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15/9/22

Fukuyama se defiende y defiende el liberalismo... pero el mundo liberal real era éste: unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos... "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China"... la época tiene un color muy distinto, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones... Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia

 "El éxito de la ideología que ha gobernado Occidente durante las últimas décadas, y por extensión el mundo, no es responsabilidad de Francis Fukuyama, aunque lo cierto es que su contribución fue relevante: el politólogo estadounidense ideó una tesis, la del fin de la historia, sobre la que se basó el sistema que ha dominado el panorama político y económico. Ese hecho no le convierte en culpable de todo lo que se hizo con sus tesis, pero Fukuyama sí es responsable de intentar mantenerla vigente, incluso cuando las señales del presente nos muestran su irrealidad.

Esa idea de que el mundo se iba a organizar alrededor de una serie de valores sostenidos por la hegemonía estadounidense, de que los principios liberales se extenderían universalmente y que ese entramado de instituciones internacionales, relaciones comerciales y resolución jurídica de conflictos terminaría con los grandes enfrentamientos nacionales retrata escasamente nuestra realidad. Los efectos de esa idea han sido, además, particularmente perjudiciales: la confianza alemana y europea en que ese tejido institucional iba a perdurar durante mucho tiempo ha conseguido que Europa haya externalizado todo lo que le es necesario para competir en el nuevo mundo y que sea especialmente dependiente del exterior, y no solo en la energía. La debilidad europea actual proviene de esa convicción ilusa, que estuvo mucho tiempo operativa.

Fukuyama, del mismo modo que antes fue comúnmente alabado, se ha convertido ahora, en los malos momentos, en el politólogo más criticado del mundo. Ya sea para defenderse de los reproches o por convicción, acaba de publicar 'El liberalismo y sus desencantados' (Ed. Deusto) una obra con la que intenta rescatar los restos del naufragio para mantener viva su visión.

Uno de sus argumentos suena curioso, y no porque le falte razón, sino porque es aplicable prácticamente a todo. Es posible que las disfunciones que el liberalismo global ha creado no sean intrínsecas al liberalismo y que deberíamos separar la idea de su aplicación. Sin embargo, si se utiliza este razonamiento, tiene que aceptarse que se prolongue respecto de todo tipo de ideologías: el comunismo era bueno y que su puesta en práctica contuviera muchos errores no invalida la pertinencia de sus ideas; y así sucesivamente.

En segunda instancia, Fukuyama hace algo muy común entre quienes están acostumbrados a ser tenidos en cuenta. Incorpora a su discurso, ya que los entiende pertinentes, aspectos como la identidad, los valores socialdemócratas o la mayor participación del Estado en la economía; sin embargo, esos mismos elementos eran el objeto de sus críticas, aquello que combatió. Podría suponer una rectificación, el reconocimiento de un error y, si así fuera, resultaría positivo. Pero no hay nada de eso en el texto, que se despliega como si sus críticas no hubieran sido emitidas y como si las disfunciones hubieran sido causadas por fuerzas exteriores y ajenas, y no por sus propias ideas.

 Actúa de la misma manera que esa gente que alababa a Merkel y al modelo alemán y ahora los censura amargamente, como si ellos no hubieran formado parte del coro. Esa capacidad de estar siempre en el lado correcto de la historia resulta extraña, pero así parecen funcionar las cosas: quienes advirtieron de los problemas fueron excluidos, y ahí siguen, y quienes los ignoraron o fomentaron continúan en los lugares más prestigiosos. La habilidad para que tus errores no te manchen y que tus aciertos brillen es típica de los buscavidas de nuestro tiempo, y hay muchos.

El texto incurre también en algún argumento retorcido, como cuando, para alabar la vivacidad, la creatividad y la innovación que producen las sociedades liberales recurre a la Atenas de Pericles. Aquella Atenas era democrática, pero distaba mucho de ser liberal en el sentido que Fukuyama estableció en su teoría. De hecho, era sustancialmente distinta: fue producto de una presencia de las instituciones públicas incomparablemente mayor de la que el pensador estadounidense promovía; contaba con un liderazgo (resultado de la lucha contra la oligarquía) al que hoy se tilda frecuentemente de populista; y suponía un ejemplo de equilibrio económico entre los ciudadanos mucho más acentuado de lo que Fukuyama jamás propuso. La cita a Pericles no es significativa, pero sí simbólica: si tienes que atribuirte logros de otros sistemas para justificar tus posiciones, es que no son demasiado sólidas.

La idea de Fukuyama con el nuevo texto es noble: defender el liberalismo y sus instituciones en tiempos en lo que la cohesión social está rompiéndose y la polarización se desata. Es un propósito difícil de rebatir, pero sus propuestas no suenan especialmente pragmáticas. Y no lo son porque pone el acento en la derecha nacionalista populista y en la izquierda progresista obsesionada con las diferencias culturales como los grandes problemas del liberalismo. Con ese diagnóstico, la solución aparece de forma evidente: hay que combatir a los enemigos y todo aparece limpio de nuevo.

 Esto es hacerse trampas: señala como grandes obstáculos a fenómenos políticos que han crecido precisamente a causa de las fallas profundas del liberalismo que gente como él promovía; los defectos de su sistema han producido el tipo de clima social que favorece las posiciones iliberales. De manera que insistir en las mismas fórmulas que han causado los problemas y proponerlas como solución, además de añadir moderación y templanza, como propone, simplemente conseguirá que el liberalismo ahonde en su decadencia.

Si bien los propósitos de Fukuyama pueden ser ampliamente compartidos, su perspectiva es extemporánea. Ya no estamos en el momento del fin de la historia, sino en otro muy diferente. Según aseguraba a sus clientes Zoltan Pozsar, analista de Credit Suisse, "China se hizo muy rica haciendo cosas baratas. Rusia se hizo muy rica vendiendo gas barato a Europa, y Alemania se hizo muy rica vendiendo cosas caras producidas con gas barato". Estados Unidos, mientras tanto, "se hizo muy rico con el Quantitative Easing. Pero la posibilidad para el QE provino del régimen de 'baja inflación' que permitían las exportaciones baratas provenientes de Rusia y China". En esencia, este era el mundo liberal real, unos cuantos países y algunas clases sociales dentro de ellos haciéndose ricos, mientras las clases medias y las trabajadoras veían menguar sus recursos. El enredo geopolítico tiene también que ver con esto.

Ahora, como subraya Rana Foroohar en un artículo de 'Financial Times', en el que recoge el diagnóstico de Pozsar, la época tiene un color muy distinto: "Estamos en guerra, guerra significa industria y una industria en crecimiento significa inflación". Y esto, señala Foroohar, implica un modelo completamente distinto de aquel en el que hemos vivido en las últimas décadas, que exige nuevas perspectivas y nuevas soluciones. Algunas de ellas se han puesto ya en marcha, llegarán otras, pero es complicado comprender cómo se puede afrontar este nuevo momento regresando a las prácticas que dominaron las décadas anteriores. Se quiere combatir los problemas actuales con soluciones que ya no responden a las necesidades del momento político, ni al geopolítico ni a las prioridades económicas. Ya no estamos en la era Fukuyama, y nos vendría bien tomar consciencia. "         (Esteban Hernández, El Confidencial, 11/09/22)

26/8/22

Desde los tiempos de la Revolución Francesa, la derecha ha desplegado un conjunto de argumentos comunes para resistir el impulso de la democratización del poder económico y político... Para vencer a la derecha primero hay que entender sus argumentos... utiliza tres tesis retóricas: la tesis de la perversidad... la tesis de la inutilidad y la tesis del peligro

"En 1991, una década después de que la revolución Reagan-Thatcher empujara la política de forma decisiva hacia la derecha, el economista y científico social Albert O. Hirschman publicó un delgado volumen titulado La retórica reaccionaria. El libro establecía una tipología de los argumentos de la derecha: las «principales posturas y maniobras polémicas que probablemente adopten quienes se proponen desacreditar y anular la política ‘progresista’».

Hirschman subrayó que el pensamiento conservador era más que una serie de tropos. Los polemistas de la derecha a veces dan en el clavo. Pero en el conjunto de la política conservadora hay ciertas estrategias argumentativas que aparecen una y otra vez. Y al reconocer esos patrones retóricos, resulta más fácil rebatir los argumentos de la derecha, independientemente de la forma que adopten. 

Tres olas de progreso, tres olas de reacción 

Albert O. Hirschman nació en 1915 en Berlín, Alemania. Tras luchar contra los franquistas en la Guerra Civil española, trabajó con el Comité de Rescate de Emergencia para ayudar a destacados antifascistas a huir de la persecución nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente escapó a Estados Unidos, donde trabajó para el Ejército durante el resto de la guerra y obtuvo una beca en la Universidad de California, Berkeley. Posteriormente ocupó diversos cargos académicos hasta su muerte en 2012. Aunque nunca fue un radical, Hirschman criticó duramente la creciente ola de conservadurismo en la década de 1980 y escribió La retórica reaccionaria como respuesta.

El libro comienza exponiendo tres «olas reaccionarias» en la política occidental. En cada una de ellas, los progresistas avanzaron en proyectos igualitarios que pretendían redistribuir la riqueza y el poder y la derecha luchó para repeler esos intentos con argumentos intelectuales y organización política propia. La primera oleada reaccionaria, que surgió a principios del siglo XIX, se opuso a las demandas liberales de igualdad ante la ley que se plasmaron con mayor claridad en la Revolución Francesa.

 La segunda ola, que se extendió a lo largo del siglo XIX hasta el XX, se opuso al impulso izquierdista del sufragio universal. Como dijo en su momento el historiador Jacob Burckhardt, lamentando la expansión del sufragio en Suiza: «La palabra libertad suena rica y hermosa, pero no debería hablar de ella nadie que no haya visto y experimentado la esclavitud bajo las masas vociferantes, llamadas ‘pueblo’, la haya visto con sus propios ojos y haya soportado los disturbios civiles (…). Conozco demasiado la historia como para esperar del despotismo de las masas algo más que una futura tiranía, que significará el fin de la historia».

