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7/5/23

Terry Eagleton: ¿Por qué no le caigo bien al Rey Carlos? Tengo una espina clavada con Carlos III. Hace algunos años, cuando aún era un humilde Príncipe de Gales, concedió una audiencia a unos becarios Rhodes de Oxford en una época en la que yo enseñaba allí. "¿Quién os enseña?", les preguntó. "No ese terrible Terry Eagleton, espero"... Las democracias funcionan siempre que todos estemos de acuerdo en que así sea. Pero, irónicamente, lo mismo ocurre con la monarquía. Sólo sobrevive mientras mantengamos la ficción colectiva de que, por ejemplo, un joven carcamal convertido en viejo carcamal famoso por su irritabilidad, petulancia y autoindulgencia, sin más lealtad que la genética, debe ser venerado de forma casi religiosa. De hecho, sabemos muy bien que ser rey es un trabajo que casi cualquiera podría hacer, siempre y cuando sepas andar, sonreír, dar la mano, cultivar una mirada preocupada y hacer lo que te digan tus cortesanos

 "Tengo una espina clavada con Carlos III. Hace algunos años, cuando aún era un humilde Príncipe de Gales, concedió una audiencia a unos becarios Rhodes de Oxford en una época en la que yo enseñaba allí. "¿Quién os enseña?", les preguntó. "No ese terrible Terry Eagleton, espero".

Me sentí desolado al oír esta noticia. No porque dudara del derecho del Príncipe a juzgar, por duro que fuera, a uno de sus súbditos. Al contrario, con gusto me habría sometido a un torrente de viles improperios de la lengua real, sintiendo que no era más que su prerrogativa. Si hubiera anunciado oficialmente que yo era un gusano despreciable, y que iba a ser tratado como tal en todo el reino, mi lealtad habría permanecido inquebrantable.

Aun así, no pude evitar sentirme conmocionado. Era como descubrir que Dios no soportaba verme, o que el Papa vomitaba cada vez que mencionaban mi nombre. Al oír las palabras de Charles me sentí como una versión más sombría del Christopher Robin de A.A. Milne. "¿Crees que el Rey lo sabe todo sobre mí?", le pregunta lastimero a su niñera, a lo que ella responde con la consoladora mentira: "Seguro que sí, cariño, pero es la hora del té". Estaba claro que el Príncipe también lo sabía todo sobre mí, pero más del modo en que podrían saberlo el MI5 o el HMRC. Esto no me produjo la sensación de seguridad cósmica que uno imagina que sintió el joven Christopher. Era como si su niñera le hubiera contestado: "Seguro que sí, cariño, y piensa que eres un imbécil".

Supuse que eran mis opiniones políticas, más que el corte de mi chaqueta o mi reticencia a montar a los sabuesos, lo que Charles encontraba desagradable, y esto era lo que más me perturbaba. Había imaginado que las personas de la realeza como él estaban por encima del ámbito político, impecablemente ecuánimes en su trato a los conservadores y los trotskistas. Es cierto que había enviado a sus hijos a Eton, pero yo suponía que lo había hecho porque en el colegio local podían darles un poco de caña.

¿Era posible que hubiera pasado toda mi vida sumido en el engaño? Aparecieron fragmentos de memoria, anomalías a las que había cerrado los ojos: el odio patológico de la Reina Madre hacia los alemanes, la comparación de los irlandeses con cerdos por parte de la Princesa Margarita, las geniales meteduras de pata racistas del Duque de Edimburgo, la enorme riqueza privada de todos ellos. ¿Podría haber un patrón aquí? Incluso entonces, el Príncipe Andrés ya no parecía irradiar el aura de misterio y enigma que había sentido por él antes. Por mucho que me resistiera, me resultaba imposible evitar la conclusión de que la familia real no es políticamente neutral.

Las palabras de Christopher Robin revelan cierta perspicacia. La idea de soberanía implica la fantasía de ser conocido por un poder omnisciente, que a pesar de escudriñarte hasta lo más profundo sigue amándote incondicionalmente. La palabra habitual para designarlo es Dios, pero un término más familiar es padre, y el monarca es la mamá o el papá definitivo de todos nosotros.

