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27/10/23

El Estado no es la solución... Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común

"La teoría económica, incluso el marxismo, ha tendido a separar la política de la economía. Esto condujo a que sectores de la izquierda consideren al Estado capitalista como un ente «exterior», capaz de regular al capital a su antojo. Pero cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de las relaciones sociales, incluyendo el Estado. No se trata de determinismo económico sino de relaciones de fuerza entre clases.

Adrián Piva es especialista en el estudio de la relación entre modo de acumulación de capital y la dominación política, y uno de los marxistas latinoamericanos más interesantes de su generación. En esta entrevista, explica a Jacobin su comprensión de algunos de los puntos centrales del análisis marxista de la economía.

¿Qué debe entender un marxista por economía? ¿Cuál es el estatus de la economía como tal desde un punto de vista marxista?
 

AP: Esa es una pregunta difícil de responder. En principio, tendríamos que empezar diciendo que la distinción entre economía y política es relativamente reciente. Es decir, nace con el capitalismo; previamente, esta separación no existía ni en el pensamiento ni en los hechos: explotación y dominación coincidían, del mismo modo en que la dirección y vigilancia del proceso de trabajo son inseparables del proceso de explotación en la fábrica. Además, el aparato de dominio no estaba separado de la clase dominante. La propia clase dominante era la que ejercía el dominio político a través de aparatos, en ciertos casos con un alto grado de centralización.

Por lo tanto, la separación de economía y política aparece con la transición al capitalismo. Pero tenemos que agregar que esta separación es aparente, porque en realidad no hay explotación sin dominación. La unidad sigue estando presente como condición para la reproducción de las sociedades capitalistas. Esto no significa que sea una simple ilusión ideológica o una apariencia subjetiva, sino que es lo que los marxistas llamamos apariencia objetiva. Efectivamente, los fenómenos se presentan de esa manera y el hecho de que se presenten de esa manera tiene importancia para que la sociedad capitalista se reproduzca. Entonces, esta separación entre economía y política tiene esta doble dimensión: por un lado es aparente, hay una unidad de fondo —no habría explotación económica sin dominación política—; por otro lado, cierto grado de separación objetiva es una necesidad para la reproducción del sistema.

En ese sentido, podemos decir que el estatuto de la economía es ambiguo. Ni es una esfera separada como la consideran los economistas, que piensan que puede tratarse como un área particular, con sus propias leyes (leyes además semejantes a las ciencias naturales, etcétera), ni tampoco podemos decir que carece de importancia analizar aspectos específicamente económicos, que no existen dimensiones específicamente económicas, aunque solo es posible comprenderlas en su relación con las dimensiones específicamente políticas.

Un fenómeno como la inflación es interesante para observar esto. Por un lado, pueden verse en la inflación aspectos específicamente económicos, que tienen que ver con fenómenos monetarios, la productividad de la economía, etcétera. Pero, por otro lado, el hecho de que ciertos procesos se desarrollen o no de manera inflacionaria depende en gran medida de aspectos que llamaríamos propiamente políticos: la relación de fuerzas entre las clases, la manera en que se expresa en el Estado, cómo el Estado da forma a las relaciones de dominación…

Hay un debate histórico sobre si el marxismo es un economicismo. Me interesa tu opinión sobre una forma específica del economicismo, que es la lectura que postula al capital como una relación social que totaliza al conjunto de la sociedad y, por lo tanto, como un sujeto que se autodesenvuelve automáticamente.

AP: Hay una larga tradición en el marxismo que entiende el capital como una relación social que es totalizante en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida social, donde no hay (este es ya un primer debate) ninguna esfera de la vida social que no pueda ser explicada por la teoría del capital. Pensemos en las relaciones de opresión de género. ¿Pueden reducirse a la relación capitalista? Bueno, yo creo que no. Creo, por ejemplo, que el psicoanálisis es efectivamente necesario para entender alguno de esos fenómenos (y que, a su vez, el objeto del psicoanálisis no puede ser reducido completamente a la relación de capital).

Por otro lado, existe también la noción, en la mayoría de los casos asociada a la anterior, de que el capital es un sujeto que se autodesarrolla, se autodesenvuelve. Esta noción encuentra fundamento en la propia apariencia de la relación de capital. La relación de capital se presenta como una relación objetiva, que se autodesarrolla, cuyo desarrollo no tiene límites, o bien, si los tiene, se trata de límites internos, límites que aparecen como resultado de un desarrollo objetivo en el que no es clara la intervención de los seres humanos como sujetos.

Yo no soy afín a ese tipo de lecturas de Marx, aunque hay algunas de ellas que tienen planteos interesantes, como la de Moishe Postone. Pero, todas esas perspectivas se aproximan al capital con la idea de que tiene una lógica, y esa lógica es entendida como un movimiento o proceso que se abstrae de los accidentes, de la contingencia histórica, en el que las relaciones entre los distintos fenómenos son relaciones lógicamente necesarias. Yo, por el contrario, creo que la historia de la relación de Marx con el idealismo alemán, en particular con Hegel, es la de un creciente distanciamiento de una concepción de la historia como movimiento lógicamente necesario.

Marx a lo largo de su obra da cada vez más espacio a la contingencia como clave para entender el desarrollo histórico. Las contradicciones, que son las que explican el movimiento histórico, para Marx son contradicciones históricas que tienen soluciones históricas, contingentes, y por tanto el propio desarrollo del capital está atravesado por esa contingencia, no puede entenderse como el desarrollo de una lógica objetiva. En ese sentido, las relaciones de fuerza, los conflictos sociales, la lucha de clases son elementos centrales para entender las formas históricas que asume el capital y cómo se desarrolla en el tiempo.

¿Cuáles son las principales diferencias entre el marxismo y las escuelas económicas «heterodoxas», especialmente las que provienen del keynesianismo?
AP: En primer lugar, una aclaración: hay que distinguir, por un lado, entre el keynesianismo y las corrientes poskeynesianas, sobre todo de los años sesenta y setenta, (e incluso de los cincuenta), y, por otro lado, la llamada síntesis neoclásico – keynesiana (mainstream en la segunda posguerra) y los contemporáneos neokeynesianos (algo así como el keynesianismo después del neoliberalismo). Las teorías keynesianas y poskeynesianas han hecho aportes interesantes a la comprensión del funcionamiento del capitalismo; y el marxismo, en ese sentido, tiene una relación con esos enfoques, como la que ha tenido con la economía política clásica en sus orígenes, en el sentido de que su crítica permite recuperar y transformar esos aportes para integrarlos en una teoría marxista del capital.

Dicho esto, el agrupamiento del marxismo junto con las corrientes keynesianas y poskeynesianas dentro de ese gran paraguas que se denomina «heterodoxia» está bastante vinculado a la etapa que se inicia con el predominio del neoliberalismo. Y con cierta tendencia, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, a identificar al neoliberalismo como enemigo principal. En un modo no siempre explícito, se construyó una especie de «frente único» entre keynesianos y marxistas contra el neoliberalismo. Yo creo que ahí hay un problema de fondo, que tiene que ver con la manera en que se comprendió al neoliberalismo y con la forma en que se comprende al Estado. En líneas generales, la tendencia fue asumir que el Estado era capaz de regular la economía en un sentido favorable a los trabajadores y que, en ese punto, había confluencia en torno a dos aspectos: una crítica teórica de la economía neoclásica y de las corrientes neoliberales en particular, por una parte, y la defensa del Estado de bienestar en los países europeos, la defensa de determinados aspectos de los Estados nacional-populares o populistas en América Latina, la defensa de cierta intervención del Estado, en definitiva, por otra.

El problema no es tanto que pueda haber una confluencia política o práctica en la oposición a determinada privatización, en la defensa de determinado derecho laboral o en la demanda de la intervención del Estado en algún punto especifico, lo que es una práctica habitual de la lucha social, tanto en el terreno sindical como el terreno político. El problema está cuando empieza a asumirse que efectivamente el Estado, de alguna manera, es un tercero que puede arbitrar, que puede regular la acumulación desde fuera, e impedir que o bien las crisis se desarrollen o bien que sus efectos se descarguen sobre la vida de la clase trabajadora.

Esto se conecta con lo que decía antes, el hecho de que Estado y capital están solo en apariencia separados, pero, tras esa apariencia, hay unidad entre ambos. El capital no es una relación social puramente económica, el Estado es uno de los modos en que la sociedad capitalista se desenvuelve, se desarrolla, se reproduce. El Estado es parte del problema, no de la solución. Cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de esas relaciones sociales; entra en crisis lo que llamamos «la economía» y entra en crisis también lo que llamamos «la política».

Por otro lado, la intervención del Estado tiene límites. La separación entre economía y política se origina en el hecho de que la relación de capital tiene ciertas características que hacen que la regulación estatal de las relaciones económicas no pueda desarrollarse más allá de cierto punto sin poner en crisis esa misma relación. ¿Por qué? Porque esas relaciones están articuladas a través del mercado. Y esto no es ficción, es una realidad. Capitalista y trabajadores se vinculan a través de la compra y venta de mercancías: compra – venta de la fuerza de trabajo, compra – venta de bienes de consumo, compra – venta de medios de producción, etcétera. El conjunto de las relaciones sociales está mediado, articulado, por relaciones de mercado. El Estado, entonces, tiene límites reales para la intervención; si la intervención del Estado disuelve la separación entre economía y política, que es la condición de funcionamiento del mercado, pone en crisis la forma en que se articulan las relaciones sociales.