La tercera ola de reacción comenzó a finales del siglo XIX, cuando los partidos obreros y socialistas ganaron poder e influencia. Pero realmente se puso en marcha a mediados del siglo XX, cuando partidos cercanos a la clase obrera ganaron las elecciones en toda Europa y democratizaron la economía construyendo el Estado del bienestar, institucionalizando la voz de los sindicatos y, en ocasiones, socializando sectores de la economía.

Esta última ola reaccionaria —contra la democracia económica— ha tenido mucho más éxito que las dos anteriores. Aunque los conservadores han conseguido limitar parcialmente quiénes disfrutan de las libertades civiles básicas y del derecho de voto, el movimiento general ha ido en dirección progresista. No ocurre lo mismo con los derechos económicos. 

Los conservadores, con ayuda de sus aliados centristas, han mantenido en gran medida la línea de las nuevas disposiciones del Estado de bienestar y han privatizado con frecuencia las partes restantes. El terreno político se ha desplazado tanto hacia la derecha que fue Bill Clinton quien proclamó «la era del gran gobierno ha terminado» y el Nuevo Laborismo de Tony Blair el que Margaret Thatcher identificó como su mayor logro. Por encima de todo, los Thatcher y los Reagan detuvieron y —cuando fue posible— aplastaron la capacidad de los trabajadores para remodelar la economía.

Una de las razones por las que los conservadores han tenido tanto éxito en el frente de la democracia económica es porque fueron capaces de influir en un número suficiente de votantes de clase media e incluso de clase trabajadora. Esto demuestra la necesidad de la izquierda de entender los argumentos y la retórica de la derecha política, el tema principal del libro de Hirschman. 

La retórica reaccionaria 

Según Hirschman, los conservadores utilizan tres «tesis» retóricas para argumentar: la tesis de la perversidad, la tesis de la inutilidad y la tesis del peligro. El autor repasa cada una de ellas proporcionando ejemplos históricos y deconstruyendo el razonamiento, a menudo rebuscado, de los conservadores. Al leer a Hirschman, queda claro que, a pesar de sus pretensiones de un realismo duro, la argumentación conservadora a menudo incluye apelaciones autocomplacientes y desprecio por aquellos que consideran indignos.

La tesis de la perversidad es probablemente la mayor culpable a este respecto, ya que los conservadores la tratan como una visión profunda a pesar de su accidentado historial. La tesis de la perversidad sostiene que cuando la izquierda intenta producir algún cambio beneficioso, ocurre «exactamente lo contrario»; sus aspiraciones se vuelven contraproducentes, hechas por la ley de las consecuencias no deseadas. En sus Consideraciones sobre Francia, Joseph de Maistre llegó a sostener que Dios castigaría a los revolucionarios franceses y provocaría la «exaltación del cristianismo y la monarquía».

Este tipo de retórica autocomplaciente —Dios no solo reivindicará sino que otorgará la victoria a los reaccionarios mediante la perversión de los fines progresistas— es, por supuesto, reconfortante para la derecha, pero no muy convincente para cualquiera que no tome las mismas sales de baño. Exabruptos similares acompañaron a las aspiraciones al sufragio universal, donde personas ostensiblemente inteligentes juzgaban a la «mayoría de cualquier país» como «tontos» que solo producirían la ruina. Aparentemente, solo los reaccionarios poseían la visión de futuro necesaria para ver cómo los esfuerzos del ciudadano medio acabarían en desastre.

Pero los delirios de grandeza no son lo mismo que un análisis cuidadoso, y las predicciones conservadoras de que el mundo se desmoronaría si los «órdenes inferiores» obtuvieran la misma posición y el acceso al voto resultaron ser totalmente erróneas. Además, en una de sus mejores objeciones, Hirschman señala que el argumento de los «efectos no deseados» es válido en ambos sentidos. Los programas de bienestar social diseñados para reducir la pobreza también pueden reducir los índices de delincuencia, pero nadie diría que eso es un efecto perverso, aunque sea «involuntario».

El segundo argumento que analiza Hirschman es más aleccionador. Es la tesis de la inutilidad, o la afirmación de que «cualquier supuesto cambio [progresista] es, fue o será en gran medida superficial, de fachada, cosmético, y por tanto ilusorio, ya que las estructuras profundas de la sociedad permanecen totalmente intactas». A finales del siglo XIX y principios del XX, los críticos de la expansión democrática, como Alexis de Tocqueville y Vilfredo Pareto, intentaron demostrar que los triunfos de la izquierda no hacían más que cambiar un orden plutocrático por otro. Los conservadores de hoy en día, como George F. Will, fustigan al Estado del bienestar por haber creado una enorme e ineficiente burocracia que permite a los ricos exigir al gobierno que les conceda más derechos.

Como ha observado Corey Robin, la tesis de la inutilidad es la más eficaz contra la izquierda porque se parece más que de pasada al análisis estructural que favorecen los radicales. Si la ambición es remodelar fundamentalmente las instituciones y las dinámicas de poder de la sociedad, y lo mejor que pueden hacer los progresistas es hacer alteraciones superficiales, los conservadores estarán a mano para declarar: «Te lo dije». El resultado es una sensación de impotencia y, bueno, de inutilidad, por parte de la izquierda.

Y eso es intencionado. Como señala Hirschman, la tesis de la inutilidad no es solo una descripción del mundo, sino un esfuerzo por provocar los mismos resultados que predice. Al proclamar la inutilidad de la política de izquierdas, el crítico conservador espera disuadir al progresista de entrar siquiera en el ring. Lo mejor que pueden hacer los izquierdistas es desprenderse de las disposiciones derrotistas y futilitarias y reconocer que, a la larga, la melancolía beneficia al otro bando.

Después de todo, la izquierda ha logrado a menudo exactamente las transformaciones que los conservadores insistían en que eran imposibles. Los primeros críticos del sufragio universal advirtieron que la democracia descendería inevitablemente a la demagogia o a la lucha civil, desestabilizada por las vulgaridades de lo que Burke llamó la «multitud porcina». En realidad, no solo las democracias establecidas son las políticas más estables y mejor gobernadas del mundo, sino que las métricas de libertad y bienestar son más altas en los lugares donde el papel de los «órdenes inferiores» está más institucionalizado: las democracias sociales.

Del mismo modo, los críticos de la sanidad pública advierten que cualquier desviación de los mercados sanitarios capitalistas tendrá resultados terribles. Pero lo hacen frente a décadas de pruebas abrumadoras de que la sanidad pública produce mejores resultados, una cobertura más equitativa y menores costes. No es casualidad que el Servicio Nacional de Salud (NHS) —la institución más socialista del Reino Unido— sea la más abrumadoramente popular. En cada uno de estos casos (y en otros similares), los izquierdistas decidieron ignorar a los detractores y a los escépticos y seguir adelante, y tuvieron razón.

(Algunos comentaristas conservadores, en particular Thomas Sowell, vinculan las tesis de la perversidad y la inutilidad al afirmar que las políticas progresistas son tanto ineficaces como perjudiciales para los que pretenden beneficiar. Pero, como señala Hirschman, estas afirmaciones básicas son casi contradictorias, ya que la tesis de la perversidad sostiene que es posible que los progresistas cambien drásticamente el mundo —solo para lo negativo—, mientras que la tesis de la futilidad es mucho más cínica en su creencia de que nada cambia fundamentalmente).

El último tropo reaccionario es la tesis del peligro. Mientras que las tesis de la perversidad y la inutilidad son «notablemente simples y escuetas», la tesis del peligro adopta un enfoque más elíptico para combatir la política de la izquierda al afirmar que un «cambio propuesto, aunque quizás sea deseable en sí mismo, implica costes o consecuencias inaceptables de un tipo u otro». En otras palabras, nuestro deseo de tenerlo todo pone en peligro lo que ya hemos conseguido.

Aunque Hirschman se centra en la derecha, la tesis del «peligro» no es solo patrimonio de los reaccionarios. Los políticos contemporáneos de centro, desde Tony Blair hasta Hilary Clinton, expresan su simpatía por los objetivos igualitarios al tiempo que opinan que cualquier esfuerzo radical para alcanzarlos daría lugar a un malestar económico. También tiene profundas raíces en la teoría política liberal: los argumentos de De Tocqueville sobre las tensiones entre la libertad y la igualdad, y la separación de Isaiah Berlin de la libertad «negativa» y «positiva» vienen inmediatamente a la mente. El atractivo de la tesis del peligro surge de la suposición de que no podemos tener demasiado de una cosa buena, o demasiadas cosas buenas, sin poner en peligro otra cosa. Esto conduce a un derrotismo similar a la tesis de la inutilidad, pero más melancólico que cínico en su anhelo de un optimismo que nunca puede realizarse sin peligro.

La tesis del peligro obtiene su poder retórico a través de la insistencia en que una reforma o institución preciada está amenazada. Por ejemplo, las Reflexiones sobre la Revolución francesa de Edmund Burke afirman que los revolucionarios cambiaron un monarca modesto por la violencia y el caos. Pero esto es menos convincente de lo que piensan los reaccionarios, por dos motivos. En primer lugar, como señala Hirschman, si el artificio y la sabiduría humanos lograron alguna mejora en la sociedad a través de una reforma o instituciones anteriores, no hay razón para no hacerlo de nuevo. En segundo lugar —y aquí Hirschman podría haber expresado su punto de vista con más firmeza— el riesgo de poner en peligro un logro apreciado solo resuena si estamos satisfechos con él.

Muchos liberales clásicos contemporáneos se quejan de cómo los progresistas desacralizan a los heroicos Padres Fundadores de los Estados Unidos y su sagrada Constitución, y se preocupan de que en el afán de cambio la izquierda socave un orden constitucional que funciona desde hace mucho tiempo. Pero la Constitución estadounidense era un documento profundamente defectuoso para empezar —rebosante de rasgos antidemocráticos que prolongaron la existencia de la esclavitud— y sigue dando frutos podridos hasta hoy. Si la consecuencia de cuestionar una constitución aristocrática es que ponemos en peligro las cualidades idolátricas asociadas a ella, creo que deberíamos ponerlas en peligro.

