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22/6/20

Una vez más las calles de Estados Unidos arden. Es la sociedad en la que el neoliberalismo triunfó, transformándose en el Estado Centauro... una sociedad con rostro amable para los de arriba, pero con pezuñas para los de abajo. El “Estado prisión” para los pobres... y el "Estado-deudor" para la clase media. Por el contrario, las clases altas han sido las más beneficiadas, con diferencia, de este experimento social

"Una vez más las calles de Estados Unidos arden. La gota que en esta ocasión ha colmado el vaso ha sido el asesinato racista de George Floyd a manos de un oficial de policía blanco. Esta gota en un océano de gotas es una prueba más de cómo el racismo sistémico del país está profundamente embebido en los cimientos del sistema. 

Pero las protestas, centradas especialmente en la figura de la policía, no son sino reflejo de una sociedad desigual y amordazada, una sociedad que ha criminalizado al pobre, aterrado a la clase media y colmado de riquezas e impunidad al rico. Una sociedad en la que el proyecto neoliberal se ha erigido triunfante.

Desde mediados de los 70 Estados Unidos se ha convertido en el perfecto laboratorio de pruebas del neoliberalismo. En nombre del sacrosanto “Libre Mercado”, las políticas tanto económicas como sociales emprendidas ya desde antes de que Reagan ganara las elecciones han transformado el país por completo, convirtiéndolo en lo que es hoy. 

En su libro Punishing the Poor, el sociólogo Loïc Wacquant afirmaba que estas políticas, lejos de reducir el tamaño del Estado, lo habían transformado en lo que él denominaba el Estado Centauro; una sociedad con rostro humano y amable para los de arriba, pero con pezuñas implacables para los de abajo. 

Es indiscutible que el modelo neoliberal de sociedad americana se ha cebado especialmente con los más pobres. Su retórica afirma que aquellos individuos más desfavorecidos no deben ser mantenidos por el Estado, ya que esto crea una masa insostenible de gente que prefiere vivir de los subsidios a trabajar (¿les suena este discurso?).

 Haciendo bandera de esto, la totalidad de presidentes desde Reagan se ha dedicado sistemáticamente a desmantelar el Estado del bienestar (welfare) y sustituirlo por programas de subempleo (workfare), necesarios para poder acceder a ayudas tan básicas como cartillas de alimentos (de las que más de 40 millones de americanos dependen para poder comer). Lejos de sacar a la gente de la pobreza, el workfare ha supuesto una trampa para millones de trabajadores pobres (gran parte de ellos negros y latinos), que sobreviven con salarios de miseria que apenas cubren sus necesidades. 

Paralelamente, el neoliberalismo ha promovido activamente el auge del “Estado prisión”. Hasta 1975 la tasa de encarcelamiento en el país se había mantenido estable en alrededor de 100 prisioneros por cada 100.000 habitantes. Pero a partir de esa fecha el ratio se disparara, llegando a los 480 reclusos por cada 100.000 habitantes en 2010. 

En 2016 la población reclusa, en libertad condicional o en libertad bajo fianza combinada en Estados Unidos, era de casi siete millones de personas (más que toda la población de Irlanda). Estos números son aún más flagrantes cuando hablamos de minorías étnicas y raciales. En un informe para la Comisión de Derechos Humanos, el grupo The Sentencing Project estimaba que, a lo largo de su vida, uno de cada tres ciudadanos negros y uno de cada seis latinos pasaría por la cárcel.

Este aumento en el número de reclusos no obedece a un aumento de la criminalidad, sino a un cambio de paradigma respecto al crimen. En su “lucha contra las drogas”, Reagan convirtió la simple posesión de drogas blandas en crímenes por los que encerrar a los ciudadanos. Los grandes medios de comunicación (propiedad de los mismos oligarcas que habían urdido el Estado Centauro) empezaron a presentar a los pobres como criminales en potencia. Los realities y series de televisión sobre policías y criminales empezaron a proliferar. Día tras día los informativos hablaban de los jóvenes negros y latinos como “superdepredadores juveniles”, amenazas latentes para los ateridos votantes suburbanos de clase media. 

La solución era obvia: el gobierno debía caer sobre estos individuos “con todo el peso de la ley”. Para esto, muchos estados redujeron la edad legal por la cual un joven podía ser juzgado como un adulto hasta los 14 años, o aprobaron leyes como “los tres strikes”, por la que si un criminal era condenado tres veces a lo largo de su vida debía cumplir obligatoriamente cadena perpetua, independientemente de cuáles hubieran sido sus crímenes. La policía empezó a militarizarse para responder a este pánico moral, patrullando los suburbios de Los Angeles en tanquetas como si patrullaran por Fallujah. Las leyes se cambiaron para blindar a las fuerzas del orden, dotándolas de una impunidad casi absoluta.

