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2/7/25

¿Por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos? ¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina? Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo... Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia... Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer... Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral... El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias... Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados... Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes... Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención... No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina (Ilan Pappe)

"Sobre el coraje de hablar

EL SILENCIO DE OCCIDENTE SOBRE GAZA

Las reacciones del mundo occidental a la situación en la Franja de Gaza y Cisjordania plantean una pregunta inquietante: ¿por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos?

¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina, una complicidad tan obvia que probablemente fue una de las razones por las que perdió las elecciones, ya que el voto árabe-estadounidense y progresista en estados clave no pudo, y con razón, perdonar a la administración Biden por su papel en el genocidio en la Franja de Gaza?

Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo que se ha reanudado sobre el terreno. Es diferente a períodos anteriores en los que se demostró la indiferencia y complicidad de Occidente, tanto durante la Nakba como en los largos años de ocupación desde 1967.

Durante la Nakba y hasta 1967, la información no era fácil de conseguir, y la opresión posterior a 1967 fue en su mayor parte gradual y, como tal, ignorada por los medios y las políticas occidentales, que se negaron a reconocer su efecto acumulativo sobre los palestinos.

Pero estos últimos dieciocho meses son muy diferentes. Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia. Tanto las acciones de los israelíes como el lenguaje que las acompaña son demasiado visibles como para ignorarlos, a menos que políticos, académicos y periodistas decidan hacerlo.

Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer.

Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral, muy característico de los grupos más conscientes de las sociedades occidentales: intelectuales, periodistas y artistas.

El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias. No siempre nos ponemos a prueba en situaciones que requieren valentía, o al menos integridad. Cuando sí lo hacemos, es en situaciones donde la moralidad no es una idea abstracta, sino un llamado a la acción.

Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados o, antes, esclavizados y maltratados.

¿Cuál es el precio que tendrían que pagar destacados periodistas occidentales, políticos veteranos, profesores titulares o directores ejecutivos de conocidas empresas si culparan a Israel de cometer genocidio en la Franja de Gaza?

Parecen estar preocupados por dos posibles resultados. El primero es que serán condenados como antisemitas o negacionistas del Holocausto; el segundo es que temen que su respuesta honesta desencadene un debate que incluya la complicidad de su país, de Europa o de Occidente en general, en la facilitación del Genocidio y todas las políticas criminales contra los palestinos que lo precedieron.

Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes. En general, convierte a personas educadas, elocuentes y competentes en completos imbéciles cuando hablan de Palestina. Impide que los miembros más perspicaces y reflexivos de los servicios de inteligencia examinen las exigencias israelíes de incluir a toda la Resistencia Palestina en una lista de terroristas, y deshumaniza a las víctimas palestinas en los grandes medios de comunicación.

La falta incluso de un mínimo de compasión y solidaridad hacia las víctimas del Genocidio ha quedado expuesta por los dobles estándares que aplican los principales medios de comunicación occidentales, y en particular los periódicos más establecidos de los Estados Unidos, como el New York Times y el Washington Post.

Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención.

Este desequilibrio entre humanidad y solidaridad es solo un ejemplo de las distorsiones que conlleva el pánico moral. No me cabe duda de que las acciones contra estudiantes palestinos o propalestinos en Estados Unidos, o contra activistas reconocidos en Gran Bretaña y Francia, así como el arresto del editor de The Electronic Intifada , Ali Abunimah, en Suiza, son manifestaciones de esta conducta moral distorsionada.

Un caso similar ocurrió recientemente en Australia. Mary Kostakidis, reconocida periodista australiana y expresentadora de SBS World News Australia, programa semanal en horario de máxima audiencia, fue llevada ante el Tribunal Federal por su desafortunada cobertura sobre la situación en la Franja de Gaza. El hecho de que el Tribunal no desestimara de inmediato la acusación demuestra lo arraigado que está el pánico moral en el hemisferio norte.

Pero hay otra cara de la moneda. Afortunadamente, existe un grupo mucho más amplio de personas que no temen asumir los riesgos que implica declarar abiertamente su apoyo a los palestinos, y que demuestran esta solidaridad incluso sabiendo que podría conllevar la suspensión, la deportación o incluso la cárcel. No son fáciles de encontrar en el mundo académico, los medios de comunicación o la política, pero son la voz auténtica de sus sociedades en muchas partes del mundo occidental.

Los palestinos no pueden permitirse el lujo de permitir que el pánico moral occidental tenga voz ni impacto. No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina, que se necesita con urgencia: primero, para detener la destrucción de Palestina y su pueblo, y segundo, para crear las condiciones para una Palestina descolonizada y liberada en el futuro."

13/1/25

¿De qué les sirve ser súper billonarios? Da vergüenza ajena presenciar cómo Zuckerberg ejecuta sentidos actos de contrición en nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump, ¿merecerá la pena haber acumulado tantos miles de millones para ahora andar de palanganeros y aplaudidores de un delincuente para acumular otros cuantos miles de millones más? Trump ya los hizo aún más ricos sólo con su victoria. La perspectiva de entrar ahora a saco en el botín de las finanzas federales, bajarse aún más los impuestos y seguir esquilmando los programas públicos financiados con los impuestos que sí pagan los demás, ya les hace y les hará aún mucho más ricos... Pero hay algo más tras semejante exuberancia irracional de servilismo rentista. Les mueve la codicia, pero puede que aún les incentive más el miedo a un Donald Trump que lleva cuatro años prometiendo ajustar todas las cuentas pendientes con todos los traidores tras su derrota en 2020. Saben que lo hará y sin piedad. Tantos billones y ni siquiera les valen para dormir tranquilos. Efectivamente, el miedo ha cambiado de bando, pero por las razones más inopinadas (Antón Losada)

 "Da vergüenza ajena presenciar cómo Zuckerberg ejecuta sentidos actos de contrición en nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump

Resulta patético ver a un súper billonario como Mark Zuckerberg haciendo donaciones y arrastrándose por los pódcast y espacios más MAGA con esa tortilla francesa mal hecha que se ha puesto en la cabeza. Da vergüenza ajena presenciar cómo ejecuta sentidos actos de contrición en nombre de la libertad, ofrece penitencias y sacrificios antes de que se los demanden y suplica el perdón por los pecados woke que los malvados liberales le obligaron a cometer para ver si así logra recolocarse favorablemente ante la inminente administración Trump. Casi inspiraría compasión si la mereciera; por mucho que pueda pagársela.

No llega al nivel de los saltitos anfetamínicos de Elon Musk en aquellos mítines inolvidables del road movie de la campaña presidencial, pero se acerca bastante y busca desesperadamente situarse a su estela. Su retirada de los verificadores de Facebook, Instagram y Threads en nombre de la libertad de expresión y la insoportable censura de no permitir que se proclame que las mujeres son enseres domésticos o que los homosexuales y las personas trans son enfermos mentales se aproxima bastante, en cambio, a la decisión de Jeff Bezos de impedir que The Washington Post pidiera el voto para alguno de los candidatos o censurar una caricatura suya y de sus Bros rindiendo pleitesía al Bro en jefe, Donald Trump, a cambio de sacas de dinero como aquellas que enloquecían al tío Gilito. 

Uno se pregunta para qué vale tener tantos miles de millones y tanto poder si, al final, tienes que andar dejando que te rapen el pelo en la plaza del pueblo o haciendo de Oberkapo del primer presidente delincuente convicto de la historia de los USA. Si realmente merecerá la pena haber acumulado tantos miles de millones para ahora andar de palanganeros y aplaudidores de un delincuente para acumular otros cuantos miles de millones más.

Trump ya los hizo aún más ricos sólo con su victoria. La perspectiva de entrar ahora a saco en el botín de las finanzas federales, bajarse aún más los impuestos y seguir esquilmando los programas públicos financiados con los impuestos que sí pagan los demás, ya les hace y les hará aún mucho más ricos. La administración Trump fue y volverá a ser el ejemplo más perfecto y poderoso visto nunca sobre la faz de la tierra de ese “Capitalismo granuja” teorizado y descrito por el Nobel de economía Joseph Stiglitz —“Crony reinter capitalism, 2024”—, como la degeneración definitiva del llamado capitalismo de amiguetes —“Phony capitalism”. 2022—. 

Ya no se trata solo de prevalerse de las relaciones privilegiadas con el poder y los decisores para hacer negocios en el límite de la ley y el mercado. Ahora se trata de hacerlos al margen o fuera de la ley o cambiando las leyes para convertirlos en el santísimo mercado. 

Pero hay algo más tras semejante exuberancia irracional de servilismo rentista. Les mueve la codicia, pero puede que aún les incentive más el miedo a un Donald Trump que lleva cuatro años prometiendo ajustar todas las cuentas pendientes con todos los traidores tras su derrota en 2020. Saben que lo hará y sin piedad. Tantos billones y ni siquiera les valen para dormir tranquilos. Efectivamente, el miedo ha cambiado de bando, pero por las razones más inopinadas."                 (Antón Losada , eldiariio.es, 12/01/25)

4/7/24

En la vuelta de la náusea parda, lecciones de los años treinta

 "Los años treinta están ante nosotros, decía en 1990 el filósofo Gérard Granel, porque aquello que permitió la catástrofe fascista sigue ahí: la explotación del ser humano, la devastación del mundo, el darwinismo social a través de la “competencia” y de la “competitividad”, la elección de los ricos, para quienes “es mejor Hitler que Blum”. Pero, tanto en historia como en política nada está escrito de antemano. En la náusea parda en la que nos abruma el poder necesitamos perspectivas, y habrá que agradecer a François Ruffin por haber abierto el camino: la crisis económica, social y la desesperanza pueden llevar al nazismo, cierto, pero también al Frente Popular.

Ante el ataque del 6 de febrero de 1934  contra la Cámara de Diputados, un vasto movimiento social, compuesto por militantes socialistas y comunistas, junto con los sindicatos, impuso la unión. Los aparatos partidistas de esas izquierdas que se creía que eran irreconciliables, fracturados por las escisiones de 1919-1921 entre leninistas y socialistas, acataron el llamado y sellaron un acuerdo en torno a un programa de gobierno: apuesta ganadora en las elecciones municipales de 1935 y en las legislativas de 1936.

