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21/1/21

Por qué los trabajadores de 50 años son un estorbo: La burocracia de las grandes empresas contemporáneas alcanza un grado de intensidad mayor que la de aquel Estado de los años setenta que tan criticado resultaba... por eso, quiénes cuentan con talento, conocimiento o experiencia se resisten ante los despropósitos con los que se encuentran en su desempeño cotidiano... con la pérdida de talento, de eficacia y de sentido que está suponiendo lo que en teoría era un avance facilitado por las nuevas tecnologías

 "El trabajo va a ser el punto central de los próximos meses, y probablemente de los próximos años. Además de la destrucción del empleo de la primera parte de la pandemia, cuyas consecuencias exactas vamos a constatar con el fin de los ERTE y cuando hagamos recuento del número de pequeñas y medianas empresas que quedan en pie a finales de 2021, vamos a vivir una segunda oleada de pérdida de puestos de trabajo. 

Hasta ahora, los empleados vinculados a los servicios, los más precarios, los que no podían teletrabajar, han sido los más perjudicados, así como los negocios cuya baza esencial era el contacto directo con el cliente, como la hostelería. Pero los recortes están llegando a las grandes empresas y a los sectores que requieren empleados con mayores cualificaciones, como fruto de las fusiones y adquisiciones, o de la necesidad de seguir manteniendo la confianza de los mercados mediante el aumento de la rentabilidad. La suma de ambas tendencias implicará momentos difíciles para el empleo en nuestro país.

Este será el gran reto de España, ya que llueve sobre mojado. Y no asoman soluciones claras que puedan venir en nuestra ayuda. Es complicado que los planes de reconversión tecnológica y verde constituyan una baza real, ya que la tecnología gira en el sentido de la destrucción de empleo y porque los trabajos que cree esa todavía tímida economía verde serán más coyunturales —como los ligados a la rehabilitación de edificios— que permanentes.

En este escenario, que perjudica a la gran mayoría de la gente, desde los parados hasta las firmas medianas, pasando por los autónomos, empleados por cuenta ajena y pequeñas empresas, hay un sector en el que se ha reparado menos, pero que vivirá momentos difíciles. Es el de los profesionales liberales y de los cuadros intermedios, que ahora se verán muy presionados.

Jóvenes y mayores, parte de lo mismo

Se trata de un sector peculiar, ya que era una vía típica de mejora social, así como un espacio profesional que parecía garantizar un nivel de vida digno. Ahora se ve presionado a la baja en muchos sentidos, especialmente porque acelerará tendencias ya presentes. Hay dos sectores particularmente perjudicados, el de los jóvenes y el de los mayores de 50. Sobre el primero, se ha insistido en muchas ocasiones a causa del elevado paro juvenil español. 

Es ciertamente un problema, porque no solo la incorporación al mundo laboral se produce de una manera mucho más reducida de lo que sería necesario, sino que además acontece en malas condiciones. Incluso en los sectores prestigiosos, los salarios de las generaciones más jóvenes son muy escasos, y se prolongan durante demasiados años; no se trata únicamente de los becarios, sino de que la inestabilidad y las retribuciones insuficientes son situaciones habituales incluso tras años en la empresa o en el sector.

Como bien explica Carlos Sánchez, el segundo ámbito perjudicado es el de los mayores de 50 años (o incluso de 45). Dado que muchas empresas suelen utilizar la política de ‘up or out’, estas personas suelen ocupar puestos mejor retribuidos, ya sea porque realizan tareas de coordinación o por su especial conocimiento, por lo que desprenderse de ellos contribuye en gran medida a reducir costes. Esta ha sido una tendencia muy habitual en los últimos años, a menudo disfrazada bajo las prejubilaciones, pero que va mucho más allá de ellas.

 En estos instantes, además, esos despidos pueden acogerse a una justificación aceptada, como son las reestructuraciones causadas por las nuevas tecnologías, pero lo cierto es que se trata mucho menos de estas que de las exigencias del capitalismo financiarizado: lo primero ocurre, pero afecta en la realidad menos de lo que se subraya; de lo segundo se habla menos, pero su importancia es incomparablemente mayor.

En todo caso, la salida de esta mano de obra formada del mercado laboral también señala la ambigua relación de la empresa con la experiencia y el conocimiento, cualidades a menudo inconvenientes en el trabajo del siglo XXI.

Por exceso o por defecto

La experiencia es un asunto paradójico. Cuando se desea ingresar en el mercado laboral suele ser exigida, justo cuando no se tiene. Y cuando se cuenta con ella, porque se ha desarrollado una carrera en un sector, se convierte en un exceso del que desprenderse. Cuando no se posee, se considera un valor; y cuando se tiene de sobra, un obstáculo, ya que es justo ese plus el que parece impedir que las personas se adapten a los nuevos tiempos. De modo que no eres contratado en una época de tu vida y eres despedido en otra por la misma causa, ya sea por defecto o por exceso.

Esa relación extraña con la experiencia y con el conocimiento profesional implica un deterioro sustancial en la cantidad de talento con que cuentan las empresas. En el caso de los jóvenes, porque al entrar en un entorno exigente y con mano de obra escasa, la falta de tiempo conlleva también la enorme dificultad para formar en los criterios profesionales a los recién llegados, que deben aprender demasiado a menudo por sí mismos y a golpes cómo se hacen las cosas (y cada firma tiene sus códigos y sus exigencias). 

En el caso de los mayores, porque al no valorar sus cualidades, acaban desprendiéndose de personas con vida profesional muy útil mucho antes de tiempo. De manera que se pierde conocimiento por un lado y por otro, ya sea por acortar la trayectoria laboral pronto, ya por no ofrecer el contexto que permite que las personas desarrollen sus capacidades.

La recompensa de la lealtad

Sin embargo, lo más llamativo de esta desaparición de los mayores de 50 de muchas grandes empresas tiene que ver con una de las cualidades más típicas de la trayectoria laboral. La lealtad y la fidelidad son elementos altamente valorados en un entorno duro y complicado, pero ocurre igual que con la experiencia: se exige, pero llega un instante en que resulta prescindible. Muchos de estos trabajadores que son despedidos se encuentran con la dura realidad, que toda esa lealtad no les ha servido para evitar la cola del paro.

Pero esta tendencia, que constituye un problema, no suele ser considerada como tal. La experiencia o el conocimiento no son algo valorado en sí mismo, sino en la medida de su funcionalidad. Y dados los objetivos de la mayoría de las grandes empresas, resultan mucho más valoradas cualidades como la energía, la actitud y las ganas de comerse el mundo que la garantía de profesionalidad. Esas son las aptitudes que se demandan de los jóvenes, pero también de los mayores. Por eso muchos de quienes pasan de los 45 dedican tanto tiempo al cuidado físico: que las marcas de la edad no se noten es positivo porque subraya que aún se cuenta con la energía y la decisión suficientes; que no te vean flaquear.

