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27/10/23

El Estado no es la solución... Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común

"La teoría económica, incluso el marxismo, ha tendido a separar la política de la economía. Esto condujo a que sectores de la izquierda consideren al Estado capitalista como un ente «exterior», capaz de regular al capital a su antojo. Pero cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de las relaciones sociales, incluyendo el Estado. No se trata de determinismo económico sino de relaciones de fuerza entre clases.

Adrián Piva es especialista en el estudio de la relación entre modo de acumulación de capital y la dominación política, y uno de los marxistas latinoamericanos más interesantes de su generación. En esta entrevista, explica a Jacobin su comprensión de algunos de los puntos centrales del análisis marxista de la economía.

¿Qué debe entender un marxista por economía? ¿Cuál es el estatus de la economía como tal desde un punto de vista marxista?
 

AP: Esa es una pregunta difícil de responder. En principio, tendríamos que empezar diciendo que la distinción entre economía y política es relativamente reciente. Es decir, nace con el capitalismo; previamente, esta separación no existía ni en el pensamiento ni en los hechos: explotación y dominación coincidían, del mismo modo en que la dirección y vigilancia del proceso de trabajo son inseparables del proceso de explotación en la fábrica. Además, el aparato de dominio no estaba separado de la clase dominante. La propia clase dominante era la que ejercía el dominio político a través de aparatos, en ciertos casos con un alto grado de centralización.

Por lo tanto, la separación de economía y política aparece con la transición al capitalismo. Pero tenemos que agregar que esta separación es aparente, porque en realidad no hay explotación sin dominación. La unidad sigue estando presente como condición para la reproducción de las sociedades capitalistas. Esto no significa que sea una simple ilusión ideológica o una apariencia subjetiva, sino que es lo que los marxistas llamamos apariencia objetiva. Efectivamente, los fenómenos se presentan de esa manera y el hecho de que se presenten de esa manera tiene importancia para que la sociedad capitalista se reproduzca. Entonces, esta separación entre economía y política tiene esta doble dimensión: por un lado es aparente, hay una unidad de fondo —no habría explotación económica sin dominación política—; por otro lado, cierto grado de separación objetiva es una necesidad para la reproducción del sistema.

En ese sentido, podemos decir que el estatuto de la economía es ambiguo. Ni es una esfera separada como la consideran los economistas, que piensan que puede tratarse como un área particular, con sus propias leyes (leyes además semejantes a las ciencias naturales, etcétera), ni tampoco podemos decir que carece de importancia analizar aspectos específicamente económicos, que no existen dimensiones específicamente económicas, aunque solo es posible comprenderlas en su relación con las dimensiones específicamente políticas.

Un fenómeno como la inflación es interesante para observar esto. Por un lado, pueden verse en la inflación aspectos específicamente económicos, que tienen que ver con fenómenos monetarios, la productividad de la economía, etcétera. Pero, por otro lado, el hecho de que ciertos procesos se desarrollen o no de manera inflacionaria depende en gran medida de aspectos que llamaríamos propiamente políticos: la relación de fuerzas entre las clases, la manera en que se expresa en el Estado, cómo el Estado da forma a las relaciones de dominación…

Hay un debate histórico sobre si el marxismo es un economicismo. Me interesa tu opinión sobre una forma específica del economicismo, que es la lectura que postula al capital como una relación social que totaliza al conjunto de la sociedad y, por lo tanto, como un sujeto que se autodesenvuelve automáticamente.

AP: Hay una larga tradición en el marxismo que entiende el capital como una relación social que es totalizante en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida social, donde no hay (este es ya un primer debate) ninguna esfera de la vida social que no pueda ser explicada por la teoría del capital. Pensemos en las relaciones de opresión de género. ¿Pueden reducirse a la relación capitalista? Bueno, yo creo que no. Creo, por ejemplo, que el psicoanálisis es efectivamente necesario para entender alguno de esos fenómenos (y que, a su vez, el objeto del psicoanálisis no puede ser reducido completamente a la relación de capital).

Por otro lado, existe también la noción, en la mayoría de los casos asociada a la anterior, de que el capital es un sujeto que se autodesarrolla, se autodesenvuelve. Esta noción encuentra fundamento en la propia apariencia de la relación de capital. La relación de capital se presenta como una relación objetiva, que se autodesarrolla, cuyo desarrollo no tiene límites, o bien, si los tiene, se trata de límites internos, límites que aparecen como resultado de un desarrollo objetivo en el que no es clara la intervención de los seres humanos como sujetos.

Yo no soy afín a ese tipo de lecturas de Marx, aunque hay algunas de ellas que tienen planteos interesantes, como la de Moishe Postone. Pero, todas esas perspectivas se aproximan al capital con la idea de que tiene una lógica, y esa lógica es entendida como un movimiento o proceso que se abstrae de los accidentes, de la contingencia histórica, en el que las relaciones entre los distintos fenómenos son relaciones lógicamente necesarias. Yo, por el contrario, creo que la historia de la relación de Marx con el idealismo alemán, en particular con Hegel, es la de un creciente distanciamiento de una concepción de la historia como movimiento lógicamente necesario.

Marx a lo largo de su obra da cada vez más espacio a la contingencia como clave para entender el desarrollo histórico. Las contradicciones, que son las que explican el movimiento histórico, para Marx son contradicciones históricas que tienen soluciones históricas, contingentes, y por tanto el propio desarrollo del capital está atravesado por esa contingencia, no puede entenderse como el desarrollo de una lógica objetiva. En ese sentido, las relaciones de fuerza, los conflictos sociales, la lucha de clases son elementos centrales para entender las formas históricas que asume el capital y cómo se desarrolla en el tiempo.

¿Cuáles son las principales diferencias entre el marxismo y las escuelas económicas «heterodoxas», especialmente las que provienen del keynesianismo?
AP: En primer lugar, una aclaración: hay que distinguir, por un lado, entre el keynesianismo y las corrientes poskeynesianas, sobre todo de los años sesenta y setenta, (e incluso de los cincuenta), y, por otro lado, la llamada síntesis neoclásico – keynesiana (mainstream en la segunda posguerra) y los contemporáneos neokeynesianos (algo así como el keynesianismo después del neoliberalismo). Las teorías keynesianas y poskeynesianas han hecho aportes interesantes a la comprensión del funcionamiento del capitalismo; y el marxismo, en ese sentido, tiene una relación con esos enfoques, como la que ha tenido con la economía política clásica en sus orígenes, en el sentido de que su crítica permite recuperar y transformar esos aportes para integrarlos en una teoría marxista del capital.

Dicho esto, el agrupamiento del marxismo junto con las corrientes keynesianas y poskeynesianas dentro de ese gran paraguas que se denomina «heterodoxia» está bastante vinculado a la etapa que se inicia con el predominio del neoliberalismo. Y con cierta tendencia, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, a identificar al neoliberalismo como enemigo principal. En un modo no siempre explícito, se construyó una especie de «frente único» entre keynesianos y marxistas contra el neoliberalismo. Yo creo que ahí hay un problema de fondo, que tiene que ver con la manera en que se comprendió al neoliberalismo y con la forma en que se comprende al Estado. En líneas generales, la tendencia fue asumir que el Estado era capaz de regular la economía en un sentido favorable a los trabajadores y que, en ese punto, había confluencia en torno a dos aspectos: una crítica teórica de la economía neoclásica y de las corrientes neoliberales en particular, por una parte, y la defensa del Estado de bienestar en los países europeos, la defensa de determinados aspectos de los Estados nacional-populares o populistas en América Latina, la defensa de cierta intervención del Estado, en definitiva, por otra.

El problema no es tanto que pueda haber una confluencia política o práctica en la oposición a determinada privatización, en la defensa de determinado derecho laboral o en la demanda de la intervención del Estado en algún punto especifico, lo que es una práctica habitual de la lucha social, tanto en el terreno sindical como el terreno político. El problema está cuando empieza a asumirse que efectivamente el Estado, de alguna manera, es un tercero que puede arbitrar, que puede regular la acumulación desde fuera, e impedir que o bien las crisis se desarrollen o bien que sus efectos se descarguen sobre la vida de la clase trabajadora.

Esto se conecta con lo que decía antes, el hecho de que Estado y capital están solo en apariencia separados, pero, tras esa apariencia, hay unidad entre ambos. El capital no es una relación social puramente económica, el Estado es uno de los modos en que la sociedad capitalista se desenvuelve, se desarrolla, se reproduce. El Estado es parte del problema, no de la solución. Cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de esas relaciones sociales; entra en crisis lo que llamamos «la economía» y entra en crisis también lo que llamamos «la política».

Por otro lado, la intervención del Estado tiene límites. La separación entre economía y política se origina en el hecho de que la relación de capital tiene ciertas características que hacen que la regulación estatal de las relaciones económicas no pueda desarrollarse más allá de cierto punto sin poner en crisis esa misma relación. ¿Por qué? Porque esas relaciones están articuladas a través del mercado. Y esto no es ficción, es una realidad. Capitalista y trabajadores se vinculan a través de la compra y venta de mercancías: compra – venta de la fuerza de trabajo, compra – venta de bienes de consumo, compra – venta de medios de producción, etcétera. El conjunto de las relaciones sociales está mediado, articulado, por relaciones de mercado. El Estado, entonces, tiene límites reales para la intervención; si la intervención del Estado disuelve la separación entre economía y política, que es la condición de funcionamiento del mercado, pone en crisis la forma en que se articulan las relaciones sociales.

Un ejemplo clásico de esto es el problema de la regulación de los precios. Ciertas corrientes heterodoxas (aunque no Keynes, por cierto) parecen pensar que el Estado podría regular los precios de manera casi ilimitada. Esto no es así. Más allá de cierto punto se producen fenómenos de escasez, aparecen «mercados negros» y procesos de desinversión, etcétera. Entonces, emergen concretamente los límites del Estado para regular la economía y, más en general, los límites que tiene para intervenir de manera favorable a los trabajadores. En cierto punto, los gobiernos y el personal del Estado, sienten la necesidad de dar solución a los problemas que creó su propia intervención, porque afectan a la reproducción del aparato estatal: si la economía entra en crisis, el Estado no tiene recursos, pierde capacidades, etcétera.

