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21/2/22

Comparando los efectos sociales de las pandemias... los de la Peste Negra... los del Covid... el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor

 "Tras una pandemia devastadora, millones de personas han muerto y las vidas de muchas más han sido afectadas. Muchos de quienes sobreviven, desgastados por la sensación de que su trabajo es inútil y por la brecha infranqueable que separa a los ricos de los demás, se niegan a volver a sus antiguos trabajos o renuncian en masa. Agotados de trabajar en exceso por un sueldo mísero, sienten que merecen una vida mejor.

Esta podría ser una historia actual, pero también es el patrón que surgió en toda Europa después de una de las pandemias más mortíferas que se hayan registrado en la historia, la de la peste negra.

Las luchas por los salarios y el valor del trabajo que definieron los años después de la peste fueron, en cierto sentido, tan dramáticas como la pandemia misma. Al final, estalló la violencia en Europa. Teniendo en cuenta nuestra situación actual, vale la pena prestar atención a la cadena de acontecimientos que condujeron, eslabón por eslabón, de la pandemia al pánico y a la insurgencia sangrienta.

La peste negra, como ahora la llamamos, fue abriéndose paso por el continente euroasiático de 1347 a 1351. El historiador árabe Ibn Khaldun la recordó con horror: “Las civilizaciones oriental y occidental vieron la llegada de una destructiva plaga que devastó naciones e hizo que la población desapareciera. Engulló muchos de los atributos de la civilización y acabó con ellos”.

Europa, donde la peste fue especialmente devastadora, perdió más o menos entre una tercera parte y la mitad de su población (aunque los historiadores todavía debaten la cifra). “Muchas tierras y ciudades quedaron desoladas”, escribió el historiador italiano Giovanni Villani en 1348. “Y esta peste duró hasta _____”. Nunca pudo escribir la fecha, la peste se lo llevó antes de que eso sucediera.

Cuando pensamos en la peste negra, tendemos a pensar en las escenas horripilantes que se relatan en las ciudades: los cadáveres amontonados, las fosas donde se arrojaban los cuerpos, sin que se les diera sepultura. Sin embargo, lo que los contemporáneos también encontraron espeluznante fue lo que vieron en el campo: no fueron escenas de destrucción, sino visiones de abundancia y crecimiento. Campos de cereales listos para la cosecha bajo el sol. Vides cargadas de uvas. Estas imágenes eran inquietantes porque sugerían que no quedaba nadie vivo para recoger las cosechas.

“Muchas fincas bellas y nobles / yacen ociosas sin quienes las trabajen”, escribió el poeta y compositor Guillaume de Machaut, quien sobrevivió a la peste escondiéndose en su torre. Su poema continúa:

El ganado vaga sin rumbo
Los campos yacen en el absoluto abandono
Pastando entre los maizales y las vides
Van donde les place
Y no tienen amo, ni pastor
Ningún hombre que junte el rebaño

Después del colapso demográfico, hubo una tremenda escasez de mano de obra. Y así, después del impacto inicial, acorde con las predicciones que harían los economistas modernos, el precio de la mano de obra se disparó. Machaut escribió:

Ningún hombre pudo hacer que se labraran sus tierras
Ni se cosecharan sus granos ni se cuidaran sus vides
Ni aun pagando el triple
No, seguramente, ni siquiera pagando veinte veces más
Porque tantos habían muerto

Los trabajadores de todo tipo —los campesinos jornaleros, los artesanos en las ciudades, incluso los párrocos miserables que habían tenido que darle los sacramentos a los moribundos— analizaron su vida cuando la pandemia cedió y revaluaron su valor. Vieron un sistema que se inclinaba imposiblemente en su contra.

Por ejemplo, en Inglaterra, cerca de la mitad de la población estaba legalmente atada a la tierra en régimen señorial, obligada a trabajar para su señor local. Sin embargo, de repente, estos trabajadores parecían tener cierto poder de negociación. Ya no estaban obligados a soportar exigencias irrazonables. Sus empleadores ya no podían dar por hecho que trabajarían para ellos.

Para empezar, necesitaban salarios más altos para enfrentar la inflación rampante que siguió a la peste: en Inglaterra, a pesar de la disminución del costo de algunos productos básicos como los cereales, los precios de los bienes de consumo en general aumentaron cerca de un 27 por ciento de 1348 a 1350. Los jornaleros se quejaban de que no podían cubrir sus necesidades básicas y, si no se les pagaba lo que pedían, abandonaban el arado, huían de las aldeas de sus señores y se marchaban en busca de un mejor trato.

El golpe demográfico no ha sido tan brutal durante la COVID-19, pero aun así los trabajadores estadounidenses han revaluado lo que significa trabajar y lo que vale su trabajo —y un número histórico ha abandonado su empleo como parte de la Gran Renuncia de los últimos meses. Alrededor del tres por ciento del total de los trabajadores estadounidenses renunciaron a sus empleos tan solo en noviembre, según informó el Departamento del Trabajo. De acuerdo con una encuesta de septiembre, el 46 por ciento de los empleados de tiempo completo estaba considerando cambiar de empleo o en busca de uno.

En especial los puestos de trabajo mal pagados que no requieren especialización se han vuelto difíciles de cubrir, mientras que las redes sociales están llenas de debates airados sobre cómo son necesarios dos o incluso tres empleos para pagar el alquiler promedio en una ciudad promedio.

En los últimos meses se han producido varias huelgas de gran repercusión en las que los trabajadores exigen una compensación justa, con notables éxitos sindicales en Kellogg y Deere. En este sentido, estamos viendo ecos de la situación que siguió a la peste negra, ya que los trabajadores se niegan a volver a las condiciones prepandémicas y han revaluado sus necesidades y su valor. Demasiados cambios en dos años. El mundo es otro.

A medida que nos dirigimos hacia una nueva era pospandémica, las tensiones en el mercado laboral del siglo XIV pueden enseñarnos algo sobre la inestabilidad que se avecina.

En los años posteriores a la peste, los terratenientes de los señoríos y los nobles de toda Europa observaron, primero con indignación y luego con furia, cómo la gente abandonaba sus trabajos y se iba a buscar una vida mejor. Lo que siguió fue una ola de leyes provocadas por la histeria que intentaron devolver la economía a lo que había sido antes de la peste. Los estatutos y las ordenanzas congelaron los salarios en los niveles anteriores a la peste; hicieron que fuera ilegal abandonar la tierra del amo, que fuera ilegal huir; en la práctica, hicieron que el desempleo mismo fuera ilegal.

El Estatuto Inglés de los Trabajadores condenaba a los campesinos que huyeran de sus contratos señoriales a que se les marcara una ‘F’ en la frente, por ‘Falsedad’. En Italia, las nuevas leyes laborales florentinas, llamadas abiertamente “contra los trabajadores rurales”, declaraban que aquellos que descuidaran las tierras de su amo podían ser juzgados como rebeldes y se les podía arrastrar por las calles con cadenas al rojo vivo y enterrarlos vivos.

La presión continuó aumentando: por una parte, una nueva mano de obra envalentonada exigía un salario digno, la posibilidad de prosperar; por la otra, los reyes y los consejos, los señores y los ricos comunes, estaban decididos a que nada cambiara.

Al final, la presión fue demasiada. En la segunda mitad del siglo, la violencia estalló en toda Europa. Los trabajadores tomaron las calles de las ciudades importantes. Quemaron los registros señoriales y los contratos de trabajo. Destruyeron toda evidencia de su servicio y sus vínculos con la tierra.

Un conmocionado cronista de Francia escribió en 1358 que los campesinos indignados “asesinaron, mataron y masacraron sin piedad a todos los nobles que pudieron encontrar, incluso a sus propios señores. Y no solo eso: arrasaron con las casas y fortalezas de los nobles”.

En respuesta, los nobles comenzaron a incendiar los poblados y a asesinar a los jornaleros. El mismo cronista francés describe que atacaron “no solo a los que creían que los habían dañado, sino a todos los que encontraron, ya fuera en sus casas o cavando en los viñedos o en los campos”.

En Inglaterra, el resentimiento popular por los impuestos y las enormes desigualdades generaron el vandalismo y la violencia de el Gran levantamiento de 1381. Las turbas ejecutaron al canciller y colocaron su maltrecha cabeza en el puente de Londres. Exigían el fin del señorío y no reconocían otra autoridad más que la del rey.

Por supuesto, existen muchas diferencias importantes entre nuestra situación política y financiera y las de las décadas posteriores a la peste. Empero, el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor.

A lo largo de los últimos cuarenta años, la mayoría de los estadounidenses han visto como sus salarios se han estancado en relación con el costo de vida. Las leyes fiscales promulgadas en 2017 durante el gobierno de Trump establecieron exenciones que beneficiaban a los ricos de manera desproporcionada. Y nosotros, al igual que los campesinos medievales, estamos ante el espectáculo de los individuos a los que les sobra el dinero y su costoso aventurerismo. Las fortunas de los multimillonarios estadounidenses crecieron un 70 por ciento durante la pandemia y, como nos enteramos este verano, algunos de ellos no han pagado impuestos o han pagado montos ínfimos desde siempre.