Un ejemplo clásico de esto es el problema de la regulación de los precios. Ciertas corrientes heterodoxas (aunque no Keynes, por cierto) parecen pensar que el Estado podría regular los precios de manera casi ilimitada. Esto no es así. Más allá de cierto punto se producen fenómenos de escasez, aparecen «mercados negros» y procesos de desinversión, etcétera. Entonces, emergen concretamente los límites del Estado para regular la economía y, más en general, los límites que tiene para intervenir de manera favorable a los trabajadores. En cierto punto, los gobiernos y el personal del Estado, sienten la necesidad de dar solución a los problemas que creó su propia intervención, porque afectan a la reproducción del aparato estatal: si la economía entra en crisis, el Estado no tiene recursos, pierde capacidades, etcétera.

Por lo tanto, la diferencia de fondo con la heterodoxia, creo yo, gira en torno a la naturaleza y el rol del Estado. En el keynesianismo, en el poskeynesianismo y en otras corrientes heterodoxas existe la idea de que el Estado es un tercero que puede regular la acumulación de manera que las crisis desaparezcan, o de que la intervención del Estado puede hacer compatible el desarrollo capitalista con una tendencia permanente a la mejora de la vida de los trabajadores. Estas nociones, desde el punto de vista marxista, son utópicas. Existe un límite objetivo a esas intervenciones: en algún momento la crisis se precipita y afecta al propio Estado; por ello, las mejoras en la vida de los trabajadores están siempre amenazadas, son precarias. Las épocas de retroceso, como pasó en toda la fase neoliberal, ponen de manifiesto esos límites: detrás del neoliberalismo está la crisis del keynesianismo.

¿Hay una teoría marxista de la crisis? ¿En qué consiste? Y, más en particular, ¿no hay una tendencia del marxismo a enfatizar unilateralmente el papel disruptivo de la dominación de la crisis capitalista, subestimando su posible carácter disciplinante?

AP: Como lo demuestran la teoría del Estado, la teoría de las ideologías, la teoría de las clases, etcétera., el marxismo está en construcción. No podemos pensar que la teoría marxista es una teoría ya terminada. La construcción de varias ortodoxias y, en particular, la transformación del marxismo en ideología de Estado en los «socialismos reales», han hecho difícil el desarrollo de la teoría. Pero la derrota catastrófica de las estrategias revolucionaria y reformista de la clase obrera desde los setenta, ambas ligadas al marxismo, han producido crisis y dispersión. De hecho, en muchos aspectos vemos que todavía nos encontramos en el lugar donde Marx dejó las cosas. Si bien hay muchos avances teóricos, son avances heterogéneos, fragmentarios, con bajo grado de integración. A lo que hay que agregar la marginalización de nuestro pensamiento en ámbitos intelectuales y académicos, acompañada de desconocimiento y caricaturización.

Sin embargo, las teorías marxistas de la crisis tuvieron mucho más desarrollo que otros temas. Lo que dejó Marx son apenas esbozos, en distintas partes de los Grundrisse y El capital, interpretables de modos muy diversos. El gran debate teórico sobre las crisis se inicia después de la muerte de Marx e incluso de Engels. En el marxismo clásico podemos encontrar explicaciones multicausales e incluso eclécticas, pero en todas ellas están presentes elementos de una teoría que explica la crisis por el subconsumo o insuficiencia de la demanda. Este enfoque ha seguido muy presente en el marxismo. También desde los primeros debates encontramos a quienes explican las crisis como producto de la tendencia a la sobreproducción; en estos casos el énfasis de la explicación está puesto en la anarquía de la producción capitalista. Las explicaciones por sobreproducción han ganado terreno entre los marxistas en las últimas décadas. Desde los años 1930 hasta la actualidad ha tenido mucha difusión la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, aunque en las últimas décadas muchos marxistas la han abandonado. Y después están las teorías más recientes, sobre el carácter financiarizado de las relaciones capitalistas en los últimos cuarenta años.

Ante tal variedad, no podemos hablar de «una» teoría sino de diversas teorías marxistas de la crisis. Pero lo que sí me parece importante destacar, como un rasgo compartido por la mayoría de esos enfoques, es el énfasis en la producción y en la tendencia al desequilibrio del proceso de acumulación de capital que creo que es un punto de partida muy importante para entender la cuestión. En el centro del análisis marxista de la producción capitalista está la tendencia a la acumulación de capital; dicha tendencia impulsa a aumentar continuamente la producción y esto es lo que genera desequilibrios y finalmente conduce a fenómenos de crisis. Marx en los Grundrisse insiste mucho en este punto frente a la economía vulgar (hoy la neoclásica) pero también frente a la economía política clásica (y hoy diríamos también la heterodoxia). Marx señala una y otra vez que el problema central de la economía es que en el fondo siempre entiende la producción capitalista como producción para el consumo y al intercambio como intercambio mercantil simple. Más allá de los mecanismos específicos que conducen a las crisis (esto es lo que discuten, a fin de cuentas, las diversas teorías) el énfasis en la acumulación permanente —y el hecho de que esta acumulación tiene un límite, que conduce finalmente a la crisis— me parece el rasgo más valioso de las teorías marxistas de la crisis. Ante ciertas corrientes del marxismo, que en los últimos cuarenta o cincuenta años han puesto cada vez más énfasis en fenómenos de carácter financiero, creo que hay que volver a centrarnos en la producción.

Ahora bien, en lo que refiere al énfasis que la izquierda en general ha hecho en la crisis como momento de desestructuración de la dominación y, por lo tanto, como oportunidad política, creo que ha habido una subestimación del carácter disciplinante de la crisis. La crisis general – de eso hablamos – es una crisis de reproducción de la sociedad, es decir, un proceso de disolución de la sociedad, más o menos agudo según la crisis sea más o menos profunda. Puede ser catastrófico o puede desarrollarse gradualmente en el tiempo pero, como sea, se trata de procesos de crisis de reproducción de la sociedad, de disolución de los lazos sociales, que afectan a todos los sectores sociales. Y a medida que la crisis se profundiza, se agrava, se prolonga en el tiempo, afecta mucho a la clase trabajadora y a los sectores populares.

Ese efecto disciplinante es muy importante sobre todo en períodos de crisis de alternativa política. Porque ante la ausencia de alternativa política, la clase trabajadora, si está movilizada y organizada, solo puede tener cierta capacidad de bloqueo. Y el éxito en el bloqueo a la ofensiva capitalista lo que tiende a provocar es una prolongación en el tiempo de la crisis y, en algún momento, inevitablemente, su profundización. Entonces es ahí donde el efecto disciplinante juega un papel importante.

En ese sentido, no creo que sea casual que este papel disciplinante apareciera como un problema en la Europa de los años 1920 y los 1930, pasada la primera oleada revolucionaria tras la Revolución de Octubre y un contexto de reflujo y derrota de la revolución en Europa. En ese momento, la revolución dejó de ser vista como inmediatamente posible; creció la demanda de orden y empezó a hacer mella en los propios trabajadores. Lo mismo pasó en Argentina durante la hiperinflación: un fenómeno muy agudo de disolución de lazos sociales que generó una demanda de orden y de estabilidad en todos los grupos sociales. Y lo mismo podría pasar con fenómenos como el que vivimos actualmente en Argentina, con una prolongación indefinida de la crisis.

Ahora bien, también es cierto que, en tanto la crisis no está resuelta, el juego está abierto. Por lo tanto, es verdad que es una oportunidad política y que el futuro se juega también en los modos en que la clase trabajadora y los sectores populares se organizan y responden. Pero la estrategia a seguir no puede basarse en la idea de que la profundización de la crisis vuelve más probable procesos de radicalización popular, porque ese es solo uno de los cursos posibles.

¿Qué pensás del debate en torno a que asistimos al final del ciclo neoliberal del capitalismo?

 AP : En principio hay que definir qué fue el neoliberalismo. Podemos decir que fue dos cosas: primero, una estrategia de ofensiva del capital contra el trabajo que se desarrolla tras la crisis del capitalismo de posguerra, una respuesta a la crisis de acumulación global y a la crisis del Estado keynesiano en USA, de los Estados de bienestar keynesianos de Europa, de los Estados populistas de América Latina y también de los «socialismos reales».

El neoliberalismo dio unidad y coherencia a una ofensiva que ya se había iniciado molecularmente: los procesos de deslocalización de capitales del centro a la periferia son parte de esa respuesta que comenzó entre fines de los sesenta y mediados de los setenta y que dieron inicio al proceso de internacionalización de la producción.

La especificidad de la estrategia de ofensiva neoliberal fue el uso de la coerción del mercado como medio de disciplinamiento. Esto no quiere decir que haya estado ausente la violencia o que no haya jugado un papel fundamental. Las dictaduras militares de los setenta en América Latina son una evidencia elocuente. Pero la violencia es un rasgo siempre presente en las estrategias de ofensiva del capital, no es una especificidad histórica. El uso de la violencia estatal es un rasgo inherente a cualquier ofensiva capitalista, nunca va a estar ausente.

