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18/1/23

Así manipulan nuestras emociones: desde la felicidad hasta el odio o la empatía... la política, el mercado y las multinacionales tecnológicas influyen en nuestros sentimientos... en la sociedad actual la impresión que prevalece es la vergüenza como efecto de la irrupción de internet

 "Richard Firth-Godbehere publica «Homo Emoticus», donde advierte cómo la política, el mercado y las multinacionales tecnológicas influyen en nuestros sentimientos.

 Muchos partirán de la creencia de que las emociones y las formas de sentir son inherentes a su propia naturaleza y forman parte indeleble del bagaje de su identidad individual. Pero el historiador británico Richard Firth-Godbehere no suscribe esa idea y en su libro «Homo Emoticus» (Salamandra) explica cómo la cultura y las sociedades han influido, y todavía influyen, en la percepción que albergamos de la tristeza, la alegría, la frustración, el odio, la compasión, la añoranza, la melancolía o la ira. Para él, «los regímenes emocionales son de naturaleza jerárquica, nos vienen impuestos por algún tipo de autoridad superior, con frecuencia el Estado, pero a veces también las religiones, las creencias filosóficas o los códigos morales a los que nos adherimos en virtud de nuestra educación».

 En nuestra época, los ciudadanos están expuestos desde los albores del día a infinidad de estímulos y mensajes que tratan de influir en su voluntad con distintos propósitos: alentar sus deseos, incrementar sus necesidades de manera artificial, provocar su indignación o despertar su empatía. La manipulación de nuestras emociones no es algo que ocurra en las páginas de un libro de ciencia-ficción o en una distopía cinematográfica. Es un hecho corriente, aunque pocas voces recalcan esta realidad. «Si me pregunta si estamos manipulados emocionalmente por los políticos, la respuesta es sí, con toda claridad.

 Cuando en el Reino Unido tuvimos el referéndum del Brexit, se encargó a una empresa analizar las emociones de los ingleses para desarrollar anuncios específicos para que, en el día de las elecciones, votaran salir de la Unión Europea. Por desgracia, funcionó. Esto ocurre todo el tiempo y cada vez con mayor frecuencia. Sucede a través de las noticias de la radio o la televisión, en las redes sociales... Los políticos son muy buenos en manipular las emociones de la población. En lugar de recurrir a una explicación, por ejemplo, acuden a un eslogan con tres o cuatro palabras que, si uno examina con cuidado, no dicen nada, pero que son capaces de provocar distintas reacciones emocionales en nosotros. Sin duda, estamos siendo manipulados».

 Richard Firth-Godbehere, que este viernes reflexiona sobre este problema en un debate del Hay Festival de Segovia, comenta que recibe a diario docenas de correos electrónicos. La mayoría son artículos de académicos, pero muchos provienen de tiendas, online. «Se está invirtiendo mucho dinero en influir en las emociones de las personas de manera artificial. Una de las innovaciones está dirigida a que los ordenadores entiendan nuestros sentimientos y, así, desarrollar patrones de voz que reaccionen a ellos consecuentemente. Un ejemplo: si no te sientes feliz puedes hablar con Alexa.

 Google gasta millones en este campo. Incluso Tesla aspira a controlar las emociones de los conductores cuando se sienten al volante de sus vehículos. Si el ordenador del coche percibe que está enfadado o presiente alguna clase de euforia, decidirá tomar el control y aparcar el automóvil, porque, concluirá, esa persona no está en disposición de circular. De momento esto no funciona demasiado bien, es cierto, pero ya se está trabajando en esa dirección y, en algún momento del futuro, llegará. Esto, por supuesto, no tiene que ver con la salud, sino con las ventas. Se trata de inculcar en sus potenciales clientes el concepto de seguridad. Esa idea de que pueden estar tranquilo en sus coches. Pero, en realidad, solo se trata de vender un coche».

 El historiador no duda en señalar el momento emocional en que se encuentra la sociedad actual y asegura que la impresión que prevalece es la «vergüenza como efecto de la irrupción de internet. Hoy, ciertas transgresiones, conllevan de manera inmediata una cancelación, pero a la vez vemos cómo alguien que tenga sobrepeso puede ser avergonzado. Esto subyace en la generación de los llamados milennials. De hecho, los jóvenes están desarrollando una manera de comportarse, unos códigos que respeten algunas líneas y que marcan la conducta. Pero tardaremos todavía algo de tiempo en alcanzar eso».

Refugios emocionales

Para Firth-Godbehere una de las grandes plagas que existen en la actualidad es la llamada «felicidad tóxica»: «Es la idea de que todos deberían estar felices durante todo el tiempo. Si no estás feliz parece que algo va mal y, con sinceridad, no necesitas estar feliz todo el rato. Es normal también estar triste o sentir miedo. Tenemos la impresión de que tenemos que estar felices cada minuto y no creo que eso sea bueno. Es estresante y puede que eso nos conduzca a algo malo».

 Quizá por esos motivos ha introducido en su libro un concepto revolucionario: «el refugio emocional». Un sitio en el que las personas pueden suspender por un breve momento los corsés sociales y deshacerse de las normas que imperan en los espacios públicos. Para él, uno de esos sitios son los estadios de fútbol. «La última vez que fui a ver un partido, un hombre repleto de tatuajes, de esos que, si ves en la calle te cruzas de acera, estaba justo detrás de mí. Cuando mi equipo marcó, me dio el abrazo más grande que te puedas imaginar. Es una emoción estar juntos en una comunidad. Es una liberación. La gente no se comporta como en una oficina.

  Estos lugares tienen esta función. Si no los permites, se producen problemas. Por ejemplo, cuando se cerraron los lugares de reunión en Francia en el siglo XVIII lo que sobrevino fue la Revolución Francesa. Muchas revoluciones provienen de la represión de los refugios emocionales. La Revolución Rusa, también. El nuevo hombre soviético, también explotó al final y la URSS terminó por venirse abajo».          

 Para Firth-Godbehere la historia no está condicionada solo por la razón lógica, sino también por la irracionalidad y los sentimientos, que están detrás de las decisiones de los más importantes estadistas o políticos. Siempre existe un componente sentimental: orgullo, amor, rabia. El odio a los otros ha provocado muchas guerras. Muchos científicos han demostrado que no existe la posibilidad de adoptar una decisión sin implicarte con alguna clase de emoción».

En el horizonte, no obstante, existe un peligro de otra clase en el que muy pocos han reparado: la uniformidad de los sentimientos. Las diferencias culturales entre Occidente y Oriente son evidentes y eso enriquece y favorece la diversidad de pensamiento y de ideas. Pero ha aparecido un elemento que abolirá esta distancia cultural y en el que pocos han fijado la atención: los emojis. 

El diseño de estas caras que representan sorpresa, tristeza o buen humor está igualando lo que en Japón o en España se entiende por sorpresa, tristeza o buen humor al ser aceptados estos iconos por todos los usuarios de estos dos lados del planeta. «A lo largo de los próximos cincuenta años, vamos a ver cómo todo el mundo va a empezar a expresarse de igual manera debido a la tecnología. No creo que sea algo positivo, porque si cambian las emociones, cambian las culturas». 

Por eso, Firth-Godbehere alerta sobre dos puntos cruciales: que «la tecnología acabe por influenciado en nuestras formas de expresión de una manera determinada y cómo en ocasiones se azuza el reparo, el asco o el odio hacia otros seres humanos. El desagrado hacia el otro. Algo que ya explotó el nazismo».           (Javier Ors, La Razón, 15/09/22)

21/5/21

En realidad solo tenemos cinco amigos. La pandemia nos ha ayudado a verlo

 "Priscilla Chan conoció a su marido, Mark Zuckerberg, haciendo cola para ir al lavabo en una fiesta en Harvard. Era 2003 y Zuckerberg tenía problemas en la universidad por culpa de Facemash, un programa de selección y descarte de imágenes de mujeres que, bajo la pregunta “¿Cuál está más buena?”, usaba ilegalmente las fotos del archivo universitario de las estudiantes.