Mucha más burocracia

Precisamente por esta exigencia de funcionalidad, a menudo la experiencia y el talento se convierten en un obstáculo en sí mismos. Hay dos tendencias implantadas en la gestión del trabajo cotidiano que sirven como ejemplo. 

 La primera es la supeditación de las tareas habituales en la compañía a sistemas informáticos que conforman los pasos a seguir. Al rediseñar los procesos laborales a través de estos sistemas, es posible prescindir también de cuadros intermedios destinados a la supervisión o a la toma de decisiones cotidianas, lo que supone tanto un (teórico) ahorro de costes como una gestión más eficiente e integrada. 

Sin embargo, estos sistemas, hasta la fecha, solo pueden operar a través de reducir la complejidad habitual (imaginemos la gestión de una oficina bancaria, por señalar un sector que va en esa dirección) a una serie de pasos mecánicos, que fundamentalmente funcionan como un sistema altamente burocratizado y simplificado, lo que no puede llevar más que a la ineficiencia. 

La burocracia de las grandes empresas contemporáneas alcanza un grado de intensidad mayor que la de aquel Estado de los años setenta que tan criticado resultaba. En ese escenario, es obvio que quienes cuentan con talento, conocimiento o experiencia no pueden más que resistirse ante los despropósitos con los que se encuentran en su desempeño cotidiano.

El segundo es el sinsentido que se ha apoderado de la gestión, que ha optado por aumentar el número de empleos dedicados a la medición y al control del rendimiento y por disminuir el número de personas que se dedican a realizar la tarea. Todos estos trabajos, que entran en esa categoría últimamente popular de 'bullshit jobs', se dedican a la reorganización, a cambiar protocolos, a medir los niveles de satisfacción, a diseñar nuevas formas de gestión del trabajo, a llenar Excel y a organizar tormentas de ideas, mientras los empleados que realizan las tareas deben asumir estas, al tiempo que destinan más tiempo a justificar lo realizado que a hacerlo. Es obvio que estas tendencias crean fricciones, y quienes se pueden oponer más fácilmente a ellas son personas con cierta responsabilidad dentro de esas empresas, lo que las convierte en incómodas.

En esta reestructuración de la gestión de las empresas, no solo se debería poner el acento en la pérdida de empleo, que es un asunto muy grave, sino que convendría complementar el análisis con una crítica a cómo son gestionadas, y con la pérdida de talento, de eficacia y de sentido que está suponiendo lo que en teoría era un avance facilitado por las nuevas tecnologías."                     (Esteban Hernández, El Confidencial, 14/12/20)

8/9/20

Bossware: un recorrido por las aplicaciones de vigilancia en el teletrabajo... este software está diseñado específicamente para ayudar a los empleadores a leer los mensajes privados de los trabajadores sin su conocimiento ni su consentimiento

 "El COVID-19 ha obligado a millones de personas a trabajar desde casa, y una multitud de marcas de software para vigilancia de trabajadores se han lanzado a promocionar masivamente sus productos a las empresas de todo el país.

A menudo el software al que nos referimos es presentado como relativamente inocuo: Algunos proveedores lo comercializan como software para "el seguimiento automático de tiempo" o de "análisis del lugar de trabajo", mientras que otros productos se dirigen a empresas preocupadas por el robo de propiedad intelectual o el robo de datos. Nosotros llamamos a estas herramientas, conjuntamente, bossware.

Si bien la pretensión comercial de estos productos es ayudar a las empresas, queremos explicar por qué el bossware pone en peligro la privacidad y la seguridad laboral de los trabajadores. Por ejemplo, en algunos casos, estos programas están diseñados para registrar cada clic y cada interacción con el teclado y para recopilar información de forma encubierta con fines punitivos o disciplinarios, además de utilizar otras funciones de espionaje que van mucho más allá de lo que es necesario y proporcionado para organizar el teletrabajo.

Aunque el hogar se convierta en una oficina, sigue siendo un hogar. Los trabajadores no deben estar sujetos a vigilancia no consensuada ni a ser controlados en sus propios hogares para mantener sus empleos.

¿Qué pueden hacer estas herramientas?

El bossware normalmente se aloja en un ordenador o en un smartphone y tiene permiso para acceder a los datos de ese dispositivo. La mayoría del bossware recoge aproximadamente todo lo que hace el usuario. Hemos revisado publicidad, demos y comentarios de los clientes para hacernos una idea completa de cómo funcionan estos programas. No obstante, dada la gran cantidad de programas de este tipo que se encuentran actualmente en el mercado, vamos a desglosar las diferentes formas de vigilancia que existen por categorías.

El tipo más amplio y común de vigilancia es el “monitoreo de actividades". Normalmente, el monitoreo abarca también un registro de las aplicaciones y sitios web que visitan los trabajadores, por ejemplo, las herramientas de mensajería (el bossware revisará desde el asunto del email hasta otras clases de metadatos) y cualquier publicación que se realice en redes sociales. La mayoría de los programas también registran los niveles de entrada del teclado y del ratón y muchos de ellos ofrecen un desglose de cuánto teclea y hace clic minuto a minuto un usuario, bajo la premisa de llevar a cabo un registro de la productividad. El software de vigilancia tratará de reunir todos estos datos en sencillos gráficos que ofrezcan a los empleadores un resumen detallado de la diligencia de los trabajadores.

Todos los productos que hemos revisado realizan continuas capturas de pantalla de los dispositivos. En algunos casos, llegan a emitir vídeo en directo. Después, esta enorme cantidad de contenido audiovisual es organizada en una línea de tiempo, de modo que los jefes pueden retroceder a través del día de un trabajador y ver lo que estaban haciendo en un momento determinado.

Varios productos actúan como registros de teclas, anotando cada pulsación, incluyendo correos electrónicos no enviados y contraseñas privadas. Dos de ellos permiten incluso a los administradores entrar y tomar el control del escritorio de un usuario. Es importante señalar, que este proceso de registro no suele distinguir entre la actividad laboral y las credenciales de las cuentas personales, los datos bancarios o la información médica.

Algunos tipos de bossware van más allá, llegando al mundo físico que rodea a los dispositivos. Las empresas que ofrecen software para dispositivos móviles casi siempre incluyen el seguimiento de la ubicación utilizando el GPS. Al menos dos servicios -StaffCop Enterprise y CleverControl- permiten a los empleadores activar secretamente las cámaras y los micrófonos del ordenador o del teléfono móvil.