No podemos imaginar el esfuerzo que hicieron los comunistas para aliarse a los “partidos burgueses” y, por su lado, los radicales para marchar junto a los “bolcheviques”. Ellos le evitaron a la Francia de 1936 una derecha que sólo buscaba la austeridad, el orden y una solución autoritaria. Ellos nos legaron derechos sociales que nos permiten, aún hoy, vivir una vida más humana, y esa dignidad fue conquistada en las urnas, durante las huelgas y en el enfrentamiento a una patronal seducida por la solución nazi y admiradora de Hitler.

Aprender las lecciones hasta el final 

Pero el Frente Popular descarriló, y hay que aprender las lecciones hasta el final. Los radicales (Partido Republicano, Radical y Radical-Socialista, para llamarlo por su nombre exacto) eran el equivalente ideológico y sociológico del Partido Socialista actual, un partido de políticos de carrera, moderado, entre una derecha sensible al orden, a la austeridad, distante de los movimientos sociales, y algunas figuras de izquierda como Jean Zay, Pierre Mendès-France o Édouard Daladier. Sin embargo fue este último quien, después de impulsar la unión, ejecutó en 1938 el mismo viraje que en 1926 y 1934: tras haber sido elegidos como representantes de izquierda (primero bajo el nombre Cartel des Gauche y Neo Cartely después como Frente Popular), los radicales, dos años más tarde, rompieron la alianza y dejaron el poder a la derecha (1926) o decidieron aliarse con ella (1934 y 1938).

Estos constantes  “virajes” los encontramos también en el Partido Socialista: elegido por la izquierda en 1981, antes del “giro de austeridad” de 1983 reclamado por Jacques Delors; vencedor en 1997, antes de poner en marcha una política de privatizaciones más acusada que la de Chirac y Balladur; firmante de los acuerdos de la NUPES  en 2022, antes de romperlos un año más tarde.

Una moral de especulador desvergonzado 

Otra lección de los años treinta, esta vez a la derecha. Es inútil especular sobre los motivos que llevaron a Emmanuel Macron a la disolución de la Asamblea Nacional. Lo más probable es que se imagine vencedor de esta nueva “apuesta”. La combinación de las instituciones monárquicas de la V República y de su psique infantil le llevan a creer en la taumaturgia: tras haber sobrevivido a los ‘chalecos amarillos’ mediante una represión violenta y masiva, un cheque de 10.000 millones y “el gran debate”, imaginó apagar el incendio neocaledonio con su sola presencia (fracasó) y, por lo tanto, en el franglés de los gerentes macronistas, “prendre son risque” (“toma el riesgo”).

Una moral de especulador desvergonzado, porque nunca paga las consecuencias de sus actos: una victoria de Rassemblement National (RN) la sufrirían los extranjeros, los pobres, los débiles, pero también los militantes de izquierda y los ecologistas, esos que ya son vilipendiados tanto por los macronistas como por Rassemblement National. Porque estos y aquellos, por lo general, están de acuerdo en todo. Tras un pequeño sobresalto soberanista y social con Florian Philippot, Marine Le Pen ha vuelto a los fundamentos de la extrema derecha, lo probusiness, antisocial y antiecologista.

Los liberales y la extrema derecha comparten siempre el mismo enemigo: la izquierda redistributiva, que cuestiona un orden social injusto y una economía que destruye a las mujeres, a los hombres y a los seres vivos. Tienen las mismas obsesiones: una fiscalidad favorable a los ricos, la promoción de jerarquías “naturales” (en detrimento de todas las minorías, de los obreros, las mujeres y también de los jóvenes), la exaltación del orden (injusto y, en consecuencia, cuestionado e impuesto por medios represivos), la relación distante y laxa con las normas y con el Estado de derecho, la destrucción del medio ambiente y la represión masiva de los “ecoterroristas”.

La apuesta por el desgaste del poder 

Muchos se preguntan, en efecto, qué cambiaría con una persona de Rassemblement National al frente del gobierno francés y del Ministerio del Interior: serán las mismas tanquetas Centaure las que rodarán contra los opositores en la autopista A69 y contra los Kanak, las mismas escopetas de balas de defensa que sacarán ojos y arrancarán manos. Fueron los liberales italianos los que entregaron el poder a Mussolini en 1922; los liberales autoritarios quienes, junto a la clase empresarial, escogieron a Hitler al final de 1932; y los partidos liberales (FDP, FPÖ, CNI y luego la UDF) quienes, por “anticomunismo”, acogieron y reciclaron a los antiguos fascistas, nazis y colaboracionistas de Europa en 1945.

La última lección para reflexionar: la apuesta por el desgaste del poder. Deshagámonos de la suposición según la cual, “al darles las llaves, probarán su incompetencia y se desacreditarán a futuro”. Ese razonamiento (muy defendido por ciertos sectores del macronismo para justificar la disolución de la Asamblea) ya lo escuchamos en 1922 y 1932; en cambio, habríamos debido oír a Goebbels, que escribió en su diario: “Si llegamos al poder no nos iremos nunca, salvo muertos”. Promesa cumplida por aquel que asesinó a sus hijos y a su esposa antes de suicidarse frente al búnker.

Recordemos que los nazis, en los años treinta eran vistos como la primera opción política y económica: habían destruido a la izquierda más antigua y mejor organizada del mundo, habían retomado los fundamentos de la economía alemana a través de la fabricación masiva de armamento y habían hecho de Alemania una zona óptima para la inversión, donde todos los capitales querían circular, mientras que los equivalentes a Le Point o a Journal du dimancheen la Francia de la época soñaban con entrevistar al famoso “canciller Hitler”.

Ciertas élites eligen la peor opción 

Con un Rassemblement National que cuenta con el 50% de popularidad entre las fuerzas del orden, con los medios derechizados y un gobierno débil y violento que, desde el affaire de Benalla hasta la represión de los ecologistas, retomó meticulosamente el vocabulario, la gramática y las ideas de la extrema derecha, es mejor evitar tomar ese riesgo, teniendo en cuenta que una victoria de Agrupación Nacional puede desencadenar las acciones de militantes identitarios que cuentan con la simpatía de la policía, cuyos sindicatos se manifestaron frente a la Asamblea Nacional en presencia y con el aval del ministro del Interior y del prefecto de policía de París contra la “justicia” y la “Constitución”.

La alianza entre el liberalismo autoritario y el fascismo es un clásico del siglo XX. Se teje ante nuestros ojos desde 2017, en los medios que imponen los marcos y los temas de la extrema derecha, en un gobierno que se alía con ella (para establecer un duelo excluyente, o incluso para votar con ella), y todo en detrimento de una población que, según todas las encuestas, sueña, imagina y desea otra cosa que no sea el individualismo desenfrenado, la toxicidad gerencial, la competencia permanente y la devastación del mundo. Ciertas élites eligen la peor opción debido a sus intereses y la imponen a pueblos hipnotizados por medios sesgados. ¿Quién recuerda todavía que en 1933 la mayoría aplastante de los alemanes se oponía a la guerra?"           

(Johann Chapoutot es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de París-Sorbona. Especialista en el estudio del nacionalsocialismo. CTXT, 30/06/24)

22/6/23

El 42% de los americanos y el 29% de los franceses se declaran negacionistas climáticos, e incluso un 18% y un 12% (¡seis millones de franceses!) creen que la Tierra es plana. No sé si hay cifras para España, pero conviene no tomar a risa estos datos... Con porcentajes como estos se pueden ganar unas elecciones y gobernar un país. Con porcentajes como estos se dibuja el declive de una civilización... El conspiracionismo me interesa más aquí como síntoma neurótico. En 1960, para describir la indiferencia de los franceses ante los crímenes coloniales en Argelia, Jean Paul Sartre diagnosticó tajante: “Francia no es un país, es una neurosis”. El mundo entero es hoy, diría, una neurosis narcisista de clase media (los más pobres, como decía Chesterton, no se pueden permitir ni el optimismo ni el desánimo)... Esta pulsión de muerte suele ser la respuesta pendular a la pérdida de control sobre el propio entorno, a la impotencia y a la sensación de derrota; los conspiracionistas, en efecto, prefieren un mundo gobernado por una Mano Negra que un mundo ingobernable. Incluso los negacionistas climáticos no buscan protegerse del miedo mediante un engaño confortable: encuentran satisfacción, más bien, en la idea de que se les está engañando. ¿Y por qué le puede apetecer a alguien que la Tierra sea plana? Porque eso colma, precisamente, el deseo neurótico de que el poder nos mienta... Esta neurosis históricamente hispana y hoy universal se acompaña de tres deseos subjetivos: el deseo de ser apaleado, el deseo de que nos gobierne el Mal y el deseo de distinción. Queremos ser víctimas de alguien; queremos el apocalipsis now; queremos formar parte de la contra-élite que conoce la fecha y la hora de la perdición

 "Según una encuesta realizada en enero de este año por el IFOP, el 55% de los estadounidenses y el 35% de los franceses creen en al menos una teoría de la conspiración, tendencia al alza entre los más jóvenes y los más conservadores. Por ejemplo: el 42% de los estadounidenses y el 33% de los franceses están convencidos de que el Gobierno de EE UU conocía de antemano, y no impidió, el atentado terrorista contra los Torres Gemelas; el 41% y el 23%, respectivamente, aseguran que el Apolo nunca llegó a la luna en 1969; el 41% y el 31% creen que Biden desencadenó la invasión de Ucrania para ocultar los negocios de su hijo y el 27% y el 20% que las matanzas de Bucha fueron una “puesta en escena” de los ucranios; un 40% de los estadounidenses y un 26% de los franceses cuestionan el triunfo electoral de Biden y estiman que el asalto al Capitolio fue amañado para desacreditar a los partidarios de Trump; el 42% y el 29% se declaran negacionistas climáticos e incluso un 18% y un 12% (¡seis millones de franceses!) creen que la Tierra es plana. No sé si hay cifras para España, pero conviene no tomar a risa estos datos. Con porcentajes como estos se pueden ganar unas elecciones y gobernar un país. Con porcentajes como estos se dibuja el declive de una civilización.