El problema es, entonces, ¿qué fue lo específico de la ofensiva neoliberal? Y es que la violencia estatal estuvo orientada a transformar las relaciones entre Estado y acumulación de modo que se convirtió al mercado en un medio de disciplinamiento, de desorganización de la clase obrera y de individualización de los comportamientos sociales. Se podría objetar que la coerción mercantil también es un elemento siempre presente en el capitalismo, pero esa coerción que estructura la relación de explotación capitalista se define, justamente, por su carácter económico, no político, como un aspecto esencial de la separación entre explotación y dominación que mencionábamos antes. En el neoliberalismo la coerción del mercado se transforma en un arma política. La segunda dimensión del neoliberalismo, por lo tanto, es como modo de dominación política. Porque lo que vemos desde fines de los años 1980 (en algunos casos, desde principios de los años 1980) es la estabilización del neoliberalismo como modo duradero de dominación. Sobre la base de un proceso de internacionalización en marcha – y al que, a su vez, dio impulso – la combinación de apertura comercial y financiera, desregulación de los mercados y políticas monetarias restrictivas transformó la coerción mercantil en un mecanismo duradero de dominación sobre masas desmovilizadas e individualizadas.

Sin embargo, ya desde la segunda mitad de los años noventa se empezaron a ver los límites de esa estructura de dominación y se desarrollaron una serie de crisis en la periferia: en el sudeste asiático en 1997, la crisis rusa de 1998, en el 2001 la crisis en Argentina y también la crisis turca… En fin, una serie de fenómenos puso de manifiesto que el mecanismo de dominación neoliberal se empezaba a agrietar. El mecanismo de coerción mercantil resultaba ineficaz como mecanismo de dominio y se desarrollaban procesos de movilización popular. En ese contexto, en algunas regiones de la periferia se desarrollaron ensayos posneoliberales. Es lo que ocurrió en gran parte de Sudamérica.

Una de las condiciones para que el neoliberalismo funcione es que el mercado sea eficaz para sostener la desmovilización. En la medida en que se producen procesos de movilización y los mecanismos de coerción mercantil empiezan a fracasar, podemos decir que comienza la crisis del neoliberalismo. Tras la crisis mundial de 2008, la crisis de estos mecanismos se demostró cada vez más global.

La principal evidencia de esta crisis es la ruptura de la restricción monetaria. La restricción monetaria es un mecanismo esencial del neoliberalismo. Elmar Altvater, en un viejo artículo, decía que la política monetaria era la trinchera de la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora. No se trata simplemente de limitar la emisión como política antiinflacionaria. Se trata del uso político, disciplinante, de la moneda. Es un límite a la expansión monetaria y fiscal como respuesta a la presión de las demandas populares. ¿Qué significa, entonces, el fin de la restricción monetaria? Que de alguna manera los procesos de movilización obligan al Estado a relajar esa restricción. La emisión de moneda es una respuesta a demandas que comienzan a emerger y que no se pueden simplemente reprimir (no hablamos solo del ejercicio de la violencia material sino, sobre todo, de la coerción del mercado).

Esto me parece muy claro en Estados Unidos después de la crisis mundial del 2008. Las llamadas políticas de «flexibilización cuantitativa», al comienzo, fueron una repuesta a la crisis financiera, un mecanismo para transferir dinero a los bancos y otras entidades financieras en un contexto de falta de liquidez. Pero llegaron para quedarse, y se transformaron en un mecanismo más o menos permanente hasta el alza reciente de los índices de inflación. Los sucesivos gobiernos (el final de la administración Bush, Obama, Trump y el propio Biden) no pueden escapar del aumento de gastos, el déficit fiscal y la expansión monetaria. Los intentos de volver al corset monetario neoliberal no tienen viabilidad política.

Pero si volvemos la vista al resto del mundo podemos ver, como decíamos antes, que desde fines de los noventa y agudamente desde 2008 la crisis del neoliberalismo es un fenómeno global. En el caso de Rusia y su zona de influencia, particularmente el Cáucaso y el Asia central, después de la crisis de 1998 comienza un proceso de salida del neoliberalismo. En todas esas economías se observa un rol creciente del Estado y una reversión parcial de las reformas neoliberales tras la disolución de la URSS. A eso hay que agregarle el crecimiento global de la economía china. Si bien China inicia su crecimiento con la transición al capitalismo desde fines de la década de los setenta, hasta fines de los años noventa la economía china no era un actor tan relevante. Pero desde principios de los 2000 China aumentó notablemente su peso económico global. Y China es un país que nunca llevó adelante políticas neoliberales en el sentido que las hemos conocido en gran parte del mundo desde los ochenta. Podríamos seguir agregando casos: el caso japonés desde los años noventa que, ante el inicio de un largo estancamiento, giró hacia políticas de aumento del gasto público e inversión en infraestructura.

Entonces, en mi opinión, existe un conjunto de elementos que muestran claramente una crisis del neoliberalismo y la tendencia a su abandono, sobre todo a partir de 2008. La Unión Europea ha sido una excepción parcial. En particular en la zona Euro la restricción monetaria y fiscal juega un papel político relevante por la modalidad de integración regional. La integración monetaria en un contexto en que los Estados nacionales retienen decisiones importantes en el terreno fiscal otorga a la disciplina monetaria impuesta por el BCE un papel central. Pero también allí hay elementos de agrietamiento del mecanismo de coerción de mercado. Desde 2008 crecieron las presiones por el relajamiento de la restricción monetaria y las crisis de gobierno se han vuelto recurrentes en muchos de los países europeos. En ese contexto, creció la oposición a la Unión Europea. En fin, existen una serie de elementos tanto en la Zona Euro como en la Unión Europea en general que plantean, si bien no una salida del neoliberalismo, sí una crisis en ciernes, e incluso cierta tendencia del Banco Central Europeo a relajar la restricción monetaria.

Ahora bien, que el neoliberalismo esté en crisis no quiere decir que no haya intentos de restauración neoliberal. En América Latina los hemos visto recientemente. Es el caso del macrismo en Argentina, que fue un intento de restauración neoliberal fallido. También podemos citar el caso brasileño, y la experiencia de Bolsonaro no se puede considerar tampoco exitosa.

Sin embargo, que el neoliberalismo esté en crisis a nivel mundial y que los intentos de restauración neoliberal en la región hayan fracasado no quiere decir que haya un proceso de mejora en la situación de las clases populares. La crisis del neoliberalismo es un aspecto de una crisis global que atraviesa el capitalismo desde 2008. Y el capitalismo no termina de encontrar respuesta. Se enmarca en un proceso de transformación muy profundo del capitalismo desde mediados de los setenta, una transformación como no veíamos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Y en ese proceso de crisis y de transformación profunda del capitalismo, las presiones por llevar adelante una ofensiva sobre la clase trabajadora son muy fuertes en todo el mundo. La emergencia de las nuevas derechas es un aspecto de este proceso. Sobre todo, frente a la ausencia de alternativas anticapitalistas, por lo menos en lo inmediato. Por lo tanto, la crisis del neoliberalismo no significa que estemos ante la inminencia de un giro progresista a nivel mundial. La crisis del neoliberalismo es el terreno de una disputa: hay intentos de restauración neoliberal, hay ensayos posneoliberales de izquierda o populistas como ocurrió en América Latina, y también hay nuevos fenómenos de derecha posneoliberal, que son cada vez más amenazantes.

En este sentido, yo creo que la difusión del término «neoliberalismo autoritario» ha tendido a inflar el concepto de neoliberalismo hasta volverlo inútil para entender lo que está ocurriendo. Porque autoritario, en mi opinión, tiende a dar cuenta de lo que empieza a ser el rasgo más claro de la respuesta a la crisis del neoliberalismo: una cierta repolitización de la lucha de clases. Es decir, si el neoliberalismo se caracterizó por un predominio de la coerción mercantil como mecanismo de disciplina, cuando el mercado empieza a fallar y la dominación se agrieta aparece como respuesta cierta repolitización de la lucha de clases. Crece el papel del Estado en ese disciplinamiento. Me parece que el adjetivo «autoritario» que se agrega a neoliberalismo trata de captar esto.

Si me preguntás cuales son los rasgos de ese posneoliberalismo emergente, sinceramente no sé, porque estamos en un proceso de transformación y los bordes no se ven claros todavía, las tendencias no son tan claras. Pero un elemento que sí me parece persistente es esta repolitización autoritaria de la lucha de clases. Pero esa repolitización no es necesariamente progresiva, y eso nos devuelve al principio, cuando hablábamos de las diferencias con el keynesianismo, sobre si un mayor papel del Estado es siempre favorable a las clases populares. Si fuera el caso, una repolitización de la lucha de clases sería una buena noticia. Pero no necesariamente es así.

Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común. Incluso, tras el fracaso de la restauración neoliberal, el «bolsonarismo» en su etapa final en el gobierno y en su debut como oposición parece dirigirse hacia allí. En algunos casos estas tendencias se desarrollan en los marcos de la democracia formal, aunque tensionando sus límites, en otros en el marco de regímenes autoritarios.

