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18/1/23

Así manipulan nuestras emociones: desde la felicidad hasta el odio o la empatía... la política, el mercado y las multinacionales tecnológicas influyen en nuestros sentimientos... en la sociedad actual la impresión que prevalece es la vergüenza como efecto de la irrupción de internet

 "Richard Firth-Godbehere publica «Homo Emoticus», donde advierte cómo la política, el mercado y las multinacionales tecnológicas influyen en nuestros sentimientos.

 Muchos partirán de la creencia de que las emociones y las formas de sentir son inherentes a su propia naturaleza y forman parte indeleble del bagaje de su identidad individual. Pero el historiador británico Richard Firth-Godbehere no suscribe esa idea y en su libro «Homo Emoticus» (Salamandra) explica cómo la cultura y las sociedades han influido, y todavía influyen, en la percepción que albergamos de la tristeza, la alegría, la frustración, el odio, la compasión, la añoranza, la melancolía o la ira. Para él, «los regímenes emocionales son de naturaleza jerárquica, nos vienen impuestos por algún tipo de autoridad superior, con frecuencia el Estado, pero a veces también las religiones, las creencias filosóficas o los códigos morales a los que nos adherimos en virtud de nuestra educación».

 En nuestra época, los ciudadanos están expuestos desde los albores del día a infinidad de estímulos y mensajes que tratan de influir en su voluntad con distintos propósitos: alentar sus deseos, incrementar sus necesidades de manera artificial, provocar su indignación o despertar su empatía. La manipulación de nuestras emociones no es algo que ocurra en las páginas de un libro de ciencia-ficción o en una distopía cinematográfica. Es un hecho corriente, aunque pocas voces recalcan esta realidad. «Si me pregunta si estamos manipulados emocionalmente por los políticos, la respuesta es sí, con toda claridad.

 Cuando en el Reino Unido tuvimos el referéndum del Brexit, se encargó a una empresa analizar las emociones de los ingleses para desarrollar anuncios específicos para que, en el día de las elecciones, votaran salir de la Unión Europea. Por desgracia, funcionó. Esto ocurre todo el tiempo y cada vez con mayor frecuencia. Sucede a través de las noticias de la radio o la televisión, en las redes sociales... Los políticos son muy buenos en manipular las emociones de la población. En lugar de recurrir a una explicación, por ejemplo, acuden a un eslogan con tres o cuatro palabras que, si uno examina con cuidado, no dicen nada, pero que son capaces de provocar distintas reacciones emocionales en nosotros. Sin duda, estamos siendo manipulados».

 Richard Firth-Godbehere, que este viernes reflexiona sobre este problema en un debate del Hay Festival de Segovia, comenta que recibe a diario docenas de correos electrónicos. La mayoría son artículos de académicos, pero muchos provienen de tiendas, online. «Se está invirtiendo mucho dinero en influir en las emociones de las personas de manera artificial. Una de las innovaciones está dirigida a que los ordenadores entiendan nuestros sentimientos y, así, desarrollar patrones de voz que reaccionen a ellos consecuentemente. Un ejemplo: si no te sientes feliz puedes hablar con Alexa.

 Google gasta millones en este campo. Incluso Tesla aspira a controlar las emociones de los conductores cuando se sienten al volante de sus vehículos. Si el ordenador del coche percibe que está enfadado o presiente alguna clase de euforia, decidirá tomar el control y aparcar el automóvil, porque, concluirá, esa persona no está en disposición de circular. De momento esto no funciona demasiado bien, es cierto, pero ya se está trabajando en esa dirección y, en algún momento del futuro, llegará. Esto, por supuesto, no tiene que ver con la salud, sino con las ventas. Se trata de inculcar en sus potenciales clientes el concepto de seguridad. Esa idea de que pueden estar tranquilo en sus coches. Pero, en realidad, solo se trata de vender un coche».

