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19/9/22

Es un error que las personas de izquierda participen de «cancelaciones» moralistas... la cancelación no conduce a un mundo mejor

 "A fines del mes pasado, 450 exparticipantes de Jeopardy! firmaron una carta abierta en la que condenaron al último ganador, Kelly Donohue, y exigieron que tanto Donohue como los productores del programa pidieran perdón por lo que los redactores de la carta definieron como un «discurso implícitamente racista». En su cuarta presentación en el programa, Donahue hizo un gesto con tres dedos para indicar que había ganado tres veces. Las dos veces anteriores había hecho el gesto equivalente con uno y dos dedos y no había provocado ninguna polémica. Pero esta vez, los exparticipantes pensaron que el gesto era similar a uno que hacen a veces los supremacistas blancos (y con mucha más frecuencia la gente común que no tiene conciencia de esta asociación y que termina generando el tipo de confusión cercana al absurdo que probablemente estaban esperando los supremacistas blancos).

Fue un ejemplo impactante de un fenómeno que suele denominarse «cultura de la cancelación». Hoy este término está enredado en debates interminables sobre lo que significa ser «cancelado», sobre si una determinada persona fue «realmente» cancelada, etc. El ciclo de la guerra cultural pasa por los reaccionarios que estiran el concepto de «cancelación» hasta incorporar una variedad de reclamos culturales sin relación entre sí —véase, por ejemplo, el Sr. Cara de Papa— y por los progresistas que insisten en que «la cultura de la cancelación no existe».

Pero el fenómeno subyacente es real. Como argumenté en otra parte, el cóctel tóxico de atomización social neoliberal, plataformas y redes sociales diseñadas con fines de lucro que incentivan nuestros peores impulsos y cierta sensación de impotencia, que a veces encuentra alivio en sobredramatizaciones virtuales y en el intento de hacer que despidan o expulsen a determinadas personas por hacer o decir cosas malas, produjo una cultura de vigilancia mutua y de denuncia hipersensible que infecta todo el espectro político.

No es difícil encontrar ejemplos de personas de derecha que atacan a un barista cualquiera de Starbucks y exigen que lo despidan por haber dicho «Que se j- Trump» o de centristas que participan de denuncias virtuales masivas contra los seguidores de Bernie Sanders fundadas en dudosas acusaciones de racismo o sexismo. Siendo de izquierda, estoy particularmente preocupado por el modo en que operan estas tendencias en nuestro espacio. Cuando nos negamos a concedernos a nosotros mismos el beneficio de la duda y nos atacamos los unos a los otros, debilitamos nuestra capacidad de construir un proyecto colectivo que cambie el mundo para mejor.

En general, cada vez que observo a conservadores y a centristas comprometidos en denuncias hipersensibles y en intentos de destrucción personal, resulta que el objetivo está situado a la izquierda de su espectro político. Si la derecha reflejara como en un espejo lo que observo en la izquierda, no me molestaría. No me importa que la derecha se destruya a sí misma. Pero no quiero que la izquierda lo haga porque quiero que ganemos.

Si queremos que todo el mundo acceda a una salud de calidad, terminar con la violencia policial y con las guerras en el extranjero y expandir la democracia a los lugares de trabajo, tenemos que aprender a dirigirnos a la mayor cantidad de gente posible. Y entre toda esta gente que tiene intereses materiales que se alinean con nuestro programa ya hay una buena parte que piensa que la imagen que la izquierda muestra al mundo es muy poco atractiva.

El caso de Barbara Ehrenreich

En un mundo donde cientos de participantes normalitos de Jeopardy! están dispuestos a firmar sobre la hora una denuncia prácticamente surrealista contra un tipo como Kelly Donahue, no es sorprendente que sucedan cosas similares en el mundo más pequeño y con frecuencia más aislado de la izquierda socialista. La experiencia de la youtuber de izquierda Natalie Wynn (ContraPoints) es un buen ejemplo. Otro ejemplo menos célebre que discuto en mi nuevo libro es el de la escritora socialista Barbara Ehrenreich.

Ehrenreich participaba del movimiento socialista, del movimiento de mujeres y del movimiento por la paz desde la época de Vietnam. Dirigía el New American Movement (NAM), un grupo de intelectuales de izquierda que más tarde se fusionaron con el Democratic Socialist Organizing Comittee (DSOC) de Michael Harrington y fundaron Democratic Socialists of America (DSA).

Durante mucho tiempo, Ehrenreich fue copresidenta honoraria de DSA. En los últimos cincuenta años escribió muchos libros y ensayos que tratan sobre la desigualdad económica, la desigualdad de género y la dominación brutal de Estados Unidos sobre el Sur Global.

Ahora bien, saltemos hasta 2019. En un tuit sobre la gurú del orden Marie Kondo, Ehrenreich reflexionó públicamente sobre el significado de que Kondo fuera tan popular en Estados Unidos a pesar de que no hablaba inglés. Las generaciones anteriores de espectadores de televisión no habrían estado dispuestos a leer subtítulos a cambio de este tipo de contenido, y Ehrenreich tuiteó que esto era un signo de que «Estados Unidos está en decadencia como superpotencia».