 Años antes, el pequeño Mark había creado un sistema de mensajería instantáneo llamado Zuckernet, que avisaba a su padre cuando llegaban los pacientes a su consulta de dentista. Desde muy joven, el fundador de Facebook, rey Midas del siglo XXI, supo que la conexión entre las personas lo es todo.

Durante la pandemia, uno de los más impactantes experimentos sociales ha ocurrido delante de nuestras narices. El coronavirus nos ha obligado a cartografiar el mapa de nuestras conexiones. En este nuevo atlas refulge, como una piedra antigua, la noción de amistad. Sabemos que es muy importante, y sabemos también que es un misterio. Por ello, desde hace unos años la antropología, la sociología, la psicología y también la zoología, la biología y la neurociencia estudian el funcionamiento y el efecto de las relaciones de amistad en nuestro periplo vital. Y una y otra vez, la conclusión es que, si tenemos las mínimas necesidades cubiertas, el vigor y el número de nuestras relaciones personales son determinantes para vivir una buena vida. En este mundo perdidamente materialista, esta constatación es un tsunami científico que debería llevar a replantearnos muchas cosas.

No es fácil entender el impacto de los lazos de amistad. El sistema social de relaciones humanas es una selva de símbolos y es difícil dar con el código. Pero hay algunas pistas. En 1993 el zoólogo, antropólogo y psicólogo Robin Dunbar de la Universidad de Oxford publicó un artículo en la revista Behavioural and Brain Sciences en el que afirmaba que hay una correlación directa entre el número de neuronas neocorticales y el número de relaciones sociales que podemos gestionar. Según este argumento, basado en sus estudios de observación en primates, los humanos podemos llegar a relacionarnos de forma cercana y personal con un grupo de aproximadamente 150 individuos. Este planteamiento —algo polémico y rebatido por otros estudios como el reciente del profesor Johan Lind, de la Universidad de Estocolmo, según el cual no hay límite numérico cuando hablamos de relaciones humanas— tiene ahora una segunda parte.

 En su nuevo estudio, Friends: Understanding the Power of Our Most Important Relationships (amigos: entender el poder de nuestras relaciones más importantes), Dunbar concluye que los humanos tenemos capacidad para mantener una media de cinco amistades íntimas. “Son los amigos más cercanos, pero en esta cifra pueden entrar también familiares a los que nos sentimos muy unidos. Incluso se puede dar la circunstancia de que esas cinco personas sean todos familiares”, explica el antropólogo británico por correo electrónico. La escasa cifra deriva del hecho de que crear y mantener este tipo de relaciones es muy costoso, tanto en términos de tiempo empleado —les dedicamos el 40% de nuestro tiempo social— como de mecanismos cognitivos: son relaciones que exigen constancia, atención y el manejo de información abstracta y relacional, no factual. Es un acto recíproco de entrega, dado que estos cinco magníficos son aquellos con los que contactamos más, en los que pensamos más, de los que esperamos mucho y queremos saberlo todo.

Para Dunbar, la irrupción del virus ha cambiado nuestra red de relaciones, pero no tanto como pensamos. “Algunas amistades individuales pueden desaparecer y pueden crearse otras nuevas, pero no es tanto por las burbujas y las distancias sociales, sino debido a no poder ver a alguien tan a menudo como solíamos hacerlo antes. Las amistades se mantienen estables mientras vemos a la persona con la frecuencia que necesitamos”, dice. Quizás hemos hecho nuevas amistades, pero no es probable que estas desplacen a nuestros mejores amigos. Sí podrían desplazar a los amigos de “segundo nivel”, aquellos que no están tan cerca, concluye.

“Creía que era el único”

Las amistades cambian perspectivas de vida. Los escritores C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien se hicieron amigos paseando por la Universidad de Oxford, la misma en la que trabaja Dunbar. “La amistad nace en el momento en que una persona le dice a otra: ‘¿Cómo? ¿Tú también? Creía que era el único”, escribió Lewis. En una noche de conversación, Tolkien convenció a Lewis de que debía confiar en su imaginación, y Lewis animó a Tolkien a dar a conocer sus relatos en el club de lectura, lo que le dio fuerza para escribir sin miedo.

La amistad es beneficiosa, incluso desde el punto de vista biológico. Un encuentro entre amigos puede modificar la presión sanguínea, la secreción de adrenalina, el sistema inmunológico y las pautas de sueño. “La amistad está asociada con todo tipo de sustancias químicas que nos hacen sentir bien en nuestro cuerpo, como la serotonina y la dopamina, que son la forma en que nuestro cerebro nos recompensa por un comportamiento que es bueno para nosotros”, explica por correo electrónico la etóloga Lauren Brent, de la Universidad de Exeter. Son relaciones de reciprocidad positivas para nuestra salud, nuestro bienestar y nuestra longevidad. Por ello duele tanto perder a alguien cercano y querido. Ahora que la pandemia no perdona, se multiplican los que viven en sus carnes las palabras del poeta Miguel Hernández dedicadas a su amigo muerto Ramón Sijé: “No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos”.

Un espejo

Pasa el tiempo, el mundo cambia, pero los lazos sociales siguen siendo nuestro espejo. También en tiempos de pandemia. Un grupo de investigadores británicos analizó a más de 6.600 personas en 114 países, y la conclusión es que aquellos que pensaban que su círculo social cercano se adhería a las pautas de distanciamiento tenían más probabilidades de hacer lo mismo. “Lo que vemos es que las personas no siguen las reglas por sentirse vulnerables o convencidas personalmente, sino que la elección se da en función de la influencia social”, argumenta vía correo electrónico Bahar Tunçgenç, investigadora de la Escuela de Psicología de la Universidad de Nottingham. Tunçgenç reconoce que le sorprendió el impacto y la fuerza de estos lazos familiares y de amistad al afrontar el virus, una pista muy importante a la hora de planificar políticas públicas sociales.

Queda claro que familia y amigos —si la relación es en positivo— nos ayudan a vivir más y mejor. Con unos y otros tenemos un compromiso social y personal, un contrato de reciprocidad firmado en tinta invisible. Por eso es complejo moverse por los meandros de las reglas no escritas de una amistad. Pero nunca hay que tirar la toalla. Como en la película Ghost World, donde el personaje de Enid (Thora Birch) quiere que su amiga Rebecca (Scarlett Johansson) vea el mundo igual que ella haciéndole escuchar la crudeza del blues del Delta, poniéndole discos como Devil Got My Woman, de Skip James. No lo consigue, pero pronuncia la frase mágica: “Pase lo que pase, sé que puedo contar contigo”.                 (Mar Padilla, El País, 16/05/21)

14/8/20

Los bares, en realidad, son iglesias. Lugares de liturgia, meditación y encuentro...

 "Este monje disfrazado de barman lleva 40 años dando de beber al sediento. Javier de las Muelas (Barcelona, 1955) es el alquimista de los templos Dry Martini, con fieles en Barcelona, Madrid, San Sebastián, Singapur, Hangzhou (China), Sorrento (Italia) y San Luis Potosí (México). Hace un año recibió el premio Helen David al mejor barman del mundo.

Pregunta. Bares, qué lugares.

Respuesta. Qué lugares, qué lugares.

P. Lo cantaba Gabinete Caligari allá por el 86. Aunque ese estribillo podía ser de la Edad Media. Siempre estuvieron ahí. Los bares, no Gabinete Caligari.

R. Llevan centenares de años como puntos de encuentro. Nacieron para atender las necesidades de los viajeros y de los animales. Pero pronto también hubo ese punto de hedonismo, la bebida como búsqueda del confort de espíritu.

P. Mucho más que sed.

R. La sed es una excusa para beber.

P. Conocí en Donostia a un ser extraordinario que, para beberse un güisquito, lo que era bien habitual, solía decir “esto… joder qué sed tengo”.

R. ¡Ja, ja, ja, ja! Donostia y Euskadi son un gran ejemplo de esa cultura del beber y del compartir. ¡Ese irse de potes y de txikitos, esos zuritos, ese placer de la conversación!