 El historiador no duda en señalar el momento emocional en que se encuentra la sociedad actual y asegura que la impresión que prevalece es la «vergüenza como efecto de la irrupción de internet. Hoy, ciertas transgresiones, conllevan de manera inmediata una cancelación, pero a la vez vemos cómo alguien que tenga sobrepeso puede ser avergonzado. Esto subyace en la generación de los llamados milennials. De hecho, los jóvenes están desarrollando una manera de comportarse, unos códigos que respeten algunas líneas y que marcan la conducta. Pero tardaremos todavía algo de tiempo en alcanzar eso».

Refugios emocionales

Para Firth-Godbehere una de las grandes plagas que existen en la actualidad es la llamada «felicidad tóxica»: «Es la idea de que todos deberían estar felices durante todo el tiempo. Si no estás feliz parece que algo va mal y, con sinceridad, no necesitas estar feliz todo el rato. Es normal también estar triste o sentir miedo. Tenemos la impresión de que tenemos que estar felices cada minuto y no creo que eso sea bueno. Es estresante y puede que eso nos conduzca a algo malo».

 Quizá por esos motivos ha introducido en su libro un concepto revolucionario: «el refugio emocional». Un sitio en el que las personas pueden suspender por un breve momento los corsés sociales y deshacerse de las normas que imperan en los espacios públicos. Para él, uno de esos sitios son los estadios de fútbol. «La última vez que fui a ver un partido, un hombre repleto de tatuajes, de esos que, si ves en la calle te cruzas de acera, estaba justo detrás de mí. Cuando mi equipo marcó, me dio el abrazo más grande que te puedas imaginar. Es una emoción estar juntos en una comunidad. Es una liberación. La gente no se comporta como en una oficina.

  Estos lugares tienen esta función. Si no los permites, se producen problemas. Por ejemplo, cuando se cerraron los lugares de reunión en Francia en el siglo XVIII lo que sobrevino fue la Revolución Francesa. Muchas revoluciones provienen de la represión de los refugios emocionales. La Revolución Rusa, también. El nuevo hombre soviético, también explotó al final y la URSS terminó por venirse abajo».          

 Para Firth-Godbehere la historia no está condicionada solo por la razón lógica, sino también por la irracionalidad y los sentimientos, que están detrás de las decisiones de los más importantes estadistas o políticos. Siempre existe un componente sentimental: orgullo, amor, rabia. El odio a los otros ha provocado muchas guerras. Muchos científicos han demostrado que no existe la posibilidad de adoptar una decisión sin implicarte con alguna clase de emoción».

En el horizonte, no obstante, existe un peligro de otra clase en el que muy pocos han reparado: la uniformidad de los sentimientos. Las diferencias culturales entre Occidente y Oriente son evidentes y eso enriquece y favorece la diversidad de pensamiento y de ideas. Pero ha aparecido un elemento que abolirá esta distancia cultural y en el que pocos han fijado la atención: los emojis. 

El diseño de estas caras que representan sorpresa, tristeza o buen humor está igualando lo que en Japón o en España se entiende por sorpresa, tristeza o buen humor al ser aceptados estos iconos por todos los usuarios de estos dos lados del planeta. «A lo largo de los próximos cincuenta años, vamos a ver cómo todo el mundo va a empezar a expresarse de igual manera debido a la tecnología. No creo que sea algo positivo, porque si cambian las emociones, cambian las culturas». 

Por eso, Firth-Godbehere alerta sobre dos puntos cruciales: que «la tecnología acabe por influenciado en nuestras formas de expresión de una manera determinada y cómo en ocasiones se azuza el reparo, el asco o el odio hacia otros seres humanos. El desagrado hacia el otro. Algo que ya explotó el nazismo».           (Javier Ors, La Razón, 15/09/22)

3/12/10

Midiendo la felicidad

"La frase celebrada de la cantante francesa Mistinguette es que el dinero no da la felicidad pero aplaca los nervios. Para Rafael Sánchez Ferlosio, el dicho parece más oportuno en su reverso: el dinero sí da la felicidad, pero destroza los nervios.(...)

