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22/5/23

Solidaridad racional: un nuevo modelo para la revolución ecológica y social en África... Se ha descuidado el campo; se ha preferido la ciudad en nombre de la estabilidad política y del progreso sin campesinos. Están explotando; ya no pueden más... pero en África la modernidad destructiva sigue, afortunadamente, rezagada y las prácticas sociales y los imaginarios colectivos han resistido, en parte, a la mercantilización de las relaciones humanas... En África, existen algunas fuerzas endógenas para que se desarrollen nuevos impulsos, que denominé bienes comunes o procomunes, que ponen en acción los diferentes niveles de subsidiariedad democrática adaptados a cada una de las cuestiones. Son bienes comunes que hay que promover entre el mercado, ineficiente, y el Estado, demasiado débil, arrasado por el ajuste estructural, fracasado por su captura y dependencia de los intereses de las multinacionales y de las grandes potencias... Esta solidaridad local podría utilizarse en el marco de una democracia ascendente comprometida con la inclusión de las personas y la reproducibilidad de las prácticas locales

 "Una constatación: los campesinos olvidados

África se encuentra en una encrucijada: no habrá desarrollo económico ni revolución ecológica sin políticas sociales proactivas que aumenten el bienestar de las personas. De lo contrario, experimentaremos una lenta o rápida progresión hacia el caos, mucho más allá de las fronteras de África. La tan necesaria revolución ecológica -puesto que se trata, efectivamente, de una revolución ecológica- no tendrá lugar sin justicia social en África ni en cualquier otra parte.

Los más desfavorecidos son, de hecho, los más vulnerables al cambio climático, aunque sean los menos responsables del mismo porque no disponen de recursos para adaptarse a él.

Los campesinos del África subsahariana están entre los primeros afectados por el cambio climático, que afecta sobre todo a la actividad del suelo: según el INRAE, el calentamiento global ya ha reducido su productividad en un 20% desde 1980, sobre todo en los trópicos, donde las condiciones son más extremas y el suelo más frágil. Estamos hablando de tres cuartas partes de las mujeres agricultoras y campesinas más numerosas, que en el África subsahariana siguen produciendo casi el 80% de lo que consumimos.

África es, por tanto, una de las regiones donde se acumulan los retos: la población volverá a duplicarse dentro de 25 años, es decir, en 2050, a pesar de la transición demográfica que se está produciendo en todas partes y a pesar de los esfuerzos de adaptación que han conducido, en parte, a una mejora de técnicas -de agroquímica, pero, también, de agricultura y ganadería- que ha permitido multiplicar la población desde 1960 y, en gran medida, una extensión de cultivos.

 Este deterioro de la productividad y de la fertilidad en los últimos 40 años ha llegado al límite de lo soportable para el campesinado africano, para los olvidados. Se ha descuidado el campo; se ha preferido la ciudad en nombre de la estabilidad política y del progreso sin campesinos. Están explotando; ya no pueden contener nada más.

 Para los que se quedaron atrás, cuyo número no puede sino crecer, el futuro sólo estará hecho de, en primer lugar, migraciones hacia el exterior del continente -ya han ocurrido migraciones internas hacia las ciudades o a los países más ricos-, hasta ahora, contenidas lo mejor posible, y, segundo lugar, de conflictos por los recursos que se vuelven conflictos «interétnicos», regionales e intercontinentales -terrorismo; ya surgieron entre agricultores y ganaderos o entre rivales por las minas-.

Peor aún: somos testigos de un aumento del resentimiento y de los repliegues identitarios reconfortantes a nivel psicológico -degenerados del mismo modo y surfeando sobre populismos instrumentalizados- que son, paradójicamente, la otra cara de la ausencia de futuro y de la exigencia de una vida mejor.

Los jóvenes, que no vivieron la independencia africana de los años sesenta, sino regímenes políticos tan largos como autoritarios, se rebelan ahora, tanto en las ciudades como en el campo. Si se rompe el impulso democrático y si, al final, no se brindan respuestas concretas, esto amenazará los inestables equilibrios dinámicos de la geopolítica continental e irá mucho más allá de eso.

También, estamos convencidos de que no hay una oposición necesariamente ni, siquiera, incompatibilidad, sino que, incluso, existe complementariedad entre los dos ejes de políticas públicas. Esto es particularmente cierto en África, donde la modernidad destructiva sigue, afortunadamente, rezagada y donde las prácticas sociales y los imaginarios colectivos se han resistido, en parte, a la mercantilización de las relaciones humanas, que alcanzó su apogeo, desde 1980, con el neoliberalismo y el declive de las grandes ideologías y utopías colectivas.

El fracaso de las políticas de desarrollo

Volvamos a las ciudades y a los fracasos del «desarrollo» que no pueden superarse, ahora, en el estado de extrema debilidad y fragilidad de las economías, agriculturas e instituciones africanas. Pensemos en los pequeños empleos informales saturados; empleos industriales inexistentes; ingresos de renta captados por las élites políticas y una clase administrativa que comparte cada vez menos con la población rural empobrecida de la que procede.

En efecto, la extraversión de las economías y la depredación de los recursos continuaron bajo la independencia a pesar de los intentos, con frecuencia, cortados de raíz por Occidente del puñado de ejecutivos africanos formados en la época y, luego, gracias a un nuevo orden económico mundial que, con el pretexto de una teoría económica perfecta e insuperable, aumentó la apertura comercial y mató cualquier voluntad de desarrollo endógeno, sin garantizar ninguna posición satélite habitable. Se cultivaron, a escala mundial, no sólo un materialismo sin límites, sino, también, la codicia como principio de inteligencia social.

Las teorías favorables a la liberalización de los flujos dejaron sin embargo en la sombra la libre circulación de las personas. Este impensado fue gestionado a posteriori por los países occidentales en el marco de una política de «cada quien por su cuenta» en África; no dudaron en apoyar regímenes autoritarios -gendarmes de los flujos anticipadamente-. A modo de comparación, recordemos que no menos de 60 millones de europeos emigraron entre 1850 y 1930 para regular las fracturas provocadas por la industrialización y la progresión demográfica…

Un método que hay que recuperar: provocar la solidaridad a través de los bienes comunes

¿Qué futuro, y más aún, qué revolución ecológica, qué «progreso económico y social», qué protección del medio ambiente pueden preverse para el continente cuando África ya no puede cubrirse con 2.000 millones de tractores, coches y aparatos de aire acondicionado, y cuando se acelera el empobrecimiento de la población, sobre todo de los campesinos -sin acceso al agua, sin retretes, sin electricidad, sin motorización y tampoco sin industria-?

Dar respuestas, desde el nivel local hasta el internacional, a los grandes problemas que amenazan, hoy, la supervivencia de las poblaciones y la paz mundial, y por lo tanto, a la comunidad humana, que ya no está ciega, pero que puede ser engañada: todo se sabe en Internet y la miseria se hace insoportable para los que no tienen nada en comparación con los que lo tienen, o parecen tenerlo, todo porque los países ricos no son cicateros con la miseria y los miserables, evidentemente, no saben compartir tan bien la abundancia.

Necesitamos más empleo y una vida más digna para todos, lo que significa derechos humanos y civiles. Hay que redefinir prioridades y basar políticas públicas decididas -disruptivas- en las fuerzas endógenas de un continente que no carezca de ellas. Para ello, es imperativo liderar un cambio casi cosmológico que haga que desarrollo, sostenibilidad medioambiental y bienestar para todos no sólo sean compatibles, sino complementarios. Un futuro «sostenible» en el sentido literal, soportable para todos, para África y Occidente por igual.

 No se trata de renunciar al llamado bienestar moderno, pero buena parte de la modernidad se basó en la colonización, en la explotación y en un dominio casi religioso, sino, para basar políticas públicas en una estrategia a largo plazo y no en las actuales dilaciones ni ilusiones de emergencia, de redefinir el bienestar humano en una relación diferente con el mundo vivo, de revivir lo mejor de cientos de miles de años en los que los seres humanos se sabían seres vivos entre otro en un universo que se ha vuelto materialista, que está sobrepoblado y ultraconectado. Ante los temidos colapsos, el reto es grande: devolverles un futuro envidiable tanto al sur como al norte, al este y al oeste. 

En África, existen algunas fuerzas endógenas para que se desarrollen estos nuevos impulsos, que denominé bienes comunes o procomunes, que ponen en acción los diferentes niveles de subsidiariedad democrática adaptados a cada una de las cuestiones. Son bienes comunes que hay que promover entre el mercado, ineficiente, y el Estado, demasiado débil, arrasado por el ajuste estructural, fracasado por su captura y dependencia de los intereses de las multinacionales y de las grandes potencias.

En algunos lugares, se mantiene una vida basada en lo común. Así lo ilustran las prácticas sociales, el simbolismo colectivo y las solidaridades familiares dinámicas, cuya perversión actual es la solidaridad tribal. Esta solidaridad local podría utilizarse en el marco de una democracia ascendente comprometida con la inclusión de las personas y la reproducibilidad de las prácticas locales.

Además, se trataría de aprovechar al máximo la inventiva de los jóvenes y su creatividad; esta última, limitada en cuanto a recursos, reinventa cada día la low tech africana. La tecnología digital y la telefonía móvil han demostrado ser potentes herramientas de acceso a la información: hay que cultivar aplicaciones económica y socialmente útiles.

Del lado de la dimensión económica, se debe financiar las necesidades económicas de grandes políticas públicas a través, por una parte, de monedas comunes liberadas de la cómoda, pero contraproducente, paridad del euro y, por otra, del ahorro no utilizado de las clases medias garantizado por el financiamiento público internacional respaldándolos con procesos de integración regional, una integración mucho más pertinente que las fronteras coloniales heredadas.

El acceso para todos a las energías sostenibles descentralizadas -solar, eólica, geotérmica, hidráulica- es, en este contexto, un objetivo totalmente alcanzable y un factor evidente de desarrollo endógeno sostenible combinado con el bienestar de las poblaciones. La capacidad, probada durante décadas, de los campesinos y campesinas para evolucionar hacia técnicas más productivas, sin motorización ni agroquímicos agresivos, basadas en prácticas agrícolas ancestrales, en múltiples patrones de uso de la tierra -aunque estén amenazados por la apropiación privada y por el acaparamiento internacional de tierras- y en un patrimonio vegetal más resistente a la variabilidad climática que los paquetes técnicos estándar de la «revolución verde» y menos dependiente de los insumos de alto consumo energético de las multinacionales.

