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14/12/23

David Talbot, en su libro 'La Conspiración', narra la historia de dos hermanos provenientes de la élite que quisieron transformar el mundo, se enfrentaron a las fuerzas que impedían el cambio y acabaron asesinados... se enfrentaron contra el poderoso establishment de seguridad nacional de EE.UU. que estaba decidido a tener un enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética... y desafiaron al ala sureña de su propio partido y al racismo arraigado en el sur estadounidense... Robert Kennedy también se enfrentó con la CIA, que a su juicio no era lo suficientemente leal al presidente Kennedy... Cuando Robert Kennedy escuchó la trágica noticia de la muerte de su hermano, inmediatamente sospechó que la peligrosa alianza entre la CIA y la Mafia se había vuelto contra JFK... tuvieron que pagar un precio terrible por ello en forma de profundos resentimientos. "Las élites saben la verdad sobre el asesinato de John F. Kennedy, pero los medios se la callan"

 "David Talbot tenía 16 años y trabajaba como voluntario para la campaña de Robert Kennedy la noche en que éste fue alcanzado por ocho balas de calibre 22. Para Talbot, periodista de éxito (trabajó en The New York Times, colaboró con Rolling Stone y New Yorker, y fue fundador y editor de la revista Salon) aquel momento supuso, como para tantos otros estadounidenses, el fin de la esperanza en el futuro de su país. Con su excelente La conspiración (cuyo título original es Brothers), la obra que la editorial Crítica puso en el mercado con motivo del 50 aniversario del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, Talbot trató de recomponer la confianza perdida buscando respuestas desde una nueva perspectiva. El libro repara especialmente en la figura de Robert, su hermano y más fiel seguidor, para construir una memoria sentimental y política de una época que marcó de modo definitivo el resto del siglo XX.

La conspiración es, ante todo, una tragedia griega llena de afectos, intrigas y malvados, cuyo telón de fondo es el de las vidas del ciudadano medio de Occidente. El Confidencial habló extensamente con David Talbot, quien arroja luz en la conversación sobre los años que van desde el inicio de la presidencia de JFK hasta el asesinato de Robert.

E.C. Ha definido La conspiración como un drama épico americano. Y hay mucho de gran tragedia, porque es la historia de dos hermanos provenientes de la élite que quisieron transformar el mundo, se enfrentaron a las fuerzas que impedían el cambio y acabaron asesinados.

D.T. Sí, Brothers da la verdadera medida del valor de los hermanos Kennedy. A los medios de EEUU les gusta centrarse principalmente en el aspecto físico y en el estilo de la familia mucho más que en la parte más valiente de los Kennedy. La verdadera razón por la que hay que recordar a John F. Kennedy y a su hermano Robert, quien fue su principal compañero político, es que sacrificaron sus vidas para hacer que la historia avanzase. Los dos grandes problemas a los que se enfrentaba Estados Unidos cuando John asume la presidencia en 1961 eran la supervivencia humana en la era nuclear y el creciente clamor por la justicia racial. Los Kennedy lograron que se avanzase enormemente en esas dos cuestiones esenciales y, al hacerlo, se enfrentaron contra el poderoso establishment de seguridad nacional de EE.UU. que estaba decidido a tener un enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética, a pesar de las enormes pérdidas de vidas humanas que se habrían derivado de ello. Los Kennedy también desafiaron al ala sureña de su propio partido y al racismo arraigado en el sur estadounidense. Hay que tener en cuenta que JFK envió agentes federales y soldados del Ejército de Estados Unidos a la Universidad de Mississippi en una noche infernal de disturbios y violencia, para obligar a la universidad a admitir a su primer estudiante negro y tuvieron que pagar un precio terrible por ello en forma de profundos resentimientos.

La posición de Robert fue peculiar, porque sospechaba que la muerte de su hermano no la había causado un francotirador solitario, pero tampoco podía investigar a fondo para saber qué había ocurrido y menos aún proclamar sus dudas. Tuvo que soportar mucho dolor, y mucho miedo, mientras planificaba los movimientos estratégicos que le podrían llevar al poder de nuevo.

Sí, Robert Kennedy fue sometido a una prueba agónica tras el asesinato de su hermano. RFK fue uno de los investigadores más experimentados de los Estados Unidos, cuya destreza adquirió en la lucha contra la Mafia que llevó a cabo cuando fue un joven asesor del Senado y que prosiguió como Fiscal General, una vez que su hermano alcanzó el poder. Robert Kennedy también se enfrentó con la CIA, que a su juicio no era lo suficientemente leal al presidente Kennedy.

En 1962, Robert estaba profundamente alarmado al descubrir que estas dos fuerzas clandestinas, la CIA y la Mafia, habían planeado un complot para asesinar a Fidel Castro. Cuando Robert Kennedy escuchó la trágica noticia de la muerte de su hermano el 22 de noviembre de 1963, inmediatamente sospechó que esta peligrosa alianza entre la CIA y la Mafia se había vuelto contra JFK. Pero el nuevo presidente en la Casa Blanca, Lyndon Johnson, odiaba al joven Kennedy, y la Comisión Warren, designada por el presidente Johnson para investigar el asesinato de JFK, fue dirigida por enemigos de los Kennedy. Así que Robert sabía que iba a tener que esperar a regresar al poder para investigar a fondo la muerte de su hermano. Esa es una de las razones por las que RFK decidió postularse a la presidencia en 1968.

Robert tenía la sospecha de que después de su hermano vendría él, que su persona constituía un problema pendiente. Usted asegura que un aspecto importante de la operación contra JFK era lograr inmovilizar a Robert.

El complot contra JFK fue orquestado por expertos y tenía todas las características de una operación de inteligencia sofisticada. Tan pronto como Robert se enteró de la muerte de su hermano, supo que se estaba enfrentado a un enemigo poderoso. Y sabía que no podía confiar en las agencias de seguridad que habían traicionado a su hermano, la CIA , el FBI o el Servicio Secreto. Así, en la tarde del 22 de noviembre 1963, la casa de RFK en McLean, Virginia, fue rodeada por US Marshals partidarios de Kennedy, figuras pertenecientes a un departamento menor del gobierno federal. Los US Marshals estaban dirigidos entonces por un duro neoyorquino de origen irlandés en quien la familia Kennedy confiaba. Este es un momento sumamente dramático en la historia de EEUU, con el gobierno violentamente fracturado y con el Fiscal General y el hermano del presidente rodeado de protección porque le podían matar y no sabía quién, si la CIA o los sicarios de la Mafia.

¿Qué le parecen las versiones que insisten en que fue Lee Harvey Oswald el autor del asesinato, instigado por Castro? ¿Por qué surgen ahora tantos anti-Kennedy?

Los rumores y las acusaciones que vinculan a Harvey Oswald con Fidel Castro comenzaron inmediatamente después del asesinato de JFK, y esta campaña de desinformación está vinculada a fuentes de la CIA. De hecho, el último libro encargado de vender esta mentira, Secretos de Castro, de Brian Latell, fue escrito por un exoficial de la CIA. No hay nada de cierto en esta acusación, una conclusión a la que incluso llegó la Comisión Warren, y que fue ratificada por investigaciones posteriores. Castro sabía que atentar contra el Presidente de Estados Unidos equivalía a suicidarse y ciertamente el líder cubano no era un estúpido. Pero además, a pesar de las hostilidades que el presidente Eisenhower y la CIA habían iniciado contra el régimen de Castro, en los últimos meses de su presidencia, JFK había abierto canales diplomáticos secretos con La Habana con vistas a diseñar una solución pacífica. Castro, de hecho, se quedó muy abatido al enterarse de la muerte de Kennedy, ya que se dio cuenta al instante de que eso "iba a cambiarlo todo”.

Llama la atención la convicción absoluta de Robert en que no habían sido los comunistas. De hecho, mandó un emisario a Moscú para comunicarles que sabía que ellos no habían sido, ¿no?

Robert se dio cuenta inmediatamente de ese trabajo de desinformación que intentaba hacer de Oswald un agente comunista. Y se lo comunicó a Moscú a través de un amigo de confianza, muy cercano a la familia, llamado Bill Walton. En los días posteriores al asesinato de JFK, cuando estos rumores sobre Oswald se propagaban masivamente a través de los medios de EEUU, Robert y Jacqueline Kennedy, la viuda de JFK, pidieron a Walton que llevase un mensaje a los funcionarios soviéticos trasladándoles que ellos no culpaban a Moscú del asesinato y que sospechaban que el presidente había sido víctima de una conspiración en el más alto nivel de EEUU. Se trata de un mensaje muy peculiar para enviarlo a Moscú durante la Guerra Fría, y revela de modo inequívoco la escasa confianza que Robert Kennedy tenía en su propio gobierno.

¿Menospreciaron los Kennedy las fuerzas a las que se enfrentaban? Porque parece evidente que cuando tu enemigo es J. Edgar Hoover, va a haber problemas seguro. O cuando lo es alguien como Curtis LeMay, un militar que, según cuenta, fue capaz de decirle a la esposa de un senador que la guerra con la Unión Soviética era inevitable, que la mayoría de las ciudades estadounidenses acabarían destruidas y que lo mejor que podía hacer era huir a una zona despoblada.

Es cierto que los Kennedy, a causa de su riqueza, sus privilegios y su ambición, tenían demasiada fe en su capacidad de transformar la estructura de poder de Washington. Ellos no valoraron plenamente el poder de hombres como el jefe de la Fuerza Aérea Curtis LeMay (a quien JFK consideraba un belicista fuera de control), el director del FBI J. Edgar Hoover, y el legendario director de la CIA Allen Dulles. Cuando JFK despidió a Dulles, después de la desastrosa invasión de Bahía Cochinos en 1961, se ganó un enemigo peligroso. Dulles estaba en el centro de lo que el profesor Peter Dale Scott ha llamado "política profunda" (Deep politics) esa red oculta de intereses poderosos que manipulan las acciones oficiales desde bastidores. Cuando fue expulsado de la CIA, Dulles siguió trabajando como si estuviera todavía en el poder, convirtiendo su casa en el barrio de Georgetown de Washington en el centro de un gobierno en el exilio contra Kennedy. Entre los muchos agentes de la CIA que fueron a visitar a Dulles o que se comunicaron con él estaban James Angleton, Richard Helms, Howard Hunt y William Harvey, todos ellos conectados, según los investigadores, con el asesinato del presidente Kennedy y su posterior encubrimiento.