Por lo tanto, la diferencia de fondo con la heterodoxia, creo yo, gira en torno a la naturaleza y el rol del Estado. En el keynesianismo, en el poskeynesianismo y en otras corrientes heterodoxas existe la idea de que el Estado es un tercero que puede regular la acumulación de manera que las crisis desaparezcan, o de que la intervención del Estado puede hacer compatible el desarrollo capitalista con una tendencia permanente a la mejora de la vida de los trabajadores. Estas nociones, desde el punto de vista marxista, son utópicas. Existe un límite objetivo a esas intervenciones: en algún momento la crisis se precipita y afecta al propio Estado; por ello, las mejoras en la vida de los trabajadores están siempre amenazadas, son precarias. Las épocas de retroceso, como pasó en toda la fase neoliberal, ponen de manifiesto esos límites: detrás del neoliberalismo está la crisis del keynesianismo.

¿Hay una teoría marxista de la crisis? ¿En qué consiste? Y, más en particular, ¿no hay una tendencia del marxismo a enfatizar unilateralmente el papel disruptivo de la dominación de la crisis capitalista, subestimando su posible carácter disciplinante?

AP: Como lo demuestran la teoría del Estado, la teoría de las ideologías, la teoría de las clases, etcétera., el marxismo está en construcción. No podemos pensar que la teoría marxista es una teoría ya terminada. La construcción de varias ortodoxias y, en particular, la transformación del marxismo en ideología de Estado en los «socialismos reales», han hecho difícil el desarrollo de la teoría. Pero la derrota catastrófica de las estrategias revolucionaria y reformista de la clase obrera desde los setenta, ambas ligadas al marxismo, han producido crisis y dispersión. De hecho, en muchos aspectos vemos que todavía nos encontramos en el lugar donde Marx dejó las cosas. Si bien hay muchos avances teóricos, son avances heterogéneos, fragmentarios, con bajo grado de integración. A lo que hay que agregar la marginalización de nuestro pensamiento en ámbitos intelectuales y académicos, acompañada de desconocimiento y caricaturización.

Sin embargo, las teorías marxistas de la crisis tuvieron mucho más desarrollo que otros temas. Lo que dejó Marx son apenas esbozos, en distintas partes de los Grundrisse y El capital, interpretables de modos muy diversos. El gran debate teórico sobre las crisis se inicia después de la muerte de Marx e incluso de Engels. En el marxismo clásico podemos encontrar explicaciones multicausales e incluso eclécticas, pero en todas ellas están presentes elementos de una teoría que explica la crisis por el subconsumo o insuficiencia de la demanda. Este enfoque ha seguido muy presente en el marxismo. También desde los primeros debates encontramos a quienes explican las crisis como producto de la tendencia a la sobreproducción; en estos casos el énfasis de la explicación está puesto en la anarquía de la producción capitalista. Las explicaciones por sobreproducción han ganado terreno entre los marxistas en las últimas décadas. Desde los años 1930 hasta la actualidad ha tenido mucha difusión la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, aunque en las últimas décadas muchos marxistas la han abandonado. Y después están las teorías más recientes, sobre el carácter financiarizado de las relaciones capitalistas en los últimos cuarenta años.

Ante tal variedad, no podemos hablar de «una» teoría sino de diversas teorías marxistas de la crisis. Pero lo que sí me parece importante destacar, como un rasgo compartido por la mayoría de esos enfoques, es el énfasis en la producción y en la tendencia al desequilibrio del proceso de acumulación de capital que creo que es un punto de partida muy importante para entender la cuestión. En el centro del análisis marxista de la producción capitalista está la tendencia a la acumulación de capital; dicha tendencia impulsa a aumentar continuamente la producción y esto es lo que genera desequilibrios y finalmente conduce a fenómenos de crisis. Marx en los Grundrisse insiste mucho en este punto frente a la economía vulgar (hoy la neoclásica) pero también frente a la economía política clásica (y hoy diríamos también la heterodoxia). Marx señala una y otra vez que el problema central de la economía es que en el fondo siempre entiende la producción capitalista como producción para el consumo y al intercambio como intercambio mercantil simple. Más allá de los mecanismos específicos que conducen a las crisis (esto es lo que discuten, a fin de cuentas, las diversas teorías) el énfasis en la acumulación permanente —y el hecho de que esta acumulación tiene un límite, que conduce finalmente a la crisis— me parece el rasgo más valioso de las teorías marxistas de la crisis. Ante ciertas corrientes del marxismo, que en los últimos cuarenta o cincuenta años han puesto cada vez más énfasis en fenómenos de carácter financiero, creo que hay que volver a centrarnos en la producción.

Ahora bien, en lo que refiere al énfasis que la izquierda en general ha hecho en la crisis como momento de desestructuración de la dominación y, por lo tanto, como oportunidad política, creo que ha habido una subestimación del carácter disciplinante de la crisis. La crisis general – de eso hablamos – es una crisis de reproducción de la sociedad, es decir, un proceso de disolución de la sociedad, más o menos agudo según la crisis sea más o menos profunda. Puede ser catastrófico o puede desarrollarse gradualmente en el tiempo pero, como sea, se trata de procesos de crisis de reproducción de la sociedad, de disolución de los lazos sociales, que afectan a todos los sectores sociales. Y a medida que la crisis se profundiza, se agrava, se prolonga en el tiempo, afecta mucho a la clase trabajadora y a los sectores populares.

Ese efecto disciplinante es muy importante sobre todo en períodos de crisis de alternativa política. Porque ante la ausencia de alternativa política, la clase trabajadora, si está movilizada y organizada, solo puede tener cierta capacidad de bloqueo. Y el éxito en el bloqueo a la ofensiva capitalista lo que tiende a provocar es una prolongación en el tiempo de la crisis y, en algún momento, inevitablemente, su profundización. Entonces es ahí donde el efecto disciplinante juega un papel importante.

En ese sentido, no creo que sea casual que este papel disciplinante apareciera como un problema en la Europa de los años 1920 y los 1930, pasada la primera oleada revolucionaria tras la Revolución de Octubre y un contexto de reflujo y derrota de la revolución en Europa. En ese momento, la revolución dejó de ser vista como inmediatamente posible; creció la demanda de orden y empezó a hacer mella en los propios trabajadores. Lo mismo pasó en Argentina durante la hiperinflación: un fenómeno muy agudo de disolución de lazos sociales que generó una demanda de orden y de estabilidad en todos los grupos sociales. Y lo mismo podría pasar con fenómenos como el que vivimos actualmente en Argentina, con una prolongación indefinida de la crisis.

Ahora bien, también es cierto que, en tanto la crisis no está resuelta, el juego está abierto. Por lo tanto, es verdad que es una oportunidad política y que el futuro se juega también en los modos en que la clase trabajadora y los sectores populares se organizan y responden. Pero la estrategia a seguir no puede basarse en la idea de que la profundización de la crisis vuelve más probable procesos de radicalización popular, porque ese es solo uno de los cursos posibles.

¿Qué pensás del debate en torno a que asistimos al final del ciclo neoliberal del capitalismo?

 AP : En principio hay que definir qué fue el neoliberalismo. Podemos decir que fue dos cosas: primero, una estrategia de ofensiva del capital contra el trabajo que se desarrolla tras la crisis del capitalismo de posguerra, una respuesta a la crisis de acumulación global y a la crisis del Estado keynesiano en USA, de los Estados de bienestar keynesianos de Europa, de los Estados populistas de América Latina y también de los «socialismos reales».

El neoliberalismo dio unidad y coherencia a una ofensiva que ya se había iniciado molecularmente: los procesos de deslocalización de capitales del centro a la periferia son parte de esa respuesta que comenzó entre fines de los sesenta y mediados de los setenta y que dieron inicio al proceso de internacionalización de la producción.

La especificidad de la estrategia de ofensiva neoliberal fue el uso de la coerción del mercado como medio de disciplinamiento. Esto no quiere decir que haya estado ausente la violencia o que no haya jugado un papel fundamental. Las dictaduras militares de los setenta en América Latina son una evidencia elocuente. Pero la violencia es un rasgo siempre presente en las estrategias de ofensiva del capital, no es una especificidad histórica. El uso de la violencia estatal es un rasgo inherente a cualquier ofensiva capitalista, nunca va a estar ausente.

El problema es, entonces, ¿qué fue lo específico de la ofensiva neoliberal? Y es que la violencia estatal estuvo orientada a transformar las relaciones entre Estado y acumulación de modo que se convirtió al mercado en un medio de disciplinamiento, de desorganización de la clase obrera y de individualización de los comportamientos sociales. Se podría objetar que la coerción mercantil también es un elemento siempre presente en el capitalismo, pero esa coerción que estructura la relación de explotación capitalista se define, justamente, por su carácter económico, no político, como un aspecto esencial de la separación entre explotación y dominación que mencionábamos antes. En el neoliberalismo la coerción del mercado se transforma en un arma política. La segunda dimensión del neoliberalismo, por lo tanto, es como modo de dominación política. Porque lo que vemos desde fines de los años 1980 (en algunos casos, desde principios de los años 1980) es la estabilización del neoliberalismo como modo duradero de dominación. Sobre la base de un proceso de internacionalización en marcha – y al que, a su vez, dio impulso – la combinación de apertura comercial y financiera, desregulación de los mercados y políticas monetarias restrictivas transformó la coerción mercantil en un mecanismo duradero de dominación sobre masas desmovilizadas e individualizadas.

Sin embargo, ya desde la segunda mitad de los años noventa se empezaron a ver los límites de esa estructura de dominación y se desarrollaron una serie de crisis en la periferia: en el sudeste asiático en 1997, la crisis rusa de 1998, en el 2001 la crisis en Argentina y también la crisis turca… En fin, una serie de fenómenos puso de manifiesto que el mecanismo de dominación neoliberal se empezaba a agrietar. El mecanismo de coerción mercantil resultaba ineficaz como mecanismo de dominio y se desarrollaban procesos de movilización popular. En ese contexto, en algunas regiones de la periferia se desarrollaron ensayos posneoliberales. Es lo que ocurrió en gran parte de Sudamérica.

Una de las condiciones para que el neoliberalismo funcione es que el mercado sea eficaz para sostener la desmovilización. En la medida en que se producen procesos de movilización y los mecanismos de coerción mercantil empiezan a fracasar, podemos decir que comienza la crisis del neoliberalismo. Tras la crisis mundial de 2008, la crisis de estos mecanismos se demostró cada vez más global.

