Y en respuesta a esto, las caras de mi mujer y mía expresaban una admiración asombrada ?tú sí que sabes cómo elegir la fruta, tú eres mejor persona que nosotros?. Alabamos al anfitrión por esta muestra de libre albedrío, por la elección que hizo en la bifurcación del camino que es la Elección de las Piñas.

 Pero nos equivocamos. Los genes tienen algo que ver con los receptores olfativos que tiene nuestro anfitrión, que le ayudan a detectar la madurez. Quizá nuestro anfitrión proviene de una gente cuyos antiguos y profundos valores culturales incluyen aprender a detectar si una piña está bien.

 La pura suerte de la trayectoria socioeconómica de la vida de nuestro anfitrión ha proporcionado los recursos para merodear en un mercado orgánico con sobreprecio donde suena música folk ligera peruana. 

Es muy difícil sentirse de verdad como si no hubiese libre albedrío, no caer en esta falsedad de aceptar que hay un sustrato biológico de posibilidades y limitaciones, pero que hay una separación homuncular en lo que esa persona ha hecho con ese sustrato ?

"Bueno, no es culpa de la persona si la naturaleza le ha dado una cara que no es la más adorable, pero después de todo, ¿de quién es el cerebro que elige ponerse ese horrible pendiente en la nariz?"?

Esto trasciende a la mera charla sobre pendientes en la nariz y piñas. Como padre, estoy inmerso en la comunidad de padres neuróticos que tratan frenéticamente de poner a sus hijos en la dirección de la más perfecta adultez imaginable. 

Cuando hablamos sobre la escolarización de nuestros hijos, hay un cúmulo de maravillosa investigación de una colega mía, Carol Dweck, que siempre citamos. Resumiendo a lo bestia y simplificando, coge a un niño que acabe de hacer algo académicamente admirable, y alábalo diciendo, guau, es genial, debes de ser muy lista.

 De forma alternativa, en la misma circunstancia, alábalo diciendo, en su lugar, guau, es genial, debes de haber trabajado muy duro. Y decir que lo último es una ruta mejor para mejorar el rendimiento académico en el futuro ?no alabes los dones intelectuales innatos del niño; alaba el esfuerzo y la disciplina que eligen aplicar en la tarea. 

Bien, ¿cuál es el problema de eso? Nada si esa investigación solo produce una prescripción sin carga moral: "'Debes de haber trabajado muy duro' es un enfoque más eficaz para mejorar el rendimiento académico que 'Eres muy listo'."

 Pero es incorrecta si estás acariciando al homúnculo en la cabeza, llegando a la conclusión de que un niño que ha logrado algo mediante el esfuerzo es un mejor y más loable productor de elecciones que un niño que se valga de la pura inteligencia. Esto se debe a que el libre albedrío se queda al margen cuando se considera la autodisciplina, la función ejecutiva, la regulación emocional y la postergación de la recompensa

. Por ejemplo, los daños en la corteza frontal, la región del cerebro más estrechamente involucrada en esas funciones, hace que alguien sepa la diferencia entre el bien y el mal, y sin embargo no pueda controlar su conducta, incluso su conducta asesina. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. 

Si alguien está infectado con el protozoo parásito Toxoplasma gondii, será propenso a ser ligeramente más impulsivo. Hay una clase de hormonas del estrés que puede atrofiar las neuronas en la corteza prefrontal; en los primeros años de escuela básica, un niño criado en condiciones de pobreza tiende a quedarse atrás en la maduración de la corteza prefrontal. 

Quizá podamos llegar al punto de entender realmente que cuando decimos: "Qué pómulos tan bonitos tienes", estamos felicitando a la persona basándonos en la creencia tácita de que ha elegido la forma de sus arcos cigomáticos. Pero no es mayor problema si no podemos lograr ese estado mental. 

Pero sí lo es si, por ejemplo, al considerar a ese niño de seis años cuyo desarrollo frontocortical ha sido machacado por un temprano estrés vital, confundimos su desgraciado control de los impulsos con una falta de virtud moral. O hacer lo mismo en cualquier otro ámbito de las debilidades y los fracasos, incluso en las monstruosidades de la conducta humana.