Siempre es raro hablar en detalle sobre lo que consideramos más importante en un tuit que alguien escribe de paso, pero aquí voy: Mientras que Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante a nivel mundial, los desplazamientos geopolíticos recientes complicaron y hasta cierto punto debilitaron esta dominación. Este cambio se siente en la esfera cultural, donde podemos ver signos de debilitamiento de la arrogancia imperial de los ciudadanos estadounidenses. Hubo un tiempo en que los estadounidenses tomaban como un hecho que todo el mundo —y definitivamente cualquiera que quisiera llamar su atención— aprendería su lengua natural, pero estas expectativas empezaron a menguar. ¿No es interesante?

Supongo que podemos perdonar a alguien que escuchó por primera vez el nombre de Ehrenreich en el marco del escándalo de Twitter por pensar que su punto era hacer alarde de xenofobia diciendo que «todo el mundo debería hablar inglés», pero cualquiera con un mínimo conocimiento de la persona de Ehrenreich o de sus décadas de escritura y activismo debería pensarlo un poco mejor. Esta mujer pasó largos años criticando el imperio estadounidense. ¿Por qué pensaría de pronto que su decadencia es un hecho ingrato?

Mientras leía los hilos de comentarios criticándola, pensé en algo que había pasado cuando yo era adolescente. Una pareja amiga de mis padres tenía cuatro perros. Nuestra familia tenía dos. Un fin de semana esta pareja salió de viaje y dejó sus perros en nuestra casa. Nuestros perros los conocieron, todos se olieron los culos, se hicieron amigos y recorrieron la casa juntos buscando cosas a las que ladrarles. Cuando encontraron a uno de nuestros gatos, todos —incluso los dos que veían a ese gato todos los días sin ningún problema— empezaron a ladrarle sin parar.

Pero en el caso de Ehrenreich la estupidez de la mente grupal es todavía más imperdonable, dado que evidentemente los primeros perros que empezaron a ladrarle eran sus seguidores de Twitter. Cualquier persona en esta categoría sabía que era una antiimperialista desde la presidencia de Richard Nixon. Aun así, la aparición en sus muros de un tuit que podría leerse de forma distinta si uno olvidara quién lo publicó bastó para encender los motores. Esto a su vez atrajo a otras personas, y en poco tiempo el escándalo estaba en las páginas de USA Today y en las plumas de periodistas que, habiendo o no buscado en Google el nombre de Ehrenreich, criticaron el tuit como «racista».

Las patologías de la impotencia

Lo que sucedió con Ehrenreich es simplemente una manifestación de izquierda de tendencias horribles que anidan en nuestra cultura. Pero no deja de preocuparme el hecho de que la izquierda esté tan bien dispuesta a adoptar una actitud moralista y punitiva a causa de lo que en mi libro denomino «patologías de la impotencia».

Hace muchos años que el movimiento obrero está en decadencia. Políticos como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en el Reino Unido hicieron casi toda su carrera en los márgenes. En cuanto a horizontes más radicales que las plataformas electorales de Sanders y de Corbyn, el colapso de las experiencias autoritarias y fallidas de crear economías no capitalistas en países como la Unión Soviética llevó a un consenso mundial de que, según las palabras inmortales de la abominable Margaret Thatcher, «no hay alternativa» a la organización actual del mundo.

La atmósfera política empezó a cambiar tan rápido que es difícil recordar cómo eran las cosas hace unos años. Una persona de izquierda de la época de los «sin alternativas» militaba a favor de centristas como Bill Clinton y Barack Obama, habitaba los márgenes de la política releyendo las obras completas de Marx y Engels o trataba de convencerse de que las formas de activismo local de pequeña escala llegarían algún día a convertirse en algo más grande.

En efecto, cualquiera que tuviera una concepción del mundo situada a la izquierda del liberalismo estaba en la disyuntiva entre convertirse en un liberal o terminar viendo la política como una performance moral. Si había leído a Chomsky y leía los diarios con atención, sabía que los dos últimos presidentes demócratas habían promovido leyes que debilitaban el poder de negociación de sindicatos industriales que solían tener mucha fuerza y habían bombardeado a una gran cantidad de civiles en los países del tercer mundo. Por eso hacía cosas como canalizar el descontento votando a candidatos de un tercer partido de los que la mayoría de los estadounidenses literalmente nunca había oído hablar. ¿Por qué no? Por lo menos servía para conservar el sentimiento de ser parte de algún tipo de oposición a las cosas exasperantes que leía en los diarios, y no es que hubiera tanta gente igual como para poner en peligro el triunfo de los demócratas y dar vuelta las elecciones a favor de los republicanos.

Bajo estas circunstancias es comprensible que muchos radicales dedicaran una buena parte de su tiempo a luchas entre facciones de izquierda, con frecuencia desatadas por desacuerdos menores. Si no podemos cambiar el mundo que está fuera de las ventanas de la universidad donde celebra sus reuniones la organización de cincuenta miembros a la que pertenecemos, por lo menos podemos tener la satisfacción de tomar la dirección y dirigirla según nuestra voluntad.