Los ricos nos están tomando el pelo al resto en un sistema que está sesgado en nuestra contra. La izquierda y la derecha lo formulan de manera distinta, pero todos estamos conscientes de esa brecha.

El estado de ánimo de Estados Unidos está por los suelos y está dividido hasta lo más profundo. Si vemos hiatos de violencia, predigo que es menos probable que se asemejen a la política revolucionaria de las insurgencias medievales que a las atrocidades irracionales e insensatas que a menudo ocurrían en las sombras de esos levantamientos, cuando las turbas dirigían su mirada a grupos marginales: judíos acusados de envenenar pozos; flamencos acusados de dejar sin empleo a los ingleses, algunos de los cuales fueron perseguidos en las calles y asesinados ante la vista de todos.

Entonces, ¿cómo podemos atender las profundas desigualdades y evitar la violencia ocasionada por el resentimiento?

Los electores estadounidenses necesitan una historia compartida en la que los hechos encajen sin buscar chivos expiatorios ni alimentar la paranoia conspirativa. Es momento de actuar justo porque compartimos algunos fragmentos de la historia: el cansancio y la cautela; la sensación de que no podemos salir adelante; la indignación de que los poderosos nunca sean llamados a rendir cuentas.

Las grandes revueltas medievales reunieron a personas de muy diversa índole, rurales y urbanas: no solo campesinos, sino también artesanos, albañiles, comerciantes menores e incluso al clero. Un movimiento laboral colectivo podría hacer algo similar por nosotros ahora.

Las victorias sindicales de los meses pasados son un gran ejemplo de cómo los trabajadores pueden unirse y aprovechar este momento de disidencia, y un ejemplo de cómo las élites corporativas pueden fortalecer la lealtad de los empleados en un momento en el que hay tanta rotación de personal.

También tenemos que debatir de manera más proactiva la creciente brecha de la desigualdad de ingresos que ha marcado este nuevo siglo. En este momento, el uno por ciento de los que más ganan posee casi un tercio de toda la riqueza de Estados Unidos, mientras que el 50 por ciento de los que menos ganan poseen alrededor del 2,5 por ciento. Hace tiempo que sabemos que una desigualdad tan pronunciada ahoga el crecimiento económico, y esa es una historia que debemos seguir contando.

Pero las respuestas también deben recaer en nuestra propia élite dirigente. Los legisladores de Estados Unidos deben aliviar la tremenda, y potencialmente violenta, presión que se acumula con acciones que aborden aquello que contribuye a nuestro sentimiento nacional de impotencia: aumentar el salario mínimo, ayudar con la deuda, equilibrar el código fiscal para que los ricos paguen lo justo, crear puestos de trabajo sólidos en infraestructuras, y proporcionar cobertura de cuidado infantil y sanitaria para los trabajadores estadounidenses (una medida que también ayudaría a los pequeños empresarios).

En lugar de ver con impotencia las divisiones, podemos buscar que todos los estadounidenses tengan prosperidad y oportunidades. Imaginen el sentimiento de orgullo y propósito compartidos que podríamos tener. Estas medidas de apoyo a los consumidores inyectarían dinero al sistema en su base. La economía en su conjunto se vuelve más estable cuando hay una amplia base de personas que tienen dinero en efectivo para gastar. En lo político, el país podría ser menos propenso a la agitación. Los jóvenes podrían incluso sentir esperanza.

Pero la élite que está dispuesta a pensar a largo plazo es poca. La mayoría, como las élites de toda Europa después de la peste, prefieren aferrarse más a lo que tienen, y tratan de evitar que otros alcancen la prosperidad compartida, y al aferrarse a que todo sea para ellos, al final empujan a sus naciones a la crisis y lo único que queda son disturbios, luto, miedo, llamas y miseria."             

( Es autor de Feed y Paisaje con mano invisible. The New York Times, 20/02/22)

11/2/22

Enzo Traverso: el fascismo fue más que una forma de nacionalismo radical y una idea racista de nación. También fue una práctica de violencia política, un anticomunismo militante y una completa destrucción de la democracia... los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación diferente tanto con la violencia como con la democracia.... además, Bolsonaro y Trump no solo fueron incapaces de disolver el Poder Parlamentario; terminaron (o están en tren de terminar) su mandato enfrentando varios procedimientos de destitución

 "(...) En el siglo XX, el fascismo era un proyecto de «regeneración» de la nación, vista como una comunidad étnica y racial homogénea. Si este es el núcleo del fascismo, no sería erróneo definir los movimientos de extrema derecha de nuestros días, a pesar de tantas diferencias obvias, como los herederos del fascismo clásico. 

El léxico fascista ha cambiado, desde luego, y su «comunidad imaginada» exhibe nuevos características o, mejor dicho, nuevos mitos. Designa una pureza supuestamente originaria que es debido defender o restaurar contra sus enemigos: la inmigración («el gran reemplazo»), las invasiones raciales antiblancos, la corrupción de los valores tradicionales por parte del feminismo y los grupos de activismo LGBTQI, el islamismo y sus agentes (el terrorismo y el «islamoizquierdismo»), etc. 

Los precursores del surgimiento de esta oleada neofascista anidan en la crisis de hegemonía de las élites globales, cuyas herramientas de gobierno, heredadas de los viejos Estados-nación, parecen obsoletas y cada vez más ineficaces. Como explicaba el marxista italiano Antonio Gramsci en su revisión crítica de Nicolás Maquiavelo, la dominación es una combinación de aparatos represivos y una hegemonía cultural que permite a un régimen político mostrarse legítimo y benéfico, en vez de tiránico y opresivo. 

Tras varias décadas de políticas neoliberales, las clases dominantes han incrementado enormemente su riqueza y su poder, pero también han sufrido una significativa pérdida de legitimidad y de hegemonía cultural. Estas son las premisas para el ascenso del neo posfascismo: por un lado, la creciente «caída en el salvajismo» de las clases dominantes y, por otro, las extendidas tendencias autoritarias que su dominación engendra.

La definición del fascismo como un proyecto de «regeneración» de la nación capta un elemento fundamental de continuidad histórica, pero probablemente sea insuficiente. Contemplado desde una perspectiva histórica, el fascismo fue más que una forma de nacionalismo radical y una idea racista de nación. 

También fue una práctica de violencia política, un anticomunismo militante y una completa destrucción de la democracia. La violencia, especialmente dirigida contra la izquierda y el comunismo, fue la forma privilegiada de su acción política, y en todos los lugares donde llegó al poder —ya fuese por vías legales, como en Italia y Alemania, o por medio de un golpe militar, como en España—, el fascismo destruyó la democracia. 

Desde este punto de vista, los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación diferente tanto con la violencia como con la democracia. Si bien pretenden defender al «pueblo» contra las élites y restablecer el orden, no quieren crear un nuevo orden político. En Europa, están más interesados en hacer valer tendencias autoritarias y nacionalistas dentro de la Unión Europea que en destruir sus instituciones. Esa es la postura de Viktor Orbán en Hungría y de Mateusz Morawiecki en Polonia, así como de Marine Le Pen en Francia y Matteo Salvini en Italia, dos líderes que en última instancia aceptaron el euro. 

La Liga italiana recientemente participó en un gobierno de coalición encabezado por Mario Draghi, exdirector del Banco Central Europeo y figura prominente del neoliberalismo y las élites financieras. En la India, Brasil y los Estados Unidos, líderes de extrema derecha llegaron al poder y desplegaron tendencias autoritarias y xenófobas sin cuestionar el marco institucional de sus Estados. Bolsonaro y Trump no solo fueron incapaces de disolver el Poder Parlamentario; terminaron (o están en tren de terminar) su mandato enfrentando varios procedimientos de destitución.

El caso de Trump, el más discutido en los últimos meses, es particularmente instructivo. Su trayectoria fascista se reveló con claridad cuando al final de su presidencia se negó a admitir la derrota y buscó invalidar el resultado electoral. Sin embargo, la «insurrección» folclórica de partidarios suyos que invadieron el Capitolio no fue un golpe fascista fallido; en cambio, entrañó un intento desesperado de invalidar una elección por parte de un líder que, sin lugar a dudas, había roto las reglas más elementales de la democracia —lo cual posibilita describirlo como fascista—, pero se mostraba incapaz de señalar una alternativa política. 

Es indudable que Francisco Franco y Augusto Pinochet habrían considerado ese «alzamiento» del 6 de enero como una iniciativa de aficionados patéticos. Lo acontecido en el Capitolio reveló de manera indiscutible la existencia de un movimiento fascista de masas en los Estados Unidos, y en un sentido más amplio, un movimiento fascista organizado por medio de una red de milicias armadas. 

Aun así, este movimiento sigue muy lejos de conquistar el poder, y su consecuencia inmediata fue hundir al Partido Republicano en una profunda crisis. Trump había ganado las elecciones de 2016 como candidato de ese partido: una coalición de élites económicas, clases medias altas interesadas en los recortes impositivos, defensores de los valores conservadores, fundamentalistas cristianos y clases populares blancas empobrecidas que se sentían atraídas por un voto de protesta. Por cierto, esta coalición puede recrearse.