La derecha está equivocada 

Como cualquier esquema o tipología, la «retórica reaccionaria» de Hirschman está necesariamente simplificada. Los pensadores conservadores más impresionantes y creativos han desarrollado giros y fusiones más complejas de estas tesis. Aun así, cuando echan mano de sus aljabas retóricas, han aprovechado muy a menudo las flechas de la perversidad, el peligro y la inutilidad para dar un barniz de profundidad y atractivo estético a acuerdos sociales que, de otro modo, mucha gente rechazaría. Muchos de estos arreglos son ahora tan indefendibles que se ve a los conservadores corriendo por ahí afirmando que fueron críticos desde el principio, como con el reciente intento de renombrar el conservadurismo como una defensa de los derechos liberales contra los tiranos woke y la democracia contra los mercachifles fraudulentos.

Esto debería dar a la izquierda la confianza de que, incluso si el arco de la historia no se inclina inevitablemente hacia nosotros, nuestras ideas convencerán a más gente a largo plazo. Y eso es porque son las ideas correctas."               (Matt McManus , JACOBINLAT, 24/08/22)

10/3/22

El lawfare combina estrategias jurídicas ilegítimas con estrategias mediáticas para destruir, a ojos de la opinión pública, al rival político... el caso más conocido es el de de Lula da Silva, ejemplo paradigmático del lawfare. El caso de Brasil destaca por la injerencia jurídica y política del Departamento de Justicia de Estados Unidos en la Operación Lava Jato, la saña con que actuó el juez Moro, pupilo de los cursos de formación de EE.UU. y posterior ministro de Justicia de Bolsonaro, la voluntad explícita de EE.UU. de participar en el negocio de las reservas petroleras del Pré-Sal debilitando la posición de la estatal Petrobras o de neutralizar la política exterior soberana y multipolar de Brasil. Para lograr estos objetivos, se armaron un gran número de causas contra Lula... La multiplicación de causas escasamente fundadas, la creación ad hoc de pruebas y testimonios premiados, la vulneración de la presunción de inocencia por la acción de los medios, el doble rasero en la aplicación de la ley o el retorcimiento de esta, con sus variantes locales, son elementos presentes también en la persecución a Rafael Correa, en Ecuador, o a Cristina Fernández, en Argentina. Esto permite hablar de una pauta de actuación similar

 "Arantxa Tirado Sánchez (Barcelona, 1978) es una de las politólogas heterodoxas más relevantes de nuestro país. Colaboradora del programa de radio Julia en la Onda, es doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Hizo su segundo doctorado en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se especializó en política latinoamericana. 

Hablamos con ella de su último libro, editado por Akal, El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley en el que caracteriza y explica el fenómeno del lawfare como un nuevo golpismo blando promovido por los EE.UU. contra los gobiernos de izquierdas en América Latina. En esta entrevista le proponemos cruzar el Atlántico y preguntarnos si las dinámicas golpistas propias del lawfare se pueden estar dando también en España.  

Lawfare no es un término novedoso, pero sí lo es la centralidad que está adquiriendo para describir una forma de hacer política por medios no democráticos. ¿Cómo lo definirías en unas pocas frases? 

Desde mi perspectiva, el lawfare, o la guerra jurídica, es el uso de una combinación de mecanismos legales, mediáticos y económicos para neutralizar, o incluso aniquilar, a un enemigo político. Es un término que surge en el ámbito militar y, por tanto, se puede considerar una táctica bélica que, por vía de la judicialización de la política, la aplicación de una legislación extraterritorial unilateral, o la injerencia en los sistemas legales y judiciales a través de mecanismos de cooperación asimétrica, logra justificar los objetivos de reconfiguración geopolítica de Estados Unidos en América Latina bajo discursos de lucha contra la corrupción y de defensa del Estado de derecho.  

En tu libro la genealogía del lawfare nos lleva a EE.UU. y a su política exterior, en especial su política exterior hacia América Latina ¿Se trata de una forma menos cruenta que los golpes clásicos para tratar de tutelar a la región?

Se podría afirmar que el lawfare es una manera más sutil de injerencia política que deja menos rastro por su diseño más quirúrgico pero que cumple el mismo objetivo de cambio de régimen. Durante la Guerra Fría, EE.UU. percibía la insurgencia de los pueblos del continente, o la llegada de la izquierda al gobierno, como un mal a extirpar de cuajo, con métodos brutales. 

La contrainsurgencia militar arrasaba poblaciones enteras en una política de tierra quemada como en Guatemala o desaparecía a decenas de miles de militantes políticos, como en Argentina o Chile, para evitar lo que percibían como una extensión del comunismo. Hoy la realidad geopolítica ha cambiado, pero EE.UU. sigue viendo todavía a la izquierda latinoamericana como un enemigo a neutralizar. La influencia de la opinión pública mundial tiene más peso en la agenda política y Estados Unidos debe mantener al menos las apariencias democráticas y tratar de presentar las acciones imperialistas bajo un discurso justificativo sobre sus buenas intenciones. 

Esto no es nuevo pero, tras la guerra de Irak, EE.UU. trata de minimizar el impacto de los “daños colaterales”, incluso en las periferias. Por ejemplo, con intervenciones bélicas más focalizadas, con uso de drones para asesinatos selectivos, bajo la idea de la “guerra limpia”, y también con golpes de Estado parapetados en supuestas irregularidades electorales, como fue el caso de Bolivia en 2019. El lawfare entra dentro de esa lógica de usar otros instrumentos armamentísticos para hacer la guerra: la ley, los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, etc.

 Y no es sólo un tema de tutelar a la región sino de disciplinar a esas fuerzas de la izquierda que llegaron al gobierno tras los años de hegemonía neoliberal pretendiendo desviarse de la influencia estadounidense, aunque fuera mínimamente, con políticas soberanas sobre los recursos naturales de sus respectivos países. Una izquierda que dificultó la penetración de los intereses de las empresas estadounidenses en un territorio que EE.UU. concibe como su área natural de expansión y que, bajo el impulso venezolano, puso en marcha mecanismos de concertación e integración política alternativos al diseño geopolítico estadounidense. Neutralizar estas iniciativas es también el verdadero tema de fondo en el marco de la disputa geopolítica más amplia entre Estados Unidos y China por el control de recursos y mercados en América Latina, y a escala mundial, además de la lucha por conservar la hegemonía política de Estados Unidos a escala regional y planetaria.

El lawfare combina estrategias jurídicas ilegítimas con estrategias mediáticas para destruir, a ojos de la opinión pública, al rival político ¿Podrías ponerme algunos ejemplos? 

El más conocido es el de Lula da Silva, ejemplo paradigmático del lawfare. El caso de Brasil destaca por la injerencia jurídica y política del Departamento de Justicia de Estados Unidos en la Operación Lava Jato, la saña con que actuó el juez Moro, pupilo de los cursos de formación de EE.UU. y posterior ministro de Justicia de Bolsonaro, la voluntad explícita de EE.UU. de participar en el negocio de las reservas petroleras del Pré-Sal debilitando la posición de la estatal Petrobras o de neutralizar la política exterior soberana y multipolar de Brasil. 

Para lograr estos objetivos, se armaron un gran número de causas contra Lula, acusándolo de corrupción por trato de favor en contratos o de haber recibido un apartamento que no llegó a pisar nunca. Querían evitar que se pudiera presentar a las elecciones de 2018, donde las encuestas le daban una holgada victoria. La maquinaria mediática se activó para posicionar esta imagen corrupta de Lula (y también de Dilma Rousseff, que había pasado por un muy cuestionable proceso de impeachment previo) usando a los principales medios de comunicación. Estos se dedicaron durante meses a bombardear sobre los casos de manera sensacionalista, estableciendo una suerte de juicio paralelo, en una operación que bien se pudiera tildar de manipulación de masas. 

Una práctica enfocada a condicionar a la opinión pública brasileña, a la que se sumó un poder judicial y un ministerio fiscal que, coordinados, iban filtrando parte de la información a la prensa para obtener mayor impacto, vulnerando la supuesta imparcialidad del poder judicial, la presunción de inocencia o el debido proceso. Además de las irregularidades procesales, en el lawfare contra Lula se aplicaron herramientas jurídicas que han abierto un debate entre los penalistas más críticos. Finalmente Lula ha acabado siendo absuelto en varias de las causas, otras han sido archivadas, mientras que el juez Moro está siendo investigado por parcialidad.

 La multiplicación de causas escasamente fundadas, la creación ad hoc de pruebas y testimonios premiados, la vulneración de la presunción de inocencia por la acción de los medios, el doble rasero en la aplicación de la ley o el retorcimiento de esta, con sus variantes locales, son elementos presentes también en la persecución a Rafael Correa, en Ecuador, o a Cristina Fernández, en Argentina. Esto permite hablar de una pauta de actuación similar. 

En el caso de Cristina Fernández destaca, además, la intervención en contra de la presidenta por personajes vinculados a los servicios de inteligencia extranjeros y un encarnizamiento mediático, tildado como “periodismo de guerra” por el mismo Grupo Clarín, seguramente agravado por su condición de mujer, pues para destruir su imagen pública se llegó a cuestionar su salud mental, en una lógica de actuación que hace recordar a aquellos que tildaban a las mujeres de histéricas y desequilibradas. Pero el “desequilibrio” de Cristina Fernández era el mismo que tenía Rafael Correa: tratar de democratizar el espectro mediático de sus respectivos países, algo que estos medios hegemónicos y los grupos de poder vinculados a ellos, no les perdonaron.

 Las técnicas de guerra cultural de la nueva ultraderecha reaccionaria se inscriben claramente en una nueva época donde las viejas normas de la democracia liberal son despreciadas sistemáticamente ¿Qué opciones tiene la izquierda para enfrentarse a una derecha que miente y provoca sin complejos? 

Esta es una pregunta clave pero me temo que su respuesta teórica, siendo compleja, es mucho más fácil que el intento de llevarla a la práctica. La ultraderecha siempre juega con ventaja. La primera es que no tiene límites ni escrúpulos. Además, puede permitirse cuestionar las reglas del juego sin que eso tenga repercusiones negativas pues, en el fondo, bajo un discurso aparentemente rupturista lo que hace es defender el funcionamiento del sistema capitalista. Esto el poder lo sabe, de ahí su connivencia o incluso relación orgánica con estas opciones políticas, como muestra el caso de Vox en España. La experiencia histórica ha demostrado que el poder económico, que es el que realmente manda, ha prescindido de la forma política de la democracia liberal cuando lo ha considerado preciso, a la Alemania nazi o al Chile de Pinochet me remito. 