Los fenómenos de crisis o al menos de puesta en discusión de los mecanismos de representación también son parte de estos cambios que están ocurriendo. Se pone de manifiesto en las disputas sobre los resultados electorales (EE. UU.), las luchas en torno a los mecanismos de elección popular y los cambios en los distritos electorales (Venezuela), la crisis de los gobiernos y la formación de mayorías parlamentarias (Unión Europea), etcétera, que la democracia tiene algo de ficción, que la construcción de una voluntad mayoritaria implica la definición de cómo se construye esa mayoría.

Ahora bien, el cuestionamiento a los mecanismos de representación no es del mismo tipo que a fines de los noventa y principios de los dos mil cuando, por ejemplo en Sudamérica, la crisis de representación tenía un elemento progresivo, en el sentido de que lo que se reivindicaba era la autoorganización popular, la acción directa de las masas, etcétera. Por el contrario, hoy aparece como un cuestionamiento a la democracia. Entonces, yo hoy no le veo un carácter tan progresivo a la crisis de los mecanismos de representación, por lo menos en lo inmediato… Desde la izquierda tenemos mucho para decir en relación a eso, pero lo cierto es que hoy esos cuestionamientos aparecen como parte de aquellos elementos de repolitización autoritaria de lucha de clases, como intentos de desconocimiento de las mayorías populares, seas cuales sean las formas de su construcción, intentos de exclusión de sectores populares que se movilizan y cuyas demandas no se pueden integrar, etcétera. Hablo de indicios, de tendencias incipientes, no necesariamente tiene que desarrollarse ese sendero. Lo central, en todo caso, en mi opinión, es que la repolitización autoritaria de la lucha de clases es un elemento común de estas formas posneoliberales. Incluso en aquellos gobiernos que intentan llevar adelante, por lo menos en sus intenciones explícitas o en sus discursos, salidas progresistas o de izquierda: veamos sino la deriva venezolana o lo que está ocurriendo en Nicaragua, incluso – en un grado muy diferente y como manifestación de la combinación de potencia popular y disciplinamiento estatal – el papel de control de la movilización y la organización populares ligado a la expansión del gasto social, como sucede actualmente en Argentina y aprovechó muy bien el macrismo. Esto no es nuevo, conocemos de sobra ese costado autoritario de los Estados de bienestar de posguerra, a pesar de su embellecimiento posterior por algunos sectores de la izquierda.

¿Cómo entiende el marxismo la inflación? Y, más concretamente, ¿cuál es tu opinión sobre el retorno de la inflación como una problemática global? 

AP :Primero, sobre el aspecto más conceptual de la inflación: antes decíamos que había una diversidad de teorías marxistas de la crisis, y con la inflación pasa algo parecido, porque el problema de la inflación está ligado a ciertas perspectivas marxistas sobre la acumulación, el dinero, etcétera.

En primer lugar, hay una diferencia importante con la heterodoxia, en particular con los keynesianismos. Lo digo en plural porque es muy difícil atribuir a Keynes ciertas afirmaciones: si hay algo que Keynes jamás ha dicho —y tenía razón— es que se pueda emitir indefinidamente. Keynes decía que mientras hubiera niveles altos de desempleo podía emitirse sin que esto generara inflación o, por lo menos, no una alta inflación; pero que mas allá de cierto punto empezaba a aparecer lo que llamaba la «verdadera inflación». Es decir, la emisión descontrolada no podía ser la respuesta a los problemas económicos. Keynes nunca dijo esto.

Pero en las últimas décadas han aparecido reinterpretaciones del keynesianismo y del poskeynesianismo que han negado cualquier vínculo entre emisión monetaria e inflación y que han tendido a aseverar que es posible emitir dinero siempre sin que esto genere inflación.

Afirmar que existe un «lado monetario» de la inflación no es lo mismo que decir, como dicen los neoclásicos, que la inflación es puramente de origen monetario y que la emisión monetaria per se genera inflación. Esto evidentemente también es falso. Nunca se ha podido demostrar una correlación entre la emisión monetaria y la inflación como la que pretenden los neoclásicos, no existe tal cosa.

Los neoclásicos sostienen que el dinero es exógeno, es decir, que la determinación de la cantidad de dinero es básicamente una decisión política. Un aspecto valioso de las perspectivas poskeynesianas (los poskeynesianos tienen un punto a favor en esto respecto de Keynes), es que han enfatizado que el dinero es endógeno. Afirman que la cantidad de dinero depende, básicamente, de la demanda de dinero que genera la propia economía.

Ahora bien, en las últimas décadas entre los poskeynesianos surgió una corriente —que tiene su mayor expresión en la llamada Teoría Monetaria Moderna— que, simplificando, plantea que podríamos aumentar siempre la cantidad de moneda sin efectos inflacionarios porque eso provocaría un aumento de la demanda, ese aumento de la demanda generaría una expectativa de mayor ganancia y, por lo tanto, un aumento de la inversión. Entonces siempre tendríamos niveles de inflación bajos, no se desataría un proceso inflacionario.

Para los marxistas esto no es así y, en general, aceptamos que existe un lado monetario de la inflación. Las explicaciones que dan los keynesianos y la mayoría de los poskeynesianos de los fenómenos económicos, en última instancia, son subjetivas, dependen de la psicología de las personas, de lo que esperan, de las expectativas que se forman. Para los marxistas existen determinaciones materiales, objetivas, de la acumulación de capital y de su tendencia a las crisis. La inversión depende, en lo esencial, de la tasa de ganancia y que la tasa de ganancia sea más alta o más baja no depende de expectativas. La inversión depende también de ciertas condiciones sociales, por ejemplo, será baja si existen problemas de dominación política que hagan que el marco de la inversión sea inestable. En tales condiciones — baja tasa de ganancia, problemas de dominación política, etcétera—, por más que se emita moneda e incluso que esto se traduzca en aumentos de la demanda, es altamente probable que la inversión no aumente o no aumente lo suficiente. Esto genera desajustes que terminan produciendo inflación. En particular, el financiamiento permanente del déficit fiscal por la vía de la emisión monetaria en condiciones de baja inversión puede generar fenómenos inflacionarios.

En segundo lugar, la inflación expresa ciertas relaciones de fuerzas. Antes yo hablaba de la restricción monetaria: si la respuesta frente a ciertas demandas es la restricción monetaria, lo más probable es que todo un conjunto de fenómenos económicos que comúnmente asociamos con la inflación – el ejemplo más usual, los aumentos de salarios – no se expresen de manera inflacionaria, que incluso las crisis den lugar a una dinámica deflacionaria, como pasó en Argentina en los años noventa.

Ahora bien, la ruptura de la restricción monetaria no es el simple producto de una decisión política, como sostienen los neoclásicos, tiene que ver con cierta incapacidad política para sostenerla. En muchos casos, lo que sucede es que la propia movilización de los trabajadores genera un relajamiento de la emisión monetaria, es decir, que se responda a esas demandas aumentando el gasto, emitiendo moneda, etcétera., en condiciones en que la inversión, por razones objetivas, no aumenta o no lo hace lo suficiente. De esa manera se valida el aumento de gastos, se valida el aumento de los ingresos populares, etcétera. En esas condiciones de ruptura de la restricción monetaria pueden aparecer, entonces, fenómenos inflacionarios.

Pero veamos ahora cómo opera esto concretamente para entender lo que pasó en los últimos años a nivel mundial y por qué tenemos fenómenos de inflación a nivel global.

Primero, independientemente de algunas de las cuestiones que estuvimos planteando, tenemos factores que impulsan el aumento de los precios por el lado de los costos de producción. Efectivamente, aumenta el precio de la energía producto de la guerra de Rusia contra Ucrania, y esto impacta en el costo de producción de las mercancías. Tenemos, además, problemas de suministro que se originaron con la pandemia. La internacionalización capitalista hizo de la producción un proceso global, lo que vuelve muy dependiente la cadena de suministros de ciertas condiciones de la circulación de mercancías a nivel mundial. La pandemia alteró estas condiciones de circulación y generó cuellos de botella en el suministro de determinadas materias primas, insumos, etcétera, que crearon presiones inflacionarias.

Todo esto ha jugado un papel en el aumento de precios de los últimos años, pero lo llamativo es cómo distintos fenómenos se expresan últimamente de manera inflacionaria después de 40 años de baja inflación. Incluso la inflación núcleo en Estados Unidos, sacando energía y alimentos, es históricamente alta. Creo, entonces, que es posible adjudicar los aumentos generalizados de precios de los últimos años a nivel global, y cierta tendencia a que fenómenos muy diversos se expresen de manera inflacionaria, al relajamiento de la restricción monetaria que identificamos como uno de los indicadores de la crisis del neoliberalismo. Allí donde aparecen obstáculos, restricciones, a la inversión, al aumento de la oferta, pueden desarrollarse tendencias inflacionarias. Yo creo que es una combinación de factores coyunturales (pandemia, guerra de Ucrania) y de transformaciones en la estructura de dominación lo que explica el retorno de la inflación.

¿Y cómo explicás la prácticamente crónica inflación en Argentina? 