Al mismo tiempo, la riqueza de la biodiversidad del continente y los servicios medioambientales que prestan al mundo sus grandes bosques primarios y sus pequeños agricultores siguen estando infravalorados; los campesinos son ahora demasiado pobres para degradar sus tierras de forma agroquímica y mecánica. El continente, especialmente el África subsahariana, es casi neutro en carbono, pero está sometido a un mayor estrés por el cambio climático, aunque también a presiones para seguir siéndolo debido a la pobreza o a las limitaciones medioambientales mundiales.

Poner en práctica soluciones africanas: nuevas políticas públicas para el continente a través de la «solidaridad racional» internacional

En mi último libro1, desarrollé los ejes principales de una solución africana en el contexto actual, basada en las fuerzas detectadas cuyas potencialidades ya mencioné anteriormente.

En primer lugar, la única fuente importante de empleo está en el campo: el sector agrícola. La única forma de conciliar la escasez de combustibles fósiles con el bienestar de todos -es decir, la justicia social- es la intensificación agroecológica de las tierras de los pequeños agricultores capaces de duplicar los bajos rendimientos actuales para poder alimentarse a sí mismos y a su población.

En la ciencia agroecológica y agroforestal, la combinación de conocimientos y técnicas de baja y alta tecnología permite el aprovechamiento infinito de la energía del sol y el nitrógeno del aire, la maximización del agua y la resistencia de la biodiversidad cultivada y no cultivada ante los riesgos climáticos y las plagas, el uso sostenible de los elementos minerales del suelo a través de las raíces y la mejora de su fertilidad orgánica y su capacidad para fijar CO2 (en la biomasa).

En segundo lugar, en función de esto, tanto en el sur como en el norte, los circuitos cortos y el consumo local deben convertirse en la norma y favorecer la transformación artesanal e industrial de los recursos locales. Por consiguiente, hay que frenar el crecimiento de las actuales dependencias múltiples.

Este programa a gran escala tiene sus condiciones: lo que llamo neoproteccionismo, o, más bien, «comercio justo», no dogmatismo, sino pragmatismo económico: en estas cuestiones cruciales, proteger a los campesinos africanos y a los transformadores de la competencia insostenible -y subvencionada y respaldada políticamente- de los países desarrollados y aprovechar este sistema fiscal; animar a los consumidores -que ya están bien aculturados- a darle prioridad a este interés general; acompañar a los más pobres de las ciudades en el aumento transitorio del precio de los alimentos.

Por último, hay que invertir masivamente en la modernización del campo y en la revolución agroecológica «doblemente verde» de la agricultura campesina. La vida en el campo debe significar, por fin, educación, salud y electrificación sostenible. Éste es el precio de una transición demográfica rápida y del acceso de las mujeres a sus derechos: una verdadera educación para las niñas y los niños -al menos, hasta la enseñanza secundaria y en buenas condiciones-, como es sabido en todo el mundo.

Para contribuir a esta inmensa inversión ecológica, debemos velar por que se pague un precio justo por los servicios medioambientales que brinda el continente y, en particular, por su campesinado; no deforestar, sino reforestar, almacenar cantidades masivas de carbono y biodiversidad en el suelo y la vegetación y desarrollar energías sostenibles. Y no olvidemos los reiterados compromisos establecidos por los países desarrollados con la ONU desde 1970, que no se han respetado: 0.7 % de AOD, Fondos Verdes, Fondos de Pérdidas y Daños, Fondos de Biodiversidad.

Creo que ésta es la solución para África en un momento en el que todos sabemos que los magníficos objetivos de desarrollo 2030 -terminar con el hambre y terminar con la pobreza- no se cumplirán en 2030; se necesita un cambio drástico, un cambio que el Secretario General de la ONU reclama con vigor, previsión y urgencia

Las crisis mundiales -bancarias, sanitarias, vinculadas con las guerras- han mostrado la vulnerabilidad del sistema mundial y de los países africanos en particular. La contaminación de conflictos en el Sahel y África Central no invita al optimismo: se han cruzado umbrales críticos. El apoyo de Occidente hacia regímenes autoritarios considerados estables y complacientes no ayuda, pero los jóvenes se mueven y las ideas circulan.

En cualquier caso, hay que convencer y convencer contra la prevalencia de las ilusiones de «desarrollo» sin desarrollo humano de las multinacionales, contra, en particular, una gran ignorancia general en la que se considera que más de la mitad de la población africana está atrasada, ignorancia que ha sido cultivada por décadas de alabanza del agronegocio, contra el vapuleo ecológico, contra el derrotismo y el repliegue.

Si no basta con el derecho de todos a una vida digna, si no basta con la responsabilidad de todos por el hecho de que al menos un billón de seres humanos permanezcan década tras década tratando de sobrevivir, debemos insistir en que se trata de una cuestión de «solidaridad racional» internacional, aunque sea."               (Kako Nubukpo , El Grand Continent, 16/05/23)

27/7/22

“Cuando a un ganadero le come el lobo un xatu le está dejando sin la nómina del mes”

 "(...) Más allá del turismo, ¿de qué se puede vivir en Teverga?

La ganadería sigue siendo importante, y hay gente joven con cabañas muy importantes. La ganadería es la que mantiene el territorio. Hay que cuidarla. Somos reserva de la biosfera. Suena muy bien, pero eso tiene que ir acompañado de compensaciones económicas. No hay ayudas por ejemplo a conservar las brañas. Si la administración está pidiendo a la población que cuide el territorio la gente también tiene que recibir por ello.

Eso nos lleva a un tema delicado: el lobo

Para empezar no tiene sentido que todavía no tengamos un censo de lobos. No lo entiendo. Lo otro que pienso es que conservar el lobo tiene un precio. Cuando el lobo le come un xatu a un ganadero le está dejando sin la nómina del mes. El rechazo al lobo es ancestral, pero el retraso en pagar las ayudas provoca todavía más rechazo en la gente del campo.

¿Se está cumpliendo ese pronóstico postpandémico del regreso al campo?

Hay un goteo de gente de fuera que se viene a vivir y de gente con vínculos con el concejo que se instala o pasa temporadas largas, que arregla casas de la familia… Una de las cosas buenas de Teverga es su ubicación, estás en la naturaleza, pero a 40 minutos de Oviedo y otros 40 de Pola de Lena, donde en nada vas a poder coger el AVE a Madrid. Se están comprando casas antiguas y hay pueblos que ya triplican la población en verano. Nos falta empleo más allá del turismo, que es muy estacional. Hay algunas empresas en el polígono de Entrago que están haciendo cosas interesantes, como Algatek, con algas, y Renastur, con savia de abedul, pero nos sigue faltando más industria. Me encantaría por ejemplo una pequeña fábrica de queso o de cerveza. Creo que el parque natural le da un valor añadido a cualquier producto que se haga aquí. (...)"                ( Diego Díaz Alonso, Nortes, 22/07/22)

26/5/22

El tema del animalismo llevado al extremo no conecta con la sociedad ni con el medio rural... Todos mis hermanos son cazadores, hay galgueros, escopeteros... La caza no es un deporte. La caza es la caza. Sales con el perro por el campo, te bates con el disparo, el lance, la inteligencia... la culpa del problema de la caza, de la disminución del número de pájaros, de aves, de liebres, de conejos, ¿sabes de quién es? No es de los cazadores. Es de la agricultura intensiva. Hace cuarenta años, en el medio rural, todo el mundo era cazador, o en todas las familias había un cazador... ¿Qué ha pasado? La agricultura intensiva... Lo que daña a la caza es la agricultura intensiva y el que diga lo contrario miente... Yo he visto, después de la siembra de trigo o remolacha, cientos de pájaros muertos. Por el veneno que echan... la ultraderecha de Vox dice cosas que pueden sonar bien en el oído del jornalero, como esto de la caza. Pero no en el tema del trabajo, de los convenios. Lo que sí te digo es que el sentimiento que hay es que se quieren cargar la caza. Y cuando hablas del sentimiento de la gente... ese sentimiento de abandono lo está monopolizando la ultraderecha tocando la tecla de los toros, el caballo y la caza... Luego, cuando hablamos del subsidio agrario, lo que era el PER, que es una forma de fijar población, una especie de renta básica de jornaleros, pues está en contra de ese subsidio

 "(...) Cañamero está metido en la faena desde el conflicto de la remolacha de El Coronil de 1976. Encierros, huelgas, ocupaciones, manifestaciones, "expropiaciones" de comida y material escolar, detenciones, insumisiones, multas y juicios salpican su trayectoria. Un recuerdo de una batida de caza a la que asistió en su infancia, compartido por Cañamero con Joaquín Recio para su biografía, da idea de cuál es su origen y dónde se forma su visión de la sociedad rural: "Recuerdo la cifra, mataron 315 agachadizas, un pájaro muy apetecible de la caza menor. Después se pusieron a descansar y a hacer su aperitivo, con nosotros mirando como perros. Esas cosas no se olvidan nunca".

infoLibre entrevista a Cañamero con el medio rural erizado de malestar. Pero esta vez el agro no expresa su ira contra el "señorito", palabra que Cañamero mezcla con "terrateniente", "derecha" y "ultraderecha" para identificar a sus adversarios. Esta vez en la manifestación del campo están el PP y Vox como parte del paisaje. (...)

¿Estuvo en la manifestación del domingo?

No estuve, no.

¿Por qué?

Aquí hay una Ley de Cadena Alimentaria, una ley para que los costes no sean mayores que los precios, algo beneficioso para el campo, y el PP y Vox estuvieron en contra [ver aquí información de Newtral sobre las posiciones de PP y Vox]. Y esos mismos partidos llaman a la movilización cuando en realidad se oponen a los intereses del campo y no han apoyado que sus productos tengan unos precios superiores a los costes. Se dedican a la manipulación pura y dura. Lo que hace falta es poner en marcha la ley ya.

Hubo mucha asistencia a esa manifestación.

Hay un problema en el medio rural, evidentemente. Pero hay que tener mucho cuidado, porque la manifestación mezcla los toros, la caza, el medio rural, la España vaciada, los animales... Lo meten todo en el mismo saco, tocando teclas sensibles para la gente. Es una lucha política de la derecha para hacerse con el Gobierno a base de manipulación. Y yo soy el primero en decir que el campo se tiene que defender, soy un defensor a ultranza de los agricultores y del medio rural. ¡Conozco el problema! Hacen falta médicos, carreteras, colegios, autobuses, ferrocarril, internet, viviendas baratas... Pero cuando la derecha está en el gobierno no hace nada de eso. Y ahora, en la oposición, manipulan los deseos y los sentimientos de la gente. No tienen escrúpulos. Salen a decir que hay que bajar los impuestos porque suben los precios. ¿Y de quién es culpa? Aprovechan el malestar que ellos mismos causan. Es la doble moral de siempre.