La izquierda, por el contrario, no se siente cómoda en el juego sucio de la ultraderecha. Su tradición política es otra y está vinculada a la defensa de la verdad, como vía para la emancipación. Además, debe mantener las formas, incluso no se le permite expresar abiertamente sus propuestas de un ordenamiento político, económico y social alternativo, cuando las tiene, so pena de una marginación institucional o linchamiento mediático. 

Además, hay otros aspectos de debilidad de la izquierda que dificultan desarmar la estrategia de la ultraderecha. La izquierda está yendo a contrapelo de esas guerras culturales. La ultraderecha logra marcar la agenda del debate político en redes, desviando la atención hacia discusiones estériles y logrando que la izquierda tenga que perder tiempo defendiendo derechos ya adquiridos que no deberían ser siquiera cuestionados. Eso en el mejor de los casos. En otros, hay una izquierda dividida y peleada entre sí.

 Pienso, por ejemplo, en cómo se ha abordado en las redes la Ley Trans en España, avalando por parte de cierto feminismo y cierta izquierda los argumentos y la estrategia de la ultraderecha de usar casos anecdóticos como amenazas generalizadas que justifiquen políticas discriminatorias a determinados colectivos. Hace falta mucha claridad ideológica en estos tiempos y eso pasa por la formación política y por la pedagogía, además de por fomentar el pensar en colectivo frente al individualismo actual. Este, producto de años de hegemonía neoliberal, permite que cale la insensibilidad sobre la que se construye ese “otro” que la ultraderecha presenta como el enemigo.

En definitiva, se necesita una izquierda que no mire tanto a qué hace la ultraderecha, sino que logre marcar los temas de la agenda política, con un discurso propio, que recupere la tradición de los valores colectivos de la izquierda, sin ningún tipo de flirteo con las ideas de la ultraderecha, desmontando sus mentiras y contradicciones con argumentos, eligiendo bien cuándo y dónde confrontarla, para tratar de llevarla a un terreno donde su modus operandi sea menos efectivo. Sin olvidar que lo más efectivo siempre es demostrar con hechos a la clase trabajadora que la izquierda es la opción política que realmente sirve para defender sus intereses. 

¿Hasta qué punto las redes sociales son un terreno de combate relevante en la nueva guerra cultural? 

Son esenciales porque las guerras culturales contemporáneas no pueden entenderse, de hecho, sin el papel de las redes sociales. En la actualidad esta ultraderecha puede posicionar sus mentiras y provocaciones de manera más extendida y efectiva, por el propio formato de redes como Twitter, no diseñadas para el intercambio de ideas sino para las consignas, la simplificación de argumentos y la polémica, donde se pueden posicionar y replicar fake news a golpe de talonario. Pero que lo hace también gracias al crecimiento de Instagram, donde la imagen importa más que los argumentos, o usando influencers en canales de YouTube que ven miles de personas. Y aquí hay que reconocer que la izquierda está siendo reactiva y va también a remolque. 

No creo que sólo debamos enfocarnos a la guerra cultural y a las redes sociales, pero me parece fundamental la disputa en ese terreno pues tiene un peso grande a la hora de conformar el imaginario político de buena parte de la sociedad actual, sobre todo de los jóvenes. Aunque, por supuesto, hay, y debe haber, vida política fuera del mundo virtual, es innegable el impacto que las redes sociales tienen en tanto los medios tradicionales replican sus contenidos y la política se ha desplazado en parte a ellas porque los líderes las usan como ágora principal, para bien o para mal. 

En tu libro pones muchos ejemplos latinoamericanos de lawfare contra la izquierda pero, si me permites una crítica, eres más prudente a la hora de hablar de lawfare en España contra Podemos y los independentistas, no tanto porque no te parezca grave lo que ha sucedido, como por el hecho de que no aparece EE.UU. como operador. ¿Crees que está pendiente el libro sobre el lawfare en España? Quizá deberíamos ponernos a ello. 

Sí, es cierto que mi libro se enfoca en los casos de América Latina y pasa de puntillas en la introducción sobre el lawfare en España, aunque retomo esta conexión en la parte final para lanzar algunas advertencias. Esto es así, primero de todo, porque el libro se hizo con la voluntad de denunciar las nuevas modalidades de injerencia de EE.UU. en América Latina desde una caracterización del lawfare como arma bélica para la reconfiguración geopolítica, tratando de diferenciarla de la mera judicialización de la política. Ese elemento geopolítico con EE.UU. como actor principal en la sombra no se percibe, al menos no de manera directa, en el caso español y catalán, donde operan otras variables y donde el marco geopolítico tiene otras coordenadas por la pertenencia de España a la Unión Europea. Digamos que aquí la UE ya ejerce de camisa de fuerza para la contención política, es decir, para garantizar que cualquier fuerza de la izquierda que llegue al gobierno tenga unos márgenes de actuación bastante limitados, por decir lo menos, como demuestra dramáticamente el caso de Syriza en Grecia.

Sin embargo, creo que se puede hablar de lawfare para el caso español porque la persecución judicial y mediática a varios cargos de Unidas Podemos, al propio partido de Podemos inventando financiaciones bolivarianas con difusión de pruebas falsas de manera coordinada en programas de máxima audiencia, o la arremetida judicial, política y mediática contra las posiciones del independentismo catalán, negando su legitimidad, exceden la mera judicialización de la política. 

Nos encontramos ahora mismo en España en un terreno peligroso: una justicia politizada, con un sesgo ideológico conservador y de clase muy marcado, está usando la ley como herramienta de disciplinamiento político, de la mano de unos medios parcializados, sean privados o incluso públicos, lo cual es todavía más grave, que establecen cuál es la agenda política y dónde están los límites posibles de la acción política legítima. Esta se encuentra siempre circunscrita en un espectro que va del centro-izquierda hacia una derecha que, por el contrario, no tiene límites para expandirse hacia su derecha, ni cuestionamientos contundentes en estos mismos medios sobre su ultraderechización. 

De hecho, estos medios marginan a ideas de izquierda más rupturistas mientras están dando cabida de manera desproporcionada a voces mediáticas que permiten normalizar el marco de análisis de la ultraderecha. El resultado es que legitiman unas ideas excluyentes volviéndolas parte de un sentido común que no se corresponde con la sensibilidad mayoritaria de los ciudadanos españoles pero que, por el eco mediático que reciben, refuerzan las posiciones neofascistas, al menos en el debate público, con cierta traslación en lo electoral también. 

Creo que esta ofensiva mediático-judicial es muy grave, en efecto, y pone en evidencia las trampas de los pilares discursivos en que se sostienen las democracias liberales, mostrando algunas de sus limitaciones. Por ejemplo, en cuanto al respeto que debiera existir ante la voluntad soberana de quienes optan por opciones de transformación económica y ampliación democrática en regímenes que no aceptan, en el fondo, el cuestionamiento de sus fundamentos económicos y políticos.

 No es un problema exclusivo de España pero hace falta explicar cómo opera aquí. Creo que ese libro que propones no tardará porque el lawfare forma parte inevitable del debate político actual. Me consta que en la academia ya hay gente trabajando en el lawfare español y hace meses se publicó un libro sobre el lawfare catalán. Es muy importante que se incorporen más perspectivas al análisis, también desde el ámbito jurídico y no sólo periodístico, sea denunciando el lawfare como ataque a los propios pilares de la democracia liberal, sea analizándolo como parte de un tradicional uso de la ley como expresión de un poder de clase inherente a las democracias liberales. 

Facilita que la sociedad tome conciencia de cómo opera el poder a la hora de evitar cualquier cambio sustantivo y ayuda a tomar conciencia colectiva sobre la necesidad de construir alternativas, sin olvidar que el lawfare es una más de las estrategias del poder, pero no la única.  

Te lanzo ahora un cuestionario rápido. Yo lanzo una voz para un posible diccionario sobre el lawfare y tú haces la descripción de la voz. 

Lula: Un caso paradigmático de cómo se ha usado la persecución judicial para la reconfiguración geopolítica. Su absolución en varias de las causas y el archivo de otras demuestran el carácter totalmente instrumental de las acusaciones en su contra. 

Jeanine Áñez: una golpista que se presenta como víctima de un lawfare inexistente. El colmo del cinismo. 

Rafael Correa: un presidente condenado al exilio por culpa del lawfare que ha tenido en su sucesor a uno de sus principales verdugos. Su mayor delito parece haber sido señalar la falta de democracia mediática y el monopolio existente en los medios de comunicación. 

Juan Guaidó: el títere del fracaso más estrepitoso del golpismo estadounidense en América Latina. 

Kast: el pinochetismo del siglo XXI, muestra viva de las conexiones entre el fascismo histórico y la ultraderecha actual, heredera de la tradición golpista latinoamericana.

Fernández Díaz: el cerebro del Informe Pisa contra Podemos, entre otros, símbolo de esas familias “bien” que siguen creyendo que el Estado es suyo y que pueden operar a su antojo usando las instituciones para la perpetuación de su poder económico y político.

Ana Rosa Quintana: la operadora mediática al servicio de los poderes fácticos españoles, necesaria para la difusión masiva del argumentario de la ultraderecha entre amas de casa y jubilados en horario matutino.

Inda: la pantalla pseudo periodística de las cloacas del Estado español en su versión humana más infame. Ariete principal en la estrategia de neutralización y aniquilamiento de Podemos vía fake news. 

Villarejo: la cabeza visible de la policía política, el fontanero de las cloacas del Estado que dejó de ser útil para ser incómodo. Ejemplo de las continuidades entre la dictadura franquista y el régimen del 78 y de la labor de inteligencia presente en el lawfare."                    