¿Esa lucha entre el poder político y los poderes que, sintetizados en lo que se llamó el “complejo militar-industrial”, pretendían dirigir de facto los países, sigue existiendo? ¿Es tan complicado llevar adelante las decisiones de los políticos, como entonces?

Todos los presidentes desde Kennedy han sabido lo peligroso que resultaría hacer frente a los pilares del poder de EEUU, como Wall Street, la industria de la energía y el complejo de seguridad nacional

El "complejo militar-industrial", acerca del cual el presidente Eisenhower advirtió a Estados Unidos cuando dejó la Casa Blanca en 1961, ha crecido hasta dominar toda la economía de EEUU. Nuestro país ha sido una sociedad militarizada desde la Segunda Guerra Mundial, con la Guerra Fría y ahora la Guerra contra el Terror como los motores que impulsan las empresas estadounidenses. JFK fue el último presidente en desafiar a esta enorme fuerza y pagó con su vida. Todos los presidentes desde Kennedy han sabido lo peligroso que resultaría hacer frente a los pilares del poder de EEUU, como Wall Street, la industria de la energía y el complejo de seguridad nacional. La administración Bush-Cheney era una criatura que pertenecía por completo a este complejo, que se nutre de la guerra y la expoliación planetaria. El presidente Obama llegó al poder ofreciendo una visión más optimista de América y de su lugar en el mundo, pero ha presidido el periodo de mayor crecimiento del estado de vigilancia masiva.

Los asesinatos de los hermanos Kennedy fueron algo traumático. Generaron mucha desconfianza, especialmente entre las élites, por lo que tenía de aviso para navegantes.

El asesinato descarado del presidente Kennedy, a plena luz del día en las calles de una ciudad de Estados Unidos, envió un mensaje escalofriante a la élite de EEUU. Los líderes políticos como Lyndon Johnson y Richard Nixon inmediatamente se dieron cuenta de que JFK fue víctima de una poderosa conspiración y hablaban entre ellos en voz baja entre ellos acerca de las consecuencias de este crimen, mientras aseguraban al público que Oswald había actuado solo y que el caso estaba cerrado. Los medios de EEUU, incluyendo amigos cercanos de JFK como el editor del Washington Post Ben Bradlee, también estaban preocupados en privado acerca de la existencia de una conspiración, pero no hacían nada para investigar el crimen y promovían el mito del francotirador solitario. Ningún miembro de las élites políticas o de los medios de comunicación de EEUU estaba dispuesto a arriesgar su carrera (o su vida) abriendo la puerta de este oscuro túnel. A excepción de Robert Kennedy, que corrió la misma suerte que su hermano.

También fue traumático para el ciudadano, que vio cómo la máxima autoridad de su país podía morir asesinada sin mayor problema. En este sentido, ¿en qué cambiaron los asesinatos de los hermanos Kennedy los EEUU?

El asesinato de JFK traumatizó a toda una generación de estadounidenses. Desde Dallas, las encuestas han mostrado que la mayoría de la población de EEUU ha tendido a rechazar la versión oficial de los hechos. Esto no sólo condujo a una constante erosión de la confianza pública en la autoridad del gobierno y de los medios sino que también dio lugar a un creciente malestar cívico que percibe que la democracia de EEUU es una farsa y que el poder real está en manos de una élite despiadada dispuesta a hacer cualquier cosa para mantener su estatus privilegiado.

El asesinato de los hermanos Kennedy, y de otros líderes visionarios como Martin Luther King Jr., nos privó a los americanos de una confianza esencial en nuestro futuro. Sus muertes llevaron a la guerra de Vietnam y a conflictos cívicos y, a largo plazo, a una polarización cada vez mayor entre los súper ricos y los súper poderosos y el resto de nosotros. También dio lugar a un estado de guerra permanente y a la vigilancia a lo Gran Hermano. Desde Vietnam, EEUU ha estado en un constante estado de guerra virtual.

Es curioso, porque todo el mundo sabe que la tesis de que fue Lee Harvey tiene demasiadas lagunas. La gente de la calle lo sabe, y la élite lo sabe, pero los medios suelen ser muy escépticos respecto de otra explicación que no sea la de que Lee Harvey Oswald fue el autor de todos los disparos. ¿Por qué?

Es correcto decir que la “calle” de Estados Unidos no se cree el mito de Oswald, lo cual dice mucho del estadounidense medio, que ha sido objeto de enormes lavados de cerebro sobre el asesinato y el verdadero legado de JFK. Este lavado de cerebro a través de los medios ha alcanzado un nivel enorme de ignorancia en el 50 aniversario de la muerte de JFK. A pesar de que altos funcionarios como el secretario de Estado John Kerry se atrevieron a expresar sus dudas sobre el mito Oswald, los principales medios de comunicación no han permitido ningún debate serio sobre la posibilidad de la conspiración de Dallas. Este “apagón” de las opiniones discrepantes es muy similar al control absoluto de la conciencia pública que se ve en las sociedades totalitarias.

Los medios corporativos en los Estados Unidos trabajan bajo muchos tabúes oficiales. Esto se hace evidente cada vez que una crisis como el caso de Edward Snowden tiene que aparecer en los medios. En estas circunstancias, cuando la viabilidad del estado de seguridad nacional de EEUU está en juego, incluso los periódicos liberales como el New York Times se apresuran a reforzar la confianza del público en los mitos oficiales. El New York Times abrazó rápidamente el Informe Warren en 1964 ¡antes de que el informe se hubiera finalizado!

Cuando la historia finalmente promulgue su sentencia acerca del monumental crimen contra la democracia que tuvo lugar en Dallas, los miembros del cuarto poder serán seguro condenados por su vergonzosa actuación.

Está trabajando en un documental acerca de La conspiración y dirige ahora una nueva empresa tras abandonar el periodismo diario. ¿Cree que una revista como Salon, que usted dirigió, es hoy más importante que nunca o, por el contrario, cree que ya no tiene sentido? ¿Cree que el periodismo ya no puede dar cobijo a buenas historias, que sólo se pueden contar a través de libros y documentales televisivos o cinematográficos?

Actualmente estoy trabajando en un documental basado en La conspiración, así como un nuevo libro sobre el difunto director de la CIA Allen Dulles y el surgimiento del estado de seguridad nacional de EEUU. Este nuevo libro, El tablero de ajedrez del diablo, será publicado por Harper Collins en 2015 y arrojará más luz sobre el complot dirigido por la CIA para matar a JFK.

He dejado el periodismo diario (por ahora) para concentrarme en libros y documentales a través de mi empresa, Talbot Players, porque creo que es mucho más factible llegar a través de estos formatos a contar verdades más profundas sobre el poder y la lucha social.

Sin embargo, me parece muy interesante la nueva iniciativa de periodismo en internet que ha llevado a cabo mi antiguo colega de Salon Glenn Greenwald. Yo apoyo firmemente los esfuerzos valientes de Greenwald para exponer los crímenes y escándalos del coloso de seguridad nacional. Dado que la CIA sigue desafiando la ley de EEUU mediante la ocultación de más de 1.100 documentos relacionados con el asesinato de JFK, es posible que necesitemos un periodista valiente como Greenwald y un denunciante como Snowden para asegurar la publicación de esta información vital. La historia pertenece al pueblo estadounidense."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 22/11/23) 

21/11/23

Es la época de la grieta, como la han apodado gráficamente los argentinos... Las divisiones ideológicas crean el trasfondo adecuado para que los partidos políticos pongan el foco en la identidad, en el nosotros frente a ellos. Hoy la sociedad española está mucho más preparada para el conflicto de identidades, entre las izquierdas y las derechas, por ejemplo, que hace una década... La política partidista se está erigiendo en este contexto en una parte central de nuestras identidades, y esto magnifica muchas tendencias psicológicas y sociales. Por ejemplo, numerosos estudios han mostrado que la polarización disminuye el deseo de llegar a compromisos... Nos enfrentamos a una nueva etapa de la historia en la que la clave es la división política y social

 "Una buena parte de la sociedad española está harta de la política. Uno podría decir que esta afirmación representaba el estado de ánimo del país también hace diez, veinte y ochenta años, y, efectivamente, hay motivos para que ese hartazgo perdure en el tiempo. Pero otros no, y surgen nuevos elementos que hacen que la sensación de crisis política actual sea distinta.

De eso va este libro, de qué hay de especial en esta vuelta a la política como problema. La tesis central del libro es que la sociedad española se encuentra cada vez más dividida, no sólo en el plano ideológico, sino también en otros que no ocupan tanto espacio en los telediarios, como el de las creencias, los valores, las emociones o los deseos acerca de lo que queremos que sea la política. La ciudadanía española está dividida en bloques ideológicos cada vez más compactos, y esto crea el caldo de cultivo para la confrontación, primero entre las élites políticas y, después, si nada lo remedia, entre la ciudadanía. Son demasiados los ejemplos de países que aún consideramos democráticos y que se hallan al borde del conflicto civil para que ignoremos las peores consecuencias del creciente enfrentamiento político en España.[…]

He querido empezar mi relato sobre la creciente división política en España por la parte que menos se ve de la polarización: el alineamiento de las divisiones ideológicas y políticas de los españoles con otras divisiones sociales, como la religión o las preferencias por determinadas políticas públicas. Otros comienzan por la parte más visible del conflicto político contemporáneo: el aumento de los malos modos en la política, los insultos, la deslegitimización o deshumanización del adversario político, la falta de acuerdo o la crispación. De todo me ocuparé más adelante, pero antes quiero dejar claro por qué empiezo por las diferencias ideológicas y sociales. Los malos modos en política son especialmente dañinos en situaciones donde la población está dividida en identidades políticas enfrentadas.

El problema no es la competición partidista, incluso cuando esta adopta un tono bronco y desagradable, sino que, si la sociedad está dividida en bloques homogéneos en términos ideológicos y sociales, la bronca se magnifica y alcanza cuestiones personales, lo que llamaré en el tercer capítulo la identidad personal. Las divisiones ideológicas crean el trasfondo adecuado para que los partidos políticos pongan el foco en la identidad, en el nosotros frente a ellos. Hoy la sociedad española está mucho más preparada para el conflicto de identidades, entre las izquierdas y las derechas, por ejemplo, que hace una década.