AP: En Argentina tenemos una larga historia de inflación. En todo caso, en Argentina podemos decir que lo que sucede en estos momentos es que se agudizan tendencias que son locales. La aceleración de la inflación el último año obedece también en parte a estos problemas globales. Pero tenemos un problema de inflación profundo en el país. Pensemos que estamos hablando, aproximadamente, de un 10% de inflación anual en Europa… en Argentina esa cifra alcanza el 100 % anual. Entonces, efectivamente hay un problema más profundo y de larga data. Pero acá no me quiero ir tan atrás; quisiera limitarme a lo que pasa desde 2002 en adelante, desde la salida del plan de convertibilidad hasta hoy.

En el plano más general, existe un elemento que ha señalado el estructuralismo económico latinoamericano, en particular en Argentina, que creo que es correcto: la tendencia a la restricción externa al crecimiento. El hecho de que cuando la economía argentina crece tienden a aparecer problemas en el sector externo. Básicamente, faltan dólares porque salen más dólares de los que entran, por diversos motivos. El primero, el más profundo, tiene que ver con las importaciones que se generan por la propia producción; la industria argentina es una industria deficitaria que importa más de lo que exporta. Muchos de estos sectores orientan la producción hacia el mercado interno y otros, aunque exportan, no compensan lo que importan. Hay algunos sectores industriales que son netamente exportadores, que son superavitarios. Son los sectores que industrializan recursos naturales y otros de manufactura de origen industrial de bajo valor agregado. Pero, en líneas generales, se trata de una estructura industrial que genera déficit comercial.

También inciden otros comportamientos, como la fuga de capitales de los capitalistas locales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras y la salida de dólares por pago de intereses de la deuda externa. Y en los últimos años se suma también el tema de la energía, que fue particularmente duro este ultimo año por el aumento de precio del petróleo y del gas. Entonces, existe un problema de restricción externa al crecimiento, que durante las fases expansivas tiende a generar déficit de cuenta corriente y que produce presiones por la devaluación. Y la devaluación genera inflación. ¿Qué es la devaluación? La pérdida de valor de la moneda local, que hace que los precios expresados en moneda local aumenten, incluso aunque tengamos deflación en dólares, que es lo que suele pasar en los procesos de crisis. Tenemos un aumento notable de los precios en moneda local y una caída de los precios medidos en dólares, eso pasó en los últimos años.

Ahora bien, ¿cómo se responde a esa presión recurrente por la devaluación? Ahí entran a jugar otros elementos. Y para abordar esto quiero venir más acá en el tiempo, a la crisis de la convertibilidad en 2001. La crisis de la convertibilidad obedeció a factores de restricción externa, de falta de divisas, de la dinámica desequilibrada de crecimiento de un capitalismo dependiente periférico como el de Argentina. Pero en parte también respondió a la capacidad de la clase obrera de bloquear esa salida deflacionaria a la que me refería antes, de sostener un proceso deflacionario en el tiempo. Grecia demuestra que se puede; demuestra que era posible una salida que no fuera del tipo de la que se produjo en Argentina. En ese sentido, la movilización popular de diciembre de 2001 rompió la restricción monetaria, obligó a la devaluación e hizo que retorne esa tendencia a la expresión inflacionaria de ciertos fenómenos económicos y políticos (que, como decíamos, tienen una larga historia en Argentina).

Como la salida de la crisis de 2001 estuvo determinada por la movilización popular, la recomposición del poder político requirió la integración de demandas. Y ese proceso de integración de demandas se desarrolló en base a políticas fiscales y monetarias expansivas en un marco de comportamiento inversor reticente. Ese, de manera muy simplificada, es el núcleo del problema inflacionario, que se agudizó con la vuelta del déficit fiscal y de los problemas de restricción externa entre 2010 y 2011. A partir de ahí se combinan los problemas locales, la tendencia inflacionaria local, con los problemas globales: la crisis global de 2008 y su impacto pleno en la región después de 2013, tras la desaceleración de China y la caída de los precios de los commodities. En este escenario global, se desarrollaron presiones renovadas por el ajuste y la reestructuración. Cuando hablamos de reestructuración nos referimos a una renovación profunda de la base productiva local —la última se produjo en la primera mitad de los noventa—, a una transformación de los procesos de trabajo y un cambio en la estructura de gastos y funciones del Estado de naturaleza regresiva. Pero esas presiones se desarrollaron en un contexto local marcado por el bloqueo popular a los intentos de avanzar en ese proceso de reestructuración. Eso explica la irresolución de la crisis y la tendencia a la espiralización de devaluación e inflación.

Yo creo que en la base de la dinámica inflacionaria de los últimos diez años está esto. Después, específicamente, los momentos de aceleración o de cierta desaceleración requieren explicaciones particulares que me llevarían a una discusión mucho más larga…

Sin embargo, hay ciertas evidencias de que en el marco del estancamiento y la crisis las grandes empresas exportadoras han avanzado en el proceso de reestructuración y está además la discusión previa, la referida al impacto de la prolongación de la fase de estancamiento y crisis en la capacidad y la voluntad de bloqueo popular. Los procesos inflacionarios son particularmente eficaces para desarmar la resistencia popular en ausencia de alternativas políticas."

 (Entrevista a Adrián Piva, Martín Mosquera, JACOBINLAT, 01/08/23)

8/11/22

Mariana Mazzucato: El Estado emprendedor debe tomar la delantera contra el cambio climático... Lo que realmente hace falta para la transición son Estados más ambiciosos, que den forma a los mercados en vez de limitarse a solucionar sus errores... La transición verde será imposible si los Estados no toman la delantera en el financiamiento climático

 "En las últimas semanas renunciaron varios miembros de la Alianza Financiera de Glasgow para las Emisiones Netas Nulas (Glasgow Financial Alliance on Net Zero, GFANZ) —un grupo de 450 instituciones financieras— porque los preocupaba el costo de cumplir sus compromisos climáticos. Con su salida, desmintieron la noción de que las instituciones financieras privadas pueden liderar la transición hacia una economía neutra en sus emisiones de carbono. Lo que realmente hace falta para la transición son Estados más ambiciosos, que den forma a los mercados en vez de limitarse a solucionar sus errores. 

 El enfoque basado en los mercados se centra en la idea de que las instituciones financieras privadas asignan el capital de manera más eficiente. Esto implica que los Estados debieran abstenerse de «elegir ganadores» o «distorsionar» la competencia en el mercado, y limitarse a «reducir los riesgos» de las oportunidades de inversión verde para que resulten más atractivas a los inversores privados dominantes. Pero la historia económica moderna nos cuenta una historia diferente. En muchos lugares y ocasiones fueron los actores públicos quienes tomaron la delantera para crear y moldear mercados. Eso luego generó beneficios tanto para el sector privado como para la sociedad en términos más amplios.

Muchos de los grandes avances tecnológicos que hoy damos por sentados solo fueron posibles gracias a que los organismos públicos llevaron adelante inversiones que para el sector privado eran excesivamente riesgosas. La historia verdadera es entonces muy distinta del mito que se ha extendido: muchos éxitos económicos no se debieron a que los actores públicos se abstuvieran de interferir, sino a que el «Estado emprendedor» tomó la delantera. Por otra parte, el enfoque basado en los mercados se enfrenta con la meta de lograr una transición verde mundial justa, en la que se compartan de manera equitativa los costos y riesgos entre los distintos países y dentro de ellos.

 «Reducir los riesgos» supone implementar una estrategia que socialice los costos y privatice los beneficios. Las finanzas privadas siguen teniendo un papel fundamental en esto, por supuesto, Pero solo el sector público puede movilizar y coordinar inversiones a la escala necesaria para descarbonizar a la economía mundial. La cuestión, entonces, es definir qué debe incluir este enfoque. En primer lugar, los Estados deben abrazar su papel de «inversores de primera instancia» en vez de esperar y actuar solo como «prestamistas de última instancia».

 Las instituciones financieras públicas destinan muchos miles de millones de dólares por año en todo el mundo y, debido a su particular diseño y estructura de gobierno, pueden ofrecer el financiamiento de largo plazo, paciente y orientado a misiones que el sector privado no suele estar dispuesto a proporcionar. La evidencia muestra que los préstamos directos de bancos públicos bien gobernados pueden tener un poderoso impacto sobre la estructura de los mercados, ya que informan la percepción de oportunidades de inversión futuras.

 En segundo lugar, debemos repensar la relación entre los sectores público y privado, especialmente en lo que se refiere a compartir riesgos y recompensas. Cuando las entidades públicas asumen riesgos para cumplir metas sociales, el sector privado no debiera apropiarse de las recompensas financieras. Por ejemplo, si un gobierno financia grandes proyectos de energías renovables y otras inversiones verdes, podría ser dueño de parte del capital accionario correspondiente. También se pueden socializar los rendimientos si se asigna una parte de los derechos de propiedad intelectual (PI) al Estado, lo que le permitiría reinvertir los beneficios en nuevos proyectos verdes. Algo importante es que las empresas que reciben financiamiento público deben cumplir condiciones que alineen sus actividades comerciales con los objetivos de la política industrial verde, las prácticas laborales justas y otras prioridades. 