Por un lado, quieren más guerra en Ucrania, que hay que seguir, mandar armas, que dure lo máximo posible... Pero ojo, eso dispara los precios. Y cuando ocurre, llaman a la movilización contra el Gobierno, cuando eran conscientes de que iba a pasar. Eso sí, rechazan la negociación. Pues la gente tiene que saber que eso son civiles muertos, ¿eh? Gente que se tiene que ir [de Ucrania], abuelos arrastrando los pies por el barrio... ¿No les da vergüenza, hombre? 

¿La derecha se puede beneficiar del malestar en el campo?

Claro que sí. Con su manipulación. Hay una cosa real... Los cazadores tienen sus problemas. La ley animalista... Es que hay gente que no tiene mucha idea. Se creen que a los perros hay que ponerles un abrigo y meterlos en un piso. El tema del animalismo llevado al extremo no conecta con la sociedad ni con el medio rural. Cosa distinta es que a los animales hay que cuidarlos. No se puede maltratar de ninguna manera. Yo tengo una perra y la quiero con locura. Ahora te voy te voy a mandar un vídeo, para que la veas... Lo que sí hay son unas tradiciones en el mundo rural.

¿Pero esas tradiciones han sido atacadas? Por ejemplo, la caza.

Hay un bulo permanente de la derecha para ganarse al medio rural y a la gente del campo. Pero también algunas veces, cuando se intenta poner una ley en marcha, me refiero a la de lo animales, se va un poco al extremo. Una cosa es que no se puede maltratar a un animal y otra que tengas que tener licencia de criador para criar a un animal. La gente en los pueblos tiene un animal bonito, de caza, le echa un macho para que tenga crías y se las da a los amigos, no se pone a negociar con ellos. No hay costumbre. Si tienes un perro bueno de caza, la cría se la das a un amigo que está deseando tener un perro como el tuyo. Es normal. Pero bueno, como te digo, todo eso luego se manipula. La federación de caza la dominan los señoritos y la derecha.

Pero los cazadores no son todos señoritos ni de derechas.

¡No! En mi pueblo [El Coronil] hay 400 cazadores y hay gente de todo tipo, gente del sindicato también [SAT]. De esto entiendo, ¿eh? Todos mis hermanos son cazadores, hay galgueros, escopeteros... La caza no es un deporte. La caza es la caza. Sales con el perro por el campo, te bates con el disparo, el lance, la inteligencia.

¿Le gusta cazar?

A mí me gusta, sí. Voy de higos a brevas, pero me gusta la caza tradicional, como hacía mi padre. Vas al campo y te vienes con una pieza, con cuatro o con ninguna.

¿Hay alguna limitación a la caza que antes no hubiera?

No, lo que ocurre es... Mira, la culpa del problema de la caza, de la disminución del número de pájaros, de aves, de liebres, de conejos, ¿sabes de quién es? No es de los cazadores. Es de la agricultura intensiva. Hace cuarenta años, en el medio rural, todo el mundo era cazador, o en todas las familias había un cazador, uno que ponía perchas, o lazos para los conejos, o cepos... Y no se eliminaban los pájaros, las aves, los conejos, las liebres... Nada de eso. ¿Qué ha pasado? La agricultura intensiva. No es lo mismo la agricultura intensiva que la extensiva, ¿eh? No es lo mismo una piara de cochinos comiendo bellotas en el campo que estabulados con unos piensos que la mayoría son mierda. No es lo mismo una gallina de corral que una gallina que no puede ni moverse. Lo que daña a la caza es la agricultura intensiva y el que diga lo contrario miente como un bellaco. Yo he visto, después de la siembra de trigo o remolacha, cientos de pájaros muertos. Por el veneno que echan. Y fíjate, yo me los comía asados, porque había la creencia de que pasados por la candela no pasaba nada, que se iban todos los herbicidas...

¿De qué año estamos hablando?

Mediados de los 70. Todo el problema de los herbicidas y pesticidas y productos químicos viene de los 60 en adelante. Eso es lo que ha disminuido a tope la población cinegética. De manera bestial. Ese es el problema de la caza. Y otro problema es la caza intensiva. Porque los animales de granja echados al campo para cazarlos vienen con enfermedades y contagian. La caza intensiva es la que les gusta a los señoritos, que echan en los cotos un montón de pájaros de granja y ponen a mil euros el puesto. Esa es la caza de los ricos. Pero la tradicional, de toda la vida, que ha practicado el pueblo, es otra cosa. Yo la defiendo. Pero claro, al final se mezcla todo... Mira, en España hay 450.000 hectáreas de vías pecuarias, 100.000 en Andalucía. Pues el 80% están usurpadas por los terratenientes, ¡por esos que se ponen ahora al frente de la manifestación! Pues si tienes ocupada una vía pecuaria, ahí no pueden anidar pájaros, no hay tagarninas, no hay caracoles, no hay setas, lo ocupas todo, con lo que al final se pierde un refugio. Una cañada real debe tener 75 metros, ¡a ver cuántas tienen 75 metros de verdad! ¡Ninguna! Todas ocupadas, y los cordeles y las coladas, los abrevaderos y los descansaderos. Por cierto, que no hay ganado ni cabreros porque se lo han cargado todo a base de herbicida y pesticida y de echar veneno.

¿Son los propios terratenientes los que fastidian la caza?

Claro. Son ellos. Y le echan la culpa al Gobierno. Pero claro, luego hay cosas... Por ejemplo, se ha prohibido la caza de la tórtola. Me parece bien si hay una disminución considerable de la población. Pero si prohíbes la [caza de la] tórtola aquí, lo que pasa es que el pobre no puede cazar pero el rico se va a Marruecos, paga un puesto que cuesta un dineral y sí la caza... O por ejemplo, se dice de prohibir la caza de la perdiz roja, que es verdad que la población está disminuyendo y hay que protegerla. Pero, ¿sabes cómo se protege la perdiz roja?

¿Cómo?

Sin veneno en el campo y sin permitir que al hacer por la noche las alpacas de paja se traguen bandos enteros de perdices, que se quedan molidas dentro de las alpacas. Luego he visto cómo un granjero echaba de comer al ganado y salían pájaros muertos de la paja. Eso no se puede permitir de noche. Ni tampoco se puede permitir de noche el olivar intensivo, con las máquinas llevándose por delante los zorzales, los jilgueros, los chamarines, moliéndolos mientras están dormidos y no se mueven porque los pájaros son amigos del ruido, están acostumbrados ya a los tractores. Yo antes, y de esto hace 50 años, cuando salía al campo los cogía pisándolos con un candil y un cencerro de oveja, porque estaban familiarizados con el ruido... Pero todas estas cosas no se saben. No las saben los animalistas.

La mayoría de la gente habla del campo por hablar. Hay que pararse a preguntar y mirar, no hablar sólo con el corazón. Hay que enterarse. De la realidad, no de lo que tú piensas. Si hablas del campo sin saber, la lías, porque llega la derecha. Y a la derecha y la ultraderecha les importa una leche el campo y les importa una leche la caza, porque los señoritos lo que hacen es caza mayor, en cotos, que esa no es la que se están cargando con la ganadería intensiva. Los señoritos que ahora salen a protestar se han cargado la caza y el medio rural. Y encima se están ganando a mucha gente del campo tocando sus temas sensibles.

¿Ha seducido el discurso de la derecha y la ultraderecha a gente del SAT?

Hombre... Hay gente del SAT que ha ido a la manifestación, sí. Y es verdad que la ultraderecha de Vox dice cosas que pueden sonar bien en el oído del jornalero, como esto de la caza. Pero no en el tema del trabajo, de los convenios. Lo que sí te digo es que el sentimiento que hay es que se quieren cargar la caza, que está en peligro. Y cuando hablas del sentimiento de la gente...

¿Diría que se está derechizando el campo?

El campo tiene problemas estructurales graves. Hay problemas de despoblación –en Andalucía no tanto–, de precios, de internet, de servicios, de todo. Y ha habido un abandono de los diferentes gobiernos. Y ese sentimiento de abandono lo está monopolizando la ultraderecha tocando la tecla de los toros, el caballo y la caza, cuando en realidad le importa una mierda el campo, el medio rural y lo que les pase a los trabajadores. Pero van a los sentimientos y se están ganando a mucha gente con eso. Luego, cuando hablamos del subsidio agrario, lo que era el PER, que es una forma de fijar población, una especie de renta básica de jornaleros, pues está en contra de ese subsidio.

¿Qué piensa de la imagen de los manifestantes a caballo con aspecto señoritil?

Por eso yo no he participado. Ha habido mucha manipulación. Pero hay mucha gente del campo a la que la ultraderecha se la ha ganado por la torpeza del Gobierno.

¿Hace el Gobierno políticas adecuadas para el campo?

La Ley de Cadena Alimentaria es correcta, estoy a favor. Lo triste es que la derecha que no apoyó esa ley llame ahora a movilizarse. El Gobierno tiene que hacer que se cumpla. Que los costes no estén por encima de los precios. Punto. ¿Cómo vas a tener zanahorias, trigo o lechuga para que te cuesten más que los precios? No puede ser. Eso hay que evitarlo. Y hay que vigilar que no pase, controlarlo.

¿Faltan inspectores?

Hay inspectores, pero hay que poner medios para que vayan a los grandes supermercados, a los mayoristas... Si yo vendo una lechuga, alguien me la ha comprado, ¿no? Es fácil de encontrar. Ahí hay que ir. Pero la derecha no quiere ese control, claro que no. No quieren control público de nada. Mercado libre, capitalismo, que ningún mercado se corrija. Ahora, eso sí, dinero púbico para salvar a banqueros granujas y para tapar el desmadre. Es la doble moral.

¿Antes era más sencilla, más clara, la lucha en el campo?

La verdad que sí. Había un sector terrateniente y unos jornaleros sin tierra. Hoy está todo más diluido. Ahora trabajo en el campo hay, la agricultura se ha diversificado, los olivos, la fresa, los invernaderos... La construcción empieza a despuntar y hay jornal disponible para mucha gente. No estamos en la situación de hace 20 años. Ha mejorado, aunque los jornales no mejoran y se han disparado los precios.

La inflación. Un problema grave.

Está todo muy caro. Antes le echabas al coche 10 euros y andabas 100 kilómetros. Ahora... Se habla de los camioneros, que es verdad que tienen un problema, pero, ¿y la gente que tiene que trabajar a 100 kilómetros, como los jornaleros de los pueblos de secano de Cádiz? Es que hay que enterarse y entender lo que pasa en el medio rural. Y no se enteran, no lo entienden.