La principal evidencia de esta crisis es la ruptura de la restricción monetaria. La restricción monetaria es un mecanismo esencial del neoliberalismo. Elmar Altvater, en un viejo artículo, decía que la política monetaria era la trinchera de la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora. No se trata simplemente de limitar la emisión como política antiinflacionaria. Se trata del uso político, disciplinante, de la moneda. Es un límite a la expansión monetaria y fiscal como respuesta a la presión de las demandas populares. ¿Qué significa, entonces, el fin de la restricción monetaria? Que de alguna manera los procesos de movilización obligan al Estado a relajar esa restricción. La emisión de moneda es una respuesta a demandas que comienzan a emerger y que no se pueden simplemente reprimir (no hablamos solo del ejercicio de la violencia material sino, sobre todo, de la coerción del mercado).

Esto me parece muy claro en Estados Unidos después de la crisis mundial del 2008. Las llamadas políticas de «flexibilización cuantitativa», al comienzo, fueron una repuesta a la crisis financiera, un mecanismo para transferir dinero a los bancos y otras entidades financieras en un contexto de falta de liquidez. Pero llegaron para quedarse, y se transformaron en un mecanismo más o menos permanente hasta el alza reciente de los índices de inflación. Los sucesivos gobiernos (el final de la administración Bush, Obama, Trump y el propio Biden) no pueden escapar del aumento de gastos, el déficit fiscal y la expansión monetaria. Los intentos de volver al corset monetario neoliberal no tienen viabilidad política.

Pero si volvemos la vista al resto del mundo podemos ver, como decíamos antes, que desde fines de los noventa y agudamente desde 2008 la crisis del neoliberalismo es un fenómeno global. En el caso de Rusia y su zona de influencia, particularmente el Cáucaso y el Asia central, después de la crisis de 1998 comienza un proceso de salida del neoliberalismo. En todas esas economías se observa un rol creciente del Estado y una reversión parcial de las reformas neoliberales tras la disolución de la URSS. A eso hay que agregarle el crecimiento global de la economía china. Si bien China inicia su crecimiento con la transición al capitalismo desde fines de la década de los setenta, hasta fines de los años noventa la economía china no era un actor tan relevante. Pero desde principios de los 2000 China aumentó notablemente su peso económico global. Y China es un país que nunca llevó adelante políticas neoliberales en el sentido que las hemos conocido en gran parte del mundo desde los ochenta. Podríamos seguir agregando casos: el caso japonés desde los años noventa que, ante el inicio de un largo estancamiento, giró hacia políticas de aumento del gasto público e inversión en infraestructura.

Entonces, en mi opinión, existe un conjunto de elementos que muestran claramente una crisis del neoliberalismo y la tendencia a su abandono, sobre todo a partir de 2008. La Unión Europea ha sido una excepción parcial. En particular en la zona Euro la restricción monetaria y fiscal juega un papel político relevante por la modalidad de integración regional. La integración monetaria en un contexto en que los Estados nacionales retienen decisiones importantes en el terreno fiscal otorga a la disciplina monetaria impuesta por el BCE un papel central. Pero también allí hay elementos de agrietamiento del mecanismo de coerción de mercado. Desde 2008 crecieron las presiones por el relajamiento de la restricción monetaria y las crisis de gobierno se han vuelto recurrentes en muchos de los países europeos. En ese contexto, creció la oposición a la Unión Europea. En fin, existen una serie de elementos tanto en la Zona Euro como en la Unión Europea en general que plantean, si bien no una salida del neoliberalismo, sí una crisis en ciernes, e incluso cierta tendencia del Banco Central Europeo a relajar la restricción monetaria.

Ahora bien, que el neoliberalismo esté en crisis no quiere decir que no haya intentos de restauración neoliberal. En América Latina los hemos visto recientemente. Es el caso del macrismo en Argentina, que fue un intento de restauración neoliberal fallido. También podemos citar el caso brasileño, y la experiencia de Bolsonaro no se puede considerar tampoco exitosa.

Sin embargo, que el neoliberalismo esté en crisis a nivel mundial y que los intentos de restauración neoliberal en la región hayan fracasado no quiere decir que haya un proceso de mejora en la situación de las clases populares. La crisis del neoliberalismo es un aspecto de una crisis global que atraviesa el capitalismo desde 2008. Y el capitalismo no termina de encontrar respuesta. Se enmarca en un proceso de transformación muy profundo del capitalismo desde mediados de los setenta, una transformación como no veíamos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Y en ese proceso de crisis y de transformación profunda del capitalismo, las presiones por llevar adelante una ofensiva sobre la clase trabajadora son muy fuertes en todo el mundo. La emergencia de las nuevas derechas es un aspecto de este proceso. Sobre todo, frente a la ausencia de alternativas anticapitalistas, por lo menos en lo inmediato. Por lo tanto, la crisis del neoliberalismo no significa que estemos ante la inminencia de un giro progresista a nivel mundial. La crisis del neoliberalismo es el terreno de una disputa: hay intentos de restauración neoliberal, hay ensayos posneoliberales de izquierda o populistas como ocurrió en América Latina, y también hay nuevos fenómenos de derecha posneoliberal, que son cada vez más amenazantes.

En este sentido, yo creo que la difusión del término «neoliberalismo autoritario» ha tendido a inflar el concepto de neoliberalismo hasta volverlo inútil para entender lo que está ocurriendo. Porque autoritario, en mi opinión, tiende a dar cuenta de lo que empieza a ser el rasgo más claro de la respuesta a la crisis del neoliberalismo: una cierta repolitización de la lucha de clases. Es decir, si el neoliberalismo se caracterizó por un predominio de la coerción mercantil como mecanismo de disciplina, cuando el mercado empieza a fallar y la dominación se agrieta aparece como respuesta cierta repolitización de la lucha de clases. Crece el papel del Estado en ese disciplinamiento. Me parece que el adjetivo «autoritario» que se agrega a neoliberalismo trata de captar esto.

Si me preguntás cuales son los rasgos de ese posneoliberalismo emergente, sinceramente no sé, porque estamos en un proceso de transformación y los bordes no se ven claros todavía, las tendencias no son tan claras. Pero un elemento que sí me parece persistente es esta repolitización autoritaria de la lucha de clases. Pero esa repolitización no es necesariamente progresiva, y eso nos devuelve al principio, cuando hablábamos de las diferencias con el keynesianismo, sobre si un mayor papel del Estado es siempre favorable a las clases populares. Si fuera el caso, una repolitización de la lucha de clases sería una buena noticia. Pero no necesariamente es así.

Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común. Incluso, tras el fracaso de la restauración neoliberal, el «bolsonarismo» en su etapa final en el gobierno y en su debut como oposición parece dirigirse hacia allí. En algunos casos estas tendencias se desarrollan en los marcos de la democracia formal, aunque tensionando sus límites, en otros en el marco de regímenes autoritarios.

Los fenómenos de crisis o al menos de puesta en discusión de los mecanismos de representación también son parte de estos cambios que están ocurriendo. Se pone de manifiesto en las disputas sobre los resultados electorales (EE. UU.), las luchas en torno a los mecanismos de elección popular y los cambios en los distritos electorales (Venezuela), la crisis de los gobiernos y la formación de mayorías parlamentarias (Unión Europea), etcétera, que la democracia tiene algo de ficción, que la construcción de una voluntad mayoritaria implica la definición de cómo se construye esa mayoría.

Ahora bien, el cuestionamiento a los mecanismos de representación no es del mismo tipo que a fines de los noventa y principios de los dos mil cuando, por ejemplo en Sudamérica, la crisis de representación tenía un elemento progresivo, en el sentido de que lo que se reivindicaba era la autoorganización popular, la acción directa de las masas, etcétera. Por el contrario, hoy aparece como un cuestionamiento a la democracia. Entonces, yo hoy no le veo un carácter tan progresivo a la crisis de los mecanismos de representación, por lo menos en lo inmediato… Desde la izquierda tenemos mucho para decir en relación a eso, pero lo cierto es que hoy esos cuestionamientos aparecen como parte de aquellos elementos de repolitización autoritaria de lucha de clases, como intentos de desconocimiento de las mayorías populares, seas cuales sean las formas de su construcción, intentos de exclusión de sectores populares que se movilizan y cuyas demandas no se pueden integrar, etcétera. Hablo de indicios, de tendencias incipientes, no necesariamente tiene que desarrollarse ese sendero. Lo central, en todo caso, en mi opinión, es que la repolitización autoritaria de la lucha de clases es un elemento común de estas formas posneoliberales. Incluso en aquellos gobiernos que intentan llevar adelante, por lo menos en sus intenciones explícitas o en sus discursos, salidas progresistas o de izquierda: veamos sino la deriva venezolana o lo que está ocurriendo en Nicaragua, incluso – en un grado muy diferente y como manifestación de la combinación de potencia popular y disciplinamiento estatal – el papel de control de la movilización y la organización populares ligado a la expansión del gasto social, como sucede actualmente en Argentina y aprovechó muy bien el macrismo. Esto no es nuevo, conocemos de sobra ese costado autoritario de los Estados de bienestar de posguerra, a pesar de su embellecimiento posterior por algunos sectores de la izquierda.

¿Cómo entiende el marxismo la inflación? Y, más concretamente, ¿cuál es tu opinión sobre el retorno de la inflación como una problemática global? 

AP :Primero, sobre el aspecto más conceptual de la inflación: antes decíamos que había una diversidad de teorías marxistas de la crisis, y con la inflación pasa algo parecido, porque el problema de la inflación está ligado a ciertas perspectivas marxistas sobre la acumulación, el dinero, etcétera.

En primer lugar, hay una diferencia importante con la heterodoxia, en particular con los keynesianismos. Lo digo en plural porque es muy difícil atribuir a Keynes ciertas afirmaciones: si hay algo que Keynes jamás ha dicho —y tenía razón— es que se pueda emitir indefinidamente. Keynes decía que mientras hubiera niveles altos de desempleo podía emitirse sin que esto generara inflación o, por lo menos, no una alta inflación; pero que mas allá de cierto punto empezaba a aparecer lo que llamaba la «verdadera inflación». Es decir, la emisión descontrolada no podía ser la respuesta a los problemas económicos. Keynes nunca dijo esto.

Pero en las últimas décadas han aparecido reinterpretaciones del keynesianismo y del poskeynesianismo que han negado cualquier vínculo entre emisión monetaria e inflación y que han tendido a aseverar que es posible emitir dinero siempre sin que esto genere inflación.

Afirmar que existe un «lado monetario» de la inflación no es lo mismo que decir, como dicen los neoclásicos, que la inflación es puramente de origen monetario y que la emisión monetaria per se genera inflación. Esto evidentemente también es falso. Nunca se ha podido demostrar una correlación entre la emisión monetaria y la inflación como la que pretenden los neoclásicos, no existe tal cosa.