La ficción es que el Rey conoce a todos sus súbditos desde dentro, pero esto no significa que su conocimiento de ellos se extienda tanto que no pueda conocer a ninguno en particular. Al igual que Bill Clinton, el soberano puede hablar con todo el mundo en una sala abarrotada como si fuera la única persona presente. Es natural, sin embargo, pensar que el Rey podría no tener un conocimiento tan íntimo, y por eso hay cierta ansiedad en la pregunta de Cristóbal a Alicia, la niñera. Si Dios o el Rey son lo bastante trascendentes como para conocer y amar a todo el mundo, ¿no implica esto un distanciamiento que significa que no pueden amar ni conocer a nadie? ¿Cómo se puede ser a la vez íntimo y omnisciente?

Tratar de resolver esta contradicción es el sentido de esos cuentos populares en los que el rey se mueve entre su pueblo de incógnito, observándolo de cerca pero disfrazado, y por tanto sin amenaza para su majestad. Se convierte en un quintacolumnista en su propio reino. ¿Y si el soberano está tan distante que el pueblo se siente despojado, abandonado, como parecen haberse sentido los británicos cuando la Reina se negó a llorar a la princesa Diana? El titular de The Sun de entonces, "¿Dónde está nuestra Reina?", puede traducirse en un temible aullido infantil: "¡Mamá!"

Sin embargo, hay un problema con el amor de los padres. Los padres son como las autoridades políticas porque se supone que deben cuidar de todos sus descendientes/ciudadanos por igual, y en el caso de los padres hacerlo incondicionalmente. Esto se puede ver en acción cada vez que alguien es acusado de un delito grave. Todos sus parientes acudirán espontáneamente en su apoyo, testificando que jamás pisó la tierra un hijo más cariñoso o un hermano de corazón más grande. "¡No puede haberlo hecho!", insisten ante la prensa. "Quiero decir, le conozco. Lo conozco desde que nació". El hecho de que el Estrangulador de Boston también era conocido por otros es extrañamente pasado por alto. Yo mismo soy padre, pero si uno de mis hijos fuera acusado de asesinato, no asumiría automáticamente que es inocente. Todos los asesinos tienen padres. Todo el mundo es capaz de perder la calma y matar a alguien. No hay incoherencia entre ser un hijo cariñoso y empuñar un machete.

La idea de soberanía, por tanto, es a la vez consoladora e inquietante. Ser aceptado por una autoridad inconcebiblemente superior a uno mismo es afianzar y confirmar la propia identidad. El soberano te mira benignamente y tú le devuelves la mirada agradecido. Te han sacado del rebaño común y te han investido de un estatus especial. Eres, en una palabra, UnHerd. La relación es, por supuesto, desigual: Dios o el monarca pueden conocerte, pero tú no puedes conocerlos a ellos, porque son seres trascendentes envueltos en el misterio. Sólo puedes saber que te conocen. Sin embargo, también eres consciente de que esta relación especial también es cierta para todos los demás, en cuyo caso no lo es para ti. Si todo el mundo es especial, nadie lo es. Y ésta es una de las razones de la ansiedad que genera la autoridad.

Las democracias reales, es decir, las republicanas, no funcionan así. Son la única forma política que no necesita invocar un poder legitimador externo al propio pueblo. En lugar de ello, el pueblo se legitima a sí mismo, en su discurso cotidiano, en su acción y en la elaboración de leyes. Esto les confiere una autoridad inusual, pero también genera incertidumbre. Significa que la sociedad política sólo se basa en sí misma, sin un guión escrito de antemano ni una agenda divina, y esto se asemeja a una sensación de falta de fundamento. Las democracias tienen que inventarse las cosas sobre la marcha, más como un teatro experimental que como un drama shakesperiano. "El pueblo" parece una base suficientemente firme, pero en realidad el pueblo está dividido, es diverso y cambia constantemente. Por eso la democracia es el tipo de política adecuada a la modernidad, a la idea de que las sociedades son históricas y no eternas, y de que los hombres y las mujeres se forjan a sí mismos y no están determinados por la tradición.

Mientras tanto, ser conocido no siempre es agradable, como sugeriría "ese terrible Terry Eagleton". Si existe el Rey benévolo que sabe lo que Christopher Robin desayuna, también existe el Gran Hermano. La soberanía no está lejos de la vigilancia. "Tú, Dios, me vigilas" puede significar tanto "¡Deja de pecar porque Él te vigila!" como "¿No es agradable saber que Dios me vigila?".