En tercer lugar, para dirigir la inversión privada hacia las actividades verdes y reducir la inversión en otras perjudiciales, los Estados deben fortalecer y actualizar las normas por las que se rigen los mercados financieros. Ese tipo de régimen podría contemplar que los bancos centrales introduzcan políticas de asignación crediticia verde y que los reguladores endurezcan las reglas y normas para evitar la ecoimpostura y el arbitraje regulatorio. 

En cuarto lugar, los responsables de las políticas debieran reconocer que el financiamiento de la deuda —provisto por el sector público o el privado— no necesariamente es capaz de sustituir al gasto fiscal directo. La lógica de los instrumentos financieros reembolsables no armoniza fácilmente con las características de bienes públicos que presentan algunas inversiones relacionadas con el clima. La inversión en la justicia climática y la reforestación traerá consigo rendimientos de largo alcance, pero no necesariamente aquellos que se pueden utilizar para cancelar créditos. 

Para superar estos problemas e implementar la inversión a la escala necesaria hará falta coordinar estratégicamente  el diseño de las políticas de las áreas social, ambiental, fiscal, monetaria e industrial. Finalmente, hay que esforzarse más para brindar suficiente margen fiscal a los países del Sur Global para que puedan implementar sus propias agendas de descarbonización y adaptación locales. Muchos países, incluso los más expuestos a las crisis climáticas aceleradas, enfrentan un significativo exceso de endeudamiento.

 Es fundamental que los países acreedores del Norte Global —responsables de la mayor parte de las emisiones a la atmósfera— ayuden a reducir esa carga mediante quitas, reestructuraciones de la deuda, compensaciones por daños y perjuicios, y el reemplazo de los créditos climáticos por subsidios climáticos. Para limitar el calentamiento global catastrófico se debe aumentar dramáticamente la escala del financiamiento para la mitigación y adaptación climáticas, pero también la calidad del financiamiento es importante. 

En vez de hacernos ilusiones de que las instituciones financieras privadas conviertan en acciones creíbles y exigibles sus tan publicitadas promesas de billones de dólares para reducir a cero las emisiones, debemos reclamar a los Estados que asuman el rol que les corresponde. Eso implica captar y dirigir el financiamiento hacia metas climáticas claras y ambiciosas, y moldear los mercados financieros para alinearlos con esas metas. Para eliminar la brecha de financiamiento hacen falta el rediseño radical de la arquitectura financiera y el desplazamiento sustancial de los flujos financieros. Nada de eso ocurrirá a menos que se apliquen políticas para intervenir.

 Para especificar los cambios necesarios, moderaré un panel de mujeres en la COP27 donde estarán la primera ministra de Barbados Mia Mottley, la directora general de la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala, la primera ministra egipcia de Planificación y Desarrollo Económico, Hala El Said, y la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon. Los desafíos son urgentes. La transición verde será imposible si los Estados no toman la delantera en el financiamiento climático."                 (Mariana Mazzucato , Project syndicate, 04/11/22)

30/11/21

Metamorfosis del Estado-nación. En el discurso del cosmopolitismo se considera que el estado-nación ya no es útil. Esta visión de la historia es simplista y engañosa

 "Metamorfosis del Estado-nación

El estancamiento posneoliberal consiste en un estancamiento político entre los órdenes nacional y global como resultado de una lucha aún no decidida sobre el futuro del Estado-nación en un mundo económico cada vez más interconectado desde la década de 1980. 

En el discurso del cosmopolitismo, que se ve a sí mismo como no-nacional y anti-nacional, se considera una conclusión inevitable, especialmente en Alemania, que "el estado-nación" no sólo ha superado funcionalmente su utilidad -todos los "problemas importantes" ahora sólo pueden ser resueltos "internacionalmente", por lo que queda sin resolver cómo exactamente y en particular por quién- sino también moralmente, en vista de "su" historia sangrienta de dictaduras en casa y guerras en el extranjero.

 A continuación resumiré brevemente por qué esta visión de la historia no sólo es simplista, sino que es engañosamente defectuosa.

 En primer lugar, hay que recordar que los nacientes Estados-nación de la Europa del siglo XIX libraron sus guerras, en la medida en que participaron en ellas, predominantemente no contra otros Estados-nación, sino contra los imperios y regímenes dinásticos y, por tanto, estrictamente antinacionalistas de su época, que a menudo fueron los primeros en tomar las armas para evitar su desintegración en una multitud de "Estados-pueblos" burgueses más pequeños (la traducción de "democracia" que entonces también utilizaban Marx y Engels). 

El nacionalismo europeo comenzó tanto como un movimiento de liberación hacia el exterior como un movimiento de democratización liberal-burgués hacia el interior. Fue belicoso no tanto hacia otros nacionalismos dentro del sistema estatal europeo en formación -a menos que, como la Francia revolucionaria, fuera atacada por los poderes del antiguo régimen u obstruida en su construcción de la nación por los estados-nación preexistentes- como hacia el mundo exterior no europeo, ya que los nuevos estados-nación trataron de transformarse, con mayor o menor éxito, en "potencias mundiales" colonialistas, esforzándose en esto por emular a sus predecesores dinásticos de la era moderna temprana. 

La mala reputación del Estado-nación proviene, por tanto, si se prescinde de los restantes y nada despreciables partidarios de los imperios multinacionales del interior de Europa, como el Imperio Otomano o el Imperio de los Habsburgo[1], sobre todo del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias vencedoras, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Francia, se dedicaron a desmembrar los imperios derrotados en Estados-nación según el principio de "autodeterminación de los pueblos". [2] 

Con ello, al igual que las propias naciones liberadas de sus "cárceles de pueblos" imperiales, buscaban fronteras estatales que fueran al mismo tiempo fronteras de pueblos, pensando en los pueblos como unidades étnicas de forma natural.

 Como es bien sabido, lo que podría describirse como el primer intento de gobernanza global terminó en una limpieza étnica generalizada y una deshumanización racista sin precedentes. Los Estados-nación debían establecerse desde arriba sobre una base fronteriza, entendiendo las naciones como comunidades descendientes y viéndose a sí mismas como tales. Pero casi ningún Estado-nación es étnicamente homogéneo y, sobre todo, no puede serlo si no quiere ser un Estado enano o se va a establecer en el territorio de un antiguo imperio multinacional con estructuras de asentamiento mixtas, por ejemplo en los Balcanes. 

Los Estados-nación, parafraseando un bon mot atribuido erróneamente a Bismarck, son por tanto en muchos casos como las salchichas y las leyes: Es mejor no querer saber cómo se fabrican. Antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la represión estaba disponible en abundancia como medio para lograr la unificación nacional, los Estados podían construir naciones en lugar de ser construidos por ellas, en Francia[3] con más éxito y en Yugoslavia con menos. 

Las guerras de naciones (Francia con Napoleón, Alemania con Bismarck -aunque aquí, con el legado del Antiguo Imperio, sólo podía surgir un Estado federal y no central desde el principio-) y las guerras civiles (Estados Unidos) fueron útiles en este sentido, al igual que las bofetadas a los alumnos que hablaban su lengua regional en clase. 

Luego, en la Segunda Guerra Mundial, las tensiones entre las ambiciones imperiales de algunos grandes Estados-nación que se sentían fuera de lugar en un mundo dominado por los angloamericanos, junto con el potencial de agresión de los mitos culturalistas y racistas, desplegados para legitimar la represión interna y la expansión externa, estallaron en un baño de sangre mundial de proporciones hasta entonces inimaginables.

 Hoy, tres cuartos de siglo después del final de la guerra, la distinción entre estados nacionales y naciones parece firmemente establecida, al menos en Europa. Las naciones, o pueblos, son comunidades de experiencia y entendimiento que han evolucionado históricamente. Sus recuerdos colectivos, plasmados en una lengua común, establecen identidades colectivas, apoyadas en vínculos afectivos inevitablemente "monoculturales" con el paisaje, la lengua materna, el dialecto, la música, la cocina, etc., construidos desde la infancia. 

Cuanto más se distingan de sus vecinos, más probable será que se vean a sí mismos como especiales y que sean vistos así por sus vecinos: los westfalianos y los renanos con menos frecuencia que los tiroleses (del sur) y los italianos[4]

 Los estados-nación, por otra parte, son instituciones, constituidas no por la descendencia sino por las luchas políticas y sociales y los derechos civiles que se aplican en ellos, incluidos los derechos de participación democrática. Los Estados-nación y las naciones se relacionan entre sí, pero casi nunca son congruentes; en casi todas partes hay elementos no idénticos, lingüísticos, étnicos, culturales, aunque las mayorías étnicas sean a menudo reticentes o no sean conscientes de ello[5]. 

Además, las fronteras entre los Estados-nación son casi siempre más o menos arbitrarias, y los grupos que se sienten naciones y quieren ser vistos como tales pueden encontrarse en un Estado-nación que no les parece suyo, por lo que buscan su propio Estado. Escocia y Cataluña no son los únicos ejemplos de tendencias separatistas más o menos fuertes en los Estados-nación europeos multiétnicos; volveré sobre ellos en breve.