Ser pobre se transformó en sinónimo de ser un criminal en potencia, un marginado, un paria.

Pero, aunque el Estado Centauro se haya cebado especialmente con las clases bajas de Estados Unidos, las clases medias tampoco se han librado de sufrir a manos (o pezuñas) de este experimento social. En su artículo Neoliberalism’s penal and debtor states, John L. Campbell nos habla de cómo la clase media ha caído víctima de lo que él se refiere como el “Estado deudor”.

 Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta el auge del neoliberalismo, la clase media americana gozó de una prosperidad sin precedentes, aumentando su riqueza cerca de un 3% anual de forma casi constante a lo largo de tres décadas. Pero desde mediados de los 70, el crecimiento de esta riqueza se estancó, forzando a las familias a recurrir al crédito para poder pagar sus gastos.

 La desregulación del sector financiero, que permitió a los bancos fusionarse entre ellos, operar en cualquier estado sin restricciones y crear nuevos productos financieros posibilitó un flujo de crédito barato sin precedentes que se tradujo en una espiral de deuda por parte de las familias de clase media. Si en 1973 los ahorros netos de las familias americanas ascendían al 11,7% del ingreso nacional bruto, en 2020 apenas llegan al 1,4%. [1] Al mismo tiempo, la deuda de los hogares se ha disparado hasta la atroz cifra de 14 billones de dólares (el PIB de Estados Unidos es de 20,54 billones), de los cuales 1,5 billones corresponden a deuda estudiantil.

 Esta situación de endeudamiento insostenible coloca a la clase media en una precariedad en la que la situación de desempleo supone no poder hacer frente a las deudas contraídas, con los consiguientes desahucios y congelación del crédito. Supone descender a esa clase baja marginalizada y criminalizada que la clase media americana ha aprendido gracias a los medios a temer y odiar.

Por el contrario, las clases altas han sido las más beneficiadas, con diferencia, de este experimento social. El 10% más rico del país ha concentrado la mayor parte de la riqueza que se ha creado desde mediados de los años 70, y el coeficiente de Gini de desigualdad de riqueza en Estados Unidos es el más alto de todo el hemisferio occidental.

Los más ricos, que se han beneficiado de desregulaciones económicas y rebajas de impuestos sucesivas, han operado con total impunidad ante la falta de supervisión intencionada del gobierno americano. Así, aquellos que arruinaron el país en la crisis de 2007, arrastrando con ellos al grueso de la economía mundial, lejos de ser castigados, han seguido gozando de tratamiento preferencial, y los mismos criminales que sumieron a millones de ciudadanos en la miseria se sientan hoy a cenar con el presidente en lujosos restaurantes.

De esta forma, el neoliberalismo ha estratificado la sociedad americana en tres capas: una clase alta que ha acaparado la mayor parte de la riqueza creada, que goza de tratamiento preferente por parte del gobierno en forma de desregulaciones y recortes de impuestos y a la que se le permite operar con total impunidad; una clase media rehén de una espiral descontrolada de endeudamiento que amordaza sus perspectivas de crecimiento; y una clase baja despojada de una red de protección, marginalizada y criminalizada, que puebla las cárceles y guetos del país y que sirve de chivo expiatorio para los miedos y paranoias del gran público. Una clase baja donde las minorías, especialmente negros y latinos, están sobrerepresentadas y son las víctimas habituales del “duro brazo de la ley” que el Leviatán neoliberal ha creado para proteger los intereses de las clases altas.

La chispa que ha prendido las revueltas esta vez ha sido un asesinato racista a manos de otro policía blanco. Pero las protestas que se han extendido por todo el país no son sino un reflejo de la situación asfixiante en la que viven sus ciudadanos. Quizá las revueltas se apaguen con el tiempo, una vez más. O quizá la gente se haya cansado por fin de vivir bajo las pezuñas del Centauro. "               (Ernesto H. Vidal, CTXT, 17/06/20)

15/11/16

Angela Davis: “Raza, género y clase son elementos entrelazados”

 
 Angela Davis publicó su autobiografía

"Maria Colera entrevista a Angela Davis, filósofa, profesora de Historia de la Conciencia en la Universidad de California, histórica dirigente del Partido Comunista de EE.UU., ex miembro de las Panteras Negras e investigadora especializada en feminismo, marxismo, abolicionismo del sistema penitenciario, teoría crítica y estudios afroamericanos.

En el ensayo '¿Están las prisiones obsoletas?' (Democracia de la abolición. Prisiones, racismo y violencia. Editorial Trotta 2016), hablas del encarcelamiento masivo de los pobres y de los migrantes ilegales.