P. Los bares son eso, ¿no?, sitios donde compartir cosas.

R. Sí, pero incluso con uno mismo. Y no es soledad. Para mí, uno de los momentos mágicos es estar solo en una barra, conmigo mismo. Me puede pasar en una barra o en un restaurante. Los bares y los restaurantes forman parte de la vida de las personas.

P. Pues hay gente incapaz de ir sola a un bar. Y si les cuentas que lo haces te miran raro.

R. Pues es mágico. Estás contigo, solo. Además, a mí me gusta que no me den conversación. 

P. La verdad es que no hace falta beber con gente para que pasen cosas. Por cierto, creo que fue Scott Fitzgerald quien dijo: “Bebo porque cuando bebo pasan cosas”… 

R. Es que te da una visión… aunque yo soy muy cuidadoso con el tema de la bebida. La inteligencia también se demuestra en la forma de beber. Pero ha habido grandes personajes a los que beber les ha dado una percepción distinta. Fíjate Edward Hopper, aquel cuadro del bar visto a través de la cristalera que…

P. Nighthawks [Halcones de la noche]. La hostia.

R. Esa soledad total.

P. Pero no de uno; da la sensación de que todos los personajes están solos en esa pintura.

R. Bueno, esto es una cosa que pasa mucho. Hoy existe, por ejemplo, una cadena de establecimientos [Javier de las Muelas pide que no se especifique cuál] que ha logrado un modelo de negocio que, en principio, tiene como una idea de socialización, pero que en realidad consiste en el individualismo total. Es la cultura Apple. Cada uno allí, aislado, con su wifi, su tableta, su ordenador, su móvil… y cero comunicación.

P. Los bares, ¿qué son?

R. Los bares, en realidad, son iglesias. Lugares de liturgia, meditación y encuentro. Yo no voy a misa, pero sigo yendo a iglesias. Son lugares de reposo mental, de parar de todo, de sentirte pequeño. Y eso lo encuentro también en los bares.

P. ¿No son también consultorios médicos, lugares de terapia?

R. Bueno, hay un origen médico en la cultura del bar que procede de los monjes. Tú te tomas un Chartreuse verde de aquellos, uno auténtico, y ves lo que quieras ver. Los licores, la cerveza, el champán, todos tienen una parte médica, como la ginebra, que curaba enfermedades renales. Y claro, hay otra utilidad: alimentar el alma y el pensamiento, claro.

P. Me refería más a eso.

R. Aunque el alcohol no es el mejor acompañamiento ante una situación emocional dura. Nos quedamos con lo literario y lo cinematográfico, con el romanticismo, pero a veces hay una realidad muy dura detrás del alcohol. Suicidios, rupturas de familias…

P. Creó un cóctel-homenaje a Sharon Stone que llevaba chocolate y naranja y que maridaba con calamar relleno de presa ibérica y cacao. ¿Estamos locos?

R. (Risas).

P. Ahora, la coctelería es alta gastronomía. Antes no, antes eran solo copas. 

R. Es gastronomía. Gastronomía es todo lo que puedas ingerir a través de la boca transformado en un componente hedonista. No es de hoy. Yo he hecho menús, hace 15 años, de 44 combinaciones de cóctel y comida.

P. Pues aquí y ahora, invéntese uno que nos pegue un buen chute en tiempos tan inciertos.

R. Un 30% de agradecimiento, porque haber nacido en España; lucha y firmeza; un 15% de compartir; unas gotas de ilusión; y algo muy duro para el porcentaje restante: mucho trabajo. Y el gran twist final: suerte.

P. Ya. Eso no vale. Yo decía un cóctel, no una declaración de intenciones. Y con alcohol, a poder ser.

R. Ufff… serviría en una coctelera dos quintas partes de ginebra, una quinta parte de un licor de naranja -Grand Marnier o Cointreau-, un quinto de zumo de naranja y licor de jengibre. Lo batiría 12 segundos, y le pondría dos toques: una piel de naranja y, sobre todo, poderlo compartir en una terraza de Madrid, con uno de esos atardeceres maravillosos, o en Donostia, o en Piazza Navona."     (Borja Hermoso, El País, 12/08/20)

4/8/20

¿Qué habilidades intelectuales, o virtudes cognitivas, deberían poseer los ciudadanos de una democracia moderna?

"¿Qué habilidades intelectuales –o, si se prefiere, virtudes cognitivas– deberían poseer los ciudadanos de una democracia moderna? Durante décadas, una respuesta dominante ha girado en torno a las habilidades epistémicas y cognitivas asociadas con la alfabetización científica. 

La evidencia científica es indispensable para la creación eficaz de políticas públicas. Y para que una sociedad que se gobierna a sí misma coseche los beneficios de la ciencia relevante para la política, sus ciudadanos deben ser capaces de reconocer la mejor evidencia posible y sus implicaciones para la acción colectiva.

Claramente, esta explicación no anda errada. Pero la emergente disciplina de la comunicación científica, que usa métodos científicos para entender cómo la gente llega a conocer lo que es conocido por la ciencia, sugiere que es incompleta.

De hecho, es peligrosamente incompleta. A menos que vaya acompañada de otro rasgo propio del raciocinio científico, las habilidades asociadas con la alfabetización científica pueden en realidad impedir el reconocimiento público de la mejor evidencia disponible y profundizar formas perniciosas de polarización cultural.

Para que la alfabetización científica no socave el autogobierno ilustrado sino que lo respalde, el rasgo complementario necesario es la curiosidad científica.

Dicho de manera sencilla, cuando los miembros ordinarios del público adquieren más conocimiento científico y se vuelven más duchos en el razonamiento científico, no convergen a la hora de detectar la mejor evidencia disponible respecto a hechos controvertidos relevantes en política. En lugar de eso, se vuelven incluso más polarizados culturalmente.

Este es uno de los hallazgos más claros asociados a la ciencia de la comunicación científica. Es una relación que se observa, por ejemplo, en las percepciones públicas de innumerables fuentes de riesgo para la sociedad –no solo el cambio climático, sino también la energía nuclear, la posesión y control de armas o el fracking, entre otros–.

Además, este mismo patrón –a mayor competencia científica, más aguda es la polarización– caracteriza múltiples formas de razonar esenciales para la comprensión de la ciencia: la polarización aumenta, no solo con la alfabetización científica, sino también con la alfabetización numérica (la capacidad para razonar correctamente con información cuantitativa) y con el razonamiento de apertura de mente activa –la tendencia a revisar las creencias propias a la luz de nueva evidencia–.

Lo mismo pasa con la reflexión cognitiva. El Test de Reflexión Cognitiva (CRT por sus siglas en inglés) mide cuánto depende la gente de dos formas de procesamiento de información: “rápida”, preconsciente, formas de raciocinio movidas por emociones, normalmente llamado “sistema 1”; o una forma consciente, deliberada, analítica, “lenta”, denominada “sistema 2”.

No hay duda de que el razonamiento científico requiere un alto grado de dominio en el procesamiento de información propio del sistema 2. Pero cuando los miembros legos del público se vuelven más competentes en este tipo de raciocinio, no piensan de forma más parecida a como lo hacen los científicos. En lugar de eso, estas personas se convierten en indicadores más fiables de qué piensa la gente que comparte sus compromisos grupales sobre riesgos culturalmente disputados y los hechos asociados a estos.

Dicha relación se hace patente de inmediato en encuestas de opinión pública (figura 1). También ha sido documentada experimentalmente. Los experimentos captan estas habilidades cognitivas “con las manos en la masa”: a los razonadores competentes se les descubre usando sus habilidades analíticas para encontrar evidencia que sustente la posición de su grupo, al tiempo que racionalizan el rechazo de la empiria cuando desautoriza las creencias de su bando.

¿Qué explica este efecto? Por contraintuitivo que pueda sonar, usar la propia razón de este modo en un ambiente de comunicación científica contaminado por el tribalismo es perfectamente racional.