La política partidista se está erigiendo en este contexto en una parte central de nuestras identidades, y esto magnifica muchas tendencias psicológicas y sociales. Por ejemplo, numerosos estudios han mostrado que la polarización disminuye el deseo de llegar a compromisos, reduce de igual modo el efecto de la información objetiva sobre la formación de nuestras opiniones, aumenta todo tipo de desigualdades sociales e incluso puede contribuir a empeorar la situación económica. En última instancia, el problema es que, en un país profundamente dividido, la política ya no va de alcanzar los mejores resultados colectivos, sino que va de ganar. El objetivo es que los nuestros ganen, aunque eso tenga un coste para toda la sociedad. Las victorias no son sobre nuevas conquistas individuales o sociales, sino fundamentalmente sobre quién gana la partida.

Una vez que la política va de identidades es muy difícil revertir esta tendencia, porque los humanos estamos diseñados para el conflicto. En realidad, desde un punto de vista psicológico, los humanos somos víctimas de dos pulsiones que podrían parecer contradictorias: la pulsión de la inclusividad y la de la exclusividad. La formación de identidades políticas excluyentes nos permite satisfacer al mismo tiempo estas dos pulsiones. Nos sentimos parte de un grupo político homogéneo y, al mismo tiempo, excluimos a esos adversarios políticos que ahora se convierten en nuestros enemigos. En última instancia, se alcanza una situación en la que preferimos un mal generalizado si nuestros enemigos están aún peor. Todo va de quién gana y quién pierde.

La evidencia que tenemos acerca de un incremento de la confrontación política en el campo de los afectos y las emociones en España es limitada, pero cuando existe apunta en la misma dirección de las diferencias ideológicas mostradas más arriba. Una de las pocas comparaciones que podemos hacer es sobre los sentimientos que despiertan los líderes de los distintos partidos entre los ciudadanos. Desde el año 2011, ha aumentado la diferencia entre los sentimientos positivos que tenemos hacia los líderes de los partidos con los que nos identificamos y los sentimientos que nos despiertan los líderes de otros partidos con los que no nos identificamos.

En concreto, esta diferencia aumentó un 30 por ciento entre 2011 y 2015, y, aunque en 2019 había bajado algo este indicador de polarización, seguía siendo más de un 20 por ciento mayor que en 2011. De hecho, la mayor diferencia de los últimos veinticinco años entre los sentimientos que nos despiertan líderes propios y ajenos se da en las elecciones de 2015 y abril de 2019. En una década donde las diferencias ideológicas y sociales han aumentado tanto, también lo ha hecho la confrontación en el plano de los sentimientos. No sólo se están configurando dos bloques político-ideológicos con los que los ciudadanos se encuentran cada vez más identificados de forma exclusiva, sino que está incrementándose la animadversión sentimental entre los dos bloques.

No somos una isla

La creciente división ideológica y emocional en la política española no es una excepción en el contexto internacional. Valgan cinco ejemplos recientes. El jueves 23 de junio de 2016, un 52 por ciento de los participantes en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea vota a favor de abandonar la Unión y un 48 por ciento vota a favor de la permanencia. Desde ese momento, la política británica quedaba profundamente dividida, los cambios de gobierno no han dejado de sucederse, la economía británica se llena de nubarrones en 2023 y las encuestas pronostican que el Partido Conservador, defensor del Brexit, se hundirá electoralmente como nunca antes.

El miércoles 6 de enero de 2021, seguidores del todavía presidente saliente, Donald Trump, asaltan y ocupan durante varias horas la sede del Congreso de Estados Unidos. Este asalto le puso cara a algo de lo que cada vez se habla más abiertamente en el país norteamericano: la posibilidad de un conflicto civil que enfrente a los dos bandos ideológicamente opuestos.

El jueves 1 de septiembre de 2022, un atacante intenta disparar en plena calle contra la vicepresidenta de Argentina, Cristina Kirchner. Todos los comentaristas culpan a la extrema polarización que se ha instalado durante décadas en el país y que se conoce popularmente como la grieta.

El domingo 4 de septiembre de 2022, un 62 por ciento de los participantes rechazan el texto de la nueva constitución propuesta por la convención nacional en Chile. La principal conclusión de este rechazo, también entre los partidarios del presidente progresista Gabriel Boric, es que la nueva propuesta de constitución era demasiado de izquierdas para la mayoría del electorado chileno.

Finalmente, el domingo 30 de octubre de 2022, el candidato Jair Bolsonaro alcanza, contra pronóstico, más del 49 por ciento del voto en las elecciones presidenciales en Brasil. A pesar de la victoria de Lula da Silva y el cambio democrático de gobierno, el país más poblado de Sudamérica queda dividido en dos ideologías políticas enfrentadas que amenazan con cuestionar los resultados electorales y la propia legitimidad del sistema democrático.

Estos cinco hechos responden a países y situaciones históricas muy distintas, y, sin embargo, todos han sido señalados como ejemplos de lo que hoy llamamos polarización política. Desde luego, España no es una isla y lo que voy a contar en este libro tiene su reflejo en muchos otros países y territorios del mundo. Nos enfrentamos a una nueva etapa de la historia en la que la clave es la división política y social. Es la época de la grieta, como la han apodado gráficamente los argentinos."              

(Luis Miller, ethic, 15/11/23; Extracto del libro ‘Polarizados, la política que nos divide’ (Deusto, 2023) de Luis Miller)

21/4/23

Recuerdos de Charles Simic... Lo que impulsaba a escribir al autor estadounidense de origen serbio, fallecido el día 9, era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida

 "Alguna utilidad práctica tiene la literatura: Charles Simic ha muerto, en estado de demencia, en un asilo de ancianos, pero el fulgor y la negrura de sus recuerdos se preservan intactos en los poemas que escribió, en sus cuadernos de apuntes, en sus libros de memorias, en los que no hay ni rastro de languidez o de complacencia en el pasado, sino una voluntad testimonial concentrada en la observación de los detalles que revelan las tragedias del mundo, algunas de las cuales él presenció con sus ojos de niño. Hombre irónico y amante de los placeres de la vida, Simic detestaba todas las generalizaciones y las grandes palabras, todas las teorías, todas las utopías, todas las obsesiones de pureza. 

La risa, la comida, la pasión erótica, eran para él afirmaciones de la vida tan sustanciales como la poesía, e inseparables de ella. En uno de sus poemas más conocidos, Dos perros, Simic rememora la entrada de los soldados alemanes en Belgrado, en 1944, cuando él tenía seis años. Jordi Doce, que ha hecho más que nadie por difundir la obra de Simic en español, traduce así: “El modo en que todos nos quedamos en la acera / mirándolos con el rabillo del ojo, / el temblor de la tierra, / el paso de la muerte…”. Entonces un perrillo blanco aturdido se enreda entre las botas negras que desfilan: “Una patada lo hizo volar como si hubiera / tenido alas. Eso es lo que ahora veo”.

Lo que Simic había visto en los años de la guerra y en los del destierro que vinieron después parecía que siguiera viéndolo cuando lo rememoraba en voz alta, sonriendo, sin drama, incluso al contar hechos atroces, en un almuerzo que compartí con él y con una querida amiga editora, Drenka Willem, en Nueva York, hace más de diez años. Drenka era de origen serbio, como él, y venía de una historia personal todavía más trágica. Simic pasó la guerra en Belgrado, bajo el terror doble de los ocupantes alemanes y de los bombardeos de los presuntos liberadores aliados. 

Drenka, que vivía en Croacia, vio cómo los fascistas croatas apoyados por los alemanes perseguían a las personas de la minoría serbia con la que hasta entonces habían convivido. En aquel restaurante, festivo y ruidoso en el mediodía de Manhattan, las voces de Charles Simic y de Drenka Willem revivían para mí hechos espantosos que por mucho tiempo que hubiera transcurrido no se desdibujaban piadosamente en el pasado. Una noche, recordaba Drenka, a la hora de la cena, llamaron con urgencia a la puerta de su casa. Sentados a la mesa junto a ella estaban sus padres y su hermano mayor. Quienes llamaban eran unos vecinos croatas a los que conocían de toda la vida, y con los que habían tenido siempre un trato cordial. Ahora venían con uniformes, y armados. Se llevaron al padre y al hermano y Drenka no volvió a verlos vivos.

Quienes han sido víctimas de verdad no incurren nunca en el victimismo. Drenka y Simic, los dos con aire joven y con el pelo blanco, los dos con un acento balcánico que embellecía su inglés con un matiz de extranjería incurable, compartían la añoranza de una Yugoslavia que quizás habría sido posible, y hacia la que profesaban una especie de distante lealtad, hecha sobre todo del asco hacia los nacionalismos que habían vuelto a despedazar el país en los primeros años noventa y a sembrarlo de nuevo de verdugos y víctimas. Haberse hecho vidas plenamente americanas nos los privaba a ninguno de los dos de un desapego irónico hacia Estados Unidos, lo cual no interfería con una franca gratitud hacia el país que los había acogido cuando los dos formaban parte de la inmensidad de los desterrados que pululaban por Europa al final de la guerra. Simic, que no hablaba inglés cuando llegó a Chicago con 14 años, había sido Poeta Laureado y ganado el Pulitzer.  

Drenka era la gran editora de la literatura europea en Estados Unidos. Compartían el amor por la literatura y por la buena vida, el júbilo tranquilo de sus almuerzos de viejos amigos, el aprecio a conciencia de un buen poema o una buena página de prosa y el de un vaso de vino tinto y una comida sabrosa: también la burla balcánica de lo demasiado serio, y esa distancia íntima hacia la vida americana que va creciendo misteriosamente y no atenuándose con el paso de los años para el europeo emigrado.

Drenka estaba orgullosa de haber hecho sitio en una buena editorial para los poemas de Simic. Fue a través de ella como yo pude conocerlo, aunque había asistido a algunas de sus lecturas, y observado de cerca su manera de decir los poemas, acentuando la simplicidad de la superficie, su aliento de misterio, sus quiebros de burla, su ir y volver permanente entre la belleza y la sordidez, entre la amnesia publicitaria y comercial del presente en América y aquella oscuridad de una historia trágica vivida en primera persona. 