El capitalismo considera a estas personas como seres prescindibles pero los utiliza como mano de obra esclavizada barata al mismo tiempo que los convierte en consumidores cautivos del excedente de producción, excedente que se sitúa en el origen mismo de una crisis económica que, la vez, genera pobreza y migración, en un bucle perfecto. 

¿Observas algún paralelismo entre estas políticas de encarcelamiento y el proceso desarrollado durante la transición del feudalismo al capitalismo, en el que millones de personas fueron expulsadas de las tierras que hasta entonces habían sido su medio de reproducción y fueron forzadas a la esclavitud del salario?

Ciertamente, existen paralelismos entre ambas épocas, pero lo que quizá es más importante es constatar que también hay diferencias considerables entre los dos períodos. En la transición del capitalismo al feudalismo, tal como Marx la describió, los cercamientos y otros procesos de desposesión privaron a la gente de las tierras que constituían su fuente de subsistencia y, de manera simultánea, generaron una clase de personas a quienes no les quedó nada más que su fuerza de trabajo.

Así, pues, se convirtieron en la mano de obra necesaria para que el capitalismo naciente pudiera incrementar su riqueza. Aquellas personas fueron liberadas de los constreñimientos del feudalismo, pero se vieron forzadas a cambiar una forma de opresión por otra.

Si bien es cierto que suele resultar inútil hacer un ranking de las diferentes formas de opresión, se puede afirmar que, a pesar de que el capitalismo depende total y absolutamente de la explotación, el hecho de dejar atrás la esclavitud y el feudalismo supuso cierto grado de progreso. Algunos trabajadores al menos encontraron su camino hacia el empleo, por degradante que fuera y siga siendo el trabajo.

Por otra parte, el complejo penitenciario industrial global es ciertamente rentable, pero su rentabilidad reside en las tecnologías destinadas a relegar ingentes cantidades de personas a unas vidas marginales, improductivas y cargadas de violencia.

El encarcelamiento masivo de personas negras, de color e inmigrantes en EE UU, Australia y partes de Europa, junto con la persistencia de un racismo y una xenofobia estructurales, son prueba del fracaso absoluto del capitalismo global a la hora de responder a las necesidades de personas reales en todo el mundo.

Se podría argumentar, igualmente, que ello también es la prueba más convincente de la necesidad de concebir un sistema socioeconómico más allá del capitalismo. Así, pues, el movimiento abolicionista contemporáneo, en su llamamiento a desmantelar el complejo penitenciario industrial, se presenta como un movimiento anticapitalista que exige igualdad racial, puestos de trabajo con salarios vivibles, vivienda asequible, sanidad y educación gratuitas y justicia medioambiental para todos los seres vivos.

Abogas por la justicia restaurativa, en lugar de la punitiva. ¿Cómo se restauran la desigualdad y la injusticia causadas por el proceso de acumulación primitiva que conforman la base del capitalismo? En otras palabras, ¿qué forma tendría una justicia restauradora destinada a reparar el 'pecado original' de explotación y acumulación que se encuentra en el origen de las desigualdades de redistribución de nuestras sociedades?

Efectivamente, a menudo he utilizado el término 'justicia restauradora', junto con otros, como 'justicia reparadora' y 'justicia transformadora', como alternativas a la justicia punitiva o retributiva. De hecho, prefiero el término 'justicia transformadora', ya que no presupone la existencia de un estado ideal que sea necesario restaurar.

Respondiendo a tu pregunta, me gustaría destacar la importancia de la memoria histórica, especialmente en cuanto a la necesidad que hay hoy en día de un análisis explícitamente anticapitalista.

"La llamada acumulación originaria" es uno de los capítulos más importantes de El capital, precisamente porque desenmascara la expropiación, injusticia y violencia que marcaron el inicio del capitalismo y que, aunque pudiera parecer que ya no es así, siguen en el centro del proceso capitalista.

A finales del siglo XX, el complejo penitenciario industrial comienza a mostrar el grado en que las sociedades capitalistas continúan basándose en ideologías racistas y coloniales a la hora de fabricar tecnologías de violencia, reflejo, a su vez, de la violencia histórica ligada a la esclavitud y a la colonización.

Has hablado de nuestra problemática reacción automatizada con que a menudo respondemos al crimen y al delito, recurriendo a las instituciones jurídico-policiales, en vez de diseñar soluciones desde dentro de la comunidad. En el caso concreto de la violencia sexual, abogas por la autodefensa, lo cual nos lleva al tema de las mujeres y la violencia. 