En general, el bossware puede ser instalado de dos formas: como una aplicación visible para el trabajador (y tal vez incluso manipulable por él) o como un proceso silencioso que los trabajadores no pueden ver. La mayoría de las empresas que hemos estudiado dan a los empleadores la opción de instalar su software de ambas maneras, que recogemos como vigilancia visible e invisible.

Vigilancia visible

Hay situaciones en que los trabajadores pueden reconocer el software que los vigila y tienen la opción de activar o desactivar la vigilancia, como una forma de fichar las entradas y salidas del horario laboral. Por supuesto, el hecho de que un trabajador haya desactivado la vigilancia será visible para su empleador. Por ejemplo, con Time Doctor, los trabajadores tienen la opción de eliminar determinadas capturas de pantalla de su sesión de trabajo; sin embargo, al borrar una captura de pantalla también se borrará el tiempo de trabajo asociado, de modo que los trabajadores sólo serán remunerados por el tiempo durante el cual se les supervisa.

Los empleados pueden tener acceso a una parte o a toda la información que se recopile sobre ellos. Crossover, la empresa que está detrás de WorkSmart, compara su producto de vigilancia con una aplicación de entrenamiento deportivo. Su interfaz permite a los trabajadores ver los resultados del sistema sobre su actividad presentados en una serie de gráficos y tablas.

El nivel de transparencia hacia los trabajadores dependerá de la marca. Algunas dan a los trabajadores acceso a una cantidad variable de información. Otras, como Teramind, indican simplemente que están encendidas y recabando datos, pero no revelan todo lo que están recogiendo. En cualquiera de los casos, a menudo el usuario no tiene claro qué información se está seleccionando exactamente, a no ser que lo consulte directamente con su superior o se examine cuidadosamente el propio programa informático.

Vigilancia invisible

La mayoría de las compañías que construyen software de vigilancia visible también crean productos que tratan de esconderse de las personas que están monitoreando. Teramind, Time Doctor, StaffCop, y otras compañías hacen productos que están diseñados para ser tan difíciles de detectar y eliminar como sea posible. A nivel técnico, estos productos son indistinguibles de un troyano. De hecho, algunas marcas para ser instaladas requieren que los empleadores reconfiguren específicamente el antivirus antes de instalar sus productos, para que este no detecte y bloquee la actividad no deseada.

Aunque este software se comercializa con un propósito específico (la supervisión de trabajadores), la mayoría de estos productos también sirven como herramientas de vigilancia de carácter general. StaffCop ofrece una versión de su producto específicamente diseñada para supervisar el uso de Internet por parte de los niños, y ActivTrak afirma que su software también puede ser utilizado con este mismo fin por padres o profesores. Los comentarios de los clientes sobre algunos de los programas indican que muchos de ellos los utilizan en sus hogares.

La mayoría de las empresas que ofrecen vigilancia invisible recomiendan que sólo se utilice para los dispositivos en propiedad de la compañía. Sin embargo, muchas también ofrecen características como la instalación remota y “silenciosa” del software en los dispositivos privados de los trabajadores, incluso si estos están fuera del lugar de trabajo. Esto es posible porque muchos empleadores tienen privilegios de acceso en los ordenadores que distribuyen. El problema radica en que para algunos trabajadores el portátil de la compañía es su único dispositivo, por lo que la supervisión de la empresa está siempre presente, facilitando un posible uso excesivo por parte de los empleadores. Es posible que las víctimas nunca sepan que están sujetas a tal vigilancia. (...)

¿Es habitual el bossware?

El negocio de la vigilancia de los trabajadores no es nuevo y ya era bastante importante antes de la pandemia mundial. Si bien es difícil evaluar cuán común es el bossware, sin duda se ha vuelto mucho más habitual a medida que los trabajadores se ven obligados a trabajar desde sus hogares debido al COVID-19. Awareness Technologies, propietaria de InterGuard, afirmó haber aumentado su base de clientes en más de un 300% en sólo las primeras semanas después del estallido de la pandemia y muchos de los vendedores que hemos estudiado explotan el auge del COVID-19 en sus campañas de marketing.

Algunas de las empresas más grandes del mundo usan bossware. Los clientes de Hubstaff incluyen a Instacart, Groupon y Ring. Time Doctor afirma tener 83.000 usuarios; sus clientes incluyen a Allstate, Ericsson, Verizon, y Re/Max. ActivTrak es utilizado por más de 6.500 organizaciones, incluyendo la Universidad Estatal de Arizona, la Universidad de Emory y las ciudades de Denver y Malibú. Compañías como StaffCop y Teramind no revelan información sobre sus clientes, pero afirman ser empleados por sectores como el cuidado de la salud, la banca, la moda, la industria manufacturera y los call centers. Las valoraciones que hacen los propios clientes de estas marcas nos pueden dar más ejemplos de cuánto se ha extendido el uso de estos programas.

No sabemos cuántas de estas organizaciones optan por utilizar la vigilancia invisible, ya que los propios empleadores no suelen publicitarlo. Además, no hay una forma fiable de que los propios trabajadores lo sepan, ya que muchos programas informáticos invisibles están diseñados explícitamente para eludir la detección. Algunos trabajadores tienen contratos que autorizan ciertos tipos de vigilancia e impiden otros, pero para muchos de ellos puede ser imposible saber si están siendo vigilados. Por esta razón, aquellos que se preocupen por esta posibilidad deben asumir que cualquier dispositivo proporcionado por el empleador los está vigilando.

¿Para qué se utilizan los datos?

Las marcas de bossware comercializan sus productos para una amplia variedad de usos. Algunos de los más comunes son el seguimiento del tiempo y de la productividad, el cumplimiento de las leyes de protección de datos y la prevención del robo de propiedad industrial o intelectual. En algunos casos, su uso puede resultar razonable: por ejemplo, las empresas que tratan con datos confidenciales están obligadas asegurarse de que estos no sean filtrados o se roben de sus sistemas. Si los empleados trabajan fuera de la empresa, puede requerir un cierto nivel de supervisión en el dispositivo. Sin embargo, un empleador no debería realizar ningún tipo de vigilancia con fines de seguridad a menos que pueda demostrar que es necesaria, proporcionada y adecuada para los problemas que está tratando de resolver.

Lamentablemente, en muchos casos los empleadores ejercen un poder no justificado sobre sus trabajadores. La mayoría de los productos que hemos examinado están diseñados para la "supervisión de la productividad" o para un mejor seguimiento del tiempo de trabajo; es decir, para registrar todo lo que hacen los trabajadores y asegurarse de que están trabajando lo suficientemente duro. Algunas empresas consideran que sus herramientas son una ventaja potencial tanto para los empresarios como para los trabajadores. Recopilar información sobre cada segundo del día de un trabajador no sólo es bueno para las compañías, afirman, sino que supuestamente también ayuda al trabajador. Otros proveedores, como Work Examiner y StaffCop, se dirigen explícitamente a los gerentes que no confían en su personal. Estas empresas suelen recomendar que se vinculen los despidos o las bonificaciones a las evaluaciones de rendimiento derivadas de sus productos.