El mundo real, por ejemplo, está lleno de terratenientes y dueños de empresas que son incapaces de adecuarse a la ley de discapacidad porque nadie con la energía y los recursos financieros necesarios los denunció todavía. Cambiar esta realidad es muy difícil. En cambio, es mucho más fácil hacer que un congreso de Democratic Socialista of America adopte medidas tan extremas como prohibir que la audiencia aplauda durante los debates en nombre de adaptarse a los discapacitados (episodio que resultó en los notables montajes de video que el activista de derecha Tucker Carlson hizo circular en los medios).

De manera similar, el mundo está lleno de jefes y de otras autoridades que abusan de sus posiciones. Cambiar esta realidad es muy difícil. Por eso es tan tentador pasar directamente al juicio cuando se hacen acusaciones parecidas en un espacio en el que tenemos la capacidad de hacer que las denuncias tengan «efectos». Así, cuando surgieron denuncias sumamente vagas de indecencia sexual contra el candidato a diputado Alex Morse, demasiados izquierdistas y progresistas estuvieron dispuestos a soltarle la mano sin esperar ningún tipo de investigación. Cuando las denuncias fueron despejadas, el daño estaba hecho.

El efecto del comportamiento capturado en los videos de Tucker —elegidos convenientemente y utilizados con mala fe por un hombre que evidentemente no nos aprecia, pero no obstante reales— fue hace que los socialistas queden como quejosos raros bien dispuestos a vituperar unos contra otros por tomarse el atrevimiento de aplaudir en vez de agitar los dedos o por no usar «lenguaje de género» y decir «compañeros». El efecto de abandonar a un candidato en función de una denuncia sin pruebas es que la izquierda quede en una posición fácil de neutralizar.

Todo esto es bastante perturbador en sí mismo. Pero lo que muchas veces hace que el moralismo de izquierda sea todavía más alarmante es que estas objeciones estratégicas obvias muchas veces ni siquiera entran en el mapa mental de los analistas y activistas que abrazan estas prácticas, que el crítico cultural marxista Mark Fisher pensó con la imagen del «castillo del vampiro». El castillo del vampiro «no sabe generar adeptos, pero ese no es el punto».

¿Cuál es el punto? Me parece que demasiados amigos y compañeros de izquierda tienen malos hábitos heredados de los tiempos del «no hay alternativa». En vez de concebir la política radical como un proyecto concreto para generar progreso en el mundo material, suelen pensarla como una posición noble pero meramente simbólica contra las múltiples injusticias que los rodean. Esto permite explicar los extraños excesos de la radicalización performativa que solemos encontrar en la izquierda virtual. Tomar posiciones extremas que alienan a la mayoría de la gente fuera de nuestra burbuja política suele sentirse como un modo de combatir con claridad y definición contra dichas injusticias.

Uno de los problemas de reducir la política de izquierda al simbolismo moral es que el punto de la política se convierte en fortalecer los compromisos internos más que en movilizar la coalición más amplia posible para conquistar nuestros objetivos políticos. Es más fácil actuar como guardaespaldas de un club exclusivo de la izquierda que recibir con los brazos abiertos a todo posible converso. El año pasado, cuando el humorista y presentador de podcasts Joe Rogan apoyó públicamente a Bernie Sanders, hubo gente, incluso entre sus partidarios, que lo criticó por recibir con calidez la aprobación del cómico.

El tema en este caso está vinculado a los objetables comentarios que Rogan había hecho sobre el luchador trans de MMA, Fallon Fox. Pero como dijimos con Michael Brooks en un artículo de Jacobin, el apoyo de Rogan a Bernie (y la aceptación de este apoyo por parte de Bernie) servía a la causa de los derechos de las personas trans. Como dijeron Jamie Gardner y Maddy Grace Webbon durante la campaña, Bernie Sanders era por lejos el candidato más protrans de las elecciones, y el apoyo de uno de los presentadores de podcast más famoso del planeta contribuía a la posibilidad de que fuera presidente y aplicara su plan de gobierno (incluido el programa Medicare for All que financiaría las cirugías de cambio de género).

Considerar que este objetivo era menos importante que castigar simbólicamente a un cómico mediante una combinación un tanto confusa de instintos políticos buenos y malos habría sido un grave error. De hecho, contribuimos mucho más con el objetivo de contrarrestar actitudes reaccionarias como la transfobia recibiendo a Rogan y a su legión de fans, luchando simultáneamente por imprimirles una mejor orientación en estos temas, que denunciándolo y diciéndole que Sanders no quiere su apoyo.

Como escuché una vez de boca del socialista Adolph Reed en el programa de Michael Brooks, todo esto es un enfoque «demasiado protestante» de la política. El eje puesto en la evaluación moral de los individuos —como dice Reed, en definir si un individuo determinado «va al cielo» o «va al infierno»— obstaculiza la acción colectiva que intenta crear un futuro mejor.