En '¿Están las prisiones obsoletas?' haces referencia a la «necesidad de cuestionar las premisas imperantes según las cuales la única relación posible entre las mujeres y la violencia implica que las mujeres sean víctimas». ¿Qué opinas del uso disuasorio y disciplinandor de la violencia feminista como mecanismo dirigido a defendernos a nosotras mismas? ¿Qué es la autodefensa feminista para ti?

Siempre he tenido un cuidado especial en la manera en que utilizo el término 'violencia'. Como estudiosa de la teoría crítica, siempre me recuerdo a mí misma que las herramientas conceptuales que decido utilizar podrían estar haciendo un trabajo que, en realidad, contraviene lo que pretendo expresar. Así, pues, trato de no equiparar 'autodefensa' y 'violencia contra el agresor'.

Y mi apuesta por la formación en autodefensa se inserta en un contexto más amplio, basado en un análisis que vincula la violencia misógina con los sistemas de dominación de raza, género y clase, dentro de una estrategia que pretende purgar nuestras sociedades de toda forma de explotación y violencia.

En 'Mujeres, raza y clase' (Akal, 2004) desmontas el mito del violador negro y explicas que «fue una invención claramente política», propaganda construida con el fin de consolidar y justificar los linchamientos, como método de 'contrainsurgencia' destinado a evitar que los negros alcanzaran sus derechos. 

El pasado fin de año asistimos al despliegue de este mismo mito en Colonia, en este caso en los cuerpos de hombres "de apariencia árabe o norteafricana", en un nuevo ejemplo de 'purple washing' o utilización de una supuesta defensa de las mujeres para criminalizar a los solicitantes de asilo y a los residentes ilegales, de una manera que parece estar lanzando el mensaje de que "a nuestras mujeres sólo las podemos violar nosotros". ¿Cómo interpretas esta utilización de los derechos de las mujeres (velo, violador negro, opresión de las mujeres afganas ...) para otras cruzadas?

En su libro 'Arrested Justice: Black Women, Violence, and America's Prison Nation' [La justicia bajo arresto: mujeres negras, violencia y la nación prisión de América], Beth Richie expone los peligros de confiar en tecnologías de criminalización como supuestas soluciones a los problemas de la violencia de género.

Su argumento es que el movimiento antiviolencia predominante en EE UU dio un giro peligrosamente equivocado cuando comenzó a apoyar la represión policial y el encarcelamiento como principales estrategias destinadas a proteger a las «mujeres» de la violencia masculina. Era fácilmente previsible que quienes más estarían el punto de mira de estas iniciativas destinadas a garantizar la seguridad de las «mujeres» serían los hombres de comunidades ya sometidas a una hipervigilancia de la policía y que ya contribuían de manera desproporcionada al incremento de la población penitenciaria.

Resulta, sin embargo, que el uso generalizado de la categoría 'mujer' escondía una racialización clandestina operativa dentro de esta categoría, según la cual 'mujeres' en realidad significaba 'mujeres blancas' o, aún más concretamente, 'mujeres blancas acomodadas'.

El caso de Colonia y el discurso sobre el violador árabe, que pretende consolidar aún más las representaciones colonialistas de los hombres árabes como agresores sexuales, nos recuerdan la importancia de las teorías y prácticas feministas que cuestionan la instrumentalización racista de los 'derechos de las mujeres' y enfatizan la interseccionalidad de las luchas por la justicia social.

En las últimas décadas, hemos experimentado lo que Nancy Fraser define como "desacoplamiento de las llamadas 'políticas identitarias' de las políticas de clase", en lo que se ha convertido en una lucha por el reconocimiento, en lugar de por la redistribución, con un desplazamiento del sujeto colectivo hacia uno individual(ista). 

Tú, en cambio, siempre has defendido las 'comunidades de lucha', al considerar que "las comunidades son siempre proyectos políticos". ¿Qué opinas sobre las políticas identitarias y cuáles son, en tu opinión, las luchas y los proyectos políticos que deberían situarse en el centro, en la actual era de hegemonía neoliberal?

Lo que encuentro más problemático de las políticas identitarias es la manera en que las identidades muy a menudo se naturalizan y no son consideradas como un producto de la lucha política, de modo que no se sitúan en relación con las luchas de clase y antirracistas.

Recientemente, el movimiento trans, por ejemplo, se ha convertido en un importante territorio donde luchar por la justicia. Con todo, hay una diferencia fundamental entre las representaciones dominantes de las cuestiones trans, que habitualmente hacen hincapié en la identidad individual, y los movimientos trans interseccionales, que consideran que tanto la raza como la clase son elementos fundamentales en las luchas de las personas trans.