 Un medio a menudo, aunque no siempre, probado para evitar la secesión de un Estado-nación multinacional es una constitución estatal federalista: la exitosa fórmula de Suiza con sus cuatro grupos étnicos, o de Bélgica (hasta ahora) y Canadá (desde los años 70) con tres y dos respectivamente, y en cualquier caso todavía de la India con sus 28 estados constituyentes y 24 lenguas oficiales. 6] 

En los años de paz posteriores a 1945, muchos Estados-nación europeos aprendieron la lección de las catástrofes del periodo de entreguerras y, en aras de su paz interior, respondieron a la diversidad étnica interna con la descentralización y la autonomía constitucionalmente garantizada en lugar de la negación y la represión, al tiempo que aseguraban su paz exterior reconociendo mutuamente sus fronteras históricamente establecidas y renunciando a las reivindicaciones territoriales[7] incluso allí, donde las comunidades étnicas están cortadas por las fronteras estatales, como en el Tirol y el Alto Adigio, respectivamente, o en el enclave germanohablante del este de Bélgica. [8]

 Sin embargo, las constituciones federalistas no fueron la única razón, y probablemente ni siquiera la más importante, por la que los Estados-nación multinacionales de Europa Occidental se libraron de las aspiraciones separatistas durante tanto tiempo, sobre todo porque la delegación de derechos al autogobierno también puede tener el efecto contrario al deseado y proporcionar una base institucional para las tendencias secesionistas (más adelante se habla de ello).

 En este contexto, merece la pena volver al modelo estándar de la democracia occidental de posguerra, que institucionalizó la división de clases como la principal línea de conflicto social, relegando así las diferencias étnicas a un segundo plano o a la clandestinidad.

 Las organizaciones sindicales e industriales nacionales, así como un sistema de partidos dividido entre el centro-derecha y el centro-izquierda para todos, tanto para los castellanos como para los catalanes, convirtieron el conflicto de clases en el vehículo de la integración social nacional,[9] incluso cuando los partidos y las asociaciones tuvieron sabiamente en cuenta la diversidad regional, étnica o de otro tipo, mediante la creación de subunidades organizativas adecuadas para articular los respectivos intereses especiales.

 Junto con el modelo estándar de democracia de posguerra, este acuerdo no sobrevivió al triunfo del internacionalismo neoliberal. La transformación del Estado del bienestar en el Estado competitivo[10] como látigo local y ejecutor del mercado mundial ilimitado recompensó y sigue recompensando la colaboración entre el trabajo y el capital, tanto a nivel nacional como empresarial. 

Sin embargo, a diferencia del corporativismo de la democracia de posguerra, en la configuración neoliberal esto no tiene lugar a nivel de mirada colectiva-conflictiva, sino bajo la hegemonía del capital, que tiene una especie de última palabra innata, es decir, garantizada por los derechos de propiedad, sobre lo que es mejor en la competencia para "la economía" y, por tanto, para "todos nosotros". 

Así, la integración en clases a través del conflicto está siendo sustituida por la integración a través de la competencia en comunidades de trabajo de diversa índole, no sólo a nivel empresarial sino también regional[11].

 La aparición de comunidades locales competitivas puede producir o reforzar las tendencias a la independencia de la política subestatal frente a la nacional; así, en casos extremos, puede poner en cuestión la integridad territorial de los Estados-nación multinacionales. 

Varios mecanismos pueden contribuir a ello. En condiciones de un mercado mundial más o menos completo, las posibilidades de los Estados centrales de redistribuir internamente entre las regiones fuertes y débiles disminuyen. Las empresas de éxito internacional, que se encuentran en regiones subnacionales de éxito, pueden resistirse a la imposición nacional en favor de las regiones rezagadas, alegando la necesidad de defender la competitividad que en su día consiguieron mediante una elevada inversión y unos beneficios competitivos.

 Como Alesina et al.[12] han argumentado de forma convincente, la indispensabilidad del mercado nacional para las economías regionales subnacionales disminuye de todos modos en la medida en que el mercado nacional ha sido absorbido por un mercado mundial; la integración política nacional pierde interés si puede ser sustituida por una integración económica internacional sin impuestos redistributivos a la baja[13] Además, los motivos subnacionalistas tradicionales, no económicos, si se quiere, para abandonar y secesionarse ya no se ven frenados por los intereses económicos[14].

 No sólo las regiones prósperas pueden verse tentadas a desprenderse de la pertenencia a un Estado multinacional y, a su vez, constituirse en Estados-nación soberanos, para probar suerte por su cuenta. Las regiones que se quedan atrás pueden llegar a la conclusión de que no se puede esperar una redistribución nacional efectiva a su favor dentro de un estado competitivo impulsado por el mercado mundial. 

De hecho, en la mayoría de los países europeos, las disparidades económicas entre regiones, medidas por la renta per cápita, han aumentado entre 2000 y 2016; sin embargo, no puede establecerse una correlación directa con las tendencias políticas abiertamente separatistas[15] En los casos en los que la capacidad política redistributiva regional de los Estados tampoco era fuerte en el pasado, un mayor crecimiento general en ese momento puede haber enmascarado esta situación y haber contenido los conflictos distributivos interregionales. 

Sin embargo, no cabe esperar un gran crecimiento en la actualidad. La privación relativa regional también se produce, por cierto, como resultado de la inadecuada inversión estatal en la infraestructura nacional que une las zonas urbanas y rurales[16] y del deterioro de las condiciones demográficas fuera de los centros urbanos, a menudo en auge;[17] ambas cosas se reflejan, en el mejor de los casos, de forma indirecta en las estadísticas de ingresos. 

Las regiones periféricas, que han renunciado a la esperanza de un apoyo más que simbólico por parte de su gobierno central, podrían plantearse la idea de exigir una redistribución de competencias como sustituto de una redistribución de recursos, hasta llegar a una (sub o pequeña) autonomía estatal, para poder identificar y desarrollar, sin obstáculos nacionales, sus capacidades especiales, con la ayuda de las cuales podrían mantenerse mejor en la competencia internacional.

 Las tendencias centrífugas -demandas de descentralización federalista, de autonomía regional o incluso de soberanía estatal- deberían preocupar especialmente a los Estados grandes, porque su heterogeneidad étnica, cultural y económica interna es, ceteris paribus, mayor que la de los Estados más pequeños. 

Para un Estado central, lidiar con las divisiones regionales es más difícil que con la comparativamente simple división de clases, aunque sólo sea porque los patrones de conflicto regional suelen ser más complejos que el frente entre las dos clases principales de una sociedad industrial capitalista, el trabajo y el capital, que puede estilizarse como binario.

 Además, a diferencia del conflicto de clases, los conflictos entre regiones no pueden institucionalizarse de forma que alivien el Estado y produzcan compromisos, externalizándolos a un segundo nivel de gobierno corporativo.

 Cuando incluso los grandes Estados ya no pueden ofrecer a sus regiones el acceso a su mercado nacional como incentivo para la lealtad al Estado-nación, porque sus economías nacionales hace tiempo que se han disuelto en la economía global, a menudo sólo les queda la represión política para defender su cohesión multinacional y su capacidad de gobernar frente a las crecientes reclamaciones subnacionales de los escasos recursos nacionales y de los poderes del Estado. 

Aquí puede residir una de las razones por las que, en el apogeo de la globalización tras el cambio de siglo, numerosos estados multinacionales han pasado a modos de gobierno más autoritarios, como India, Turquía, Filipinas, Brasil, Rusia e incluso, en condiciones diferentes de política de escala y geoestrategia, Estados Unidos, con su sociedad fracturada en dos campos hostiles"[18].

 La estatalidad y el particularismo constitutivo de la socialización humana

 Hay muchas razones por las que un orden unitario a gran escala que no subdivida y combine universalmente las diferentes sociedades no puede funcionar, o sólo puede funcionar con la ayuda de la opresión del poder-estado, que es precaria a largo plazo. Todos ellos pueden remontarse al particularismo o pluralismo constitutivo de la socialización humana que se ha mencionado brevemente en la introducción, y que ahora me gustaría tratar con más detalle, porque es fundamental para mi argumento[19] 

En comparación con los animales no humanos, para los que su "mundo" está dado de forma específica y cerrada, el hombre como especie está esencialmente "abierto al mundo":[20] El tipo de mundo en el que vivirá no está ya decidido al nacer. El sustrato orgánico en el que el hombre se convierte en hombre es en gran medida poco instructivo; la differentia specifica del hombre como especie es su falta de especificidad natural. 

Ninguna otra especie animal se manifiesta en formas de expresión tan diversas como la humana: Un niño humano, independientemente de dónde y de quién nazca, puede crecer como monje tibetano o como cazador de ballenas de Groenlandia, como pescador filipino, como nómada árabe en camello, como abogado laboralista escocés o como taxista neoyorquino, como renano y como westfaliano, y seguir siendo miembro de la misma especie[21]

 Todo, o casi todo, lo que constituye el ser humano en sus respectivas expresiones puede ser también diferente, según la sociedad en la que alguien entre en un estado aún no descrito. Esto es precisamente lo que se quiere decir cuando Aristóteles habla del hombre como el ζῷον πολιτικόν: el animal social (no: político[22]) que, como señala Marx siguiendo a Aristóteles, "sólo puede individuarse en la sociedad", donde "individuarse" significa: convertirse en individuo.