Lo que una miembro ordinaria del público piensa sobre el cambio climático, por ejemplo, no tiene impacto sobre el clima. Tampoco cambia nada lo que haga como consumidora o votante; su impacto individual es demasiado pequeño para marcar la diferencia. De este modo, cuando ella actúa en cualquiera de estas capacidades, cualquier error que cometa en lo relativo a la mejor evidencia científica disponible tendrá un impacto nulo sobre ella o sobre aquellos que le importan.

Pero dado que las opiniones sobre el cambio climático ahora identifican las alianzas grupales de cada uno, adoptar la posición “incorrecta” al interactuar con sus pares podría romper vínculos de los cuales depende en gran medida su bienestar material y emocional. Bajo estas condiciones patológicas, ella usará predeciblemente su raciocinio, no para discernir la verdad, sino para formar y persistir en creencias características de su grupo, una tendencia conocida como “cognición protectora de la identidad”.

Uno no tiene que ser un premio Nobel para darse cuenta de qué opinión defiende su tribu. Pero si alguien disfruta de especial dominio en la comprensión e interpretación de evidencia empírica, es perfectamente predecible que usará esa habilidad para forjar vínculos incluso más fuertes entre lo que cree y quién cree que es, culturalmente hablando.

Ahora considere la curiosidad.

Conceptualmente, la curiosidad tiene propiedades directamente opuestas a las de la cognición protectora de la identidad. Mientras que la segunda denota una dura resistencia a explorar la evidencia que pueda disputar las propias opiniones, la primera consiste en ansiar lo inesperado, movidos por el placer anticipado de la sorpresa. En ese estado, los centinelas defensivos de la opinión existente bajan la guardia. Uno podría esperar razonablemente, entonces, que aquellos dispuestos hacia la curiosidad científica fueran más abiertos de mente y, como resultado, menos polarizados en torno a trincheras culturales.

Esto es exactamente lo que observamos cuando probamos empíricamente esta conjetura. En las encuestas generales a la población, diversos ciudadanos que puntuaron alto en la Escala de Curiosidad Científica (SCS por sus siglas en inglés) están menos divididos que sus conciudadanos con puntuaciones bajas.

De hecho, en lugar de tornarse más polarizados a medida que su alfabetización científica aumenta, aquellos que puntuaron más alto en el SCS tienden a converger en lo que la evidencia indica sobre el cambio climático, la posesión de armas, la energía nuclear y otras fuentes de riesgo.

Los datos experimentales sugieren por qué. Cuando se les da a elegir, los individuos de baja curiosidad optan por la evidencia ya conocida, consistente con lo que ya creen; los ciudadanos de curiosidad alta, en cambio, prefieren explorar nuevos hallazgos, incluso si esa información implica que la posición de su grupo es errónea (figura 2). Al consumir una dieta informacional más rica, los ciudadanos de mayor curiosidad forman, predeciblemente, menos opiniones banderizas y, por tanto, menos polarizadas.

Esta investigación empírica muestra una imagen más compleja del ciudadano democrático virtuoso cognitivamente. Por supuesto, conoce una gran parte de los métodos y descubrimientos de la ciencia. Pero de igual importancia es que se maraville y asombre –los distintivos emocionales de la curiosidad– con el conocimiento que la ciencia ofrece sobre los procesos ocultos de la naturaleza.

Los hallazgos sobre la curiosidad científica también tienen implicaciones para la práctica de la comunicación científica. La mera transmisión de información es poco probable que sea efectiva –y puede incluso empeorar las cosas– en una sociedad que ha fracasado en la inculcación de curiosidad en sus ciudadanos y que no involucra a la curiosidad cuando se comunica ciencia relevante en política.

Entonces, ¿qué deben hacer los educadores, los periodistas de ciencia y otros profesionales de la comunicación científica para adquirir los beneficios de la curiosidad científica?

La respuesta a esta pregunta en el corto plazo es clara: unir fuerzas con los investigadores empíricos para estudiar la curiosidad científica y el avance de su oficio.

El valor de tales colaboraciones fue un gran tema del reciente informe de la Academia Nacional de las Ciencias consensuado entre expertos, Communicating Science Effectively. De hecho, iniciativas que conectan el trabajo experimental y de campo como las propuestas por el informe de la Academia ya están teniendo lugar. La Escala de Curiosidad Científica es en sí misma producto de un proyecto colaborativo: por un lado, de investigadores de ciencias sociales afiliados al Proyecto de Cognición Cultural en la Facultad de Derecho de Yale y al Centro Annenberg de Políticas Públicas en la Universidad de Pensilvania (APPC); por otro, de productores de películas sobre ciencia en Tangled Bank Studios.

Los resultados de esa iniciativa, a su vez, informan una colaboración entre los científicos sociales de la APPC y los comunicadores científicos de la cadena de televisión pública KQED. Financiada por la Fundación Nacional de la Ciencia y la Fundación Templeton, esa asociación está realizando estudios de campo destinados a hacer películas de ciencia y formas de comunicación relacionadas con la ciencia que atraigan a personas curiosas de grupos culturalmente diversos, incluidos los grupos que están amargamente divididos en cuanto al cambio climático y otras cuestiones.

Por ahora, no hay protocolos probados para utilizar la curiosidad científica para ayudar a extinguir las rivalidades entre grupos que generan desacuerdos públicos sobre la ciencia pertinente a la política, en particular entre los miembros de esos grupos con mayor alfabetización científica.

Pero si la ciencia de la comunicación científica no está todavía en posición de decir a los comunicadores científicos exactamente qué hacer para aprovechar los efectos unificadores de la curiosidad, sí que les dice inequívocamente cómo averiguarlo: mediante el uso de los métodos empíricos de la propia ciencia."                

 (Dan Kahan , catedrático de derecho y psicología en la Facultad de Derecho de Yale. Sin Permiso, 13/06/20; fuente: Scientific American)

10/2/20

Nuestra capacidad para cooperar es lo que nos separa de otros animales. Algo que nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros o compartir valores... pero nuestra capacidad de cooperar evolucionó dentro del grupo. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, pero podemos reunir a gente de distintas culturas en entornos colaborativos... si trabajamos juntos tenemos la tendencia a repartir con justicia

"Desde que existimos, los humanos nos hemos sentido especiales. Durante milenios mantuvimos la ilusión de que éramos el centro de la creación, de que la Tierra se encontraba en el centro del universo, de que nuestra naturaleza no tenía nada que ver con el resto de los animales. 

Casi siempre, nos separamos incluso del resto de los de nuestra especie, llegando a inventar dioses omnipotentes que habían elegido nuestro pueblo entre todos los de la Tierra. Los científicos, sin embargo, aguaron la fiesta. Los astrónomos nos colocaron en los suburbios de una galaxia entre millones y los biólogos nos enseñaron lo mucho que nos parecemos a los otros animales.

El hecho es que, pese a la cura de humildad de los últimos tiempos, los humanos somos unos animales diferentes, capaces de colonizar en pocos milenios todos los rincones del planeta y con un talento inédito en bichos de nuestro tamaño para crecer y multiplicarnos. Esta semana, en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, se reunieron los principales investigadores del mundo sobre cognición y cultura en el contexto evolutivo. Puesto de una manera más simple, científicos que indagan sobre qué nos hace humanos.

Michael Tomasello (1950, Bartow, Florida, EE UU) es uno de estos investigadores. Codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, ha trabajando con chimpancés, nuestros parientes animales vivos más cercanos, y bebés, en busca de algunos rasgos que hacen especiales a los sapiens y ha llegado a la conclusión de que es nuestra capacidad para cooperar y conectar nuestras mentes lo que nos separa de otros animales. Algo que, en último término, nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros de nuestra casa o compartir valores.

Pregunta. Dice que una de las particularidades que nos hace humanos es nuestra capacidad para cooperar poniendo juntas nuestras cabezas. ¿Cuándo sucedió y por qué?