En vez de centrarse en el derecho de la persona a 'ser' él mismo, ella misma, o ell@ mism@, estos movimientos trans afrontan la violencia estructural (en manos de la policía, la prisión, el sistema sanitario, el sistema de la vivienda, el ámbito laboral, etc.) que las mujeres trans de color tienen más probabilidades de experimentar que ningún otro grupo de la sociedad.

En otras palabras, luchan por unas transformaciones radicales de nuestras sociedades en contraposición a la asimilación en un estado de cosas determinado e inamovible.

Continuando con el tema de la identidad, por lo que dices sobre la interseccionalidad, entiendo que apuestas por una confluencia de luchas (Ferguson, Palestina), más que por una conjunción de identidades diferentes, diversas y múltiples, en un momento en que gran parte de las defensoras de las políticas interseccionales afirman y naturalizan las identidades, en vez de cuestionarlas, ignorando a menudo el contexto material e histórico que rodea estas identidades. ¿Cómo entiendes la interseccionalidad y en qué términos resulta productiva hoy en día?

El concepto de interseccionalidad, tal como yo la entiendo, tiene una genealogía muy interesante, que se remonta al menos al período de finales de los años 1960 y principios de los 1970. Como ahora no puedo entrar en gran detalle, me limitaré a mencionar alguno de los elementos fundamentales que me gustaría destacar: la creación de la organización Alianza de Mujeres Negras, como respuesta a la voluntad de plantear un debate sobre cuestiones de género dentro del Comité de Coordinación Estudiantil No Violento (SNCC), principal organización juvenil del Movimiento por la Libertad del Sur.

La Alianza planteaba que no era posible entender el racismo en toda su complejidad sin incorporar un análisis del sexismo y, para sustentar esta tesis, en 1970 Fran Beale escribió un artículo que tuvo gran difusión, titulado "Double Jeopardy: To Be Black and Female" [Riesgo doble: ser negra y mujer]. 
 
Poco después de la publicación del artículo, de resultas del hecho de tener conocimiento de luchas como las de las mujeres puertorriqueñas contra la esterilización forzosa, la Alianza de Mujeres Negras se convirtió en Alianza de Mujeres del Tercer Mundo y publicó un periódico titulado Triple Jeopardy, en referencia al racismo, el sexismo y el imperialismo.

Aquello implicaba una militancia sobre el terreno que abordaba de manera simultánea el racismo, la misoginia y la guerra imperialista.

Es con el espíritu de aquellos esfuerzos intelectuales orgánicos de comprender las categorías de raza, género y clase como elementos conectados, entrelazados y entrecruzados que entiendo actualmente los conceptos feministas de interseccionalidad.

En un ciclo de conferencias recientemente celebrado en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, con el título "La frontera como centro. Zonas de ser y de no ser [migra y colonialidad]", la representante del partido Indigènes de la République Houria Bouteldja afirmó lo siguiente: "No sé quién es blanco, pero la policía francesa lo sabe perfectamente. Nunca se equivoca a la hora de decidir a quién discriminar y a quien apalear". 

Igualmente, la feminista vasca Itziar Ziga, en una entrevista en Argia, decía que "Soy una mujer porque es así como he sido violentada física, afectiva, económica y simbólicamente... Proclamo que soy mujer, pero no por lo que tengo entre las piernas". En estos dos casos, el sujeto se define políticamente para/desde el locus de opresión y, por tanto, de lucha. En este sentido, ¿qué es para ti ser mujer y qué ser negra

Ambas categorías se han ensanchado y expandido más allá de cualquier límite que hubiera podido imaginar en anteriores fases de mi vida. De modo que, si pretendiera aferrarme a modos de ser históricos, continuaría sintiéndome obligada a basarme en definiciones políticas del género y la raza en ambos casos, tal y como planteas en tu pregunta, tanto desde el punto de vista de las estructuras de dominación y sus ideologías asociadas como desde el punto de vista de los movimientos colectivos que buscan desmantelar estas estructuras y hacer frente a estas ideologías.

Al mismo tiempo, siempre he insistido en la prioridad de la práctica radical por encima de la identidad pura y simple. Importa más qué haces para facilitar la transformación radical que cómo te imaginas que eres. Y, claro, como ya he indicado, las categorías de género y raza, al igual que la sexualidad y la clase, sólo son significativas dentro de unas interrelaciones más complejas.

En relación con el panorama político estadounidense, has destacado "el reto de complicar el discurso", en vista de que "la simplificación de la retórica política facilita la adopción de posturas extremistas". 

En los últimos años, en Europa, hemos sido testigos de la aparición de la autodenominada 'nueva política', que se opone a 'los de arriba', con miras a provocar una 'revolución democrática' por la vía de la 'revolución de las sonrisas'. ¿Qué significa para ti la democracia en esta era del populismo despolitizador y de los significantes vacíos?