 Esto es sumamente importante para el sistema de la justicia criminal. Y para cualquiera que diga que es deshumanizante afirmar que la conducta criminal es el producto final de una máquina biológica averiada, la respuesta debe ser que es infinitamente mejor que condenar la conducta como producto final de un alma podrida. 

Y de igual modo, tampoco está muy bien pensar en términos de alabanza, de buen carácter, de buena elección, cuando miramos a los productos finales de biología afortunada y beneficiosa.

Pero es muy difícil creer realmente que no hay libre albedrío, cuando hay tantos hilos de causalidad que no se conocen aún, o son tan intelectualmente inaccesibles como pensar automáticamente sobre las consecuencias en la conducta de todo lo que va de las presiones selectivas de la evolución de los homínidos hasta lo que ha tomado alguien para desayunar. Esta dificultad es algo sobre lo que deberíamos preocuparnos.»    (Arcadi Espada, 22/03/2013)

27/11/10

El control del cerebro... de la mente... ¿de la moral?

" Parece que en un momento determinado, en torno de los años setenta, los experimentos del doctor Delgado empezaron a preocupar a demasiada gente. En el establishment y fuera de él. El seminal artículo de John Horgan subraya inquietantes controversias.

Dos investigadores de Harvard, Frank Ervin y Mark Vernon, que habían trabajado con Delgado, escribieron que los implantes cerebrales podrían servir para aplacar las iras de los negros. Eran, cabe recordarlo, los tiempos de la gran violencia racial. Un psiquiatra de Tule, Robert Heath, pretendió cambiar con los implantes el sesgo erótico de un homosexual.

En este caso el experimento fue verdaderamente llamativo porque la electroestimulación se produjo mientras el hombre hacía (o intentaba hacer, no lo sé bien) el amor con una contratada. Aún más inquietante popularidad le dio a los experimentos de Delgado el hecho de que el gran Michel Crichton escribiera “The terminal men” (1972), una novela de ciencia ficción que acaba mal, y donde los investigadores tratan de curar la epilepsia con los procedimientos de nuestro doctor.

Algunos psiquiatras, por su parte, negaron la capacidad terapéutica de los procedimientos de Delgado. Sus críticas, sin embargo, se centraban más en la literatura en torno a los experimentos que en los experimentos en sí. El propio neurofisiólogo ya alertaba en sus explicaciones contra el uso demasiado imaginativo de sus técnicas y había incluido en sus propios papers algunas de las deficiencias que sus críticos subrayaban. La literatura, en cualquier caso, se adecuaba al clima de la guerra fría.

Empezaron a correr rumores de que la CIA y el Pentágono estaban detrás de sus investigaciones y que su objetivo final era la organización de comandos militares cuya voluntad pudiera ser controlada mediante los implantes.

Las leyendas suelen tener una vida muy larga y en este caso llegan, prácticamente, hasta nuestros días. Este párrafo de Horgan: «A mediados de la década de 1980 un artículo en la revista Omni y documentales de la BBC y la CNN citaron el trabajo de Delgado como evidencia circunstancial de que los EE.UU. y la Unión Soviética podían haber desarrollado en secreto métodos para modificar de forma remota los pensamientos de la gente.»

No le veo la cara a Delgado, pero oigo perfectamente su sonrisa.

–Leyendas, hubo muchas, muchas…
–Pero al margen de ellas, creo que su trabajo acabó inquietando.

–Eso es cierto. Se hizo incómodo para el Estado y para la gente. Estábamos hablando del control físico de la mente. Incluso hoy se trata de una idea difícil de aceptar. Las personas tienen unas ideas muy arraigadas. ¿Existe la mente? ¡Claro que existe! ¿Existe la música? ¡Claro que existe! Pero pruebe a romper el vinilo donde está almacenada…

El vinilo, dice Delgado con encantador anacronismo. Como buen científico conoce perfectamente sus límites epistemológicos. Una y otra vez repite que él se ocupa del vinilo y no de la música, dejando el campo libre al metaforeo. (...)