La mirada de Simic es la del emigrante que hace suyo lo más irreductible y lo más peculiar del nuevo país y que por más que lo conoce nunca deja de apreciar su rareza: los neones averiados de los hoteles de última categoría, las cucarachas en la cocina, los locos callejeros y los predicadores del Juicio Final, los barrios de casas bajas y jardines en los que no se ve a nadie de noche, los titulares en letras grandes de los tabloides de supermercado que anuncian el nacimiento de un niño con dos cabezas o el aterrizaje de una nave extraterrestre, los escaparates encortinados y con luces malva de las consultas de videntes. Su simpatía está siempre con los inútiles y los enajenados, los expulsados, los que no encajan, los que sobran.

La prosa memorial o reflexiva de Charles Simic es tan afilada y tan certera como su poesía. Habiendo sobrevivido a la marea totalitaria de Europa, las nuevas formas aguadas pero eficaces de dogmatismo y censura y tiranía identitaria que empezaban a emanar de las universidades americanas, como escapes de sustancias nocivas de una planta química, desataban su instinto de rebeldía personal, de defensa irreductible de la libertad de espíritu y de la supremacía de la imaginación. Toda forma de sumisión del individuo a una comunidad abstracta merecía su desprecio: “Vinimos a este país huyendo de nuestras identidades colectivas y los multiculturalistas quieren volver a encerrarnos en ellas”. En la New York Review of Books escribía de literatura y de política con la misma vehemencia.

 La invasión de Afganistán y luego la de Irak, las torturas en Guantánamo y en Abu Ghraib, lo escandalizaban todavía más porque le hacían revivir los terrores de su infancia, la crueldad virtuosa de los que destruyen países y arrasan ciudades con la coartada de ideales nobles, con el auxilio desvergonzado de la mentira y el crimen. Además del absurdo y la belleza de lo inesperado, y lo irreductible de la alegría, lo que impulsaba a escribir a Charles Simic era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida. Lo dice en un fragmento del que sin duda es uno de sus mejores libros, The Monster Loves His Labyrinth: “Torturadores con caras de felicidad, hacéis que un prisionero esté desnudo y de pie y atado con cables eléctricos como un árbol de Navidad mientras nosotros nos bebemos una cerveza, con un ojo en el televisor, el otro en el camarero que nos sirve otra ronda”.                  (Antonio Muñoz Molina , El País,  14/01/23)

8/2/23

Radicalización violenta: ¿qué está pasando en Estados Unidos? Que es la cuna de más de 1.700 grupos que justifican el odio, e incluso la violencia, contra otros colectivos. Están inspirados en ideologías muy diversas que van desde el nacionalismo cristiano, el supremacismo blanco y la defensa armada antigubernamental (más conocidos simplemente como Militia), hasta el supremacismo negro y el islamismo violento

 "(...) La radicalización violenta se puede estudiar empíricamente desde diferentes ángulos. Dos de estas perspectivas empíricas, en ocasiones contrapuestas, son: por un lado, el análisis de la trayectoria que siguen los individuos que terminan actuando violentamente con fines políticos bajo el paraguas de una organización terrorista que puede operar desde el exterior; y, por el otro, el examen de los factores macrosociales que conducen a la radicalización violenta de organizaciones con fines políticos.

Teniendo en cuenta la segunda perspectiva, la vulnerabilidad de Estados Unidos ante el terrorismo está relacionada con cuatro grandes factores que no se dan, en su totalidad, en otros contextos nacionales:

- La existencia de más de 1 700 grupos legales en el país que el prestigioso Southern Poverty Law Center califica como “extremistas” o “de odio”.

- La polarización rampante de la política norteamericana.

 - Los agravios subjetivos aducidos por múltiples colectivos ante el comportamiento geoestratégico del país en la escena internacional, en general, y en su lucha contra el terror, en particular.

- La grandísima densidad poblacional y desigualdades de ciudades como Nueva York.

Grupos extremistas y de odio

Estados Unidos es la cuna de más de 1 700 grupos que justifican el odio, e incluso la violencia, contra ciertos colectivos. Estos están inspirados en ideologías muy diversas que van desde el nacionalismo cristiano, el supremacismo blanco y la defensa armada antigubernamental (más conocidos simplemente como Militia), hasta el supremacismo negro y el islamismo violento. Muchos de estos grupos estarían prohibidos en Europa. De hecho, Canadá tiene en la lista de organizaciones terroristas a algunos, como los Proud Boys o los Three Percenters.

 Sin embargo, la primera y segunda enmienda de su constitución blindan, en primer lugar, el derecho a la libertad de expresión y, en segundo, el derecho a portar armas y a autodefenderse. Ambos derechos generarían las condiciones para que no se vete ningún tipo de ideología, incluso las violentas o de odio, puesto que caerían en la esfera del pensamiento y la expresión; y para que las armas estén a disposición de grupos que pueden considerar al Estado como una amenaza de la que defenderse.

La polarización estadounidense

En Europa se considera que las democracias pueden amortiguar cierto grado de polarización. Además, se plantea que la polarización real de la población puede diferir de la creciente polarización política. Por ello, la polarización y la radicalización violenta se estudian por separado y rara vez se ve a la primera la causa de la segunda.

En Estados Unidos, donde la representación política de la ciudadanía se canaliza históricamente a través de dos únicos partidos que han buscado diferenciarse apelando a las emociones y a la identidad, y donde existe gran número de grupos violentos con quienes los partidos también quieren conectar (a fin de ampliar la base de su electorado), la polarización se relaciona de manera mucho más directa con la radicalización violenta que en Europa.

La movilización violenta de los agraviados

Desentrañar las causas de la radicalización violenta no es tarea fácil. Se concitan sincrónicamente y de manera incoherente múltiples causas estructurales, diversas motivaciones y dinámicas relacionales complejas.

En un estudio comparativo monumental del yihadismo, la extrema derecha y la extrema izquierda mundiales, el exasesor del Gobierno holandés en materia de prevención de la radicalización violenta, Kees Van Den Bos, abunda sobre el papel que la sensación de agravio e injusticia desempeña como detonante de la violencia política, en ausencia de mecanismos de control emocional efectivos.

Si el supuesto que plantea Van Den Bos es cierto, la intervención de Estados Unidos en conflictos internacionales sangrantes recientes (tales como los 20 años de Afganistán, los más de 15 en Irak, las intervenciones desestabilizadoras de Libia y Siria y el enquistado conflicto de Yemen); las ejecuciones extrajudiciales en su guerra contra el terror, ya sea a través de operaciones especiales violando soberanía y coordinadas desde el extranjero (Bin Laden en Pakistán, 2011) o mediante drones (Al Zahahiri en Kabul, 2022); sus tensiones con países como Rusia o Irán; y la búsqueda, en ocasiones, de su interés nacional por encima del bien común, han suscitado la sensación de agravio en muchos países y colectivos dentro y fuera de Estados Unidos, lo que le convierte en blanco prioritario de objetivos terroristas.

La gran densidad de las ciudades

La densidad poblacional dentro de un territorio, la coexistencia de culturas diversas en un espacio reducido, las desigualdades y la degradación medioambiental de los barrios son factores clave de radicalización. Muchas ciudades de Estados Unidos reúnen estas condiciones.

Por ello, estos entornos, a pesar de estar en condiciones de cuasi militarización, son altamente vulnerables. Por un lado, tener bajo control a la población de una ciudad de más de diez millones de habitantes es imposible. Por el otro, ciudades con grandes desigualdades sociales y económicas y contrastes, con segregación poblacional de facto, favorecen la radicalización, más allá de su tamaño.

Nueva York es solo símbolo de un poder aparente que disimula la vulnerabilidad. Además, desafortunadamente, cuando en lugares como las calles de Manhattan todo es espectáculo y consumo, algarabía y desenfreno, distraerse con el break dance callejero, los encantadores de serpientes espontáneos y la constatación de la prostitución y opresión de la mujer (a través, por ejemplo, de la publicidad en vivo de bares de barra americana) es más probable que atender a las dinámicas sobrias de seguridad."                       (Sergio García Magariño, Contrainformación, 19/08/22)

26/9/22

¿La izquierda puede construir aún una experiencia común sin violencia y sin esperanza irracional? Sí, gracias a esos millones de personas que son aún capaces de organizar su experiencia, pese a las dificultades, en torno al razonamiento y la vida... o será el fascismo, porque las dos experiencias elementales, por encima de la vida y por debajo del razonamiento, son el odio y la autoestima... el 77% de los votantes del PP y el 93% de los de Vox no cree en la política... Si no hay política, hay odio y miedo... Las ideologías han vuelto pero ahora sin política; y un mundo de ideología sin política es un mundo tentado por la autodestrucción, no hay nada más "propositivo", que la violencia en todas sus variantes

 "Hace unos días, el perspicaz periodista argentino Pablo Stefanoni llamaba la atención sobre la obsesión de los terroristas supremacistas blancos por los manifiestos: "Necesitan matar", señala Stefanoni, "para ser leídos". Naturalmente no desdeñan formatos tecnológicos de última hora, graban sus crímenes en streaming y declaran haberse "formado" en internet, pero por eso mismo intriga aún más el hecho de que gente tan joven recurra a un medio que, al mismo tiempo, saben completamente inútil. Saben, sí, que nadie los va a leer; saben que para que alguien los lea tienen que matar.

Es quizás más complicado. Gendron, el asesino de Buffalo, dejó un largo manifiesto que, en realidad, era un plagio, cuando no un copia-y-pega, del de Tarrant, autor de los atentados de Christchurch (Nueva Zelanda) en 2019. Releyendo el elaborado panfleto de este último, uno se estremece reconociendo ahí el barullo ideológico de muchos de nuestros contemporáneos que nunca llegarán a matar: Tarrant se identifica como de derechas y de izquierdas, como fascista y ecologista, como anticapitalista y tradicionalista, como socialista y nacionalista.

 Justifica su horrible crimen a la manera de Anders Breivik, el fascista noruego condenado a 21 años de cárcel en 2011 por la matanza de Utoya; lo hace invocando como él el "estado de necesidad"; es decir, el imperativo moral de recurrir a la violencia para evitar un mal mayor, en este caso la extinción de la raza blanca, "reemplazada" por razas y culturas extranjeras. Por eso, dicho sea de paso, Tarmant defiende la necesidad de matar también a los niños musulmanes, pues crecerán y se convertirán en "enemigos" e "invasores": ¿no es nuestra obligación ahorrar esta tarea a nuestros propios niños, que de otra manera tendrán que matarlos cuando sean mayores?