Tenemos que avanzar

En realidad, contrarrestar estas tendencias que operan en la cultura en general requeriría que la izquierda tome el poder y haga cosas como eliminar el derecho de las empresas a despedir sin motivo a sus trabajadores y nacionalizar Twitter. Si tengo razón cuando digo que el impacto de todas estas tendencias en la izquierda atenta justamente contra estos objetivos, la cosa empieza a parecerse a la novela Trampa 22. No podemos conquistar a la mayoría y tomar el poder porque estamos perdiendo fuerza por factores que solo podremos contrarrestar una vez que conquistemos a la mayoría y tomemos el poder.

Pero hay ciertos motivos para tener un mínimo de optimismo. En primer lugar, como dije antes, el motivo por el que la izquierda es tan «canceladora» no es solo que vivimos en un mundo cada vez más «cancelador». También está la posibilidad de que el eje moralista de «tomar partido» sea un síntoma de impotencia. En la medida en que se trata simplemente de un mal hábito aprendido durante nuestro largo exilio de la política real, debería ser posible aplicar una corrección colectiva.

En segundo lugar, la «cultura de la cancelación» difícilmente sea la única fuerza antisolidaria que se origina fuera de la izquierda pero impacta en sus filas (y en las de todo el espectro político). Pensemos en el racismo, en el sexismo, en la homofobia y en otros prejuicios similares. Todos estos son problemas tan importantes en la sociedad estadounidense que sería tonto pensar que la izquierda es completamente inmune, pensar que, por ejemplo, ningún hombre de izquierda tendrá actitudes teñidas de sexismo. Esto no significa que tengamos que desesperarnos y llegar a convencernos de que no tiene sentido desalentar estas actitudes en nuestras filas. Incluso en los años 1930 y 1940, cuando Estados Unidos era un país mucho más abiertamente racista que hoy, estaba prohibido usar insultos racistas en las reuniones del partido comunista.

Hoy todavía hay demasiadas personas en la izquierda que descartan las críticas hacia los comportamientos punitivos y moralistas como si fueran un culto a los buenos modales y una voluntad de complacer la respetabilidad burguesa, o insisten en que lo que sucede en las redes no es tan importante, aunque la verdad es que en 2022 una parte considerable de la interacción, de la educación y hasta de la organización políticas tiene un componente virtual y, como muestran desafortunadamente los ejemplos que discutimos más arriba, estos problemas también existen fuera de las redes.

Una crítica recurrente contra el título de mi libro es que no importa si las personas «cancelan a un cómico» en Twitter mientras se comprometan con la organización en el mundo real. Como dice el meme, «¿Por qué no los dos»? Y, en cualquier caso, ¿por qué gastar tiempo quejándonos sobre la toxicidad dentro de la izquierda «mientras el mundo está ardiendo»?

El problema es que, aun si pasamos diez horas a la semana en un grupo de DSA, cada media hora que pasamos escupiendo bilis sobre «la problemática» en las redes atenta contra las buenas obras anteriores haciendo que la izquierda parezca la policía del resto del mundo. Este es un problema real.

Por el contrario, convencer a las personas que queremos conquistar de que no tienen que simpatizar con el castillo del vampiro tendrá buenos frutos. El tipo de izquierda que defendía Michael Brooks, una izquierda formada para ser «despiadada con los sistemas» pero «amable con las personas», resultará mucho más agradable a los posibles conversos que una que parece cientos de personas saltando para denunciar a Natalie Wynn o Barbara Ehrenreich en función de la peor interpretación posible de un tuit ocasional.

¿Cómo podemos intentar de establecer colectivamente normas de interacción más compañeriles y más humanas entre las personas que trabajan juntas para cambiar el mundo, y aplicarlas incluso cuando nos relacionamos en espacios virtuales prácticamente diseñados para alentar a que los individuos atomizados se ataquen unos a otros ante la más mínima provocación? Es una pregunta difícil y la respuesta no es fácil. Pero no podemos seguir descartando el problema como si no fuera importante y negarnos a intentar mejorar. Tenemos un mundo por ganar."                (Ben Burgis, JACOBIN, 16/09/22)

26/9/19

Los estratos sociales más pobres, más desfavorecidos y socialmente marginados son los más "malos" en internet (se llamaba odio de clase, pero hoy sería políticamente incorrecto)... No necesitábamos investigar para descubrirlo: era suficiente mirar la distribución geográfica (y socioeconómica) de los suburbios franceses, protagonistas de la revuelta de los chalecos amarillos...

"En los últimos tiempos he evocado a menudo el concepto de "Espiral del silencio", acuñado por la socióloga alemana Noelle Neumann para describir la actitud de aquellos que evitan expresar sus opiniones en público porque, siendo conscientes de que estas son ideas desaprobadas por el mayoría, temores de ser objeto de juicios negativos. 

Lo que hace que las teorías de Neumann sean particularmente relevantes es la difusión de formas de "terrorismo ideológico" asociadas con el uso del lenguaje políticamente correcto y su función de disuasión / represión de las élites políticas, mediáticas y académicas contra las clases bajas y los su derecho a expresar su enojo ante la situación económica y social.

 Se podría objetar que las clases bajas, en la medida en que representan a la mayoría de la población, no deberían estar sujetas a condicionamientos culturales por grupos y categorías minoritarios. El hecho es que, como Antonio Gramsci nos enseñó con el concepto de hegemonía, la mayoría numérica no se traduce automáticamente en una mayoría político-cultural. 