Respuesta. Nuestra hipótesis es que, hace alrededor de medio millón de años, hubo una gran explosión de poblaciones de monos que les estaban robando la comida a los humanos. En esa situación, tuvieron que encontrar otras formas de conseguir comida y acabaron colaborando para conseguir alimentos, como los antílopes, fuera del alcance de los monos. En esa situación, si no podías colaborar, no podías sobrevivir, así que había presión para colaborar.

Ese es el paso uno. Después se acaban formando grupos en los que todos los individuos dependen del resto. Así aparece la división del trabajo: tú haces una actividad y yo hago otra, y ahora dependemos mutuamente, especialmente cuando hay competición con otros grupos o guerras. A partir de ahí necesario que unamos nuestras cabezas para sobrevivir. Este proceso comienza hace medio millón de años y avanza hasta la aparición de la cultura hace 150.000 años.

P. ¿Somo altruistas o egoístas por naturaleza?

R. A veces somos generosos y a veces egoístas, dependiendo de la situación. Pero hemos visto que cuando se colabora, la gente tiende a repartir con justicia lo que se obtiene. Cuanto más podamos construir situaciones en las que la gente colabore, y hagan cosas juntos de forma interdependiente, se facilitará un tratamiento más justo para todo el mundo. 

Incluso si es gente a la que no conoces, si trabajas con ellos sientes que lo adecuado es compartir con igualdad. Esto se puede ver en las relaciones europeas después de la Segunda Guerra Mundial. Algunas herramientas como el euro han hecho interdependientes a diferentes naciones y eso lleva a que se traten entre ellas con mayor justicia.

P. Muchas de las personas con más éxito de la sociedad son muy buenas organizando a los demás para que cooperen en su propio beneficio, pero no se preocupan demasiado por tratarlos con justicia

R. Eso puede suceder, sí, pero creo que otra forma de pensar sobre ello es fijarte en como tratan a sus amigos y su familia. Incluso gente que es muy competitiva en otros contextos, como en los negocios o donde sea, son muy generosos en su entorno de amigos y familia. Lo que pasa es que estas personas juzgan de manera distinta qué condiciones aplican a las personas que pertenecen a su grupo y a las que no.

P. ¿Por qué hay gente encantadora con su familia o incluso con la gente de su país, pero despiadada con los que están fuera de ese círculo?

R. Puedes considerarlo un hecho desafortunado, pero nuestra capacidad de cooperar, evolucionó dentro del grupo. Hace 100.000 años éramos interdependientes con nuestro grupo cultural, pero luchábamos con otros grupos, y no confiábamos en otros grupos, no podíamos entender su idioma... Es uno de los hallazgos más sólidos de la psicología, las diferencias de trato a los miembros del grupo y a los que no lo son. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera.

 Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, puede que no nos guste, pero lo es, y no tienes que ir muy lejos para encontrar pruebas de que es así. Si es algo que quieres cambiar, es posible que no puedas cambiar la biología, pero podemos crear instituciones sociales que reúnan a gente de distintas culturas en entornos colaborativos.

Las normas sociales pueden cambiar muy rápido. Yo crecí en el sur de EE UU, en lo que básicamente era una situación de apartheid, donde los afroamericanos tenían peores casas o peores escuelas. Todo el mundo vivía con ello, pero de repente, los negros empezaron a protestar y a decir que no iban a aceptar más esa situación. Los blancos que no habían sido racistas, pero sí complacientes, aceptando la situación como si fuese normal, vieron que no estaba bien. 

Y las normas sociales cambiaron muy rápido. Por supuesto aún hay vestigios de racismo, pero no puedes utilizar determinadas palabras en público, no puedes discriminar a la hora de ofrecer oportunidades de alojamiento o trabajos... Creo que incluso en casos en los que tenemos un sesgo evolutivo, trabajando en otra dirección se pueden cambiar las normas sociales relativamente rápido.

P. ¿Ha cambiado la forma de relacionarse con los otros desde la aparición de la agricultura y de la civilización?

R. Sí. Lo que sucede es que antes de la agricultura solo existían grupos de cazadores recolectores. Eran bastante igualitarios, no había muchas posesiones privadas, se compartía todo. Con la agricultura, y Marx fue el gran analista de esta situación, se produce una acumulación de recursos que no existía antes. 

En un grupo de cazadores recolectores, una de las razones por las que todo el mundo comparte es porque no puedes guardar, no hay frigoríficos. Cuando hay un animal muerto te lo tienes que comer en 48 horas o se echará a perder. Cuando llega la agricultura, puedes acumular grano y lo tienes que proteger con armas. 

En el análisis de Marx se dice que si tengo mucho grano, ese grano va a estar ahí durante un largo periodo de tiempo, y tú que no tienes grano, lo único que tienes es tu trabajo, así que digo, bueno, abrillanta mis zapatos y te daré algo de grano. Se construyen estas relaciones de poder sobre el hecho de que algunas personas controlan los recursos que aparecen con la agricultura y se complica la situación.

P. ¿Cómo podemos mejorar la cooperación después de esos cambios?

R. Nuestras capacidades de cooperación evolucionaron para una vida en pequeños grupos. Con la agricultura, mucha gente llegó a por comida a las ciudades y se crearon entornos multiculturales. Adaptarse a la nueva situación es duro. Podría decir que todos los conflictos serios en el mundo se dan entre gente que dice: nosotros frente a ellos. Muchos de los grandes problemas en el mundo hoy son fruto del colonialismo, en el que los europeos dibujaron círculos en los que introdujeron a gente dentro de un mismo país que tenían un gran historial de odio mutuo.

P. ¿Les preguntan los políticos sobre cómo resolver este tipo de conflictos?

R. No hacemos eso en mi instituto, pero si hemos averiguado cosas que pueden ayudar. Sabemos que si trabajamos juntos para producir los recursos, tenemos la tendencia a repartirlos con justicia. Esto es algo que incluso los niños de tres años lo tienen muy integrado.

Que biológicamente seamos de una forma no significa que no podamos cambiar, solo que tenemos que trabajar duro para cambiarlo y que es necesario cambiar normas sociales y percepciones. Si vas a construir una sociedad mejor, tienes que tener en cuenta que hay mucha gente que no confía en los extranjeros o los de fuera del grupo, y no puedes descartar sin más ese hecho. Es un fenómeno real y lo tienes que tener en cuenta, poniendo un esfuerzo extra para que la gente se conozca mejor, que trabajen juntos...

Yo crecí en los sesenta en EE UU, y había muchas comunas de jipis y era una gran idea. Yo no participé en ellas durante mucho tiempo, pero las conocí de cerca. La mayor parte de ellas fracasaron, y esto se puede aplicar al comunismo en general, porque tenían una visión demasiado optimista de la naturaleza humana, sobre la posibilidad de que todos trabajemos duro y compartamos nuestros recursos. Cuando el tipo de al lado no hace nada y tiene lo mismo que nosotros, nos molesta. Es un hecho sobre la naturaleza humana que muchas comunas no tuvieron en cuenta: que hay que hacer algo sobre los aprovechados. 

Ellos tienen que sufrir alguna desventaja o la gente no seguirá trabajando. Hay diferencias individuales, también tenemos santos y los santos no piensan así, pero la gente normal sí, y lo vemos desde un momento muy temprano de la infancia, así que cualquier planificación social que hagamos tiene que tomar eso en cuenta. Mejorar la sociedad implica no obviar los aspectos negativos de nuestra biología."                  


2/1/19

"No sé si somos amigos”

"Ciertamente, el escalador Tommy Caldwell necesitaba un amigo cineasta en su vida, porque su existencia es de película. 

El amigo en cuestión, Peter Mortimer, vive en Colorado, rodeado de montañas y escaladores y conoce bien a estos últimos, no en vano ha invertido 10 años de su vida en filmar a Caldwell: “Un amigo que trabaja en Silicon Valley me contó que a los que solicitan empleo les preguntan por sus aficiones y, si la escalada es una de ellas, tiran su currículo a la basura. 