Sin embargo, como líder fascista de un movimiento de supremacistas blancos y nacionalistas reaccionarios, Trump no cuenta con muchas posibilidades de ser reelecto. Por añadidura, habría que entender en su contexto el movimiento fascista que lo respalda. En contraste con la milicia fascista italiana (los camisas negras) entre 1920 y 1925 o los SA [Sturmabteilung] nazis entre 1930 y 1933, que expresaban la caída del monopolio estatal de la violencia en la Italia y la Alemania de posguerra, respectivamente, las milicias de Trump son un legado envenenado de la historia estadounidense, la historia de un país donde la posesión individual de armas se considera una característica de la libertad política.

 Por estremecedor que resulte, esto no es el presagio de un Estado a punto de derrumbarse. En los años treinta del siglo XX, las élites industriales, financieras y militares europeas apoyaron al fascismo como solución a las crisis políticas endémicas y a la parálisis institucional; también, y sobre todo, como una defensa contra el bolchevismo. Hoy en día, respaldan al neoliberalismo. 

En los Estados Unidos, el establishment puede apoyar al Partido Republicano como alternativa típica al Partido Demócrata; pero el Pentágono nunca adheriría a un golpe de supremacistas blancos para impedir la elección de Joe Biden como cabeza del Poder Ejecutivo. En el llamado Viejo Mundo, el establishment está representado por la Unión Europea y se opone con firmeza a los movimientos populistas, nacionalistas y posfascistas que reclaman un retorno a las «soberanías nacionales».

El fascismo clásico nació en un continente devastado por la guerra total y se desarrolló en una atmósfera de guerras civiles, dentro de Estados profundamente inestables y con mecanismos institucionales paralizados por agudos conflictos políticos. Su radicalismo surgió de una confrontación con el bolchevismo, que le dio el carácter «revolucionario». El fascismo consistía en una ideología y un imaginario utópicos, que crearon el mito del «hombre nuevo» y la grandeza nacional. 

Los nuevos movimientos de extrema derecha carecen de todos esos pilares: son producto de una crisis de hegemonía que no puede compararse con el derrumbe europeo de la década de 1930; su radicalismo no incluye ni un asomo de «revolucionario», y su conservadurismo —una defensa de los valores y las culturas tradicionales, las «identidades nacionales» amenazadas y una respetabilidad burguesa opuesta a las «desviaciones» sexuales— está desprovista de la idea de futuridad que modeló de manera tan profunda las ideologías y utopías fascistas. Por eso, me parece más apropiado describirlos como posfascistas, no como neofascistas. (...)"                       (Enzo Traverso, Sin Permiso, 29/12/21)

4/11/21

La pandemia hace crecer el pensamiento conspirativo entre los españoles. Una cuarta parte de los ciudadanos cree que hay “organizaciones secretas” interviniendo en las decisiones políticas

 "La incertidumbre y la ansiedad provocan que las personas busquen explicaciones simples, también simplistas, ante fenómenos complejos, como las crisis económicas. O la pandemia de covid, que ha trastocado la vida de medio mundo. 

Este fenómeno ha provocado que una proporción importante de la ciudadanía española abrace algunas ideas conspirativas, según se observa en el último estudio de percepción social de aspectos científicos de la covid-19. Josep Lobera, director científico de la encuesta, lo explicó así durante la presentación del trabajo: “Ahora somos más conspiranoicos en general porque lo necesitamos. Porque cuando pierdes el control sobre tu vida, tienes necesidad de respuestas alternativas”.

 En el estudio se observa que existe un “porcentaje significativo” de personas que confían en algunas teorías de la conspiración. Por ejemplo, uno de cada cuatro españoles (25%) cree “firmemente” que existen “organizaciones secretas que influyen mucho en las decisiones políticas”, frente al 17% que cree firmemente en lo contrario. Además, y a pesar de los esfuerzos de divulgación, casi un tercio de la población española (31%) está totalmente convencida de que las mascarillas son malas para su salud (solo el 16% está en total desacuerdo). 

Llevado al terreno de la vacunación, hay un 14% de los españoles que están absolutamente seguros de que las farmacéuticas ocultan los peligros de las vacunas y un 11% están convencidos de que se engaña sobre su eficacia.

 Esta mentalidad, explica el estudio, está ligada sobre todo a la existencia de creencias conspirativas previas acerca de las vacunas, pero también a la desconfianza en las instituciones políticas, y al hecho de haber experimentado dificultades por culpa de las medidas de contención de la pandemia. Lobera atribuye este fenómeno al pensamiento motivado, el mecanismo psicológico que nos lleva a buscar información que nos ayude a justificar nuestras ideas.

“En lugar de sopesar la información de una manera abierta, atendemos, criticamos y recordamos información de manera selectiva, de un modo que refuerza nuestras conclusiones previas”, explica el informe. Y esto está claramente influido por la vivencia personal durante la pandemia. “Grupos más afectados por las medidas contra el coronavirus, que ven peligrar en mayor medida su forma de vida o valores, tenderán a activar en mayor medida mecanismos de razonamiento motivado”, se lee en el documento. O como resumió Lobera: “La vida que tenemos condiciona lo que creemos”. En ese sentido, el contexto informativo ha sido decisivo también, ya que 6 de cada 10 españoles ha recibido mensajes, por medios de comunicación o redes, que los animaban a no vacunarse.

 El estudio presentado hoy es la tercera oleada de esta encuesta, que se inició el verano pasado con la intención de conocer cómo la ciudadanía española estaba percibiendo la ciencia asociada a la pandemia, lo que permitiría actuar en consecuencia. Desde las primeras entrevistas se empezó a percibir un recelo muy generalizado hacia las vacunas que se desarrollaban en los laboratorios en esos momentos. Así, en verano llegó a contabilizarse hasta un tercio de los españoles que se negarían en rotundo a vacunarse contra la covid y otro tercio con importantes dudas. Ahora, en esta última oleada, el 83% o se ha vacunado ya o lo hará en cuanto pueda y no llegan al 4% los “reticentes radicales”. Los datos de esta oleada se recogieron durante las tres primeras semanas de mayo.

En España se confía en las vacunas

El vuelco desde el recelo a la masiva aceptación se ha debido a tres hitos fundamentales, según este estudio: la aprobación de las vacunas por las autoridades sanitarias y médicas, el inicio de una campaña de vacunación, “con la difusión de imágenes de personas de todas las edades y personal sanitario recibiendo la vacuna”, y la aparición de nuevas amenazas, en forma de variantes más contagiosas y nuevas olas, que obligan a mantenerse alerta. En la actualidad, entre quienes rechazan vacunarse hay un alto porcentaje, cerca de un tercio, que lo que no quieren es ponerse una vacuna específica. En ese sentido, la directora del Instituto de Salud Carlos III, Raquel Yotti, reconoció en la presentación que han aprendido que debe cambiarse la forma de comunicar los riesgos, en alusión a la crisis por los efectos derivados de la vacuna de AstraZeneca. “Comunicar los riesgos debe ser algo más complejo que simplemente decir que las vacunas son seguras”.

Pero hay un factor español que ha ayudado especialmente, como explica Lobera, profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid: “En otros países, el vuelco no ha sido tan fuerte. Ha jugado a favor esa base que tenemos de confianza en el sistema público de salud”. “Vivimos de esa renta acumulada de confianza previa en las vacunas infantiles, pero también influyó ver que la vacunación funciona bien en otros países, que se reducen drásticamente los brotes y muertes en las residencias de mayores”, añade el investigador. No obstante, Lobera advierte de que esta volatilidad de la confianza debe funcionar como una “señal de alerta” de que no conviene relajarse y “no cantar victoria antes de tiempo”, por si las variantes influyen en la vacunación o hay que renovar la vacunación con nuevas dosis.

Esa percepción del riesgo también es importante respecto al comportamiento de prevención frente a la covid, como el uso de mascarillas o el distanciamiento de otras personas. Esta disposición ha sufrido “cierto relajamiento” entre enero y mayo, reconoce Lobera. Junto a la percepción del riesgo, los factores que más se asocian a este cumplimiento son los costes asociados a esas medidas, la mentalidad conspirativa, la confianza institucional y el comportamiento del entorno social inmediato, que es el más importante. “Lo que hacen en el entorno social de una persona es decisivo. Somos seres sociales y en una reunión familiar, por ejemplo, no queremos ser el elemento discordante”, explica Lobera."             (Javier Salas, El País, 28/06/21)

3/8/21

Buen Vivir para superar los límites del desarrollo

 "Quizás uno de los puntos del balance crítico del ciclo progresista sobre el que más consenso existe sea su contradicción entre el impulso de políticas que apuntan a la recuperación de la soberanía y el modelo económico centrado en el extractivismo y la exportación de materias primas que les subyace.

Pese a los avances en materia de redistribución de la renta, la base productiva sobre la que los gobiernos progresistas han asentado sus políticas coarta la posibilidad de avanzar en transformaciones de raíz. 