Está claro que los que nos situamos a la izquierda en Estados Unidos, y no sólo a la izquierda, sino también en algunos círculos conservadores, asistimos totalmente estupefactos a la creciente influencia de Donald Trump, el cual se está aprovechando la atracción que importantes sectores de las comunidades de clase trabajadora blanca sienten por este tipo de retórica política simplista, extremista y de tendencia fascista.

Esto también ocurre con la peligrosa atracción hacia personajes y partidos de extrema derecha que está habiendo en Austria, Francia, Polonia y otros lugares de Europa, crisis masiva de los refugiados —la cual pone de manifiesto el impacto que la historia de esclavitud y colonialismo de Europa sigue teniendo—, ha hecho prosperar el populismo de extrema derecha, alrededor del racismo antinegros y antiinmigrantes, y ha reactivado la islamofobia, con espectáculos que traen a la memoria racismos del pasado.

No será posible hacer frente al populismo de extrema derecha y generar un diálogo sobre futuros democráticos –enfoques sustantivos y transformadores que desplacen el foco político de la representación neoliberal del individuo hacia las necesidades y aspiraciones de las comunidades–, si no somos capaces de construir movimientos potentes contra el racismo y la xenofobia en el mundo.

Preguntada por tu posición ante las elecciones presidenciales de EE.UU., recientemente has destacado la necesidad de un partido nuevo. ¿Por qué motivo? ¿Qué tipo de partido tienes en mente? Como ex candidata a la vicepresidencia por el Partido Comunista de EE UU, ¿qué similitudes y qué diferencias con el PC debería tener este partido nuevo? En cuanto a su programa, ¿consideras que sigue vigente el Programa de 10 puntos del Partido de las Panteras Negras? ¿Y cuál sería la base electoral de este nuevo partido?

La política electoral norteamericana lleva muchos años siendo rehén del sistema bipartidista. Tanto el Partido Demócrata como el Republicano están absolutamente encadenados al capitalismo. Necesitamos una estructura política alternativa que no capitule ante las estructuras empresariales, sino que represente, en primer lugar, las necesidades de los trabajadores, de la gente pobre y de las personas de color.

Esto es evidente desde hace muchos ciclos electorales, y cuando hace muchos años participé de manera directa en la política electoral, como candidata a la vicepresidencia por el Partido Comunista, fue precisamente para visibilizar esta necesidad de declarar la independencia respecto al sistema bipartidista.

Dada la respuesta que ha obtenido Bernie Sanders, ha quedado claro que hay un número considerable de personas que quieren una alternativa al capitalismo. Cada vez más gente está reflexionando seriamente sobre la necesidad de un partido que represente la clase trabajadora, los movimientos antirracistas, las cuestiones feministas y LGBTQ, las reivindicaciones contra la guerra y la justicia medioambiental.

En cuanto al Partido de las Panteras Negras, está claro que el Programa de 10 puntos está profundamente arraigado en las condiciones históricas de mediados del siglo pasado, pero, al mismo tiempo, todos y cada uno de sus puntos tienen un profundo vínculo con luchas radicales contemporáneas.

Continuando con las Panteras Negras, fueron pioneras en su política de womanism, que puso la lucha por los derechos de las mujeres al mismo nivel que la lucha de clases y racial, apoyó el derecho al aborto, organizó cuidados de niñas y niños durante sus reuniones, fomentó el modelo tradicional africano de familia extensa en contraposición a la familia nuclear burguesa, el diario del partido estuvo dirigido por mujeres, y hasta un 70% de su militancia era femenina. 

¿Cómo se logró todo ello, más allá de que los hombres estaban siendo asesinados o encarcelados? ¿Qué lecciones pueden sacar los movimientos de liberación, y especialmente las feministas de estos movimientos, de la experiencia del Partido de las Panteras Negras?

En realidad, no debería sorprendernos excesivamente saber que la mayoría de militantes de las Panteras Negras eran mujeres, de la misma manera que no deberíamos sorprendernos por el papel fundamental que las mujeres jugaron dentro del Movimiento por la Libertad del Sur. Lo que sí resulta sorprendente es que medio siglo más tarde sigamos cautivos de visiones históricamente obsoletas sobre el liderazgo carismático masculino.

Históricamente, los paradigmas asociados al liderazgo de las mujeres –desde Ella Baker hasta Ericka Huggins– han tendido a enfatizar el liderazgo colectivo por encima del individualista. Los jóvenes de los actuales movimientos radicales están priorizando el liderazgo de las mujeres, el liderazgo queer y el liderazgo de las colectividades.