Algunas empresas comercializan sus productos directamente como instrumentos punitivos o como herramientas para recopilar indicios contra los trabajadores. InterGuard anuncia que su software "puede ser instalado silenciosamente y de forma remota, para que usted pueda llevar a cabo investigaciones encubiertas [de sus trabajadores] y reunir datos a prueba de balas sin alarmar al sospechoso". Esta prueba, continúa, puede ser usada para luchar contra "reclamaciones frente al despido". En otras palabras, InterGuard puede proporcionar a los empleadores una cantidad astronómica de información privada y secreta para tratar de anular los recursos legales de los trabajadores contra el trato injusto.

Ninguno de estos casos de uso, ni siquiera los menos perturbadores mencionados anteriormente, justifican la cantidad de información que el bossware recopila. Y nada en absoluto excusa que se oculte el hecho de que la vigilancia se está llevando a cabo.

La mayoría de los productos hacen periódicamente capturas de pantalla, y solo algunos de los programas permiten a los trabajadores elegir cuáles compartir. Esto implica que la información médica, bancaria o personal sensible se captura junto a emails trabajo y redes sociales. Los productos que incluyen registradores de teclas son aún más invasivos y a menudo terminan capturando las contraseñas de las cuentas personales de los trabajadores. (...)

 Desafortunadamente, la excesiva recopilación de información a menudo no es un accidente, sino una prestación más. Work Examiner anuncia específicamente la capacidad de su producto para almacenar contraseñas privadas. Otra empresa, Teramind, informa sobre cada dato que se introduce en un correo electrónico a un cliente, incluso si esa información se borra posteriormente. Varios programas también analizan cadenas de texto de mensajes privados en redes sociales para que los empleadores puedan conocer los detalles más íntimos de las conversaciones de los trabajadores.

Seamos claros: este software está diseñado específicamente para ayudar a los empleadores a leer los mensajes privados de los trabajadores sin su conocimiento ni su consentimiento. En cualquier caso, esto es innecesario y poco ético.

¿Qué se puede hacer?

Amparados por la legislación de los Estados Unidos, los empleadores tienen demasiada libertad para instalar software de vigilancia en los dispositivos que poseen. Además, poco les impide coaccionar a los trabajadores para que instalen este software en sus propios dispositivos (siempre y cuando la vigilancia se pueda desactivar fuera del horario laboral). Los estados tienen diferentes normas sobre lo que los empleadores pueden y no pueden hacer. En cualquier caso, es habitual que los trabajadores tengan pocos recursos legales frente al software de vigilancia intrusiva.

Eso puede y debe cambiar. A medida que las legislaciones de los estados y del país continúan adoptando leyes de privacidad de los datos de los consumidores, también deberían establecer sistemas de amparo para los trabajadores con respecto a sus empleadores. Para empezar:

·       La vigilancia de los trabajadores, incluso en los dispositivos en propiedad del empleador, debe ser imprescindible y proporcionada.

·       Los dispositivos deben reducir al mínimo la información que recogen y evitar la captura de datos personales como mensajes privados y contraseñas.

·       Los trabajadores deben tener derecho a saber qué información están recopilando sus empleadores.

·       Y los trabajadores necesitan recursos legales para que puedan demandar a los empleadores que violen estas protecciones legales de la privacidad.

Mientras tanto, los trabajadores que estén en conocimiento de la vigilancia ejercida por la empresa podrán establecer un diálogo con la misma para alcanzar pactos y las empresas que han incorporado el bossware deberán considerar cuáles son sus objetivos y tratar de alcanzarlos de la manera menos intrusiva. De hecho, el bossware a menudo incentiva los tipos de productividad inadecuados, por ejemplo, forzando a la gente a pasear deliberadamente el ratón y a escribir cada pocos minutos en lugar de leer o detenerse a pensar. El monitoreo constante puede ahogar la creatividad, disminuir la confianza y contribuir al agotamiento. En el caso de que a los empleadores les preocupe la seguridad de los datos protegidos, deberían considerar herramientas que se adapten específicamente a las amenazas reales y que reduzcan al mínimo los datos personales atrapados en el proceso.

Si el trabajador sospecha que su empleador le está vigilando y desconoce el alcance de la situación, debería asumir que los dispositivos de trabajo capturan y recopilan todo, desde el historial web hasta los mensajes privados y las contraseñas. Si es posible, deberá evitar el uso de los dispositivos de trabajo para fines personales. Y si se pide a los trabajadores que instalen software de vigilancia en sus dispositivos personales, deberían solicitar a sus empleadores un dispositivo alternativo específico para el trabajo.

Por último, es posible que los trabajadores no se sientan cómodos cuestionando la vigilancia por la preocupación de perder el trabajo en un momento de desempleo récord. La elección entre la vigilancia y el desempleo no debería ser una elección en absoluto.

El COVID-19 ha creado nuevas tensiones en todos nosotros, y es probable que también cambie fundamentalmente la forma en que trabajamos. Sin embargo, no debemos dejar que marque el comienzo de una nueva era de vigilancia. Vivimos más que nunca a través de nuestros dispositivos, haciendo fundamental el derecho de mantener nuestras vidas digitales en privado, alejadas de gobiernos, empresas tecnológicas y de nuestros empleadores."                             

(Bennet Cyphers es miembro del Tech Projects team; Karen Gullo es escritora. Sin Permiso, 05/09/20)

29/6/18

La principal herramienta de las diferentes congregaciones católicas para garantizar su influencia sobre el IBEX 35

"Son las 8.30 de la mañana y un grupo de 12 personas –nueve hombres, tres mujeres– con look ejecutivo acompaña la liturgia. Las bancas son de acero inoxidable y están forradas en cuero. La estancia está revestida de madera. La virgen del altar luce una discreta bandera de España y el cristo, tallado con sumo realismo, da la espalda a la imponente Sierra Norte de Madrid. 

Termina la ceremonia y la mayoría de los 12 feligreses sale rápidamente de la sobria y refinada instancia. Dos asistentes se acercan teléfono en mano al hombre corpulento y de aire aristocrático que permanece arrodillado en primera fila. Le susurran algo al oído. Los aleja sin siquiera mirarlos con un ademán casi imperceptible y prosigue con sus oraciones.