El filósofo del siglo XIX Jeremy Bentham diseñó una prisión con una torre de vigilancia central y un círculo de celdas alrededor. Los guardianes no tenían la capacidad divina de supervisar a todos los presos todo el tiempo, pero podían echar un vistazo a cualquiera de ellos cuando quisieran; y como los reclusos no sabían cuándo estaban siendo escrutados, esto equivalía a ser inspeccionados todo el tiempo. En Disciplina y castigo, Michel Foucault utiliza esta imagen del estado de vigilancia mucho antes de que estuviéramos realmente vigilados todo el tiempo. Ya no es cierto, adaptando el célebre dicho de Abraham Lincoln, que se puede vigilar a algunas personas todo el tiempo, o a todas las personas parte del tiempo, pero no se puede vigilar a todas las personas todo el tiempo.

Las democracias funcionan siempre que todos estemos de acuerdo en que así sea. Pero, irónicamente, lo mismo ocurre con la monarquía. Sólo sobrevive mientras mantengamos la ficción colectiva de que, por ejemplo, un joven carcamal convertido en viejo carcamal famoso por su irritabilidad, petulancia y autoindulgencia, sin más lealtad que la genética, debe ser venerado de forma casi religiosa. De hecho, sabemos muy bien que ser rey es un trabajo que casi cualquiera podría hacer, siempre y cuando sepas andar, sonreír, dar la mano, cultivar una mirada preocupada y hacer lo que te digan tus cortesanos. El Manchester United podría asumirlo por turnos, con cada jugador haciendo el trabajo durante un año más o menos.

Si Christopher Robin muestra cierto grado de sabiduría, también lo hace el niño que proclamó que el emperador no tenía ropa. O, mejor dicho, el Emperador no es más que ropa: sólo sus atavíos exteriores y su atuendo ceremonial. Las coronaciones son solemnes farsas en las que aceptamos suspender nuestra incredulidad en el mito y el orden divino para aplacar nuestro temor de que, como demócratas, no nos apoyemos en nada más sólido que nosotros mismos. Al igual que con la moneda, es nuestra fe en algo intrínsecamente sin valor lo que hace que funcione. Necesitamos un Otro, y los Windsor están a mano para proporcionárnoslo. En los tiempos en que el monarca tenía verdadera autoridad, se vestía con galas en parte para deslumbrar a sus súbditos, pero también, como sostiene Edmund Burke, para encubrir y suavizar la brutalidad de su poder. Los reyes eran hombres travestidos, que cubrían el feo falo de su dominio bajo seductores ropajes femeninos.

Al final, sin embargo, no funciona del todo bien. Se supone que la realeza representa un oasis de estabilidad y continuidad en el entorno cada vez más fluido, inestable e impredecible que conocemos como sociedad de mercado. Lo que ha ocurrido, en cambio, es que el comportamiento moral de ese mundo ha invadido ahora el santuario interior de la propia familia real, con su letanía de rupturas, meteduras de pata, guerras publicitarias y relaciones disfuncionales. Merece la pena tener esto en cuenta cuando nuestra democracia se inclina ante un jefe de Estado no elegido." 
                       

( , UnHerd, 04/05/23; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

15/3/21

Lo que las cosas dicen de nosotros. Las cosas dicen de nosotros lo que somos tanto como nuestros actos. El viejo jersey que te pones al llegar a casa y que te indica que has entrado en un espacio propio lejos de las obligaciones de vestimenta a la moda... una vieja prenda de la que conoces su biografía porque está entrelazada con la tuya

 "En los días siguientes a la muerte de un familiar querido volvemos a entrar en su casa, ahora vacía de su risas y caricias, mas llena de todo aquello entre lo que desenvolvía su vida. Fotografías, libros, sus tazas preferidas, la bisutería con la que se adornaba, el sillón que usaba para ver la tele. Las lágrimas nos invaden en nuestro recorrido por las habitaciones que nos eran tan familiares y ahora se han vuelto repentinamente extrañas. Lo que era un espacio común ahora no es sino un lugar de tristeza y recuerdo. Cuando las habitaciones se vacíen todo un mundo de remembranzas se irá con las cosas que fueron tan cercanas.