–Le repito: las personas sienten aversión ante la posibilidad de que alguien armado de herramientas dé cuenta de la actividad de entes inmateriales.
–¿Dios?
–El mismo caso. Un producto cerebral, como el arte, como la filosofía, como la ciencia. Precisamente esas leyendas a las que usted se refería surgen del enfrentamiento entre herramientas, cables, electrodos, implantes y los entes, Dios, el placer, el miedo, etc.

En fin, nunca trabajé para la CIA ni para los militares americanos. El gobierno sí me apoyó en mis investigaciones, claro. Me compraba gibones porque creía que estos experimentos eran importantes. Pero lo mismo hizo con otros científicos.

–Qué importancia tuvieron las leyendas, y hasta los pleitos…?
–Pleitos…?
–Parece que alguien lo denunció por haberle colocado un implante…
–Ah, ah, una mujer, no estaba muy bien, entienda… A la que yo no había visto jamás y que me pedía no sé si un millón o dos de dólares… Pero, vaya, nunca hubo ni siquiera pleito… (...)

Una noche de este verano, en Chiclana, participé en una larga e íntima conversación con el neurólogo Carlos Belmonte. Él desgranó algunos recuerdos de su vida científica, como el de aquel comerciante gitano que le surtía periódicamente de animales calleros y que a punto estuvo de provocar un grave incidente diplomático cuando secuestró para la ciencia, y con efectos irrevocables, al perro de la señora esposa del embajador de la República Argentina.

Alguien preguntó, aquella noche, hasta qué punto la ciencia se ha resentido de esa sensibilidad contemporánea que se proyecta críticamente sobre los experimentos con animales y que pone cada vez mas trabas éticas y burocráticas, y a veces solo burocráticas, a los ensayos con humanos. El doctor Belmonte calló, circunspecto.

Iba observándolo y me imaginaba lo que pasaba por su cabeza. La incertidumbre del conocimiento, veía. Es indudable que el conocimiento afina la sensibilidad. Que detrás, por ejemplo, de nuestra actual relación con los animales se extiende la popularización de la peligrosa –pero también tan compasiva y solidaria– idea darwiniana de que un hombre y una ameba de hoy tienen un mismo padre originario.

Pero que, al mismo tiempo, esa nueva sensibilidad, ese cuidado social, con los animales, con los hombres, con los enfermos, puede paralizar el conocimiento. Al cabo de un rato, Belmonte habló y dijo uno y su contrario. Que la ciencia se resentía, y que el hombre tenía derecho a que así fuese.

Percibo la misma grieta de la noche de Chiclana en las palabras del doctor Delgado, que trabajó en una época donde los controles no regían ni para monos ni para hombres. Vacila, y al fin dice.

–Hay más controles, sí. Los científicos se han vuelto mas inteligentes.

Cuando la conversación acaba se me ocurre que la moral es el más delicado implante cerebral con que Delgado tuvo que trabajar. Y otra cosa: que para un científico de verdad la moral es otro obstáculo… técnico. De pronto creo comprender aquellos recelos de Belmonte, aparentemente deportivos.

Esquivar la moral es una trampa innoble, claro. Pero hay algo más. La evolución moral también es un producto de la ciencia. Y sólo la ciencia puede discutirla con eficacia." (Diarios de Arcadi Espada, 27/11/2010)

22/10/09

"¿Cuál es la base fisiológica de la subjetividad?"

"Pero tanto conocimiento no parece que le haya aclarado el camino. Más bien, se lo ha marcado hasta llevarle a una última pregunta, "la más importante": "¿Cuál es la base fisiológica de la subjetividad?". Define esa característica, "imposible de repetir en un ordenador", como "la capacidad de ver sin ojos, de sentir sin oídos". ¿Como en un sueño? "Sí. El sistema nervioso evolucionó para soñar, para hacer imágenes. Uno piensa con imágenes", explica.