Thea Riofrancos habla con Eduardo Gudynas sobre el extractivismo y la soberanía en este adelanto del número 3 de Jacobin América Latina

TR

Los gobiernos progresistas de las últimas décadas han hecho algunos importantes avances en materia de «políticas soberanistas»: de la banca, del gasto público, de la política externa, etc. Sin embargo, en materia socioambiental han sido cuestionados desde variados ángulos. 

Tal vez el asunto más espinoso es qué tipo de soberanía han podido —o pretendido— promover con un modelo económico centrado en la extracción y exportación de materias primas, es decir, en una base productiva que, como se ha señalado, conduce más a la profundización de la dependencia que a una ampliación de la soberanía. ¿Cuál es su lectura del tipo de desarrollo emprendido durante el llamado «ciclo progresista»?

EG

La evaluación de las estrategias de desarrollo del progresismo está demostrando no ser sencilla. Al interior de los países se las reclama pero, al mismo tiempo, hay muchos protagonistas de ese ciclo que las entorpecen, sea por su sincera convicción de haber hecho lo correcto como por la intención de ocultar errores. Las  recientes campañas electorales (por ejemplo, en Bolivia y Ecuador) las condicionaron aún más, debido a que las energías estaban puestas en volver a ganar el gobierno. Pero sobre ello se superpone un entramado de opiniones y analistas transnacionalizados —tanto dentro de América Latina como desde fuera— que abusaron de simplificaciones y eslóganes.

Por ejemplo, ustedes me dicen que los progresismos lograron «políticas soberanistas» en la banca y otros sectores. Ese tipo de dichos son muy comunes, en especial en el Norte Global. Pero eso está equivocado. En realidad, bajo los progresismos la banca privada vivió un paraíso: aumentó su cobertura sobre la población y se diversificó la financiarización. Esto ocurrió bajo gobiernos como el de Correa en Ecuador, el de Lula da Silva en Brasil o el del Frente Amplio en Uruguay, entre otros. Así se explica la bancarización obligatoria en Uruguay o la expansión de la financiarización a sectores como el consumo popular, la educación o la salud en Brasil. 

Es una simplificación partir de una oposición como si todo lo que se hizo en distintos sectores (educación, salud, vivienda o integración) hubiera sido soberanista y maravilloso y todo lo negativo estuviese en los extractivismos y sus impactos.

En realidad, los progresismos estuvieron repletos de claroscuros. Tuvieron avances, estancamientos y retrocesos dentro de cada sector. Hay que celebrar que redujeran la pobreza y marginalidad, por ejemplo, porque eso dio un alivió a millones de familias, pero hay que saber reconocer también las limitaciones que tuvieron en su marcada dependencia de las ayudas monetarias condicionadas a los más pobres o del crédito para el consumo popular. 

También hay que felicitar sus inversiones en infraestructura, que en Ecuador, por caso, son evidentes en las carreteras y puentes. Pero a la vez hay que comprender que mucho dinero se perdió dentro de los laberintos estatales, sea por medios lícitos pero ineficientes como también por la corrupción.

Esas contradicciones se deben a que los progresismos —en términos generales y muy esquemáticos— se enfocaron en una variedad de capitalismo que buscó capturar una mayor proporción de excedente para intentar una redistribución económica. Pero lo hicieron apelando a prácticas concretas que, como los extractivismos y el consumo de masas, requerían su subordinación al capital. Ello ocurrió por varias vías: blindaron al sector financiero, profundizaron la exportación de materias primas, captaron la inversión extranjera y se adhirieron plenamente a la institucionalidad global (como la Organización Mundial del Comercio).

Eso funcionó por medio de equilibrios en los que el Estado progresista buscaba regular al capital y a la vez no podía dejar de ceder ante él. Esos equilibrios eran inestables pero mientras los precios de las materias primas fuesen altos, el excedente apropiado podía sostener las medidas de compensación y amortiguación. Pero cuando cayeron los precios de los commodities, ese esquema ya no fue posible. Y ello ocurrió al mismo tiempo en que la capacidad de renovación política del progresismo se agotó.

TR

Más allá de la coyuntura política, todas las economías latinoamericanas siguen compartiendo ciertas características centrales: los sectores económicos predominantes se basan en la extracción de recursos, la agricultura de monocultivo y la manufactura de bajos salarios; en términos de empleo, la región está marcada por un gran sector informal, así como por la práctica arraigada de precarización y tercerización, lo que resulta en una clase obrera que trabaja en la precariedad extrema sin una red de seguridad social; y en cuanto a su inserción en el sistema mundial, la región se encuentra en un lugar de dependencia caracterizado por las exportaciones de bajo valor agregado, la plena integración a los mercados globales y altos niveles de deuda soberana. 

¿Qué ha revelado la pandemia y la crisis económica respecto al modelo de acumulación de la región? ¿Qué enfoque debe orientar la recuperación latinoamericana y a qué escala debe concebirse e implementarse?

EG

Desde el Centro Latino Americano de Ecología Social venimos siguiendo la crisis por la pandemia en todo el continente. Lo que observamos es que la crisis actual se superpone sobre varias crisis que ya estaban en marcha en 2019 y antes. A su vez, si bien hay semejanzas, también las diferencias entre los países son muy importantes.

No es lo mismo lo que ocurre, por ejemplo, en Brasil que en Chile, o en México que en Colombia. Tras esa advertencia, puede decirse que se observan distintos grados de colapso, derrumbe o miserias en la política y en el papel de los gobiernos. En unos casos eso es extremo, como se observa con la inacción y autoritarismo de Jair Bolsonaro en Brasil. Pero otras situaciones son también dramáticas, como la que se vive en Perú, donde mientras avanzaban los contagios se derrumbaba la política de partidos.

En esa desesperación, los gobiernos otra vez buscan que los extractivismos sean la solución para paliar la crisis económica. Todos los países de América del Sur, sin excepción, intentan aumentar sus exportaciones de materias primas y simultáneamente sumar nuevos sectores (como la minería de litio o la expansión de los monocultivos transgénicos). 

Entiendo que no es inminente una salida de la condición pandémica. Esta no es una crisis de un par de años, sino que dado el colapso del sistema sanitario y la inequidad en el acceso a las vacunas, el coronavirus es la nueva normalidad. Estaremos con economías deprimidas, subas y bajas en contagios y muertes, ciudades bajo control policial y un aumento escandaloso de la pobreza y el desempleo durante un tiempo largo.

El dato, a mi modo de ver, es que bajo este contexto está cristalizando una transformación política que ya estaba prefigurada (por ejemplo bajo el conservadurismo de Uribe y Duque en Colombia, el fujimorismo en Perú y, en grado extremo, Bolsonaro y la ultraderecha brasileña). Se trata de una verdadera necropolítica, la política del dejar morir. Es diferenciar entre vidas rescatables y otras desechables —como las de pobres, negros, campesinos o indígenas— a los que el Estado y la sociedad ya no les proveen de soluciones, y esto pasa a ser aceptado por las mayorías. El miedo al virus ha hecho retroceder a la política a una situación en la que se resigna ante la muerte (ya no se defiende ante ella) y la acepta en la cotidianidad.

TR

Más allá del momento de la recuperación, ¿cuál es el horizonte político de la izquierda? Si entendemos la pandemia del COVID-19 como la primera gran crisis ecológica a escala mundial, ¿será que llegó la hora de un paradigma que aborde de manera más explícita los problemas —entrelazados— de la extracción de recursos, el daño ecológico y el cambio climático? 

En otras palabras, ¿es hora de avanzar del «socialismo del siglo XXI» hacia la discusión sobre el ecosocialismo, sobre un nuevo pacto ecosocial, una economía democrática verde o alguna otra formulación? ¿Cómo definen su visión de una alternativa radical al modelo económico imperante, y cómo creen que se podrían articular las conexiones fundamentales entre la economía y la naturaleza?

EG

Para responder esa cuestión entiendo que es necesario diferenciar entre izquierda y progresismo. Los agrupamientos políticos y los gobiernos asociados a las imágenes de Lula da Silva o Evo Morales comenzaron con un empuje de izquierda pero una vez en el palacio de gobierno, y con el paso del tiempo, se transformaron en progresistas. A mi juicio, progresismo e izquierda son dos proyectos políticos distintos. 

Es evidente que uno de los factores que explican la divergencia entre aquella izquierda inicial y los progresismos siguientes fueron los modos de apropiación de los recursos naturales y los entendimientos sobre el desarrollo. El progresismo invoca distintas razones, desde la necesidad de combatir la pobreza a la espera de una revolución mundial, pero acepta esa destrucción ambiental.  

En cambio, una nueva izquierda para el siglo XXI y enfocada en América Latina debe defender la naturaleza. Aquí se debe subrayar esa condición de «nueva», porque la renovación debe estar en no repetir errores de la izquierda clásica latinoamericana del siglo XX (como su aversión a las cuestiones ecológicas) y en cambio rescatar sus aciertos, como insistir en romper con ser proveedores de materias primas.