¿El Gobierno no entiende el campo?

No lo entiende, no. ¡Pero hasta ahora ningún gobierno! Y eso que es el 80% del territorio del Estado.

¿Y Unidas Podemos?

Tiene pocas responsabilidades. Todo el tema de Seguridad Social depende del PSOE, que lleva gobernando 30 años pero nos ha tratado siempre con el limosneo.

¿En qué sentido?

Limosna. Paternalismo. Cuando llega la recolección, tiene que haber trabajadores disponibles que han estado en el paro a lo mejor seis o siete meses. Para que esa mano de obra esté ahí mientras tanto, hay que mantenerla, atenderla, protegerla con un subsidio, con una prestación. No es limosna, es proteger la mano de obra. Para el PSOE siempre ha sido caridad. Pues mira, al terrateniente, a la agricultura y al Gobierno les hace falta esa mano de obra y hay que pagarla.

¿Ya nadie pide la reforma agraria?

Nosotros [el SAT] seguimos pidiendo al reforma agraria.

¿Qué reforma?

En Andalucía cuatro, cinco o seis terratenientes se llevan el dinero de 6.000 jornaleros. Los terratenientes no pueden seguir teniendo el 50% de los tierras nada más buscando las ayudas de la PAC.

¿De quién habla cuando dice "terratenientes"? Concrete algunos.

Los Mora Figueroa, la Casa de Alba, los Domecq, González Byass, los Candau...

¿Dónde milita actualmente?

Políticamente, en Podemos. Y en el SAT. (...)"                     

 (Entrevista a Diego Cañamero, Ángel Munárriz  , InfoLibre, 24 de marzo de 2022)

25/1/22

Entrevista a María Sánchez: hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad... todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral?

 "María Sánchez es veterinaria y trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Ha publicado el poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017) y los libros Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020).

Júlia Martí: Cada vez se está hablando más sobre el mundo rural, aunque durante mucho tiempo ha sido el gran olvidado.

María Sánchez: Es un tema que no se ha tenido lo suficientemente en cuenta y que creo que en los tiempos en los que estamos, de emergencia climática y de pandemia, de capitalismo atroz y de hiperextractivismo hay que tocarlo ya, y creo que tiene que ser una cuestión vital y central en la agenda. Porque, a fin de cuentas, el tema de la tierra, de la sequía, de la comida, de la gente que trabaja en estos ámbitos –personas migrantes con poquísimos derechos y que están padeciendo muchísimo–, es clave. Y hay dinámicas –no quiero decir tradicionales, pero sí alternativas– que conservan biodiversidad y territorio, que podrían ser fundamentales en la lucha contra el cambio climático y que no se están teniendo en cuenta porque no interesa, porque al sistema no le es rentable ni tampoco le interesan estos modelos de producción. Debemos poner sobre la mesa y cuestionar de una vez el modelo agroalimentario que tenemos.

J. M.: En el libro Tierra de mujeres recuperas la historia de las mujeres rurales, una historia que a menudo vinculas con una herida abierta. ¿Cómo sanar estas heridas, cómo devolverlas al lugar que merecen?

M. S.: Escribí el libro entre 2017 y 2018, fue publicado en 2019. Desde que salió el libro, creo que ha habido un cambio brutal en el relato y la forma de mirar. Hemos pasado de no saber nada de las mujeres rurales, de sus historias y sus vidas, de sus problemas, de a lo que se enfrentan día a día, de la diversidad –porque no hay un solo tipo de mujer rural–, a tener visibilidad en las redes sociales, artículos, reportajes en medios… Y creo que es muy importante conocer todo lo que hay de nuestros medios rurales, saber de dónde venimos, con las cosas buenas y las cosas malas, para, en estos tiempos de emergencia climática y pandemias, saber hacia dónde queremos ir.

Cuando llega el feminismo en mi vida, me doy cuenta de todas estas lagunas, de todas estas cosas que no entendía, o que no hablaba, de todo aquello con lo que no nos atrevemos a romper el silencio. Es tan importante hablar, conocer, visibilizar... Y claro, en mi caso ¿qué pasa?, que cuando llega el feminismo a mi vida –como cuento en Tierra de mujeres– lo primero que hago es buscar veterinarias, científicas, ecologistas, divulgadoras, ornitólogas, botánicas…, pero paso por completo por encima de las mujeres de mi casa. Cuando era adolescente, mi madre era la persona que tenía de ejemplo de lo que no quería ser nunca en mi vida. Fui muy injusta, muy egoísta. No quise entender la vida que le tocó a mi madre, las renuncias, lo que tuvo que vivir, la época, el machismo, etc.

El libro sale de esta herida abierta, de este duelo, de este llegar tarde. No deja de ser una manera de pedir perdón a todas esas mujeres de mi familia. Con él intenté crear un lugar donde ellas se sintieran representadas y sintieran que sus historias y sus voces también importan, y que tienen muchísimo que contar. La historia de mi madre es muy dura, pero es la historia de tantas mujeres de este país. Nació en el 60, y con 12 años, siendo una niña, tuvo que dejar el colegio y ponerse a trabajar la aceituna en el campo, sin derecho a decidir ni nada.

Quería hacer esta nueva narrativa para reconocerlas, para que sus historias también se tuvieran en cuenta. En estos casi tres años desde que salió el libro he tenido muchísimos encuentros en pueblos, y hay dos cosas que me han dicho que no dejan de repetirse: “este libro lo podría haber escrito yo” y “has contado mi vida”. Creo que eso es muy importante, esta reconciliación con nuestras madres y con las mujeres de nuestras familias a las que nunca quisimos parecernos y que nunca cuestionamos ni preguntamos por toda la desigualdad y renuncia que traían en sus espaldas.

J. M.: Me parece muy importante esta parte de reconocimiento generacional.

M. S.: En un encuentro con otras mujeres hace un par de años, en el turno de preguntas, una chica de 17 años se levantó del público muy enfadada diciendo que su madre no era feminista, preguntando qué libro tenía que darle, qué tenía que hacer para que su madre fuera feminista. “¿Tú has intentado hablar con tu madre de su vida?, ¿sabes qué quería ser tu madre de pequeña?”. Yo he sido muy egoísta diciendo de mi madre “es que hay que ver que solo limpia” o “solo se preocupa por la casa”, pero yo no quería saber que a mi madre desde pequeña la enseñaron a limpiar, a cocinar, a trabajar en el campo, a no tener nada, a no poder decidir. Es tan doloroso y duro…; creo que hay que conocer las mochilas que trae cada una encima, no podemos imponer, ni caer en dinámicas condescendientes ni paternalistas tan machistas, creo que toca acompañamiento, diálogo y entendimiento.

Pero cuidado, tampoco podemos caer en la idealización. Porque ahora, terriblemente, estamos en una ola de nostalgia reaccionaria, con frases como ya no hay mujeres como antes. Hay que visibilizar las cosas a las que renunciaron y las cosas que les tocó vivir. Esa desigualdad y machismo extremo que alcanzó a todas. Yo muchas veces me pregunto qué habría pasado si mi madre hubiera podido seguir yendo al colegio, ¿habría podido descubrir otros mundos, otras vidas? A lo mejor ahora estarías hablando con mi madre, a lo mejor ella sería la escritora.

J. M.: Tu relato choca con los intentos de representar una imagen idealizada de lo rural, de la vida que tuvieron nuestras madres y abuelas, ¿cómo combinar su reivindicación sin caer en el esencialismo y la mistificación?

M. S.: Es que sabes qué pasa, que esta reivindicación viene de gente que tiene un altavoz y que está muy bien respaldada por los grandes medios, pero que ni vive ni habita, ni sabe la realidad de los medios rurales. Me parece tan brutal que alguien haga esto y se cargue todo el trabajo de años de las asociaciones feministas y de los grupos de mujeres que hay en nuestros pueblos. Todas estas luchas que hay en los pueblos para evitar, primero, esta romantización-idealización y luego, también en el sentido contrario, esta voz tan simple donde somos unos brutos, donde somos los santos inocentes, Las Hurdes o Puerto Hurraco. Me parece tan injusto pensar que vivimos peor que nuestros padres, es que pienso en tantas cosas, por ejemplo: una mujer hasta entrados los años 80 no podía tener una cuenta bancaria, y si las mujeres tenían algo de tierra, el marido, cuando se casaban, la vendía o se quedaba con ello.

Recomiendo el libro Basa de Miren Amuriza, publicado en Consonni, sobre una mujer rural y los dilemas de dejar ser cuidada y de tener que seguir cuidando, por la mentalidad y la vida que te ha tocado vivir… A mí me hace mucha gracia cuando en las presentaciones de Tierra de mujeres, en algunos lugares del norte, siempre salía algún comentario por parte de hombres diciendo “no, es que en mi casa había un matriarcado”. Este famoso matriarcado en el norte, ¿no? Un matriarcado que se reduce a que la mujer podía decidir en qué se invertía alguna vez el dinero cuando tocaba cosas de la casa o que daba su opinión. Y yo les pregunto: “¿La casa de tu familia está a nombre de tu abuela?, ¿tu abuela manejaba el dinero?” Ahí tenemos los datos, el porcentaje de mujeres que tienen la propiedad de la tierra o que están dadas de alta es ridículo, ¿dónde está este matriarcado en las cifras? No existe. Hay una romantización tan brutal…, y con esta vuelta a ella, pienso que indirectamente estamos romantizando una dictadura, cuando romantizamos cómo vivían nuestras abuelas y nuestras madres.

 Podemos reivindicar sus vínculos y conocimientos (que tanto han sido despreciados por la academia), y sumarlos a las herramientas y saberes que tenemos hoy en día. Me horroriza que sigamos dando altavoz a discursos donde solo se habla de la mujer en el medio rural para hablar de políticas de natalidad. En este sentido, recomiendo el informe “Participación política de las mujeres campesinas en el Estado español”, un trabajo de Mundubat.

Hay muchas mujeres y hombres luchando por un mundo rural diverso, vivo, con soberanía alimentaria, para conservar nuestra biodiversidad, luchando contra macrogranjas, contra los vertederos y todos los proyectos de invasión de macroeólicos que estamos teniendo en territorios de alto valor ambiental. La mayoría de los grupos y movimientos que están trabajando desde los medios rurales, toda la gente que tengo la suerte de conocer y con la que trabajo, trabaja por el bien común, por la comunidad, por otros sistemas, por otras formas de relacionarnos, de vivir en la tierra, por otras políticas públicas. En vez de visibilizar estas luchas, ¿de verdad tenemos que estar volviendo a estos discursos llenos de nostalgia reaccionaria que quieren recuperar una vida pasada que nunca fue mejor? A fin de cuentas, lo que vivimos de pequeños cuando crecemos lo tendemos a romantizar.

