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30/5/23

Emigración española en Alemania: "Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente"

 "El invierno era rudo, por utilizar un adjetivo antropomórfico, en Hannover. Tan rudo como saberte diferente de algún modo, en un sitio que no te corresponde, que no es el tuyo. Diferente cuando vas en el U-bahn, metro con una sola línea en aquella época, camino de Kröpcke, el centro social y neurálgico de la ciudad, y conversas en español. 

Diferente cuando quieres entrar en una discoteca hablando en español con tus amigos y simplemente te dicen despectivamente 'No se puede pasar'. 

Incluso me llegaron a decir que en algunas salas de baile aparecía un cartel indicando que la entrada estaba prohibida para animales y extranjeros. 

Todo esto, claro, a ojos de un niño de unos 15 años.

Sinceramente, nunca he podido constatar esas exhibiciones de xenofobia tan evidentes e intolerables. La sensación de rechazo era simplemente silente. 

En ocasiones soportaba estoicamente que, de camino a casa en el U-bahn, alguna respetable anciana -por razones bélicas obvias, en la Alemania de los 70 había más ancianas que ancianos- me dijera, al escuchar hablar otras lenguas, con complicidad y a media voz aquello de 'Que fastidio de gastarbeiter, desaliñados y hablando esas jergas'.

Asentía cobarde y desganadamente con la cabeza. Si no hablaba demasiado, mi pelo rubio y piel clara no desentonaba entra la masa poblacional autóctona."

 (José Antonio López Guerrero JAL: Virus, chicas y laboratorios. Memorias de un científico. Ed. Guadalmazán, Madrid, 2023, p. 48/9)

13/10/22

La España es la que sienten los emigrantes que vuelven, que a pesar de todo, quieren volver... es por la calidad de las relaciones humanas (aunque ya en proceso de desaparición)... Mi relación con España tiene mucho más que ver con la experiencia de haberme ido a estudiar fuera y haber vuelto que con cualquier tipo de estrategia política: puede ser que no haya forma más poderosa de acercarse a una patria que a través de la desposesión que implica tener que irse lejos... Es, y también les pasa a algunas amigas, a algunas interlocutoras, una relación turbulenta, intensa, íntima, y no envidio la asepsia de quienes no sienten nada por su país. Yo no puedo renunciar, ni a la hora de pensar la política ni en ningún otro momento, a esa dimensión de mí misma y de mi identidad, que me lleva a sentirme española y sentir lo español como mío. Tuve, claro, que irme y abandonarlo para darme cuenta... Todo lo que tiene que ver con la patria no es para mí un arma arrojadiza, menos una estrategia; es un tema, una preocupación, una relación afectiva, un debate... España es lo que odia la derecha, es un país abierto a la diversidad, con un movimiento feminista fortísimo.

 "Se acerca la mal escogida fecha de nuestra Fiesta Nacional. Siempre hay quien, cuando alguien de izquierdas habla de España, responde diciendo que ese proceso de «reapropiación» o «resignificación» (¿qué necesidad hay de usar esos palabros?) ya demostró su fracaso. No es baladí: en esa respuesta subyace la consideración según la cual la patria se mide por su valor como estrategia política. Se mezclan absurdos y cosas inconexas para sugerir que algunos llevamos dando la turra con una idea ayer, ahora y siempre inútil. Alguno, en sus pensamientos, nos mira por encima del hombro: ¿no se cansan? O, aún peor: ¿no se dan cuenta de su ridículo?

En su mitin en el festival ultraderechista que ha organizado Vox estos días, en el cual tampoco se cansaban de su ridículo, Abascal, en camisa azul y con un discurso más falangista que nunca (¡elogiando entre brazos alzados a Primo de Rivera!), recriminaba a la izquierda su despreocupación por la patria. Ríos de tinta han corrido ya sobre cómo la derecha se ha apropiado la bandera, sus símbolos, hasta su país; no es mi intención repetirlos. No es tanto que la izquierda se haya despreocupado, sino que ha renunciado a una parte de esa batalla. Y, cuando la ha dado, la ha dado de forma equivocada.