Consideran que nunca se comprometerán al 100% con su trabajo porque siempre piensan primero en escalar”. A su lado, Caldwell, que nunca ha tenido un empleo normal, estalla en una carcajada y asegura que puede dar fe.

 Estos días, el estadounidense, uno de los mayores talentos de la escalada, promociona su libro y su película homónimos, The Push, y ha recalado en el Mendi Film Festival de Bilbao para confirmar que, pese a su biografía hollywoodense, es un tipo sencillo.

En 2015, fue portada del New York Times: escaló en libre la vía más difícil del planeta, alojada en la pared de El Capitán, en el valle de Yosemite. Él y su compañero Kevin Jorgeson permanecieron 19 días colgados en la pared, pero lo más asombroso fue el enloquecedor proceso que ambos compartieron.

 Un divorcio traumático empujó a Caldwell hasta El Capitán, un escenario que dominaba al que regresó buscando su reconstrucción anímica y, de paso, el reto de su vida: una vía que recorriese la parte más lisa de la montaña. Pasó meses colgándose de unas cuerdas buscando un camino escalable y, cuando dio con la solución, empezó su vía crucis. Él y Jorgenson invirtieron siete años en lograr su descabellado propósito.

En realidad, esta fue la segunda vez que toda Norteamérica supo de Caldwell. En 2000, cuatro talibanes le secuestraron en Kirguistán junto a su prometida y dos amigos más. Los cuatro descansaban en hamacas colgadas a 300 metros cuando varios disparos rebotaron en la pared. 

Conminados a descender, secuestradores y secuestrados iniciaron una delirante huida por las montañas mientras el ejército kirguís les pisaba los talones. Sin comida ni ropa de abrigo, la comitiva avanzaba de noche y se escondía en cuevas y agujeros, a veces respondiendo a las emboscadas. Los talibanes ejecutaron delante de los norteamericanos a un militar capturado y ellos empezaron a hacerse a la idea de lo que les esperaba. 

Tres de los cuatro talibanes se separaron para encontrar víveres, mientras los rehenes buscaban cómo escapar. Trepando de noche, Caldwell agarró el Kalashnikov de su captor y lo empujó al vacío. Matar para sobrevivir. Sencillo, aunque él no dejó de torturarse. La culpa no le abandonó hasta años después, cuando una investigación desveló que el captor había sobrevivido.

 

“No sé si somos amigos”


El carácter de Caldwell se forjó a rueda de un padre desbocado. A los cuatro años, los profesores insinuaron a sus progenitores un posible retraso. Eso, y su aspecto endeble, la mirada huidiza tras unas gafas colgadas de unas orejas de soplillo, sirvió para que se convirtiese en un niño retraído. Pero su padre tenía un plan: había que endurecer al chaval.

 “Era culturista, tenía don de gentes, se hinchaba a esteroides, como todos en esa época, pero también sentía pasión por la escalada y, cuando se rompió el bíceps, se volcó con la montaña”, explica. Sin cumplir los 12 años, Caldwell ya había escalado paredes que escaladores de nivel tardan años.

Su matrimonio con Beth Rodden, la misma con la que vivió su secuestro, fue una réplica de su relación paterna: durante años vivieron como lapas, ligados por el trauma de su secuestro, hasta que ella lo dejó por otro: necesitarle no significaba quererle. Esto último condujo a Caldwell a su loco proyecto en Yosemite.

Cuando mejor preparado estaba, quiso calzar su lavadora con un taco de madera y perdió la mitad de su dedo índice con una sierra mecánica. Le desahuciaron para la escalada, pero regresó más fuerte. Necesitaba un compañero y el que más insistió era más joven que él, más fuerte pero sin experiencia. 

“Aunque hemos soportado todo tipo de situaciones, no puedo decirte si Kevin Jorgeson y yo somos amigos. Recién divorciado, necesitaba hablar con alguien y en la pared solo estábamos los dos, pero en cuanto dejábamos de hablar de escalada, se hacía el silencio. Le tengo en gran estima, pero no sé qué relación tenemos”, confiesa."                 (Óscar Gogorza, El País, 31/12/18)

28/7/17

Un grupo de investigadores midió el pulso de los asistentes a las fiestas de San Pedro Manrique, en Soria, y comprobaron que todos tenían los corazones sincronizados

"Ayer dio comienzo la madre de todas las fiestas. Siete días de éxtasis colectivo que arrancan cada 6 de julio y que ya tiene más seguidores desde fuera, espectadores colocados a una prudencial distancia, creadores de memes, y voyeurs de Instagram, que desde dentro

. Millones de cabecitas minúsculas vistas a través de la pantalla de la televisión, o un bosque de brazos y risas si se vive desde dentro, desde el olor pegajoso a vino y cuerpos. Es lo que se dice un planazo o una tortura, según quien lo mire. ¿Por qué unos la adoran y otros la aborrecen?

Las razones se remontan a nuestros ancestros y para explicarlas hoy hay que acudir no solo a la psicología y la neurociencia, sino a la antropología e incluso a la genética. Un estudio reciente realizado entre un grupo de 1.000 individuos en Australia probó que quienes salían de fiesta -acudían a festivales o conciertos, bailaban en bares o discotecas o incluso escuchaban bandas de música callejeras- eran más felices y se sentían más conectados con la sociedad.


"Las personas somos seres sociales", explica por correo electrónico el psicólogo Nacho Calvo en mentesabiertas.com. "Al margen de los encierros, que para muchos tan sólo sirven como excusa, San Fermín supone la concentración de miles de personas de diferentes culturas, lo que genera un sentimiento que para la mayoría de las personas resulta tremendamente positivo".

Para los escépticos, Calvo advierte de que este tipo de eventos se viven de una manera radicalmente distinta desde fuera y desde dentro: "Al encontrarnos rodeados de un ambiente festivo vivimos la experiencia de una manera amplificada, como ocurre en los conciertos o festivales, haciendo que se conecten nuestras neuronas espejo que son las encargadas de la empatía en el cerebro".

No es solo formar parte de un gran grupo que comparte una actividad, sino el hecho de que esa actividad esté relacionada con el baile o el movimiento lo que nos eleva al éxtasis colectivo. El profesor de Arqueología de la Universidad de Reading (Berkshire, Inglaterra) especulaba en su libro The singing Neanderthals : the origins of music, language, mind, and body -Los neardentales que cantan: los orígenes de la música, la lengua, la mente y el cerpo- con que el baile se remonta a 1,5 millones de años y está relacionado con la supervivencia "como forma de cooperación y comunicación". 

Algo, que según un grupo de investigadores de Jerusalem, alcanza el estatus de habilidad y está escrita en nuestros genes.


Esa comunicación es lo que Émile Durkheim denominó la "efervescencia colectiva" y el investigador de la Universidad de Montreal Paul Carls ha estudiado a fondo para encontrar su explicación actual. Según cuenta Carls, la efervescencia colectiva de Durkheim está en el corazón de las religiones: 

"Eleva a los individuos fuera de sí mismos y los hace sentir como si estuvieran en contacto con una energía extraordinaria, que los lleva a una excitación emocional colectiva".


La tecnología quiere ahora medir esta emoción a través de 'wearables' biométricos que registran las pulsaciones y el movimiento. El antropólogo Dimitris Xygalatas, de la Universidad de Connecticut (EE.UU.) ya lo hizo en un estudio de campo en las fiestas del Paso del Fuego y Móndidas en San Pedro Manrique.

Xygalatas y su equipo se trasladaron a este pueblo de la provincia de Soria y colocaron aparatos biométricos en sus 3.000 habitantes durante las fiestas. Toda la comunidad resultó estar emocionalmente alineada durante el ritual festivo, a juzgar por las frecuencias cardiacas.

 No solo los que caminaban sobre el fuego, sino también los espectadores tenían sus corazones sincronizados. Eso sí, quienes tenían una mayor vinculación familiar con los participantes del ritual o era originarios de San Pedro Manrique o alrededores mostraron una sincronización cardiaca mayor.