El reto le atrae de tal manera que "daría los dos brazos y una pierna por descubrirlo". O, mejor, "las dos piernas y un brazo, que así me queda uno". Es el único momento en que duda de lo que está diciendo. No cree que esté en el mal camino -"siento que lo tengo al alcance de la mano; me falta hincarle el diente"- ni que está equivocado. "Más de 10 veces en la vida he tenido que enfrentarme a todos. Cuando llegas con una idea nueva, sienten que el mundo se les desbarata. Es entonces cuando me doy cuenta de que es una buena idea", dice. Pero sabe que se está metiendo en un terreno donde la religión tiene mucho que ver. Y no se arredra. "Si consigo explicar la subjetividad, soy Dios", dice en una explosión retadora.

Al final, admite con una sonrisa que su búsqueda se parece a la de Descartes y su idea de que la glándula pineal era la sede del alma. ¿Y qué le hace pensar que está en buen camino? "Existen leyes que relacionan la cantidad de sensaciones -algo no objetivo- con la cantidad de energía recibida". Y ya tiene un candidato para esta base fisiológica. Curiosamente -o no- uno de los hallazgos que más reproches le costó, aunque luego haya sido aceptado universalmente: los canales de calcio en las conexiones nerviosas. En su momento, le supuso un duro enfrentamiento con Rafael Lorente de No, discípulo de Ramón y Cajal." (Rodolfo Llinás: "Si puedo explicar la subjetividad, soy Dios". El País, ed. Galicia, última, 10/10/2009)

18/9/09

La educación... cambiando el cerebro

"¿Sería más sencillo simplemente corregir? ¿Lograr que una persona obsesiva o triste por naturaleza sea un poco más optimista y un poco más feliz?

Claro. Conocemos qué es lo que pasa si hay un circuito neuronal que funciona anómalamente, como es el caso del obsesivo compulsivo. Le bajas la actividad de los canales de sodio y cambia. Ocurre algo parecido con la depresión. Administras a un depresivo un bloqueante de la recaptación de la serotonina y al día siguiente está como una rosa. Lo que pasa es que todo esto lo hacemos groseramente y se puede llegar a hacer mucho más finamente.

La cuestión es dónde pones el límite, dónde paras. ¿Vamos a tener a todo el mundo siempre contento? ¿Es a eso a lo que aspiramos? A lo mejor entonces ya no trabajamos, porque no tenemos otra recompensa. Es muy complicado. Es un verdadero debate ético para la sociedad del próximo futuro.

Sí, porque además se puede cambiar la personalidad de la gente. Convertir a alguien en lo que no era.

Efectivamente. Pero imagine situaciones. Conviene controlar la agresividad, pero esa misma agresividad en un determinado individuo puede ser muy útil en el trabajo. Los límites entre lo bueno y lo malo de la personalidad de la gente son muy difusos.

Y a través de los fármacos podemos estar volviendo de alguna manera a la tan criticada lobotomía.

Fue criticada, pero su impulsor ganó el Premio Nobel. Pero sí, podemos hacer que todo el mundo sea bueno y algo estúpido. Y también se puede utilizar la electroestimulación cerebral para que la gente tenga vivencias tan reales como las de verdad. La utilización de la imagen cerebral en juicios ya se ha empezado a plantear, porque se puede ver claramente si alguien miente o no. Todavía no se ha establecido el procedimiento que asegure en términos legales los resultados, pero lo cierto es que cuando se ilumina una determinada parte del cerebro sabemos que alguien miente como un bellaco.

Sería una máquina de la verdad, pero rigurosa.

Claro. Le voy a poner otro ejemplo de los desafíos a los que nos enfrentamos. El sentido de la responsabilidad es un concepto muy discutible en términos neurológicos. Hay un experimento también increíble. [Se ríe]. Se pone a prueba a una persona para que elija entre salvar a un niño o salvar a diez ancianos. No puede hacer ambas cosas a la vez. Pues bien, registrando la actividad cerebral de la persona que va a decidir, sabemos 100 milisegundos antes de que lo haga que va a salvar al niño o a los ancianos. Podemos saberlo e incluso estimularle de manera que tome una decisión distinta. En los dos casos, el individuo aportará una explicación racional a posteriori sobre la decisión tomada.