Me parece tremendo que se amplifique una experiencia personal y se quiera imponer y convertir en el único relato válido y posible, dejando atrás una población y unos territorios diversos que llevan años de lucha y reivindicación.

J. M.: El pasado 8 de marzo publicasteis el manifiesto “Por un feminismo de hermanas de tierra”, en el que contabais “que son y serán mujeres fuertes de tierra que la mayoría de las veces no pudieron elegir ni decidir. Que a base de renuncias, creciendo en una casa construida sobre cimientos de desigualdad y machismo, nos abrieron vereda a las demás”. Frente a los estereotipos que siguen proliferando, ¿cómo describirías tú a las mujeres rurales de hoy en día, cuáles son sus reivindicaciones, proyectos, aspiraciones?

M. S.: Mira, justo este verano en una entrevista me preguntaron ¿a qué se puede dedicar una mujer rural?, y yo le dije que por qué no cambiaba la palabra rural por urbana y me volvía a hacer la pregunta. Una mujer rural se puede dedicar a lo que sea, creo que la gente ya tiene que entender –y esto es algo que lleva diciendo FADEMUR muchos años– que ya basta de esta imagen de la mujer rural como la mujer mayor vestida de luto de nuestros pueblos. Desde FADEMUR, que es la federación de asociaciones de mujeres rurales del país, llevan muchísimos años trabajando por la igualdad, consiguieron poner en marcha la ley de titularidad compartida, y con su trabajo visibilizan las necesidades y realidades de las mujeres rurales.

Sobre el manifiesto del 8 de marzo, lo escribimos Lucía y yo gracias a las reflexiones de otras compañeras que forman parte de colectivos y asociaciones rurales como Lareira Mental o Jornaleras en Lucha de Huelva. Intentamos tener en cuenta las diferentes luchas y problemáticas que pueden tener las mujeres rurales, que no son solamente mujeres blancas –no nos podemos olvidar que en nuestros pueblos también viven personas racializadas– y que no son solamente mujeres cis. Cada año vamos ampliando la red y se van sumando más mujeres, más voces, intentamos darles cabida a todas, porque nuestros medios rurales son diversos y cada territorio tiene una realidad propia y diferente. 

J. M.: Quería preguntarte también sobre la tensión que hay entre lo rural y lo urbano, que ha tenido un capítulo propio en relación al feminismo, y a veces la relación entre el feminismo urbano y el feminismo campesino y rural no ha estado exenta de tensiones. ¿Cómo ves tú esta relación y cómo podríamos superar las tensiones?

M. S.: Creo que tensiones siempre hay cuando se parte de algo sin querer aprender, sin querer ser honesto y sin querer conocer la realidad del otro. Ya sea desde lo urbano a lo rural, como de lo rural a lo urbano. Dentro del feminismo hay gente que cree que todo el feminismo tiene que ser igual, que no se tiene que tener en cuenta la raza, las condiciones sociales, el trabajo… Yo creo en el feminismo interseccional, y creo que no es lo mismo a lo que se enfrenta una mujer que es la jefa de una empresa que una mujer migrante que está trabajando en un invernadero en Almería y vive en una chabola sin luz ni agua. Pienso que es muy importante no caer en el paternalismo ni clasismo con las mujeres rurales. 

Hablando de esto siempre recuerdo lo que me contó Ana Pinto, de Jornaleras en Lucha de Huelva –temporera e impulsora de este sindicato que es fundamental para las mujeres migrantes–, acerca de cómo el primer año hubo un grupo de feministas de ciudad que en vez de acompañarlas como se está haciendo ahora, fueron básicamente a imponerles cómo tenían que organizarse y realizar su feminismo y activismo, su lucha. Y la reflexión de Ana era: “Vosotras no vivís aquí, no sabéis las problemáticas, no sabéis la violencia que vivimos con los empresarios, no sabéis las cosas que nos faltan...”. Como te comentaba antes, creo que debemos acompañar y entender y no imponer ni caer en ese paternalismo condescendiente y clasista.

Pienso que el acercamiento a nuestros medios rurales debería hacerse desde el respeto, sin mirar por encima del hombro. Y ojo, que también pasa en la dirección contraria: cuántas veces nos hemos encontrado que, llegando gente joven a montar un proyecto en un pueblo, los comentarios de algunas personas del pueblo sean: “anda que estos van a durar mucho”, “estos se van a morir de hambre” o “estos no tienen ni idea”. Esta condescendencia y paternalismo desgraciadamente está en todos lados, por esto en Tierra de mujeres hablo de crear un nuevo idioma, un nuevo lenguaje, en el que partamos todos y todas del mismo nivel, que podamos aprender del otro, cuidarnos, conocernos… Porque a fin de cuenta nos necesitamos, tanto la ciudad a los pueblos como los pueblos a la ciudad.

 J. M.: Sobre estas tensiones, no sé si quieres comentar algo sobre el debate que hay entre mujeres veganas y animalistas y las mujeres que se están organizando en el medio rural en torno a la ganadería extensiva y otra forma de alimentarnos.

M. S.: Es algo que me produce mucho dolor, y que lamentablemente lo he sufrido en redes sociales, no por parte de todo el mundo, sino por ciertos perfiles. Se vuelve algo superviolento, dejas de ser una persona, simplemente eres un objetivo, una imagen deshumanizada a la que insultar y atacar. Y me da mucha pena porque creo que el veganismo y colectivos como Ramaderes de Catalunya o gente con proyectos agroecológicos tenemos muchas cosas en común. Pero, cuando se falta el respeto, se ataca la forma de vivir de las personas, sin conocer la relación, el vínculo, y se entra en ataques personales y sin dar opción al diálogo y entendimento, no me parece feminista.

Creo que es importante conocer qué sucede en el campo, saber que todos formamos parte de ciclos. Y, por supuesto, dejar de incentivar y fomentar la macroindustria: desde la agricultura a la ganadería intensiva. Necesitamos apoyar las producciones donde los animales viven en el campo y se alimentan de él, aprovechando sus recursos, donde forman parte de un ciclo, de un territorio. Donde, por ejemplo, una cabrera con sus cabras previene incendios forestales, porque las cabras son los bomberos más baratos del mundo, y donde hay cabras no hay fuego. Conocer que consumiendo, por ejemplo, sus quesos, conservamos un paisaje, protegemos territorio y biodiversidad, creamos y fortalecemos la economía local, los alimentos de temporada y proximidad.

J. M.: La crisis ecológica, la pandemia…, han impulsado el lema ruralismo o barbarie. Lo rural se posiciona como salida a la crisis, tanto en lo personal como en lo que respecta a la organización social. ¿Crees que en el mundo rural se encuentran las bases para reconstruir nuestra sociedad? ¿Qué tendría que pasar para que esto fuera verdad?

M. S.: Se encuentran parte de las bases, pero lamentablemente están en peligro de extinción, porque el capitalismo y el sistema hiperextractivista en el que estamos alcanza todos los espacios. Siempre cuento el mismo ejemplo: antes en mi pueblo había un horno, y ahora en cambio hay una franquicia de pan congelado que te la puedes encontrar en Córdoba, Sevilla y Madrid. Estamos perdiendo un montón de cosas propias y de productos locales, y formas incluso de trabajar por la comunidad, como los pastos comunales, las veredas o los montes públicos.

 Sí, te diré que hay cierta romantización con esto de la pandemia de “me voy al campo”. En realidad, la gente que se ha ido, la mayoría, era gente con dinero, de cierta clase social, que sigue teniendo su primera residencia y sus servicios básicos cubiertos en la ciudad y que le da igual no tener internet o no tener médico o que no haya colegio en el pueblo porque no le hace falta. Pero no lo hemos visto en la dirección contraria: todos estos chicos y chicas que no se quieren ir de su pueblo, que se quieren quedar en su pueblo, ¿qué pasa con ellos, qué pasa con sus historias? O ¿qué pasa, por ejemplo, con toda la gente que se quiere ir a un pueblo pero no pueden porque no hay acceso a la tierra, no hay vivienda digna, no hay bolsa de alquiler social, las casas cuestan un dineral? Hay que cuestionarse esto, qué necesidades hay y quién puede irse realmente hoy al campo.

Además, hoy en día es más fácil poner una nave intensiva de cerdos o de pollos que hacer un proyecto agroecológico donde estás previniendo incendios forestales, donde estás conservando paisaje y biodiversidad y donde estás produciendo alimentos que no enferman, que son saludables, de cercanía, de alto valor ambiental. Esta es la realidad en la que estamos; lo que se debería fomentar es justamente lo contrario de lo que se hace. Es muy doloroso cuando oyes a pastores, ganaderas, agricultoras –que hacen las cosas bien y tienen esta relación con la tierra y creen en la comida como elemento transformador y político– que te dicen “es que parece que nos quieren echar del campo”. Esto es muchas veces lo que sentimos.

Por eso es muy importante volver a esta organización desde abajo, hablar y formar parte del lugar que habitamos. En la pandemia hemos visto cómo los propios barrios, la propia ciudadanía, se ha organizado desde abajo . Es muy importante dejar de vernos como personas independientes y por encima de las cosas, de las personas y del resto de seres, debemos cambiar a una visión interdependiente y reconocernos vulnerables, porque a fin de cuentas necesitamos a otras personas, a otros seres y recursos desde que nacemos hasta que nos morimos. Cuando tenemos esto en cuenta, cambia nuestra forma de estar en el mundo. Es lo que a mí me hace tener esperanza, ver que hay personas que se mueven, que se juntan a luchar por el lugar que habitan, por reivindicar o por mostrar los problemas que tienen.

J. M.: No sé si quieres añadir algo más.

M. S.: Creo que nos deberíamos plantear el sistema en el que estamos, porque hablamos de la covid como si fuera la única pandemia y ya teníamos una pandemia que es la del hambre. Estamos en un sistema hiperextractivista que contamina, que mata, precariza y enferma a las personas, que produce alimentos que no son sanos y que no nos alimentan. A día de hoy, hay muchísimas personas que se siguen muriendo de hambre, en un futuro se nos juzgará por esto, por dejar que se siga muriendo gente de hambre todos los días mientras que hay un 20% de alimentos que todos los días se tiran a la basura. Además, los alimentos ultraprocesados, los más baratos y de más fácil acceso, están relacionados con enfermedades cardiovasculares, con obesidad… Desde Justicia Alimentaria hace años que hablan de esto: comer mal nos enferma. Hay que cambiar todo el sistema alimentario pero no solo por los y las consumidoras, también por quienes trabajan en la producción de estos alimentos. Del cultivo a la mesa, toda la cadena.