Las clases y las clases profesionales que controlan las compañías, los partidos, los periódicos, la televisión, las escuelas, "hacen" una mayoría porque controlan todos los canales de difusión de los discursos, pero sobre todo porque producen, controlan y organizan colectivamente narrativas convencionales, mientras que las masas populares ( en particular en una época como la actual, que los privó de sus herramientas de representación) se ven reducidos al polvo de sujetos individuales.

 Para cambiar parcialmente esta situación, Internet y las redes sociales contribuyen, devolviendo el derecho de expresión incluso a las opiniones "heréticas", incluso si se expresan con términos "inapropiados". Esto sucede porque las personas, protegidas por el anonimato virtual, tienen menos miedo de ser sometidas a sanciones morales.

 Es cierto que en su mayoría existen puntos de venta individuales, pero la facilidad con la que a veces logran propagarse con métodos "virales", contaminando audiencias más amplias para promover movimientos reales, asusta a las personas de pensamiento correcto que exigen medidas legislativas para "normalizar" red.

 También en este caso, el arma más efectiva es la de los políticamente correctos, gracias a su capacidad de producir categorías para ser indexadas, entre las cuales la de los "enemigos" parece estar particularmente de moda. 

En un guión en Corriere della Sera el 15 de septiembre, titulado "La geografía del odio en la red", Federico Fubini cita una investigación de dos economistas que, trabajando en una base de datos de 75,000 tweets de "odio" (ignoramos los criterios por los cuales esta clasificación ha sido construida), han trazado una "geografía del odio digital" que asocia el fenómeno a las siguientes áreas del país: 1) no hay áreas Vax; 2) áreas con altas tasas de desigualdad de ingresos; 3) áreas con altos niveles de inseguridad laboral.

 Mientras lucho por dar sentido a la primera correlación (a menos que quieras interpretarla como un síntoma de la "tendencia a odiar" a las personas cultural y científicamente menos preparadas), las otras dos suenan como el descubrimiento de agua caliente: quieres ver que los estratos sociales más pobres, más desfavorecidos y socialmente marginados son los más "malos" (una vez que se llamaba odio de clase, pero hoy sería políticamente incorrecto). 

No necesitábamos investigar en Internet para descubrirlo: era suficiente mirar la distribución geográfica (y socioeconómica) de los suburbios franceses, protagonistas de la revuelta de los chalecos amarillos. 

Sin embargo, no tengo dudas de que incluso estos "descubrimientos" contribuirán a la elaboración de criterios de filtrado y herramientas para mensajes en línea "inadecuados", con la esperanza de bloquear los agujeros que la Red amenaza con abrir en la Espiral del Silencio."             (Carlo Formenti, MicroMega, 18/09/19; traducción google)

22/11/16

Clint Eastwood: “Secretamente, todo el mundo se está hartando de la corrección política, del peloteo. Estamos en una generación de blandengues; todos se la cogen con papel de fumar” . Un resultado es... Trump

"(...) Hace poco más de dos años, según realtó Judith Shulevitz, estudiantes de la Universidad de Brown organizaron un debate abierto sobre agresiones sexuales. 

Inmediatamente, otro grupo de alumnos, temeroso de que los intervinientes pudieran exponer ciertas ideas “negativas”, protestó ante la dirección argumentando que la universidad debía ser un “espacio seguro” donde nada avivara los traumas de las víctimas. 

Las autoridades académicas no cancelaron el acto, pero pusieron a disposición de los asistentes su propio “espacio seguro”: una sala contigua donde cualquiera pudiera acudir para recuperarse de algún punto de vista turbador, y, si se sentía con fuerzas, regresar al debate. 

La estancia estaba equipada con cuadernos para colorear, juegos de plastilina, cojines, música relajante, mantas, galletas, chuches, incluso un video relajante en el que aparecían perritos jugando. También contaba con personal cualificado para atender posibles traumas.

 Cuando el evento finalizó, dos docenas de personas habían pasado por esta sala, una de las cuales explicó: “me sentía bombardeada por unos puntos de vista que van en contra de mis creencias más íntimas”.

En otra ocasión, un profesor del Columbia College recomendó la visita a una interesante exposición de arte samurai japonés. Inmediatamente, uno de sus estudiantes protestó airadamente, tachando su sugerencia de políticamente incorrecta porque podía herir la sensibilidad de los alumnos chinos. 

Obviamente, la objeción era absurda; la invasión de China por el ejército imperial japonés había finalizado setenta años atrás. Sin embargo, para el estudiante el tiempo transcurrido era irrelevante. Siguiendo su lógica, el arte alemán ofendería en Francia, el francés en España por la invasión napoleónica, o el español en Flandes.

Otro caso llamativo es el del ex presidente de la Universidad de Harvard, el economista Larry Summers, que tuvo la desgraciada ocurrencia de publicar un estudio donde mostraba que el coeficiente de inteligencia de los hombres presenta una dispersión, una varianza mayor que el de las mujeres, planteando como hipótesis que este hecho podía influir en la asignación de puestos de trabajo en las escalas más altas y más bajas. 