De todo esto se ha hablado a menudo. Menos se ha citado la reflexión de Tarrant sobre -digamos- el vínculo entre la violencia y el propio manifiesto. Tarrant invita a "dejar a un lado los datos" y "buscar expresiones y experiencias emocionales". Los datos, en efecto, no sirven para nada: "la repetición de hechos y estadísticas", dice, "aburren a las masas y alejan a las personas de los rancios oradores que las propagan". No es ésa la forma de difundir el mensaje. Hay que recurrir a la poesía, la música, los grafitti, el baile, los memes: "Un solo meme", concluye, "ha hecho más por el movimiento etnonacionalista que cualquier manifiesto".

 Así que, en efecto, hay que dar la razón a Stefanoni y decir que los terroristas supremacistas matan para ser leídos, a condición de añadir enseguida que la violencia forma parte, precisamente, de esos medios "expresivos", "populares", "emocionales", gracias a los cuales el contenido del manifiesto se vuelve legible y además creíble.

 Cualquier meme vale más que un manifiesto, es verdad; pero yo quiero que lean mi manifiesto; lo convierto, en consecuencia, en el mejor meme posible a través de un gesto espectacularmente violento. El atentado mismo, pues, es un meme contagioso que, al tiempo que da credibilidad a mis convicciones, las difunde junto al medio mismo de su difusión: el asesinato de inocentes. 

El "paso al acto" se produce así dentro del orden simbólico o, si se quiere, del orden emocional del populismo fascista. Cada una de las "acciones" es un meme que conduce por un lado al manifiesto y por otro a una nueva acción, en una cadena potencialmente exponencial y sin límites. La matanza que nos libera del ámbito inútil de las estadísticas es, por eso mismo, tan "viral" como un twitt o un chiste.

Tarrant y Gendron conocen muy bien el mundo en el que viven y matan. Todos lo sufrimos en carne propia: un mundo, es decir, en el que los datos no convencen a nadie. Es difícil saber qué estadísticas darían la razón a sus delirios supremacistas, pero eso importa poco. Lo que importa es la conciencia -esta sí común- de que los humanos contemporáneos no nos orientamos ya ni por el conocimiento ni por el razonamiento. 

¿Por qué entonces? Podría decirse que nos guiamos por la "experiencia" siempre y cuando definamos bien este concepto. Se ha impuesto una tendencia "rebelde" y "antisistema" -pensemos en los antivacunas o en los terraplanistas- a reivindicar la experiencia directa como único posible criterio de verdad. Erosionada la esfera pública junto a sus medios de comunicación, desprestigiadas la ciencia y la política, tantas veces ancilares del capitalismo, la desconfianza se traduce en este nuevo prestigio de una falsa transparencia instalada en el propio cuerpo: solo creo en lo que ven mis ojos. Lo malo es que, como nos advirtió hace dos siglos Hegel, la experiencia es la más borrosa y, se se quiere, la menos inmediata de las facultades.

La experiencia es siempre percepción y la percepción el resultado de múltiples factores volcados en la vista, en el tacto y en el oído. La experiencia siempre discurre -digamos- unos metros por encima de la vida y a veces a contrapelo; no es lo vivido sino lo percibido. Un ejemplo que pongo a menudo -y que viene muy al caso- es el de la islamofobia, alimentada por la percepción espontánea de que por nuestras calles pasea un número de musulmanes mucho mayor del que realmente hay: los franceses "ven" más de veinte millones de musulmanes en Francia cuando solo hay cinco millones; los españoles "vemos" más de seis millones cuando apenas alcanzan el millón. 

"Verlos", por lo demás, supone ya reconocerlos, clasificarlos y juzgarlos. Otro ejemplo muy citado por los sociólogos es el de la autopercepción de la clase media, de la que se declaran parte -porque así se experimentan- miles de personas que las estadísticas sitúan más bien en la clase trabajadora o incluso entre los sectores más desfavorecidos.

Así que no hay nada más material y nada más engañoso que la experiencia misma, de la que, sin embargo, se nutren nuestras decisiones éticas y políticas. Podríamos decir que hay cuatro instancias de intervención en el mundo: el razonamiento, la información, la experiencia y la vida. El razonamiento ha quedado completamente invalidado y la vida completamente ideologizada. En cuanto a los datos, todos aceptamos ya que son irrelevantes; ningún dato va a orientar o cambiar, por ejemplo, el sentido de nuestro voto. Los datos, que son lo más parecido a la verdad en relación con el ámbito público, se han disuelto de algún modo también en el recinto de la experiencia privada. 

Parafraseando un famoso título de Trotsky ("su moral y la nuestra"), ahora cada partido elabora "sus" propios datos o se los inventa, de tal manera que no constituyen un espacio de discusión común: es lo que llamamos la postverdad o los "hechos alternativos": el hecho, es decir, de que ha desaparecido cualquier horizonte de percepción compartida. Los datos siguen existiendo, claro, y es necesario buscarlos, retenerlos y difundirlos, pero no serán los que desactiven a Vox o impidan el próximo atentado supremacista.

 Ningún español "experimenta" los datos del paro, ni siquiera el que ha encontrado trabajo gracias a las políticas de Yolanda Díaz; ningún español "experimenta" tampoco la desigualdad, porque la desigualdad no es un "hecho" y la experiencia solo reconoce los hechos.

Nos queda, pues, la experiencia, refugio empirista de todos los delirios y todos los sentidos: también del "sentido común". Cuando hablamos de "batalla cultural", a veces con desprecio, nos olvidamos de que estamos hablando en realidad de la disputa de la experiencia, donde se forjan nuestros gustos, nuestras lealtades, nuestras solidaridades, nuestros rechazos. No se puede cambiar, por ejemplo, la percepción del número de musulmanes mediante estadísticas y cifras; hay que cambiar la percepción que tenemos de los musulmanes mismos; y esa batalla -sirva de botón de muestra- tampoco puede depender de los llamados "discursos buenistas". Hay que transformar -o refundar- el espacio compartido.

Las dos experiencias elementales, por encima de la vida y por debajo del razonamiento, son el odio y la autoestima; reducidos al chasis del empirismo ideológico por la crisis global, demandamos hoy experiencias de solidaridad negativa y de esperanza irracional que solo la derecha puede dar. Leo que el 77%  de los votantes del PP y el 93% de los de Vox no cree en la política; a los que habrá que añadir un puñado no pequeño de otros partidos. Si no hay política, hay odio y miedo; y ahí solo pueden vencer los memes del destropopulismo, incluido el del "paso al acto" como último refugio de la credibilidad. Las ideologías han vuelto pero ahora sin política; y un  mundo de ideología sin política es un mundo tentado por la autodestrucción. En el orden de la negación, no hay nada más "positivo", "propositivo", que la violencia en todas sus variantes.

La izquierda en España intentó en un momento favorable modular la experiencia hacia el razonamiento y hacia la vida, pero perdió la batalla. Podemos dedicar el próximo millón de años a discutir por qué se desperdició la oportunidad, pero hay qué pensar más bien en qué podemos hacer allí donde el estado objetivo del mundo -pandemias, guerras, colapso climático- no parece dejar más opciones a la experiencia que el derrotismo o la "libertad". ¿Será esa la disyuntiva? Y si es así, ¿cómo vamos a ganar jamás las elecciones?

De manera que la pregunta es: ¿se puede construir aún una experiencia común sin violencia y sin esperanza irracional? Como no me gustaría que me regañase Elizabeth Duval -o que dejase con razón de leerme- acabaré con "un poquito de fe": esa experiencia se está construyendo ya, en la "penumbra", cada vez que se hace de nuevo de día; es decir, cada vez que "agarramos" en el mundo, como agarra la retama de Leopardi en la ladera estéril del Vesubio. Tengo un amigo sacerdote al que aprecio mucho, teólogo brillante y sensible, al que sostiene la fe en medio de la desesperanza y que me decía el otro día en un intercambio de mails: "Mi deber es consolar". 

Y añadía de un modo tajante: "Consolar es la verdad". No me siento a la altura de ese deber, que me parece hoy, sin embargo, muy de izquierdas, pero me gusta mucho ese concepto de verdad, inversión y desmentido del meme terrible del terrorista asesino. El "consolado" se levanta de la cama, hace el desayuno a los niños, trabaja, se reúne con unos amigos, va a intentar parar un desahucio, echa un polvo, se ríe; ya no es dueño de sí mismo y, aún más, genera por eso mismo una situación en la que la contingencia colectiva es por primera vez concebible. 

En una ocasión escribí un artículo en el que me preguntaba: ¿qué es lo contrario de una bomba? Respondía que, tenga el nombre que tenga, lo contrario de una bomba introduce en el mundo efectos que, al revés que las heridas y las balas, no se pueden medir y no se pueden contar -aunque sí narrar. ¿Qué es lo contrario de Tarrant y Gendron? Esos millones de personas que son aún capaces de organizar su experiencia, pese a las dificultades, en torno al razonamiento y la vida. La tarea es imposible, pero realizable. Habrá que pedir a los partidos de izquierda que colaboren un poco con la gente."                (Santiago Alba Rico, Público, 06/06/22)

8/6/22

Invadan Haití, exigió Wall Street, y eso hizo Estados Unidos... La larga ocupación estadounidense de Haití comenzó con la presión del banco que se convirtió en Citigroup, según revelan décadas de correspondencia diplomática y otros registros... ocho infantes de la Marina estadounidense ingresaron a la sede del banco nacional de Haití y salieron con 500.000 dólares en oro... en pocos días, el oro estaba en la caja fuerte de un banco de Wall Street... Las fuerzas estadounidenses tomaron el país el verano siguiente y lo gobernaron con fuerza bruta durante 19 años, una de las ocupaciones militares más largas de la historia de Estados Unidos... Estados Unidos disolvió el parlamento de Haití a la fuerza, mató a miles de personas, controló sus finanzas durante más de 30 años, envió una gran parte de sus ganancias a banqueros de Nueva York y dejó a un país tan pobre que los agricultores que ayudaron a generar los beneficios a menudo vivían con una dieta “cercana al nivel de inanición”, según funcionarios de las Naciones Unidas en 1949

 "En el sopor vespertino de una tarde de diciembre, ocho infantes de la Marina estadounidense ingresaron a la sede del banco nacional de Haití y salieron con 500.000 dólares en oro, empacados en cajas de madera.

 Llevaron el botín en un remolque hasta la orilla y pasaron frente a los soldados estadounidenses vestidos de civil que vigilaban a lo largo de la ruta. Una vez en el agua, cargaron las cajas y se dirigieron a toda velocidad a una lancha de guerra que los esperaba.