Los neoclásicos sostienen que el dinero es exógeno, es decir, que la determinación de la cantidad de dinero es básicamente una decisión política. Un aspecto valioso de las perspectivas poskeynesianas (los poskeynesianos tienen un punto a favor en esto respecto de Keynes), es que han enfatizado que el dinero es endógeno. Afirman que la cantidad de dinero depende, básicamente, de la demanda de dinero que genera la propia economía.

Ahora bien, en las últimas décadas entre los poskeynesianos surgió una corriente —que tiene su mayor expresión en la llamada Teoría Monetaria Moderna— que, simplificando, plantea que podríamos aumentar siempre la cantidad de moneda sin efectos inflacionarios porque eso provocaría un aumento de la demanda, ese aumento de la demanda generaría una expectativa de mayor ganancia y, por lo tanto, un aumento de la inversión. Entonces siempre tendríamos niveles de inflación bajos, no se desataría un proceso inflacionario.

Para los marxistas esto no es así y, en general, aceptamos que existe un lado monetario de la inflación. Las explicaciones que dan los keynesianos y la mayoría de los poskeynesianos de los fenómenos económicos, en última instancia, son subjetivas, dependen de la psicología de las personas, de lo que esperan, de las expectativas que se forman. Para los marxistas existen determinaciones materiales, objetivas, de la acumulación de capital y de su tendencia a las crisis. La inversión depende, en lo esencial, de la tasa de ganancia y que la tasa de ganancia sea más alta o más baja no depende de expectativas. La inversión depende también de ciertas condiciones sociales, por ejemplo, será baja si existen problemas de dominación política que hagan que el marco de la inversión sea inestable. En tales condiciones — baja tasa de ganancia, problemas de dominación política, etcétera—, por más que se emita moneda e incluso que esto se traduzca en aumentos de la demanda, es altamente probable que la inversión no aumente o no aumente lo suficiente. Esto genera desajustes que terminan produciendo inflación. En particular, el financiamiento permanente del déficit fiscal por la vía de la emisión monetaria en condiciones de baja inversión puede generar fenómenos inflacionarios.

En segundo lugar, la inflación expresa ciertas relaciones de fuerzas. Antes yo hablaba de la restricción monetaria: si la respuesta frente a ciertas demandas es la restricción monetaria, lo más probable es que todo un conjunto de fenómenos económicos que comúnmente asociamos con la inflación – el ejemplo más usual, los aumentos de salarios – no se expresen de manera inflacionaria, que incluso las crisis den lugar a una dinámica deflacionaria, como pasó en Argentina en los años noventa.

Ahora bien, la ruptura de la restricción monetaria no es el simple producto de una decisión política, como sostienen los neoclásicos, tiene que ver con cierta incapacidad política para sostenerla. En muchos casos, lo que sucede es que la propia movilización de los trabajadores genera un relajamiento de la emisión monetaria, es decir, que se responda a esas demandas aumentando el gasto, emitiendo moneda, etcétera., en condiciones en que la inversión, por razones objetivas, no aumenta o no lo hace lo suficiente. De esa manera se valida el aumento de gastos, se valida el aumento de los ingresos populares, etcétera. En esas condiciones de ruptura de la restricción monetaria pueden aparecer, entonces, fenómenos inflacionarios.

Pero veamos ahora cómo opera esto concretamente para entender lo que pasó en los últimos años a nivel mundial y por qué tenemos fenómenos de inflación a nivel global.

Primero, independientemente de algunas de las cuestiones que estuvimos planteando, tenemos factores que impulsan el aumento de los precios por el lado de los costos de producción. Efectivamente, aumenta el precio de la energía producto de la guerra de Rusia contra Ucrania, y esto impacta en el costo de producción de las mercancías. Tenemos, además, problemas de suministro que se originaron con la pandemia. La internacionalización capitalista hizo de la producción un proceso global, lo que vuelve muy dependiente la cadena de suministros de ciertas condiciones de la circulación de mercancías a nivel mundial. La pandemia alteró estas condiciones de circulación y generó cuellos de botella en el suministro de determinadas materias primas, insumos, etcétera, que crearon presiones inflacionarias.

Todo esto ha jugado un papel en el aumento de precios de los últimos años, pero lo llamativo es cómo distintos fenómenos se expresan últimamente de manera inflacionaria después de 40 años de baja inflación. Incluso la inflación núcleo en Estados Unidos, sacando energía y alimentos, es históricamente alta. Creo, entonces, que es posible adjudicar los aumentos generalizados de precios de los últimos años a nivel global, y cierta tendencia a que fenómenos muy diversos se expresen de manera inflacionaria, al relajamiento de la restricción monetaria que identificamos como uno de los indicadores de la crisis del neoliberalismo. Allí donde aparecen obstáculos, restricciones, a la inversión, al aumento de la oferta, pueden desarrollarse tendencias inflacionarias. Yo creo que es una combinación de factores coyunturales (pandemia, guerra de Ucrania) y de transformaciones en la estructura de dominación lo que explica el retorno de la inflación.

¿Y cómo explicás la prácticamente crónica inflación en Argentina? 

AP: En Argentina tenemos una larga historia de inflación. En todo caso, en Argentina podemos decir que lo que sucede en estos momentos es que se agudizan tendencias que son locales. La aceleración de la inflación el último año obedece también en parte a estos problemas globales. Pero tenemos un problema de inflación profundo en el país. Pensemos que estamos hablando, aproximadamente, de un 10% de inflación anual en Europa… en Argentina esa cifra alcanza el 100 % anual. Entonces, efectivamente hay un problema más profundo y de larga data. Pero acá no me quiero ir tan atrás; quisiera limitarme a lo que pasa desde 2002 en adelante, desde la salida del plan de convertibilidad hasta hoy.

En el plano más general, existe un elemento que ha señalado el estructuralismo económico latinoamericano, en particular en Argentina, que creo que es correcto: la tendencia a la restricción externa al crecimiento. El hecho de que cuando la economía argentina crece tienden a aparecer problemas en el sector externo. Básicamente, faltan dólares porque salen más dólares de los que entran, por diversos motivos. El primero, el más profundo, tiene que ver con las importaciones que se generan por la propia producción; la industria argentina es una industria deficitaria que importa más de lo que exporta. Muchos de estos sectores orientan la producción hacia el mercado interno y otros, aunque exportan, no compensan lo que importan. Hay algunos sectores industriales que son netamente exportadores, que son superavitarios. Son los sectores que industrializan recursos naturales y otros de manufactura de origen industrial de bajo valor agregado. Pero, en líneas generales, se trata de una estructura industrial que genera déficit comercial.

También inciden otros comportamientos, como la fuga de capitales de los capitalistas locales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras y la salida de dólares por pago de intereses de la deuda externa. Y en los últimos años se suma también el tema de la energía, que fue particularmente duro este ultimo año por el aumento de precio del petróleo y del gas. Entonces, existe un problema de restricción externa al crecimiento, que durante las fases expansivas tiende a generar déficit de cuenta corriente y que produce presiones por la devaluación. Y la devaluación genera inflación. ¿Qué es la devaluación? La pérdida de valor de la moneda local, que hace que los precios expresados en moneda local aumenten, incluso aunque tengamos deflación en dólares, que es lo que suele pasar en los procesos de crisis. Tenemos un aumento notable de los precios en moneda local y una caída de los precios medidos en dólares, eso pasó en los últimos años.

Ahora bien, ¿cómo se responde a esa presión recurrente por la devaluación? Ahí entran a jugar otros elementos. Y para abordar esto quiero venir más acá en el tiempo, a la crisis de la convertibilidad en 2001. La crisis de la convertibilidad obedeció a factores de restricción externa, de falta de divisas, de la dinámica desequilibrada de crecimiento de un capitalismo dependiente periférico como el de Argentina. Pero en parte también respondió a la capacidad de la clase obrera de bloquear esa salida deflacionaria a la que me refería antes, de sostener un proceso deflacionario en el tiempo. Grecia demuestra que se puede; demuestra que era posible una salida que no fuera del tipo de la que se produjo en Argentina. En ese sentido, la movilización popular de diciembre de 2001 rompió la restricción monetaria, obligó a la devaluación e hizo que retorne esa tendencia a la expresión inflacionaria de ciertos fenómenos económicos y políticos (que, como decíamos, tienen una larga historia en Argentina).

Como la salida de la crisis de 2001 estuvo determinada por la movilización popular, la recomposición del poder político requirió la integración de demandas. Y ese proceso de integración de demandas se desarrolló en base a políticas fiscales y monetarias expansivas en un marco de comportamiento inversor reticente. Ese, de manera muy simplificada, es el núcleo del problema inflacionario, que se agudizó con la vuelta del déficit fiscal y de los problemas de restricción externa entre 2010 y 2011. A partir de ahí se combinan los problemas locales, la tendencia inflacionaria local, con los problemas globales: la crisis global de 2008 y su impacto pleno en la región después de 2013, tras la desaceleración de China y la caída de los precios de los commodities. En este escenario global, se desarrollaron presiones renovadas por el ajuste y la reestructuración. Cuando hablamos de reestructuración nos referimos a una renovación profunda de la base productiva local —la última se produjo en la primera mitad de los noventa—, a una transformación de los procesos de trabajo y un cambio en la estructura de gastos y funciones del Estado de naturaleza regresiva. Pero esas presiones se desarrollaron en un contexto local marcado por el bloqueo popular a los intentos de avanzar en ese proceso de reestructuración. Eso explica la irresolución de la crisis y la tendencia a la espiralización de devaluación e inflación.

Yo creo que en la base de la dinámica inflacionaria de los últimos diez años está esto. Después, específicamente, los momentos de aceleración o de cierta desaceleración requieren explicaciones particulares que me llevarían a una discusión mucho más larga…

Sin embargo, hay ciertas evidencias de que en el marco del estancamiento y la crisis las grandes empresas exportadoras han avanzado en el proceso de reestructuración y está además la discusión previa, la referida al impacto de la prolongación de la fase de estancamiento y crisis en la capacidad y la voluntad de bloqueo popular. Los procesos inflacionarios son particularmente eficaces para desarmar la resistencia popular en ausencia de alternativas políticas."