 Cada día miles de personas transitan por las inmediaciones de Torre Espacio de Madrid, el cuarto edificio más alto de España, sede de OHL, la constructora de Juan Miguel Villar Mir, y de su propiedad hasta finales de 2015. Desde el aeropuerto de Barajas se divisa la bandera española que ondea en su azotea y marca el fin del Paseo de la Castellana.

 Lo que no se ve es que su piso 33 (casualmente la edad asignada a la muerte de Cristo) alberga la capilla más alta de España, “la iglesia más cercana a Dios”, como la definen muchos. Hasta hace poco, los noctámbulos podían observar el parpadeo de la luz verde de su sagrario desde la calle.

La torre del Grupo Villar Mir no es la única sede empresarial que posee una capilla autorizada y bendecida por el arzobispo de Madrid. También la sede del Banco Santander o la de Telefónica en Las Tablas cuentan con las suyas, entre otras empresas. En los tres casos, las compañías aseguran que tomaron la decisión a petición de su plantilla, y no por iniciativa de sus presidentes y consejeros ejecutivos.

La cercanía de la élite empresarial española y la Iglesia católica en España viene de lejos, aunque su punto álgido más reciente se produjo durante el franquismo, cuya ideología se basaba en la doctrina nacionalcatólica. En aquella época brilló con especial intensidad el Opus Dei. Con la vuelta de la democracia y la apertura económica de España, el interés de la ciudadanía por la religión cayó considerablemente. Hoy en día su poder es menos visible que antaño, pero es fácil adivinar el rastro de la Iglesia católica en los principales círculos del poder ejecutivo, judicial, legislativo, periodístico y, con discreción y vigor, del económico.

MÁSTERS DE REFERENCIA

La principal herramienta de las diferentes congregaciones católicas para garantizar su influencia sobre los directivos es la educación. La Iglesia está detrás del nacimiento de las universidades en el mundo occidental, desde la Sorbona de París hasta Oxford, pasando por la Universidad de Cambridge y también la de Salamanca, el centro universitario más antiguo de España. 

Para asegurar el poder de la institución hoy ya no importan tanto los estudios de Teología o Humanidades, sino la formación empresarial, especialmente los famosos y cotizados Máster en Administración de Empresa, los MBA, como se les conoce y reconoce mundialmente por sus siglas en inglés. En España existen varias escuelas de negocios en manos de la Iglesia que pertenece a la élite mundial, sobre todo el IESE Business School de la Universidad de Navarra, propiedad del Opus Dei, el ESADE, que en 1995 se integró a la Universidad Ramon Llull, y el ICADE de la Universidad Pontificia Comillas, ambas controladas por la Compañía de Jesús.

Los campus modernos del IESE en Madrid y Barcelona, por ejemplo, incorporan iglesias, y en sus aulas hay crucifijos y estatuas de la virgen María. De esta forma, Dios tiene una presencia discreta en la formación de los futuros líderes empresariales mientras aprenden las últimas teorías de gestión o los retos de la economía digital. Y va más allá de los estudios.

 En abril se celebra una reunión de exalumnos de su MBA en Madrid, una “oportunidad de venir a pasar un buen rato con tus compañeros y amigos”, según reza la invitación en la web del IESE. Tras la recepción se oficia una “Santa Misa por los Antiguos Alumnos del MBA, especialmente aquellos fallecidos en 2017”. Los directores dan la bienvenida y un experto habla sobre “la escalera de la digitalización” antes de cerrar el evento con un cóctel.

El poder de la escuela de negocios del Opus y sus vínculos con las grandes empresas quedó reflejado en la última gran reunión anual de exalumnos que se celebró en noviembre de 2017, también en Madrid (la de este año será en octubre en Nueva York). Unas 3.000 personas de diferentes países participaron en las jornadas con charlas del antiguo alumnado como Fuencisla Clemares, la directora general de Google para España y Portugal, Helena Herrero, presidenta de HP para España y Portugal o Marta Martínez, responsable de IBM en la Península Ibérica.

 También habló el astronauta Pedro Duque, y el jefe del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Félix Sanz Roldán, dio una conferencia sobre ciberseguridad. La reunión incluyó una cena de gala en el Casino de Madrid y torneos de golf, pádel y atletismo con fines benéficos en las instalaciones de la Ciudad Financiera del Banco Santander en Boadilla del Monte.

El IESE, al igual que el ESADE y el ICADE, no esconden sus vínculos con la Iglesia ni su vocación de transmitir valores religiosos. En su página web, el instituto vinculado al Opus explica que “está comprometido con la formación de líderes que aspiran a ejercer una influencia positiva y duradera sobre las personas, las empresas y la sociedad”. 

Y sigue: “En definitiva, promueve la formación de empresarios y directivos a quienes se pueda confiar el futuro de las compañías y de las instituciones sociales”. Luego se afirma que “los valores éticos de la escuela se basan en la tradición cristiana, de la que derivan el progreso social y humano en Europa y en países de otros continentes”. 

El director general del IESE, el alemán Franz Heukamp, es numerario del Opus Dei, pero entre el centenar de profesores del centro no todos son católicos, ni mucho menos el alumnado. La influencia se ejerce de forma más sutil, como refleja un vídeo promocional que apela a los valores con frases en inglés como “si crees que puedes contribuir a construir un mundo mejor”, “si crees que puedes ayudar” para terminar en forma de crescendo en la palabra “creer” (“believe”).

La doctrina acompaña los estudios en estos centros pero no forma parte del currículum. “El plan de estudios es totalmente laico”, asegura Mikel Sáez de Vicuña, que estudió Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Deusto, ligada a los jesuitas. 

Aun así, no duda del motivo de la presencia tan extendida de la Iglesia en estos centros. “Creo que son ámbitos en los que quieren dominar los medios, las empresas, formando alumnos. Tiene bastante sentido”, dice este vasco que ahora trabaja en marketing del sector vinícola y agradece la formación que obtuvo en Deusto.

Llama la atención la predilección de los centros religiosos por formar a futuros empresarios y profesionales de la comunicación. En España existen 14 universidades que tienen relación con distintas órdenes católicas. En todas se enseña empresariales y en 11 se imparten grados de periodismo. “Son dos carreras muy demandadas, como también Medicina o Ingeniería”, explican desde el departamento de prensa del Opus Dei. 

Entonces, ¿se trata simplemente de ofrecer lo que pide el mercado, como hace cualquier empresa privada? Parece que no es el objetivo porque en el Opus subrayan: “La educación no es un negocio para nosotros”. En efecto, el IESE es una sociedad sin ánimo de lucro, aunque en 2017 obtuvo un beneficio antes de impuestos de 814.000 euros con una facturación de 106 millones, según las cuentas auditadas por la consultora multinacional KPMG. Las altas tasas de los máster aportan 96 millones de euros y el resto son becas, donaciones e ingresos financieros.