El antropólogo y teórico de la ciencia Bruno Latour ha insistido en la hibridación entre cosas, espacios e identidad. Las colecciones, muestreos, amueblamientos, archivos y bibliotecas, museos, laboratorios, redes digitales y complejos de datos son condiciones que no están por encima ni por debajo del carácter social de las producciones culturales.

En la cultura, los espacios, los artefactos y las comunidades se entrelazan de manera inseparable, constituyendo las varias formas de identidad que caracterizan nuestras trayectorias. Identidades epistémicas y estéticas. Identidades que permiten organizarse a los grupos sociales alrededor de signos y símbolos de afiliación, afinidades y lealtades.

No hay cultura sin artefactos

La cultura existe depositada en redes de artefactos. No hay cultura sin artefactos. Los artefactos no son medios o instrumentos de representaciones antecedentes, sino medios, o entornos, sin los que la cultura no puede crecer ni florecer. No hay religiones sin artefactos: ídolos, tótems, imágenes, mandamientos escritos en piedra, ritos, vestiduras, máscaras, cilicios, reclinatorios, cálices. No hay educación sin academias, estoas, pizarrones, bibliotecas, lapiceros. No son instrumentos: son estructuradores de posibilidades.

La cultura contiene prácticas y símbolos edificados como sistemas de carácter inmaterial, pero los soportes materiales de tales sistemas simbólicos importan como importa lo constitutivo y no lo meramente accesorio o instrumental.

Así como el cuerpo no es el instrumento ni el esclavo de la mente, tampoco lo son los artefactos. La pelota no es el instrumento del fútbol sino el constituyente de un juego que llamamos balompié. La vieja forma idealista de entender la cultura, como un mundo de significados en la cabeza, se asemeja al entrenador que enseñase a jugar al fútbol con tarjetas en las que apareciese la palabra o imagen “pelota”.

Nichos de cultura material

La cultura se organiza en contextos, dominios, disciplinas, áreas… La cultura material está constituida por nichos. La escritura abrió un nicho material al lenguaje objetivado; la materia pictórica a la imagen; la digitalidad a la hibridación de medios; la bio-info-robótica quizá esté ya constituyendo nuevos nichos culturales.

Aún recuerdo clases de informática en la España medio pobre que no disponía de ordenadores en las escuelas e institutos, donde el profesor enseñaba lenguajes extraños en un pizarrón sin que los alumnos pudiesen experimentar esa tan particular experiencia de escribir comandos y ver sus resultados en la pantalla. El ordenador, entonces, no era un objeto sino un poblador de un sueño aún no realizado.

El profundo túnel de nuestra memoria

Se ha despertado una creciente atención a la dimensión material de la cultura que se originó en trabajos como los de Bourdieu en La distinción, Michel de Certeau en La invención de la vida cotidiana, o del antropólogo Daniel Miller en Culturas materiales y consumo de masas, además de los del ya citado Bruno Latour. Todos ellos han ido elaborando una mirada atenta a la cultura que nace en las fuentes de lo artificial. No es una mera moda o corriente o el prólogo a una nueva disciplina, sino todo lo contrario: el recordatorio de los más profundos túneles de nuestra memoria cultural. 

 El hecho de que en nuestra historia se hayan dejado a un lado las cosas y los artefactos, considerados bien como meras herramientas, bien como objetos de consumo, por ello sometidos a las fuerzas del mercado, indica mucho sobre los orígenes de la cultura moderna. La falta de atención a lo material es el resultado de una trayectoria de ascesis que busca en el desprendimiento una redención de una supuesta condición de caída y pecado. Sin embargo, en el detenimiento con el que Certeau describe la cocina de los proletarios de Lyon o sus ritos en la mesa excava en la condición humana mucho más profundamente que todos los exámenes de la cultura de la conciencia.

Redes que dan sentido a la existencia

La cultura material está hecha de redes de artefactos y prácticas de uso que son el medio en el que la agencia humana se hace realidad. Las cosas se articulan entre sí y con las relaciones sociales que hacen posibles: no tienen existencia más que en el contexto de las relaciones con otros artefactos y con un complejo de instituciones. Estas redes forman contextos complejos que contribuyen a crear el sentido de la acción humana.