 (Entrevista a Adrián Piva, Martín Mosquera, JACOBINLAT, 01/08/23)

3/5/23

En 2008, la Reserva Federal tenía alrededor de 900 mil millones de dólares en activos. Ahora está en casi 9 billones de dólares en activos ¿A dónde fue todo ese dinero? Una gran cantidad de estos 8 billones de dólares fué a la compra de bonos basura... el trabajo de un banco central es representar el interés de los bancos comerciales... así pues, la Reserva Federal creó la mayor cantidad de crédito en la historia de la humanidad. Y todo va a ir al 1% de la población. No va a ir a la economía. No va a construir infraestructura. No va a ir a los salarios. No va a reducir el precio de las viviendas y hacerlas más asequibles para los estadounidenses... Así que hubo un enorme auge del mercado de bonos, una triplicación de los precios del mercado de valores. Y si eres un miembro del grupo que posee el 72% de las acciones americanas, el 10% de la población, te has vuelto mucho, mucho más rico (Michael Hudson)

 "El economista Michael Hudson explica la crisis de la inflación y el "programa de austeridad de la Reserva Federal de Estados Unidos para reducir los salarios" y aumentar el desempleo. Advierte que se avecina una "larga depresión", en la que los pobres sufrirán para que los ricos se hagan más ricos, con el fin de avanzar en la nueva guerra fría de Washington contra Rusia y China. 

Entrevista realizada por Benjamin Norton del podcast Multipolarista. (...)

 BENJAMIN NORTON:

(...) En 2008, la Reserva Federal tenía alrededor de 900 mil millones de dólares en activos. Ahora está en casi 9 billones de dólares en activos.

Y podemos ver, después de la crisis financiera, o durante la crisis financiera, aumentó a alrededor de 2 billones de dólares. Y luego, alrededor de 2014, aumentó a alrededor de 4,5 billones de dólares. Y luego, especialmente a finales de 2019 y 2020, se disparó de alrededor de $ 4 billones hasta $ 7 billones. Y desde entonces, ha seguido disparándose hasta los 9 billones de dólares en activos.

¿A dónde fue todo ese dinero? ¿Y cuál fue el impacto en la economía, por supuesto?

MICHAEL HUDSON:

Bueno, el impacto en la economía ha sido aumentar enormemente la riqueza del 1% más rico de los estadounidenses que poseen la mayoría de las acciones y bonos.

Sheila Bair, el ex jefe de la Corporación Federal de Seguros de Depósitos, señaló que una gran cantidad de estos 8 billones de dólares se gasta para comprar bonos basura.

Este es el problema. El problema realmente comenzó con el presidente Obama. Heredó un sistema en el que se produjo la mayor ola de fraude bancario comercial en la historia de Estados Unidos.

Como mi colega Bill Black de la Universidad de Missouri en Kansas City ha señalado, todo el mundo sabía que había un fraude bancario. Los periódicos se refirieron a las hipotecas basura y a los prestatarios "NINJA": "sin ingresos, sin trabajo, sin activos".

Así que los bancos habían suscrito hipotecas muy por encima del valor real de las viviendas, especialmente a minorías raciales y étnicas, sin que los prestatarios tuvieran capacidad de pago real.

Y luego estos bancos habían empaquetado estas hipotecas, y las vendieron a los desventurados fondos de pensiones, y a otros inversores institucionales y a los bancos europeos que siempre son muy ingenuos sobre lo honestos que son los bancos estadounidenses.

Tenías toda esta acumulación de lo que el siglo XIX llamó capital ficticio. Hipotecas para la propiedad que no valía ni de lejos lo que la hipoteca es para.

Así que si la hipoteca fue impagada, si los propietarios tenían jingle mail - en otras palabras, usted acaba de enviar las llaves de vuelta al banco y decir, ok, tome la casa, me parece que puedo comprar una casa ahora a la mitad del precio que Citibank o uno de estos otros bancos prestó.

Bueno, normalmente tendrías una caída de los precios de vuelta a niveles realistas, de modo que el valor de las hipotecas reflejara realmente el valor de la propiedad, o el valor de los bonos basura emitidos por una corporación reflejara el poder real de ganancia de la corporación para pagar los intereses de los bonos basura.

Así que cuando Obama asumió el poder, toda la economía era en gran parte capital ficticio. Bueno, Obama llegó y dijo, mis donantes de campaña están en Wall Street. Llamó a los banqueros de Wall Street y dijo, soy el tipo que se interpone entre ustedes y la multitud con las horcas, la gente que votó por mí. Pero no se preocupen, estoy de su lado.

Dijo, voy a hacer que la Reserva Federal cree la mayor cantidad de crédito en la historia de la humanidad. Y todo va a ser para ustedes. Va a ir al 1% de la población. No va a ir a la economía. No va a construir infraestructura. No va a ir a los salarios. No va a reducir el precio de las viviendas y hacerlas más asequibles para los estadounidenses.

Va a mantener el precio de estos bonos basura tan alto que no se desploman a valores no ficticios. Va a mantener el mercado de valores tan alto que no va a bajar. Va a crear el mayor auge del mercado de bonos en la historia.

El boom pasó de tipos de interés altos a tipos de interés bajos, lo que significa una subida gigantesca del precio de los bonos que realmente pagan intereses que son más del 0,1%.

Así que hubo un enorme auge del mercado de bonos, un enorme mercado de valores, una triplicación de los precios del mercado de valores. Y si eres un miembro del grupo que posee el 72% de las acciones americanas, creo que es el 10% de la población, te has vuelto mucho, mucho más rico.

Pero si eres un miembro del 90% de la población, has tenido que endeudarte cada vez más para poder sobrevivir, para poder pagar la atención médica, los préstamos estudiantiles y tus gastos diarios con tu salario.

Así que si los salarios estadounidenses estuvieran en un nivel decente, las familias estadounidenses no se verían empujadas a endeudarse cada vez más. La razón por la que la deuda personal ha subido en Estados Unidos es porque las familias no pueden arreglárselas con lo que ganan.

Así que, obviamente, si no pueden arreglárselas con lo que ganan y tienen que pedir préstamos para salir adelante, no son responsables de causar la inflación. Están siendo exprimidos.

Y el trabajo de los economistas, y de los políticos del Partido Demócrata y Republicano, es distraer la atención del hecho de que están siendo exprimidos y culpar a la víctima, y decir, te lo estás haciendo a ti mismo por querer más dinero, en realidad estás creando la inflación que te está exprimiendo.

Cuando en realidad son los bancos, y la no aplicación de la política de monopolio por parte del gobierno, y el apoyo del gobierno a Wall Street los responsables de lo que está sucediendo.

BENJAMIN NORTON:

(...) Vemos que alrededor de 2008, la Fed tenía menos de 500 mil millones de dólares en valores. Y tienes esta política de flexibilización cuantitativa. Y desde entonces, básicamente todo el aumento ha sido en valores. De los aproximadamente 9 billones de dólares en activos que tiene la Reserva Federal, alrededor de 8,5 billones de dólares están en valores. (...)

Entonces, ¿cómo se compara esta política de la Reserva Federal de EE.UU. de 8,5 billones de dólares en valores con las políticas de otros bancos centrales?

(...) Y esos 8,5 billones de dólares en valores, ¿qué son esos valores? Incluso desde la perspectiva de esos libros de texto de economía neoliberal de los que usted hablaba, que se enseñan en las universidades, esto me parece una total locura. No veo cómo hay siquiera una explicación académica, de libro de texto neoliberal para esta política.

MICHAEL HUDSON:

(...) el trabajo de un banco central es representar el interés de los bancos comerciales.

Y como acabamos de señalar, el interés de los bancos comerciales es producir su producto: la deuda. Y crean su producto contra activos existentes, principalmente bienes raíces, pero también acciones y bonos.

Así que el trabajo del banco central aquí es apoyar al sector financiero de la economía, y ese sector que mantiene la riqueza en forma de acciones, bonos y préstamos, y especialmente los bonos bancarios que hacen su dinero con el crédito inmobiliario. (...)

En los últimos 15 años, más del 90% de los beneficios de las empresas en Estados Unidos se han destinado a la recompra de acciones y al pago de dividendos. Sólo el 8% de los beneficios de las empresas se ha gastado en nuevas inversiones, en plantas, en equipos y en contrataciones.

Y así, por supuesto, se ha desindustrializado la economía. Es esta idea de que se puede hacer dinero financieramente sin una base industrial, sin una base de fabricación; se puede hacer dinero sin realmente producir más o hacer algo productivo, simplemente haciendo que un banco central aumente el precio de las acciones, y los bonos, y los préstamos realizados por el 10% más rico.

Y por supuesto, en última instancia, eso no funciona, porque en un momento dado todo se derrumba desde dentro, y no hay base industrial.

Y por supuesto, cuando eso suceda, Estados Unidos se dará cuenta, espera un minuto, si cerramos la economía, todavía estamos dependiendo de China y Asia para producir nuestros fabricantes, y para proporcionarnos materias primas, y para hacer todo lo que necesitamos. Realmente no estamos haciendo nada más que actuar como un mundo - bueno, la gente solía decir parásito - como un rentista mundial, como obtener algo por nada, como una especie de colonialismo financiero. (...)"            

(Entrevista a Michael Hudson, Benjamin Norton, Brave New Europe, 02/07/22)

31/3/22

Michael Roberts: Hasta ahora, hay pocos indicios de que el capitalismo pueda salir de esta larga depresión, incluso si se resuelve el actual desastre de Ucrania. Para poner fin a la depresión se necesitaría una limpieza del sistema económico a través de un desplome que liquide las empresas zombis que reducen la rentabilidad y el crecimiento de la productividad y aumentan la carga de la deuda... parece que las potencias económicas recalcitrantes, como Rusia y China, deben ser domadas o aplastadas para que las principales economías capitalistas puedan tener un nuevo impulso. Es una perspectiva aterradora. La única esperanza de escapar del impacto de la Larga Depresión y de más guerras es la llegada al poder de gobiernos socialistas democráticos basados en el pueblo trabajador, que puedan patrocinar una verdadera nación unida para acabar con las crisis económicas

 "Una de mis tesis básicas sobre el capitalismo moderno es que, desde 2008, las principales economías capitalistas se encuentran en lo que yo llamo una Larga Depresión.  En mi libro de 2016 del mismo nombre, distingo entre lo que los economistas llaman recesiones o caídas en la producción, la inversión y el empleo; y las depresiones.  