No voy a explorar las razones sociológicas de esta tendencia universal. El conspiracionismo me interesa más aquí como síntoma neurótico. En 1960, para describir la indiferencia de los franceses ante los crímenes coloniales en Argelia, Jean Paul Sartre diagnosticó tajante: “Francia no es un país, es una neurosis”. El mundo entero es hoy, diría, una neurosis narcisista de clase media (los más pobres, como decía Chesterton, no se pueden permitir ni el optimismo ni el desánimo). Las épocas de peligro se reconocen por esto: la gente que antes era indiferente ante el Mal pasa a desearlo con todas sus fuerzas: “que se imponga de una vez, aunque me cueste la vida”. Esta pulsión de muerte suele ser la respuesta pendular a la pérdida de control sobre el propio entorno, a la impotencia y a la sensación de derrota; los conspiracionistas, en efecto, prefieren un mundo gobernado por una Mano Negra que un mundo ingobernable. Incluso los negacionistas climáticos no buscan protegerse del miedo mediante un engaño confortable: encuentran satisfacción, más bien, en la idea de que se les está engañando. ¿Y por qué le puede apetecer a alguien que la Tierra sea plana? Porque eso colma, precisamente, el deseo neurótico de que el poder nos mienta.

Podemos decir que se trata de la típica neurosis narcisista del perdedor: si no puedo ganar, entonces quiero perderlo todo. Se trata de una neurosis, por cierto, muy española; o lo ha sido y quizás vuelve a serlo. Pensemos, por ejemplo, en el fútbol como receptor transversal de nostalgia imperial y fragilidad nacional en un país mal construido que solo ha sabido pensarse a sí mismo como conquistador o como paria; como Imperio sin puestas de sol o como periferia cutre de Europa. Esta neurosis decimonónica, prolongada durante el franquismo y superada en las últimas décadas, encontró su último refugio en los campos de fútbol. Opera así: si la selección gana el primer partido del Mundial, entonces España es el mejor equipo del mundo; si pierde el segundo, entonces es el peor y queremos que sea derrotada una y otra vez, para darnos la razón, de la manera más humillante. “Si no ganas, quiero que pierdas por goleada”. Hasta el gol de Iniesta en 2010, todos los españoles —y no solo los independentistas catalanes y vascos— deseaban profundamente la derrota de la selección. Cuando no son los judíos y los masones (o la embajada estadounidense), es el Destino el que conspira contra los españoles.

Esta neurosis históricamente hispana y hoy universal se acompaña de tres deseos subjetivos: el deseo de ser apaleado, el deseo de que nos gobierne el Mal y el deseo de distinción. Queremos ser víctimas de alguien; queremos el apocalipsis now; queremos formar parte de la contra-élite que conoce la fecha y la hora de la perdición.

Esta neurosis, ¿es de derechas o de izquierdas? De ambas. Pero con una diferencia. La derecha, que suele ganar, no sabe ganar: cuando gana —heredera de una tradición nefasta— nunca perdona al vencido. La izquierda, por su parte, se quiere perdedora y, por lo tanto, no sabe perder: cuando pierde, tiende a destruirse a sí misma. Hay una izquierda superoptimista, en efecto, que apuesta por el “cuanto peor mejor”; una izquierda teológica que quiere que el Mal sea uno y no múltiple y que desea reducir toda contingencia a una Voluntad omnipotente que al menos nos reconocería como enemigos y cuya victoria anhelamos como evidencia irrefutable de nuestra superioridad cognitiva y moral.

Más allá de los cálculos y las estrategias, creo que esta neurosis narcisista, muy reaccionaria, opera hoy activamente en el inconsciente de Podemos. Derrotados, quieren ser apaleados en la plaza pública, como víctimas agresivas de una traición general: su proyecto es ser odiados y se las arreglan para que todo el mundo los odie. Derrotados, quieren que gobierne el Mal, para resistir heroicamente al determinismo y la brutalidad metafísicas. Derrotados, quieren al menos tener razón, para así distinguirse del resto de los españoles, que se dejan engañar con mansedumbre o ceden por felonía. Da mucho miedo que Podemos traslade esta neurosis narcisista de derrota necrófila al interior de Sumar. Ya lo ha hecho. Lo ha hecho durante unas negociaciones lastradas de bulos, filtraciones y presiones subsidiarias; y ha seguido haciéndolo después, atacando sin escrúpulos a sus compañeros de Unidad, como si su único proyecto político fuera el de extender el morbo a la totalidad de la izquierda y con independencia del precio a pagar: aunque con ello —digo— se facilite una victoria ultraderechista que confirmaría (máxima felicidad neurótica) las tesis conspiracionistas en torno a los medios de comunicación, la “izquierda cuqui” y las cloacas del Estado. En las negociaciones, Podemos se ha movido entre el interés pragmático de una máquina partidista amenazada de muerte y necesitada de escaños y el placer neurótico del apocalipsis colectivo. Ojalá el interés más bajo hubiese contenido en este caso el deseo más alto de destrucción. Ojalá todavía lo contenga. Porque Podemos puede hacer aún mucho daño a un proyecto al que se unió voluntariamente con el propósito de sobrevivir. No tengo muchas esperanzas. Entre la supervivencia y la destrucción, el neurótico —ay— elige siempre la destrucción.

¿Hay alguna curación para esta neurosis general, tan española y tan universal? Cambiar el deseo. Ahora bien, el problema es que el deseo no lo puede cambiar la voluntad: solo se puede cambiar en el mundo y desde el mundo. Hace falta una pequeña victoria que sustituya el narcisismo entrópico por la autoestima compartida. Por desgracia, la neurosis misma —pues es deseo de derrota— hace difícil cualquier victoria; y hace difícil (como han demostrado los años de la nueva política) gestionarlas bien —las victorias. Sumar es imprescindible, pero si quiere sumar tiene que ser ante todo un proyecto de salud mental.

El 23-J nos jugamos mucho, porque las derechas globales son hoy muy “españolas” y la española aún más. No estamos ante un cambio de ciclo sino ante un cambio de mundo. Las teorías conspiratorias, lo hemos dicho, son fundamentalmente reaccionarias: los judíos, los masones y los comunistas (y los inmigrantes y los maricones) nos están robando España. Una victoria de la derecha será una victoria imperial: somos los mejores y ganamos por goleada; y no tendremos piedad con los vencidos. No olvidemos a la hora de votar que las neurosis narcisistas, las de derechas y las de izquierdas, hoy campantes en la política global, son causa y efecto de la renuncia a la política y del fracaso de la democracia."

(Santiago Alba Rico es escritor y filósofo. El País, 16/06/23)

16/6/23

Hace tres años, la ultraderecha intentó desestabilizar España parapetada tras los antivacunas. Y nadie pareció tomarse en serio el peligro que se estaba fraguando. El tiempo ha pasado y a una parte de este país le parece sensato creer que existen avionetas fumigando las nubes con el objeto de someternos a la sequía, los mismos que tachan el cambio climático de estafa e insultan a los meteorólogos... La conspiranoia, una mezcla de conspiración más paranoia, la creencia irracional en la presencia constante de confabulaciones que pervierten el mundo en el que vivimos... la crisis de ciclo largo en la que llevamos inmersos quince años ha sido un acelerante para la desconfianza. La población está más asustada de lo que reconoce y una parte canaliza ese temor hacia una moderna Inquisición contra brujas y espectros que nos acechan. Hay algo pueril, pero confortable, en pensar que estamos amenazados por élites que planifican catástrofes, antes que asumir que el capitalismo es un sistema anárquico e inestable y que, en ocasiones, la ruina lleva el apellido de lo inesperado... Existen lagunas científicas en nuestro conocimiento que permiten que haya convencidos del terraplanismo, pero existe una ignorancia aún mayor de cómo funcionan las instituciones gubernamentales o los mercados financieros... Asustados, pero también más solos, buscamos la pertenencia contra la disgregación, un colectivo del que formar parte, la última línea de resistencia frente a la maquinación que intenta pervertir lo que una vez fue puro. No hay nada más peligroso que darle una misión histórica a gente aburrida... La conspiranoia es el clavo ardiendo al que nos agarramos para evitar alcanzar la mayoría de edad ciudadana. Ante un presente acelerado lleno de incógnitas preferimos creer que, al menos, aún hay alguien velando sobre el caos... A esto hay que sumarle el hecho cierto de que las conspiraciones existen... La conspiración es el método seguido por un grupo de poder para imponer sus deseos por encima de las normas previstas... siguen existiendo como manera de adulterar el devenir político y económico, en beneficio de grupos con capacidad de influencia que no desean someterse a los procedimientos y reglas previstas... es mejor pensar que el mundo es amenazado por unos villanos al estilo de Spectra, que desde una oscura mesa de reuniones planifican catástrofes, que asumir que pueden existir malos mandatarios, ejecutivos codiciosos y toda una estructura social dispuesta a colaborar con ellos con tal de ascender socialmente

 "La lluvias han llegado tarde y en algunos lugares de manera destructiva. Sin embargo, la sequía de comienzo de la primavera agrietó la tierra, mermó la cosecha y perjudicó la economía. También hizo brotar un nuevo foco de suspicacia.

 A finales de abril la Agencia Estatal de Meteorología se vio obligada a pedir respeto mediante un vídeo que mostraba un torrente de insultos y amenazas, proferidos por usuarios de Twitter convencidos de que la AEMET era parte de un complot para alterar las precipitaciones. Conocidos meteorólogos, sobre todo si advierten de los peligros del cambio climático, son acosados a diario con la misma hostilidad. Incluso la Fiscalía recibió denuncias, ya archivadas, en la misma línea. Un diputado tránsfuga de Ciudadanos elevó, a principios de mayo, una pregunta a la Mesa del Congreso: “¿Está el Gobierno manipulando el tiempo a través del rociado aéreo?”. 

 ¿Qué ha pasado para que la información meteorológica, antes conversación de cortesía en el ascensor, tranquilo refugio de sobremesa, se haya vuelto un tema conflictivo? Lo mismo que ha sucedido con las vacunas. Este no es un artículo que intente desmentir las demenciales teorías en las que se basa el pensamiento conspiranoico, el esfuerzo resulta inútil cuando las palabras pierden su significado, la razón se atrofia y la sospecha arraiga en el fértil terreno abonado con el miedo. Los que utilizan con soltura términos como “plandemia” o “mienteorólogo” han pasado a convertirse, en el mejor de los casos, en el síntoma de una enfermedad social y, en el peor, en la herramienta de aquellos que acechan a la democracia. 