Como fuiste alumna de Marcuse, me gustaría hacerte una pregunta que él ya planteó en su Un ensayo sobre la liberación: "¿Cómo puede [el individuo] satisfacer sus necesidades sin [ ...] reproducir, a través de sus aspiraciones y satisfacciones, su dependencia de un aparato explotador que, al satisfacer sus necesidades, perpetúa su servidumbre?". En otras palabras, ¿cómo podemos liberarnos de la mercantilización de nuestros sentimientos?

A estas alturas, no estoy segura de si es posible eludir completamente las consecuencias del deseo mercantilizado, ya que es esa la naturaleza del deseo contemporáneo; el capitalismo ha invadido hasta tal punto nuestras vidas interiores que nos resulta extremadamente difícil separar capitalismo y deseo. Sin embargo, creo que sigo la tradición filosófica de Marcuse cuando afirmo que deberíamos tratar de desarrollar una conciencia crítica sobre las maneras en que, en parte, estamos implicados en la propia reproducción del capitalismo, a través de la mercantilización de nuestros sentimientos. Es a través de este tipo de reflexiones negativas que podemos empezar a vislumbrar posibilidades de liberación.

Durante tu visita al País Vasco estuvimos hablando sobre la importancia del arte y la literatura como esferas donde expandir los límites de lo inteligible, desmontar los paradigmas del sentido común hegemónico, confrontar la camisa de fuerza de la verosimilitud, derribar el monopolio de la realidad y traducir, dar forma y ensayar nuestras nociones políticas. ¿Cómo se concreta todo esto?

Especialmente ahora que la posibilidad de liberación parece ser descartada por las mismas luchas políticas que pretenden mostrarnos vías hacia futuros mejores, podemos aprovechar lo que Marcuse llama 'dimensión estética' y Robin Kelley, 'sueños de libertad' o 'imaginación radical'.

Lo que el reino del capitalismo ha sofocado completamente es nuestra capacidad colectiva de imaginar una vida que no esté repleta de mercancías. Es por esta razón que necesitamos el arte, la literatura, la música y otras prácticas culturales, para educar nuestra imaginación de manera que consiga liberarse de las restricciones impuestas por la privatización.

Durante aquella visita, te organizaron un concierto de homenaje en Bilbao, donde hiciste mención de una canción preciosa de Nina Simone titulada 'I Wish I Knew How It Would Feel to Be Free' [Ojalá supiera qué se siente al ser libre ], y que dice así: "I wish I could break all the chains holdin' me, I wish I could say all the things that I should say, say 'em loud, say 'em clear for the whole 'round world to hear" [Ojalá pudiera romper todas las cadenas que me retienen, ojalá pudiera decir todo lo que debería decir, decirlo todo bien alto, decirlo para todo el mundo lo oiga] .¿Qué significa ser libre para ti, y cuáles son las cadenas que tenemos que romper?

Recordé esa canción de Nina Simone no tanto porque quisiera dar a entender que medio siglo o más después yo tenga una respuesta definitiva a la cuestión subyacente a su anhelo de saber qué es sentirse libre, sino más bien porque seguimos rigiéndonos por este deseo de poner nombre y experimentar la libertad. En los EE.UU., este objetivo nos resulta mucho más complicado hoy en día que a mediados del siglo XX. De hecho, parece que, cuanto más nos acercamos a lo que originariamente habíamos imaginado como 'libertad', más nos damos cuenta de que se trata de algo mucho más complicado, de algo con un alcance mucho mayor..." (Maria Colera Intxausti, Diagonal, 08/09/16)

3/12/13

EE.UU. tiene el 5% de la población mundial y el 25% de los reclusos de la Tierra

"EE.UU. tiene el 5% de la población mundial y el 25% de los reclusos de la Tierra. A inicios de abril se contabilizaban más de un millón y medio de convictos en prisiones federales y cárceles departamentales; 47% por delitos relacionados con tenencia de drogas y 30% por transgresiones no violentas; más de la mitad padres o madres con un hijo menor de 18 años. Hoy uno de cada 28 niños en Estados Unidos tiene un progenitor en la cárcel.

Según un reporte del Centro Internacional para Estudios de las Prisiones, Estados Unidos encierra a 716 ciudadanos por cada 100 mil habitantes y su inventario general de prisioneros aumentó desde 307.276 en 1978 hasta casi dos millones de condenados a fines de 2012. 

Acorde con registros del Departamento de Justicia, mientras la población nacional del norteño país ha crecido un tercio durante los pasados 30 años, la tasa de encarcelación federal lo hizo en 800% y hoy las penitenciarías norteamericanas operan en un 40% por encima de sus capacidades reales.

En la actualidad existen más negros insertos en el sistema penal que en cualquier momento durante la esclavitud, antes de la guerra de Secesión (1861-1865). En la actualidad los afroamericanos representan 40% de la población reclusa y van a la cárcel con una frecuencia siete veces mayor que los blancos, a pesar de constituir solo el 12% de la población nacional. (...)