En pocos días, el oro estaba en la caja fuerte de un banco de Wall Street.

La operación ocurrió en 1914 y fue precursora de la invasión a gran escala de Haití. Las fuerzas estadounidenses tomaron el país el verano siguiente y lo gobernaron con fuerza bruta durante 19 años, una de las ocupaciones militares más largas de la historia de Estados Unidos. Incluso después de que los soldados se marcharan en 1934, Haití siguió bajo el control de las autoridades financieras estadounidenses que movieron los hilos del país durante otros 13 años.

 Estados Unidos declaró que la invasión de Haití era necesaria. Según su justificación, el país era tan pobre e inestable que, si Estados Unidos no se hacía cargo, lo haría otra potencia, nada menos que en el patio trasero de Estados Unidos. El secretario de Estado, Robert Lansing, también describió la ocupación como una misión civilizadora para acabar con la “anarquía, el salvajismo y la opresión” en Haití, convencido de que, como escribió una vez, “la raza africana carece de toda capacidad de organización política”.

Pero décadas de correspondencia diplomática, informes financieros y registros de archivo revisados por The New York Times muestran que, más allá de las explicaciones públicas, había otro actor que también presionaba con fuerza a Estados Unidos para que interviniera y tomara el control de Haití por la riqueza que prometía: Wall Street y, en particular, el banco que luego se convirtió en Citigroup.

Bajo la fuerte presión del National City Bank, predecesor del Citigroup, los estadounidenses hicieron a un lado a los franceses y se convirtieron en la potencia dominante en Haití durante las siguientes décadas. Estados Unidos disolvió el parlamento de Haití a la fuerza, mató a miles de personas, controló sus finanzas durante más de 30 años, envió una gran parte de sus ganancias a banqueros de Nueva York y dejó a un país tan pobre que los agricultores que ayudaron a generar los beneficios a menudo vivían con una dieta “cercana al nivel de inanición”, según determinaron funcionarios de las Naciones Unidas en 1949, poco después de que los estadounidenses soltaran las riendas.

“Yo ayudé a que Haití y Cuba fueran un lugar decente para que los chicos del National City Bank recolectaran ganancias”, escribió en 1935 el mayor general Smedley Butler, líder de la fuerza estadounidense en Haití, describiéndose a sí mismo como un “extorsionista para el capitalismo”.

Durante más de un siglo, Haití ha sido calificado como un desastre, un caso perdido, un lugar tan desamparado, endeudado, carente y sin ley que necesita ser salvado todo el tiempo. El asesinato del presidente en su habitación, los secuestros en la capital, las oleadas de inmigrantes haitianos que se dirigen a Estados Unidos, todo apunta a un país en un vórtice de desesperación interminable que las grandes potencias del mundo, ya sea con tropas o con toneladas de ayuda, no han conseguido arreglar.

Sin embargo, los documentos y registros financieros que recabó este diario en Haití, Estados Unidos y Francia muestran a qué grado la miseria de Haití ha sido ocasionada desde afuera y cuán a menudo la intervención ha sido presentada como una mano amiga.

Para cuando las fuerzas estadounidenses llegaron en el verano de 1915, Haití ya había pasado más de medio siglo entregando una enorme porción de sus escasos ingresos a Francia. Aunque los haitianos derrocaron a sus esclavistas franceses, a las fuerzas de Napoleón y declararon su independencia en 1804, los buques de guerra franceses regresaron a las costas haitianas décadas después, para exigir enormes cantidades de efectivo bajo la amenaza de la guerra.

Haití se convirtió en el primero y único país donde los descendientes de personas esclavizadas pagaron reparaciones durante generaciones a las familias de los propietarios esclavistas, lo cual obstaculizó su capacidad para construir una nación casi desde su nacimiento.

Después vinieron los banqueros franceses, con el ofrecimiento de préstamos a un país diezmado por décadas de pagos a Francia. Se llevaron tanto en comisiones, intereses y cargos que, en unos años, los beneficios de sus accionistas franceses fueron mayores que el presupuesto de obras públicas del gobierno haitiano para todo el país.

Luego vinieron los estadounidenses, que a veces hacían pasar su intervención por una manera de defender la “soberanía” haitiana. Y al igual que para las generaciones de banqueros parisinos, Haití resultó rentable para Wall Street. En su audiencia ante la Comisión de Finanzas del Senado en 1932, el National City Bank dijo que obtuvo uno de sus mayores márgenes durante la década de 1920 gracias a la deuda que controlaba en Haití.

 En la actualidad, Citigroup casi ha eliminado de su perfil público toda esa historia. Haití apenas se menciona en su cronología oficial. La empresa se negó a facilitar el acceso a sus archivos y dijo que no logró encontrar ninguna información sobre algunos de sus mayores préstamos a Haití.

Sin embargo, según casi dos decenas de informes anuales publicados por funcionarios estadounidenses y revisados por el Times, una cuarta parte de los ingresos totales de Haití se destinó a pagar deudas controladas por el National City Bank y su filial en el transcurso de una década, casi cinco veces la cantidad gastada en escuelas gestionadas por el gobierno en Haití durante ese tiempo.

Y en el transcurso de algunos años, los funcionarios estadounidenses que controlaban las finanzas de Haití gastaron más dinero en sus propios salarios y gastos de lo que destinaron a la salud pública de toda la nación, de unos dos millones de habitantes.

“Hemos estado bajo el dominio absoluto” de Estados Unidos, declaró Georges Léger, un abogado haitiano, ante los senadores estadounidenses en 1932, para explicar lo mucho que los haitianos resentían el control financiero y político de su país “solo para satisfacer a un grupo de banqueros de Nueva York”.

Al principio, muchos legisladores estadounidenses no querían saber nada de Haití y se negaban rotundamente a reconocer su independencia. Aunque los haitianos habían luchado junto a los estadounidenses durante la guerra de Independencia, Estados Unidos se negó a reconocer a Haití durante casi seis décadas, por temor a que pudiera inspirar a las personas esclavizadas a sublevarse y derrocar a los propietarios esclavistas en el sur de Estados Unidos.

Pero a principios del siglo XX, a medida que la huella estadounidense se ampliaba en el hemisferio, los estadounidenses vieron un imperativo… y una oportunidad. Querían reducir la influencia europea en la región, en particular la alemana, pero también reconocieron lo que los franceses habían sabido desde el principio: había mucho dinero de por medio.

Los historiadores siguen debatiendo el legado de la invasión estadounidense y cómo moldeó, o sigue moldeando, el Haití de hoy. Algunos le atribuyen a la ocupación el mérito de imponer orden en Haití en una época de violencia y golpes de Estado, mientras que otros señalan que los estadounidenses aplastaron la disidencia, dispararon contra manifestantes civiles, cometieron ejecuciones extrajudiciales e impusieron la ley marcial durante un largo periodo.

 Algunos historiadores citan ganancias tangibles, como hospitales, unos 1300 kilómetros de carreteras y una administración pública más eficiente, pero también señalan que los estadounidenses recurrieron a los trabajos forzados, en los que los soldados ataban a civiles con cuerdas, los obligaban a trabajar sin remuneración y disparaban contra los que intentaban huir.

Otros afirman que la expropiación estadounidense de tierras en Haití desencadenó una de las crisis más intrincadas que asolan el hemisferio en la actualidad: la enorme migración de haitianos a países de toda la región.

Los expertos de las Naciones Unidas que visitaron el país a finales de la década de 1940, poco después del fin del control financiero estadounidense, encontraron una nación empobrecida “con un rezago aún mayor que el de otros países y territorios de la región”. La mayoría de los pueblos no tenían luz, alcantarillado ni calles pavimentadas. Solo uno de cada seis niños iba a la escuela.

Los funcionarios financieros estadounidenses se habían centrado tanto en pagar los préstamos de Haití —incluidos los que Estados Unidos había impuesto al país a pesar de las fuertes objeciones— que una comisión designada por el presidente Herbert Hoover para investigar la ocupación cuestionó “la sabiduría de este curso.”

“Podría haber sido mejor”, decía su informe en 1930, haber mantenido “más dinero en el país donde la experiencia ha demostrado que era muy necesario”.

Más de un siglo después de la llegada de las fuerzas norteamericanas, Estados Unidos sigue siendo un elemento permanente de la política haitiana. Washington ha apoyado a los sucesivos presidentes, a veces incluso a los Duvalier, los dictadores, padre e hijo, que gobernaron durante casi tres décadas tras la ocupación. Jovenel Moïse, el presidente que fue asesinado en su habitación el pasado mes de julio, también gozó del respaldo público de dos presidentes estadounidenses a pesar de las crecientes pruebas de los abusos de su gobierno, lo que enfureció a quienes se oponían a su régimen autocrático.

 Cuando el diplomático estadounidense de mayor rango en Haití, Daniel Foote, renunció a su cargo el año pasado, condenó el maltrato estadounidense contra los refugiados haitianos a golpe de látigo. Pero también mencionó un argumento que no recibió la misma atención: que la intervención extranjera había tenido consecuencias desastrosas en Haití.

“Lo que nuestros amigos haitianos realmente quieren, y necesitan, es la oportunidad de trazar su propio camino, sin la manipulación internacional”, escribió Foote.

“Tomemos la delantera”, dijo a sus compañeros legisladores Robert Y. Hayne, senador por Carolina del Sur en 1826: la independencia de Haití era un tema que “la paz y la seguridad de gran parte de nuestra Unión no nos permite siquiera mencionar”.

Durante décadas, a los hacendados del sur les había preocupado Haití, la primera nación del mundo moderno que emergió de un pasado esclavista, y Hayne era un emisario natural de sus temores: un defensor acérrimo de la esclavitud que había nacido en una plantación de arroz y que llegó a esclavizar a 140 personas.

Fue fiscal general del estado durante la fallida insurrección de personas esclavizadas liderada por Denmark Vesey, un hombre libre de las Indias Occidentales, y al igual que algunos de sus contemporáneos, Hayne creía que reconocer a Haití —o incluso debatir sobre la esclavitud— “pondría en peligro nuestros más queridos intereses”.

“Nuestra política con respecto a Haití es clara”, declaró en su discurso ante el Congreso. “Nunca podremos reconocer su independencia”.