Hanna Arendt habla de hacer de la Tierra un hogar, siempre que dejemos de considerar que los objetos son simples instrumentos funcionales. Esa trascendencia, sostiene Arendt, parece encontrarse exclusivamente en el arte y no en el mundo de las cosas funcionales. Pero aquí Arendt se equivoca. Las cosas raramente son exclusivamente funcionales en el mundo de los humanos. El más simple objeto de cocina entra en una compleja serie de relaciones con el usuario y de éste con el resto.

Uno puede tener la manía de desayunar siempre con la misma taza, que lleva años con un pequeño desconchado y que todos le animan a tirar de una vez, pero el desayuno, responde, tendría algo de desasosegante sin ella. El viejo jersey que te pones al llegar a casa y que te indica que has entrado en un espacio propio lejos del jefe y las obligaciones de vestimenta a la moda que exige tu trabajo, una vieja prenda de la que conoces su biografía porque está entrelazada con la tuya.

Incluso el consumista compulsivo, que almacena o cambia cada poco de gadgets y ropa, lo hace precisamente porque la adquisición parece aliviarle una permanente ansiedad e insatisfacción. La mercancía expuesta en el escaparate tiene algo más que valor de uso o valor de cambio: está rodeada de algo parecido al aura que Walter Benjamin encontraba en las obras de arte. 

Es un productor de deseo que activa las emociones y sueños del consumidor, pero no como simple consumidor sino como ser que desea, como habitante, quizás bajo condición de malestar, que busca un lugar en el mundo. Las cosas dicen de nosotros lo que somos tanto como nuestros actos.


Este artículo se basa en la investigación para el libro Espacios de intimidad y cultura material de Fernando Broncano Rodríguez."                   (Fernando Broncano, The Conversation, 24/01/21)

19/4/11

"Si la religión quiere ocupar... un lugar en el espacio público y quiere defender allí sus ideas debe hacerlo en pie de igualdad"

"Hablo de oídas, más de lo habitual, pero parece que han prohibido en la ciudad de Madrid una procesión atea que iba a coincidir con la celebración católica del Jueves Santo.

Además de atea la procesión era burlona y se anunciaba con unos lemas que a una juez le han parecido irreverentes. La decisión vuelve a probar el estatus de privilegio que las ideas religiosas tienen en la sociedad española.(...)

La prohibición de Madrid se fundamenta en un peligroso supuesto: que la procesión atea no es disenso sino ofensa. Como las ideas no pueden ofenderse unas a otras, ha de concluirse que la religión, para los que han prohibido el acto, es algo más que una idea.

Exactamente, una forma de orden público, cuya alteración resultaría perseguible de (santo) oficio. Algo que resulta intolerable. Si la religión quiere ocupar, como tantas veces reclama, un lugar en el espacio público y quiere defender allí sus ideas debe hacerlo en pie de igualdad.

Cuando una idea cualquiera, sean Dios, la Patria, el Partido o el Equipo, no se limita a exhibirse en el espacio de discusión pública, sino que pretende diseñar sus límites, a la sociedad democrática no le queda otro remedio que exigir su expulsión de ese espacio.

La democracia puede acoger a los que quieren destruirla; pero naturalmente debe asegurarse de que no puedan cumplir sus propósitos.

El Jueves Santo es un día más, normalmente soleado, y festivo en algunas comunidades. Algunos ciudadanos tienen la creencia de que en ese día se produjo, me parece, el prendimiento de Jesús, y exhiben su convencimiento en las calles, a veces con una belleza muy conmovedora y adictiva.

Otros ciudadanos creen que esa creencia es falsa y dañina. Y quieren combatirla utilizando la razón, la burla y el sarcasmo. El ateísmo, como indica la propia naturaleza de la palabra (sindios), es una creencia subordinada, cuyo carácter los ateos, al igual que los antifascistas o los anticomunistas, aceptan con honor y hasta con alegría.

Y es por eso que para sus libres manifestaciones eligen el Jueves Santo y no el 15 de agosto en Madrid, Baden-Baden." (Diarios de Arcadi Espada: Ideas y orden público, 19/04/2011)

17/2/11

El duelo de la gente tras el atentado del 11-M

"¿Estaba usted en Madrid cuando los trenes estallaron?
Me enteré al llegar a la sede del CSIC en Medinaceli (el Centro de Humanidades), muy cerca de Atocha. Recuerdo el silencio de todo el mundo. Estábamos conectados con la radio, el shock… llegaban compañeros que venían de Atocha. Y me acuerdo que en ese momento no sabía lo que hacer.