Automáticamente fue acusado de machista y, tras una durísima campaña en su contra, Summers se vio obligado a dimitir en 2006.

Del oscurantismo a la ignorancia

El calvario de todos estos profesores ilustra la plaga de la corrección política, una moda que invade los campus universitarios del mundo desarrollado, constituyendo una asfixiante censura que, en no pocas ocasiones, provoca dramas absurdos perfectamente evitables. Lo peor, con todo, es que condena a la sociedad al oscurantismo, a la ignorancia. 

Al fin y al cabo, Summers sólo podría haberse ahorrado el calvario falseando los resultados de su investigación, adaptándolos a la “realidad” de lo políticamente correcto o, sencillamente, renunciando a investigar. 

Por su parte, el profesor de Columbia debería pensárselo dos veces antes de recomendar exposiciones de arte a sus alumnos puesto que todas, de alguna manera, herirán la sensibilidad de alguien. En cuanto a los estudiantes de la Universidad de Brown, para evitar sobresaltos tendrían que renunciar a organizar debates abiertos.

El irresistible avance de la corrección política es una señal muy potente que nos advierte de la infantilización de la sociedad occidental, reflejada con pavorosa nitidez en su universidad, de donde precisamente proviene. Tanto despropósito llevó a Richard Dawkins, profesor de biología evolutiva de la Universidad de Cardiff a advertir a sus estudiantes, con indisimulada indignación: “La universidad no puede ser un ‘espacio seguro’. 

El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contraria a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la universidad”.

La corrección política es producto de ese pensamiento infantil que cree que el monstruo desaparecerá con solo cerrar los ojos. Pero la maduración personal consiste justo en lo contrario, en descubrir que el mundo no es siempre bello ni bueno, en la toma de conciencia de que el mal existe, en llegar a aceptar y encajar la contrariedad, el sufrimiento. 

Y, por supuesto, en aprender a rebatir los criterios opuestos. En su esfuerzo por hacer sentir a todos los estudiantes cómodos y seguros, a salvo de cualquier potencial shock, las universidades están sacrificando la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, remplazando la lógica por la emoción y la razón por la ignorancia. En definitiva, están impidiendo que sus alumnos maduren.

La trampa del “espacio seguro”

Cuando se designa unos espacios universitarios como seguros, implícitamente se está marcando otros como inseguros y, por lo tanto, tarde o temprano habrá que “asegurarlos”, hasta que cualquier opinión desconcertante quede prohibida en todo el campus. Y, si esto es válido para la universidad, ¿por qué no trasladarlo a la sociedad en su conjunto? Así, la represión se extiende como mancha de aceite, prohibiendo palabras, términos, actitudes, estableciendo una siniestra policía del pensamiento.

Desde el punto de vista conceptual, la corrección política es incongruente, cae por su propio peso. Dado que no todo el mundo opina igual ni posee la misma sensibilidad, no es posible separar con rigor lo que es ofensivo de lo que no lo es, establecer una frontera objetiva entre lo políticamente correcto y lo incorrecto. 

Hay personas que no se ofenden nunca; otras, sin embargo, tienen la sensibilidad a flor de piel. La ofensa no está en el emisor sino en el receptor, Así, en la práctica, es la autoridad quien acaba dictaminando lo que es políticamente correcto y lo que no. Y lo hace, naturalmente, a favor del establishment y de los grupos de presión mejor organizados.

La corrección política es una forma de censura, un intento de suprimir cualquier oposición al sistema. Y es además ineficaz para afrontar las cuestiones que pretende resolver: la injusticia, la discriminación, la maldad. No es más que un recurso típico de mentes superficiales que, ante la dificultad de abordar los problemas, la fatiga que implica transformar el mundo, optan por cambiar simplemente las palabras, por sustituir el cambio real por el lingüístico.

Lo expresó de forma certera el defensor de los derechos civiles W. E. B. Du Bois en 1928. Tras ser recriminado por un joven exaltado por usar la palabra “negro”, Du Bois respondió: “Es un error juvenil confundir los nombres con las cosas. Las palabras son sólo signos convencionales para identificar objetos o hechos: son estos últimos los que cuentan.

 Hay personas que nos desprecian por ser negros; pero no van a despreciarnos menos por hacernos llamar ‘hombres de color’ o ‘afroamericanos’. No es el nombre… es el hecho”. En efecto, ni la discriminación, ni el racismo, ni cualquier otro problema, se resuelven por cambiar los nombres. Como mucho, se logra tranquilizar la mala conciencia de algunos.

Y el resultado es… Donald Trump

Hay mucha gente en el mundo, demasiada en España, que, al parecer, carece de la madurez emocional o de la capacidad intelectual para escuchar una opinión política que se aparte de sus convicciones sin considerarla un insulto personal. Al poner los sentimientos por encima de los hechos, de las razones, cualquier opinión válida puede ser desactivada tachándola de racista, sexista, discriminatoria. 