¿Eso se va a poder hacer?

Bueno, de momento es sólo un experimento de laboratorio, pero explica de alguna manera que las decisiones supuestamente libres se toman en un 80% basándose en información subconsciente. Decidir que es mejor salvar una vida que empieza que diez ya cumplidas es una explicación que el individuo hace basándose en elementos emocionales en activación por un montón de cosas que no tiene ni idea que están en su cerebro.

Pero previamente hay todo un trabajo y una experiencia vital que hace posible que se activen esos circuitos del cerebro para tomar rápidamente una decisión.

Por supuesto. Es la experiencia vital la que determina esa decisión, pero intervienen elementos emocionales no controlables.

Y suponiendo que mi experiencia vital me determinara salvar al niño, alguien desde fuera podría cambiarme mi decisión. ¿Es eso lo que dice?

Es que las decisiones son intelectuales, emotivas y racionales. Y todo eso ocurre antes de que usted haya sido consciente de ello. La zona consciente es una parte muy pequeña del cerebro. Nuestro cerebro construye un mundo interno que es una visión muy deformada del mundo real, por las vivencias, por la memoria y por una información sensorial que es muy incompleta. Las abejas ven la luz ultravioleta que nosotros no vemos.

Eso no anula la idea de que podemos tener un buen cerebro, desarrollarlo mejor, mantenerlo muy vivo, etcétera.

No. Nuestra mente es el producto del cerebro funcionando. Los actos más sofisticados, las emociones más complejas, los sentimientos más profundos, las mayores abstracciones, no son sino una serie de circuitos actuando que dan lugar aese producto que es el pensamiento." (Carlos Belmonte: Leeremos y manipularemos el cerebro como queramos. El País Semanal, 13/09/2009, p. 30)

4/9/09

Si somos sólo química ¿somos libres? Sí...

"P. Y Habermas está bastante de acuerdo con el papa Benedicto XVI. Han escrito un libro a medias.

R. Estoy de acuerdo en el diagnóstico de Habermas, pero no en las soluciones que propone. Su actitud es puramente defensiva: no hagamos esto, no hagamos lo otro...

No podemos decir, como Habermas, que hay un límite en la eugenesia y no debemos traspasarlo. Tenemos que reinventar la ética. Hoy es posible implantar un chip en un ratón y teledirigirlo. ¿Se da cuenta? Obviamente, será posible hacer lo mismo con un ser humano.

P. Eso es crear un Golem.

R. Se plantea una cuestión filosófica: ¿cómo experimentará ese ser humano el control remoto? ¿Tendrá consciencia de que le controla una fuerza exterior? ¿Creerá ser él mismo el emisor de las órdenes? Me inclino por la segunda hipótesis: el ser humano teledirigido no se dará cuenta de nada, se sentirá libre.

P. Jurgen Habermas propone una drástica autolimitación de la investigación científica para no destruir la esencia del ser humano.

R. ¿Y eso cómo se hace? Es imposible. Si se pueden manipular los genes, se manipularán. Los chinos están ya experimentando con el control remoto del cerebro. Eso espanta mucho a la gente religiosa. El otro día participé en Viena en una mesa redonda en la que había un par de obispos. Les pregunté por qué estaban en contra de la experimentación farmacológica en el cerebro. "Porque el hombre es una criatura divina, con un alma divina, etcétera", me respondieron.

Pero si no somos simples mecanismos biológicos, sino que tenemos un alma inmortal, nos pueden hacer lo que sea en el cerebro. Nos queda el alma, ¿no? No, los obispos son secretamente materialistas y temen que, en realidad, sólo seamos nuestro cerebro. Un obispo bastante listo comentó que el cerebro era un televisor y el alma un descodificador, necesarios el uno al otro.