La gente comenzó a poner velas en los lugares. ¿Fue algo instantáneo?

Debió ocurrir casi de inmediato, sobre las propias vías. Decidimos empezar el proyecto un par de días después de los atentados. Cuando llegamos, ya había muchas ofrendas. Se movían de un lugar a otro. Empezaban en pequeños círculos, primero en los andenes.

Altares espontáneos. ¿En qué consistían?

Había de todo. Velas, flores, muchos mensajes, tanto a los fallecidos como a los terroristas. Mensajes religiosos y políticos. Y muchísima poesía. La investigadora Paloma Díaz Mas estudió la parte literaria, donde la parte oral se mezcla con la literatura. En un momento de crisis, de muerte sentida socialmente como algo traumático, lo que cuenta es la palabra, el papel de la poesía. La presencia poética en los 70.000 documentos resulta apabullante.

¿Con qué se puede comparar este memorial del duelo?

En Génova hubo una serie de manifestaciones contra el grupo de los G-8 por la muerte de Carlo Giuliani (en referencia a un activista que murió por un disparo en una manifestación del 20 de julio de 2001). En el sitio del fallecimiento se produjo una estética parecida. O el asesinato de Theo van Gogh en Ámsterdam (un director de cine holandés muerto a manos de un islamista en 2004).

Y por supuesto, están los atentados del 11-S de Nueva York. O bien se trata de gente anónima que muere, y que socialmente se siente como propia, en el sentido de que cualquiera podría haber sido, o bien personalidades mediáticas que producen una reacción social similar.

Este tipo de muertes producen una expresión pública del duelo, y no en los espacios sancionados socialmente, como la Iglesia, el cementerio o un Ayuntamiento. Ocurre en lugares donde no hay una institución detrás que le diga a uno, "ahí hay que ir".

Recuerda un poco a las flores que se renuevan en un punto de una carretera donde alguien murió por un accidente de tráfico. ¿Cual es la diferencia?

Las cruces de la carretera son la memoria de una muerte trágica, que pide una acción concreta. Tienen una tradición muy antigua. No solo se recuerda al fallecido. Su muerte ha sido inútil. Pero hay una relación entre la persona que deposita esas ofrendas y el fallecido.

De lo que hablamos ahora es un duelo de segunda generación. No conocemos a los que han fallecido, pero la gente acude a esos lugares.

Es algo que va unido a los medios de comunicación de masas. No hemos detectado fenómenos así en África o Asia, aunque sí en la isla de Bali, con los atentados que se cometieron. Las ofrendas las hicieron los turistas para los turistas muertos. Se trata de un concepto occidental.

Publicaremos en este año un libro en el que analizamos la reacción de la población local de Bali, que no quería que hubiera memoriales, no deseaban que la gente depositase ofrendas. A los dioses había que apaciguarlos, y ante un atentado así, había que acudir a sus templos, y no al lugar de la masacre.

Hubo un conflicto ante las diferentes formas de entender esa manifestación pública del duelo. Con la muerte de la princesa Diana se produjo un giro. Si ahora hay una muerte traumática, una masacre donde fallecen gente anónima, o personas muy mediáticas, se espera que en el lugar del fallecimiento se produzca este ritual del duelo. Y esto no ocurría hace treinta años.

¿Qué diferencias halló entre el duelo masivo por los atentados de las Torres Gemelas y las bombas de los trenes en Madrid?

En Estados Unidos la gente se aglutinó con la nación, el patriotismo, la bandera norteamericana estaba en todos lados, era monocorde. Aquí los vínculos fueron más locales. Todos somos Madrid, o todos somos ese tren.

¿Hubo algún mensaje que le emocionara en particular de entre aquellos altares espontáneos?

Muchísimos. Los mensajes partían del corazón y llegaban al corazón. Los mensajes (pausa) … los dibujos. Los dibujos de los niños. Más que palabras, había una gran cantidad de dibujos, el dolor visto a través de los niños. Es algo que impacta.

¿Se le quedó enganchada alguna de esas imágenes en particular?

Más que un texto o un dibujo en concreto, lo que más me emocionó fue la necesidad de comunicarnos, de buscar espacios de comunicación. Un niño dejaba un dibujo, y otro que pasaba por allí escribía su comentario, y el siguiente añadía algo más.