Puede que a estas personas la corrección política les haga sentirse más cómodos, pero a costa de instaurar la cultura del miedo en los demás. Clint Eastwood declaró: “Secretamente, todo el mundo se está hartando de la corrección política, del peloteo. Estamos en una generación de blandengues; todos se la cogen con papel de fumar”.

Aun así no era plenamente consciente del peligro que se avecinaba: tarde o temprano el virulento efecto péndulo invierte las magnitudes, la gente acaba hastiada de tanta censura, y como reacción… vota a Donald Trump.

Renunciar al libre discurso, al libre pensamiento, para evitar herir la sensibilidad de algunos es peor que estúpido: es peligroso porque pone en cuestión los principios de la democracia. Debemos ser respetuosos con todo el mundo, por supuesto. 

Pero también expresar con libertad nuestras ideas y argumentos. Si alguien se molesta, se rasga las vestiduras, es muy probable que esté mostrando su talante inmaduro, su carácter infantil e intolerante. Lo advirtió George Orwell en su novela 1984: “La libertad es el derecho de decir a la gente aquello que no quiere oír”.              (Javier Benegas,  Juan M. Blanco, Vox Populi, 19/11/16)

18/3/14

La espiral del silencio

"(...) En su libro "La opinión pública : nuestra piel social " (1995 ) explica que haga un intento de crear una imagen teórica de la opinión pública basada en el control que la sociedad hace sobre todos sus miembros. Los ciudadanos , en opinar y actuar , tenderán a sentirse como la mayoría.

 No se trata , en principio , de si estas normas son buenas o malas. Es difícil saber qué relación existe entre las respuestas en un cuestionario y lo que realmente opinan los individuos y aún más , lo que finalmente harán. 

 En el caso de la Noëlle Neumann , las relaciones que hubo entre las encuestas preelectorales y el resultado final hicieron que la investigadora alemana componer una especie de nociones generales explicativas .

A partir de las ideas filosóficas y sociológicas que provienen de otros autores como Habermas o Lippman , que tiene en cuenta , Neumann elabora una propuesta de tipo teórico :

a . - Los individuos experimentan un miedo continuada al aislamiento . 


b . - Este miedo al aislamiento hace que los individuos intenten evaluar siempre el clima de opinión . 

c . - Los resultados de esta evaluación influyen , sobre todo en público , en la expresión pública o la ocultación de las opiniones .

El resumen de esta explicación conduce a afirmar que la opinión pública es el resultado de la necesidad que tienen los individuos de sentirse integrados en sus grupos de referencia y que esta necesidad hace que los ciudadanos tengan una capacidad intuitiva de captar cuáles son las corrientes de opinión mayoritarios o los que lo acabarán siendo . (...)"               (
PONT SORRIBAS, en Kairoi, 31/12/2013)

17/12/13

Le pregunté por qué no intentaba ponerse de acuerdo con otros empresarios sobre la independencia de Cataluña. Me contestó que cuando les proponía unirse para manifestarlo públicamente, uno decía que tenía un viaje a Nueva York, otro...

"Existe un fenómeno viejo como el mundo que está de triste actualidad estos días. En 1931, Daniel Katz y Flyod H. Allport acuñaron el concepto «ignorancia pluralista» para describir, con frecuencia, a la mayoría de los miembros de un colectivo que no está de acuerdo con una creencia, con una norma o con la deriva que han tomado sus pares en determinado asunto, pero como creen –incorrectamente– que el resto de su entorno sí lo está, no se atreven a expresar supostura.

 Dicho de otro modo, la gente tiende a ocultar sus verdaderas preferencias porque cree que los demás no piensan o sienten como ellos. He aquí algunos ejemplos. En 1975 los sociólogos observaron que la ignorancia pluralista era responsable de la errada percepción que los blancos de Carolina del Sur tenían sobre el siempre delicado tema de la segregación racial.

En realidad, la mayoría de ellos estaban contra el trato discriminatorio dispensado a las personas de raza negra pero no se atrevían a manifestarlo. Sin embargo, cuando se enteraban de que eran muchos los que coincidían con su manera de pensar, se producía un cambio radical en su actitud porque, como bien se obser vó entonces, el mero hecho de saber que existe una corriente de cambio, ya propicia un cambio. Conocedores de que esto es así, en la universidad de Princeton decidieron hace unos años usar el fenómeno ignorancia pluralista para luchar contra lo que en inglés se llama binge

drinking, o ingesta incontrolada de alcohol. A través de encuestas anónimas descubrieron que la mayoría de los chicos no estaba de acuerdo con las borracheras épicas de fin de semana tan comunes entre estudiantes pero no se atrevían comportarse de otro modo por temor a ser tachados de mojigatos. En vez de prohibir el alcohol, lo que hicieron entonces fue publicar las cifras de las encuestas realizadas. (...)

¿Cómo se produce este tipo de fenómeno? ¿Cómo se cambia una tendencia en la forma de pensar sobre algo que todo el mundo sabe que no es deseable pero nadie se atreve a confesárselo a veces ni siquiera a sí mismo?

He estado estos días atrás en Cataluña y me pareció detectar algo muy parecido a la ignorancia pluralista en personas muy distintas entre sí con las que tuve oportunidad de hablar. Les cuento un par de anécdotas que me parecen significativas. Antes de mi viaje, llamé a una vieja amiga para decirle que me gustaría verla.