J. M.: Antes de despedirnos, quería contarte que cuando mi abuela abrió tu libro Almáciga, se quedó mirando una de las ilustraciones de Cristina Jiménez y afirmó: “Son mis manos”, en su cara vi la satisfacción del reconocimiento. No solo estás recuperando palabras, estás devolviendo al lugar que merecen muchas vidas hasta ahora silenciadas.

M. S.: Qué bonito, se lo voy a contar a Cristina…, vuelvo a esto que te decía, que veo muy importante saber de dónde venimos, y sobre todo en los medios rurales es importante recuperar las lenguas, que están muy ligadas con la forma de relacionarse, vivir, entender una comunidad, trabajar con los animales, trabajar la tierra, detrás de estas palabras nos encontramos con otras formas de habitar y de relacionarnos con el territorio."                       (Júlia Martí , Viento Sur, 21/01/22)

19/1/22

“No se puede hablar de cambio de modelo en la ganadería intensiva si no hay una alternativa sólida y verosímil para los campesinos”... cuando se apuesta para fortalecer la ganadería y la industria local, la riqueza que queda es de lejos muy superior. Esto es lo que sirve para luchar contra el despoblamiento rural... en las sociedades ricas, sobre todo en las capas más acomodadas, hay un consumo y derroche brutal de carne, igual que pasa con otros recursos. Es esta franja de población, la más rica, la que tiene que reducir su consumo. Este decrecimiento tiene que ir acompañado de un cambio en el origen de la proteína animal que consumimos, puesto que es toda la industria globalizada la que genera gases de efecto invernadero con todo el transporte de materias primas, animales vivos y la carne... lo que hace falta es poner el foco en la industria globalizada responsable de las emisiones

"Desde el año 2016, Pino Delàs (Barcelona, 1977) es una de las personas al frente de Llavora, una granja de cerdos ecológicos situada en Ventalló (el Alt Empordà) donde se crían 600 cerdos al año que se sacrifican en un matadero municipal de pequeña capacidad. Los productos que se derivan se elaboran en un obrador artesanal, “todo en un radio de cinco kilómetros”. Decidió emprender este proyecto después de trabajar siete años como técnico del sindicato Unión de Campesinos, donde empezó a tener contacto con la actividad agraria. Hablamos con él de la polémica alrededor de las palabras del ministro de Consumo español Alberto Garzón (Unidas Podemos) sobre las macrogranjas, pero también de las empresas integradoras que dominan el mercado de la carne en el Estado y el papel de la extrema derecha en todo el debate.

Como productor cárnico, piensas que es importante reducir el consumo para hacer frente al cambio climático?

Es relevante, pero no solo a escala individual, sino a escala colectiva, prácticamente planetaria, y especialmente en los países ricos. En buena parte del mundo la proteína animal es escasa, por debajo de las necesidades nutritivas, en cambio, en las sociedades ricas, sobre todo en las capas más acomodadas, hay un consumo y derroche brutal de carne, igual que pasa con otros recursos. Es esta franja de población, la más rica, la que tiene que reducir su consumo. Este decrecimiento tiene que ir acompañado de un cambio en el origen de la proteína animal que consumimos, puesto que es toda la industria globalizada la que genera gases de efecto invernadero con todo el transporte de materias primas, animales vivos y la carne procedente de los mataderos. El consumo de carne no se tiene que reducir solo en el Estado español, como comentaba el ministro el pasado julio, lo que hace falta es poner el foco en la industria globalizada responsable de las emisiones.

Cuáles son los otros precios que tenemos que pagar para consumir carne barata?

La carne es barata si pensamos en el precio que pagamos para comprarla al supermercado. Pero, en cambio, es carísima si se tienen en cuenta factores ambientales y sociales. La gran industria global no asume unos costes que son los que dejan de asumir el conjunto de las grandes empresas multinacionales: dependen de una energía barata, que ha acabado con las reservas de combustibles fósiles, y están basadas en un modelo extractivista que deja muy poca riqueza en el territorio donde actúan. La tasa de beneficios de estas empresas es muy importante, porque se aprovechan de las plusvalías que genera el trabajo agrario y, por lo tanto, lo que se paga a la gente que hace el trabajo es poco.

Qué piensas que hay detrás de las críticas de la derecha y la extrema derecha a las declaraciones del ministro?

Se trata de oportunismo político, a dos niveles. Garzón sabe mucho más sobre el tema que el que dice saber y tiene un papel de paracaidista: en vez de trabajar con el sector, conjuntamente con la realidad social del campo, ha preferido hacer desde el despacho porque ha pensado que desde allá se podría solucionar ve a saber qué. Como que hace de paracaidista, después llega la infantería de la derecha y aprovecha las fumaradas que suelta el ministro. Los efectos en la realidad política del mundo rural, que es bastante relevante en la configuración del mapa político del Estado español, pueden ser peligrosos. La extrema derecha aprovecha este conflicto para generar desafección hacia el gobierno y capitalizarlo cuando llegan las elecciones. Son los falsos defensores del campo, porque a la práctica legislativa la derecha y la extrema derecha acaban defendiendo los intereses de la gran industria ante los del campesinado y los pequeños productores.

El 50% de la carne que se produce en el Estado español está destinada a la exportación. Hay una burbuja cárnica basada en estas exportaciones?

Ahora mismo el sector del cerdo está muy tensado. Han subido los costes de los combustibles fósiles de los cuales dependen y, por lo tanto, han subido los costes del transporte y de las materias primas con las cuales se trabaja cuando se fabrica la alimentación del ganado. Además, los mercados que han absorbido esta superproducción de carne están saturados. La industria se encuentra en un momento con costes de producción altos y precios bajos. Es una contradicción estructural, puesto que la escasez de combustible será una constante en los próximos años y la saturación de los mercados, al menos por parte de ellos, podría continuar en el futuro. Con estos condicionantes, podríamos ver el estallido de esta burbuja cárnica.

La ganadería es un sector que está muy afectado por los procesos de integración vertical, donde grandes empresas alcanzan todo el proceso de producción de la carne desde la cría hasta el producto final, pasando por el transporte y la producción de pienso. Que supone este modelo a escala social y medioambiental?

Cuando las políticas públicas no han apoyado a un modelo productivo atomizado, partidario de la explotación familiar o la pequeña explotación agraria, integrado con el pequeño tejido industrial local y que fuera capaz de construir una comunidad agroalimentaria, se ha empujado a todos los profesionales agrarios a integrarse verticalmente y han ido ganando poder las estructuras empresariales más gordas. Esto quiere decir que tenemos un sector primario donde la ganadería intensiva ha ido ganando peso específico como fuente de renta de muchas explotaciones agrarias, muchas veces sin otras alternativas a la vista, puesto que el crecimiento de la industria ha fomentado la desaparición de un ecosistema de pequeñas y medianas empresas que construían un mercado local, y ha generado un monocultivo de la carne. Esto es crítico para el sector agrario, porque hay muchas explotaciones que si no ven una alternativa rentable, pueden llegar a desaparecer si entra en crisis el modelo de industria integrada actual. Es lo que vemos ahora con el mercado de la leche. Durante muchos años se ha apostado por la gran industria de los lácticos, que tenía un papel de dominio brutal, y ahora ha dejado expuestas las explotaciones catalanas y han tenido que cerrar una detrás la otra. Si ahora entra en crisis el sector cárnico, ve a saber qué veremos. Lo que seguro que vemos es una lucha entre integradora e integrados en los próximos años.

Hasta qué punto son importantes los pequeños productores en el modelo de ganadería intensiva?

Cuál es la relevancia de los obreros en una fábrica? Toda, sin el trabajo no hay producción. La relevancia de los pequeños productores es crucial: sin pequeños productores no hay industria cárnica, al menos en Cataluña, puesto que los engordes están muy atomizados, a pesar de que se encuentran concentrados en zonas concretas. No solo el trabajo que hacen a las granjas, sino también todo el trabajo de gestión de las deyecciones ganaderas. Y es un aspecto clave actualmente, ahora que vemos que los fertilizantes se encarecen las deyecciones podrían ganar valor y, quizás serán, eventualmente, objeto de disputa entre la integradora y el campesinado.

Quién se enriquece con este modelo?

Te pondré el ejemplo de Llavora. Antes de reconvertirnos en una explotación ecológica, teníamos 700 cerdos de engorde (unos 1.800 cerdos al año, puesto que se hacen dos engordadas y media al año). Ahora, habiendo reconvertido la granja a un ciclo cerrado de unas cuarenta cerdas, producimos unos 600 cerdos anualmente. Esto quiere decir que hemos dividido por tres la producción. Cuando funcionábamos integradamente, con 1.800 cerdos cada año, no generábamos ni medio empleo directo. Ahora, con solo 600, estamos generando 1,75 empleos. Los empleos indirectos también han variado mucho, porque antes estaban relacionados con la integradora, no llegaría ni a medio empleo. En cambio, en el modelo actual, generamos relaciones laborales con campesinos de la zona, con el molinero que hace el pienso, con el matadero que mata los animales o el obrador que trabaja con nuestra carne. No hay duda que la gran empresa que viene aquí da trabajo a los campesinos y una renta relevante por ellos. Este hecho no se puede ningunear, porque no se puede hablar de cambio de modelo si no hay una alternativa sólida y verosímil para los campesinos. Y lo cierto es que cuando se apuesta para fortalecer la ganadería y la industria local, la riqueza que queda es de lejos muy superior. Esto es lo que sirve para luchar contra el despoblamiento rural, del cual habla tanto el ministro. La agroindustria no es responsable del despoblamiento, pero tampoco es la solución."

(Entrevista a Pino Delàs, productor de cerdo ecológico, Maties Lorente, VientoSur, 17/01/22)

25/10/21

Nadie espera a la España Vaciada... Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido entre el campo y la ciudad que se resolvió con una victoria total e incontestable de lo urbano... con el horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las de instalación de renovables van a devenir en territorios tan estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX... Con todo lo que eso implica. Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora...

 "¿Tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.

1. NADIE ESPERA A LA ESPAÑA VACIADA

Lo que sigue es un relato de odio. Lo es, al menos, en la medida en que uno tiene que elegir entre a) y b) para definir el humor con el que escribe. Digamos, de manera más amable, que es una historia a la contra de toda esa corriente de opinión que, por lo que sea, necesita negar la España Vaciada. Ese "por lo que sea" abarca desde la compulsión de refutar el proceso de abandono para no tener que asumir la existencia de, al menos, un problema ("siempre estuvo vacía"), hasta el intento de captura de la España Vaciada como rehén de algún tipo de proyecto nacional (sutil, liberal, autoritario) que, como norma, tendrá poco que ver con los movimientos y reivindicaciones de esos territorios en trance de desertificación demográfica. En general, nos referimos a un mar de fondo que arrastran quienes vivieron con un cierto pesar la autodenominada "Revuelta de la España Vaciada" en 2019, por cuanto ésta suponía sacudirse unas tutelas (políticas, culturales, simbólicas) que se habían dado por supuestas sobre el universo de la despoblación.