El negocio de las industrias carcelarias privadas en Estados Unidos cobra auge, con ingresos de más de 2.900 millones de dólares en 2010. El número de personas encarceladas bajo custodia se incrementó un 772% entre 1970 y 2009, debido en gran parte a la increíble influencia que ejercen las empresas privadas sobre el sistema legal estadounidense, comentó el sitio digital Global Research.

 Para los conglomerados correccionales, la prosperidad depende de mantener el máximo de presos por el mayor tiempo posible, lo que ha hecho que este modelo de instituciones prolifere, en vez de centrarse en la rehabilitación. Como la indulgencia judicial y las reducciones de sentencia amenazan los esquemas para obtener ganancias, las empresas privadas gastan millones de dólares en cabildeo con funcionarios estatales y los candidatos políticos, destacó la investigación.

 A fin de influir para que las sentencias se cumplan completamente, sin derecho a libertad condicional, comités de acción reunidos por empresas privadas penitenciarias presionaron a la clase política con la entrega de más de tres millones 300 mil dólares desde 2001.

La compañía GEO Group, considerado el mayor operador del mundo de centros penitenciarios, correccionales, psiquiátricos y de detención de inmigrantes, reportó un incremento de sus ingresos en 56% en el primer trimestre de 2013, con utilidades de 23 millones 420 mil dólares, cifra superior al lucro de similar periodo de 2012 con dividendos cercanos a los 15 millones de dólares, "buen resultado operativo y financiero de nuestras diversificadas unidades de negocio", comunicó George Zoley, presidente de Geo Group. (...)

El 20 de octubre de este año la ONU solicitó a Estados Unidos ingresar a las prisiones de California, donde se cometen presuntas violaciones de la Convención Internacional en contra de la Tortura. La organización realizó una petición formal al Departamento de Estado atendiendo a denuncias de que las autoridades carcelarias de este país aplican el aislamiento prolongado de reos en violación de los acuerdos internacionales.

 La información fue divulgada por Juan Méndez, relator especial de la ONU sobre la tortura, al reunirse en la Iglesia Presbiteriana Emmanuel de Los Ángeles, con familiares de presos que aseguran han estado en confinamiento solitario por años. 

El funcionario señaló que a causa de la huelga de hambre que se registró durante el verano en las prisiones de California, se pidió permiso al gobierno de Estados Unidos para la visita. La solicitud no había sido respondida luego de tres meses y según Méndez, le sorprendería que abiertamente le nieguen el acceso. (...)

El conflicto en el sistema penal no ha pasado inadvertido en el Congreso, la Casa Blanca, o para las autoridades estaduales. En junio último los senadores Rand Paul (republicano) y Patrick J. Leahy, un demócrata de Vermont, presentaron una enmienda o intento de solución legal desde Washington.

 Paul admitió que muchas de las personas condenadas en realidad no merecen estar en prisión y fueron sentenciadas “debido a un enfoque equivocado y draconiano en el proceso de castigo federal, sin ninguna relación con el realce de la seguridad pública”. A tenor de los exagerados estándares legales de hoy, incluso los dos anteriores presidentes de este país hubieran tenido que cumplir tiempo en prisión por causa de algunas transgresiones juveniles, apuntó el congresista de Kentucky.

El juez de apelaciones Timothy Lewis recordó, en entrevista con la cadena NBC, que una vez se vio obligado a condenar a 10 años de prisión a un joven afroamericano acusado de “conspiración para estar en un auto en el cual se hallaron drogas”. Lewis explicó que el muchacho, de 19 años, era el primero de su familia que había ganado una beca universitaria, pero tuvo que confirmar la sentencia debido a un mandato de obligatoriedad impuesto por una regulación judicial ejecutiva dictada por Washington. (...)

Joan Petersilia, una profesora de leyes del Centro de Estudios sobre Criminalística de Stanford, dijo que las autoridades estadounidenses “deben de una vez entender el mensaje de que con el hecho de que se encierren a más personas cada día no se garantiza un aumento de la seguridad pública”. (...)

El sistema penitenciario está “colapsando bajo su propio peso” En noviembre del año pasado los votantes californianos aprobaron abrumadoramente la Proposición 36, que restringe el uso de la ley por delitos no violentos, incluso para los presos actuales en este territorio de la costa suroeste. El Estado ha comenzado a tomar medidas para reparar lo que el ex gobernador Arnold Schwarzenegger describió como un sistema penitenciario que está “colapsando bajo su propio peso”.(...)"                   (Bolpress, Rebelión, 25/11/2013)