(Entrevista a ARANTXA TIRADO / Autora de ‘El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley’, Pablo Iglesias, CTXT, 02/01/22)

9/2/22

La humanidad primero conquistó la “ciudadanía civil” con las revoluciones americana y francesa en el siglo XVIII (libertad de expresión, derechos del hombre y del ciudadano). En el siglo siguiente se logró la “ciudadanía política” que reguló la participación ciudadana en el ejercicio del poder político... en el siglo XX, con la aparición del Estado de bienestar, se desarrolló la “ciudadanía social y económica”... frente a estos tres grandes avances aparecieron otras tantas tesis reaccionarias. Son las tesis de la perversidad, la inutilidad y la peligrosidad

 "Siguiendo al sociólogo T. H. Marshall, la humanidad primero conquistó la “ciudadanía civil” con las revoluciones americana y francesa en el siglo XVIII (libertad de expresión, derechos del hombre y del ciudadano).

 En el siglo siguiente se logró la “ciudadanía política” que reguló la participación ciudadana en el ejercicio del poder político, extendiendo el derecho de voto a grupos cada vez más amplios. En el siglo XX, con la aparición del Estado de bienestar, se desarrolló la “ciudadanía social y económica” que suponía el reconocimiento de los derechos sociales como la educación, la salud, el bienestar económico y la vivienda, básicos para la vida de un ser civilizado.

En base a este esquema, el economista Albert O. Hirschman expuso en una relevante conferencia Doscientos años de retórica reaccionaria: la tesis de la inutilidad, recogida en Vivir como iguales (1996), las duras respuestas a estas tres oleadas progresistas. Explicó cómo frente a estos tres grandes avances aparecieron otras tantas tesis reaccionarias, que desmenuza y ridiculiza con sutileza. 

Son las tesis de la perversidad, la inutilidad y la peligrosidad. 

La primera sostenía que las políticas públicas tenían un efecto contraproducente porque los programas de bienestar social crearían más y no menos pobreza. 

La tesis de la inutilidad afirmaba que todo intento de cambiar algo sería superficial y, por lo tanto, ilusorio “en la medida que las estructuras profundas de la sociedad permanecen completamente intocadas”. 

La tesis del peligro aseguraba que la ampliación de derechos que suponía el Estado de bienestar pondría en peligro las conquistas previas en libertad individual. (...)"             (Andreu Missé, El País, 07/02/22)

15/11/21

La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra... la izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”... derecha es el populismo trumpista, las paranoias conspirativas y su curso retrógrado, antisemita, chauvinista, contra lo extranjero y diferente

 "La divisoria entre izquierda y derecha pasa por dos vectores fundamentales e inseparables, dice Oskar Lafontaine: el rechazo al modelo neoliberal y el rechazo a la guerra. No se puede ser de izquierdas sin combatir un sistema socioeconómico que pone el beneficio y la explotación en el centro de la economía humana hasta el punto de poner en peligro el futuro de la especie. No es de izquierda quien no repudia el dominio económico y militar de las naciones más fuertes en las relaciones internacionales. 

Es decir, la izquierda es: anticapitalismo, ecologismo, antiimperialismo y antimilitarismo. Lo que queda al otro lado es “derecha” aunque se llame verde o “socialista”. A partir de ahí los programas de transformación, las reformas, los pragmatismos y los posibilismos son cuestiones de táctica, objeto de legítimo y necesario debate, pero obviar alguno de estos vectores fundamentales, o sustituirlos por “estilos de vida”, deja al sujeto fuera de la izquierda. 

La actual confusión, crisis y debilidad de la izquierda en Occidente tiene que ver con la falta de claridad respecto a este consenso general básico. La derecha es otro asunto. No está en crisis pero está dividida. 

El libro de la periodista de derechas americana Anne Applebaum, Twilight of Democracy trata sobre eso. En el coro de plañideras por la división de la derecha, en un vector “liberal” y otro “iliberal”, fenómeno generalizado en Europa y Estados Unidos, el libro de Applebaum es ejemplar por la ceguera del asombro que expresa. 

Applebaum es una cold warrior de los tiempos actuales, una puesta al día de aquel Robert Conquest ayudante del Pentágono en las cruzadas de la guerra fría, cuyo principal mérito fue multiplicar por cinco las cifras, ya de por sí suficientemente horrorosas, de la represión estalinista. 

Cuando Gorbachov abrió los archivos y los números de Conquest se hundieron estrepitosamente, el viejo agente del Information Research Department (IRD), la unidad secreta de propaganda de la inteligencia británica, tuvo la desfachatez de mantenerse en sus trece. Hoy sus libros están completamente desacreditados. Applebaum es una especie de segunda versión de eso. 

Como Conquest, esta autora también escribió premiados libros militantes sobre el Gulag y la hambruna de Ucrania. Académicamente no aportan nada, pero encajan muy bien con la propaganda atlantista hoy requerida para mantener bien dividido el continente y bien demonizada a Rusia.

 Su último libro, traducido al español como El ocaso de la democracia, la seducción del autoritarismo, es interesante porque va más allá de ese servicio. Ejemplifica la incapacidad de la derecha “liberal” para explicar la génesis del trumpismo y sus epígonos europeos como reacción a la propia gestión neoliberal de las últimas décadas. Precisamente por eso, su éxito editorial está garantizado.

Applebaum llegó a Varsovia en 1988 como corresponsal de The Economist, sumó la particular visión polaca de la historia europea (“víctimas de los dos totalitarismos”) a su propio bagaje derechista y se casó en 1992 con el periodista Radosław (Radek) Sikorski, brillante estrella ascendente polaca de la derecha liberal europea que llegó a ser ministro de defensa y exteriores de su país.

 El libro de Applebaum expresa el asombro por la deserción en masa del liberalismo de la derecha polaca para abrazar el populismo trumpista de los hermanos Kaczynski, sus paranoias conspirativas y su curso retrógrado, antisemita, chauvinista y ultracatólico contra lo extranjero y diferente. En ese giro, la autora pierde amigos, se distancia de antiguos compañeros de viaje polacos y europeos, y a la hora de explicar los motivos elude cualquier examen introspectivo.

 Desde finales de los ochenta, toda la reforma liberal-thatcherista de Leszek Balcerowicz (su nombre era invocado con devoción por los liberales de mentalidad estalinista de la escuela de Yegor Gaidar en la Rusia de los noventa) puso en manos del capital extranjero el patrimonio nacional, más del 30% de la industria y el 70% de los activos bancarios, así como el relato que de ello se hacía, el 80% de la prensa escrita. Y todo el proceso se hizo con nocturnidad, sin la menor consulta.

 “El grueso de las decisiones estratégicas del devenir postcomunista del país fue tomado sin consulta o mandato democrático, el orden político que presidió la aplicación del liberalismo económico en Polonia fue en sí mismo una forma de autoritarismo sin control pese a estar apoyado por los demócratas liberales en Polonia y Occidente”, resume Gavin Rae. El referéndum que aprobó la constitución tuvo una participación del 43%, el ingreso en la UE fue apoyado por el 42% (2004) y la inclusión en la OTAN (1999) ni siquiera fue consultada. Es decir: el autoritarismo ahora denunciado ya era una realidad cuando los amigos de Applebaum estaban en el poder como respetables liberales europeístas y atlantistas.

La nueva economía llevó a dos millones de polacos a tenerse que buscar la vida en el extranjero mientras en 2012 el 25% del empleo era temporal. Convertido en símbolo de la corrupción elitista liberal, el propio marido de Applebaum fue pillado en el llamado “Waitergate” comparando las relaciones de Polonia con Estados Unidos con el sexo oral (algo bastante exacto y aplicable al conjunto de la UE) en el curso de una comida de 500 dólares a base de langosta a cuenta del erario público…

 Todo esto tiene cronologías similares en muchos países de Europa. En Francia, con la sociedad más despierta, la reacción –lo que representa el lepenismo– fue mucho más temprana, pero cambiando fechas y nombres cada país puede aportar su propia crónica propiciadora de la marea antiliberal en el campo de la derecha.

En lugar de revisar los resultados de las décadas anteriores, Applebaum prefiere achacar el espectáculo polaco a explicaciones mucho más cómodas como el legado del comunismo, el conservadurismo de la Iglesia católica, las paranoias de la población y sus xenofobias. Su libro expone una deshonesta ceguera ante los desastres propiciados por la amplia derecha neoliberal, un espectro que no solo en Alemania incluye a verdes y socialdemócratas, y es como la traducción al europeo de la leyenda americana que explica el éxito popular del trumpismo en la “injerencia” rusa y otras simplezas.

La degradación de la mayoría, el obsceno enriquecimiento de unos pocos y el descrédito de los medios de comunicación en manos de magnates que han hecho “sexy” al autoritarismo desaparecen del análisis. En su lugar se propone una especie de psicoanálisis, sobre el rechazo del comunitarismo y de ese “estilo de vida” (Sarah Wagenknecht de Die Linke en su libro Die Selbstgerechten – Los Arrogantes) que también es casi el único atributo de gran parte de la “izquierda”. Igualdad y equidad reducidas a “igualdad de género” y similares, la broma del lenguaje inclusivo (gloriosamente rechazado en Francia), justicia como asunto identitario, y caridad hacia los emigrantes, que también la necesitan, en lugar de encarar el imperialismo, el belicismo, la deuda ecológica y el comercio injusto que está en la base de los flujos migratorios Sur/Norte. 

En la última masacre de palestinos protagonizada por Israel en mayo, desencadenada por el ataque a la mezquita al-Aqsa de Jerusalén en pleno Ramadán (¿qué pasaría si la basílica de San Pedro del Vaticano se llenara de gases y balas de goma israelíes en Pascua?), el periodista brasileño Pepe Escobar presentaba así la realidad de la democracia liberal occidental realmente existente: “Bombardeamos sedes de medios de comunicación y destruimos la libertad de prensa en un campo de concentración a cielo abierto mientras prohibimos manifestaciones pacíficas (Francia) en condiciones de estado de excepción en el corazón de Europa”.

El asombro liberal expresa una incapacidad de comprensión relacionada con la decadencia de las democracias de baja intensidad occidentales en el siglo XXI y la deshonestidad intelectual de sus propagandistas.

Una encuesta de abril reveló que por primera vez la confianza del público en los medios de comunicación en Estados Unidos está por debajo del 50%. “Malas noticias para los periodistas: el público no comparte nuestros valores”, tituló The Washington Post, el diario propiedad del quinto hombre más rico del mundo de cuyo consejo editorial forma parte, precisamente, Anne Applebaum. 