Ése fue un argumento inteligente, pero falso. Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido, más generoso, ¿en qué queda la ética? Significa que somos sólo química. Entonces, ¿somos libres? Yo creo que sí. Pero si bloqueamos la experimentación científica sólo estamos manteniendo una ficción de libertad." (Slavoj Zizek: "Si un fármaco puede hacerme más valiente, más lúcido y más generoso, ¿en qué queda la ética?". El País, Babelia, 25/03/2006, p. 2/3)

24/6/09

Paso de la mente al cerebro... del mono al hombre

"Hace unos años decía que todavía había dos cosas de la evolución pendientes de solucionar: la conversión del cerebro en mente, y el paso del homínido a humano. ¿Hemos progresado en su conocimiento?

Se está avanzando mucho, entendemos ya bastante de cómo se comunican las neuronas. En colaboración con Camilo José Cela Conde, he publicado hace poco un artículo en Procedings of the National Academy of Sciences, sobre cómo funciona el cerebro en los hombres y las mujeres ante la apreciación de la belleza, que ha tenido mucho impacto. Hasta el punto de que los editores de la revista nos han ofrecido publicar el próximo artículo gratis y dándonos toda clase de facilidades, porque en las revistas científicas hay que pagar un importe por página...

Esto es un avance pequeñísimo para saber cómo funciona el cerebro. La neurobiología está avanzando a pasos agigantados, pero aún no hemos cruzado esa barrera de saber cómo las señales físicas y químicas se convierten en ideas, de cómo emerge la función de la persona como individuo.

Respecto al paso de mono a hombre, ya tenemos, desde 2005, el genoma del chimpancé, y ahora lo están comparando con el humano. Sabemos que las diferencias con el chimpancé de las partes del genoma que codifican las proteínas y las enzimas son del 1,5%, pero todavía no entendemos bien cómo eso se transforma en seres humanos tan diferentes de los chimpancés. Es sólo un 1,5% de diferencia del ADN, pero las disparidades son tremendas." (Francisco J.ayala:"Con la teoría del diseño inteligente, Dios sería el mayor abortista". El País Semanal, 21/06/2009, p. 34/5)

26/3/09

Para superar la crisis, hay que cambiar de paradigma, desde el egoísmo al altruismo

"Pregunta. ¿Qué ha averiguado acerca del funcionamiento de la mente?

Respuesta. La mente humana es un instrumento complejo y muy poderoso. Si no se utiliza adecuadamente genera malestar, ineficacia y, en definitiva, resultados pésimos, tal como estamos viendo hoy en día. Se sabe que nuestro cerebro es experto en crear patrones de pensamientos rutinarios, casi mecánicos. Pero no es muy bueno cambiándolos. Por eso nos cuesta tanto gestionar las crisis, que son tan necesarias para introducir cambios y poder así evolucionar.

P. ¿Y por qué cuesta tanto cambiar?

R. Porque somos y pensamos tal y como nos han condicionado desde pequeños. Una vez conformado nuestro sistema de creencias y, por ende, nuestro concepto de identidad, empezamos a pensar y a percibir la realidad de forma estandarizada y subjetiva, limitando las infinitas posibilidades que cada instante ofrece. Independientemente de lo que nos suceda, si experimentamos malestar es que nuestra interpretación del hecho en sí es limitada y, por tanto, equivocada. La negatividad es un síntoma de falta de imaginación y creatividad. No sirve absolutamente para nada.

P. Todo se reduce a una cuestión de percepción...

R. Si cambia nuestra percepción por medio del pensamiento, cambia por completo nuestra visión de la realidad. Y, como consecuencia, también cambia nuestra actitud, nuestro comportamiento y nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el entorno del que todos formamos parte. Así, es imposible que cambie nuestra conducta si no cambiamos primero nuestra manera de pensar y nuestras creencias. Aunque muchos siguen aferrándose a su zona de comodidad, donde se encuentran sus viejos hábitos, algo se está cociendo lentamente en nuestra sociedad. La pregunta que uno debe hacerse es: ¿todavía no he cambiado de paradigma?