Para las carreras relacionadas con la dirección de empresas, los centros privados son considerados superiores a las universidades públicas y ocupan puestos muy altos en los ránkings internacionales de escuelas de negocio. Sin embargo, la mejor business school de España, según la última lista elaborada por el Financial Times, es el Instituto de Empresa (IE), una universidad privada de carácter laico. 

Ocupa el puesto número tres en este ránking europeo, por delante del IESE (séptimo) y ESADE (octavo). No es solo la calidad académica la que atrae a alumnos y alumnas de todo el mundo a cursar un Máster en Administración de Empresa cuya matrícula supera los 70.000 euros. Un aspecto clave son los contactos con los compañeros de clase, forjar redes, networking.
“La universidad privada gana a la universidad pública en el aspecto importante de trabajos post-graduación. 

A diferencia de las universidades públicas, las privadas han desarrollado durante años redes de contactos entre antiguos alumnos, así como asociaciones que los agrupan, y consiguen que estos tengan a bien contratar a su vez graduados de dichas universidades”, explica Alfonso Novales Cinca, catedrático de Fundamentos de Análisis Económico de la pública Universidad Complutense de Madrid.

 “En las universidades privadas, los graduados tienen una sensación de pertenencia que las públicas no han hecho nada en lograr, probablemente porque han considerado de forma casi despectiva esta sensibilidad”, concluye Novales. Saéz de Vizkuña, el alumno de la Universidad de Deusto, coincide en este diagnóstico. “En mi caso y en el de la mayoría de mis compañeros influyó bastante el hecho de que la red de contactos de la privada tenga más calidad y dé más garantías que en la universidad pública”, afirma.

De ahí que las escuelas de negocio dediquen muchos esfuerzos y recursos a cultivar y mantener las redes de sus exalumnos, con grupos de alumni divididos por años, geografías o carreras. El IESE presume de contar con más de 40.000 antiguos alumnos registrados en estas agrupaciones. 

Hay beneficios especiales y las reuniones habituales no son simplemente encuentros para tomar copas sino que siempre ofrecen algo especial, ya sea una visita a Silicon Valley, al Estadio Santiago Bernabéu o un concierto en el Palau de la Música de Barcelona. Pero el elemento clave de estas redes, por supuesto, son los contactos con directivos y profesionales de las principales empresas en todo el mundo. 

Este sistema empieza a funcionar ya antes de llegar a la educación superior, como por ejemplo en el prestigioso Colegio Nuestra Señora del Pilar en Madrid, por donde han pasado un sinfín de políticos y empresarios. Cuando fue presidente del Gobierno, José María Aznar se acordó de su compañero de pupitre del Pilar, Juan Villalonga, para dirigir Telefónica, todavía en manos del Estado.

Con la formación de directivos en sus escuelas de negocio, la Iglesia intenta asegurar su influencia en las élites empresariales. De las 433 personas que se sientan en los consejos de administración del Ibex 35, 170 han tenido relación en calidad de estudiante, docente o como miembro de los órganos de gobierno de una o varias universidades privadas ligadas a la Iglesia [ver tabla]. 

La presencia es especialmente elevada en sectores estratégicos, como el de las telecomunicaciones (el 60,8% de los consejeros había tenido o mantiene relación con estos centros educativos) o el energético (43,6%). También llama la atención la proporción de consejeros ligados a estas instituciones en los principales bancos de España y en empresas constructoras e inmobiliarias, que por la naturaleza de su negocio están más expuestas a decisiones políticas (adjudicación de obras públicas, regulación, etcétera). Entre los 433 consejeros analizados (la mayoría son hombres), 74 habían pasado por el IESE y 50 por ICADE.

La escuela de negocios del Opus Dei es, sin duda, la líder entre los centros de la Iglesia para mayor gloria de esta Prelatura católica, que no suele exponer su enorme influencia en público. Una de las pocas rendijas que dejó entrever su poder fue la beatificación de Álvaro Portillo, líder del Opus en España durante varias décadas. 

El difunto adquirió su condición de beato por orden del Vaticano en un acto masivo en la capital española en 2014. El evento estuvo financiado por Telefónica, El Corte Inglés –su actual presidente, Dimas Gimeno, estudió en la San Pablo CEU (creada por la Asociación Católica de Propagandistas) y el IESE– y Madrid Vivo, una fundación presidida por el arzobispo de Madrid y el abogado Javier Cremades, y que en su patronato cuenta con algunas de las compañías más ilustres del Ibex: Endesa, FCC, Acciona e incluso Unidad Editorial, propietaria de los diarios El Mundo, Expansión y Marca, entre otros. 

Esta afluencia de grandes empresas a la beatificación de San Álvaro Portillo sorprendió a Fiona Maharg-Bravo, excorresponsal de la agencia Reuters en España, que lo expresó en un artículo: “Tal y como demostraron los mormones en Estados Unidos, las ideas comunes pueden crear fácilmente una esfera informal de influencia”. Desde enero de este año, Maharg-Bravo es directora de comunicación internacional de Telefónica.

El año pasado, el Opus, que efectivamente dirigía la economía española durante la dictadura de Franco, sufrió un duro recorte de su influencia en el Ibex 35 con la desaparición del Banco Popular. La entidad fue el bastión más poderoso en manos de la Prelatura, que controlaba más del 10% de las acciones a través de la Sindicatura de Accionistas y la Unión Europea de Inversiones, que representaban el capital de familias del Opus. 

Este predominio empezó a tambalear con la entrada en el capital del grupo mexicano de Antonio del Valle, a su vez miembro de la congregación de los Legionarios de Cristo, una secta católica rival del Opus. Aseguran conocedores del sector financiero que la competencia y los desencuentros entre los dos grupos de accionistas tenía mucho que ver con el derrumbe del Banco Popular, que fue intervenido por las autoridades europeas en junio de 2017 y vendido al Santander.

Los estrechos vínculos con los exalumnos y las empresas también se traducen en beneficios económicos para las universidades de la Iglesia en forma de generosos patrocinios de los eventos, revistas o incluso los campus. El constructor Villar Mir no solo tiene la capilla más alta del país en la Torre Espacio, también da nombre a un aula en la sede del IESE en Madrid. Luego está el Aula BBVA. 

 Los máximos responsables del Ibex 35 suelen dar conferencias en estas universidades. Recientemente, pasaron por las aulas del IESE el presidente de Enagás, Antonio Llardén, el consejero delegado de Amadeus, Luis Maroto, el hoy jefe de Gas Natural Fenosa, y Francisco Reynés, que había estudiado allí. Borja Prado, presidente de Endesa, no ha sido alumnos en ninguno de estos centros y, sin embargo, fue él quien creó la beca Endesa para financiar carreras en ICADE. 