No es un asunto de hartazgo con la defensa del privilegio oligárquico, no es una cuestión de la obscena y sistemática justificación del statu quo imperial y de la grosera y más cínica manipulación informativa. Es un asunto de “tecnologías”, del “Internet”, de las “noticias falsas” –como si estas no fueran diarias en la prensa establecida desde siempre– cuando no culpa del pueblo ignorante que ha dejado de sintonizar con unos “valores”... Independientemente de estos diagnósticos, la reacción sigue su curso. A quienes no entienden su sentido solo les queda asombrarse."               (Rafael Poch  , CTXT, 9/06/2021)

18/10/21

Los rojipardos: ¿mito o realidad? Son extrema derecha, e incluso fascistas, con una retórica de izquierda... el parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha

 "«Valores de derecha, ideas de izquierda»: con lemas como este, algunos intelectuales vienen actualizando, en estos años, la tradición «rojiparda», que recubre adscripciones de extrema derecha, e incluso fascistas, con una retórica de izquierda. Si bien se trata de grupos minoritarios, la actual confusión ideológica en las izquierdas, junto con la atracción del soberanismo, les da a estos discursos una circulación que no hay que exagerar, pero tampoco subestimar.

 Desde hace algún tiempo ha reaparecido en el debate público el término «rojipardo». Supuestamente se trataría de la convergencia de sectores de extrema derecha y extrema izquierda que se unirían o, como mínimo, se aliarían en contra del globalismo neoliberal. En medios izquierdistas, sobre todo en Italia o Francia, no faltan artículos que avisan de este peligro. «Cuidado», vienen a decir, «el fantasma rojipardo no ha desaparecido». Los liberales lo utilizan para remachar en lo de siempre: «los extremos se tocan» es su interpretación, «fascismo y comunismo fueron las dos facetas del totalitarismo en el siglo xx y sus epígonos posmodernos siguen en las andadas». Por lo general, los interesados niegan con insistencia esta adscripción –cuando tienen a sus espaldas una militancia de izquierdas– o juegan con esta excelente visibilidad que les brindan los medios –cuando vienen del neofascismo o la ultraderecha–, intentando enturbiar aún más si cabe unas aguas de por sí ya bastante turbias. Ahora bien, ¿el rojipardismo es un peligro? ¿Existe una amenaza rojiparda? ¿De qué estamos hablando en realidad? ¿La clase trabajadora vota a la ultraderecha?

Hay una serie de cuestiones de fondo. La primera se conecta directamente con una pregunta: ¿la nueva ultraderecha ha conquistado votantes de izquierda? O, mejor dicho, ¿las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas? Se está debatiendo mucho al respecto. Las posiciones entre sociológos y politólogos están en algunos casos en las antípodas. La victoria de Donald Trump de 2016 se ha explicado sobre todo por el apoyo de la clase obrera del Medio Oeste abandonada por los demócratas. Este análisis suele solaparse con el concepto del angry white man que por razones tanto económicas como culturales habría votado mayoritariamente por el tycoon neoyorquino1. No cabe duda de que una parte de la clase trabajadora blanca votó por Trump; sin embargo, más que la clase social, han pesado cuestiones como la brecha educativa, el gerrymandering –es decir, la manipulación de las circunscripciones electorales en muchos estados controlados por los republicanos–, la utilización de dosis descomunales de fake news difundidas aún más a través de las nuevas tecnologías –incluida la perfilación de datos de forma ilegal– o el hecho de que la mayoría de los votantes republicanos apoyó a Trump aunque les podía desagradar como candidato2.

De forma similar, en Reino Unido, Francia, Italia y España se ha debatido mucho si la ultraderecha ha mordido en el electorado de izquierdas3. A menudo, la cuestión se ha mezclado con las posturas de las formaciones de izquierdas hacia el euro y la Unión Europea. «Hace falta una izquierda que reivindique la patria y la nación y que no sea euroyonki», han clamado algunos intelectuales y periodistas. No se puede subestimar esta cuestión, pero tampoco se la debe magnificar. En España, por ejemplo, Vox ha pescado casi solamente entre ex-votantes del Partido Popular (pp) o Ciudadanos, mientras que en Italia la Liga de Matteo Salvini ha conseguido atraer esencialmente a ex-votantes de la Forza Italia de Silvio Berlusconi o del Movimiento 5 Estrellas (M5E), además de a unos cuantos abstencionistas4.

El problema es que, por un lado, se suele olvidar que también en las décadas pasadas había sectores no desdeñables de la clase trabajadora que escogían las papeletas de los partidos de derecha. Había obreros que votaban al gaullismo, la Democracia Cristiana y luego Berlusconi o el pp de José María Aznar y o Mariano Rajoy. Por otro lado, no se puede razonar como si la geografía de un país fuese una foto inmutable en la que sigue habiendo ciudades o regiones obreras como hace 30 o 50 años. Esto se debe no solo al evidente proceso de desindustrialización, sino a que en muchos casos los hijos o los nietos de aquellos obreros han podido estudiar y obtener un título universitario. Ya no son clase trabajadora, o por lo menos no trabajan en la línea de producción de una fábrica como sus padres o abuelos: son y, sobre todo, se perciben como clase media, aunque sean trabajadores precarios y en la última década hayan vivido un proceso de empobrecimiento por la Gran Recesión y la aplicación de políticas de austeridad. Este no es un tema baladí.

¿Qué es y qué propone la extrema derecha 2.0?

La segunda cuestión de fondo se relaciona directamente con lo que es y lo que propone la nueva ultraderecha representada por Trump, Marine Le Pen, Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, Santiago Abascal, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y un largo etcétera. En la última década, el debate sobre cómo llamar este fenómeno ha sido interminable: ¿populismo de derecha radical, nacionalpopulismo, extrema derecha, posfascismo o fascismo a secas? No se trata tan solo de una cuestión terminológica y académica: de ella depende en buena medida también su interpretación. Es necesario considerar que: 

a) el populismo no es una ideología, sino un estilo, un lenguaje o una estrategia política; 

b) el fascismo fue un movimiento político y una ideología que concluyó con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial; y 

c) las formaciones que representan los antes mencionados líderes son algo completamente distinto de lo que era no solo el fascismo de entreguerras, sino también el neofascismo de la época de la Guerra Fría.

Por todo esto, he propuesto la definición de extrema derecha 2.05. 

 Este concepto es útil por al menos cuatro razones: 

a) ejemplifica claramente la novedad de este fenómeno, poniendo de relieve la ruptura respecto al pasado, sin perder de vista las líneas de continuidad: esta nueva ultraderecha ha conseguido «desguetizarse», ha dejado las esvásticas y los saludos romanos y se ha puesto una americana y una corbata, haciéndose más presentable; 

b) evita el blanqueamiento de estas formaciones a través del velo de Maya del populismo; 

c) pone de manifiesto la utilidad de una macrocategoría que incluya todas estas experiencias; 

d) subraya la importancia de las nuevas tecnologías para su avance. 

 En cada país, esta extrema derecha 2.0 tiene características peculiares, pero existen unos mínimos comunes denominadores que comparten todas estas formaciones: un marcado nacionalismo, la voluntad de recuperar la «soberanía nacional» (que en Europa se solapa con el euroescepticismo), la negación del rol de los organismos multilaterales, el antiislamismo, la lucha contra la inmigración y la guerra abierta contra lo que definen como la «dictadura de la corrección política», representada por una serie de valores que parecían asumidos ya por las sociedades abiertas, como el respeto de las minorías y un conjunto de derechos civiles (igualdad de género, aborto legal, etc.).

Ahora bien, estas formaciones tienen también importantes divergencias: hay quien es ultraconservador en temas de derechos civiles, como las extremas derechas del sur y del este de Europa o de Brasil, países católicos u ortodoxos, y quien es un poco más abierto en estos temas, como las formaciones del norte de Europa que llegan a defender en algunos casos el matrimonio homosexual, como es el caso del Partido por la Libertad holandés. Hay también diferencias geopolíticas: Salvini y Le Pen admiran a Vladímir Putin, a quien consideran un modelo y un aliado, además de un posible financiador; para los españoles de Vox o los portugueses de Chega!, el atlantismo es un pilar indiscutible; mientras que en Polonia y los Países Bálticos, Rusia es el principal enemigo, sea quien fuere quien gobierna en Moscú. Finalmente, existen posiciones contrapuestas en los programas económicos: hay quien defiende políticas ultraliberales, como Vox, Chega! o Bolsonaro; quien brega por una suerte de Welfare chauvinism, como Le Pen; y quien se sitúa, a veces con evidentes contradicciones, en una posición intermedia, mezclando políticas neoliberales con otras más proteccionistas o sociales. El caso de Trump es paradigmático, así como el del Partido de la Libertad austríaco o el de la Liga de Salvini en Italia, que estando en el gobierno junto al M5E, defendió al mismo tiempo la aplicación del impuesto plano que beneficiaba a los ricos y una reforma de las pensiones para permitir la jubilación cinco años antes respecto a lo establecido durante el gobierno técnico de Mario Monti. Una de cal y otra de arena. Por esto, hay quien, como la investigadora Clara Ramas, ha hablado de dos corrientes dentro de la nueva ultraderecha: los social-identitarios y los neoliberales autoritarios6.

Por último, hay dos características por tener en cuenta de la extrema derecha 2.0. Por un lado, el tacticismo, a veces exacerbado, que la lleva a cambiar de posición en poco tiempo sobre temas cruciales sin entrar aparentemente en contradicción. Piénsese en el giro de la Liga del secesionismo padano en tiempos de su fundador, Umberto Bossi, al nacionalismo italiano con Salvini, o en el cambio de postura por parte de Le Pen y el mismo Salvini de la defensa de la salida del euro a una aceptación de la moneda única y la voluntad de reformar la ue. O, en el ámbito económico, el mismo giro vivido por el Frente Nacional, que ha pasado de políticas reaganianas en tiempos de Jean-Marie Le Pen al ya citado chovinismo de bienestar con su hija Marine, preocupada además por «desdiabolizar» su formación en pos de llegar al gobierno del país7.