 A mediados de los noventa, cuando Expediente X dominaba la televisión, lo conspiranoico resultaba tan sólo materia de entretenimiento para el gran público. Tres décadas después, esta manera disparatada de discurrir es tomada en serio por un número creciente de ciudadanos. ¿Por qué? Parece obvio que el descontrol digital permitió ganar notoriedad a todo tipo de iluminados y charlatanes que incluso lograron profesionalizarse y hacer del recelo un lucrativo negocio. Tenemos claro el vector de extensión de un mal que la Fundéu recogió en el año 2019 como conspiranoia, una mezcla de conspiración más paranoia, la creencia irracional en la presencia constante de confabulaciones que pervierten el mundo en el que vivimos. Pero debemos cuestionarnos por sus causas.

Obviamente, la crisis de ciclo largo en la que llevamos inmersos quince años ha sido un acelerante para la desconfianza. La población está más asustada de lo que reconoce y una parte canaliza ese temor hacia una moderna Inquisición contra brujas y espectros que nos acechan. Hay algo pueril, pero confortable, en pensar que estamos amenazados por élites que planifican catástrofes, antes que asumir que el capitalismo es un sistema anárquico e inestable y que, en ocasiones, la ruina lleva el apellido de lo inesperado. También debemos contar con el sesgo de una educación que nos prepara para ser excelentes técnicos pero no nos forma como ciudadanos, convirtiéndonos en maestros en lo parcial pero ignorantes en el funcionamiento global de nuestra sociedad.

 Existen lagunas científicas en nuestro conocimiento que permiten que haya convencidos del terraplanismo, pero existe una ignorancia aún mayor de cómo funcionan las instituciones gubernamentales o los mercados financieros. Sabemos que hay cosas que no marchan demasiado bien, pero desconocemos por completo las causas del error y sus protagonistas. Asustados, pero también más solos, buscamos la pertenencia contra la disgregación, un colectivo del que formar parte, la última línea de resistencia frente a la maquinación que intenta pervertir lo que una vez fue puro. No hay nada más peligroso que darle una misión histórica a gente aburrida, una aventura desde la seguridad de la sala de estar, que requiere, por todo compromiso, extender bulos mediante el móvil.

No obstante, el pensamiento conspiranoico es también atractivo por su carácter irrefutable. Al carecer de método siempre puede ofrecernos una nueva pirueta frente a la explicación lógica, volviéndose más fuerte ante la evidencia que lo contradice. La connivencia surge de algo tan elemental como el ego. Prestamos más atención a quien finge tener todas las respuestas, por rocambolescas que sean, y queremos imitarlo, sentirnos por encima de ese “rebaño de simples” que aceptan “la versión oficial”. La conspiranoia es el clavo ardiendo al que nos agarramos para evitar alcanzar la mayoría de edad ciudadana. Ante un presente acelerado lleno de incógnitas preferimos creer que, al menos, aún hay alguien velando sobre el caos.

 

A esto hay que sumarle el hecho cierto de que las conspiraciones existen. Llevan existiendo desde que Julio César fue acuchillado por un grupo de senadores en el año 44 antes de Cristo. Bastante antes, de hecho. La conspiración era la manera casi habitual en la que los mandatarios eran depuestos, el modo en que se solventaban los conflictos por el poder cuando las rutinas de sucesión fallaban. La conspiración es el método seguido por un grupo de poder para imponer sus deseos por encima de las normas previstas. La diferencia con la antigüedad es que esas conspiraciones se tuvieron que sofisticar con la aparición de la democracia liberal, un sistema lleno de contrapesos y con el poder muy repartido. El hecho de que existan menos magnicidios lo que nos indica es que matar al líder dejó de ser rentable una vez que desapareció el poder omnímodo y su sucesión se guiaba por una serie de mecanismos que escapan al control de quien empuñaba el arma.

Las conspiraciones siguen existiendo como manera de adulterar el devenir político y económico, en beneficio de grupos con capacidad de influencia que no desean someterse a los procedimientos y reglas previstas. La intriga palaciega se transforma, pero ya no aspira al poder total porque no puede. Como tampoco permanecer demasiado tiempo en la penumbra ocultando sus maquinaciones. Hoy nos enteramos de todo, o casi todo, si no en el momento que sucede, poco tiempo después. En los últimos años hemos sido testigos de cómo se trazó la crisis financiera, cuáles fueron los sectores, empresas e individuos que convirtieron lo inmobiliario en una ruleta asentada sobre dinamita. También de cómo se trazó el monumental engaño que condujo al Brexit, de una manera muy parecida al asalto al Capitolio en Estados Unidos. Y acabaremos conociendo los detalles de la voladura del Nord Stream.

La razón es que en nuestro presente para que una conspiración resulte efectiva necesita muchas personas para ejecutarse, demasiadas. Por otro lado, nunca fue tan sencillo realizar una filtración de manera anónima. Que usted conozca los últimos movimientos de inteligencia estadounidense en torno a la guerra de Ucrania es producto, simplemente, de las ganas de notoriedad de un post-adolescente en uniforme. El alto secreto sigue existiendo, pero tiene fecha de caducidad y, desde luego, no existe la capacidad formal para que nadie, por mucho dinero o influencia que atesore, pueda trazar algo así como un plan de dominación global. Pensar lo contrario es no entender cómo funciona el mundo, también tener un miedo atroz a descubrirlo.

“La idea de un sistema coordinado, por siniestra que sea, resulta preferible a la realización de que flotamos a la deriva en un universo nihilista, gobernados por gente incompetente y expuestos a todo tipo de contingencias imprevisibles [...] En el fondo, se trata de intentar ordenar el caos cacofónico de la vida moderna, lo que no diferenciaría tanto al pensamiento conspiranoico del religioso”, concluye Noel Ceballos en su libro El pensamiento conspiranoico (Arpa, 2021), un excelente tratado para adentrarnos en este mal de época cada vez más extendido. La conclusión es clara: es mejor pensar que el mundo es amenazado por unos villanos al estilo de Spectra, que desde una oscura mesa de reuniones planifican catástrofes, que asumir que pueden existir malos mandatarios, ejecutivos codiciosos y toda una estructura social dispuesta a colaborar con ellos con tal de ascender socialmente.

¿Existe una conspiración en torno a la conspiranoia?¿Se fomenta el pensamiento irracional en amenazas inexistentes para que desviemos la vista de las amenazas reales? Que Vox se presentara al 1º de Mayo con una caricatura donde se apelaba a la Agenda 2030 es una respuesta rápida a la pregunta. La ultraderecha surfea con habilidad la ola de la suspicacia, ofreciendo, como en una representación de guiñoles, malos arquetípicos a los que atizar. Que un partido lleno de nobles, millonarios y altos funcionarios del Estado diga ir contra “las élites” es un chiste de mal gusto. Que obtenga un relativo éxito a la hora de imponer esta narrativa, la prueba de que una parte de la sociedad se siente más cómoda creyendo estas estupideces que mirando de frente a los problemas.

Hace tres años, la ultraderecha intentó desestabilizar España parapetada tras los antivacunas. Y nadie pareció tomarse en serio el peligro que se estaba fraguando. El tiempo ha pasado y a una parte de este país le parece sensato creer que existen avionetas fumigando las nubes con el objeto de someternos a la sequía, los mismos que tachan el cambio climático de estafa e insultan a los meteorólogos. Una semana y media antes de las autonómicas, el Departamento de Seguridad Nacional advirtió de una campaña de la ultraderecha para deslegitimar las elecciones. Llegó el 28M y, a juzgar por la diferencia entre las encuestas y los resultados, una parte de la ciudadanía, con la inestimable ayuda de lo peor de los medios de comunicación, mordió el anzuelo. Para cosechar antes hay que sembrar."                   (Daniel Bernabé, InfoLibre, 06/06/23)

30/3/22

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real... El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años... Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo... En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación

"Reportera de la revista La Marea, se dedica fundamentalmente a cubrir historias vinculadas con derechos humanos y género. Ha escrito varios libros. Entre ellos, Nuestra guerra son las maras, en colaboración con el CEAR, sobre emigrantes procedentes de Centroamérica, que huyen de las bandas violentas. Ahora, publica “Miedo” (Editorial Debate).

Podemos tener miedo de casi todo, incluso de no tenerlo ¿A qué miedos te refieres en tu libro?

El miedo es un mecanismo fundamental de supervivencia. De algún modo, gracias a él seguimos vivos como especie. Es, en fin, muy útil y eficaz. Pero ocurre que el miedo, mal entendido o instrumentalizado, lo que consigue es paralizarnos. Desde el punto de vista político y social, también es un mecanismo muy eficaz para obtener ventajas. Nos vuelve frágiles, paranoicos… Nos empuja a la competencia por pequeñas cosas, y perdemos de vista a quienes de verdad se están beneficiando de él. Me llama mucho la atención que una sociedad como la española, con una de las tasas de criminalidad las más bajas del mundo, con una seguridad y una paz social muy altas, vivamos con tanto miedo. Prueba de lo cual es, por ejemplo, la gran publicidad que se hace de las alarmas de seguridad. En la última década, se ha instrumentalizado el miedo, con una clara finalidad de control, sometimiento y, en definitiva, de explotación. 

“Miedo” apunta especialmente al miedo en la vida pública, con especial atención a fenómenos como la emigración ¿Este miedo social, colectivo, abstracto…, no es en definitiva una traslación de nuestros particulares miedos individuales?

Totalmente. Tenemos ahora una sociedad temerosa, también por nuestro individualismo. Somos suma de muchas cosas, también positivas, de resistencia y luchas; pero también miedosos. Cosa que últimamente se explica porque llevamos desde la crisis de 2008 levantándonos cada día con la sensación de que todo va a peor. Es difícil no tener miedo si, constantemente, se sufren pérdidas de condiciones laborales, de bienestar psico-social, de ruptura de relaciones, de que la vida de nuestros hijos e hijas va a ser mucho peor… Y, por añadidura, con problemáticas globales de enorme envergadura como la crisis climática, el crecimiento de la ultraderecha, la desigualdad… Algo que no es futuro, sino presente, que nos ofrece muy poco y que es una gran amenaza para los sistemas democráticos. Porque la democracia, sin esperanza, sin horizontes de mejora, sin posibilidades de participación, se vacía. 