Solo durante la guerra de Secesión, después de que los estados del sur abandonaron la Unión, el presidente Abraham Lincoln reconoció a Haití. Lo vio, junto con Liberia, como un destino viable para los hombres libres de Estados Unidos y envió a algunos cientos de ellos allí para establecer un asentamiento.

En los primeros años del siglo XX, Haití se encontraba en el nexo de múltiples intereses estadounidenses. Estaba al otro lado del mar Caribe desde el canal de Panamá, que estaba en construcción. Estados Unidos había tomado el control de Puerto Rico y se invirtieron grandes cantidades de dinero en las plantaciones de azúcar en Cuba. Los impuestos de importación y exportación en la República Dominicana, que comparte una isla con Haití, estaban bajo control estadounidense.

Los franceses seguían ejerciendo su influencia en Haití, pero en 1910, Estados Unidos vio la oportunidad de abrirse paso: la reestructuración del banco nacional de Haití.

 El banco era nacional solo de nombre; estaba controlado por su consejo de administración en París y había sido creado en 1880 por el banco francés Crédit Industriel et Commercial para darles beneficios inmensos a sus inversores y accionistas franceses. Controlaba el tesoro de Haití —el gobierno haitiano ni siquiera podía depositar o gastar dinero sin pagar comisiones—, pero las autoridades haitianas acabaron por acusar al banco nacional de fraude y encarcelaron a algunos de sus empleados.

A medida que aumentaba la desconfianza de los haitianos hacia el banco nacional, los inversionistas franceses y alemanes se apresuraron a reestructurarlo bajo una nueva propiedad europea. Estados Unidos puso el grito en el cielo: el Departamento de Estado calificó la propuesta de amenaza no solo para Estados Unidos, sino también para el bienestar y la independencia del pueblo haitiano.

Un alto funcionario del Departamento de Estado arremetió contra el acuerdo de 1910 por considerarlo “tan perjudicial para los intereses estadounidenses y tan despectivo para la soberanía de Haití” que no podía permitirse.

El secretario de Estado estadounidense, Philander Knox, invitó a algunos bancos de Wall Street a Washington y los animó a invertir en el banco nacional de Haití. Cuatro bancos estadounidenses, entre ellos el National City Bank de Nueva York, compraron una parte importante de las acciones del banco. Otra parte fue a parar a un banco alemán. Pero la mayor parte se quedó en París.

Ningún haitiano tenía una participación de control. El Banco Nacional de la República de Haití estaba, una vez más, bajo el mando de extranjeros.

“Fue la primera vez en la historia de nuestras relaciones con Estados Unidos en la que intervinieron de manera tan manifiesta en nuestros asuntos”, escribió Jean Coradin, historiador haitiano y exembajador ante las Naciones Unidas.

Poco después de su creación, el nuevo banco nacional hizo lo mismo que su predecesor: cobrar al gobierno por cada depósito y gasto, mientras generaba grandes beneficios para sus accionistas en el extranjero. También concedió un préstamo al gobierno haitiano. Una vez deducidas las comisiones y los beneficios, Haití recibió unos nueve millones de dólares, pero aun así tuvo que pagar el valor nominal completo de casi 12,3 millones de dólares.

Los haitianos empezaron a preguntarse qué políticos habían sido sobornados para conseguir un acuerdo tan malo y el banco se hizo tan poderoso que un presidente haitiano se preguntó públicamente si su país había cedido su independencia.

A los accionistas franceses les inquietaba el creciente control estadounidense y con buena razón. La inversión estadounidense en el banco nacional fue el comienzo de la campaña estadounidense para expulsarlos de Haití y hubo un hombre en particular que la alentó.

Roger Leslie Farnham había sido periodista y se había convertido en cabildero cuando el National City Bank lo contrató en 1911.

Su misión consistía en defender los intereses del banco en el extranjero y Haití fue una de sus primeras escalas. Atravesó el país en caballos que importó de Wyoming y, en el camino, se convirtió en la fuente más fiable del gobierno estadounidense sobre Haití.

Farnham, ya conocido en Washington por sus maquinaciones para persuadir al Congreso a fin de que eligiera a Panamá para el canal, acudía con frecuencia al Departamento de Estado y era muy cercano a William Jennings Bryan, el secretario de Estado del presidente Woodrow Wilson.

Bryan no sabía mucho sobre la nación caribeña. Así que, en 1912, invitó a John H. Allen, un gerente del banco nacional de Haití que llegó a ser vicepresidente del National City Bank, a “contarme todo lo que hay sobre Haití”.

Según el relato de Allen sobre la reunión, Bryan quedó sorprendido por lo que escuchó. “¡Caramba, piénsalo! Negros hablando en francés”, relata Allen que dijo el secretario de Estado.

Aunque Bryan había expresado su hostilidad hacia Wall Street en las campañas políticas y declaró: “No crucificaréis a la humanidad en una cruz de oro”, confiaba en el consejo de Farnham. Los dos hombres se reunieron en Washington, intercambiaron telegramas y se escribieron cartas confidenciales. Llegaron a estar tan unidos que Bryan pedía la aprobación de Farnham para las nuevas contrataciones del gobierno.

Farnham utilizó esta relación para ejercer presión para invadir Haití con el fin de asegurar los intereses comerciales de Estados Unidos, y atrajo la atención de Washington al plantear el espectro de una toma de poder por parte de Alemania. En ese momento, la huella del National City Bank en el país se estaba expandiendo y Wall Street comenzó a ejercer su influencia sobre los líderes de Haití mediante la retención del dinero que controlaba en el banco nacional.

En los meses siguientes, el Departamento de Estado adoptó lo que los diplomáticos llamaron el “Plan Farnham”, en el que se establecía que Estados Unidos controlaría los impuestos de importación y exportación de Haití, una fuente vital de ingresos para el país.

Aunque los estadounidenses seguían siendo accionistas minoritarios del banco nacional, Farnham declaró ante el Congreso que Francia había quedado muy mermada por la Primera Guerra Mundial como para dirigirlo, por lo que “la gestión activa se ha realizado desde Nueva York”. El Departamento de Estado redactó un convenio basado en el plan de Farnham y lo envió a él para que ayudara a ejecutarlo.

Los legisladores haitianos arremetieron contra su ministro de Relaciones Exteriores por el acuerdo. Lo acusaron de “intentar vender el país a Estados Unidos” e incluso intentaron descargar su furia mediante “duros golpes”, que lo obligaron a huir de la Asamblea Nacional “en medio de la más desenfrenada excitación”, según un telegrama del Departamento de Estado.

El banco nacional los hizo pagar por su atrevimiento: retuvo los fondos, y el gobierno de Haití, que ya se tambaleaba por la agitación política y económica, se volvió aún más inestable. El país cambió de presidente cinco veces en tres años durante sucesivos golpes de Estado, algunos de ellos financiados por comerciantes alemanes que operaban en Puerto Príncipe, según dijeron en aquel entonces funcionarios estadounidenses.

Después, en diciembre de 1914, el Departamento de Estado intervino con más fuerza. Bryan autorizó la operación de los infantes de Marina mediante la cual se incautaron 500.000 dólares en oro tras una consulta de última hora con Farnham.

El gobierno haitiano estaba indignado y dijo que la operación era un robo descarado de los fondos del banco central, además de una “invasión flagrante de la soberanía” de una nación independiente. Pero Estados Unidos se encogió de hombros ante la queja, con el argumento de que había tomado el oro para proteger “los intereses estadounidenses que estaban bajo un gran peligro”.

Los historiadores observan que los políticos y financieros estadounidenses no siempre coincidían en sus posturas. “La relación entre Wall Street y Washington era compleja”, dijo Peter James Hudson, profesor asociado de la Universidad de California en Los Ángeles que imparte las materias de Estudios Afroestadounidenses e Historia, quien ha escrito un recuento de las acciones de Wall Street en el Caribe. “Hay mucha confabulación, pero a veces es contradictoria”.

En ocasiones, Bryan vaciló sobre el papel de Estados Unidos en Haití. Creía que Haití necesitaba la tutela estadounidense, pero se resistía a ser una herramienta para Wall Street. “Tal vez haya motivos suficientes para intervenir, pero no me gusta la idea de una injerencia forzosa por motivos puramente comerciales”, le escribió al presidente Wilson.

Pero Farnham insistió y lanzó lo que el historiador Hans Schmidt llamó una amenaza: todas las empresas estadounidenses abandonarían Haití, advirtió Farnham, a menos que el gobierno de Estados Unidos interviniera para proteger sus intereses.

Al final, Bryan le escribió a Wilson a favor de la invasión.

“Los intereses estadounidenses están dispuestos a permanecer allí, con miras a comprar una participación de control y convertir el banco en una sucursal del banco estadounidense”, afirmó. “Están dispuestos a hacerlo siempre y cuando este gobierno tome las medidas necesarias para protegerlos”.

En julio de 1915, una turba iracunda sacó a rastras al presidente haitiano del Consulado francés y lo asesinó, como parte de la agitación política que Wall Street temía y que, según algunos historiadores, empeoró al retener el dinero del tambaleante gobierno haitiano y confiscar el oro.

Los soldados estadounidenses ocuparon el país ese mismo día.

La invasión siguió un plan detallado concebido por la Marina de Estados Unidos un año antes. El ejército estadounidense tomó la oficina presidencial y las aduanas que manejaban los impuestos de importación y exportación.

Los estadounidenses instalaron un gobierno títere y para el otoño de ese mismo año, Haití había firmado un tratado que otorgaba a Estados Unidos el control financiero total. Estados Unidos nombró a funcionarios de su país, a los que llamaron asesores, pero el término apenas transmitía su verdadero poder: supervisaban la recaudación de ingresos de Haití y aprobaban, o denegaban, sus gastos.

La ley marcial se convirtió en la norma del país. Los periódicos privados fueron amordazados y los periodistas encarcelados.

Los estadounidenses justificaron la invasión con el argumento de que Haití estaba destinado a caer en manos de europeos, en particular de Alemania.

“Si Estados Unidos no se hubiera hecho cargo, alguna otra potencia lo habría hecho”, declaró después el secretario de Estado Lansing, quien había sustituido a Bryan un mes antes de la ocupación.

Lansing también estaba cegado por los prejuicios raciales. En una ocasión, escribió que los negros eran “ingobernables” y que tenían “una tendencia inherente a volver al salvajismo y a dejar de lado los grilletes de la civilización que son molestos para su naturaleza física”.