Por otro lado, está el tema de la utilización constante de la propaganda que, entre tantos bulos, dificulta mucho la posibilidad de discernir lo real de lo falso. Un ejemplo: cuando era ministro del Interior, Salvini repitió tropecientas veces que había cerrado los puertos italianos para evitar la llegada de migrantes y refugiados. En realidad, aunque se criminalizó a las ong y se aprobaron leyes que complicaban sobremanera la entrada y regularización de extranjeros, los puertos jamás fueron cerrados. Esto no quita que tanto los medios como la mayoría de la población estuviesen convencidos de que Italia había cerrado a cal y canto sus puertos. Algo similar se puede decir del caso de Trump, quien recuerda incesantemente que su preocupación es la de mejorar el nivel de vida de la clase media y trabajadora estadounidense, pero aprobó una reforma fiscal que ha llevado por primera vez en la historia a que los ricos paguen menos impuestos que el resto de los ciudadanos8.

El parasitismo ideológico de la extrema derecha 2.0

Todo esto no excluye que haya un sector de la nueva ultraderecha que se apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas. Salvini, Le Pen y también Trump hablan a los llamados «perdedores de la globalización» y a los «olvidados de la izquierda». El caso del líder de la Liga es emblemático: además de ser hiperactivo en la propaganda en línea –es el político europeo con más seguidores en Facebook–, a menudo con posteos sobre su día a día con el objetivo de mostrarse como «alguien del pueblo», Salvini pisa constantemente las periferias y los pueblos en mítines y fiestas populares, donde se deja ver comiendo salchichas y papas fritas. Asimismo, utiliza un lenguaje popular y sencillo contrapuesto a los intelectuales y a la jerga de la política.

 Es indudable que de fondo se encuentra una triple cuestión: la crisis de los partidos tradicionales, la de la izquierda y la de las ideologías. Por un lado, la forma partido que habíamos conocido en el siglo xx en el mundo occidental se ha convertido en una especie de antigualla. Hoy en día los partidos son más bien marcas: no están arraigados en el territorio, no tienen secciones, militantes o grandes debates internos. Piénsese en el m5e, Ciudadanos o La República en Marcha de Emmanuel Macron. Los partidos no son ya correas de transmisión de las demandas de los ciudadanos hacia las instituciones: nuestras sociedades se han deshilachado aún más. Se ha acelerado consecuentemente ese sentimiento de desarraigo definido como síndrome del forgotten man, en referencia a quienes «se sienten olvidados»: por su situación material y la percepción de haber caído fuera del relato colectivo, buscan frenéticamente a alguien «que pueda representar su inseguridad». No extraña pues que la desconfianza hacia las instituciones –excepto la Policía y el Ejército– haya aumentado exponencialmente en la mayoría de los países en los últimos años9.

Por otro lado, la izquierda ha sufrido una mezcla de desfiguración paulatina, con el giro centrista de la socialdemocracia a partir de la década de 1990 –que con el blairismo asumió una parte del modelo neoliberal–, y de crisis existencial, con la incapacidad de la izquierda radical, al menos en Europa, de encontrar un nuevo lugar tras el fin del socialismo real. Finalmente, existe una profunda confusión ideológica que, si bien poco tiene que ver con el «fin de la Historia» planteado al final de la Guerra Fría por Francis Fukuyama, permite la difusión de planteamientos que aparentemente mezclan ideologías contrapuestas o se proponen superar la dicotomía izquierda-derecha. Lo que explica también, en fin, por qué nos encontramos en una época populista.

Aquí cabe introducir un elemento clave que nos lleva al meollo del tema del rojipardismo: el parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha10. En realidad, no se trata de algo nuevo. En primer lugar, no olvidemos que los fascismos de entreguerras prestaron mucha atención a la cuestión social y a buscar el consenso entre las clases trabajadoras. No cabe duda de que esto se hizo también con la violencia y la represión, pero el encuadramiento de la sociedad en grandes organizaciones de masas fue un elemento crucial. El fascismo italiano gastó muchas energías –sobre todo en el terreno propagandístico– en el proyecto corporativo. La retórica «proletaria» no fue secundaria para un político como Benito Mussolini, que provenía del socialismo revolucionario. Y tampoco lo fue para el llamado «fascismo de izquierda» italiano, los sectores cercanos a Gregor Strasser en el caso del nazismo o el Partido Popular Francés. Como bien explicó el historiador George L. Mosse, el fascismo fue un «organismo saprófago» que intentó apropiarse de todo lo que había fascinado a la gente entre los siglos xix y xx: romanticismo, liberalismo, socialismo, darwinismo, tecnología moderna… ¿No está pasando algo similar con la extrema derecha 2.0?

 No debe olvidarse, además, la capacidad que tuvieron los fascismos de cooptar a ex-dirigentes de partidos de izquierdas, como demuestran, entre otros, los casos de los ex-comunistas Nicola Bombacci, Jacques Doriot, Paul Marion y Óscar Pérez Solís. Mayoritariamente no se trató de oportunismo, sino de una sincera conversión ideológica: según Bombacci, el fascismo mussoliniano era la verdadera realización del socialismo11. En el fondo, aquí encontramos una vexata quaestio, que es la compleja relación entre las categorías de clase y nación que ha marcado la historia política contemporánea. ¿Reivindicar la nación es de derechas? ¿El internacionalismo impide ser patriotas? ¿Clase y nación son identidades antinómicas o emparejables? Es una cuestión que se vuelve a presentar en la actualidad.

En segundo lugar, tenemos la reflexión desarrollada por el filósofo francés Alain de Benoist a partir de finales de la década de 1960. Al calor de las luchas del largo 1968, el fundador del Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés) abogaba por que el neofascismo se centrase en la batalla cultural, creando una alternativa a la cultura positivista y progresista liberal y marxista. Se debía aprender de la izquierda para convertirse en hegemónicos, introduciendo en los discursos del adversario temáticas de derechas o apropiándose de sugestiones de izquierdas para reelaborarlas. Así, la Nouvelle Droite [Nueva Derecha], influenciada por el tradicionalismo anti-Ilustración y el neopaganismo de Julius Evola, abogó por abandonar el racismo biológico –inutilizable tras Auschwitz– y por construir una antropología antiigualitarista basada en conceptos como el diferencialismo identitario y el etnopluralismo, que podían además encontrar puntos de contacto con el antimundialismo compartido por parte de la izquierda. Hay que recordar que el cofundador del grece junto a De Benoist, Guillaume Faye, fue autor en 1981 del libro-manifiesto del antimundialismo, Le système à tuer les peuples [El sistema para matar a los pueblos]12. De Benoist había leído a Antonio Gramsci: de la guerra de posiciones planteada por el intelectual sardo surge en buena medida la propuesta metapolítica del francés que permitió una paulatina renovación de la ultraderecha. El llamado gramscismo de derechas de De Benoist es pues un Gramsci demarxistizado13.

La Nueva Derecha tuvo influencia más allá del Hexágono: piénsese en la Neue Rechte de Heinning Eichberg en Alemania y la Nuova Destra italiana o la estrategia entrista de militantes neofascistas y neonazis en la primera Liga Norte de Bossi, como Mario Borghezio, Gianluca Savoini o Gilberto Oneto, que la dotó de la simbología identitaria padana. Marco Tarchi, el intelectual de referencia de la nueva derecha italiana, abogaba ya a finales de los años 70 por «nuevas síntesis» que rompiesen la contraposición entre derecha e izquierda14. El fin del mundo bipolar y la descomposición de la Unión Soviética dieron alas a esta interpretación que se saldó con la propuesta eurasianista de Alexander Dugin15.

 

Nacionalbolcheviques y rojipardos en la historia

Ahora bien, si damos un vistazo al último siglo, encontramos diferentes experiencias de rojipardismo en momentos de tensiones o rupturas geopolíticas. Las primeras muestras de nacionalbolchevismo se dieron de hecho en Alemania en 1919, alrededor de la firma del Tratado de Versalles, tras la derrota en la Gran Guerra. Según Erich Müller, quien en 1932 dedicó un libro a este fenómeno, en los años de la República de Weimar hubo tres tipologías de nacionalbolchevismo: el táctico, representado por las corrientes rusófilas de la política prusiana y alemana; el político, encarnado por algunos grupúsculos cercanos a figuras como la de Ernst Niekisch; y uno coincidente con el filón nacional del Partido Comunista Alemán (kpd, por sus siglas en alemán). De hecho, el término nacionalbolchevismo –o bolchevismo nacional– se empezó a utilizar entre 1919 y 1920 cuando el dirigente de la Internacional Comunista, Karl Radek, y el mismo Lenin criticaron duramente la posición expresada por dos cuadros del kpd de Hamburgo, Heinrich Laufenberg y Friedrich Wolffheim, quienes con el objetivo de reabrir el conflicto y derrotar al capitalismo internacional defendían la transformación de la lucha de clases en guerra entre naciones. Si excluimos la rusofilia de sectores políticos e intelectuales germanos y la corriente nacional del kpd, el nacionalbolchevismo tout court se presentó como un magma heterogéneo de grupúsculos, siempre divididos entre sí, que no llegaron a sumar 5.000 militantes en el ocaso de la República de Weimar16.

Un segundo momento es el del largo 1968, cuando sectores neofascistas intentaron adaptarse a los nuevos tiempos en sintonía en buena medida con la reflexión hecha por De Benoist. Ahí encontramos al grupo de Lotta di Popolo en Italia –que sumó algunos centenares de militantes entre 1969 y 1973–, que se presentó como la continuación de la experiencia de la Joven Europa, el movimiento creado por el ex-socialista y ex-ss Jean-François Thiriart. Los nazi-maoístas –así se les tachó– clamaban por la unidad del pueblo y una Europa unida, defendían las luchas de liberación nacional en África y Asia, y se definían como una organización revolucionaria antisistema «ni de derechas ni de izquierdas». En realidad, como apunta Nicolas Lebourg, más que nazi-maoístas eran un movimiento tradicionalista revolucionario que recuperaba la idea de socialismo «europeo» y «viril» de los colaboracionistas franceses Marcel Déat y Pierre Drieu La Rochelle17. Según Alfredo Villano, Lotta di Popolo tenía los rasgos antiburgueses y anticapitalistas del fascismo de izquierda injertados en las ideas de Thiriart y las experiencias de autogestión del movimiento estudiantil18. Experimentos similares se dieron también en Francia y Alemania. La Causa del Pueblo/Organización Revolucionaria Nacional (nrao-sdv, por sus siglas en alemán) –unos 400 militantes a mediados de la década de 1970– defendía una revolución nacional, ecológica y socialista e intentó –sin conseguirlo– entrar en Los Verdes. En los años posteriores se dieron otros casos que siguieron el mismo patrón, como el grupo de Tercera Posición en Italia –cuyo eslogan era «Ni Frente Rojo ni reacción»–, fundado por Roberto Fiore y Gabriele Adinolfi, quienes unas décadas más tarde se convertirán en los líderes de las dos principales organizaciones del neofascismo transalpino, Forza Nuova y CasaPound Italia.