 Uno de los problemas de la cultura política de izquierdas en los últimos tiempos ha sido su sometimiento a las estrategias de comunicación y a la instrumentalización de los conceptos. Las ideas no se medían exactamente por sus efectos, sino que sólo eran tomadas en la medida en que podían ser funcionales para un objetivo. Cuando partidos como Podemos han coqueteado con la noción de patria han parecido hacerlo cuando pensaban que esa noción podía servirles para cosechar mejores resultados electorales; la coherencia del pensamiento político quedaba sometida a la utilidad cortoplacista, en ciclos muy cortos; el pensamiento quedaba convertido en mensajes, eslóganes y argumentario.

 Pero hay conceptos que no admiten ese tipo de vaivenes. En el caso de la noción de patria, cualquier uso interesado carente de compromiso duradero iba a ser visto tarde o temprano como el uso deshonesto de veletas políticas; la patria deja de ser una noción operativa cuando se convierte en algo a lo que se puede temporalmente renunciar en pos de unos resultados un poco mejores, es decir, cuando no existe una vinculación afectiva y real con el concepto que se está utilizando.

Mi relación con España tiene mucho más que ver con la experiencia de haberme ido a estudiar fuera y haber vuelto que con cualquier tipo de estrategia política: puede ser que no haya forma más poderosa de acercarse a una patria que a través de la desposesión que implica tener que irse lejos. Es, y también les pasa a algunas amigas, a algunas interlocutoras, una relación turbulenta, intensa, íntima, y no envidio la asepsia de quienes no sienten nada por su país. Yo no puedo renunciar, ni a la hora de pensar la política ni en ningún otro momento, a esa dimensión de mí misma y de mi identidad, que me lleva a sentirme española y sentir lo español como mío. Tuve, claro, que irme y abandonarlo para darme cuenta.

Me siento, del mismo modo, extraordinariamente lejos de aquellos para quienes la complicada relación de la izquierda con España sólo les interesa si les sirve como instrumento de acoso y derribo contra la izquierda que a ellos no les gusta. Insisto en esto otro: no me interesa la rojigualda porque envolverse en ella dé más o menos votos, porque ni siquiera participo de la dinámica electoral partidista. Por eso celebré también este año cuando el Ministerio de Igualdad lanzó su campaña "Orgullo de País", declarando el "orgullo de una España diversa e inclusiva". Todo lo que tiene que ver con la patria no es para mí un arma arrojadiza, menos una estrategia; es un tema, una preocupación, una relación afectiva, un debate. Y no se trata de una cuestión simple o que se resuelva de un plumazo, como algunos querrían verla; si en ello otros ven un defecto, en esa riqueza del disenso percibo una virtud.

Hay una parte de la izquierda que vive esperando a que su país sea lo suficientemente bueno para ellos antes de abrazarlo. Lo que no comprenden es que nunca va a serlo, igual que su país jamás será lo bastante reaccionario como para aquellos del bando opuesto. La ausencia de vergüenza de la derecha a la hora de considerarse a sí mismos los genuinos representantes de su patria sí que es estratégica: ellos obvian a la hora de definir España que España también es lo que odian, un país abierto a la diversidad, con un movimiento feminista fortísimo.

Su estrategia parece fortísima en tanto que nos han convencido de que España son ellos, o el 12 de octubre, o los ultras, el resentimiento, el desprecio. La relación de la izquierda con España no tendrá salida hasta que salgamos de ese engaño. No nos han robado un país, porque nuestro país sigue siendo el que es: si nos sentimos expropiados, pues, tendrá algo que ver con que estemos dejando que nos lo roben. Ahí, de golpe, la responsabilidad se vuelve nuestra."                     (Elizabeth Duval, Público, 10/10/22)

28/5/15

La copla berlinesa: un producto cultural salido de la emigración española




"Paloma Lirola forma parte del colectivo de españoles que en los últimos años ha aterrizado en Alemania en busca de oportunidades. En Berlín, la acumulación de experiencias como expatriada le ha dado para crear una etiqueta con la que pretende regenerar un estilo musical clásico de la cultura popular española: la copla.