 "Natural" es la diversidad de sus formaciones que caracteriza a la humanidad y supera toda imaginación sólo en la medida en que la naturaleza humana ha trasladado su respectiva realización a su socialización; es precisamente esto lo que hace de la existencia humana un hecho social y no (meramente) biológico. 

Para el individuo, la socialización tiene lugar bajo la influencia de congéneres específicamente pre-socializados en espacios y tiempos históricos, en tradiciones culturales y órdenes institucionales particulares y contingentemente desarrollados. Es característico de estas últimas que se condensen como conjuntos locales en sociedades totales distintas, que en las condiciones modernas pueden constituirse más o menos en Estados (nacionales). 

Dónde se originan las diferencias entre las sociedades en detalle, y cómo pueden explicarse en cada caso, puede dejarse abierto; la adaptación a las condiciones geográficas ciertamente juega un papel, así como la limitada gama de contextos humanos de acción, experiencia e influencia, también los eventos "coincidentes" en puntos de inflexión históricos a veces muy lejanos en el tiempo, la siempre discutible interpretación autorizada de las tradiciones culturales, las tradiciones en general, que siempre, pero nunca completamente, y en su mayoría sólo pueden ser revisadas y refrescadas con medios proporcionados por ellos mismos. 23]

 Lo que importa aquí es que, por muy contingente que sea la sustancia institucionalmente cristalizada y formadora de identidad de una sociedad, su "forma de vida" (no está, como he dicho, biológicamente determinada), una vez que está en el mundo, ya no se puede sacar de él sin más. Contingente, sí, pero por lo tanto de ninguna manera arbitrariamente desechable.

 Es importante entender lo que esto no significa. En primer lugar, no significa que las identidades, individuales y colectivas, estén fundidas en hormigón. De hecho, las formaciones históricas de lo humano están siempre en flujo, social e individualmente. 

Ninguna identidad, ninguna forma de vida está libre de contradicciones en sí misma o tan fija que no sea cambiable en los encuentros con otras identidades y formas de vida; en este sentido, incluso el individuo socializado, como la sociedad institucionalmente integrada, sigue siendo capaz de cambiar y, por tanto, de desarrollarse. Las personas pueden aprender, con más o menos éxito, a vivir y a desenvolverse en una sociedad distinta de la "propia" sin sentirse demasiado "diferentes" ni demasiado "nostálgicos"[24]

 Es cierto que los distintos individuos y sociedades se prestan de manera diferente a la socialización e integración secundarias, e incluso en el mejor de los casos casi siempre queda un elemento de extranjería identificable para ambas partes. 25] Se puede discutir sobre qué es más mutable, el habitus cultural o las estructuras institucionales, siempre que no se olvide que la contingencia de la socialización, en segundo lugar, y viceversa, no significa que sus construcciones puedan ser remodeladas en cualquier momento y sin más, sobre todo no por tecnólogos de la identidad venidos de fuera. 26]

 La historia rebosa de ejemplos en los que las identidades, una vez adoptadas, se defienden hasta la muerte, y desde luego hasta la propia sangre. Los forasteros -personas cuyas identidades, igualmente contingentes, han llegado a ellos, son diferentes- pueden no tener ningún sentido, o encontrarlo todo una locura, si alguien prefiere morir de hambre o ser torturado y ejecutado antes que comer cerdo. 

Pero lo que se defiende cuando las personas no pueden conciliar con su dignidad el hecho de poner su vida por encima de su identidad no es tanto esta identidad -en efecto, no es "natural" y, por tanto, decididamente no es la única posible- como su autonomía en relación con ella: su derecho a determinar por sí mismos, según sus propios principios pertenecientes a su identidad, si quieren cambiar su identidad y, por tanto, a sí mismos, y en qué dirección"[27].

 Lo mismo ocurre con las sociedades, y probablemente en mayor grado. Las sociedades son complejos de instituciones históricamente aglutinadas que se han vuelto más o menos interdependientes como resultado, a menudo, pero no siempre, agrupadas, formalizadas, defendidas y revisadas en y por los estados[28] Como tales, están, en mayor o menor grado, en sintonía con su entorno social y natural y con los límites y oportunidades que establecen.

 Frente a sus miembros, las instituciones agrupadas en una sociedad, de forma más o menos coherente, reivindican la fuerza vinculante, apoyadas por sus Estados dotados del monopolio del uso de la fuerza. Sus miembros, a su vez, se identifican más o menos con la sociedad con la que cuentan y son contados. 

Para ellos, "su" sociedad es, en el caso establemente normal, un depósito de cosas fiables y evidentes, un acervo de rutinas según las cuales uno puede y debe comportarse de forma incuestionable y sin dudas "con nosotros" y con las que "la gente como nosotros" gestiona su vida cotidiana, no sin contradicciones, pero por lo general pragmáticamente compatibles entre sí. 

Las instituciones así cristalizadas, cada una anidada de forma única en el tiempo y el lugar, también cambian, pero al igual que los individuos que educan, tienen sus propios programas para hacerlo, que prefieren a las recetas únicas dictadas desde el exterior"[29].

 "Cosmopolitismo", por retomar el término, no significa, pues, ni ausencia de fijación ni compromiso moral con el desarraigo o el desamparo. Como estado de ánimo antropológico básico, no puede reivindicarse un programa político-moral según el cual los individuos, las comunidades, las sociedades, las naciones deben mantener constantemente sus identidades particulares desechables a efectos de su anulación universalista, es decir, no deben ocuparlas afectivamente, como si la contingencia del ser humano tuviera que incluir una constante disposición a la alteridad arbitraria. 

Precisamente por su apertura al mundo, el ser humano cosmopolita necesita un orden en el que pueda confiar. Si lo relativizara a la manera de Gehlen y Luhmann como arbitrario -lo principal es que es un orden, no importa cuál- lo socavaría como orden; el orden, sin embargo, es un asunto completamente serio para la persona cosmopolita. 

Por esta razón, no puede existir realmente una sociedad cosmopolita; las sociedades tienen fronteras y producen identidades que, porque el hombre cosmopolita no puede vivir sin ellas, son ocupadas por él libidinosamente, en casos graves religiosamente. 30] 

Políticamente, el cosmopolitismo sólo puede practicarse a partir de un mundo existente (parcial), en el reconocimiento de la alteridad de otros mundos (parciales) y, como concesión a ellos, en el reconocimiento de un derecho al autogobierno soberano de sus identidades -un derecho que sólo puede concederse a los demás si uno se lo concede a sí mismo y lo reclama para sí, así como viceversa.

 Las instituciones e identidades particularistas no pueden ser universalizadas -o liquidadas en un "discurso racional" conducente a la globalización- por la misma razón de que no son de origen natural; y quienes exigen a las sociedades la apertura al mundo en un sentido sustancial se la niegan en su único sentido formal posible: su libertad de desarrollo ulterior autónomo.

 Por cierto, un destino similar al del concepto de cosmopolitismo le ha tocado a otro concepto clave del catálogo de valores neoburgués alemán, el de la "sociedad abierta". Para Karl Popper, su inventor, una sociedad era "abierta" si permitía a sus miembros criticar sus instituciones incluso de forma radical, en contraste con las sociedades comunistas y fascistas, las sociedades de sus "enemigos". 31] 

Quien reinterprete la "sociedad abierta" como una sociedad abierta, es decir, no particularista, que se esfuerza por alcanzar el universalismo, tendría que ocuparse, además, de la cuestión de cómo debe cumplirse en ella la función del Estado (nacional) postulada por Popper, de garantizar la mayor igualdad posible entre sus ciudadanos, y en principio sólo entre ellos. 

También podía recordar el veredicto crítico del sociólogo liberal Ralf Dahrendorf, que no encontraba lugar en la "sociedad abierta" para esos lazos sociales permanentemente vinculantes ("ligaduras") sin los cuales no era posible la estabilidad social. 32] 

En cualquier caso, la sociedad abierta como imagen ideal de la superación universalista sin límites de la socialización particularista no puede invocar la teoría de Popper de la sociedad abierta, no sólo porque simplemente no es el sentido de esta última, sino también por su silencio sobre el problema fundamental de lo que constituye y mantiene unida una sociedad[33].

 El particularismo constitutivo de la vida social no imposibilita de ninguna manera la estatalidad multinacional; pero no debe asumir la diversidad social que se le atribuye. Cuanto más diverso es el panorama de socializaciones que abarca un Estado-nación multinacional, más precaria es su existencia. Más allá de un cierto grado de diferenciación, sólo la descentralización puede ayudar - o, si no se desea, la violencia, es cierto que sólo si y mientras esté disponible.

 Especialmente cuando se busca la cohesión a través de la descentralización, mucho, si no todo, depende de los detalles institucionales; éstos no pueden ser examinados aquí en sus múltiples ramificaciones. Además, siempre debe haber una buena medida de "estadismo", virtù y fortuna, habilidad y suerte, si se quiere armar y mantener una estructura heterogénea."               (Wolfgang Streeck , Soziopolis, 01/07/21)