Del mismo modo, esta nueva izquierda debe dejar atrás la condición patriarcal, y eso significa rechazar los machismos progresistas de hoy como los comités de jefes varones de la izquierda del siglo pasado. Situaciones análogas se repiten en otras dimensiones, como por ejemplo la interculturalidad y el papel de los pueblos originarios, la globalización y más. 

Pero entre ellas quiero subrayar el asunto de los derechos humanos y la democracia. Es que parte de ese diagnóstico sobre los progresismos que sigue pendiente radica en su real desempeño en fortalecer la democracia y asegurar la salvaguardia de los derechos. Los últimos años de los progresismos significaron retrocesos en algunos aspectos que no pueden ser ocultados: tienen que servir como lección para nuestra nueva izquierda.

Es también una izquierda anclada en América Latina, y por lo tanto propia de sus contextos históricos, sociales y ecológicos. Esto es algo que dicen muchos, pero el problema es que no son pocos los que finalmente terminan repitiendo recetas del Norte para imponerlas a nuestros esfuerzos de renovación de nuestra izquierda criolla.

Uno de los aportes fundamentales de esta nueva izquierda latinoamericana fue proveer otro modo de entender el valor. Ese era un aspecto central en el debate andino, que nutrió las diferentes concepciones del Buen Vivir y a su vez se concretó en los derechos de la naturaleza en la nueva constitución de Ecuador. 

En cambio, en las tradiciones occidentales se comparte una teoría del valor donde solo los seres humanos son sujetos y agentes de valoración. Son antropocéntricas, y eso es evidente en conservadores y liberales pero también está presente en el socialismo, ya que es el trabajo del humano el que otorga valor a la naturaleza. El ecosocialismo es parte de esa tradición —y sin dudas expresa mayores avances en una responsabilidad ecológica— pero carece, entre otras cuestiones, de una teoría del valor alternativa a esta visión predominante de la modernidad.

El Buen Vivir postula un cambio radical y por ello se lo ha planteado como una alternativa tanto al capitalismo como al socialismo. Desde el Buen Vivir son intolerables los extractivismos y la pobreza porque violan los valores intrínsecos tanto de la naturaleza como de los humanos. Como el ecosocialismo admite una valoración instrumental, siempre podrá haber extractivismo, y eso es justamente lo que ocurrió con Correa o Morales. En la teoría hay una limitación: el ecosocialismo puede apelar al Estado pero termina implementando el desarrollo (aunque una variedad distinta). En la práctica, como para una redistribución económica que asegure equidad se necesita del crecimiento económico, termina en alguna forma de keynesianismo verde. 

Decirse postsocialista no significa rechazar el aporte de la tradición socialista, ya que el Buen Vivir con toda comodidad hace suyo buen parte de su legado en el campo de la justicia social. Lo que se está diciendo es que esa versión del Norte del ecosocialismo ya no es suficiente para constituirse en una alternativa. La alternativa latinoamericana va más allá de ella, y confirma que es una ruptura con el capitalismo que se hace moviéndose hacia la izquierda.

Comparto esto porque entiendo que una de las cuestiones centrales en la renovación de la izquierda está en generar una nueva teoría del valor, y ésta no puede ser una repetición de la originada en Europa hace dos siglos atrás, porque ahora disponemos de la nuestra propia. Los progresismos y la academia, especialmente la del Norte, tiene que respetar y tolerar estos ensayos.

TR

Por último, ante la posibilidad de un nuevo superciclo de commodities y con el retorno de varios gobiernos progresistas, ¿qué consejo ofrecerían a los gobiernos de izquierda o centroizquierda —tanto actuales como futuros— de la región? ¿Cómo deberían orientarse en un contexto de crisis multidimensional, en el que otro auge de los commodities puede traer consigo una mayor presión para expandir la frontera agrícola y extractiva? ¿Cómo podrían cambiar sus economías nacionales para hacer una transición hacia la energía renovable, una mayor protección social, una agricultura regenerativa y otras alternativas económicas al extractivismo? ¿Se podría financiar una transición de este tipo? ¿Es posible forjar un camino en este sentido sin la coordinación de los gobiernos de todo el Sur Global para poner fin al régimen de deuda y austeridad impuesto por las instituciones financieras?

EG

A este momento, los dos agrupamientos progresistas que han retornado al gobierno (en Argentina y Bolivia) están repitiendo las estrategias extractivistas; y como estas son resistidas por las comunidades locales, se repiten los conflictos. El gobierno de Alberto Fernández ha blindado y subsidiado la explotación de hidrocarburos en el sur del país, incluyendo el fracking; la administración Luis Arce está debilitando el sistema de áreas de protección ecológica para permitir el ingreso de petroleras, mineras, hidroeléctricas y sojeras. Así es que el debate entre izquierda y progresismo volvió a la primera plana. Los procesos electorales en Bolivia, Ecuador y Perú incentivaron todavía más las polémicas.

Para quienes estamos aquí en el Sur quedaron en evidencia las limitaciones de las opiniones apresuradas desde una exterioridad, donde el ejemplo más impactante fueron los dichos del politólogo español Juan Carlos Monedero que, desde Quito, mirando televisión, diagnosticaba quién era indio y quién no lo era al momento de las elecciones en Ecuador. Señalo esto para insistir en el punto de arriba: la renovación y construcción de una izquierda latinoamericana tiene que ser propia. Sin duda debe dialogar, intercambiar y aprender de otras experiencias; tampoco puede negar sus nexos históricos. Pero no puede aceptar que desde Madrid, Londres o New York se indique quién es indígena o no, quién es de izquierda o no, quien es leal o es traidor.

Como segundo punto, esa izquierda debe ser verde en el sentido ecológico, feminista en tanto rompe con el patriarcado, intercultural como expresión de incorporar saberes y sentires indígenas y estar comprometida con la justicia social y ecológica. Y desde allí inspirarse en el socialismo. Me la imagino como una izquierda abierta, que cobije a diferentes personas y posturas que coincidan en esos compromisos pero que puedan recorrerlos de distinto modo. 

No puede volver a ser caudillista, ensimismada en tener un líder supuestamente infalible que mande paternalmente. Debe, por el contrario, procurar extender y profundizar una participación y deliberación que descansen en gestiones colectivas y rotativas.

Debe volver a recuperar su defensa de los derechos humanos, lo que fue una de las grandes lecciones que dejaron los años oscuros de las dictaduras militares. Debe asegurar todos los derechos, desde el acceso a la información hasta la vida, y para todos: sin exclusión, sin caer en la necropolítica. Y por ello debe proteger con todas sus energías a los más excluidos.

Si gobierna, debe ser una izquierda eficiente, con funcionarios más capaces y más trabajadores; no nos engañemos, la herencia del progresismo gobernante en sectores como educación y vivienda fue muy pobre.

Esta izquierda debe implicar cambios sustanciales no solamente en los saberes, en la racionalidad bajo la cual se puede organizar una economía, sino también en las sensibilidades y afectividades. Debe forjar otros vínculos tanto con las personas como con la naturaleza. 

Su programa debe enfocarse en las alternativas al desarrollo. Y digo «alternativa» no aleatoriamente, sino porque es un concepto con un significado doble: ofrece opciones distintas pero a la vez asegura las capacidades para poder elegir libremente, y por ello se entiende democrática. Una alternativa más allá de cualquier variedad de desarrollo, porque todas dependen del crecimiento y todas imponen una dualidad sociedad-naturaleza. De ese modo podrá constituirse en una alternativa poscapitalista y postsocialista.

Ya hemos intentado todas las variedades de desarrollo; hay unas mejores que otras, pero los problemas de fondo no se resuelven en ninguna de ellas. El planeta ya no resiste más experimentos, debemos atravesar los límites del desarrollo. Y eso es lo que se propone el Buen Vivir."

(Entrevista a Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latinoamericano de Ecología Social (CLAES). Su último libro es Transiciones. Post extractivismo y alternativas al extractivismo en Perú. JACOBIN América Latina, 01/08/21;  El texto que sigue es un fragmento de «Extractivismo y soberanía en América Latina», del #3 de Jacobin América Latina (lee el artículo completo aquí).

30/7/21

Mazzucato: Para lograr la verdadera renovación económica y social que tanto necesitamos, los gobiernos centrales deben hacer más para empoderar a los ciudadanos, las comunidades y los gobiernos locales... el Ayuntamiento de Camden se comprometió formalmente a que ningún residente pasaría hambre o sería desalojado de su hogar... los gobiernos locales pueden abrir una nueva era de liderazgo cívico

 "Al mismo tiempo que expone y agrava las desigualdades de larga data, la pandemia ha dado lugar a una gran cantidad de iniciativas locales prometedoras.

 Las ciudades tienen la capacidad de ofrecer algo a todo el mundo", observó una vez la urbanista estadounidense Jane Jacobs, "sólo porque, y sólo cuando, son creadas por todo el mundo".