El racismo determinó muchos aspectos de la ocupación. Muchos de los administradores nombrados por Estados Unidos procedían de estados del sur y no ocultaban su manera de ver la vida.

John A. McIlhenny, un heredero de la fortuna de la salsa Tabasco de Luisiana que había luchado en el regimiento de caballería de voluntarios conocido como Rough Riders (“Jinetes Duros”, en español) comandada por Theodore Roosevelt durante la guerra hispano-estadounidense, fue nombrado asesor financiero de Estados Unidos en 1919, con amplia autoridad sobre el presupuesto de Haití.

En una comida oficial antes de su nombramiento, McIlhenny no podía apartar la mirada de un ministro del gobierno haitiano porque, como le dijo más tarde a Franklin D. Roosevelt, “ese hombre habría alcanzado 1500 dólares en una subasta en Nueva Orleans en 1860 para ser un semental”.

Poco después de la ocupación, los supervisores estadounidenses comenzaron a construir carreteras para conectar el interior montañoso de Haití con su costa. Para ello, resucitaron la corvée, una ley haitiana del siglo XIX sobre el trabajo en régimen de servidumbre.

Según la ley, los ciudadanos estaban obligados a trabajar en proyectos de obras públicas cercanos a sus hogares durante algunos días al año en lugar de pagar impuestos, pero el ejército estadounidense, en contubernio con la policía que entrenaba y supervisaba, secuestró a los hombres y los obligó a trabajar lejos de su residencia sin remuneración. Los haitianos ricos pagaban para evitar la servidumbre, pero los pobres no tenían escapatoria de la ley.

Para los haitianos, esto representaba un regreso a la esclavitud y se rebelaron. Hombres armados, llamados cacos, huyeron a las montañas y comenzaron una insurgencia contra las fuerzas estadounidenses. Los jornaleros obligados a trabajar en el régimen de la corvée huyeron de sus captores y se unieron a la lucha. Un líder de los cacos, Charlemagne Péralte, invocó la revolución de Haití contra Francia para pedir a sus compatriotas que “arrojaran a los invasores al océano”.

“La ocupación es un insulto en todos los sentidos”, se leía en un cartel pegado a las paredes de la capital, Puerto Príncipe.

“Que viva la independencia”, decía el cartel. “¡Abajo los estadounidenses!”.

Estados Unidos respondió con mano dura. Los soldados ataron a los trabajadores con cuerdas para evitar que huyeran. Cualquiera que intentara escapar de la corvée era tratado como un desertor y muchos fueron fusilados. Como advertencia, los estadounidenses mataron a Péralte y distribuyeron una imagen de su cadáver atado a una puerta, evocando una crucifixión.

Documentos militares filtrados de la época mostraban que la “matanza indiscriminada de nativos continuó durante algún tiempo” y cobró la vida de 3250 haitianos. Cuando el Congreso comenzó a investigar en 1921, los soldados estadounidenses disminuyeron la cifra y dijeron que 2250 haitianos habían sido asesinados en la ocupación, una cifra que los funcionarios haitianos condenaron por ser un conteo insuficiente. También murieron al menos 16 soldados estadounidenses.

“Fue un régimen militar estricto, el triunfo del lobo”, escribió en 1936 Antoine Bervin, periodista y diplomático haitiano.

Los primeros años después de la invasión aportaron pocos beneficios económicos a Haití. Los asesores estadounidenses nombrados por el presidente de Estados Unidos cobraron hasta el cinco por ciento de los ingresos totales de Haití en salarios y gastos, lo cual a veces era más que el gasto en salud pública de todo el país.

En 1917, Estados Unidos ordenó a la Asamblea Nacional de Haití que ratificara una nueva Constitución para permitir a los extranjeros poseer tierras. Desde su independencia, los haitianos habían prohibido la propiedad de tierras a los extranjeros como símbolo de su libertad y para protegerse de una invasión.

Cuando los legisladores haitianos se negaron a cambiar la Constitución, el general Butler disolvió el parlamento con lo que denominó “auténticos métodos de la Marina”: los soldados entraron a la Asamblea Nacional y obligaron a los legisladores a dispersarse a punta de pistola. Los estadounidenses aprobaron entonces una nueva Constitución que Franklin Roosevelt afirmó más tarde en un mitin de campaña que había escrito él mismo.

Las empresas estadounidenses arrendaron miles de acres de tierra para plantaciones, lo cual obligó a los agricultores a servir como mano de obra barata en su país o migrar a los países vecinos en busca de mejores salarios. La Haitian-American Sugar Company alguna vez se jactó ante sus inversionistas de que solo pagaba 20 centavos por un día de trabajo en Haití, en comparación con 1,75 dólares en Cuba.

Según la historiadora haitiana Suzy Castor, las mujeres y los niños de Haití cobraban 10 centavos al día.

Los campesinos desplazados se fueron a Cuba y a la República Dominicana, lo que, según los historiadores, provocó el efecto más duradero de la ocupación estadounidense: la migración masiva de haitianos a otros países del continente americano.

“Ese es el gran legado”, dijo Weibert Arthus, embajador de Haití en Canadá e historiador.

Como el secretario de Estado Bryan sugirió en su carta antes de la invasión, Farnham no estaba satisfecho con su participación en el banco nacional de Haití, así que trabajó con el Departamento de Estado para orquestar una toma de control absoluta. Para 1920, National City Bank había comprado todas las acciones del banco nacional por 1,4 millones de dólares y, en la práctica, remplazaba a los franceses como el poder financiero dominante en Haití.

Con el banco nacional de Haití bajo su control y los intereses estadounidenses bajo la protección del ejército, Farnham comenzó a actuar como un enviado oficial y viajaba con frecuencia a bordo de buques de guerra estadounidenses, según dicen los historiadores.

“La palabra de Farnham prevalece sobre la de cualquier otra persona en la isla”, escribió James Weldon Johnson, secretario ejecutivo de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, quien visitó Haití en 1920.

Farnham tampoco tuvo reparos en expresar su opinión sobre Haití y su gente.

“Se puede enseñar al haitiano a convertirse en un trabajador bueno y eficiente”, dijo a los senadores que investigaban la ocupación. “Si los jefes militares lo dejan en paz, es tan pacífico como un niño e igual de inofensivo”.

“De hecho”, continuó, “ahora no hay más que niños grandes”.

Durante cinco años, los funcionarios estadounidenses insistieron en que Haití pidiera préstamos a los bancos de Nueva York para saldar sus deudas del pasado. Y durante cinco años, los haitianos se resistieron.

“Haití no quiere este préstamo. Haití no necesita este préstamo”, escribió Pierre Hudicourt, un abogado haitiano que representó a Haití en las negociaciones de la deuda.

Los haitianos sabían muy bien que cualquier nuevo préstamo ampliaría la autoridad de los asesores financieros estadounidenses que determinaban el futuro del país a la distancia. McIlhenny, el heredero de la salsa Tabasco designado como asesor financiero, pasó gran parte del año en su plantación de piñas en Luisiana mientras cobraba un gran sueldo de los ingresos de Haití. También suspendió los salarios de los altos funcionarios haitianos que no estaban de acuerdo con él.

Para 1922, Estados Unidos estaba decidido a concertar un préstamo con Wall Street. Cansados de la resistencia haitiana, los estadounidenses instalaron como presidente a Louis Borno, un político sagaz que simpatizaba con la ocupación.

Borno admiraba a Mussolini y aspiraba a un ideal fascista de rápido desarrollo en Haití bajo control estadounidense, afirman los historiadores. Una vez escribió que la invasión “vino a nosotros cuando estábamos al borde de un abismo sangriento y nos salvó”. Semanas después de asumir el cargo, dio luz verde a un préstamo de Nueva York.

El National City Bank, que ahora era propietario del banco nacional de Haití a través de una filial, emitió el primer préstamo tras incluir una garantía inicial que consistía en que Estados Unidos gestionaría las finanzas de Haití hasta que se pagara la deuda. El banco acabó controlando casi toda la deuda externa de Haití.

Igual que sucedió en el siglo XIX, Haití casi siempre estaba demasiado endeudado para invertir en su gente. Hasta Borno, dirigiéndose a los peces gordos del National City Bank en Nueva York, señaló que la deuda de Haití se pagaba más rápido que la de Estados Unidos.

Esta situación prevaleció hasta la caída de la bolsa de valores de 1929 y la devastación económica posterior. Años de austeridad ayudaron a gestar el descontento y la caída mundial de los precios del café agravó las dificultades en un país que dependía bastante de ese cultivo. Las protestas estallaron contra Estados Unidos y el gobierno de Borno que hacía su voluntad.

Los estudiantes se manifestaron contra el retiro de las becas. Los empleados de las aduanas en Puerto Príncipe irrumpieron en su lugar de trabajo para exigir un aumento de sueldo. En la ciudad de Los Cayos, más de mil campesinos protestaron contra sus precarias condiciones de vida. Un destacamento de 20 infantes de la Marina estadounidense se enfrentó a la multitud y mató al menos a una decena de personas. Este acontecimiento se conoce como la masacre de Los Cayos.

Ante el clamor internacional, Estados Unidos comenzó a contemplar su retirada.

Casi cinco años después, en agosto de 1934, los últimos soldados estadounidenses abandonaron Haití. Pero Estados Unidos mantuvo el control financiero durante otros 13 años, hasta que Haití pagó la última de las deudas que tenía con Wall Street.

La responsabilidad de Estados Unidos en la inestabilidad crónica de Haití sigue siendo objeto de un fuerte desacuerdo.

Algunos historiadores dicen que los pagos originales que Francia le exigió a Haití como castigo por su independencia infligieron una cicatriz más profunda en el desarrollo de la nación. Otros sostienen que la causa principal es la larga historia de enriquecimiento personal de los gobernantes haitianos. Pero muchos dicen que, en conjunto, más de 130 años de enviar una gran parte de los ingresos de Haití al extranjero tuvieron un efecto devastador, ya que mermaron su capacidad de construir una nación desde sus inicios.

“Hasta cierto punto, estas debacles financieras sucesivas son responsables de la situación en la que nos encontramos ahora”, dijo Hudson, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, y añadió que la ocupación estadounidense fue un “golpe psíquico” que cercenó la independencia de Haití durante décadas.

“Creo que eso es tan importante como cualquier tipo de pérdida financiera”, dijo."     

(Selam Gebrekidan, Matt Apuzzo, Catherine Porter y