El cualquier caso, en esto del miedo cualquier pasado no parece haber sido mejor, sino todo lo contrario…

El miedo siempre ha sido utilizado como mecanismo de control social al que han recurrido, no solo los regímenes totalitarios, sino también las democracias liberales. El propio hecho de gobernar incluye el miedo. El problema está cuando el miedo define una era, como la nuestra. Cuando yo me lanzo a escribir este libro es porque descubro, trabajando para La Marea, las crisis que provocó la pandemia de la covid. La palabra que más repetía la gente que entrevistaba era “miedo”. Y cuando indagaba sobre ello, aunque aparentemente el miedo era a contagiarse o que se contagiaran sus seres queridos, a perder el empleo… empezaban a aflorar miedos que estaban ahí de antes, y tenían mucho que ver con las sucesivas crisis que estamos viviendo: miedo a los otros, a la pobreza, a la soledad, a la muerte… Miedos antiguos, que nos han acompañado a lo largo de la historia.

¿El miedo, más que derivado de realidades, no es en muchos casos una construcción, algo figurado?

El miedo es un relato, un ideario. Si lo agitas repetidas veces, acaba percibiéndose como algo real. Es aquí donde el periodismo está llamado a indagar si se justifica, en base a hechos, o se trata de meras configuraciones ideológicas. Por ejemplo, que adolescentes no acompañados o mujeres que viajan solas sean criminalizados hasta convertirlos en una gran amenaza, es insostenible. El miedo al otro es quizá uno de los miedos más artificiales e injustificados. Y tiene que ver con que hay una industria de la mentira y la manipulación mediática, que se lleva repitiendo desde hace años. Por el contrario, el buen periodismo tiene que contribuir a ahuyentar esos fantasmas. 

¿En la industria del miedo, está siendo la distopía la factoría más productiva y espectacular?

Mi libro, creo, es luminoso y utópico. Me parece relevante insistir en que no estamos tan mal. Que, pese a todo, hay que recordar de dónde venimos. Hemos sufrido las consecuencias del neoliberalismo de Thatcher y Reagan, pero también la gran ola feminista de 2018, la movilización juvenil de 2019 contra la crisis climática… Pese a todos los miedos que se han azuzado para enfrentarnos, también ha habido movimientos de resistencia y rebeldía. Cosa que se procura obviar, promoviendo una atmósfera derrotista, que resulta muy útil para la ultraderecha y los populismos. Pero, en definitiva, hay que tener en cuenta que, pese a todo, la democracia sigue siendo el mejor invento que nos hemos dado para construir sociedades igualitarias y con posibilidades de mejora. Reivindicar más democracia sigue siendo una utopía. 

¿Hay en la política profesionales del miedo, con nombres y apellidos?

El repliegue a nuestras parcelitas, de nostalgia por un pasado idealizado, que estamos viviendo, tiene que ver mucho con el miedo. Esa ola reaccionaria se nutre del miedo, y tiene una estrategia internacional. Cito en el libro “Cómo secuestrar un país”, de la periodista turca Ece Temelkuran, publicado por Anagrama, que explica los pasos que dan líderes populistas como Erdogan, Boris Johnson, Trump, Le Pen, Bolsonaro…, aquí Santiago Abascal… siguiendo un mismo patrón. De hecho, se reúnen como acaban de hacerlo ahora en Madrid. Saben cómo generar miedos, un ambiente de paranoia, en el que tu vecino o vecina pueden ser tus enemigos… Si queremos hacer frente a esta corriente tenemos que entender que es internacional, y que para contrarrestarla tenemos que recuperar valores fundamentales, además de los derechos humanos, como el cosmopolitismo, el internacionalismo, la solidaridad… 

Se asocian miedo y odio, pero ¿necesariamente, el primero desencadena el segundo?

El miedo es una `puerta al odio. No tienen porque estar siempre vinculados, aunque habitualmente lo están. Hay una cita al principio del libro de la poeta Isabel Bono, que hace referencia al miedo y la crueldad que, después, lo invade todo. Cuando se está borracho de miedo y se nubla la razón se pueden cometer grandes crímenes. Por eso considero importante, como trato de hacer en el libro, desbrozar los miedos, que ahora mismo están muy interrelacionados, mezclados. Hay que separarlos, conocerlos y seguir su ruta, sobre todo la del dinero ¿Quién se beneficia de los miedos? Sabiéndolo, conoceremos también quién los alienta. Me da miedo que se nos pase la vida paralizados por el miedo. 

¿Quiénes, además de las producciones literarias y audiovisuales distópicas, se llevan el gato al agua en el gran negocio del miedo?

A veces, la ficción explica mejor que el periodismo lo que nos está pasando. Pero la distopía, que parece ser ahora una gran fuente de beneficios económicos, si no se plantea bien, paraliza. Y no sé si ayuda a algo, pero en mi libro pretendo entender a los que no entiendo, a los supuestamente malos, a los victimarios…, a quienes con quien no se está en absoluto de acuerdo. Sueño con el diálogo, la pluralidad de ideas como riqueza y no como problema, la superación del sectarismo… La distopía plantea una lucha elemental, primaria, entre buenos y malos. Generalmente, jugando con miedos abstractos y, en realidad, actuando como tapaderas de los problemas reales. Como decía Zygmunt Bauman sobre la manipulación de la incertidumbre, si hay problemas muy importantes que la ciudadanía siente que no puede manejar y que la clase política no aborda, se generan algunos problemas ficticios. Y así nos distraemos, mientras proliferan los negocios del miedo, que son muchos y variados. 

¿Es quizás el conocimiento el mejor y quizás único aliado para hacer frente al miedo?

Sí, pero hay, por ejemplo, antivacunas que son personas formadas. Algo que creo tiene que ver con el déficit de participación. Porque el conocimiento no es solo cosa de libros, también se adquiere participando. Existe la sensación, quizás como reflejo de la realidad, de que las decisiones se toman en instancias cada vez más alejadas. Ahí está, por ejemplo, el Parlamento Europeo, del cual no sabemos ni qué pasa, ni cómo funciona. La presunta participación mediante las redes sociales se hace desde el rencor, insultando… Y también desde los medios de comunicación dominantes, que presentan como información material tóxico, y que solo entienden la noticia como mercancía, hasta convertir los hechos en caricatura."                          (Entrevista a Patricia Simón, Peru Erroteta, elTriangle, 27/03/22)

7/7/20

Aporofobia, el miedo al pobre que anula la empatía

"Para que algo exista en la conciencia colectiva hay que poder nombrarlo. Poner nombre a lo que ocurre y no se ve o no se quiere ver es lo que ha hecho la filósofa Adela Cortina con una realidad que está ahí pero preferimos ignorar: el miedo, la aversión y el rechazo a los pobres.

 Lo ha denominado aporofobia, un fenómeno que está en el origen de las corrientes de xenofobia y racismo que se extienden por el acomodado mundo occidental. Adela Cortina acuñó este concepto a partir de los términos grietos griego áporos (sin recursos) y fobos (temor, pánico) y lo ha utilizado en trabajos académicos y artículos, hasta imponerlo, pese a las reticencias de los editores a las palabras extrañas, como título de su último libro: Aporofobia, el rechazo al pobre(Paidós, 2017).

El esfuerzo ha tenido recompensa. Hace unas semanas el neologismo fue incorporado al Diccionario de la lengua española y la Fundación del Español Urgente lo ha declarado la palabra del año de 2017, como en años anteriores fueron populismo, refugiado, selfi y escrache. En la palabra aporofobia Fundéu ha encontrado no solo un término muy significativo, sino una rara avis lingüística: “una voz con autor conocido y fecha de nacimiento”.

La aporofobia, como señala Adela Cortina, es lo que alimenta el rechazo a inmigrantes y refugiados. No se les rechaza por extranjeros, sino por pobres. Nadie pone reparos a que un jeque árabe se instale en un país europeo, ni a facilitar la residencia a un futbolista famoso. Los yates atracan sin problemas en la costa rica del Mediterráneo mientras las pateras se hunden tratando de alcanzarlas. A Trump no se le ha ocurrido poner un muro en el norte, en la frontera con Canadá, sino en el sur, en la frontera con México.

El odio al pobre se expresa también con los excluidos del propio país. Según el Observatorio Hatento, una iniciativa de las entidades sociales para denunciar agresiones a las personas sin techo, el 47% de quienes viven en la calle han sido víctimas de delitos de odio. Por su situación de exclusión, son también los más indefensos. La recesión económica ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos ha hecho ver que todos somos vulnerables. Que el mejor empleado de la empresa más segura puede quedarse de repente en la calle sin medios de subsistencia.

Pero para que el miedo se convierta en rechazo es preciso un proceso mental que anule la compasión y la empatía. Ese proceso lo proporciona la ideología y se activa cuando señala a los pobres como culpables de su pobreza. Cuando afirma que la pobreza no es fruto de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en la cuneta, sino el resultado de una indolencia, un error individual o una culpa personal. 

En esa ideología, los pobres son percibidos como una amenaza. Culpabilizarlos anula la empatía y permite que se le ignore y hasta se les persiga. Y todo eso ocurre en un momento de fuerte aumento de las desigualdades."                  (Milagros Pérez Oliva, El País, 04/01/18)

2/10/19

El miedo es el sufrimiento de la humanidad. Incluso hay dolores cuando no hay daño. Dolor que duele de verdad. El miedo duele... un 20% de la población mundial tiene dolor crónico sin base biológica”...

"Por la noche, en la semioscuridad, el niño dice: 

—Tengo miedo. Léeme un cuento.

La fantasía lo lleva a otro mundo, y luego al sueño. “Pero el miedo no desaparece, se agazapa. Tenemos miedo hasta el último suspiro. Está en nuestro cuerpo, en el alma, en nuestra salud. Todo lo que nos pasa tiene que ver con el miedo”.

Lo dice María Docavo Alberti, 58 años, kinesióloga. Se ocupa del miedo como factor “rabiosamente humano” de la vida. “Es un mecanismo de defensa celular que nos hace encontrar nuestros talentos. Darle la vuelta al miedo es extraer de él lo que nos está enseñando”.