  Lirola nos cuenta que está desarrollando un medio de expresión con el que, entre otras cosas, exorcizar los males propios de la difícil realidad de ser emigrante, algo que ha vuelto a ser muy común en España debido a la crisis económica. (...)

“ Lo de copla berlinesa es una etiqueta que he puesto porque hoy día se exige poner una etiqueta a todo, y yo, antes de que se me pregunte cómo se llama esto, ya le he puesto el nombre”, explica esta treinteañera, que dice haber “nacido con la Constitución en 1978” y ser “andaluza de adopción”, pues aunque vino al mundo en Zaragoza se acabó criando en Málaga desde muy pequeña. 

“La copla son mis raíces, que cuando uno está fuera de su país reaparecen con mucho peso”, confiesa Lirola. Ella se sirve del genero con el que se encumbraron grandes estrellas de la música española – Lola Flores, Marifé de Triana, Antonio Molina o Cocha Piquer – para contar las experiencias típicas de la vida como expatriada en Alemania. En febrero de 2015 colgó en Youtube una de sus canciones, " mi invisibilidad” , dedicada a lo que se siente en Alemania cuando no se controla la lengua de Johann Wolfgag von Goethe. (...)

“ Lo que tiene la copla es que cuenta historias de principio a fin y con ello yo dejó ahí mi aportación con una temática que está enfocada a historias que pasan aquí y que sólo te pueden pasar aquí”, explica la cantante, que llegó a Berlín en febrero de 2010. 

“Vivir aquí te hace tener unas experiencias muy concretas, como empezar de cero, lidiar con el idioma, la falta de luz, sol y calorcito, el largo invierno, en el que llega de verdad un momento en el que las defensas bajan, los resfriados duran meses y uno no los suelta ni para atrás, sin olvidar que a las cuatro de la tarde es noche cerrada y hasta hay una depresión del invierno; todo esto yo he tenido que volcarlo en algún sitio, que es la música”, añade.

Lirola acaba de presentar en la Kulturwerkstadt , una pequeña sala berlinesa del distrito de Charlottenburg-Wilmersdorf, un espectáculo de One Woman Show titulado Desde Berlín con humor. En él, además de cantar y tocar el ukelele, pone a prueba sus dotes como cómica, habilidades que quiere presentar en otras ciudades alemanas donde hay abundante público hispanohablante, como Colonia (oeste), Stuttgart (suroeste) y Hamburgo (norte). “El espectáculo lo va a entender mejor el hispanohablante que vive en Alemania, porque trata aquellas situaciones que son cotidianas para los expatriados”, avisa la artista. 

27/6/14

Emigrantes españoles: “nuestros padres se quedaron españoles", o "con el culo entre dos sillas"



Retrocedamos 50 años y caminemos por el Mercado de las Pulgas y Rue de Haute, en el centro de Bruselas, a menos de un kilómetro de la Grand Place. Es 1964 y el sonido ambiente de esa foto en blanco y negro es en castellano porque estamos en el “barrio más antiguo de Bruselas, donde llegaron los españoles a partir de los años 40”. 

Lo explica Isabel, una belga que hizo el camino inverso a los protagonistas de este reportaje. (...)

Los hijos, nietos e incluso bisnietos de esos pioneros, como la pequeña Laia, hija de Raquel Becerril, belga de nacimiento pero española de pasaporte, cuyos abuelos llegaron al despuntar los 60 a Bélgica, se han difuminado por los barrios y localidades belgas. (...)

Hubo españoles que escogieron o se vieron forzados a viajar a los vecinos europeos, a Francia, Luxemburgo o Bélgica. José Eloy fue uno de ellos. Tras permanecer en 1939 en el campo de concentración de Argelès, acabó en la década de los 40 en Le Havre, Normandía, donde fundó una familia que mantiene vínculos con el país del ancestro. Su nieto, Nicolás Albert, vive en París pero habla perfectamente castellano. (...9

El historiador de la Universidad Libre de Bruselas, Ismael Rodríguez Barrio, explica que entre 1945 y 1956 los trabajadores españoles en el país eran pocos. Pero, “entre 1956 y 1965, tiene lugar el reclutamiento oficial para las minas.