Lo mismo ocurre en los festivales de música o grandes festividades, según comenta Xygalatas, "en los actos con los que se sientan más identificados los asistentes vivirán la magia de la efervescencia colectiva, mientras que en los que no formen parte de la identidad se sentirán más desconectados y desincronizados".


"El ser humano y los animales suelen vivir en grupo, y aunque no sabemos qué circuitos o neurotransmisores pueden estar implicados en el bienestar que produce este hecho", explica por teléfono el neurocientífico del Instituto Cajal y vicepresidente del Consejo Español del Cerebro, José Luis Trejo, "sí que tiene un nombre: enriquecimiento ambiental. 

En su componente social", añade, "hace que se incremente el número de neuronas en el hipocampo, que es el centro neurálgico del apredizaje y la memoria, y el único en el cerebro en el que se fabrican neuronas en la edad adulta". Por tanto, las relaciones sociales, interactuar con muchas personas y participar de atividades en grupo "mejoran el aprendizaje".

Además, Trejo hace referencia a las hormonas que participan en los eventos sociales como los festivales de música o los sanfermines. "Sabemos desde hace tiempo que el ejercicio y la actividad en grupo, al contrario que ocurre con el aislamiento, hace que el cerebro libere dopamina y endocannabinoides [el cannabis natural de nuestro cuerpo], al tiempo que activa los circuitos serotoninérgicos".

O la tormenta perfecta

Esa es la parte buena. En la parte mala, los festivales son, como algunos adversos sospechan, un semillero de enfermedades, según un estudio que llevó a cabo la Facultad de Medicina de la Universidad de Marsella (Francia) en grandes eventos desde 1980 hasta 2012. "Se producen transmisiones fecales-orales de agentes patógenos por el incumplimiento de las normas de higiene", relata el informe. 

"Además, se propaga una gran variedad de enfermedades de transmisión sexual".
En esta línea, el verano pasado las autoridades británicas lanzaron un comunicado en el que aconsejaban a los jóvenes vacunarse contra el sarampión. Otras enfermedades que no querrá padecer y que están vinculadas a los grandes eventos: salmonela, e.coli o el horrible norovirus.

Más allá del entorno y de vuelta a la efeverscencia colectiva, los mismos circuitos serotoninérgicos que hacen que algunos se sientan bien cuando se encuentran rodeados de muchas personas, "se encuentran vinculados a trastornos obsesivos-compulsivos y trastornos del pánico", confirma Trejo. Esto quiere decir que lo que para unos es un clímax emocional para otros es un pequeño infierno, la tormenta perfecta.


Ver las imágenes de ayer en plaza del Ayuntamiento de Pamplona despierta en algunos todo un abanico de posibles catastróficas desdichas y un montón de preguntas relacionadas con la sensación de encierro: "Una vez dentro no hay escapatoria, y si de pronto quiero descansar, y ¿cuánto tiempo dices que va a durar?...".

"Hay personas", afirma Calvo, "que rehuyen este tipo de eventos ya que la aglomeración puede generarles demasiada ansiedad sobre todo si no se encuentran en un buen momento emocional". Un alto nivel de estrés, por ejemplo, "podría ser un detonante que nos hiciera sentirnos más vendidos ante situaciones en las que nos vemos incapaces de escapar".

"Cuando una persona ha vivido experiencias desagradables como la ansiedad súbita o los ataques de pánico, teme que esas sensaciones se pudieran reproducir en un contexto en el cual les fuese complicado escapar", añade. "Cuando se siente afectada por el miedo a sus propios síntomas físicos -taquicardias, falta de aire, etc...- tiende a evitar cualquier contexto que le incapacite para huir, que es una respuesta primitiva de supervivencia que todos tenemos en situaciones límite en las que nos podemos sentir amenazados".


"El consumo de ciertas sustancias como el cannabis o la cocaína también pueden predisponer a la persona hacia la ansiedad". Llevado al terreno de la patología, "el problema suele diagnosticarse como agorafobia (o trastorno de pánico con agorafobia). Y se puede ver propiciado por cambios hormonales que nos hagan sentirnos más vulnerables como la menstruación en las mujeres o las afectaciones de la glándula tiroides".

En cuanto al cerebro, Trejo añade que las actividades en grupo "activan los circuitos que regulan la jerarquía de dominancia. En el laboratorio lo vemos en los ratones: enseguida se manifiestan los dominantes". 

Algo que los famosos violadores de San Fermín llevaron a un deplorable extremo. No se ha estudiado en profundidad qué circuitos neurológicos activa un aumento de la actividad social, al nivel de las fiestas de San Fermín, para derivar en estados de malestar.

 "Pero sí que sabemos que cuando queremos inducir estados patológicos en ratones", explica Trejo, "para la interacción social positiva se utiliza el sexo, mientras para la negativa lo que hacemos es llenar la urna de ratos, provocar multitudes, y luego vaciarla para dejar aislado al ratón. Multitud y aislamiento".

Algunos, como el en caso de los humanos, tardan más en reaccionar que otros. Unos están a gusto en esa muchedumbre, y otros, en la soledad."                 ( , El País, 07/07/17) 

27/6/12

Somos una especie altruista y cooperadora por naturaleza

"El biólogo evolutivo estadounidense David Sloan Wilson estuvo en Gran Bretaña en febrero y habló sobre el estudio de campo que realiza desde hace seis años en su ciudad, Binghamton, un suburbio de Nueva York que se encuentra en declinación económica.

 “Hay cosas que a un biólogo le resultan naturales y una de ellas es el estudio de especies en su hábitat natural”, explica Wilson. “Jane Goodall (famosa por sus estudios sobre chimpancés) tiene el Gombe Stream Park en Tanzania, y los pinzones de Darwin se estudian en las Islas Galápagos. ¿Por qué no estudiar a los seres humanos en el contexto de su vida cotidiana?”.