Marian Labrada, 37 años. Politóloga y psicóloga, afirma: “El miedo nos afecta en todo. La célula de la que parte tiene un núcleo y una membrana, que está en el feto, en contacto con el exterior. La membrana recibe toda la información, se cierra, se destruye, se enferma. Desde el feto el miedo juega ese papel. Hasta que llegamos al mundo. El miedo causa dolor: un 20% de la población mundial tiene dolor crónico sin base biológica”.

El miedo es el sufrimiento de la humanidad. Dice Labrada: “Incluso hay dolores cuando no hay daño. Dolor que duele de verdad”. El miedo duele. Un niño puede decir que le duele la tripa y por eso no quiere ir al colegio. “No le pasa nada, pero el dolor existe. Y su base es el miedo”.

Paula Florit, 28 años, naturópata, cuenta: “De pequeña tenía dos clases seguidas. Una de flamenco, otra de ballet. En ballet siempre me dolía la tripa y nunca podía participar. En flamenco, que venía después, nunca me dolía y bailaba encantada. Con el paso de los años me he dado cuenta de que en ballet había una niña que me daba miedo porque maltrataba a todas las demás. Me quedaba en un rincón, estaba fuera de peligro: me dolía la tripa para no participar. En flamenco no estaba la niña y yo no tenía miedo”.

De niño haces las cosas bien para que te quieran, dice Docavo. “Tienes miedo de hacerlo mal, y lo haces bien para que tus padres te quieran. Has creado tu defensa desde tu miedo... El niño que tiene miedo de que no le quieran va a hacer lo que sea para que le quieran y desarrollará una capacidad de amor que va a ser su talento”.

¿Cuál ha sido tu miedo? “No valer”, dice Marian Labrada. “No sé si me he curado. Cuando fallo en algo me pongo mala o me entra rabia”. ¿Y el suyo, Paula? “La inseguridad. Pensar que si no hay alguien que me apoye yo no voy a poder, cuando en realidad llevo toda la vida haciéndolo todo sola”. ¿Cómo se soluciona el miedo? “Con la consciencia”, dice María. “Por eso es tan importante una educación del miedo, en escuelas, en colegios, en empresas. Hay que hablar siempre de ello a los niños”.

El miedo puede venir cuando tu madre o tu padre no te miraron, o tú no los viste mirarte. Florit: “Jugábamos al dominó de niños, con mi padre, después de comer. Un día me dijo: ‘Ya eres mayor. Ya no jugamos después de comer’. Yo tendría siete u ocho años y lo recuerdo como un dolor”. Igual que el dolor que se siente si, en la semioscuridad, el niño pide que le leas un cuento y tú ya te has dormido."                            (Juan Cruz, El País, 28/09/19)

11/2/19

El malestar en los Estados Unidos... ¿Por qué estábamos todos tan tristes con la elección de Trump? Fué como si estuviésemos en las fases iniciales del duelo... no hay nada que te haga sentir más impotente que ver cómo 63 millones de tus compatriotas se ponen de acuerdo en algo tan ridículo y peligroso como elegir para presidente a un charlatán de circo... La impotencia es la puerta de entrada al dolor, y el duelo se supera hablando...

"Corresponderá a los historiadores futuros, si queda alguno, la tarea de explicar a sus coetáneos por qué apareció una profesión en el siglo XX cuyos practicantes bien remunerados se sentaban en una oficina mientras que gente, que de otra forma sería totalmente desconocida para ellos, les hablaba de su infelicidad, uno tras otro, en intervalos de una hora. 

Soy terapeuta desde hace treinta y cinco años y todavía no logro entenderlo del todo. No hablo lenguas délficas, no ofrezco absoluciones sagradas, ni realizo ceremonias chamánicas; en realidad, no hago gran cosa excepto sentarme allí, escuchar e intentar decir la verdad.

 No es que sea sencillo, es agotador tener que pasar tus días rodeado de la miseria de los demás y, fuera lo que fuese que me motivó a hacer esto con mi vida y me preparó para poder soportarlo, no ha mejorado con la práctica. Aun así, agradezco al mercado laboral que me haya proporcionado un modo tan improbable de ganarme la vida.

Supongo que esos historiadores también destacarán el genio inagotable que tendría que tener una economía política para crear ese mercado y garantizar una sólida oferta de patologías para las cuales la cura es alquilar por hora un oyente absorto. Aún más impresionante, retrospectivamente hablando, será la imponente infraestructura profesional que se emplea (oficinas, licencias, el valor monetario de la unidad de tiempo) para legitimar a la casta oyente.

Personalmente, envidio a esos futuros investigadores por la oportunidad que tendrán de utilizar la psicoterapia como espécimen para realizar la autopsia del capitalismo de consumo, o incluso como uno de los principales indicadores de su colapso: si los oyentes de pago son todo a lo que llegaron, probablemente dirán, entonces la podredumbre tiene que haber sido muy profunda. 

Mientras tanto, atrapados como estamos en nuestro propio tiempo, baste con señalar la existencia de la profesión, su extrañeza y decir que hay ocasiones en que las costuras que lo ligan al día a día son de repente visibles. Y es en ese preciso instante, cuando los terapeutas sinceros se dan cuenta de que no solo no son capaces de hacer mucho por el sufrimiento del que son testigos, sino que además son parte del problema.

Trumptitis

Os remito al 9 de noviembre de 2016, el día después y el día más reciente que recordaremos como una auténtica desgracia. He pasado por una gran cantidad de catástrofes en este trabajo y siempre me ha sorprendido, para bien o para mal, la capacidad de paciente y terapeuta para aislarse del mundo, incluso cuando se está yendo por el sumidero y comentar (o no) que las torres se han derrumbado o que ha habido un tiroteo en una escuela, y más tarde regresar como si nada a nuestras preocupaciones personales. Por este motivo, ese miércoles, sin importar lo mucho que mis pacientes (y yo) hubiéramos querido volver a hablar de sus dramas íntimos, aunque solo fuera para encontrar un refugio, fuimos incapaces de hablar de otra cosa que no fuera el triunfo de Trump. 

Era extraordinario, parecía como si la normalidad se hubiera invertido y lo político se hubiera vuelto personal del modo más literal.

La aflicción de cada persona era diferente, pero bajo cada una de sus reacciones yacía una corriente de común acuerdo, una que trascendía las categorías en las cuales mis colegas de profesión y yo clasificamos a nuestros clientes. 

Los estoicos y los obsesivos, los ansiosos y los deprimidos, los disolutos y los estirados: todos parecían estar aturdidos y alicaídos; además, como todos se habían despertado a las tantas para ver las noticias, estaban exhaustos. Fue como si de la noche a la mañana cada persona hubiera experimentado una muerte inesperada en la familia y hubiera venido a mí en las fases iniciales del duelo.

Si la psicoterapia, como supuestamente afirmó Sigmund Freud, es una cura a través del amor, y si el amor, como sin lugar a dudas escribió Milan Kundera, es una interrogación constante, ese día yo no iba a curar a nadie. No estaba interrogando su tristeza.

 En ese momento parecía ser incuestionable, evidente, que es lo que pasa cuando un terapeuta siente lo mismo que su cliente (una forma menos que fiable de juzgar lo que es incuestionable, lo admito). Hasta que la intensidad no amainó durante las semanas subsiguientes y la versión muda se apropió del espacio poselectoral, no caí en la rareza de la reacción. ¿Por qué estábamos todos tan tristes?

Ya no puedo preguntarlo (la primera premisa de la terapia, que se respeta unas veces más que otras, es que se trata de ti, no de mí), así que a menos que alguien me lo pida voluntariamente, me quedaré con la duda. Pero si alguien me pregunta, tengo la respuesta preparada: no hay nada que te haga sentir más impotente que ver cómo 63 millones de tus compatriotas se ponen de acuerdo en algo tan ridículo y peligroso como elegir para presidente a un charlatán de circo, y ni siquiera uno bueno. 

Cuando finalizan las elecciones, como buenos demócratas que somos, debemos aceptar el resultado igual que se acepta una muerte. No hay vuelta atrás. Protesta todo lo que quieras, pero cuando la causa está perdida, está perdida. Puedes ver cómo alguien que amas se deteriora y finalmente fallece, cómo un coche atropella a tu perro, cómo tu pareja te deja por última vez, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

 La impotencia es la puerta de entrada al dolor, y el duelo (en un velatorio, durante el shiv’ah o cuando te encuentras a alguien por casualidad en una tienda) se supera hablando, siendo testigo de la pérdida hasta que se asume.

¿Pero exactamente qué se había perdido? Al fin y al cabo, al día siguiente de las elecciones el país permanecía intacto, la economía seguía bullendo de forma similar, no había tropas en las calles, ni milicias en los bosques (o no muchas, al menos).

 Si hubiera preguntado, probablemente me habrían dicho que para algunos era una cuestión de orgullo, para otros la sensación de que algo muy valioso para ellos (derechos reproductivos, tolerancia racial o igualdad de género) estaba de repente bajo amenaza, para otros aún el agravio narcisista de tener a un tipo tan desagradable como representante del país del que les habían enseñado a sentirse orgullosos. En sus historias privadas podría incluso haber encontrado una modelo que seguir para deducir sus respuestas.

Pero también es posible que la tristeza tuviera su origen en un inconsciente más profundo que el personal, y no me refiero al inconsciente colectivo casi místico de Jung, me refiero al inconsciente histórico que nos convierte, antes de que nos demos cuenta, en personas que, con ciertas expectativas sobre nosotros mismos y nuestro mundo, hacemos cosas como acudir a terapia para confesar nuestra tristeza, en personas que piensan que el pasado puede de alguna manera redimir el presente y hacer que el futuro deseado sea posible, si solo conseguimos entenderlo.

Duelo en Estados Unidos

Puede que eso sea lo más duro cuando hablamos de una pérdida, que casi siempre pone el futuro en entredicho, al menos de manera temporal. Nadie es capaz de entenderlo, ni tampoco tantas otras cosas relacionadas con la pena, ni siquiera los expertos. Mi campo casi se desintegra hace unos años cuando se intentó buscar una respuesta a la pregunta de cómo diferenciar el duelo normal de la depresión clínica. 