  En 1962, los permisos de trabajo se otorgan no sólo para las minas, sino también para otros sectores diferentes como las canteras, la metalurgia o el trabajo doméstico”. Empieza la gran explosión migratoria al país gracias a la firma del Acuerdo Hispano-Belga de Emigración el 28 de noviembre de 1956.

 Los españoles fueron parte de la carne de cañón de la bataille du carbón, la batalla del carbón, que libró Bélgica tras la Segunda Guerra Mundial para incrementar a pasos agigantados su producción y, así, atender la reconstrucción del país. “Mi abuelo trabajó en la mina y nunca se quejó. Trabajó y se adaptó, porque antes había empleo a punta pala”, dice Maximino. 

Hablamos de trabajadores con contratos de cinco años. “Eras legal, legítimamente, venías con papeles, puestos de trabajo, menos casa traías todo”, explica Facundo Hernández, que llegó a Bruselas en 1968. Pero sí, a muchos incluso se les daba alojamiento, como al padre de Matilde López, la madre de Raquel.

El desarrollo económico fomenta la emigración masiva a Bélgica, un país que ha pasado desapercibido en favor de destinos más populares como Suiza o Alemania. Pero Bélgica acogió a más de 100.000 españoles que entraron a trabajar con contrato también en la metalurgia, la industria pesada, la construcción y, ellas, las mujeres, en el servicio doméstico. 

En cuanto podían se traían a su familia. Así fue como llegaron también Inocencio Becerril y su mujer, Matilde, cuando eran niños.

El Instituto Español de Emigración (IEE) cifró en un millón de personas la emigración que entre 1959 y 1973 salió a Europa, el 70% de todos los españoles que en un breve periodo de 15 años partieron con destino al extranjero. El acuerdo entre España y Bélgica fue el primero de una serie de tratados similares con Alemania, Suiza, Holanda o Francia. 

Crearon, como recoge el libro Mineros, sirvientas y militantes de la historiadora Ana Fernández Asperilla, un éxodo hacia las sociedades centroeuropeas, porque la investigadora suma las cifras de irregulares y sus cálculos ascienden a dos millones.

 Emigrantes españoles con destino a Holanda en los años 50 (por la ropa, me parecen de los 60)

 Las leyes y organismos creados regularizaron un fenómeno que en los 50 era clandestino o irregular. Así ocurrió en Suiza, adonde llegan españoles desde finales de esa década y no será hasta 1961 cuando el IEE tome las riendas paulatinamente. 

Según sus cifras, más de 650.000 personas se desplazaron a trabajar entre 1964 y 1971 con un contrato anual, que podía renovarse cada año, o uno como temporeros por ocho meses. Alemania, por su parte, recibió entre el 62 y el 77 a más de 350.000 trabajadores españoles, aunque las autoridades germanas elevan la cifra a un millón de personas al incluir a quienes no formaban parte de esta 'emigración asistida'.  (...)

Hasta el ducado centroeuropeo llegó Facundo antes de pasar por Bélgica, un 15 de diciembre de 1964. Aunque en su caso fue sin los 'papeles' pactados por el franquismo, su hermano sí los obtuvo para salir “en una expedición de emigrantes del Instituto de Emigración con la que pasó a Francia y luego ya a Luxemburgo”.

 La reagrupación familiar no sólo se daba entre padres e hijos. En la localidad de acogida esperaba una extensa comunidad de españoles para engañar al subconsciente con la falsa ilusión de una segunda patria.

En Bruselas, los entrevistados hablan de más de 500 personas reunidas cada noche del 31 de diciembre en el Centro García Lorca. En las costas de Normandía, para nada un paradigma de la emigración económica, Nicolás Albert bucea en la memoria de su padre y explica cómo “las familias españolas pasaban todos los domingos juntas. Allí mi abuelo José Eloy conoció a mi abuela y fundaron una familia”.

 Inocencio y Matilde se conocieron en la boda de un familiar, una celebración entre españoles, y reconocen que en su juventud salían con parejas similares a cenar. Aun así, enseguida aclaran que “nuestros padres se quedaron españoles, nosotros no somos españoles, tenemos un fondo pero no la misma mentalidad”. 