Bajo el modo de producción capitalista (es decir, la producción con fines de lucro que se apropia del trabajo humano (fuerza) por un pequeño grupo de propietarios de los medios de producción), ha habido caídas regulares y recurrentes cada 8-10 años desde principios del siglo XIX.  Después de cada depresión, la producción capitalista se reactiva y se expande durante varios años, antes de volver a caer en una nueva depresión.

Sin embargo, las depresiones son diferentes.  En lugar de salir de una depresión, las economías capitalistas permanecen deprimidas con un crecimiento de la producción, la inversión y el empleo menor que el anterior durante un período más o menos largo.
De la introducción de la Larga Depresión

Ha habido tres depresiones de este tipo en el capitalismo: la primera fue a finales del siglo XIX en EE.UU. y Europa, y duró más o menos desde 1873 hasta 1897, dependiendo del país.  Durante esa larga depresión, hubo breves periodos de auge, pero también una sucesión de depresiones.  En general, el crecimiento de la producción y de la inversión fue mucho más débil que en el anterior periodo de expansión de 1850-73.

La segunda depresión fue la llamada Gran Depresión que duró desde 1929-1941 hasta la Segunda Guerra Mundial, principalmente en Estados Unidos y Europa, pero también en Asia y Sudamérica.

La tercera depresión comenzó tras el Crash Financiero Global de 2007-8 y la consiguiente Gran Recesión de 2008-9.  Esta depresión (tal y como se define) duró una década hasta 2019, hasta que pareció que las principales economías no sólo crecían mucho más lentamente que antes de 2007, sino que se dirigían a una caída total.

Entonces se produjo el desplome de la pandemia COVID y la economía mundial sufrió una grave contracción.

Ahora, justo cuando las principales economías estaban saliendo de la pandemia, el mundo se ha visto afectado de nuevo por el conflicto entre Rusia y Ucrania y sus ramificaciones para el crecimiento económico, el comercio, la inflación y el medio ambiente.

Las contradicciones del modo de producción capitalista se han intensificado en el siglo XXI.  Ahora hay tres componentes.  Está el económico: con el Crash Financiero Global de proporciones sin precedentes que tuvo lugar en 2007-8, seguido de la Gran Recesión de 2008-9 (el mayor desplome económico desde la década de 1930).

Luego está el medio ambiente, con la pandemia del COVID, ya que el afán de lucro del capitalismo condujo a la urbanización incontrolada, la explotación de la energía y los minerales, junto con la agricultura industrial.  Todo ello ha llevado a la liberación de peligrosos agentes patógenos que habían permanecido encerrados en los animales en regiones remotas durante miles de años.  Estos patógenos han escapado ahora a través de los animales de granja y de los laboratorios (posiblemente) a los seres humanos con resultados devastadores.

Y no hay que olvidar la inminente pesadilla del calentamiento global que se abate sobre los pobres y vulnerables de todo el mundo.

En tercer lugar, está la contradicción geopolítica en medio de la lucha por las ganancias entre los capitalistas en este período económico deprimido.  La competencia se ha intensificado entre las potencias imperialistas (G7-plus) y algunas economías que han resistido la puja del bloque imperialista, como Rusia y China.  Así, en el siglo XXI, desde Irak hasta Afganistán, pasando por Yemen y Ucrania, los conflictos geopolíticos se desarrollan cada vez más a través de la guerra.  Y la gran batalla entre Estados Unidos y China/Taiwán está cada vez más cerca.

Puede que la larga depresión del siglo XXI haya comenzado en 2009, pero las fuerzas económicas que la provocaron ya estaban en marcha desde 1997.  Fue entonces cuando la tasa media de ganancia del capital en las principales economías capitalistas comenzó a caer y, a pesar de algunos pequeños brotes de recuperación (principalmente impulsados por las depresiones económicas y las enormes inyecciones de crédito), la rentabilidad del capital sigue estando cerca de los mínimos históricos.
Penn World Tables, cálculo del autor

El beneficio impulsa la inversión en el capitalismo, por lo que la caída y la baja rentabilidad han provocado un lento crecimiento de la inversión productiva.  En cambio, las instituciones capitalistas han especulado cada vez más con los activos financieros en el mundo de fantasía de los mercados de acciones y bonos y de las criptomonedas.  Y el bloque imperialista busca cada vez más compensar la debilidad del "norte global" explotando aún más el "sur global".

Hasta ahora, hay pocos indicios de que el capitalismo pueda salir de esta larga depresión, incluso si se resuelve el actual desastre de Ucrania.  Para poner fin a la depresión se necesitaría una limpieza del sistema económico a través de un desplome que liquide las empresas zombis que reducen la rentabilidad y el crecimiento de la productividad y aumentan la carga de la deuda.

 Además, parece que las potencias económicas recalcitrantes, como Rusia y China, deben ser domadas o aplastadas para que las principales economías capitalistas puedan tener un nuevo impulso.  Es una perspectiva aterradora.  La única esperanza de escapar del impacto de la Larga Depresión y de más guerras es la llegada al poder de gobiernos socialistas democráticos basados en el pueblo trabajador, que puedan patrocinar una verdadera nación unida para acabar con las crisis económicas; revertir los desastres medioambientales del planeta; y lograr un desarrollo pacífico de la sociedad humana."          

(Michael Roberts, Brave New Europe,13/03/22;  Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator)

27/7/20

La enfermedad económica de Estados Unidos tiene un nombre: la financiarización... el sistema financiero, que ya no se dedica a dar préstamos, sino a la compraventa de activos, ha sido una de las razones esenciales para que el crecimiento sea más lento en EEUU y en muchos otros países

"La enfermedad económica de Estados Unidos tiene un nombre: la financiarización. Es un término académico para la tendencia con la que Wall Street y sus métodos han llegado a reinar en América, que impregna no sólo la industria financiera, sino también gran parte de los negocios americanos. 

Incluye el crecimiento en tamaño y alcance de las finanzas en la economía; el aumento de la especulación alimentada por la deuda en lugar de los préstamos productivos; la consolidación del valor para los accionistas como única guía para el gobierno corporativo; la proliferación de un pensamiento egoísta y demasiado arriesgado tanto en el sector público como en el privado; el creciente poder político de los financieros y de los CEOs a los que estos hacen ricos; y el modo en que la ideología de 'los mercados saben mejor qué hacer' se ha convertido en el statu quo”.

La declaración pertenece a Rana Foroohar, adjunta al director de la revista 'Time', analista económica de 'CNN' y autora de 'Makers and Takers' (Crown Business Ed), un libro que ha generado un notable debate en Estados Unidos. Foroohar ha colocado en el centro de la reflexión la pugna entre la economía real, la que vende y compra bienes y servicios, y la financiera, que se ha convertido en un instrumento de generación de recursos a partir de la compraventa de activos. Foroohar ha conversado con El Confidencial acerca de las dificultades que está viviendo la economía y de quiénes las están causando:

PREGUNTA. El capitalismo actual se parece poco al que describen los libros. Cuando, como usted afirma, el único propósito de las empresas es crear valor para el accionista, a través de medidas cortoplacistas, que se someten a escasa o ninguna regulación, y cuando el high frequency trading es mucho más importante que la producción de bienes y servicios, ¿hablamos de un sistema que necesita ser reconducido? ¿Cuáles son las consecuencias de gestionar así los negocios?

RESPUESTA. Mi tesis es que los cambios en la naturaleza del sistema financiero, que ya no se dedica a dar préstamos, sino a la compraventa de activos, han sido una de las razones esenciales para que el crecimiento sea más lento en EEUU y en muchos otros países. A medida que el peso de las finanzas ha crecido, pasando de ser poco más del 2% de la economía a más del 7%, el número de empresas de nueva creación ha caído, el porcentaje del gasto en I + D en las empresas ha disminuido, los salarios son más bajos y la desigualdad ha resucitado (y los dos últimos son problemas particularmente graves en una economía como la de EEUU, que se compone en un 70% del gasto de los consumidores). Además, la presión del mercado sobre las empresas, que ahora están en deuda con Wall Street, ha dado lugar a la toma de decisiones a corto plazo que perjudican el crecimiento a medio y largo. En resumen, Wall Street se ha convertido en un viento que sopla en la cara de las empresas y del crecimiento.

P. La financiarización es un problema para EEUU, pero sus formas de funcionamiento son esencialmente las mismas a nivel mundial. ¿Cuáles son los problemas que está creando en Europa?

R. Cierto. Las investigaciones muestran que si los niveles máximos se dan en EEUU y en el Reino Unido, ocurre más o menos lo mismo en muchos otros países desarrollados, y también en muchos países en desarrollo. Los bancos alemanes, por ejemplo, tuvieron índices de apalancamiento aún mayores durante la crisis de 2008 que los americanos, y en el Reino Unido, las finanzas representan un porcentaje aún mayor de la economía que en los EEUU. Esto es siempre un dique al crecimiento. De hecho, los estudios demuestran que los efectos desaceleradores de unas finanzas tan grandes se dejan notar incluso cuando el tamaño de la industria es la mitad del que EEUU tiene ahora.

P. Leí el artículo con el que Nitin Nohria, decano de Harvard Business School, respondió a su libro. Y es llamativo, porque describe por qué unas finanzas que operasen correctamente hubieran sido muy útiles en la India de hace 40 años, pero no da respuesta a los problemas de hoy que plantea en 'Makers and Takers'. Y ese es el problema: las finanzas podrían ser muy útiles, pero no lo son. ¿Por qué está ocurriendo eso?

R. Hoy en día, sólo el 15% de los flujos de capital de las instituciones financieras van a los préstamos de negocios; el resto va al mercado de la vivienda (que está muy financiarizado) y al trading. Básicamente, en los años 1970, el gobierno tomó la decisión de pasar la pelota sobre el crecimiento a los mercados, y todas las administraciones desde entonces han hecho lo mismo. Los resultados han sido el crecimiento del trading, la dependencia de las tasas de interés ultra bajas, un aumento masivo de crédito y la deuda y un crecimiento más lento.

P. Un montón de pequeñas y medianas empresas están teniendo muchos problemas por la tendencia a la concentración y por las dificultades para competir en un mercado en el que su poder es mínimo. ¿Hay una relación directa entre la financiarización y la cada vez menor importancia para las economías occidentales de las pequeñas y medianas empresas? 

R. Sí. Se puede rastrear fácilmente la separación de las finanzas de lo que era su actividad principal, el préstamo, desde la década de 1980 en adelante, lo que ha provocado que el número de empresas nuevas caiga en los EEUU. A medida que las finanzas se han hecho más grandes, el entusiasmo emprendedor ha disminuido.