...Y que no te sepa malo

Empecemos por el principio: la España Vaciada es un concepto incómodo, más que más porque no se deja atrapar ni se corresponde por completo con otros previos. España Interior, despoblada, desaprovechada, Serrania Celtibérica / Laponia española, el despectivo Tractoria en Catalunya o incluso el propio España Vacía han fracasado a la hora de cumplir con los dos objetivos de un apelativo, a saber: describir y ser aceptado por aquel a quien se describe. Algo en lo que fallaron en mayor o menor medida todos los nombres y adjetivos anteriores, y muchos otros

 Los nombres en los mapas (esto no es un paréntesis)

Antes de seguir, cuatro avisos. Primero, escribo como aragonés. No sé hacerlo de otra forma, y si existe algo como la España Vaciada, la estoy analizando con esas gafas. Segundo: soy urbanita; en tiempos fui eso que se ha dado en llamar "híbrido", pero ahora vivo en Zaragoza full time, y enseño en Teruel. Por consiguiente, intento hablar de los aspectos de la España Vaciada con los que se relaciona la "gente de lo lleno", o de los que me siento legitimado para dialogar; del resto, por respeto y decencia, me callo o solo pregunto. Tercero: a causa de lo anterior, no busco dar una definición de la España Vaciada más allá de una ad hoc que nos sirva de hilo conductor, a saber: aquellas zonas en las que, de acuerdo con la lógica neoliberal, es más razonable o rentable dejar de prestar un servicio que privatizarlo. No es la mejor definición del mundo, pero nos sirve para pensar ciertos malestares y ciertas luchas y las representaciones que llevan aparejadas.

Cuarto, y último, también caeré puntualmente en la confusión entre la España Vaciada (permitidme, de aquí en adelante, EV) y la rural. Muy al contrario, el movimiento de la EV se fundamenta en una alianza entre zonas rurales, gentes híbridas y la débil trama urbana con la que se articulan (resulta enternecedora, por cierto, la vehemencia de los opinadores al descubrir en 2021 -¡en 2021!- que las ciudades pequeñas de la EV también se están vaciando). En ese sentido, a pesar de reconocerse las mútuas diferencias y conflictos entre zonas rurales y urbanas, se ha desarrollado un marco de análisis y una identidad común, contrapuesta a una España llena, metropolitana y densa. De hecho, a lo largo del texto emplearé el par "lo vaciado" y "lo lleno" para expresar esa oposición.

 O al menos, nadie le había dado vela ni en su entierro ni en el del Régimen del 78, si es que llegaban a celebrarse. No es de extrañar. La Transición se fundó sobre una serie de pactos entre los cuales no figuraban la despoblación y la desigualdad territorial. Hubo varias razones para esta ausencia, empezando por que a nadie parecía importarle lo suficiente. De otro lado, la herida de la despoblación estaba todavía abierta -apenas habían pasado veinte años desde el inicio del gran éxodo rural- y aún no se tenía una idea clara de sus posibles derivadas en el futuro. Así, la perspectiva popular albergaba la esperanza de "revertir la despoblación", misión encomendada a partir de 1985 a las comunidades autónomas; el proyecto de la dirigencia, a su vez, estaba a algo muy distinto y ya aprestaba las reformas del campo -agrario no es rural, ni vaciado, pero...- previstas para el ingreso en la Comunidad Económica Europea.

Solo debatiendo su papel electoral le fue permitida a la EV una discreta presencia. Pues recordemos lo que el historiador Carmelo Romero nos ha repetido hasta la saciedad: el sistema electoral vigente desde 1977 privilegió la sobrerrepresentación de una serie provincias, no por corregir desequilibrios territoriales, sino por ser donde habían ganado las derechas en las últimas elecciones democráticas, las de febrero de 1936. Es decir, la EV era, de acuerdo con la cultura política de la Transición, la España sumisa o adherida al franquismo, y ese papel de brida conservadora era lo que la definía y la silenciaba; una ilusión, pues, de acuerdo con Berger, al menos el mundo campesino no se define tanto por la defensa del orden político como la de su significado: la continuidad. Puede, entonces, que la irrupción de el movimiento de la EV en 2019 fuera especialmente incómoda para ciertos actores -culturales, políticos- porque rompía con el principal papel que se le había asignado y de cuya representación tantos dependían.

2. SERÁ USTED MÁS FELIZ CON ESTA MODERNA ASPIRADORA

Arranca el conflicto, escúpelo

Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido entre el campo y la ciudad. En el Estado español -en general, en la Europa continental; más en general: el mundo- éste se resolvió con una victoria total e incontestable de lo urbano, hasta tal punto que numerosos autores dudan que se pueda seguir hablando, en propiedad, aquí y ahora, de lo rural. Ahora bien, por interesante que sea este debate académico, nuestro interés radica en que, muriera o no lo rural, seguimos ante un conflicto, y negar su existencia se ha transformado en una de las Bellas Artes.

 Esta relación antagónica tiene que ver, aunque no se limita, con los intereses de gentes en territorios históricamente desiguales; por ello, con su negación se buscará, en primer lugar, recluirla en un lugar del pasado donde no moleste: "aquello (desamortizaciones, desposesión, guerras, proletarización y empobrecimiento) existió, pero ya no existe". Ante la evidencia de las desigualdades en la distribución de renta, riesgo de pobreza, acceso a servicios o abandono escolar en zonas rurales, se pasará a hablar de "problemas", que pueden ser resueltos -la sombra del solucionismo es alargada- mediante la vuelta a, por ejemplo, la nación (liberal o autoritaria) como garantía de igualdad, que toma decisiones "correctas", pero sin violar nunca las jerarquías que separan lo lleno de lo vacío. Pero, en cualquier caso, es importante que los procesos de desposesión, metropolización y de mantenimiento de las desigualdades permanezcan en un segundo plano frente al pasado, ya felizmente superado, y a la promesa de una solución.

"Nuestra adhesión y nuestra gratitud"

El orden social de la modernidad distingue y clasifica los territorios, las gentes y los saberes. La eliminación u ocultación del conflicto se daría en falso si no hubiera mecanismos que legitimaran la diferencia que, de hecho, se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado, y esto se consigue, fundamentalmente, por dos vías. En primer lugar, muchas de las relaciones sociales rural-urbanas, incluso urbano-metropolitanas se fundan en la discriminación de saberes, especialmente los saberes expertos; por otra parte, el (neo)caciquismo crea figuras relevantes y redes de patronazgo que, en realidad, disfrazan su posición subordinada mediante la integración en las gramáticas y redes sociales urbanas.

El resultado suele ser invariable, esto es, la pérdida de agencia, de capacidad para hacer, de lo vaciado frente a lo lleno; una pérdida, además, imbuida en un fatalismo (es algo "inevitable"), por el cual no habría alternativa a la metropolización del mundo: ante ella solo existen espacios atomizados. Por ello, desde el sistema educativo y las universidades a los partidos políticos, cada uno de los territorios tiende a dialogar con el centro individualmente y no como un conjunto y, además, de acuerdo con unas normas de representación muy específicas que excluyen la visibilidad y la autonomía. No es raro que cuando estas normas fueron cortocircuitadas en 2019-2020 (preferencia de España Vaciada frente a Vacía, presentación a elecciones de Teruel Existe, investidura de Pedro Sánchez) la reacción del mundo lleno, el metropolitano o el que está conectado con sus organizaciones, fuera visceral, casi furibunda.

Todos rasos

Visto en perspectiva, debería haber sido sencillo imaginar la emergencia de este fenómeno durante la última década. Por una parte, como toda desigualdad, lo territorial se vio acentuado después de 2008 con una degradación más intensa de las condiciones de vida y de los servicios. Pero, por otro, a raíz de un tímido flujo de retorno a los pueblos como fruto de la crisis -generalmente, en busca menos de nuevas experiencias que de vidas más baratas- se desplegó a partir de 2014-16 toda una corriente (idilista a veces, irónica otras) sobre lo rural de la que surgieron ensayos, novelas, programas de televisión o influencers; nótese, por cierto, como este proceso se ha repetido, y agudizado, con los movimientos de población durante la emergencia pandémica.

 Como norma, estos productos culturales eran creados desde entornos urbanos y llevaban en su ADN una visión de lo rural inmóvil, uniforme, no conflictiva y en la que la historia de estas comunidades era sustituida por algo parecido a la tradición o a fragmentos mutilados de memoria. Por ello mismo, en medio de esta marea creativa el papel de estos territorios no podía ser sino funcional a otros fines. ¿Quiere usted criticar la vacuidad y el estrés de la vida urbana? ¿Se siente agobiado por la pérdida de empleo, por la incertidumbre? ¿Necesita una esperanza y una seguridad, aunque sean modestas? ¿Añora la España de siempre? ¿Cuál de ellas? No se preocupe: en el campo / España Vacía / lo que sea, podrá usted encontrar una respuesta a todas esas preguntas. Claro, que, entre tanta respuesta a los malestares urbanos, quedaba poco sitio para responder a los rurales o vaciados, algo todavía más difícil porque estos son, al contrario que su representación, diversos y conflictivos, aunque, oh paradoja, esta homogeneización ha sido muy útil al movimiento de la EV para fomentar su identidad y su movilización.

Nascut a Denguin

Ahora bien, existe un cierto género de malestares que no pueden ser reducidos a la homogeneidad, someterse a una jerarquía ni, tampoco, extirparse, ya que el conflicto que los originó sigue vivo. Llegados a ese punto, el mundo de lo lleno necesita de un esfuerzo mayúsculo de ocultación y violencia simbólica para legitimar una situación dada. En este esfuerzo, la asimetría de fuerzas y el enmascaramiento de las necesidades del mundo de lo lleno tras grandes principios que faciliten la desposesión serán más visibles, escandalosamente visibles, hasta el punto de invisibilizarse; ante ésta, el mundo de lo vaciado podrá optar por la aceptación, el silencio o la resistencia más allá del margen de lo "aceptable".