 Raquel vive entre esas dos aguas y explica que de pequeña, junto a su prima, en el colegio flamenco les llamaban "las españolas". De adolescente, su pandilla de amigos estaba integrada por bastantes españoles que disfrutaban de su tiempo de ocio en Saint-Gilles, el barrio donde 40 años antes habían desembarcado los emigrantes pioneros.

La Doctora en Sociología y experta en migraciones de la Universidad de A Coruña, Laura Oso, habla de otras emigrantes laborales, unas auténticas pioneras. Las mujeres que en los 60 protagonizaron hacia Francia su primera salida al exterior sin una tutela masculina, para trabajar como empleadas del hogar o porteras.

 "Tienen un proceso de migración circular, viven entre los dos países e incluso entre ellas tienen una expresión que es con 'el culo entre dos sillas'”. Con ella pretendían explicar cómo en Francia eran españolas pero en España las consideraban francesas. 

De madre belga, padre griego y belga de nacimiento, Isabel vive una realidad similar “porque crecí allí (en España), mis padres se fueron cuando tenía tres años, estudié y no volví a Bélgica hasta los 14 años. Me siento belga pero tengo un problema de identidad, tengo una educación muy española”.

Bruno Tur, en su trabajo Estereotipos y representaciones sobre la inmigración española en Francia, afirma “que partieron solas para emplearse en el servicio doméstico en París” y romper así con la imagen otorgada por el franquismo, como amas de casa y argamasa familiar 'intramuros' y con la presión colectiva que sólo veía peligros para ellas y un Rubicón de madurez para ellos. 

 El investigador del Centre de Recheches Ibériques et Ibéro Américaines de la Université de París, señala que los peligros eran “caer en una red de prostitución o ser engañadas por un hombre” además de entrar en “contacto con la sociedad francesa, que supuestamente pervertía a las jóvenes y las alejaba de la moralidad sana”.

En 1968, Francia albergaba en torno a 600.000 españoles y casi un 50%, 284.000 concretamente, eran mujeres. El reagrupamiento familiar de los emigrados durante los años 50 y la llegada de estas mujeres pioneras, que dieron pie al mito de 'Conchita' en Francia, según explica la Profesora Titular de la Universidad de A Coruña, explican esta igualdad de ambos géneros al otro lado de los Pirineos. 

Y “aunque la comunidad era cerrada, incluso con matrimonios de hijos españoles” dice Oso, su descendencia tuvo una integración socioeconómica buena, con estudios medio-altos y bastante movilidad intergeneracional.


El mito del retorno está presente desde los primeros emigrados hasta sus descendientes, de forma simbólica o como voluntad manifiesta de regresar a la tierra de los ancestros. Desde Nicolás, que aprendió el castellano porque su abuelo exiliado le hablaba en ese idioma, o Inocencio y Matilde que debían hablarlo nada más entrar en casa aunque sus padres les dijeran que en las calles bruselenses lo hicieran en francés, hasta la de los emigrados que tras varios años en el destino, ahorran y pueden volver.

“Los españoles antiguos, los de la generación de mis padres, aquí no se quedan”, afirma Maximino sobre la presencia en Bélgica de los primeros emigrantes. Sucedería en varias etapas, pero normalmente al finalizar sus contratos laborales regresaban con unas mejores condiciones económicas a España. 

“Mis padres ahorraron un poco y sólo pasaron 15 años en Bélgica”, reconoce Inocencio, para ejemplificar un proceso difícil de cuantificar pero que ocurre.

Sin embargo, él ya no lo hará entre otros motivos porque prefiere la sanidad belga y, aunque resulte paradójico, también la comida en este país. Habla de las diferentes culturas gastronómicas que hay Bruselas, un mestizaje de sabores que afirma no encontrar en España. 

Un símbolo de que ya está plenamente integrado. Palabras que seguro chocarían a Maximino que, ante la pregunta de por qué quiere regresar cuando ya ha nacido en Bélgica, se asombra y responde taxativamente “mi sangre es española. Si un día me jubilo, si llego, volvería a España”.