Por su parte, Ana Botín, presidenta del Santander, tampoco está vinculada a estos centros, pero el banco que dirige también cuenta con una beca especial para estudiar en las universidades de Deusto, Comillas, IESE y ESADE. Los bancos Sabadell y Caixabank ofrecen préstamos con “tasas de interés muy competitivas” para los alumnos del IESE y Comillas. Las grandes empresas, naturalmente, también ofrecen becas para instituciones privadas laicas como el mencionado Instituto de Empresa.

El dinero de las empresas también contribuirá a la anunciada ampliación del campus del IESE en Madrid, que pretende aumentar en un 50% su actividad docente. La inversión será de 24 millones de euros, de los que el centro asumirá 7,2. 

Desde la escuela aseguran que “por ahora” no pueden dar los nombres de quién se ha involucrado más en el proyecto. En un sistema económico que fomenta la creación de élites, las escuelas de negocios son una de las principales puertas de entrada a este mundo, y la Iglesia controla buena parte de los accesos.

El ESADE de Barcelona explica que la presencia de la Compañía de Jesús en sus órganos de gobierno –los jesuitas nombran al director general– “además de inspiradora de valores cristianos y de la espiritualidad ignaciana, aporta una tradición de más de 450 años en la formación de personas, líderes en diversos campos, al servicio del bien común y de la transformación social”, según su página web. 450 años formando líderes. Nada menos."             ( , La Marea, 18/05/18)

16/12/13

Empresas sin jefes

"(...)  Un ejemplo de que hay futuro para las empresas industriales sin jefes lo tenemos en WL Gore, dónde una vez que necesitaron una nueva máquina se diseñó por todo el equipo, se enviaron laas especificaciones a un fabricante externo y este la entrego en nueve meses. 

El proceso fue muy largo, pero la nueva maquinaria fuuncionó perfectamente desde el primer día porque había sido diseñada por todo el equipo. En WL Gore afirman no tener empleados, sino “asociados”. No hay jefes, sino “patrocinadores” que ayudan a sacar adelante el trabajo. Esta filosofía la han tenido desde el primer momento y parece que no les va mal.

Quizás la empresa más grane que funciona de este modo, aunque parcialmente, es GE Aviation, la división de equipamiento para aviones de General Electric. Al principio el funcionamiento sin jefes de taller sólo se dió en la fábrica de Durham, Carolina del Norte que empezó hace un par de épocas, pero poco a poco se ha ido implementando en pequeñas fábricas de la empresa y se tiene intención de extenderlo a todas las fábricas de este gigante de 26.00 empleados.

Eso no significa que no haya jefe. Un “factory leader” impone unos objetivos y ayuda a su consecución. Pero los trabajadores son los que se encargan de decidir cómo los van a conseguir. No es una jerarquía plana, pero muchos trabajadores estarían encantados de pasarse a dicho sistema.

Un estudio de las universidades de Iowa y Texas A&M, mostró que los trabajadores de las fábricas sin jefe tenían mejores resultados que los de las empresas con gestores, siempre que se llevaran bien entre ellos. Por otro lado, hay estudios que afirman que la jerarquía puede incrementar el rendimiento.

Valve

Si hay una empresa de la que se habla a la hora de hablar de empresas sin jefes es el estudio de videojuegos Valve, conocido por su famoso producto “Half-Life”. En esta empresa no hay jerarquías, cada uno se centra en el proyecto que quiere. Los equipos se forman y deshacen espontáneamente. La movilidad entre proyectos es tan importante que las mesas tienen ruedas, de modo que cada uno puede trabajar justo al lado de quién quiera.

Esta empresa de Washington tienen 300 trabajadores y las decisiones de contratar o despedir se toman en equipo desde su fundación, en 1996. Normalmente los trabajadores tardan entre seis meses y un año en adaptarse, muchas veces cambiando de personas. Es habitual que uno de los trabajadores acabe ejerciendo de project manager del equipo. Los sueldos también se centran por equipo, los trabajadores se evalúan entre ellos y determinan el sueldo de los demás.

Otra característica de Valve es que todos los años hacen un viaje juntos, para mantener el espíritu de equipo. Es cierto que de vez en cuándo han despedido a gente, pero dicen que han acabado en buenos términos con la mayoría. Permitiendo a ex-trabajadores a quedarse con la propiedad intelectual de lo que estaban trabajando.

Semco

En esta empresa brasileña los trabajadores no sólo no tienen jefes, sino que deciden su sueldo y sus horarios. Incluso deciden sobre los ejecutivos. Los empleados le han quitado el despacho al presidente porque al viajar mucho y trabajar desde casa no entendían para qué necesitaba tanto espacio. 

También han llegado a echar a ejecutivos de una sala de reuniones porque querían celebrar un cumpleaños En Semco no hay despachos ni secretarias, todos los empleados saben imprimir o enviar un fax. 

Dicen que Semco funciona por la transparencia Todo el mundo sabe lo que hace todo el mundo y no hay modo de escaquear el bulto. Las cuentas de la empresa son públicas, y los salarios también. Incluso los sindicatos enseñan a los trabajadores a entender la contabilidad de la empresa.

Por otro lado, Semco nunca fue así. La empresa fundada en 1912 había tenido una estructura tradicional hasta la llegada al timón del hijo del fundador Ricardo Semler en 1980. Este, al contrario que su padre, no creía en una industria autárquica sino en una empresa abierta que estuviera abierta a la opinión de todos. 

Ahora los trabajadores se organizan en pequeñas unidades sin jefes y fabrican bienes industriales y la empresa ha pasado de 350 a 2.500 trabajadores. Mientras tanto, a Ricardo Semler le ha dado tiempo a escribir tres libros, Maverick y The Seven Day Weekend: Changing the way Work Works.

¿Son las empresas sin jefes la panacea?

Después de lo que vemos, cualquiera diría que las empresas sin jefes son la panacea. Si Valve, Gore-Tex y GE Aviation son capaces de triunfar en ámbitos tan distintos ¿deberíamos de eliminar las jerarquías? ¿Deberíamos de declararnos libres de jefes y buscar empleo en una de estas empresas? (...)"               ( , El blog salmón, 14/11/2013)

15/5/12

La red capitalista mundial: 43.060 transnacionales, de las que apenas 737 de ellas controlan el valor accionarial del 80% total

"Mi intención aquí no es otra que mostrar y difundir los resultados del reciente y único estudio que ha evaluado la red global que conforman las transnacionales (también llamadas multinacionales o grandes empresas a secas). 

Según este complejísimo estudio que ha analizado las redes de 43.060 transnacionales, apenas un 737 de ellas controlan el valor accionarial del 80% total.