Hoy en día, tenemos que aplicar ese retazo de sabiduría a la elaboración de políticas tras la epidemia de cólera del 19. Si la recuperación de la pandemia no se percibe en los lugares donde vive la gente, no será un éxito, y no abordará las desigualdades e injusticias fundamentales que se encuentran en el corazón de esta crisis. Para lograr la verdadera renovación económica y social que tanto necesitamos, los gobiernos centrales deben hacer más para empoderar a los ciudadanos, las comunidades y los gobiernos locales.

Pensemos en Camden, uno de los distritos más interiores de Londres. Tras haber sufrido más de un año de pérdidas y dolor, sus residentes y el gobierno local se niegan a conformarse con volver a la "vieja normalidad" que estaba fallando a la gente y al planeta. Forman parte de un amplio y creciente consenso que aboga por una economía nueva, inclusiva y sostenible, y tienen un papel clave en su configuración. Ya en marzo de 2020, el mes en que la Organización Mundial de la Salud declaró el Covid-19 como una pandemia, el Ayuntamiento de Camden se comprometió formalmente a que ningún residente pasaría hambre o sería desalojado de su hogar, a que ningún trabajador de la salud perdería su medio de vida por estar enfermo y a que todos serían valorados y tratados con compasión.

Para cumplir estas promesas, el ayuntamiento se reorientó y movilizó a un equipo de personal redistribuido y a miles de voluntarios para prestar nuevos servicios que impidieran el hambre, apoyaran a las empresas en apuros, protegieran a los niños vulnerables y a los adultos aislados y garantizaran que los jóvenes pudieran seguir aprendiendo en casa. El municipio creó rápidamente centros locales de análisis de Covid-19 y unidades móviles de vacunación (incluido un autobús escolar reutilizado), ayudando a compensar algunos de los errores del gobierno nacional y a asignar los servicios allí donde se necesitan, en el corazón de la comunidad.

Soluciones eficaces

Camden no es un caso único. En todo el mundo, los ciudadanos y los gobiernos locales han colaborado de forma extraordinaria para gestionar la crisis. Mientras los sistemas centralizados se tambaleaban, los modelos y experimentos locales encontraron formas de ampliar el apoyo a los que se habían quedado atrás por los acuerdos de arriba abajo. Cuando los gobiernos y las comunidades locales disponen de los recursos que necesitan, y cuando se les faculta para actuar, idean soluciones eficaces que nadie a nivel nacional habría considerado siquiera, soluciones que aprovechan al máximo nuestras relaciones y nuestros recursos y capacidades compartidos.  

Deberíamos recordar esta lección cuando nos enfrentemos a otros problemas como el cambio climático y la injusticia socioeconómica. A medida que miles de personas desesperadas han acudido a sus gobiernos locales en busca de apoyo nutricional y financiero, las insuficiencias de las redes de seguridad en el Reino Unido (y en Estados Unidos) han quedado al descubierto. El hecho de que cada ola de Covid-19 haya recaído con más fuerza en las comunidades minoritarias habla de las desigualdades raciales sistémicas que exigen nuestra atención urgente.

Pero para que los gobiernos locales puedan hacer frente a estos retos, se necesita más inversión. En el Reino Unido, los ayuntamientos se enfrentan a enormes carencias tras una década de infrafinanciación y el gobierno central parece estar ya dando marcha atrás en los compromisos adquiridos durante la crisis. A nivel nacional, para 2021-22 hay un agujero de 2.600 millones de libras en las finanzas de los ayuntamientos debido a la pandemia y a las carencias existentes. Abordar estos problemas requiere ambición.

Objetivos comunes

Por su parte, el Ayuntamiento de Camden está adoptando un enfoque basado en la misión, según el cual las organizaciones públicas, privadas y cívicas compartirán recursos y trabajarán de forma cooperativa para alcanzar objetivos comunes. Esta puede ser una nueva era de la administración local, en la que los ayuntamientos no se consideren a sí mismos como solucionadores que se sientan al margen, interviniendo sólo cuando las cosas van mal, sino como forjadores del mercado que desempeñan un papel central en la forma de crear y compartir el valor a nivel local.

Los gobiernos locales pueden hacer esto de varias maneras. A través de los impuestos locales, se pueden crear fondos de riqueza, cuyos rendimientos se reinvierten en la comunidad. Y poniendo condiciones a las inversiones privadas, pueden garantizar que esas empresas sirvan a los intereses públicos. En Camden, esta labor se lleva a cabo mediante una asociación entre el ayuntamiento y el Instituto de Innovación y Propósito Público del University College London. Hemos puesto en marcha la Comisión de Renovación, un grupo de trabajo dedicado a ayudar a las organizaciones públicas, privadas, académicas y cívicas a invertir en todos los miembros de nuestra comunidad.

La comisión cree que la política empieza por escuchar. A lo largo de los últimos seis meses, hemos prestado atención a las aportaciones de nuestros socios y comunidades, y hemos generado misiones diseñadas para abordar los retos interconectados de la desigualdad racial, la pobreza alimentaria y el cambio climático. Estas misiones dirigidas por la comunidad cobrarán vida en las escuelas, las urbanizaciones, las calles principales, las empresas y los centros juveniles, es decir, en los lugares donde la gente vive, trabaja y se relaciona cada día.

 Liderazgo cívico

Trabajando con emprendedores sociales e investigadores comunitarios de todos los ámbitos, los gobiernos locales pueden abrir una nueva era de liderazgo cívico. Esto ya está empezando a suceder. En Kentish Town, en Camden, una nueva empresa cívica de gestión local ofrece un espacio para la creación de empresas, una cooperativa de alimentos y apoyo a los refugiados.

 Estamos revelando los poderes que ya tienen los ciudadanos para mejorar sus barrios, con el ayuntamiento en un papel facilitador y habilitador. Por ejemplo, tras escuchar a los jóvenes de raza negra que les costaba imaginarse a sí mismos en posiciones de poder porque sólo veían su historia a través de la esclavitud, las escuelas de Camden están trabajando para diversificar el plan de estudios.

Las asambleas de ciudadanos también pueden ayudar a forjar nuevas coaliciones para el cambio. Tras organizar la primera asamblea ciudadana del Reino Unido en 2019, Camden ha duplicado la longitud de su red de carriles para bicicletas y ha completado las obras de un proyecto de bajo consumo energético a gran escala y de nuevas viviendas municipales con bajas emisiones de carbono. Camden también está trabajando en las urbanizaciones para dar poder a los inquilinos y arrendatarios, ayudándoles a decidir cómo gastar los presupuestos comunitarios e invertir a largo plazo.

Todos podemos inspirarnos en los líderes locales del Reino Unido y de todo el mundo que están rompiendo las reglas y compartiendo el poder con sus comunidades. La experiencia de la pandemia de Camden ha demostrado la necesidad urgente de abordar la desigualdad, así como lo que puede lograrse con un propósito compartido y el compromiso de trabajar con las comunidades. Al fin y al cabo, la recuperación económica no se medirá únicamente en términos de nuevas empresas, producto interior bruto o puestos de trabajo, sino también a través de índices de conexión, pertenencia, educación informal, seguridad económica y equidad.

Ejemplos locales como el de Camden pueden convertirse en una historia nacional en muchos países. Pero primero los gobiernos nacionales deben ceder más poder y recursos a las autoridades locales. Las comunidades locales tienen la creatividad y la energía necesarias para transformarse a sí mismas, si las dejamos."   
               

( , Social Europe, on 27th July 2021;

 

12/7/21

Tres cisnes grises: la pandemia, el populismo y el neoliberalismo... El neoliberalismo empezó con la globalización económica sin control, que trajo bajo crecimiento, estancamiento y crisis sucesivas. Fue entonces como llegó el populismo a salvar el neoliberalismo de sí mismo, convirtiendo a la democracia en la principal y la única culpable... y la pandemia empezó con el mercado, la globalización y la especulación sin control del medio natural

"Adelantamos en infoLibre el epílogo de Pandemónium. Diario de pandemia y populismo, nuevo ensayo de Gaspar Llamazares, Gema López y Miguel Souto (La Factoría de Ediciones) sobre la respuesta a la pandemia de los políticos, la ciencia y los servicios públicos.

Tres tristes cisnes. La pandemia, el neoliberalismo y el populismo-trumpismo han llegado, como si de unos nuevos jinetes de la apocalipsis se tratara. Todos eran más que probables, pero nos negamos a considerarlos posibles, por eso no nos preparamos, y tampoco nos tomamos en serio sus amenazas. Y así nos ha ido. No han sido hechos simultáneos ni encadenados, ni siquiera sus relaciones han sido necesariamente causales, pero hay coincidencias en su origen, se relacionan en su evolución y sus consecuencias se multiplican. Desde luego, no han sido casuales.

El neoliberalismo empezó con la globalización económica sin control, la subordinación de la política a la economía y sin el marco ni la voluntad de intervención del Estado, con estrategias como la desregulación del mercado laboral, la deslocalización industrial y el desmantelamiento del estado del bienestar. Con todo ello se labró su fracaso de bajo crecimiento, estancamiento y crisis sucesivas. Fue entonces como llegó el populismo a salvar el neoliberalismo de sí mismo, convirtiendo a la democracia en la principal y la única culpable y degradándola al cabo de un corto periodo de tiempo en las llamadas 'demoduras'.