El mito del retorno está presente en las mayores y en los jóvenes como las tortugas y los elefantes, según la doctora en sociología. Los descendientes serían las primeras porque regresan a donde se ha nacido, al lugar de su familia. Los elefantes serían los emigrados de los 50 y 60, que de mayores vuelven para morir."       ( , El Confidencial,

16/4/12

"Todo es en cualquier caso confuso, porque las cosas no me van mal, pero tampoco me van bien, y desde luego me van mejor que a muchos de los que se quedaron allá, y ahora aquí estoy yo, en Berlín"

"y ahí está Klitschko, el emigrante ucraniano, peleando contra Mormeck, el emigrante antillano, y aquí estoy yo, el emigrante catalán, rodeado de emigrantes turcos y árabes y otros que no logro identificar, qué imagen, dándole vueltas al vaso de cerveza, dándole vueltas a todos los asuntos que me preocupan.

 Según José Ignacio Wert, los que andamos por aquí ni siquiera somos emigrantes, sino latinoamericanos que nos nacionalizamos españoles gracias a (¡todo cuadra!) la Ley de Memoria Histórica. Un amigo mío me asegura que, si las cosas siguen así, si volvemos nos harán fusilar por alta traición. Una gran pérdida, desde luego, parece que no somos. 

Cuatro fogonazos mal contados en los medios de comunicación hace unos meses y ya nadie se acuerda de que existimos. Como emigrante no interesas a casi nadie: en el país de acogida nadie se interesa aún por ti, en el país que abandonaste nadie se interesa ya por ti. Somos hombres y mujeres sin patria, nación española a efectos meramente administrativos, deambulando por Europa como “brazos de alquiler”: hoy Alemania, mañana Austria o Suiza, pasado mañana quién sabe. 

Cómo tener amigos así, cómo tener pareja así, cómo fundar una familia así, una noticia pasajera, un titular simpático que remite a una película tardofranquista y desdramatiza toda la experiencia. Ya no somos su problema, ahora somos el problema de otros. (...)

Todos la habéis visto en los suplementos de cultura y tendencias. Pero seguramente no al bosnio que recoge colillas en Alexanderplatz, ni los receptores del Hartz IV en la puerta de mi supermercado bebiendo cerveza y vodka barato a las diez de la mañana. Tampoco a la mujer turca con la nariz rota de un puñetazo de su marido que se asoma con miedo a la ventana ni a las putas de Europa del Este que se apostan en los portales de Hackescher Markt todos los fines de semana. 

Sus historias tampoco interesan a los medios de comunicación. Son los perdedores de la historia, nosotros recién acabamos de ponernos en la cola. En la amoralidad del capitalismo las alternativas como emigrante prácticamente se reducen al cinismo o la melancolía. 

Te ves obligado a hacer cosas que pesarán sobre tu conciencia, quizá durante años, no decir toda la verdad, decir media verdad, mentir, a tu familia, a tus amigos, a tu casero, a las autoridades, a quien sea, porque, como emigrante, no tienes muchos puntos de apoyo. Tu familia, tus amigos, están fuera. 

Los españoles no constituyen ninguna comunidad de emigrantes. Los turcos, los rusos, los judíos, los griegos, los chilenos y los ingleses tienen aquí sus propios clubes, cafés, asociaciones culturales, emisoras de radio. Editan sus propios periódicos. Los españoles miran toda esta actividad asociativa por supuesto con soberano desprecio: ellos viven de sus glorias históricas pasadas y sus glorias futbolísticas presentes y no necesitan más. Y compran El País y El Mundo. 

El vacío lo llenan habitualmente con alcohol, drogas, juego, prostitución, de manera más o menos abierta o más o menos escondida, lo que sea para mantener la mente ocupada hasta el siguiente día de trabajo que nos dé algo de dinero para ir tirando. ¿Peor quién quiere leer estas historias? Deprimen. 