P ¿Cómo incide la financiarización en una gran firma productiva? Al priorizar la retribución de los accionistas, ¿no puede ponerla en peligro? ¿Por eso todas están siendo gestionadas únicamente a corto plazo?

R. Sí. Cuando se tiene en cuenta sólo el beneficio de los accionistas (sin tomar en cuenta a los trabajadores, los clientes y el ecosistema económico local), la única medida que se utiliza para conocer el rendimiento de una empresa es el precio de la acción. Hacer que suba se convierte en la única meta, algo a lo que ayuda mucho el hecho de que a la alta dirección se la pague en stock options. Por esa razón hay muchas firmas que se gastan cantidades récord en la recompra de acciones (que aumentan artificialmente su valor y que enriquecen a ese 10% de la población que posee el 80% de los activos) al tiempo que disminuyen el peso de la I + D en el porcentaje de ingresos. Es un círculo perverso que en última instancia socava el verdadero valor de la empresa.

P. Este sistema financiarizado que describe en el libro pone en peligro a la economía real, perjudica a los trabajadores y a la gran mayoría de los empresarios. ¿A quién beneficia?

R. Sobre todo al propio sistema financiero. Las finanzas sólo crean hoy el 4% de los puestos de trabajo, pero reciben el 25% de las ganancias corporativas. Además, como se han hecho más grandes, también se han vuelto menos eficientes (las tarifas que cobran por sus servicios se han duplicado en los últimos 40 años). Esa es una señal típica de un poder monopolístico.

P. Una reciente encuesta en EEUU señalaba que había una parte sustancial de la población que estaba contra el capitalismo. Gran parte de las campañas electorales occidentales, y las primarias estadounidenses son un buen ejemplo, muestran cómo hay nuevos partidos y nuevos líderes que basan sus programas en las críticas a la financiarización. ¿En qué aciertan y en qué se equivocan? 

R. Creo que el populismo que hemos visto en ambos lados del espectro político en las primarias refleja la pérdida de confianza en nuestras élites políticas y económicas. Cada candidato ofrece su receta para los problemas, pero están abordando sólo pequeñas piezas del rompecabezas. Necesitamos replantear la función de los mercados financieros y remodelarlos para que sirvan a la economía real, y no al revés, como ocurre hoy.

P. De entre todas las soluciones posibles, ¿cuál cree que es la prioritaria? ¿Crear un sistema financiero cuya función esencial sea dar soporte a la economía real? ¿Que Wall Street se ponga al servicio de Main Street?

R. Sí, absolutamente. No se puede tener una recuperación sostenible e incluso una economía funcional sin un sistema financiero que esté al servicio de la economía real y de los negocios reales. Esa debe ser la prioridad número uno.  "                     

(Entrevista a Rana Foroohar, analista económica de 'CNN' y autora de 'Makers and Takers'; Esteban Hernández, El Confidencial, 16/06/2016)

27/2/17

Para los ricos las últimas décadas han sido “cara, yo gano; cruz, tú pierdes”

"En los últimos casi 40 años, la ideología y las políticas del capitalismo de “libre mercado” han regido de manera absoluta en casi todo el mundo industrializado y avanzado. Sin embargo, mucho de lo que se entiende como capitalismo de “libre mercado” no son más que medidas diseñadas y promovidas por el Estado capitalista a favor de las facciones dominantes del capital. ¿Qué otros mitos y mentiras acerca del “capitalismo realmente existente” vale la pena señalar?

-Gore Vidal, el escritor estadounidense, muy bien dijo una vez que el sistema económico estadounidense es de “libre empresa para los pobres y socialismo para los ricos”. Pienso que esta afirmación resume de buena manera lo que se entiende por ‘capitalismo de libre mercado’ en las últimas décadas, sobre todo, pero no exclusivamente, en Estados Unidos. 

 En las últimas décadas los ricos han sido protegidos, cada vez más, de las fuerzas del mercado, mientras que los pobres han sido expuestos mucho más a ellas.

Para los ricos las últimas décadas han sido “cara, yo gano; cruz, tú pierdes”. Altos directivos, sobre todo en Estados Unidos, firman paquetes salariales que les dan cientos de millones de dólares por hacerlo mal y las corporaciones son subsidiadas a gran escala y con pocas condiciones, algunas veces de manera directa, pero a menudo de manera indirecta por medio de programas de gasto gubernamental (especialmente en defensa), con precios inflados y tecnología gratuita producida por programas de investigación financiados por el Estado.

Después de cada crisis financiera, empezando por la crisis bancaria de Chile en 1982, pasando por la crisis financiera asiática de 1997, hasta la crisis financiera global de 2008, los bancos han sido rescatados con cientos de trillones de dólares provenientes del dinero de los contribuyentes, y pocos banqueros han ido a prisión. 

En la última década, las clases dueñas de los activos en los países ricos también han sido mantenidas a flote por tasas de interés históricamente bajas. En contraste, los pobres han estado, crecientemente, sujetos a las fuerzas del mercado. En nombre del aumento de la “flexibilidad del mercado laboral”, los pobres han sido privados, cada vez más, de sus derechos como trabajadores.

Esta tendencia ha alcanzado un nuevo nivel con la irrupción de la así llamada “economía de los pequeños encargos” (gig economy), en la que los trabajadores son falsamente contratados como “trabajadores por cuenta propia” (sin el control sobre su trabajo, que sí ejerce el verdadero trabajador por cuenta propia) y privados de, incluso, los derechos más básicos (por ejemeplo, ausencia por enfermedad, pago de vacaciones).

 Con sus derechos debilitados, los trabajadores deben comprometerse cien por ciento en una carrera en la que compiten al aceptar salarios más bajos y condiciones laborales cada vez más precarias.

En el área del consumo, el aumento de la privatización y desregulación de las industrias proveedoras de servicios básicos, de la que los pobres tienden a depender más –como lo son el agua, electricidad, transporte público, servicio postal, servicios de salud y educación básicos–, ha significado que estos han visto un aumento desproporcionado en la exposición de su consumo a las lógicas del mercado.

En los últimos años, desde la crisis de 2008, los derechos sociales se han reducido en muchos países, y los términos de sus accesos –por ejemplo, los cada vez menos generosos “test de aptitud laboral” para los discapacitados, el entrenamiento obligatorio para la gestión curricular para quienes reciben beneficios de desempleados– se han vuelto más exigentes, haciendo que más y más personas pobres vayan a mercados laborales para los cuales no están capacitadas para competir.

En cuanto a los otros mitos y mentiras del capitalismo, el más importante, para mí, es aquel que afirma que existe un dominio objetivo de la economía, en donde la lógica política no se debe entrometer.

 Una vez que aceptas la existencia de este dominio exclusivo de la economía, como muchas personas lo hacen, terminas por aceptar la autoridad de los expertos económicos, como si fuesen interlocutores de alguna verdad científica sobre la economía, que dictarán la manera en que esta funciona.

Sin embargo, no existe una manera objetiva de determinar la frontera de la economía, porque el mercado es en sí mismo una construcción política, como lo demuestra el hecho de que hoy en día en los países ricos es ilegal comprar y vender una serie de cosas que se solían comprar y vender de forma libre, como los esclavos y la fuerza laboral de niños.

Es muy importante rechazar el mito de una frontera inviolable de la economía, porque ese es el punto de partida para desafiar el statu quo. Si aceptas que el Estado de bienestar debería ser reducido, los derechos laborales debilitados, el cierre de fábricas aceptado, etcétera, y todo por una supuesta lógica económica objetiva –o “fuerzas del mercado”, como lo llaman­–, se hace prácticamente imposible modificar el statu quo.

La austeridad se ha convertido en el dogma prevaleciente en toda Europa, y es muy importante en la agenda Republicana. Si la austeridad se basa también en mentiras, ¿cuál es su objetivo real?

-Muchos economistas, como por ejemplo Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Mark Blyth y Yanis Varoufakis, por mencionar algunos nombres prominentes, han sostenido que la austeridad no funciona, especialmente en medio de una recesión económica –tal como se llevó a cabo en muchos países en desarrollo bajo los Programas de Ajuste Estructural del Banco Mundial y del FMI en las décadas de 1980 y 1990 y, más recientemente, en Grecia, España y otros países de la Eurozona–.

Muchos de los que presionan por la austeridad lo hacen porque de verdad creen (aunque erróneamente) que funciona, pero aquellos que son lo suficientemente inteligentes para saber que no funcionará, seguirán desplegando este discurso porque es una buena manera de reducir al Estado –y, de este modo, dar más poder al sector corporativo, incluyendo al extranjero– y de cambiar la naturaleza de las actividades del Estado hacia una posición pro corporativa –por ejemplo, el gasto social es el que se elimina primero–.

En otras palabras, la austeridad es una muy buena forma de hacer presión por una agenda política regresiva, sin que lo parezca. Se dice que debes recortar el gasto porque tienes que balancear la contabilidad y poner la casa en orden, cuando lo que realmente estás haciendo es lanzar un ataque sobre la clase trabajadora y los pobres.

Esto es, por ejemplo, lo que el gobierno de la coalición conservadora y liberal demócrata dijo en Inglaterra cuando lanzó un severo programa de austeridad al momento de asumir el poder en 2010 –las finanzas públicas del país eran tales en ese entonces, que no fue necesario un programa de austeridad severo, incluso para los estándares de los economistas ortodoxos–. (...)"            (Entrevista a Ha Joon-Chang, Socialismo21, 14/02/17)

21/2/17

Perdido el miedo a la URSS y a la amenaza de la revolución, la minoría del 1 por 1.000 de los más ricos pudo dormir tranquila. ¿Para qué hacer concesiones innecesarias?

"El siglo XXI ha traído el desconcierto, la incertidumbre, la falta de confianza en el progreso colectivo y en la democracia. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Josep Fontana reconstruyó en el 2011 el camino recorrido en un libro de 1.200 páginas, Por el imperio, que llegaba hasta la primavera árabe y el movimiento de los indignados. 

En El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 añade y revisa su copiosa documentación, actualizada hasta hoy mismo. Los datos que proporciona en el capítulo “La era de la desigualdad” son escalofriantes y, si la tendencia no se corrige, muchos de los lectores de hoy serán los futuros pobres. (...)

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Por muchos factores. Uno de ellos es el miedo. El miedo es determinante en las actitudes políticas. El miedo exagerado a la revolución rusa fue determinante en el fracaso de la II República española o del reformismo de la República de Weimar. Por otra parte este mismo miedo y la fuerza de los sindicatos favorecieron la negociación y las políticas reformistas para contentar a la población.