Francia también ha cuestionado "la religión del número", en palabras de su presidente, Nicolas Sarkozy, y ha planteado un cambio en los indicadores económicos tras haber encargado a Joseph Stiglitz un informe sobre el progreso económico social.

Y la Comisión Europea puso en marcha este verano tres grupos de trabajo relacionados: uno que complemente el PIB; otro que aborde los efectos medioambientales y otro que trabaje en la medición de la calidad de vida de los europeos atendiendo a ocho variables (salud, educación, seguridad, entre otros) con el objetivo, a largo plazo, de lograr un indicador objetivo agregado. (...)

"El PIB como compás que guía a una nación ha quedado obsoleto. Y cuando un país ya no es una economía emergente, cuando ya ha alcanzado cierto nivel de desarrollo económico, hay que empezar a valorar más datos: renta por habitante, desigualdades sociales, algún ratio que mida los recursos naturales gastados en generar producción para ver si somos cada vez más eficientes... es que se ha instalado la idea de que, si el PIB va bien, todo va bien, y en un país desarrollado hay que ir a crecimientos más cualitativos", explica Aniol Esteban, el jefe de economía ambiental de la New Economics Foundation (NEF).

Es una conclusión en línea con el informe que el Nobel Stiglitz elaboró para Francia, que puso de relieve que el PIB no depuraba la actividad económica que, no solo no genera felicidad, sino que es fruto de la incomodidad: como el gasto en analgésicos para el dolor cabeza o el gasto de gasolina en un atasco. (...)

La idea de hacer indicadores alternativos, homologables e internacionales, no obstante, está plagada de peros. Porque lo que uno considera medida de la felicidad puede convertirse en barra libre: Reino Unido medirá las tasas de reciclaje, según una información publicada recientemente por The Guardian, y Bután, ese pequeño país asiático que ha cobrado fama por ser el único con una tasa anual de felicidad interior bruta (FIB), pone su atención en aspectos como el número de veces que se reza al día, entre otros aspectos, claro, como la salud, el tiempo libre o la cultura.

Fernando Esteve, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), ha estudiado con profundidad la Economía de la Felicidad y es consciente de sus inconvenientes. "No se puede medir la felicidad, se pueden hacer aproximaciones, porque los enfoques son muy criticables", apunta.

La economía de la felicidad entiende que el desarrollo económico no es un fin en sí mismo, sino que debe traducirse en bienestar, "pero esto tiene pegas, porque las preguntas que plantean son muy abstractas, como ¿cuánto es usted de feliz del 1 al 10?, por ejemplo. Y en toda encuesta al respecto [existe] el sesgo de que la gente dice que está bien, que es feliz, porque lo contrario causa una sensación de fracaso personal, de derrotismo, muy mal visto", reflexiona Esteve. Unos métodos atienden al bienestar objetivo, otros al subjetivo, y otros los combinan.

En general, se toma una cesta de valores que influye en esa felicidad (el nivel de paro, la salud, las horas que se duerme al día...), se le da un peso a cada una y se evalúa la felicidad y esas variables se han escogido previamente en encuestas que ayudan a saber qué aspectos influyen en la felicidad de la gente.

La fundación NEF elabora un Índice del Planeta Feliz (en el que cruza la esperanza de vida, los recursos empleados y la satisfacción) y unas Cuentas Nacionales de Bienestar, que se basan en las preguntas de la Encuesta Social Europa y cruza el bienestar social (donde se pregunta sobre la relación con la familia, los amigos, los vecinos o los compañeros de trabajo) con el bienestar personal (que lanza cuestiones como ¿has aprendido algo la última semana? Del 0 al 10, ¿qué nivel de satisfacción has alcanzado?). (...)