Finalmente, el tercer momento es el del final de la Guerra Fría, cuando se juntaron las nuevas formulaciones hijas de los años 70 –el grupo de la revista Orion de Claudio Mutti y Maurizio Murelli, Nouvelle Résistance de Christian Bouchet, el Movimiento Social Republicano de Juan Antonio Llopart, etc.– con el euriasianismo de Dugin. El mundo postsoviético se convirtió en el verdadero laboratorio que los nacionalistas revolucionarios occidentales miraban con interés: en 1993 se fundó en Rusia el Partido Nacional-Bolchevique (pnb), liderado por Eduard Limónov acompañado hasta 1998 por el mismo Dugin. El pnb adobaba de fraseología aparentemente marxista-leninista su propuesta, que se fundaba en tres ideas: un Estado fuerte y militar, la mitización del pueblo ruso y el resentimiento contra Occidente y los judíos. Todo bajo la interpretación geopolítica e histórica del eurasianismo que, más que una tercera vía entre capitalismo y comunismo es, en la acertada definición de Marlene Laurelle, la versión rusa de la extrema derecha europea. Y es justamente durante esta coyuntura cuando se acuña el concepto de rojipardismo: por un lado, en 1992 Boris Yeltsin tacha de rojipardo al Frente de Salvación Nacional impulsado por el comunista Guennadi Ziugánov, al cual se sumó también el pnb de Limónov19. Por otro lado, en julio de 1993, se publica en Francia un llamamiento de diferentes intelectuales de izquierda en contra de la tentación nacional-comunista y el peligro de una deriva rojiparda. Se hacía referencia especialmente al escándalo que se montó por la invitación que el Instituto de Estudios Marxistas, vinculado al Partido Comunista Francés (pcf), había hecho a De Benoist para participar en algunas conferencias20.

La galaxia rojiparda en la actualidad

Como se puede ver, el rojipardismo reaparece de vez en cuando como un río cárstico, sobre todo en momentos de tensiones geopolíticas y «confusión» ideológica. No es casualidad, pues, que en los últimos años hayamos tenido nuevas muestras de ello. Al fracaso del proyecto de Nuevo Orden Mundial estadounidense, el creciente protagonismo de China, las tensiones en la ue por la salida del Reino Unido, la ola populista global y ahora la crisis por la pandemia de covid-19, se suman además los cambios en el mundo del trabajo por la cuarta Revolución Industrial y una profunda crisis cultural en Occidente.

En buena medida, y sin entrar en un mapeo de todas las experiencias que podríamos etiquetar de rojipardas, se trata de grupúsculos de extrema derecha o claramente neofascistas que asumen un discurso y lemas de izquierda. En la estela de De Benoist, consideran la derecha y la izquierda como dos ideologías superadas: ahora el enemigo es el «mundialismo» representado por figuras como Georges Soros y Bill Gates. Dicen defender la soberanía nacional y al pueblo, proponen políticas proteccionistas y de gasto social en el ámbito económico, son profundamente antiestadounidenses y antiimperialistas, consideran la ue y el euro como una jaula y reivindican a figuras heterodoxas que no encajan en el clásico panteón neofascista (el Che Guevara, Hugo Chávez, Evo Morales…). Suelen ser muy conservadores en temas de derechos civiles: defienden la familia tradicional, un tema que se conecta directamente con el comunitarismo de Thiriart, y se oponen a la inmigración declinando «marxísticamente» teorías xenófobas al definir a los migrantes como un «ejército industrial de reserva». Así, critican duramente la que definen, en la expresión del filósofo rojipardo italiano Diego Fusaro, la «izquierda fucsia» o «arcoiris», que sería globalista y favorable a la acogida de los migrantes. Son muy provocadores y claman contra la dictadura de la corrección política que impediría, según ellos, la libertad de expresión. Podríamos decir, pues, que el rojipardismo de la década de 2010 es en buena medida la versión 3.0 del que se había dado entre los años 70 y 80. No es casualidad que en un número no desdeñable de casos estén las mismas personas provenientes de círculos neofascistas de esos años.

Ahora bien, si no cabe duda de que los rojipardos siguen siendo ultraminoritarios como en las décadas pasadas, también es cierto que directa o indirectamente sus ideas tienen una difusión nada desdeñable en medios y redes. Además, parte de la extrema derecha 2.0 –que se ha convertido respecto al pasado en hegemónica en distintos países– compra su discurso, y algún que otro dirigente de izquierda muestra interés por su propuesta (o, al menos, parte de ella). Por esto creo que la imagen más correcta para entender el rojipardismo en la actualidad es la de una galaxia: alrededor de un sol extremadamente pequeño, formado por los grupúsculos, periódicos, editoriales y páginas web rojipardas –es decir, neofascistas con una fraseología izquierdista–, gira una serie de planetas y satélites que rodean a su vez a esos planetas. Pero sobre todo, vemos las irradiaciones de esa estrella en lugares más o menos lejanos.

Así, en el corazón de esta galaxia en España encontramos la última creación de Llopart, la revista La Emboscadura o el periódico digital El Manifiesto, mientras en Italia, que es sin duda alguna un verdadero laboratorio político en este sentido, tenemos pequeños periódicos online como L’Intellettuale Dissidente, L’Antidiplomatico y La Via Culturale, o movimientos como Vox Italiae –cuyo lema es «valores de derecha, ideas de izquierda»–, fundado por Fusaro, quien aunque se define como filósofo marxista colabora con Il Primato Nazionale, la revista de los autodenominados «fascistas del tercer milenio» de CasaPound Italia, se codea con Dugin, defiende el comunitarismo y considera a De Benoist su referente21.

Luego, entre los planetas más o menos lejanos, encontramos a sectores de izquierdas que abogan, por táctica o convicción, por una posición más rígida en el tema de la inmigración, valores más conservadores y la defensa de la soberanía nacional. En estos temas pueden tener puntos de contacto con la nueva ultraderecha. No extraña pues que hacia 2017 se hablara de un posible eje entre Le Pen y Jean-Luc Mélenchon contra el liberal Macron, o que en el país galo se lancen proyectos como Front Populaire, la revista del filósofo izquierdista Michel Onfray, que se propone unir a los soberanistas de ambas orillas22. En 2019, en Reino Unido, el politólogo Maurice Glasman creó Blue Labour (Laborismo Azul), un grupo de presión dentro del Partido Laborista cuyo lema era «trabajo, familia, comunidad» y que se planteó dialogar con los neofascistas de la Liga de Defensa Inglesa de Tommy Robinson23. En Alemania, en 2018, Sahra Wagenacht fundó Aufstehen (Levántate) con posiciones muy críticas hacia las políticas de fronteras abiertas. En Italia tenemos el pequeño grupo Nuova Direzione, con el periodista Carlo Formenti –con un pasado en Autonomia Operaia–, y Patria e Costituzione, la asociación política fundada por el ex-dirigente del Partido Democrático Stefano Fassina. En España, finalmente, hemos visto en el último bienio a figuras sui géneris de Podemos –como Jorge Vestrynge, con un pasado en la posfranquista Alianza Popular, o Manolo Monereo, proveniente del Partido Comunista de España (pce) y estrecho colaborador de Julio Anguita– defender posiciones similares. Monereo, por ejemplo, apadrinó en la península ibérica a Fusaro, alabó las medidas sociales del gobierno italiano de Salvini-Di Maio y se dejó entrevistar por La Emboscadura defendiendo una izquierda claramente soberanista.

¿Una opción con futuro?

Como se puede ver, es realmente complicado trazar un mapeo de todas las experiencias que podrían acabar de una forma u otra bajo la etiqueta de rojipardismo. Quizás tampoco tiene demasiado sentido hacerlo: el riesgo es el de ver nacionalbolcheviques por todos lados y crear un fantasma que se pasea por nuestras ciudades. También en estos tiempos gaseosos, el rojipardismo tout court sigue siendo formado por sectores ultraminoritarios del nacionalismo revolucionario que utilizan una fraseología izquierdista para camuflarse. Como apunta David Bernardini, desde su nacimiento en la República de Weimar el rojipardismo es «una corriente en la derecha radical que busca de distintas maneras combinar los dos polos movilizadores del siglo xx, la clase y la nación, el socialismo y el nacionalismo, para definir un proyecto soberanista, autoritario e identitario, a menudo proyectado en una dimensión euroasiática»24.

Ahora bien, tampoco debemos subestimar la influencia que esta corriente tiene en la opinión pública y sobre todo en algunos sectores de izquierdas, aunque sean aún minoritarios al día de hoy. Sin duda, hay gradaciones y matices entre quienes desde el mundo progresista acaban consciente o inconscientemente influenciados por estas ideas. Pero no cabe duda de que respecto al pasado las izquierdas parecen más permeables a estos discursos. La razón se encuentra en la desorientación general y en la profunda crisis de identidad que están viviendo los proyectos progresistas. Es a partir de ahí, pues, de donde se debe empezar: de la reformulación por parte de las izquierdas de un proyecto esperanzador e incluyente y de volver a dar la batalla cultural. Y, por otro lado, llamando las cosas por su nombre: los ultraderechistas que defienden políticas sociales (solo para nativos) son ultraderechistas, no son ni populistas ni una «nueva izquierda», como les gusta repetir a algunos de ellos. De esta forma, el peligro rojipardo, aunque no desaparecerá, seguirá siendo un fenómeno minoritario."                   (Steven Forti ,  NUSO Nº 288 / Julio - Agosto 2020)