¿No sucede ahora que hemos olvidado el estupor ante la barbarie de las dos guerras mundiales, cuando se optó por un juego de alternancias, un partido de derechas creador de riqueza y una socialdemócrata para repartirla?

La socialdemocracia tuvo un papel muy importante en la consecución de beneficios como los del estado de bienestar, que se concedían como antídotos a la revolución. En 1968 se pudo ver que la amenaza de nuevos movimientos revolucionarios había pasado, cuando el partido comunista francés se negó a apoyar las protestas estudiantiles, mientras en Praga se frustraban las opciones de un socialismo de rostro humano. 

Perdido el miedo a la URSS y a la amenaza de la revolución, la minoría del 1 por 1.000 de los más ricos pudo dormir tranquila. ¿Para qué hacer concesiones innecesarias?

¿Qué fecha pone?

El progreso social, entendido como la suma de una distribución más equitativa de los beneficios del crecimiento económico y de una mejora de las condiciones de vida, terminó hacia 1975.

¿Qué sucedió?

Tomando como excusa la crisis de petróleo se emprendió la lucha contra los sindicatos y se favoreció la deslocalización de empresas, lo que debilitó la capacidad de los obreros para mejorar sus condiciones de trabajo y sus salarios. Todo ello contribuyó a una reestructuración económica mundial como base de un nuevo orden corporativo global, sin los obstáculos que oponía el estado-nación.

¿Y ahora?

La crisis que empezó en el 2007 y 2008 empeoró la situación. Lo más grave es que, superada la crisis, la desigualdad se ha desbocado y sigue creciendo día a día. Las consecuencias pueden ser muy serias. (...)"            (Entrevista a Josep Fontana, La Vanguardia, 13/02/17)

3/2/16

Recordando la crisis de 1973... para entender la crisis actual

"El liberalismo de la segunda posguerra –que alcanzó altas tasas de crecimiento en las economías industriales avanzadas– entró en una fase de crisis a finales de los 60’s, principios de los 70’s.  (...)

La pregunta urgente en ese contexto era básicamente cómo reanudar el proceso de acumulación de capital.

Cabe recordar que la acumulación no es un capricho de una clase o grupo social: es un imperativo categórico del capitalismo. Sin acumulación de capital las bases del modo de producción capitalista se deterioran irremediablemente. (...)

El capitalismo (forma general de producción de plusvalía) puede continuar sus ciclos de reproducción con poco o nulo crecimiento, pero no sin acumulación (forma específica de producción de plusvalía). 

De hecho, el neoliberalismo (unidad específica de acumulación) es un ejemplo paradigmático de este horizonte. Si bien las políticas neoliberales solucionaron parcialmente el problema de la acumulación (sólo parcialmente, pues nunca consiguieron evitar las crisis económicas constantes), en materia de crecimiento estas políticas sufrieron un revés palmario. 

E incluso allí donde las potencias económicas registraron un crecimiento relativamente alto, la característica dominante de estos casos extraordinarios fue el empobrecimiento. Es un fenómeno económico que se conoce como “crecimiento empobrecedor”, y que refiere a procesos de crecimiento-acumulación marcados por el signo de la centralización de la renta, en claro detrimento de la redistribución.

El dilema era cómo reactivar el proceso de acumulación en un contexto de escaso o nulo crecimiento, y agotamiento o crisis terminal de un patrón de acumulación otrora exitoso (fordista o pacto corporativo o alianza capital-trabajo). Basta decir que la solución que se alzó victoriosa fue el neoliberalismo: es decir, la solución de ciertas élites económicas.

 En este sentido, se trató de una respuesta de las clases altas a la crisis. En atención a la esterilidad de la solución corporativista se acudió a la solución neoliberal. Pero naturalmente en beneficio de ciertas élites añejas y otras en ascenso. En efecto, “en cuanto totalidad real” el patrón neoliberal de acumulación es inseparable de una “cierta estructuración objetiva jerárquica”.

Si el patrón de acumulación fordista se basó en un acuerdo entre la clase obrera organizada (sindicatos) y el capital, el patrón neoliberal de acumulación se basa, por el contrario, en una radical fractura de esa alianza. La naturaleza de las políticas correspondientes a este patrón revela palmariamente ese divorcio. 

La flexibilización laboral apunta en esta dirección cismática, al igual que todo el recetario de políticas macroeconómicas consustanciales al ideario neoliberal: políticas monetarias restrictivas, disposiciones fiscales orientadas a gravar el consumo básico, desregulación de los capitales, liberalización de las economías nacionales, privatización de las empresas e instituciones estatales etc.

Se tiene que insistir: la primacía y triunfo indiscutido del patrón neoliberal de acumulación no fue el resultado de una probabilidad social o científicamente certificada. Fue una decisión cupular, vinculatoria con una “cierta estructuración objetiva jerárquica”, que consistió en la sustitución de las fórmulas aliancistas de la acumulación fordista en franca crisis terminal (producción en masa, estandarización, contratación colectiva, regulación estatal, socialización del bienestar), por otra estrategia en provecho irrestricto de la gran industria, el comercio oligopólico, y especialmente la alta finanza. A decir de Pierre Bourdieu:
“La globalización económica [o neoliberalización]… es el producto de una política elaborada por un conjunto de agentes y de instituciones y el resultado de la aplicación de reglas deliberadamente creadas para determinados fines, a saber la liberalización del comercio (trade liberalization), es decir, la eliminación de todas las regulaciones nacionales que frenan a las empresas y sus inversiones. Dicho de otra forma, el mercado mundial es una creación política (como lo había sido el mercado nacional), el producto de una política más o menos conscientemente concertada” (Bourdieu, 2001).
El neoliberalismo se distingue de otras “formas específicas de acumulación” por una estratégica disposición estructural: a saber, la transferencia de los costos de la crisis al trabajo y a los segmentos poblacionales mayoritarios.

Y en esas andamos, en las vísperas de un 2016 poco alentador."            (Arsinoé Orihuela Ochoa, Rebelión, en Jaque al neoliberalismo, 03/01/16)

17/11/15

Todos quisiéramos ser felices, pero una gran parte del mundo está hoy preocupada porque los programas de austeridad que muchos países padecen nos harán infelices

"(...) No solo la economía, también la psicología y la filosofía dedican cada vez más atención a este campo de investigación, conocido como "ciencia de la felicidad". Incluso los institutos de estadística nacionales e internacionales vienen demostrando su interés por medir el nivel de bienestar dentro de su habitual seguimiento de la vida de los países.

 Todos quisiéramos ser felices, pero una gran parte del mundo está hoy preocupada porque los programas de austeridad que muchos países padecen nos harán infelices, quizá durante bastantes años. (...)

La investigación sobre el bienestar pregunta acerca de las vidas de las personas. Los investigadores inquieren sobre ingresos, sobre empleos y sobre lo que la gente hace. Además, las encuestas preguntan a la gente sobre cómo piensa que le van las cosas -lo que sirve para valorar la satisfacción vital- y también sobre su vida emocional.

 Hay diversos modos de preguntar por las emociones, pero una de ellas -la que utiliza Gallup en sus encuestas- consiste en preguntar a una persona sobre sus experiencias del día anterior: si sintió mucha felicidad, o tristeza, o preocupación, o estrés, o cólera. Resulta que todas estas dimensiones de nuestra vida son distintas. Alguien puede decir que su vida va muy bien, pero que ayer estaba triste: tal vez ha conseguido un ascenso, pero está llorando la pérdida de un ser querido. 

Otro puede estar en paro, tener malas perspectivas laborales, y decir que su vida va fatal, pero informar de que ayer se lo pasó genial con sus amigos. Las vidas emocionales son complejas, y la nueva investigación intenta tener en cuenta todas estas dimensiones. Es algo muy útil cuando pensamos en los efectos que la austeridad tiene en la vida de las personas. (...)

cuando la gente pierde su trabajo no solo pierde dinero, sino otra dimensión de su vida que es valiosa. Esto no significa que el dinero no tenga importancia por sí mismo. La gente de los países más pobres suele estar menos satisfecha con su vida, y no hay un solo país donde la gente con más ingresos no tenga en más alta estima su vida que la gente que gana menos. Son estas medidas para valorar la vida las que revelan el dolor que provoca la austeridad. (...)

Como nos dicen los poetas y los filósofos, el dinero no lo es todo, y puede que ni siquiera sea lo más importante. Nuestros estudios han demostrado que las vidas emocionales son más resistentes a las circunstancias económicas que nuestra percepción de cómo nos va la vida. El sentimiento de felicidad, alegría, preocupación, tristeza, enfado, dolor o placer que forman el tapiz de nuestra experiencia día a día guarda mucha menos relación con nuestras circunstancias económicas. 

Aquello que nos produce alegría -nuestros amigos, la familia, los niños, o en mi caso, mis nietos- no depende tanto del dinero. Los datos de la Encuesta Mundial Gallup demuestran que en los países más pobres del mundo la gente experimenta felicidad con tanta frecuencia como en los países más ricos, y también que algunos de los países del mundo con mayor nivel de satisfacción vital -Dinamarca sería un ejemplo- van bastante peor en el asunto de la felicidad. Este no es el caso de España, que hoy por hoy ocupa el puesto 25 (de 158) en satisfacción vital y el 26 en felicidad.

Las vidas emocionales no son completamente ajenas al dinero. Si yo fuera tan pobre que no pudiera visitar a mis nietos, sería muy infeliz. En general, la falta de dinero -la pobreza- puede interferir gravemente en nuestras vidas emocionales, seguramente porque no tengamos suficiente ni siquiera para hacer vida social, comer con los amigos o practicar deporte con ellos. Pero más allá de eso, el dinero no importa tanto.

Son buenas noticias, y supone también una advertencia. La advertencia de que los programas de austeridad deben diseñarse para proteger a los más desfavorecidos, porque la pobreza puede arruinar gran parte de lo que importa a la gente. Pero si eso se logra, por más que la gente percibe la austeridad con enorme fastidio, hay muchas menos razones para preocuparse por la felicidad. 

La gente seguirá siendo igual de feliz (o infeliz) que antes, se preocupará quizá un poco más, pero no por ello estará más triste, o más enfadada, y disfrutará igual de sus vidas. La austeridad es mala -ya lo creo que lo es-, pero no tiene por qué destruir nuestros placeres diarios."                   ( (Premio Nóbel), El País,  11 MAR 2012)