No interesan a los periodistas que tendrían que escribirlas, ni a los medios de comunicación que tendrían que publicarlas ni a los lectores que tendrían que leerlas. Mejor mostrar a jóvenes profesionales liberales de abultado currículo –que luego, cuando conoces, descubres que de esos cinco idiomas que dicen hablar cuatro lo hacen, como dice mi padre, a alpargatazos, y el propio con faltas gramaticales y de ortografía–, de ésos que siempre quedan bien en la fotografía, que nunca han tenido problemas lumbares ni jaquecas, bohemios digitales, los llaman ahora, que triunfaron allende y ahora –lo he leído en El País– valoran “la meritocracia” social y desean importarla cuanto antes. Y ni siquiera se consideran inmigrantes. (...)

como emigrante, la mayor parte de la semana pasas de un sentimiento a otro totalmente opuesto. Hay días que sueñas (mejor dicho: anhelas) una vida nueva, romper con todo, una segunda oportunidad. En cualquier caso, te alegras de no estar allí. Yo mismo recuerdo a todos los que me complicaron la vida en la universidad, profesores, becarios y hasta personal administrativo (¿dónde estarán ahora?), gente sin ningún mérito, oportunistas en su mayoría, imagino su situación actual y pienso: Schadenfreude. Mejor tú que yo.

 Es así, todos aquí piensan en algún momento algo semejante, por mezquino que sea. Mormeck se enfada, reacciona nerviosamente. Hay días que preferirías quedarte en casa de puro desaliento. Los tópicos sobre el sur de Europa, el racismo cotidiano en el Bürgeramt, en el Finanzamt, las miradas fulminantes en el metro, por la calle, la idea de no poder ayudar a la gente que dejaste atrás, que sigue allí peleando por salir adelante. (...)

Hace unas semanas una voluntaria de una ONG, no recuerdo cuál, que pedía dinero en Alexanderplatz se sorprendió de que no me rascase el bolsillo y contribuyese con unas monedas porque, a pesar de venir de un país en crisis, según ella la cosa no tenía que irnos del todo mal viendo mi aspecto y, al fin y al cabo, siempre hay alguien que está peor que tú. Quizá la troika tenga que rebajarnos al nivel de pobreza de Liberia para que seamos dignos de compasión de la izquierda liberal del mundo industrializado.

 Quizá hasta nos echen unas monedas en una hucha, que es como se quitan rápidamente de encima la mala conciencia de no hacer nada el resto del año, ni siquiera informarse correctamente de lo que sucede a su alrededor. Con todo, Alemania es una sociedad tolerante aunque no abierta, todo lo contrario que España, que es una sociedad abierta pero no tolerante.

 No hemos sido una generación afortunada. Hay quien dice que cuando las cosas vuelvan a ir bien (¿cuándo?), nos llamarán para que volvamos. Pero, ¿por qué deberíamos hacerlo? Es difícil explicar la mezcla de rabia, frustración e impotencia. Quien no vive en la desesperación vive en la falta de esperanzas. 

León Felipe escribió, en el exilio, aquello, muy recordado ahora, de «Tuya es la hacienda / la casa / el caballo / y la pistola. / Mía es la voz antigua de la tierra / y me dejas desnudo y errante por el mundo. / Más yo te dejo mudo... ¡Mudo! / ¿Y cómo vas a recoger el trigo / y alimentar el fuego / si yo me llevo la canción?» Nosotros, ¿nos la hemos llevado? ¿La teníamos antes? Si la teníamos, ¿acaso le importaba a alguien? ¿Y le importa a alguien ahora que nos la llevemos? ¿Qué vamos a hacer con ella, si es que podemos hacer algo? 

Escribir, decía Adorno, es enviar mensajes en una botella, el océano se llama hoy Internet. Quién sabe. «Siento que mis fuerzas espirituales han alcanzado su plena madurez, que ahora seré capaz de hacerlo...» Lo escribió Pushkin en el destierro, antes de terminar Boris Godunov y Eugen Onegin. 

Por otra parte, Heiner Müller escribía obras de teatro sin público, a la espera de un público que aún no existe. ¿No llegará demasiado tarde? ¿Pero es que a alguien le interesa todo esto, a estas alturas? Todo es igual y todo es diferente. 

Todo es en cualquier caso confuso, porque las cosas no me van mal, pero tampoco me van bien, y desde luego me van mejor que a muchos de los que se quedaron allá, y ahora aquí estoy yo, en Berlín"                (Sin Permiso, 25/03/2012, 'La máquina de combate humana', de  Àngel Ferrero)