La cuestión de fondo que emerge de todas estas preguntas es ¿es el crecimiento económico sinónimo perfecto del bienestar para un país? O, en conversación de café, ¿da el dinero la felicidad? Pues hay una respuesta y es que sí.

Pero hasta cierto punto. Sin adentrarse en el jardín filosófico que supone abordar el asunto, la literatura académica ha analizado el interrogante en varias ocasiones y ha certificado que, cuanto mayor es la renta per cápita de un país, mayor es el nivel de bienestar de los ciudadanos, pero esta correlación entre riqueza y felicidad pierde fuerza cuanto más rico es un país.

Es decir, que a partir de un nivel de desarrollo el crecimiento de la riqueza ya no es proporcional al del bienestar de sus ciudadanos. ¿Por qué? Por dos motivos: el habituamiento y la relatividad. "El ser humano se acostumbra muy rápido a sus nuevos niveles de vida, con lo que el gozo por alcanzar una posición social tiene una duración limitada, hasta que uno se acostumbra a ello y lo asume como normalidad.

Por otra parte, está la rivalidad, y es que nos comparamos continuamente con los demás. En resumen, que a más dinero, más bienestar, pero hasta cierto punto", reflexiona Esteve.

¿Y cuál es ese punto? El profesor Manel Baucells, de la Universidad Pompeu Fabra, es uno de los expertos que se ha dedicado a analizar la cuestión en varios informes. Uno que elaboró en 2006 cuando estaba en la escuela de negocios IESE y la Universidad de California cifraba en 15.000 dólares per cápita los ingresos mínimos de un país para ser feliz, a partir de los cuales el poder adquisitivo y la dicha ya no suben al mismo ritmo.

"Más que una cifra concreta, como el ciudadano se compara, el nivel al que uno empieza a ser feliz llega cuando gana, cuando se encuentra por encima de la media de sus referentes más cercanos", matiza Baucells.

Su informe recoge ejemplos reveladores. Tras la unificación de Alemania, los niveles de satisfacción que manifestaban los habitantes del Este bajaron considerablemente respecto a la etapa anterior porque comenzaron a compararse con los de la zona occidental. (...)

Otro estudio que cita (de los investigadores Brickman, Coates y Janojj-Bullman) se atreve a señalar incluso el periodo de tiempo que dura la alegría de que te toque la lotería: un año. Los años consecutivos, el premiado ya se ha acostumbrado a su nuevo nivel de vida y sus referentes son los vecinos de su nuevo barrio, los coches que conducen...

"La habituación al dinero mata esa felicidad nueva generada por el crecimiento económico. Tú te puedes obsesionar por el PIB y si preguntas dentro de 100 años tu población puede no ser mucho más feliz", apunta Baucells.

Esto es lo que ocurre también con los países, en global. "Cuando ya has alcanzado ciertas cosas materiales, te empiezas a preguntas por otras. Así que, si este mecanismo mental ocurre en las personas, de forma individual, ¿por qué no va a suceder en un país en global?", se pregunta el profesor Esteve. Por eso a Cameron y a Sarkozy les ha dado por preguntar a sus ciudadanos qué tal lo llevan. (...)

Baucells advierte: "La riqueza decepciona precisamente porque uno se acostumbra a ella más rápido de lo que cree. Lo que no sabe la gente es que del mismo modo que se acostumbra a vivir con más dinero, también se acostumbra a vivir peor y a cambiar sus referentes".

Eso sí, aunque haya estudios que aseguren que el gozo porque le toque a uno la lotería solo dura un año, no hay economista alguno que considere hacerse rico una idea del todo disparatada. Aunque, como acertaba a pensar Ferlosio, como cuenta el profesor Esteve cuando les habla de la economía y de la felicidad a sus alumnos, y como, en efecto, algunos piensan cuando hojean las revistas de peluquería: a muchos les debe destrozar los nervios." (El País, 28/11/2010, p. 34/5)