 La discusión fue demasiado estúpida para que merezca ser explicada aquí, pero se pasó por alto algo muy importante entre tanto ruido: que no se puede discutir sobre nada si antes no se acepta que existe algo llamado duelo normal.

Nos gustaría que fuera así, por supuesto. Nos gustaría creer que la selección natural nos ha dotado de un mecanismo que diluye de forma fiable el terremoto que provoca una pérdida y que, tras un plazo aceptable, restablece nuestra fe en que lo que amemos permanecerá con nosotros para siempre. 

Pero a la selección natural no le importa un comino nuestra pena y, además, si sufres (o eres testigo de) muchas pérdidas, lo más probable es que termines dudando, desconfiando y finalmente descartando esa confianza, y termines reconociendo que la capacidad para seguir adelante ante lo inevitable, y no digamos ya de arriesgarse a amar, es inexplicable. Quizá entonces te des cuenta de que el duelo es infinitamente más complicado que  cualquier otra herida y que curarse, signifique lo que signifique, es en sí un milagro.

Pero si existe un estándar para distinguir entre duelo normal y patológico, es que normalmente sabemos por quién o por qué estamos sufriendo. Sigmund Freud distinguía entre melancolía y duelo basándose precisamente en ese motivo. 

Sostenía que el duelo se vuelve patológico cuando se prolonga tanto después de una pérdida que ya no se puede identificar el objeto de su origen. Los melancólicos se aferran a un ser querido para posponer el sentimiento de pérdida. Su situación no remitirá, señalaba Freud, hasta que la melancolía se convirtiese en duelo normal, y entonces la pérdida quede relegada al pasado.

Pero mientras que Freud, y todos los profesionales que curamos hablando y que hemos venido después, se fijaba en la familia para encontrar el origen de la respuesta que damos a la pérdida, también era capaz de reconocer un duelo que no era la persistencia de la memoria, ni el shock de una muerte reciente. 

Su caso práctico no era un paciente, sino él mismo y la circunstancia traumática no era el incesto o la violencia doméstica, sino una catástrofe sin precedentes en cuanto a su alcance y horror: la 1ª Guerra Mundial. El comienzo de la guerra, escribió en 1915:

quebrantó también el orgullo que sentíamos por los logros de nuestra cultura, nuestro respeto hacia tantos pensadores y artistas, nuestra esperanza en que finalmente superaríamos las diferencias entre pueblos y razas. […] Desencadenó en nuestro interior los malos espíritus que creíamos sojuzgados duraderamente por la educación que durante siglos nos impartieron los más nobles de nosotros. Empequeñeció de nuevo nuestra patria […] Nos arrebató harto de lo que habíamos amado y nos mostró la caducidad de muchas cosas que habíamos juzgado permanentes.

“Lo transitorio”, como Freud llamó a este corto ensayo, no es muy conocido, ni tampoco nos dice lo que hay que hacer cuando “lo apreciado no acreditó su perdurabilidad”. Al cabo de un año, su atención se había dirigido de nuevo a las desdichas domésticas y personales, que eran las que más se ajustaban a su tratamiento.

 La halagüeña predicción con que finaliza el documento (“Cuando superemos el duelo […] construiremos todo de nuevo, todo lo que la guerra ha destruido, y quizá sobre un fundamento más sólido y de forma más duradera que antes”) sería prácticamente su última palabra sobre este asunto hasta que se publicó El malestar en la cultura, que escribió cuando los nazis se estaban haciendo fuertes en Alemania. 

Es una pena que Freud abandonara este tema tan rápido, no porque habría podido ofrecernos algunas soluciones, sino porque, en los quince años que transcurrieron entre los ensayos, había sucedido algo más decisivo para el futuro del psicoanálisis (y quizá para el futuro de la democracia): el psicoanálisis había llegado a Estados Unidos.

La república feliz

Freud lo había llevado a Estados Unidos en 1909, pero odió cada minuto que pasó allí, y el sentimiento fue en gran medida mutuo, como describió E.L. Doctorow en Ragtime: “Tendría que pasar al menos una década hasta que Freud obtuviera su venganza al ver cómo sus ideas acababan para siempre con el sexo en Estados Unidos”. 

Puede que Freud hiciera que fuésemos más sinceros sobre nuestros deseos y más conscientes de cómo se manifestaban en el día a día, pero también retiró de golpe el manto que cubría de misterio al sexo y las sombras que lo hacían más profundo, aunque lo complicaran.

No me quejo, ni como ciudadano ni como terapeuta; al final resulta que la sinceridad y el éxtasis pueden realmente informarse y acrecentarse de forma recíproca. Pero al insistir en que reprimamos por nuestra cuenta y riesgo la vida instintiva que epitomiza el sexo, Freud no estaba sugiriendo que abandonáramos todas nuestras contenciones en favor de nuestras vidas emocionales. 

Al contrario, nuestro trabajo como personas civilizadas era averiguar (se supone que a través del psicoanálisis) qué parte de nosotros mismos tenemos que proteger de los demás, y después reunir el autocontrol necesario para conseguirlo (y todo esto sin pretender nunca haber vencido a la bestia que llevamos dentro). A cambio de sustituir la represión inconsciente por la renuncia consciente, obtendríamos una civilización y la recompensa que lleva acompañada: estabilidad, una razón de ser y la realización a través de la cultura.

Sin embargo, lo que no conseguimos con este contrato es felicidad; lo que conseguimos a cambio, utilizando las famosas palabras de Freud, es “infelicidad común” en vez de “miseria neurótica”. Probablemente, esa sea la verdadera razón de que el psicoanálisis tardara tanto tiempo (bastante más de una década, siendo sinceros) en afianzarse en Estados Unidos: una cosa es arruinar el sexo, pero otra completamente diferente es arruinar la búsqueda de la felicidad al declarar que la trágica resignación es nuestro justo destino.

De todos modos, era solo una cuestión de tiempo antes de que el mercado ofreciera una solución, un método, que utilizara el equipamiento analítico (el sofá, la legitimidad, la hora) para contribuir a esa eventualidad. Para cuando yo llegué a la escuela de psicología a mediados de la década de 1980, el valor del paisaje interior de Freud había cambiado: ya no era una fuente de problemas, sino de sabiduría. Nunca nadie lo dijo en voz alta, y yo tampoco me di cuenta hasta mucho tiempo después, pero el objetivo de la psicoterapia se había vuelto encontrar qué parte de nosotros mismos necesitamos proteger del mundo. 

El espacio seguro de la oficina del terapeuta no solo era un refugio, sino un modelo, un anticipo de cómo debería ser el mundo: lleno de interlocutores cuyo trabajo es amarnos de manera incondicional y ayudarnos a amarnos a nosotros mismos de la misma manera, para que podamos ser todo lo que podemos ser.

El mundo y yo

Todavía reinaba el imperativo freudiano de buscar sin temor los vestigios de la vida instintual, pero sin suspicacia ni con la mirada puesta en la contención. En su lugar, las doctrinas de Freud, cuando se transmitieron por completo al nuevo mundo, adoptaron un color típicamente estadounidense: se impregnaron de la afirmación personal, y la fe terapéutica se basó en la convicción de que la sabiduría yacía en el instinto, y más concretamente en las emociones. 

Y como corolario de esta fe, la creencia fundamental en que la prueba de que habíamos fracasado a la hora de someter el instinto a la civilización no se encontraba en el dolor psicológico, sino en que más bien la civilización había fracasado en su función de protegernos de sufrir daños.

 Los terapeutas ayudarían a la gente a convertirse en virtuosos de sus psiques, que estarían delicadamente afinadas para cada pequeño grado de sufrimiento interno, y también a gestionar sus vidas emocionales para protegerse a sí mismos de cualquier incursión. En resumen, nos dedicaríamos a preguntarnos no lo que podemos hacer por nuestro país, sino cómo evitar que nuestro país nos haga a nosotros.

La desvinculación entre lo personal y lo político que han liderado los terapeutas ha sido estudiada y normalmente lamentada, por quejicas de la derecha y otros maestrillos, y no me gustaría a mí seguir sus pasos. Más bien, me limitaré a señalar que tanto tras la visión afirmativa como tras la visión austera se esconde una pregunta que lleva atormentándonos desde la Ilustración: ¿ahora que Dios está muerto y los curas solo son hombres que sueltan supersticiones, y ahora que hemos tomado las riendas de la situación, cómo se supone que tenemos que vivir los unos con los otros? 

La respuesta terapéutica lleva implícita una apuesta, la misma que yace tras la ciencia, la democracia y el capitalismo de libre mercado: que somos criaturas capaces de limitarse a sí mismas y que con libertad, conocimiento propio y la oportunidad de expresarlas, seremos capaces de dirigir el largo curso de la historia hacia el progreso.

Pero como diría Dr. Phil, ¿y tú como lo llevas? Pues no tan bien, por lo que parece, al menos no si vives en Trumpistán, un país donde las virtudes de la Ilustración se consideran corrección política, globalismo y el elitismo de los decadentes, un país donde la mano invisible te da la espalda, la razón te dice que tus estándares morales son solo prejuicio y la ciencia insiste en que el coche que conduces hasta tu trabajo de mierda y mal pagado está haciendo que se derritan los polos. 

Esta marchita situación, incluso aunque nunca hayas puesto un pie en la oficina de un terapeuta, aunque veas la profesión como una inmensa fábrica de aire, te habrá servido para asimilar la verdad de la terapia: que el duelo siempre está justificado, que la víctima siempre es moralmente superior, y que si estás frustrado, preocupado o más bien desconcertado, eso significa que te han robado tus derechos de nacimiento.

 Porque viniste a este mundo, o al menos a este país, para ser feliz; y si ya no puedes ni soñar con serlo, entonces tienes derecho a un resarcimiento. Y si los canales a través de los cuales se consigue esa reparación no están disponibles para ti, entonces quizá deberías hacerte con un bulldozer para intentar crear uno nuevo.

Adelantando hacia el pasado

“Nunca se puede exagerar la intensidad de la irresolución interna del hombre y su ansia de autoridad”, explicó Freud ante una conferencia de psicoanalistas en 1910. Ese anhelo es parte de lo que en otra parte llamó una “herencia arcaica” que, al despertarse, busca “una personalidad primordial y peligrosa, ante la cual solo es posible adoptar una actitud pasivo-masoquista y hacia la cual la voluntad personal ha de someterse”. 