P. ¿A qué se refiere?

R. Ahora mismo, el gran reto que exige el mundo es que la humanidad cambie de paradigma, es decir, que cambie nuestra manera de ver y de interactuar con la realidad, aprendiendo a diseñar el futuro en consonancia con nuestros verdaderos valores y necesidades humanas. No podemos seguir funcionando desde nuestro egoísmo y egocentrismo. Es hora de funcionar desde el "nosotros", desde la cooperación y el altruismo, a partir de lo que podemos crear verdadero sentido a nuestra existencia.

P. Sin embargo, la crisis parece haber acentuado el miedo, la negatividad y la lucha por la supervivencia...

R. Puede ser. Pero, ¿de qué sirve temer algo que todavía no ha sucedido? ¿Qué beneficios me comporta ser negativo? Toda la energía que no destinamos a construir nos destruye. Por eso ir en contra de algo no tiene ninguna utilidad. Lo que funciona es el diseño y la creación de alternativas útiles y eficaces orientadas a la resolución de conflictos y problemas. Y no hay nada que genere mayor creatividad que ver las cosas tal como son en vez de como nos gustaría que fueran. Sin embargo, la mayoría de la población no es dueña de sí misma, de sus pensamientos, de su perspectiva. Y el cansancio derivado de su impotencia les esclaviza a reaccionar impulsiva y negativamente por pura inercia, perdiendo oportunidades para crear bienestar y valor añadido.

P. ¿Y qué ocurre dentro de las empresas?

R. Lo mismo que fuera de ellas. La gente se niega a aprender de las cosas que le va sucediendo en la vida, con lo que sigue estancada, lo que le impide crecer y mejorar. Y esto es extrapolable a las empresas. La insatisfacción de los colaboradores es sólo un indicador de que hace tiempo que las cosas tendrían que haber cambiado. Pero hasta que no cambie la mentalidad de las personas, todo permanecerá igual. Es una ley eterna e inquebrantable." (EDWARD DE BONO (Experto en pensamiento creativo): "¿Todavía no ha cambiado de paradigma?". El País, Negocios, 08/03/2009, p. 38)

24/10/08

¿Qué es la inteligencia?

"R. Es lo que uno hace cuando uno no sabe qué hacer. Llego a Madrid, hablo muy poco o nada de español y no sé qué hacer, alguien que me vea pensará que soy estúpido. Pero con inteligencia puedo averiguar cómo salir adelante. Otra definición se basa en las diferencias en aprendizaje, memoria y razonamiento.

P. Pero ambas definiciones parecen la misma porque usted averigua qué hacer en una situación desconocida aprovechando la experiencia, el recuerdo, el razonamiento...

R. Sí, una es una definición más formal que la otra de lo mismo. Unos individuos recuerdan más que otros, unos aprenden más rápido que otros y unos razonan mejor que otros. Llamamos inteligencia a esas diferencias. Pero puede haber otras definiciones de inteligencia." (RICHARD J. HAIER: "Tal vez la mujer necesita menos cerebro para igual inteligencia". (El País, ed. Galicia, Sociedad, 22/10/2008, p. 38)

¿Se distinguen mente y cerebro?

"R. Sea lo que sea la mente, procede del cerebro. No tiene mucho sentido hacer esa distinción, muy poca gente considera ese dualismo. Con las técnicas de imagen cerebral estudiamos la consciencia. El anestesista te pone inconsciente mediante fármacos cuando te van a operar y al acabar la cirugía te hace recuperar la consciencia.

¿Cómo funcionan estos fármacos en el cerebro? Lo hemos estudiado anestesiando a personas y aplicando técnicas de imagen para intentar entender las áreas del cerebro que se activan y desactivan cuando el individuo está consciente o inconsciente, así como el interruptor que los fármacos activan o desactivan. Lo estamos investigando, pero es muy difícil." (RICHARD J. HAIER: "Tal vez la mujer necesita menos cerebro para igual inteligencia". (El País, ed. Galicia, Sociedad, 22/10/2008, p. 38)