 Durante nuestra conversación telefónica pregunté retóricamente cómo estaban las cosas por allá y me respondió cortante: «Espera un momento, te llamo en cinco minutos». Transcurrido este tiempo, en efecto me llamó diciendo que le perdonara la interrupción, pero que había decidido salir al jardín para, según sus propias palabras, hablar con más libertad sin que la oyeran sus compañeros de trabajo.

Tuve oportunidad de ver también a un empresario muy conocido, el primero que se significó diciendo que, si llegara la independencia, él y su empresa se marcharían de Cataluña. Le pregunté por qué no intentaba ponerse de acuerdo con otros empresarios que seguramente pensaban como él para hacer alguna declaración conjunta al respecto. 

Me contestó que cuando hablaba con ellos, en privado, todos estaban de acuerdo en que la independencia era suicida pero cuando les proponía unirse para manifestarlo públicamente, uno decía que tenía un viaje a Nueva York, otro que debía operarse de cataratas, e incluso un tercero que le venía fatal porque se casaba su hijo en de un par de semanas (sic).

En situaciones políticas abstrusas como la que se está viviendo en Cataluña uno se pregunta siempre qué papel puede jugar la sociedad civil. Se me ocurre que, para empezar, lo ideal es que exista la mayor información posible. Información, por supuesto, sobre lo que significaría una independencia de estas características (¿Quién va a pagar las pensiones? ¿Qué moneda tendría el nuevo estado? ¿Cómo se va a financiar?, etcétera).

 Pero también información sobre lo que realmente opina al respecto la mayoría de los integrantes de esa sociedad. Saber por ejemplo, que lo que uno piensa y no se atreve a decir por temor a no estar en sintonía con los demás es, casi con toda probabilidad, lo mismo que piensan muchísimas otras personas que también se ven condicionadas por lo que llaman ignorancia pluralista."          (CARMEN POSADAS, ABC 27/10/13, en Fundación para la Libertad)

14/4/10

La espiral del silencio

La idea principal de la teoría de la espiral del silencio es que la sociedad amenaza con el aislamiento y la exclusión a las personas que se desvían del consenso.
Acabo de descubrir que se ha muerto, hace unas semanas, Elisabeth Noelle-Neumann. La socióloga alemana, autora de La espiral del silencio (1984), nos ha dejado silenciosamente, sin obituarios ni reconocimientos por nuestra parte. Y eso que, tras toda una vida estudiando el fenómeno de la opinión pública, nos lega unas herramientas muy valiosas para entender algo de nuestro aturullado comportamiento sociopolítico.

Verán, por una parte tenemos un concepto racionalista de la opinión pública, basado en la idea de unos ciudadanos informados, capaces de formular argumentos razonables y de realizar juicios ponderados. Este es el concepto ideal, que grandes pensadores como Habermas desarrollan para una teoría de la ciudadanía democrática. Sin embargo, lo que Noelle-Neumann estudió y teorizó es la forma en que la mayoría de los individuos -y no sólo esa élite ilustrada- forman sus opiniones y sus comportamientos, ajenos a ese ideal racionalista; en su lugar, popularizó la tesis de que la opinión pública es una cuestión de control social.

La idea principal de la teoría de la espiral del silencio es que la sociedad amenaza con el aislamiento y la exclusión a las personas que se desvían del consenso. Los individuos, dotados de un miedo natural y comprensible al aislamiento, intentan comprobar constantemente qué opiniones y modos de comportamiento son aprobados y desaprobados en su medio, y qué opiniones y formas de comportamiento están ganando o perdiendo fuerza.

Los resultados de sus estimaciones influyen en la inclinación de la gente a expresarse, así como en su comportamiento en general. "Correr en pelotón constituye un estado de relativa felicidad; pero si no es posible, porque no se quiere compartir públicamente una convicción aceptada aparentemente de modo universal, al menos se pude permanecer en silencio como segunda mejor opción, para seguir siendo tolerado por los demás".

Así que eso somos nosotros: animales con un radar interior, animales que necesitan ser aceptados, reconocidos, apreciados, queridos y que, por tanto, se suman al pelotón principal. Animales que se mimetizan con su entorno, que intentan no pensar ni sentir de manera muy diversa al común de su grupo, de sus círculos de referencia y afecto. Si disienten, tienden a callarse, a "no significarse". Se trata, sin ir más lejos, de una teoría que muestra muy bien cómo funciona o ha funcionado la sociedad vasca durante todas estas décadas.

Pero se trata de una teoría sobre el funcionamiento de los grupos humanos (de cómo se cohesionan, se refuerzan y se presionan; de cómo controlan a las minorías disidentes), no tanto sobre el enigma de cómo se forma una masa crítica que impulsa la evolución de una opinión mayoritaria a otra. De cómo se rompe o transforma esa (en nuestro caso tan triste, o tan culpable) espiral del silencio. Y he ahí la madre del cordero." (Fundación para la Libertad, citando a Belén Altuna, EL PAÍS, 14/4/2010)