Ambos, neoliberalismo y populismo, coincidían en aprovecharse de las crisis económicas, sociales y políticas para acentuar la desregulación contra lo público, y para debilitar las instituciones representativas de la democracia reoresentativa como los partidos, los sindicatos y sobre todo el parlamento, y asimismo en desmantelar el Estado social, todo ello en favor del individualismo, el cesarismo y el autoritarismo.

También en el terreno de la pandemia de la covid-19 todo empezó con el mercado, la globalización y la especulación sin control del medio natural. Con la explotación el territorio, el mercado de animales exóticos y con la agricultura, la ganadería y alimentación intensivas. Una zoonosis que, como otras precedentes, primero se transmitió a humanos y luego derivó finalmente en pandemia.

Pero la incipiente integración de zoonosis emergentes y reemergentes y su trasmisión humana, la incredilidad y la tardanza de los gobiernos en su reconocimiento y la falta de una gobernanza global, por parte de una débil y dependiente OMS, han hecho el resto. En el horizonte próximo, si no lo cambiamos, están las nuevas pandemias del cambio climático.

Porque había antecedentes. Y no solo los más cercanos del SARS o el MERS en Asia y Oriente Medio, que han aportado una experiencia directa, en particular a los países asiáticos ante la actual pandemia de la covid-19, lo que les ha permitido responder mejor, mediante su estrategia de test masivos, control digital y disciplina social.

La crisis, las guerras, la pandemia, el populismo y el fascismo se encadenaron, se solaparon y entrecruzaron también en los momentos críticos durante la primera mitad del siglo pasado. Aunque con casi un siglo de retraso, vamos conociendo los detalles de la pandemia de gripe, mal llamada española, su origen, vectores y determinantes sociales y políticos, una buena parte ocultos y confundidos detrás de la catástrofe de la primera guerra mundial. Como colofón, llegó la distopía de la ira y del fascismo contra la democracia y unas consecuencias desastrosas para el mundo, con el resultado de Millones de muertos, heridos y destrucción, que todavía nos horrorizan.

Ahora, vuelve de nuevo la impotencia y la complicidad de la política. Una política subordinada al mercado y a la globalización. Cuando no cómplice con la deslocalización industrial y los recortes sociales, la precariedad y la pobreza laboral. En definitiva, con el malestar social. Y con ello, la desprotección y la inseguridad, la huida de las clases medias hacia la indignación y el populismo, y el secuestro de la representación democrática, las instituciones y la democracia misma, el estigma hacia los inmigrantes, la impugnación de los hechos y de la verdad.

Vuelve la indignación y la antipolítica agitados contra la corrupción y con la democracia como chivo expiatorio. Al final, el populismo, otra vez, como tabla de salvación del neoliberalismo y como la nueva forma de la política en los tiempos líquidos de consumo digital.

La respuesta ha sido, una vez más, el exceso de confianza y la complacencia. La superioridad de los ilustrados frente a lo irracional y lo emocional. El discurso de lo políticamente correcto. En definitiva el exceso de confianza de las democracias. La complacencia de las instituciones democráticas ante el malestar social y la desconfianza ciudadana. Esto también pasará. Sabemos cómo ha terminado: con el populismo de la extrema derecha volviendo al gobierno, al cabo de un siglo, en el mismo corazón del nuevo imperio.

En la pandemia en curso ha prevalecido también el exceso de confianza en el desarrollo económico y en la técnica. Sin embargo, la realidad han mostrado nuestras debilidades: la quiebra de los canales de comercialización y de las cadenas de distribución de productos sanitarios esenciales, la primacía de la economía frente a la sanidad pública y los servicios sociales, y en consecuencia la falta de preparación en salud pública, y el efecto de los recortes, en particular en atención primaria y cuidados sociosanitarios.

En definitiva, la involución de los derechos sociales y servicios públicos, los recortes sociales y las privatizaciones sanitarias y el mercado de las residencias de ancianos. También ha emergido la sindemia oculta: la de la pandemia infecciosa y letal probable, pero para la que no nos preparamos. La sinergia de otra pandemia evidente: la de las desigualdades sociales laborales y de vivienda. Y asímismo la de los factores de riesgo y las enfermedades crónicas. Porque la pandemia va por barrios, clases y patologías previas. No es igual para todos.

Con los orimeros datos, apenas contrastados, de control de la segunda ola de la pandemia, del declive del trumpismo en los EEUU, de la revitalización del papel de lo público en Europa y de la esperanza que suponen los avances en las vacunas, corremos el riesgo de precipitamos y de caer otra vez en la soberbia y el exceso de confianza que nos impidieron prever la pandemia y paliar sus efectos.

El riesgo de la vuelta al agotado juego de la receta del modelo neoliberal y el hiperconsumo digital, olvidándonos del papel vital de lo público, de los trabajadores, de sus derechos laborales y sociales y del papel activo del Estado y la regulación de la globalización en toda esta crisis. El peligro del retorno a la mera alternancia política sin dar pasos firmes en la regeneración y la innovación de la participación democrática frente al populismo.

Y , más en relación con la pandemia, el riesgo de nuevo de la precipitación en la desescalada económica con el espejismo de la nueva normalidad, de los test masivos y en cualquier lugar, desvinculados de la atención primaria y la salud pública, así como de la fracasada estrategia de erradicación de los virus mediante la panacea de las vacunas exclusivas para los países ricos. Olvidando con ello la magnitud de una amenaza letal frente a las las demostradas flaquezas de la salud pública, de la sanidad y de la gobernanza global.

Porque quizá sea el canto del cisne ( el principio del fin) de esta pandemia, del populismo y ojalá también del neoliberalismo, pero todavía no es el final. Los cisnes grises continúan estando muy presentes." 

(Gaspar Llamazares, Gema López, Miguel Souto; InfoLibre, 11/07/21)

11/3/21

Joan Coscubiela: "La lucha de clases del siglo XXI es la lucha entre acreedores y deudores"... la pandemia hace más evidente la crisis de la democraciay acelera el proceso. De la ciudadanía depende que sea una aceleración para destruirse o que aprendamos a reconstruirnos

  "Joan Coscubiela, abogado y sindicalista, antiguo diputado en el Congreso y en el Parlament de Catalunya, confiesa que lo ha pasado muy bien escribiendo el libro que acaba de publicar esta misma semana. 'La pandemia del capitalismo' (Península) es una profunda reflexión sobre los problemas y carencias de un sistema social y económico que el coronavirus nos ha puesto ante el espejo.  (...)

¿Es el capitalismo la pandemia económica de la sociedad moderna?

Está claro que el capitalismo no es lo que provoca las pandemias, pero lo califico de pandemia oculta porque es el único sistema socioeconómico realmente existente pero al mismo tiempo enseña sus debilidades y está demostrando, cada vez más, que tiene una capacidad destructora brutal en términos medioambientales, sociales –por la desigualdad social que genera– y democráticos. Por ahí va una buena parte del hilo conductor del libro. 

¿Contempla entonces el capitalismo como el mejor de los peores sistemas posibles?

No. El capitalismo ha tenido diferentes expresiones: el manchesteriano, el keynesiasnimo el socialdemócrata, el ultraliberal de estos momentos, el chino, bueno asiático mas que chino... A todo eso lo llamamos el capitalismo y no digo que sea el mejor sistema; digo que es el único sistema existente. Es distinto. El mejor capitalismo es el que yo califico aquí con otro nombre: el capitalismo de los bienes comunes.

¿En qué consiste ese capitalismo de los bienes comunes?

Es el que busca un equilibrio distinto entre mercado y sociedad, el que no sitúa la propiedad privada como un derecho ilimitado y el que no suma la meritocracia como la manera de justificar las desigualdades. Eso es lo que yo propongo imaginar en términos de un pacto social civilizatorio.

¿Cómo sería ese pacto civilizatorio que usted propone?

Dibujo una utopía llamada pacto civilizatorio, que debe actuar como un desencadenante global. Yo propongo  reconstruir el sentido moral de la economía para que lo colectivo se reequlibre con lo individual y que la búsqueda del beneficio privado no sea el motor. Lo segundo que planteo es la necesidad de que todo se vea desde la perspectiva de la sostenibilidad, no solo una sostenibilidad ecológica, que también, sino una sostenibilidad social.

 La desigualdad actual es insostenible y la crisis de la democracia también, por eso planteo una cosa que va más allá del capitalismo: pasar del egocentrismo en el que estamos situados a la ecodependencia, a asumir que somos interdependientes todos de todos y especialmente en relación al medio ambiente. Eso requiere sin duda cambiar muchos conceptos que tenemos en marcha.

¿Cómo se reconstruye el sentido moral de la economía?

La lucha de clases del siglo XXI es la lucha entre acreedores y deudores. Hay 300 billones de dólares en activos líquidos concentrados en muy pocas manos, sin contar los activos patrimoniales, que están buscando obtener rentabilidad y eso plantea unos conflictos con familias, con empresas y con Estados que requieren recursos. Yo propongo construir otro paradigma en el que la competitividad no sea un gran dios, sino que se compita cooperando. 