En 2006, Wilson decidió estudiar a los 47.000 habitantes de Binghamton. Confiaba en que mediante la observación, la confección de pronósticos sobre la base de sus teorías y la posterior realización de intervenciones para comprobar si los pronósticos se confirmaban, el estudio de campo generaría pruebas para sus teorías evolutivas y, en el proceso, “también haría del mundo un lugar mejor”.
Las teorías de Wilson se oponen a lo que se nos dice desde hace más de treinta años, desde que el biólogo y reconocido divulgador científico inglés Richard Dawkins publicó El gen egoísta en 1976.
A diferencia de Dawkins, Wilson sostiene que el egoísmo genético no es la opción por omisión de la humanidad y afirma que somos una especie altruista y cooperadora por naturaleza. La “prosocialidad”, como él la llama, es una conducta que da una auténtica ventaja competitiva a un grupo.
“El egoísmo se impone al altruismo en el interior de los grupos pero los grupos altruistas superan a los grupos egoístas. Todo lo demás es especulación”, dice Wilson. (...)
El equipo trató de confirmar esos resultados mediante pruebas como dejar caer cartas para comprobar si la gente las despachaba e ir a escuelas y participar en juegos para medir la cooperación. 
Hasta recorrieron los barrios de Binghamton en Halloween y Navidad para ver cuáles tenían una iluminación más decorativa, ya que pensaban que cuanto más se adornaba un barrio con decoración festiva, más reconfortante era y, por lo tanto, mejor era su salud cívica.
Wilson organizó luego una serie de proyectos locales para ver si podía usar lo que llama su “caja de herramientas evolutiva” para mejorar los niveles de cooperación. El certamen de diseño de parques, por ejemplo, tenía por objeto enfrentar a los barrios entre sí en una competencia amistosa.
De la misma forma, el propósito de su programa educativo era alentar la cooperación y la competencia amistosa utilizando elementos basados en los principios que desarrolló la politóloga estadounidense Elinor Ostrom (premio Nobel de Economía), entre ellos un fuerte sentido de comunidad, un entorno seguro y recompensas y sanciones graduales.
Las reacciones ante su ambicioso Binghamton Neighborhood Project (http://bnp.binghamton.edu) van desde un cálido entusiasmo hasta la sonrisa y algunos comentarios condescendientes. Una pregunta recurrente es: ¿qué tiene que ver la evolución con todo eso? En The New York Times, el periodista y escritor Mark Oppenheimer se preguntó si Wilson no se apresura un poco al “asimilar prácticamente toda idea que le gusta como prueba de evolución cultural”. También hay algunas dudas respecto a su metodología dada la enorme magnitud del proyecto y un abordaje que puede parecer disperso.
Wilson es en extremo honesto respecto del carácter intuitivo de la investigación. En una ocasión parafraseó a Albert Einstein al decir: “Si supiéramos lo que hacemos, no sería investigación”.
En cuanto a los resultados, el trabajo aún se encuentra en una etapa inicial, pero Wilson hace referencia a su programa académico para estudiantes en riesgo, en el cual los alumnos tuvieron un notorio mejor desempeño que el grupo de comparación en una prueba controlada. Se hizo sentir a los estudiantes, que habían reprobado en por lo menos tres de cinco materias el año anterior, que formaban parte de un grupo especial en un entorno muy seguro y alentador, se les proporcionó muchos incentivos a corto plazo y se les dio una auténtica responsabilidad en la dirección del programa.
Sus teorías se conocen desde hace décadas, pero ahora cobran popularidad entre políticos y centros de investigación en políticas a ambos lados del Atlántico, que aspiran a entusiasmar a las comunidades de sus propios barrios y lograr que se trabaje en conjunto en la solución de problemas sociales inabordables de forma más efectiva y barata que la vía del Estado.
También hacen pensar en cuestiones sobre las comunidades y la cooperación en la era de los medios sociales que estudian sociólogos como Richard Sennett, así como en la agenda de bienestar que impulsa el economista Richard Layard.
Wilson visitó Gran Bretaña por invitación del Co-operative Group, que insiste en que la conducta de cooperación es la norma, no la excepción. “Queremos que la gente empiece a pensar de manera diferente, que se dé cuenta de que la norma no es el hombre que no paga una vuelta cuando todos están en el pub, sino el hombre que lo hace”, dice Paul Monaghan, el director de objetivos sociales de Co-op.
Webster dice que, poco a poco, ve algunos resultados. Ahora está a cargo de tres competencias de diseño de parques y señala que algunos vecinos con los que había tenido roces aparecen de pronto en una de las fiestas de la cuadra con una gran bandeja de tacos. “Es el tipo de cosa que me pone la carne de gallina”, declara. “Ahora las escuelas locales se acercan a nosotros, hablamos con la municipalidad y la gente parece tomarnos más en serio”.
Pero es un trabajo lento, admite. “Lo más gracioso es que David piensa que soy una especie de increíble ejemplo de altruismo. Pero inicié todo esto porque el barrio estaba decayendo y no quería que mi casa perdiera valor, de modo que soy tan interesada como cualquiera. ¿Qué le parece?”.
Wilson se ríe cuando le cuento lo que Mary Webster me dijo. “Mary me lo dijo el día que la conocí”, señala. “Pero en realidad podría haber manifestado su egoísmo de muchas maneras: yéndose del barrio, invirtiendo en un sistema de seguridad, tratando de expulsar a los malos elementos, etcétera. En lugar de eso, lo expresa trabajando para mejorar el conjunto del barrio. Si tiene éxito, entonces compartirá la mejora del barrio, pero lo hará con un gran costo personal.

 Eso es el altruismo definido en términos de conducta. Tal vez el altruismo haga sentir bien al altruista, o se lo practique por un sentimiento de deber, o para ganarse el cielo, o tal vez se base en un sentimiento de egoísmo esclarecido. Mientras el resultado sea la misma conducta orientada a la sociedad, puede considerárselo equivalente en términos funcionales.” 

Agrega: “Tal vez Mary piense que es por completo egoísta, pero la experiencia me demuestra que es muy común que las personas altruistas afirmen que sus motivos son egoístas como forma de minimizar lo que hacen. ¡No es altruista proclamarse altruista!”.     (Noticias positivas, Bibi Van Der Zee)

15/6/09

"Lo que cambia un lugar es la gente"

"Pregunta. ¿Los urbanistas descuidan factores al diseñar?

Respuesta. Sí. Para ser un excelente urbanista debes sobresalir en 30 asignaturas y ser notable en 80. Nadie puede abarcarlo. Por eso, todos los urbanismos tienen alguna carencia. A los arquitectos les preocupan los edificios, pero ignoran el conjunto. Los geógrafos son buenos analizando el marco general, pero se pierden en los temas estéticos. La solución es crear equipos.

P. ¿Qué cambia las ciudades?

R. Lo que cambia un lugar es la gente. Si su vida es buena, la ciudad es buena. Históricamente, la gente vivía en ciudades pasando hambre expuestos a peligros, pero no se iban. Hay un dicho medieval alemán: El aire de la ciudad hace libre. Es esa cualidad de dejar vivir lo que hace crecer las ciudades. Una ciudad permite la discreción y el anonimato.

P. Las personas hacen las ciudades, pero el anonimato es una cualidad impersonal.

R. Sí, pero sale de la relación entre las personas. Supongo que las mejores ciudades son las más civilizadas. Hoy ser civilizado incluye una palabra de moda pero esencial: la cohesión social. Para lograrla se deben integrar tradiciones y personas. Los buenos edificios pueden contribuir a esa integración de extraños, pero una buena vida urbana puede desarrollarse en todo tipo de situaciones físicas. No hay un modelo único. Londres y Barcelona son dos ejemplos muy distintos." (PETER HALL: "Lo que cambia un lugar es la gente". El País, ed. Galicia, Cultura, 12/04/2009, p. 47)

15/4/09

Las caricias, las maternas...

"Se ha estudiado mucho la neurobiología del dolor, pero muy poco la del placer. Por eso, científicos de la empresa Unilever y de la Universidad de Carolina del Norte (EE UU) se propusieron comprobar cómo se codifican las sensaciones táctiles agradables, o sea, las caricias.

Con un estimulador táctil robótico, que desplaza un pincel sobre el antebrazo del sujeto con una velocidad y una fuerza que se pueden variar, los investigadores han comprobado que son los mecanorreceptores del tipo táctil-C, entre todos los presentes en la piel, los encargados de responder a los estímulos lentos y ligeros. Se han medido directamente las veces que se disparaban estas terminaciones nerviosas libres y la intensidad de las señales mandadas al cerebro.

La velocidad a que se realizan las caricias ha resultado ser crucial para que se puedan considerar como tales. Según los voluntarios participantes en el experimento, los receptores mandan señales de placer al cerebro cuando la velocidad de la caricia oscila entre 1 y 10 centímetros por segundo. Si la velocidad es menor o mayor o no se produce esta sensación placentera o no se activan estas fibras nerviosas. La mayor activación del receptor, que se corresponde con la mayor sensación de placer, se produce a la velocidad de 1, 3 y 10 centímetros por segundo. (...)

Por ello, los autores del experimento creen que esta ruta nerviosa está adaptada a la estimulación entre madre e hijo, o a la de naturaleza social, probablemente distinta de la estimulación puramente sexual. También creen que la sensación de placer no depende únicamente de la señal enviada al cerebro, sino que está matizada por experiencias previas y otros factores como la cultura en que vive el individuo.

"Estos resultados son la primera demostración de la relación entre una sensación hedonista positiva y la codificación en el sistema nervioso periférico", señalan los científicos, dirigidos por Hakan Olausson en la revista Nature Neuroscience, en la que se ha publicado el estudio. (...)

Unilever, en un comunicado, da una interpretación ligeramente distinta, más adaptada a sus intereses como empresa de productos cosméticos. "Esta investigación indica que estamos hechos para disfrutar del acto físico de cuidarnos", indica Francis McGlone, uno de los autores del estudio. Se refiere concretamente a actos rutinarios diarios como darse crema en el cuerpo o lavarse la cabeza." (El País, ed. Galicia, Sociedad, 14/04/2009, p. 32)