Probablemente, hace un siglo eso no hubiera sido tan evidente como ahora que culpar a la víctima se ha convertido en moneda corriente, y aunque apunte hacia la impaciencia que siente un hombre de la élite con respecto a esa gente cobarde, no explica la tristeza que penetró en mi oficina ese día y que todavía sigue sin desaparecer, en mi opinión. 

Sin embargo, sí que toca una de nuestras emociones más melancólicas, una que Donald Trump ha explotado sin cesar: la nostalgia. Como toda nostalgia, el anhelo por hacer que América sea grande de nuevo es anhelar algo que nunca existió, y nos dice mucho más sobre lo que falta en el presente que sobre lo que estaba presente en el pasado.

Pero en la visión freudiana, el éxito de la estafa trumpiana debería orientarnos hacia nuestra herencia arcaica, y de hecho el pasado al que aspira el trumpismo tiene su origen en una época mucho más lejana que mediados del siglo XX, o el período al que sea que esas gorras rojas hacen referencia. Trump promete más que devolver a los hombres blancos al lugar que les corresponde en lo más alto del organigrama, promete hacer del mundo un lugar de nuevo comprensible, sin la intercesión de élites expertas y la molestia de guerreros de la justicia social.

 Nos apremia a zafarnos de los desapacibles vínculos que rigen la conducta civilizada: hacer que la ciencia sea irrelevante y la racionalidad opcional, dejar obsoleta a la verdad, liberar al poder para que deambule libremente por el mundo y suprimir todas las condiciones esenciales que figuran en el contrato social (lealtad a la razón, desconfiar de los instintos y aspirar a la justicia). 

Así es como, al fin, recobraremos nuestro primitivo estado natural como estadounidenses: libres para consumir, saquear, destruir, excluir a nuestros vecinos y odiar a la gente por vivir en sitios de mierda.

En realidad, Trump hace más que prometer: gracias a su sarta de mentiras, a sentirse orgulloso de ser inmoral, a su desprecio por todo lo que es justo, a su indiferencia por la coherencia o cualquier otro tipo de integridad, Trump también encarna esas promesas. 

 Es el anti aufklärer, y su atractivo más profundo yace en una promesa tácita que se esconde tras todas las demás: deshacer la Ilustración, liberarnos de la carga de vivir racionalmente en un mundo donde nada se da por hecho y donde todo (el bienestar económico, las fronteras nacionales, las identidades de género y los asuntos domésticos) están en juego: que gane el más fuerte.

Si las metralletas y el gas mostaza de la 1ª Guerra Mundial revelaron a Freud la fragilidad de lo que parecía sólido, la elección de Trump revela su decrepitud, por no decir su colapso. Sin un solo disparo, con apenas ningún tipo de violencia prolongada y con solo una eyaculación colectiva de rabia y resentimiento, casi una mayoría del electorado se dejó llevar por su instinto y no rechazó un candidato o un partido, sino una escala de valores que adoptó su forma actual después de cinco siglos de mejora, de la que Freud era un acólito y la extraña profesión que engendró una apoteosis. 

Se levantaron contra la exigencia que impone la modernidad (que utilicemos la razón para comprender por nosotros mismos cómo funcionan las cosas) y la reemplazaron no por las viejas normas, sino por el impulso mismo, por la venganza, la crueldad y la rabia que Trump encarna de forma tan brillante. 

La respuesta de Freud, que nosotros encontramos nuestros límites solo cuando reconocemos la terrible falta que nos hacen, era insuficiente y más todavía la versión con el valor cambiado. Como reconoció John Adams al indicar la forma en que la democracia “se malgasta, consume y asesina a sí misma”, puede que los individuos se conquisten a sí mismos, pero “las naciones y las grandes masas de hombres, nunca”.

Aun así, puede que el problema no resida en nuestras respuestas, sino en la pregunta misma: podría ser que la vida en el planeta Tierra sea demasiado compleja y caótica para que los humanos podamos afrontarla, que nuestras fortalezas y defectos aleatoriamente adquiridos no hayan evolucionado para superar ese desafío, y que la idea de que podemos diseñar algo que perdure no es más que una presunción que alcanzó su cenit durante la Ilustración.

 Otra de esas presunciones es que el progreso es inevitable, y es posible que al otro lado de la larga oscuridad en la que nos estamos sumiendo actualmente haya una comprensión de nosotros mismos y del mundo tan inimaginable para nosotros como la democracia lo era para los artistas rupestres de Lascaux, y que no contendrá en su interior las semillas de su propia destrucción.

Pero eso dista mucho de ser seguro, y aquí es donde mi profesión y todo lo que nos ha enseñado sobre el valor del paisaje interior podrá ser de utilidad. Porque no hemos hecho nada más que comenzar a lamentar la muerte de este gran experimento y la muerte de la idea de que encontraremos en nosotros mismos la habilidad para llevar las riendas de nuestra propia vida, y a medida que veamos como entramos en declive, tendremos que mejorar mucho nuestra capacidad de duelo. Mis colegas y yo estamos aquí para lo que necesiten."               

(Gary Greenberg, CTXT, 16/01/19. Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.)

8/10/18

En los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones, además de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo...

"Es una constante tentación simplificar los trazos con los que construimos nuestra imagen de la realidad para que ésta nos sea más manejable. 

La complejidad del mundo en el que estamos supone, al abordarla en el mismo análisis, una carga pesada que tratamos de aliviar como sea y así diseñar mapas teóricos que, aunque sean falsos, nos ayuden a pensar que nos orientamos en la realidad y, con ello, nos clarificamos en cuanto a qué hacer. (...)

De esa manera, en política, fallan las estrategias construidas con esa ley del menor esfuerzo que no da de sí más que tacticismos alicortos.  La demagogia cuenta entre sus características precisamente con la elusión de la complejidad. 

La verborrea demagógica no se complica la vida con matices y echa mano de la brocha gorda para trazar el marco de un discurso –si cabe llamarlo así- encaminado a halagar al auditorio, a la vez que se busca activar sus emociones para encaminar esas pasiones que, con tal acompañamiento, no pueden ser sino bajas.  (...)

Cuando la democracia moderna se puso en marcha volvió a toparse con la demagogia como práctica que la distorsiona, con la ayuda de elaboraciones ideológicas más sofisticadas. Los mecanismos ideológicos se instalan en la sociedad, condicionando la vida política con sutiles formas de encubrimiento de la realidad que, en esas variantes más extremas de las mismas, dan lugar a nuevas mitificaciones que se vuelven artefactos potentes para construir discursos simplistas con fuerte carga emocional.

 Es constatable cómo en los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones construidas como reverso, además, de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo.   (...)

La crisis social provocada por una economía que no remontaba y el sentimiento colectivo de humillación nacional por el Tratado de Versalles fueron generando el caldo de cultivo en el que el nazismo acabaría germinando hasta hacerse con toda la sociedad alemana como sistema totalitario. 

Conocemos las consecuencias, como sabemos de las del fascismo en Italia –podemos sumar a ello el anticipo que supuso, en cuanto a la II Guerra, el acoso y derribo al que se sometió la II República española–. 

Mucho se ha dicho y escrito acerca de cómo todo ello fue posible. Si ahora no es el momento de detenernos en recoger apreciaciones más detalladas, aunque fuera en balance apresurado, sí es pertinente recordar cómo en el periodo de entreguerras se echó mano, por parte de los movimientos totalitarios en ciernes, de las mitificaciones nacionales e incluso raciales –acentuando el reverso del prejuicio respecto al excluido como extraño, el otro diferente, el judío como chivo expiatorio–.

 Sobre tales mitos se construyó ese discurso movilizador que puso el objetivo de su desbocada demagogia en generar en las masas emociones conducentes a una ciega adhesión al líder mesiánico, por ejemplo.

 A la vez, para dejar atrás las reservas racionales que supusieran objeciones a tan funestos desvaríos se nutría la exaltación de un irracionalismo que se esgrimía como soporte de los valores fundamentales de “la tierra y la sangre”.

 Valga como referencia emblemática al respecto la obra de Oswald Spengler con título que facilitó que alcanzara la condición de best seller de la época: La decadencia de Occidente. Su influjo fue fortísimo y a ese clímax cultural no se sustrajeron pensadores de primer nivel, como fue el caso de Martin Heidegger. (...)

Lo que se ha llamado el caso Heidegger es paradigmático acerca de cómo mentes de una potencia intelectual descollante pueden sucumbir ante los cantos de sirena de la llamada de “la tierra y la sangre”, o del pueblo y la patria, o de la raza y el nuevo Reich.   (...)

Si pasamos ahora de los años veinte y treinta del siglo pasado a esta segunda década del XXI observamos que la tentación irracionalista de nuevo se hace presente. Eso ocurre, ciertamente, en un contexto distinto, por lo que toca a Europa en el contexto de sociedades con democracias más institucionalizadas –aunque no por ello aseguradas ante el empuje de lo que cabe denominar las diversas formas de neofascismo-, en marcos culturales en los que ya no entra una estetización de la política como la que acompañó a los fascismos de otrora, pero en los que sí se abre paso, dado el cinismo imperante, la perversa dinámica de lo que se ha llamado posverdad: mentira socialmente organizada, políticamente inducida, mediática y digitalmente producida, de manera que sabiendo que la verdad  no interesa, todo recae sobre la construcción de relatos, incorporando cuantas falsas noticias hagan falta, para que las multitudes individualistas castigadas por la crisis se aglutinen en virtud de la demagogia de los populismos del momento.  (...)

Resulta escandaloso oír decir desde posiciones supuestamente de izquierda que no está el horno para razones y que lo que ahora procede es activar emociones. Por ese camino no hay discurso emancipador y solidario que se pueda sostener y compartir tras objetivos de justicia. 

 La razón democrática de una conciencia republicana que, en aras de la libertad y por mor de la igualdad, busque salidas por la izquierda, ha de ser razón espoleada por esa pasión política que cuenta con la inteligencia suficiente para saber que ciertas propuestas, emocionalmente muy cargadas, no conducen sino a falsas vías de escape. "                    

(José Antonio Pérez Tapias  , catedrático en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada, CTXT, 01/10/18)