Cuando hablo de la necesidad de recuperar ese nuevo sentido moral de la economía, me refiero a muchas cosas: el concepto de austeridad que la derecha nos ha robado a las izquierdas y que convirtió en austericidio;  la necesidad de desmercantilizar la sociedad, situando al mercado en una función estricta de la que no debería haber salido y que es el intercambio de bienes y servicios; se trata de desconcentrar y democratizar, reconquistar la igualdad social, la soberanía política, una nueva centralidad de los trabajos... Todo eso que está ahí, no se puede resumir.

Lo que usted plantea es un cambio de mentalidad brutal que no parece fácil de sacar adelante.

No será fácil, claro, pero la vida y la Historia demuestran que sólo es posible avanzar si uno imagina utopías, aunque luego éstas queden diluidas por la realidad, las dificultades, las fuerzas en contra, porque no todo el mundo está dispuesto. Mi opinión es que de esta pandemia no podemos salir reproduciendo los esquemas que nos han llevado hasta aquí. Puede pasar, desgraciadamente, porque no hay nada escrito. Nuestra primera obligación es imaginar otra realidad distinta. Algunas cosas están pasando ya: los cambios en la Unión Europea son significativos desde ese punto de vista

¿Estamos asimilando las enseñanzas que nos deja la pandemia?

La conciencia de interdependencia empieza a estar presente en algunos ámbitos, a pesar de que la pandemia nos envía lecciones que algunos no terminan de convertir en enseñanzas porque entre medio se cruzan intereses distintos. Por ejemplo, mientras haya gente que continúe planteando bajar impuestos tendremos unos youtubers que hacen ostentación de que ellos se van a Andorra para no pagar. A esta gente sus intereses les impiden aprender de las lecciones de la pandemia.

Entonces también corremos el riesgo de caer en los mismos errores que en la crisis anterior.

En los mismos no, pero en la misma dirección me temo que sí. Para evitar eso hay que movilizar la imaginación, la historia de la humanidad es la historia de los relatos, las ideologías son relatos, las utopías son relatos. Sin imaginar un relato no hay ni religión, ni ideología, ni utopías. Hablo del relato en el sentido digno de la palabra, no eso que utilizan algunos políticos, en el sentido de relato comunitario.

Usted habla también de un "analfabetismo del riesgo" y de una amnesia del riesgo"¿No será temor al futuro?

Los humanos, como los animales, buscamos seguridad y certidumbre. En esa búsqueda de la seguridad lo que hacemos es negar la existencia de los riesgos. ¿Cómo los negamos? sublimando la razón, sublimando la ciencia y la tecnología sin límites. Lo dramático es que cada vez que los humanos intentamos evitar los riesgos lo hacemos por la vía de externalizarlos a los otros: unas personas a las otras, los hombres a las mujeres, los nacionales a los inmigrantes, los de las empresas centrales a las periféricas, los de las empresas a los autónomos.

 Y todos los externalizamos al medioambiente. Pero ese riesgo que intentamos externalizar se convierte en un verdadero búmeran y provoca situaciones como esta. Lo que intento explicar en el libro es que en una sociedad tan interdependiente como la que tenemos externalizar los riesgos supone multiplicarlos por mil o por millones. Desgraciadamente la humanidad es estúpidamente egoísta. Lo estamos viendo en estos momentos en las reacciones que se están dando con la pandemia.

¿La pandemia ha puesto al descubierto los costurones del sistema capitalista?

Sí, creo que hay que saber aprovechar esta oportunidad. La pandemia nos ha puesto delante un espejo que nos muestra todas nuestras debilidades: la insostenibilidad medioambiental, social y democrática de nuestro sistema. Y luego nos ofrece una lupa para mirar más en profundidad. Hay que aprovechar eso, sin duda, porque ese espejo y esa lupa nos permitirán poner en marcha cosas e imaginar, al menos imaginar, aunque se tarde en llegar a algo concreto porque entre imaginar y construir siempre pasa mucho tiempo. Los procesos revolucionarios nunca se cumplen como uno se los había imaginado, pero si uno no se los imagina no se acaban produciendo.

Dice que el coronavirus ha actuado como un espejo que nos ha devuelto nuestra propia imagen como sociedad, pero ¿nos gusta lo que vemos? 

Yo creo que lo que vemos no nos gusta, pero eso no comporta necesariamente que tengamos actitud de enmienda. ¿Por que? Pues aquí aparece nuevamente el tema de los intereses. Bueno, primero porque hablamos de las lecciones del coronavirus como si fueran una sola cosa y no todo el mundo ve las mismas lecciones. Por eso yo le he puesto en el subtítulo del libro "una lectura interesada"; la mía lo es, no lo niego. Para hacerle frente lo primero es tener una lectura ideológica de la crisis.

 La izquierda no la tuvo en 2008 y lo pagó muy caro. Para que las lecciones se conviertan en enseñanzas hace falta que pasen de experiencias individuales a colectivas, es decir, que exista un consenso acerca de lo que vemos. Por  ejemplo, vemos que los bienes comunes, como la sanidad, son imprescindibles. Vemos que el mercado por si solo no puede abordar crisis como esta. Vemos la importancia de lo público. Vemos el papel del Estado. Vemos la necesidad de que el Estado sea fuerte incluso para ayudar al sector privado en momentos como éste. Vemos todo eso, pero cuando lo tenemos que convertir en enseñanzas, ahí ya la cosa se complica porque intervienen los intereses. 

Sabemos que con la pandemia hay que reforzar la sanidad pública, y en cambio, ¿qué vemos? pues que la sanidad privada está aprovechando el colapso del sistema sanitario para promover pólizas privadas. ¿Es legítimo? Sí, pero no es menos cierto que eso solo es para una parte de la población que se puede permitir ese lujo.

 Nuestro egoísmo termina perjudicándonos.

La vida de la humanidad se debate entre cooperación y competitividad. Eso es una cosa que a mí me gusta mucho explicar. Los humanos hemos conseguido subir el escalón de la especie porque hemos sabido combinar cooperación y competitividad. En definitiva, competitividad es el individuo, cooperación es la comunidad y en muchos momentos de la historia de la humanidad ese equilibrio entre cooperación y competitividad se ha roto, por ejemplo en últimos 40 años en el mundo occidental con la revolución conservadora de Thatcher y Reagan. 

Ahora estamos pagando las consecuencias de esa ruptura entre cooperación y competitividad, entre individuo y comunidad. Por eso lo que propongo es forzar un equilibrio entre esos factores. Una manera de hacerlo, por ejemplo, es el equilibrio que planteo entre el papel del mercado y la sociedad. El mercado expresa ese espacio de beneficio individual y en cambio la sociedad expresa ese espacio comunitario. Hay que equilibrar, no hacer desaparecer .

 La sociedad existe porque existe el mercado también tal como lo conocemos, pero el mercado no puede ser el que regule nuestras vidas. Los derechos fundamentales no pueden estar sometidos al mercado. 

¿La pandemia puede afectar al funcionamiento de la democracia?

La crisis de la democracia es anterior a la pandemia. Entre otras cosas porque es la crisis producida por unos cambios tecnológicos brutales y una disrupción tecnológica que provocan una dislocación de todas las estructuras sociales que hemos tenido durante 200 años. En eso consiste la crisis de la democracia, la crisis de las instituciones, de las estructuras de mediación social, de los partidos políticos, de los medios de comunicación, de la entidades sociales. Eso existía ya. Lo que provoca la pandemia es hacerlo más evidente y acelerar el proceso. De la ciudadanía depende que sea una aceleración para destruirse o  que aprendamos a reconstruirnos. Planteo esa paradoja.

¿Hacia dónde vamos?

Ahora mismo está emergiendo un capitalismo de vigilancia en el que grandes corporaciones son propietarias de nuestros datos. La pandemia también ha acelerado ese proceso. La sociedad está obligada a intervenir para construir las bases de un nuevo capitalismo, que yo llamo capitalismo de los bienes comunes. Está por construir. 

 No se nos olvide que para llegar al capitalismo socialdemócrata pasaron 200 años y que para alcanzar la democracia tal como la concebimos en la segunda parte del siglo XX en los países europeos pasaron 300 años o más. 

Y estuvimos llamando democracia a cosas que sólo permitían votar a los patricios, luego sólo a los propietarios, luego sólo a los hombres y ahora sólo a los nacionales. Cada vez incluimos a más colectivos, pero mantenemos excluidos a algunos: en España y en otros países existen ciudadanos que hacen lo mismo que todos nosotros pero como no son nacionales del país en el que viven no les dejamos votar. 

Eso es una barbaridad en términos democráticos, eso hay que abordarlo. Los extranjeros cada vez van a ser un porcentaje más grande de la población porque ya no va a haber sociedades nacionales, las sociedades son postnacionales, están compuestas por ciudadanos de diferentes nacionalidades. Hay que abordar todos esos retos. (...)"                (Entrevista a Joan Coscubiela, Jorge Otero Maldonado, Público, 25/02/21)