Esta distribución de poder es mucho más desigual que la distribución de riqueza y renta. Además, el 40% del valor de todas las transnacionales del mundo está controlado por un pequeño núcleo -core- de 147 transnacionales. Y, más interesante si cabe, de ese núcleo de trasnacionales tres cuartas partes son entidades financieras. (...)

El problema macroeconómico es que en el mundo no sólo existe la distribución de riqueza y renta, sino también la de poder. Las grandes empresas determinan la configuración económica de cualquier país o región, e influyen de forma directa e indirecta en la creación de empleo y la calidad de vida.

 Por lo tanto, la capacidad de tomar decisiones o influir en ellas por parte de las grandes empresas es especialmente importante y es una manifestación de poder. Pero dada la inmensa y compleja red que se ha tejido entre las propias empresas, es complicado saber quién se encuentra detrás de esas decisiones.

El estudio con el que he comenzado este escrito nos aporta datos esclarecedores. Teniendo presente que las grandes empresas internacionalizadas, es decir, las transnacionales, forman una red en la que por encima tienen a los accionistas y por debajo a sus filiales (para las cuales la empresa matriz es su accionista), se ha elaborado un mapa mundial de las 43.060 empresas más importantes.

 Como se puede observar en el siguiente gráfico, esto no podría haberse hecho sin tratamiento informático a partir del software adecuado (de hecho, la imagen sólo nos ilustra la composición, porque más allá de ello no vemos un pijo).


De lo que se extrae en el artículo es que hay un núcleo de empresas, o core (SCC en la imagen siguiente), que se encuentran dominando las relaciones del resto a partir de su control accionarial. Es decir, de las ramificaciones que nacen de las empresas centrales puede observarse que controlan parcial o totalmente gran parte del resto de empresas. En conjunto, ese núcleo está formado por 147 empresas que controlan el 40% del valor accionarial total. Saliéndonos del núcleo encontramos que 737 empresas controlan el 80% del valor total.


  Uno de los aspectos más interesantes es que en ese núcleo de 147 empresas hay dos tercios que son empresas financieras, es decir, grandes bancos comerciales y de inversión.  Y estos son, por lo tanto, los sujetos económicos con más poder para determinar la economía mundial. La lista de esas entidades núcleo, que puede verse aquí, es ilustrativa también del poder nacional que respalda esos intereses económicos. A continuación, un zoom sobre las entidades financieras más importantes que componen ese grupo. ¿Os suenan?






 No cabe ninguna duda de que hay una relación directa entre las entidades que concentran el poder económico y político, en la medida que han aprovechado la debilidad autoimpuesta por los Estados por medio de las privatizaciones y desregulaciones, la responsabilidad en la crisis financiera y los beneficiarios del intento de salir de la crisis. 

Podemos decir, con los datos en la mano, que las entidades financieras son quienes controlan la economía mundial. Pero lo hacen sin necesidad de recurrir a conspiraciones oscuras, porque es la propia dinámica del sistema económico capitalista la que explica que estos sujetos económicos, las empresas transnacionales y su red, operen de acuerdo a una lógica que les lleva a defender sus intereses.

 Intereses que son antagónicos con los de los ciudadanos, de modo que su propia dinámica lleva al incremento de la explotación sobre los más desfavorecidos."           (Attac España, 09/05/2012, Alberto Garzón Espinosa)

23/12/09

Ahora viene la desglobalización

""La desglobalización ya ha comenzado", asegura el sociólogo Richard Sennett (Chicago, 1943); la salida de la crisis será lenta y en ningún caso volveremos al "ancient régime", al espumoso paisaje de las dos últimas décadas en las que el sistema estaba creando su propio colapso porque había "abandonado la economía real, la que se nutre de trabajadores cualificados, de artesanos". (...)

"hacer es pensar" y la palabra artesanía (craftmanship) designa "un impulso humano, duradero y básico; el deseo de realizar bien una tarea, sin más". Esto supone, explica, dedicación para aprender y para desarrollar las habilidades, para crecer como un trabajador competente, un concepto que ha brillado por su ausencia estos los últimos 20 años en los que no se invirtió en los trabajadores, sino que lo que se hacía era comprar lo más barato que había. El resultado, concluye, es que cuando llegó el colapso, "la economía real no tenía ningún tipo de resistencia para enfrentarse a la explosión financiera".

Pero cuando habla de artesanos, Sennett no sólo se refiere al estereotipo del trabajador altamente cualificado de una empresa tecnológica, sino a los conocimientos adquiridos, por más simples o banales que parezcan, que forman la textura misma de la sociedad y de la economía. Uno de los efectos del sistema imperante estas últimas décadas, denuncia, ha sido "la ceguera" ante las habilidades de la gente a la que denominamos como poco cualificada, pero de cuyas capacidades somos "socialmente dependientes".

"Si usted es cuidador en un hospital o trabaja en la limpieza, su ficha laboral le definirá como no cualificado, pero no será cierto. Se trata de gente con muchas habilidades: conocen el hospital, saben a quién llamar cuando hay una emergencia, saben cómo conservar el lugar limpio, incluso detectan si alguien ha empeorado súbitamente y llaman al médico o la enfermera. Hay muchos trabajadores así. Parece muy simple, pero esto se va adquiriendo con tiempo y dedicación y no se valora. La visión neoliberal consistía básicamente en que el trabajo era una serie de tareas sin relación.Las habilidades pueden ser simples, pero las instituciones son complejas. ¿A quién llamar cuando algo se rompe? Eso es artesanado. Olvidarlo es olvidar que la vida tiene una narración, que la competencia en algo es una narración, no sólo para el individuo, sino también para la sociedad".

En el trabajo de campo que está realizando para el segundo libro de esta trilogía entrevistó a trabajadores de niveles medios de Wall Street en paro. "Los jefes no tienen ninguna autoridad", descubrió, "son muy ricos, pero quienes trabajan para ellos en la sala de máquinas creen que son muy incompetentes, que no sabían lo que estaban haciendo y tampoco les importaba con tal de que siguiera entrando dinero".

Sin embargo, el poder político, incluida la izquierda, denuncia, sigue pensando "que todo sigue igual que en los años locos del boom y que lo más importante es salvar al sector financiero porque es lo que hace funcionar a la economía real. Hay una ironía en todo esto, creo que la izquierda debe centrarse mucho más en las empresas locales, hay que desglobalizar, focalizarse en los pequeños negocios. Vamos a entrar en un largo periodo de actividad económica deprimida y es una fantasía que se vende a la gente eso de que una vez que los banqueros recuperen sus bonos la economía se reactivará". (RICHARD SENNETT."La desglobalización ha empezado, no volveremos al viejo régimen". El País, ed. Galicia, cultura, 22/12/2009, p. 46)