Entre aquellos grandes principios que afectan con más fuerza al mundo de lo vaciado, podemos citar el "interés general" o la "utilidad pública", amén de la "rentabilidad", que justifica el cierre de servicios públicos ("los de la ciudad os pagamos los servicios": recordemos el traumático cierre de líneas férreas de 1985). En los últimos años le ha llegado su turno a la "transición ecológica", en cuyo nombre fondos de inversión y empresas energéticas -con la bendición de la administración e, incluso, de Greenpeace- están apropiándose de amplísimas zonas rurales para la instalación de energías renovables. Es importante subrayar que esta violencia simbólica no implica por fuerza falta de reconocimiento hacia las “gentes de lo vaciado”, sino que, cuando se da (durante el franquismo se prefirió el silencio), es simbólico y aparece como como ritual "de noble corazón", obligando al subalterno a situarse en una postura de, incluso, agradecimiento.

3. EL CORAZÓN DE LA BESTIA / LA BESTIA SIN CORAZÓN

Pero entonces, ¿por qué se necesita tanto velo, tanto trampantojo? ¿Por qué tantas molestias? Es decir: ¿tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.

La bestia sin corazón

Si hablamos del "hacia dentro", el hecho es que ciertas estructuras de la EV necesitan de su relación con esta desigualdad para perpetuarse. Como hemos visto, esto suele equivaler a ocultar ambas: desigualdad y estructura; éstas no se limitan a los fenómenos de neocaciquismo incrustados en distintas instituciones, aunque sean su expresión más llamativa. Un neocaciquismo al que, por cierto, haríamos mal en interpretar solo en un plano moral (una forma de corrupción), y muy bien en hacerlo en otro político y material (un régimen de gobierno), como nos recomienda Carmelo Romero; por favor, leamos a Carmelo Romero.

Las estructuras del vaciamiento de la EV, con frecuencia, son mucho más discretas y tienen que ver con (la crisis de) su opuesto, las que se ocupan del mantenimiento de población; por ejemplo, después del gran éxodo de los años 50-70, la constante mejora de la educación entre las mujeres en el ámbito rural (frente al estancamiento relativo de los hombres) y el consiguiente cambio de expectativas llevarán a la intensificación de la emigración del colectivo femenino, y a la masculinización de amplias zonas rurales de la EV. Si bien es cierto que en las generaciones más jóvenes -escasas, con frecuencia- operan otros imaginarios, entre la población masculina de más edad es frecuente el verse como depositarios de una libertad y a una autonomía que, sin embargo, requiere de todo un sistema de cuidados y un tipo de vida que hace tiempo que entraron en crisis.

El corazón de la bestia

Sin embargo, creo que es "hacia fuera", es decir, en su relación con el mundo urbano y metropolitano, donde se justifica todo el esfuerzo desplegado en disimular, es decir, en conseguir que la propia devaluación del “mundo-vaciado” se devalúe, que carezca de relevancia, que sea un mero “proceso” o “devenir” histórico, facilitando de paso la labor de desposesión. Es central esta doble pérdida de valor. Ejemplo: se puede tener la opinión que a uno le plazca sobre la Iglesia, o sobre el papel de los párrocos (con frecuencia los expolios de bienes culturales corrían de y para su cuenta), pero eran los encargados de mantener y actualizar los archivos parroquiales. Al tener que compartir sacerdote entre varios pueblos -con el consiguiente cierre de las Casas del Cura-, muchos archivos locales se echaron a perder, y con ellos, siglos de historia y memoria local. Otro tanto ocurre con las casas del Maestro, mantenidas y sostenidas por los ayuntamientos, y ahora en desuso debido a la mayor movilidad de muchos docentes que, además, cambian de destino año tras año. Otro tanto, en fin, con los cines rurales, clausurados en su mayoría. Pues bien, no solo pierde valor la institución y sus bienes, sino que se pierden el capital construido en común por los y las vecinas y su consideración. Sin esta pérdida de valor -y toda puesta en valor producida por los subalternos o que redunde en su favor será siempre cuestionada- no son posibles los procesos de desposesión, que son, al fin y al cabo, la columna vertebral del conflicto entre el mundo de lo lleno y el de lo vaciado.

"De buen grado beberé tu sangre"

El pantano de Mularroya (Morata de Jalón, Aragón) es una obra inacabada y así debería seguir. No por algún principio ético o ecológico, sino porque acumula cinco sentencias contrarias a sus obras por motivos ambientales. Cuando el pasado abril se hizo público el último fallo en contra del embalse, el diputado del PP aragonés, Eloy Suarez, cargaba contra la Directiva Marco del Agua (DMA) en la que se basaba la sentencia, aduciendo que la DMA "está pensada para las cuencas fluviales de países centroeuropeos, lluviosos y húmedos, pero no para las zonas más áridas". Estas palabras, en cierto modo, acarician la verdad, porque las leyes ambientales europeas se crean con la mente puesta en contextos de acumulación por desposesión en los que ya no es necesaria una ofensiva constante sobre "lo vaciado", v.g., secar ríos. Pero aquí, esa constante ofensiva hace falta para seguir inyectando recursos a la agroindustria.

 

Por eso, uno de sus principales mecanismos, la Ley de Expropiación Forzosa, en lo sustancial sigue siendo la franquista de 1954, que sustituyó a otras, aún menos garantistas, de 1879 y 1939; la ley otorga al Estado un enorme poder para llevar a cabo grandes expropiaciones siempre que medie la declaración de utilidad pública. En su preámbulo llega a garantizar la posibilidad de "referir sus beneficios [de la expropiación] a particulares por razones de interés social". Por leyes como esta y por el uso que se les dio es legítimo definir el franquismo como un régimen de desposesión.

Hoy en día, la severidad de este régimen ha decaído. Lo lleno necesita de lo vaciado (desde votos a paisajes y destinos turísticos pasando por comida o energía), pero lo necesita débil para que acepte de buen grado la explotación del territorio. Como resultado, la desposesión -primero, los comunales, luego, la proletarización; entonces, la expropiación y/o la emigración; por fin, los recortes y de nuevo el extractivismo- ha moldeado una visión y una forma de relacionarse con el mundo de lo lleno. Es en ese cambio estratégico, fruto de experiencias acumuladas y cambios sociales geológicos donde se entiende mejor la alianza entre zonas urbanas y rurales de la EV, compleja e inestable, pero basada en habitus compartidos.

4. PASEANDO A MISS VACIADA

Conocimiento del opresor

Los comunes, al igual que otros bienes y formas de capital, son sustancia viva que se alimenta de las relaciones sociales en las surgen. Hace, aproximadamente, ciento setenta años no existían bienes con vocación de común, tal que el paisaje o el patrimonio cultural. El medio natural, en la manera que lo entendemos, es incluso más reciente. A pesar de encontrarse con mayor frecuencia en zonas rurales, del mundo de lo vaciado, son invenciones urbanas. Otro tanto se podría decir del triángulo antagonista del anterior, desarrollo-energías (carbono)-movilidad (tren-autovías), y que forma con los servicios públicos el leitmotiv de buena parte de los discursos en las plataformas de la EV. Siempre resulta chocante como la EV y la ruralidad han terminado por necesitar de códigos urbanos para articular sus identidades.

 Nos hallamos ante una letra rural con música urbana, en cierto modo, pero que consiguen al fin y a la postre revitalizar y devolver dignidad al territorio que habitan, y esgrimirlo como arma de resistencia, a falta de un lenguaje propio que designe la naturaleza que realmente se le quiere otorgar a lo vaciado. Esa es, por cierto, una buena pregunta. Cuando hablamos de la España Vaciada, ¿hablamos realmente de ella? Es, después de todo, solo un término de fortuna creado al calor de una movilización en 2019, dándole la vuelta a una creación de 2016. Por tanto, ¿hay realidades más allá de esa situación de regresión y crisis secular y de esa fina pero firme red de activistas y plataformas que conforman la EV? ¿Cuáles?

El héroe de las mil caras

Es difícil de decir. En ocasiones parece acercarse o tener puntos de encuentro con la parte más suburbana o rural de los Chalecos Amarillos; alguna vez, parece beber de un federalismo de identidades periféricas dentro de las periferias de sus propias comunidades autónomas, y del hecho de que estas enarbolaron durante la Transición la bandera de la lucha contra despoblación, y fallaron. 

Hay momentos en que se diría que la EV es poco más que un lobby territorial centrado en las infraestructuras. De vez en cuando, incluso, nos encontramos con una manifestación -embrionaria, si se quiere- de una especie de "indigineidad débil", probablemente con muchos semejantes en Europa, entendida en un sentido no-étnico -ni mucho menos-, sino como la férrea voluntad de "vivir aquí" y de custodiar el territorio.

Hay muchas preguntas, algunas de las cuales afectan también al mundo-lleno. Las transiciones a las que nos enfrentamos, ¿nos abocan a un giro centrífugo, hacia una ruralidad más potente en la que nos refugiaremos? ¿Se reproducirá la desigualdad rural-urbana que creíamos superable? El rural proofing tan en boga implicaría tenerla en cuenta cuando se plantean medidas como, por ejemplo, la generalización de peajes, también cuando se plantean soluciones como dar ayudas (a las zonas rurales) para pagarlos, en lugar de eximirlos. Pero no. Si eres pobre, haz papeles. Si vives en un pueblo, haz papeles. Hay una presunción de abuso sobre el grupo subalterno que se tiene que refutar con copias compulsadas.

 Al hilo de estos cambios, me acecha el pensamiento de que, con el horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las de instalación de renovables van a devenir en territorios tan estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX o Alsacia y Lorena, Silesia o las Midlands para el XIX. Con todo lo que eso implica. Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora.

Hay muchas preguntas, pero se acaba mi tiempo, y mi texto. Solamente una mas: una de las derivadas de la "hipotesis Bott" es que territorios como los barrios obreros tradicionales o, incluso, los más eminentemente burgueses pueden ser espacios donde los individuos se ven sometidos a un control y a una censura social semejantes a la que se le achaca a los pueblos y "ciudades de provincias". Sitios donde todo el mundo se conoce, donde las familias extensas viven puerta con puerta, o calle con calle. La idilización de la comunidad rural, o de la pequeña ciudad nos devuelve siempre un debate sobre las condiciones (la presión, el acoso o la vigiliancia) que muchos grupos sufren. 

Ahora bien, ¿por qué no se da una idilización y un debate semejante respecto a territorios urbanos, y se asume, por el contrario, su riqueza? O, dicho de otro modo, sabiendo como sabemos de la gran pluralidad dentro del cuerpo social de lo rural y lo vaciado, ¿por qué sigue imperando una visión del mundo vaciado, idílica o infernal, pero siempre uniforme?"                         (Lorient Jiménez Martínez, ECCS, 24/06/21)