Recuerdo una imagen, dos torres unidas por un tren. O mensajes, que ponían en árabe y en castellano, los inmigrantes no tienen la culpa. Y uno me conmovió mucho, era de Alcalá de Henares. Se trataba de una ficha de descripción bibliográfica sobre un compañero bibliotecario que había fallecido en el tren. En vez del título del libro, el autor, se hacía referencia a esta persona, a la pérdida que habían sufrido.

Encontramos un paquete de kleenex y pensamos que era basura, que se había colado ahí. Y vimos que estaba cuidadosamente pegado a un trozo de papel para simbolizar los pañuelos usados durante ese día. Poesías mecanografiadas cuando ya no se utilizan máquinas de escribir. El libro El Principito, dejado como ofrenda.

O cortinas arrancadas utilizadas para escribir o pegar cosas. Hubo una gran cantidad de mensajes electrónicos dejados en las máquinas de Renfe. Algo que puede acabar en la basura se convierte en un patrimonio, y eso depende de la decisión de diferentes actores sociales.

Si cerrara usted los ojos, ¿que radiografía surge en su mente después de contemplar estas manifestaciones públicas de dolor?

La variedad. Las múltiples voces que surgen de esos 70.000 documentos. Voces que están unidas por la necesidad de comunicarse, de buscar esos espacios, la necesidad de actuar. Los mensajes que tienen que ver con el conflicto y el odio, los xenófobos, son minoritarios.

La mayor parte de los mensajes tenían que ver con la construcción de un mundo diferente, términos como la paz, que parece que han perdido su vinculación con lo ocurrido con el transcurso de los años. Las industrias del miedo se articularon de forma diferente en Estados Unidos que aquí.

El miedo, explica esta antropóloga, es la gran herramienta de control. Ya lo advertía el filósofo y psicólogo Michel Foucault. La forma más sublime del miedo como control es cuando se hace invisible, se pega al cuerpo.

La gente está atemorizada sin que haya una causa externa palpable, de manera que cada persona se convierte en su propio censor. De las 70.000 ofrendas dejadas tras los atentados de Madrid, el miedo está mucho más ausente que en otras manifestaciones similares.

Sánchez-Carretero aclara en este punto que no ha investigado este aspecto concreto en el duelo público que surgió tras el 11 de septiembre. Su impresión es que el miedo mostrado tras aquella masacre era más explícito.

Los informativos norteamericanos suelen hacerse eco de un código de colores inventado por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos cuando hablan de niveles de riesgos de ataques terroristas. El pasado diciembre ondeaba el amarillo: riesgo elevado.

El miedo se ejercita a cara descubierta. "Las industrias del miedo ni siquiera se esconden, son muy eficaces. En España las tenemos, pero están más escondidas. Sería interesantísimo diseñar una línea de investigación sobre las industrias del miedo.

Los ciudadanos somos más libres si podemos objetivar esos miedos y localizarlos socialmente". Casi como encontrar los focos de una epidemia. Si la crisis actual se deslindara del miedo, asegura esta antropóloga, estaríamos en otra situación. Habría más libertad de acción. (...)

Lo habitual es que la gente no exteriorice su dolor por vergüenza. No está bien visto. A alguien que llora por la muerte de un ser querido seis meses después se le dice que tendría que haberlo superado. Y, sin embargo, y especialmente en los informativos de la televisión, nos bombardean con noticias de asesinatos. ¿No le parece contradictorio este consumo del dolor ajeno?

Hay un distanciamiento entre lo que es el duelo propio y el dolor que puedan sentir los demás. Y este último se consume con toda alegría. Dejamos el nuestro en manos de los profesionales del duelo, los tanatorios… y ante las pérdidas personales se forman unos círculos muy pequeños.

Antes, todo el pueblo iba con la familia al cementerio, el acompañamiento social era mucho más amplio. Y ahora, lo que encontramos es que la muerte se destierra al consumo de la muerte ajena. Hay un desfase. La muerte, en todas las culturas, es una parte integral de cómo nos relacionamos unos con otros. Y no hay que esconderla." (Cristina Sánchez-Carretero: "Un buen etnólogo debe sentir como propio lo de los demás". El País, Semanal, 02/01/2011, p. 30/4)